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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 796 - ver ahora
Transcripción completa

Recuperaré a Moisés.

Lo juro.

No podréis acabar conmigo.

-"No quiero que estés conmigo" por pena o por compromiso.

-Solo será porque te amo.

Estoy dispuesta a recorrer este camino contigo,

por muy tortuoso que sea.

Pero tú también tienes que hacer algo.

-¿Qué?

-Dejarte amar. Y eso significa

dejarte ayudar.

-"Puede detenerme".

-¿Acusado de qué delito?

-Asesinato.

Yo maté al Indio.

-Entiendo que estoy hablando con ese que llaman El Peña.

-Así es. -"¿Podrá perdonarme?".

-Pierda cuidado, coronel. Está más que disculpado.

-Demuéstremelo volviendo a mi servicio.

-"Me ha dado esta carta".

Es una nota que ha dejado Carmen.

Quizás aquí le diga algo sobre su paradero.

-"Verá, quería pedirle...

si podía quedarme a dormir unos días, sin que nadie se entere".

"No deben saber que he vuelto".

-Ya sabe que yo quiero ayudarla en todo lo que pueda.

Pero no es poco lo que me pide.

-¿Y si le digo que eso serviría para acabar de una vez por todas

con Úrsula? -"Debes saberlo todo".

Debes saber que...

a pesar del dolor que pasó mi madre,

yo no puedo perdonar al monstruo en el que se ha convertido.

Trató de arrebatarme a mi hijo

para cerrar cuentas con su pasado. Y eso lo tiene que pagar.

-"Vamos a conducirla al abismo".

"Y cuando esté al borde...

la empujaremos".

"Y entonces desaparecerá para siempre de nuestras vidas".

-Esto no me puede estar pasando a mí, no.

Esto no me puede pasar a mí, por favor.

-"¿Y crees que la forma"

de llevarla hasta ese extremo...

es haciéndole temer que su pasado viene a rendirle cuentas?

(LLORA)

Y gracias a ti, Moisés,...

todas ellas...

caerán en el olvido.

Chist.

Te educaré mejor que a ellas.

Y serás...

-(LLORA MOISÉS)

-Serás en verdad...

mi hijo.

Es mi hijo.

Mi niño.

Nadie me lo quitará.

Nadie.

(GIMOTEA)

Toda una vida esperándote, Moisés.

Toda una vida soñando...

con tener un niño al que criar

y al que educar en el amor de su madre.

Se arrepentirán. Los que me repudiaron,

los que me difamaron.

¡Todos los que se pensaron que yo era un monstruo!

Se arrepentirán.

Desearán no haberme injuriado. Llorarán.

Llorarán como niños abandonados.

Hasta que obtengan

mi perdón.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Algo se nos ocurrirá. No la des por perdida.

-No, Leonor, no. Ella...

se ha condenado, no tiene salvación.

-A ver, tratemos de reflexionar un poco y hacer las cosas bien.

Se nos ocurrirá alguna fórmula para ayudarla.

Al menos para aliviar la acusación. Yo sé que don Felipe...

-Leonor, ha firmado una declaración, se ha inculpado.

Ya podemos nosotros decir misa. -Cálmate.

-Es mi hermana, yo la quiero.

Pero siempre se las ha arreglado para meterse en jaleos.

Y esta vez ha ido demasiado lejos. -No nos demos por vencidos

tan pronto.

-Siempre ha tenido a su hermano para sacarle las castañas del fuego.

Pero ha llegado al final. Ni siquiera yo le podré ayudar.

-Ya, pero no nos desesperemos. No tires la toalla.

Íñigo, piénsalo bien.

Eso, lejos de ayudar a tu hermana, también terminaría contigo.

-¡Pues terminemos con esto de una puñetera vez!

Disculpa, Leonor.

Es que ya no sé ni lo que me digo. No quería hablarte en ese tono.

-No importa.

-Leonor, no nos distanciemos nosotros, por favor.

No podría seguir adelante sin ti.

-Escúchame, Íñigo.

Incluso si la condenaran,...

todavía tendríamos la posibilidad de actuar.

Podríamos organizar una campaña para solicitar el indulto.

-Ojalá pudiera ser tan optimista.

-Sí, que yo he participado en muchas.

Sé perfectamente lo que tendría que hacer

para que la demanda llegara a todas partes

y que la gente se sumara a la causa.

-No funcionaría, Leonor.

Mi hermana, al igual que yo,...

tiene un pasado que no incita a la gente a la compasión.

Hemos sido contrabandistas, impostores.

¿Quién iba a mover un dedo por alguien como ella?

-Dicho así, ni tan siquiera yo.

-¿Flora?

(RÍE)

¡Uy!

Qué alegría. Ven.

-Pero ¿qué haces aquí?

¿Has cometido una estupidez?

-Ay, no seas zoquete. ¿Crees que me he escapado, lelo?

Me han dejado en libertad. -¿Por qué?

Si habías confesado.

¿Qué triquiñuela te has sacado de la manga?

-Que se explique.

-El Peña se ha presentado en comisaría

y ha declarado que él remató al Indio.

-Tengo miedo. -Yo también.

Es tan frágil y tan vulnerable.

Un par de veces me he levantado en plena noche

para comprobar que seguía respirando.

-¿Por Úrsula? -No.

