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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 792 - ver ahora
Transcripción completa

Espero que tenga una buena razón para hacerme venir.

-Siento las molestias, comisario.

Pero el asunto requiere de mucha discreción.

El caso de Flora Barbosa.

Alias, Flora Cervera.

-Asumo que el interés es personal.

-Más o menos.

Me lo ha solicitado una familia muy apreciada.

-Pues el caso es de los que engañan.

Lo que parecía una reyerta ahora es un asesinato.

Homicidio, como poco.

-Usted me dirá las pruebas y testigos que existen.

Podría alegar defensa propia.

-Podría, pero no lo tiene fácil.

El occiso en cuestión, un ciudadano indio,

es una persona adinerada y de talla en su país.

-Usted y yo creemos en la igualdad ante la ley.

-Eso dígaselo a los altos cargos de Gobernación.

Solo buscan mostrar un culpable a las autoridades británicas.

-No banalizo las presiones que está recibiendo.

Pero la declaración de la acusada deja muchos resquicios.

Cuesta creer que con una sartén pretendiera asesinarle.

-El arma del crimen puede llevar a la incredulidad.

Y hasta a la mofa.

Pero el hombre está muerto.

-Defensa propia, comisario.

-Vamos, Felipe, a otro perro con ese hueso.

Flora y el otro individuo...

-El Peña. -Exacto.

Ambos testificaron que la víctima entró a cometer hurto.

Y he dicho bien, hurto.

Por unos bollos.

No.

No se sostiene.

Era una persona adinerada. Aquí hay gato encerrado.

-¿Han vuelto a interrogar a la sospechosa?

-Así es.

Aunque creo que entre el indio y el Peña había alguna relación.

Algo turbio, sin duda.

La señorita Barbosa se niega a aclarar el entuerto.

-La llevará ante su señoría. -No le quepa duda.

Si no hay nuevos indicio, la muchacha irá ante el juez.

Me maravilla que hayan pasado 10 años

y estés igual de atractiva.

¿Recuerdas aquella noche?

-He tratado de olvidarla.

En ocasiones, lo he conseguido.

-No parecías tan esquiva.

-Hacía bien mi trabajo.

Simulaba no tener asco a alguien tan miserable.

-Todo sería mejor para los dos

si colaborases.

¿Nunca has querido volver atrás en el tiempo?

-No para encontrarme contigo.

-Silvia.

Siempre tan orgullosa y altanera.

¿No ves que no te lo puedes permitir?

Pero me gusta.

Siempre me gustó tu mirada salvaje.

Tus movimientos.

Deja que te vea bien.

Date la vuelta, paséate para mí.

-No pienso hacer eso.

-Claro que lo vas a hacer.

He pasado 10 años en la cárcel.

Y pocas ocupaciones tenía mejores que pensar en ti.

Te conozco mejor que nadie en el mundo.

¿Sabes por qué lo vas a hacer?

-Ilústrame con tus amplios conocimientos sobre mí.

-Porque crees que siempre hay una oportunidad

y debes hacer que pase el tiempo para que aparezca

la oportunidad de escapar.

Quién sabe, a lo mejor tienes razón, pero lo dudo.

-Si hay alguna manera de salir de aquí,

lo haré para acabar contigo.

-Y si no la hay, acabaré yo contigo.

¡Basta de cháchara, date la vuelta, que te vea bien!

Tu olor...

es fascinante.

En la cárcel, podía recordar tu cara,

rememorar tu voz, pero tu olor, nunca.

-¡Es asqueroso!

-¿Olvidas que fuera está mi amigo Andújar?

No es una persona razonable y tampoco culta.

Pero es eficaz.

Muy eficaz en su trabajo.

Y si no te portas bien, le diré que te enseñe a ser amable.

Quizá le deje solazarse contigo cuando todo haya acabado.

-Está bien.

¿Qué quieres?

-Que acabemos lo que empezamos aquella noche.

Llevo 10 años soñando con tus besos.

Con tu cuerpo.

-¡Ah! -¡Maldita!

-¡Ah!

Silvia, Silvia.

Esto no ha estado nada bien.

Nada bien.

¡Me vas a obligar a hacerte daño antes de lo que tenía previsto!

-Seré tuya.

-Voy a marcarte para siempre.

Nadie más disfrutará de tu belleza.

Olvídate de tu cara bonita.

-¡Quieto!

Suelta ese cuchillo.

¿Quién es usted?

¿Otro incauto al que engañó Silvia? -Apártese de ella.

-Al menos, podía haberse hecho con una pistola.

¡Ay!

-¡Silvia!

¿Estás bien? -Sí.

-Tenemos que irnos.

¡Ah!

-¡Ah!

¡Mátala! -¡No!

¡No, por favor! -¡Que la mates!

(Disparo)

Esteban.

¿Estás bien?

Esteban.

Ya pasó.

Gracias.

¿Castro de la Sal, dónde está ese pueblo?

-Camino de Valencia.

Es donde creemos que se esconde mi madre.

-¿Y cómo lo sabéis?

-Conseguí hablar con la mujer del cochero.

Me dijo dónde se dirigía.

-¿Y por qué ese pueblo?

