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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 775 - ver ahora
Transcripción completa

Aquí reposan los restos de la madre de Diego

y Samuel.

Mi dolor solo es comparable a lo que sentirían aquellos niños

cuando la perdieron.

El Peña tenía cuentas con ese tal Íñigo.

Y aprovecha que me hago pasar por él

para matar dos pájaros de un tiro.

Me quita a mí de en medio y salda la deuda con ese asesino.

Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Y no nos dejes caer en la tentación, mas...

¡Ah!

-"¿A qué hora regresaron?".

-La señora me dio ayer la tarde libre,

así que tampoco las vi anoche.

-¿No sabemos si regresaron?

-Eso trato de decirle.

-"Quiere esconderse, huir de su problema".

También pone esta cara cuando miente

y oculta información.

Conozco este matiz en su rostro.

Esta mirada esquiva.

-"Aquí no las han visto".

-En comisaría,

no saben nada al respecto.

-Carmen tampoco tiene noticias de ella.

-¿Ha informado a Diego? ¿Está al corriente?

-Si no lo sabe, en un segundo lo sabrá.

-La verdad es que me queda bien.

La percha.

Ay, tiene la casa hecha una zarabanda.

Ay... Ay, Casilda, ponme un té.

No, achicoria. -"¿Y qué podemos hacer?".

¿Huir? ¿Escondernos en el almacén? ¿Avisar a los guardias?

-O todo al mismo tiempo.

-No, no, no. Vamos a hacer algo mucho mejor.

Le vamos a dar al Peña de su propia medicina.

-"Para encontrar a Blanca,"

tendría que salir de las sombras

y no nos conviene. -Asumo el riesgo.

Señor Riera, se lo ruego.

Necesito saber que está bien.

-"¿Estás a oscuras?".

-Debo pedirte que te marches. -Bien.

Se acabó, Arturo, no me pienso mover hasta que me digas qué te pasa.

-"No le voy a dar agua".

Ni alimento alguno.

¿Está segura de que podrá soportarlo?

Tendrás que decirme dónde está Moisés

con tal de conseguir una gota de agua.

¿Piensas mantenerme atada?

-Procuro que no le entren tentaciones de intentar escapar.

-Blanca, tienes que parar con esta locura.

Mira que la noche ya se nos ha echado encima.

-Si persiste en no decirme lo que deseo,

no va a ser la última vez que veamos anochecer aquí.

-¿No has pensado que todos estarán preocupados?

Andarán buscándonos.

-Ahora eso no importa.

Mire a su alrededor, madre.

Nadie va a venir a buscarla.

Este panteón será nuestro hogar el tiempo que sea necesario.

-No será mucho... sin comida ni bebida.

-En tal caso,

se convertirá en nuestra tumba.

Si no me dice dónde está Moisés,

ambas moriremos aquí.

-Hija mía, eso que deseas

escuchar de mis labios

no te lo puedo decir.

-Deje de mentirme, madre.

-Eres tú la que te aferras a una ficción.

-Yo no robé a tu hijo.

Ese niño al que te empecinas en llamar Moisés nunca existió.

-Sí existió.

Yo lo tuve entre mis brazos.

-No, hija.

Ese aciago día

diste a luz a una niña.

Un angelito que murió nada más nacer

y que ya está enterrado.

-No trate de manipularme.

Ya no me puede engañar.

-Blanca, yo... -¡Cállese!

Sé que ha tenido oculto a mi hijo en un convento.

Tenía con él mi llamador de ángeles.

-¿Quién te ha metido en la cabeza semejantes patrañas?

-Madre, yo parí sola en un descampado sin ayuda de nadie.

Pero antes de perder la razón, pude ver a mi hijo.

Estaba vivo, le oí llorar.

Era un varón y no nació muerto.

Moisés está vivo.

-Es el dolor el que te hace hablar así.

Desvarías. -No.

Madre, sé que usted tiene mi hijo.

¿Cómo pudo ser tan cruel como para cambiármelo por una niña muerta?

¿Por qué desea con tanta ansia a Moisés?

¿Pretende hacerle pasar por el mismo infierno

al que nos sometió a la pobre Olga y a mí?

Madre, ¿no dice nada?

-Me parte el corazón verte en este estado.

Tu frágil mente no ha soportado

tanto dolor.

Blanca, deberíamos salir cuanto antes por tu bien.

Necesitas ingresar

en ese sanatorio. Cuanto antes, mejor.

Necesitas ayuda.

