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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 779 - ver ahora
Transcripción completa

Don Jaime cambió, el tiempo inconsciente

le transformó, pero no tanto.

-Te equivocas. Aunque pedirle ayuda es una buena idea,

no creo que podamos contar con él. -No creo que haya olvidado

a sus hijos. -Estoy de acuerdo contigo,

nada perdemos por probar.

-"El coronel..."

se está quedando ciego.

Y eso no es lo peor. -¿Qué puede haber peor que eso?

-Está dispuesto a solucionarlo de la peor de las formas.

-"¿Seguro que se va?".

El altillo es su casa y no hay prisa para irse.

-Se lo agradezco, pero prefiero poner tierra de por medio.

Antes de que me echen, me voy y me evito el bochorno.

-"Con esto y paciencia,"

conseguirás abrir la caja.

-No sé si sabré hacerlo.

-Por lo que me has contado, la caja donde Úrsula guardó la carta

no debe tener un cierre muy complicado. Lo conseguirás.

Ve a visitar a nuestro hijo.

Vendrás llena de sonrisas y de anécdotas de nuestro hijo.

Ve, mi amor. -"Te creímos muerto".

-"No, estaban tan ocupados robándome"

que no vieron si había estirado la pata.

-Es cierto. -Si no quieren que les denuncie

por las barrabasadas que me han hecho,

tendrán que quedarse aquí... y protegerme.

-"¿Saben algo de Pallero?".

-No damos con él. -Comprendo la frustración

de Blanca. -De Blanca y de todos.

Tal vez tenga a Moisés, pero...

yo también pierdo la esperanza de encontrarlo.

-"Su criada me ha contado la verdad. -¿Qué piensa hacer?".

¿Cómo va a mantener esto con Silvia? -No voy a mantenerlo.

Voy a romper nuestro compromiso.

¿Qué haces aquí?

-Nada, señora.

Nunca entro en este despacho y estaba poniendo un poco de orden.

-No entres en mi despacho sin que yo esté presente.

Cuando quieras poner orden, avísame.

-Como usted quiera, señora.

Solo quería aprovechar que usted iba a salir

para no estorbarla.

-Ya me has escuchado.

Que nadie entre aquí en mi ausencia.

-¿Ha regresado usted por algo?

Pensé que iba a dar un paseo.

¿Quiere una chaqueta más gruesa? -No.

Solo he cambiado de opinión.

-¿Quiere que la acompañe?

-No.

Quiero que me prepares algo de cena, algo ligero.

Me iré a la cama pronto.

-Hay consomé.

Y le puedo servir una rodaja de merluza a la romana.

-Está bien.

Hazlo pronto.

-Sí, señora.

En diez minutos estará.

(Sintonía de "Acacias 38")

Comete usted un error.

-Si algo he defendido toda mi vida,

es que un hombre es dueño de sus aciertos y de sus errores.

-Don Arturo, le aprecio y por eso me voy a atrever a decirle algo.

La frase que acaba de pronunciar

no significa nada, es un mero juego de palabras.

Estamos tratando de la vida. -Es su opinión.

-Es la verdad incuestionable. Y su decisión muestra cobardía.

-¿Me acusa de cobarde? -Sí,

así es, y no trate de retarme a duelo,

le ganaría sin ningún problema.

Le recuerdo que no ve.

-Está siendo cruel.

-Como usted con su prometida. Quiere romper su relación

sin darle la oportunidad de opinar, de saber la verdad.

-Usted no sabe de lo que habla.

-Le recuerdo que he estado en silla de ruedas y que tengo un ojo herido.

-Un único ojo.

-¿Sabe en quién encontré fuerzas para seguir adelante?

En mi esposa Celia.

No fui un buen marido,

fui infiel y trasnochador,

me preocupé más de mí mismo que de ella.

Pero, cuando me ha hecho falta, ha estado allí.

-No es lo mismo. Silvia no está casada conmigo.

Quiero ahorrarle el sufrimiento. -Miente, teme que ella no esté

a la altura. Es usted un cobarde.

-No se lo consiento. -No le he pedido permiso.

-He puesto mi vida en juego decenas de veces por España.

He luchado en decenas de batallas por el rey

con las balas silbando sobre mi cabeza y las bombas estallando

a mi alrededor.

El día que muera habrá muerto un hombre valiente.

-Para los libros. Para nosotros será un cobarde

que prefirió esconderse a enfrentarse a la vida.

-Podría coger mi pistola,

a esta distancia no tendría problema en acertar,

hasta mi escasa visión lo permitiría.

No lo hago porque sé que pretende que yo cambie mi pensamiento,

que reaccione...

-Hay que ser valiente para reaccionar.

-Silvia es una mujer madura, bella, inteligente.

