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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 752 - ver ahora
Transcripción completa

¡Blanca, hija!

¿Qué haces aquí?

-Me preguntaba si...

me admitirían de nuevo en esta casa.

Me gustaría vivir bajo el mismo techo,

si no tiene inconveniente. -Claro que sí.

Esta es y será siempre tu casa.

"Está convencida de que su hijo vive".

Si nos está haciendo creer lo contrario,

si simula estar recuperándose,...

es porque sabe que nadie la cree.

Tanto tu madre como yo somos muy dichosos de tu regreso.

No te pediremos más explicaciones.

Lo único que deseamos es que te recuperes.

-Te lo agradezco.

-Te ayudaremos en todo lo que necesites. No dudes en pedirlo.

"¿Y si diera con los hombres que nos atacaron en el carruaje"

y consiguiera llevarlos a prisión?

-¿Cómo le ayuda respecto a Blanca?

-Nada va a conseguir que nuestra niña vuelva a la vida.

Pero quizá hacer justicia con esos malnacidos

pueda traer algo de paz al corazón de Blanca.

¡Suélteme!

-¡Te voy a enseñar a coger lo que no es tuyo!

-¡Quieto, truhán!

-¡Ah!

-¡Se acabaron tus fechorías!

-¡Por fin atrapa al ladrón!

-Es usted un héroe.

-Acabará con sus huesos en la cárcel.

No es que no ame a Arturo,

pero temo sentirme ahogada viviendo en estas calles,

necesitada de viajes y aventuras como usted.

-(SUSURRA)

¡Oh!

¡No!

Usted no se puede ir.

Debemos hundir a Blanca en el pozo de la confusión.

-¿Y qué ganaremos con eso?

-Podremos incapacitarla por locura y entonces,...

podremos ocuparnos del niño.

-Espero que ese momento no tarde en llegar.

Cada vez me resulta más difícil estar lejos de mi hijo.

# Pimpón es un muñeco

# muy guapo, de cartón.

# Se lava la carita

# con agua y con jabón. #

Soy tan feliz, Diego.

Pensé que este día no llegaría nunca.

-Nos lo prometimos hace tiempo.

Y este llamador de ángeles nos lo recuerda.

(RECUERDA) "Debemos hundir a Blanca en el pozo de la confusión.

Que no distinga qué es lo real y qué es lo imaginario.

-¿Y qué ganaremos con eso?

-Podremos incapacitarla por locura.

Ingresarla en un lugar

donde sabrán cómo tratarla".

(Tintineo)

(Tintineo)

¿Lo has oído?

El sonido venía desde aquí.

-¿Qué sonido?

-Has tenido que escucharlo.

Era un llamador de ángeles.

-Blanca.

Lo siento, pero hasta aquí no ha llegado sonido alguno.

¿Qué te inquieta?

-Nada.

Supongo que ha sido solo un sueño.

-Te acompaño a tu dormitorio.

Tienes que descansar.

(Sintonía de "Acacias 38")

(Sintonía de "Acacias 38")

(Sintonía de "Acacias 38")

(Sintonía de "Acacias 38")

Aquí tiene su café. -Gracias.

-No sé dónde se habrá metido Flora.

-A cualquiera se le pueden pegar las sábanas.

-Habrá que despegárselas con agua caliente.

Anoche debió llegar a las tantas, no la escuché llegar.

-Admiro su liberalismo.

Pocos hombres serían tan tolerantes con sus mujeres.

-Buenos días, señores.

Un café expreso, pero doble de agua.

-Pero si eso es como mezclar champán con gaseosa.

El café tiene que casi mascarse.

-En gustos, no hay nada escrito.

En América, se toma aguado y resulta más diurético.

-Debo decir que el caballero tiene razón.

En lo de América.

En lo de diurético no tengo opinión.

-Esteban Márquez, un placer.

-Antonio Palacios, el placer es mío.

Conoce bien la república estadounidense.

-Un poco. Al menos, el café.

-El café es mi negocio.

-En mi caso, solo es placer, pero conozco sus variedades.

Al menos, las que llegan a algunos países del mundo.

En su momento, quedé prendado con el turco.

-Espeso y seco. Qué delicia.

Es un hombre viajado.

-Lo suficiente como para conocer las maneras de ver la vida.

-Viajado y cafetero. ¿No estará buscando trabajo?

Se trataría de vender cafeteras.

Yo creo que con su porte y su labia,

podría prometerle un futuro provechoso.

-Le agradezco la oferta.

Ando en varios asuntos que me impiden aceptar.

-Ya.

Y uno de esos asuntos tiene que ver con Reyes.

-¿Verdad?

-¿La señorita Reyes se dedica a los negocios?

-No es un negocio lo que nos mueve.

Se trata de que retornen sanos y salvos

los españoles presos en ultramar.

-Loable labor, debo decir, y muy complicada.

