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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 771 - ver ahora
Transcripción completa

Juntos encontraremos a mi hijo. -Sí.

Pero debo pedirle algo.

Para todos sus conocidos, no existo, nos encontraremos siempre a solas

y sin testigos.

¿Hay trato?

-"Sé que le adora, usted ha cambiado su vida".

-Arturo le tiene en alta estima.

Quizá a usted le cuente lo que a mí no me dice.

Quizá le diga qué le sucede.

-Lo intentaré.

¡Que fui yo la que le besó!

-La he comprendido perfectamente.

Pero me parece que es usted quien no ha entendido que Paquito

es un empleado público

que debió poner más de su parte para que esta inmundicia no sucediera.

-"Uno no se puede quedar"

de brazos cruzados cuando...

alguien a quien estima lo está pasando mal.

-¡Tienes más razón que un santo!

No me puedo rendir.

-¡Flora!

¿Y qué le hago si soy enamoradiza?

Confundí sus atenciones.

Por eso le besé. -Haberse estado quieta.

El pobre sereno se va a quedar en la calle.

-Menuda es Úrsula

cuando se le mete algo en la cabeza.

No da su brazo a torcer.

-"Estaba siendo manejada por alguien sumamente malvado".

"Por favor, manténgase lejos de Úrsula Dicenta".

"Tan solo trata de hacerles daño

a cualquier costa".

-¿Cómo? ¿Va a marcharse?

¿No dice nada?

-Es obvio que esa mujer ha perdido el oremus.

Y me ofende que ustedes, señoras, la escuchen.

No he sido sincero contigo.

-¿Qué está pasando aquí?

-Descuida, muy pronto tendrás todas las respuestas.

-"Lamento informarle"

de que Luis Checa falleció víctima

de tuberculosis.

-"Siempre tuviste razón".

Nuestro hijo está vivo. Moisés vive.

-¿Dónde está? Quiero ver a mi hijo.

-No lo sabemos.

-¿Cómo?

-No sabemos dónde está, pero lo encontraremos.

Nada nos lo impedirá.

-¿Me estás diciendo que mi hijo está vivo y que no sabes dónde está?

(Sintonía de "Acacias 38")

¡Flora!

¿Qué hace aquí?

-Te esperaba fuera.

Y luego salí.

Pero volví a entrar.

-¿Por qué ha entrado en mi cuarto?

-Es tu cuarto.

Te esperaba y, no sé, me aburría.

No quería estar fuera. Perdón.

-Me retrasé por la grabación de Cristina Novoa,

que la pusieron en la chocolatería.

Pero usted no estaba.

-Claro, estaba aquí, esperándote.

-¡Ah!...

Pues...

ya puede dejar de esperar porque ya estoy aquí.

He venido a su encuentro. -¿Le fuiste a Susana con el cuento

de mi beso con Paquito? Me has dejado en mala situación.

Y Paquito perderá su empleo.

-Lo siento. -¿Por qué?

Yo te he tratado bien.

No entiendo por qué me traicionas.

-Por celos. No podía soportar los celos.

-¿Celos de quién?

-Flora,...

estoy enamorado de usted. -Pero...

yo soy una mujer casada.

Ya lo era cuando besó a Paquito. -¿Y qué?

Fue solo un beso.

¿De verdad estás enamorado de mí?

-Como un loco. ¿Por qué se cree que la dibujo?

¿Que la miro con arrobo?

¿Recuerda las galletas?

-¿Y mi marido? -Usted no lo ama.

-¿Tú qué sabrás?

-No se tocan, no se hablan con cariño, apenas se miran.

No le ama.

Y él a usted tampoco.

Usted se merece pasión,

el amor que siento por usted.

-¡Apártate, que me vas a hacer pecar!

-¡No, lo que quiero es amarla! -¡Ay, quita, quita!

-¿Le parece que voy rápido? -Como una locomotora.

Y cuesta abajo y sin frenos. Vamos, que descarrilamos en nada.

-Sí.

Le... pido disculpas.

-Por favor,

respétame como la mujer casada que soy.

-Por supuesto.

Siempre seré su servidor.

Nunca perderé la esperanza

de que algún día usted llegue a amarme.

-Ya veremos.

Ni se te ocurra seguirme.

Ah, y que sepas que no voy a olvidar lo que le has hecho

a Paquito. ¡Soplón!

Pero ¿queréis que me vuelva loca? -Blanca,...

siéntate.

Te lo ruego, te lo explicaremos todo.

-Escucha a mi hermano, lo que tiene que decirte es muy importante.

-Quiero saberlo todo. Como volváis a ocultarme algo,

no os creeré nunca más.

-Carmen vino a verme.

Estaba preocupada.

No confiaba en Cristina Novoa.

Me avisó de que Úrsula iba todas las noches

a un convento.

Nuestra Señora del Monte.

-Es un convento que funciona como hospicio.

