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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 778 - ver ahora
Transcripción completa

"Arrojo, Arturo".

"Vamos allá".

-"Temo por él".

"Quizá esté más delicado de lo que me aseguraba".

"¿Y si está arreglando

la herencia porque teme entregar la pelleja?".

-"Si eso es así,"

no puede hacer sino aceptar su destino.

A todos nos llega la hora. -"¿Se queda o se va?".

-Me quedo, señor,

debo hablar con usted.

-"Dígame dónde está mi hijo".

-No y mil veces no. -Usted lo ha decidido.

-Samuel...

-"Me indigna su desfachatez"

para mentir así.

-Por desgracia, con mi imprudencia

lo he empeorado todo.

Me atormenta pensar que por mi culpa

hayamos perdido a Moisés para siempre.

-"¿Qué ejemplo serías?".

Un medio hombre que ha permitido que su hermano se acueste con su mujer

y que le quite a su hijo como le quitó a su madre.

-No siga por ahí, se lo advierto. -¿Qué vas a hacer?

¿Matarme como mataste

a tu padre? -"Usted y su hermana"

me la han jugado bien jugada.

-Lo único que pretendíamos

era devolverte lo que es tuyo.

-"Sí me han dado un dato que puede ayudarnos en nuestras pesquisas".

El nombre de la prometida.

-He hablado con ella.

-¿Qué ha podido averiguar?

-Nada que pueda ayudarnos.

El doctor Pallero la dejó plantada y la mujer no sabe dónde está.

Ahora volvemos.

-Blanca, he entendido tu dolor.

Te traigo a tu niño.

-¡Hola!

Moisés, Moisés.

Moisés... ¡Moisés!

-Blanca, ¿qué ocurre? Hemos oído voces, ¿estás bien?

-Mi madre...

Mi madre me muestra su poder hasta en sueños.

Nunca le arrebataremos a mi hijo. -Te equivocas.

Nosotros le venceremos.

Ese demonio terminará por caer. Lo recuperaremos.

Tenemos que hacer algo o perderemos la razón.

-Pero ¿el qué, Diego?

-Aguarda,

ver esos retratos viejos

me ha dado una idea para doblegar a Úrsula.

-¿El qué?

Diego, ¿qué podemos hacer?

-Tenemos que traer de regreso

a nuestro padre.

(Sintonía de "Acacias 38")

Me parece una idea brillante traer de regreso a vuestro padre.

Pondrá en jaque a Úrsula.

-No sé si ni siquiera él podrá enfrentarse

a esa arpía.

-No tenemos muchas opciones,

pero nuestro padre tiene la ley de su mano.

Si él quiere, puede quitarle todo el dinero

y el poder de la empresa.

-Incluso ingresarla en un convento

si no atiende a razones. -Es nuestra oportunidad

para hacerle confesar dónde tiene a Moisés.

-No sé si nuestro padre estará dispuesto a regresar.

-Estoy seguro que vendrá si le pedimos su ayuda.

-Ha decidido apartarse de nuestras vidas.

-Es cierto que apenas hemos tenido noticias desde que se fue de viaje.

-Así es, ha buscado refugio en la clínica suiza y poco

le importa lo que nos suceda.

-Don Jaime cambió,

el tiempo inconsciente le transformó, pero no tanto.

-Te equivocas. Aunque pedirle ayuda es una buena idea,

no creo que podamos contar con él.

-No creo que haya cambiado hasta ese punto

de olvidar a sus hijos. -Estoy de acuerdo contigo,

nada perdemos por probar.

Creo que tengo su carta por aquí.

-Diego,

temo que esto termine enfadándole y la situación vaya a peor.

-¿Cómo va a empeorar?

Ten un poco de fe, padre no puede haber cambiado tanto.

Cuando sepa lo que le ocurre a Moisés, vendrá hasta aquí a escape.

La familia ha sido lo primero para él.

¡Nadie lo sabrá! -Suéltame.

-¡Cállese! -Suéltame.

-¡Cállese, padre! -Suéltame.

Aquí la tengo,... tenemos su dirección.

Cuéntame, Agustina, ¿qué ocurre con don Arturo?

-No sé si hago bien, ni cómo contarle todo esto.

Yo siempre le he sido fiel a mi señor.

-Así me consta, pero no te andes por las ramas

y desembucha.

-El coronel... se está quedando ciego.

Vamos a echar de menos abrir esos cierres y charlar con los clientes.

-Hemos hecho buenos amigos aquí. Y algunos, mucho más que eso.

-Nunca pensé que me iba a gustar tanto este negocio.

-Se puede decir que ha sido el mejor tiempo de nuestra vida.

-Tiempo que se pierde para siempre.

-Tenemos que pensar que ahora se abre

una nueva etapa

para nosotros.

