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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 780 - ver ahora
Transcripción completa

(LEE) "Doctor Pallero, pronto recogeré aquello

que está cuidando para mí".

-¿Nada más?

¿Ni siquiera la dirección?

-No había sobre. La cuartilla estaba suelta dentro del cajón.

Ni siquiera sabemos cuándo enviará Úrsula la carta.

-Mañana quiero que me acompañes a Correos.

-¿Tenemos que recoger algún envío?

-No, no. Soy yo la que tengo que enviar una carta.

-"No solo me dicen que Jaime Alday no está allí,

es que no lo ha estado nunca".

Me temo que algo grave haya ocurrido.

-"Celia".

-Lucía, ¿eres tú?

No te habría reconocido en la vida.

Pero si estás hecha toda una mujer.

Felipe, es mi prima Lucía.

"Dios me perdone lo que voy a decir, pero...

creo que quiere quitarse la vida".

-Don Arturo es militar y buen tirador,

no es de extrañar que tenga armas en casa.

-No. Siempre las ha tenido escondidas y bajo llave.

Y no es solo eso. Me ha dado un mes por adelantado

para que cuide a doña Silvia cuando regrese.

Eso me ha dicho.

-"Sabemos que el Peña es un liante y un ladrón".

Nada bueno va...

a obtener de él.

Pero sé que no me va a hacer caso. -¿Por qué dice eso?

-Porque el amor ciego.

Uno nunca aprende en las penas de otro.

(APRIETA EL GATILLO)

(No hay bala)

¿Qué está pasando?

(No hay bala)

¡Maldita sea!

(No hay bala)

¿Qué está pasando?

¡Maldita sea!

-Señor, ¿qué ocurre?

-¿Qué ha hecho, dónde ha puesto las balas?

-¿De verdad trataba...? -¡Acabar con mi vida, sí!

-Señor...

-¡Eso hacía, hasta que se entrometió!

¡¿Dónde ha puesto las balas?!

-Yo...

-¡Soy dueño de mi vida!

-Yo no he... -¡¿No entiende que quiero morir?!

-Yo no he tocado su revólver.

Pero me alegro que alguien lo hiciera.

-¡Cállese!

Júreme que no ha sido usted, júremelo.

-Se lo aseguro. -¡¿Y quién ha sido?!

¡¿Quién ha estado aquí?!

Felipe.

Vaya a buscar a Felipe.

-Es muy tarde para llamar a nadie.

-Haga lo que le pido.

-Vale.

-Haga lo que le pido.

¡Vaya a buscar a Felipe!

-Seguramente esté en su alcoba. -¡Despiértele!

-Señor, ¿por qué no se acuesta usted también

y mañana habla con él con tranquilidad?

Por favor, señor.

(Sintonía de "Acacias 38")

Hay algo extraño en todo esto.

Si padre no estaba ingresado allí,

¿quién escribió la carta y la envió?

-No lo sé, hermano.

-Alguien tuvo que hacerlo.

-Está claro que tiene que haber una explicación para todo esto.

-¿Y si no está allí, donde está?

-No tengo la más remota idea.

Quizá... no quiera que le encontremos.

-¿Y por qué? Proceder así no es propio de él.

Él no es así, él nunca quería preocuparnos.

-En eso tienes razón.

-Hemos de encontrarle, Samuel.

Hemos de descubrir qué le ha ocurrido y dónde está.

-Déjamelo a mí. Yo me ocuparé.

-¿Qué piensas hacer? -Para empezar, hablar con Felipe,

él tiene contactos en la policía.

Quizá puedan interceder con la policía de Suiza y que indaguen.

-Es una buena idea.

-Es un principio al menos.

Averiguaremos dónde está padre.

-Eso espero.

Estoy preocupado.

-Diego,

ya verás como aparece.

Yo también lo estoy, pero no quiero pensar mal.

-Maldita sea.

Quizá podríamos viajar al sur, dicen que hay buenas playas.

-El mundo es tan grande, ¿por qué quedarnos en un país tan pequeño?

-¿Qué propones? -¿Quién sabe?

La India, Japón... Dónde nos lleve el camino.

Improvisaremos.

-Los ojos se te iluminan cuando te da por soñar.

-Me gusta viajar casi tanto, como leer o escribir.

¿Acaso no son los libros una forma de viaje?

-Algo de eso hay.

-Solo que...

-¿Solo que qué?

-Tu hermana.

-¿Mi hermana qué? -Lo sabes mejor que yo,

se niega a irse.

Y quizá tenga razón, ahora ya no hay motivos.