-Teme que le abandone. -Se equivoca.

Nunca lo haría porque su sentido del deber

es tan fuerte que estaría dispuesta a todo. No es eso lo que temo.

-¿Entonces? -¡Tengo compasión de ella,

maldita sea!

No quiero que pase años cuidando a quien no puede valerse por sí.

-Se compadece a sí mismo.

-He visto a muchos soldados volver de las guerras tullidos

y siempre he pensado en sus esposas,

más les valdría haber quedado viudas.

-¿No piensa en la opinión de ellas?

¿No le ha demostrado Silvia una y mil veces

que no debe tomar decisiones por ella?

Qué guapo está Víctor. ¿No te parece?

Pero para y mira el retrato. Qué prisas...

-Si me lo sé de memoria, Susana, lo llevas a todas partes.

Víctor siempre ha tenido buena planta.

Es guapo, un poco bajito. -¿Bajito?

Lo normal. ¿Quién quiere un nieto gigante?

Qué manías. -Yo creo que impone más.

-Lo que impone es ser un hombre íntegro.

Y Leandro y Víctor lo son.

Simón también, no lo olvido. -Leandro también es bajito.

-Bueno, el caso es que he ido

al fotógrafo a la Plaza del Ayuntamiento.

Y nada, no hay manera de hacer una copia.

-¿No han inventado nada para hacer copias?

-Para que veas. Creemos que está todo inventado

y no sabemos nada del mundo que nos rodea.

-Y dicen que el siglo XX es el siglo del progreso...

-Alharacas.

Progreso para hacer coches con motor que echan humo

y van a velocidades endiabladas a riesgo de atropellarnos.

Pero, para las cosas importantes, nada.

-Dile a Lolita que te quedas el retrato,

claro, salen tu hijo, tu nieto y tu nuera.

-Y su novio. -Ella es solo una criada,

hasta que se case con Antoñito al menos.

Además, no estoy segura de que todo lo que tiene no sea nuestro.

-¡Qué mal día tienes, Rosina!

Me voy a mi sastrería,

que tengo trabajo. A más ver.

-Bueno... Luego paso a verte...

¡Quieta! -¡Uh! ¡Auxilio!

¡A mí la guardia, que me matan!

¡A mí la guardia! -¡Oigan!

-¡Vamos!

-¡Uh!

-¡Ah, ah, ea!

¡Eh!

¡Ah!

Aquí tiene.

-Gracias.

-¿Se encuentra usted bien?

-Sí, ha sido el susto, claro.

Si no llegas a aparecer, lo mismo me matan.

Pero qué destreza con el bastón, ¿no?

Pareces el Cid Campeador.

-Muchas migas han de comer esos dos

para matar a "naide".

¿Sabe a quién me recuerda de repente, salvando las distancias?

Pero viéndola así, con resuello...

A la Salvadora.

-¿Y quién es esa? -Una cordera,

la más guapa del rebaño. -¡Ay!

Te lo consiento porque acabas de salvarme la vida.

-La Salvadora no me bala ni para darme los buenos días,

pero no puede vivir sin mí. Y su nariz es como la suya,

respingona y distinguida.

-No abuse, Jacinto, que me encuentras.

Y ya. Cordera...

Gracias de nuevo, Jacinto.

-De nada, señora.

-"No sé qué más hay que hablar del Peña".

Ya hemos dicho la verdad sobre su identidad y la nuestra,

No quedan cuentas pendientes. -Debemos ayudarle.

-Ya me dirás por qué. Si le persiguen,

sus motivos tendrán. -¿Es que no tienes corazón?

-Él es quien no lo tiene.

¿Acaso no te acuerdas de que cuando lo conocimos estaba casado?

¿No te acuerdas de esa esposa tan rara?

¿Le has oído hablar de ella?

-No... -Porque no la querría mucho,

digo yo.

Solo deja destrucción a su paso.

-También podrías haber muerto.

Cada vez que lo pienso, me dan escalofríos.

-Pero no nos mataron y nos aprovechamos.

-Nos habrían acusado.

Hicimos lo único que podíamos hacer.

-Él podría habernos denunciado.

-Sus motivos tendría.

Nos traerá problemas.

Deberíamos abandonar Acacias.

-Perfecto para vosotros. ¿Y yo?

-Tienes lo mismo aquí y fuera: nada. -¡Íñigo!

No seas cruel.

-¿Y si tuviera algo?

¿Solo tú puedes enamorar a alguien?

-¿A qué te refieres, Flora?

-El Peña me ha confesado su amor.

-El hombre más cabal de toda la ciudad.

Desde luego, Flora, tienes unas fantasías en esa cabecita tuya

que yo no me explico.

(Puerta abriéndose)

Buenos días, señor.