No, eso no, cariño.

-Ha puesto sus esperanzas de futuro en Moisés.

-¿Y qué?

Ahora Moisés está con su madre.

Y yo, contigo.

No nos podrá hacer nada.

-¿Por qué estás tan seguro?

-Porque lo hemos organizado todo para protegerle.

Blanca,...

es la hora.

-Es pronto.

Todavía no.

-Es por su bien, mi amor,

para protegerle.

Si Úrsula... Aunque le queden redaños para intentarlo,

no podrá encontrarlo.

Los Zárate son unos buenos amigos de la familia desde hace muchos años.

Ellos le cuidarán con mucho cariño.

Mi amor, como si fuésemos nosotros mismos.

Todo terminará pronto.

Te veo después en la iglesia.

¿Tienes preparado el vestido de luto?

-¿Estás seguro que mi madre acudirá a esa misa?

-Es la misa de su nieta muerta. No lo dudes, allí estará.

Estaremos un paso más cerca de su fin.

Tranquila.

-"Y me lo sueltas así,"

tan campante. -¿Y cómo quieres que te lo diga?

Me has preguntado cómo me fue la entrevista, ¿no?

Yo te he contestado. -Sí, me has contestado

poniendo por las nubes a la plumilla esa.

-Periodista, Rosina, periodista.

No deberías menospreciar esa profesión. Tu hija es una de ellas.

-No compares el trabajo de Leonor, con hacer cuatro preguntitas

para una entrevista, que en eso consiste lo que hace la tal...

¿Cómo se llama? -Rosaura.

Rosaura Del Valle.

-Para ti supongo que señorita Del Valle.

-Pues sí, claro, señorita del Valle.

El caso... es que es una joven brillante.

Gran conversadora y muy ocurrente también.

Es que te tienes que reír con ella...

(RÍEN)

Tú más de lo que querías, ¿no? Porque llegaste a las tantas.

-El caso es que se me fue el santo al cielo

y, cuando quise darme cuenta, ya estaban sonando las 12 campanadas.

-A mí me lo vas a contar. -Si estabas dormida cuando llegué.

El caso es que esa entrevista,...

me ha hecho hacerme una idea mucho más cabal de mí mismo.

-¿Y eso?

-Pensaba que era un tipo normal,...

con unas aspiraciones normales, una vida normal, ¿sabes?

-Ya, ya, no me digas, no me digas.

La señorita Del Valle, en un afán altruista, te ha hecho ver

que no eres normal, que eres diferente a los demás,

mejor que los demás. -Efectivamente, Rosina.

Me ha hecho ver el bagaje vital que atesoro.

He visto, leído y viajado más que la mayoría de los caballeros,

y he aprovechado esas experiencias.

-No me digas. -Sí.

El caso es que esta chica está en todo.

Se fija mucho en lo humano.

Dice que siente admiración por la pasión que pongo

en mi colección de sellos.

-Pues es tener unas miras muy amplias.

Aunque lo de su afición y admiración por los sellitos

es un poco dificilito de creer, ¿eh?

-Pues yo te veo un poquito de ironía en tu tono, ¿puede ser?

¿O qué pasa, que mi propia esposa no me considera más notable

que la mayoría de los caballeros? -¡Claro que sí, tarugo!

Pero no necesito que ninguna Rosaura o como se llame

me venga a decir lo extraordinario que eres.

¿Ha quedado claro? -(ASIENTE)

Hombre. Leonor, contigo quería hablar yo.

Ayer me dijeron, cuando acabé la entrevista,

que habían puesto en libertad a Flora. ¿Es cierto?

-Sí, sí, así es. Salió ayer.

-Pues enhorabuena.

Me imagino que Íñigo se habrá quitado un gran peso de encima.

-Claro.

-¿Por qué no parece que la noticia sea tan buena

como quiere creer Liberto?

-No es eso, madre.

¿Cómo no me voy a alegrar de que ya no la consideren una asesina?

-Hija, pues lo disimulas muy bien, ¿eh?, disimulas muy bien tu alegría.

Nunca estás contenta, hija, ¿qué te pasa?

(RESOPLA)

-"Se quiere usted creer"

que ayer subió al altillo el coronel

y me echó para hablar con la señora Agustina?

Don Arturo Valverde subiendo al altillo a buscar a su criada.

A mí me huele esto a algo muy gordo.

-Calla, calla, que por ahí viene Agustina, y nadie le gusta saber

que se habla de una por lo bajini. -Pues yo, en cuanto pueda,

le pregunto, que estoy en un sinvivir.

-Unos bollos para las comadres. Para empezar bien la jornada.

-Ah. Pues muy agradecida, Agustina.

Que no siempre se desayuna con tanto lujo.

-"Pa" chasco que sí.

Además, a nadie le hace mal un dulce.

Por cierto, "señá" Agustina,

¿qué quería don Arturo

para subir a nuestro territorio? -Métete en tus asuntos, rapaza.

-Déjela, Fabiana, que contra el defecto de pedir,

está la virtud de no dar.

-¡Arrea! ¿Es que no nos lo va a contar?

-Si lo necesitaras, te lo contaría con pelos y señales,

pero no lo necesitas, al contrario.

¿No decías ayer mismo que no querías conocer secretos

porque lo pasas muy mal callando?

