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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 785 - ver ahora
Transcripción completa

¿Cómo te presentas aquí de repente? -Soy tu esposa.

-Pensé que había quedado claro.

-Tú eres mi marido y yo tu mujer, está claro.

-¿Y de dónde ha salido este niño?

-Es tu hijo. ¿No te acuerdas de él?

-Yo no.

-¿De qué hablas, Eva?

-Está todo precioso.

La mesa, las flores... Ha cuidado hasta el último detalle.

-Era necesario. Hoy todo tiene que salir perfecto.

-¿Hoy? ¿Por qué hoy es un día tan especial?

-Pronto lo sabrá. -"Tras la muerte de Luis"

y habiendo organizado el regreso de esos hombres,

mi labor ha terminado, Silvia.

-Hay mucho trabajo por hacer. -No insista, se lo ruego.

La decisión está tomada, ¿de acuerdo?

Se acerca la fecha de la expedición a Groenlandia, y es mi sueño.

-Sé todos sus secretos.

Y considero que es justo

que ustedes sepan el mío.

Mi historia,... como la de Susana,

es muy breve... y muy triste.

Quizá sea la misma historia.

Yo también fui violada.

-"Nuestra relación se ha terminado".

"No quiero saber nada de vosotros".

-"Deja que te explique".

-Pero ¿para qué, para que me vuelvas a mentir,

para que me digas que no es lo que parece?

-No es lo que parece.

-Tienes una esposa y un hijo.

-No se precipite.

-Lo único que tengo claro,

es que he de hablar con ella y contarle todo.

Y he de hacerlo cuanto antes.

(Llaman)

-Debe ser la señora. -Vaya a abrir.

Marcho de Acacias. -¿Cómo?

Solo confío que la vida me dé la oportunidad de empezar de cero

lejos de aquí.

Lejos de este barrio, donde nunca nadie me entendió.

Donde todos creyeron que yo era distinta,

aunque en realidad, era muy parecida.

Inspector, ¿qué ocurre?

¿No debemos marcharnos?

-Y estaremos sin saber qué sucede. ¿Has perdido el oremus?

-¿Todas las reuniones de Acacias son así de agitadas?

-Lucía, guarda silencio, te lo ruego.

-¿Qué estará pasando?

-No lo sé. Pero juraría que tiene que ver con tu madre.

-¿Y bien, Felipe?

¿Va a decirnos qué hace la policía en mi casa?

-Han venido a detener a uno de los presentes.

-Úrsula va a pagar por todas sus faltas.

-Lo siento, Samuel,

es a usted a quien buscan.

-Tiene que tratarse de un error.

-Será mejor que les acompañe.

Iré a comisaría y trataré de solucionar el asunto.

(Sintonía de "Acacias 38")

(RESOPLA)

(Se cierra una puerta)

Madre. Pues pronto ha vuelto.

¿Qué hace usted en mi casa?

-Disculpe mi intromisión, su criada nos ha abierto.

-Qué casa tan bonita.

-No queríamos importunarla, pero es preciso que hablemos.

-¿Por qué no te vas al jardín a ver si encuentras al jardinero?

Se llama Jacinto y es muy simpático.

Te va a enseñar unos ciruelos que dan unos frutos muy dulces.

Venga.

Corre, a ver si le encuentras.

¿Y bien?

Usted dirá.

-Permítame que no me ande con rodeos.

He venido a su casa porque he oído

que está en relaciones con mi esposo.

Descuide.

No vengo a pedirle cuentas.

Usted no sabía que no era un hombre libre y que tenía familia.

-Desde luego que no lo sabía.

No tenía la menor idea.

-Pero ahora lo sabe.

Y puede actuar en consecuencia.

No se interponga entre nosotros.

Mi esposo debe cumplir con sus responsabilidades.

No se lo pido por mí.

Entiéndame, yo podría salir sola adelante,

pero mi niño necesita a su padre.

Lo adora y, no puede seguir sufriendo su rechazo.

-Descuide, sé muy bien qué debo hacer.

Tenga por seguro que lo nuestro ha terminado.

Y jamás hubiera empezado si su esposo no me hubiera engañado.

(Se abre la puerta)

-Madre,...

las ciruelas que hay están riquísimas.

-Te has puesto perdido. -No le riña.

Es solo un niño.

-A usted le he traído una.

-Muchísimas gracias, cariño.

Me la voy a guardar para merendar, ¿te parece bien?

-Sí.

-Puede marchar tranquila.

Nunca seré un obstáculo en la dicha de un niño.

