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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 766 - ver ahora
Transcripción completa

-¿Es por ella que estás así?

¿O hay algo más?

Te dejo tranquilo.

Si te decides a ser sincero conmigo, ya sabes dónde encontrarme.

-Le amo. No me importa el qué dirán, la diferencia de edad ni mi estado.

-(TOSE)

-"El velo de su visión, la pérdida de definición"

e incluso la alteración en la percepción del color,

se debe a un proceso degenerativo

irreversible que concluirá de una sola manera,

dejándole

ciego sin remedio.

-"¿He de recordarte todo lo que hemos sufrido?".

Gracias a Dios hemos salido reforzados en la experiencia.

-¿Gracias a Dios, dices?

Yo me temo que Dios no sea tan generoso con su perdón

como lo hemos sido nosotros.

-¿Dudas de su bondad?

Esa tal Cristina debe estar equivocada.

¿He de recordarte todo lo que has conseguido tú sola,

todo lo que has luchado para ser una mujer

independiente? -"Me desprecio a mí misma".

Esas mujeres son buenas.

No debería estar hurgando en sus heridas de esa forma.

-Tiene usted buenos motivos para actuar así.

¿Quiere que le cuente que sigue viéndose con ese tunante

que se la llevó? ¿Que duerme con él?

-Hábleme de ellas.

-"Esa mujer es un veneno"

que se ha metido en la sangre de Blanca para hundirla.

-La solución no es encerrar a Blanca

en una clínica, sino alejarla de esa mujer.

-"¿Seguro que no será"

un hospital como el que me ingresó

en el pasado? -No, Blanca, eso jamás

lo permitiría. -De acuerdo.

Pospondré mi marcha al convento. -"¿Dónde va Úrsula?".

¿Lo sabe? -Sí, señor.

"Al convento de Nuestra Señora del Monte".

"Pero ignoro qué le puede llevar hasta allí".

¿Estás segura de que Úrsula va a ese convento?

-Sí, señor.

Lleva semanas saliendo de casa por las noches.

Y siempre la espera el mismo carruaje.

Un día se retrasó y me encargó

que bajase a ordenar al cochero que la esperara.

No me costó mucho sacárselo a ese hombre.

-¿Y a qué va?

-Pues no lo sé.

Pero le aseguro que no es a encontrarse con un amante.

Ella no es ese tipo de mujer.

Aunque solo sea porque nunca ha amado a nadie.

-Sé que no se trata de amantes.

Pero si no sabe a qué va,

¿por qué cree que urde algo contra Blanca?

-¿Acaso no la conoce? Ella manipula a todo el mundo.

Incluso a doña Cristina Novoa.

-¿A esa santurrona también?

-Mire, yo...

Yo creo que doña Cristina no es una mala mujer.

Aunque ya no estoy segura de nada.

Pero doña Úrsula

también la maneja.

Es capaz de sacar lo peor de cada persona

y conseguir que todos hagan su voluntad.

-¿Por qué necesita a Cristina Novoa?

-Para ayudarla en sus planes, señor.

Quiere desquiciar a doña Blanca y meterla en esa clínica.

Y hará lo que sea por conseguirlo.

Ahora doña Blanca está como abducida

por el rezo y la religión, pero es un error, señor.

Créame. No lo permita.

-Carmen,...

¿cómo sé que usted no ha venido a hablar conmigo

por orden de la propia Úrsula?

-¿Y qué interés podría tener en que yo le pusiese a usted

en sobre aviso?

-Esa mujer nunca va por el camino recto.

Nunca se pueden saber

cuáles serán sus futuros movimientos.

Es una maestra del ajedrez.

Una desquiciada con un tablero lleno de piezas ante ella.

-Créame, yo estoy poniendo en peligro mi propio pellejo.

Si doña Úrsula me descubriera,

no quiero ni imaginar lo que me haría.

-¿Por qué se sincera de esta forma conmigo?

-Por doña Blanca.

Porque ella no se merece lo que su madre quiere hacerle.

Ya bastante tiene con haber perdido a un hijo.

Y ahora usted actúe como su conciencia le diga.

Yo debo marcharme antes de que doña Úrsula me eche en falta.

Pero, por favor,

no me descubra ante ella, se lo ruego.

Todo lo hago por doña Blanca.

Buenas noches.

-Gracias.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Ciego?

¿Está seguro de lo que dice?

-Desgraciadamente, lo estoy.

-Tal vez esté equivocado.

Quizá debería hacerme más pruebas. -Su enfermedad

se conoce desde hace siglos.

Su nombre se conoce como

cataratas.

-Cataratas.

He leído sobre ello en los periódicos.

Pero puede operarse.

En Francia e Inglaterra han desarrollado...

-Se lleva intentando desde el siglo XVIII. Con muy poco éxito.

En algunos casos se consigue retrasar unos meses la ceguera,

pero en pocas ocasiones tiene una curación duradera.

-Unos meses es mejor que nada.

Podría ser que el remedio fuera peor que dejar

a la enfermedad seguir su curso.

