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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 786 - ver ahora
Transcripción completa

¿Y bien, Felipe, va a decirnos de una vez

qué hace la policía en mi casa?

-Al parecer han venido a detener a uno de los presentes.

-Finalmente va a pagar por sus faltas.

-Lo siento, Samuel,

es a usted a quien buscan. -"No se interponga entre nosotros".

Mi esposo debe cumplir con sus responsabilidades.

-Descuide, sé lo que debo hacer.

Tenga por seguro que lo nuestro ha terminado.

No hubiese empezado si no me hubiese engañado.

-"Yo puedo aclararlo todo".

Puedo hacer que Eva apoye su versión y que se vaya.

-¿A cambio de qué?

-Que se queden aquí para protegerme del Indio.

-De ninguna manera. No voy a aceptar tu chantaje.

¿Has tomado una decisión? -Sí.

Voy a volver a Salamanca para hablar con mi padrino.

-"Silvia está preocupada

por la distancia que usted impone entre los dos".

No sé qué puede sucederle para actuar así.

Solo le pido que recapacite.

-Tendré en cuenta sus palabras. Se lo aseguro.

¿Qué...? ¡Suélteme!

-"No era Moisés el que me esperaba"

en ese maldito lugar.

Era mi padre.

Muerto desde hace meses

sin recibir cristiana sepultura. -"El equipaje ya está".

-Gracias, Carmen.

-"Aún había restos de la sangre de mi padre"

en el pisapapeles.

Fue Samuel, Blanca,

Samuel le quitó la vida a mi padre. -"¡No!".

No es posible.

¡Claro que lo es, Blanca!

¡Claro que lo es!

¡Fue Samuel!

¡Fue Samuel! -Diego...

Estás hablando de tu hermano. Y de tu padre.

-¿Crees que no lo sé?

¡Vi su cuerpo descompuesto y, junto a él, un pisapapeles

de mi hermano con sangre seca en las aristas!

-Diego, te creo.

No lo pongo en duda.

Encontraste el arma.

Pero no podemos precipitarnos

con las conclusiones. -¿Qué quieres?

¿Una confesión manuscrita?

-No, Diego. Quiero que te sosiegues

y que analicemos los hechos. Venga.

Hay algo oscuro, ¿no te das cuenta?

Tu padre se fue a Suiza.

¿Por qué termina su cuerpo

en un pueblo perdido de la mano de Dios?

-No lo sé, Blanca, no lo sé.

-Debemos analizarlo con calma. -¿Qué quieres analizar?

¡Mi padre está muerto! ¡Mi hermano le ha matado!

¿Que por qué ha aparecido en ese pueblo?

¡Poco importa!

Mi hermano lo llevaría allí

y lo mataría.

¡Qué más da!

-Todos merecemos poder explicarnos,

merecemos presunción de inocencia. -¡Blanca, ya no!

Cuando encuentras el cráneo roto de tu padre

con un objeto de tu hermano ensangrentado, ¡ya no!

-Ese hallazgo podría deberse

a múltiples razones.

¡Lleva muerto meses! ¡He sido un imbécil!

Todo este tiempo bailándole el agua a Samuel...

¡Ni siquiera las bestias matan

a su propio padre! -No te tortures.

No podrías haberlo adivinado.

¡Maldito parricida!

¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino!

-Cálmate, Diego.

Calma.

Así no conseguirás nada. No te dejes llevar por la ira.

-¡Él pagará!

¡Igual no por la justicia,

pero por mí mismo, pagará! ¡Déjame!

Déjame.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Qué ha pasado?

Dígamelo.

¿Puedo ayudarle?

-Ha sido Diego.

Estaba desesperado.

-Lo siento.

-Se ha ido.

No podrá hablar con él. -Ya.

Venía a informarles de lo que he averiguado sobre Samuel,

aunque imagino

que sospechan la noticia.

¿Creen también que Samuel mató a su padre?

-Eso parecen señalar

todos los indicios.

-No me lo creo.

-Quizá los inspectores se equivoquen, no digo que no.

Y tendrán que demostrar su culpabilidad,

pero es la razón de su detención.

¿Dónde ha ido Diego? -No sé.

-Es importante

que lo localice. -No lo sé.

Se fue después de destrozar todo lo que encontró a su paso.

Estaba ciego de ira.

-Puede complicar el asunto.

-¡No lo permita!

Por favor, encuéntrelo.

Encuéntrelo e impida que cometa una atrocidad.

Si don Jaime está muerto,...

no puede haberlo matado Samuel, ¡no puede ser!

¡Padre, espere, padre!

¡Padre, espere, padre!

¡Padre, espere!

Le he alcanzado, ¿eh?

¡Padre,

soy su hijo!

¿A que no sabe en lo que soy un campeón?

-A ver...

¿En qué resultas ser un campeón? -¡En las canicas!

¡Gano con los ojos cerrados!

-¿De veras?

Eres un chaval muy despierto.

Vente, que vamos a hacer negocios.