-Más despacio, más despacio,

vas a tener que conquistarme

de cara a los vecinos.

-Pensaba que ya lo había conseguido.

-Sí, pero no de cara a ellos.

Deberemos empezar de cero,

que bastante sorpresa

les habéis dado ya. -Y mira que todos

se lo han tomado bien.

Menos Susana.

-No te apures, ella nunca se toma nada bien.

-¿De verdad crees que tenemos que hacer el paripé

delante de los vecinos?

-Sí, pero solo serán unos días, es que no quiero que sepan

que yo estaba al tanto del embuste desde el principio.

Vas a tener que enamorarme otra vez.

-No creo que me resulte difícil, ya lo he conseguido una vez.

-Vale de chanzas

y de requiebros.

Nosotros nos hemos quitado el problema, pero ¿y el Peña?

¿Y si el Indio ese de marras se presenta?

-Eso me resulta indiferente, él solito se ha metido

en ese berenjenal.

-A mí no me parece decente dejarle.

-"Me dejas de piedra".

¿Por qué no nos ha avisado él mismo? -Don Arturo se resiste a que se sepa

y la enfermedad ha ido rápida como una centella,

de un día para otro casi ha dejado de ver.

Le dan muy pocas esperanzas, por no decir ninguna.

No da con nada que pueda parar

a ese mal y el coronel

cada vez se maneja peor.

-Eso explica muchas cosas.

El retraso de la boda,

el que mandara a Silvia a vivir con nosotros,

su negativa a viajar con ella.

Trata de ocultar su mal.

-Y eso no es lo peor,

he venido a hablar con usted por otra causa.

-¿Qué puede haber peor que esto?

-Según he oído,

mi señor está preparando los papeles... de su herencia.

-Sí.

Yo los estoy redactando.

-Está dispuesto a solucionar este asunto de la peor de las formas.

-¡Oh, Dios!

Tenía que haberme dado cuenta.

Por eso me apremió que tuviera listos sus documentos.

-Sé que no se debe hablar de lo que sucede en la casa donde se sirve,

pero no podía aguantar más tiempo. -Calma, Agustina.

Has hecho lo correcto.

-Es la única salida que veía para ayudar a mi señor,

aunque esto me cueste perder mi empleo.

-Agustina, eso no va a ocurrir.

-Dios quiera que no se equivoque.

Fabiana, deme un periódico, que tengo curiosidad

por saber qué ha pasado con el rey.

-Espera, que primero el mozo tiene que llevar uno

a doña Susana, que estará deseando echar un ojo

por lo del retrato. -Eso, eso,

primero las señoras: todo son privilegios.

-Toma. ¿Tú no tienes información de primera mano?

Doña Celia y don Felipe estuvieron en los fastos.

¿No te han contado nada?

-Nada, poca cosa.

Que pudieron catar poco y nada con tanta presentadera.

Llegaron tarde y cansados.

Y la Agustina se presentó en casa para hablar con don Felipe.

-¿Y qué quería a esas horas la Agustina?

-Espero que no dijera nada

de lo de la herencia, que aún me veo metida en un jaleo.

-Esa mujer es más discreta que un difunto.

-A las buenas.

La Agustina tiene sus cosas amontonadas.

¿Es que se va del altillo? -No que yo sepa.

Pero mira, por ahí viene.

-Agustina, venga para acá, que tenemos que preguntarle una cosa.

-¿Para qué me reclaman?

-¿Cómo ha recogido sus bártulos? ¿Se marcha del altillo?

-Es que he perdido mi empleo.

-¿La ha despedido el coronel?

¡Ese hombre tiene una mala sombra!...

-A mí no me ha gustado nunca,

por mucho que digan que ha cambiado.

-¿Qué le ha dicho ese malaje? -Dejadla.

¿No veis que la estáis agobiando?

¿Qué ha pasado? ¿Ya ha contado ese secreto

tan terrible de su señor?

-Y se va a enterar en un decir Jesús,

por eso he ido a ponerle un telegrama a mi sobrina de Málaga

para pedirle cobijo.

-¿No está corriendo mucho?

Lo mismo todo esto queda en agua de borrajas.

-No se engañe, las dos sabemos que lo peor que puede hacer una criada

es ir contando las miserias de sus señores.

-No le falta razón, aunque estoy segura

de que si ha hablado es porque era lo mejor para su señor,

usted de cotilla no tiene nada.

-Eso poco le va a importar.

-¿Seguro que quiere marcharse? El altillo

es su casa y no necesita prisa para irse.

-Se lo agradezco, pero prefiero poner tierra de por medio.

Antes de que me echen, me voy

y me evito el bochorno.

-Creo que se precipita.

La voy a echar de menos,

bien que me gustaba tener a mi lado a alguien

de mi quinta.

