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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 794 - ver ahora
Transcripción completa

Aprieta fuerte las cuerdas,

no podemos arriesgarnos a que dé voz de alarma.

-¡Eh!

Despierta, mendrugo.

-¿Ves este cuchillo?

Te lo dejo aquí.

Te aconsejo que cortes tus ataduras

y salgas de aquí a escape, Úrsula no será tan benévola.

-"Lástima"

no haber disfrutado más de su compañía como se merecían.

-Vaya...

Eso me huele a despedida.

-¿Me pasa el milhojas de Agustina?

-"¿Qué hacemos? -Buscar al Peña,"

hacer que cuente la verdad.

Ya es sospechoso que haya desaparecido,

si le encontramos, tendremos algo.

-"Samuel, ¿quieres cogerle?".

Dale tú también la bienvenida a Moisés.

-(LLORA)

-Es tan pequeño. -"¿Crees que podrás encontrarle?".

-En alguna ocasión me habló de una taberna que solía frecuentar.

Me invitó, pero no llegué a acompañarle.

-Seguro que allí encontramos gente que le conozca.

-"Fabiana,"

¿Carmen no está?

-No lo sé, ha desaparecido.

-Eso no es posible.

-"Silvia merece un hombre, yo no puedo ofrecerle nada".

Convénzala para que le acompañe,

anímela a que se embarque en esa aventura.

¿Qué pasará cuando Úrsula descubra que hemos recuperado al niño?

-No quiero ni pensarlo, su cólera no tendrá fin.

-Tendremos que estar preparados.

-Lo sé.

-"¡Moisés, ah! ¡Mi hijo!".

"Me han robado a mi hijo".

Juro por Dios que no pararé

hasta que lo encuentre y os haga pagar por esto. ¡Lo juro!

Nadie ha visto a Carmen salir.

-¿Ha hablado con los doctores?

¿Por qué lo habrá hecho esa mujer?

Es una temeridad salir a la calle con esa herida.

-Y podría infectarse.

Ha estado muy grave, debe descansar.

-¡Por la Virgen de los Milagros, qué desazón!

-¡Samuel! ¡Carmen ha huido del hospital!

-Fui a buscarle una comida

porque tenía antojo, pero solo fue una treta para escapar.

Me engañó como a una boba.

-¿Y si Carmen ha ido a buscar a...? -Estoy seguro

de que Carmen está bien. No hay de qué preocuparse.

-¿Por qué no estás preocupado?

¿Qué sabes?

-¿Le importaría dejarnos a solas?

-¿Qué sucede, Samuel?

¿Dónde está Carmen?

-Ha ido a hacer algo importante. -¿El qué?

Algo que era necesario y que tenía que hacer.

-¿Y no podía hacerlo otro? ¿Por qué ha tenido que ser ella?

-Tenía que ser así. Confía en mí. -No es justo.

Carmen ya ha hecho bastante por nosotros.

-Todos queremos lo mismo, y ella la primera.

-¿Lo mismo? -El final de Úrsula.

Los dos sabemos que tu madre no tardará en regresar.

-Dime dónde está Carmen.

-Te lo contaré todo, pero a su debido tiempo.

¿Confías en mí?

Pues hazme caso y no preguntes más.

Ahora lo importante es decidir cuál es el siguiente paso.

¿Vamos?

¿Ves como no me cuentas nada?

-Tú no me escuchas, te avisé de que iba a venir tarde.

-¿Cuándo, cuando estaba en otro cuarto?

¿Cómo puedes no decirme nada?

-Te juro que lo hice.

-Pues yo no lo recuerdo

y no me digas que estoy perdiendo memoria.

No tienes conciencia, sabes que me preocupo si llegas tarde.

-No deberías.

Sé andar por la calle sin correr peligro.

-Será que te echo de menos.

Siempre estoy sola, abandonada al pairo.

-Cariño,... oye,...

¿No me vas a preguntar cómo me ha ido?

-¿Es que eso si vas a contármelo? -Por supuesto que sí. He hecho

un buen trato con las tierras de Granada.

-Pero si no dan ni higos chumbos.

-Según la hija del comprador,

van a utilizar unas nuevas técnicas para sacar rentabilidad.

-Mira qué bien. -La muchacha trabaja en la revista

"Bazar Ilustrado" y quiere hacerme una entrevista.

-Otra mujer periodista, no sé a dónde vamos a llegar.

-Eso está muy bien, una mujer periodista...

Y es una revista de prestigio, menuda tirada tiene,

llega a todo el país. -Sí.

Hemos quedado en unos días

para la entrevista.

-Oh, qué bien.

-¿Me has escuchado? -Ajá.

-Luego dirás que no te lo dije. -Ajá.

(Sintonía de "Acacias 38")

¡Uff! Qué ganicas tengo de llegar al pueblo.

Y de ver a mi tío Cosme y a don Cucufato, el cagón.

-Y a la Paquita, la de las enaguas prietas.

-Y a don Leopoldico, el del abanico.

Se me hace el culo agua limón

de pensar en el reencuentro.

-Y mi Ramón va a dar el pregón, ¡no puedo estar más contenta!

-Lo que hay que hacer por amor. -Trae, que te ayudo.

