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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 768 - ver ahora
Transcripción completa

Tal vez no debería culparse por la muerte de su hija.

Los accidentes y las desgracias forman parte de este mundo.

-Porque... Porque Dios las manda.

-O porque a Dios se le olvida mirar hacia abajo.

-"He convocado la reunión"

para analizar las consecuencias

de la presencia de Cristina Novoa sobre los vecinos.

En mi opinión, nocivas.

-Estoy de acuerdo con Leonor.

Esa mujer ha ido manipulando a los que se han acercado a ella.

Convenciéndoles de autocastigarse. -Todos hemos cometido pecados,

pero debemos aprender de ellos

y no atormentarnos y comprometer la felicidad.

-"Querría que usted me consiguiera una entrevista privada"

con Cristina Novoa.

-Vaya, vaya, vaya...

¿Y eso?

-Nunca está de más un poco de ayuda espiritual.

-Verá usted a la santa.

Delo por hecho.

¿Qué hacen ustedes aquí?

Por favor, salgan.

No deberían haber entrado.

-¿Qué es eso?

Ese sonido provocado por la corriente.

De sonajero.

-"Hemos cometido un error que nos compromete a ambos".

Sacamos al niño del convento,

pero olvidamos el maldito llamador de ángeles.

-"Ahora podemos enmendar el error".

Le contaré todo a Blanca. -He cambiado, Diego,

quizá sea mejor que antes de presentarte allí,

yo vaya preparando el terreno.

-Iré ahora mismo. -Piensa, hermano.

Debemos procurar que Úrsula

permanezca ajena a esto, no podemos permitirnos errores.

¿Cómo ha podido sospechar Diego de ese convento?

-Carmen.

-No.

-El propio Diego me lo ha dicho.

Carmen lo puso al corriente.

Maldita traidora...

Pero también ha sido falta de previsión.

Ya hace tiempo que venía notando

que se enternece cada vez más por la situación de Blanca.

Es una mujer sin temple, una estúpida.

-Despídala de inmediato.

-No te preocupes por eso,

yo me ocupo de ella.

-¿Dónde está mi hijo ahora?

Dígame dónde se encuentra mi hijo.

¿Debo recordarle que soy su padre?

-No,

no es necesario.

Sé muy bien de quién es hijo ese niño.

-Pues dígame de una vez dónde está. Tengo derecho a saberlo.

-No.

No pienso hacerlo.

-No, no puede negarse.

¿A qué viene esto? ¿Acaso no confía en mí?

-Justamente.

Pasas demasiado tiempo

con Blanca y con Diego.

Sosiégate.

Es tan solo una medida de seguridad.

-Sé perfectamente lo que puedo y no puedo decir.

No me trate como a un crío.

-¿Y si cometes un error?

No sería la primera vez.

-Si quiere que continuemos con nuestra sociedad,

le exijo una respuesta, deje de ocultarme a mi hijo.

-No lo haré.

Al menos, hasta que no hayamos acabado con Diego y con Blanca.

-¡No, tiene que ser ahora!

-No,

ahora no puede ser.

Pero pronto iremos los dos a verlo.

-No me queda otra que esperar.

Solo usted sabe dónde lo tiene.

-Ten paciencia,

todo va a salir de perlas.

-Eso no es la primera vez que me lo dice,

y cada día que pasa, estamos peor que el anterior.

-Te preocupas en exceso.

Lo tengo todo bajo control.

-No puedo creerla.

¿Qué me dice de Carmen?

-Carmen no ha de quitarte el sueño.

Yo me ocupo

de esa desagradecida.

Buenas noches, Samuel.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Cómo has podido hacer eso? ¿Has perdido el oremus?

-¿No es lo que haces tú con Leonor? -Es distinto, estamos enamorados.

-¿Y yo no? -Pero ¿cómo vas a estar enamorada?

Podría ser tu padre. Flora, eso no es decente.

-No me vengas con moralinas.

Estás cortejando a una viuda reciente.

-Por lo menos es alguien de mi edad.

-Si me gustan mayores es asunto mío.

Quizá sea porque nunca he tenido un padre que me proteja.

-Pero ¿qué sandeces estás diciendo, Flora?

-No es ninguna tontería.

No he tenido a nadie que se ocupara de mí.

Ni siquiera tú,

mi propio hermano.

-Es posible que yo no haya sabido hacerlo,

pero no es razón para que te lances a sus brazos.

Por lo menos sé discreta. Que nos estamos jugando mucho, Flora.

-¿Crees que es plato de buen gusto que nos hayan visto?

-¿Tan difícil era esconderos?

Mírame a mí con Leonor, nadie se ha enterado.

-Algún susto sí os habéis llevado.

-¿Qué ocurre? Estáis muy serios.

¿Se ha vuelto a romper la cafetera? -Ojalá fuera eso.

-Que ha llegado a los oídos de Susana

que Flora y Paquito se han besado.

-¿Que te has besado con el sereno?

-Sí.

-¿Con Paquito?