Tiene que ser muy pequeño. -Pues no lo sé.

Me imagino que le pilla de camino al puerto donde cogerá un barco.

Igual pasa varios días allí o quizá solo una noche.

Por eso, es importante que lleguemos lo antes posible.

No puede escapar.

-¿No hay nadad más?

Con la cantidad de lugares que hay para descansar.

No te fíes de las casualidades. -Pronto lo sabremos.

-Tanto mal a su alrededor.

-Lo que nos contó la ha convertido en un ser terrible.

Pero la vamos a parar.

Samuel tiene que estar a punto de llegar con un carruaje.

Recuperaremos a mi hijo. -Lo sé.

¿Has visto a Carmen en el hospital?

-No he tenido tiempo.

Pero he rezado por ella.

Ha sido de gran ayuda.

-¿Y Samuel, sabemos algo de él? -Todavía no ha regresado.

-¿Por qué tardará tanto?

¿Blanca le ha contado todo? -Sí, sí, todo.

Esperemos que sea el final y recuperen a Moisés.

-No diga nada de nuestras sospechas ni de adónde nos dirigimos.

Es mejor que nadie sepa nada hasta que tengamos a Moisés.

Ni a la policía. -No.

Pueden confiar en mí.

Sé lo que se juega la familia.

-Gracias, Leonor.

Samuel está a punto de llegar.

No podemos perder ni un minuto.

-Será mejor que me marche, no quiero retrasarles.

Mucha suerte. -Gracias.

Pronto estarás con tu hijo. -Dios te oiga.

-Voy a la plaza.

A la parada de los carruajes.

No entiendo por qué tarda tanto. -Nos retrasaremos más.

Samuel.

-No podremos partir hasta mañana. -¿Por qué?

-Hay lluvias torrenciales en el interior

y el camino está cortado por el desbordamiento de un río.

Ningún cochero ser arriesga. -¿Ni pagando el doble?

-Es una cuestión de seguridad.

He escuchado a los que llegaban.

-Yo iré a buscar a mi hijo aunque sea a pie.

-Y yo, contigo.

Algún cochero correrá el riesgo. -He hecho lo que he podido.

-Si es necesario, compraré el coche y lo llevaré.

Vamos, Blanca.

-Sé que has hecho lo que estaba en tu mano.

-Haced lo que queráis.

Pero tendréis que regresar.

-Lo tenemos que intentar.

¿Sabe lo que me gustaría, Fabiana?

Poder comer uno de esos flanes que cocina usted.

-No creo que nos den permiso.

Pero eso demuestra que está usted mejor.

-Estoy pensando en mis últimas voluntades.

No quiero morirme sin volver a comer uno de sus flanes.

-Lo de sus últimas voluntades no lo diga ni haciendo chanza.

Le queda a usted mucha guerra que dar todavía.

A ver si nos entierra a todos, uno tras otro.

-Años de vida y en paz con todo el mundo.

Dios le oiga.

Y no como estos meses atrás, que no he tenido paz con nadie.

-En parte, por mi culpa.

-No quiero echarle nada en cara.

Su comportamiento ayudándome en este difícil trance

borra todas sus culpas anteriores.

-Si no fuera por Úrsula...

Al lado de esa mujer, nunca crece la concordia.

-Úrsula todo lo agosta.

-¿Fue ella quien le atacó?

Mire.

Yo me creo todo lo que me cuente.

Y todo lo que le haya hecho.

Hace tantos años que conozco a esa mujer...

Le he visto hacer tantas veces lo mismo...

-¿A qué se refiere?

-Primero, buscó su punto débil.

Un secreto o algo así.

Para usarla a su antojo.

Para que tuviera que obedecerla.

Después, la tendría pillada

por todo lo que hiciera a sus órdenes.

Nada bueno. -No se confunde.

-Y ahora, no sé...

A lo mejor ya no quiso tragar más

y ella no estaba dispuesta a dejar que usted se fuera.

-Buenas noches.

¿Cómo te encuentras? -Mejor, señor.

Gracias a Dios.

-¿Te importaría dejarnos a Carmen y a mí solos?

-Claro, señor. Ya va siendo hora de marcharme a casa.

Hasta mañana. Y pase buena noche.

Ah.

Y si el doctor me deja, mañana le traigo un flan.

-Soñaré con él.

¿Han encontrado a doña Úrsula y al niño?

-No, todavía no.

Pero quiero creer que cada vez estamos más cerca.

Fue ella quien te acuchilló.

No trates de negarlo, es evidente.

-Tengan cuidado.

Los últimos coletazos de doña Úrsula serán los más letales.

Querrá llevarse a alguien con ella.

-Lo sé. Por eso, tenemos que armarnos contra esa mujer.

Solo tú puedes decirnos cómo hundirla.

-Si pudiera hablar con Riera... -Pero no está.

Tienes que confiar en mí.

-Sé cosas sobre su pasado.

-Cuéntamelas sin dejarte un solo detalle.

Quién pudiera ser rodeada por estos brazos.

-Sabes que es lo que más deseo.

Y espero que llegue el día en que duermas entre ellos.

-Que ese día llegue pronto.

¿Tenemos noticias de tu hermana?

