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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 762 - ver ahora
Transcripción completa

-Buenas tardes.

-Doña Susana,

¿Qué hace con esa maleta? He devuelto el billete de tren.

-No, no se preocupe, don Ramón. No voy a ninguna parte.

Son los regalos para mi hijo, para mi nieto y para sus esposas.

-Ay. Sabía yo...

Sabía yo que algo les tenías que mandar.

-¿Qué me está pasando?

-"Diego es el arma"

de las tinieblas contra su virtud.

Debe luchar por alejarse de ese hombre.

Por no sentir la menor piedad por él.

Por eliminarlo de sus pensamientos. -"A veces vi a esa mujer..."

más muerta que viva.

Más tarde, cuando me quedé sola, volví a pensar en ello.

-Dígame, ¿qué es?

-El cordón umbilical de la niña estaba "cortao".

-¿No fue usted quien lo cortó? -No, no fui yo.

"Y ella no estaba en condiciones de cortarlo".

"No".

"Allí hubo alguien que auxilió y se marchó antes de que yo llegara".

-"¿Está usted segura que esa mujer no la vio?".

-"No había nadie en los alrededores".

"Nadie me vio".

¿Te dijo Diego cómo se llama y dónde para?

-Sí. Aurelia.

Está en una pensión cerca de la estación.

-Pues deja que yo me ocupe de ella y tú sigue así.

Que Diego crea que sigues a su lado

y que Blanca no sospeche nunca de nosotros.

-"Quizá Blanca nunca delirara".

Necesito estar seguro de lo que sucedió.

Saber si Blanca enloqueció de dolor o, por el contrario,

mi hijo sigue vivo. -¿Tienes localizada a la campesina?

-Sí, sé dónde se aloja.

-Pues habrá que volver a hablar con ella.

Perdone. ¿No hay una oración aquí esta noche?

-Pues nones. "Pa" mí que se ha equivocado usted.

La oración fue ayer,

con Cristina Novoa. Da gusto oír a esa mujer.

No me extraña que la quieran hacer santa.

-En la oración de ayer ya estuve. Pero me han dicho que esta noche

había una vigilia para rezar a la Virgen. Me han dejado una nota.

-Pues yo no me he enterado. Como no sea dentro de la iglesia.

-Puede ser, pero me habían dicho que era aquí, en la calle,

en el mismo púlpito que ayer. Aunque ya veo que la calle...

no tiene los ornatos tan bonitos. -Pues no, y ya ve usted

que el púlpito se lo han llevado. No sé adónde.

Me figuro que a donde vaya a rezar otra vez Cristina.

-Qué pena.

Me tendré que volver al pueblo sin que me bendiga otra vez.

-Arrea. ¿Y vive usted muy lejos? -No, no mucho.

En carreta, si un arriero me deja subir, tardo un día.

A pie, un poco más. -Bueno.

Pues ojalá tenga usted suerte y la acerque un arriero.

Hasta la próxima vez que la vuelva a ver.

Con Dios. -Con Dios.

-Aurelia.

-¿Quién me llama? ¿Cómo sabe mi nombre?

-Soy yo.

-¿Y quién es usted?

¿Qué quiere de mí? -Hablar.

Solo quería hablar un momento con usted.

(Sintonía de "Acacias 38")

(Campanadas)

-Las diez en punto y sereno.

Las diez en punto y sereno.

-(SE AHOGA)

Las diez en punto y sereno.

-¿Buena ronda, sereno?

-Aburrida y algo fresca.

-Si puedo aliviarle en algo su faena, no tiene más que decírmelo.

-Se lo agradezco, señora.

No sabía que era usted de las que se apenaban por la gente

que tenemos que ganarnos el pan. -Al contrario.

Bien al contrario.

No hay día que no piense ni pida por los más desfavorecidos

y los que menos tienen.

-Pues... se lo agradezco más si cabe.

-Sepa usted que,

si el tiempo lo exige, por lo frío,

siempre puede llamar a la puerta de mi casa y le será servido un caldo

de esos que hacen entrar en calor hasta las almas del purgatorio.

-Debo dejar la charla, señora,

y continuar con mi ronda.

Que pase usted muy buenas noches.

-Lo mismo le deseo a usted. Con Dios.

-Las diez en punto y sereno.

-¿El señor no ve bien?

Se está quedando ciego.

-No. Aunque nos convenga, no voy a dejarle morir.

-(PEÑA SILBA)

-¿Estás bien?

-Como una rosa, ¿por? -Por nada.

-(SILBA)

-¿Se puede saber por qué me mira usted

como si esperase verme volar o reventar de un momento a otro?

-¿De verdad lo tienes todo en su sitio?

-Pues... como viene siendo desde que recuerdo, sí.

-¿Ni siquiera ardor de tripas?

-Buah. Yo tengo un estómago a prueba de bombas.

¿Qué le pasa conmigo?

-Nada, hombre, y no seas mal pensado.