-Es que ese secreto era muy gordo.

-¿Era? -Pues sí.

Gracias a todos los santos, el apuro ya ha pasado.

A la señorita Flora la han sacado del penal

y a El Peña lo han encarcelado. -Ay, Señor, qué trajín.

¿Y tú cómo te has enterado de eso?

-Pues... porque lo han comentado mis señores.

Mientras desayunaban.

Vamos, ya ni me acordaba, porque lo ha dicho la "señá" Agustina.

-Vaya. Al final,

será mía la culpa de que le des a la húmeda.

-Bueno, me marcho, que se lo voy a contar a la Lolita.

Y a ver si así pego la oreja y me entero de cómo está el Antoñito.

Ha pasado toda la noche en la Casa de Socorro. Con Dios.

-Ay, los bríos de la juventud.

-O el aburrimiento que tiene la pobrecita, tan sola.

-Venía a hablar con usted.

Bueno, más que hablar,... a darle las gracias.

-No hay de qué, Agustina,

que nada ha hecho una. -No ha indagado usted

como esa cabecita loca. Y para mí eso ya es mucho.

Además, sin conocer los intríngulis del asunto,

siempre se ha puesto usted de mi lado.

-Agustina,...

tiene usted muy buena mollera y los nervios muy templados.

No es usted de las que se trastornan por un brete.

Y de que llevaba usted razón, de eso nunca he tenido yo la menor duda.

-Puede que, de no haber sido por usted,

me habría marchado. -Va.

En eso hay una miaja de egoísmo.

No sé si yo hubiera podido aguantar mucho rodeada de criadas jóvenes

y bullangueras.

-Créame, en cuanto pueda, le contaré a usted cómo ha sido lo sucedido.

-Nada quiero saber. Como le he dicho antes a Casilda,...

me quedo con lo bueno.

Que sus señores se han arreglado y usted seguirá aquí

dándome acompañamiento.

-Si al final me hubiera marchado,...

también yo la habría echado a usted de menos.

-Hale. Hale, venga a la faena.

A ver si no se ha marchado usted y, ahora la van a despedir sus señores

por dedicarse a pegar la hebra.

Ay. Ay.

-No tan ligero, Trini, que me lleva usted a matacaballo.

-Uy, perdona, hijo.

Nada, iremos despacito, como el burro de la noria.

(RÍE)

-¿Qué te ha recomendado el doctor, hijo?

¿Ejercicio o descanso?

-Nada, Ramón, reposo hasta que baje la hinchazón de la rodilla.

Mira que tuvimos mala suerte, ¿eh? Menudo chaparrón.

Parecía que el cielo se iba a abrir encima de nuestras cabezas.

-Bueno, demos gracias al cielo, que podría haber sido mucho peor.

-Eso lo dices tú, que no tienes la rodilla como un saquito de tabas.

-No teníamos que haber vuelto por esa ruta.

-Además de verdad. La carretera parecía una rambla.

-En eso, Cabrahígo también es un pueblo portento.

No solo es el pueblo que más huevos tira a sus pregoneros,

sino el que tiene las carreteras más profundas.

-Eh, Ramón, relaja, no te metas con mi patria chica.

Que bien que te han mimado, hombre.

Si hasta los guardias te hacían reverencias

como si fueras un capitán general.

-Que tampoco ha sido para tanto.

Aquí, el que ha salido trasquilado he sido yo.

Y aquí me tienen, más feliz que una perdiz.

-Trini,

¿no te he dicho siempre que mi hijo es algo raro?

-A ver, Antoñito, hijo,...

¿a qué tanta dicha? -Tuve...

una revelación.

-¿Qué? -No hay mal que por bien no venga.

-No se ría, que es de verdad.

Cuando la lluvia arreciaba y el coche empezó a patinar, yo,...

en ese momento supe que eso me iba a llevar a algún sitio.

-A la cuneta. -Al hospital.

-Que no se choteen, que estoy hablando en serio.

Cuando pillamos el badén y el coche volcó, yo...

creo que sentí lo mismo que debió sentir san Pablo

cuando cayó del caballo.

-Pero a san Pablo... se le apareció Dios, ¿no?

-Pues yo vi el invento. Sí, y muy nítido.

-Bueno, Antoñito, habla, dinos de una vez qué es lo que viste.

-El limpia lunas mecánico.

-¿El qué? ¿Y eso qué es? -De momento es una idea,

pero pronto será una realidad.

Yo voy a dibujar los bocetos, lo voy a construir.

Creo que me lo van a quitar de las manos.

-¿Y en qué consiste? No has contestado.

-¿Qué echaban de menos mientras viajábamos bajo el aguacero?

-¿El sol? -Yo, a los bomberos.

-No.

Un aparato, o un artilugio que limpie la luna del coche

cuando la nieve o la lluvia enturbia la visión del conductor.

-¿Qué?

-El limpia lunas mecánico. -¡Uh!

-Padre, usted es muy dueño de desconfiar,

pero recuerde lo que le digo, este invento me va a hacer de oro.

Imagínese que cada conductor del mundo me compra un...

limpia lunas mecánico.

-Ramón, ¿tú crees que el chiquillo está bien?

Antoñito, hijo, ¿no tendrás fiebre?

-Carmen. -Señor.

-Me alegro de tenerte de vuelta antes de lo esperado.

