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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 765 - ver  ahora
Transcripción completa

La única responsable de lo que pasó aquel día

y de la muerte de mi hija soy yo.

-Pero no te das cuenta de que quizás tuvieras razón.

¿Y si allí había alguien más?

¿Y si alguien se llevó...? -¡Basta!

-"Don Ricardo te está saludando" y le estás evitando.

¿No le has visto? -Claro que le he visto.

Si no le saludo es porque tengo mis motivos.

No hace falta que me regañes como a un zagal de pantalón corto.

-"Aguardaré intramuros..."

hasta obtener tu perdón.

Y si eso no llega a ocurrir nunca,

me quedaré allí expiando mis pecados.

-"Lo cierto es que me pidió que localizara"

a sus padres;

y lo hice, pero no se lo conté.

-¿Por qué?

-Tengo un as en la manga que puede destruir a esa mujer.

-"Me has dibujado a mí".

A ver si va a resultar que eres un sol.

-Si así consigo que vuelva a hablarme,

seré lo que quiera.

-"Un hombre se acerca a una viuda"

y le muestra sus afectos

y, la viuda no le para los pies,

normal que el hombre malinterpretara, ¿no cree?

No es usted

la persona más adecuada para juzgar a sus vecinos, doña Susana.

-"A mí no puede engañarme".

-¿Qué se supone que me está pasando, Agustina?

-Se está quedando ciego, señor.

-"Todo está saliendo a pedir de boca,"

tenemos a Blanca justo donde queríamos.

Solo falta un último empujón. -"No veo la manera"

de solucionar este embrollo.

Lo único que se me ocurre es que ingrese en una clínica de reposo.

Los médicos la ayudarán a superar los últimos acontecimientos,

allí estará bien cuidada.

Debemos tener fe en que en ese sitio pueda sanar.

Es nuestra última esperanza, Diego.

(SAMUEL) Diego, te lo ruego, contéstame. ¿Qué opinas al respecto?

-¿Ingresarla en una casa de reposo?

Habrá otra solución.

-Me gustaría que así fuera, pero soy incapaz de encontrarla.

-¿Me estás diciendo que no podemos hacer nada más por ella,

que debemos apartarla de nuestras vidas?

-Solo hasta que los médicos logren sanarla,

la ayuden a superar este trance que parece estar desquiciándola.

A mí también me desgarra el alma solo pensarlo,

pero debemos ayudarla, no podemos quedarnos de brazos cruzados.

-Ayudarla. Ella no lo entenderá así.

-Con el tiempo lo comprenderá.

Diego, solo en el hospital volverá a ser la Blanca de antes

y, entonces podrá rehacer su vida.

Si no hacemos nada por cambiar su situación,

se marchitará.

A pesar de su aparente fortaleza, Blanca es muy vulnerable.

-Si entra en un convento, como planea,

temo perderla para siempre.

-Hemos de brindarle nuestra ayuda.

-¿Crees que esa es la mejor manera?

¿Aceptará la ayuda de los médicos? -Así lo espero.

-Blanca ya ha estado ingresada

y fue una tortura para ella.

¿Y si el lugar donde la llevemos no es adecuado?

¿Y si se vuelve loca al sentirse sola,

abandonada?

-Nada tendrá que ver ese sanatorio con el que ella padeció.

Será una clínica que elegiremos nosotros mismos,

con todas las garantías. Y no estará sola;

podremos visitarla siempre que queramos,

confirmaremos que allí está bien.

Es lo mejor para ella, no lo dudes más.

-Está bien.

No me quedan argumentos para negarme

ni fuerzas para tratar de ayudarla.

Si no hay otra opción,

la llevaremos a esa clínica.

(Sintonía de "Acacias 38")

Discúlpeme, señor, pero ¿no va a decir nada?

-Sí,

que está perdiendo el juicio.

No me estoy quedando ciego. ¿Qué le ha hecho pensar eso?

-Su comportamiento, señor.

Le he estado observando.

-Es cierto que últimamente he tenido algún problema de visión,

pero eso no significa que me esté quedando ciego.

Son achaques propios de la edad.

¿O usted sigue teniendo la misma visión que tenía de joven?

-No, señor.

Nada es igual que entonces, ni la vista, ni los huesos.

-¿Lo ve? No hay que alarmarse. -Pero lo hago,

y mucho.

No pretendo resultar impertinente.

-Empieza a serlo. -Tengo la sensación de que usted

está empeorando a marchas forzadas. -¡Tonterías!

Solo he tenido algún pequeño mareo.

Le prohíbo

que diga algo así en privado, y mucho menos en público.

-Se lo digo por su bien.

A los males hay que buscarles remedio,

y mejor antes que después.

Evitó escribir aquel telegrama

a ese dichoso general,

fue incapaz de ver la noticia de Cristina Novoa en el diario,

no fue capaz de atizar a la bola de billar.