¿Qué ha de pasarme? Es que...

como te has comido el bizcocho entero.

-Acabáramos.

Deje usted de preocuparse.

La tarta no era una delicia turca, pero se dejaba comer.

Voy a terminar de recoger eso.

¡Ah! -¿Qué, qué es?

-Un retortijón.

-¿Duele? -Bueno, ¿comparado con qué?

(SE QUEJA)

Este sí que ha sido fuerte, y sin comparaciones.

-Señor de las alturas, que este la palma.

-¿Una noche fervorosa? -Calla, que el Peña la diña.

-¿Cómo la va a diñar, si estaba más sano que una morcilla hace un rato?

-Que la palma.

Yo le he envenenado. -¿Qué?

Pero ¿cómo que le has envenenado? ¿Se te ha ido la cabeza, estás loca?

-Fue sin querer.

-A ver, ¿cómo le has envenenado?

-He condimentado la tarta con matarratas

y, el muy zampón se la ha manducado entera.

-Fabiana, este guiso le ha salido "pa" mojar pan.

-Pues moje, moje. Será por pan.

-Buen provecho, y buenas noches.

-Agustina,...

¿no quiere probar el guiso?

Son unas papas con piel de bacalao la mar de gustosas.

-Se agradece, pero ya he cenado.

Voy a mi cuarto.

-Algo le ha "pasao".

-Un rapapolvo con el marqués.

-Pues no será menos, si son tal para cual.

-Pues bien "preocupá" se la veía.

-Bueno, sea lo que sea, nos enteraremos.

-Qué pena que no esté Antoñito aquí.

Ay, lo que hubiera disfrutado, con lo que le priva a él el cuchareo.

-Bueno, pues en París estará comiendo cosas muy ricas.

Él contento... y yo también.

-Anda, Lolita,...

no te hagas la dura.

A nadie le gusta que su novio esté en las chimbambas.

-Bueno, pues lo crean o no,

estoy la mar de bien. Le echo en falta,

no digo yo que no, pero...

estoy feliz de que se oree y de que disfrute

con su familia. -Pues a mí me parece de perlas

tu contentura.

Que nada se gana echando lágrimas por el que ha de volver.

-Pues no crea, Fabiana, que aquí la Casildilla tiene razón.

Yo creo que lo hace "pa" disimular.

"Pa" que no le tengamos lástima.

-Va usted "dao". ¿Dónde se ha visto

que una se amostace por un mes de privación y ausencia?

-¡Ay, el altillo!

-Bueno, yo, con la dispendia de ustedes,

voy a repetir. -¡Quieto parado!

Eso es "pa Jacinto,

que vendrá con hambre. -Que lo diga él,

que "pa" eso tiene boca.

-Bueno, bueno. Siempre se agradece

algo caliente en el buche. -Siéntate que yo te aparto.

-¿Hay postre? -Sí, claro, y muchos pasteles.

-No es bueno el postre para una digestión ligera

y dormir a pierna suelta. Le he traído...

las hierbas que le dije "pa"...

amodorrarse en un pis pas y dormir como un bendito.

-No se preocupen, que ya recojo yo.

Márchense, que se lo han "ganao". -Pues...

yo voy a tirar pal catre. Hale, a soñar con los angelitos.

-Sí, sí. Mañana será otro día.

-Esto huele como a la jaula del tigre de la casa de fieras, ¿eh?

-Pues casi, casi, Servando. Además le digo una cosa:

yo nunca las he "probao", aunque

haya tenido dificultad "pa" dormir.

Lo increíble es que,

cuando las cortan en el prado, huelen que es un primor.

-Es que, además de las hierbas,

el compuesto lleva cagarruta

de oveja. Que le da la consistencia

y aroma característico.

Machacada la cagarruta,

eso sí. -Ya.

-Primo, termina tú de recoger todo esto. Buenas noches.

-Buenas noches. ¿Y dice usted que esto

me hará dormir sin matarme de un mal de tripas?

-No me sea usted encogido y cagón.

El remedio natural es el más sano. Lástima que tenga tan poco,

claro, como no estoy en mis campos.

Pero no se preocupe , que no le va a faltar su alijo.

Pienso plantar media fanega

en el jardín de doña Rosina

"pa" que no nos falte.

-"¿Puedes jurar que solo El Peña"

probó la tarta? -Sí, solo él,

te lo juro. Quería probarla yo

y ni siquiera me dio tiempo. Es un hambrón.

-Sí, eso, cárgale la culpa

de haberle intoxicado. -No, eso no.

Pero tampoco debería habérsela terminado.

Estoy arrepentida.

Y por un momento...

casi me alegré. -Con su deceso, ¿no?

-Nos habría quitado

un buen peso de encima. -Sí, claro,

el hombre fallece y a nosotros, nos juzgarían por asesinos.

-Fue solo un momento.

¿Cómo iba a querer tener yo un muerto sobre mi conciencia?