-Gracias, no podía más.

-¿Has hablado ya con el conductor sobre la mejor ruta a seguir?

-Sí. Toma, perdona, Lola. -¡Antonio, por favor!

-Cabrahígo no aparece ni en el mapa.

-En ese, porque lo han quitado. -Claro.

-Lo han quitado para no vean que es el pueblo más rebonico.

-¡Ole!

-Le he dicho que, en el cruce de Don Anselmo,

gire a la derecha.

-Deje, doña Trini, se la llevo.

-No se apure, que puedo yo, solo son tres fruslerías para la familia.

Le llevo un bote de hormigas a mi tío Reinaldo,

que colecciona insectos.

Estas son autóctonas de la ciudad.

Le llevo a mi tía Conchita dos botellas de aguardiente.

Tiene un saque que no vea,

tumba hasta al hijo de la Dolores, Paco el flaco,

que no está flaco,

que es un mastodonte.

Que llevo cuatro cosas, que gracias,

que no hace falta. A más ver.

-Don Cesáreo, a mí sí me haría falta ayuda,

esto pesa como un carro de arar lleno de arena.

-Soy sereno, Lolita, no porteador.

-¡Lolita, Lolita, quieta! ¿Adónde vas?

Que aún te queda mucho viaje, no lo empieces encendida.

-¿Has visto tamaña sinvergüenza?

-Es un desgraciado y un engreído. -Y un gañán.

-¡Y un tonto a las tres!

Qué ganas de adelantar la boda solo para cantarle las 40.

-Perdona, Lola, se me había olvidado.

Vamos, que llegamos tarde al pregón.

-¡Nos vamos!

Qué pena que no podáis ver el pregón.

-Una pena, sí. -Que tengáis buen viaje.

¡Tenedme cuidado por esos mundos de Dios!

-Lo que me da pena es perderme la huevada esa.

Ver a don Ramón con impermeable y esquivando huevos no tiene precio.

-Yo le digo una cosa, Servando.

Don Ramón tiene que querer mucho a doña Trini,

pero mucho, mucho, mucho.

¿Quiere otro té?

-No, marcho a comisaría,

Flora presta hoy declaración. -Antes quería preguntarle algo.

-Claro, ¿qué ocurre?

-Arturo y usted son amigos, prácticamente se ven todos los días.

Usted tiene que saber lo que le ocurre.

¿Le ha contado algo que yo no sepa?

(Llaman a la puerta)

-Yo abriré,

llego tarde. Ya hablaremos en otro momento.

-Buenos días, Felipe. ¿Podría ver a la señorita Reyes?

-La encontrará en el salón. Si me disculpa, llego tarde.

-Con Dios. -Con Dios.

-Esteban, qué alegría verle,

¿qué hace por aquí?

-Venía a despedirme, emprendo mi viaje a Groenlandia en breve

y no sé si me dará tiempo a pasar de nuevo.

-Es una pena que no le vayamos a ver durante un tiempo.

-De eso precisamente venía a hablarle.

-Tome asiento, por favor.

-¿Sabe lo increíble que va a ser ese viaje?

Aun científico, va a suponer una experiencia única.

-Esteban... -Déjeme terminar.

Visitaremos lugares remotos y sorprendentes,

pisaremos rincones donde no hay civilización.

-Y seguro que se siente usted plenamente feliz

sabiendo que está donde desea estar.

Como me sucede a mí aquí.

-Tenía que intentarlo.

-Le deseo toda la suerte del mundo.

Es usted un hombre excepcional.

-Gracias, Silvia.

Supongo que esta es nuestra despedida, pues.

-Venga a visitarnos a su regreso

y cuéntenos todas esas experiencias que va a vivir.

-Así lo haré, señorita Reyes.

-Esteban, aguarde.

Antes me gustaría preguntarle algo.

Ayer, Arturo le pidió hablar con usted a solas.

¿Qué le dijo?

-Nada importante, me deseó suerte en mi viaje.

-¿Y para desearle suerte me pidió a mí que saliera?

-Don Arturo quería que la convenciera

para que partiera conmigo a Groenlandia.

Y no me haga contarle más, no quiero traicionar al coronel.

-No es necesario.

El resto ya lo sé.

-Debería hablar con don Arturo de una vez por todas.

Sin tapujos, a cara descubierta.

-Gracias, Esteban.

No solo por esto,

también por salvarme la vida.

-Espero que arregle las cosas con el coronel.

Envidio el amor que se tienen y no me gusta verlo terminar.

-Pronto le llegará a usted, ya lo verá.

-Así lo espero. -Estoy segura.

¿Y sabe por qué? Porque se lo merece.

-Cuídese mucho, Silvia.

Menudo tipejo inmundo,

mira que no cogerle el macuto a la Lola porque es una criada.

-Con doña Trini, ahí sí corría para llevarle las maletas.

-Suerte ha tenido de que la Lola no le arreara un mandoble.

-Poco le ha faltado.

-Seguro que aparece cuando menos se lo espere.

-¿Que aparece quién? ¿Qué ha pasado?

-La Carmen, se fue del hospital por su propio pie.

-¿Ya se había recuperado del todo?

-Esa es la cosa, que no.