-Qué elegante que iba la reina, da gloria verla.

-No es para menos,

con unas telas tan ricas ya podrán.

-Tú lo habrías hecho mejor que sus modistas.

-No lo dudes,

mira a las infantas,

iban hechas unos adefesios. -Pues a mí me parecen divinas.

¿No te estará fallando la vista? Ya eres un poco añosa.

-Dejaos de frivolidades, lo importante es que la nación lo apoya

a pesar de su corta edad. Y eso es una tranquilidad.

-Lo que siempre digo yo...

A la hora de elegir, cuanto más joven, mejor.

-A los buenos días. -Buenos días, Leonor.

¿La Deliciosa estaba abierta?

-Sí está abierta, aunque me ha parecido que no había clientela.

-Ya dije que no me gustaban esos petimetres.

Y no tengo mejor impresión

del Peña.

Hemos pasado de la sartén a las ascuas.

-La Deliciosa está en su peor momento.

-Toda una institución en Acacias...

¿Qué dirían Juliana y Víctor?

-No lo sé, pero Flora e Íñigo

son unos pobres desgraciados con los que se ha cebado el destino.

-Qué historia tan triste.

Se me saltan las lágrimas cada vez que lo pienso.

-Sí, todo un drama sin duda, cariño.

Una historia digna de un folletín por entregas.

-¡Mira, Faustino Rivera! -¡Oh!

Parece que no se ve mucho movimiento por aquí.

-No, está un poco apagado el día.

Como tampoco tengo personal, la gente no se anima a entrar.

-Ahora tendremos

que llamarle Íñigo, ¿no?

-¿Cómo tengo que decir que sigo siendo el Peña?

-No me jeringue,

le dejan este negocio de campanillas por las buenas.

Usted se llama Íñigo igual que una servidora se llama Carmen.

-No sé ni por qué he abierto.

Me barrunto que no gozo de muchas simpatías en el barrio.

-Ya sabe que por aquí no gustan

esas sorpresas.

-De seguir así, no duraré mucho con esto abierto.

-No sufra, los odios van y vienen,

ya verá cómo pronto vendrá alguien peor que usted

y todo esto se olvidará. -Triste consuelo es ese.

-¿Qué se debe?

-Déjelo, entre cobrar un café en todo el día y no cobrar nada,

poca diferencia hay. -Pues gracias,

pero sí que va a durar poco, sí.

-Allá va mi única clienta.

-Lamento que todo haya pasado de esta forma.

-La que me ha venido encima sin comerlo ni beberlo.

-Tampoco te hagas el inocente. Tú te lo has buscado.

-Flora, yo haré lo que usted diga, lo que sea.

-¿Por qué no cierras y te marchas de la ciudad?

-Por usted.

Porque todavía me resisto a perderla.

-Por favor, no sigas por ahí. A mí

no me engañas más. -Déjeme que insista.

Flora, lo que siento por usted

es tan cierto como que el sol sale todos los días.

-¿No te das cuenta que no puede ser?

-Si he marchar, lo haré con usted. -Imposible.

-¿Por qué?

-Porque este es tu sitio, has recuperado tu negocio y tu vida.

Estar a mi lado solo te perjudicaría.

-No creo que fuera a ir a peor.

Flora,...

ya todos saben

que ustedes son hermanos,

nada nos impide estar juntos.

-¿Cómo voy a estar con quien me engaña?

-Yo no la engañé. Lo que han contado me viene de nuevas.

En cambio, usted...

Menuda encerrona, y delante de todo el mundo.

-Yo lo hice obligada por mi hermano.

-Yo a usted la puedo perdonar.

Pero a su hermano, no.

-No te he pedido que lo hagas. ¿Y quieres que corra

a tu lado? Está más loco de lo que me pensaba.

-¡Flora, Flora, Flora!

Sigo siendo el Peña.

Créame, por favor.

Y me muero por sus huesos.

Diga lo que diga su hermano.

-"Me la ha prestado Lolita".

¿A que podrían pasar por parisinos de toda la vida?

-Sí que se les ve de lo más lozanos,

pero no debe de ser bueno estar tanto tiempo fuera de España.

-Yo pienso lo mismo, rezo todas las noches para que regresen.

-A las buenas tardes.

Vengo para que se anden con ojo, últimamente he recibido reportes

de varios asaltos en el barrio.

-Nosotras no soltamos la limosnera ni un segundo.

-Pobre del que quiera

importunarnos, saldrá trasquilado, no somos ningunas melindrosas.

-Y ya me encargo yo

de protegerlas. Aunque no es necesario.

-Ya veo que estoy de más

con ustedes.

Me voy a advertir a otros vecinos que sean menos animosos.

Con Dios. -Con Dios.