¿Con ese...

señor? -Estoy enamorada.

-A ver, Flora, que para gustos, colores,

pero, entre tú y yo, estás enajenada.

No es el hombre más adecuado.

Vamos,

ni el más apuesto. -El amor no es cosa tan frívola

como una cara bonita. -Déjate de frases hechas.

¡Estás loca!

¿Susana se lo contará a alguien?

-¿Doña Susana? A todo el barrio.

-Estamos aviados.

-Lo raro es que no me haya llegado el rumor.

No hay persona más chismosa ni más puritana.

Tras saberse lo de Simón, pareció calmarse,

pero ya ha vuelto por sus fueros.

-Mañana no se hablará de otra cosa.

-Ya podéis prepararos.

-Pobre Paquito.

¿Y si se mete en un lío por mi culpa?

-De doña Susana te puedes esperar cualquier cosa.

-Qué desastre.

Yo me puedo ir del barrio,

pero ¿qué hará él si pierde su empleo?

Nunca me lo perdonaría.

Lo más importante es tratar de comprenderla.

Que sienta

que te ocupas de ella, que te preocupa lo que le pase.

Eso es lo más importante.

-Eres un experto en estas lides.

-Uno que tiene experiencia

con grandes y pequeñas.

Con las que acaban de florecer y las que tienen años.

-Ya me gustaría tener tanta experiencia.

-No se preocupe, que para eso estoy yo aquí,

para cuidar sus plantas.

-Y bien majas que las tienes, da gusto pasear.

Lo que no termino de entender

es ese afán que tienes de tratarlas como si fueran personas,

hasta les pones nombre y todo. -No las trato como personas,

sino como seres vivos,

y lo mismo, con las ovejas. -Ellas te miran

cuando les hablas. -Sí.

-Ay... Si todos hicieran como yo,

todos los jardines serían vergeles.

¿Qué sería de la vida

si todo el mundo pasara por nuestra vera

y no dijera ni ahí te pudras?

-Jacinto,

eres todo un filósofo.

-Quía, quía, no.

Uno es más de campo que los cardos, lo que pasa es que

todos somos iguales: las plantas,

los animales, las personas...

Nos gusta que nos aprecien, no basta con darnos de comer.

-¿Qué quieres?

A mí me dan chorizo de tu pueblo y hasta me conformo.

-Es que en la ciudad no sabéis hacer embutido y casi de nada.

-¡Si ha acabado, podría echarle un ojo al jardín!

¡Las plantas no se riegan solas!

-Voy.

Enseguida.

-Cariño mío.

¿Quieres probar el chorizo? Es de su pueblo.

Está de rechupete. -Me da igual cómo está.

No deberías darle esas confianzas al jardinero.

-No veo por qué.

Me parece un tipo de lo más pintoresco.

-A ver si de tanto estar con él, te vuelves un ordinario.

-Mujer, no creo yo que por comer chorizo acabe oliendo a oveja.

-Ay... Que duermes a mi lado.

Aguanto a ese gañán porque es bueno con el jardín,

pero si tú cambias, no podría soportarlo.

-Que eso no va a ocurrir, prenda mía.

Que solamente estoy aquí para hacerte feliz.

¿Sabes una cosa?

Me alegra que te quejes otra vez de Jacinto.

-¿Y eso?

-Porque que andes protestando, demuestra que vuelves a tu ser.

Que estás dejando atrás esa tristeza después de confesarte con Cristina.

-Sí.

Me voy sintiendo mejor.

Según pasan los días,

voy recuperando el ánimo y el apetito.

Ay...

La verdad es que esos huevos con chorizo tienen una pinta riquísima.

-Ah, ¿sí? Y, entonces, ¿a qué esperas

para hincarle el diente? Lo ha preparado Jacinto.

-¡Mmm...!

¡Esto está riquísimo!

¿Por el mismo precio se encargaría de la cocina?

Dígame, doctor, ¿qué es lo que ve?

¿Me ha encontrado peor?

-¿Siente que ha perdido visión desde mi última visita?

-Así es.

El proceso se está acelerando.

-Sí.

El reconocimiento me lo confirma. Ha perdido vista en poco tiempo.

-No me pienso rendir, no me quedaré ciego.

-Esto ya no está en su mano.

-¿Qué hay de la operación?

¿Ha hablado con su colega?

-Me ha confirmado lo que suponía. El panorama no es alentador.

-Pero ¿puede o no puede operarme?

-El porcentaje de éxitos es reducido, y es una intervención

que entraña ciertos riesgos.

-Prefiero la muerte antes de quedarme de brazos cruzados.

-Comprendo. Esta es su única opción.

-¿Cuándo podría operarme?

-Hay que tener paciencia.

No podemos realizarla hasta que pierda la visión por completo.

-Ya.

-Ha de tener cuidado con las luces intensas.

Debería usar lentes ahumadas.

-No pienso llamar la atención de tal forma.

-No debería tomar este asunto de ese modo.

Está enfermo, no es ninguna vergüenza.