No soy especialista,

pero creo que el proceso se agravaría.

Quizá la propia operación lo culminaría.

-Ha dicho que voy a quedarme ciego. No creo que pueda agravarse.

Quiero tener una esperanza.

Quiero valorar la posibilidad de someterme a una operación.

-Deberá hacerlo bajo su propia responsabilidad.

-Así lo he hecho todo siempre en mi vida.

-Bien.

Hablaré con un colega que está mucho mejor informado que yo

sobre esas nuevas técnicas

y le pondré en contacto con él.

-Gracias, doctor.

-Le avisaré en breve. -Gracias.

¿Por qué?

¿Por qué ahora?

-Caramba, qué buena pinta tiene esa butaca.

No, no. No, Servando, tú has venido a arreglar la fuga

de la cocina.

Ya, pero es que esa butaca parece cómoda,

y estás tan cansado, Servando.

(BOSTEZA) Venga.

Cinco minutitos nada más.

Ahí. Oh, oh.

(BOSTEZA)

(RONCA)

-Servando, ¿qué haces? -Don Liberto, ¿qué ocurre?

-¿Qué demonios haces aquí?

-¿Aquí dónde, dónde estoy?

-En casa de los Palacios, durmiendo a pierna suelta.

-No, es verdad, sí.

Venía a arreglar una fuga de agua,

pero he debido tener un episodio de ausencia.

-Un episodio de ausencia, dices.

Te has echado es una siesta de padre y muy señor mío.

-¿Qué hace aquí? -He venido a por el gramófono.

He ido a pedirte las llaves y te esperé media hora.

Pero como no bajabas he subido yo.

-Media hora imposible, don Liberto. Si yo he subido aquí a las nueve.

-Pero si ya pasan de las diez.

-¿Las diez? Maldita sea, una hora de mi vida que me han robado.

-Qué susto me han "dao". ¿Qué hacen ustedes aquí?

-He venido a por el gramófono. Y Servando estaba entregado

a los brazos de Morfeo, durmiendo. Vamos, a la pata la llana.

-Eso no es cierto, don Liberto,

que el trabajo ha sido tan duro, que me he "agotao"

y he caído sin sentido.

Más que dormido,

"desmayao", diría yo.

-Qué suerte desmayarse en una butaca con un cojín haciendo de almohada.

-¿Ya se ha vuelto a quedar dormido, Servando?

Ya se pasa usted más tiempo dormido que en vela.

-En fin, yo voy a por el gramófono,

a ver si con la música se le pasa la tristeza a mi esposa.

-La música es alegría que suena, don Liberto.

Avivará a doña Rosina.

-O la amansa, que falta le hace cuando se enoja.

Voy a arreglar la fuga.

-Y yo a limpiar, que "pa" eso he venido.

¡Servando! ¡"Pa" arriba, hombre!

-Arriba, arriba. -Venga.

(REZAN EN LATÍN)

-Ya hemos terminado el rezo.

Podemos desayunar.

-¿No rezamos los misterios dolorosos?

-No es necesario.

Hoy solo tocan los gozosos. Mañana serán los dolorosos de nuevo.

-Y el domingo los gloriosos. Pero siento la necesidad de rezar.

He pasado tantos años sin hacerlo.

-Dios perdona a los hijos que regresan al buen camino.

No les pide que compensen el tiempo que estuvieron extraviados.

¿Vamos?

¿Le confieso una cosa?

Lo que más me cuesta de rezar el rosario por las mañanas

es desayunar tan tarde.

Me comería media docena de bollos. -Nada se lo impide.

-Hay que vivir en coherencia con la fe y las enseñanzas en Cristo.

No cometer excesos.

Vivir en templanza. -Yo quería vivir

según su doctrina.

Entrar en un convento y dedicar mi vida a Dios.

Pero Samuel y mi madre insisten en recluirme en esa clínica

hasta que supere el pesar de mi corazón.

-Lo hacen por su bien. Hasta cuando se equivocan es así,

pensando en lo mejor para usted.

-¿Cree que se equivocan? -Su madre

ha sufrido mucho por usted. Desde que nació,

cuando la escogió por delante de su hermana Olga.

La situación se repitió siendo las dos mayores.

La escogió a usted de nuevo. -Tengo que rezar mucho por Olga.

Nunca pudo ser feliz. -Ahora su madre

quiere conservarla cerca,

en un lugar del que pueda salir y acompañarla en su vejez.

-En otros tiempos la habría desobedecido.

Pero ya he hecho suficiente mal.

Si Samuel y mi madre creen que lo mejor

es que permanezca en esa clínica, así lo haré.

-Esperemos que sea lo mejor. Doña Úrsula y don Samuel

están decidiendo pensando en su bien, Blanca,

y no en sus propios intereses.

-¿En sus propios intereses?

Me inquieta que diga eso. ¿Qué podría mover

a mi madre? -El egoísmo.

El ser humano es muchas veces egoísta

y, plantea como necesario lo que no es más que conveniencia.

-Entonces, ¿debo ingresar en el convento a pesar de la opinión

de mi madre?