-¿Qué quieres decir?

-El Peña no parece muy interesado en denunciaros.

-Ya.

-Por no hablar

de que el obstáculo que nos impedía estar juntos, ha desaparecido.

Le dijisteis que Flora y tú sois hermanos.

-Eso es verdad.

-Nada nos obliga a quedarnos.

-Cierto. Aunque aún me cuesta creerlo.

Podríamos ir cogidos de la mano como si nada.

-Tampoco te excedas. -¿Por qué no?

-Que...

¿Te has vuelto loco? -¿Qué?

-Estamos cortejándonos.

Se supone que recién empiezas a hacerlo. ¿Lo has olvidado?

-Ahora vuelo a comprarte unas flores,

pero me moría de ganas de darte un beso,

de sentir el calor de tus labios sobre los míos.

-No es decoroso besarse en público.

-¿Cómo...?

-Hasta podría considerarse un acto indecente.

-¿Y quién le ha dado vela en este entierro?

Qué día más divino se ha levantado hoy.

A los buenos días, señoras.

Les he preparado un dulce de Cabrahigo

para dar la bienvenida a doña Lucía.

-Gracias, Lolita, eres muy amable. Me encantan los higos.

-Pues se va usted a chuperretear hasta los dedicos de los pies.

Es famosa en el mundo entero.

-¡Oh, es una delicia!

-Claro. ¿Les sirvo café?

Retírate, Lolita, ya lo sirvo yo.

-¿Va a contarme algo que no quiere que escuche su criada?

-No, es que no hemos podido hablar desde que llegaste.

¿Cómo están las cosas por Salamanca?

-Bien.

-¿Solo bien?

¿Cómo está el tío Joaquín?

-Bien también. ¿Té o café?

-Té.

Me da la impresión de que no me estás contando toda la verdad.

-No hay nada que contar.

-¿Y por qué has venido de visita?

-Tenía ganas de ver la ciudad,

algo de teatro, algún concierto

y, por supuesto verla a usted, que hacía mucho que no la veía.

-Lucía, puedes confiar en mí.

Si hay algo que te atormente,

algo que te haya ocurrido...

Si ha pasado algo en Salamanca... -Vale.

Quizá discutí un poco con mi padrino y quería alejarme unos días de él.

-¿Por qué discutiste?

¿Cuál fue el motivo? -Nada,

que él se empeña en seguir viéndome como a una niña,

pero no es nada de gravedad.

Sin embargo, ¿no podría quedarme

una temporada aquí? Por favor.

No me apetece regresar a casa tan pronto.

-De acuerdo.

Pero escribiré al tío

y le diré que estás aquí y que estás bien.

De haberlo sabido, habría retrasado mi viaje a Inglaterra.

-No se preocupe, prima Celia, estaré bien.

-¿Has visto lo que tengo en el salón?

-¡Una pianola!

-Está aquí cogiendo polvo y, dada tu habilidad para la música...

-"Esto ya viene de antes, ¿no?".

Ustedes dos

ya llevan un tiempo cortejándose, se les ve en la cara.

-¿De qué habla, Peña? -Hablo, de que ahora que caigo,

me pareció percibir ya hace tiempo, miradas extrañas entre ustedes.

-¿Extrañas?

-De amor.

Uy, uy, uy...

¿Qué diría la gente si se enterase de que doña Leonor

es una viudita alegre

a la que no la importa seducir a un hombre presuntamente casado?

-La gente no diría nada. -No dirá nada

porque yo guardaré el secreto, pero quiero algo a cambio.

Deben ayudarme a librarme del Índio.

-Nadie va a ayudarle. Cállese.

Nosotros somos personas libres.

Ella es viuda y yo estoy soltero y, entre nosotros no ha pasado nada.

Su chantaje es humo al viento. ¡Aire!

-Maldita sea.

-Pobre diablo.

-¿No te dará pena ahora? -Claro que no.

No sirve para tales menesteres, es carne de cañón.

-Lo es.

-En cuanto el Índio aparezca, el Peña habrá de marcharse,

si no quiere terminar fiambre en menos de lo que canta un gallo.

-Él solito se lo ha buscado. -No sé si...

él tiene toda la culpa.

-¿Qué quieres decir?

-¿Olvidas que han puesto su retrato en el periódico negro sobre blanco?

-Y gracias a eso, el fiambre no seré yo.

¿No va a comer nada, señor?

-Le he dicho que no tengo apetito.

Retire el desayuno.

(Laman a la puerta)

-Voy a abrir.