-Debería ocuparse de su faena, en lugar de espiarme.

-Deje que le ayude.

Negar la verdad no le va a dar ningún beneficio.

-¡Ya está bien! Ha agotado mi paciencia.

No insista o tendré que indicarle cuál es su sitio.

Váyase de aquí.

Quiero descansar, quiero estar solo. ¡Fuera de aquí!

-Como quiera, señor.

No te preocupes, a cualquiera se le puede caer un plato.

-"Pa" chasco que sí,

pero a este paso les voy a chafar la vajilla.

No sé dónde tengo la cabeza que estoy tan torpe.

-¿Acaso lo dudas? En tu Antoñito.

-Tiene más razón que un santo.

Al principio no le echaba en falta, pero no dejo de pensar en él.

-Estar separados es un sinvivir. -Tienes que animarte.

Tu prometido lleva apenas unos días fuera.

-No me lo recuerde.

Me queda casi un mes "pa" volver a verle.

No sé qué voy a hacer tanto tiempo sin él.

-Lolita, no hace falta que recojas más, vete al altillo a descansar.

-Sí, eso haré, así hoy no les rompo "na" más.

Hala.

-Pobre, Lolita,

cuanto añora a Antoñito. Debería haber marchado con él.

-Celia, no es momento de hablar de Lolita.

Tenemos un asunto importante que tratar.

Llevas todo el día evitándome, pero se acabó.

(AGUSTINA) "Se está quedando ciego, señor".

-"Todos vieron con qué desprecio te dirigiste a mí".

Cómo te negaste a sentarte a mi lado.

-No pretendas que acuda a tu lado cada vez que me chistes.

-¿No quieres estar junto a mí? -No es eso, lo sabes.

Pero aunque sea tu esposa, tengo mis propias ideas y valores.

-Lo sé, nunca he tratado de evitarlo.

¿Por qué lo dices ahora?

¿Eres tú o esa Cristina Novoa la que habla?

-No digas tonterías.

-Sé que esa muchacha te visitó. ¿De qué hablasteis?

¿Qué te dijo para que estés así?

-Nada que pueda reprocharle. Al contrario,

me hizo tomar perspectiva de mi vida y ver en qué nos convierten

nuestros actos. -¿Nuestros actos?

¿A qué te refieres?

-Felipe, hemos hecho cosas que no podemos olvidar,

aunque lo intentemos.

La muerte de Guerra

o la de Herminia,

esos recuerdos siguen haciendo sangrar mi corazón por la culpa.

-Celia, a mí también me afectan.

Pero no podemos dejarnos vencer por ellos.

Fueron grandes errores, sí,

pero ya hemos pagado por ellos. -¿Eso crees?

-Por supuesto que sí.

¿He de recordarte todo lo que hemos sufrido?

Gracias a Dios, hemos salido reforzados de la experiencia,

convertidos en personas mejores. -¿Gracias a Dios, dices?

Me temo que Dios no sea tan generoso con su perdón

como lo hemos sido nosotros.

-¿Dudas de su bondad?

Esa tal Cristina debe estar equivocada,

no quiero creer en un Dios vengativo, que nunca olvida,

que siempre castiga. -Ojalá sea así,

ojalá nos haya perdonado.

Me siento a morir cuando recuerdo lo que hicimos. Soy débil.

-Celia, tú no eres débil.

¿He de recordarte todo lo que has conseguido tú sola?

¿Todo lo que has luchado para ser

una mujer independiente?

Tu negocio de tintes, todo el amor que le has dado a Tano,

y a mí también.

Eres una mujer admirable

y te amo con locura.

¡Santo Dios!

¿Qué ha pasado? ¿Por qué está todo así?

¿Han entrado a robar?

-Lo siento,

no sé qué me ha podido pasar. -¿Eres tú el responsable?

Arturo, ¿qué te está pasando?

-Nada. -¿Nada?

Llega a ser algo y tiras la casa abajo.

¿Qué te pasó en misa para hablarme de ese modo y marcharte así?

-Discúlpame, no quise ser descortés.

-Gánate mi perdón siendo sincero conmigo de una vez.

Llevas días ocultándome algo que no atisbo a adivinar

y me gustaría ayudarte.

Veo que no sueltas prenda.

¿Es por ella que estás así

o hay algo más?

No quieres decírmelo.

Te dejo tranquilo.

Cuando decidas ser sincero,

ya sabes dónde encontrarme.

Solo te pido que no olvides que dentro de muy poco

nos casaremos.

Si queremos que esta unión funcione, deberíamos apoyarnos

el uno en el otro, y no ocultarnos qué nos sucede.

¿Qué te pasa, desgracia?, no has "probao bocao".

-No me entra "na", Fabiana.

-Haz un poder, que luego te van a sonar las tripas

cuando estés atendiendo a tus señores.