Dejaré la casa limpia,

después recogeré mis cosas del altillo.

No tendrá que verme más

y no sufrirá mis indiscreciones.

Ha sido usted un buen señor,

el mejor de los que he tenido en toda mi vida.

Nunca le agradeceré lo bastante

el haberme enseñado a leer y escribir.

Gracias a usted he accedido a los libros, a poder escribir.

Siento haberle defraudado.

-Sírvame el desayuno.

-Sí, señor. -Y vuelva a sus labores,

usted no va a ninguna parte.

Coja este sobre.

Ábralo.

-No entiendo. -Es su sueldo del mes.

Hay una pequeña cantidad extra.

-¿Del próximo mes? -¿No me despide?

-Cuando regrese Silvia, alguien deberá cuidarla.

Usted es la persona adecuada.

-¿Y usted? -No sea impertinente.

Usted es una criada, limítese a obedecer,

no me interesa si comprende o no mis órdenes.

-Sí, señor.

¿Se le ha caído algo...? -Obedezca, Agustina.

Si quiero que recoja algo, se lo pido.

Vaya a la cocina.

-Sí, señor.

¿No pudo leer nada más? -No, eso fue todo.

Estimado doctor: Pronto tendré ocasión

de ir a recoger aquello que está cuidando para mí.

-¿Nada más?

¿Ni una dirección en el sobre?

-No había sobre, la cuartilla estaba suelta dentro del cajón.

Ni siquiera sabemos cuándo piensa enviar Úrsula la carta.

-Tal vez haya una dirección apuntada.

O habría otro sobre del que pudiéramos averiguar algo,

un matasellos tal vez.

-No dio tiempo a más. Bastante hizo Carmen.

Úrsula suspendió su paseo y regresó a la casa.

A punto estuvo de descubrirla.

-Hablan de mi hijo, estoy segura.

-No puedo confirmárselo.

-Si Carmen pudiera volver a entrar en el despacho...

-Bastante se ha arriesgado ya.

Ni ella está dispuesta ni yo se lo pediría.

Además, es posible que doña Úrsula

esté sobre aviso. -Señor,

le acabo de conocer, pero ha de saber que no vivo,

que no duermo sin mi hijo.

-Usted lo ha dicho, su hijo. Si alguien debe tomar riesgos,

no es Carmen. Ella no tiene nada que ver

con ese niño y está haciendo más de lo que se le puede pedir.

-Tiene razón.

Solo puedo agradecer a Carmen lo que ha hecho por mí y por Moisés.

-Si Pallero

tiene a Moisés, ¿qué podemos hacer si ni siquiera sabemos quién es

ni en qué parte de España se encuentra?

-En la carta, Úrsula le anunciaba que iría a recogerlo.

Tiene que ser cerca.

Tal vez siguiendo sus movimientos lo logremos.

-Sí. Deberíamos hacerlo, pero cuidado,

sería difícil que Úrsula cayera

en algo tan básico. Nos ha demostrado que no la hay más astuta.

-Esperemos serlo más que ella esta vez.

-Tal vez, interceptando

la carta antes de que la envíe.

-¿Está seguro

de que Carmen no fue descubierta?

-Eso cree ella.

Pero es un peligro que existe, claro.

-Y todos sabemos qué implicaría eso.

-Úrsula sabría que estamos detrás de sus planes de ver a Pallero.

Los cambiaría, los retrasaría.

-No podemos arriesgarnos.

-Si mi padre estuviese aquí,

él sabría cómo dominar a Úrsula.

-¿Le escribiste la carta?

-Me decidí por un telegrama,

espero que me responda hoy mismo.

-De todas maneras,

el viaje es largo, Suiza está a varios días.

No llegaría a tiempo de parar a Úrsula.

Desde luego, soy un inoportuno.

Perdón.

-No se preocupe. Ahora mismo lo recogemos.

-No sé qué me ha pasado.

-Andamos todos nerviosos,

será por el intento de robo. ¿Se ha enterado?

-Sí, a doña Rosina, ¿no? Vamos a tener que andar con mil ojos.

Tenga.

Le dejo el dinero del café. -Gracias.

Pero aquí sobra.

-Por los desperfectos. Que pase un buen día.

¿Padre?

¡Padre!

¡Padre!

¿Se encuentra bien?

¿Se ha mareado?

-Sí, estoy bien. Ha sido un vahído pasajero, ya me recupero.

¿Está seguro? No me gustaría dejarle solo y que le ocurriera algo.

Si quiere, pido que llamen

a un doctor. -No.

-O un vaso de agua.

-No, de verdad, estoy bien.

¿Está usted de viaje? -Sí.

-¿Llega o se va?

-Llego.

-¿No sabrá la dirección de los Álvarez-Hermoso?