-Lo importante es no desfallecer y en eso estamos.

¿Podría usar el teléfono?

Voy a comenzar a trabajar mientras la espero.

-Claro, ahí lo tiene.

-No hay tono.

-Déjeme a mí.

-Sí.

-Ahora, arreglado.

-¿Sí?

Es cierto.

¡Vaya!

No solo vende cafeteras, también arregla aparatos.

-Se me dan bien las manualidades.

-¿Le pongo algo más?

-No, prefiero esperar a la señorita Reyes.

Es un placer compartir mesa con ella.

Aunque sea una comida modesta como el desayuno.

Don Liberto.

Que...

Una sabe que no hay nada que pueda dar de vuelta.

Quería darle las gracias por impedir

que doña Rosina se cebara con mi primo y lo echara.

-No te preocupes por eso. -Intercedo encantado por él.

-Es que...

No es solo porque sea mi primo.

También es que me hace muy bien tenerlo aquí.

Me ayuda a llevar mejor la pérdida de mi Martín.

-Es natural, lo comprendo.

Jacinto no tiene nada de qué preocuparse.

-¿Está usted seguro?

Mire que doña Rosina se puso como una fiera.

Bueno, como una fiera...

Que la mujer tenía sus razones.

Mi primo no sabe conducirse con señores y en esta casa.

-Aprenderá. Ya le dije que le daría unas normas básicas.

Así, mi esposa no se soliviantará.

-También eso merece gracias.

¡Ay!

¿Es que sabe una cosa?

Se me hace cuesta arriba decirle a mi primo que es un patán.

-Entonces, todos solucionado.

En breve, vendrá Jacinto y le daré instrucciones.

-Ah.

Bueno, pues nada.

Que me marcho al mercado.

Que muchas gracias. Muchas gracias, don Liberto.

¡Epa!

¿Cómo amaneció?

-Sabes que te tengo aprecio.

Pero no puedes saludarme con un grito.

Soy el señor. -No voy a saber yo eso.

Mire, si pasa el tres de bastos

bajo el cuatro de oros...

El tres y el cuatro.

¿No le digo? Ahora, sacamos el cinco

y el seis. Mal se le tiene que dar

para que no acabemos este solitario.

¿No le he dicho?

Ponga debajo de ese siete de oros este seis de bastos.

-A ti se te dan muy bien los solitarios.

-Claro. En el campo, las ovejas no saben jugar al tute.

O te entretienes solo o te aburres.

-¿Yo podría aprender?

-Pues claro.

Hasta mi perro sabe que se empieza por el as y se acaba por el rey.

-Entonces, enséñame, que me da coraje perder al solitario.

-A ver, mire.

El 12, perfecto, ahí.

Huy, el 11.

Pasamos la sota aquí.

Es de Blanca.

Sé cómo te sientes.

-¿Cómo está, Samuel?

-Bien.

-No me mientas, puedo soportar la verdad.

-Intranquila, con insomnio, recelosa.

Pero entera.

-¿Se ha confesado a ti?

¿Te ha contado que ha ido en busca de su hijo?

-Sigue fingiendo que ha vuelto a su ser.

-Estoy armando un plan

para que Blanca supere la muerte de la niña.

-¿Qué vas a hacer?

-Te lo contaré a su debido tiempo.

Solo te pido que mientras esté alejado de blanca,

que la cuides.

Y por favor, no dejes que esa arpía de Úrsula le haga daño.

-No te vayas a equivocar.

La situación de Blanca es muy delicada.

Cualquier presión extra podría provocarle una crisis.

-Confía en mí.

Cuéntame a qué has venido, tengo que irme.

-A ver cómo estabas y a contarte cómo ha pasado la noche.

¿Hay algo que pueda hacer para colaborar contigo?

-Lo que estás haciendo es suficiente.

Gracias, hermano.

Ha renunciado a tu felicidad en favor de la mía y la de Blanca.

Eso es algo que jamás olvidaré.

¿No desayuna usted, señor?

Le he preparado un desayuno para chuparse los dedos.

-El desayuno es muy adecuado y lo tomaré.

Pero quiero esperar a la señorita.

-Cómo es usted, tiene más detalles que el Pórtico de la Gloria.

-Perdóname, se me han pegado las sábanas.

Esteban y yo pasamos la noche en vela.

-Siéntate y ponme al día de tus avances.

-No puedo, Esteban estará esperándome en la chocolatería.

Compréndeme.

No es que no ame a Arturo.

Pero temo que me pueda sentir ahogada viviendo en estas calles.

Necesitada de aventuras y viajes como el de usted.

¿No tienes un minuto? Quiero hablarte de una cosa.

-Hablamos luego. O baja a la chocolatería y hablamos ahí.

¿Te parece?

Pruebe los roscos de anís, los he hecho yo.