Nos extrañó y decidimos ir allí.

-Así es.

Preferíamos irrumpir

y ver qué encontrábamos.

-Y estaba allí Moisés. -Creemos que sí.

O por lo menos lo estuvo justo antes

de nuestra llegada.

-Hablamos con una monja, parecía la superiora, una tal sor Petra.

Pero no nos dijo nada, solo que tu madre

hacía donaciones. -Otra mujer nos vio hablar con ella

e hizo algo extraño.

-"Así que fuimos de inmediato a la celda".

(Campanillas)

-¿Qué es eso?

-¿Qué es qué?

-¡El sonajero!

-Nos dijo que lo habían abandonado

en el entorno del convento.

-Nos dijo que no sabía nada.

Sé que mentía, pero no fuimos capaces

de sacarle nada más.

-Tenemos que actuar.

-Espera. -¿Que espere a qué?

-No queda registro de quién se ha llevado a los niños

debido a una inundación.

Ahora tendrá otro nombre, otra familia.

-¿Cómo me pude dejar engañar así?

Cristina Novoa sabía que mi hijo estaba vivo

y he perdido el tiempo que necesitaba para encontrarlo.

Diego, no voy a tener perdón. -No te culpes.

Blanca, no te creímos, ni siquiera yo fui capaz de ver

que decías la verdad cuando afirmabas

que tuviste un varón y que estaba vivo.

Mi amor...

-¿Ya lo sabe todo?

-Todo.

-¡Leonor, mi hijo está vivo!

¡Y lo voy a encontrar!

-Deberíamos marcharnos.

Es vital que mantengamos esto en secreto.

Y puede aparecer Rosina. -Iremos a mi casa.

-Todo esto es culpa de mi madre.

¿Qué clase de monstruo es?

Vamos.

Señor, ha llegado una nota de doña Úrsula.

¿La abro?

Sí, léamela.

Pide permiso para venir mañana por la mañana

a visitarle.

-No me gusta nada esa mujer. Espero que sea para realizar

un donativo. -¿Contesto algo?

Que estaré encantado de recibirla en mi casa.

Ya puede preparar un buen desayuno. No quiero

que esa harpía nos critique. -Descuide, no tendrá queja.

(Llaman a la puerta)

-Hoy no nos dejan tranquilos. Vaya a abrir.

-Buenas noches, coronel.

-Buenas noches. ¿Desea tomar algo?

-No, aún no he cenado. Mi esposa me espera.

Tan solo venía a saber cómo se encontraba.

-Se lo agradezco.

Pero que su esposa le espere no es óbice para que disfrute de un mosto

que nos ha traído un familiar de Agustina.

-Me lo ha mandado una sobrina de Málaga. ¿Le apetece?

-Sí, sí. Siempre es un placer probar los caldos de esas tierras.

-Enseguida se lo traigo.

-Vengo de la chocolatería,

de escuchar la confesión

que ha dejado esa tal Cristina.

Una revolución en el barrio.

Úrsula movía los hilos.

-Somos unos cándidos.

Todos llegamos a pensar que esa mujer era una santa.

-¿Qué tal fue su reunión? -Nada fructífera.

Me pareció una mujer abrumada por sus problemas,

incapaz de escuchar los ajenos. -¿Y qué problemas

quería consultar con ella, don Arturo?

-Gracias.

-Gracias.

-Como no tiene alcohol, dispensaremos el brindis, claro.

-Riquísimo. Enhorabuena.

-Gracias, señor.

Si me necesitan para algo, estoy en la cocina.

-Hablamos de sus problemas, los que le llevaron a acudir

a Cristina Novoa. -Don Felipe, no sea entrometido.

Los considero secretos de confesión ya que pensábamos

que esa mujer tenía vía directa con la Virgen.

-Don Arturo, sabe que no soy entrometido.

Pero Silvia me pidió que le sonsacara.

Está muy preocupada.

Y yo también.

Si tiene problemas, cuente conmigo.

Y yo le ayudaré en lo que pueda.

-Don Felipe, no tengo problemas.

Alguna diferencia con Silvia, pero eso es normal

en los meses previos a una boda. -Está bien.

Si no quiere, no diga nada.

Pero puede confiar en mí.

Aunque no lleve alcohol, brindemos.

Para que todo salga

como deseamos.

Ponga agua a calentar, me apetece un té. ¿Queréis algo?

-Yo estoy destemplada, una manzanilla.

La acompaño a la cocina.

En realidad, es una excusa para dejarlos solos.

-¿Cómo pude creer en Cristina Novoa?

-No te flageles, olvídala.

Blanca, estabas débil.

Úrsula se dio cuenta.

Quiso desarmarte.

Novoa no fue más que su instrumento.

-Leonor se dio cuenta.

Ella nunca confío en su bondad ni en su santidad.

Ni siquiera en que se le apareciera la Virgen.