-Nacho, despídete de la señora. -Adiós.

-Adiós, pequeño.

Le deseo éxito en su expedición.

Lamento que tenga que dejarnos.

-Se lo ruego, no es menester que finja más conmigo.

Los dos sabemos que no siente mi marcha, al contrario,

resulta un alivio para usted.

-No le comprendo.

No guardo ninguna animadversión hacia su persona.

Su labor ha sido encomiable.

-¿Va negar que siempre me ha guardado recelo?

-¿Por qué motivo iba a ser así?

-Usted lo dijo antes de que Silvia y yo partiéramos de viaje.

Está convencido de que amo a su prometida.

No estaba equivocado, coronel.

Me enamoré de Silvia.

Prácticamente, desde el primer momento que la vi.

¿Cómo podía haberlo evitado?

Es bella, entregada, inteligente...

Tiene todo lo que un hombre podría desear.

-Esteban, conozco perfectamente las virtudes de mi prometida.

Dígame de una vez dónde quiere llegar.

No lo entiendo. ¿Por qué habrán detenido a Samuel?

-¿No sabes de qué se le acusa? -No.

El oficio era del juez de guardia. Martínez no iba a decir nada.

Espero que el comisario Méndez me informe personalmente.

-Pues en tal caso, no te retrases, Samuel te necesita.

-No me esperes para cenar, se me va a hacer tarde.

Lucía, que descanses.

Ya ves que en Acacias no ganamos para sobresaltos.

-Esperemos que todo se aclare para bien.

-Con Dios. -Con Dios.

Lucía, ¿quieres descansar en tu alcoba?

-No creo que pudiera.

-¿Te preparo una tila?

Te calmará y te ayudará a olvidar la irrupción de la policía.

-No crea, no ha sido eso lo que más me ha alterado.

-¿Entonces, el qué?

-Las duras palabras de doña Úrsula, su confesión.

Lo que dijo sobre los secretos me ha hecho reflexionar.

Creo que he aprendido una valiosa lección.

-No habrá sido tan duro.

¿Qué lección es esa?

-Que no se puede esconder la verdad.

Todo debemos plantarle cara al pasado.

-No te entiendo. ¿Por qué hablas con tanta gravedad?

¿Has tomado alguna decisión?

-Así lo he hecho.

Voy a volver a Salamanca para hablar con mi padrino.

Creí que ese viaje era mi última oportunidad para conquistarla.

-Cuidado.

Parece insistir en provocarme.

-No es eso lo que busco.

Se lo digo por una razón.

Para que sepa que mis intenciones estaban condenadas al fracaso.

Silvia no tardó en mostrarme sin ninguna duda

que si había consentido en partir,

era para recuperar su amor.

Me hizo saber, para mi desgracia,

que usted había dotado de un nuevo sentido a su vida.

Y que nunca renunciaría a su amor.

-¿Silvia le dijo eso?

-Puede que en su trabajo, sea una experta en la mentira.

Pero cuando se trata de sus sentimientos,

suele ir de frente.

Debería saberlo ya.

Coronel, Silvia está profundamente enamorada de usted.

Y no hay hombre que pueda ser su rival.

-He de reconocer que nunca me gustó que hicieran ese viaje juntos.

Temí perderla.

Pero veo que estaba equivocado.

Le agradezco su sinceridad.

-Permítame, entonces, continuar.

Silvia está preocupada por la extraña distancia

que está empeñado en imponer entre los dos.

Y no sé qué le está sucediendo para actuar así.

Y descuide, no tengo el mayor interés en averiguarlo.

Solo le pide que recapacite.

-Tendré en cuenta sus palabras, se lo aseguro.

-Hágalo.

No pierda la oportunidad de hacer feliz a esa mujer.

-No hay nada en esta vida que desee más.

Silvia me ha abierto los ojos y me ha hecho mejor persona.

-Conmigo, ha hecho lo mismo.

En otras circunstancias, no estaría aquí

animando a mi supuesto rival.

-Es una mujer excepcional.

-Razones no le faltan.

Piense lo que hace.

Ella lo merece.

Coronel.

(RECUERDA) "Se lo ruego, no se interponga entre nosotros.

Mi esposo debe cumplir con sus responsabilidades.

Mi niño necesita a su padre.

Lo adora y no puede seguir sufriendo su rechazo".

(SUSPIRA)

-¡Ay, Leonor, querida!

No te imaginas la comida tan accidentada que hemos tenido.

-¿Ha sucedido algo?

