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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 769 - ver ahora
Transcripción completa

Si quieres que continuemos, le exijo una respuesta.

Deje de ocultarme a mi hijo. -(ÚRSULA) No lo haré.

Al menos hasta que no hayamos acabado con Blanca.

-¡Tiene que ser ahora!

-No.

Ahora no puede ser. -"Que ha llegado a oídos"

de Susana que Flora y Paquito se han besado.

-¿Te has besado con el sereno?

-Sí. -¿Con Paquito?

¿Con ese...

señor?

-Estoy enamorada. -"El especialista"

me lo ha confirmado, el panorama no es alentador.

-¿Puede o no puede operarme?

-Hay que tener paciencia.

No podemos realizarla hasta que pierda la visión.

-"No creo"

que debamos dejar de consumir aquí.

Aunque tampoco podemos permitir ciertas cosas.

El sereno es un hombre mayor y ella, una mujer casada.

Si no velamos nosotras por la moral, esto va a parecer Gomorra.

-"¿No cree"

que la señora estaría mejor

al lado de su esposo?

-¿Te hemos pedido tu opinión? -No, señora.

Pero una servidora... -Entonces cállate.

-Debemos contarles nuestro viaje al convento.

-Encontramos esto.

-¿Blanca nunca estuvo equivocada? -Estaba en lo cierto.

Robaron a su hijo.

-"No puedo hacer este mal".

Le suplico que me deje ir.

-No, no puede marcharse todavía.

El coronel Valverde quiere verla. (CRISTINA) "Deténgase".

No pienso escucharle.

-Pero necesito confesar mis pecados.

Hacer penitencia y tal vez conseguir el perdón.

Para eso no me necesita. Entre Dios y usted,

no hace falta intermediario. (SAMUEL) "¿Recuerdas"

cuando nos conocimos?

-¿Podría devolverme allí?

-No lo sé. Pero ¿y si no estás siendo sincera?

Deja que me haga cargo de ti. (CARMEN) "¿Vamos por ahí?".

Es muy tarde y los jardines no son seguros de noche.

-Pamplinas.

Se ha hecho tarde y acortaremos.

No lo veo claro, señora.

Podría ser peligroso atravesar por aquí.

¿Y si regresamos?

-Tenías razón.

No es un sitio seguro

para ir andando solas. -Le ha enviado usted.

-No sé de lo que me hablas, Carmen.

Pero sí es cierto, hay que andarse con ojo.

Hay mucho delincuente suelto por las calles.

La próxima vez que hables con quien no debes,

serán tu esposo y tu hijo quienes den buena cuenta de ti.

Y te aseguro

que no serán tan comprensivos como yo.

Esto es solo una advertencia.

No te metas en mis asuntos.

No sabes de lo que soy capaz.

Yo de ti, me cuidaría esa herida.

Está sangrando mucho.

(Sintonía de "Acacias 38")

Créame, la única ayuda que necesita está en la oración.

Jesús dio su vida por salvarnos.

Solo en Él

encontramos el perdón.

¿Cómo he sido tan ingenuo?

¿Cómo he creído que podría ser un hombre nuevo y ser digno de Silvia?

Ella no merece estar al lado de un hombre como yo.

No merece que mis pecados la ensucien.

Tengo las manos manchadas de sangre.

Por eso merezco el castigo que se me ha impuesto.

-¿Señor?

¿Se encuentra usted bien?

-Váyase, quiero estar solo.

-Pero... -¡Le he dicho que se vaya!

¡Fuera!

(Campanadas)

Aquí tiene, las hierbas que me había pedido.

-Pues menos mal.

¿Dónde se había metido?

No vea qué calvario paso,

que me duermo de día y de noche no pego ojo.

-No se podían cortar antes.

Si no, no hubieran tenido su efecto.

Se han de dejar crecer y cortar en el punto de maduración.

-Pamplinas. -Es una verdad

tan grande como su cabeza.

Y aparte, el estiércol de oveja.

Eso hace que tenga el efecto milagroso.

-No me recuerde lo de la chile de oveja, que se me abren las carnes.

Menos mal que voy a poder dormir como un niño.

-Pues me alegro, Servando.

Hasta más ver. -Con Dios.

-¡Las 9 y sereno!

-¡Oh! ¡Menuda cara tienes!

Usted también ha pasado una mala noche, ¿no?

-Si viene a hacer sangre por lo del beso, ya puede volverse.

-No, venía a darle un recado. -¿Cómo?

-Doña Celia ha preguntado por usted a primera hora.

-¿Doña Celia?