Terminemos con esta locura.

Terminemos con esta locura, por favor.

-Esto no se va a terminar hasta que confiese de una vez.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿No comen ustedes nada? Está delicioso.

-"Ende" luego, Servando, no me puedo creer

que siga teniendo hambre después del susto que nos ha dado doña Rosina.

-Tú lo has dicho.

Solo ha sido un susto. -Por esta vez.

Pero esto tiene que acabarse, no podemos seguir tentando la suerte.

-La "señá" Fabiana tiene más razón que un santo.

Nos jugamos que nos echen.

-Al menos a una servidora, que es la criada de esta casa.

-Toma, y yo el portero.

Si nos descubren, soy el máximo perjudicado.

Soy el responsable del edificio. -Mejor nos lo pone.

Tenemos que acabar con esto antes de que nos cojan.

-Son unas cobardes. ¿Cómo vamos a acabar con algo tan fetén?

-Pues para chasco que sí.

Más nos vale cenar en el altillo que no en la fría calle.

-Esto no estuvo bien desde el principio.

-¿Y si me niego?

-Tendrá que enfrentarse a nosotras.

Hágase a la idea.

La de hoy será nuestra última cena.

-Una última cena como la que tuvo el Señor, con un Judas.

Y aquí hay tres, para ser más exactos.

-Servando, prométanos que no va a volver a colarse en la casa.

-¿Y una o dos veces por semana?

-De eso nada.

-Pues sí que son

ustedes duras. Hala, se acabó cenar como señores.

-Ande, Servando, deje de lamentarse.

Mañana tendrá otra oportunidad de despedirse de ser señor

en la merienda a la que nos han convidado los chocolateros.

-Quieren hacer las paces

por lo del escándalo de Paquito.

-No me parece mal eso.

No hay nada mejor que llenarse la panza por la gorra

para olvidar ofensas.

Les agradezco esta cena tan especial.

-Es un placer. Deseaba disculparme por la tensión del otro día.

-Yo también lo siento. Pasé una semanas

un poco tensas y lo pagué con usted. Disculpe.

-Las amistades discuten

en ocasiones,

pero así se forjan la relaciones.

Me alegra que aceptara.

Hemos podido comentar la desaparición de Úrsula.

Y de Blanca.

Ahora entiendo la inquietud de Leonor cuando vino.

-Las hemos buscado durante todo el día.

Se las ha tragado la tierra.

-¿Dónde podrán estar a estas horas?

-Ni idea, pero la policía se encargará de dar con ellas.

Samuel ha denunciado

la desaparición. Yo mismo le acompañé a comisaría.

-Pues es difícil porque no resulta fácil encontrar

a quien no quiere ser hallado.

-Tal vez usted podría dar con ellas antes que la policía.

-Me sobrestima. Además, en estos momentos,

tengo otras preocupaciones que me lo impedirían.

-Lo dice por don Arturo.

-¿Por quién si no? -Ya le comenté

que no conseguí sonsacarle nada.

Sea lo que sea lo que le pasa,

no quiere compartirlo con nadie.

(Llaman a la puerta)

-Voy a abrir.

-Aunque no pudiera resolverse,

le agradezco su intervención.

Es usted muy buen amigo.

-Siento no haber sido de mayor ayuda.

-Silvia,

tiene visita.

-Espero que no tengan inconveniente en que la haya citado aquí.

Quería verla sin que Arturo nos escuchara.

-Descuide, nuestra casa es la suya.

-¿En qué puedo ayudarle, doña Silvia?

-Es sencillo, ¿por qué no me cuenta la verdad?

¿Qué es lo que le sucede a Arturo?

Antes vio cómo se mostraba hermético conmigo.

Se excusó diciendo que le dolía la cabeza

y que había mantenido una discusión con usted.

-El señor sufre de jaquecas... -No trate de engañarme.

No miente tan bien. ¿Qué le ocurre a Arturo?

Si es por Celia

y por Felipe, son amigos.

Puede hablar sin miedo.

Yo sé que lo está pasando usted muy mal ocultando la verdad.

Pero también sé que está al tanto de todo.

-Lo lamento, señorita.

Pero está equivocada.

Yo no sé nada de nada.

-Lo comprendo. Y aunque lo supiera, no me lo diría.

A fin de cuentas, Arturo es su señor y le debe fidelidad.

-Solo espero que no le ocurra

nada de gravedad.

Me marcho a Italia

y tardaré un tiempo en volver.