Que la herida sigue aún sin cicatrizar y dice el doctor

que se le podría infectar.

-¿Y no se sabe nada desde ayer?

-No ha dormido en el altillo. -¿Por qué Carmen

haría una cosa así?

-Algo turbio hay. Carmen nunca ha sido trigo limpio.

-No diga eso, Servando. -¿Me va a negar que mentía?

Nunca ha ido de cara.

-Tenía secretos, pero no creo que nada malo.

-Y si no es malo, ¿por qué ocultarlo?

-¿Por miedo quizá?

Hay muchas razones que pueden llevarla a una a mentir.

-Malo o bueno, grave tiene que ser,

porque si no una no se arriesga a morir en la calle por una tontuna.

-Pobrecilla. La verdad es que estoy con la "señá" Fabiana,

para mí no era santo de mi devoción,

pero ahora me da pena no haberla ayudado.

-Yo también barrunto lo mismo.

La dejamos en la boca del lobo.

-De la loba. Porque se referirá a doña Úrsula.

-Sí.

-Marcho, que tengo faena. -Aguarde,

deje que le diga algo. -Lo siento,

pero tendrá que ser en otro momento, ahora no puedo.

(Puerta cerrándose)

¿Qué va a hacer ahora?

-¡Liberto! ¿Cómo ha entrado?

-La puerta estaba abierta.

¿Y bien?

-¿Y bien qué?

-¿Se queda en esta casa?

¿Regresará al barrio? -Esta noche dormiré en el 38.

Gracias por acudir a mi llamada.

-Vine en cuanto el mozo

me dio su nota. -Siéntese, por favor.

-Después de estos días,

le reconozco que ardo en deseos de saber lo que ocurre.

-Han pasado muchas cosas últimamente,

no se lo niego. -Demasiadas.

La agresión a Carmen, la marcha de Úrsula.

Diego, Blanca y usted yendo de un lado a otro

haciendo cosas que despiertan mi curiosidad.

¿Me va a contar qué está ocurriendo?

-No sé si voy a poder, Liberto.

-Le he demostrado que puede confiar en mí.

-Por supuesto.

No es por desconfianza, es mi mejor amigo

y sé que jamás contaría nada que le contara en confidencia.

-¿Entonces?

-Pronto lo entenderá todo, pero ahora le ruego paciencia.

-¿Paciencia?

-Prometo contárselo todo,

pero a su debido tiempo. Lamentablemente, ahora no puedo.

-Ya. Le reconozco que me muero de curiosidad,

pero entiendo que mantener esto en secreto es de crucial importancia.

-No sabe usted cuánto.

-De acuerdo. Solo respóndame a una pregunta.

¿Todo esto tiene que ver con Moisés?

¿Han encontrado a Moisés?

Exactamente. El niño sigue vivo.

Pero ¡eso es

una gran noticia! -La mejor.

-Debería haber empezado por ahí.

Me alegro por usted, Samuel. Por los tres.

-Blanca no puede estar más feliz. -Puedo imaginarlo.

Y en parte es gracias a usted y a la ayuda

que nos ha brindado. -Fruslerías.

Estarán deseando contárselo a todos. -No,

aún no. -¿Por qué?

Es una gran noticia, ¿a qué ocultarla?

-Hay un asunto pendiente por el que le he hecho venir.

-Usted dirá. -Una vez más,

necesito abusar de su amistad. -Usted nunca ha abusado,

pero dígame qué puedo hacer por usted.

-Se lo diré, pero tiene que prometerme que no me hará preguntas.

-Lo pone usted cada vez más difícil.

Pero, si la última vez que le ayudé, sirvió

para rescatar a una criatura, sabe Dios que voy a seguir.

Por supuesto, cuente conmigo.

Dígame, ¿qué he de hacer esta vez?

-Como ya le he comentado, es de vital importancia

que lo que le voy a decir no salga de estas paredes.

-Sabe que puede contar conmigo.

-Es posible que ahora no lo entienda, pero pronto lo hará.

Haga lo que hemos pactado, ¿de acuerdo?

Cargue la responsabilidad en El Peña

y saldrá de aquí pronto.

¿Lo ha entendido? Bien.

Comisario.

Voy a tomarle declaración de nuevo y espero que sea la definitiva.

Agradézcaselo a su abogado.

Le estoy dando a esta chica más oportunidades que a cualquiera.

Esta historia es un disparate.

-Mi clienta se ha comprometido a contar la verdad.

-¿Es eso cierto, señorita?

Espero que no me haga perder tiempo.

La escucho, ¿qué sucedió ese día en La Deliciosa?

Y, señorita,

no quiero más juegos, quiero la verdad.

Hasta ahora no ha dicho más que mentiras.

-De acuerdo, le contaré la verdad.

Es cierto que solo he dicho mentiras.

-No hace falta que lo jure, la historia

que contó sonaba rocambolesca. Empiece.

-Resulta que, hace un tiempo,

el Peña le robó un ídolo a ese Indio.

-¿Un qué?

-Un ídolo sagrado de gran valor.

-Y parece ser que eso

suponía una ofensa para su pueblo,

así que le persiguió y le persiguió hasta que dio con él en la ciudad.