-Tengo que salir.

Esto tiene que cambiar de una maldita vez.

(AMBOS) ¡Epa!

(RÍEN)

-¡Liberto!

¿Se puede saber qué pasa aquí?

-Nada, que estamos intentando cuadrar los solitarios.

Somos unos hachas.

-¿No debería estar en el jardín? No debe pisar el interior.

-Como diga la señora.

-Enseguida irá, pero me está enseñando

el noble arte de los solitarios.

-¿Le has explicado las cuatro normas de conducta

que permitirán que vivamos en paz?

-Para normas estamos. ¿Verdad, Jacinto?

(RÍEN)

Jamás pensé que esto estimularía las meninges...

-¡Meninges, las que te faltan a ti!

¿Así vas a arreglarlo, dándole al naipe?

-No hay que sacar las cosas de quicio.

Un hombre que juega así es digno de admiración.

-¿Y yo de qué soy digna? ¡Soy tu esposa!

Ahora, que si molesto en mi propia casa, me marcho.

Y no me sigas, que voy a estar por esas calles de Dios.

¿Qué mosca le ha picado?

¿He hecho algo mal? -No has hecho nada mal.

Vamos a seguir, que llevamos siete sin fallar una.

-¿Cuáles son esas normas de las que hablaba la señora?

-No te preocupes por eso, que eso es cosa mía.

-Claro que me preocupo.

Ahora que me había enseñado a cantar para dentro...

-Mira, un siete.

¿Qué necesitábamos? El siete. Pues aquí está.

-¿No va a ir a consolar a la doña?

-Ya se le pasará. Un caballo, ni pintado.

La lástima es que no se juegue por parejas.

-¿Me va a explicar las reglas o no me va a explicar las reglas?

-Ya habrá tiempo de eso.

A ver si hacemos este y serán ocho seguidos sin fallar uno.

Si me viera mi padre... Oye, una cosa.

¿Qué se hace si te sale un caballo y te queda en los descartes?

-O se empeña uno en sacarlo por encima,

siempre hay que jugar a no entrar en...

O se deja una fila libre y se pone en cuanto pueda.

Lo importante es no ir dejándola debajo.

Anotado.

Enseguida les traen sus cafés.

-Hay faena, ¿no?

-O poco personal.

¿Te parecen horas de llegar, dónde estuviste anoche?

Dos cafés para la tres.

-No estuve de jarana.

-Ya, en la vigilia de Nuestra Señora.

-Qué zoquete eres.

Resolviendo un delito, en eso estuve.

Y no sabes la que se lió.

-Sí, quiero saberlo.

¿Qué, dónde y cómo se lió?

-Paquito trincó al Peña. -¡No!

-Fabiana y Lolita le pillaron robando.

Paquita le arreó un golpe que le dejó para el arrastre.

-Pero ¿la diñó?

-Al final, se fue por su propio pie.

Estuvo más para allá que para acá.

Me dieron los siete males pensando que recuperaría la memoria.

-Pero ¿sigue en albis? -Sin recuerdos.

-Eso nos da un respiro.

En comisaría, con el trato que les dan,

quizá se acuerde de que no pertenece a las cloacas.

-Por eso, me camelé a Paquito.

-Esa es mi hermana. -Pero no salió gratis.

-¿No me digas que nuestro aguerrido sereno

te pidió que le untaras para dejarlo libre?

-Yo le ofrecí la compensación.

Le dije al sereno, que tiene menos dobleces que Job,

que el Peña no robaría más

porque en La Deliciosa, le daríamos un jornal.

-Bromeas, claro. -Ni una "miajita".

-Pero ¿tú te has vuelto majara?

Metes al diablo en casa y tenemos que pagarle un salario.

Que se gastará cuando nos metan en el penal.

-No seas exagerado.

-¿De verdad crees que exagero?

Que ese hombre sabe que somos unos impostores.

¿Y si se le despeja la mollera?

-¿Qué querías que hiciera?

Seremos los primeros en saber si se le ha limpiado el magín.

-Deberías habérmelo consultado. Estamos juntos en esto.

La Deliciosa es de los dos. -No, es de Íñigo Cervera.

Si la lógica no me falla, es el Peña.

-¿Se puede saber por qué están tan agitados?

-Mi señora ha contratado al menesteroso ese.

¡Ha contratado a un mangante!

-Es para que no vuelva a robar.

Hasta el cura aplaudiría mi buena acción.

-Entramos y me cuenta detenidamente este lance.

Ay...

El estofado te ha quedado muy apetitoso, Carmen.

-Gracias, señora.

Me acordé de que era uno de sus platos preferidos

y he querido ofrecérselo como bienvenida.

-Ya ves,...

todos estamos contentos de que hayas vuelto a casa.

-La hemos echado de menos, señora.

-Y como no podría ser de otra manera,

todos haremos lo posible por complacerte

y acompañarte hasta que vuelvas a tu ser.