-Yo ya no sé qué pensar de ti, cada día me sales con un reto nuevo.

-Me arrepiento, de verdad, créeme. Como si nunca lo hubiera pensado.

¿Qué vamos a hacer?

Nosotros estamos aquí de cháchara y el hombre está en el retrete.

-Pues sigue rezando a ver

si no la palma.

-Me van ustedes a dar permiso para irme a la piltra.

No estoy bien.

-¿No estás mejor?

-Así, así. Algo ha debido de sentarme mal.

-Mi tarta no. -¿Por qué iba a ser la tarta?

-Ya ves, ahí tienes razón, la tarta no llevaba nada raro.

-¿Puedo... pirarme?

-Le acompañaré a la casa de socorro, señor.

-No, nada de médicos. Con tumbarme en horizontal me vale.

No vamos a poner el mundo boca abajo por un dolor de tripas.

-A lo mejor es más grave.

Puede que... la tarta llevara... -Llevara...

unos huevos en mal estado,

como ha pasado en tantas ocasiones aquí en el barrio.

Vamos a la casa de socorro, que allí sabrán darle razones.

-Que no quiero matasanos. -¿Y si te acompaño yo?

-¿De verdad vendría usted?

Pues al hospital se ha dicho. (SE DUELE)

-Tempranas horas para dar un paseo. -Es que me he despertado temprano.

Voy a disfrutar del rocío en los Jardines del Príncipe.

¿Cómo se encuentra Blanca? -Bien, muy bien.

Sigue con sus rezos y súplicas, pero bien.

-Estoy tan preocupada por ella...

Esa confesión en la oración de Cristina Novoa

no indica mucho temple.

Y usted, ¿cómo está?

¿Cómo se lo está tomando todo?

-Muchas veces he rememorado ese discurso.

Me hizo sentir muy mal.

Esas muestras de sumisión, casi de amor.

La gente pensaría que la coaccionó.

Usted sabe que no es así, ¿verdad?

-Me cuesta creer que haya renunciado a ella de forma definitiva.

-Le juro que es así.

Incluso yo he intentado favorecer la relación de ella con mi hermano.

-¿Por qué se atrinchera en su casa

y se ha hecho devota de un credo y de una santurrona?

-Nada tengo yo que ver con la presencia de Cristina Novoa.

No sé cómo consiguió transformar a Blanca de una forma tan radical

y en tan poco tiempo. -Qué ingenuo.

Esa mujer tiene un don especial para captar

la atención de los más desvalidos.

Recuerde la cantidad de gente que vino aquí solo para escucharla.

-Su forma de hablar puede tener un efecto inquietante.

A algunos les indigna, y a otros les proporciona paz

y sosiego, como a Blanca. -¿Paz?

-Yo más bien diría que está inmersa en una catarsis muy peligrosa.

-Mire, por allí viene Diego.

Preguntémosle por sus indagaciones. -Diego, buenos días.

¿Dio con la campesina?

-He buscado toda la noche.

He ido a su pensión, y nada.

Ni rastro de ella.

-Tal vez haya vuelto a su aldea. -No.

Me parece extraño.

Le pedí expresamente que no regresara sin antes hablar conmigo.

No me queda otra que acercarme hoy mismo hasta su pueblo

y preguntar por ella.

-De haber una tercera persona implicada en el parto,

incluso podría encontrarla allí.

-Ojalá.

-Confío en que sea así.

Es mi última esperanza.

Después del fracaso

por encontrar a los bandidos

que nos asaltaron. -Iré contigo,

yo también quiero terminar de una vez con toda esta incertidumbre.

-Gracias, hermano.

Pero no. Prefiero que vigiles a Blanca.

Después de su confesión pública,

temo que cometa alguna locura más.

-¿Más locura que querer ingresar en un convento?

-La influencia de Cristina Novoa sobre ella es...

perniciosa.

Solo podremos separarla de ella cuando encontremos a nuestro hijo.

-Es terrible ver cómo se marchita Blanca y sin que podamos hacer nada.

-Blanca ha perdido a su hija.

No debemos extrañarnos que no sea la misma mujer.

Su recuperación requiere tiempo.

-Tiempo y respuestas.

Y no creo que Cristina Novoa sepa dárselas.

-Parto. No quiero perder tiempo. -Suerte, vaya con tino.

-Suerte, hermano. -Cuida de Blanca.

-Sabes que lo haré.

-"Mire, Íñigo".

Mire lo que dice "El Adelantado" sobre la llegada del futuro rey.

-Había olvidado que la coronación estaba próxima.

-Pues aquí glosan el acto previo en el que Su Majestad

jura guardar la Constitución.

-Interesante, supongo.

-Y mucho. Escuche.

(LEE) "En el sitio que habitualmente ocupa la mesa presidencial,

habíase colocado dos sillones sobre tapiz rojo y oro".

"A la izquierda, otros sillones

destinados a los Príncipes y a las infantas

y, a la derecha, dos mesas de terciopelo carmesí, bordados en oro

con insignias de la realeza y cetro de oro".