-Ay, por cierto.

A ver si regresan pronto,

echo de menos la alegría de Trini. -Y la cordura de don Ramón,

este barrio es muy propenso a perder la compostura.

-¿Habla de la chocolatería?

-Mismamente.

-¡Ay, Celia y Felipe, vamos!

¡Celia y Felipe, por fin aparecéis!

Queremos saberlo todo sobe la coronación.

-¿Con quién les sentaron en el banquete?

¿Quién era la más elegante?

¿Qué se decía del nuevo rey?

-Fueron horas esperando a que comenzara,

pero muy emocionante la llegada del monarca.

La verdad es que lo pasamos muy bien.

-¿Llegasteis a conocer al rey?

-No, ni mucho menos, pero conocimos a los Prado,

una familia que nos ha invitado a su casa.

-Pero cuéntanos, ¿saludasteis al menos a alguna de las infantas?

-Esta conversación va para rato y debo visitar a don Arturo.

-¿Los Prado son un matrimonio que vive

en San Miguel con un hijo? -Ya tiene 12 años.

Es encantador, está interno en un colegio en Francia,

pero ha venido para la coronación.

Teníais que haberle visto,

estaba tan contento de ver a sus padres...

Esa casa era todo alegría.

-¿Qué tienes? ¿Echas de menos a Tano?

-La verdad es que sí.

-¿Por qué no van a visitarle a Inglaterra?

-Bien que nos gustaría, pero la coronación ha tenido algo parados

a los ministerios

y tengo que atender asuntos del Marqués de Viana.

-Las obligaciones de Felipe son lo primero,

ya tendremos ocasión de ver

a nuestro hijo. -Entiendo tu pena,

yo también estoy separada de toda mi familia.

Me tengo que contentar mirando esta fotografía...

que ni siquiera es mía.

Con esto y un poco de paciencia, conseguirás abrir la caja.

-No sé si sabré hacerlo.

-Por lo que me has contado, la caja donde Úrsula guardó la carta

no debe tener un cierre muy complicado. Lo conseguirás.

-Nunca pensé en verme forzando cerraduras.

-No te desasosiegues, solo has de buscar

el momento preciso,

cuando quedes sola en la casa.

¿Qué tienes? Estás temblando.

-Por más que lo intento no puedo evitar que me den

todos los calambres.

-Si estás de esta guisa, es mejor que desistas.

-¿Y qué vamos a hacer? ¿Dejarlo pasar?

Eso no puede ser, haré de tripas corazón y seguiré adelante.

-No es necesario, puedo colarme en la casa y hacerlo yo.

-No, me corresponde a mí correr ese riesgo.

Lo quiero hacer por doña Blanca.

Lo que hay en esa carta puede ser fundamental

para dar con el niño, quiero ser yo quien le facilite esa información.

-Ten mucho cuidado,

los dos sabemos lo que te puede pasar si Úrsula te descubre.

Lolita, saca un vino dulce y unas pastas para la señora.

-"Seña" Agustina, tiene que ponerse estas ropas

y ordenar como si fuera una marquesa.

-¿Es que han perdido todos el oremus?

Fabiana me ha dicho que íbamos a hacer un recado

en casa de los Palacios.

-Si le digo la verdad, no viene. -¿Cómo se les ocurre?

Hace falta estar muy ido para darme el vestido de una señora

y que me comporte como la dueña de todo esto.

-Es que todos lo hemos hecho.

Ya verá qué fetén le sienta.

-¡Qué disparate!

No se puede invadir la casa de unos señores así.

-Es mejor que haga yo de señor.

-Esto, si no es un delito, es una falta de las muy gordas.

-¿Y qué le van a hacer? ¿Despedirla?

Eso está a punto de pasar. Aprovéchese mientras pueda.

-Piense en todas las veces que sus señores le han tratado

de malas maneras.

-O le han racaneado con la paga. -Aproveche

y sepa por una vez qué se siente al otro lado.

-Pues sí.

Y que le quiten lo bailado.

-No se va a ver en una igual

en su vida.

-Sea, que no quiero morirme

sin saber cómo me queda un vestido de seda.

-Lola y yo la ayudamos a vestirse.

-Sabía yo que a la postre le iba a hacer ilusión sentirse señora

por una tarde. -Pamplinas,

mejor lo habríamos pasado con mi concurso de pelar castañas.

-En vez de corazón, tiene una piedra.

O una castaña.

Pilonga.

"Vamos a ir juntos a comisaría y vas a confesar".

-"No puede obligarme, padre". -"No eres hombre para evitarlo".

-Usted no va a ningún lado.

-¿Te atreves a poner la mano encima de tu padre?

-No va a condenarme.

-Eres un asesino. Te ayudaré a ocultar tu crimen.

-¿Dónde está el cadáver?