-Sí, me ha dicho que se pasara esta tarde por su casa.

-Pues está claro para lo que me ha citado.

-Ah,

¿que usted lo sabe?

-Don Felipe querrá explicaciones por lo sucedido con Flora.

-Creo que la cosa es más complicada que todo eso.

-¿Por qué? -No solo don Felipe quiere verle,

también quiere hablar con usted doña Úrsula.

Cuando Úrsula se mete por medio, échese a temblar.

-Pues que sea lo que Dios quiera.

Como dice doña Cristina Novoa,

uno debe cargar con su cruz y atenerse a las consecuencias.

-Pero ¡venga, anímese!

Va a ver usted, dentro de unos días se está usted riendo.

Bueno, quizá de unos meses... o a fin de año.

A fin de año, va a estar usted riéndose a mandíbula batiente.

Por cierto, hay una cosa que no me cuadra.

-¿El qué? -Que cuando usted y yo

tuvimos nuestros más y nuestros menos

por conseguir el amor de la Paciencia...

-¿Y? -Pues que usted era

un caballero y no se atrevía a ir de la mano

de una moza por la calle. ¿Qué le ha pasado?

Va besuqueándose con mujeres casadas.

-He cambiado, Servando.

A peor, muchísimo peor.

-Ya, pues no me lo creo. -Pues así es.

-A mí me da que usted sigue siendo un caballero,

pero asume la culpa de otro.

En este caso, de otra, de Flora, que la está defendiendo.

Que todos sabemos cómo es la muchacha.

Prefiere besar a cualquiera antes que a su marido.

Ya le pasó con don Liberto,

que se le tiró a los hocicos.

-Pues no es así. -Mire,

ya que me ha recordado a la santa,

le voy a decir una frase que dijo ella,

que siempre hay que ir con la verdad por delante.

Porque si no, te metes en unos problemas muy gordos.

Con Dios.

-¡Las 9 y sereno!

(BLANCA) "La voy a echar mucho"

de menos.

Pero comprendo que no podemos retenerla más.

Debe continuar ayudando a los demás

y dando a conocer el mensaje de la Virgen.

¿Le ocurre algo?

-Quizá mi camino

tome un nuevo rumbo a partir de hoy.

-¿Tiene eso que ver con lo que hablamos?

¿Con su crisis de fe?

-No es una crisis de fe. -Cristina,

no le dé la espalda a Dios como yo. -No se apure, estoy

más cerca de Dios que nunca.

-Cómo me alegra oír eso.

-Ha sido un auténtico placer tenerla aquí,

con nosotros. -El placer ha sido mío.

Han sido ustedes

muy hospitalarios y amables acogiéndome en su casa.

-Me gustaría que se quedara el retrato que nos hicimos.

¿Lo recuerda?

Para que nunca se olvide de nosotros.

-Eso será imposible.

Aunque solo hayan sido dos semanas aquí,

la estancia me ha marcado.

-El carruaje la está esperando, doña Cristina.

(ÚRSULA) Carmen, baja el equipaje de Cristina.

-¿Le ha pasado algo?

-Un accidente en la cocina.

Nada que no vaya a curar

en un par de días.

-La acompaño a la puerta.

Aún tenemos algo pendiente.

El coronel Valverde, ¿qué le contó?

-Nada que usted no supiera ya.

-¿Y cómo sabe usted lo que yo sé?

-No me contó nada digno de mención.

-La verdad es que me da igual.

El coronel no es importante.

Me doy por satisfecha con las intimidades

de las vecinas que he descubierto

gracias a usted.

Esas informaciones son auténticos tesoros.

Con Dios.

¿Regresó a ese convento?

-Hablé con alguna de las mujeres que llevan comida a ese lugar.

Me aposté en la puerta para ver si veía algo raro, pero nada.

La vida en el convento y su actividad es de lo más normal.

-¿Y la monja que les tiró el papel?

¿Han intentado contactarla?

-Por supuesto, pero la madre superiora nos ha prohibido el paso.

Y todas las monjas tienen voto de silencio.

-Es curioso que esa mujer intentara ayudarles sin pedirles nada.

Lo normal sería aprovecharse

de su urgencia.

-Asumo que quiere que se haga justicia.

Los muros de ese convento han visto actos

que nada tienen que ver con la voluntad de Dios.

-Entonces ¿no tiene ningún hilo del que tirar?

-Bueno,... vi algo.

-¿El qué?

-Vi a un hombre salir de allí. -Un hombre.

Quizá era alguien que venía en relación

a la adopción de alguno de los huérfanos.

-No, no parecía alguien de clase alta.