-Como me lo tome o no, es asunto mío. -Sosiéguese

y acepte la realidad.

Antes o después,

sus vecinos terminarán enterándose de lo que le sucede.

-No necesariamente.

Le pido discreción.

Nadie debe conocer mi mal.

-Puede confiar en mi discreción.

La relación entre médico y paciente es sagrada.

-Si alguien le pregunta,

diga que ha venido por esos mareos que sufrí,

que me ha recetado un reconstituyente y que mi salud es buena.

-Como quiera, pero sería mucho mejor

que se lo contara a todos,

que buscara ayuda entre vecinos y amigos. La necesitará.

-Tengo la ayuda de mi criada.

-No alcanzo a entenderle.

Piense que no podrá ocultar

su pérdida de visión por mucho más tiempo.

-Haré lo imposible para que así sea.

-Yo que usted, se lo diría cuanto antes.

Si espera, cuando se lo haga saber a sus seres queridos,

será mucho más duro para ellos.

-No voy a decir nada.

Y usted tampoco.

¿Necesita algo, señora?

-Si me pudieras preparar una tisana...

A ver si me sereno.

-Eso y lo que usted me pida.

-¿Cómo te encuentras, hija?

Esta mañana te he visto muy mohína.

-La verdad es que estoy conmovida.

Ayer vi por primera vez a Cristina como realmente es.

-¿Y cómo es?

¿Aparte de una santa mujer.

-Alguien como nosotras.

De carne y hueso.

Sin ese halo de divinidad que lleva.

-Me sorprende que la veas así.

-Ayer contemplé cómo ella también tiene crisis de fe.

Y pude comprobar lo frágil que es

el ser humano. Cómo en un instante

echamos por tierra todas nuestras convicciones.

-Todos tenemos nuestros momentos negros.

-Lo sé.

Por eso estoy considerando acelerar mi marcha.

-¿Quieres ingresar ya

en la clínica de reposo?

-Quiero alejarme de mis demonios.

Si Cristina duda,...

¿qué queda para un alma vulnerable como la mía?

-No me parece

que tú seas tan frágil. -¿Piensa que no me debo marchar?

-No.

No lo sé.

Aunque...

quizá lo más sensato

sea apartarse de la tentación.

Poner tierra de por medio y recuperar la mente y el espíritu.

-Sí, lo mejor será que me vaya.

-¿Quieres que me ocupe

de tu traslado?

-Se lo agradecería.

-Disculpen que me entrometa,...

pero es que no he podido evitar escucharles,

y quizá, no sé...

¿No cree que la señora

estaría mejor

al lado de su esposo?

-¿Te hemos pedido tu opinión? -No, señora,

una servidora... -Pues, entonces, cállate,...

y sigue con tus labores.

-Como mande la señora.

-Espera.

Mejor ocúpate de la sala.

Abre bien todas las ventanas.

Que se airee la estancia.

Y, espera.

Estate lista esta noche.

Quiero que me acompañes.

Tengo una cita con un viejo amigo

y no quiero ir sola.

Hay que ver...

Con tantas ganas que teníamos de que llegara Cristina Novoa

y no ha servido de tanto. -Esperábamos mucho de ella.

-Cuando las expectativas sobre alguien son muy altas,

es fácil que te decepcione. Es mejor al revés.

Yo, por ejemplo, no esperaba nada de Jacinto

y no deja de sorprenderme.

-¿Qué hacéis aquí sentadas? ¿Es que habéis perdido el oremus?

-Susana, ¿no lo ves? Tomar un chocolate.

-¿No os habéis enterado de que esto es un antro

de perdición? -No sabemos de qué estás hablando.

¿A qué vienen esas enormidades?

-Tendríais que haberos enterado.

Han pillado a Flora y a Paquito

en una situación muy poco decorosa.

-¿Cómo de poco decorosa?

-Entregados a la lujuria, besándose.

-¡Ah! -Qué mal gusto besarse con el sereno.

-No se trata de mal gusto, Rosina, sino de que es una mujer casada.

-Sí, sí, sí, eso es casi peor.

-¿No será uno de esos bulos del barrio?

-No lo creo.

Ayer se lo comenté y no llegó a negarlo.

Bueno, os podéis imaginar lo descarada que es

la señora de Cervera.

-Me dejas de piedra. -Muerta me quedé yo

al ver que le daba igual. No se arrepentía lo más mínimo

de su falta.

-¿Hasta dónde vamos a llegar?

Además, Paquito, que parece formal, de ley.

-Y ella, una mujer felizmente casada.

Qué mal lo debe estar pasando Íñigo.

-¿Pobre?

Ese es peor que ella. Cuando llegó a Acacias, ya dejó ver

que era un mujeriego,

que no le importaba nada.

-Pues yo no he notado nada. -Pues deberías.

Esa pareja... no se respeta.

Está claro que él está acostumbrado a que Flora vaya besando

al que se le pone por delante,

como el marido de Rosina.