-¿De don Felipe y doña Celia? -Sí.

-Viven en el número 38, en la tercera planta.

-Gracias. Si es usted vecino del barrio, volveremos a vernos.

-Nos veremos, sin duda.

-¿Seguro que está bien?

-Le doy mi palabra. -Entonces

nos vemos pronto.

Por cierto,

me llamo Lucía Alvarado.

-Samuel Alday, para servirla.

-"Qué alegría me da".

De verdad, Agustina. -Y a mí. Y a mí también.

Me da tanta felicidad que me quedo como una gorrina en su charca.

-¡Ay, ay, ay! A todas nos deja felices.

Quién ha visto y quién ve al coronel... Usted lo merece todo.

-Me van a ruborizar. -¿Qué escándalo es este,

que se oye desde el descansillo? -Que la Agustina no se va.

-El coronel no la despide. -Albricias.

-El coronel se le ha cuadrado

y le ha dicho: "A sus órdenes, mi Agustina".

-No digas eso, que, donde hay coronel, no manda criada.

-Enhorabuena, Agustina.

Esto habrá que celebrarlo remojando el gaznate.

-Fiesta en casa de los Palacios,

como ahora es nuestra...

-Y además me toca a mí

ejercer de señor.

Vamos a hacer un concurso de partir castañas pilongas de Naveros.

-Poco señorial es eso, Servando. -Señorial

es lo que manda el Señor, como si manda dormir con las bestias.

-Bien gustoso es, en Cabrahígo se hace en San Antón.

-Y así nació nuestro Señor,

entre un buey y una mula. -No me parece bien ocupar su casa.

¿No sería mejor

que los invitara a una merienda en La Deliciosa?

-Quite, los ahorros están para cuando haya penas.

-Además, La Deliciosa no está para fiestas.

No se sabe si los propietarios

son esposos, hermanos o primos.

-En verdad, prefiero invitar.

Otra cosa sería como no celebrar mi buena noticia.

-Que no, que ya me quedé sin ser señor

y no quiero perder la vez.

Me van a tener que tratar como a un... majarajá.

-Como a un majara más bien.

-Ya veremos dónde lo celebramos.

¿Y aquí qué pasa? ¿Es que hoy no se trabaja?

Venga todo el mundo a lo suyo. -Pues sí, yo me voy.

No quiero escuchar los berridos de doña Rosina.

-Y yo,

que tengo la colada sin planchar.

-Y yo, no me vaya a pillar doña Úrsula fuera de mi sitio.

-Enhorabuena, Agustina.

Yo sé que ha sido usted quien le ha dado humanidad al coronel.

-No sé, no sé...

Está raro el coronel.

¿Se le ha caído algo...? -Obedezca, Agustina.

Si quiero que recoja algo, se lo pido.

Vaya a la cocina.

-Sí, señor.

¡Voy a casa del coronel, se me ha olvidado una cosa!

¡Lolita, ya tengo billetes para Bristol!

Marcho en un par de semanas. -Qué bien,

doña Celia. Al final se va todo el barrio.

-Nos quedamos solos en España, Lolita.

-Bueno. -No sé si solos,

que en el salón tienen una visita con una maleta para venirse a vivir.

-¿Una visita? -Sí.

Dice que es pariente. La he hecho pasar.

-Gracias, Lolita.

-¡Celia!

-Perdone,

no la conozco.

-¿Lucía?

¿Eres tú?

¡Dios mío, no te habría reconocido

en la vida!

Si estás hecha toda una mujer.

Felipe, es mi prima Lucía, la hija de mi tío Joaquín.

Te he hablado mil veces de ella. -Bienvenida a nuestra casa, Lucía.

-Qué ganas tenía de conocerle.

-¿Qué te parece mi marido? Ya te dije que era guapo.

-Sí, prima. Vaya buena planta tiene...

-Por favor, me vais a sonrojar. -Ni caso, si le encanta.

¿Y cómo está el tío Joaquín?

-Bien, le manda saludos, ya le contaré.

Debo irme, solo he pasado a saludar

porque no entendía llegar y no ver lo primero

a mi prima Celia. -¿Y dónde tienes que ir?

-Necesito encontrar un hotel para pasar unos días.

Me han hablado de uno limpio en la Alameda.

-Un hotel en la Alameda...

Como si no tuvieras familia aquí.

De eso nada, tú te quedas.

Lolita,

prepara la habitación de invitados para mi prima Lucía.

Ven, que te enseño la casa y me cuentas.

Fue irte tú y llegar los ladrones.

Qué susto, podían haberme matado. -¿Dónde vamos a parar?

-Ya se lo he dicho a Paquito, que había que traer a un policía

con una buena cachiporra.

