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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 787 - ver ahora
Transcripción completa

¡Fue Samuel!

¡Fue Samuel! -Diego...

Estás hablando de tu hermano. Y de tu padre.

-¿Crees que no lo sé?

¡Vi su cuerpo descompuesto y, junto a él, un pisapapeles

de mi hermano con sangre seca en las aristas!

¿A qué viene esta algarada? -¡Mi padre está muerto, asesinado!

-"Me temo que la acusación contra usted"

está fundamentada.

-¿Fundamentada? ¿En qué? ¡No maté a mi padre!

¡Es imposible que tengan pruebas, ni siquiera indicios!

-Los tienen.

-No vemos a Silvia desde ayer. -Es una epidemia. Llegaría tarde.

Despiértela, se lo ruego. -Es que...

-Lo que tratamos de decirle es que no ha dormido en casa.

-Lo último que sabíamos

es que iba a cenar con usted.

¿Sabe a qué hora abre la chocolatería?

-Eso quisieran saber muchos.

¿No ve usted que al propietario

le ha caído la propiedad como una losa? Ya afinará.

-Interesante, muy interesante.

-"Vengo de comisaría".

El comisario ya conoce

la desaparición de Silvia. No ha tenido noticias, ¿verdad?

¡Dígame para quién trabaja!

-"El reloj bien podría habérselo regalado a su hijo".

Es algo muy normal.

Y las fotos, no sé,...

quizá las olvidó.

-No, Carmen,

quizá ante la justicia no sean pruebas condenatorias,

pero para mí son concluyentes.

Diego tiene razón.

Samuel mató a su padre.

Ha sido Samuel quien ha impedido que encontrara a mi hijo.

-Él ha intentado ayudarla, señora.

Se lo aseguro, lo he visto con mis propios ojos.

Samuel informaba a mi madre de los movimientos,

por eso ella se adelantaba

y, cuando íbamos a encontrar al niño,

algo lo impedía.

Yo he visto a don Samuel discutir con doña Úrsula, no lo creo.

-¿No te das cuenta?

Vamos al convento de Nuestra Señora y una familia

se lo ha llevado,

llegamos a Villamanzanos cuando el doctor Pallero acaba de morir

y unos desalmados se han llevado a mi hijo.

-Creo que se precipita al juzgar a don Samuel, señora.

¿Qué otra explicación se te ocurre?

Ahí están sus ropas.

Sus reloj, sus medicamentos...

-Mire...

No sé qué ocurrió con don Jaime,

y todo parece estar en contra de don Samuel,...

pero no sería la primera vez que nuestra mente nos engaña.

-¿A qué te refieres?

-Estando doña Úrsula por medio, uno solo puede fiarse

de lo que ve con sus propios ojos. Y a veces ni eso.

-¿Crees que es mi madre la responsable de la muerte de Jaime?

-¿Cómo sabe que no ha sido ella la que ha puesto sus objetos

entre las cosas de Samuel?

-¿Y arriesgarse a que no los encontráramos? No.

No, mi madre ata más las cosas. -Creo que su madre

puede ser la responsable de todo lo malo que ocurra a nuestro alrededor,

hasta puede hacer recaer todas las pruebas sobre Samuel.

-¿Por qué le defiendes, Carmen? ¿Por qué?

-La posición de don Samuel es...

muy lamentable.

Ve cómo su esposa convive con otro hombre,

que es su propio hermano.

Soporta las miradas de desprecio

de aquellos que lo saben

o pasa por colaborador de sus amores con Diego.

Señora,...

¿usted sabe cómo se le llama a eso cuando él no está?

-Sí, sé que le tienen por un consentidor.

-Así es.

¿Cree que un hombre soportaría todo eso

solo por venganza?

¿Cree que no se aleja, que sigue a su lado

con el único objetivo de hacerles perder a su hijo?

-La venganza es un sentimiento muy poderoso.

-No sé

si tanto.

-Todo apunta a que Samuel lo mató.

¿Y si fuera así?

Si lo hizo, podemos esperar cualquier cosa de él,...

hasta que la venganza sea lo único que le mueve.

(Sintonía de "Acacias 38")

Felipe,

no puede decirme que cree esas barbaridades.

-Da igual lo que crea o deje de creer.

Quiero estar convencido de su inocencia.

Si soy su abogado, he de saber la verdad.

Si es culpable, para evitar el patíbulo, y si es inocente,

para sacarle de la cárcel.

-Yo no lo maté.

-Pues dígame algo para convencerme.

-Era mi padre. -Eso no me convence.

Samuel...

Caín mató a su hermano Abel.

Desde entonces ha habido asesinatos, parricidios, genocidios,

atrocidades sin fin.

¿Cree que ser hijo de Jaime le exime de sospechas?

Pues está muy equivocado.

-Está bien. ¿Qué necesita para creerme?

-Que me lo cuente todo con exactitud,

hasta el último detalle.

¿Qué pasó cuando su padre se marchó a Suiza?

-Don Felipe,...

no sabía que era usted el abogado de Samuel.

-Buenas tardes, doña Úrsula.

Sí, estoy planteando hacerme cargo de la defensa.

¿Cómo está usted?

-Mal, no puede ser de otra forma.