-Yo no creo que la Virgen ande apareciéndosele a nadie.

-Yo me lo creí a pies juntillas.

-Cristina Novoa...

Lejos de ser la santa que todos creen,

estaba atenazada por el remordimiento y la culpa.

Es mejor que olvidemos

que la conocimos. Peor es lo mío.

No te creí cuando lo que decías era cierto.

-Eso está olvidado.

No tienes que pedirme perdón.

Ahora lo único que cuenta es el futuro,

juntos con nuestro hijo.

-Desde luego, soy un inoportuno.

-Gracias.

Sin ti, no habría sido posible, Samuel.

-Cumplo con mi deber aunque sea una carga insoportable.

-No nos libraremos nunca de mi madre.

¿Ella en persona robaría a Moisés?

¿Ordenaría el asalto en el que estuvieron

a punto de matarte?

¿O usaría a alguien

para que secuestra a mi hijo?

-No lo sé, pero lo sabremos todo. -Sin duda.

-Falta una, habíamos pedido tres tazas.

-Yo me voy ya.

Sé que necesitáis estar solos. -¿Dónde dormirás?

-En un hotel. Tu madre nos cree con los Vinaroz.

-Hermano, quédate aquí.

Hay sitio para todos.

-Prefiero marcharme.

Tendréis mucho de lo que hablar.

-Muchas gracias.

De corazón, gracias.

-Lo que necesitamos ahora son fuerzas para encontrar

a Moisés, no tristezas y emociones.

Me voy. Hasta mañana, Diego.

-Estaba deseando quedarme a solas contigo.

-No soñaba con otra cosa.

-¿Te acuerdas?

Dijimos que servía para que,

cuando uno de la familia

estuviese en peligro, llamase a los demás.

-Eso es lo que ha hecho Moisés,

llamarnos.

-Vamos a intentar que esta noche sea para los dos.

Vamos a recuperar parte del tiempo perdido.

-No podría estar más de acuerdo.

-¡A "toas"!

¡Nos ha engañado a "toas"!

Ya sabía yo que esa mujer tenía de santa lo que yo de... fregona.

-Siempre pasa lo mismo.

Estamos para que nos saquen el dinero.

-Y lo conservamos "ende" tiempos del Cid.

Y ahora pretenden robárnoslo.

Nones. Y, si lo intentan, hacemos la revolución.

-La revolución la hacen ellos, Casilda,

los pobres.

Ay, qué manía con querer comer pan

con lo ricas que están las pastas del té.

-Entonces no mandamos nada.

Si la revolución la hacen ellos, ¿qué nos queda?

-Poner la cabeza para la guillotina. -No sé si me gusta esa función.

¡Uf! Para chasco que yo pensé

que ser marquesa era ir a las fiestas y hacerse moños.

-Y para colmo, en unos días,

nos toca la coronación de Alfonsito.

Cuánto tiempo de pie en palacio.

Habrá algún cotilla al que le gustará.

Pero a mí, que estoy acostumbrado a comer

sopas de ajo con la reina...

-Pues yo me pienso sentar en el trono de España.

Tiene que ser la repera mirar España desde el trono de España.

-Muy duro para mis posaderas.

No me siento ahí ni loca.

A mí que me traigan cojines rellenos de plumas.

¡Ay, por Dios!

¡Qué pesadez!

No sé qué ponerme para la fiesta.

La capa de armiño, "señá" Fabiana.

Viste y calienta sin duda, marquesa.

(Puerta abriéndose)

-¿Quién será?

-¡Nos van a pillar aquí haciendo el pánfilo!

-¿Qué hacen?

-Ay, aquí, de tertulia, Lolita.

Aquí el marqués de la castaña pilonga.

Aquí, la duquesa del pan pringado.

Y aquí la marquesa

del... mechero frío.

-Vaya alta nobleza.

Pues yo me pido ser la baronesa de Cabrahigo.

¿Hay un té para mí?

-Por supuesto, ahora mismo le traigo una taza, señora baronesa.

-Toma,

ponte esto.

-Me gusta, me gusta. -Oye, pues te veo muy contenta.

Has olvidado al Antoñito.

-¡Quita!

Lo que pasa es que tu primo me ha dado las hierbas

y he dormido como una marmota.

Ni he soñado ni nada.

-Uy, ¿lo sabe Servando? -No.

Es que piensa que son solo para él.

-Pues que no se entere. Con lo mezquino que es,

seguro que se enfada creyendo que tú le robas las hierbas.

-Señora baronesa, aquí le traigo su taza

de té. Al mayordomo le he mandado decapitar.

Sí. Ah, y, por favor,

sigamos hablando

de la coronación de Alfonsito decimotercio.

¿Quiere que le sirva algo más?

-No, no es necesario.

Me basta con tomarme mi té y que nos dejes solas al coronel y a mí.

-Agustina, por favor, ya ha escuchado.