-No hagas preguntas.

Buenos días, Samuel.

Acabo de llegar de misa, un placer encontrarte por aquí.

-Necesito coger unas herramientas,

pero me marcho inmediatamente.

-¿Puedo ofrecerte un aperitivo y algo de conversación?

-Usted y yo no tenemos nada de lo que hablar.

-Yo pienso que sí,

te estás equivocando de bando y me duele verlo.

-Solo hago lo que debo.

-¿Estás seguro?

Deberías continuar a mi lado.

Estás cometiendo un error.

-Usted es la que ha errado separándome de mi hijo.

Piensa que soy un pusilánime, pero se equivoca.

Ya no soy el pelele al que ha usado.

-Yo solo he procurado ayudarte.

-No trate de seguir engañándome. Por su culpa lo he perdido todo.

Pero he cambiado, tengo las cosas claras y voy a conseguirlo.

-Me sorprende verte tan decidido.

-Vaya haciéndose a ello. No estoy dispuesto

a perder a mi hijo.

Haré lo que sea necesario para tenerlo a mi lado.

¡Oh!

-No me termino yo de ver bien con estas ropas.

-Le quedan estupendamente,

cualquiera diría que es de buena cuna.

-Parecen hechas a medida.

Le quedan fetén, no como a mí.

-Por presumido, si se hubiera puesto algo de don Ramón,

le iría mejor.

¿Unas olivicas, Agustina?

-"Ende" luego, Agustina,

tiene porte de dama. -Será verdad lo que dicen,

pero es que me sale eso de ocupar el puesto de estos señores.

-No se apure, solo es por un rato.

-Déjese llevar

y disfrute del momento.

-¿Alguien se echa

unos cantes? -Servidor.

Venga. -Hale.

# Como una diosa que vino a lidiar

# con su bote pinturero.

# De marzo... Desde marzo hasta febrero...

# Sus ojos, dos luceros de azabache,

# que brillan como si fueran un mapache.

# Sus labios, rojo intenso de amapola.

# Su risa, alegría de mi soledad.

# Pero qué grande que es una que parece tres.

# Toda entera no la ves.

# Monumento al mujerón

# que despierta la pasión en su enorme dimensión.

# ¡Chimpún! #

-¡Ole!

-Vale ya, vale ya, que una no tiene edad

para estos trotes.

-Ande ya, Agustina.

Para el jolgorio siempre se es joven.

-Lo peor de irse de Acacias va a ser perderles,

son mejores

que el pan tierno.

Cuando entré en el altillo

por primera vez, me dijeron

que iba a formar parte de una familia.

Y es verdad.

-Pues claro que lo somos,

más que si tuviéramos todos los mismos padres.

Por eso mismo

tiene que tener claro que jamás va a perdernos.

-Huy, Servando... ¿Está usted llorando?

-No, me habré constipado.

Ya le he dicho que no me llame Íñigo ni señor Cervera,

ni nada por el estilo, soy el Peña. ¿Se entera? El Peña.

¡Hala, aire!

-¿Cómo marcha ese negocio?

-Mal, no hay forma de que se crean que no soy hijo del explorador.

-Le va a tener que echar un poco de paciencia.

-Está disfrutando con todo esto, ¿verdad?

-No especialmente, no es personal.

Yo solo he contado la verdad.

Abur.

-Sepa una cosa,...

yo no voy a cargar con todos los problemas.

-¿A qué se refiere?

(Campanadas)

Quiero pedirles disculpas por la preguntas que les hizo mi esposa.

-No se apure, ya sabemos lo curiosa que es Rosina.

-Pero a veces se supera.

Si es nerviosa, últimamente es una rabo de lagartija.

Afortunadamente, tenían el rosario y nos han dejado.

Lo bueno es que con esto del rey van a tener conversación para meses.

¿Verdad, cariño? -Sí, supongo que sí.

-En fin, no quiero importunarles más. Con Dios.

-Con Dios. -A más ver.

-¿No tenías prisa por ir a visitar a Arturo?

Pensé que estabas preocupado por tu amigo.

-Y lo estoy, pero estoy más inquieto por ti.

-No tienes de qué preocuparte.

-Yo creo que sí, es evidente tu melancolía.

-Me pasa siempre que me acuerdo de Tano.

Y el niño de los Prado se parece tanto que me lo recuerda.

Debe estar hecho un hombre y nos lo estamos perdiendo.

-Podías ir a visitarle.

-No es buen momento, tú tienes trabajo pendiente,

no puedes descuidar tu trabajo. -Puedes viajar sola.

Eres empresaria, has vivido como mujer soltera meses,

sin necesitar la protección de un hombre,

no creo que te quede grande un viaje.

-No, no me asusta, pero ¿seguro que no te importa que te deje solo?