Mira, por mucho que te hayan obligado a fingir,

los dos sabemos que no soy tu padre, ¿no es así?

Anda, descuida,

que no te voy a obligar a confesar.

Es más, viendo la lealtad que profesas por tu madre,

no me importaría tener un vástago como tú.

Verás cómo vamos

a entendernos.

Si tú le dijeras la verdad a la gente,

que no soy tu padre, yo estaría dispuesto a darte...

¿Qué te parecen...

unas canicas, prácticamente mágicas,

unas canicas que jamás han perdido

una partida?

-No hay canicas mágicas.

Además, ya tengo unas

con las que no pierdo nunca.

-Estoy seguro de que me ganarías.

Tu madre te ha enseñado

que mentir es pecado mortal, ¿verdad?

Si dijeras la verdad,

no solo te llevarías unas canicas gratis,

también te librarías del castigo de Dios.

¿Tú sabes lo que eso significa?

¿Y dinero,

eh, chaval?

Podrías comprarte canicas y churros

si dijeras que no soy tu padre.

-¡Quieto parado, necio!

Lárgate, muchacho.

Si te pilla el sereno trapicheando

con un niño, se te cae el sombrajo.

-Pero ellos sí pueden comprometerme.

¡Para Eva y el Peña no hay persecución!

¡Me están amolando la vida!

-Así no mejorará.

-Voy a perder a Leonor, ¿no te das cuenta?

¡Todo lo soñado, lo planeado,

mi vida se va al traste

por ese embaucador, su madre y el maldito Peña!

-Lo aclararemos,

pero sin embustes ni farsas.

Hace una noche primorosa,

¿te has fijado, Carmen?

-Sí, señora.

Después de todo, echaré de menos

Acacias.

Aunque ¿quién sabe lo que nos deparará el futuro?

¿No crees?

-El futuro siempre es incierto, señora.

-¡Por amor de Dios, siéntese!

No quiero romperme el cuello

para verte el rostro.

-Con el debido respeto, preferiría seguir de pie.

-Como comprenderás, lo que prefieras

me trae sin cuidado. ¡Siéntate de una maldita vez!

-Si así lo quiere la señora...

No me apetece estar sola

esta noche.

¿No hueles el azahar?

-No, señora. Creo que es el aroma de los magnolios

que crecen en los jardines del Príncipe.

-Doña sabihonda.

¡No puede decirse que eres

la más agradable compañía!

-Lo siento, pensé que le interesaba de verdad

el origen de la fragancia. -Oh.

-Lo consiguió usted, ¿verdad?

¡Quería quedarse el negocio y mi padre le estorbaba!

-Si continúas en ese tono, terminarás por ofenderme.

-¡No, se ofenderá la señora de Alday!

Permítame que tiemble. -Déjate de estupideces.

¿A qué viene esta algarada?

-¡Lo sabe usted! ¡Mi padre está muerto, asesinado!

-¡No!

-¡Déjese de hipocresías y falsedades!

¡Lleva muerto meses y es seguro que usted

lo ha sabido todo este tiempo! -¿Cómo puedes ser tan cruel?

Quería a tu padre... ¡Le quiero!

¡Y no le he visto desde que se despidió

para ir a la clínica!

¿En qué sustentas tu acusación? -¡No, por supuesto!

Usted no se mancha de sangre. Esa tarea recayó en mi hermano.

-Deliras, hijo.

-¡No soy su hijo!

-¿A santo de qué querría yo matar a tu padre?

¿Samuel dices?

¿Samuel ha matado a Jaime?

¿Por eso le han detenido?

¿Por qué iba a obedecerme

en algo como asesinar a su propio padre?

¡Deliras!

¡Tú deliras!

Carmen, Carmen...

Dame tu brazo. No me aguantan las piernas.

¡Llévame a casa! ¡Ay, madre!

-La llevaré a casa. -¡No, todavía no!

¡Dígame a la cara, mirándome

a los ojos, que usted no tuvo nada que ver!

-¡Carmen, vámonos!

-¡Contésteme!

Lo que no sea una respuesta lo consideraré una afirmación.

¿Participó usted en el asesinato?

-Carmen, auxíliame. Llévame a casa.

-Vayamos a casa. Le trataré el sofoco.

(Música clásica)

Retire la mesa, Agustina.

-¡Aguarde usted un poco más, unos minutos aunque sea!

-Lleve todo a la cocina.

-No le cuesta nada esperar, don Arturo,

y ni siquiera tendré que recalentar la cena.

Es a base de bocados fríos.

-Aprovéchelos usted si le apetece. No va a venir.

-Eso no puede usted saberlo, señor.

Las señoras requieren su tiempo para acicalarse.

Seguro que doña Silvia se ha entretenido

una miaja para gustarle a usted más.

-Doña Silvia es muy puntual.

Su anterior oficio no permitía demoras.

No vendrá.

-¡Ese oficio es cosa del ayer, señor!

Hoy, ella, y más estando a punto de casarse,

solo se preocupa

por causarle buena impresión. -Es suficiente.