Demasiado oropel.

Creo que debería hacer gala de mayor modestia, ¿no le parece?

-Liberto,...

¿qué haces aquí, no has desayunado con mi madre?

-Uy, no.

He puesto pies en polvorosa cuando he visto que volvía a la carga

contra Jacinto. Es que no soporto

esa relación de sube y baja que tiene con el jardinero.

-Tan pronto le sube el sueldo como le despide.

Y todo en la misma conversación y en menos de dos segundos.

Íñigo...

¿está buscando a alguien?

Muy importante tiene que ser

para que no diga nada.

-Conmigo también estaba ausente.

El corazón del hombre es un misterio,

¿eh? En fin.

Yo voy a buscar a don Felipe.

Con él podré comentar

la inminente coronación. -Don Liberto,...

siento no haberle prestado la atención que se merece.

Tengo la cabeza en otra parte.

Le convido al café. -Agradecido entonces.

Con Dios. -Con Dios, Liberto.

¿En qué otra parte está tu cabeza?

-Una agonía. -Nunca mejor dicho.

-Ayer envenené a El Peña. Sin querer,

pero lo envenené. -¿Qué?

Pero ¿te has vuelto loca? -Sabias palabras.

-A ver, tampoco era para tanto, que fuimos a la casa de socorro

y no le dieron mucha importancia. Una descomposición, algo normal.

-Pero ¿no le dijiste lo que le había pasado de verdad?

-Sí, y que me llevaran presa.

A ver, que tampoco hacía falta,

que no se estaba muriendo. -O sí, y no lo vieron.

Que mira las horas que son y no se ha presentado aquí.

-No le habrá dado el cólico esta noche, ¿no?

-Pues igual. -Pero... esto es inaudito.

¿Y estáis aquí los dos tan tranquilos? Y no solo eso,

que me lo habéis contado

y ahora soy cómplice de homicidio.

-No. Como mucho, un error en la cocina.

-No me creo lo que estoy oyendo.

-Ni yo lo que estoy viendo.

-Pero si viene medio muerto. -Pero viene.

-Voy a decirle lo que le pasa. -No.

-¿Cómo que no? -¿Qué hace?

-¿Qué está, indispuesta, la señora? ¿Siente como arcadas?

-No.

¿Cómo si le corriese agua por la barriga?

-No, no, no.

Lo que le pasa a la señora es otra cosa. Cuéntame.

¿Cómo te sientes? -¿De verdad le interesa a usted?

-Venga a nosotros tu reino y hágase tu voluntad

así en la tierra como en el cielo.

-El pan nuestro de cada día, dánosle hoy.

Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos

a los que nos ofenden y, no nos dejes caer en la tentación.

Líbranos, Señor, de todo mal.

(Llaman a la puerta)

-Debe ser Cristina.

-Cristina no vendrá hasta esta tarde.

Sigue rezando.

-Dios te salve, María, llena eres de gracia.

-Las señoras tienen visita.

-Lamentamos interrumpir. Pero la chica no nos ha dicho nada.

-Descuida, ya casi habíamos terminado.

Siéntense, por favor.

Tú también, hija.

-Me alegro mucho de saludarla, Blanca.

No nos veíamos

desde que se pronunció en la oración.

-Fue usted muy audaz.

Heroica, diría yo, al hablar como lo hizo, con esa...

sinceridad

y esa fuerza. -Yo también siento

gran admiración. Sobre todo, porque yo fui educada en el silencio

y en la ocultación de los sentimientos.

-Yo tenía que expiar mis pecados de algún modo.

No es heroísmo,

es obligación.

-La comprendo.

Sé muy bien lo que es la culpa. Pero ha dado un gran ejemplo

con su testimonio.

-A mí también se me puso la piel de gallina.

-Lo cierto es que la idea de la confesión

no fue mía.

Cristina me lo pidió.

De ella es el mérito y de ella, el coraje.

-Esa mujer...

La seguiría al fin del mundo. -A mí también me atrae como un imán.

-Lo cierto es que yo siento

la paz solo con tenerla cerca. Ella me ha salvado.

-Úrsula, dijiste que ibas a intentar

que nos recibiera a nosotras, ¿hay algo de eso?

-Paciencia, Susana,

lo estoy intentando.

-Pues inténtelo con más fuerza, por favor.

-No crean que no se lo he insinuado ya.

Le rogaré con más insistencia.

Aunque yo de ustedes no me haría muchas ilusiones.

La santa tiene muchos compromisos y necesita casi todo su tiempo

para hablar con el cielo. -Nosotras jamás lo olvidaríamos.

Nuestro agradecimiento sería eterno.

-Tengo fe en conseguirlo.

Aunque... tendrá que ser pronto

porque se marcha de Acacias.

-Has hecho mucho bien al barrio trayendo a esa bienaventurada.

Ponle un broche de oro.