-¿Qué necesidad de remover eso? -Bueno, lo que quieras,

pero yo no pondría un pie más aquí. -No veo por qué.

El chocolate está delicioso y con Flora

no tengo cuentas pendientes.

-Hay que ver las tragaderas que tienes.

-No lleguemos al extremo de dejar de consumir aquí.

Aunque tampoco podemos permitir ciertas cosas.

El sereno es un hombre mayor,

y ella, una mujer casada, es un escándalo.

-Este es un barrio decente

y si no velamos por la moral y las buenas costumbres,

esto al final va a parecer Gomorra.

Hala...

-"No creo que podamos convencer a ese armador".

El precio que nos pide es inalcanzable.

-Seguro que tú conseguirás una rebaja.

-No lo creo.

Su corazón es más duro que el casco de sus barcos.

-Haga un poder, coronel.

Necesitamos un barco para traer a los prisioneros.

-¿Cree que no me esfuerzo?

¿Que no siento interés por esta empresa?

Debería ser más respetuoso.

-Disculpe, no era mi intención ofenderle.

-Bueno, podríamos buscar otro armador

que ajuste más el precio.

-O podríamos hacer otro acto

para recaudar fondos.

¿Qué tal una nueva recepción? Ya ha pasado tiempo

desde la anterior. -Tonterías.

Debemos centrarnos en fletar ese barco

y traer de vuelta a esos soldados.

-Está usted en lo cierto, coronel.

A todos nos preocupa el tema económico.

A usted, el primero.

-Parece que está usted muy bien informado.

Que sepa que aquí yo marco los tiempos.

No quiero actos sociales de momento y punto.

-¡¿Es necesario que nos hables en este tono?!

¡No estás delante de tus tropas!

-¿Quieren que traiga algo de aperitivo?

-No, Agustina,

no queremos nada. Deje de revolotear aquí.

Haga sus tareas.

(SUSPIRA)

¿Te acompaño a hablar con el armador? -No.

No es necesario.

-Juntos haríamos más fuerza. Podríamos ir hoy.

-Imposible,

ya tengo una reunión.

-¿Y puedo saber con quién?

-Recibiré a Cristina Novoa si no te parece mal.

-No, no me parece mal.

Esa mujer es un fraude.

Su único talento es manipular el dolor ajeno.

-Es cierto.

Todas las personas

que han hablado con ella, han salido afectadas.

-¿Usted cree que podríamos denunciarla?

-Es algo que no deberíamos descartar.

Proliferan farsantes así por todo el país.

Celia está muy dolida por todo lo que le dijo.

-Nadie debería haberle abierto el corazón.

-Creo que más que una enviada de Dios,

es un esbirro del demonio.

-Gracias por habernos esperado. Mi hermano está aquí.

-Discúlpennos, hemos tenido que pasar por el despacho.

-Sobran las disculpas. Estamos para lo que sea menester.

-Les hemos citado para contarles nuestro viaje.

-Allí...

encontramos esto.

-¿Significa que Blanca nunca estuvo equivocada?

-Todo indica que estaba en lo cierto.

-Robaron a su hijo.

-¿Han hablado con ella?

-No, no hemos tenido oportunidad.

Siempre está acompañada

de Úrsula o de Cristina.

-Hablar con ella no será tarea fácil. -No lo será.

Lo primero será burlar a Úrsula, lo segundo, demostrarle que Moisés

sigue vivo. -He pasado semanas convenciéndola

de que su hija había muerto

y ahora tengo que decirle lo contrario.

-No sabemos cómo lo tomará.

-¿Pues cómo va a tomárselo?

Bien.

Lo que más desea es recuperar a su hijo.

-Dios lo quiera.

-Hace falta ser retorcido para idear un plan tan deleznable.

-Todos pensamos que detrás está la misma persona.

-Solo puede ser Úrsula

y es la mano negra

que maneja estos hilos, como sospechaba Blanca.

-Tenemos que actuar con toda la cautela del mundo

para recuperar a ese niño. -Y darle su merecido a Úrsula.

-No permitiremos que salga de rositas.

Y con esta peseta está todo lo que me prestó.

-No hay nada mejor que saldar una deuda.

Para la conciencia del que debe

y para el bolsillo del que lo prestó.

-Le quedo agradecido por haberme cubierto en su momento.

-Devolverme mi dinero

es todo lo que preciso.

-Ay... Estoy la mar de contenta con el Peña.

Al final ha demostrado ser un hombre de lo más cabal

y no un delincuente. -No como otros,

que iban de honrados y rectos y han terminado retorcidos.

Podrían irse por donde han venido.

-¿No estará usted hablando de mí?

-No. El que se pica, ajos come.

-No es usted quien para ponerle una coma

ni a mi comportamiento ni a mis obligaciones.

-Paquito, no se ponga tan farruco

que tiene a todo el barrio a la contra.

-Pero ¿qué bobada es esa? Los señores están contentos

de lo bien vigiladas que tengo las calles.