-¡Pero, señor...! -¡Ya basta!

(Para la música)

Se ha cansado de mí.

-¿Usted cree, señor?

-Es una posibilidad más que evidente.

¿No le ha notado síntomas de hastío?

-¿Yo?

¡Quia, señor!

A decir verdad, todo lo contrario.

La señorita me ha parecido

más entregada que antes. -Imposible.

La he desencantado. Y con razón.

Iba a abrirme,

iba a ser claro con ella, le hubiera dicho la verdad.

Tal vez su instinto de mujer le ha desaconsejado acudir.

-¿Qué instinto

ni qué pamplinas?

Le aseguro que nada aliviaría a la señorita

como saber la razón de su conducta.

Una también es hembra

y, créame, nada allana más que conocer

las flaquezas de nuestros hombres.

-Pero no puedo dejar pasar su ausencia como si nada significara.

Es un desplante intolerable. -Vamos, señor.

No digo que esté bien no acudir a una cita,

pero de ahí a intolerable...

Si no le apetece esperar más,

vaya usted a descansar y mañana será otro día.

-Mañana seguirá siendo un gesto de arrogancia,

de desgana y desinterés puro y duro.

-O ha sucedido un imprevisto.

¿Quién le dice a usted que no?

¡Qué pocas tragaderas gasta!

-¡Agustina, esos modales!

-Perdone, señor.

-Recoja y vaya a descansar. Ha sido un día largo.

-Más que otro sin pan.

-Váyase.

(Campana)

¡Que no! ¡Que no he subido solo para desayunarme!

-Pues cualquiera lo diría.

Desde que ha puesto usted los tachines,

mastica el tocino como si le fuera la vida en ello.

-Ingiero con apetito porque anoche no estaba yo muy allá

y me fui al catre con el buche vacío. Como consecuencia,

me he levantado famélico.

-Eso, muy bien hecho.

Las mudanzas de sus tripas las costeamos las chachas,

que ahorramos el tocino para las fiestas.

-Dios os lo pagará, por lo de dar de comer al hambriento.

-Diga a qué ha subido y deje que sigamos

con nuestros quehaceres. -¿Han conocido

al nuevo sereno? -Una ojeada le he echado de lejos.

-Tampoco yo he cruzado palabra con él.

Eso sí, aunque gasta la misma pañosa que el otro,

se da unos aires de general que parece salido

de la academia de artillería.

-Es un hombre muy recto.

-¡Como si se hubiera tragado un paraguas!

-Usted dijo que amenazó con meter el hocico

en la vida de todo quisque.

-Porque es recto e implacable, lo que se le pide a un sereno.

-Lo que se le pide es que nos abrigue cuando haya cacos o sobones

y que abra los portales.

-Y no que husmee en los pajares ajenos,

que eso es de viuda sin contentar.

-¡Qué ingenuidad! Una cosa lleva la otra.

Para protegernos debe conocernos a fondo.

El que nada tiene que esconder

no teme a los fisgones.

-Mira quién fue a hablar.

Si usted vive al filo de la ley con sus sises,

sus negocios y permutas.

¿Quiere a un representante de la ley

soplándole

en el cogote?

-¿Un infractor yo?

Exagera más que un cochino en día de matanza.

-Pero lo importante es que el nuevo sereno se llama Cesario.

Y ya verán ustedes

cómo les caerá bien. -Ojalá sea como Paquito,

que era más bueno que el pan. -¿Paquito?

No tenía autoridad ni lo que hay que tener.

Cesario es sereno, sereno.

¿Sereno, sereno?

Paquito era un alma caritativa,

que es lo que le falta a los guindillas

y a los polizontes. Menos chuzo y más mirar por los demás.

-Son enemigas del progreso.

¿Qué manía de agarrarse a lo antiguo?

¡Hay que abrirse al porvenir!

Y Cesario es el porvenir que ya está aquí.

-Lo que tiene el porvenir es que no viene.

-Sea como sea, habrá que procurar andarse a buenas con él.

-Hagamos una fiesta,

a ver si lo amansamos. -¡Arrea, pues sí!

Le agasajamos y tanteamos. Lo mismo el león no es tan fiero.

-Muy buena idea, Fabiana, lo reconozco.

Sería una buena fiesta. Y compren más de este vino añejo

y unas tiras de este tocino, que se deja comer.

Cariño,

¿ya te marchas?

¿No desayunas siquiera?

-Tomaré algo en la calle.

Cuando Blanca me dijo que no sabía dónde encontrar a Diego,

era ya muy tarde para visitar a Samuel. Quiero ir.

-Me da pena el pobre. -Y a mí.

Por eso quiero conocer su versión.

-Espero que todo sea un malentendido.

Parece un caballero cabal y sereno.

-Me alegra saber

que la piedad existe en el mundo y que tú la albergas.

-También es lo que te impulsa a ti. -No estaría yo tan seguro.

He visto mucho. No pondría la mano en el fuego

por nadie.

-Si puedes, ven y me cuentas novedades.