-¿Le siguió? -Le perdí la pista.

-Bueno, quizá no era nadie.

-Quizá.

-En cualquier caso,

si Úrsula está detrás de todo esto,

saber qué pasó con Moisés y desenmascararla

no va a ser tarea fácil.

-No voy a desistir en el intento.

Saber que Moisés está vivo...

me da fuerzas para seguir luchando.

-Entonces ¿cuál es el siguiente paso a seguir?

-Me gustaría volver a hablar con Carmen. Quizá ella recuerde algo.

Algo que olvidase.

Fue ella la que me puso en la pista.

-Tenga cuidado, pone en peligro a Carmen.

Imagínese que Úrsula se entera.

-Úrsula no tiene que saber nada.

Pero extremaré las precauciones.

-¿Y Blanca? ¿Le va a contar todo esto a ella?

-Ardo en deseos de hacerlo.

-Todos le dimos la espalda, pero ella siempre creyó

que nuestro hijo estaba vivo.

-¿A qué espera para hablar con ella?

-A Samuel. Él debe organizar el encuentro.

E insiste en que no es el momento,

en que hemos de esperar.

-Tiene razón. No sabe cómo va a reaccionar.

-¿Cómo va a reaccionar?

¡Felipe, con alegría infinita!

Ha recuperado a su hijo muerto.

-Bueno,...

saber que su hijo está vivo y no tenerlo consigo

quizá sirva para hundirla más.

(BLANCA) "Me siento algo indefensa"

sin ella.

Es como si me faltara una parte.

-Lamento oírte decir eso.

Pero tal vez tengas razón y lo mejor sea que ingreses en esa clínica.

Allí te sentirás protegida y cuidada.

-Aún es pronto. (ÚRSULA) ¿Pronto?

-No hay ninguna prisa.

-Yo solo quiero el bien

de mi hija.

-Lo sé. Pero yo estaré pendiente de ella.

Yo me ocuparé.

-¿No sería mejor que marchara ya para propiciar su recuperación?

-Aún estoy estudiando cuál es la mejor clínica.

No me gustaría ingresarla en un sitio que no sea el adecuado.

-¿Dónde está Carmen?

¿Por qué tarda tanto?

Hoy quería comer antes. Luego tengo una cita con Felipe

para hablar del sereno.

-¿Del sereno?

-Sí, hay comportamientos que no se pueden permitir

en este barrio. No mientras yo viva aquí.

¡Paquito! ¡Paquito!

Ay, entiendo que huya de mí, pero no lo haga.

-Lo siento, pero no quiero meterme en otro lío.

-Sé que don Felipe y doña Úrsula quieren hablar con usted

de lo que pasó entre nosotros.

-No pasó nada. -Lo que casi pasa.

Pero no se apure,

que daré la cara y diré la verdad.

-¿La verdad? -Que usted

no tuvo la culpa, que fui yo la única responsable.

-Usted no va a decir nada a nadie.

¿No se da cuenta que es usted una mujer casada?

Va a arruinar su matrimonio y su negocio.

No se apure por mí.

Ya me las apañaré.

-¿Cómo? -Pues ya veré.

A mí me paga el Ayuntamiento, no los señores de Acacias.

Quizá me miren mal, pero la tormenta escampará.

-¿Usted cree?

-No diga nada, prométamelo.

Doña Celia, dígale a su esposo que he recibido el recado.

Y que esta tarde subiré a escuchar lo que tenga que decirme.

¿Puedo ayudarle en algo, señor?

Venía a decirle que no tengo apetito.

Me gustaría comer algo ligero.

-Como guste el señor.

Guardaré el guiso y le haré una tortilla.

-Gracias. Otra cosa, Agustina.

¿Ha visto esa botella de caldo

que abrí ayer?

La que compré en La Rosaleda.

Me gustaría tomar una copa.

-Yo se la sirvo,

señor.

Llévamela al salón. -Enseguida, señor.

No soy un mozo irresponsable, me ha visto un médico.

-¿Y qué le ha dicho?

-Que no es nada grave, fatiga visual, se me solucionará.

Ya sé que es muy discreta, pero me prometió contarme

si el coronel tiene alguna recaída.

-Por lo que yo sé, no ha vuelto a tener más mareos.

-Si no es nada de salud, no comprendo por qué se comporta

de esta guisa. -Tal vez esté inquieto

por el trabajo con el que andan.

O por su cita con Cristina Novoa. -No.

No creo que sea eso.

¿Me contará lo que le sucede si llega a saberlo?

-Por supuesto que sí, señora.