Mi esposo está muerto

mientras yo pensaba que estaba en Suiza,

descansando y recobrando fuerzas

para pasar juntos el resto de nuestras vidas.

-La acompaño en el sentimiento.

-Vengo de hablar con el inspector Martínez,

el encargado del caso.

Samuel,...

dime que no es verdad,

dime que se equivocan,

dime que tú no mataste a tu padre.

-¿A qué viene? ¿Le ha dicho alguna verdad al inspector o ha mentido

en cada una de sus respuestas?

-Yo solo he dicho

la verdad.

-Una verdad que no me deja en buen lugar.

-No sé si quedas en buen lugar,

solo le he dicho que tus discusiones con tu padre eran sonadas,

sobre todo cuando él se decantó por aprobar las relaciones adúlteras

de tu esposa

con tu hermano Diego. -¡Es falso que discutiéramos!

-¿Quieres hacernos creer que vuestra relación

no se resintió al despreciarte? -Él me quería.

Es una maestra del engaño,

no crea una sola de sus palabras.

Ha venido a enterrarme. ¡Y se arrepentirá!

-También perdiste el control

cuando tu padre se puso de parte de Diego.

Era un hombre anciano

y enfermo. ¿Cómo pudiste matarlo?

-No la crea, Felipe, no la crea.

Necesito hablar con Diego, aclararlo todo.

-Está bien, hablaré con él, aunque no sé si lo lograré convencer.

(SUSURRA) Tranquilízate.

Volveré con una respuesta.

-Rezaré por tu alma y le pediré a Dios

resignación suficiente para poder perdonarte.

Casilda...

Pon ahí las aceitunas. -¿Aceitunas?

Ni que fuéramos ricas.

Ni recuerdo comer aceitunas en este altillo.

-Nos las ha regalado el del puesto

de variantes. Y mirad.

Pepinillos. ¿Habéis visto qué gordos?

-Vaya bienvenida para el nuevo sereno.

-Se ve que quiere llevarse bien con él

y que no le denuncie por cerrar más tarde de la hora.

-Agustina, no me diga que trae croquetas.

-Recién hechas, de los restos de la carne del cocido.

Para chuparse los dedos están.

-Faltan sardinas en aceite

para que parezca las bodas del tío Bernabé.

-¿Y ese quién es? -Uno de Cabrahígo.

Se casó y tres días duró el convite.

Y dos más el matrimonio:

ella se escapó con un viajante. -Pobre hombre el Bernabé.

-No lo pasó tan mal, se reía y decía:

"Y lo bien que hemos comido en el convite".

-Locos, en ese pueblo están todos locos perdidos.

-A ver si don Ramón da el pregón y me llevan.

A las buenas. Solo he podido conseguir

esta lata de sardinas de doña Úrsula.

Espero que no se dé cuenta.

-Igualito que en el convite de Bernabé.

-Ábralas, que Servando y Cesáreo deben estar a punto.

Pues nada. Aquí lo tiene, Cesáreo, el famoso altillo.

-Mire.

Hemos hecho una merendola para darle la bienvenida.

-¿No habrá alcohol? No permito su consumo en las clases trabajadoras.

Los ricos que hagan lo que quieran.

-No, aquí solo tenemos zarzaparrilla. ¿Quiere?

-Después.

Espero que esas velas no las prendan.

Esto tiene pinta de arder como una tea.

-Solo cuando hay que pedir algo con mucha fe.

-Pues eso se acabó, a pedir a la iglesia.

Voy a ver los cuartos.

-Pues vaya fiesta nos va a dar este hombre.

No tiene pinta de ser

la alegría de la huerta. -Pues no.

Si lo sé, no abro la lata. -Silencio,

a ver si nos va a oír.

-Mano dura es lo que hacía falta.

Que con Paquito esto era la casa de Tócame Roque.

-¿Y por qué vive el Peña aquí siendo propietario?

Me habían dicho que el altillo era

para criados.

Cada uno en su sitio: los ricos con los ricos

y los pobres

con los pobres. -Verá usted.

Todo esto es para darle la bienvenida,

desearle que lo pase bien en Acacias

y que sea nuestro sereno muchos años.

-Ya era hora de que alguien pusiera orden.

Me tomo algo y me marcho, que el barrio me necesita.

Che, agua.

Doña Rosina. -¡Ah!

Tome el monedero, apenas llevo dinero,

pero quédeselo, no me haga nada.

-Que no soy una ladrona.

Tome, tome. -¿Quién es usted?

-Me llamo Eva, él es mi hijo Nacho.

Nacho, saluda a doña Rosina. -Hola.

-Hola.

Menudo susto me habéis dado tu madre y tú.

-Le pido perdón. Sé que no es grato que alguien la aborde

cuando es de noche.

-Es que ha habido algunos robos

y hasta asesinatos. Que Dios nos pille confesados.

Y, de noche, todos los gatos son pardos.

-¿Usted es la madre de Leonor, la famosa escritora?

-Sí. Su madre y descubridora, y su primera agente.

Si es algo, es gracias a mí. -Qué suerte.

Estará orgullosa de ella.

Solo quería felicitarla por su jardín,

es maravilloso.