-Ya estoy en mi ser.

-Sabes perfectamente lo que quiero decir.

Los seres humanos somos así.

Necesitamos tiempo

para ir sembrando la alegría y para irnos acostumbrando

a la pena y a las ausencias.

-Yo sé que nunca voy a olvidar a mi...

A mi hija.

Y que nunca querré olvidarla.

Pero también soy consciente de que...

con el tiempo, el dolor se convertirá en algo esporádico.

Un ahogo que se pasa con apretar fuerte los dientes.

Y sobre todo si estoy con los míos.

Con los que me quieren.

-Me alegro de que hayas recapacitado...

y que hayas dejado a Diego.

Ten por seguro que nosotros nunca te fallaremos.

-Pero él no es el culpable de todo lo que ha sucedido.

No debería pagar tan alto precio.

-Hay diferentes maneras de verlo.

Si no hubiera intentado alejarte de nosotros,

nada de esto habría pasado.

-Madre, parece olvidar que yo también quería irme.

-Engañada,

embaucada,

ausente por los dolores del parto.

Pero no te culpes por ello.

Está bien, de acuerdo, no culpemos tampoco a Diego.

Lo importante es

que vuelves a estar en casa.

-Señora,

¿quiere un poco de bizcocho para acompañar el café?

-No, gracias, Carmen.

Hacía mucho tiempo que no comía tan bien.

-Hay algo de lo que no hemos hablado todavía.

Creo que deberías buscarte

algo que alivie tu alma,

que te ayude a recomponerla.

-¿Y en qué está pensando?

-En la iglesia.

La fe nunca nos defrauda.

-Madre,

sabe que no soy de capillas. -Yo tampoco lo era,...

pero ahora he de reconocer que la oración es un gran consuelo.

-Si usted lo dice...

-Voy a la iglesia, ¿quieres venir conmigo?

-Le agradezco su preocupación,

pero no me veo con fuerzas todavía, quizá más adelante.

-Como quieras.

Tiene que estar aquí.

Si sonaba anoche, tiene que estar.

¿Dónde está?

¿Dónde pueden tener guardado el llamador?

Y a mi hermana

no se le ocurre otra cosa que contratarle.

Ahora tenemos al enemigo en casa. Nos va a denunciar

y mandar a presidio. ¿No es para decirle cuatro cosas?

-Qué desastrita Flora...

¿En qué estaría pensando? -Tú me dirás.

Peña puede recuperar los recuerdos en un pispás.

Cada vez que le vea, me van a dar los siete males.

-Flora no sabría cómo salir de la situación,

pero no lo hizo a mala fe.

Le tocó a ella improvisar.

-Es una cabra loca, Leonor.

-Aunque si lo piensas mejor,

quizá es preferible tener al Peña cerca, controlado,

que lejos y sin saber a qué atenerse.

-Ay...

O sea, según tú, no solo

no debo enfadarme con ella, sino felicitarla.

-Yo tampoco he dicho eso.

Lo que te digo es que deberías hacerle comprender

que lo has pensado mejor y que no estás enfadado.

-Ay...

Espera un momento, Flora. -Ay, que no.

Que lo dejes ya, no quiero seguir discutiendo.

Piensas que soy una pazguata.

Haberte ocupado tú. -Lo has hecho bien.

-Que te he di...

¿Qué has dicho?

-Que lo has hecho lo mejor posible.

Dado que se nos ha cruzado, no había mejor solución.

No sé qué hubiera hecho yo.

-Gracias.

De verdad, te pido disculpas.

Además,..

dado que el Peña

es el legítimo Íñigo Cervera, puede considerarse

el propietario de nuestro local. Bien está.

Está bien que se lleve algo de beneficios.

-Ha sido usted quien le ha hecho entrar en razón.

No me engañe. -Pero ¿qué más da?

Lo importante es que están arreglados.

Y bien sabe el destino lo que necesitan estar unidos.

Tanto como el Peña comer.

-Gracias.

-¿Te pongo algo, Leonor?

-Eh...

Sí, un té.

-¿Qué son esos papelajos?

-Deben habérselos olvidado la señorita Reyes

y Esteban Márquez.

Han estado trabajando

y han ido a hacer un recado al Ministerio.

-¿A qué se dedican?

-A repatriar prisioneros de Filipinas y de la isla de Guam,

quizás de Cuba también si los hay.

-Loable empeño.

-No digo yo que esté mal, que no lo está,

pero ¿piensan convertir esto en una oficina?

Parecemos una notaría.

-Ah, y hablando de papeles,...

me gustaría comentarles un detalle sobre la presentación de mi libro.

-¿Por qué?

¿Hay novedades?

-No he podido evitar que acudan dos periodistas.

Y me temo que estarán muy interesados

en hablar con el hijo y la nuera del gran César Cervera.

