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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 757 - ver ahora
Transcripción completa

Quizás sí hay alguien con quien puedas hablar.

Alguien que es capaz de arrojarte luz,

de acercar la paz a tu alma que tanto necesitas.

-¿Quién, madre? ¿Quién es esa persona?

Permitid que os presente a la célebre Cristina Novoa.

"Esa fue la revelación" que me hizo nuestra Señora.

Todavía podía reencontrarme con Dios

y, para hacerlo, tan solo debía hacer penitencia,

asumir mis pecados y cargar con ellos

como Jesús cargó con la cruz.

-"¿Qué pretende averiguar? -Poca cosa".

Los últimos datos sobre Rodrigo Bélmez.

Está hablando con su esposa.

-(SUSURRA) Querida, querida.

Permítame, por favor.

-"Nada de subirse amiguitas aquí," que el altillo es un lugar decente.

-Usted es el único hombre aquí.

Cuide al salir del cuarto no nos vaya a ver las vergüenzas.

-Pierdan cuidado, seguiré a rajatabla las normas.

-Más le vale si no quiere saber lo que vale un peine.

-Recibió una carta. La última fue

en febrero de 1898.

Desde la playa de "Colocán". -Caloocan.

-Caloocan... Eso, ¡eso, eso! ¿Es de utilidad el dato?

-"El Peña no dará problemas".

No tiene por qué recordar nada.

Y si lo hiciera, podríamos llegar a un acuerdo.

Si es más bueno que el pan.

No tiene doblez ninguna.

-"¿No prefieres irte a descansar?".

-No, tomaré un refrigerio y volveré con fuerzas renovadas.

-"Blanca, ya tenemos todo" a punto para marcharnos.

-No, no puedo irme.

-¿Por qué dices eso?

-Blanca, ¿qué te sucede? -¡No me toques!

-"Gracias,"

Dios todopoderoso, por haber escuchado mis plegarias.

¿Qué te ocurre? Estás pálido.

¿Mi hija no te acompaña?

-¿Qué le ha dicho a Blanca?

¿Qué le ha hecho para que esté en ese estado?

-¿De qué estado me hablas? No le he dicho nada.

-No se atreva a mentirme.

No me cuesta adivinar su mano detrás de esto.

-Vaya, veo que no has perdido la costumbre

de venir a insultarme a mi casa.

-Le he hecho una pregunta. -Y yo he contestado.

No le he dicho ni hecho nada a Blanca que pueda reprocharme.

Únicamente fuimos al cementerio

para que pudiera despedirse de su hija.

Fue un momento muy doloroso, pero necesario.

Ella me pidió que le acompañara.

-Me oculta algo.

Es usted culpable. -No, Diego.

Aunque yo tampoco comprendo qué le ha sucedido,

nada tiene que ver con Úrsula.

-¿Te lo ha dicho ella? -No.

No quiere hablar.

Quiere estar sola hasta que pueda hablar con Cristina.

-¡¿Por qué le causa mi presencia tal rechazo?!

-No lo sé. Estoy tan sorprendido como tú.

-¿Alguien puede explicarme qué está sucediendo?

-Dale tiempo a que se calme y pueda explicarse.

Siento ser yo quien te diga esto, pero...

deberías aplazar ese viaje.

Me quedaré con ella, trataré de que entre en razón.

-Te lo agradezco, Samuel.

(Sintonía de "Acacias 38")

Buenas noches. Gracias por venir.

Tenemos una conversación pendiente.

-No puedo, me queda faena.

-Solo hay un motivo por el que evitas el tema.

Sabes que tengo razón. -No, te equivocas.

Hay otro motivo, que no quiero darte un mandoble con la escoba.

-Es la única alternativa que nos queda.

-¡No pienso vender La Deliciosa, entérate!

-Escúchame. -No, escúchame tú a mí.

No nos vamos a marchar, al menos yo, no lo haré.

Me he acostumbrado a estar aquí,

y estimo a sus gentes. Por primera vez

siento que tengo un hogar.

-Para mí no es sencillo huir.

-Tú estás encantado de la vida.

Así puedes estar con Leonor sin esconderte.

¿Has pensado en mí? -Sí.

-Mientes. A mí no me espera nada lejos de aquí.

Prefiero que el Peña me delate, si recupera a memoria,

a tener que empezar de cero. -Sé sensata.

Podremos emprender otro negocio, hacer amigos en otro lugar.

No podemos seguir viviendo siempre con el Peña a nuestro lado.

-Como muestra un botón.

-A las buenas. Venía para ayudarles a recoger.

-Buenas.

-Vuelve al altillo,

nos encargamos nosotros. -No me importa ayudar.

Allí me aburro. La Fabiana es tan severa, que me da miedo.