-¿Cómo voy a disfrutar de este pan, mientras pienso que el Antoñito

se estará comiendo una "chibus" en el "Rusan-honore".

-Háblame en cristiano.

¿Qué es eso del "chibus"? -Un postre fetén.

-¿Cómo va a estar bueno un dulce que tiene nombre de estornudo?

Donde se pongan unos buenos churros...

-Dijo que me mandaría una postal y no ha "llegao,"

¿le habrá "pasao" algo? -No te amuela.

¿Cómo te va a llegar ya una carta si acaba de llegar a la Francia?

¿Cómo quieres que te la mande, por paloma mensajera?

Estás "mu pesá" con tu Antoñito.

El muchacho lo estará pasando fetén con su familia.

Deberías de estar "acostumbrá" a no verlo,

mucho peor fue cuando le encarcelaron.

-Eso ni me lo miente.

Pero, ahora que lo pienso, entonces le añoraba menos.

A la cárcel podía ir a verle cuando quisiera y, a París no.

Estos gabachos ya podían haber hecho su ciudad más cerca.

-Buenos días. ¿Puedo sentarme a desayunar con ustedes?

-Sí, Peña, se lo ruego, así escucharé algo

que nos sea el nombre

de Antoñito.

Traiga.

Cuéntenos, ¿cómo le va con esa mujer por la que bebe los vientos?

¿Hizo caso de lo que le aconsejé

y le mostró lo que vale? -Nones,

poco he podido hacer. No sé que pensar,

por momentos parece cariñosa y creo que también me ama,

pero en otros... se muestra arisca

como gato panza arriba

y, creo que lo nuestro es un imposible.

-Lo mío con Antoñito sí que era un imposible.

Pero vencimos "tos" los obstáculos.

-Pues mira qué bien, pero ahora no hablamos de Antoñito,

sino del Peña.

¿Y por qué no puede conquistar a esa mujer?

-Digamos que hay impedimentos de enjundia.

-No hay obstáculo

que no supere un buen ramo de flores.

Pásese por el quiosco, que le prepararé uno

"pa" su "enamorá". -No me sobran los cuartos

para flores. -Eso tiene fácil solución.

Le hago un buen precio a usted a cambio de su receta de los buñuelos,

que he oído que están deliciosos.

-Buñuelos.

A Antoñito le encantan

los buñuelos.

No sé cómo lo ha hecho, pero me ha hecho ver la luz.

¿Cómo pude ser así?

El cuerpo de mi esposo aún caliente en el sepulcro

y yo tonteando con un hombre más joven.

-Faltando así a su honor y a los mandamientos.

Mancillando su hogar a la vista de todos los vecinos.

-Eso fue al principio.

Luego intentamos bendecir nuestra unión casándonos ante nuestro Señor.

-¿Cree que eso lava su culpa?

¿Que nuestro señor bendijo tal unión?

¿Que aceptó que olvidara su primer matrimonio

con tamaña facilidad?

-Fue el amor por Liberto el que me llevó a actuar así.

-No, querida, las dos sabemos que no fue el amor el que guió sus pasos.

-Sí, claro, pero ¿me puede recordar qué fue?

-La lujuria, el deseo y la pasión.

-Sí, tiene razón.

¿Cómo pude traicionar así a mi...

querido Maximiliano?,

con lo bien que se portó conmigo.

-Aceptar la culpa es el primer paso

para lograr el perdón de nuestro Señor.

(Puerta)

-Oh...

Disculpen, no quería interrumpirlas. -Pierda cuidado,

doña Úrsula, yo ya me iba.

Gracias por sus palabras, querida, no caerán en saco roto,

se lo aseguro.

-Felicidades, querida,

tiene usted un don para hundir a estas mujeres.

Sin embargo, no parece muy satisfecha.

-Al contrario, me desprecio a mí misma.

Esas mujeres son buenas,

no debería estar hurgando en sus heridas de esa forma.

-Piense que las está ayudando

a reconocer sus pecados ante nuestro Señor.

-Eso no es así.

Todo el mundo tiene pecados inconfesables y, no por eso

han de martirizarse el resto de su vida.

-Tiene buenos motivos para actuar así.

¿O ha olvidado lo que hablamos?

-Nunca podré olvidarlo. -Y así debe ser,

si es inteligente.

Ya veo que lo es.

Descanse, aún debe seguir

con su misión evangelizadora.

(RECUERDA) "No puedo quedarme. Lo siento".

-No.

No lo siente usted en absoluto.

-Como usted diga.

-¿Me va a obligar

a ordenárselo?

Recibirá en audiencia privada a las vecinas que yo le señale.

-¿Qué quiere usted de ellas?

-Quiero que sufran.

Quiero que, con ese don

que Dios le ha dado,

examine sus almas, las desnude

y saque lo más turbio de cada una de ellas.