-Acabos antes contándote qué no ha sucedido.

-Han detenido a Samuel.

-Por contarte solo el final. -¿Por qué?

-Eso no lo hemos averiguado. ¡Cómo nos hemos quedado!

A cuadros.

-Voy a hablar con don Felipe. -¡Pero hija!

Te cuento los chismes, no sé. -No, madre.

Eso puede esperar. -¡Pero hija!

¡Ella se lo pierde!

Qué rica.

-¿Todavía tienes hambre?

-Después de la comida que nos han dado, apenas he probado bocado.

-¿Quería verme?

-Sí, Jacinto.

Verás.

Llevas unos días que pareces un alma en pena.

Hasta las plantas del jardín se han visto afectadas.

-Lamento estar tan mohíno.

No puedo evitarlo. -Ya.

Pero yo sí.

He dado con la solución ideal.

Te daré unos días de vacaciones para que vuelvas a tu pueblo.

Y te daré una pequeña paga para mantenerte atado.

-¡Vaya, qué acto tan generoso, me sorprendes!

-Dios se lo pague, señora.

No por el parné, sino por dejarme ir a ver a mis ovejas.

-Si el parné ni fu ni fa, me lo ahorro.

-Esto es más propio de ti.

Que ya se lo has prometido.

-Calladito estás más guapo. Sí, sí.

Tendrás tu jornal. Tengo palabra.

Siempre que te comprometas a volver a trabajar aquí.

Ya ves lo mucho que nos importas.

-Sí, sí. ¿Y cuándo podría marcharme?

-Hoy mismo, si lo deseas.

Como prueba de nuestro afecto,

contrataremos a un cochero que te lleve.

-¡Arrea, cuando me vean llegar de esa guisa!

Como un marqués con calesa.

Mis ovejas no se lo van a creer. -¿Estás contento?

-Mire a ver si esto le saca de dudas. ¡Yepa!

¡Señora!

¡Eh!

-"No lo comprendo".

¿Qué ha podido salir mal?

-¿Cómo?

-¿Esperaba que ocurriese algo distinto?

Es obvio que no me está contando todo lo que sabe.

-Si alguien tenía que haber sido detenido,

era Úrsula y no Samuel.

Debemos informar a Diego.

-En eso, estamos de acuerdo, pero es usted quien sabe dónde está.

Así que dígamelo, se lo ruego.

-Está bien.

Se lo contaré.

Diego ha encontrado una pista para localizar al niño.

Y ha ido a buscarle.

-¿Cómo que ha encontrado una pista? ¿Y por qué no me lo dijo antes?

-La respuesta es sencilla.

Para protegerla.

-Pero es mi hijo, yo tenía que saberlo.

-No estábamos seguros de que no se tratara de una trampa.

-Y eso parece haber sido finalmente.

Por eso, Diego no ha regresado.

Detrás del retraso de Diego y de la detención de Samuel

está la mano de mi madre.

Tiene que decirme dónde está Diego, debo ir a buscarle.

-No, Blanca, usted no irá a ninguna parte.

-Diego puede estar en peligro.

-Seré yo quien vaya en su búsqueda.

-Déjeme acompañarle.

-De ninguna manera.

No pondré en riesgo su vida.

-Usted está aún convaleciente.

-Sabré arreglármelas.

Aguarde en casa nuestro regreso.

Ah.

Y no intente seguirme. Recuerde mi oficio.

No tardaría en descubrirla.

¿Puedo retirar ya la mesa?

-Sí, Carmen, por supuesto.

Te felicito.

Todo ha salido a la perfección.

-¿Todo, señora?

-Todo.

Nunca olvidaré los rostros de mis vecinos

cuando les restregaba su pasado.

Su temor.

Su sorpresa.

Algunos, como Felipe,

parecía que querían salir corriendo temiendo lo que pudiera decir.

-¿Y el arresto de don Samuel?

-(RÍE)

Eso ha sido la guinda a una velada perfecta.

Hoy todos han aprendido una valiosa lección.

-¿Cuál, señora?

-Que no hay enemigo pequeño.

¿Cómo iba a imaginar esa pandilla de desgraciados

que yo, la antigua institutriz de Cayetana Sotelo Ruz,

acabaría siendo la señora Alday

y la depositaria de sus secretos más íntimos?

Una mujer que los trata de igual a igual.

Incluso, en la desgracia.

Tampoco Samuel parecía poder creer

que hubiera tardado tan poco en hacerle pagar su traición.

¿Sabes qué, Carmen?