(Llaman a la puerta)

¿La molesto, Agustina?

Me he llegado porque he olido el guiso desde el rellano.

¿Qué cocina usted?

-Lentejas.

-¡Uy!...

¿Qué tiene usted, Agustina? ¿A qué esa cara?

-No es nada. -Mujer, algo será.

Otra cosa será que no me lo quiera contar.

-Es que no puedo contárselo, Fabiana.

-Vaya.

No sabía que no me tuviera usted confianza.

-No es eso, es que no me atañe a mí.

-¿Es de su señor?

Yo no sé qué será, pero lleva usted unos días que dale, que torna

con el mismo asunto y no sale usted de ahí.

Que se la ve a usted muy mustia, mujer.

-Estoy preocupada por él.

Quizá puede usted ayudarme.

-Pues claro, estoy aquí para lo que necesite.

-Algo le pasa a mi señor y me ha pedido que no diga nada.

Pero no sé si hago bien callándomelo.

-Entiendo.

-¿Usted qué cree?

-Creo que, tanto para usted como para mí,

ser fieles a nuestros señores es lo más importante. ¿Me equivoco?

Y creo que, si usted contara algo de su señor,

viviría atormentada y no sería feliz.

No se preocupe, Agustina.

Seguro que encontrará la manera de ayudarle sin traicionarse

a sí misma ni a su confianza.

¿Sabe qué?

Ya quedan muy pocas criadas con tanta lealtad.

Sí, Agustina.

Así que usted no cambie.

Ni una miaja.

¡Perdone!

-¿Me habla usted a mí?

-Sí, apenas nos hemos visto nunca,

pero sé que trabaja al servicio de doña Úrsula. Es Carmen, ¿no?

-Así es. -¿Le puedo hacer una pregunta

si no es indiscreción?

-Dígame, señora.

-¿Sigue Cristina Novoa en el barrio?

Ayer, mi prometido tuvo un encuentro con ella

y me gustaría agradecérselo.

-Pues me temo que no va a poder, marchó esta mañana.

-Vaya, una lástima.

Gracias.

-Con Dios. -Con Dios.

Déjame ver.

-No tiene importancia.

-Sí, sí que la tiene.

El corte no parece profundo.

¿Te duele?

-Un poco. -Debes limpiar la herida cada día

con parafina y cambiar la venda mañana y noche.

-La herida no me importa.

Estoy asustada, esa mujer hubiera podido matarme.

-No.

No es lo que quería. -¿Ah, no?

¿Y qué quería?

-Amenazarte.

Que te quedara clara la advertencia.

-¿Cómo estás tan seguro?

-No le interesa terminar contigo.

Eso la pondría en una situación delicada frente a Diego.

Supo que fuiste a verle

y que le hablaste del convento.

Me gustaría que esa mujer

pagase por lo que me ha hecho.

-Pagará. -¿Cuándo?

-A su debido tiempo.

Ahora, no debemos dejarnos llevar por los impulsos.

Eso provocaría errores y no lo vamos a hacer.

Haremos que pague, pero pensando bien

las cosas.

-Es un demonio, Riera.

Un demonio, no sé cómo lo lograremos.

-Confía en mí,

el final de Úrsula Dicenta ya ha empezado.

¡Ay!...

Quite.

Servando, ¿qué hace leyendo si usted no sabe leer?

-Pues eso,

meterme en el papel. -¿Qué papel ni qué niño muerto?

Servando, aunque disfrute de la casa, no es suya.

-¿Acaso es delito soñar?

-Lo que es delito es lo que hace. O no, no lo tengo muy claro.

-Pues no lo pienses más y disfruta, que la vida son dos días.

-Pero ¿y si nos vuelven a pillar?

-Si no viene nadie, sé feliz estos días.

-Pero ¿qué es lo que pasa aquí, que huele a rayos?

-Son mis hierbas.

-Pero ¿se está bebiendo eso?

-Claro, son las hierbas de tu primo. Y luego voy a dormir

como un bendito. -Le digo una cosa.

Yo antes me tomaba unos lingotazos del coñac de don Ramón

para dormir bien. Cualquier cosa antes que beberme ese brebaje.

¡Quite!

Y tú también, quita, que me siento.

(FABIANA) ¡Ah!...

¿Me hacéis un hueco, que vengo muy liada?

-No, aquí ya no cabe, Fabiana. -Hay que decirle a los Palacios

que traigan otro sofá. En este no entramos.

-Aprieta, leñe,

que cabemos todas. -Bueno, haya paz entre las criadas,

a ver si voy a tener que reprenderos.