Quizá sea mejor hacerla

en otro lugar. -No, no, no te preocupes.

Sabremos cómo librarnos de ellos.

Flora, coge una libreta y preparemos una lista

para impresionar

a los invitados de Leonor.

Perdonen que me entrometa.

¿Creen ustedes que yo podría ayudar

o aliviar de alguna manera a doña Blanca?

-Trátala con delicadeza. Con eso será suficiente.

-Pero tampoco te dediques

a darle todos los caprichos.

-Con el debido respeto, pero es que...

Es que yo la sigo viendo demasiado ansiosa.

-¿Adónde quieres llegar?

-Si me lo permiten,

Creo que aún no se ha hecho a la idea de la pérdida de...

De la niña.

-¿Acaso sabes algo que nosotros ignoramos?

-No, señora, claro que no.

Es solo que tengo el pálpito de que si no se le da el trato adecuado,

su falta de resignación podría ir a más.

-¿No crees que te estás tomando demasiadas atribuciones

para tu situación en esta casa?

-Perdone, señor.

-Está bien. Es problema nuestro, no tuyo.

Tú limítate a obedecer.

Su madre y yo le daremos

las atenciones que precise.

-Espero no haberles importunado. No era mi intención.

Estaré en la cocina si me necesitan.

-¿A qué viene ese interés de la mucama?

-Es una mujer sensible.

O quizá es una mujer que no se ha hecho a la idea

de que Dios la ha colocado en un escalón inferior.

-No deberíamos permitir que se excediera así.

-No seas receloso.

Nos conviene tener a Carmen a bien.

Que nos haya hablado así,

significa que no sospecha nada de nosotros.

-¿Y qué más da que lo haga? Carmen no tiene ninguna autoridad.

No sé cómo puede beneficiarnos

que la criada se tome tantas molestias con nosotros.

-Qué poco conoces el mundo de las clases subalternas.

-Y doy gracias por ello, créame.

-Una criada puede ser un cero a la izquierda

en casa de sus señores, pero en la calle

es como un pregonero, como un alto parlante.

Comentará lo que aquí vea,

incluso lo que piensa que nosotros sentimos.

Hasta se lo dirá a la propia Blanca.

-Tomo nota.

-Más te vale.

Y sería oportuno que, aunque no le pidas disculpas,

empieces a tratarla bien.

Con confianza.

Como si no tuvieras nada que ocultarle.

De veras que lo siento, señora,

y no me importa decir que también me habría puesto así.

Queda convidada al chocolate por las molestias.

-¿Qué le habéis dado a doña Manolita?

Cara de vinagre, mejor dicho.

-Llevaba razón la pobre mujer.

Se le han revuelto los entresijos

al escuchar a doña Silvia y a don Esteban

hablar de muertos

y demás calamidades. -Ya.

Se han quejado de no poder usar el teléfono.

-Esos dos lo acaparan como si fuera trigo en hambruna.

-Le han dado un buen tute al aparato.

-Eso no es lo peor,

ni siquiera se dejan los cuartos.

Él se ha tomado dos cafés, y ella, uno y un agua

en toda la mañana. -Para sacarnos de pobres.

-Gastan menos que un cura en afeites.

-¡Buenos días, señores, ya estoy aquí!

-Si viene a requisar el teléfono, está ocupado.

-Requisar es leguaje de carabineros y contrabandistas,

yo solo lo utilizo.

Y nadie está utilizando el aparato. -Bueno, pues como si lo estuviera.

-¿Está molesta conmigo? -No, no, no.

Contra usted no tenemos nada, al contrario, admiramos su labor,

pero el teléfono es de uso público.

-Quiere decir, de todos:

señoras, caballeros, clientela en general.

-Cállate, Flora. -No, no me da la real gana.

Que si tenemos que esperar a que te expliques tú...

Mire, señorita, aparte de usted

y de su acompañante, hay clientes

que quieren hacer una llamada. Una y no mil. Y nos gruñen.

-Flora. -Mire, señora,

no quiero parecer altiva,

pero tanto mi acompañante como yo pagamos religiosamente las llamadas,

así que no tiene nada

que reprochársenos. -Ah, ¿no?

Lo único que apoquinan son las llamadas,

porque ya me dirá si un café en todo el día

es un gasto a tenerse en cuenta.

-No pretenderá que me llene de café si no me apetece...

-No, claro que no.

-Y ahí no acaba la cosa.

Hay unos clientes que se han quejado de sus papeles,

que ocupan la barra,

las mesas y el suelo. Y hay otros

que se han sentido mal al escucharles hablar

de muertos y prisioneros.

-Miren, siento mucho las molestias que hayamos podido ocasionarles,

pero el fin lo justifica.

Si esos soldados llegan,

¿no habrá merecido la pena unas cuantas molestias?