Ya recogerás más tarde.

Prefiero que antes, prepares mi equipaje.

Quiero dejar atrás Acacias.

Ya nada me retiene aquí.

Apresúrese, he dejado al niño esperando en los jardines.

-No la entretendré en demasía. Solo quería felicitarla.

Todo está saliendo a pedir de boca.

-He hecho lo que me pidió.

-Siga contándole a todos que ese hombre le abandonó

sin importarle su hijo. -¿Qué pretende lograr con ello?

-Eso ya es asunto mío.

Pero gracias a usted, pronto comerá de mi mano.

Y tendrá que hacer lo que yo le diga.

-Ya que está tan satisfecho, podré pedirle un adelanto.

-(RÍE)

Con este parné, será suficiente.

De momento.

Y dele estos churros al niño. -Gracias.

¿Cuánto tiempo lleva ahí?

-El suficiente.

¿Que hacías hablando con Eva?

-No es de su incumbencia. -Ojalá.

He visto cómo le daba unos billetes.

-¿No puedo ayudar a una mujer abandonada por su esposo?

Y con un niño pequeño.

-¡Suéltale, que te pierdes!

-¡Le daré una somanta de palos! -Déjale que se explique.

Lo mismo no es lo que parece. ¿Verdad, Peña?

-Lamentablemente, es exactamente lo que parece.

Yo les he hecho venir. -¿Por qué?

-No podía permitir que siguiera abandonada a su suerte.

Sin que el padre se preocupara. -¡Yo no soy el padre!

-No es lo que dicen.

-¡Nunca tuve nada con ella, solo traté de ayudarla!

-¿Abandonándola con una criatura? -No.

Fingiendo casarme con ella para que no la ingresaran en un convento.

-Todo fue un paripé. Ni siquiera el cura era de verdad.

Era un amigo disfrazado.

-¿Y el padre de la criatura?

-Un forastero del que nunca más se supo.

Creí que Eva era mi amiga, por eso acepté.

Crecimos juntos, éramos amigos desde chicos y ya ves.

-Te dije que tu buen corazón te traería problemas.

-Dile a Eva que se marche.

Yo no tengo más responsabilidades con ella.

-Lo siento.

Pero esa es solo su versión.

¿Y a quién voy a creer yo?

Yo y el resto de Acacias.

¿A un estafador que ha mentido a todo el mundo

o a una pobre mujer abandonada con su hijo?

-¿Cómo supiste de su existencia?

-Después de que un pasiego me encontrara tirado,

me llevaron a su pueblo a curarme y allí lo supe todo.

Nunca pensé que me resultaría de tanto interés.

-Has roto la relación entre Leonor y mi hermano con una mentira.

-Yo puedo aclararlo todo.

Puedo hacer que Eva apoye su versión y se vaya.

-¿A cambio de qué?

-Muy sencillo.

Que se queden aquí y me ayuden a protegerme del indio.

-No pienso aceptar tu chantaje.

-¡Resolveré esto yo solo, que no te quepa duda!

Para que luego digan de doña Rosina.

Le paga el jornal a mi primo y le deja marcharse al pueblo.

-Cuanto más lo dices, más me cuesta creerlo.

-Muy enferma tiene que estar doña Rosina para hacer algo así.

-Siempre ha sido mujer de puño cerrado.

-Eso es que tantas desgracias le han afectado a la mollera.

-Seguro que será eso.

Por cierto, ¿se sabe algo más del señorito Samuel?

-Don Felipe está en comisaría averiguando de qué se le acusa.

Y doña Celia está perdida de los nervios.

-El convite de doña Úrsula está trayendo cola.

-¿Y qué esperaba usted, Servando?

No se puede aguardar nada bueno de ese mengue.

-Mis señores no han dejado de hablar de lo ocurrido.

-¡Ay! -¡Huy, Antoñito!

¿Qué haces aquí?

-Si estoy lejos de ti, me muero.

-¿Ah, sí?

Pues ya la ha visto y revisto.

-¡Fabiana!

-Ya se está marchando con viento fresco del altillo,

que no es lugar para señoritos.

-¿Y para los señores sí lo es?

-¿Va a echar a mis padres del altillo?

-Nones.

Los señores, si son pan de Dios, como sus padres,

siempre son bien recibidos.

Y los señoritos también.

-Cuidado con esas manos, a ver si las pierdes.

Están tus padres y Fabiana.

-¿En qué podemos servirles?

-Esta vez, en nada, Servando.

Nos corresponde hacer algo por ti.