-¿Lo conoce? -Sí, tuve el honor

de conocerlo cuando visité a Leonor.

Aunque sea con zarzaparrilla y no champán,

quiero brindar

por nuestro nuevo sereno.

Estoy seguro de que pasará

a la historia de Acacias

en páginas de oro.

Quiero aprovechar la ocasión...

-No aproveche nada,

que no me gustan nada ni las fiestas ni los brindis,

ni que se hable de mí,

ni bien ni mal.

He visto que algunas ventanas no cierran bien y hay corriente.

-Están descolgadas.

-El mantenimiento es labor del portero, ¿no?

-El portero, verbigracia, yo, tiene tareas más elevadas.

Como el trato con los ilustres vecinos, que me lleva

su tiempo.

-Pues yo creo que es su labor,

mañana las quiero arregladas.

-Como usted mande.

-¿Quién era ese hombre que vi esta tarde en su quiosco?

-¿Uno con pinta de extranjero?

No lo sé,

solo preguntaba por el horario de La Deliciosa.

-Si vuelve a presentarse,

avíseme.

Ahora me voy a hacer la ronda, la calle está llena de peligros

y ese hombre me dio mala espina.

No es más motivo que mi intuición, que nunca me falla.

-Lo que usted diga.

¿De "ande" ha salido este?

-Le voy a tener que pedir el florete

al coronel para ponerlo en su sitio.

-Es más rancio que doña Úrsula.

-No ha probado ni una aceituna. -Pues, hale,

más para nosotros.

-¿Usted no dice nada, Servando?

-Sin palabras, me ha dejado sin palabras.

Pero es marcial y eso me gusta.

-Ande,

coja una croqueta,

que son de carne de cocido.

-Eso, voy a probar una aceituna.

Hala. -Yo, el chorizo.

¿Visitó a mi hija Leonor? ¿Es que acaso es usted su amiga?

-No podría considerarme tal. Tenía que aclarar

unos asuntos. Pero, gracias a Dios, están solucionados

y tendremos una relación cordial.

-¿Qué asuntos son esos?

-Fruslerías sin importancia.

-¿Puedo comer

más ciruelas?

-No sé, pregúntale a tu madre. -Se refiere

a las ciruelas de su jardín.

En su casa las probó

y no deja de hablar de lo buenas que estaban.

-Jacinto me dejó. Dijo que crecería como un roble.

¿Fue ese el árbol que dijo,

madre? -Sí, fue ese.

-Si Jacinto te lo dijo, puedes venir siempre que quieras.

-Gracias, doña Rosina, es usted muy simpática.

-Y tú. -Un día de estos vamos.

Nos retiramos, que no son horas de que un niño ande por ahí.

Dile adiós a doña Rosina, Nacho.

-Adiós, doña Rosina.

Don Arturo, ha venido a verlo doña Susana.

-Buenos días. -Buenos días.

-Siéntese.

¿Desea un té o alguna otra infusión?

-No, don Arturo. He venido a interesarme por Silvia,

quedé ayer muy preocupada.

¿Se sabe algo de ella?

-No, lamentablemente, no.

La última persona que al parecer la vio fue usted.

-Le doy vueltas a mi último encuentro con ella

y no puedo encontrar nada extraño.

Hablamos del vestido de novia, compró el tocado...

¿Nada más? -No, lo que le dije

ayer.

Parecía ilusionada con el enlace e insistió

en que el vestido fuese acorde con su edad.

Me parece muy extraño.

-No sé, me aturde la situación.

Solo espero que aparezca lo antes posible y en perfectas condiciones.

Temo que le haya ocurrido algo. -Dios no lo quiera.

Don Arturo, don Liberto.

-Me dijeron que quería verme. No esperaba verla aquí, tía.

-Ya me iba,

debo ir a la sastrería.

Ánimo, don Arturo, estoy segura de que Silvia aparecerá

y que todo tendrá una explicación.

-Ojalá.

Gracias por venir a interesarse. Con Dios.

-Con Dios. Con Dios, Liberto.

-Con Dios, tía.

-Le agradezco que haya venido tan rápido, don Liberto.

Siéntese.

-Estoy preocupado por la falta de Silvia.

¿Ha puesto ya el caso en manos de la policía?

-Sí. Don Felipe, que tiene buenos contactos en la comisaría,

se está encargando.

Pero hay algo que solo le puedo pedir a usted.

-Sabe que estoy a su completa disposición.

-Se trata de Esteban, sé que tiene una relación cordial con él.

Quizá sepa algo.

Entienda que no

se lo pediría si la situación no fuera tan grave.

¿Sabe dónde se aloja?

-Me mencionó un hotel en la avenida del Descubrimiento,

no sé si seguirá allí.

-Por favor, pregúntele si sabe algo del paradero de Silvia.

Estamos muy preocupados.

-Lo haré.

-"¿Que han encontrado objetos de don Jaime"

entre las cosas de Samuel?

-Lo que oyes.

Y no solo ropa que hubiera decidido no llevarse.

Allí estaban su reloj y su bolsa de medicinas.

-Qué raro... -No es nada raro.

Yo buscaba algo que me ayudara a encontrar a Moisés

y me he encontrado que...

Samuel es culpable de la muerte de su padre.