No podré ayudarla, pero, si en ese tiempo necesita algo,

cuente con los Álvarez-Hermoso.

-Así es, ayudaremos en lo que sea preciso.

-Ahora, si me disculpan...

Con su permiso,

debo retirarme.

¿Para qué querías verme a horas

tan intempestivas?

-Úrsula y Blanca han desaparecido.

Ayer se fueron al cementerio y aún no han vuelto.

Los dos hermanos están en la casa sin saber qué hacer.

Se plantean volver a salir en su búsqueda.

-¿Adónde?

-Ese es el problema, que no lo saben.

-Les aguarda una noche

muy larga. -No solo a Samuel y a Diego.

Yo también estoy preocupada.

Empiezo a temer que el destino de doña Blanca

haya sido el mismo que el de su desdichada hermana:

entregar la pelleja a manos de su madre.

Ruego a Dios que me equivoque y que la proteja.

Pobre Diego...

Ni siquiera me puedo imaginar

su desesperación.

-Yo sí la imagino.

Carmen, de hecho, esta tarde estuve con él.

Estaba ofuscado.

Fuera de sí.

Me pidió ayuda.

-¿Has estado con él?

¿Lo sabías?

¿Y a qué aguardas para ayudarles?

-Temo que mi intervención pudiera dar al traste

con nuestros planes de terminar con Úrsula.

Por nada del mundo debe averiguar que sigo por Acacias.

-Merece la pena correr el riesgo.

Doña Blanca podría estar en peligro.

Ayúdales a encontrarla.

Te lo ruego.

No lo hagas solo por don Diego.

Hazlo por mí.

-Continúa, te lo ruego.

¿Qué más nos cuenta Leandro?

-Son muy dichosos con la visita de los Palacios.

-No me extraña.

Toda la familia reunida menos yo.

Cuánto les extraño.

¿Madre?

¡Hijo! ¿Es posible?

-Sí, madre, sí.

-Para que me deis vuestro perdón.

-Nunca es tarde para pedir perdón.

Debería haber hecho el viaje con ellos.

-No, tieta, entiende que no lo haya hecho.

Su hijo sabe mejor que nadie

lo difícil que es llevar una sastrería. Levantar la persiana,

sonreír a los clientes...

-Y así cada día.

Sin cerrar para que nadie se vaya a la competencia.

Ojalá no me tuviera tan atada.

Cómo me hubiera gustado estar en los zapatos de los Palacios

para tener cerca a mi Leandro.

-No es lo mismo, pero quiero que sepa

que aquí me tiene para quererla y cuidarla.

Aquí tienen sus chocolates.

-Ya que están aquí, quería aprovechar

para invitarles a un ágape que damos esta tarde.

-Agradecido, Flora.

Algo había oído. -No cuenten conmigo.

Le seré franca. Sigo estando incómoda

en un negocio regido por alguien... ligerita de cascos.

Si estoy aquí desayunando, es porque mi sobrino ha insistido.

-Haga el favor de darnos una oportunidad.

Mi marido y yo damos esa fiesta

para limar asperezas.

Invita la casa. Espero que se acerque aunque solo sea un suspiro.

-Vamos, tieta. Perdonar es humano. Recuerde lo que dijo nuestro Señor:

"Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra".

-Así es, muy bien,

pero nada decía de tomar chocolate con los pecadores.

No me mires con esa cara de cordero degollado.

Me lo pensaré.

¡Paquito! -Doña Flora.

¿Es cierto que dan una merienda para reconciliarse con los vecinos?

-Así es, aunque nos cueste un dolor.

-Pues ¿por qué no dejarlo correr?

Poco a poco se van olvidando de lo del beso.

¿Para qué recordárselo?

-Guárdeme el secreto, pero eso es solo una excusa.

El verdadero motivo de reunir a los vecinos es otro.

-¿Cuál?

-Ya le he contado demasiado.

Si quiere saber más,

tendrá que venir.

Decídete, mujer, que, por unos poco reales,

vas a dormir como un recién nacido.

Estas hierbas son un milagro. -¿Qué es esto?

-¡Es usted un sinvergüenza, Servando!

Disculpen, disculpen, perdonen.

Así que está usted negociando con las hierbas de mi primo.

-¿Qué dices, mujer?

Pues no, porque esta muchacha no se decide.

-Ande, marchen a la faena y disculpen.

-¿A cuento de qué me espantas a la clientela?

-A cuento de que está comerciando

con las hierbas de mi primo y sabe que quedan pocas,

que anoche fui a pedirle y me volví de vacío.