-¿No vas con Silvia?

-No creo.

¿Y esa cara de pícara?

-No vino a dormir.

-¿De veras?

-Su ausencia significa

que todo ha ido bien.

-Si te oye Susana, te acusa de incitación al pecado.

Y puede que yo también lo haga. -En todo caso sería un pecado

que se perdonaría con la boda.

Anoche, el coronel invitó a cenar a Silvia.

Si no regresó es porque la reconciliación ha sido completa.

-Me alegro de que a esa pareja le vaya bien.

(Llaman a la puerta)

-Iré yo.

¡Don Arturo! -Buenos días.

-Pase. -Gracias.

¡Ay!

Perdón, debería haberle avisado. No es el primero que se golpea.

-No tiene importancia, al menos para mí.

Dígale a Silvia que he venido a verla.

-Sosiéguese. Está usted muy nervioso.

-No tengo tiempo para explicar mi estado de ánimo.

¿Va a buscarla o voy yo? -Está usted en mi casa

y me alegro de que así sea, pero no se exceda con su tono.

-¡Necesito...!

Lleva razón, disculpe.

Perdón, doña Celia.

¿Podría avisa a la señorita, por favor?

-Lo siento, don Arturo, no vemos a Silvia desde ayer.

-Debe ser una epidemia. Llegaría tarde.

Despiértela, se lo ruego. -Es que...

-Lo que tratamos de decirle es que no ha dormido en casa.

-Las último que sabíamos

es que iba a cenar con usted.

-No acudió a la cita.

No hubo tal cena. -¡Eso es imposible!

-No estoy de ánimo para bromas. -No lo dudo,

pero me causa extrañeza.

Tenía mucha ilusión en ese reencuentro, así lo llamó.

Fue hasta a la sastrería para encargar un tocado.

-¿Pensaba acudir entonces?

-No cabía en sí de gozo.

-Entonces hay algo excepcional en su ausencia.

Aprovecharé que voy a comisaría para dar parte de su desaparición.

-Quizá haya tomado una decisión que me excluye

y extrememos el celo.

-No está de más que los agentes lo sepan.

-De acuerdo.

Yo iré a ver a doña Susana para comprobar

que compró ese tocado. -Le acompañaré a la sastrería.

No tardo nada.

-"¡Por el amor de Dios!".

¿A vosotras no os altera los nervios tanta tardanza

para tres cafés de mis pecados?

-Y una de churros y media docena

de buñuelos para Rosina. -Aun así.

Un establecimiento de categoría

no puede permitirse un servicio tan lento y haragán.

Este Peña se carga el negocio.

-Por lo menos sigue abierto. -¡Solo faltaría

que lo hubiera clausurado!

¡Toda una vida de trabajo de mi nuera y mi nieto

para cerrarlo! ¡Un disparate!

-Mirad quién viene por ahí.

-Ah, el nuevo sereno.

-Más chulo que Rodrigo en la horca va.

-Al menos parece que se toma en serio

sus obligaciones.

Ceñudo y altivo, como debe ser la autoridad competente.

-No sé, no quiero echar en falta a Paquito.

-Dicen que los vecinos le habéis cogido

mucha querencia.

-Si nos olvidamos de sus tejemanejes con Flora...

-¡No seas meticona,

que entre ellos no llegó la sangre al río!

-De milagro.

¡Vaya dos hermanos, esposos o lo que tengan a bien ser!

Flora e Íñigo, cuatro patas para un banco.

-Él se llama Ignacio

y su relación es fraternal.

No hay más cera que la que arde. -¿Ah, no?

¡Lo que arde es Troya!

Ahora resulta que él no solo está casado con una desgraciada,

sino que le hizo

un hijo y se dio al camino. ¿No te ha comentado nada

tu Leonor? -¿Qué tiene que ver mi Leonor?

-No sé, no sé.

Se me ha venido a la cabeza que a lo mejor se sentía triste.

-No está muy alegre,

pero yo creo que es por la situación de Blanca.

-¡Ah, bueno, si es por Blanca...!

Yo más bien me refería a que se lleva de maravilla con Íñigo

o Ignacio, que a ella le da igual.

-Lamento decirles, señoras,

que no podré servirles los cafelitos.

-¡Lo que faltaba! -La máquina se ha escacharrado

y no sé ni cuándo ni cómo podrá ser compuesta.

Cosas del oficio. Si desean

unos jugos de fruta...

-¿Usted cree que unas señoras hechas y derechas

pueden coger fuerza para su paseo

con un insulso néctar?

Tráigame churros,

aunque sea a palo seco. -Peña, disculpe.

-Un zumo de naranja para mí.

-Lo lamento, señora, pero de fruta, lo que se dice fruta,

me quedan dos o tres peras. Bien jugosas, eso sí.

-¡Vaya! ¡Tres peras por todo surtido!

-Tráiganos los zumos, aunque sea solo para alternar.

Gracias.

-No he querido insistir con lo de los zumos,

pero a mí eso solo me lava las tripas y que me da gusa.