(Música)

-¿No lee el periódico hoy, don Arturo? Tenga.

Tenga usted.

-Gracias.

-Hablan del barrio

y de la santa, mírelo.

-(LEE) "Acacias arropa a la santa Novoa".

Parece que la oración ha tenido trascendencia.

-Y usted que lo diga. Lea debajo,

que nombra a alguno de los vecinos por nombre y apellido.

-Los nombrados estarán muy orgullosos.

-Ya lo creo.

Siga leyendo. Hacen...

un retrato del barrio que es digno de alabanza.

-Agustina, gracias,

pero es que estoy un poco cansado, no me apetece leer.

-Como prefiera, mi señor.

-Al fin en casa.

-Y en pocos meses, para siempre. -No sabes

cómo lo ansío.

Los Álvarez-Hermoso son un matrimonio muy agradable

y se esfuerzan por satisfacerme. Pero te echo mucho de menos.

-Y yo a ti. -No tanto como yo.

Quiero estar casada contigo ya.

-¿Estás segura de eso?

-Como que me llamo Silvia. Tanto que ya tenemos fecha de boda.

-¿Has hablado tú misma con el párroco?

-Así es.

Es más, te he hecho caso y he escrito a mi abuela

para que nos acompañe.

Espero que no tengas inconveniente en que sea nuestra madrina.

-No. No. Estaré encantado.

-¿Te das cuenta de las cosas maravillosas

que nos están ocurriendo?

-Sí.

Ya lo creo. Maravillosas.

-"Tenéis que decirle la verdad".

Y que actúe en consecuencia.

Si es verdad que fue un error,

Flora no será acusada. -Y si indagan, ¿qué?

-Pues a lo hecho, pecho. -No nos lo podemos permitir.

¿Es que no lo ves?

Que está feliz. -Y con las tripas en candela,

que no se sabe cómo se puede desarrollar la intoxicación.

-Eso no va a más. -Dijo el doctor.

-De tenerse que morir, lo habría hecho ayer.

Ahora ya no hay peligro. -Estáis locos.

Los dos. Locos de atar.

-¡Leonor! -¿Qué?

-Que no seas agonías, que tampoco es para tanto.

-¿Puedo hacer algo más por ti?

-Redios, habla usted como si estuviese

uno en capilla. -Hazme caso

y pide, hombre, que yo te atendré con todo mi gusto.

-Podría darme caricias en la barriga.

Un poco solo.

Así, como en círculos.

Es que he comprobado que me alivia.

-Sana,

sana, culito de rana. Si no se cura hoy, se curará mañana.

-(SE QUEJA)

-El símbolo de su amor: el pájaro, presente en todas las páginas

de la libreta.

-Yo misma me sorprendo al ver cuántas veces lo he dibujado.

-¿No era consciente?

-He ido dibujando durante días, sin pensar.

Sin proponérmelo, mientras...

Mientras supongo que pensaba en él.

Trato de sacarlo

de mis pensamientos, intento que se quede fuera de mi mente, pero...

está claro que no lo consigo.

-No se esfuerza lo suficiente. -Claro que lo hago.

Lo hago con todas mis fuerzas,

Cristina. Pero ya ve que soy débil.

Temo quedarme a solas en la misma habitación con Diego.

Porque no puedo asegurar que le rechazaré.

-Es humana, Blanca. Todos somos humanos.

-Ya. Pero usted...

-Yo la que más.

-No diga eso.

Maldígame. Regáñeme, pero no se equipare conmigo.

No me permita ser débil.

-Eso solo puede conseguirlo usted misma.

Con el examen de conciencia, con la reflexión y la oración,

con la entereza... -De acuerdo.

Forzaré

mi rechazo a Diego.

Usted me ha pedido que me aleje de él y así lo haré.

-¿Cómo?

-Ingresaré en un convento.

En un convento lejano.

-¿Tanto es su miedo a no resistir la tentación?

-Tanto.

Además,

no creo que tenga sentido permanecer aquí, cuando Samuel

ya no me quiere aceptar como su esposa.

-Hija.

No he podido evitar escucharos.

¿Lo has pensado bien?

-Estoy decidida.

-Buenas tardes. -Buenas tardes.

Siéntese. Arturo no tardará en venir.

-Doña Silvia,...

antes de que llegue el coronel, le pido disculpas

por mi comportamiento.

No trataba

de cuestionar a su prometido,

solamente quería asegurarme de que es usted consciente

de con quién se iba a casar. -No hablemos más de ese tema.

Tenemos una tarea por finalizar que está por encima de esas banalidades.

-Créame cuando le digo que espero que sea muy feliz en su matrimonio.

Y que solo aspiro a su amistad. -Me alegra que aclare ese punto.

Porque no me gustaría ni por un segundo que malinterpretara

nuestra cercanía y albergara cualquier aspiración romántica.

-Nada más lejos de mi intención.

Jamás pondría en peligro nuestra misión

por una debilidad de este cariz.