-Ninguna.

¿Vienes de casa de Blanca?

-Sí, estaban optimistas.

Aunque yo no confío en que los planes salgan como desean.

-¿Algo que me puedas contar?

-No, mejor no, cambiemos de tema.

Sufro mucho por ese niño y prefiero olvidarlo un poco.

¿Y esta ropa? No es muy elegante.

-Ropa de mozo de cuerda.

Estaba descargando trenes.

-Ese trabajo no es para ti.

-Me han despedido. Con todo lo de Flora,

no he podido cumplir los horarios.

-Lo siento. -No te preocupes.

Cogí el trabajo para pagarle más a Eva

y que te contara la verdad.

Ya no es necesario.

-Siento haber dudado de ti.

-Lo extraño era que no dudaras.

Pero mañana me buscaré la vida.

Sabes que se me da bien.

No es algo que me preocupe.

Si pudiera sacarla de la cárcel, tal vez la vida nos sonreiría.

Al menos, en parte.

-Podrás.

-Don Felipe.

-Buenas noches.

-Dígame que tiene buenas noticias.

-Me temo que no.

He estado reunido con el comisario.

Si no hacemos nada, pasará a disposición del juez.

-¿Y qué podemos hacer? -Convencer al juez.

Aunque con la declaración de Flora, va a ser imposible.

Parece la declaración de alguien que tira piedras contra su tejado.

-Intentaré convencerla para que la cambie.

-Hágalo.

Pero lo que diga, que tenga coherencia.

Si no, las perspectivas no serán nada halagüeñas.

En fin, debo irme.

-Don Felipe.

Gracias por la preocupación por Flora.

¿Se sabe algo de Silvia?

-Iba a casa de don Arturo. De eso me quería informar.

Esperemos que se sepa algo. -Esperemos.

Vaya usted con Dios. -Con Dios.

(SUSPIRA)

-Vamos.

Debería haber ido yo mismo a buscarla.

Me he comportado como un cobarde. -Nadie piensa que sea un cobarde.

Deje de decir eso.

-Ni siquiera soy capaz de venir solo.

-Si no fuera por...

por su enfermedad, habría empuñado las armas

para traerla sana y salva.

-Debo sufrir la humillación de que otro lo haya hecho por mí.

-Coronel, celebro verle por aquí.

Mis hombres están a punto de regresar de la operación.

-¿Sabe algo ya? -No, aún no.

Pero la falta de noticias es la mejor de las noticias.

Si algo hubiera salido mal, ya nos habríamos enterado.

-¡Ahí está la señora!

-Arturo.

-Silvia.

-(LLORA)

Amor.

Pensé que nunca más te volvería a ver.

-Gracias a Dios que puedo volver a abrazarte.

-Doña Silvia.

Supongo que querrá llegar a casa, descansar y tomar un baño,

pero necesito hacerle unas preguntas.

-Estoy a su disposición.

Espérame en casa.

-Estás bien, que es lo importante, yo te espero en casa.

¿Esteban no ha venido contigo?

-Está en el hospital.

Recibió un fuerte golpe en la cabeza.

Si no llega a ser por él, ahora mismo estaría muerta.

-Espero que no sea nada y se recupere.

-Es joven, pronto estará en la calle.

-Claro.

La juventud le ayudará.

Nos vemos en casa. -Sí.

-Vamos, Agustina.

-Por favor, cuénteme todo lo que sepa sobre Blasco.

-Sí.

Nos conocimos hace 10 años.

Habrá leído el historial. Era tratante de esclavos.

(BOSTEZA)

-Servando, otro bostezo así y se le va colar en la boca un oso.

-Lo que más me fastidia de este trabajo es madrugar tanto.

-¿Madrugar? Si lleva el mercado puesto un par de horas.

-Hay quien dice que Dios ayuda al que madruga.

Otros dicen que no por mucho madrugar, amanece más temprano.

-Nunca había caído yo en esa lucha de dichos.

Una ya no sabe ni con qué refrán quedarse.

-¿A qué has ido tan pronto al mercado?

-A hacerle la compra a la señora Fabiana.

Anda en el hospital cuidando a Carmen.

-Al final, van a terminar siendo íntimas.

¿Le ha contado ya quién le atacó?

-Pues a mí no me lo ha contado.

-¿Qué hay de nuevo?

-Pues nada, aquí, contándonos las noticias del barrio.

-Lo de doña Carmen no se va a repetir.

Ya estoy investigando.

Sería algún ladrón y le echaremos pronto el guante.

-¿Ladrón?

Pues ya le digo yo que va mal encaminado.

-Se nota que no conoce este barrio.

-Conozco lo que tengo que conocer.

-Perdone que se lo diga así, pero de eso, nones.

-El principal ha sido siempre la casa de los horrores

desde que vivía doña Cayetana.

-¿Quién es doña Cayetana?

-Si no sabe quién era, no sabe de la misa, la media.

-Tardaría meses en ponerle al día

sobre la historia de Acacias.

Con el 38, me basta. Pero siga buscando ladrones.

No creo que encuentre al atacante o a la atacante.

-¿Están poniendo en duda mi autoridad?