Quería hacerle pagar la ofensa a su Dios.

-¿A su Dios?

-Shiva.

Vino a matar al Peña. Yo lo descubrí allí y tuve que darle un sartenazo.

-¿Usted? -No,

no se ha explicado bien.

El Peña le dio un sartenazo. ¿No es así, Flora?

-No, fui yo.

Le di fuerte porque no quería que lo matara.

Pero le di demasiado fuerte y se murió el pobre.

-Creo que se está confundiendo.

¿No quiere decir...? -No, quiero decir lo que he dicho.

Yo maté al Indio para salvar la vida del Peña.

-¿No se da cuenta de que se está echando la soga al cuello, Flora?

Ningún tribunal va a creer esa historia

de ídolos y dioses.

-Lo sé, pero es lo que pasó.

-Aún está a tiempo

para testificar. ¿Quiere cambiar su declaración?

-Quizá sea una cabeza loca y no pare de meterme en líos,

pero no voy a culpar a un inocente.

-Pues, sintiéndolo mucho, yo poco más puedo hacer.

El juez decidirá qué hacer con usted.

Vaya panorama desolador presenta La Deliciosa.

No sé qué va a ser de nosotros si no abre.

-Con lo que ha sido este lugar y da pena verlo.

No sé si algún día logrará recuperar la solera que tenía.

-Les preocupa más no tener donde tomar un café

que que Flora vaya a ser condenada sin motivos.

-¿Y quién dice que no lo merece?

-Yo lo digo. -Lamentablemente,

tu opinión en esto cuenta poco. La que importa es la del juez.

Deberían aprender de ti

estos dos hermanos, Liberto. Tu comportamiento es intachable.

Por eso a ti te ofrecen entrevistas

y a ellos, declaraciones ante el juez.

-Te ha faltado tiempo para ir contando lo de la entrevista.

-No es ir contándolo a cualquiera, soy su tía.

-Y que necesito un traje para ir bien vestido y por eso fui a verla.

-Traje que ya tienes preparado

para cuando quieras ajustarte medidas.

Y no te disculpes,

que no has hecho nada malo. -Cualquier traje le sienta bien.

No hace falta hacerse uno para la ocasión.

-Es que no quiero quedar mal.

-Tú sé tú mismo y habla con sinceridad

y quedarás estupendamente.

-No seas tú mismo y date bombo,

que pecas de humilde.

-¿Para que parezca un pedante? -No, mejor un don nadie.

-¿Quieren dejarlo ya, por favor?

-Ay, lo que lamento es que Úrsula no esté en el barrio,

me gustaría restregarle

lo de tu entrevista.

-Es cierto. Aunque no es que la eche

de menos. ¡Ay!

¿Cómo se encuentran ustedes?

Estos últimos días han pasado

por cosas terribles.

-Precisamente por eso estamos planeando unas pequeñas vacaciones.

-Qué bien, se van

de vacaciones. -Necesitamos salir,

alejarnos de todo esto y descansar.

-Estábamos pensando a dónde ir, pero aún no lo tenemos claro.

-Me parece estupendo.

Y si me permiten un consejo, vayan al mar.

La brisa hace que una se recupere de cualquier pesar.

-Lo tendremos en cuenta.

Les dejamos, que aún tenemos que pasar por casa de mi madre.

-Hablando de su madre, ¿saben dónde está?

-No tengo

la más remota idea. Lo siento.

Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

-Ahora les alcanzo.

¿Cómo va todo? ¿Cómo está el niño?

-Moisés está estupendamente. Lleno de salud, lleno de vida.

Leonor, soy muy feliz.

Gracias, gracias por todo. Sin ti, esto no sería posible.

-Ya sabes que lo haría mil veces,

pero quiero saber qué está pasando.

-Te lo contaré todo, te lo prometo. Pero aún no puedo hacerlo.

-Cuídate, ¿de acuerdo?

Le digo que no me sucede nada.

-No parece usted la alegría de la huerta.

-No es nada importante.

-Pero debería estar usted

bailando jotas.

Doña Silvia ha regresado a casa sana y salva

después del terrible trance que pasó.

-Y estoy muy contenta por ello.

-No le insisto por querer saber de sus intimidades, Agustina,

pero me tiene usted preocupada.

Puede desahogarse conmigo.

Se oyen cosas por el barrio, Agustina.

-¿Qué cosas? -Cosas como que doña Silvia

no ha retomado su traje de novia.

O que el coronel sigue encerrado sin salir.

Y que los dos deberían estar celebrando

la vuelta de doña Silvia.

-La gente no sabe lo que dice.

-La gente sabe lo que ve

y lo que ve es a doña Silvia paseando sola por la calle.

Antes, se suponía que el coronel

andaba en la casa haciendo llamadas

y apañando el regreso de doña Silvia,

pero ¿ahora qué?

-Los vecinos deberían meterse en sus asuntos.

Lo que pasa en la casa en la casa debería quedarse,

y usted mejor que nadie lo debería saber.

-Y ahí quiero yo que se quede, ¿por quién me toma?

Las dos somos de la misma pasta

y ha de saber que nada ha de salir

de mi boca después de este parloteo,

pero a mí me preocupa usted.