-No estoy segura, no saques conclusiones precipitadas.

-¿Y qué otra explicación hay?

-Reconozco que no se me ocurre ninguna. Pero alguna habrá.

-¿Se lo digo a Diego?

-¿No lo has hecho? -No me he atrevido.

-No se lo puedes ocultar. Ni a él ni a don Felipe.

Si ha matado a su padre,

debe pagar.

-No sé si Diego podrá soportarlo.

Asumir que su padre ha muerto es duro,

pero descubrir que el asesino ha sido su hermano es peor,

es una pesadilla de la que puede no salir.

-Diego es fuerte. -Leonor,

sabes tan bien como yo que los hombres parecen fuertes,

se esmeran en hacer creer que son rocas,

pero ninguno tiene el vigor de una mujer

para afrontar el dolor.

-Buenas tardes. -Liberto.

-¿Va todo bien? Tiene mala cara, Blanca.

-Ya sabe del descubrimiento del cuerpo de don Jaime

y de la detención de Samuel.

Es imposible estar bien. -Tiene razón,

nadie en el barrio puede evitar estar afectado.

Y a todo se suma la desaparición de doña Silvia Reyes.

-¿Se sabe algo de ella?

-De momento, no.

-Espero que aparezca pronto

y en buenas condiciones. -Es lo que todos deseamos.

Que Silvia aparezca

y que la policía enmiende su error y deje en libertad a Samuel.

¿A quién se le ocurre pensar que asesinó a su padre?

-Hay motivos para creerlo.

-Todos los indicios

le apuntan a él, Liberto.

Yo también creía en su inocencia, pero reconozco

que tengo muchas dudas.

-Mientras no haya una prueba contundente,

yo seguiré creyendo que todo es un error

y que Samuel es inocente del crimen del que se le acusa.

Si me disculpan,

el coronel me ha encargado localizar a una persona. Con permiso.

-¿Vamos a La Deliciosa?

Me da igual si me encuentro a Íñigo, a su mujer

y a su hijo. -No tengo ánimo para chocolates.

-¿Y te crees que yo sí? Pero la vida sigue.

Y hay que ser fuertes y seguir adelante.

-Pues no va a poder ser, está cerrada.

Lo mismo el Peña no se encuentra bien.

¿Paseamos? -Vamos.

Peña, ¿qué haces aquí?

¿No has abierto La Deliciosa?

¿Te pasa algo? -No pasa nada,

he dormido mal, pero ya estoy bien.

Ahora bajaré. -¿A ver?

No parece que tengas fiebre. ¿Te duele algo?

-No. Ya le digo que estoy bien.

Por lo menos de momento.

-Me preocupa que digas esas cosas,

como si se te viniera el techo encima.

-El techo está firme.

Es que soy quejoso

por naturaleza.

-Ándate con ojo, que con tanta queja

olvidas lo importante.

Los señores ya hacen comentarios sobre los horarios de La Deliciosa.

Que si abre tarde, que si cierra pronto.

No te extrañe que dejen de ir.

-Ese sería el menor de mis problemas.

-Vaya.

Pues muy malos han de ser los otros.

Con La Deliciosa tendrías el futuro asegurado.

-Tal y como están las cosas,

el futuro no será muy largo.

-¿Por qué dices esas enormidades?

Ni que le tuvieras pasmo a algo.

-Todo se puede volver contra uno.

Mire la Armada Invencible: cuatro gotas, cuatro olas

y se fue a pique. Siempre hay algo o alguien

que te tiene tirria.

-Yo no le entiendo y sé que no me lo va a explicar.

Pero el nuevo sereno, que se llama Cesáreo,

ayer preguntó por usted.

-¿Y qué quería saber?

-¿Que por qué vive un propietario en el altillo con los criados?

-¿Y a él qué le importa?

-Es muy estricto y va a volvernos locos.

-Pues contéstele que, como él dice, soy propietario.

Y que los propietarios vivimos donde nos peta.

-Pero es que, aunque yo haya hecho la vista gorda,

no es normal que vivas aquí.

Un señor con los criados, ¿dónde se ha visto eso?

¿No sería mejor que te alquilaras un piso señorial?

-Aquí hay gente y a mí me gusta estar con gente.

Y al tal Cesáreo me lo manda a hablar conmigo.

-Bueno, como tú quieras,

pero esta va a dar que hablar.

Ni que te estuvieras escondiendo entre nosotros.

-Fabiana, no diga insensateces.

(Campanadas)

¿Las 12? Y aún no he puesto el puchero. Me voy.

Si de verdad te preocupa lo que pueda pasar,

ándate con ojo,

que los peligros tienen las patas veloces

y nos pillan.

-"El coronel quiere guardar la compostura,"

pero está muy afectado.

-Es normal, se iba a casar con ella.

¿Dónde se habrá metido Silvia?

-Solo espero que no tenga que ver con su trabajo.

-Pensar que era espía...

-¿Eso es verdad?

-Y tan verdad, pero ella nunca habla de eso

y solo da datos generales.

-Celi, es normal.

Las espías no van pregonándolo por ahí.

-Pues aquí nos hemos enterado todas.

-Como que salió en el periódico cuando lo del atentado.