Lo mismo que ha hecho con Blanca.

-¿Quiere que también las convenza de que deben expiar

sus pecados?

-Sí. Eso es lo que hará usted.

-¿Por qué? ¿Para qué?

-Se mofaron de mí, me humillaron

me hicieron daño

y tienen que pagar.

Pagarán por todo. -No soy infalible.

Con Blanca he tenido suerte

porque estaba muy débil y conocía sus secretos,

pero... -Conozco a mis vecinas

como si fueran yo misma,

conozco sus vidas,

sus secretos,

sus fantasmas, sus remordimientos...

Juntas conseguiremos que sufran.

-No puedo hacer lo que me pide.

-No está en su mano negarse.

-Sí está.

-¿Quiere que hable con su padre?

¿Quiere que le cuente que sigue viéndose con ese tunante

que se la llevó, que duerme con él?

-Hábleme de ellas.

-"Siéntese".

Servando, despierte,

que no son horas de dormir a pierna suelta.

-(BOSTEZA) Que no estaba dormido,

estaba meditando.

-Pues sí que medita usted bien,

que sus ronquidos se escuchan hasta en el altillo.

Como le vean los señores, se va a enterar usted.

-Está bien. Pero eso no es excusa

para despertarme echándome agua encima.

-¿Qué "tontás" son esas?

Yo no le he echado ningún agua.

-Maldita sea mi estampa,

hay una gotera.

-Y bien gorda, sí.

-Habrá que arreglarla. -Eso

o aprender a nadar.

-Mire, no hay mal que por bien no venga, así espabila.

Castigo de Dios por quedarse dormido.

-Ríase de los males ajenos. Esta noche tampoco he "pegao" ojo.

A ver si el Jacinto me trae las hierbas.

-Menos excusas

y a la labor, que la gotera no va a arreglarse sola.

-Esto debe ser de casa de los Palacios.

Si no es por una cosa es por otra, el caso es no dejarme descansar.

-"Le agradezco que me haya escuchado".

Con la visita de Cristina Novoa, los fantasmas del pasado

se me hicieron demasiado presentes y lo pagué con mi esposo.

-Lo importante es que lo han solucionado ya.

-Sí. Hablamos largo y tendido.

Hay que seguir adelante, aunque cueste.

Querida,

perdóneme, ha escuchado mis cuitas

y, yo ni me he interesado por usted.

¿Ha solucionado sus problemas con el coronel

o sigue mostrándose infranqueable?

-El pasado pesa demasiado en él. -Seguro que puede ayudarle

a superarlo de una vez por todas.

-Para eso tendría que aceptar mi ayuda.

Y de momento no es así.

(Llaman)

-¿Espera visita? -No.

-Disculpe, señorita Silvia, tiene visita.

-Espero no interrumpir.

-Descuide, yo ya me marchaba. Seguiremos hablando

esta noche. -Con Dios.

-Doña Celia.

-Esteban, me alegra que haya venido. Tengo novedades.

Pese a sus esfuerzos, Arturo no ha conseguido una rebaja

con el armador. -Lo lamento.

Pero no vengo a hablarle de nuestra comisión.

-Entonces, ¿a qué?

-A interesarme por usted. Quería saber cómo se encuentra.

-Perfectamente, querido amigo.

¿Por qué no iba a estarlo? -Me alegra que sea así.

De todas maneras,

pensé que le vendría bien entretenerse un poco, animarse.

El Museo de Ciencias ha inaugurado una exposición.

Me agradaría mucho que me acompañara.

-Pues... pese a que no necesito animarme, acepto encantada.

Le preguntaré a Arturo si quiere acompañarnos.

-Por supuesto,

contaba también con él.

De verdad... Subiré a casa de los Palacios

a ver si puedo arreglar la gotera. -Hágalo sin mayor tardanza,

si no quiere que entremos en el portal en barca.

-Con ustedes quería hablar.

-¿Es que hoy nadie tiene labor y todos vienen a darme la murga?

-(TOSE)

-Uy, uy, uy... Qué tos más fea

me gasta, Paquito. ¿No me habrá cogido esas fiebres tan malas?

-Pierda cuidado, es un simple resfriado.

Sea lo que sea, ya está saliendo del portal.

Solo faltaba que me contagiara. -Temple, que no voy a estar mucho.

¿Saben si el Peña ha pasado la noche en el altillo?

-"Pa" chasco que sí. ¿Dónde la iba a pasar si no?

-¿Y tamaño interés a cuento de qué?

-Vigilo para que no vuelva a las andadas. No me da buena espina.

-A mí tampoco me da buena espina.

No deberíamos haberle metido en esta casa.

-Mira por donde, ya han "encontrao" los dos algo que tienen en común.

Y no me sean tan siesos,

el Peña es buen muchacho,

y está "regenerao" del "to".