-No te burles de la mujer que te ha dado cobijo.

-Lo siento, no era mi intención. -Bueno,

ten más cuidado. A veces, se puede hacer daño sin pretenderlo.

Sin darse cuenta siquiera.

Y Celia aseguró que mi jardín es el mejor de toda la ciudad.

Hasta ha sugerido que haga una recepción

para mostrárselo a todo el mundo

y puedan admirarlo. -Disculpe que la interrumpa, pero

solo por entender, ¿me está regañando o felicitando?

-Hemos decidido hacerle una recepción a Cristina Novoa,

pero escóndete de los invitados,

no me los vayas a espantar. -Lo que diga. A mandar.

-Muy solícito te veo.

¿No estarás aprovechando tu éxito para buscarte nuevo patrón?

-No, yo no. -¡¿Buscas que te suba el sueldo?!

¡Qué desfachatez!

-No, no, no.

-Vale, te subo el sueldo.

Eso sí, no quiero ver una planta triste,

ni que le falte abono a la tierra.

¡¿Ha quedado claro?! -¿Qué ocurre, Rosina?

¿Qué ha hecho esta vez el pobre Jacinto?

-Que alguien tiene que ponerle los puntos sobre las íes

a este hombre. ¿Te ha quedado todo claro, Jacinto?

-Nones. No he entendido ni papa.

-Aplícate el cuento. Y que te sirva de ultimátum.

-Sí.

Señor,

¿qué significa el palabro "utimátum"?

-Pues es una especie de amenaza.

Como un aviso para que cambies

de actitud. ¿No conocías su significado?

-Nanay. Y me temo que la señora tampoco.

-(LIBERTO RÍE)

No imaginaba que te levantarías tan temprano.

-Día tras día me levanto a la misma hora.

-Pero anoche nos quedamos hasta tarde con los papeles.

-Parecías cansado. -Ya ves que no.

Con pocas horas tengo suficiente. -Qué envidia.

Yo me hubiera quedado gustosa bajo las sábanas.

-¿Y qué te lo ha impedido? -La recepción.

Tengo compras pendientes. ¿Me acompañas dando un paseo?

-No puedo. Voy a la sastrería.

-Bueno, pues en ese caso, nuestros caminos se separan.

Buen día.

Te veo en casa.

Buenos días.

-Qué madrugador, coronel.

Es usted mi primer cliente.

-Me preguntaba si tendría listo mi encargo.

-Por supuesto. Luego me disponía a darle aviso. Acompáñeme.

Le he cambiado el forro

y le he hecho unos ajustes en el talle y en las solapas,

para darle un aire más al día. Espero le guste.

Le sienta como un guante.

-¿Usted cree?

¿No la encuentra un poco llamativa? -En absoluto.

Aunque se aleje de su estilo habitual, es de lo más elegante.

-Quizás con un pañuelo que conjunte en el bolsillo...

-Ahora se lo traigo.

-Gracias.

-Podrá estrenar el traje en la recepción.

-Esa era mi intención.

¿Contaremos con su presencia?

Por desgracia, mis obligaciones me lo impiden.

¿Puedo hacerle una pregunta sin pecar de indiscreta?

Esta tarde, ¿cómo piensa presentar

a la señorita Reyes a sus invitados?

-¿Cómo quiere que la presente? Como mi prometida, por supuesto.

-Pensé que, tal vez, algunos de sus invitados se sentirían incómodos

si saben que comparten techo y no tienen fecha de boda fijada.

Ya sabe lo estrictas que son

algunas personas en cuanto a las normas de moralidad.

Lo que oye, una familia al completo

ha caído víctima de las fiebres que ya le comenté.

No se ha librado ni el gato. -Qué fatalidad.

-Sobre todo para esos desgraciados.

Se los han llevado a la casa de socorro.

Y tienen siete hijos.

-Van a llenar una planta ellos solos.

-Al parecer, las fiebres son muy contagiosas y hay que aislarlos.

Trasladarlos ha sido una odisea.

La niña pequeña no quería marcharse sin su muñeca de trapo

y tenido que regresar a por ella.

¿Le ocurre algo, Flora? Parece ausente.

-Discúlpeme, estoy algo distraída pensando en mis cuitas.

-Por su cara, parecen ser de enjundia.

¿Qué le pasa?

-Nada. Tengo problemas en el negocio.

Por culpa del Peña.

-¿No les habrá vuelto a robar?

-No, no.

Es que, últimamente no se entiende muy bien con mi marido.

-Algo habrá que hacer. -Lo sé.

Pero Íñigo y yo no nos ponemos de acuerdo con la solución.

La verdad es que tenemos ideas muy diferentes

sobre qué hacer con La Deliciosa.