-Ya, eso era antes. Antes de que se enteraran

que anda besándose con las señoras.

¿O me va a decir que no se besó con Flora, la de la chocolatería?

-Es un sinvergüenza, hombre.

-¿Es eso cierto, Paquito? Menudo escándalo.

-Pero ¿quién va contando esas cosas?

-"To" el mundo.

-¿La besó o no la besó?

-Mira. El que calla, otorga.

-Fue un beso, pero muy volado. -¿Muy volado?

¿Cómo ha podido hacer semejante vileza?

Seducir a una mujer tan joven, casi una niña,

y para más inri, "casá".

-Si es que no es de fiar, no es de fiar.

Solamente "tien" que mirar

esa mirada torva que gasta.

-Es una indecencia, Paquito.

No puede uno comportarse con semejante descaro.

Ni que fuéramos franceses.

-Esto el barrio no se lo perdona, ¿eh?

Tiene a "tos" a la contra.

No sé lo que cuentan, pero no es como lo pintan.

-¿Y cómo fue? -A saber qué le contaría

a la muchacha "pa" embaucarla

de esa manera. -Diga, ¿qué defensa tiene usted?

-No, no tengo defensa ninguna.

-Desde luego, la desvergüenza no tiene límites,

No sé dónde vamos a llegar.

-Este hombre es peor que la sarna.

Ya lo decía yo en el altillo.

Mejor iría si se me tuviera más en cuenta.

Le estoy muy agradecido de que me haya permitido visitarla.

-Su nota era de lo más insistente.

¿Qué es lo que le inquieta?

-No es fácil decirle esto.

(TOSE)

-Tenga cuidado, no es muy cortés ahogarse en medio de una visita.

-Les estoy muy agradecido

a usted y a don Arturo,

pero estoy planteándome dejar la comisión.

-¿A qué se debe semejante decisión?

-Últimamente me siento un estorbo.

Me da la impresión de que mi presencia irrita a don Arturo

y entorpezco nuestros objetivos. -Yo no pienso igual,

su ayuda nos es muy valiosa. -Yo dudo que lo sea,

poco puedo aportar si mis propuestas caen en saco roto

o se me contesta con un bufido. -No soy de su opinión.

Usted inició todo esto. -Puede que sí.

Ahora he de apartarme y dejar que todo siga adelante.

-No pienso igual.

Su amistad con Luis Checa, su necesidad de ayudarlo a regresar,

es un testimonio importante para conmover a todas esas personas

que desconocen la situación.

-Reconozco que me siento cansado.

Anhelo el regreso de Luis,

poder darle un abrazo y devolvérselo a su familia,

pero necesito seguir con mi vida.

-Pronto podrá pasar página.

Su amigo estará con nosotros

en pocas semanas. -Eso espero.

-Y por Arturo no se preocupe,

hablaré con él para que reduzca la tensión

en nuestras reuniones y escuche más voces que no sean la suya.

-No sé si será contraproducente que hable con él.

-Confíe en mí.

-Perdone la señora, pero Lolita me ha dado recado

de que quería hablar conmigo. -Así es.

-Me marcho. Atienda sus asuntos domésticos.

-Se lo agradezco.

Y recuerde, está muy cerca de alcanzar su meta.

-Así lo haré.

Agustina. -Con Dios.

-¿En qué puedo servir a la señora?

-¿Qué le ocurre a mi prometido?

Está especialmente irritable.

No quiere salir, está todo el día sentado en su sillón...

Algo me oculta.

-Yo no sé qué le puede pasar.

Una solo se ocupa de las labores que le corresponden.

-Ya sé que eres muy discreta.

Pero recuerda que me prometiste contarme

si el coronel tenía alguna recaída. ¿Ha superado sus malestares?

-Por lo que yo sé, no ha vuelto a tener más mareos.

-Si no es nada de salud,

no comprendo por qué se comporta así.

-Tal vez, don Arturo esté inquieto por el trabajo con el que andan

o por su cita con Cristina Novoa.

-No creo que sea por eso.

¿Me dirá lo que le sucede si llega a saberlo?

-Por supuesto que sí, señora.

-"Estoy muy enfadada con su actitud".

¿Cómo ha podido ablandarse tan pronto?

¿Es que ha olvidado

el papel que tiene que representar?

-Siento haberla defraudado.

-No sabe cuánto.

-Compréndalo, todos tenemos un momento de flaqueza...

-No me venga con excusas.

Me ha resultado ser una mujer débil, incapaz de controlar sus impulsos.

¿Es consciente

de la situación en la que me pone con sus titubeos?

¿Sabe lo que me ha costado

llevar a Blanca al lugar

donde ahora se encuentra?

-Sé que no le ha sido fácil

doblegarla.

-No. No lo ha sido en absoluto.

Y ahora todo puede arruinarse por su culpa.

-Yo he hecho lo que he podido,

pero usted no se ha conformado con su hija; una pobre inocente, además

me ha obligado a hundir en la miseria

al resto de sus vecinas.