Me ha hecho saber

que anda "enamorao" de una muchacha del barrio.

Y sepan que ya no tiene interés por lo ajeno.

-¿Y dice que ha perdido el interés por lo ajeno?

-¿Y se puede saber quién es? -Ni lo sé, ni me importa.

No sea cotilla.

-(SE ENFADA)

-¿Ha visto? Menudo panorama tenemos. Lo mismo

salimos a nado.

¿Está seguro de que es lo mejor para ella?

-Samuel me ha hecho comprender que es por su bien.

Blanca precisa de ayuda. -Pero ingresarla en un sanatorio...

-Me cuesta tanto como a usted aceptarlo.

Pero no veo otra solución.

-Hace nada, trataba de convencerme de que Blanca no estaba loca,

de que no deliraba cuando hablaba de Moisés,

y, usted habla de meterla en un manicomio.

-Leonor, créame

yo soy el primer interesado en aclarar qué sucedió aquel día

y, seguiré investigando hasta agotar toda posibilidad,

pero ¿se imagina a Blanca en un convento?

-Es cierto que su vida ha tomado una deriva que no podemos consentir.

Y no hay manera de hacerla razonar.

No escucha a nadie.

-Buenos días. -Felipe.

-¿Saben si le ha pasado algo a Doña Susana?

Es extraño que esté la sastrería cerrada.

-No que yo sepa.

-Me está haciendo un traje para la coronación del rey

y quedamos hoy para hacer las pruebas.

-Es extraño.

-Perdonen la interrupción.

¿De qué estaban hablando?

-De Blanca.

Estamos considerando ingresarla en una casa de reposo.

-¿Y tal resolución?

-Parece no haber otra solución para su estado.

-No estoy de acuerdo.

Hay otra más sencilla,

alejarla de Cristina Novoa.

Ella es la culpable de todo.

-Esa mujer no cuenta con mis simpatías,

pero ¿cómo puede estar tan seguro de eso?

-La verdad sea dicha,

todo empezó con su vista. Usted misma

vio cómo la manipulaba.

-No ha influido solo sobre Blanca,

esa supuesta santa se reunió con mi esposa.

Removió todo el pasado para hundirla y hacerla sentir culpable.

Por culpa de sus palabras,

Celia se alejó de mí.

Pude abrirle los ojos y hacerle entender

que todo forma parte del pasado.

-Algo que no hemos logrado con Blanca.

-Blanca se encuentra en un momento muy vulnerable, rota de dolor.

Y ella se ha aprovechado de eso.

Háganme caso, esa mujer es un veneno que se ha metido

en la sangre de Blanca. -Tiene razón,

debemos echarla como sea de estas calles.

-Quizás la solución no sea encerrar a Blanca,

sino alejarla de esa mujer.

-No debería tomar ninguna resolución

hasta conseguirlo.

Si reluce como los chorros del oro.

Qué clientes más limpios tenemos, que ya ni manchan las mesas.

-(PEÑA SILBA)

-Peña, ¿has limpiado tú las mesas?

-Sí, y también he recogido la cocina,

ordenado los albaranes y preparado este bizcocho.

-Si lo sé no vengo, te puedes encargar del negocio.

-¡Anda!

-Este bizcocho huele que alimenta.

-Mejor sabrá.

¿Quiere probarlo?

(TARAREA)

Aquí tiene.

-Aguarde un suspiro.

¿No querrás vengarte por mi despiste y le has echado matarratas?

-Pierda cuidado, aunque en ocasiones se lo merezca,

jamás haría nada que le hiciera daño.

-Por si las moscas, pruébalo tú primero.

-Como desee.

¿Qué, se queda ya más tranquila?

Desde luego...

(SE AHOGA)

-Que yo tenía razón, que está envenenado.

¡Escupe, Peña, escupe!

-Vale, que me va a romper el espinazo.

(RÍE)

Se lo ha tragado.

Qué ingenua es usted, que era una broma.

-Qué susto me has dado. -Pero Flora...

-¿Interrumpo?

-Usted nunca.

Peña, lleva el bizcocho al obrador.

No me mire así, no estábamos haciendo nada malo.

-(LATÍN) "Excusatio non petita, accusatio manifesta".

-Perdone, ¿qué es lo que ha dicho?

-Nada, que para ser mujer casada, debería andarse con más cuidado.

Está jugando con fuego.

(TOSE)

Sí, ya sé que nadie me ha dado vela en este entierro,

pero temo que ese ladronzuelo

se burle de usted y se aproveche.

¿Sonríe?

¿Acaso mis desvelos le hacen gracia?

-En absoluto. Solo me divierte lo equivocado que está.

Venga esta noche a la chocolatería cuando ya haya cerrado,

y a parte de sus cigarrillos balsámicos, le daré una explicación.

No quiero que haya secretos entre nosotros.

¿Seguro que no me ocultan nada más?