-No, lo único que estamos diciendo

el Servando y servidora

es que usted no ve más que lo que se ve a primera vista.

-Eres una descarada.

-Seré una descarada, pero conozco Acacias como la palma de mi mano.

Me marcho, que tengo mucha faena.

-Con Dios.

¡Ay, amigo Cesáreo!

La memoria de este barrio la hacen sus sirvientes,

no un recién llegado.

Tengo que seguir barriendo, que luego se me hace tarde.

Siga buscando ladrones.

Y tenga cuidado, no le vayan a robar la cartera.

(RÍE)

¡No, don Felipe!

No puede salir de casa sin echarse nada a las tripas.

Toda la vida de Dios se desayuna sentado.

-No me apetece y no tengo tiempo.

-El día va a ser muy largo y necesita energía.

La energía la dan los suizos, las ensaimadas, los picatostes.

-¡Eres peor que mi esposa!

-Ella me ha dejado dicho antes de irse a Inglaterra

que no le deje salir de casa sin desayunar.

-Será nuestro secreto. Ni se te ocurra chivarte.

(Puerta)

-Voy a abrir.

Aproveche para comerse un bollo. Hágalo por doña Celia.

(SUSPIRA)

-Hola, Lolita, ¿está don Felipe en casa?

-En ayunas, pero está.

-¿Puedo pasar? -Sí, claro.

-Menos mal que le pillo en casa.

-Por poco, ya me iba.

He descuidado las labores con el marqués de Viana.

Es el que me paga.

-Solo será un minuto.

-¿Ha desayunado usted?

Se puede sentar y le sirvo el desayuno.

-No hace falta.

-Anda, Lolita, que has ganado.

Sírvele un café.

Prefiero llegar tarde que ser descortés con Ramón.

-No quiero entretenerle.

-Usted nunca molesta.

Ha aparecido doña Silvia sana y salva.

-No lo sabía, qué alegría. ¿Y dónde estaba?

-Según me ha contado don Arturo,

secuestrada por un hombre al que ella ayudó a detener.

Un tal Blasco, un traficante de esclavos.

-¡Menuda vida la de esa mujer!

Menos mal que mi mayor aventura es vender una cafetera.

-Algunos prefieren llevar una vida de sobresaltos.

-No me busque a mí entre ellos.

Yo solo quiero vivir tranquilo y que mi familia tenga de todo.

-Buen propósito. -El suyo, con leche.

-Sí, con dos cucharaditas de azúcar.

Aprovecho que está aquí Lolita para decirle qué me trae a su casa.

Quisiera que nos acompañara a Cabrahígo.

Tengo que dar el pregón.

-¿Va a hacerlo? ¡Qué alegría más grande!

-Cuenta con mi consentimiento.

-Huy, pero no puede ser.

-¿Por qué? -Porque no se puede quedar solo.

Sin doña Celia ni nada y doña Silvia, a punto de llegar.

-No me acordaba de la ausencia de doña Celia y la vuelta de Silvia.

-No digan tonterías.

Puedo sobrevivir un par de días solo.

Puedo bajar a comer y cenar a la calle.

Y doña Silvia marchará con don Arturo.

-Fabiana va a tener poca faena.

No le importará venir a limpiar lo poco que manche.

-Ya sabes, Lolita, a Cabrahígo.

-¡Ay!

Soy la mujer más feliz de Cabrahígo.

¿Qué digo de Cabrahígo?

Del mundo entero, don Felipe. -Ya está.

-Las emociones hay que contenerlas.

-¡Huy, a Cabrahígo!

Un bollito, don Felipe, o dos. O tres.

Hay que desayunar.

-Bueno, dame uno. -Que aproveche.

Habría sido inútil salir por la noche.

-No quería perder tiempo. -Habrían quedado embarrancados.

El camino está despejado. ¿Y Blanca?

-Ha ido a por comida, así no tendremos que parar.

Ahí está.

-¿Se sabe algo de Carmen? Me hubiera gustado ir a verla.

-Ayer tuvimos una charla. -¿Algo de interés?

-Mucho. Por el camino, os cuento.

-Seguro que te ha dicho que mi madre ha sido quien le ha atacado.

Vamos, quiero encontrar a mi hijo.

-A Castro de la Sal, lo más rápido que pueda.

Diego, ¿vas armado?

-Que no lo sepa Blanca.

-Ten cuidado.

-Espero no tener que usarla. Vamos.

Don Felipe protesta y dice que no tiene mucho margen de maniobra

con la declaración que has hecho.

Que parece que te inculpas

y que exculpas al Peña. -Eso no es así.

Cuento las cosas como pasaron.

-¿Toda la verdad?

-La mayor parte.

-Deja de jugar. ¿No te das cuenta de tu situación?

-Me doy perfecta cuenta.

-¡Pues deja de proteger a ese hombre!

¿No ves que te ha vendido?

En cuanto las cosas se han complicado, se ha esfumado.

O cuentas la verdadera historia del indio

o no va a haber abogado que te saque de aquí.

-La verdadera historia nadie se la creería.

¿Qué hago, llamo al comisario Méndez

y le cuento que el Peña ha robado una estatuilla sagrada

y que un hombre ha dado la vuelta al mundo para sacrificarle?