Imagino que todo ha salido bien. -A pedir de boca, señor.

-¿Ha llegado el mensaje a su destino?

-Lo envié, no le quepa duda.

Eso sí, no le puedo asegurar que el destinatario responda

como ustedes desean.

-¿Te encuentras bien?

-Sí, no hay por qué alarmarse, es solo...

que tarda en cicatrizar.

-¿Está limpia la herida?

-Fabiana sube varias veces al día a cuidarme.

Y antes de dormir, a la noche, me higieniza la llaga con alcohol.

-Cuánto siento que tengas que estar pasando por todo esto.

Pero pronto acabará todo, créeme.

Y cada uno será libre de elegir con quién y dónde ir.

-No necesito tanto alejarme de aquí como tener a alguien a mi lado.

Cuando estoy junto a él,...

me siento protegida.

-No creo que tarde en demorar su ausencia.

¿Has tratado de ponerte en contacto con él?

-Sin éxito.

Ni siquiera sabe que hemos recuperado al hijo de doña Blanca.

-Sabe cuidarse solo, ¿no crees?

-Ya.

Algunos tenían esas mismas creencias y cayeron en manos de doña Úrsula.

-¿Por qué no acabas con ella de una vez por todas?

-Porque no puedo, señor. -¿Cómo que no? Claro que puedes.

Ya te lo dije, solo tienes que denunciar en comisaría

que fuiste atacada por doña Úrsula. Te pondrían a buen recaudo.

-¿Cómo puede usted estar tan seguro?

Ha salido de situaciones peores.

Si la denunciara y no lograran retenerla,

habría llegado mi fin.

-¿Qué me ocultas, Carmen?

-Nada.

-Sé que sabes algo que no me quieres contar.

Diego, Blanca o yo te protegeremos.

Nos aseguraremos de que nunca más te vuelva a ocurrir nada.

Ni a ti ni a nadie.

-No podrían evitarlo. Ni ampararme.

No podrían.

Prefiero esperar, a que la maquinación de ustedes avance.

Desequilibrarla. Llevarla al límite.

-Sí.

Esperemos que el mensaje enviado surja su efecto.

-Yo también, créame.

-Mantén la esperanza pero no bajes la guardia.

Yo subiré a menudo a preocuparme por ti.

-Gracias, señor.

-Señor Alday. No sabía que estaba usted aquí arriba.

-Pierda cuidado, Fabiana. Mantendré la boca cerrada.

-Carmen,... ¿qué tiene usted que relatar?

La que anda con señores siempre sale trasquilada.

-Don Samuel me ha pedido que calle.

-¿En qué berenjenales se estará usted metiendo?

-Sé que estoy en deuda con usted, Fabiana.

Que me está ayudando con riesgo y, yo ni siquiera le cuento

en lo que estoy metida.

Pero haré cuanto pueda y, usted será la primera en saberlo.

-Me fío de usted, Carmen. No sé por qué, pero me fío.

-Yo se lo agradezco de corazón.

-De todas formas, sepa usted que las muchachas acabarán enterándose

de que se oculta aquí.

Nada ni nadie se puede tapar eternamente.

-Lo sé, Fabiana. Lo sé.

-"Aún tenía yo alguna esperanza"

de que volvieran a abrir la chocolatería

y, ahora resulta que el Peña se entrega a la justicia.

-Ay, Susana, me gustaría aliviarte en algo.

Pero me temo que tienes razón. A este paso,

la chocolatería no va a estar abierta ni para san Cerezuelo.

-Mirad quién sale del portal.

-Vámonos, queridas.

Que hasta que no se resuelvan los enredos,

nos conviene no juntarnos con depende quién.

-Es una vecina, no podemos darle esquinazo con tanto descaro.

-Además, parece que está un poco encorvada, ¿no?

Será que se le han bajado los humos. Uy.

-Doña Úrsula. ¿Ha pasado usted mala noche?

Tiene un aspecto... Bueno, no diría ajado sino, no sé,...

-Desmadejado. -Eso, no me salía.

-Le ha de traer por la calle de la amargura el asalto a su criada

y que esta haya desaparecido del hospital, ¿no?

-Así es, es muy triste.

-Bueno, para compensar, han exonerado a Samuel

del asesinato de su padre.

-Es que era una tremenda barbaridad. ¿En qué cabeza cabe que un hijo

tan leal, tan gallardo como Samuel,

haya tenido algo que ver en el deceso de don Jaime?

-¿No dice usted nada? Qué raro.

¿Le ha comido la lengua el gato?

-Creo que debemos dejar que la policía cumpla con su deber

y encuentre a los asaltantes y al asesino de mi marido.

-Sí, pues vaya a presionar, porque esos no tienen prisa jamás.

-Estamos hablando de un asesinato. De un atraco con arma blanca.

Ninguna vamos a poder vivir tranquilas en el barrio

mientras esos criminales sigan sueltos.

No respiraremos hasta que les den matarile.

Doña Úrsula,...

¿qué le sucede?, está usted como inquieta.

Claro. La misa. Vamos a llorar todas

como magdalenas. -Ay, claro.

-¿Qué misa?

-¿No te lo ha dicho tu hija?

El culto de esta tarde será un funeral

para tu nietecita reciente y tristemente fallecida.