-Don Arturo, ¿cómo se encuentra esta mañana?

-¿Por qué quitó las balas de mi revólver?

¿No irá a negar que fue usted?

-Sería absurdo.

Sí, yo lo hice.

-¿Por qué?

-Porque no creí ninguna de sus palabras.

Por eso lo hice.

-¿Quién es usted para decidir sobre mi vida?

-Un amigo.

-Un amigo aceptaría mis deseos.

-Un verdadero amigo le protegería por encima de ellos.

-¡Soy inútil, maldita sea! -Usted no es nada de eso.

-¿Ni siquiera puedo decidir morir en paz?

-Morirá en paz, pero no ahora.

-¡No quiero ser una carga para Silvia!

Tengo que morir antes de que vuelva y, vuelve hoy.

Tiene que ayudarme. -¡Basta!

Deje de compadecerse.

Debe afrontar la vida con valentía.

-No me diga lo que tengo que hacer.

-Debe hablar con Silvia, contarle la verdad, lo que le pasa.

-No pienso hacer tal cosa.

-Don Arturo, deje ayudarse por la gente que le quiere.

-No quiero ser un lastre, no quiero que carguen conmigo.

La vida así no vale la pena.

-Aparte esos pensamientos negativos de su cabeza.

¿No se da cuenta que se está dejando llevar a un pozo?

Tiene que ver el lado positivo.

-¿Qué lado positivo?

-Que tiene mucha gente que le quiere

y que están dispuestos a ayudarle.

El mismo coraje que tuvo para intentar volarse los sesos,

ha de tenerlo ahora para afrontar

esa conversación con su prometida.

-No puedo.

-Sí puede.

Quitarse de en medio y ocultar lo que le pasa, solo es de cobardes.

Se lo dije y se lo repito.

El Arturo que yo conocí,

jamás se rendiría ante el enemigo, lucharía contra él

hasta las últimas consecuencias.

¿Dónde está ese hombre ahora?

-¿Va a ser hoy? -Eso es lo que Carmen me dijo.

Hoy, Úrsula va a enviar esa carta al doctor Pallero

y, deberíamos evitarlo.

-Hemos de interceptarla.

-Sí, pero ¿cómo?

-Carmen es nuestra mejor baza.

-Carmen ya se ha expuesto demasiado. Hemos de pensar en otra cosa.

-Úrsula es difícil de engañar y, Carmen goza de su confianza.

-Lo sé.

Pero no vamos a utilizar a Carmen,

habremos de pensar en alternativas.

¿Y si contratamos a alguien para que la asalte en la calle

y se la robe?

-Desde el robo a doña Rosina están todos muy alerta.

¿Y sobornamos al funcionario de correos para que nos la entregue?

-Úrsula habrá previsto eso y le pagará más dinero.

Esa mujer no da puntada sin hilo.

-Yo lo haré.

-Blanca, no. -Sí, Diego.

La conozco, conozco sus argucias y tejemanejes.

Sé cómo piensa y cómo actúa. -No, Blanca, es peligroso.

-Es la mejor opción que tenemos. -Tenemos muchas.

-¿Sí? -Solo hay que pensar un poco.

-Dime una.

La conozco, Diego.

Jugaré a su juego, usaré sus mismas cartas.

-Úrsula desconfía de usted.

Desde lo que pasó en el cementerio, va a estar alerta si se le acerca.

No le resultará fácil engañarla.

-No digo que sea fácil, pero no me subestime, Riera,

ella es lista, pero yo también.

Me haré con esa carta que nos llevará a Pallero, confiad en mí.

-Esto no me gusta.

-He de hacerlo, Diego. Por ti, por mí y por nuestro hijo.

Se lo debo.

Le fallé en el cementerio, pero no voy a fallarle otra vez.

-¿Lucía se llama? -Simpatiquísima.

-Habladora. -Risueña.

-Decir que es un encanto es quedarse muy corto.

-Haréis buenas migas, hija.

Lo que no entiendo es por qué Celia la tenía tan escondida.

¿Por qué no la habíamos conocido aún?

-Como a otros parientes de los vecinos.

Quiere conocer a todo el mundo.

-Ya está la mesa lista. ¿Llamo ya al Jacinto?

-Jacinto, ¿dónde vas?

-¿Al jardín?

-Deja eso y siéntate a almorzar con nosotros.

-¿Yo?

-Sí, va, que tengo hambre.

-¿Y a qué viene todo esto?

-A que quiero agradecerte que me salvaras la vida.

-Tampoco es que la fueran a matar, doña Rosina.