-Eso no puede seguir así.

Es usted demasiado joven para tener tantos quebraderos de cabeza.

En la vida, no todo es trabajo,

hay que dejar sitio a la diversión.

-Ya he olvidado qué era eso. Hace tanto tiempo que no salgo.

-Descuide, que yo voy a solucionar eso.

-Qué descaro.

Este sinvergüenza no tiene límites.

Se la plancho y se la haré llegar a casa.

-Perfecto. ¿Cuánto le debo?

-Nada.

-Considérelo mi pequeña aportación a la comisión de prisioneros.

Dedique lo que iba a pagarme a ellos.

-Muchas gracias.

-¿Llego en mal momento? -No, yo ya me iba.

Solo me quedaba por alabar lo buena patriota que es doña Susana,

a pesar de no acudir a la recepción, no ha olvidado hacer un donativo.

Las dejo solas.

Voy a comprar unos discos para amenizar la velada con el gramófono.

Con Dios.

-Con Dios.

El coronel dispara a dar.

Ha hecho ese comentario para afearte,

porque no has aportado nada.

-¿Tú crees? A mí no me lo ha parecido.

-¿Cómo que no? ¿Y esas flores tan bellas?

-Me agrada que te gusten, son para ti.

Son mi forma de pedirte disculpas por mi comportamiento de ayer.

No comprendo que me pasó, cómo salió de mi boca ese grito.

-Descuida, por fortuna, no te escuchó ningún conocido.

Huelen de maravilla.

-Son de mi jardín.

Entre tú y yo, parece un trozo del paraíso.

Hasta he pensado en invitar a Cristina Novoa

a verlo.

-Así que, al final,

el ordinario de Jacinto ha resultado ser un buen jardinero?

-El éxito se debe a mis sabias indicaciones,

ambas sabemos que Jacinto es un pastor sin mollera.

Es que...

huelen de maravilla.

Te veo recuperado.

-Sí. El dolor de la pierna ha desaparecido.

Pero como sabe, tengo otras preocupaciones.

Leonor,

¿ha conocido a la tal Cristina Novoa?

-Aún no.

Úrsula la guarda como si fuera una joya exótica.

-¿Cree que esa santurrona tiene algo que ver

con el cambio de parecer de Blanca,

con que hayan tenido que anular su viaje?

-Yo ya no sé qué pensar.

Pero Blanca solo dijo su nombre. Insistía en verla.

-¿No le dio más explicaciones? -Nada me dijo.

Parecía no soportar mi presencia.

-Me cuesta creerlo.

Blanca le adora. -Por supuesto,

tiene que tratarse de un arrebato pasajero.

-No estoy tan seguro, Felipe.

-¿Duda de su amor?

-De lo que dudo es de que este no sea suficiente

para que Blanca supere la muerte de la niña.

-Es cierto que Blanca ha vivido estos últimos días

un acercamiento paulatino hacia la iglesia,

pero quizás buscando consuelo en la fe.

-Aún así, dudo que las homilías de nuestro párroco

puedan haberla transformado tanto.

-Iré a visitarla.

Trataré de hablar con ella, a ver si logro comprender qué sucede.

-Gracias.

Date una vuelta, déjame que te mire bien.

-Busca otro motivo para tus chanzas.

Tal vez no debería ponerme hoy esta chaqueta.

-Solo bromeaba.

No te cambies, estás realmente guapo con ella.

-¿Tú crees?

-Ven que te lo demuestre.

-(CARRASPEA)

Disculpen. -Descuide, Esteban.

Agustina, déjenos solos.

-¿Qué lleva ahí?

-Son misivas de distintas familias que no asistirán a la recepción.

-Son muy amables en escribir para excusarse.

-Sí.

-No solo se han excusado.

La mayoría incluye cuantiosos donativos para la causa.

-Tus gestiones han dado resultado.

Antes de hacer la fiesta, ya recibimos cantidades de fondos.

-El mérito no es solo mío.

Aunque no serán suficientes para traer a los presos de Filipinas.

-¿Sabe ya cuánto puede costarnos?

-Sospecho que una cifra considerable.

-La obtendremos.

Estoy seguro de que muy pronto mi buen amigo Luis embarcará

de regreso a su patria.

-Calme su entusiasmo, debemos ser cautos.

He escrito un telegrama al general Aguinaldo, al Bureau de Prisiones.

-En ese telegrama le pedíamos que estimase el coste de repatriar

a los 47 soldados presos en Bilibid.

-Ahí es donde se supone que está preso el batallón de Luis Checa.

Ahora toca esperar respuesta y ver cuáles son sus condiciones.