-Yo estoy bien,

puedo con todo.

-Ya, a la vista está.

Tiene mala cara, no come

y no deja de fruncir el ceño, va a caer usted enferma.

Y me temo que todo esto está pasando porque algo gordo

le pasa al coronel y no quiere traicionarlo.

Agustina...

Solo quiero que usted sepa

que puede contar conmigo para lo que sea menester,

que si he de ayudarla en algo, la ayudo,

y no dude que guardaré su secreto como si fuera mío.

(Puerta abriéndose)

¡Doña Silvia!

¿Qué hace entrando por la escalera de servicio?

-Quiero hablar con Agustina.

¿Nos permite, Fabiana?

-Por supuesto, señora.

Con permiso.

-¿En qué puedo ayudarla, señora?

-Lo sabes perfectamente, Agustina.

No me voy a mover de aquí

hasta que me lo cuentes todo.

Gracias.

Me alegro de que esos muchachos tengan vacaciones,

han pasado por tantas calamidades...

-Ni que sean parientes tuyos.

-¿Hace falta ser pariente para desearle el bien?

Liberto es pariente tuyo y le das pésimos consejos.

-¿Pésimos consejos ser uno mismo?

-Sí, si ha de hablar en una revista,

¿qué quieres, que se arrepientan?

Tú déjame lo de la prensa a mí que sé del asunto.

-¿Y qué sabes tú de periódicos? -Sé lo que aprendí

cuando me ocupé de la carrera literaria de mi hija.

-¿Que te ocupaste? Tu hija se ocupaba sola,

tú no hacías más que quitarle protagonismo.

# -Toma huevo... # - Que no es "toma huevo".

Te equivocas, que así no es la melodía de la huevada de Cabrahígo.

# Toma huevo, toma y toma, ¡uff!

# Que no falte nunca más. Que todos se enteren... #

-¡Que no, que no es así!

¿No lo sabré mejor, que Lola me la canta día y noche?

-Eso pensaba yo, pero eres muy dura de mollera.

-¿Me está llamando dura de mollera? -Eres buena,

pero a veces eres un zote.

-¿Un zote? -¡Que eres un zote!

-¿Qué son esos gritos?

Están montando una escandalera muy impropia de este barrio

y, si siguen así, habré de multarlos.

-¡Eso no me lo dices a la cara!

-Te lo digo a la cara y en arameo.

¡Si Liberto sigue tus consejos,

hará el ridículo!

-¿Y esas señoras no arman escandalera?

-Eso, ¿a ellas no va a multarlas? -¡Eres una verdulera!

¡Más que verdulera!

-Discúlpenme, señoras.

(AMBAS) ¿Qué?

-¿Esa voz tan bonita que tienen ustedes es así de natural

o la afinan en casa?

-Yo la afino con clara de huevo. -¿Ah, sí?

Pues no se te nota.

-Es un sinvergüenza.

-Una babosa, ese Cesáreo es una babosa como mi cabeza de grande.

(Campanadas)

¿Cómo?

-Lo que oye, ha vuelto a inculparse.

-No me lo creo. -Ha contado un dislate de historia.

-¿Qué dislate?

-Ha dicho que el Indio vino a cobrarse una deuda

porque El Peña le robó un ídolo sagrado.

Habló de una venganza.

-Lamentablemente, todo eso que ha contado es verdad.

-Verdad o mentira, no ha dicho que El Peña era culpable.

Lo único que le aconsejé. Si me hubiera hecho caso,

sería una mujer libre.

-¿Qué pasará ahora con mi hermana, don Felipe?

-No voy a engañarle, no pinta bien.

¿De verdad que esa historia del ídolo es cierta?

¿Quién puede demostrarlo?

-Que yo sepa, el Peña.

Y a saber dónde está ese hombre.

Hablé con Antoñito antes de irse

y le pedí que lo buscara, pero no tuvo mucho éxito.

-¿Dónde se habrá metido ese desgraciado?

-Habrá abandonado la ciudad.

Y mi hermana sigue empeñada en protegerlo.

-No paraba de decir que no iba a inculpar a un inocente.

-En mala hora le ha dado este ataque de honestidad.

-Ya verás como todo saldrá bien.

Me gustaría creerte, Leonor,

pero esta vez Flora lo tiene muy difícil.

Muy, muy difícil

-Ojalá pudiera contradecirle.

-¿Cómo vamos a sacarla

de ahí?

Flora no tiene escapatoria.

Irá a juicio y será condenada.

-Con permiso.

¿Les apetece algo?

Iré a prepararle algo calentito, don Íñigo,

verá que le sienta bien

y le recompone el cuerpo.

-Gracias, Fabiana, pero no tengo ganas de tomar nada.

Hemos de marchar.

Muchas gracias, don Felipe.

Gracias.

-Vamos.

(Puerta abriéndose)

La estaba esperando.

¿Y qué más le preguntó?

-Quería saber lo que le ocurría a usted, quería saberlo todo.

-¿Qué le dijo?

-Ya sabe usted que nada.

Pero fue difícil esta vez,

la señora se mostró muy insistente.

-Puede serlo cuando se lo propone.

Debía ser terrible en los interrogatorios.