-¿Y a santo de qué?

¿Acaso se cree que es don Ramón?

-Exactamente eso soy en su ausencia, el señor de la casa.

-¿Y eso quién lo dice?

-Yo. Ándate a la cocina y hazme unas migas, que se me han antojado.

-Lo que voy a hacer es dibujarle la forma de mi mano en la cara.

Vamos, lo que faltaba, ser la criada de doña Rosina

y ser la suya.

-Ya que estamos haciendo que somos los señores,

¿por qué no simularlo de verdad

con criados y todo?

Nos podemos turnar y que cada día le toque a uno.

-Pues es una buena idea. Tiene que estar bien

que le sirvan a una.

-Si se hacen turnos, a mí no me parece tan malamente.

(LOLITA) Yo me pido mañana

y así voy practicando. (CASILDA) Pues nada.

Se me terminó el descanso.

Marcho, que tengo faena.

(LOLITA) Y yo, te acompaño.

Y yo también, maldita sea mi estampa,

con lo a gusto que estaba y lo poco que ha durado.

(SERVANDO) Pues yo también.

Y dale... -¿Permite?

-Sí. No, si yo también me tengo que ir.

Yo también...

Aunque tampoco pasa nada si me quedo aquí un ratito más.

Pero ¿qué...? ¿Qué es esto?

Servando, por fin el uniforme que tú te mereces.

¿Qué es...?

(Sintonía de "2001: Una odisea del espacio")

¿Qué diablos es esta caja?

¿De dónde ha salido esto?

Una pared de cristal...

¿Qué...?

Pero qué caja más tonta.

No sirve para nada esto.

-"¡Servando!". -¡Fabiana!

-"¡Servando!".

"¡Servando!".

¡Servando! -¿Qué pasa?

Sabía yo que se iba a quedar dormido. Venga, aire, arriba.

-¿Cómo? ¿Qué? -Fuera de aquí.

Arreando para la portería, que luego los señores se quejan y con razón.

-Que ya voy. Qué angustia. -Ya va, ya va.

Doña Úrsula y yo, como representantes del inmueble,

hemos decidido tomar cartas en un asunto que parecía un chisme,

pero que ha terminado poniendo en peligro el decoro en Acacias.

¿Sabes de lo que te hablo? -Algo sé.

-Ha sido una profunda decepción, Paquito.

Los rumores que corren por el barrio no dicen nada bueno de ti.

-Lo sé y lo siento, señor.

-No es suficiente. Es muy grave.

-Muy grave, señor.

-A un sereno se le exige una conducta

intachable.

-Intachable, señor.

-¿Cómo vamos a pedir ayuda a alguien que se aprovecha de una mujer joven

y casada? -Yo nunca haría algo así.

-¿Ah, no?

¿Y cómo le llamas al beso que le diste a Flora?

Por Dios, podría ser tu hija. -No es lo que ustedes piensan.

-Nosotros no pensamos nada. Actuamos en consecuencia.

Nos han llegado quejas. ¿Me vas a decir que ha sido algo puntual?

-Así es. -Vamos, que lo admites.

-Sí. Pero no.

-Después de la buena fama que tiene el barrio tras la visita

de Cristina Novoa, tú vas

y la manchas con este hecho.

-Le juro por lo más sagrado que...

Que no volverá a ocurrir nada semejante ni que se parezca.

-Eso espero, Paquito.

O tendremos que tomar medidas.

-Puede confiar en mí. Nunca, ¿me oyen?,

nunca más volverá a suceder.

-Ya lo creo que no. Yo ya me he ocupado de eso.

-¿Perdone?

-Yo ya he tomado medidas.

He puesto el hecho en conocimiento del Ayuntamiento.

-¿Que ha hecho qué?

-No podíamos arriesgarnos a que esto volviera a suceder.

(PAQUITO TOSE)

¿Me ha denunciado? -Por supuesto que sí.

¿Te creías que te ibas a ir a casa con una regañina?

Tu comportamiento ilícito tiene consecuencias.

El Ayuntamiento te las comunicará.

-¿No debería habérmelo consultado?

Los dos representamos los intereses de los vecinos.

-¿A usted?

Con su pasado, no está en condiciones para denunciar

un comportamiento indecente.

(PAQUITO TOSE)

Pero podrían despedirme.

(ÚRUSLA) Eso espero.

Porque así lo he hecho constar en la petición que he tramitado

y entregado a don Jimeno Munuera,

concejal del Ayuntamiento y buen amigo de la familia Alday.

Buenas tardes, don Esteban. ¿Merendando?