Si la necesitamos, la llamaremos.

-No sé por qué hay que hablar de usted al servicio.

Como si lo merecieran. -Costumbres del ejército.

Supongo que su visita no es un simple encuentro de cordialidad

o una advertencia sobre cómo tratar al servicio.

Imagino que trae algo más importante.

-Así es, le prometí a doña Silvia

una aportación a la comisión

para la liberación

de los prisioneros de la guerra en Filipinas.

-Muchas gracias.

-Aunque ustedes dos hayan roto su compromiso,

me siento en la obligación de cumplir con mi palabra.

Aquí tiene el dinero

que le prometí.

-¿Por qué supone que hemos roto nuestro compromiso?

-¿No es así?

Lo cierto es que este es

el verdadero propósito de mi visita.

Lo del dinero es solo una excusa.

Venía a ofrecerle

todo mi apoyo.

-No la entiendo,

señora.

-Tal vez sea solo un malentendido.

Pero, al ver a doña Silvia

abrazada a ese señor, a don Esteban,

en plena calle, interpreté que no había nada entre ustedes.

Que habían suspendido su boda.

-¿Se abrazaron por la calle?

-¡Oh, Dios mío!

Creo que he hablado de más.

Discúlpeme.

Tal vez solo fuera un abrazo fraternal

y el pecado estuviera en mis ojos.

-Sin duda se trataría de un gesto fraternal.

Tal vez relacionado con la comisión

para liberar a los presos. -Así es.

-Disculpe mi torpeza

por haber dudado de ella y le ruego me perdone.

-Disculpada queda, señora.

-He de irme.

Mi agenda está llena de obligaciones.

Espero que mi donación

sirva para sus propósitos. -Así lo esperamos todos.

Le haré llegar un recibo para que pueda usted cuadrar su contabilidad.

-Ah, se lo agradezco.

Con Dios.

-Con Dios, señora.

-¿Señor?

Si me permite mi atrevimiento,

tenga cuidado con esa mujer.

-Una fantoche, una zurcefrenillos es lo que es esa bruja.

(Timbre)

No, Leonor, no sé a quién iba dirigida esa carta.

Solo alcancé a leer un poco cuando entró el Peña.

Ya sabes que no soy muy leída.

-Si no sabemos a quién le da la información,

no sabemos a qué nos enfrentamos.

-A nada bueno, eso ya os lo adelanto.

-¿Y tenía un retrato mío? -Sí.

Un recortado del periódico de cuando la presentación del libro.

-Cada cosa que desvelas es peor.

Todo me resulta muy inquietante.

-En mala hora se nos ocurrió meter al Peña en nuestras vidas.

-Te empeñaste en tenerlo cerca y controlado.

-Pensé que sería mejor. -¡No lo era!

-Basta ya de discutir, así no arregláis nada.

Lo hecho hecho está.

Ahora se trata de asumir lo que venga.

No de lamentarse. -Tienes razón.

¿No te dijo por qué hizo correr la noticia de tu beso con Paquito?

-Porque está enamorado de mí

y sintió celos.

-Celos de tu amante

y no de tu marido.

Ya lo que me faltaba.

-Puede ser un peligro.

-No necesita celos para ser peligroso.

Nos olvidamos de que puede recuperar la memoria.

Hemos usurpado su nombre y posición.

Podemos acabar en el penal. -¡No digas eso!

-Esconder la cabeza

no elimina el problema. -No quiero pensar.

Es que todo nos va mal. Y quizás despidan a Paquito.

No sé qué vamos a hacer.

-Seguirle la corriente,

debes ser amable con el Peña.

Dale esperanzas, que se confíe.

Y que te desvele sus planes. -¿Y Paquito?

-No lo sé. Si le despiden, encontrará otro empleo.

No creo que tenga que ser el marido engañado quien se preocupe por él.

-Si a Úrsula se le ha metido

ese hombre entre ceja y ceja, ya se puede olvidar.

-Está por ver eso de que nadie pueda parar

a esa mujer.

-"Si le hubiera hecho caso a mi hija,"

ella siempre dijo que no era agua clara.

-De nada vale lamentarse.

Ninguno nos dimos cuenta. -Leonor es demasiado moderna.

Hubiera estado en contra aunque Cristina fuera la mismísima Virgen.

-Lo que quieras, pero ella fue la única que la caló.

-Si lo peor es lo que le contamos.

Cosas que no revelaríamos ni a nuestras amigas.

-Qué vergüenza siento al recordarlo.

"Pero fue el amor por Liberto lo que me empujó a actuar así".

-No, querida. Las dos sabemos

que no fue el amor el que guió sus pasos.

La lujuria, el deseo y la pasión.

-Todas pasamos vergüenza.

No sé cómo conseguía que nos abriéramos.

-"Un hombre se acerca a una viuda y le muestra sus afectos".

La viuda no le para los pies.

Normal que el hombre malinterpretara, ¿no cree?