Conseguir el retorno de Luis Checa está por encima de todo.

También de mis sentimientos.

-Es usted un joven muy honesto. Me alegra tenerlo entre nosotros.

-¿Tenemos orden del día? -Coronel.

-Tenemos que redactar la respuesta

para el telegrama de Aguinaldo.

-Aceptaremos sus condiciones.

Fijaremos la forma de pago y el proceso

para la entrega de presos.

-¿Estáis seguros

de que Aguinaldo respetará el acuerdo?

Una vez que tenga el dinero,

¿quién nos garantiza que los presos regresarán sanos y salvos?

-Estamos en sus manos. Lo único que podemos hacer

es pagar y rezar.

-Pues si no hay más opciones, adelante.

-Bien. Fijemos las condiciones,

paguemos

y, Luis Checa y sus compañeros estarán pronto

de vuelta en casa.

-Redacta tú el telegrama para Aguinaldo

y lo enviaremos a Correos lo antes posible.

-Mejor hacedlo vosotros.

-Por el amor de Dios, Arturo.

Tú eres militar como él,

dominas su jerga.

-No puedo, tengo una cita con Iturrieta y ya voy tarde.

Con que especifiquéis que tenemos todo el dinero que exige,

la redacción poco importa.

-¿Has quedado con el general? No me habías dicho nada.

-Sí, parece que tiene contactos para más donaciones.

Esto es solo el principio.

Hay más soldados atrapados en Filipinas,

a parte de los del pelotón de Luis Checa.

-Tienes toda la razón.

-Pongámonos a ello.

-Carmen, por favor, tráigame el equipaje.

-Desde luego, enseguida.

-Blanca ya está tranquila. Firme en su decisión,...

pero tranquila.

¿Podemos pasar al despacho?

Me gustaría hablar con usted.

-Lo siento, señora,... pero tengo que marcharme.

Me esperan lejos de la ciudad. -Será solo un momento.

No se arrepentirá.

Es en pro de una buena causa... lo que quiero pedirle.

Siéntese, por favor.

-Prefiero seguir de pie, tengo prisa.

-Como quiera.

Solo la entretengo para agradecerle

lo que ha hecho por mi hija. -Me he limitado a obedecerla.

No he hecho otra cosa que lo que usted me pidió.

-Y yo se lo agradezco. Como no podía ser de otra forma.

-No necesito agradecimientos. ¿Puedo marcharme ya?

-Solo una cosa más.

Antes de dejar Acacias, me gustaría que diera audiencia privada

a algunas vecinas.

Ya se lo pedí en una ocasión y se lo vuelvo a pedir ahora.

-No es lo que habíamos hablado.

-Aun así, ha dejado usted huella en ellas.

Solo será un pequeño retraso. Quedaría en deuda con usted.

-Aquí me tiene, don Felipe, más sola que la una en esa casa de Dios.

-Así descansa usted.

-Yo, con que mis señores lleguen bien a su destino

y pasen unos buenos días con sus familiares, yo contenta.

-Pues ya está usted mejor que mi tía, que bien que le duele

haberse quedado en tierra. -Nunca llueve a gusto de "tos".

-Así es. Esta mañana estuve buscándole, don Felipe.

Quería comentar el programa de actos de la coronación. ¿Leyó?

-Todo el mundo habla de ella.

-Vendrán representantes de las casas reales europeas.

Y las repúblicas enviarán

a lo más granado de su burguesía. -Es lo mínimo que nos merecemos.

-¿No cree que ese gasto de agasajarlos es excesivo

para nuestra pobre economía?

-Reyes, señores, ricachones,... "tos cortaos" por el mismo patrón.

¡Servando! -¿Qué?

¿Qué? Que no he "pegao" ojo. -Pues será el único

al que no le han hecho efecto esas hierbas.

-Es que... no me las he "tomao".

Lo he intentado, eso sí, pero...

esa peste me ha echado para atrás. Bueno, por no detenernos

en lo de las cagarrutas de las ovejas, que...

hay que tener estilo para tomárselas.

-Mire que es "delicao".

¿Prefiere pasarse la noche entera con los ojos como platos

a tragarse unas boñiguillas?

Ni que tuviera usted paladar de marqués.

Tómeselas ya de una vez y deje de dar el tostón.

-No, si en eso tiene usted razón. -Bueno.

O se sopla las cagarrutas...

o deja de dar la peste con el "insonio" o como se diga eso.

-Me lo tomaré.

Que no se diga que no tengo un estómago a prueba de bombas.

-Ya. Pues muy bien.

-¿Qué haces todavía aquí?

Te ha dado tiempo de barrer el salón

cinco veces. -Perdone, señora, pero es que...

no quería dejar

que se marchara doña Cristina sin felicitarla

por su conmovedora oración pública. Fue...

clarividente. Y aleccionadora.

-Gracias, Carmen.

-¿Sabes qué, Carmen?