-Entiendo que no quieran que lancemos las campanas al vuelo,

pero reconozcan que los avances que hemos hecho desde que les conocí

son espectaculares.

-La pregunta es si serán suficientes.

-Así lo espero.

Es cierto que no tenemos aún la libertad de Luis y sus compañeros,

pero estamos más cerca que nunca de conseguirlo.

Y todo gracias a ustedes. -Agradezco sus palabras,

pero no es momento de dormirse, queda mucho por hacer.

Avisa a Agustina, debemos preparar el salón y retirar el billar.

-A sus órdenes, coronel.

Permiso.

-¿Una partidita antes de que se la lleven?

-¿Tiza, coronel?

Desde aquí podrá hacer el retrato.

Le estoy muy agradecida por haber aceptado

a hacerse un retrato con nosotros.

-El honor me lo hace usted a mí.

-La señora les ha escuchado y ha querido levantarse.

-No sabe lo dichosa que me hace saberla en casa.

¿Podría hablar con usted?

-Blanca, ¿cómo te encuentras?

-Por supuesto, siempre es un placer charlar con usted.

Pero antes, debo cumplir la promesa que he hecho con su madre

y posar para el retrato. -Blanca,

únete a nosotros.

-Haga el favor de ponerse a mi lado,

así tendré un bello recuerdo de su amistad.

-Espero que pueda enviarnos los retratos con la mayor celeridad.

-Blanca, debemos hablar.

-Samuel, se lo ruego, déjenos solas.

¿Qué te parece?

-Te sienta bien.

-"Te sienta bien".

Ramón, tú sí que sabes piropear a una mujer.

-Perdona, estoy un poco mohíno.

Estás preciosa, como siempre.

-Eso está mejor. Había pensado ponérmelo para la recepción.

Pero cuéntame, ¿qué te pasa? Me da mucha pena verte así.

-Nada de enjundia, no temas. En los últimos días

me acuerdo mucho de mi María Luisa.

La echas de menos, ¿no?

-Siempre hemos tenido una relación muy especial

y, se acerca el día de su cumpleaños.

Y es el primero que no vamos a pasar juntos.

-Oh, Ramón.

-Tenemos carta de París.

-Pues sí que vais a tener una relación especial vosotros dos.

Vamos, que él lo dice, y la niña escribe.

Uy, toma.

-Espero que no sean malas nuevas. Ábrala, padre

y lo sabremos.

-Ramón, rápido, que nos tienes nerviosos.

-Dice que poco a poco se van acostumbrando a la vida de París

y que es muy feliz en esa ciudad.

-Normal, es que esa ciudad

debe ser fetén. -¿Y qué más?

-Los negocios que emprendieron con Leandro y Juliana están resultando

un completo éxito.

-Todo son buenas noticias.

-Igual, todo, todo no.

Mire el semblante. -Ramón, querido,

dinos qué pasa.

Que dice que se acerca la fecha de su cumpleaños y que nos añora.

Lo que yo te diga, al final van a tener telepatía de esa,

que uno lo piensa y la otra lo escribe.

-Dice que su mayor regalo sería que fuéramos a verla

y pasáramos un tiempo juntos en Paris.

-¿Y por qué lo dices con esa cara de perro?

Si es una idea maravillosa.

-Pero complicada de llevar a cabo.

Tengo que ocuparme del yacimiento y del negocio de las cafeteras.

-¿Qué dices, Ramón? ¿Acaso lo estás pensando?

No, no, no, no, vamos a ir a París toda la familia

y que salga el sol por Antequera.

Este me lo levo, ¿vale? (GRITA DE ALEGRÍA)

Qué emoción. Qué lejos, ¿no?

Estamos solas, puede hablar sin miedo.

Dígame qué es lo que la tortura.

-Después de hablar con usted,...

tuve un sueño.

Vi a mi criatura frente a mí en la cama.

Y había algo escrito en las sábanas con sangre.

Hijo mío.

Eres tú.

-(LLORA EL BEBÉ)

-(LEE) "Asesina".

No. No.

No.

Desapareció.

Solo quedaron sus cenizas que se escurrían

entre mis manos.

Sé que me dirá que solo ha sido un sueño.

-No, querida, yo nunca diría eso.

No ha sido un simple sueño.

Debería sentirse honrada.

Los caminos del Señor para comunicarse con los hombres

son misteriosos

y, en su caso, ha elegido la vía de los sueños.

Nuestro señor le está pidiendo que asuma su culpa,

que aprenda a vivir con ella.

-Pero ¿cómo puedo hacerlo?

¿Cómo debería ser mi vida a partir de ahora?

-Ya conoce la respuesta.

En su interior sabe que tan solo debe volver al rebaño,

ser de nuevo la oveja del buen pastor.