-Por supuesto.

-Llevaría usted razón si nuestros clientes

fueran familiares de esos soldados, pero no es así ni de lejos.

-Dieron su juventud por España y su ausencia clama al cielo.

-Aquí vamos a clamar nosotros

cuando a final de mes no paguemos los gastos.

Un negocio es un negocio,

aunque usted no haya sacado uno adelante.

-No lleguemos a tales extremos.

Lo mejor será que tratemos

de llegar a un acuerdo organizativo.

¿Qué le parece, señorita, si estableciéramos

unos horarios para el uso del teléfono?

-Siempre que no dificulte la comunicación...

-Siempre que no llamen en las horas de mayor clientela...

-Esos horarios serían los del desayuno y la merienda.

-Más el aperitivo.

-¿Le hace?

-Está bien.

Llamaremos entre horas.

-Muy bien.

Asunto resuelto.

Tú decides.

Podemos llegar hasta una ciudad con puerto de mar y embarcarnos,...

o descubrir un pueblo que nos guste y quedarnos para siempre.

-Un pueblo de costa.

Con casas blancas.

Donde podamos ver crecer a nuestro hijo.

Y donde nos podamos bañar.

-Pero ¿tú sabes nadar? -No.

Pero seguro que tú me vas a enseñar. -Te lo prometo.

Os enseñaré a los dos. A ti y a nuestra criatura.

-Por favor,

ayuda.

-¿Qué le ocurre? -Es mi hijo.

Ha tenido un accidente, tiene la pierna rota.

-¿Los llevamos a una casa de socorro?

-Vamos.

Todo lo que lleven de valor. Dinero, joyas... Todo.

-Sí, pero a ella ni la toquen, está a punto de dar a luz.

-¡No, no lo hagáis!

¡No lo hagáis, por favor!

(LLAMA A LA PUERTA)

Espero que no le moleste

mi presencia.

Su criada me ha dicho que lo podía encontrar aquí.

Sé que soy un poco insistente, pero me preocupo por usted.

-No se preocupe.

-¿Ha sabido algo de sus asaltantes?

-No.

En comisaría no tienen o no quieren darme ni un dato sobre el asunto.

Es tan grande la impotencia, Felipe.

-Suelen tomarse muy en serio a esos bandoleros.

-¿La policía? En absoluto. Quizás la Guardia Civil.

-Pero estos no avanzarán, se lo digo. -Diego.

No se deje llevar por el desánimo y sea un poco más ecuánime.

No es fácil resolverlo

cuando no se tiene ni la más remota idea de su identidad.

-He vuelto a describirles el aspecto de los dos que nos detuvieron.

Y les he dado referencias sobre los demás.

-Conocen bien el país.

Dele más tiempo a las autoridades para que den con ellos.

-Ya no sé qué más decirles ni qué decirme yo.

Es tan grande la impotencia...

Quedarán impunes por mi culpa.

-Vayamos por otro camino.

El botín que le sustrajeron

será vendido.

Probablemente, en el zoco de San Clemente,

donde se reúne la flor y nata de los peristas.

-Claro.

¿Cómo no se me había ocurrido?

-Vaya a ese zoco.

Si reconoce alguna pertenencia suya...

-Seguiré su rastro.

Los asesinos de nuestra criatura. No volverá a nacer,

pero, quizás...

Quizás ayude a recomponer el corazón de Blanca.

-La echa mucho de menos, ¿verdad?

-Como un ahogado el aire.

Ojalá tuviese a mi padre cerca para apoyarme.

-¿Sabe cuándo vuelve?

-No,

pero le he escrito pidiéndole que adelante su retorno.

Sé que es egoísta por mi parte, que lo primero es su salud,

pero le necesito, Felipe. Le necesito aquí.

Estoy seguro de que él sabría cómo hablar a Blanca.

Cómo ayudarle a recobrar esa paz perdida.

-No creo que sea egoísmo.

Ni él lo verá así.

Los padres y los amigos siempre quieren echar una mano

cuando la vida se tuerce.

Que no, que no quiero porfiar, Flora,

pero deberías haber sido más amable.

Es una clienta y no estamos para espantarles.

-No sabes plantarte con las mujeres.

Yo solo estaba defendiendo nuestro bolsillo.

Tú le habrías pagado las llamadas.

-A ver, ¿dónde se necesitan estas manos?

-Le dije que viniera a estas horas. -Don Íñigo,

gracias.

Ya se las había dado a su esposa. No se arrepentirá de la confianza.

¿Qué? ¿Cuál es mi faena?

-Serás camarero. ¿Has servido alguna vez?

-Pues no me acuerdo, puede. -Bueno,

pero sabrás si tienes don de gentes. -Don de gentes...

Mano izquierda, si robaba con la zurda...

-Que ya no soy un caco... Gracias a su esposa.