Buenas nuevas.

Cristina concederá

audiencia privada a cada una de nuestras vecinas.

Es todo corazón.

-Se pondrán muy contentas.

-Y también te hará a ti el honor,

aunque no seas señora.

Cristina cree

que el mensaje del Señor ha de llegar a todos.

A ricos y a pobres.

A propietarios y desposeídos.

¿No es así?

-Claro. Hablaré contigo a solas, Carmen.

-Da las gracias. No seas pavisosa.

Es una oportunidad que no tendrán muchos

y, que otros pagarían por tener.

-Es un sueño, doña Cristina.

Gracias de todo corazón.

-Hija, te extraño tanto.

Te necesito tanto.

Me estoy haciendo viejo y estoy cansado.

¿Será esto el principio del fin?

Ahora que he encontrado el amor, y a mí mismo,...

ahora empiezo a consumirme.

(Se abre una puerta)

-Amor, ¿estás en casa?

¿Qué tratas de ocultarme?

¿No has conseguido los donativos del general Iturrieta?

-(NIEGA)

-No pasa nada, cariño.

Encontraremos ese dinero en otro sitio,

pero no merece la pena dejarse la salud en eso.

-No es eso, Silvia.

-Entonces, ¿qué es?

Nunca he visto esos ojos tan tristes

y desesperanzados.

-Será mejor dejarlo, solo serviría para ponernos tristes.

-No, estamos juntos en esto.

Cuéntamelo y cuéntame la verdad.

-Silvia, yo...

-¿Es por ella?

¿Es por tu hija, hay noticias?

-Sí, tan solo pensaba en ella.

La echaré de menos el día de nuestra boda.

-Es una pena que no esté contigo en un momento tan importante.

-Más que una pena.

Cuando cierro los ojos,

puedo ver cada detalle de su rostro.

Cada detalle de su sonrisa.

Tengo miedo de olvidarla.

-Amor.

Eso no va a ocurrir.

Aunque perdieras la memoria, siempre tendrías este retrato

para recordarla.

-Me da mucho miedo

no volver a verla jamás. -No, no va a pasar.

-No deja de sorprenderme su capacidad

para leer u organizar el futuro.

Vengo de ver a Blanca.

Jamás hubiera imaginado que se dejara ganar la voluntad así.

Era una mujer a punto de empezar una nueva vida junto a su amado.

Y ahora...

-Me halagas con tus lisonjas. Pero no tengo tanto mérito.

La voluntad que tanto admirabas en Blanca, ya estaba cercenada

por la pérdida del pequeño Moisés. -¿Cómo está el niño?

Me gustaría verle.

-Paciencia. Ya iremos los dos.

El niño está bien cuidado y con una salud envidiable.

Que te baste con eso por el momento.

Antes debemos deshacernos de Blanca.

-¿No es suficiente con meterla en un convento?

-No. Blanca debe acabar sus días en un manicomio.

Incapacitarla...

es la garantía de que jamás nos quitará

a Moisés.

¿Qué te sucede? ¿Ahora tienes remilgos?

-Temo que Diego nos desbarate los planes.

Si comienza a pensar

que Blanca está en lo cierto y no alucinando...

-Eso no pasará.

Ya me he ocupado de la campesina.

Si quedaban algunos cabos sueltos,

he acabado con ellos.

(SE QUEJA)

-Vete desperezando, que ya cerramos y habrá que irse.

-Ay, mis tripas.

Ay, malditas tripas.

-Mira, yo no sé qué te pasa. Hace un momento

parecías más entero.

-No va a peor,

pero, la verdad, no me siento con fuerzas para ir al altillo.

-Flora, ¿puedes venir un momento conmigo, por favor?

Ese pollo te la está dando con queso y, lo único que quiere

es que le mimes y, de paso, no trabajar.

Que si se hubiera envenenado,

ya habría estirado la pata. -Tú nunca has probado un raticida.

¿Quién te dice que ese veneno no es de marcha lenta

y se nos muere esta noche? -Que no, que ese hombre está más...

¡Que ese hombre está más vivo que tú y que yo!

-Tú mismo lo has dicho.

Nos podrían juzgar por asesinato o por ladrones.

O lo que seamos.

-Espera, espera.

Tanta consideración con alguien que antes no soportabas,

¿no será un truquillo? ¿Eh?

¿Un truquillo para retrasar la venta de La Deliciosa?

-¿Tener que aguantar yo esto, un truquillo?

¿Cómo hablas de tretas, cuando es posible que tengamos un camarero

de cuerpo presente?

-Es que esto es insoportable, ¿eh? Ahí te quedas con tu camarero muerto

y que os den morcilla a los dos.

-Ay.

Ay, Señor.

Ay.

-¿Culito de rana?

Sana, sana, culito de rana,

si no se cura hoy, se curará mañana.

-Deme un besito.

-¿Un beso?

-Uno solo.

Chiquitito.

-¿Tú te has vuelto loco? -¿Qué le cuesta a usted?