-Buenas tardes, Liberto. ¿Un café?

-Lo cierto es que no sé si debería...

-Pero ¿también usted, don Liberto?

Siéntese y tómese algo. Hay que ver

la querencia que tienen en este barrio los boicots.

-Está bien. Que sea un expreso.

(ESTEBAN) Siéntese, don Liberto.

-Menos mal que mi esposa está con Jacinto,

al que ahora tiene en un altar.

Si me viera aquí sentado,

me corta el cuello.

Por el rumor entre Flora y Paquito, ¿sabe de lo que le hablo?

-¿Eh?

-¿Que si sabe de lo que le hablo? -No, disculpe, y no se esfuerce,

porque estoy despistado.

-¿Le ocurre algo? -No lo sé.

Será la comisión, que me tiene preocupado.

Estamos pendientes de recibir la respuesta de Aguinaldo

con la lista de presos

para organizar la repatriación.

-Todo iba viento en popa, ¿no? -Así es.

Solo que... quizás...

he tenido algún desencuentro con el coronel Valverde.

-Ya, entiendo.

No le dé importancia a eso. Todos conocemos el carácter de ese hombre.

Es un hombre muy complicado.

Si me permite un consejo, no se enfrente a él.

Y menos con la buena relación que tiene con doña Silvia.

Tiene que estar celoso,

es una mujer de bandera. -Lo es.

Y muy especial. -Más le vale al coronel

casarse con ella o alguien querrá quitársela.

(ÍÑIGO) Un café exquisito

para mi cliente favorito. -Gracias, Íñigo.

Don Esteban, ¿usted...?

¿Usted se ha prendado de doña Silvia?

¿Es que ha perdido la cabeza?

¿Sabe el lío en que se mete? -Por desgracia,

aún en ninguno. -¿Aún dice?

Escúcheme bien, ni se le ocurra meterse en esa pareja.

-¿Usted ha visto cómo ese hombre

la trata, Liberto?

¿Sabe lo mal que le habla?

-Pues no, ni lo he visto ni quiero verlo,

pero déjese de tonterías, don Esteban.

Silvia es mayorcita y sabe cuidarse mejor que usted y yo.

-Pero... -Ni pero ni peras.

Hágame caso, yo he sufrido la furia de ese hombre y casi pierdo la vida.

Prométame que no se va a meter entre esa pareja.

-Sé que es lo que debería hacer, pero no se lo puedo prometer.

A veces la cabeza le dicta a uno una cosa,

pero el corazón otra.

(LLAMA A LA PUERTA)

¿Ocurre algo?

-¿Por qué le dijiste a Blanca

que aún era pronto para ingresar en esa clínica?

-Cristina Novoa puso en duda su ingreso

en ese lugar.

Si nada más marcharse la llevamos ahí, Blanca podría sospechar.

¿Acaso olvida la influencia de Cristina sobre su hija?

-No había reparado en ello.

Bien visto, Samuel.

-Aguardaremos un tiempo prudencial.

Después, la ingresamos.

(Llaman a la puerta)

-Samuel, me ha dicho Carmen que me estabas buscando.

No quiero llevar joyas, Samuel.

-Mañana voy a reunirme con un importante cliente.

Quiero que me acompañes. Lucirás ese anillo

y mi cliente me querrá comprar uno.

-Yo había pensado quedarme rezando todo el día.

-Podrás hacerlo a nuestro regreso.

Pasaremos la noche en casa de los Vinaroz, te vendrá bien.

Llevas demasiado tiempo entre estas paredes.

-Había oído decir que los Vinaroz

estaban de viaje por Europa.

-Y así es.

Mi reunión es con el sobrino del matrimonio Vinaroz.

Apenas han entrado tres clientes en todo el día.

-Y porque no eran del barrio.

-Estoy harta del boicot de las vecinas.

Por una minucia, te montan un escándalo.

-Besarse estando casada con un hombre mayor

y que es sereno no sé yo si es una minucia.

-¿Me meto yo con quien besas tú estando también casado?

-De mí, nadie habla; de tus devaneos, no paran.

-¿Y es mi culpa?

A las vecinas les gusta más pegar la hebra que el comer.

-Traigo malas noticias. -¿Más?

-Por fin he localizado a don Facundo Manrique.

Ya no está interesado en comprar La Deliciosa.

No quiere comprar un negocio que tenga a la clientela en contra.

-¿Qué?

-No puede ser. -¿Te das cuenta de lo que has hecho?

Por tu culpa no podremos irnos con algo de dinero.

(FLORA) ¿Es culpa mía?