-Venimos a entregarte oficialmente

el generoso donativo que hemos recaudado.

-Esperamos que sea suficiente para ayudar a tus paisanos.

Para aliviarse de esa desgracia que les ha sacudido.

-Seguro que a un paisano le viene de perlas este dinero.

-Son ustedes muy generosos, señores.

-Que no, Fabiana, no es solo mérito nuestro.

Todos los señores de Acacias se han volcado.

-Y además del dinero, en la sastrería, hay víveres y ropa.

-No olvidaré su generosidad, don Ramón.

Hoy mismo Paquito va para su pueblo, al lado de Naveros,

y lo llevará todo.

-Pues no molestamos más.

¿Vienes, Antoñito? -Sí, en un suspiro.

-A más ver. -Señores.

¡Eh, eh!

Con estas cosas, no se juega.

-Hay una fortuna, se podría montar un fiestón de órdago.

-¡Pero me lo han dado a mí!

-De eso nada, Servando.

Ni sueñe que se lo va a quedar usted. Es de todos.

Lo gastaremos en un bien común.

-Eso espero, Casilda.

Con Dios.

-Siempre hemos querido hacer un aseo en el altillo.

-Pues sí, por ejemplo.

-¿Y con las viandas, qué vamos a hacer?

-Podemos organizar una comilona para celebrar mi cumpleaños.

-¡Será posible! ¿Vosotros os estáis escuchando?

-No se ponga brava, podemos guardar algo para celebrar el suyo.

-¿Se puede ser tan miserable?

Los señores, ignorantes de que esto era mentira,

han ayudado a los menos favorecidos y vosotros queréis aprovecharos.

Hombre...

-La señora Fabiana tiene razón.

No nos podemos quedar con este dinero.

-Solo hay un lugar al que pueden ir el parné y el resto de limosnas.

-La portería. -No.

A la casa de la caridad.

-Es verdad, no seamos malajes.

Que al menos, esta mentira

alivie a los más pobres.

-¿Y mi pena quién la alivia?

-¡Huy!

-Trae eso para acá.

-¡Eh, quieto!

Leonor, aguarda.

¿No me has oído? -Sí, por eso estaba acelerando.

-Leonor, detente, te lo ruego.

Tenemos que hablar. -Ya he escuchado demasiado.

Tengo asuntos más importantes que atender.

-¿No me vas a permitir que me explique?

-No, estoy agotada de tus mentiras.

-Cometes un grave error, Eva es una farsante.

Está siendo pagada por Peña.

-Vaya, eso sí que no me lo esperaba.

¿Qué quieres decir, que no conoces a esa mujer?

¿Que es una actriz?

-No, sí que la conozco.

Pero ese niño no es mi hijo.

-¿Ni ella, tu esposa?

-Fingí casarme con ella para salvarla de su padre,

pero nunca hubo nada entre nosotros.

La boda fue un paripé.

¿Qué tengo que hacer para que me creas?

-El problema no es que te crea o no te crea.

-¿Cuál es? -Que estoy cansada de sorpresas.

De que siempre me ocultes algo.

Ha sido así desde que nos conocimos.

Me engañaste con tu identidad, con tu parentesco con Flora.

Y ahora, con tu pasado.

Yo ya no puedo más.

No sé quién es el hombre que tengo enfrente.

-Leonor, sí que lo sabes.

Alguien a quien amas.

Y que te corresponde con todo su ser.

-Quizá me enamoré de uno de los personajes que fingías ser.

Pero no de alguien real.

-Te juro que te estoy diciendo la verdad, tienes que creerme.

-No, Íñigo, lo siento, pero no puedo hacerlo.

No creo en ti.

Y no podré hacerlo nunca más.

Arturo me ha invitado a cenar en su casa.

Quiere que hablemos a solas.

-Me alegra mucho escucharlo.

-Pensaba pasarme por la sastrería para comprarme un tocado.

Podría estrenarlo esta noche.

-Quiere estar guapa para él.

-Sí.

Aunque no sé si Arturo...

-¿Qué?

Termine la frase.

¿Qué es lo que no sabe?

-No es importante.

-Se le ha ensombrecido el semblante.

Con lo ilusionada que estaba.

¿Qué es lo que ocurre?

-Es que no sé si puedo contarlo.

Ni siquiera estoy segura de que mis sospechas sean ciertas.

Hoy tengo la esperanza de que podamos aclararlo todo.

-Esperemos que así sea.

-Dejemos de hablar de mí.