-¿Una espía como las de las novelas?

-Libros de vidas de santos debías leer.

Y no novelas de espías.

Deje que lea lo que quiera, que es joven. Sí, como en las novelas,

pero eso era antes. Podríamos hacer algo para ayudar

a buscar a Silvia. -No sé. Si se puede, contad conmigo.

-Y conmigo.

-Felipe sabrá si nos podemos ofrecer al coronel.

-Muy liado debe de andar

con la defensa de Samuel.

-Si la asume, porque no estaba seguro.

La verdad es que a Felipe no le falta el trabajo.

-Parece mentira que Samuel, que da imagen de buen muchacho,

haya acabado así.

-Es inocente. -Cuando el río suena, agua lleva.

-Sí, Susana, pero no estamos hablando de refranes,

hablamos de asesinar a su padre.

-Yo estoy con Trini.

Hay que estar muy seguro para acusar a alguien.

-¿Qué hay entre Blanca, Diego y Samuel?

-Muy poca vergüenza es lo que hay.

-No, a ver, Blanca se casó con Samuel,

pero estaba enamorada de Diego y se fue con él.

-¿Y Samuel lo aguanta?

-¿Qué quieres, que se líe a tiros? -Eso es lo mínimo.

-Bueno, vamos a dejar de hablar de desgracias,

¿no hay ninguna buena nueva?

-Claro que sí. Ya sabéis quién es el pregonero de Cabrahígo, ¿no?

-¿Te ha dicho ya que sí?

-Todavía no, pero lo convenceré.

-¿Quién? ¿Ramón?

-Pues sí. -¿Y se presta a eso?

-Lo dices como si no fuera un honor.

No hay fiestas más lucidas que las de Cabrahígo.

-No discutáis... -Yo también tengo una noticia.

Me vuelvo a Salamanca.

Aunque espero regresar muy pronto.

-Eso sí que nos alegra oírlo.

Vamos a brindar porque Lucía vuelva pronto al barrio.

¡Hale!

Te recuerdo que mi relación con vosotros ha terminado.

Si te he dejado pasar, es porque soy una persona educada.

-Por favor, Leonor.

Nada de lo que te ha dicho esa mujer es cierto.

-Primero os llamabais Íñigo Cervera y Flora y erais un matrimonio.

Después, Ignacio Barbosa y Flora, erais hermanos y él estaba soltero.

Ahora ni sé cómo os llamáis

y aparece una mujer que asegura ser la esposa

de tu hermano y trae un niño de la mano que dice que es su hijo.

-Sé que es difícil confiar. -Son demasiadas mentiras.

¿Por qué habría de creerte? -Porque te digo la verdad.

Todo es una maniobra del Peña para que no nos vayamos del barrio.

-¿Ahora estás en contra del Peña? -Me está demostrando

que no es trigo limpio. -Voy a hacer que te creo.

El Peña miente, esa mujer miente,

Íñigo antes mentía y ahora dice la verdad.

¿Quieres convencerme de que el niño también miente

cuando llama padre a tu hermano

y dice que ha pasado buenos momentos con él?

Flora, no.

Los niños no mienten.

-Si no quieres, no me creas.

Pero te aseguro que nunca he visto a mi hermano tan hundido

ni tan enamorado.

-Nunca sé cuándo salen embustes de su boca.

Y la historia de la boda

para que a esa mujer no entre en un convento

no sería creíble

ni en la peor de las novelas de baratillo.

-Está visto que no te voy a convencer.

-Quiero olvidarme de vosotros cuanto antes.

-Como quieras, pero te aviso de que te estás equivocando.

-Es mi problema.

-Está bien. Adiós.

-Las mejores ciruelas del mundo, doña Rosina.

-Pues mientras queden en el árbol, puedes comer las que quieras.

Me ha parecido ver salir a Flora.

-Sí, ha estado aquí.

-¿Quieres una ciruela? -A ver.

-¿Te gustan?

A mi papá también.

Mi madre me lo dice porque se fue de casa y yo no me acuerdo.

Padre, quiero enseñarle algo.

¿Qué hace? ¿Son ideas para un nuevo negocio?

-Cosas mías.

-Si es un nuevo negocio, me lo debería decir,

recuerde que soy su heredero.

-Estoy pensando en desheredarte y dejarle todo a los pobres.

O a las monjitas. -No mienta

y dígame qué números hacía.

-No son números, son letras.

Ya has oído a Trini con lo del pregón de fiestas de Cabrahígo.

-¿Y le ha dicho

que sí?

Lolita se va a poner

como loca de contenta.

-Todavía no le he dicho que sí.

Un hombre debe ser consciente

de sus fuerzas.

-¿Lo ha escrito usted?

-No, no, no, solo es un borrador.

Lo único que vale es el inicio. -Léamelo,

porque una segunda opinión siempre es buena.

-No, que te reirás de mí.

-Le prometo que no me río.

-Si te ríes, le dejaré todo en herencia a las monjitas.

-Hecho.

-"No hemos recibido noticias"

de ningún hospital, no ha entrado ninguna mujer como Silvia.

-En principio,

que no haya noticias en los hospitales son buenas noticias.