¿Las vecinas no han tenido nada que ver?

-Esto me recuerda que hay algo más que tengo que contar.

-¿Aún hay más? -Mi madre me ha dicho

que doña Úrsula ha puesto el caso

en conocimiento de un concejal del Ayuntamiento.

Van a despedir a Paquito.

-¡Ay, Dios mío!

¡Madre del amor hermoso, es todo mi culpa, todo mi culpa!

-Tampoco digas eso. -Soy un rey Midas al revés.

Estropeo todo lo que toco. Deberían llevarme presa,

encerrarme para que deje de hacer daño a las personas.

-¿Te puedes tranquilizar?

Seguro que el despido de Paquito termina en reprimenda y ya está.

Gracias, Agustina.

Puede retirarse.

¿No me ha oído? -Estoy preocupada por usted.

No mejora. -Gracias por recordármelo.

-Solo lo decía por...

¿Está seguro de que el médico dijo que iba a ser pasajero?

-¿Me está llamando embustero?

-Sabe que no, pero quizás ese médico se equivoque.

Cada día que pasa está usted peor.

¿Por qué no visita a otro especialista?

-¿Por qué no se mete en sus asuntos?

-Perdone, no quería ofenderle. -No me ofende.

Usted no es nadie para ofenderme.

Pero sí es de las que les das la mano y se cogen el brazo.

Es la última vez que me dice qué debo hacer.

¿Me oye?

No se lo repite más. Y ahora fuera de aquí, largo.

-¿Qué está ocurriendo?

¿Qué ha pasado? -Lo que pasa es que le das

muchas confianzas a Agustina o ella se las toma.

-Me cuesta imaginar eso. -Tú también

me llamas embustero.

-Solo digo que dudo que Agustina haya perdido las formas.

Tiene que tratarse de un malentendido. ¿Qué os ocurre?

-No me apetece contártelo.

-Porque no sabes ni cómo hacerlo.

Agustina es la misma de siempre, eres tú el que cambia.

¿Qué es lo que te ocurre? -Te he dicho que nada.

-Y sigo sin creerte.

Te ocurre algo y te está transformando. No te reconozco.

¿Es por el encuentro con Cristina Novoa?

-No. -¿Entonces?

¿Por qué es?

¿Es por tu hija? -No.

¿Por Esteban? -Basta, ha dicho que no.

No digas tonterías.

-Arturo, intento ayudarte.

Pero si me cuentas lo que te pasa, no puedo hacerlo.

-Nadie te ha pedido ayuda.

-Amor, esto nos está afectando como pareja.

¿He hecho algo que te ha incomodado?

¿Estás así conmigo por algo?

Es eso.

¿Es por mí

que estás así?

-Silvia, le pasa algo,

pero tú no puedes ayudarme. -Quizás sí.

-¡He dicho que no!

-Como quieras.

-Aunque tengas llaves, la próxima vez,

llama a la puerta.

¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado?

-Encontré la puerta abierta. -Salga de aquí ahora.

Usted es el hombre que vi rondando en el convento.

-Me llamo Riera.

Doña Leonor, tiene usted visita.

-¿Quién es?

-La santa.

-¿Cómo se atreve a venir a mi casa?

-Deje que me explique.

-No, prefiero que no lo haga.

Después del daño que le ha hecho a Blanca y a mi madre,

¿qué desfachatez es esta?

-¿Nos deja a solas?

-Casilda, tú no te muevas.

Es usted la que se marcha.

Si había venido a manipularme, no lo va a conseguir.

Conmigo no le sirven sus juegos.

-Había venido a decirle... que tenía usted razón.

Y a explicarle

los motivos de por qué he hecho todo lo que he hecho.

-Casilda, déjanos a solas.

No sé ni quién es ni qué busca.

-No importa mucho quién soy yo. Solo importa por qué estoy aquí.

-¿Y por qué está aquí? -Para ayudarle.

-¿A mí? -Los dos tenemos

el mismo objetivo.

Si nos aliamos, nos resultará más fácil lograrlo.

-¿Cuál es ese objetivo?

-Úrsula.

Juntos terminaremos con ella.

Tienen visita.

-Querido Esteban, interrumpe una conversación

animada. -Tengo buenos motivos para hacerlo.

Servando me ha dado

este telegrama para el coronel. Es de Aguinaldo.

Ojalá sea el listado de presos

que tiene en su poder. -Qué buena noticia,

tenemos que comprobar los nombres. Arturo, míralo tú mismo.

-"¿Usted me puede dar"

unas hierbas de esas?

Si sigo sin pegar ojo,

voy a parecer un alma en pena.