-Lo único que me importa es que Tano y tú seáis felices.

-Pero es un viaje muy largo y sentiría que te quedas desatendido.

-Sobreviviré, confía en mí.

-Cariño, yo... -No te lo estoy pidiendo.

Te lo ordeno, ve a visitar a nuestro hijo.

Vendrás llena de sonrisas y de anécdotas de nuestro hijo.

Ve, mi amor.

Nadie puede oírnos,

ponga las cartas sobre la mesa de una santa vez.

-Muy bien, ya no hay marcha atrás.

Todo el mundo le ha creído.

-No dije más que la verdad.

-Sí, es cierto, yo soy Íñigo Cervera

y lo de la amnesia no era más que una mentira.

-Será desgraciado. Menos mal que no te hice caso.

-También es cierto que mi plan era que el hombre que me persigue

creyera que usted era el verdadero Cervera.

Así terminarían todos mis problemas.

-¿Cómo tiene tal desfachatez?

-¿Por qué le extraña?

Ninguno de los tres ha tenido

ni pizca de decencia en este asunto.

-¿Ese hombre que le persigue qué busca? ¿Matarle?

-Probablemente. Por eso pienso que deberían quedarse a mi lado

para protegerme y permitirme salir bien librado de esta situación.

-¿Me ha puesto en el punto de mira de un asesino

y ahora quiere que le ayude? -Exactamente.

-Hay que reconocer que cuajo no te falta.

-Los tres sabemos que la historia que contaron a los vecinos es falsa.

A quien perseguían los que nos asaltaron era a mí,

pero, en vez de rescatarme, me dejaron tirado en medio del monte.

-Estábamos convencidos de que habías entregado la pelleja.

-No, estaban tan ocupados robándome que no vieron que estaba vivo.

Me abandonaron a la intemperie

para disfrutar de los lujos que suponía el robar mi identidad.

-Todo eso es cierto, pero ¿adónde quiere llegar?

-Si no quieren que les denuncie por las barrabasadas que han hecho,

tendrán que quedarse aquí... y protegerme.

Sí ha quedado bonita la despedida de Agustina.

-A mí siempre me ha parecido una estirada,

pero es buena gente y la voy a echar de menos.

-Le podríamos regalar un matojo de las hierbas de mi primo,

así, aunque vaya a la Conchinchina, la podremos ver en sueños.

-Tiene guasa que todos los que las toman sueñen lo mismo.

-Y hay que ver que son raros los sueños que se tienen.

-Yo creo que no es decente soñar con esa caja del diablo,

solo salen caras de gentes y luces.

-¿Cree usted que es pecado?

-Lo que es pecado es ver a tu señora vestida de circense.

Menuda hembra.

-Calle, no me lo recuerde, que se me saltan las lágrimas.

-Yo me la he cruzado en el portal y he tenido que mirar para otro lado.

-Va a tener razón, vamos a tener que parar.

No está bien reírse de esa manera de los señores.

-Ya. Con lo bien que me sentaba el uniforme...

Era como si lo hubiera llevado toda la vida.

-Es que ha nacido usted para general,

pero, en vez de mando en plaza,

le han dado mando en una portería.

-Más respeto, que porque hayas visto a tu señora de saltimbanqui

no puedes pitorrearte de todo el mundo.

-La que sí que estaba de buen ver era servidora vestida de Cleopatra,

más bonita

que la reina de Saba. -Oye...

¿Y si nos tomamos esas hierbas?

-No, mejor no. Ya se está enterando

tanta gente que no vamos a caber en los sueños.

Además le digo,

la caja esa tonta me da mal fario.

-Sí, mejor dejarlo,

que no quiero volver a ver a doña Rosina en paños menores.

Esto es una ofensa, un ultraje, una sinvergüencería.

-¿Qué mosca le ha picado con las plantas?

-¿No sabes por qué he hecho esto?

-Ni idea. Pero va a dejar el jardín como un erial.

-Son un engendro del demonio.

Dormimos como lirones y soñamos cosas absurdas.

-Solo hay que tomarlas cuando hay necesidad.

Abusar es vicio.

-Se arrancan todas y punto.

-¿Qué son estas voces?

-¡Que se han acabado las hierbas somníferas para los restos!

-¿Y por qué?

-Agárrate.

Los que tomamos estas hierbas

tenemos, compartimos, el mismo sueño.

-¿Cómo va a ser eso posible?

-No lo sé, cosa del demonio, pero he arrancado las hierbas.

Muerto el perro, se acabó la rabia.

-No es por hacerla de menos, pero lo que ha arrancado es la hierbabuena.

-Pues ¿a qué esperas para arrancar las otras y hacer una hoguera?

¡Ah!

Y a ver si después de esto no acabas despedido.