-No me venga con melindres

a estas alturas.

-¿De dónde viene su afán de venganza?

¿Por qué no me dejó marchar? Me ha llevado

hasta el límite. -No.

No voy a permitir que se eche atrás. Debe seguir con la labor,

es mucho lo que ha conseguido hasta ahora.

-Está destrozando mi conciencia.

-Me es igual.

Ya las tengo a todas donde quería,

en mis manos.

Carmen,

por su familia,

Susana por la violación,

la culpa de Rosina por Maximiliano,

y la duda de Celia

por Herminia y, todo lo demás de ella.

-Ya tiene bastante,

libéreme de una vez,

se lo ruego.

-Deje de comportarse como una niña,

no le permito que pierda la compostura.

-Tenga piedad de mí, no puedo seguir haciendo este mal.

Le suplico que me deje ir.

-No,

no puede marcharse. Aún falta algo.

-¿Qué más quiere que haga?

El coronel Valverde

quiere verla.

Después podrá irse. Esta es su última prueba.

Levántese y recompóngase, solo faltaría

que alguien la viera hecha una compasión.

Menudo matrimonio el de los chocolateros.

Ni los indios de la selva hacen cosas así.

-Ni que fueran los primeros que cometen

una pequeña infidelidad. -De pequeña nada,

la han pillado refocilándose con el sereno.

Lo que no sé es como siguen juntos. -¿Quiénes somos para juzgarles?

Cada matrimonio es un mundo y tiene sus propias reglas.

-No seas tan comprensiva. Las únicas reglas que valen

son las de la iglesia.

Y en ningún sitio dicen que la esposa pueda besarse con cualquiera.

-De esa casa no sabe nada. Lo mismo a ellos les parece bien.

-¡Qué barbaridad!

Lo que yo sé es que los esposos ante el altar se juran fidelidad

y, esa no lo cumple ni por asomo.

-Tampoco sabemos qué ha ocurrido.

Lo mismo ha sido algo sin importancia.

-Yo lo veía venir.

Flora es una mujer completamente desatendida

por su esposo

y, anda buscando cariño donde no debe.

-¿Y eso le parece terrible? -Sí. Nada justifica el pecado.

-Pues a mí me parece

digno de compasión. -Seguro que si fuera Íñigo

el que tiene una amante, no eres tan comprensiva.

¡Son una vergüenza para el barrio!

-A mí me parece un caso de inexperiencia.

Flora es muy joven, muy enamoradiza

y con mucha facilidad para meter la pata.

-No sigas por ahí, recuerdo el beso que os disteis.

Tu tía me lo ha recordado delante de Celia.

-Yo no digo nada.

-Debería olvidarse de eso.

Ese agua ni movió, ni mueve ningún molino.

-Y que lo digas.

Yo ya ni lo recordaba. -Más te vale.

¿Sabes qué? Cristina Novoa debería darle

un repasito.

Seguro que logra reconducirla.

-Estoy hasta las pestañas de esa supuesta santa.

¿Cuándo se dará cuenta de que es una falsa?

-(OLFATEA)

¿A qué huele?

-Yo diría que a boñiga y, de caballo, concretamente.

-Jacinto, que está abonando. Ese sí que me tiene harta.

Mira que le he dicho que no abone cuando estemos en casa.

¡Jacinto!

Hay que ver los corsés tan elegantes que llevan las señoras por abajo.

Lástima que no se vean.

Algunas lo terminan enseñando, "señá" Fabiana

y, no siempre a sus maridos. -No seas "descará", niña.

-No me parece bien que haya invitado a todo el servicio.

-Si lo vamos a pasar fetén en esta casa, lo tendremos que pasar juntos.

-Pues claro. Es usted

egoísta hasta "pa" lo que no es suyo.

Las alegrías compartidas son mejores.

-Ya veremos lo que pasa cuando nos descubran.

-La verdad es que esto no está bien.

-Claro que no está bien.

Esta es la casa de mi "prometío".

No deberíamos estar aquí

y, mucho menos coger lo que no es nuestro.

-Lolita, no seas desabrida, mujer,

si lo único que estamos haciendo es brindar

por tus señores.

Porque les vaya bien en París y vuelvan sanos y contentos.

-Bueno, si es por eso, sí brindo.

-Además,

así prácticas "pa" cuando seas señora.

-No sé yo si me voy a encontrar

a mis anchas en esas componendas.

-No seas remilgada, que es más fácil pasar de criada

a señor.

Mira que fácil es ser

señor.

Mira. Muchacha,

ponme otra copita de jerez, que tengo la boca seca.

-(FABIANA RÍE)

-Voy enseguida, señorito.

(Puerta)

-Chist. -Sí, Casilda, por ahí,

por ahí. Por debajo.

-(SILBA SERVANDO)

-(LOLITA TOSE) -¿Cómo lo llevas, Servando?

-Bien, bien, va bien.

Va bien.

-¿Qué hacen aquí?

Salía de casa de mi señora y escuché voces.