Así que ahora mismo me las da

y gratis. -¿Y si no te las doy?

Si no me las da,

tendré que decirle a mi primo que está haciendo negocio.

Y entonces no va

ni a olerlas. -No serás capaz,

mala mujer. -Póngame a prueba.

-Bueno, está bien, templa, templa.

Que no llegue la sangre al río.

Te daré las hierbas...

a precio de amigo.

Apenas saco beneficio.

Pero ¡será desgraciado!

A usted no le han costado nada.

-El sudor de mi frente. -El de su cara,

que la tiene muy dura. Y le digo una cosa.

Yo tengo más derecho a esas hierbas

porque crecen en el jardín de mi señora.

Así que no voy a pagar nada. -¿Cómo que salen de mi jardín?

Este es el secreto que guardan estos canallas...

-Al César lo que es del César

y a Dios lo que es de Dios,

que decía la Biblia.

-Acabáramos.

Nada, he puesto patas arriba la alcoba de Blanca

y no encuentro ni una pista.

-Tampoco he tenido mayor fortuna.

-La policía sigue sin noticias.

-Están perdidos. -¿Qué pretenden?

¿Que sigamos de brazos cruzados?

Samuel, ¿me estás escuchando?

-Diego, mira lo que he encontrado.

Es una nota de Blanca.

Pensaría que sería lo primero que vería.

-Por desgracia no fue así. ¿Qué dice?

-Se disculpa por su comportamiento.

Era consciente de que otros eran los planes, pero no aguantaba.

Dice que va a recuperar a su hijo.

-Tal y como temíamos,

es un plan desesperado.

-Sí, Diego, Blanca quiere arrancarle la verdad a Úrsula.

Temo

que pueda hacerle daño. -Se está poniendo

en situación muy delicada ante la ley. Podrían acusarla de secuestro.

-Debemos retirar la denuncia.

-Sí. Marchemos a ver a Felipe, él podrá ayudarnos.

(Llaman a la puerta)

-¿Quién será ahora?

Quiera Dios que la encontremos

antes de que sea tarde.

-Disculpen, el señor Riera quiere verles.

-¿Qué hace aquí?

-Venía a buscarles, creo que necesitan de mi ayuda.

(Música triste)

¿Sigues a oscuras?

Deja que abra aquí. -No lo hagas, por favor.

Me duele la cabeza y me molesta la luz.

Llevo días sufriendo estas jaquecas, pero no quería preocuparte.

-Pues no lo has conseguido. Sigo inquieta por ti.

-Perdona, pensé que, si decía que me encontraba mal, anularías el viaje.

Y eso es de vital importancia para la comisión.

-Precisamente del viaje quería hablarte.

Parto hoy mismo con Esteban.

-Lo sé.

-Arturo, no sé qué habéis hablado Esteban y tú.

Él no me ha querido contar nada y sé que tú tampoco lo harás.

Solo espero que confíes en mí.

-Confío en ti, Silvia.

De no ser así, no dejaría que te marcharas.

-Me alegra escuchar eso.

Marcharé a Italia con Esteban y negociaré ese barco con el armador.

Regresaré de inmediato para estar a tu lado.

En todo momento no dejaré de pensar en ti.

-Yo tampoco podré apartarte de mis pensamientos. Te lo aseguro.

-Espero que este pañuelo impregnado con mi perfume te ayude a lograrlo.

-Silvia,

yo...

Sé que a veces no entiendes mi comportamiento.

Pero todo lo que hago es porque te quiero

y nunca voy a dejar

de hacerlo. -Lo sé y así lo siento.

¿No vas a besarme?

-Por supuesto.

Nunca podría perdonarme no haberte dado un beso de adiós.

-No es un adiós, Arturo.

-No, claro que no.

Pero es que, esta tarde, cuando te marches, no bajaré,

odio las despedidas.

No imagina cómo me alegra que haya venido.

-¿Es mucho pedir que me expliques quién es este hombre?

-Solo necesita saber que puedo serles útil.

Mi oficio consiste en localizar

a quien no quiere ser encontrado.

¿Dónde vieron a Blanca

por última vez?

Y ante todo, recuerde esta enseñanza.

Si, a la hora de jugar, no sabe quién de los que está sentado

es el pardillo, levántese que el pardillo es usted.

-Eres un pozo de sabiduría. -No.

En el campo solo se puede jugar a las cartas.