-Así es, no sabemos dónde está,

pero al menos no está herida.

-¿Y la policía?

-He pasado parte, pero todavía es muy temprano.

Silvia es mayor de edad y quieren estar seguros

de que no ha desaparecido por propia voluntad.

-Ya.

Simplemente piensan

que ha huido de mí.

¿Usted también lo piensa?

¿Que soy un novio patético, abandonado por su prometida

cuando estaba a la vista el altar?

-No diga eso. Nadie piensa esas cosas.

¿Ha hablado con el exjefe

de Silvia? -Carvajal asegura que no está

en ninguna misión.

Jura y perjura que abandonó los servicios secretos.

-Y si no fuera así, ¿le habría dicho la verdad?

-No,... supongo que no.

-Entonces no podemos descartar nada

por ese lado. -Quizá su amor

por España es superior al que me tiene.

Por lo menos sería un buen adversario.

No como Esteban.

-¿Ha sabido algo de él? -Liberto se comprometió

conmigo a localizarle.

¿Cree que se ha ido con él?

-No, no lo creo,

si Silvia hubiera querido estar con Esteban,

no habría regresado de Italia.

-Tiene razón.

-Tampoco creo que haya desaparecido voluntariamente,

se habría llevado ropa de mi casa.

Está todo en los armarios,

salió con la idea de volver.

-A estas alturas no sé si eso me tranquiliza o me preocupa más.

Cabrahiguenses y cabrahiguensas,...

es un honor para mí estar en la antigua Capraficus,

si nos atenemos a su nombre en latín.

-¿Se decía así? -No me interrumpas.

Capraficus no aparece en la Biblia,

aunque bien podría haber sido aquí donde Cristo

multiplicó los panes y los peces.

Aquí habría multiplicado las cabras

y los higos.

Hijo...

Me prometiste que no te reirías.

-¿Multiplicar las cabras y los higos? Es que eso es un disparate.

-Si es que yo no sirvo para ser pregonero,

solo sirvo para hacer negocios.

-Perdón, perdón, perdón.

-Bueno, ¿tú de qué te ríes?

-Nada, del pregón

de mi señor padre.

-No te rías, que seguro que es mejor

que el de los últimos pregoneros, el Perindolo y el Verruga.

-No va a ser ni mejor

ni peor,

no va a ser y ya está.

-Imposible. -¿Y por qué?

-No te conviene.

Lo primero porque en Cabrahigo se sentirían defraudados

y podrían venir y llevarte a rastras.

-Sí, eso es cierto.

Lolita me lo ha avisado.

-Lo segundo porque es un honor para alguien de fuera

ser considerado cabrahiguense de honor.

Y lo tercero, porque lo digo yo.

Y si me dices que no, no te vuelvo a hacer eso que te gusta.

-¿Qué le hace?

¿Qué le gusta? -Cosas de mayores, niño.

¿Aceptas?

-Qué remedio.

Muy bien, maridito mío.

Ya sabía yo que dirías que sí.

-¿Y ahora qué hago, hijo?

Multiplicar las cabras

y los higos, padre. ¡Mucha suerte! (RÍE)

-A las monjitas, toda mi herencia a las monjitas.

Pero si eso es muy fácil.

Si quiere don Ramón, yo le ayudo con el pregón.

-Ofrézcase, que está muy agobiado.

Tenía que haber oído las carcajadas de Antoñito

cuando don Ramón leía lo que había escrito.

-Pues eso es bueno. En una fiestas, cuantas más carcajadas, mejor.

-No sé si es eso lo que quiere.

Por lo visto decía que había que multiplicar cabras e higos.

-Oiga... Pues no es mala idea.

Lo apuntaré por si un día doy el pregón en Naveros.

Allí se multiplicarían castañas.

-Y en Acacias, desgracias.

Que mire que lo de doña Silvia...

Mal panorama es ese.

-Ni que lo diga, Fabiana.

-¿Qué pasa? ¿No hay un portero como Dios manda

que salga a saludar al que llega

o impedir el paso? -Buenas tardes, Cesáreo.

Estaba con la señora Fabiana comentando la actualidad.

-¿Es que acaso son ustedes dos dos gacetilleros?

Ah, no, lo que son es dos vagos redomados,

dos vagos de siete suelas. -Oiga usted.

O guarda las formas y se comporta o va a acabar muy mal.

-El Ayuntamiento me ha contratado para poner orden.

Y es lo que voy a hacer, señora.

Mi trabajo es que el ciudadano cumpla y a fe que lo lograré.

¿Y eso?

-De haber limpiado la barandilla, me habré rozado.

-¿Y a qué espera para cambiarse?

¿O es que el número 38 de la calle Acacias es una cuadra?

Tenga un respeto por los vecinos del edificio

que le dan de comer. -Sí, ahora mismo voy.

-Y que no se repita.

-¿Qué, Servando?

¿Le sigue cayendo bien el nuevo sereno?

-No ha hecho más que cumplir con su obligación.

-Sí, ponerle a usted de vuelta y media.

-Acabaremos siendo amigos, ya verá.

Lo que voy a hacer es cambiarme.

-Ya.

-"No es nada importante,"

documentos que la defensa necesita para seguir visitando

a su hermano en la cárcel.