-Es que,

aprovechando que los señores no están,

hemos "pensao" dar una limpieza "pa" cuando vuelvan.

-Yo les echaría una mano, pero ya saben cómo es mi señora de exigente.

Si se entera que estoy en casa ajena, me monta un expolio.

Pues nada,

que ustedes lo...

Que ustedes faenen bien.

-Ha "faltao" el canto de un duro "pa" que nos coja infraganti.

-A mí aún me tiemblan las canillas.

-Tenemos que estar "callaos", si no queremos que nos descubran.

-Pues no podemos invitar a Jacinto.

Si pega un grito de esos,

se entera toda la finca.

-Descuide usted, Servando,

que mi primo no va a venir. El hombre está regando sus plantas

y poniéndolas estiércol.

-Uy, a la que no le hemos dicho "na"

es a la seña Agustina. -Ni falta que hace,

ya sabemos todos lo seria que es esa mujer.

No estaría cómoda en casa ajena, no.

Es "mu" pesada con eso de que ha servido a los Antequera Emperador.

Pero ¿quiénes eran esos, los reyes de España?

-Cuando se ha "servío" toda la vida en una casa,

esa gente ya es tu gente

y, cuando faltan,

ya no hay vida.

-No se aflija usted con las penas, Fabiana.

¿Qué le parece

si vamos a la cocina y nos prepara

una cenita digna de reyes en el palacio

de los Palacios?

-Bueno, está bien, pero el jamón ni se toca.

Hola, mi amor.

(SAMUEL) "Dígame dónde se encuentra mi hijo".

¿Tengo que recordarle que soy su padre?

-No, no es necesario,

sé muy bien de quién es hijo ese niño.

Pues dígame dónde está. Tengo todo el derecho del mundo a saberlo.

-No,

"no pienso hacerlo. -¿Qué haremos ahora?".

¿Cuál es el siguiente paso?

-El camino está muy claro.

Debemos hundir a Blanca en el pozo de la confusión,

que no sea capaz de distinguir

qué es lo real y qué lo imaginario.

-¿Y qué ganaremos con eso? -¿No lo adivinas?

Podremos incapacitarla por locura.

Ingresarla en un lugar donde sabrán cómo tratarla.

-Está muy equivocada si piensa que puede seguir manipulándome.

No soy su pelele.

-"Es un honor tenerla en la casa".

-Yo solo soy una humilde servidora de nuestra señora.

-Por favor, deme su bendición.

-Gracias por haber venido. Sé que tiene pendiente su marcha.

-Estoy obligada a atender a todos los que me necesiten.

-Siéntese, por favor.

Es una gran labor la que está haciendo.

Me siento feliz de que pueda atenderme,

mi alma necesitaba este encuentro. -Cuénteme lo que le inquieta.

Lo que me diga, no saldrá de estas cuatro paredes.

-Verá,

temo al paso del tiempo.

Cada día que pasa

me siento más inútil, más torpe.

Me entristece pensar que voy a ser una carga para mi prometida.

-No comprendo por qué habla de esa forma,

aún es una persona en plenitud de facultades.

-Pero que se enfrenta a la decrepitud de la edad.

-Es ley de vida,

todos tenemos que marchitarnos y dejar lugar

a los que vienen tras nosotros.

Pero queda mucho para que eso le ocurra.

-Me temo que menos de lo que piensa,

pero tal vez sea lo que yo merezco.

¿Por qué piensa tal cosa?

-He cometido terribles pecados contra mi hija

y contra mi esposa.

He obrado fuera de la ley, de Dios

y de los hombres.

Ahora vienen a mi mente sus palabras:

"Podemos encerrarnos en nuestra propia pena o ser buenos cristianos

y aceptar el camino de penitencia

que Dios ha puesto en nuestras vidas".

Yo necesito esa penitencia.

-La capacidad de perdón de Dios es infinita.

-Pero yo he hecho auténticas barbaridades.

Cosas que no he contado a nadie

y que ahora

voy a confesarle. -Deténgase,

no pienso escucharle.

-¿Cómo dice?

Samuel, ¿tienes un momento? -No.

tengo asuntos pendientes.

-Preciso hablar contigo.

-"Pensé que estaba aquí para escucharme".

-No, es usted el que tiene que escucharse a sí mismo

y hacer revisión

de sus actos y de su conciencia.

-Pero yo necesito confesar mis pecados,

penitencia y, tal vez, conseguir ese perdón.

Para eso no me necesita. -Entre Dios y usted

no hacen falta intermediarios.

Yo, ni soy especial

ni soy una santa,

soy una pecadora igual que usted. -Pero está en gracia de Dios,

la mismísima Virgen María le ha hablado.

-Créame, la única ayuda que necesita está en la oración.

Jesús dio su vida por salvarnos,

solo en Él

podemos encontrar el perdón.

-Pero la iglesia y sus santos están para conducirnos

hasta Nuestro Señor.

-Desengáñese, el resto de los mortales

no somos más que pecadores de los que nunca se debería fiar uno

y a los que jamás debería contar

sus secretos.