-No sé, yo estaba sola.

-Cuando se queda embarazada de él, sintiéndose culpable,

da a luz a un niño al que abandona.

No es usted la persona más adecuada

para juzgar a sus vecinos.

-No entiendo cómo pude confiar así en ella.

Fui una cándida por creerla y hablarle de mi vida.

-"¿No se da cuenta de que si no asume sus actos es usted culpable?".

-He tenido que endurecerme para soportar algunas cargas.

-¿Qué carga son esas?

-Solo de pensarlo siento angustia.

-Y lo peor es que Úrsula lo sabe todo.

Cristina Novoa le reveló nuestros secretos.

-No estamos seguras. Ahora, como se los haya contado,

seguro

que los usará contra nosotras.

-¿Y qué podemos hacer? -Nada.

No podemos hacer nada.

Nos arriesgaríamos a que montara en cólera

y nos fulminara.

-Cuando llegó siendo un criada, debimos echarla.

-No lo hicimos, ahora es tarde.

-Solo nos queda rezar

para que no nos perjudique.

-"Servando,"

te estás jugando el puesto.

¿Quién ha traído esta carta? -Se lo diría

si lo supiera, doña Úrsula.

-Te pagan para que te calles. -Le doy mi palabra de que no lo sé.

Aquí hay mucha gente que deja cartas.

El cartero, gente que las entrega en mano.

-Ah, fue eso. Alguien la trajo en mano.

-No podría mentirle, doña Úrsula. Es que no lo sé.

Estaba en el montón del correo cuando repartí la correspondencia.

-Servando, eres un mal trabajador,

despistado, irresponsable.

¿Sabes cuánto durarías si yo decidiera despedirte?

Menos de un minuto. -Por favor, doña Úrsula...

-¡Silencio!

¿Sabes dónde vas a ir a trabajar cuando yo te despida?

Al campo.

Doblando el lomo

por un salario de hambre.

-Yo le prometo, doña Úrsula,

que estaré más pendiente de la procedencia de cada carta.

No se me va a escapar ni una.

-Un error más, uno solo,...

y olvídate de Acacias.

Fuera.

-Sí, señora, sí.

(HABLAN EN RUSO)

¿Desea algo más la señora?

-Nada.

-¿Malas noticias

en esa carta?

-No es de tu incumbencia.

¿Han regresado Samuel y Blanca? -No, señora.

-Recoge el té y prepara mis cosas.

Voy a visitar a los Vinaroz.

Vienes conmigo. -Sí, señora.

(NO SILBA)

¡Auh!

-¡Ah!

Aquí tienes las hierbas, pero que no se entere el Servando.

-Más nos vale. -Le he tenido que bajar la dosis.

-¿No había para los dos?

-La planta da lo que da, la naturaleza es así, ingobernable.

-Ay, desde que se fue Antoñito, no había dormido

tan bien como anoche.

Hay que plantar más.

-No. No, no, no, tardan en crecer.

Esto no es ir a la botica

y comprar. -He dormido como en Cabrahigo,

creí escuchar hasta las campanas de las 3.

-¿Qué toque es ese? -A las 3 de la madrugada,

suenan las campanas.

Nos despertamos y comprobamos que estamos vivos

y que la parca no se nos ha llevado en sueños.

Y luego, a dormir. -Ah, que útil.

Pero incómodo.

Yo prefiero dormir del tirón y ya veré si sigo vivo o no.

Bueno, voy a darle

las hierbas a Servando.

Con Dios.

-Hasta luego.

¡Eh! ¿Cómo va la vida,

amigo Servando? -Pues descalentado, qué quiere.

La doña urraca, que así se tenía que llamar Úrsula,

me ha echado un rapapolvo que me veía en Naveros del Río.

-Ya será para menos, que el agua nunca llega al río.

-La susodicha es lo más malo que hay sobre la tierra.

-Pues parece la mar de piadosa.

Todo el día rezando. -Nada, todo fachada.

Es el diablo en persona, hágame usted caso.

-Bueno es saberlo.

En el campo, uno conoce al diablo cuando no llueve,

pero como aquí van todos bien vestidos...

-Bueno, fíjate... ¿Qué me traes por ahí?

-Aquí tiene sus hierbas.

Hay menos cantidad, pero más detritus de oveja para compensar.

-No me racaneé con las hierbas,

que dormir es lo mejor que me pasa. -Confíe en mí,

que somos amigos.

-Amigo Jacinto, yo ya no confío en nadie.

El hombre es un lobo para el hombre.

Tal vez usted entendió mal a don Samuel

y no han ido a casa de los Vinaroz.

-Yo nunca entiendo mal.

Samuel me dijo que iban a casa de los señores Vinaroz.

A saber por qué me mintió.

-Disculpe mi intromisión, señora.

-Que no vuelva a repetirse.

-¡Ah, al ladrón, al ladrón!