-Buenos días.

-¡Qué leches! -¿Por qué se me espanta usted?

Ni que una fuera tan fea.

No es eso, es que he tenido un sueño la mar de extraño.

Se me aparecía una caja

y dentro estaba su cara

como un fantasma.

-"Estará de acuerdo"

en que ya no hay motivos para echar a Paquito.

-Se equivoca.

No he cambiado de opinión.

(FLORA) Pero ¿por qué?

Que fui yo la que le besó.

-La he comprendido perfectamente.

Pero me parece que es usted quien no ha entendido que Paquito

es un empleado público

que debió poner más de su parte para que esta inmundicia no sucediera.

-"Esa falsa santa"

se aprovechó de la debilidad de Blanca para hacerle daño.

-Y Blanca no es la única afectada.

También se mostró arrepentida porque actuó así

con las señoras de Acacias,

incluida mi pobre madre, por indicación de Úrsula.

-Lo único que tenemos contra ella es nuestra palabra.

-No, Diego.

No tenemos solo nuestra palabra.

Cristina me dejó un regalo que desenmascarará

a Úrsula de una vez por todas.

El amor no entiende de convenciones. ¿O no le sucedió eso?

-¡No compare!

No tiene nada que ver.

-Pero nada, nada. -¿Y qué le hago si soy enamoradiza?

Confundí sus atenciones.

Por eso le besé. -Haberse estado quieta.

El pobre sereno se va a quedar en la calle.

-Menuda es Úrsula

cuando se le mete algo en la cabeza. No da su brazo a torcer.

-Hundir la vida de Paquito por algo sin importancia.

Ojalá nadie se hubiese enterado.

Lo que daría por saber quién se fue de la lengua.

Ya está casi lista. Está usted bien guapa.

-Me siento extraña con estas ropas.

No son las que me corresponden.

-El vestuario apropiado para una visita.

(ÚRSULA) No podemos permitir

que los Vinaroz piensen que nos vestimos con harapos.

-Al menos debería quitarme el anillo, Samuel.

Ya no me agrada

llevar joyas. -Llévalo contigo.

Te favorece y favorece el negocio.

Huele fetén. No sabía que eras experto en perfumes.

-No, no lo soy, he pedido ayuda.

Te lo agradezco, Peña.

-Va, pierda cuidado.

Uno no se puede quedar de brazos cruzados cuando...

alguien a quien estima lo está pasando mal.

(ÚRSULA) "Espero que este breve viaje"

acabe con Blanca en la clínica.

Esa es mi intención.

Blanca no aguantará estar reunida en sociedad.

Me rogará volver y yo, conmovido por sus súplicas, aceptaré.

-Y cuando eso ocurra, podrás ver a tu hijo.

Pero, mientras, estate tranquilo.

Estará perfectamente atendido.

¿Por qué habría de temer por su estado?

¿Acaso no tenemos ambos el mismo interés en que crezca?

¿A cuento de qué se guardará este retrato?

César Cervera... (SILVIA) "¡Esteban!".

¿Le ocurre algo?

¿Qué es esto?

-La respuesta del general Aguinaldo.

Le pregunté por qué no aparecía Luis Checa entre los presos.

-"Bueno, pues hija,"

ya que estás, podrías decirnos de una santa vez de qué se trata.

-Leonor, estamos intrigados. -(LEONOR) En un segundo lo sabrán.

Antes esperemos a que se incorpore doña Úrsula.

Doña Úrsula, haga el favor de sentarse con nosotros.

La estábamos esperando.

-Espero que no nos haya citado para nada.

No me gusta perder el tiempo. -Descuide,

lo que les voy a contar es de su interés.

Servando.

¿Qué hace con ese traje puesto, que es de Antoñito?

(CASILDA) Ande, quíteselo,

que lo va a reventar.

-Si me sienta como un guante. -Para chasco que sí.

Como un guante diez tallas menor.

-Me tira un poco de sisa.

Pero reconocerán que estoy hecho un pollo.

(LEONOR) "Liberto,"

¿puedes traerme el fonógrafo? -Por supuesto.

Cristina Novoa me dejó este cilindro fonográfico

con el deseo de que lo escucharan todos ustedes.

  • Capítulo 769

Acacias 38 - Capítulo 769

24 may 2018

Riera jura vengarse de Úrsula cuando ve lo que ha hecho. Servando recomienda a Paquito que cuente la verdad de su beso con Flora, pero él no está dispuesto a traicionar a la chocolatera. Mientras, los criados siguen ocupando la casa Palacios.

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