-¡Doña Trini!

¡Que traigo un recado para usted!

-No tengo ningún asunto pendiente y menos urgente.

-¡Es que es de Cabrahigo, que dicen que llame usted

al Liborio!

-¿Qué Liborio?

¡Liborio, Liborio, el de los Mosquitos!

¡Tiene usted poca memoria!

Dice el recado

que le han hecho alcalde.

-¡Uh! Pues sí que es urgente. Dispensadme.

Trasiégate mi zumo, Rosina, no te vayas a quedar con hambre.

-Ser alcalde de Cabrahigo

debe ser

como dirigir el cotolengo. -También Acacias lleva camino

de parecer un manicomio.

-No me dirás tú a mí que no es de locos que la mismísima policía

interrumpa un convite en casa de Úrsula

y se lleve al menor de los Alday.

-Qué bochorno, aún me tiemblan las rodillas.

Pero la comida estuvo bien, abundante.

Y como no había que llevar regalo a cambio...

-¡Ay!

¿Está usted bien? -Sí, muy bien.

Tiene razón su esposo, me calmaré.

Ya ni miro ni por dónde piso.

-Pues vaya con cuidado,

a ver si me daña mi piso.

-Te buscábamos a ti, Susana.

-No la molestaremos mucho, señora.

Solo queremos saber si doña Silvia pasó ayer

por su establecimiento. -Desde luego que sí.

Adquirió un tocado precioso, de los que ya

no se hacen.

-¿Le dijo por qué quería estrenar esa prenda?

-Claro, para cenar con usted.

Se le iluminó la cara cuando lo mentó.

¿Sucede algo con doña Silvia?

Es usted.

-Visito a muchos detenidos

y, por lo general, suelen recibir a las visitas,

si no con ansia, sí con expectativas.

-Es un ultraje lo que me han hecho. Yo no debería estar aquí.

-Si la policía se equivoca, se podrá demostrar.

-¿Cómo que si se equivoca?

¿Me cree usted de algo tan horrible como asesinar a mi padre?

-Siento decepcionarle, pero, como usted bien sabe, soy abogado.

Para forjarme una opinión suelo basarme en el sumario.

-¡Soy inocente, por todos los santos!

¿Tiene usted alguna idea de lo ocurrido a su padre?

-¡Úrsula lo mató!

-¿En qué basa usted su acusación?

-¡El dinero, el poder

de dirigir la familia, de representar nuestro apellido!

¡No se detiene ante nada! ¡Quería entrar en sociedad!

-Ya había entrado al casarse.

-¡No diga necedades! ¡Mi padre era un hombre honesto,

íntegro, su nombre se afianzó en el trabajo de años,

jamás hubiera permitido que Úrsula se pavoneara por los salones,

que nos gobernara!

-No niego sus afirmaciones, pero no bastan para sostener una acusación.

-¡Tiene que sacarme, Felipe!

¡Me condenarán si usted no lo impide!

¡Somos amigos! ¡No me deje en la estacada!

-Ojalá con la amistad fuera suficiente.

-¿Qué quiere decir?

-Me temo que la acusación contra usted

está fundamentada.

-¿Fundamentada? ¿En qué? ¡No maté a mi padre!

¡Es imposible que tengan pruebas, ni siquiera indicios!

-Los tienen, Samuel.

-¡No le creo! -Hágalo.

Coja el toro por los cuernos.

Poseen al menos una prueba que le inculpa, una prueba inequívoca.

Pasa, por favor.

¿Sabe Úrsula que has venido a visitarme?

-No.

He aprovechado para hacer unas compras.

-Supongo que el riesgo vale la pena.

¿Traes noticias?

-¿Está don Diego en la casa?

Me lo suponía.

Anoche estaba fuera de sí.

Acusó a Úrsula de ser cómplice de la muerte de don Jaime,

que Dios lo tenga en su seno.

-¿Cómo reaccionó mi madre?

-Al menos consiguió contener el rapto hasta llegar a casa.

Hube de asistirla por un ataque de nervios.

En la calle, cuando se enteró,

las piernas no la sostenían.

-¿Dijo que desconocía la muerte de don Jaime?

-Y lo sostuvo

cuando Diego le clavaba la mirada.

También puso el grito en el cielo al saber

que acusaban a don Samuel

de esa muerte.

-¿Te pareció sincera?

-He aprendido a no aventurar juicios sobre la señora.

-No sé qué pensar,

me confunde tal profusión de calamidades.

-¿Sabe cuándo volverá don Diego?

-Ni cuándo volverá ni dónde está.

Nada sé de él desde que salió.

Se fue muy alterado.

-Lo sé.

-Gracias por venir, Carmen.

-No hay de qué.

Tampoco quisiera parecer egoísta, pero...

¿han tenido noticias de Riera?

-Se fue antes de que detuvieran a Samuel.

Iba en busca de Diego,

pero no ha regresado.

Tranquila,

conoce su oficio.

-¿Cómo estás?