-Es una broma, hombre. Venga, ya aprenderá.

Hazle una prueba.

-A ver...

Bien.

Huy.

(RÍE)

A ver, para este lado...

¡Oooh!

-Como comienzo, no es prometedor.

Ha perdido la finura en los dedos. -Ay, calla.

A ver, lo primero es fijarse en cómo equilibrar el peso.

-De acuerdo. -Prueba.

-¿Bien? -Ajá.

-Bien, ¿no?

¡Oh!

Al final, nos cuesta la vajilla. -Ay,

aprenderá.

Ahora vamos a probar con la atención y la memoria.

Tráeme...

dos chocolates, tres de churros, un café, un bollo suizo

y un vaso de agua de Seltz.

-Un... -¡Venga, hombre,

repita usted! -A ver...

Dos chocolates.

Churros.

Y algo para la digestión.

Bicarbonato.

-Ay...

Ay...

Le pido que no me hagan esperar mucho.

-Nos han restringido las llamadas en La Deliciosa.

Ahora que interesábamos a los allegados de los soldados.

Nuestro gozo en un pozo.

-Parece grave, sí.

-Y más.

Debemos localizar a los compañeros de Checa para que digan dónde está.

Vamos a fracasar justo antes de empezar.

-¿Y si te dijera que tengo la solución?

-No estarás pensando

en personarte en el domicilio de cada uno...

Para algo se inventó el teléfono. -Exacto.

En unos días, dispondremos de uno de esos aparatos

en nuestra propia casa.

¿No me has entendido?

El proletario que te has debido cruzar

es un instalador de teléfonos.

Podrás hacer todas las llamadas que quieras.

-¿Y por qué?

-¿Cómo por qué?

Porque también estoy implicado en la causa

y aporto mi granito de arena.

-¿Seguro?

-¿No será que te molesta que esté fuera de casa con Esteban?

-No, no se me había ocurrido.

-A otro perro con ese hueso.

Sigues recelando de Esteban y de mí.

Escuché ese llamador de ángeles como te escucho a ti ahora.

-Blanca, con lo que estás pasando, no sería de extrañar

que confundieras sueño y realidad. -¿No te digo que lo escuché?

A través del tabique. No estoy delirando.

-Yo no he dicho esto.

¿Por qué no hablas con Diego de eso?

No te va bien estar sola.

-Te tengo a ti.

-Y me vas a tener siempre.

-Echo de menos a Diego, no te digo que no,

pero él no me entendería.

Trataría de contenerme y de hacerme olvidar.

Y yo no quiero olvidar.

-Pero tampoco es bueno regodearse, Blanca.

Ya me marcho.

-Espere.

Son bonitas.

Gracias.

Mi hijo.

¡Eh!

Usted. -(EL BEBÉ LLORA)

-¿De dónde le ha sacado? -¡Blanca! ¡Blanca!

¡¿Qué haces?! -¿Qué sucede aquí?

-¡Esa mujer me ha robado a mi niño!

-Es Moisés.

¿No lo ven?

¡Es mi hijo!

Ay...

-¡Ya! -¡Ay!

Pero ¿por qué grita como si fuera un pastor de cabras?

-Es que es pastor.

De ovejas, eso sí, pero pastor.

Es que no transijo con él.

Ni con sus gritos ni con su olor a estiércol

cuando abona, no me gusta cuando me habla...

¡Se dirige a mí como si fuéramos iguales!

Ni que hubiéramos compartido mesa y mantel.

-No te hagas mala sangre.

Es como es. -Es un aprovechado.

Se ha aprovechado de Casilda

para meterse aquí. -No es tan malo como lo pintas.

Un poco rudo, eso sí, nada más. -No lo defiendas, me da un soponcio.

Cuando ayer te vi jugando con él a los naipes,

casi me da un pasmo.

¿Cómo se te ocurre?

-Hacía años que no jugaba una partida tan divertida.

-"Quería hablar de Esteban,"

pero te negaste y fuiste a su encuentro.

-¿Es que te debo explicaciones?

-Creo que sí, soy tu prometido. -No, Arturo, olvídate de eso.

No soy de tu propiedad.

Ser mujer no significa estar por debajo de ti.

-No se trata de que tú seas una mujer y yo un hombre.

Tampoco se trata de propiedades,

sino de confianzas. Nadie está por encima de nadie.

-¿Entonces?

-Creo que debes explicarme

por qué hablas de nuestra relación con un extraño.

-No sé a qué te refieres.

-Escuché tus confesiones a Esteban cuando creías que yo dormía.

-"¿Se sabe algo del ladrón?".

-Asunto resuelto.

Ya no debe de temer más sustos, doña Susana.

-Muy bien, buen trabajo.

-Esto, Paquito, (CARRASPEA)

como ciudadano,

vecino y portero del ilustre edificio de Acacias 38,

quiero manifestar mi total desacuerdo con poner en libertad al ladrón.