-¡Mira lo que haces, endriago!

-¿No os digo yo que no están las calles para señoras?

¡Pero qué falta de delicadeza!

¿Está usted bien, doña Úrsula?

-¿Qué se le ha caído al maleducado ese?

-¿Y esta?

-No lo sé, pero ha salido espantada como una caballería, vamos.

-Ida del todo, oh.

-Despeja, despeja la mesa.

Que cuando te viene la inspiración, tiene que pillarte trabajando.

-Mira que eres impaciente.

¿No te puedes esperar a que te cure esa rodilla?

-Olvídate de la rodilla. Tú tienes que pensar

en qué nos vamos a gastar la fortuna que vamos a ganar con mi invento.

Mira.

Es un prodigio de la ciencia y de la ingeniería,

y eso que es solo un boceto. ¿Qué te parece?

-Pues a mí me parece lo que a ti te parezca.

Siempre que no vaya a más.

-Tráeme, por favor, otros bocetos y material de dibujo.

-Que no aparezca Dios mientras que yo no estoy,

que luego me quiero enterar de lo de la "hidrúlica" esa.

-A ver, ¿qué era eso que querías enseñarme?

-El futuro, padre.

Voy a pasar a los anales de la historia.

-¿Y dices que funcionará?

Yo no lo entiendo muy bien.

-Pero si es muy sencillo, padre.

Lleva incorporado una varilla con una tira de bayeta

que está en contacto con el cristal del coche.

Entonces, cuando empieza a llover, el conductor acciona el mecanismo

y la varilla empieza a moverse secando las gotas

y, así el conductor tiene una vista nítida, clara, cristalina.

-¿Y no será lo contrario?

El vaivén de la bayeta delante de las narices del conductor...

le podría despistar.

Y si va siguiendo el movimiento de la dichosa varilla,

pues es que hasta te puedes hipnotizar.

-Bueno, hay cosas que mejorar todavía, pero...

yo sigo cavilando, no cejaré en mi empeño.

-¿Y has pensado ya dónde vas a instalar el mecanismo de arrastre?

-No.

Estoy empezando, padre, no tengo respuesta a todas las preguntas,

pero lo tendré. -Ya me contarás cómo vas resolviendo

los impedimentos, que hay muchos, créeme.

Me voy, que tengo una reunión con la familia Vásquez.

Nos han hecho un nuevo pedido de máquinas de café.

Me hubiera gustado llevarte conmigo.

-Ya, y a mí acompañarle, pero con la rodilla así...

En fin,

yo le deseo mucha suerte. Aunque...

Bueno, usted en los negocios no la necesita.

-¿No digo yo? Deberías esperar a estar sanado.

Que tú así te crees que vas para delante, pero vas para atrás.

-Hazle caso a Lolita, muchacho,

te necesito cuanto antes en el trabajo.

En el trabajo, trabajo, quiero decir.

-Descuide, si yo estaré recuperado antes de lo que se imagina.

-Ojalá.

¿Vas a tener fuerzas para ir luego a la despedida de Esteban?

Se marcha hoy.

Me gustaría que fuerais los dos en representación de la familia

acompañando a Trini.

-Sus deseos son órdenes, padre.

-A mis brazos, amigo. -Liberto.

-Vaya viaje que se va a hacer usted, ¿eh?

Una epopeya.

Groenlandia, tierra inexplorada.

Ya le digo yo que si a mí me hacen entrevistas,

a usted le van a hacer biografías.

-Siempre que todo salga bien, no será un paseo.

Estaba pensando yo en pedirle una firma cuando regresara, pero...

¿qué leches?, igual ni vuelve.

-Servando, calladito está usted más guapo.

-Don Esteban sabe mejor que yo los peligros que arrostra:

osos polares, un frío que se te caen las orejas a cachos,

tormentas de muerte.

Écheme una firmita, que a usted no le cuesta trabajo y,

así gano unas perras.

-¡Eh, eh! Diga que no, no le suscriba nada de nada,

que solo piensa en su provecho.

-Caballero,... -Antoñito.

-Voy a echar de menos nuestras charlas científicas.

Bueno, y... las otras también, las más íntimas.

-Yo también las echaré de menos, amigo.

Disculpen.

Bueno, coronel. Ha llegado el momento.

Ha sido un honor.

-Lamento perderle.

Era usted un elemento indispensable en la comisión de presos.

-No exagere.

Entre Silvia, doña Trini y usted se manejarán sin problemas.

-¡Don Esteban!

Anda que a mí ya me parece una aventura ir a Cabrahígo

y, usted se va a Groenlandia. -(RÍEN)

Que tenga muy buen viaje. Cuídese.

-Muchísimas gracias, doña Trini, cuídese mucho.

-Y abríguese, que dicen que allí hace tanto frío como en la Alcarria.

-Espero que me recuerde con afecto.

Yo también lo recordaré así.

No solo sé que siempre actuó con honor,

sino en mi propio beneficio.

Solo le debo agradecimiento.

-En absoluto, coronel, nada me debe.

He hecho siempre lo que ha dictado mi conciencia.

-Salvó usted la vida de Silvia, sin la que yo no sería nada.

Y, no contento con eso, me hizo ver...

que no debía renunciar a su amor.

Mi gratitud será eterna.

-Sean ustedes felices y con eso me consideraré pagado,

¿de acuerdo?