-¿Cómo estás tú?

-Tengo que marcharme.

¿Me avisarán si Riera vuelve?

-Pierda cuidado.

Si tú sabes algo de él, avísanos también.

El diablo habita las máquinas,

¿no le parece?

No se me asuste usted, no quería sorprenderle.

-Lo ha conseguido.

-Solo venía a presentarle mis respetos,

como con el resto de vecinos. Soy Cesario, su nuevo sereno.

-Ah, ¿qué tal? Encantado de conocerle.

-Encantado lo estoy yo. Esa es mi política,

conocer a todo el mundo, saber adónde va y de dónde viene.

Así el barrio está seguro. ¿No le parece?

-Sí, supongo.

-Y si sabe usted de gente de mal vivir que pulule

por estos andurriales, dígamelo ahora,

que los vigilaré estrechamente. -Bueno, no sé...

Uno está aquí siempre y no se entera de mucho.

Y menos de la mala gente.

Yo, del altillo al trabajo y del trabajo al altillo.

-¿Vive usted con las muchachas?

¿Y eso?

-Es una larga historia.

-Tengo tiempo.

-¡Vaya, la ley y el orden!

-¡Mejora la mañana!

Es usted de los pocos que siguen acudiendo

a La Deliciosa y sin una queja.

Cesario, nuestro aguerrido sereno.

-Lo había supuesto.

Encantado, Cesario. Soy... -Palacios. Le tengo visto.

Y oído. Fraude en el extranjero,

fraude en España por seguros

de entierro, prisión,

comprometido con una de las criadas del 38. ¿Me dejo algo?

-Quizá el pie que calzo.

-Muy gracioso, don Antoñito, muy gracioso.

No se lo tome a lo personal,

hago mi trabajo.

Hale,

queden ustedes con Dios.

-Da un poco de miedo,

¿no?

-Más bien grima.

Me ha dicho doña Trini que tienes problemas con la cafetera.

¿Qué le pasa?

-¡Yo qué sé!

-¿Le echo un ojo? -Por favor.

Perdóname.

En mi descargo, solo puedo decir que...

perdí la cabeza. Enloquecí.

-Se trata de tu padre. -Ya. Pero no debí perder

las formas de esa manera.

-Lo hecho hecho está.

-Me sobrepasó.

Yo quería encontrar a Moisés,

estaba obsesionado.

Pero la noticia...

Y encima nos aleja de nuestro objetivo.

Qué miserable.

Mi propio hermano, fingiendo estar

de nuestro lado,

fingiendo sufrir por Moisés...

Y yo, confiando en él.

-¿De verdad crees que sus actos,

que sus palabras han sido mentira tras mentira?

-"Perfecto".

¡Lista para funcionar

y limpia como la patena! -¡Es usted más mañoso

que un relojero cegato!

¡No ha tardado ni diez minutos!

-A las máquinas hay que comprenderlas.

-Y usted las comprende, bien que se nota.

A mí me da calambre con solo apretar una bombilla.

¡Gracias a hombres como usted progresa el país!

-No exagere.

-¿No presumen los americanos de Edison?

¡Pues nosotros, de nuestro Antoñito Palacios!

-Se le va de la mano.

Edison es inventor.

-¿Y quién le dice que no nos inventa algo

que deje al mundo bizco de envidia?

-Agradezco su confianza. -No hay de qué.

¿Un cafelito a cuenta de la casa?

-Sí.

¿No os parece que la casa se ha quedado tristona sin Jacinto?

-Sí. Hasta le echo de menos, yo, que abominaba de sus gritos.

-Se hace querer. Y es un talento para el naipe.

-¡No seas tahúr!

¿Qué te pasa, hija?

¿Te afligen los hechos de los Alday?

-No son hechos, madre, al menos todavía.

Solo tenemos presunciones. -¡Ja!

No es lo que piensa la policía.

Están convencidos de que Samuel se cargó a su padre.

-¡No hable usted así!

¡No me puedo creer que don Jaime haya fallecido,

como para pensar que ha sido asesinado por su hijo!

-Sigues siendo una ingenua, hija.

A mí no me sorprenden las maldades del hombre.

-No es para enorgullecerse.

Pero debemos guardar siempre algo de compasión.

Creo a Leonor. Me parece imposible.

-Allá vosotros.

Es cuestión de días o de horas

que las autoridades acusen a Samuel.

-Eso es mucho decir.

La policía, en su afán

por resolver, suele equivocarse.

-No sería el primer cabeza de turco.

-Deberán presentar pruebas.

-Las presentarán, ya verás. -No lo creo.

Samuel ha cometido muchos errores,

no lo niego, pero considerarle un parricida es mucho.

-Está bien. Si no ha sido él, ¿quién ha sido?

-Alguien con algún interés bastardo

en la desaparición

de don Jaime. -Más a mi favor.

Si es por interés, un familiar cercano tiene todas las papeletas.

¡Ay, mi marido, mi marido, mi marido!

¡Que te quiero yo!

-¿A qué viene tanta efusividad?