¿Va a hacerse cargo de su defensa?

-No lo sé.

Todavía no he podido hablar con él con calma.

-¿Aunque sea culpable?

-Como abogado, es algo que no debería importarme.

Pero tengo un conflicto moral.

-¿Y cuál es su conflicto moral?

-Yo conocí a don Jaime.

Solo defendería a Samuel si estuviera seguro de su inocencia.

No quiero ser uno más de los que se unen

a las voces de petición de venganza siendo su abogado.

-Le ha visitado. -Sí. Y quiero ser ecuánime.

Úrsula le visitó.

Fue un momento muy desagradable.

Su hermano estuvo a punto de agredirla.

-¿A qué fue Úrsula?

No creo que para interesarse por su bienestar.

-Quizá a eso,

a provocarle. Y él no se supo contener.

Samuel evitaba hablar delante de ella.

-Tal vez porque ella podía desmentir lo que él dijera.

No sabremos a qué atenernos hasta que sepamos la verdadera respuesta

a la pregunta que llevamos tiempo haciéndonos:

¿mi hermano fue capaz de asesinar a su propio padre?

-Quiero creer que no.

Aunque hubo algo que dijo doña Úrsula que me hizo dudar.

-¿Qué?

-Le echó en cara a Samuel las discusiones con don Jaime

cuando él aceptó que Blanca se fuera con usted.

-Eso me convertiría

en responsable de alguna forma.

Si yo no hubiera seguido mis deseos de estar con Blanca...

-Diego, no diga eso.

Si no hubiera seguido sus deseos, sería infeliz.

-Lo mejor es aceptarlo.

¿Cuándo va a tomar la decisión sobre defender o no a Samuel?

-Cuando esté seguro de si es culpable o no.

Y tengo ciertas dudas.

Fui a la cárcel a que me las despejara y no lo hizo.

Quizá esta noche, tras consultarlo con la almohada,

decida no defenderle.

Diego,... él quiere que vaya

a la cárcel.

-"Siento interrumpirles".

Diego, sé que es un tema del que no te gusta hablar,

pero debes tomar una decisión.

Es sobre el entierro de tu padre.

-¿Podemos darle ya sepultura?

-Los papeles están presentados ante la policía.

Tardarán dos o tres días. -Hay que decidir

el tipo de entierro.

-Déjame pensarlo, esta noche te digo algo.

-Yo debo marcharme. -Le acompaño

a la puerta. -Felipe, gracias por su visita.

"Escúcheme, se lo puedo explicar todo".

-No, no quiero escucharte.

No quiero verte.

Me avergüenzo de ser tu padre.

De pequeño te consentí todo por tu impulsividad.

Pero has llegado a traicionar a tu hermano.

A robarle la esposa, su hijo.

Vete.

No quiero verte más.

-Ojalá un día

pueda entenderme.

Deseo con todas mis fuerzas

que usted y Samuel puedan perdonarme.

-Necesitaré tiempo, ¿eh?

Y, ahora,

debo arreglar esta familia

que ha saltado en pedazos

desde que no estoy aquí.

Me vengaré.

Juro que me vengaré.

Hay solo dos opciones.

O te portas como un hombre y confiesas tu delito

o te portas como un niño y me obligas a denunciarte.

-¿Haría usted esto? -No lo dudes ni un instante.

Y lo haría porque te quiero.

Decidas lo que decidas, la verdad saldrá a la luz.

-"Al final, la verdad sale a flote".

"Por mucho que uno quiera enterrarla sale a la superficie".

-Estoy esperando tu respuesta.

Todavía estás a tiempo, Samuel.

¿Vienes conmigo a comisaría?

No sabes cómo lamento esta decisión.

-"No eres lo suficientemente hombre para evitarlo".

-Usted no va a ningún lado. -¿Cómo?

¿Te atreves a poner la mano encima de tu madre?

-No va a condenarme.

-¡Suéltame! -No, padre.

-¡Que me sueltes!

-¿Me oye? Nadie sabrá la verdad.

-¡Suéltame! ¡Suéltame! -¡Cállese!

Pero ¿cómo pude ser capaz?

¿Cómo pude ser capaz?

¡Flora!

-¡Ay!

¿De dónde vienes? Te he buscado todo el día.

¿Sabes qué trabajo he conseguido?

¿Encargado de un café,

director de una empresa o un simple camarero?

Pues ninguno de esos: descargar bultos

en la estación de trenes. Dos turnos.

Ah, y llevar maletas a señoras que me han dado una perra gorda.

Yo tengo dinero si te hace falta.

-¿Cuánto? ¿Unas pesetas? Necesito más.

He de pagarle a Eva más que el Peña.

Así le dirá la verdad a Leonor.

-He ido a hablar con Leonor.

Está muy dolida, apenas ha querido escucharme.

-Maldita sea Eva, maldito el día que la ayudé,

maldito sea el Peña... -¿Y maldita sea yo?

Te has tenido que quedar por mi culpa.

Si te hubiera hecho caso,

no estaríamos así. -No,...

cualquier sacrificio que haya que hacer por ti

estoy dispuesto a afrontarlo,

aunque te equivoques.

-¿Siempre juntos?