-Dicho así, no suena muy creíble.

-Lo único que puedo conseguir es que en vez de ir a la cárcel,

me encierren en un manicomio

compartiendo habitación con alguien que se cree Napoleón.

-¿Y qué se puede hacer?

-Yo maté al indio de un sartenazo.

Quizá lo mejor sea admitirlo y esperar a que el juez sea benévolo.

-¡Que no, que Peña es el culpable, no se puede zafar sin culpa!

-¿Quieres que venga un guardia? No grites.

El Peña está pensando en cómo sacarme de esta.

-No seas ilusa. ¿Es que eres estúpida?

Perdona.

Que no te quería insultar.

-Lo has hecho.

-Flora.

Lo único que quiero es que te des cuenta

de que debes salvar tu pellejo.

Y que dejes de proteger al Peña.

-"¿Una chaqueta amarilla, de verdad?"

-Sí, pero solo te la tienes que poner

la noche del pregón y en el lavado de pies.

-¿El lavado de pies, qué es eso?

-La moza más guapa de ese año le lava los pies al pregonero.

A mí me tocó en su día.

Le tuve que lavar los pies al primo del alcalde.

No veas la mugre que tenía.

-¿Me tiene que lavar los pies una moza del pueblo?

-No lo digas todo con tanto asombro, que pareces pasmado.

Lolita, ven.

Ya hemos encargado la chaqueta.

-¡Ay, va a ser un lavado de pies precioso!

Este año creo que le toca a la sobrina del párroco.

-La Inesita tiene la nariz clavadita a la del párroco.

De sobrina, nada.

¿A ti a quién te tocó lavarle los pies?

-A Manolo, el molinero.

Le corté las uñas de los pies, que parecían garras de águila.

-¿Hay alguna tradición popular más que yo deba saber?

-No, todo cosas normales.

-La huevada, que es la batalla de huevos.

-La carrera de sacos de fuego.

-Son carreras de sacos, pero en el fondo, tienen brasas.

Pero tú tranquilo.

Eso solo le toca a los quintos de ese año.

El concurso de rosquillas. -Tiene que participar Antoñito.

A ver quién se come más.

Antoñito se lleva el primer premio.

-El récord está en 42.

-¿En tres minutos? Ay, Dios santo.

-¡Ah, bueno!

El lanzamiento de escupitajos desde la torre del castillo.

A ver quién llega más lejos.

-Menos mal que este año no participa don Retuerzo.

Tienes que conocerle, te va a encantar.

Es el sabio más querido, dicen que va a cumplir 100 años.

-Si es un sabio, sí que me agradará conocerlo.

-Le va a dar un poco de asco el saludo.

-El señor Retuerzo escupe la mano y luego, aprieta muy fuerte.

Pero no pasa nada, Ramón.

Eso es lo que hacen todos los ancianos de Cabrahígo.

-Y lo más divertido. El saltamiento de niños de leche.

-¡Ay!

-¿De niños de leche?

¿Y eso qué es?

-Lo que su nombre indica: saltar niños chicos.

-Los nacidos el mismo año.

-Se ponen todos los críos tumbados en el suelo.

Uno detrás de otro.

El pregonero se pone un traje típico que representa al diablo.

Y los salta.

Eso se hace en Cabrahígo y en un pueblo cerca de Burgos.

-¡Yo no pienso saltar niños vestido de demonio!

-¡Harás lo que se te diga, que son las costumbres!

-Yo me tengo que ir.

Si se me ocurre algo más, se lo digo.

Hale. -Hale.

-¿Y si saltando a esos niños, voy y me caigo?

-No ha pasado eso jamás. ¿Por qué iba a ser el primer año?

Antoñito, hijo, notición.

-¿Qué pasa?

-Don Felipe ha dado permiso para que venga Lolita.

-Bravo, padre.

-No cantes victoria. No sabes lo que nos espera.

Están todos locos.

Vas a tener que comerte más de 42 rosquillas en tres minutos.

-Si son 45, mejor.

¡Ay!

Que Dios te pague lo que estás haciendo.

-Pues vaya factura le iba a presentar.

Pelar cuatro patatas.

-Ayudarme para que yo pueda visitar a la Carmen.

Mira.

Le he hecho un flan que dice que es lo que más le gusta.

-¡Arrea, señora Fabiana!

Quién le ha visto y quién le ve.

Con lo mal que se llevaba con la señora Carmen.

-Una comete errores en la vida, Casildilla.

Pero rectificar es de sabios.

Además, ¿tu dejarías en la estacada a una comadre del altillo?

Nones. -Para chasco que sí.

La única familia que tenemos las criadas son las compañeras.

-Pues sí.

Así ha sido siempre y así ha de seguir.

-Ya está arreglado el paso de la luz.

¿Alguna cosita más, Fabiana? -Nada más, Servando.

¿Qué, quiere usted un trozo de bizcocho?

-Mujer, eso ni se pregunta.

Así, de paso, le pregunto por la señora Carmen.

-Pues mejorando.

-¿Le ha dicho algo sobre el ataque?

-(RÍE)

Ya me extrañaba que subiera a arreglar el paso de la luz

sin protestar. Ha subido a cotillear.