-Ah. Ya habéis acabado el rezo.

-Hace unos minutos.

-Cristina, acompáñeme un momento

al despacho, quiero hablar con usted en privado.

-Paquito, solo tengo ojos para usted.

Su madurez, su generosidad

y valentía me han conquistado.

-No diga eso, Flora. -Pero ¿por qué no?

No me importa ni el qué dirán

ni la diferencia de edad ni mi estado. Le amo.

Ay, qué vida esta.

-Te veo muy feliz.

-Lo soy.

-Qué bien.

Porque tenemos que hablar de los planes de venta del negocio.

-¿Es que tienes que venir a amargarme el día o qué?

-No lo podemos dejar, Flora.

-No hay nada de lo que hablar, porque no pienso moverme de aquí.

"La Deliciosa" es mi vida, mi casa, y aquí voy a estar para siempre.

-¿Y El Peña? -Hace muy buenos huesitos de santo.

Es lo único que me interesa de él. -Haz lo que quieras.

Yo no pienso quedarme para ver cómo todo esto se hunde.

Hablaré con Leonor. Y retomaré el viaje.

-Pues yo, cuando consiga el dinero suficiente, te mandaré tu parte.

-¿Es que te da igual que me marche?

-Yo no puedo obligar a quedarte. Como tú no puedes obligarme

a partir.

-No puedo contigo. Es que eres irracional.

Mejor me voy.

(CARRASPEA) -Buenos días.

-Buenos días.

Por tu culpa no he dormido en toda la noche.

-Lo siento.

-De ilusión, de amor, de ganas de repetir lo de anoche.

-Debe usted perdonarme, doña Flora.

-Lo que no te perdono es que me hables de usted.

-No he querido entrar antes.

He esperado a que se fuera su esposo,

porque no me atrevería a mirarle a la cara.

-A él olvídalo y míralo todo lo que quieras.

Pero a mí mírame con amor, como yo te miro a ti.

-Flora, lo de ayer no fue correcto.

-¿Es que no te gustó?

-Está usted casada. -¿Y si no lo estuviera?

-Por Dios, doña Flora,

podría ser su padre, incluso su abuelo.

Ni se me pasaría por la mente tener algo con usted.

-¿Me está rechazando?

-Usted es guapa,

lista, alegre como un cascabel,

pero no me gusta como usted quiere gustarme.

No puede ser. Y, además, es imposible.

-Imposible.

O sea, que no le gusto.

Pues muy bien.

Váyase. No me esperaba esto.

-Pero me gusta como una buena mujer, una buena amiga.

-Sí, sí, lo entiendo.

Pero no pienso seguir hablando de esto.

Haga el favor de marcharse.

¿Cuántas veces te tengo que repetir que no llenes la bandeja?

Si se caen, soy yo la que tiene que pagarlo.

Si alguien le da un golpe, todo se cae al suelo.

¿Ves? Hale, recógelo.

-¿Y tu madre? -En la alcoba.

No ha querido salir.

-Santo Dios, qué cruz.

A ver si la música le anima.

-¿Has traído discos? -Sí. He cogido

los que tenían Palacios.

Míralos.

-¿"Marchas militares"?, me parece que no.

"Jotas aragonesas". Tampoco.

"Arias de ópera"...

quizá después.

"Valses de Strauss", esto. Esto le gusta.

-Siempre tararea la del "Danubio azul", ¿no?

(Música)

-¿Esa música?

-Sabíamos que te pondría contenta.

-"El Danubio azul".

El vals que bailé con mi Maximiliano el día de nuestra boda.

Me trae recuerdos de épocas felices.

Traicioné la memoria de mi Maximiliano

casándome tan rápido contigo, qué vergüenza.

-Madre, no diga eso, porque ahora está faltando a su esposo.

-No tendría que haberme vuelto a casar.

Tenía que haberme quedado viuda para siempre.

-No me puedo creer que digas algo así.

-Hizo bien en volver a enamorarse.

Mi padre es lo que hubiera querido.

Que volviera a ser feliz, que viviera la vida.

-Eso creía yo, hasta él me lo dijo, pero...

Cristina Novoa... me ha hecho ver la realidad.

-¿Cristina Novoa? -Sí.

Hay que ver, ha tenido que venir una santa a recordarme

que falté a la memoria de mi marido.

-Es que esto es absurdo, madre. Esa mujer no tiene derecho.

Ni sentido común ni una pizca de santidad.

-Supongo que mi tía también ha hablado con ella, ¿no?

-Sí.

Nos ha hecho ver la luz a las dos.

-Pues maldita sea Cristina Novoa.

(RONCA)

-¿Servando?

Servando, ¿se ha quedado dormido?

¡Pero Servando! -¿Qué?

¿Qué pasa hombre?

-Se ha vuelto a quedar dormido. -No estaba dormido, qué va.

Estaba pensando en la que se le viene encima a don Alfonso:

ser rey de España.

-No me mienta, Servando.

¿Roncando y pensando en los trabajos del monarca?