-¡Jacinto, contigo quiero hablar! -¿También quiere jugar?

-¡De las cartas ya hablaremos!

¿Me has tomado por tonta?

-No, no, no.

-Haces negocio con mi jardín sin mi permiso.

-¿De qué hablas? -No tengo ni idea.

-¡Mentiroso!

¿Vas a negarme que vendes hierbas

supuestamente milagrosas?

-¡Ah, eso! No, no las estoy vendiendo.

Se las he repartido a los criados para que duerman a pierna suelta.

¿Las quiere probar?

Son mano de santo.

Solo le puedo dar lo que tenía para mí.

Servando ha arramblado.

-¡Aparta, que huele a rayos! -Acostumbrado a mis ovejas,

a mí me huelen a rosas.

-No trates de distraerme.

Si te estás lucrando gracias a mi jardín,

tendrás que darme una parte.

-Lo que usted diga, señora. Pero, a todo esto,...

¿qué significa eso de lustrarse?

-¡Ay! -Templa, querida.

Quizás sí que te vendría bien tomar unas hierbas.

A ver si te calmas. -Encima ríele las gracias.

Sois tal para cual.

¿Qué hierbas ni qué rayos? Ya hablaremos muy seriamente.

Te libras porque me tengo que arreglar.

-Si quiere probarlas usted, aquí se las dejo.

Le vendrá bien

dormir un rato y descansar de la señora.

Por cierto,... me llevo lo mío.

Ya verá, ya, llevo todo el día trabajando.

¡Tachán!

He preparado todas estas viandas. -Tiene todo muy buen aspecto.

-Mejor sabrá. Estoy deseando empezar.

-Yo no estaría tan ansioso.

-¿Perdón? -Nada, nada.

Esto lo he hecho especialmente para usted.

Una flor para otra flor.

-¡Está de teta de novicia!

Te has superado.

-Pero pruebe uno más.

-Temo que, si empiezo, no voy a poder parar.

Si me lo como todo, ¿qué vamos a servir?

-Uno más no pasa nada.

Pruebe este, que ya verá qué bueno está.

Ahí. Muerda.

-Pero ¿qué haces perdiendo el tiempo?

-Ya está todo listo.

-Mira, prueba una delicia del Peña.

Ya verás cómo te cambia la cara.

-No puedo tomar ni agua, tengo el estómago cerrado.

-Ya pruebo yo.

¡Mmm!...

Exquisito.

-Tente en pie, Íñigo, tente en pie...

Peña, prepara más tentempiés,

no vayamos a quedarnos cortos.

¿No tendrías que estar en la cocina? -Sí, señor.

-Íñigo,... templa esos nervios.

-Eso, haz como una,

que hasta le da carrete para que no sospeche.

-Demasiado carrete das tú.

Espero que no te estés encaprichando de tu verdugo.

Tengo motivos para estar como un flan.

Quizá deberíamos dar marcha atrás.

-Sí, yo, cada vez que lo pienso,

me siento culpable por la encerrona al pobre Peña.

-¿Tú te estás escuchando?

-Bueno, por favor, templad esos nervios.

Hoy vamos a terminar con este suplicio.

Todo va a salir bien, no os preocupéis.

La sed me tortura.

-Podría beber si lo deseara.

Solo tiene que confesar de una santa vez.

Es la única forma de que salgamos de aquí.

Así que abandone la esperanza, porque nadie

vendrá a buscarla.

-Yo ya no sé cómo decírtelo para que me creas.

Déjame libre, yo no tengo a tu hijo.

Él ni siquiera existe.

-Parece que está decida a no salir de este panteón con vida.

-Al menos dame un poco de agua para calmar mi sed.

-Olvídelo.

Nada obtendrá de mí hasta que no me dé lo que quiero.

Esperaremos lo que sea necesario.

Pero hablará.

Lo juro por mi hijo.

-"No has abierto la boca"

desde que salimos de casa. ¿Te encuentras bien?

-También me extraña tanto silencio

porque tú hablas más que un sacamuelas.

-No es nada. No puedo quitarme de la cabeza a Jacinto.

¿Habrase visto semejante desfachatez?

-Pues esperemos que el convite te lo haga olvidar.

-Me extraña esta invitación. ¿Qué pretenderán?

-Flora aseguró que congraciarse con los vecinos.

-Muy loable intención.

-Pero inútil, yo sé bien lo que es pecado y lo que no.

Unos churros gratis no me harán cambiar de opinión.

-Mujer, no digas eso.