-Tenga por seguro que será así.

Y escríbenos pronto,

no sea perezoso.

Quiero ser la primera en estudiar los mapas que cartografíe

y la primera en leer sus tratados sobre esquimales.

-Así será.

Con Dios. -Con Dios.

-Con Dios.

-Cuídense mucho.

(Campanadas)

-Ay.

La misa por la hija de Blanca, y nieta de Úrsula,

va a empezar enseguida, les acompaño.

-Naturalmente.

-Lo lamento, pero tenemos obligaciones

que nos impiden acudir. -Ah.

-Sí, disculpe, qué despistada soy.

Debe ser por la emoción de la despedida.

Lo lamento, doña Susana, ya hablaré yo con Blanca.

-Con permiso.

-Venga, Susana, vámonos, que al final vamos a llegar tarde

y el cura nos va a endilgar el sermón largo.

Vamos.

-Que me han dicho que se le ha quedado la rodilla

con la consistencia de una morcilla de Burgos.

-Sí, ríete, que luego irá diciendo que estás más cojo

que el pescadero de mi pueblo, que le llamaban "el despistabaldosas".

-Me circulan "ipso facto", que no están permitidas

las reuniones escandalosas en la rúa, hale.

Cada mochuelo a su olivo.

-¿Se refiere usted a mí, a mi novia y a mi fiel escudero?

-La duda ofende, señor. Eh...

Me refería

a aquellos mendigos de allá.

Pueden quedarse hablando lo que les venga en gana, y disfruten.

Y, ya sabe, aquí me tiene

para lo que necesite, señor.

-Mendigos, mendigos, pero qué cara más dura.

Con los pobres,

como una roca y con los ricos, como una seda, no si...

estoy más hartito de este sereno de las narices.

Ay.

Con permiso. -Con Dios, Servando.

-Vamos, cojito.

-"Una historia singular".

En fin, si es eso lo que quiere testimoniar.

Déjeme la declaración.

Gracias.

Todas sus palabras recogidas.

Fírmela, si lo tiene a bien.

No le oculto que el Indio era una persona de rango.

El fiscal pedirá para usted una condena ejemplar.

El juez se la concederá sin pestañear.

No lo dude.

-¿Cómo de ejemplar?

-Por mi experiencia, yo diría que le caerá garrote.

¿Se ratifica usted?

¿Sigue queriendo firmar?

-¿Podría tomarla prestada?

Necesitaría escribir un recado.

-Vamos, Blanca.

Resignación.

-Mi hija tiene razón.

Además, es usted muy joven. Tiempo habrá de encargarle al Señor

más criaturas.

-Ay, querida, Dios aprieta pero no ahoga.

-Ahora toca descansar y esperar a que deje de doler.

El tiempo lo cura todo, Blanca.

-¿Ha tenido noticias de doña Celia? -Se está aclimatando muy bien.

Y eso que, al parecer, llueve de día, tarde y noche.

Pero es feliz estando con nuestro hijo.

-Cesáreo, ¿cogió doña Úrsula la fotografía?

-Como estaba previsto.

-¿Hizo gestos,

ademanes?

¿Adoptó alguna actitud? -Parecía ida, señor,

como si el resto del mundo hubiera desaparecido para ella.

Tenía los ojos vacíos y visaje de ofuscación y trastorno.

-Gracias, Cesáreo, no olvidaré su ayuda.

-Ya sabe, señor,

para lo que precise.

-¿Cómo está mi hijo?

-Atendido. No le faltará de nada.

-Agarraos, que vienen curvas.

Por desgracia, sé perfectamente de lo que hablo.

-Ay, sí, sigue teniendo esa mirada suya.

He de reconocer que da miedo.

-Espero que tengamos la misa en paz.

-Quiero ver a Moisés.

-¿Vuelve usted a lo mismo?

-No juegues conmigo.

No me desafiéis.

-Madre.

Sé muy bien por lo que está pasando.

Y créame que la compadezco.

Pero no puedo hacer otra cosa que apiadarme de usted.

Ande,...

acompáñeme a la iglesia.

Rezaremos por mi hija. Le hará a usted bien.

-No siga por el camino del odio y la negación.

Solo conseguirá hacerse daño a sí misma

y perderá la cabeza.

-Mi niño.

Mi niño.

Devuélveme a mi niño, sucia pordiosera.

-Úrsula, conténgase, por favor. Está formando un espectáculo

y va a ser el centro de todas las comidillas.

-¡Suéltame, idiota! ¡Me ha robado a mi niño!

Dame a mi niño.

-(GRITAN)

-Pensaba comprar media docena.

(GRITA)

-Madre. Madre.

Madre, acompáñeme a rezar, ¿eh?

Eso aliviará su angustia.

-"Yo estoy convencido... que para cada persona...

hay en el mundo"

un alma gemela.

Y que, por muchos tumbos que se den,

siempre se acaba encontrando.

-A ver si va a resultar ahora que eres un sol.

-Deme un besito.

Que estoy loco por usted...

es verdad más grande que la catedral de Segovia.

-¿Morriña?

-Algo así.

-Era un buen negocio.

Y una buena fachada.

-Ni me imaginaba que un día, y menos tan pronto, lo consideraría mi casa.

Nuestra casa.