Y yo, a lo mejor, me curo.

Un besito.

Solo uno.

Por favor.

-Flora,

¿tiene ya mis cigarrillos?

-No es lo que parece.

...balsámicos?

-Ay, ay.

-(BLANCA REZA) "Ave María, gratia plena dominus tecum".

Benedicta tu in mulieribus, et benedictus fructus

ventris tui Iesus. Sancta Maria, Mater Dei,

ora pro nobis peccatoribus, nunc, et in hora mortis nostrae.

Amén.

-Que Dios me perdone, pero estoy agotada.

Ha sido una larga jornada de rezos y lucha contra la tentación.

-Le agradezco mucho que haya decidido posponer su marcha.

Su compañía esta tarde ha sido muy reconfortante.

-Yo también me he sentido muy cerca de Dios.

-En cuanto usted me falte,...

haré todos los preparativos para mi marcha al convento.

-Debo suponer que lo ha pensado bien.

-En todos sus detalles.

Aún no lo he consultado con Samuel,...

pero me imagino que él no tendrá inconveniente

desde el momento en que...

me rechazó como esposa.

¿Hay alguna orden monástica que quiera recomendarme,

que sea más de su agrado?

-Dígame antes, mirándome a los ojos,

que está absolutamente convencida del paso

que va a dar. -Absolutamente.

Podría jurarlo sobre un misal. -La creo.

Pero también querría que reflexionara sobre el otro extremo.

Para seguir a Dios, arrepentirse de los pecados

y llevar una vida contemplativa,

no es necesario consagrarse como religiosa.

-Pero es lo que yo quiero.

Ansío verme entre esos altos muros y lejos del mundo.

-Quizá ahora le parezca el paraíso,

pero no lo es.

La vida monástica no está hecha

para todo el mundo. -Quizá sí para mí.

-Sobre todo, una vez dé el paso, no hay vuelta atrás.

Son solicitudes que Roma no suele conceder.

-¿Por qué, Cristina?

¿Por qué trata ahora de limitar mi entrega?

Solo he llevado a sus últimas consecuencias

lo que usted me enseñó. -No quiero limitarla,

tan solo cerciorarme de que es una firme convicción.

-Lo es.

Solo alejándome de Diego, puedo estar segura de no volver a caer

en la tentación. Es lo que usted me recomendó,

que me marchara.

¿Qué puede haber mejor que dedicar

mi vida a la oración en un cenobio?

-No insistiré más.

Es usted adulta y con la cabeza y la fe

bien centradas. Hágase según

su voluntad.

-Y la de Dios.

-Y la de Dios.

-¿Has averiguado algo, que te veo tan alterado?

-Hermano, no te vas a creer lo que he logrado saber en ese pueblo.

-Acepto tu apuesta.

-¿Qué te parece el texto del telegrama para Aguinaldo?

-No es necesario. Con lo que me habéis contado es suficiente.

-Pienso que satisfacemos sus peticiones

y mostramos firmes.

-Yo me quedaría más tranquila si lo lees tú.

-Está bien.

-"Paquito, ¿todo bien?".

-Sin novedad,... y sereno.

¿Han visto a doña Flora?

-Ni a Flora ni a Íñigo.

"Llevamos aquí un buen rato sentados y no han venido a tomarnos nota".

-"Quiero que me trates"

como a una amiga a la que puedas contarle lo que te aflige.

Todo el mundo necesita a alguien que le escuche,

que le libere de sus cuitas.

-La verdad es que...

sí hay algo que me atormenta.

-"Me parece que no has sido sincera conmigo cuando me ha dicho

que no le sucedía nada".

¿Le ha ocurrido algo con Felipe?

Dicen que las mujeres somos difíciles de comprender,

pero a veces los hombres no lo son menos.

Se encierran en sí mismos como si fueran cajas fuertes.

-Yo sé perfectamente lo que hay dentro de mi marido.

-"No me gusta"

que esté aquí. Solo faltaba que le viese doña Úrsula.

-Eso tiene fácil solución. Vámonos de aquí.

-Imposible. Estoy la mar de ocupada.

-No se haga de rogar.

Puedo esperar hasta más tarde. La convido a cenar.

Y hasta al teatro si quiere.

-¿Qué le puede haber pasado a esa mujer?

-Me temo que, de momento, es un misterio.

-Y mucha coincidencia.

Hay alguien interesado en mantener a esa mujer callada.

  • Capítulo 762

Acacias 38 - Capítulo 762

15 may 2018

Agustina encuentra la lupa de Arturo y sospecha de sus problemas visuales. Silvia nota triste a Arturo, pero él se excusa en la memoria de su hija Elvira. Flora le cuenta a Íñigo que ha envenenado al Peña sin querer, pero para alivio de los chocolateros, el Peña sobrevive. Flora colma de cuidados a su 'víctima' y este se aprovecha de ella intentando besarla. Paquito los ve.

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