-Bueno, pues agradecerte que salvaras mis pertenencias.

-Diga que sí, que no cualquiera

se atreve a enfrentarse a unos maleantes.

-Fue un gesto muy valiente, Jacinto.

-Eres un héroe, primo.

Sí que lo eres. Has "dejao" al sereno a la altura del betún.

-No era mi intención.

Pero vamos,

que me hace "mu" feliz que me inviten

a comer.

-Pues para estar tan feliz, tienes muy mala cara.

-¿Qué te pasa?

-Na, que...

echo una miajilla de menos a mis ovejas.

A mi Leopoldita le encantarían esas uvas.

Y mi Conchita, ni le digo lo que haría con esos bollos.

¿Crees que habrán "engordao", prima?

¿Crees que algún lobo las habrá "atacao"?

-Qué cosas dices. Qué lobo ni qué niño muerto.

Que tus ovejas están bien. Hazme caso, que lo presiento.

-Les agradezco que me hayan invitado a comer, pero no tengo hambre.

Si me disculpan,

me voy al jardín.

Bueno, una perita.

-Lo de tu primo no es normal, Casilda, qué cambio.

Ya no se le oye pegar gritos de esos de "yepa", ni nada.

-Espero que no sea grave. -Nones, grave no es,

lo que "tie" es una solución "complicá".

"Tie" morriña ovejera

y de las gordas, me temo.

¡Y tú mucha cara!

-Perdone.

Mi tío Joaquín, el que es abogado, como tú,

es su tutor.

El pobre nunca se casó y, ha dedicado su vida a su trabajo

y a cuidar de Lucía.

Parece...

que se han peleado porque el tío no acepta

que Lucía se haya hecho mayor.

¿De verdad que no te importa que se quede

una temporada con nosotros?

Felipe,...

¿has escuchado algo de lo que he dicho?

-Perdona, cariño, tengo la cabeza en otro lado.

-Ya me he dado cuenta. ¿Dónde?

-Arturo.

Últimamente está muy bajo de ánimo.

-Silvia se fue inquieta por ese tema.

Espero que se reconcilien cuando vuelva. Hacen buena pareja.

-¿Les gusta? ¿Cómo me queda?

-Hasta mejor que a mí.

Puedes ponerte todos mis vestidos. Mi ropa es tuya.

-Gracias.

-Podemos ir a ver a Susana a la sastrería Séler.

Es la mejor sastra de la ciudad. Pero no se lo digas.

-Quizá lo haga.

Apenas traje equipaje. Y las vecinas me cayeron muy bien.

-Y tú a ellas, lo noté enseguida.

Os haréis muy buenas amigas. -Eso espero.

A ver, ¿qué les apetece escuchar?

-Algo de Bach.

(Llaman a la puerta)

(Piano)

(Se abre una puerta)

¿Se conocen?

-Él fue quien me indicó el portal a mi llegada.

Lucía Alvarado. Ya sabe, recién llegara y forastera.

Aún haciéndome a su ciudad.

-Si necesita que se le muestre el barrio,

tendrá a todos nosotros a su disposición, seguro.

-Quizá se lo pida a cualquiera de ustedes, gracias.

-Supongo que ha venido a hablar con Felipe.

Vamos, Lucía, daremos un paseo.

-Mucho gusto, don Samuel.

-Con Dios.

-Usted dirá en qué puedo ayudarle.

-Quería tratar con usted un asunto importante,

se trata de mi padre.

Fabiana, ¿no le parece raro que una chiquilla joven viaje sola?

-¿Lo dices por la señorita Lucía?

No son asuntos de nuestra incumbencia, Lolita.

¿Vas a ir a la fiesta de casa de los Palacios?

-¿Alguna vez me he "perdío" yo una fiesta?

-Pa chasco que no.

-¡Me olvidé de comprar las castañas pilongas "pal" Servando!

-¿Qué castañas? ¿Qué castañas?

-El Servando, que cuando hacer de señor,

se pone "mu" estupendo y me pidió un kilo de castañas

para hacer un concurso de partir castañas que hacen en Naveros.

Voy a escape.

Uy. Señor. (RÍE)

-Peña, ¿qué haces aquí, no tendrías que estar atendiendo

en La Deliciosa?

-Se me hace un mundo llevar el negocio solo.

Ganas me dan de venderlo

y poner pies en polvorosa.

-¿No me irás a decir que preferirías ser un empleado?

-Mejor me iba.

Asalariado y, sin que nadie supiera mi identidad verdadera.