-¡Oye, melón, como si no te besara nunca!

-Me besas, me besas, pero no con ese brillo de picardía en los ojos.

-¡Cómo me conoces, barrabás!

Déjame que te ayude a desvestirte. -¿Tan deprisa vamos hoy?

-¡Ay!

De momento, te quito la levita

y, si te portas bien, te traigo las zapatillas.

Siéntate, corazón mío.

-¿Me vas a contar de una vez

a qué se debe tanto júbilo y dedicación marital?

-Tengo algo que contarte.

¿Cómo lo has adivinado?

-No sé, intuición, olfato, clarividencia.

-Llevas más razón que un santo.

Principiemos por el principio:

¡han nombrado alcalde de Cabrahigo a Liborio!

-¿Quién es Liborio?

-¡Anda, Ramón, parece mentira! ¡Liborio el Mosquito!

El año pasado, quedó primero en el concurso.

-¿Y le llaman así por...?

-¿Cómo le iban a llamar siendo hijo de Ataúlfo el Mosquito

y de Honoria la Mosquita? -¿Y?

-¡A ti te parece cosa de chichinabo

ser nombrado alcalde de la muy leal villa de Cabrahigo!

Pues ¡que sepas que es casi el mayor honor

que se le concede a un ciudadano!

¡Solo queda por detrás del primero que pesca

la primera trucha de la temporada a pedradas!

-Pues dale mis más sinceras felicitaciones a Liborio.

Aunque no te hacía yo tan implicada en la política municipal

de tu pueblo.

-Ni en la pesca a pedradas, pero un prócer es un prócer.

Y Liborio me ha dicho

que necesita a alguien para que dé el pregón de este año.

-¡Vaya, la hija predilecta de Cabrahigo!

¡Si te vamos a tener

de pregonera y todo!

-¿Yo?

-Sí. -¡Vamos, anda!

Que no, a quien quieren es a ti,

industrial ilustre y descollado,

y emparentado con Cabrahigo por vía del altar.

Mi amor... -¿Yo?

-¡Eres el marido más ilustre de una cabrahiguera!

-¿Un pregón?

-Claro.

-¿En tu pueblo?

No, no, olvídate. -De poco sirve que yo lo olvide.

Si el Liborio no lo hace y tú te niegas,

ese es capaz de venir con la banda.

Y con el párroco, que te echaría un sermón que ríete del apocalipsis.

-De verdad, que no puedo hacer eso.

-Sí puedes, Ramón.

¿Nos vas a hacer ese feo a Cabrahigo

y a mí?

-Nuestras cafeteras son una joya. Son más duras que los diamantes.

-¡Antoñito, hijo, qué bien me vienes! El cabezón de tu padre

está emperrado en decir que no.

-¿Que no a qué?

-¡A ser el pregonero de las fiestas de Cabrahigo!

Pretende renunciar a tan ansiado privilegio.

-No, padre, no renuncie.

¡Pregone usted, padre, que allí estaremos para aplaudirle a rabiar!

-Ay, Ramón, que sí.

¡Que sí!

"El Adelantado" no me queda.

-Pues otro. -¿El que sea?

-Otro.

-Diga usted que sí, que hay gente para todo

y para todos tiene que haber papeles. Es una perra gorda.

Diez chavitos, caballero, que es para hoy.

-Ah, sí, sí, chavitos, claro,

chavito.

-Esto son cinco céntimos, con eso no se paga ni la tinta.

Una perra gorda son diez céntimos,

o sea, dos menos que los apóstoles,

que eran una docena contando al Judas.

-¿Qué apóstoles?

-Con lo que me salta ahora. ¿Es que no chana el cristiano?

¡Que me faltan cinco céntimos!

-Cinco céntimos.

¿Sabe usted a qué hora abre

y cierra la chocolatería?

-Eso quisieran saber muchos,

sobre todo ahora, que el propietario

se está haciendo

a su negocio. -¿Qué hora?

-¡Y yo qué sé! Abrir,

temprano por la mañana.

Y cerrar pues... tarde por la tarde.

¿No ve usted que al propietario le ha caído la propiedad

como una losa? Ya afinará.

-Interesante, muy interesante.

-Interesante es viajar en un mercante.

Con Dios.

No me pone usted en ningún compromiso, señora.

Doña Úrsula no está. Le ayudaré con gusto.

-Gracias por avisarme de su ausencia.

-De haberlo sabido antes, le habría avisado con tiempo.

Pero se puso en pie de repente y dijo que marchaba a comisaría.

-Esperemos que no regrese demasiado pronto.

-No lo creo,

esos guardias se toman su tiempo para cualquier cosa.

Eso sí, cuanto antes termine usted,

antes descansaremos las dos.

-No estaría de más que te apostaras en la escalera

para darme aviso si viniera. -Así lo haré.

Si no es indiscreción,

¿qué busca usted? Quizá podría ayudarle.

-Algo que ayude a encontrar a mi hijo.