-¡¿En libertad?! -Sí.

-¿Le han puesto en libertad y puedo estar tranquila?

-Silvia.

-Esteban, no esperaba verle.

-¿A qué hora nos encontramos hoy para proseguir nuestro trabajo?

-Siento decirle que no podré dedicarle mi tiempo

en los próximos días.

Tengo ocupaciones que llenarán mis horas.

-Problemas con don Arturo.

-No tengo por qué darle ninguna explicación.

-Le ruego me disculpe, no quería dar la sensación de entrometerme.

¿Cómo es el Peña? ¿Es guapo?

-Vaya pregunta.

-¿Te has olvidado del Martín? -Que no, hombre.

Que no saques las cosas de quicio. Una solo pregunta

por curiosidad.

Además, os digo una cosa,

es mucho mejor tener por el barrio hombres guapos y resalados,

que no viejos canosos,

tripones, y que no saben hacer otra cosa

que no sea criticar.

-No lo dirás por mí, ¿verdad?

-No, lo digo por mi tía.

-Felices deberíamos de estar

de que la Casilda piense en ver a mozos.

Eso es que se le pasa la pena. -"Peña".

-¿Sí? -Los vecinos quieren su dinero,

así que tendremos que dedicar el primer sueldo a devolverlo.

-Uf... Sí, doña Flora, pero no sé si me va a llegar

para las multas y la vajilla rota. No sé cómo pagaré la pensión.

-Bueno, por eso no te preocupes, se me ha ocurrido algo.

Vamos, recógelo. -Sí.

-"Son de Cristina Novoa".

¿Habéis leído lo que dice hoy el periódico?

El Vaticano se está planteando reconocer su santidad.

-¿En vida?

-Lo merece. -Me parece una exageración

por muy beata que sea.

Imaginaos que llega a anciana

y se hace impía.

-No blasfemes, Trini. -Estoy de acuerdo con ella.

Aunque tiene mucho mérito

una mujer que es capaz de despertar conciencias.

-Es una santa. La virgen habla a través de sus palabras.

-Yo solo espero

que no sea una falsa profeta. -¿Cómo dices eso?

Ha tenido una experiencia mariana.

-Ya, pero su fe se basa en la culpabilidad,

y yo no creo que eso sea fe verdadera.

-"Tiene que ser terrible"

creer que tu hijo sigue vivo,

secuestrado no se sabe por quién...

Encontrarlo en cada crío que te cruzas por la calle...

-El problema es que no atiende a las razones de los demás.

-Si no lo hace ahora, no lo hará nunca.

Debes enfrentarla.

Doña Úrsula y yo, visitaremos a la duquesa de Urrutia.

No tenemos contacto desde que nos robaron

la tiara real en la exposición.

Blanca se quedará con Carmen.

Hablaré con ella para que te deje pasar.

-Es el momento para estar con ella, Diego.

Tranquilícela.

Blanca le necesita.

-"¿Cómo has dormido?". -Me ha costado conciliar el sueño.

No podía dejar de pensar en lo que le hice a esa mujer.

-Trata de olvidarlo.

-Ya.

Pero ¿cómo?

Temo que, en cualquier momento, mi mente pueda traicionarme

y que le haga alguien lo que no deseo que me hagan a mí.

-Tienes que superarlo, como se ha hecho siempre.

Desde que el mundo es mundo.

Encomendándote a Dios.

Solo Él da consuelo a los afligidos.

Solo Él es capaz de dar esperanza a los desesperados.

-"Esta tarde, saldré con doña Úrsula".

Visitaremos a la marquesa de Urrutia.

-Sí, doña Úrsula me ha pedido su ropa.

-Diego va a venir a esta casa, ni siquiera Blanca lo sabe.

-Eso le hará mucho bien.

Es usted muy generoso permitiéndolo.

-Celebro que lo veas como yo.

Te ruego que les dejes estar a solas.

-Así lo haré, señor. -Bien.

Déjame, debo terminar el papeleo.

-Con permiso.

"¿Y si tuve una niña y murió?".

¿Y si Moisés no existe más que en mi imaginación?

No he vuelto a escucharle llorar aquí, en la casa.

-Mi amor.

Eran fantasías.

Comprensibles,

pero fantasías.

(Llanto de bebé)

  • Capítulo 752

Acacias 38 - Capítulo 752

30 abr 2018

Blanca escucha un llamador de ángeles en mitad de la noche, pero Samuel niega que haya oído nada. Carme descubre que Blanca está en la casa para encontrar a su niño. Flora contrata al Peña en la chocolatería. Pero resulta ser un camarero desastroso. Rosina se enfada con su marido y Jacinto cuando les descubre jugando a los naipes en vez de trabajando en el jardín. La señora está a punto de echar de su casa al primo de Casilda.

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