-Esperemos que también haya torteles, suizos, pasteles...

-Mirad.

Hablando de comportamientos inadecuados.

Al parecer, ya se van juntos de viaje.

-Voy a despedirme de ellos.

-Te acompañamos. -¿También queréis despediros?

-Sí, y chismorrear.

-Llego justo a tiempo para desearles buen viaje.

-Así es.

-¡Esteban!

-Va usted muy bien acompañada.

-Seguro que disfrutan mucho.

Italia debe ser preciosa.

-Doña Susana, me alegro de verla antes de partir.

Podré sacar tiempo para visitar a Elvira y a Simón

y entregarles lo que precise.

-A buenas horas, pero si no he preparado nada.

Ni siquiera he escrito una carta.

-Eso tiene fácil solución, corra a escribirla.

Yo les compraré algún detalle.

-Se lo agradezco mucho, no tardo nada.

-Pues lo siento, pero no vamos a poder acompañarles mientras.

Porque tenemos que ir ya a La Deliciosa

para que no nos dejen sin nada. El pueblo llano es tan glotón...

-Esperamos verlos pronto de regreso. Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

¿Piensa visitar a Elvira y a Simón?

¿Pretende alargar el viaje? -Solo lo necesario.

Es vital que conozca a Elvira.

-No es preciso que venga conmigo.

Quédese con don Arturo y yo negociaré con el armador.

-Se lo agradezco, pero debo ir.

El contacto lo he llevado yo

y conseguiremos mejor trato si acudo personalmente.

-Está bien.

Aquí tiene. -Gracias.

-Tengo el corazón en un puño por la falta de noticias.

-¿No se sabe nada más de Diego y Samuel?

-No, parece que se los ha tragado la tierra.

Fui a casa de Úrsula y no los encontré.

-Tampoco están en la mansión Alday.

-Habrán ido a buscar a Blanca. -¿Les apetece un tentempié?

Yo me los comía todos. -Al parecer, ya está usted en ello.

Venga y no moleste a los señores.

Vamos, no moleste a los señores.

-Denos a probar uno...

Esto es demasiado delicado.

No está hecha la miel para la boca del asno.

-¡No nos llame eso! Si no nos da, le voy a dar un mandoble

que le quito las muelas.

-Contenta me tiene con lo de las hierbas. Ya hablaremos.

Y los canapés me los llevo. -Pero...

Querido, ¿quieres?

-No, no tengo apetito, y tú deberías controlarte.

Que luego viene la gota.

-Voy a repartir más pastelitos. El ágape está siendo un éxito.

Será recordado durante mucho tiempo. -Eso no lo dudes.

Tú, por ejemplo, no lo vas a olvidar en lo que te queda de vida.

-¡Peña, los pasteles! -Sí.

-Ya están casi todos los invitados. ¿Lo hacemos ya?

Estoy hecha un manojo de nervios.

-Paciencia, Flora, tenemos que esperarlos a todos.

-Tienes razón.

Además, con la tripa llena, quizá digieran mejor el bombazo.

-Sí. No van a dar crédito.

Discúlpeme, se lo ruego, será solo un minuto.

Silvia, el cochero se está impacientando. Deberíamos marchar.

-Descuide. Mire, por ahí llega doña Susana.

-Aquí tienen la carta.

He empaquetado también una seda salvaje y unos pañuelos para Elvira.

Y un sombrero para Simón. -Ya me extraña menos la tardanza.

-Mujer, si ya se lo iba

a comprar yo. -Aun así.

Solo lamento no haberles enviado embutidos.

Seguro que añoran nuestras viandas. -En Italia,

se come tan bien como en España. -Dice tontunas. Eso es imposible.

Que tengan un buen viaje

y dale también a mi hijo este beso

de mi parte.

-Tenga por seguro

que se lo entregaré en su nombre. -Me voy,

que no me quiero poner a llorar. Se lo agradezco de corazón, Silvia.

-Silvia, marchemos ya. Tenemos un largo viaje

por delante. -Sí.

Se alejan calle arriba.

Debería haber bajado a despedirla.

-No, Agustina.

Es mejor dejarla marchar así, sin más.

Silvia ha hecho lo que tenía que hacer y yo voy a seguir su ejemplo.

-Pero... -No ponga hoy

a prueba mi paciencia.

He dicho mi última palabra.

-¿No puedo hacer nada más por usted?

-Sí, sí que puede.

Ponga en marcha el gramófono, que suene el disco que está puesto.