¿Qué querían?

-Chocolate. -Bollos suizos.

-Parece que se haya llevado

un susto. -Perdón, es que

tenía la cabeza en otro sitio. -Pues esto es un negocio

y la cabeza se ha de tener en su lugar.

No vamos a pagar las señoras por sus líos con Flora

o con el sursuncorda. -Hale, tráiganos los bollos.

¿A qué espera?

-Perdonen pero hasta que no contrate personal, no puedo atenderlas.

-¿No tiene género?

-Chocolate no, pero he hecho un bizcocho.

Y hay café.

-Qué remedio, nos conformamos. -Muy bien.

-Pero ¡tráigalos! -Ah, sí, sí.

-¡Oh!

-Yo creo que es muy parado.

Se va a cargar La Deliciosa.

-Acuérdate de los otros, dos semanas estuvieron cerrados.

Este, al menos, tiene el negocio abierto.

-Esperemos que se centre. -Esperemos.

¿Le devolviste el retrato a Lolita? -Qué remedio.

Cuando lleguen Trini y Ramón, se lo pido y me lo quedo.

-A lo mejor ellos te traen más.

Yo quería pasar esta tarde a cobrarle el alquiler al coronel,

pero no quiero ir sin Liberto.

Con ladrones por la calle, no quiero ir sola con dinero. Me da miedo.

-Este barrio parece el lejano oeste, Acacias, ciudad sin ley.

-¿Ha entrado alguien?

-¿No ve que no? Qué nervioso y raro está hoy. Traiga.

-Parece que estuviera esperando la Parca...

Disculpe si le he sobresaltado, señor.

Tan solo quería saber si precisaba de algo.

-Sí, Agustina, sí necesito algo,

que me deje en paz.

¿Es mucho pedir que no me importune a todas horas?

Ya he dejado instalada a mi prima.

Va a cambiarse y nos vamos a dar un paseo.

-¿Te ha dicho cuánto se quedará?

-No le he preguntado, acaba de llegar.

A ver si va a pensar que queremos echarla.

-Si ha emprendido un viaje sola y sin avisar, es por algo.

-Me ha dicho que viene de visita,

ya le sonsacaré cuando pueda charlar a solas.

Sabes quién es, ¿no?

-No, no recuerdo que me hablaras de ella.

-¿No te he hablado de mi prima a la que le hacía coletas?

-Si lo has hecho, no lo recuerdo. Lo siento.

Me tendrás que hablar más de ella.

¿Has leído el periódico?

Don Alfonso tiene su primer lío, huelga en Asturias.

-No le dejan ni acostumbrarse a ser rey,

ni le ha cogido el gusto y ya anda con líos.

Silvia ha escrito un telegrama,

regresa mañana. -¿Se queda en casa?

-Supongo que sí.

-Me alegro de que regrese, le vendrá muy bien a don Arturo.

-Y las cotillas del barrio dejarán de decir

que se ha ido con Esteban.

-Don Felipe, perdone que le moleste. Necesito hablar con usted.

-Agustina, pase.

-Les dejo a solas, voy a ver si mi prima está ya preparada.

-¿Quiere sentarse?

-Por Dios, señor, no me sentiría bien sentándome

en su presencia.

Estoy muy preocupada por don Arturo.

-¿Ha ocurrido algo?

-Dios me perdone lo que voy a decir,

pero creo que quiere quitarse la vida.

-Alguna vez hemos hablado de eso, pero es una idea que rechaza.

¿Por qué cree eso?

Antes le vi hacer algo, se escondió cuando yo entraba

y algo se le cayó al suelo, creo que era una bala.

He mirado en su cajón, allí tiene el revólver cargado.

-Don Arturo es militar y buen tirador,

no es de extrañar que tenga armas.

-Siempre las ha tenido escondidas y bajo llave.

Y no es solo eso...

Me ha dado un mes por adelantado, para que cuide a doña Silvia

cuando regrese, eso me ha dicho.

Gracias a usted han pillado a los ladrones, Jacinto.

-No eran para tanto, les di un berrido y cayeron solos.

-No tan solos, que dicen que maneja el garrote como si fuera la Tizona.

-Pues le han contado mal, si casi ni les toqué.

-Usted les dio flojito, Jacinto,

son cacos de ciudad, unos blandengues.

Si los pilla uno de pueblo, verbigracia, yo,

salen corriendo como gamos.

-Lo importante es la descripción

que le dio a la policía cuando habló con ellos.

Dijeron haber visto un retrato.

-Eso es de estar solo en el campo, uno se entretiene en esas cosas.

Se fija en un risco y se dice para el caletre:

"No voy a parar hasta decir cómo es".

-Eso lo hago mucho en la portería.

En vez de con riscos, con carruajes.