-¿Yo? Qué cosas dice de mí, Fabiana.

-¿Cotilla usted? Vaya ocurrencia.

-¿Se lo ha dicho o no? -Pues no.

Y aunque lo hubiera dicho, calladita estaría servidora.

-Pues si la Fabiana no suelta prenda,

algo me tendrás que contar tú.

¿Qué me dices de Íñigo y Leonor?

La hija de doña Rosina se ha olvidado de Pablo.

-Servando, ¿cómo se puede ser tan desagradable?

-¿Y cómo cree que va a olvidar a Pablico, que en paz descanse?

Yo no me creo eso.

Y tampoco me creo lo del señorito Íñigo

hasta que ella me lo confirme.

-No hace falta confirmar nada.

Es que ni se esconden.

Les han visto besarse al lado de la fuente.

-¡Por el amor de Dios, Servando!

Cotilla ha sido siempre, pero tanto, no.

-No me voy a enterar después del sereno ese.

-Acabáramos.

Así que le tiene celos. -¿Yo?

¿A ese recién llegado?

Si se cree que es el emperador Julio Cesáreo.

-¿Ahora se lleva mal con el sereno?

¿No se iban a hacer ustedes uña y carne?

-¿De ese? Nunca.

Echaré de menos a Paquito.

¿Me acercas el agua?

-Sí. Yo te sirvo.

-No me has contado si ha sucedido algo.

-¿A qué te refieres?

-A las noticias.

Ese hombre no me traía el periódico todas las mañanas.

-Ya. Nada importante.

Los ingleses y los japoneses han firmado un acuerdo

para respetar sus intereses mutuos en China y Corea.

Sabes cuánto van a durar esas buenas intenciones.

-Posiblemente, nada.

Estoy convencida de que mientras firmaban, ya se lo habían saltado.

-No sé a quién pretenden engañar firmando

esos acuerdos en una especie de teatrillo.

-¿Buscas algo?

-No, nada.

-¿Van a querer café?

-Agustina, estoy muy cansada.

¿Puedes prepararme el cuarto de invitados?

-¿Aquí, en casa? Aún no estamos casados.

-Te aseguro que en este momento, es lo que menos me importa.

La cercanía a perder la vida me ha hecho darme cuenta

de que lo importante son los seres queridos.

-Pero las habladurías no cesarán.

El deporte favorito es el cotilleo.

-Es como si no quisieras tenerme en casa.

¿No será peor que vaya a casa de don Felipe en ausencia de Celia?

-Buscaremos una solución.

-¿Nos dejas solos?

-Sí, señora.

(Campanadas)

¡Trini!

-¿Qué prisa tiene usted, doña Susana?

-Exceso de trabajo.

La chaquetilla ya está.

Podéis pasar a recogerla.

-Luego mando a Fabiana.

-Le hemos dado permiso para que vaya a visitar a Carmen.

-Es verdad. Bueno, pues me paso yo.

Y charlamos un rato, que el barrio está muy sabroso.

-Y que lo digas.

Ya sabes lo de Leonor e Íñigo. -Claro.

No hay nadie que no lo sepa.

Hay una cosa que no entiendo.

¿La tal Eva y el chiquillo tan gracioso dónde están?

-Ese niño no es de Íñigo.

El Peña pagó a la madre para que mintiera

y así se separaran Íñigo y Leonor.

-¿Qué interés podía tener él?

¿Acaso pretendía a Leonor? -No lo creo.

Para mí, esa gente es así.

Bribona y embaucadora.

-Pobre Rosina, siempre está metida en todos los dimes y diretes.

-Y si no, su hija Leonor.

Que se enreda con esa gentuza

y que escoge los hombres con muy poco criterio.

-Es una faena que La Deliciosa esté cerrada.

Estaba buscando a mis amigas para compartir un rato de cháchara.

¿De qué hablabais?

-No, de nada.

-De algo sería y si no me lo dicen, quizá era de mí.

-¡Qué cosas, Rosina! -Para nada.

-Hablábamos del pregón que tengo que dar en Cabrahígo.

No sabe la cantidad de cosas que me mandan hacer.

Vestirme de amarillo, que una moza me lave los pies,

saltar por encima de recién nacidos.

-Costumbres preciosas de mi pueblo.

-¿Entonces, no hablaban de mí?

-Que no, Rosina, qué ocurrencia.

-Otro día seguimos.

¡Oiga usted!

-Buenas tardes, doña Rosina.

-No me venga con buenas palabras, a mí no me engaña.

Yo no me chupo el dedo como mi hija.

-Ni usted ni su hija.

Las tengo por dos de las mujeres más cultas de Acacias.

-No me venga con lisonjas.

Ya estoy al tanto de los desatinos de mi hija.

Lo peor no es que lo sepa yo, todo el barrio lo sabe.

Doña Susana y los señores de Palacios no hablaban de otra cosa.

-Lo siento, no era mi intención.

Y le prometo que yo amo a su hija de veras.

-Espero que eso sea verdad.

Como juegue con mi hija, como le haga daño a mi hija...

-Lo único que quiero es que sea la mujer más feliz.

-Por su bien, espero que así sea.