-¿Adónde vas, mozalbete?

-¡Déjame! -Dame el bolso.

-¡Yo no he hecho nada!

-¡Silencio, el bolso!

Aquí tiene,

doña Úrsula.

-Espero que le dé una buena azotaina a este muchacho

para que se enderece en la vida. -No será preciso.

Se ha llevado un susto.

-Si no le pega usted, lo haré yo.

-Como usted diga.

Vaya, se me ha escapado.

Pero se ha llevado un buen azote. Bueno,

cualquiera lo coge, estos mozalbetes corren como gamos.

-Lo ha hecho a propósito.

-No se preocupe, no va a volver a pisar el barrio.

-Usted vaya jugando

que, dentro de muy poco, será historia en este barrio.

-Me miro en el espejo

y veo la mujer que he sido siempre, pero no me reconozco.

-Eso sí que es un misterio.

-No reconozco a la mujer

en la que me he convertido.

Pronto se acabarán las lágrimas y la tristeza.

Pronto no recordaremos ni a Cristina Novoa.

(Llaman a la puerta)

-Es una mujer atormentada y manipulada por mi madre.

Llegó un momento

en el que me advirtió contra ella.

Me dijo que los padres se equivocan.

A mí me llamó la atención, pero no podía imaginar

que hablase de lo que mi madre me preparaba.

-Gracias, María.

Hola. No he querido visitaros antes para no interrumpiros.

-Te lo agradezco.

Hemos estado durmiendo hasta tarde.

Después, nos hemos puesto al día.

Han sido una semanas de mucha tensión.

-Necesitábamos descansar

y... olvidarnos de los problemas.

-Así lo había entendido.

Pero ha llegado el momento.

Debemos ponernos en marcha.

-Solo hay una cosa importante.

¿Qué vamos a hacer para sacarle la verdad a mi madre?

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

-Blanca,...

será mejor que nos sentemos.

-"El destino se ríe de nosotros".

Luis Checa ha muerto.

-¿Se sabe la causa de la muerte? -Tuberculosis.

Luis Checa murió de tuberculosis hace una semana.

Justo cuando íbamos a devolverlo

a nuestro país.

-Es lo que pasa en los campos de presos.

Las bajas son constantes.

Aún nos quedan muchos que traer. -Lo sé.

Pero Luis era nuestro símbolo, por él lo iniciamos todo.

Esteban piensa en abandonar.

-No sabía que el objetivo de todo esto

era traer al amigo

de tu amigo Esteban.

-¿Qué sucede? -Nada.

Por lo visto, a Esteban solo le importaba su amigo.

Los demás soldados solo servían para que le hiciéramos caso

y, al parecer, para ti es igual.

Ves por sus ojos.

-Estás siendo muy injusto con él.

Le haces infinidad de desplantes.

-Lo lamento, es un joven tan excepcional...

-¿A qué viene todo esto?

-¿A qué viene que le abraces en plena calle?

-Acababa de enterarse de la muerte de su amigo.

¿Qué quieres que haga?

-Aún eres mi prometida. No arrastres mi nombre por el barro.

No lo pongas en boca de los vecinos. -¿Te preocupa tu nombre?

A lo mejor no eres quien yo esperaba.

No eres el hombre que yo esperaba.

-El hombre que tú esperas no existe.

-¿Se queda a tomar el té?

-No, no me quedo. Y dudo mucho que vuelva

a tomar el té en esta casa.

Lo importante es tener paciencia. -Hemos tenido mucha.

Se acabó. -Blanca, es importante.

No debemos precipitarnos.

Por favor, escucha a Samuel. -No he de decirte cómo es Úrsula.

Es tu madre y la conoces mejor.

-Fría, calculadora. -No solo eso.

Es cruel.

-Malvada.

La mujer más malvada que hayamos conocido.

-Yo lo he sufrido.

-Hay que calcular cada paso.

-Estamos en una posición de desventaja.

Úrsula busca destruirte a ti y a nosotros.

Pero no queremos destruirla.

-Buscamos a Moisés.

Ella es

la única que sabe dónde está.

-Tenemos que obligarla.

-¿Crees que nos lo dirá?

Le resultará fácil no hacerlo.

-Se lo llevaría a la tumba antes de ceder.

-Pero no podemos quedarnos esperando hasta que aparezca Moisés.

-Debemos ser más listos que ella.

Blanca, vuelve a casa de tu madre y compórtate

como si nada hubiera ocurrido. -No.

No, ni hablar.

-Es importante, Blanca.

No es un capricho, lo hemos pensado bien.

-Sigue con tus rezos.

Repudia a Diego, haz que no sabes nada

del convento, mantente dispuesta a ingresa en la clínica.

-Querrás retomar tu relación con Samuel,

tu esposo ante Dios.

-Yo te daré excusas para dilatarlo todo y evitar que te ingresen.