-Míralo por el lado bueno. Ahora que eres propietario,

seguro que esa muchacha por la que bebías los vientos,

te mirará con mejores ojos.

-No lo creo, Fabiana.

Le reconozco que la muchacha me hizo albergar esperanzas,

pero luego me traicionó.

Aunque tampoco la culpo,

yo he estado mucho tiempo mintiéndola.

Nuestra relación parece abocada al fracaso.

Vaya,

lamento oírle decir eso.

Aunque creo que en los asuntos del amor,

uno nunca debe darse por vencido.

¿Estás segura de todo esto?

-Nuestra última esperanza es encontrar al doctor Pallero,

y, su dirección está en esa carta.

Haz lo que te pido, quédate rezagada.

-No hagas ninguna locura.

-¿Cómo te encuentras, hija? ¿Más calmada?

No es normal el estado de enajenación mental en el que caíste

y que te llevó a encerrarme en esa cripta.

A tu madre, a tu propia madre.

Eso solo lo hace un loco,

alguien que ha perdido la razón por completo,

alguien que debería estar encerrado y vigilado.

Debiste ingresar en ese sanatorio y no salir nunca.

Pero no te culpo,

haber perdido la criatura,

no verle siquiera la cara,

abrazarla,

besarla, después de haberla llevado nueve meses en tu vientre...

Dudar si está viva o muerta,

imaginar que se la han llevado unos delincuentes o vete tú a saber qué.

¿Qué se siente

al no haber podido arrullar al fruto

de tus entrañas?

-Lo lamento.

Lo lamento mucho, madre.

Tiene razón,

he perdido la cordura.

La perdí por completo.

Entiendo que me odie

por todo lo que le hice y, entiendo que me diga esas barbaridades.

Me las merezco.

-Carmen, vámonos,

se nos ha hecho tarde.

¿Se puede pasar? -Pase.

-Agustina, hay que ver qué mal está su señor.

Me lo crucé y no me dijo ni esta boca es mía.

Como si no me viera.

No se lo tome usted en cuenta. No está pasando por muy buena racha.

Ni siquiera habrá reparado.

¿Qué hace usted aquí?

-A verla venía.

Ayer la vi mohína y "preocupá". -Lo estoy,

las cosas como son.

-Bueno, hoy parece que tiene usted

mejor cara. -Hoy llega doña Silvia,

y no sabe lo mucho que me alegra a mí eso.

-Ya me lo figuro.

-Solo espero que el reencuentro

vaya bien y, que la señora pueda ayudar a don Arturo.

-Claro que sí, mujer.

Ya lo verá. Al menos, eso ha de creer.

Marcho, que tengo faena.

¿La veo luego en casa de los Palacios?

-Sí. -Bueno, con Dios.

Vengo de La Deliciosa y, la verdad es que da pena verla

sin Flora ni su marido por allí.

-Su hermano. -Sí, bueno, los Cervera, ya sabes.

-Los falsos Cervera. Los Barbosa.

-¿Estás picajoso hoy? -Lo que estoy es hambriento.

Qué buena eres trayéndome churros. -No son para ti,

son para Jacinto. ¿Dónde está? ¿No ibais a echar una partida?

-Sí, pero no tenía ánimo y se ha ido a regar tus petunias.

-¿La dichosa morriña otra vez?

-No, es que no se le ha pasado todavía.

-¡Jacinto!

-¿Llamaba la señora?

Sí, ven, ven. Quiero que alegres esa cara.

Te he traído unos churros para animarte

y para que sepas que estamos muy contentos contigo.

-Muchas gracias, señora, pero...

tengo la tripa "cerrá".

De estar aquí la Salvaora, se los comía de una "sentá".

Hasta en eso se parece a usted.

-¿Qué tienen esas ovejas que no tengamos nosotros?

-Sin faltarle al respeto, todo.

-¿Cómo que todo? -Cada uno a lo suyo.

La Leopolda me anima con sus salticos nerviosos,

la Lucrecia, que dan ganas de achucharla de lo suave que es,

la Salvaora... -De esa no me lo digas nada,

que ya me hablaste. A ver,

¿cuántas son?

-¿Por?

-¿Cuántas? ¿Menos de 100?

-Sí, mi señora, con tantas no podría.

-Tráetelas y que duerman en el jardín.

-¿Cómo? -¿Qué?

-Pero que no se coman mis plantas. -No lo harán, están bien enseñadas.

Pero tendrán que acostumbrarse a su...

(JACINTO BALA)

-Peor fue acostumbrarse a tu "yepa ya" y,

ahora hasta lo echo de menos.