-Por supuesto que no.

Estamos convencidos de que es lo más conveniente para ti.

-Entiende que esa idea súbita

de meterte en un convento nos ha sorprendido a todos.

Solo queremos que estés

en plenas facultades, antes de tomar

una decisión tan importante.

-Pero madre, a usted, hace nada, le parecía bien mi decisión.

-Yo solo deseo tu felicidad.

Pero Samuel tiene razón,

has pasado por mucho últimamente

y, no está de más que los médicos revisen tu salud.

-Yo estoy bien. No necesito tratamiento médico.

Mi mal no es físico. Simplemente,

he abierto los ojos

y he comprendido que había tomado

el camino equivocado. Debo purgar mis pecados.

-Blanca, solo serán unos días.

Ingresas en la clínica, hablas con los médicos

y, tomas la decisión que creas conveniente.

Si consagrar tu vida a la religión y a Dios

o volver a casa. -Sea la que sea

que tomes, no nos opondremos.

Te apoyaremos en todo.

-Solo quiero hacer lo correcto.

Si no me quieres tener

en esta casa, lo comprendo,

adelantaré mi marcha al convento.

-Blanca, esta decisión

tampoco es sencilla para mí,

pero estoy seguro de que nos lo agradecerás.

-En la clínica cuidarán de ti,

no te faltará de nada. Podrás seguir rezando a Dios

y preparándote si quieres ingresar en el convento,

si ese es tu deseo.

-¿Seguro que no será un hospital

como en el que me ingresó

en el pasado? -No, Blanca,

eso yo jamás lo permitiría.

-De acuerdo.

Si creen que es lo más conveniente para mí,

pospondré mi marcha al convento.

-No te arrepentirás.

-Ahora,

si me disculpan, voy a retirarme a descansar.

-Te acompaño.

-No, querida hija,

no será como la clínica que ya conociste,

será mucho peor.

¿Estás seguro de que no quieres acompañarme al museo?

-Seguro. Ve tú con Estaban.

Esa exposición no es de mi interés y, prefiero

seguir avanzando con lo de la comisión.

-No me gusta verte tan mohíno.

-Descuida,

no me pasa nada.

-Sé lo duro que te resulta recordar ciertos aspectos de tu pasado,

pero no deberíamos dejar que ensombrezca el momento tan bello

que estamos viviendo.

-Y no lo hacen.

No hagas esperar a Esteban.

-Como quieras.

-Señor, perdone que se lo diga,

pero se equivoca con su proceder.

Su prometida,

al igual que una servidora, solo quiere ayudarle.

-Agustina, es usted la que se está equivocando.

Se está tomando demasiadas

libertades. Espero no tener que repetirle

cuál es su sitio.

Puede retirarse.

Hoy no voy a necesitar más de sus servicios.

Me duelen los dedos de pasar las cuentas del rosario.

Creo que nunca había rezado tanto en toda mi vida.

-No debemos de desaprovechar ninguna ocasión

de rogar a nuestro Señor por el perdón de nuestros pecados.

-Espero que también le ablanden las velas que he puesto a los santos.

La iglesia nunca ha estado tan iluminada.

He de confesarte que mi audiencia con Cristina Novoa ha resultado

de lo más reveladora.

-Sí, somos afortunadas

de haber podido pasar un rato a solas con ella.

-Sí. Aunque sus palabras a veces resulten algo duras.

-La verdad, en ocasiones lo es, querida amiga.

Y ella nos ha ayudado a afrontarla.

Ha cumplido con su obligación, diciéndonos lo que debía decirnos,

luego ya, lo que nosotras hagamos con ello es nuestra responsabilidad.

-Qué afortunado soy de encontrarme a las dos mujeres que más estimo.

-Sí. -Uy.

¿Sucede algo, Rosina? ¿Ya no te agradan mis cariños?

-Me agraden o no, no es lo importante.

No deberías mostrarlos en público.

-Ya. ¿Y usted dónde estaba, tieta?

Estaba preocupado al ver la sastrería cerrada.

-En la iglesia, ocupada en cuitas de mayor importancia.

-No debe descuidar su negocio.

Con la coronación de Alfonso XII, tiene mucha faena por delante.

Antes vi a Felipe quejándose

al no poder probarse cierto traje.

-La homilía es más importante que un traje,

incluso más que el mismo rey.

-Qué gran verdad.

-Lo cortés no quita lo valiente, siempre puede atender ambas cosas.

-No siempre.

Tanta entrega a mi trabajo ha podido hacerme desviar la atención

de lo verdaderamente importante.

Quizás debería

cerrar la sastrería de una vez por todas.

Vender el local y marcharme lejos. -¿Ha perdido el oremus?

¿A cuento de qué semejante disparate?

Con todo lo que ha luchado por su negocio...

¿Qué ha ocurrido para que hable con semejante desapego?