-Nunca llenaremos esa falta.

Siempre... añoraremos un hogar.

-¿Te ha dicho algo don Felipe?

-El Peña sigue detenido. -Pobre.

-Si te digo la verdad,...

nunca creí que mantuviese su versión hasta el final.

Siempre se ha comportado como un cobarde.

-No hables así de él. No le conoces.

-Tanto como tú.

Me puso en el punto de mira del Indio.

Y desapareció cuando la policía te acusó. Es un embaucador.

Es un embaucador pusilánime.

-A saber qué habrías hecho tú en sus mismas circunstancias.

Nosotros también somos especialistas

en tirar la piedra y esconder la mano.

-Ni se te ocurra decir esas cosas.

¿Tú has perdido el oremus en la cárcel?

-Me ha salvado la vida.

¿Es que es eso cobardía? -Ah, y es para estarle agradecida.

Tan solo le defendiste. Le venían buscando a él.

Y se escondió tras una mujer. -No se escondió.

Yo le di el sartenazo al Indio por iniciativa propia.

-Vamos a dejarlo. Que bien está lo que bien acaba.

Se ha entregado y ha reparado su daño, siempre que no sea otro

de sus barullos y terminemos nosotros embetunados.

-Pero ¿qué barullo va a montar? Que se ha ofrecido por mí.

¿Cuándo le vas a estar agradecido?

¿Cuando vaya camino del garrote?

Solo ves lo que quieres ver.

-Oye, ni se te ocurra acercarte a él, ¿me oyes?

Ni se te ocurra.

Evitemos que te pueda hacer más daño. ¡Fin del cuento!

-Ha sido lo que se dice una espantada en toda regla.

Y en la puerta de la iglesia.

Como para que pase desapercibida.

Me han comentado que tenía ojos de loca.

-Siempre ha tenido cierto aire de perturbada.

-Eso es lo que comentan

algunas mujeres en el altillo,

que está majareta.

-Me hubiera gustado estar con Blanca.

-Parecía muy afectada.

-No es para menos. No hay cosa peor que perder un hijo.

-Bien dice usted, señorita.

-Podríamos visitar a los Alday

para disculparnos por nuestra ausencia en el funeral.

-Perdóname, pero cada cosa a su tiempo.

-¿Qué quieres decir?

-Ha sido muy penoso para mí hablarte de mi ceguera.

Comprende que no estoy preparado para acudir a reuniones sociales.

No sabría comportarme con normalidad.

-¿Ocultar tu enfermedad?

-No quiero provocar compasión. -No, no sería compasión,

sería amistad.

Tus amigos harían lo que yo, apoyarte en la medida de lo posible

y hacerte más llevadera la enfermedad.

-Silvia, por favor, no me pidas eso, eso no.

-Como quieras. -Sería muy humillante para mí

mostrarme ante todos inerme. Desvalido.

¿Te has molestado?

-Eres muy terco, Arturo. Muy terco.

Soy tu prometida. Casi tu esposa.

Y en algún momento deberías escuchar mis consejos.

-Lo intento, Silvia. Lo intento.

-Bueno, doña Leonor, pues lo que le iba diciendo

es que, la señorita Flora no es que quisiera mentir,

es que mintió para no tener que acusar al Peña y, cuando me enteré

se lo dije al susodicho.

-¿Y por qué no me lo dijiste a mí?

-Porque el dichoso Peña me pidió que le guardara el secreto.

Además, yo le digo una cosa, de habérselo contado,

no habría hecho más que acrecentar sus preocupaciones.

-En fin, Casilda,...

me hubiera gustado que me hubieras sido más leal.

Pero... todo ha terminado como debía ser.

Fue el Peña quien atrajo al Indio hasta aquí.

Y a poco nos pone en peligro a todos.

-No me diga eso que me tiemblan las canillas.

-Ya todo ha terminado, así que deja de padecer, ¿eh?

Buenas noches, descansa, Casilda.

(Llaman a la puerta)

-Ya te lo he dicho. Estaba durmiendo plácidamente.

-¿Ha comido?

-Una criada de la familia de los Zárate acaba de parir también.

Tiene leche suficiente para ocuparse de los dos.

Ya verás.

Cuando lo vuelvas a ver, no lo vas a reconocer de lo que habrá crecido.

-Y yo me lo habré perdido. -Ha sido la mejor decisión.

Tenerlo con vosotros habría sido demasiado arriesgado.

-Solo tenemos que apretar los dientes y aguantar un poco más.

Úrsula está a punto de derrumbarse.

Ya la habéis visto en la iglesia. -He tratado de convencer a Carmen

para que la denunciara, pero no se atreve.

-¿Cómo está esa mujer?

-Entera. Sigue de nuestro lado,

pero quiere asegurarse que Úrsula se quede sin maniobra de respuesta,

antes de arriesgarse a un enfrentamiento.

-Hace bien.

Ni siquiera nosotros mismos, con todas nuestras razones,

podríamos ir contra ella de frente si no queremos saltarnos la ley.

-¿Quién podría demostrar que ella robó a nuestro hijo,

que mató a nuestro padre?

-Pues es que...

ninguna de las señoras me había avisado que venía usted de visita.

Que, bueno, con eso no quiero decir yo que usted no sea bienvenida

en esta casa, que usted lo es.

Eh...