¿No me vas a dedicar ni un gritito? ¿No estás contento?

-Yepa...

Mejor me voy a hacerles sitio,

que hasta que no las vea, no se me pasa la pena.

-¿Qué le pasa a este hombre?

-No. ¿Qué te pasa a ti?

¿Qué hacemos con 100 ovejas en el jardín?

-Ya has oído, son menos de 100.

¿Cómo que...? Rosina. ¡Rosina, no me dejes...!

-¿Agustina? -Aquí estoy, señor.

¿Desea algo?

Solo quiero pedirle disculpas.

-¿Disculparse usted?

-Así es. No me he portado bien con usted.

-Señor...

Siéntese, por favor.

-Ha sido muy comprensiva conmigo y ha tenido mucha paciencia.

Sin su ayuda, no sé qué habría hecho.

-Solo he cumplido con mi deber, señor.

Ahora, lo único que importa es que se tranquilice y temple los nervios.

-Trato de hacerlo, aunque no lo crea.

-Debe volverse a ilusionar con la vida, señor,

que tiene usted cosas

muy buenas a su alrededor y un futuro por delante.

-Ya.

¿Qué es eso que huele tan bien?

-Estoy preparando tarta de moras, que le encanta a doña Silvia.

¿Está inquieto ante su llegada?

-Es una sensación agridulce.

Tengo ganas de verla, claro, pero...

-¿Va a contarle la verdad sobre su ceguera?

-Supongo que ya no me queda otra.

-¿Cuándo va a hacerlo?

-No lo sé, buscaré el momento.

Por eso quiero pedirle que siga cubriéndome,

hasta que vea cuándo y cómo puedo introducir el tema.

-De acuerdo.

-Debe darme su palabra. ¿Me lo promete?

-Se lo prometo.

Por la Virgen de los Milagros que no diré nada, hasta que lo haga usted.

-Bien, Agustina, gracias.

Algo tiene que estar mal. -La dirección es la que te di,

la que venía en el remitente de la carta.

-Pues allí no está.

Samuel,

¿hay algo que no me hayas contado?

-Claro que no, Diego. Estoy tan desconcertado como tú.

No pienso seguir siendo partícipe de sus manipulaciones.

-¿No quieres a tu hijo?

¿No quieres a Moisés? -Daría mi vida por él.

-¿Y por qué dejar perder

la oportunidad de criarlo, de cuidarlo, de disfrutarlo siempre?

Si cuentas la verdad de lo que pasó, que Blanca me secuestró,

me torturó, quiso asesinarme,

no habrá tribunal que no la encierre de por vida en un manicomio.

Don Samuel. Don Samuel.

-Hola, Lucía. No la había visto.

-¿Se encuentra bien?

-Sí. Pensaba en mis cosas.

Va a pensar usted que siempre ando en Babia.

-Iba camino de La Deliciosa,

pero me han hablado mal del dueño, y he preferido dar un paseo.

¿Me acompaña?

-¿De verdad? -Disculpe,

¿quizá he sido muy atrevida?

-No. Es que no estoy acostumbrado a que las muchachas de estos lares

sean tan sinceras y directas.

-Usted fue muy amable ofreciéndose a ser mi guía por el barrio,

pensé que quizá podría tomarle la palabra.

Pero debe tener cosas más importantes que hacer.

-Quizá en otro momento.

-Claro, no se apure.

Mi padrino siempre me regaña por ser tan franca.

Con Dios, don Samuel.

-Señorita.

Creo que puedo sacar un rato para enseñarle el barrio.

-Ah, estupendo.

Como ha sido usted tan galante,

prometo no volver a atormentarle con la pianola.

-No fue tortura, toca usted muy bien.

-No mienta, Samuel.

Mi padrino se iba de casa cuando me tocaba lección con mi maestra,

la señorita Carrión.

Sorda perdida estaba y, claro, no se enteraba de mis desafines.

Pero tampoco me corregía.

Yo me limitaba a poner buena postura,

cara de concentración y pasaba la hora aporreando

las teclas tan ancha.

Una tontuna, ¿no? -No, todo lo contrario,

ha conseguido usted que me aleje de mis pesares.

Me alegro de que haya venido a visitar a su prima,

aunque sea de paso.

-En realidad, voy a quedarme una temporada.

-Espero que disfrute de su estancia.

-Seguro.

-Esa placa indica que ahí vivió el ilustre doctor...

(Suenan las campanas)

Servando, ¿cuánto tiempo hace que no se quita usted los callos?

-Desde que Paciencia se fue.

Que bien bonitos pies me dejaba.