A partir de ahora, deberá regirse por los mandamientos

que nunca debió dejar de lado.

Honrarás a tus padres, honrarás a tu esposo.

-Yo nunca quise hacerle mal a nadie.

-¿Está segura de eso, querida?

Haga un examen de conciencia y pregúntese...

cuáles fueron las razones que la han traído hasta aquí.

Cristina Novoa hará una oración pública esta misma semana.

-Eso he oído.

¿Os he dicho que voy a invitarla a un ágape en mi casa?

Para que conozca mi jardín.

-Uno de los más bonitos que he visto en mucho tiempo.

-Por aparente que sea, no creo que Cristina Novoa desee ir a un ágape.

Y si quisiera, ya se encargaría Úrsula de impedírselo.

-Sí, parece obvio que está decidida a acaparar a la futura santa.

Gracias.

Tome, la voluntad.

-¿Qué te ha dado, que le has pagado tan generosamente?

-Una estampita conmemorativa de Cristina.

-Otra. -A mí también me entregaron una.

Las han impreso para sufragar los gastos de los viajes de Cristina.

-Esperemos que sea para ese fin y que no se esté haciendo de oro

a costa de la fe de buenas cristianas como nosotras.

-No seas cicatera.

Estoy convencida de que no es así.

Es más, estoy pensando colaborar con la venta de las estampas,

en mi sastrería daría salida a muchas.

Debería visitar a la santa para proponérselo.

-Susana, no me digas más.

Ese es tu interés, conocerla en persona.

-¿Y qué hay de malo?

No quiero verla como a uno más de los cientos de personas

que acudirán a Acacias para hacer el rezo.

-A mí también me gustaría.

Dicen que su presencia

infunde paz.

Haga un esfuerzo. Recuerde,

¿por qué abandonó a su legítimo esposo?

¿Por qué arrojó por tierra sus votos ante Dios?

¿Por qué se ha estado enfrentando a su madre

una y otra vez?

-El deseo.

Ese ha sido el motor que ha movido todos mis actos.

Un deseo por Diego que no podía controlar,

que me arrastraba y me enfrentaba a todo.

-Lo sé. A mí me pasó igual.

La lujuria creció dentro de nosotras

como si fuera una enfermedad maligna.

Pero debemos ser fuertes.

Tenemos que encontrar en nuestro interior

la energía suficiente

para extirparla.

-Avise a Carmen.

Me gustaría creer en sus bondades,

aunque sea por la devoción que le muestra mi esposa.

Me cuesta creer que la virgen se aparezca a cualquier muchacha.

-No debería ser tan escéptico,

a lo largo de la historia, muchos hombres y mujeres santas

han tenido una relación con el Altísimo.

-Mi esposa piensa como usted. Es muy devota.

Conocer a Cristina Novoa la tiene muy ilusionada.

-No es la única. El barrio está expectante,

por eso no entiendo que Silvia me acompañe.

-Ella es mujer de mundo. Es normal que no se sorprenda.

-Se equivoca. En mi vida de militar también he visto de todo.

Pero siento curiosidad por verla. ¿Usted no?

-No quería hacerme una idea hasta conocerla.

Pero ya sabe lo que opino de los timadores que quieren aparentar

lo que no son en este país.

¿Le ocurre algo?

-No, todo bien.

-Qué pena que don Ramón se lo vaya a perder.

Supongo que está al corriente de su viaje a París con su familia

para visitar a su hija. -No, no lo sabía.

Será una grata sorpresa para ella.

-Con su permiso.

-Gracias.

-Íñigo,

estaba deseando hablar contigo.

¿Cómo fue la conversación con Flora?

Ya veo que no muy bien. -Como era de esperar.

Se ha negado a vender la chocolatería. Vamos dentro.

-Vamos.

-"Ha hecho lo correcto".

Debe buscar

el coraje que le falta en Dios, en el ejemplo de los mártires

que dieron su vida por conservar su fe.

-Así lo haré. Espero no defraudarla.

¿Sabe algo de Blanca?

-Nada. Estoy desesperado,

Felipe. -Yo tampoco

he averiguado nada.

Por lo que sé, no ha salido de casa.

Quizá Carmen pueda darnos noticias.

-Señor, traigo una nota de parte de doña Blanca.

-¿Qué le dice en ella?

-Me cita para después. Asegura que tiene que hablar conmigo.

-Dígale que acudiré a la cita.

-Anímese. Seguro que Blanca y usted

arreglan las cosas.

(PEÑA SILBA)

Buenas. -Oiga, pero ¿cómo se le ocurre?

¿Qué falta de respeto es esta? -¿He hecho algo mal?

-¡Encima lo pregunta, pues pisarme los "fregaos"!