-¿De verdad me pedís que siga fingiendo ante mi madre?

¿A pesar de saber que mantiene oculto a mi hijo?

-Amor,...

es la única opción, que todo siga igual.

-Somos conscientes del sacrificio.

Es la única táctica.

La mejor.

-Tarde o temprano, cometerá un error.

Y será nuestro momento.

-No podré.

-Claro que podrás, por Moisés.

-Debemos volver antes de que Úrsula nos eche en falta.

-Está bien.

El chico lo hace bien. Parece un actor en el escenario.

-No sé de qué me habla.

-Me extrañó ver un ladronzuelo en Acacias.

Pero, al verla, lo he comprendido todo.

-Esos chiquillos me dan pena. Siempre que puedo les ayudo

con unos reales o un bollo que se vaya a poner duro

y los clientes no quieran...

-Gracias por intentar ayudarme, pero esa mujer no tiene corazón.

-Había que intentarlo.

-Me extrañó que corriera hacia mí cuando robó el bolso.

Pero entonces no sabía que estaba preparado.

-Pensé que así doña Úrsula

olvidaría la idea de despedirlo.

-Quería que lo moliera a palos,

pero prefiero que me despidan a pegar a un niño.

-Por eso no debe perder el trabajo.

Porque es muy bueno, quiere ayudar

a los vecinos.

-Si me tengo que ir, me iré.

No será la primera vez que empiezo de nuevo.

Pero no voy a faltar

a mis principios por Úrsula. Ella verá qué hace con su vida,

pero yo sé lo que hago con la mía.

-No como yo, que ya no sé lo que hago.

-Hasta que esté

en mala situación.

En ese momento,

uno ve salidas que antes no veía.

-Ojalá sea verdad. -De todo se aprende.

De todo se saca enseñanzas y recuerdos que quedan para siempre.

-¿Qué se puede sacar positivo de lo de hoy?

Intento ayudar y solo consigo que doña Úrsula se encare más.

-Pues yo saco una enseñanza muy positiva.

Una buena amiga me ha querido ayudar.

Y si me tengo que ir de Acacias, eso me llevaré:

una buena amiga.

¿No siente curiosidad por ver su contenido?

-Sí y no.

Puede ser el desmentido a que Luis Checa haya muerto.

Pero será lo último que escribió en vida.

-Ambas serían sensaciones gratas, ¿no le parece?

O encontrar a su amigo con vida

o imaginar que le dedicó sus pensamientos.

-No lo veo así, Liberto.

Si es lo último que escribió,

sufriré al pensar que no volveré a saber de él.

Será como penar dos veces su muerte. -Buenas tardes.

-Buenas tardes.

-Imaginaba verlo aquí. ¿Ha decidido seguir con la comisión?

-No he decidido nada.

No creo que el coronel esté a gusto en mi presencia.

-Bueno, creo que lo mejor es que les deje hablar de sus asuntos.

-Se lo agradezco, Liberto. -Con Dios.

-Con Dios.

-Carta de Luis.

Ha llegado esta mañana.

-¿Y qué dice?

-Me da miedo abrirla, léala usted.

Por favor.

-Querido Esteban:

Aunque parezca imposible, las noticias llegan

a este rincón del mundo poco a poco.

He sabido que hay una comisión que pretende devolverlos.

También que tú, acompañado por una mujer y un coronel,

eres la persona que lucha con denuedo para conseguirlo.

Te lo agradezco. Aunque sé que los motivos por que lo intentas

tienen más que ver con la culpa que con la amistad y el cariño.

¿Está seguro de que no quiere seguir usted?

-Lea, por favor.

-Todos sabemos lo que costaba librarse de la guerra, 2000 pesetas.

Tú las tenías.

Yo no.

Tú te salvaste, yo recibí un uniforme y tuve que embarcar.

No fue la defensa del imperio, que se derruía, las ganas de aventura

ni ninguna otra zarandaja lo que me castigó al calor,

la selva, los mosquitos y los disparos.

Fue la pobreza.

Dos mil pesetas separan a un español de la muerte.

Así de cruel

es nuestra patria.

Pero no eres culpable, así que olvídalo.

La vida nos pone a cada uno en un lado y tenemos que apañarnos así.

Esteban, temo que todo esto sea muy personal.

Que sea usted quien sepa de primera mano lo que tiene que decirle

y no a través de un intermediario.

-Si usted no lo lee, yo no seré capaz.

Por favor.

-Estoy muy enfermo.

Cada noche pienso que será la última.

No regresaré a nuestro país. No lo lamentes, yo no lo deseo.

Solo quiero pedirte algo.

Que no cejéis en el empeño, hay otros que, como yo,

sufren esta condena. Intentad devolverlos a casa.

Su único pecado fue no tener las 2000 pesetas.

Nada más,

solo un favor personal.

Si ves a mi madre, dile que hasta el último día me acordé de ella.