-Bueno, sí, tiene razón.

Me he quedado dormido en casa de los Palacios y

me ha pillado don Liberto, y ahora

me he dormido aquí. -Si sigue así le van a despedir.

-Y menos mal que me ha pillado don Liberto,

que si me llega a pillar doña Úrsula estoy de patitas en la calle.

Como no me dé pronto esas hierbas Jacinto, estoy perdido.

-¿Por qué no coge las sillas y las apila?

No creo que se pueda quedar dormido de pie.

-Oiga, pues lo mismo tiene razón.

Que la comodidad nos lleva a la molicie.

Me estaba acordando yo...

de cierto momento en que nos quedamos encerrados mi esposa,

la Paciencia, y yo

en casa de doña Cayetana, en paz descanse.

(TOSE)

¿Quieres otro brandy, querido?

-Gracias, amorcito.

-Ay, el jarrón del señorito Ponce ha quedado bien, ¿eh?

Bueno, lo mismo es que no me recuerdo

cómo era antes. -Ha quedado fetén.

Qué ganas tengo de que acabe este infernal encierro.

Lo estoy pasando malamente.

No sé cómo soportan los señores

este aburrimiento.

-Se ve que echa de menos a la señora Paciencia.

Ya estoy.

Yo recuerdo aún

cómo bailaba en sus años mozos.

-Cuidadito con eso, a ver si me voy a cabrear,

que no está bien que uno se acuerde cómo baila la esposa de otro.

-No, no. El matrimonio es un vínculo sagrado.

Y pecado de los gordos es romperlo. No se me ocurriría.

-Pecado y hasta delito.

-Estaba pensando...

qué extraño es el amor.

Que hasta el vínculo más fuerte se resquebraja

en cuanto se cuela

el amor por un tercero. -Oiga,

no estará pensando en escribir a mi Paciencia, ¿verdad?

-No, Servando, no estaba pensando en eso.

Hablaba del diablo,

que cuando no tiene nada que hacer,

mata moscas con el rabo.

-"Por supuesto que no me arrepiento"

de haberme casado contigo. -Pues te lo he oído decir.

-Pero no es por ti, es por el recuerdo de Maximiliano.

Que contigo estoy la mar de bien.

-¿Tengo que recordarte lo que me dijiste una noche?

Que Maximiliano se te aparecía constantemente

y te aconsejaba que casaras conmigo. -Sí, pero ¿y si no era él?

¿Y si era una manera de justificar mi deseo?

-Si quieres nos separamos.

No creo que me cueste demasiado encontrar otra esposa.

-No. -Que sí, Rosina.

Que tú te metes en un convento y así consigas que Dios te perdone.

-¿Te has vuelto loco? -Entonces deja

de hacer caso a lo que te diga esa mujer.

Escúchame, Cristina Novoa

no es ninguna santa.

Es una embaucadora que siembra cizaña.

¿Me oyes? -Buenos días tengan.

¿Cómo va el paseo, Rosina? -Bien.

Bien acompañada por mi esposo, que es la mejor compañía

que se puede tener.

-¿Cómo le fue con Cristina Novoa?

-Bien.

Cuando una está a su lado, todo parece tan sagrado...

Pero luego sales a la calle y se relativiza todo.

Ya sabe lo que decían:

"A Dios rogando y con el mazo dando".

-Ya.

Pero no eche en saco roto sus enseñanzas. Esa mujer es una santa.

-Sí. No sé qué hace fuera de un convento.

A ver si los de fuera le vamos

a pegar nuestras malas costumbres y la vamos a malograr.

-Buenos días. -Buenos días.

-Buenos los tengan.

Parece ser que la mañana soleada nos ha llevado a todos

a pasear por Acacias.

-Así es. Veníamos comentando nuestra visita al Museo de Ciencias.

No pueden imaginarse qué belleza.

-¿Y a don Arturo le gustó?

-El coronel tenía que resolver trámites

de la comisión de prisioneros. -Hace una gran labor.

Si necesitan

ayuda... -Siempre es necesaria,

don Liberto.

Estamos en un momento crucial y necesitábamos dinero.

-Cuenten con nuestra aportación. -Muchísimas gracias.

¿Y usted, doña Úrsula?

Tengo entendido que aporta

grandes cantidades a la caridad, y esos soldados lo necesitan.

-Hablaré con el coronel Valverde y, si las cuentas están claras,

y la labor lo merece,

haré otra aportación.

-Le quedaremos de nuevo agradecidos.

-¿No va a colaborar, Rosina?

-Ya lo ha hecho mi marido en mi lugar.

Lo mío es suyo y lo suyo es mío, como debe ser.

-Hacen bien de disponer su dinero también para los pobres.

La caridad es humana.

En fin. Les he de dejar,

voy a la iglesia. Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

-Si se muerde la lengua, se envenena.

-Esperemos que aporte esa cantidad.

-No lo dude. Dio su palabra.

Comentaban que visitaron

el Museo de Ciencias, ¿no es así?

-Así es. Es espectacular lo que han hecho.