Todos la conocen y todos quieren lo mejor para ella.

¿Sabe usted? -Le repito.

Lo que siento por ella es sincero. -¿Sincero, dice?

Llegó al barrio haciéndose pasar por quien no era.

Pasando contrabando. Hizo pasar a su hermana por su esposa.

-He cometido errores, lo sé.

Pero desde que conocí a Leonor, he intentado cambiar.

-Mi hija no es la niña inocente que todo el mundo se cree.

No es la viudita cándida, tiene su carácter.

Y tiene quien la defienda. -Y yo, el primero.

Doña Rosina.

Mi hermana está en la cárcel, lo estoy pasando muy mal.

No puedo quedarme a convencerla de mi amor por Leonor.

Le aseguro que no lo hay mayor.

Estoy seguro de que con el tiempo,

seremos grandes amigos.

-Le advierto por última vez.

No juegue con mi hija.

No me fío de usted, no le creo nada.

Mi niña ya ha sufrido bastante.

Buenas tardes. -Buenas tardes.

-¿He dicho algo divertido?

-He tenido una idea

que no sé por qué no se me ha ocurrido antes.

Descuide.

Con Dios.

Te estoy dando la oportunidad de que te sinceres.

De que me cuentes la verdad.

-¿De qué verdad hablas?

-De lo que te ocurre.

-Silvia, a mí no me pasa nada.

Prefiero que vivas en casa de los Álvarez Hermoso

hasta que nos casemos porque me preocupo por tu reputación.

-Arturo, he sido espía y todo el mundo lo sabe.

Me han secuestrado y han estado a punto de violarme.

Tal como son las vecinas, pensarán que no pude evitarlo.

¿De qué reputación me hablas?

-No deberías bromear con eso. -No bromeo.

-Ya.

¿Quieres más agua?

-Sí.

Por favor.

Gracias.

-El tiempo que Felipe esté sin Celia y sin su criada

Agustina puede subir a ponerlo todo en orden.

Las comidas y las cenas las harás conmigo.

-Claro.

En una mesa tan ordenada como esta.

Con un sitio para cada cosa.

-Bueno, y...

Como debe ser, ¿no? ¿También es malo el orden?

-No, no está mal.

Pero ¿no te parece peor que vaya a vivir a casa de un hombre

y estar sola con él todas las noches?

-Bueno, yo confío en ti. Y confío en don Felipe.

-Como quieras.

Pero yo preferiría estar aquí.

Pienso venir todas las noches a hablar contigo.

-Me encantará.

(CHISTA)

(CHISTA)

Está dormido.

Procura no hacer ruido.

Voy a salir.

Quiero que todo esté preparado para marcharme

en cuanto regrese.

Y...

¿Hay muchas mujeres en la cárcel?

-Muchas, pero solo las veo en el patio y en el comedor.

Y comparto celda con una, pero se la han llevado a declarar.

-¿Y qué ha hecho?

-Mujer de vida licenciosa, ya sabes.

Era amante de un ministro y le dejó.

Y por eso, la han detenido.

-Pero ¿es peligrosa? -Aquí, todas.

Pero no es de las peores.

Oye, Íñigo.

No me creo que hayas venido a preguntarme eso.

Ya te he contado lo que me dan de comer

y quién es mi compañera de celda.

Pues nada, algo habrá que hacer.

Hecho.

-¿Qué le has dicho? -Nada importante.

Que si nos deja solos, le doy tabaco.

Aquí dentro, la vida no es muy diferente a la de fuera.

A veces, el contrabando te saca de problemas.

Y ahora, dime qué has venido a decirme.

-He tenido una idea.

Pero antes de proponérsela a don Felipe, quería hablar contigo.

-Si es decir quién es el indio, te contesto ya.

No va a dar resultado. -Que no.

Es buscar un testigo que diga que no le asesinaste.

-¿Y quién va a ser ese mirlo blanco?

-Cesáreo, el sereno.

-¿Qué tienes en la cabeza?

-Él puede decir que fue Peña el que le dio el golpe al indio.

-¿Y por qué iba a hacer eso?

Cuando entró, el indio ya yacía en el suelo.

-Todo el mundo tiene un precio. Bien lo sabes.

Y no creo que su precio sea inabordable.

-¿Hablas de pagarle para que mienta?

Eso es muy rastrero. -Peor es que vayas a la cárcel.

Que no todas van a ser como esa mujer de vida licenciosa.

-La verdad es que no.

Las hay mucho más peligrosas.

No sé cuánto estaré sin cruzarme con alguna.

-No quiero que te ocurra nada.

-¿Qué tengo que hacer?

-La próxima vez que te interroguen culpa al Peña.

-No.

Me va a decir que por qué no lo dije antes.

-Dile que por amor o lo que se te ocurra.

Yo lo prepararé todo fuera

para que el comisario te crea.

Moisés.

Moisés. Blanca, ya puedes pasar.

Ahí está tu hijo.

-Moisés.

Mi amor.

Mi amor.

Ven aquí.

Ven aquí.

Ven aquí, mi amor.

-(LLORA)

-Ya está, mi amor.

Anda, si me han cambiado de compañera.