-No ha ocurrido nada.

Pero empiezo a pensar que sería lo más sensato.

-Rosina, querida, ayúdame.

Hagamos entrar en razón a mi tía.

-Ella sabrá

qué es lo más conveniente para su vida y para su alma.

Y ahora, si nos disculpas,

tenemos cosas que hacer. -Ya.

Había pensado en invitaros a merendar un dulce de esos

que tanto te gustan. -No tengo apetito.

-¿Tú? Sería la primera vez.

Y aunque no tengas apetito, un dulce no va a hacerte daño.

-¿Cómo que no? Comer sin apetito es gula,

y eso es un pecado grave.

Deberías saberlo.

Le agradezco que haya venido con tanta urgencia.

Quiero ser lo más discreto posible con el mal que me aqueja.

-Descuide, en un momento veremos qué es lo que le sucede exactamente.

¿Cuánto hace que lleva notando problemas en la vista?

-Hace ya un tiempo.

Todo empezó con unos pequeños mareos.

Pero cada día que pasa, mi visión es más borrosa.

Como si un velo se estuviera formando

delante de mis ojos.

Ya casi no puedo disimularlo,

ni hacer vida normal.

Voy a hacerle una prueba

de agudeza visual. Siéntese, por favor.

Dígame

qué letras ve.

-Ele,

be,

e,

be.

-¿Y ahora?

-De,

ese,

de...

Eh... Podría ser una

b.

Y...

no distingo el resto.

Doctor, cuénteme la verdad. ¿Qué me está pasando?

-Prefiero estar

más seguro del diagnóstico antes de responder a sus preguntas.

Voy a echarle unas gotas en los ojos para poder examinárselos.

Le escocerá un poco.

(Llaman)

Paquito, le estaba esperando.

-Va usted más pintada que una puerta.

-Veo que se ha fijado. Lo tomaré como un halago.

-¿Acaso se ha citado con el Peña

una vez me marche? -¿Cuántas veces he de decírselo?

Entre el Peña y yo no hay nada. No tema.

Me alegra escucharlo. No me fío de ese elemento.

Por no hablar que es usted

una mujer casada. Flora,

aunque su matrimonio esté roto,

se vería en serios apuros si la ven tonteando

con otro hombre.

-En ocasiones merece la pena correr el riesgo.

-No, no diga eso.

Perdone si peco de entrometido, pero me preocupa.

(TOSE)

-No siga hablando. Tome sus cigarrillos.

Invita la casa.

-No puedo aceptarlos. Siempre me está invitando.

-Para mí es un placer.

Así disfruto de su compañía.

-Es que... ¿No se da cuenta

de que el peligro para mi reputación no es el Peña,

sino otro hombre?

(SUSPIRA) Solo tengo ojos para usted.

Su madurez, su generosidad

y valentía me han conquistado.

-No, Flora, no diga eso.

-¿Por qué no? No me importa ni el qué dirán

ni la diferencia de edad, ni mi estado. Le amo.

-(TOSE)

Perdone, pero debo marcharme.

-Olvida sus cigarrillos.

-Sí, sí...

(TOSE)

Bueno, ya vendré a por ellos.

¿Y bien?

Doctor, hábleme con franqueza.

Estoy preparado para lo peor.

-Créame que lo lamento, pero no son buenas noticias.

-Así lo temía.

-El velo de su visión, la pérdida de definición

e incluso la alteración en la percepción del color,

se debe a un proceso degenerativo que concluirá de una sola manera,

dejándole

ciego sin remedio.

(Llaman a la puerta)

(Se cierra una puerta)

Carmen, ¿qué hace usted aquí? -Señor, debo hablar con usted.

-Es un asunto de la mayor enjundia. -¿Qué ocurre?

¿Le ha sucedido algo a Blanca?

-No, señor, pero sí le puede pasar si no hacemos algo para impedirlo.

-Me está alarmando. Hable ya.

-Su madre planea llevarla a una clínica de reposo.

-Lo sé, Samuel lo consultó conmigo.

Y aunque me duela en el alma, tuve que darle la razón.

No parece haber otra solución para que Blanca se recupere.

-Pero debe evitarlo. No permita que Úrsula

se salga con la suya una vez más.

Pretende ingresarla en un lugar horrible.

-Siéntese, Carmen.

Puede estar tranquila.

Nos cuidaremos de que el sanatorio donde ingrese sea lo mejor posible.

Así lo he acordado con Samuel.

Mire,

por una vez, temo que no es Úrsula de quien debo preocuparme,

sino de esa condenada Cristina Novoa.

Es ella quien

ha hecho que Blanca pierda la cabeza.

-Pero ¿no se da cuenta de que esa santona está en casa

por intermediación de doña Úrsula?

Apenas he podido escucharla, pero sé que la amenazó.

Estoy segura de que mi señora tiene oscuros tejemanejes una vez más.