-Me encantaría conocerlo. Rosina, podríamos ir a visitarlo.

-¿Para qué?

Quiero decir, ¿qué hay allí a parte de piedras y huesos?

-Más cosas, doña Rosina.

Yo, si gustan, me ofrezco a hacerles de guía.

-Vayamos todos juntos.

Seguro que logramos interesar a doña Rosina por los huesos y las piedras.

-Pues muy buena idea. -Sí, sí, una idea portentosa.

-Bueno.

-Samuel, no te esperaba.

-Solo quería decirte que ya hemos decidido la clínica

en la que será ingresada Blanca. Es la mejor que hemos encontrado.

¿Estás buscando algo?

-El convento

de Nuestra Señora del Monte. Está ahí, pegado a la ciudad.

De Acacias apenas se tardará una hora.

-No me digas que estás pensando en tomar los hábitos.

No es una vida para ti, ya te aviso.

-Samuel, ayer recibí una visita.

-¿De quién? -Carmen, la criada.

Vino a alertarme

de las intenciones de Úrsula. En su opinión,

solo pretende hacer daño a Blanca. -Qué disparate.

-Asegura que Úrsula maneja los hilos de Cristina Novoa.

Dice que no deberíamos permitir que encerrara a Blanca en esa clínica.

-¿Y vas a creer a una criada? Es absurdo.

Yo vivo en esa casa y no veo nada de lo que me estás diciendo.

¿No crees que yo no le pararía los pies a Úrsula si sospechara algo?

-Sí, ya sé que todo esto es muy rocambolesco.

Hasta he llegado a pensar que Carmen quizá tiene...

otros intereses. -Hazme caso, Diego.

Blanca tiene que entrar en esa clínica. La hemos elegido con celo.

-Samuel,...

¿por qué todas las noches Úrsula visita ese convento?

-¿Lo visita todas las noches? Es la primera noticia que tengo.

-Pues pasa allí varias horas.

-Según Carmen, supongo.

Olvídalo. No lo creo.

Si lo visita tendrá que ver con sus obras de caridad.

-Samuel, he buscado información.

Ese convento funciona

de hospicio.

-¿Crees que Úrsula tiene un hijo secreto?

Vamos, Diego, no seas paranoico.

-Quiero saber qué ocurre en ese convento.

-La mejor forma de averiguarlo es personarse allí mismo.

-Es lo que pienso hacer. -Te acompañaré.

Si hay algo extraño, quiero enterarme y ayudarte a resolverlo.

-He mandado arreglar el retrato de su hija Elvira.

-Se lo agradezco.

Pero podría haber tirado el roto y comprar uno nuevo.

-Era de bronce labrado

y muy bien trabajado.

He mandado cambiar el cristal.

No se pueden tirar las cosas así como así.

-Tiene razón.

No me gusta esta sociedad que se limita a tirar lo viejo.

Las cosas, las personas.

-Espere. Le acerco la taza.

-No soy un inútil al que haya que acercar una taza.

-Disculpe.

Voy a la cocina. Si necesita algo, me avisa.

-Hola. -Hola.

-¿Cómo estás?

-Bien. -Tendrías que haber venido

al Museo de Ciencias Naturales.

Qué maravilla. De hecho, pienso volver.

He quedado con Liberto y con Rosina en llevarles, así veo una sala

que no me ha dado tiempo a ver. ¿Vendrás?

-No lo sé, depende de mis ocupaciones, Silvia.

Quiero quedar con otro armador para cerrar la vuelta de los presos.

-Todavía no hemos fijado una fecha, así que dinos tú cuándo puedes

y nos apañamos. Así no te la pierdes.

-Silvia, por favor, no insistas, no me apetece. Llévalos tú.

-Como quieras. ¿Y un paseo tampoco?

-Tampoco. -¿Una partida de billar?

-Estoy muy ocupado.

Además, he vendido la mesa de billar, hoy se la llevan.

-Ya. ¿Y por qué?

-Porque ocupa mucho espacio.

Ya ha cumplido su objetivo, atraer a Ochoa.

Aunque al final no haya servido de mucho.

-Pues me hubiera gustado que me preguntaras antes de venderla.

-Lo siento. No sabía que querías conservarla.

Además, nos vendrá bien el dinero,

con todo lo que nos viene por delante.

-Hablando de dinero,

me he encontrado con Úrsula, Rosina y Liberto.

Úrsula quiere hablar contigo, va a hacer una donación.

Y Liberto también se ha comprometido.

-Buena noticia.

-Pues sonríe.

Si es problemas financieros por lo que estás así, todo se arregla.

Mira,

no pienso seguir jugando a las adivinanzas.

Ya me contarás qué te ocurre.

Si no quieres hacer ningún plan, me voy a casa de los Álvarez-Hermoso.

-No debería ser tan seco, don Arturo.

-¿Estaba escuchando?

-Sí. -Pues no debería ser tan cotilla.

Un sirviente debe ser mudo y sordo. Advertida queda.

-Por Dios, doña Flora.

Podría ser su padre, incluso su abuelo.