-"Ver a Cristina tan afectada",

me ha hecho replantearme mi situación.

Voy a marcharme cuanto antes a la clínica de reposo.

-No tengo objeción, si es eso lo que has decidido.

-Te lo agradezco.

Solo quería que lo supieras por mí.

-Blanca,... ¿has comentado con Úrsula

esta decisión?

-Sí. Y está de acuerdo. De hecho,

se ha ofrecido a ayudarme con los preparativos.

-No,

no vas a irte. -¿Por qué?

-Confía en mí. Temo que Úrsula no quiera llevarte a un buen lugar.

¿Recuerdas cuando nos conocimos? ¿Aquel sanatorio?

-¿Piensas que podría devolverme

a aquel lugar? -No lo sé.

¿Y si no está siendo sincera?

¿Puedes confiar en ella después de lo que te ha hecho?

-No.

Pero no comprendo qué interés tendría

en hacer algo así.

-No puedo decirte cuáles son sus intereses,

pero déjame que me haga cargo de ti.

Sigo siendo tu esposo

y no quiero dejarte en manos de Úrsula.

-Está bien, confiaré en ti.

-He de pedirte que no hables de esto con ella.

Yo la pondré al corriente cuando crea oportuno.

Llegas tarde.

-Me he vuelto loca buscando un coche para que la lleve a su cita,

pero no he encontrado ninguno.

-¿Quién te pidió que buscaras un coche?

Iremos andando.

-¿A estas horas?

-¿Siempre vas a cuestionar lo que te diga?

Vamos,

marchando.

-¿Vamos a ir por ahí?

Es muy tarde y los jardines no son seguros de noche.

-Pamplinas.

Se ha hecho tarde y, por aquí acortaremos camino.

Doña Celia ha preguntado por usted.

-¿Doña Celia?

-Sí. Me ha dicho que se pasara hoy mismo por su casa.

-Don Felipe querrá explicaciones por lo sucedido con Flora.

-También quiere hablar con usted doña Úrsula

y, cuando esa se mete por medio, échese a temblar.

-Pues que sea lo que Dios quiera.

Como dice doña Cristina Novoa:

"Uno debe cargar con su cruz y atenerse a las consecuencias".

Cómo he sido tan ingenuo.

Cómo he creído que podría ser un hombre nuevo y digno de Silvia.

Ella no merece estar al lado de un hombre como yo.

No merece que mis pecados la ensucien.

-"Usted no va a decir nada a nadie".

¿No se da cuenta que es una mujer casada?

¿No ve que va a arruinar su matrimonio y su negocio?

No se apure por mí.

Me las apañaré.

-¿Cómo? -Pues ya veré.

A mí me paga el ayuntamiento, no los señores de Acacias.

-"No le dé importancia a eso, don Esteban",

aquí todos conocemos el carácter de ese hombre, es complicado.

Si me permite, no se enfrente a él.

Y menos, con la buena relación que tiene con doña Silvia.

Tiene que estar celoso, ella es una mujer de bandera.

-Lo es. Y muy especial.

-O se casa pronto el coronel con ella

o vendrá alguien que querrá quitársela.

-"Arturo, intento ayudarte",

pero si no me cuentas lo que te pasa, no puedo.

-Nadie te ha pedido ayuda.

-Amor, esto nos está afectando como pareja.

¿He hecho algo que te haya incomodado?

¿Estás así conmigo por algo?

Es eso.

Es por mí que estás así.

Aún tenemos algo pendiente.

-"Si Úrsula está detrás de todo esto",

saber qué pasó con Moisés y desenmascararla,

no va a ser tarea fácil.

-No voy a desistir en el intento.

Saber que Moisés está vivo,...

eso me da fuerzas para seguir luchando.

Con Dios.

(EXHALA)

No quiero llevar joyas, Samuel.

-Mañana voy a reunirme con un cliente de la joyería

y quiero que me acompañes.

Lucirás ese anillo, y, mi cliente querrá uno igual.

-Yo había pensado quedarme rezando todo el día.

-Eso podrás hacerlo a nuestro regreso.

Pasaremos la noche en casa de los Vinaroz. Te vendrá bien salir,

llevas mucho tiempo entre estas paredes.

-"¿Quién es usted, cómo ha entrado?".

-Encontré la puerta abierta.

-Será mejor que salga ahora.

Usted es el hombre que vi rondando en el convento.

-Soy Riera.

Doña Leonor, tiene usted visita.

-¿Quién es?

-La santa.

-¿Cómo se atreve a venir a mi casa?

-Deje que me explique.

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  • Capítulo 768

Acacias 38 - Capítulo 768

23 may 2018

Samuel y Diego ponen a Felipe y a Leonor al corriente de todo: Moisés está vivo y Úrsula sabe dónde está. Ahora tienen que pensar cómo decírselo a Blanca. Arturo quiere operarse las cataratas, pero el doctor lo desaconseja de momento.

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