¿Se sabe algo de la detención de Samuel?

¿Se ha esclarecido el motivo?

-No.

Sigo aguardando a que llegue Felipe de comisaría.

(Puerta)

-A lo mejor es él, que ha olvidado las llaves.

Si lo sé, pregunto antes.

-Viene buscando a Felipe, a ver si sabemos algo de Samuel.

-Acabo de estar con Blanca.

Dice que no sabe nada.

-Tendremos que esperar a que vuelva Felipe

para saber a qué amenaza se enfrenta Samuel.

Debería caérsele la cara de vergüenza

de haber mentido a sus señores.

-Fue por una buena causa. -¿Ayudar a los pobres?

-No, salvarnos el cuello, que si se enteran, estamos en la calle.

-En la calle, no sé, pero deberían pagar por sus actos.

Tentado estoy de delatarles. -Pero no lo va a hacer.

-Descuide, hay demasiada gente que aprecio implicada en este asunto.

-Además, piense que a fin de cuentas,

hemos reunido un buen parné, ropa,

comida para los pobres.

Pensándolo bien, podríamos habernos quedado con los fiambres,

que los pobres no están acostumbrados.

-Lo mejor que puedo hacer con este asunto es olvidarlo.

Yo ya no soy el sereno de estas calles.

-Por desgracia, Paquito.

Aunque no me crea,

le voy a echar de menos.

-Y yo a usted.

Y a estas calles.

-Deseo que tenga un buen viaje hacia La Muela

y que su hermano se recupere.

-Se lo agradezco.

-¿Le puedo pedir un último favor?

-Por supuesto.

Siempre que no sea encubrir sus trastadas.

-No, descuide, un segundo.

Son unos paquetes para que me los acerque a Naveros.

Uno es para mi familia

y el otro, para la de Paciencia.

-Eso está hecho.

Yo también quería pedirle un favor.

Esta es una carta de despedida.

Me gustaría que cuando estuviera en el altillo,

Lolita se la leyera a todos.

¡Hombre!

Usted debe de ser Cesáreo, el nuevo sereno.

Mi nombre es Paquito, su predecesor.

-Lo sé. -Bienvenido, soy Servando.

El...

El portero del edificio con más solera de Acacias.

-Bueno, pues yo ya me iba a marchar.

Le puedo acompañar para presentarle a los vecinos,

a los comerciantes y darle algunas indicaciones

para que no le pillen desprevenido.

-Ya me he informado de todo lo que pasa en estas calles.

Es mi obligación como nuevo sereno.

Lo que sí pueden hacer por mí es explicarme

que son esos paquetes.

-¿Esto? Descuide, no.

Paquito es de un pueblo cercano al mío.

Le he dado estos paquetes para que se los lleva a los míos.

-Y no tiene por qué saber más.

Es un simple intercambio de correspondencia personal.

-Si quiere respetarse como sereno, debe saberlo todo

sobre el barrio y sobre su gente. Absolutamente todo.

Absolutamente todo, dijo con energía marcial.

-Qué carácter tiene el tal Cesáreo.

-Tiene unos aires que resfrían.

-Si teníamos poco con la Úrsula,

viene un forastero a decirnos lo que tenemos que hacer.

-Normal que marque territorio.

Si te despistas, se desmadran.

Véase Paquito, verbigracia.

-Pues yo les digo una cosa.

Echaremos a Paquito más de menos de lo que imaginábamos.

-Uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde.

-Ah, que se me olvidaba, que me dio una carta Paquito.

Una carta para que la leyera Lolita.

-Qué cabeza tienes, Servando. ¿Dónde has metido la carta?

-Aquí. -Anda, traiga.

-Léela en alto, no te la quedes para ti.

-De principio a fin.

Eh...

Que el Paquito asegura

que no ha podido despedirse porque se le ha arrugado el corazón.

-Pobrecico mío.

-Y que espera volver pronto.

-Ojalá así sea.

-¡Uuu!

Pero que a la que va a echar mucho de menos es a la Fabiana.

A la que ha cogido una estima especial

y lamenta no haber conocido mejor.

-¡Señora Fabiana!

Que tenía un admirador secreto.

-¿Qué les da?

-No digáis "tontás".

-No sé de qué se extrañan, si la Fabiana es lo más bello.

-No seas zalamero.

-¿Qué hace usted aquí?

-¿No se pensaría que me iba a ir a la francesa, sin decirles nada?

-Se amontonan las despedidas. -¿También trae una carta?

-No, algo que sé que van a apreciar mucho más.