Que su recuerdo me mantuvo con vida.

No vamos a abandonar a esos hombres.

-Necesitaba algo así para seguir adelante.

Silvia, ¿cuál es el siguiente paso para conseguir un armador

y traer a esos presos de Filipinas de una vez?

Doña Blanca, ¿cómo está? -Bien.

Hambrienta.

-Igual que yo.

-Si quieren, pueden retirarse a la habitación.

Yo les llevaré algo de comer.

-Pues es muy buena idea.

-¿Estás enferma?

Si no se está enfermo, no se sirve la comida en el dormitorio.

Se come con mantelería, cristalería y cubiertos de plata.

Esto no es un hostal de tercera.

-Perdone, madre.

No quería molestar.

-Hacer las cosas bien no es molestia.

-Sí, lo mejor será sentarse a la mesa.

-¿Qué tal con los Vinaroz?

¿Fue una velada placentera?

-Mucho.

-Ya conoce a los Vinaroz.

Son muy agradables. Incluso el sobrino

de los señores quiso comprar

el anillo que llevaba Blanca.

-Curioso.

Aunque debe ser un hombre un tanto despistado.

Esta mañana he ido a ver a los Vinaroz

y no recordaban

que estuvierais

ayer por la noche.

-Es curioso, sí.

-¿Qué tal si me contáis la verdad?

¿Dónde estuvisteis?

-Blanca, será mejor que te vayas

a tu habitación.

Yo hablaré con tu madre. -Carmen,...

acompaña a mi hija a su alcoba.

-Úrsula,

preferiría no tener que contarle

lo que le voy a contar.

Tengo un armador que transporta a los presos a un precio asumible.

-Una excelente gestión. Te felicito.

Contratadlo. Sigo sin saber qué puedo hacer yo.

Viaja conmigo a Italia y negocia el contrato.

Es una naviera italiana.

Podríamos aprovechar el viaje para estar juntos

y alejarnos de aquí.

-"Sor Petra"

comercia con las criaturas que le llegan al hospicio.

Si alguien paga, no tiene dificultades en hacerse con un crío.

-¿Vendió a Moisés? -Nuestra testigo

ya no estaba cuando su hijo fue vendido,

cedido o como quiera llamarlo.

-¡Maldita sea!

-Pero sí estaba allí cuando Moisés fue depositado

en el convento.

-¿Y vio a quien lo llevó?

-"No nos queda otra"

que volver a su habitación y buscar a ver qué se traen entre manos.

-Yo no. Casi me pilla.

Me escapé por los pelos de... un lío muy serio.

-No te preocupes, tú sigue metiendo la pata.

Al altillo ya voy yo.

-Que no, que es muy arriesgado.

Podrían descubrirte y denunciarte a la policía.

Y podríamos terminar todos

como el rosario de la aurora.

-Hay algo que lo atormenta.

Y sí, creo que esa supuesta santa está detrás

de su amargura. -Amargura de la que usted

desconoce su origen. ¿No es eso? -Así es.

Por mucho que le cueste creerlo.

Aunque don Arturo me hubiera confesado algo,

tampoco se lo diría.

Le considero mi amigo. -Si fuera su amigo,

no se conformaría con excusas falsas. Y haría algo

por remediar su aflicción.

-Serán un par de días, pero debo investigar para dar con el crío.

-Te echaré de menos.

-Yo también contaré los minutos.

¿Puedo pedirte un favor durante mi ausencia?

No te comprometerá y será un clavo más en el ataúd

de Úrsula. -Dime.

-"Ese viaje"

dejaría traslucir mi debilidad.

-Yo podría acompañarle. Lo hemos hecho muy bien.

Nadie ha notado nada.

-Silvia es muy inteligente.

Si permanece ajena, es porque ya no vive en esta casa.

-Sea valiente, señor.

Viajar podría suponer...

-¿Qué, Agustina? ¡Basta ya!

Lo recuperaremos. -¿Cuándo?

¿Cuándo, Samuel?

¿Y si la obligáramos a confesar?

-No hablará, la conoces.

Lo sabes.

-Puedo ser muy persuasiva.

He hablado con Samuel, me lo ha contado.

-Entonces no sé por qué trata

de que se lo cuente yo también.

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Acacias 38 - Capítulo 771

28 may 2018

Diego confiesa a Blanca que no sabe dónde está Moisés y le explica cómo encontró el llamador de ángeles. Blanca se queda a pasar la noche con Diego. Los hermanos Alday le explican que el plan es que vuelva a casa de Úrsula. El Peña sorprende a Flora registrando su habitación en el altillo y ella disimula el descubrimiento de la carta. El Peña, confundido al verla allí, le confiesa su amor. Úrsula cuenta a Arturo que vio a Esteban y Silvia abrazados en la calle. Más tarde, Arturo se lo recrimina a Silvia. Esteban recibe una carta póstuma de Luisa Checa.

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