¿Quiere que le sirva una tisana, quiere sentarse?

-Quiero que avises a Leonor.

Necesito hablar con ella.

-Descuide que voy a escape, vuelvo en un periquete.

-"Diego,... sobre la muerte"

de tu padre no hay certezas.

-Blanca, está implicada, lo sé.

De cualquier forma, me reafirmo en el procedimiento

que estamos llevando a cabo. Acabaremos con Úrsula.

Sin contemplaciones.

Ella misma se anudará la soga.

-Estoy de acuerdo con Diego.

Vamos por el buen camino, y no será un camino tan largo.

Úrsula... está perdiendo los nervios,

el temple

y, tal vez las entendederas.

-¿Tenéis certezas?

Quizá no esté tan desequilibrada como pensáis.

Si algo sabemos de ella, es que siempre tiene recursos.

(Pasos)

-Es un poco tarde para visitas de cortesía.

Espero que Casilda la haya entendido bien.

Me ha dicho que le urgía a usted hablar conmigo.

-Dígame,...

¿qué han hecho con Moisés?

Dígamelo.

Se lo ruego.

-No sé de qué me está hablando.

-¿Está con ellos?

¿Con Blanca y con Diego?

No quiero nada,

solo saber si la criatura está bien. -Doña Úrsula,

de verdad que me gustaría ayudarla pero...

-¡Mientes!

¡Todos tratan de engañarme!

Es una conspiración.

Quieren volverme loca.

O prefieren verme muerta.

-Doña Úrsula, sosiego.

Sus acusaciones son muy graves para venir a proferirlas en casa ajena.

-¡Basta de palabrería!

¡Embustera! -¡Haga el favor

de marcharse de mi casa!

Doña Úrsula,... no trataba de enajenarla.

-Sueñan con verme bajo tierra.

Y quizá lo logren.

Pero no hoy.

-Deténgase, doña Úrsula, se lo ruego.

-No quiero hacerle daño, Leonor.

Se lo prometo.

Solo trato de encontrar a Moisés.

De saber si está bien atendido y a salvo.

¡Cuénteme todo lo que sabe!

-¿Doña Flora?

-Buenos días. -Buenos días tenga usted.

La hacíamos a la sombra. -Y para mucho tiempo.

-Me han soltado, gracias a Dios.

El Peña se entregó y se acusó de la muerte del Indio.

-"Cuando suba"

prepáreme el cuarto de invitados. Vuelvo a la casa.

-¿Lo ha hablado ya con don Arturo? -No.

Y confío en su discreción y que no le cuente nada antes de tiempo.

-"Fabiana".

Por favor, dame un ejemplar

de "El bazar ilustrado". -Y otro para mí.

No todos los días sale el sobrino de una en los papeles.

-¿"El bazar ilustrado"?

Pues no me suena.

-¿Cómo que no?

-Pues eso, señora, que yo no lo traigo aquí para venderlo.

-Tienes que salir de aquí, como sea. Aunque tengas que fugarte.

-No lo conseguiría.

No estoy dispuesto a que me descubran intentando fugarme

y empeorar aún más mi situación.

Además,...

nada me espera ahí fuera. -"No me mientas".

Todos me odiáis.

Solo tienes que ir a la cocina... y coger un cuchillo.

Los hay muy afilados. Todos te aplaudirían

si haces lo que te digo.

Todos prefieren verme muerta.

-"No la creas".

No sientas compasión por ella.

Tampoco pienses que de verdad quiere a ese niño.

"Ni a su hija, ni a nadie".

"No te dejes llevar por sus engaños".

"Esa mujer es de hierro. Nunca se va a romper".

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  • Capítulo 796

Acacias 38 - Capítulo 796

03 jul 2018

Úrsula limpia las pintadas de su casa. Los Alday van a celebrar una misa por Moisés para ponerla más nerviosa. Flora es puesta en libertad: el Peña ha asumido la culpa. Flora intenta hacer ver a Íñigo que el Peña es bueno.

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  1. Gonza

    En esa imagen y con ese peinado Lolita se asemeja a Olivia, la novia de Popeye, JAJAJAJAJA

    04 jul 2018
  2. Mabi

    Un poco de su propia medicina para Ursula....

    04 jul 2018
  3. Elida

    Tengo el presentimiento que Liberto está " jugando " un poco con los celos de su mujer, quizás para " curarla " de ellos aprovechando la circunstancia de su entrevista con la periodista .- ¡¡ cuidado Rosina, en cualquier momento tu joven esposo se va a cansar de tus humores y ...............!!

    04 jul 2018
  4. Saro

    Entrañable la despedida de Esteban de los vecinos, sobre todo de Silvia y el coronel; una pena ese dichoso "viaje a Groenlandia" porque a mí me gustaba el personaje, espero que vuelva. Antoñito, como siempre, echándole cuento a su cojera y quién nos iba a decir que se le ocurriría inventar el "limpiaparabrisas". ¡Qué encantadora mi pareja preferida! Liberto poniendo por las nubes a la "Srta. del Valle" que es una "joven" brillante, gran conversadora y Rosina tirando de ironía para tratar de ocultar los celos ... parece que Liberto ha olvidado lo que le ocurrió con Flora y el resultado que tuvo con su esposa; espero que esta vez no termine igual.

    04 jul 2018