-Estás exagerando,

esas hierbas no hacen mal a nadie.

-¿Cómo que no?

Seguro que tú también soñaste, por eso hiciste la gracia del cuchillo.

Ay, por favor, qué vergüenza, qué risotadas

se tienen que estar pegando a mi costa la pelandrusca de Casilda

y el resto de los criados.

Ya me podías haber avisado de lo que viste.

-No podía imaginar que soñáramos

lo mismo, menudo disparate.

-¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!

Exhibiéndome en paños menores.

No voy a poder salir a la calle.

-Tampoco fue tan malo.

-¿Cómo que no? Yo, de protagonista de semejante dislate...

Menudo ridículo vestida de mamarracha.

Que todo me queda bien, pero...

-Empezó mal y estabas un poco ridícula,

pero luego la cosa mejoró.

-¿Cómo que mejoró?

-Tú te despertaste y no viste el final del sueño.

Yo seguí,

seguí soñando,

tú estabas al borde del mar,

el pelo mecía tus cabellos y esas ropas ceñían tu cuerpo.

Creí volverme loco de deseo al ver tanta belleza.

-¿Te encendiste? -Muchísimo.

Sicalipsis pura.

-No sé si será verdad,

pero siempre sabes qué decir para que me sienta reconfortada.

-Eh, señora... -¡Ay!

¡Jacinto, a las hierbas!

¡Huy, de verdad!

-"Cuando vuelva,"

quiero la casa limpia como una patena.

-No se preocupe, no dejaré ni un rincón sin recoger.

-Tardaré en regresar,

pero no te marches

hasta que no compruebe que has hecho bien tu trabajo.

Por una vez no te veré mariposear por toda la parte noble de la casa.

-No se apure, haré el trabajo rápido y bien.

-Más te vale.

¿Abres? -Sí, señora.

-"Al final tuvieron"

que sincerarse,

contarlo todo y dejar la chocolatería.

-Menuda comedia la de Íñigo y Flora,

han tenido engañado a todo el mundo.

-Lo bueno de todo esto es que Íñigo y yo

no tendremos que andar a escondidas.

-¿Íñigo y tú?

¿Me dices que andas

en amoríos con el falso chocolatero?

-Desde que supe que no estaba casado y que Flora era su hermana.

-Muy callado lo has tenido.

-Apenas he tenido tiempo de contártelo.

-Es cierto,

últimamente solo he estado pendiente de mí misma.

-Es natural,

con todo lo que has pasado,

no tenías la cabeza para otras cosas.

-Lo que he pasado y lo que sigo pasando.

-Perdona,

hasta que no encuentres a tu hijo, no vivirás en paz.

-No, discúlpame tú,

eres una buena amiga y no supe escucharte como debería.

Si te has enamorado de verdad, me alegro por ti.

Te mereces vivir el amor

después de lo de tu marido.

-¿Cómo te encuentras esta noche?

-Igual que siempre,

la jaqueca no me abandona ni un segundo.

Me vas a perdonar, Leonor, pero no puedo seguir atendiéndote.

-No te apures, descansa

y trata de recuperarte.

-Lo intentaré.

No creo que lo consiga, pero haré un poder.

-Por lo que veo,

se va consumiendo a medida que pasan los días.

-Así es, sigue hundida.

Noche tras noche tiene horribles pesadillas que la atormentan

y no puede descansar más que unos minutos.

-¿No hay nada que pueda aliviarla?

-No, ni siquiera la última vía que hemos encontrado

para dar con Moisés parece sosegarla.

-¿Han tenido noticias de Pallero?

¿Han podido localizarle?

-No, no conseguimos dar con él. -Entonces comprendo la frustración

de Blanca.

-De Blanca y de todos. Tal vez ese hombre

tenga a Moisés, pero, conforme pasa el tiempo,

yo también pierdo la esperanza de que logremos encontrarlo.

Don Felipe viene a verle.

-Me alegro de su visita. Sírvale algo al señor, Agustina.

-No es menester, no tengo sed.

Déjenos a solas.

-Supongo que viene a comentar los fastos de la coronación.

-La verdad es que hablar del rey no es el motivo de esta visita.

-Entonces ¿en qué puedo ayudarle?

-No me voy a andar con rodeos.

Su criada me ha contado la verdad.

Podría mentir y decirle que he hilado todas las señales

para ver que está perdiendo la visión, pero no es así.

Agustina está muy preocupada por usted.

-No tienen por qué, su única obligación era acatar mis órdenes.

-Ya no sabe cómo ayudarle, qué debe hacer para atenderle.

Si me contó la verdad, es porque no encontraba otra salida.

-No la disculpe,

se ha extralimitado, ni es mi madre ni mi esposa.

Debería haber hecho lo que le pedí.