No se me escapa uno.

Entretenimientos para pasar el tiempo.

-¿Que se fija usted mucho?

Si se pasa el día durmiendo.

-Paquito, no me caliente,

que no sé qué hace el amigo Jacinto impidiendo atracos

teniendo como tenemos en el barrio un sereno

financiado por la municipalidad.

-Tengamos la fiesta en paz,

que el atraco lo paró

el que pasaba. Cualquiera de los tres lo habría hecho.

-Ese no. -¿Cómo que yo no?

Yo les pongo pies en polvorosa a los tres.

Como si son cuatro. Habrase visto...

-Bueno, bueno. Yo me voy a vigilar aquel lado de la calle,

porque este está asegurado con Servando.

-Que le ha hecho gracia. -Hombre, sí.

-Primo, vente para acá, hombre, que me he enterado de que eres

un matasietes. -Sí.

Y que los bellacos esta noche duermen a la sombra.

-Esta noche y alguna más,

que se merecen un escarmiento.

Que sepan cómo somos los de Acacias.

-Bueno, primo, no te veo yo muy contento,

que eres un héroe, que mañana sales en los papeles.

-Es que, a resultas de todo esto,

me he acordado de Salvadora.

-¿Una oveja?

-Una con la nariz para arriba,

igualita que la de doña Rosina.

-Ah. Pues qué honor.

-Y de carácter también es como ella, que me adora, pero no me lo dice.

-¿Tú estás seguro

de que doña Rosina te adora?

-Aunque le cueste aceptarlo.

Y eso, que me ha entrado nostalgia.

-¿Por una oveja?

Ver para creer.

-Primo...

¿No estarás cavilando en volverte al campo con tu rebaño?

Por favor, primo.

Buenas noches.

Da la impresión

de que echa de menos La Deliciosa.

-¿Ya no está enfadado conmigo?

-Un poco. Pero no me gusta verla triste.

-Sí, echo de menos La Deliciosa.

¿Quién me iba a decir que me iba a gustar lo de tener una chocolatería,

atender al público, saludar al barrio todas las mañanas?

-Ya me han contado que, cuando llegaron usted y don Íñigo,

no tenían ni idea de preparar chocolate.

-Nada. Por no saber, no sabía ni coger la bandeja.

Y de hacer pasteles, ni hablamos.

-Pues ya sabe, a montar otra chocolatería en cuanto se pueda.

-Nunca será como La Deliciosa.

-Será igual.

O más grande, o más bonita o más lujosa.

-Pero no tendrá a las vecinas cotilleando.

Voy a echar de menos a doña Susana protestando por todo,

a doña Rosina criticando,

a doña Trini tomándoselo todo a chanza...

Y a las criadas. Hasta a Servando, el portero,

rondando siempre para que le invite

a un chocolate con churros.

-Y a él.

-¿Al Peña? -Sí,

a mí no me engaña.

-Sí, a él también. Ya sé que soy

una mentecata, pero siento algo por él.

-Y antes por mí, que podría ser su abuelo, o por don Liberto.

-Está bien, soy muy enamoradiza.

Si el Peña no me hubiera confesado su amor por mí,

ni me habría fijado en él.

-No soy nadie para decirle nada,

pero el amor es algo más serio.

Algo que no se siente

cada día por una persona distinta.

No es un delantal de quita y pon

que se echa a lavar cuando se ensucia.

-Ya lo sé.

Pero ahora sueño todas las noches con él,

con verle, con estar con él,

con besarlo... -Pare. No quiero saber

qué más sueña. No me escandalice.

-¿Y qué hago?

-Olvídelo.

-¿Olvidarlo?

Eso es imposible.

-Flora, usted y yo sabemos que el Peña es un liante y un ladrón.

Nada bueno obtendrá

de él.

Pero sé que no me va a hacer caso.

-¿Por qué dice eso?

-Porque el amor es ciego

y uno nunca aprende de las penas de otro.

Solo le pido por favor que se cuide,

que no salga muy malparada de este enamoramiento.

¿De Salamanca? -Así es.

He vivido siempre junto a la universidad.

-Entonces será perfectamente capaz de encontrar la rana

que hay en la portada. -Desde niña.

Mi padrino me prometió una bolsa de caramelos si la encontraba.

Pasé varios días buscándola. -¿Una rana?

-Es una chanza del escultor. -¿No conoces Salamanca, cariño?

Tenemos que ir, es una ciudad preciosa.

-¿Más que esta? -Lo que he visto

hasta ahora de su barrio es muy bello.

-¿Y a qué has venido así, de sopetón?

-A ver la ciudad, las modas, las nuevas costumbres...

-Si te gusta la moda, estás en el mejor sitio.

En mi sastrería, se cose según los figurines de París.