¡¿No lo ve?! -Disculpe.

-¿Qué hace paseándose por aquí como si fuera un señor?

Tendría que usar la escalera de servicio.

-Es la falta de costumbre.

Que de verdad que lo siento. Si quiere...

yo fregaré lo que he manchado.

-No me parece eso mal.

Así se entera de lo que vale un peine.

Y sepa que le voy a vigilar.

Me tiene que demostrar que es "honrao",

y no un ladrón si escrúpulos.

Venga.

Más, más. Ahí, en las rayitas.

-Servando, ¿qué está pasando aquí?

¿Se ha cogido usted al Peña de ayudante?

-De eso nada. Simplemente, está fregando

lo que ha "pisao". -Ya. Tiene usted más cara

que espalda.

Suelta el cepillo, Peña.

Tira, que como te descuides, Servando te pone a hacer su faena.

-Bueno...

-Gracias, señora.

-Desde luego, ¡no me cabe en la cabeza cómo son capaces

de dar cobijo a un delincuente! Mi opinión en esta casa no sirve.

-En la casa no sé, pero en el altillo, ni pincha ni corta.

El pobre no tiene donde caerse muerto.

-Qué blandas y qué ingenuas son.

Primero reciben con los brazos abiertos a Paquito y ahora a este.

-Vaya, ¿tendrá algo que decir de nuestro sereno?

Ha demostrado de sobra ser hombre decente.

-Y ser muy falso.

-¿Ya la ha tomado otra vez con él?

-Motivos tengo.

Tiene las manos muy largas con la chocolatera.

Hoy mismo les he visto tan juntos, que parecían matrimonio.

-¿Qué dice? Eso no puede ser.

Si podría ser su padre.

-Y su abuelo. Eso sin contar que es mujer casada.

Señor, ¿me permite sus cosas?

General Iturrieta, gracias por haber venido.

Acompáñeme.

-La recepción está resultando un éxito.

Ha acudido la flor y nata de nuestra sociedad.

-Y aún faltan muchos invitados por llegar.

El poder de convocatoria de Arturo es innegable.

-Aprovechemos para brindar por nuestro próximo viaje.

-Mi enhorabuena. Ya sé que se marchan.

-Soy incapaz de mantener un secreto.

Anda, don Felipe. No importa, aunque lo cierto es

que me hubiera gustado contártelo yo.

-Qué envidia.

Nosotros deberíamos ir a visitar a Tano.

-Si me disculpan, voy a saludar a un amigo.

-(ARTURO GOLPEA SU COPA)

Disculpen, les pido permiso para proponer un brindis.

Por todos ustedes,

por la generosidad que han mostrado al colaborar desinteresadamente

con nuestra causa.

Creamos la comisión, porque creemos que no podemos abandonar

lejos de su patria a tantos españoles

que lucharon por defenderla en condiciones adversas.

-Brindemos por su pronto regreso.

-"¿Está seguro de lo que dice?".

Mire que es una acusación muy grave.

-Lo he visto con mis propios ojos.

Haciendo manitas y mirándose con ojos

de cordero "degollao". -Ese tunante me va a oír.

Pues mire, ahora es su oportunidad, por ahí viene.

Buenas, le traigo yo las cartas porque, cuando vino el cartero,

usted no estaba, como siempre.

-Paquito,...

¿no tiene usted nada que contarnos?

-A mandar. ¿Puedo hacer algo por usted?

-Pues sí, mire, darnos una explicación.

¿Es verdad que se está tomando libertades

con la chocolatera?

-¿Libertades? Ninguna.

Simplemente le tengo gran aprecio, es una joven estupenda.

-¿Lo ve, Fabiana? Es un crápula

y un seductor. -Cuidado con lo que dices.

Que mis intenciones no pueden ser más honestas.

-Seducirla, nada más. -Nada de eso.

Trato de animarla. -Animarla a perder la honra.

-Deje que se explique, Servando.

-La pobre está pasando un mal momento con su esposo.

-Y él se aprovecha. -¡Nanay!

Me he comprometido a ayudarla.

He decidido organizar una cita a ciegas

entre ella y su esposo,

como si fueran dos amantes que se acaban de conocer.

Para avivar la llama del matrimonio.

-¡A otro con ese cuento, Cupido! No me creo ni una palabra.

-Pero yo sí.

Tal preocupación por los demás, le honra mucho, Paquito.

Pero ándese con ojo, como haya un malentendido,

usted puede salir "escaldao".

-(RESOPLA ENFADADO)

¿Lo están pasando bien?

¿Está todo a su gusto? -Por supuesto.

Está todo perfecto.

-No se preocupe por nosotros y atiéndales.

-Con permiso.

-Su labor es encomiable.