-Eso ya no importa.

¿Qué dice el médico?

-Ya lo sabe,... voy a perder la vista.

-¿No le da otra salida?

-Me ha hablado de una cirugía,

pero es una operación muy peligrosa.

La última bala de mi pistola.

-Ha llegado el momento de gastarla.

-No, no voy a pasar por eso.

Estoy muy cansado.

-¿Qué piensa hacer?

¿Va a seguir fingiendo?

¿Cómo va a mantener esta situación con Silvia?

-No voy a mantenerla.

Voy a romper nuestro compromiso.

¡Dios, esto no lo abre ni el mismísimo san Pedro!

Ya no tengo más que encontrar la carta.

¿Se encuentra bien?

¿Se ha mareado?

Sí, estoy bien. Ha sido un vahído pasajero, ya me recupero.

-¿No sabrá la dirección de los Álvarez-Hermoso?

-¿De don Felipe y doña Celia? -Sí.

-Viven en el número 38, en la tercera planta.

¿Qué querían?

-Chocolate. -Bollos suizos.

-Parece que se haya llevado

un susto. -Perdón, es que

tenía la cabeza en otro sitio. -Pues esto es un negocio

y la cabeza se ha de tener en su lugar.

No vamos a pagar las señoras por sus líos con Flora

o con el sursuncorda. -Hale, tráiganos los bollos.

¿A qué espera?

-Perdonen pero hasta que no contrate personal, no puedo atenderlas.

Silvia no está casada. Le ahorraré el sufrimiento.

-Miente, teme que ella no esté

a la altura. Es usted un cobarde.

-No se lo consiento. -No le he pedido permiso.

-He puesto mi vida en juego decenas de veces por España.

He luchado en decenas de batallas por el rey

con las balas silbando sobre mi cabeza y las bombas estallando

a mi alrededor.

El día que muera habrá muerto un hombre valiente.

-Para los libros. Para nosotros será un cobarde

que prefirió esconderse antes que enfrentarse a la vida.

¡Quieta! -¡Uh! ¡Auxilio!

¡A mí la guardia, que me matan! ¡A mí la guardia!

-"Dejaré la casa limpia,"

después recogeré mis cosas del altillo.

No tendrá que verme más

y no sufrirá mis indiscreciones.

Ha sido usted un buen señor,

el mejor de los que he tenido en toda mi vida.

Nunca le agradeceré lo bastante

el haberme enseñado a leer y escribir.

Gracias a usted he accedido a los libros, a poder escribir.

Siento haberle defraudado.

-"Pero ahora sueño todas las noches con él,"

con verle, con estar con él,

con besarlo... -Pare. No quiero saber

qué más sueña. No me escandalice.

-¿Y qué hago?

-Olvídelo.

-¿Olvidarlo?

Eso es imposible.

-Flora, usted y yo sabemos que el Peña es un liante y un ladrón.

Nada bueno obtendrá

de él. -"Si mi padre estuviese aquí,"

él sabría dominar a doña Úrsula.

-¿Le escribiste la carta?

-Me decidí por un telegrama,

espero que me responda hoy mismo.

-De todas maneras,

el viaje es largo, Suiza está a varios días.

No llegaría a tiempo de parar a Úrsula.

-"Llegamos solos al mundo,"

y solos nos vamos.

Lo que ocurre en medio es falso.

Creemos que estamos acompañados, pero no lo estamos.

-Todos tenemos a alguien.

-No. No seas inocente, Carmen.

Tú estás sola,

yo estoy sola.

Y más nos vale.

Algo tiene que estar mal.

-La dirección de la clínica suiza es la que te di.

-Pues allí no está.

-No puede ser. No puede haberte llegado respuesta todavía.

-Diego no escribió

una carta ordinaria, envió un telegrama.

-¿Por qué? -Por recibir respuesta antes.

Y ellos me han contestado.

Jaime Alday no está ingresado allí

ni lo ha estado nunca.

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  • Capítulo 778

Acacias 38 - Capítulo 778

07 jun 2018

Samuel no consigue evitar que Diego escriba a su padre. Riera pide a Carmen que le consiga la carta que vio esconder a Úrsula. Felipe promete a Agustina que mediará con Arturo sobre su ceguera. Celia añora a Tano y Felipe le propone a Celia que vaya a visitarlo. Rosina se entera de que todos comparten sueño al tomar las hierbas de Jacinto y ordena al jardinero arrancarlas. El Peña cuenta toda la verdad a los hermanos Íñigo y Flora. Carmen busca la carta que escribió Úrsula cuando su señora parece que va a descubrirla.

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Añadir comentario ↓

  1. María

    A ver si ya encuentran al niño, se lleva la policía a Ursula y terminan dignamente con la serie.

    17 jun 2018