-Qué maravilla.

-Ya te la llevaré. Quiero que conozca el barrio.

-La iglesia está dedicada a Nuestra Señora de los Milagros,

le tengo gran devoción.

-Hay una talla preciosa

en el altar mayor. Espero que te guste.

Acacias es un lugar maravilloso para vivir.

-Exceptuando la ola

de atracos que está habiendo.

-Qué exagerada, ¿a un atraco le llamas ola?

-A Úrsula también la intentaron atracar.

¿Le has advertido ya a Lucía

sobre Úrsula? -No me ha dado tiempo.

Es una mujer de la conviene

estar alejado. Emponzoña todo lo que hay alrededor.

-¿Y cómo la reconoceré? -Pues viste de negro,

plumas en el sombrero y mal encarada.

No da lugar a confusión.

-¿Tenéis gárgolas en la catedral

de Salamanca? -Sí.

-Pues la que más se les parezca...

-Vaya, espero no encontrarme con ella.

-No le llenéis la cabeza de ideas.

-Al final no nos has dicho

si venías por algo especial a la ciudad.

A más de la moda. -A nada, a ver a mi prima, nada más.

-Para eso has tenido tiempo.

Si has escogido estos días, será por algo.

-Por nada, por nada...

¿Ya tiene los papeles de mi testamento?

-No corren prisa. Supongo que mañana estarán para su firma.

-No sabía

que un testamento llevara tantas formalidades.

-Ya sabe que los abogados lo complicamos todo

para pedir minutas más altas.

-Tendría que haber sido abogado en lugar de militar.

Ahora, tendría más bienes.

-¿Quieren que les sirva

algo de comer?

-Por mí no, tengo que cenar en casa.

Tenemos visita, una prima de Celia.

-Ya lo ha escuchado, Agustina.

-Si no le importa dejarnos...

-Como deseen.

-Si quiere hablar de algo del testamento,

podía haberlo hecho ante Agustina, es de una lealtad absoluta.

-Lo sé, solo quería charlar de amigo a amigo.

¿Cómo se encuentra?

-Siempre he tenido una salud de hierro,

he estado años sin un simple catarro.

Me cuesta acostumbrarme a esta nueva situación.

Lo peor de todo es que a veces

no pienso claramente y digo muchas insensateces.

-¿Por ejemplo?

-La que le dije a usted anoche,

que iba a romper mi relación con Silvia.

-¿Y no es así? -No.

La charla con usted me sirvió mucho.

-Cuando me habló de Celia, de lo mucho que supuso para usted

contar con ella en momentos difíciles...

No se hace una idea. -Recapacité.

Y tiene usted razón.

El amor nos vuelve mejores y nos hace tener ánimos renovados.

-Me alegra mucho oírle hablar así.

Por un momento pensaba que abandonaba la lucha.

-Recuerde que soy un soldado del ejército español,

un heredero de los tercios.

La palabra rendición no está en mi vocabulario.

-No debería estar en el vocabulario de nadie.

-Y ahora, si me disculpa,

ya le he dicho que tengo visita.

-Preséntele mis respetos a su señora.

-Mañana traigo los papeles del testamento.

-Muchas gracias por todo, don Felipe.

-Con Dios. -Con Dios.

-¿Va a cenar, don Arturo?

-No, tomaré un vaso de leche y unas soletillas.

Déjemelas en la mesilla de noche y váyase a dormir.

-Como desee, buenas noches. -Buenas noches,

Agustina.

¿Sabes quién es la joven que pasea con Celia?

-En el altillo, Lolita ha contado que los Álvarez-Hermoso

han recibido la visita de una prima,

tal vez sea ella.

-Una prima...

Todo el mundo tiene familia,

allegados, parientes...

¿Tú tienes primos?

-Sí, señora, seis, por parte de padre.

Mi madre era hija única.

-¿Sabes algo de ellos?

-No, y lo agradezco,

mi familia nunca se portó bien conmigo.

¿Y usted,

tiene primos?

-No.

Yo no tengo familia,

solo mis hijas, y se portaron mal.

¿Echas de menos a tus parientes?

-A veces.

En Navidades, las Navidades hay que pasarlas en familia.

-Pamplinas.

La familia es lo que más daño hace.

Pero la echas de menos.

Yo echo de menos

a mis hijas, aunque me pagaron con ingratitud.

En fin...

Llegamos solos al mundo

y solos nos vamos.

Lo que ocurre en medio es falso.

Creemos que estamos acompañados, pero no lo estamos.

-Todos tenemos a alguien.

-No. No seas inocente, Carmen.

Tú estás sola,

yo estoy sola.

Y más nos vale.

A saber qué querrá la prima de Celia,

seguro que ha venido por algo.