-No dejó de preguntarme una y otra vez

por qué usted la trataba de forma esquiva,

por qué usted se empeñaba en apartarla de su vida.

Ella lo está pasando mal, está sufriendo por usted.

-Lo sé.

Lamento todo lo que le estoy haciendo a ella y a usted.

Lamento que tenga

que verse en esta situación.

¿Seguro

que no le dijo nada?

-Le prometí que no lo haría y he mantenido siempre mi palabra.

-Ha hecho lo correcto, Agustina.

-Le he preparado esta merienda...

y he dejado la cena de esta noche en el horno.

Solo tiene que encenderlo.

-¿Ha de salir a algún sitio?

-Marcho, señor.

-¿Marcha? ¿Adónde?

-Dejo el trabajo, señor.

-¿Me abandona?

-Así es, señor. -¿A qué viene esto?

-A que nunca he hecho lo correcto, sino lo que debía,

y ya no puedo soportarlo más.

Prefiero irme de esta casa

antes de seguir viendo como echa su vida a perder.

-No me haga esto, Agustina.

-Está usted destruyendo lo que tiene con doña Silvia,

un amor verdadero y sincero,

lo más bonito del mundo,...

y no estoy dispuesta a seguir siendo su cómplice en ello.

Ha sido un honor servir para usted, señor.

Gracias por portarse siempre tan bien conmigo.

-No puede dejarme solo.

-Sí, sí puedo, señor.

¿Dónde está Moisés?

-¿Moisés? No sé de qué me habla.

-¿Dónde está mi hijo?

-¿Su hijo?

Pensé que se sorprendería al verme fuera de prisión.

¿Quiere saber cómo me he librado de sus acusaciones?

Lo del pisapapeles fue una jugada muy torpe,

incluso viniendo de usted. La creía más lista.

-No te repetiré la pregunta. -Parecía definitivo,

pero con ese pisapapeles usted me regaló la manera de escapar.

Ese pisapapeles aparecía en el retrato

que Blanca y yo nos hicimos con su querida Cristina Novoa,

¿lo recuerda?

-Ahora crees que has ganado, pero te equivocas.

-¿Usted cree?

-¿Qué piensas que sucederá?

¿Qué viviréis los tres juntitos,

Blanca, Diego, tú y ese niño?

Resulta hasta ridículo,

pero tú siempre has sido ridículo.

-La noto nerviosa, doña Úrsula.

¿Tal vez sea que ha comprendido que esto ha terminado para usted?

-¡No te saldrás con la tuya!

¡No eres mejor que yo!

-Marcho a mi hotel,

no me gustaría que se sintiera incómoda en su propia casa.

Bienvenida de nuevo.

Disfrute de su estancia.

(Campanadas)

¡Las 9 y sereno!

¡Las 9 y sereno!

-(BURLÁNDOSE) ¡Las 9 y sereno!...

¡Las nueve tortas que le iba a dar yo con la mano abierta!

Este hombre es un mastuerzo.

Hay que jeringarse, qué gente hay por el mundo.

-(SILBA)

(SILBA)

-¡Arrea! ¿Y usted "ande" estaba, que no lo sabíamos los del altillo.

Don Antoñito y don Íñigo han removido cielo y tierra buscándole.

¿Está usted bien? -Sí.

¿Y Flora? ¿Sabes algo de ella?

-Pues sí, saberlo, lo sé todo,

pero no sé yo si debería contárselo.

-Dímelo, sea lo que sea, he de saberlo.

Casilda, por favor.

-Lo tiene muy crudo.

-¿Qué significa eso?

-Que sigue en el penal, pero...

-Pero ¿qué?

-La "seña" Fabiana oyó una conversación entre don Felipe,

el señorito Íñigo y la señorita Leonor.

-¿Una conversación sobre Flora?

¿Y qué decían?

-Parece ser que don Felipe le había aconsejado que le acusara a usted

para librarse de la condena.

-¿Y ella qué hizo?

-No le hizo ningún caso.

-Entiendo.

-Usted lo entenderá, pero don Felipe y don Íñigo no lo entendían.

Le dijeron que, si no hacía algo, iba a terminar malamente.

-¿Qué significa eso?

-La van a condenar a la culpabilidad.

La Fabiana oyó que lo tiene muy negro.

Del color de las hormigas.

-Gracias, Casilda.

-¿Dónde va? -Ahora he de irme,

pero no digas que me has visto.

-¿Y eso por qué? -Confía en mí.

He de hacer algo importante.

Pronto tendréis noticias mías.

Guárdame el secreto, ¿de acuerdo?

¡Hay que jeringarse! ¡Ahora tengo que morderme la lengua

con lo que me cuesta guardarme un secreto!

¡Maldita sea mi estampa, ay!

¡Maldita sea!

¿Cómo me ha hecho esto Agustina?

¿Y dónde va a ir usted a su edad?

-Ya me las apañaré. -¿Y cómo?

Ya no somos unas zagalas. -Ya veré.

-Barrúntelo dos veces.

¿No ve que el mundo

no está para andar sola con una maletica y poco más?

-¿Acaso cree que no lo he pensado? Pero estoy convencida.

-Agustina, haga el favor de escucharme una miaja.