-No es muy probable que dé con algo. Doña Úrsula

es muy cuidadosa.

-Ya, pero ¡tengo que hacerlo, Carmen!

¡Estarme quieta en casa es un infierno, me destroza los nervios!

Diego está quebrado con la muerte de su padre.

Y no le culpo. Pero mi obligación es seguir buscando a Moisés.

-Dese prisa.

Le deseo suerte.

Estaré atenta por si regresa.

-Espera, Carmen, ¿qué son esas maletas?

-Es el equipaje que don Samuel

no se había llevado aún

al hotel.

Pero, señora,

usted había hablado de las cosas de doña Úrsula, no de don Samuel.

-Siento abusar de tu confianza, pero tengo que hacerlo.

Diego lo haría.

¡Es ropa de don Jaime!

-No adelante suposiciones, señora..

Esa ropa bien podría haberla dejado

don Jaime a sabiendas.

-¿También se habría olvidado sus medicinas?

-Podría haber dejado de tomarlas.

Está su reloj.

Y estas fotos

que él apreciaba tanto.

-No son pruebas definitivas, señora.

El reloj bien podría

habérselo regalado a su hijo.

Es algo muy normal. Y las fotos, no sé,...

quizá las olvidó.

-No, Carmen,

quizá ante la justicia no sean pruebas condenatorias,

pero para mí son concluyentes.

Diego tiene razón.

Samuel mató a su padre.

Si no es doña Silvia,

diga que no estoy.

Agustina, le he dicho que no podía...

-Tendrá que recibirme.

Disculpe, señor... -Está bien. Retírese.

¿A qué la visita?

-Vengo de comisaría. Ya está en conocimiento del comisario

la desaparición de Silvia. No ha tenido noticias, ¿verdad?

(INTENTA GRITAR)

¿Quién es usted?

¿Dónde estoy?

¿Por qué? ¿Por qué?

¿Para quién trabaja?

¡Dígame para quién trabaja!

(INTENTA GRITAR)

Doña Rosina. -¡Ah!

Tome el monedero, apenas llevo dinero,

pero quédeselo, no me haga nada.

-Que no soy una ladrona.

-"Pues nada".

Aquí lo tiene, Cesáreo, el famoso altillo.

-Mire.

Hemos hecho una merendola para darle la bienvenida.

-No habrá alcohol, no permito su consumo en las clases trabajadoras.

Los ricos que hagan lo que quieran. -"Es por Esteban,"

sé que tiene una relación cordial con él.

Quizá sepa algo.

Entienda que no se lo pediría si la situación no fuera tan grave.

¿Sabe dónde se aloja?

-Me mencionó un hotel en la avenida del Descubrimiento,

no sé si seguirá allí.

-Por favor, pregúntele si sabe algo del paradero de Silvia.

Estamos muy preocupados.

-"¿Ha hablado con el exjefe de Silvia?".

-Carvajal asegura que no está

en ninguna misión.

Jura y perjura que abandonó los servicios secretos.

-Y si no fuera así, ¿le habría dicho la verdad?

-No,... supongo que no. -Entonces no podemos descartar nada

por ese lado. -Quizá su amor

por España es superior al que me tiene.

-"Todo apunta a que Samuel lo mató".

-¿Y si fuera así?

Si lo hizo, podemos esperar cualquier cosa de él,...

hasta que la venganza sea lo único que le mueve.

Si soy su abogado, he de saber la verdad.

Si es culpable, para evitar el patíbulo, y si es inocente,

para sacarle de la cárcel.

-"Siento interrumpirles".

Diego, sé que es un tema del que no te gusta hablar,

pero debes tomar una decisión.

Es sobre el entierro de tu padre.

-¿Podemos darle ya sepultura?

-Los papeles están presentados ante la policía.

Tardarán dos o tres días.

-Hay que decidir el tipo de entierro,

si quieres algo íntimo o que avise a todos los contactos.

-¡Buff!...

No lo sé, la verdad. -Ya.

Han llegado muchas tarjetas de pésame

y deberías tomar ya esa decisión.

Pero ¿cómo pude ser capaz?

¿Cómo pude ser capaz?

¿Para qué me ha pedido que viniera?

-Siga a la santa.

-Pero Carmen...

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Acacias 38 - Capítulo 786

19 jun 2018

Diego acusa a Úrsula de la muerte de Jaime y ella se hace la sorprendida por la noticia. Íñigo intenta "comprar" a Nacho para que el niño cuente la verdad. Arturo reflexiona sobre por qué Silvia no pudo haber acudido a la cita. El coronel y los Álvarez-Hermoso llegan a la conclusión de que ha desaparecido. Descubrimos que Silvia está retenida, maniatada y amordazada en una humilde habitación. Trini anuncia a Ramón que le han propuesto para ser pregonero de las fiestas de Cabrahigo. Cesáreo, el nuevo sereno, se da cuenta de que un extraño no quita ojo a la Deliciosa. Blanca aprovecha la ausencia de Úrsula para ir a su casa y registrarla en busca de pruebas.

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