-Claro,

siempre juntos.

-Ten voy a ayudar, algo se me va a ocurrir.

-Mejor no hagas nada. Ya verás como todo se arregla.

Estoy baldado de tanto descargar bultos.

Me voy a dormir. -Yo voy después,

antes quiero rezar un rato.

-No me despiertes cuando llegues.

-Buenas noches, señorita. ¿Ha visto a un hombre extraño

merodeando por el barrio? -¿Un hombre extraño?

No sé a qué se refiere.

-No parece español, yo diría que es hindú.

-¿Un indio?

-Sí, eso le he dicho.

-¿Es peligroso?

-No sé, pero que una señorita ande sola de noche

estando ese hombre por las calles, puede serlo.

-No, no le he visto, pero le agradezco el aviso.

Me voy a casa,

no quiero peligros ni problemas.

-Con Dios, señorita.

-¿Un indio?

Ya puede

llevarse eso. No pienso comer.

Llame a su jefe, quiero hablar

con él.

¿Por qué me retiene? ¿Por qué?

Al menos desáteme las manos para que pueda comer sola.

Asqueroso...

¿Qué es eso?

¡Abra!

¿Para qué me ha pedido que viniera?

-Siga rezando.

-Pero, Carmen...

-Disculpe si la he asustado.

No he ido a su casa porque va mucha gente

y no quería que me vieran.

-¿Ha descubierto algo?

-Sí, algo importante. Tengo el nombre

de la persona que cuida de Moisés.

Qué bien verles por aquí.

¿Cómo está el pequeño Nacho? -Bien,

entretenido jugando. -Este niño es tan rico.

Les invito a chocolate.

-¡Qué bien! Mi madre nunca me lo da. Hace mucho que no tomo.

-Pues vas a tomar el que quieras. Leonor, siéntate con nosotros.

-¿Por qué la policía no pone todos los medios para encontrarla?

-Hablaré con Méndez y trataré de presionar.

-Es el caso más importante que tiene.

-Lo sabe. -Pero no la encuentra.

-Tenga paciencia, que redoblen sus efectivos no es garantía de éxito,

le recuerdo que todo el barrio está en la búsqueda.

-Busca a Íñigo

por cierto ultraje que cometió contra sus creencias.

-Parece que está

muy bien informada.

-Sí, sí que lo estoy,

como también sé que hasta ahora no ha podido acercarse a él.

-Así es, siempre anda acompañado.

-Eso puede solucionarse. -"Estoy harta de vivir"

con el miedo metido en el cuerpo por culpa de Úrsula.

Si no fuera porque temo que le ocurra algo al niño,

contaría todo lo que sé de ella.

-Pronto nos podremos cobrar nuestra venganza de ella.

-Sí, ya.

Pero mientras tanto tendré que seguir aguantando a esa mujer.

-"Nunca pensé"

que pudiera tener un final así tan buen hombre.

-Es una mujer fuerte, seguro que saldrá adelante.

-No sé

si lo conseguiré.

Después de darle sepultura, intentaré seguir con mi vida,

como les dije, lejos de este barrio

donde tanto he sufrido.

¿Quién era?

No había nadie, pero han dejado una nota.

-Ábrala.

-Es de Silvia.

-Estoy seguro de que es una gran persona.

-¿Además de un parricida?

No deberías de acercarte a él, eso sin duda nos perjudica.

Te ruego que no me pidas algo así, iré a visitarle

y a darle mi apoyo.

-Al final te acabará salpicando este asunto

y acabarás sufriendo.

-"Hay pruebas".

Y el juez no será benévolo con un parricida.

-¿Cree que le condenarán a muerte?

-Cuente con ello.

-A pesar de todo, no puedo dejar de sentir pena por él.

-No, Blanca.

No sientas lástima,

él tiene lo que se merece.

Soy inocente. Úrsula ha enredado todo esto.

-¡Deja de mentir! Las pruebas te incriminan.

Había pertenencias de padre en tu equipaje

y yo vi el pisapapeles con tu sangre junto a su cuerpo.

-Solo quería llevarle cosas que había dejado.

Eso no prueba nada.

-Para mí es más que suficiente.

  • Capítulo 787

Acacias 38 - Capítulo 787

20 jun 2018

Los criados hacen una fiesta de bienvenida para Cesáreo, pero él acaba criticándolos a todos. Ramón acepta ser el pregonero de las fiestas de Cabrahígo. Eva aborda a Rosina y la Hidalgo invita a Eva y Nacho a comer ciruelas en su jardín. Flora decide hacer algo para que Leonor vuelva a confiar en su hermano Íñigo. Arturo le pide a Liberto que localice a Esteban. Las mujeres deciden que ayudarán a buscar a Silvia. La exespía sigue retenida, maniatada y amordazada en una habitación. Lucía anuncia que regresará a Salamanca. El Peña prepara un revólver. Fabiana le avisa de que quizá deba abandonar el altillo. Cesáreo pone a Flora en la pista de El Indio. Blanca le cuenta a Leonor que ha descubierto objetos personales de don Jaime entre las cosas de Samuel. Liberto se posiciona a favor de Samuel. Los Alday organizan el entierro de Don Jaime. Samuel se tortura recordándole.

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