Ni se me pasaría por la mente tener algo con usted.

-¿Me está rechazando?

-Usted es guapa, lista, alegre como un cascabel.

Pero no me gusta como usted quiere gustarme.

No puede ser. Y, además, es imposible.

(LLORA)

-Azúcar...

-¿Le ocurre algo?

-¿Eh? No, nada, es que se me ha metido algo en el ojo.

-Uy, a mí no me engaña, doña Flora,

usted tiene mal de amores. -No seas insensato. ¿Qué dices?

-Lo he visto tantas veces...

Le voy a decir una cosa.

Muchas veces,

tenemos lo que queremos delante de los ojos

y no nos sabemos dar cuenta.

-¿A qué te refieres?

-¿Leía usted cuentos infantiles? Todos hablan de el príncipe azul.

-Una patraña para engañar a las niñas inocentes.

A los chicos les hablaban de princesas encantadas.

-No crea.

Yo estoy convencido...

de que para cada persona...

hay en el mundo un alma gemela.

Y que por muchos tumbos que se den,

siempre se acaba encontrando.

Pero...

mejor no dar tumbos, ¿no? -Me ha salido un romántico, Peña.

-De nada sirve llorar.

Lo mejor es mirar bien alrededor.

Nuestra alma gemela suele estar cerca.

-Pues te haré caso y miraré bien.

Y lo que estoy viendo es que se acaban de sentar unos clientes.

Así que vete al obrador a sacar los pasteles.

# Como una rosa

# que vino a lidiar, con su porte pinturero de marzo... #

Sí, oh, oh.

Parece mentira que de aquí salga música, ¿eh?

-Pues ya ve usted que sí.

Y mejor que la de la orquesta de su pueblo.

-Para el carro, que en Naveros del Río

tenemos una banda que es famosa por los conciertos de cuchufleta.

-Ande, déjese de cuchufletas que ya bastante hemos tenido en el barrio.

¿Y si montamos una banda de porteros tocando la cuchufleta?

Igual eso le hace sacar fama a Acacias.

-Nones, Servando. Además, a Acacias no le hace falta fama.

Y le digo una cosa: cuídese de que no venga doña Rosina

y le pille por aquí.

-Estoy esperando a tu primo. -¿Sí?

Pues hale, los criados al jardín. Vamos.

-Eh, muchacha, no te confundas, que un portero no es un criado.

Está en el paso intermedio entre el señor y el proletario.

Y está más cerca del primer punto que del segundo,

así que no te despeñes.

-A las buenas tardes.

Casilda, ¿tú sabes si puedo sacar el gramófono al jardín?

-Claro, claro, si quieres que nos pongan a todos

de patitas en la calle, claro, adelante.

-Es para las plantas, sí, sí.

La música hace que crezcan más fuertes.

Lo mismo le pasa a las becerras.

-Pues les cantas.

El gramófono no se mueve de aquí,

que nos van a despedir a todos. -Pero déjese usted

de ponerle música a los hierbajos. ¿Ha traído mis las plantas?

-Todavía no ha crecido suficiente.

-Con que hayan echado un par de hojas me basta.

Que no puedo tirarme toda la noche en vela y de día durmiendo.

-No voy a cortar yo unas plantas que no son más que cachorros.

Sería como matar a un niño.

-¡Una planta ni siente ni padece!

-Las plantas y las hierbas tienen alma, como las personas.

Como las ovejas.

Las cabras menos, ¿eh?, las cabras solo sirven

para dar leche y hacer queso.

-¿Qué pasa aquí?

¿Reunión en mi salón? -Perdone, doña Rosina, es que...

-Que ha venido a arreglar un grifo. -Casilda, ¿tenemos un grifo roto?

-Bueno, apenas goteaba, pero ya está "arreglao".

-¿Y cuánto me va a costar la visita?

-Pues ahí está el material,

mi tiempo, el uso de las herramientas...

-Nada. Es gratis.

-¿Gratis?, esto es un abuso. -Gratis, Servando.

-Bueno, ya está.

Si ya está arreglado no sé qué hacéis aquí.

¡A la calle! ¡Desfilando! -Sí, doña Rosina, sí.

(RESOPLA)

Buenas tardes.

¿Te pasa algo?

-Y dale, qué pesados todos preguntando.

-No sé, es que no te entiendo, esta mañana estabas muy feliz.

-Pues ya no lo estoy.

Lo que necesito es que me dejéis en paz.

-Oye, que yo solo me preocupaba por ti, ¿eh?

-Pues deja de preocuparte y vuelve a tu mundo feliz con Leonor.

A mí y a mis sentimientos que nos zurzan.

-¿Tus sentimientos?

¿Qué está pasando, Flora? -Déjame en paz, ¿de acuerdo?

-Debemos ir con cuidado.

Es una imprudencia que nos encontremos a plena luz del día.

Cualquiera puede vernos.

-No te inquietes, lo tengo todo controlado.

¿Sigue todo igual en casa de Úrsula?

-He hecho algo que no sé si me he equivocado.