Un cacho de pan y unos quesos para festejarlo.

-Ese es mi primo.

-No creo que los quesos estén tan buenos

como los que hago con la leche de mis ovejas.

-No me los miente que se me hace la boca agua.

-Anda que no tendrán ganas en mi pueblo de que vuelva.

Los quesos se los quitaban de las manos.

-Tengo ganas de ver a mis ovejas.

Escuchar sus dulces balidos y ver sus miradas tiernas.

-Se le pone una cara de alelado...

-No veo el momento de estar con ellas.

-Capaz eres de meterte en la cama con ellas.

-Pues no le digo que no, que su lana es la que más caliente.

-Pues no se acostumbre,

que luego tiene que volver con doña Rosina.

-Primo.

Vente para acá.

Te quería dar las gracias por todo lo que has hecho por mí.

Y decirte que seguro que en el cielo, mi Martincico,

está muy contento porque has hecho

que su Casilda recupere la sonrisa.

-No os emocionéis, que tenemos queso para compartir.

-Seguro que vuelve pronto.

-Para chasco que sí.

No sueñes que vas a marcharte sin prometernos que volverás.

-¡Yepa!

-Supongo que eso es un sí.

(RÍE)

Leonor, siéntate, pareces un león enjaulado.

-Así me siento.

Su esposo está tardando demasiado.

-Lo sé. Pero no va a venir antes porque le esperes de pie.

Permíteme que te sirva una tisana.

Calmará tus nervios.

-Su demora no vaticina nada bueno.

Si hubiera sido un malentendido, ya estaría de vuelta.

Ha tenido que pasar algo grave.

-Hazme caso y serénate.

Dar rienda suelta a esos pensamientos solo te perjudica.

-Tal vez debería ir a casa de los Alday

y hacerle compañía a Blanca.

-Pues eso es cierto.

Debe estar desesperada.

-No hay nada peor que la incertidumbre.

No sabes a qué atenerte e imaginas lo peor.

-No me haces caso y no te tranquilizas.

-Es que no sé qué hacer.

-El destino ha decidido por ti, ahí está Felipe.

-Buenas tardes. -Al fin.

Estábamos aguardando en espera de noticias.

-¿Has averiguado algo, sabes de qué se le acusa?

-Se lo ruego, no nos haga aguardar más.

Díganoslo ya.

-Lo siento, no puedo hacerlo.

-¿Por qué?

-Antes, debo ver a Diego.

Tiene que ser el primero en ser informado. Es vital.

¿Dónde puedo encontrarlo?

Le agradezco su visita.

Espero que lo disfrute. -Téngalo por seguro.

Es precioso, voy a estrenarlo esta noche.

-Espero que le sirva

para acabar satisfactoriamente el día.

Ha sido de lo más intenso. -Lo sé.

Celia ya me ha puesto al día.

-Ha sido una comida que no olvidaremos en mucho tiempo.

Seguro que tiene algún indicio de por qué han detenido a Samuel.

-¿Qué le hace pensar que es así?

-Usted es experta en estas lides. Fue espía.

-Ya, pero no soy adivina.

-Y vive en casa de los Álvarez Hermoso.

Tendrán información.

-Es posible, pero no la han compartido.

Lamento no poder seguir conversando con usted.

Quiero arreglarme para mi cita con don Arturo.

-No la entretengo. Disfrute de la velada.

¡Silvia Reyes!

-¿Hola?

¿Hola?

¡Suélteme!

Lo siento, Samuel.

Es a usted a quien buscan.

No estábamos seguros de que no se tratara de una trampa.

-Por eso, Diego no ha regresado.

Detrás del retraso de Diego y de la detención de Samuel,

está la mano de mi madre.

(Ruido)

¿Riera?

¿Es usted?

Diego.

Gracias a Dios.

Temía por ti.

¿Qué te pasa?

¿Qué te pasa? Estás pálido.

-¿Dónde está Riera?

-Salió en tu búsqueda.

Diego.

Han detenido a Samuel.

Ni siquiera sabemos de qué le acusan.

¿Es por Moisés?

¿Entonces, qué te pasa?

¿Qué has visto que te tiene así?

Diego.

¿Tiene que ver con la detención de Samuel?

El equipaje ya está listo, señora.

-Gracias, Carmen.

Adiós, Acacias.

Hasta nunca.

Diego, dímelo, por favor.

Dime qué te ha pasado que te tiene en semejante estado.

Háblame.