-¡Virgen santa! Aquí hay piel "pa" hacerse un abrigo.

-¿Qué dices? -Nada.

-¿Has visto lo rápido que gané el concurso

de partir castañas? Soy invencible. -Usted es un "dejao".

¿Es que no puede arreglarse los pies aunque sea una vez la mes?

-Eso de barrer y fregar todos los días, que pasa factura.

¡Ay, que me has tirado de un padrastro! ¡Despedida!

-¡Uy, qué pena más grande!

-¿Alguien ha visto a Agustina?

-Aún no ha "llegao".

-Qué raro. Aunque últimamente tiene muchos quebraderos de cabeza

por asuntos de su casa.

-Tiene más cara que espalda,

que se quiere escaquear de ser criada.

-Voy a ver qué le ha "pasao".

-Al final me va a tocar a mí hacer las labores de la casa.

El servicio cada vez está peor.

¡Lolita, esa tarta!

-¡Ya voy, ya voy!

¡Vaya humos tiene hoy, Servando!

-¿Y cuándo quieres que los tenga? Soy señor y he de aprovechar.

¿Dónde vais?

¿Desde cuándo ha compartido el servicio plato con los señores?

Es que...

-¿No lo dirá en serio?

-¿Me ves la cara de chanza?

-Mañana me toca a mí ser señora,

y me vengaré de "to" lo que está haciendo usted.

-Perfecto, pero cierra el pico y sírveme la tarta.

¡Flora! -Ay.

Me ha dado un pasmo.

-Tengo que hablar con usted.

Quiero explicarle toda la verdad y nada más que la verdad.

-No pienso hablar con un delincuente,

un desalmado, un maleante...

-Deme solo un minuto, por favor,...

para escuchar lo que me ha traído hasta aquí.

Voy a contarle la historia de mi vida.

-(SUSPIRA)

Le escucho.

-Mi padre era bueno aprendiendo lenguas extrañas,

pero malo con las cuentas,

y nunca fuimos muy ricos.

Yo trataba de ayudar en la economía familiar,

¿sabe usted cómo?

-Intuyo que me lo vas a contar.

-Acompañando a mi padre en sus expediciones, conocí el mundo:

pueblos lejanos, gentes de todo tipo.

En esos viajes me di cuenta de que mucho pueblos tenían tesoros

y reliquias que ni ellos sabían el valor que tenían.

-Me huelo por dónde vas.

-Reconozco que me hice con algunas joyas arqueológicas

que luego vendía en Europa y sacaba buenos dineros.

-Se haría rico, digo yo.

¿Qué robaste?

-Joyas de los faraones de Egipto, manuscritos de Mesopotamia,

algunas tallas chinas...

Hasta que cometí un error.

-¿Qué error?

-En la India robé un ídolo,

una figura labrada en oro de Shiva.

-¿De chiva? ¿Una cabra?

-No. De Shiva.

Un dios.

Resulta que los guardianes de esa reliquia

lo consideraron un sacrilegio

y me condenaron a muerte. -¿Y por qué no la devolviste?

-Lo hice, pero de nada sirvió,

Ya era tarde.

Había ofendido a su dios

y tenía que ser castigado.

-"No sabe lo feliz"

que estoy de verla de vuelta, doña Silvia.

Le he preparado tarta de moras, su preferida.

¿Quiere que le sirva una porción? ¿Tiene usted hambre?

Gracias, pero quiero ver a Arturo.

¿Dónde está?

Amor. Amor.

Te he echado tanto de menos.

Tengo tanto que contarte.

Tendrías que haberme visto negociar con el armador,

estarías muy orgulloso de mí.

Seguí tus consejos y, conseguimos un acuerdo estupendo.

-Qué buenas noticias.

-Silvia, verás, yo...

Tengo algo que contarte.

-Luego me lo cuentas.

Primero quiero que leas algo que te he traído.

-¿Qué es?

-Es una carta de Elvira.

-¿Has conocido a Elvira? ¿Has hablado con ella?

-¿Qué te ha dicho? -Lee esta carta.

En ella están las respuestas a las preguntas que te acechan.

Te dejo solo.

Este momento necesita intimidad.

Cuando termines, vuelvo. -Gracias, Silvia.

-"Pensé que si huía a España"

no darían conmigo.

Por eso compré La Deliciosa.

Pero esos indios

son buenos rastreando. -Y dieron contigo.

-No pararán hasta que me maten.

Mi muerte es la única manera de pagar la ofensa a su dios.

-Solo hay un cabo

que me queda suelto.