Pero es que no podía seguir viendo

como esa mujer destroza la vida de doña Blanca.

-¿Qué has hecho?

-He traicionado a mi señora.

He ido a hablar con don Diego Alday

para pedirle que proteja a doña Blanca

y que impida que su madre la encierre en esa clínica.

-¿Sabes a lo que te expones? -Sí, lo sé.

Lo sé. Y quizá no debí.

Pero es que tú no sabes cuánto se aman ellos dos.

No se merecen estar en manos de esa arpía.

Aunque yo lo acabe pagando.

-Trataremos de que eso no suceda.

Has hecho bien.

No hay nada mejor que obrar

de acuerdo a los dictados de tu conciencia.

Pero no debes arriesgarte tanto.

-Ya me arriesgo viniendo a verte a ti.

-Sabemos mucho sobre tu señora.

No podrán hacerte daño.

-No la conoces.

Nunca se termina de conocer a ese endriago.

Es tan perversa, que siempre encuentra la forma

de inocular su veneno.

-La pararemos.

Ahora debes andar con ojo. Ten cuidado.

No hagas nada grave sin informarme antes.

-Espero que don Diego mantenga en secreto mi visita.

-Qué menos puede hacer.

No te muevas.

Ahí está Úrsula.

Me voy antes de que sea tarde.

Tendrás noticias mías.

-Vaya usted con Dios.

¿Hablabas con un hombre?

-No, señora, tan solo era un mendigo

que me ha parado. Me decía que no tenía

para darle de comer a sus hijos.

-Pues que trabaje y no traiga hijos al mundo.

Este país cada vez va peor.

A ver si el nuevo Rey tiene la mano dura y pone las cosas en su sitio.

Vamos para casa.

-Lo que ella te dice es que tú no te preocupas por sus sentimientos.

-Es la palabra que ha usado, por eso me ha llamado la atención.

-Bueno, tampoco le des tanta importancia.

-Es que...

me siento un egoísta.

-Por lo que me has contado, tú te has ocupado muchísimo de ella.

-Sí.

Siempre he cuidado que no le faltara nada.

Que tuviera comida, ropa, un techo bajo el que guarecerse y...

Pero nunca me he preocupado por sus sentimientos.

-Ya. Es que los sentimientos son algo íntimo de cada uno.

-Pero nunca le he preguntado y,

a lo mejor debería haberlo hecho. -Pues sí que deberías haberlo hecho.

Pero nunca es tarde para empezar.

-Es que no se me dan bien esas cosas.

-Bueno, tú no temas que yo te ayudaré.

Qué poco os gusta a los hombres hablar de sentimientos.

Flora y yo nos apañaremos mejor.

Flora, ¿por qué no se sienta con nosotros a tomar un chocolate?

-Estoy trabajando. -Tenemos camarera

para que haga el trabajo. Siéntate y hablamos.

-¿Qué pasa?

-Bueno, lo primero, yo creo que podemos dejarnos de formalidades.

Que somos casi hermanas. Deberíamos tutearnos, ¿te parece?

-Me trae sin cuidado.

-Pues si te trae sin cuidado, nos tuteamos.

Tu hermano está muy preocupado por ti. Te ve muy triste.

-¿Mi hermano, preocupado por mí?

Pues qué sorpresa, porque suele preocuparse por sí mismo.

-Eso no es cierto, Flora. -Es verdad, tienes razón.

También se preocupa por ti. Por ti y por vuestra apasionante,

bellísima y odiosa historia de amor.

-Flora.

¿Te parece odiosa nuestra historia de amor?

-Odiosa, cursi, repelente...

Pero no os preocupéis, que vais a conseguir lo que queréis:

vender La Deliciosa y marcharos de aquí.

Por mi parte, bien, cuanto antes nos den el dinero, antes me largo.

-Te has opuesto siempre.

Esta mañana te negaste a hablar del tema.

-Pues ya no me opongo, ¿contento? -Pues no.

Preferiría que fueses feliz. -Pues no lo soy.

-¿Vas a parar lo de la venta?

-No. Voy a aprovechar que está de acuerdo antes de que se arrepienta.

Voy a llamar al comprador

a ver si sigue interesado.

-Qué lugar tan inhóspito. Qué silencio.

-¿No habías estado antes en un convento?

-Nunca. -Yo tampoco.

Quizá todos no sean así.

(Llantos de niños)

-Son niños.

-No sé de dónde puede venir el sonido.

-Por ahí.

¿Te imaginas que uno de estos niños es Moisés?

Vamos.

-Tenga. Gracias por haber venido tan rápido.

Los operarios se acaban de llevar la mesa.

-Gracias, Agustina.

Pues se han dejado un taco.

Tal vez los alcance antes de que se vayan.

-Mañana vuelven.

Traerán el cheque del nuevo propietario.

Se lo llevarán entonces.

-Perfecto.

Entonces, cierre las cortinas y retírese.

-No.

-Agustina, sabe que siento aprecio por usted.

Pero estoy empezando a cansarme que me lleve la contraria.

Le he dicho que se retire.