-No, no puedo más, Fabiana,

no puedo seguir muda mientras veo como ese hombre se destroza la vida

obcecado en no confesar...

-¡Ay,

ay!

Sosiéguese y siéntese.

Cálmese, venga, ahí.

La maletica, fuera.

A ver.

Sé que usted no me va a decir nada para no traicionar a su señor,

pero está claro que, sea lo que sea lo que guarda usted,

es algo que la afecta.

-Me está matando por dentro, Fabiana.

-¿Por qué no me lo cuenta y vemos de cómo apañarlo?

-¿Y de qué serviría?

Usted tampoco podría hacer nada.

Ya es demasiado tarde. -No.

Nunca es demasiado tarde.

-Me he ido de esa casa para siempre.

-Ha discutido con su señor, solo eso.

-No,...

es definitiva mi marcha.

Usted no conoce a don Arturo.

-"Tontás". Usted le ha dicho que se va

y él sabe que es por esa cosa que no quiere contar.

El coronel la quiere, Agustina,

y aceptará su vuelta si usted le pide volver.

-No quiero volver. -Sí, sí quiere.

Sí quiere. ¿No se da cuenta de que marchándose

no gana nada?

Va a dejar de hacer la maleta

y va a tomarse un té.

Va a ir a su casa y le pide a su señor su readmisión.

-No pienso hacer eso, Fabiana. -Sí.

Es exactamente lo que hará.

Usted no puede perder un trabajo

que está claro que le gusta,

ni a su señor, a quien es evidente

que le ha cogido mucho afecto.

-No puedo.

-Bien sabe Dios que puede usted eso y mucho más

por usted y por su señor.

Porque que usted marche no es bueno para ninguno de los dos.

Bien lo sabe.

(Puerta abriéndose)

Sabía que vendría, Agustina.

Recoja este estropicio.

-No soy Agustina.

-¡Silvia!

Se me ha resbalado la bandeja y ni siquiera he mirado quién entraba.

Di por hecho que eras Agustina. -Basta de mentiras.

-¿Mentiras? ¿De qué hablas?

-Hablo de las excusas que me hacen daño,

de que me mientes para no enfrentar la verdad.

-¿Qué verdad?

-Que no puedes verme porque te estás quedando ciego.

(Puerta cerrándose)

¡Madre!

Pensábamos que estaba usted

fuera de la ciudad. Qué alegría verla.

-No me vengas con pantomimas. No disimules,

las dos sabemos

que mi presencia aquí no te provoca ni alegría ni sorpresa.

-¿Cómo dice?

-¿Dónde está el niño, dónde está Moisés?

-¿De qué niño habla?

-Lo sabes muy bien. -Madre...

No existe tal niño, era una niña.

Creí que lo habíamos asumido

hace tiempo.

Falleció en el parto, ¿no lo recuerda?

¿Se encuentra usted bien, madre?

Fuimos las dos al cementerio para llorar su muerte.

-¿Está segura

de que se encuentra bien?

Quizá debería sentarse.

-¿A qué estáis jugando?

-¿Nosotros?

A nada.

¿Dónde está?

Vosotros lo sabéis, vosotros lo tenéis,

vosotros

os lo habéis llevado. -Ojalá tuviéramos

a nuestra niña con nosotros, pero lamentablemente está muerta.

Fue una tragedia,

una pérdida terrible, ¿no crees, Blanca?

-Terrible.

-Sé lo que estáis haciendo.

Pretendéis devolverme con la misma moneda

lo que le hice a Blanca.

Pero yo no soy

tan ingenua como tú.

-¿Recuerda esa mantita?

La compramos juntas

para mi niña, pero jamás pude usarla.

-¿Dónde está Moisés?

¿Dónde está mi hijo?

Arrea, la bruja ha vuelto a Acacias. -Es como la mala hierba,

no hay manera

de hacerla desaparecer.

-Doña Úrsula..., ¿precisa de algo?

¿Desea que la acompañe a su casa?

-"Arturo, cuéntamelo todo".

¿Cuál es el mal que padeces?

-Cataratas.

Silvia, voy a quedarme ciego sin remedio.

-"¿Puedo pedirle un favor? Por descontado,"

al tratarse de algo que se encuentra fuera

de su labor, se lo recompensaría.

-De ninguna manera. No tiene por qué pagarme nada.

Es un placer y mi deber poder ayudarle.

¿Qué es lo que necesita de mí?

-Estoy muy preocupado por mi madrastra.

Hace días que no se sabe de ella. Deme aviso

si regresa a su domicilio.

Esta es la tarjeta del hotel donde me hospedo.

-Descuide, don Samuel,

seré todo ojos. En cuento sepa de ella, le avisaré.

-"Por el amor de Dios,"

abre los ojos de una santa vez. Esto no va a terminar bien,

¿no lo ves?

Vas a ir a juicio acusada de asesinato.

Para colmo de males, la víctima no es

un don nadie, sino una persona con amigos poderosos.

¿Sabes lo que eso significa?

Que serás condenada a muerte sin remedio.

Prepara tu cuello, te van a dar garrote.

-¿Van a darme garrote?

-Quizás hayas sido demasiado duro.