-Marché a un pueblo que se llama El Junco

tras una pista que aseguraba que nuestro hijo estaba allí.

-Pero no estaba allí.

-No.

(SUSPIRA)

No era Moisés quien me esperaba en ese maldito lugar.

-¿Qué fue lo que te encontraste?

Diego, ¿qué viste, qué había en esa casa?

¡Oh!

Dios.

¿Un cadáver?

¿De quién?

-Ya...

Ya estaba descompuesto y yo no...

No lo reconocí.

No lo reconocí.

Estuve a punto de salir por el hedor.

Pero necesitaba

registrar las pertenencias

de ese desdichado.

(RESPIRA AGITADAMENTE)

No.

¡No!

Ah.

¡Aaaaah!

¡No!

Sí, Blanca.

Era mi padre.

Muerto desde hace meses sin recibir cristiana sepultura.

Asesinado.

-¿Y el pisapapeles?

-No precisé ver las iniciales para saber...

que era de mi hermano.

Había restos de sangre de mi padre en el pisapapeles.

Fue Samuel, Blanca.

Samuel le quitó la vida a mi padre.

¡Ah!

Le presento a Cesáreo, nuestro aguerrido sereno.

-Sí, lo había supuesto. Encantado.

Antonio... -Palacios, le tengo visto y oído.

Fraude en el extranjero,

fraude en España por seguros, estuvo en prisión,

comprometido con una de las criadas del 38. ¿Me dejo algo?

¿Sabe a qué hora abre y cierra la chocolatería?

-Eso quisieran saber muchos.

El nuevo propietario se está haciendo al negocio.

-¿Qué hora?

-Mire, yo qué sé.

Abre temprano, por la mañana.

¿Podría avisar a la señorita?

-Lo siento, don Arturo. No la vemos desde ayer.

-Debe ser una epidemia. Llegaría tarde.

Despiértela, se lo ruego.

-Lo que tratamos de decirle es que no ha dormido en casa.

Creíamos... -Lo último que sabíamos

es que había ido a cenar con usted.

Íñigo y Flora, cuatro patas para un banco.

-Él se llama Ignacio.

Y su relación es fraternal. No hay más cera que la que arde.

-¿Ah, no?

Lo que arde es Troya.

Ahora resulta que no solo está casado con una desgraciada,

sino que le hizo un hijo y se dio al camino.

¿No te ha comentado nada tu Leonor?

¿Me cree capaz de asesinar a mi padre?

-Siento decepcionarle, Samuel.

Pero, como sabe, soy abogado.

Para forjarme una opinión, me baso en el sumario.

-¡Soy inocente, por todos los santos!

-¿Tiene idea de lo que ocurrió con su padre?

-Úrsula lo mató.

No sé qué pensar, me confunden tantas calamidades.

-Señora, ¿sabe cuándo volverá don Diego?

-No, ni cuándo volverá ni dónde está.

Salió de casa y no he vuelto a saber de él.

Se iba muy alterado.

-Lo sé.

Lo consiguió usted.

¡Quería quedarse con el patrimonio familiar y mi padre le estorbaba!

-Si continúas en ese tono, terminarás por ofenderme.

-No, se va a ofender la señora de Alday, permítame que tiemble.

-Déjate de estupideces.

¿A qué viene esta algarada? -Lo sabe perfectamente.

Mi padre está muerto. ¡Asesinado!

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Acacias 38 - Capítulo 785

18 jun 2018

La detención de Samuel sorprende a todos los vecinos. Felipe acude a comisaría a enterarse de qué ha podido ocurrir. Esteban reconoce ante Arturo que está enamorado de Silvia... Pero no busca el enfrentamiento, sino a desearle que sean felices juntos. El desconocido que acechaba a Silvia, la secuestra. Lucía sigue los consejos de Celia y volverá a Salamanca a salvar sus diferencias con su tutor. Íñigo descubre que el Peña llamó a Eva y al niño para evitar su viaje y conseguir su ayuda para librarse del Indio. Íñigo no cede a su chantaje y se lo cuenta a Leonor, pero la mujer no le cree. Los criados deciden dar el dinero que los vecinos han donado para Naveros a la casa de caridad. Jacinto regresa al campo, con su rebaño, y llega a Acacias el nuevo sereno, Máximo. A espaldas de todos Úrsula le pide a Carmen que prepare su equipaje, se marcha de Acacias. Diego regresa a Acacias conmocionado de su viaje... Allí descubrió el cadáver de su padre y junto a él el arma del crimen que apunta directamente a su hermano Samuel.

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