-Perdóneme, pero no voy a consentir que se arruine la vida

de esta manera.

-¿Qué dice?

-Le escuché rechazando todos los planes que le sugería doña Silvia.

¿No quiere que ella se entere de lo que le pasa?

-No se meta.

-¿Por eso ha hecho que fuera a vivir

a casa de los Álvarez-Hermoso?

-Me va a obligar a despedirla.

-¿Quiere perder a doña Silvia? -¡Fuera de mi casa!

-No me voy a ir.

Aunque me despida,

seguiré con usted, aunque no me pague.

Debe dejarse ayudar. Tiene que verle un médico.

-Que no soy un mozo irresponsable, Agustina, ya me ha visto un médico.

-¿Y qué le ha dicho?

-Que no es nada grave. Un poco de fatiga visual.

Se me solucionará con unas gotas.

-¿Se curará? -Sí.

-Por eso no quiero preocupar a doña Silvia.

-Lo que está haciendo es peor. La está ahuyentando.

-No es fácil tomar este tipo de decisiones.

-Hasta que se cure yo seré sus ojos.

-Eso es imposible.

-Como el otro día en la partida de billar.

Le serviré de lazarillo.

-Menuda estupidez, Agustina. -Solo hasta que se cure.

Voy a prepararle la cena. Después le leeré el periódico.

No puede estar sin saber las novedades

de la próxima coronación de don Alfonso XIII.

-Gracias, Agustina.

(Llantos de niños)

-Los llantos vienen de allí. -Vamos entonces.

-Ahí dentro. -¿Buscan a alguien?

No esperábamos visita.

-¿Quién es usted? -Esta es mi casa.

Son ustedes quienes han entrado sin ser invitados.

Creo que son ustedes los que tienen que presentarse.

-Somos Samuel y Diego Alday.

Necesitamos cierta información.

-Soy la madre superiora, sor Petra. ¿Qué desean saber?

-Sor Petra, ¿conoce usted a doña Úrsula, esposa de don Jaime Alday?

-Conozco a doña Úrsula desde hace años.

Es una gran benefactora de nuestra orden.

-Sabemos que viene a diario. ¿Visita a algún niño en concreto?

-Quien le haya dicho que doña Úrsula nos visita a diario,

le ha informado mal.

Ella solo viene de vez en cuando para darnos su óbolo.

Gracias a ella

pueden salir adelante las pobres criaturas

que están bajo nuestro amparo.

-¿Podríamos hablar con otra monja? -¿Me acusa de estar mintiendo?

-Mi hermano solo quiere asegurarse de que usted

no pueda estar equivocada. Quizá usted no la haya visto

y alguna de sus compañeras sí. -He contestado a su pregunta.

Y no, no pueden hablar con ninguna

otra monja. Todas, menos yo, tienen voto de silencio.

Ahora, perdónenme.

Ya conocen el camino de vuelta, puesto que han entrado

bajo su cuenta y riesgo.

(Llanto de niños)

-Nos está mintiendo.

-¿Qué interés podría tener, Diego? Te estás obsesionando.

Será mejor que nos vayamos de aquí.

-Es el número de una habitación o de una celda.

Hay que seguir buscando.

(Llanto de bebé)

-Servando, ¿se puede saber

qué hace usted en esta casa? -¡Eh, eh, eh!

-Ha venido a cebarse.

Ha venido a cebarse a casa de los Palacios.

-Mujer de poca fe.

He venido a ver si la fuga tenía pérdidas.

-"Su mensaje nos da alegría".

No le hace ningún bien a los vecinos.

Debería abandonar Acacias.

Usted no es una santa. Es mala.

-¿Le dio a usted paz hablar conmigo?

-Claro que sí, señora, ¿cómo no? -Sea sincera, por favor.

Soy yo la que se lo estoy pidiendo.

-"Querría que usted"

me consiguiera una entrevista, privada, con Cristina Novoa.

-Vaya, vaya, vaya.

¿Y eso?

Creí que precisamente ahora que había conseguido la compañía

de Silvia Reyes, vivía usted en el paraíso.

-Silvia es lo mejor que ha pasado por mi vida, señora.

-Lástima que nada sea eterno, ¿verdad?

O que otros quieran también ese paraíso.

(FLORA RÍE)

(SUSURRAN)

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Acacias 38 - Capítulo 766

21 may 2018

Carmen le cuenta a Diego cómo Úrsula está detrás del cambio de carácter de Blanca y le da una clave más: Úrsula va todas las noches a un convento cercano. Cristina, arrepentida, intenta contarle la verdad a Blanca, pero Úrsula se lo impide. Arturo padece de cataratas. Se quedará irremisiblemente ciego y responde mal a Silvia, que no sabe qué le ocurre a su prometido. Servando se va durmiendo por las esquinas sin las hierbas de Jacinto. Flora sigue enamorada de Paquito, pero el sereno le cuenta que él jamás se ha planteado amarla. El Peña intenta consolar a la chocolatera tras el desplante. Flora accede a vender La Deliciosa.

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