-Leonor, que abra los ojos de una vez.

-¡Qué venga el comisario! Quiero cambiar mi declaración.

-"También quería pedirle disculpas"

por el sufrimiento que la he causado estos días.

La coloqué en una situación insoportable,

obligándola a que me encubriera. -En verdad

que no ha sido plato de buen gusto.

-¿Podrá perdonarme algún día?

-Pierda cuidado, coronel, esta más que disculpado.

-Demuéstremelo volviendo a mi servicio.

-"Tenemos que seguir hacia delante".

Seguir con el plan trazado.

-La obsesión de mi madre por Moisés será su condena.

-¿Has hablado con alguien más

para que nos ayude? -Advertí a Liberto.

-Bien. -Leonor y Felipe están al tanto

y nos ayudarán sin hacer más preguntas.

No tardarán en formularlas

ante lo peculiar

de nuestros mandatos. -¿Y Carmen?

-No lo sé, pero no creo que tarde en dar señales de vida.

-Y cuando lo haga, será el momento

de apartar definitivamente a Úrsula de nuestras vidas.

-"¿Dónde ha podido ir?".

Debo encontrarla, hacerla entrar en razón.

¿Porque...

en el barrio, ustedes no la habrán visto?

-Ya le he dicho que creía que seguiría aquí.

Hay algo más.

La enfermera me ha entregado una nota que, al parecer, Carmen dejó.

Quizás aquí le diga algo

sobre su paradero.

¿Y bien? ¿Le ha dejado alguna seña?

-"Ha llegado el momento de saberlo todo".

¿Qué pretenden con todo esto?

Tan solo trato de entender cómo afectará

todo esto a nuestra enemiga.

¿Por qué seguir este camino

tan extraño si, como todos imaginamos,

Úrsula está detrás

de lo que le ha pasado a Carmen?

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  • Capítulo 794

Acacias 38 - Capítulo 794

29 jun 2018

Samuel tranquiliza a Blanca; él sabe dónde se encuentra Carmen. Úrsula regresa al barrio y se enfrenta con Samuel, pero sus amenazas no surten efecto en el Alday. A continuación visita a Blanca y a Diego, pero ellos fingen no saber nada. Los Palacios se marchan a Cabrahigo para el pregón de Ramón. Silvia sonsaca a Esteban la razón por la que Arturo le llamó y le reconoce que ella ya sabía de la ceguera de Arturo. Los dos se despiden deseándose la mejor de las suertes. Agustina deja su trabajo; se niega a seguir encubriendo a Arturo frente al barrio. Silvia se encara con Arturo: sabe de su ceguera y no está dispuesta a que haga más tonterías. Samuel confiesa a Liberto que han recuperado al niño, pero tiene que pedirle un favor más. A pesar de sus miedos, Flora decide no acusar al Peña. Su futuro es cada vez más negro. Pero el Peña regresa a Acacias y se preocupa al conocer las penurias que sufre la chocolatera.

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  1. Carla lorite

    Como se echa de menos a Manuela y Germán, tendrían que hacerlos volver de alguna manera, eran la ilusión de esta serie, que los resuciten o que vuelvan como sea¿¿¿¿

    02 jul 2018
  2. Elida

    Pobre Rosina, no gana para disgustos; su hija, ya mayorcita,que se empeña en vivir la vida a su modo y no le " obedece "; su marido, unos cuantos años mas joven que ella y que con " simples " gestos,naturales y sin ninguna " segunda intención " provoca los celos de esta mujer adulta pero con reacciones de niña malcriada.- Vaya paciencia en esposo,hija y personal de servicio, para sacarles el sombrero.................Por otro lado, hago votos para que la asesina serial, UD, acabe internada en un " LOQUERO " con camisa de fuerza incluida, sería mejor castigo que cualquier otro ( a menos que los señores guionistas que se solazan con sus maldades le den mas oportunidades de cometerlas)

    30 jun 2018
  3. Lolita

    Me da mucha pena que el comisario no tenga una comisaría en la que llevar a cabo su trabajo. Teniendo en cuenta la de delitos que se cometen en esta serie, los guionistas deberían asumir que se trata de un escenario imprescindible para el desarrollo "creíble" d de la trama. Deberían reconstruirla ya. Es ridiculo

    30 jun 2018
  4. Victoria

    ¡Ufff, una "mujer periodista" ... espero que a Rosina, no le vaya a pasar lo mismo que con Flora! ... además, Liberto quiere hacerse un traje nuevo para "ir bien vestido a la entrevista" ... pero, si él está siempre bien vestido y guapísimo. A Rosina, se le han notado mucho los "celillos" aunque es verdad y estoy con ella en que, últimamente, su marido la deja bastante tiempo sola y tienen más discusiones que reconciliaciones y besos; puede que éso tenga la culpa de su excesiva alteración y gritos exagerados. No me gusta nada como la trata su hija y menos, que Liberto le quite la razón delante de ella, en lugar de ir consiguiendo, poco a poco y con su amor, que su esposa cambie ciertas cosas y las acepte. Rosina debería recordar que su hija es una mujer con demasiada experiencia de la vida y que no necesita ni va a admitir ningún consejo.

    29 jun 2018