Nuestros soldados van a estarles eternamente agradecidos.

-Gracias. Lo importante ahora

es que regresen pronto con sus familias.

-No deberíamos permitir

que la recepción decaiga.

Saquemos la mesa de billar para jugar.

-Tengo una idea mejor.

¿Y si ponemos música?

Arturo, ¿qué te parece si estrenamos los discos de gramófono

que compraste? -Gran idea.

Pero déjame empezar por mi favorito.

(Música)

-Un danzón. -No podía ser de otra forma.

¿Me concede este baile? -Ya estabas tardando.

-Parece que no soy el único que lo está pasando fetén.

Créeme que lamento no poderte dar capricho.

Ahora mismo no es posible que Cristina Novoa te reciba.

-Solo quería plantearle

que yo podría vender estampitas

para colaborar con sus viajes evangelizadores.

-Un gesto que te honra.

-Se lo plantearé más tarde,

y mañana vamos a visitarte a la sastrería.

-Disculpen que les interrumpa. Doña Leonor desea verles.

-¿En qué puedo ayudarla, Leonor?

¿También quiere hablar con Cristina?

-No, es con Blanca con quien me gustaría conversar.

-Le voy a tener que dar la misma respuesta

que le he dado a Susana:

no es posible.

Ahora mismo, Cristina y Blanca

están rezando. No quieren que las interrumpan.

-Me da igual. Esperaré a que terminen.

-Lo lamento, me disponía a marchar. Me esperan en casa del coronel

para hacer una generosa aportación a su causa.

-Está bien. Volveré en otro momento.

Dígale, por favor, que he venido a visitarla.

-Bueno, yo también marcho con Leonor.

Esperemos que esta reunión sirva para los intereses de la comisión.

Sobre todo con donativos como los de la familia Alday.

Son ustedes muy generosos.

-Es una pequeña suma

si se compara con el sacrificio de nuestros soldados.

-No le falta razón.

Todo sea por esos pobres desdichados.

(Para la música)

-¿Por qué lo han detenido?

-Quizás para que dejes de pisarme.

-¿Qué pasa, Esteban?

-Disculpe, coronel.

Tan solo pensé que podíamos poner una música más moderna.

-Es su forma de decirnos que demos paso a los jóvenes.

(Risas)

Te he monopolizado en exceso.

Voy a atender a mis invitados.

(Música)

-¿Me permite este baile? -Claro.

Vaya, no sabía que era usted un bailarían consumado de "ragtime".

-Hay muchas cosas que ignora de mí.

-Querido, estás a tiempo de unirte al baile.

-No, sigue bailando con Esteban.

-Eso es.

(Puerta)

Pase. La señora le está esperando.

-Blanca.

-Diego...

Ven.

Siéntate a mi lado.

No sabes la alegría que me ha hecho recibir tu nota.

He estado todo el día nervioso.

No logro entender qué sucedió ayer.

¿Qué es lo que te atormentaba de esa forma?

-Diego, perdóname.

Perdona el injusto trato que te dispensé.

Nunca debí comportarme así,

echándote de mi cuarto. -Descuida.

Sabes que no puedo guardarte rencor.

Blanca, ¿qué te sucede?

-Debo enfrentarme a mis errores.

No puedo seguir escondiéndome.

-Tú no has hecho nada malo. -Sí, sí lo he hecho, Diego.

Me he dejado llevar por una pasión desenfrenada,

por la lujuria,

por el deseo hacia ti.

-No, Blanca, no es Lujuria, es amor.

-No es el amor lo que me llevó a yacer contigo

estando casada con tu propio hermano.

Tampoco hay amor en traicionar a mi madre,

la que me dio la vida.

-¿Qué estás diciendo?

-Con mi obsesión pude haber acabado con tu vida.

O con la de Samuel.

Y todo por no mirar más que para mí.

Por darle la espalda a Dios.

-No te reconozco, Blanca.

¿Cómo has podido cambiar...?

¿Por qué ahora, de golpe, Dios es tan importante para ti?

-Diego, creerme por encima de Él ha sido mi gran error.

Por eso mi pequeña niña murió.

Es el castigo que me ha enviado el Señor.

Para que asuma mi culpa e inicie mi camino de penitencia.

-Blanca, ¿has perdido la razón?

-No, Diego.

Estoy más cuerda que nunca.

Sé lo que debo hacer.

Aunque el primer paso sea el más difícil de todos.

Debo enfrentarme a ti.

A mis deseos.

Compréndeme, Diego, no te responsabilizo de nada.

La única culpable soy yo.

Pero...

Pero debo alejarme de ti.

No volveré a verte nunca más.

-No, no, Blanca, no puede ser.

-Sí puede ser.