Gracias, Agustina. Ahora, déjeme solo.

(Música triste)

Blanca.

Blanca...

Vamos.

(Música)

Querida, por fin apareces, a poco te quedas sin probar un pastelito.

-No me extraña, te los has comido todos.

-¿Me he perdido algo? -No, aún no han hablado.

-Y no sé a qué esperan, algunos tenemos otras cuitas

que atender.

-Paquito, qué bien que al final haya venido usted.

-Tómese un tentempié

si Servando le deja alguno.

-Está compitiendo con doña Rosina a ver

quién se echa más "canapiés" al buche.

-Apunto he estado de no venir, temo salir perjudicado.

-No lo piense más. Lo del beso quedó olvidado.

Con dulces gratis se olvida todo.

Y, además, todo el mundo

hemos cometido algún pecadillo.

-Usted muchos, varias veces al día, gula y pereza.

-Creo que ha llegado el momento.

-Avisa al personal de cocina y apaga

la música.

Quiero que todos oigan lo que tengo que decir.

-Me tiemblan hasta las canillas.

Un poco más, así, un poco más.

¡Vamos!

¡Vamos, vamos!

Un poco más.

Un poco más.

Valor y al toro.

-Disculpen.

Permitan que diga

unas palabras.

Primero, quiero agradecerles que hayan asistido.

-¿Quién se lo iba a perder habiendo comida gratis?

-Ya saben ustedes

que nuestros inicios no fueron sencillos.

-¿Cómo olvidarlo? Por poco

nos envenenan.

-Pero gracias a su ayuda, pudimos seguir adelante

y, a pesar de los sinsabores vividos, hoy podemos decir

que...

se han convertido en nuestra familia.

-Así se habla, tiene usted

un pico de oro.

-¡Bravo!

-Disculpen, no he terminado.

Durante este tiempo, algo ha encogido mi corazón.

El equívoco que sucedió entre Flora

y Paquito.

-Me temo

que equívoco no lo define.

-Tieta, déjele continuar.

-¿Lo ve?

No tenía que haber venido.

-Apechugue, Paquito, a ver cómo acaba.

-Quizás a algunos

les extrañe que haya podido perdonar tan fácilmente

su infidelidad.

-Ahora que lo dice... -No es necesario que nos dé

explicaciones. No son cuitas

de nuestra incumbencia.

-Tiene razón. No somos quienes para juzgar.

-Habla por ti, Celia.

-Pero yo deseo darles una explicación.

Se la merecen.

Llegó el momento de aclararlo todo para evitar más malentendidos.

Precisamente por el afecto que les tenemos

no podemos seguir viviendo esta farsa.

Queremos ser honestos

para poder empezar de nuevo.

-¿Qué están diciendo? -Hay algo

que debemos confesarles.

-Yo...

no soy Íñigo Cervera.

Ni Flora es mi esposa. Ella es mi hermana.

-¿Qué broma es esta? ¿Ha perdido el oremus?

-Jamás he estado más cuerdo.

El verdadero Íñigo Cervera

es aquel al que llevamos un tiempo llamando...

el Peña.

Lo último que sabemos es que acudió al cementerio.

-O eso nos hizo creer. -No creo que les mintiera.

Las flores fueron cambiadas hace poco.

Eligió este lugar por un motivo.

Protegerse de miradas indiscretas. Pudo aprovechar

que Úrsula le diera la espalda

para golpearla y dejarla inconsciente.

-¿Y dónde la llevaría? -Hay un camino que conduce

a la puerta lateral del cementerio. Es la salida más cercana.

-¿Cree que un carruaje esperaría?

-¿Por qué colaboraría un cochero?

-Sencillo, por dinero.

El parné lo logra todo.

-Tuvo que sacarla de aquí. El enterrador no vio nada extraño

en el camposanto todo este tiempo.

-Veamos si a la salida encontramos alguna pista.

(TOSE)

¿Dónde estás, Blanca? ¿Dónde te has escondido?

Por eso la llevas al cementerio.

-Espero que allí, frente a la tumba de la niña, me cuente algo,

me dé alguna pista.

-Podría funcionar.

Si piensa que ha vencido, quizá se relaje.

Cerca de esa tumba

está el panteón de los Alday.

-¡Socorro, que alguien me ayude!

-¡No!

-¡Ah!

¡Ah!

¡Ah, ah, no! -¿Dónde está Moisés?

-¡Socorro! -¿Dónde?

-¡Samuel, quiere matarme!