Tu esposa. ¿Por qué parece importarte un comino?

-Porque no era mi esposa.

-¿Cómo? ¿Y quién era?

-Una hechicera que me prometió que con sus conjuros

mantendría lejos a los indios.

La hice pasar por mi esposa para que no llamara la atención a mi lado.

Pero es obvio que sus conjuros no sirvieron de nada.

Ahora estoy en peligro.

Tienen ustedes que ayudarme.

-Pero le diste los datos de La Deliciosa a ese indio

para que matara a mi hermano. -No, yo pensaba que era su esposo.

-¿Qué más da eso? -Que estaba enamorado de usted.

Me cegó el amor.

Pensé que si su esposo moría,

quizá usted se enamoraría de mí.

Porque le juro por lo más sagrado

que en eso no he mentido.

-¿Es eso verdad?

-¿Que estoy loco por usted?

Es verdad más grande que la catedral

de Segovia.

¿Cree que Blanca habrá interceptado la carta del doctor Pallero?

-Era difícil, sin duda.

-Quizá no debimos dejarlo en sus manos.

-Es la madre de ese niño,

se lo debíamos.

Además, Blanca es lista y tiene sus recursos.

-Pero ya perdió los papeles una vez

y, casi termina detenida. Si ha vuelto a meter la pata...

-No, confío en ella.

Blanca, ¿lo conseguiste?

-¿Y la carta?

-No la tengo.

-Lo sabía.

-No la tengo porque, si se la robaba a Úrsula,

se hubiera dado cuenta y la iba a alertar.

Solo necesitaba leer la dirección escrita en el dorso.

-¿Y conseguiste leerla?

-¿Acaso lo dudabas?

-Ni por un segundo.

-La apunté a escape para que no se me olvidara.

Calle de las Casas. En un pueblo que se llama Villamanzanos.

Aquí es donde está nuestro hijo, aquí es donde está Moisés.

Tenemos que ir, tenemos que ir cuanto antes.

¡No veo el momento de estrechar a mi hijo entre mis brazos!

Espera. -¿Qué?

¿Qué?

-"Na".

Que se me va la cabeza, que veo cosas que no son.

Me ha parecido ver al Antoñito en la esquina.

-Lola, tú sueñas más que cuando nos tomamos las hierbas de Jacinto.

Por Dios... -"Lucía, ¿qué pasa?".

Lucía...

-Prométame que no se lo dirá

a nadie. -Te lo prometo.

-Ni siquiera a su marido.

-Cuéntamelo.

-"¿Has estado engañándonos"

a todos?

Ay, Leonor, si tu padre levantara la cabeza...

-No meta a mi padre. -Este asunto se ha terminado aquí.

-Como quiera. Pero si no quiere que extienda mi sospecha

por el barrio,

ya pueden arrimar el hombro

y hacer que la chocolatería se llene

y sea el centro de reunión del barrio, ¿entendido?

(LEE) "Respetado padre,

no voy a negar que me ha costado mucho escribirle estas líneas,

que si ahora lo hago es porque doña Silvia me ha hablado largo y tendido

de sus cambios".

-Arturo,...

he estado dándole vueltas y, creo que lo he entendido todo.

-¿El qué?

¿Tan difícil soy de comprender?

-Sé lo que te sucede, Arturo.

"Tenemos indicios".

"Creemos haber localizado a Moisés. -¿Cómo?".

-"Blanca ha conseguido la dirección del doctor, un tal Pallero".

-Mi madre se lo entregó para ocultárnoslo.

-¿Habéis confirmado la identidad y las señas del doctor?

-Estamos en ello.

(Suenan las campanas)

-"Ya debería estar aquí".

Deberíamos tener noticias de él.

-El retraso puede deberse a que ese doctor no estaba

en Villamanzanos.

Y, por lo tanto, tampoco mi hijo.

-No perdamos la esperanza.

-Tengo un mal presentimiento.

  • Capítulo 780

Acacias 38 - Capítulo 780

11 jun 2018

Arturo se intenta suicidar, pero no hay balas. El coronel culpa a Agustina y exige ver a Felipe. Felipe asume que fue él quien descargó el revólver y le ruega coraje para vivir. Arturo asegura que dirá la verdad a Silvia. Samuel finge desconcierto ante Diego y promete encargar a Felipe la búsqueda de su padre. El Peña ve un beso de Leonor e Íñigo e intenta chantajearlos para que lo ayuden. Ante su negativa, El Peña suplica a Flora su ayuda y le reitera su amor.

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  1. Lolita

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    16 jun 2018