-¿Qué podría estar urdiendo?

-No lo sé, señor, pero seguro que es algo contra doña Blanca.

Verá, sale muchas noches a las tantas

y no regresa

hasta pasadas unas horas. -¿Dónde va Úrsula? ¿Lo sabe?

-Sí, señor. Fui a hablar con el cochero que la espera

y me aseguró que siempre la lleva al mismo lugar,

al convento de Nuestra Señora del Monte.

Ignoro que le puede llevar hasta allí.

Duerme pequeño.

La Virgen protege tus sueños.

Duerme, Moisés.

Su madre quiere conservarla cerca,

en un lugar del que pueda salir y acompañarla en su vejez.

-En otros tiempos la habría desobedecido,

pero ya he hecho suficiente mal.

Si Samuel y mi madre creen que lo mejor es que permanezca

en esa clínica, así lo haré.

-Esperemos que sea lo mejor.

Doña Úrsula y Samuel están decidiendo pensando en su bien

y no en sus propios intereses.

-¿Esa música? -Sabíamos que te pondría contenta.

El Danubio azul.

El vals que bailé con mi Maximiliano el día de nuestra boda.

Me trae tantos recuerdos de épocas felices...

(Suena el Danubio azul)

Traicioné la memoria de Maximiliano casándome tan rápido contigo...

-Madre no diga eso, porque ahora está faltando a Liberto,

que es su esposo.

-No tendría que haberme vuelto a casar.

Qué extraño es el amor, que hasta el vínculo más fuerte se resquebraja

en cuanto se cuela el amor por un tercero.

-¿No estará pensando en escribir a mi Paciencia?

-No,

no estaba pensando en eso.

Hablaba del diablo,

que cuando no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo.

-"¿Mi hermano preocupado por mí?".

Eso sí que es una sorpresa,

porque solo se preocupa por sí mismo.

-Eso no es cierto, Flora. -Es verdad, tienes razón.

También se preocupa por ti;

por ti y por vuestra apasionante, bellísima y odiosa historia de amor.

-Flora,...

¿te parece odiosa nuestra historia de amor?

-Odiosa, cursi, repelente...

Pero no os preocupéis, que conseguiréis lo que queréis,

vender La Deliciosa y marcharos.

Cuanto antes nos den el dinero, antes me largo.

-"¿Un billar?".

-Estoy muy ocupado, Silvia.

He vendido la mesa de billar, hoy se la llevan.

-Ya. ¿Y por qué?

-Porque ocupa mucho espacio.

Ya ha cumplido su objetivo, atraer a Ochoa.

Aunque no haya servido de mucho.

-Me hubiera gustado que me preguntaras antes de venderla.

-Lo siento, no sabía que querías conservarla.

-"Estoy convencido"

de que para cada persona hay en el mundo un alma gemela.

Y que por muchos tumbos que se den,

siempre se acaba encontrando.

Pero...

mejor no dar tumbos, ¿no? -Me has salido un romántico, Peña.

-De nada sirve llorar. Lo mejor es mirar bien alrededor.

-"Si quieres, nos separamos y ya está".

No creo que me cueste encontrar otra esposa.

-No. -Que sí, Rosina.

Métete en un convento y quizás Dios te perdone.

-¿Te has vuelto loco? -Entonces

deja de hacer caso a esa mujer.

Escucha, Cristina Novoa

no es ninguna santa, es una embaucadora que solo siembra cizaña.

¿Me oyes? -Buenos días.

-"Ni la conoces,"

nunca se termina de conocer a ese endriago.

Es tan perversa, que siempre encuentra la forma

de inocular su veneno.

-La pararemos.

Debes andar con ojo, ten cuidado.

No hagas nada grave sin informarme antes.

Espero que don Diego mantenga en secreto mi visita.

-¿Y qué menos puede hacer?

-"¿Por qué Úrsula"

visita todas las noches el convento de Nuestra Señora del Monte?

-¿Lo visita todas las noches? Es la primera noticia que tengo.

-Ese convento funciona

de hospicio. -¿Crees que Úrsula tiene

un hijo secreto? No seas paranoico.

-Quiero saber qué ocurre en ese convento.

  • Capítulo 765

Acacias 38 - Capítulo 765

18 may 2018

Diego acepta la propuesta de Samuel: llevarán a Blanca a una clínica. Samuel y Úrsula se lo anuncian a la joven. Arturo sigue negando ante Agustina que tenga problemas de visión. Esteban invita a Silvia al museo. Aprovechando su ausencia, Arturo llama al doctor Quiles. Este le diagnostica una enfermedad visual degenerativa que lo dejará ciego. Lolita sufre la ausencia de Antoñito. Felipe se da cuenta de que Celia ha sido manipulada por Cristina Novoa. Ahora es a Rosina a quien la santa consigue hacer sentir culpable.

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