Y te aconsejo que también sigas mi ejemplo

y que hagas acto de contrición.

-Pero no tengo nada de lo que arrepentirme.

-Rezaré para que comprendas que no es así.

Ahora, por favor, acepta mi voluntad.

Márchate.

Y no vuelvas nunca más a mi vida.

Podríamos hacer huesos de santo,

para que las beatas se dejen sus buenos cuartos.

-No, no habíamos hablado eso. Nuestros planes eran otros.

Serán tus planes, a mí aún no me has convencido.

Mientras tanto, no pasará nada

por ganar dinero. La ocasión la pintan calva.

-Haz los malditos huesos de santo, luego hablaremos.

Por cierto, ¿sabes hacer huesos de santo?

-Tampoco tiene que ser tan lioso. -¡Claro que no!

¡Yo la ayudaré, señora!

Una carta de María Luisa, de París.

Quiere que vayamos para celebrar su cumpleaños.

-Eso es que os echa de menos. ¿Qué ha dicho tu padre?

-Que sí, que vamos.

-¡Qué bien, eso está muy bien!

Vais, le dais un beso y os volvéis.

-Lolita, vamos a ir por lo menos un mes.

Si no, no merece la pena. -"No creo que me cueste"

renunciar a las aventuras

y consagrarme a la vida matrimonial.

-Dónde se puede estar mejor que junto a la persona amada.

-¿Sabe? Eso es lo que me digo todos los días.

A todas horas.

Allá donde estuviera Arturo, yo le echaría de menos.

-La comprendo no sabe cómo.

-¿Quién vendrá a estas horas? -No espero a nadie.

-¿Es verdad que está aquí la santa?

-¿Solo viene a meter las narices en casa ajena?

-Me ofende. Que traigo una carta, ¿eh?

-Démela, se la llevaré a la señora.

-No, va dirigida a usted.

-¿Le preparamos más para su nieto Víctor y su esposa?

-No me fío del correo,

llegarían mustios y aplastados, como las hierbas de Atila.

-¿El correo?

No, se los llevaría usted con mucho mimo.

-¿De qué está hablando?

-Me han dicho que irían a celebrar el cumpleaños de María Luisa.

-¿No lo sabía usted?

Los Palacios no hablan de otra cosa.

-Yo también pensé que iría usted con ellos.

-"¿Has pensado la fecha ya?".

-Para no precipitarnos, la fijaremos a tres meses vista.

-Largo me lo hacía usted, caballero.

Creí que me acababas de decir que querías acallar las críticas.

-Así es. Nos casaremos en tres meses.

Mientras, podrías vivir con los Álvarez-Hermoso,

ya que Celia te lo ha ofrecido. -¿Quieres que me vaya?

-No quiere verme más. -¿Cómo?

Ayer partían juntos en busca de una nueva vida.

¿Qué ha pasado? -Se siente culpable

de la muerte de nuestra niña.

Piensa que... debe redimirse,

que debe enmendar el mal cometido.

-De verdad que no lo entiendo.

-Nos considera unos pecadores alejados de Dios, unos pasionales.

-Es absurdo. -"Encuentro consuelo"

en la oración. -Has cambiado tu forma de vestir.

-Ven.

Sentémonos en el salón.

-Creía que estabas sola.

-Nunca más.

Ahora el Señor está conmigo. -"Considera que sus pecados"

provocaron la muerte de la criatura.

-También para doña Úrsula

ha debido ser una pérdida irreparable.

-Sí, claro.

Pero no se le ve muy afectada.

Lo peor es que parece disfrutar con lo que está sufriendo su hija.

¿Qué clase de madre es esa?

-Siempre ha sido, digamos, diferente.

-Doña Blanca me da verdadera pena.

Mientras que su madre... me repele.

Y a veces hasta me provoca escalofríos.

-¿Quién es usted para contestar por mi amiga?

-No le hables así a Cristina. -Eres mi amiga.

Créeme, me necesitas más de lo que te piensas.

-Claro que la necesita.

Necesita toda la ayuda que Dios le envía.

-No creas que no le doy gracias a Dios por haberte encontrado.

-Blanca, te lo suplico...

Coge mi mano, y salgamos de aquí.

  • Capítulo 757

Acacias 38 - Capítulo 757

08 may 2018

Blanca rechaza a Diego y Samuel le convence para que abandone la casa, mientras le asegura que él mismo intercederá para que Blanca vuelva a querer irse con él a Suiza. Samuel y Úrsula están orgullosos de tener a la "santa" en su casa y se retratan junto a ella. La recepción en la casa de Valverde para conseguir donativos para repatriar a los soldados filipinos es un éxito. Pero Arturo vuelve a sufrir un mareo y Trini se da cuenta.

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