Quiero que mañana me acompañes a correos.

-¿Tenemos que ir a recoger algún envío?

-No, solo tengo que enviar una carta,

una carta muy urgente y muy importante.

Algo tiene que estar mal.

-La dirección de la clínica suiza es la que te di.

-Pues allí no está.

-No puede ser. No puede haberte llegado respuesta todavía.

-Diego no escribió

una carta ordinaria, envió un telegrama.

-¿Por qué? -Por recibir respuesta antes.

Y ellos me han contestado.

Jaime Alday no está ingresado allí

ni lo ha estado nunca.

-No puede ser. Estoy seguro de que está ahí.

O lo ha estado.

A no ser que esté de vuelta.

-No, te repito su respuesta: Jaime Alday no está ingresado allí.

-¿Es posible

que se registrara con un alias?

-¿Por qué iba a hacer eso?

Nuestro padre no huye de nadie,

no debe dinero.

-Al menos que sepamos.

-Samuel...

¿Hay algo que no sepa?

-Claro que no, estoy tan desconcertado como tú.

-Calma, Diego, seguro que hay una razón y la vamos a averiguar.

-Eso espero.

Empiezo a temer que algo muy grave haya ocurrido.

(Música)

(Música)

(Música)

¿Qué haces aquí, no deberías estar atendiendo en la Deliciosa?

-Se me hace un mundo llevar el negocio solo.

Ganas me dan de venderlo

y poner pies en polvorosa.

-No me dirás que preferías ser un empleado.

-Mejor me iba. Asalariado y sin que nadie supiera de mí.

-Míralo por el lado bueno. Ahora que es propietario,

seguro que esa muchacha te mira con mejores ojos.

-"¿Cómo va por Salamanca?".

-Bien.

-¿Solo bien? ¿Cómo está el tío Joaquín?

-Bien también. ¿Té o café?

-Té. Me da la impresión de que no me estás contando

toda la verdad.

-No hay nada que contar.

-¿Y por qué has venido de visita?

-Tenía ganas de ver la ciudad, algo de teatro, algún concierto

y verla a usted,

que hacía mucho tiempo. -No tenemos que quedarnos.

-Cierto.

Aunque aún me cuesta creerlo.

Podríamos ir cogidos

de la mano como si nada. -Tampoco te excedas.

-¿Por qué no?

-Porque...

¿Te has vuelto loco? -¿Qué?

-Estás cortejándome, se supone que recién empiezas.

¿Te has olvidado ya? -"¿Va a ser hoy?".

-Eso es lo que Carmen me dijo.

Hoy Úrsula va a enviar esa carta al doctor Pallero.

Y deberíamos evitarlo.

¿Y si contratamos a alguien para que la asalte

en la calle y se la robe? -¿Y sobornando

a un funcionario para que nos la entregue?

-Úrsula lo habrá previsto y le pagará más.

Esa mujer no da puntada sin hilo.

-Yo lo haré. -"Me hace muy feliz"

que me inviten ustedes a comer.

-Pues para estar tan feliz

tienes muy mala cara. -Sí, Jacinto,

¿qué te pasa?

-Nada, que... echo una miajilla de menos

a mis ovejitas.

-"¡Ay!".

¡Me ha dado un pasmo!

-Tengo que hablar con usted.

Quiero explicarle toda la verdad y nada más que la verdad.

-No quiero hablar con delincuentes, desalmados y maleantes.

-Deme solo un minuto, por favor,...

para escuchar lo que me ha traído hasta aquí.

Voy a contarle la historia de mi vida.

(Piano)

¿Se conocen? -Él fue quien me indicó el portal

a mi llegada. Lucía Alvarado, ya sabe, recién llegada y forastera.

Aún haciéndome a su ciudad.

-Si necesita que se le muestre el barrio, nos tendrá

a su disposición.

-Quizá se lo pida a cualquiera de ustedes, gracias.

-"¿Estás segura de esto?".

-Nuestra última esperanza es encontrar a Pallero.

Y su dirección está en esa carta.

Haz lo que te pido y quédate rezagada.

-No hagas ninguna locura.

  • Capítulo 779

Acacias 38 - Capítulo 779

08 jun 2018

Carmen evita que Úrsula le descubra. Riera cuenta a Diego y Blanca lo que ha descubierto Carmen: Úrsula planea enviar la carta al doctor Pallero. Jacinto está triste: quiere volver al campo con sus ovejas. Flora pide a Íñigo y Leonor ayudar al Peña, peor ellos se niegan. Paquito aconseja a Flora que se aleje del Peña. Una joven llamada Lucía llega al barrio. Samuel es el primero en conocerla. Resulta ser prima de Celia. Diego descubre que su padre no está en la clínica suiza.

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