-¡La odio! -¡No, no,

Blanca! -¡Ah!

Menudo novelón.

No me digas que no te parece apasionante la historia.

-Sí, madre, pasmosa.

-No lo entiendo. ¿Quién es el dueño de La Deliciosa?

-Pues el verdadero Íñigo Cervera, el Peña.

El camarero ha vuelto a rehacer su vida.

-Y los hermanos, pero para peor.

Venga, vamos.

-"Perdone mi atrevimiento, señor. Pero quizá"

debería aprovechar la ausencia de la señorita.

-No sé de qué modo.

-Tratando de recuperarse, acudiendo a un médico.

Esforzándose por sanar.

-Voy a hacer como que no he escuchado.

-No me voy a callar. Salga usted al menos.

-Anímese, no se acaba el mundo.

-Silvia está deseando regresar.

-¿Sabéis algo de lo que le pasa al coronel?

Trata de aparentar normalidad,

pero ese, desde hace tiempo, no está en su ser.

-A la vista está. Ni pisa la calle.

-Más indica que no asistan a la coronación, que invitados están

en su calidad de héroes nacionales y salvadores de nuestro rey.

-Ese noviazgo no dura ni un pastel

en la puerta de un colegio.

Leonor, dime la verdad. Tú sabías que Íñigo Cervera

era Ignacio Barbosa cuando le besaste, ¿verdad?

A mí no puedes engañarme.

Mantuviste una relación clandestina con él.

-Liberto, el beso que tuviste la desfachatez de ver

fue un desliz, un resbalón.

Como el tuyo con Flora. -"Cualquiera podría denunciarnos"

por estafa y por hacernos pasar por otros.

-¿Y si alguno lo hace?

-Pues ya subiremos ese monte cuando lleguemos.

Ahora me conformo con que nos hayamos librado del Indio.

-¿De verdad nos hemos librado?

-Leonor se encargará de que la prensa

publique una fotografía del Peña.

Don Íñigo Cervera, propietario de La Deliciosa.

Y si el Indio le busca, ya sabes dónde encontrarle.

-Está usted entre la espada y la pared.

Si habla, malo, y si no habla,

hasta podría verse en la rúa.

Con lo que me ha costado que me aceptara a su servicio...

Y lo peor no ha sido aprender a leer y escribir,

que también me dio faena.

Lo peor ha sido hacerme a los gustos del coronel

después de toda una santa vida con los Antequera-Emperador.

¿Qué será de mí?

-"Lo siento, Carmen".

Sé que las desdichas de Blanca te son dolorosas.

-Es una de las pocas personas honestas que conozco.

-Supongo, pero dar con ese crío no es mi guerra.

Solo era un paso en mi propósito de terminar con Úrsula.

No puedo permitirme el sentimentalismo.

-No es sentimentalismo, es mero afán de justicia.

¿Tú sabes lo que tiene que ser para Blanca saber

que su hijo vive y no puede estrecharlo?

-¿Dónde está Jacinto? -Pues eso no lo sé.

Ni que yo fuera su niñera.

-Quiero hablar con él, enredadora.

-Pero si siempre voy derecha.

-Tú, mosquita muerta, estás en un enjuague.

Y te va a arrastrar el huracán.

¿Me vas a negar que te has enterado de que Servando

vende hierbas de mi jardín y te has callado?

-"Los críticos"

atacarán tu libro. -Dígalo claramente.

Podrían sacarme los colores.

Pero tengo una buena defensa.

Nunca dejé de cotejar los relatos con fuentes documentales.

Y me abstuve de utilizar datos que no coincidieran.

-Muy previsora.

Siempre he dicho que tienes mucho ingenio.

-Gracias, doña Celia.

Don Felipe, ¿puedo hacerle una pregunta?

-Claro.

-¿Tiene alguna novedad sobre Blanca?

-Ninguna.

Lo siento.

-Quizá su madre podría responderos.

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Acacias 38 - Capítulo 775

04 jun 2018

Samuel encuentra una carta de Blanca anunciando que va a recuperar a su hijo. Silvia indaga con Agustina, pero la criada no desvela qué le pasa a Arturo. Silvia y el coronel se despiden antes del viaje de ella a Italia. Esteban y Silvia marchan y Susana aprovecha para entregarles una carta y un paquete para Elvira y Simón. Carmen pide a Riera que ayude a encontrar a Blanca. Rosina se entera de que en el altillo están vendiendo unas hierbas que salen de su jardín.

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