Yo soy Flora. ¿Cómo te llamas?

Da gusto llegar y tener el plato encima de la mesa.

Esto no está mal.

Estoy muerta de hambre. Me comería una vaca.

¿De qué está hecho este guiso?

Una rata muerta no estaría tan mal.

(FELIPE) Lo tiene complicado.

Ella es la autora material de los hechos y hay testigos.

-Quería hablarle de eso.

He pensado que si Cesáreo cambiara su declaración,

a su favor, las tornas cambiarían.

-Para eso, tendría que mentir.

-Hay que pensar cómo abordarle.

Estoy seguro de que le podríamos convencer.

Todo el mundo tiene su precio.

¿Por qué no te pones en el lugar de tu hija?

Íñigo le ayudó a sobreponerse del golpe de la muerte de Pablo.

Gracias a él, superó la pena en la que se encontraba.

-Eso es verdad, madre.

Me ha devuelto la ilusión que necesitaba para seguir adelante.

-Mi amor.

No debes verlo como un demonio.

Todo lo contrario.

Felipe, pase, pase.

Iré a avisar a mi padre. -No, no es necesario.

Venía a verte a ti.

-¿A mí? -Ajá.

-Pase, póngase cómodo.

-Gracias.

¿Y quién la liberó? -Esteban.

Él averiguó dónde estaba presa.

-Ese muchacho es una lumbrera.

-Consiguió mi ubicación y con ayuda de la policía, me rescató.

-Se preocupa mucho por usted. Se ve que tiene interés.

-Seguía instrucciones de Arturo. Él organizaba el rescate.

-Pero al final, fue el otro el que la rescató.

Han ido a buscar al niño.

-Siempre han pensado que está en poder de Úrsula.

-Han dado con una pista bastante fiable

de dónde podría estar escondido.

-Pero no han regresado.

Y cada vez estamos más preocupados.

-No sabemos nada de ellos.

Si han encontrado a Moisés, si están bien, nada.

¿Por qué no me cuentas qué te sucede?

-A mí no me pasa nada.

Estoy perfectamente.

(Puerta)

-Disculpen los señores.

El señor Esteban Márquez está aquí.

-Buenas noches.

Me dijo Agustina que quería verme. -Así es.

Tenemos que salir a escape. -Samuel.

Permítenos disfrutar un poco más de este momento tan feliz.

-Úrsula podría llegar en cualquier momento.

-Es solo un momento.

-(LLORA)

-Aún no lo he podido coger.

-(LLORA)

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  • Capítulo 792

Acacias 38 - Capítulo 792

27 jun 2018

Esteban logra salvar a Silvia instantes antes de que Blasco le haga daño, pero resulta herido y tiene que ser atendido en el hospital. Arturo siente celos de que haya sido Esteban el salvador y se niega a que Silvia viva con él; la mujer se da cuenta de que su prometido está ciego. Samuel y Diego se preparan para perseguir a Úrsula hasta Valencia. Blanca confiesa a su amiga Leonor que su madre tiene secuestrado a Moisés. Carmen cuenta a Samuel los secretos del pasado de Úrsula. Íñigo recibe las malas noticias: el Indio era un personaje importante en su país y va a ser difícil conseguir la libertad de su hermana. El chocolatero insiste a Flora para que acuse al Peña y así librarse ella de la cárcel, pero ella no accede. Íñigo decide utilizar a Cesáreo como falso testigo. Servando continúa con su pulso con Cesáreo, y promete que la guerra entre ambos será larga. Ramón está cada vez más agobiado tras aceptar la invitación de Cabrahigo. Felipe da su permiso para que Lolita acompañe a los Palacios a su pueblo. Blanca y Diego consiguen localizar a Moisés y se llevan a su hijo a espaldas de Úrsula.

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  1. HTLM

    Te olvidas del " a mas ver" A mi ese me encanta antes lo usaban más, pero ahora lo han cambiado con el con Dios que suena mas vulgar... a mi personalmente no me gusta nada jiji

    29 jun 2018
  2. Ana Serrano

    Sigo a lo mío y no se enfade conmigo el club de fans de la serie que estoy tratando de colaborar. Sigo con las cosas generales y luego iré personaje por personaje. El lenguaje era mucho más fluido; utilizan palabras ya casi en desuso y eso está muy bien, pero es que también empleaban las que usamos ahora. Todo lo que hay que hacer, los problemas que se tengan, la información nueva... no son "cuitas"; las cuitas son problemas que disgustan. No miro ahora la definición del diccionario pero es edi y en esa época también se usaba, problemas, asuntos... vamos que hablaban como nosotros pero tenía más vocabulario. Despedirse diciendo "con Dios" es una cosa totalmente de pueblo. Que se despidan así las personas del servicio está bien, pero señores dicen también adiós, buenas tardes y buenos día, exactamente igual que ahora. El con Dios a mí me chirría en los señores y los amigos se llamaban de usted, por íltimos que fueran, eso está muy bien, pero los hijos de las clases altas nunca, en ninguna época han llamado dusted a los padres. Nunca en ninguna época, insisto, en todo caso, cuando el padre le reñía contestaban "sí señor", pero de tu.

    28 jun 2018