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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 751 - ver ahora
Transcripción completa

-Enhorabuena, coronel. Me ha sorprendido

su habilidad. -Tengo que reconocer

que a mí también.

-Sé reconocer mi derrota. Mañana mismo tendrá en su poder

la información

de Luis Checa. -Gracias.

-Mi padre ha escrito desde el balneario de Suiza.

-¿A qué esperas?, léela.

-Lamenta...

haber partido tan precipitadamente...

Asegura que necesitaba descansar, poner en orden sus pensamientos.

Espera que le podamos perdonar. -Sería difícil negárselo.

-"Ochoa no se ha tomado" el trabajo de buscar a Luis Checa.

Nos envía un listado de los prisioneros de guerra

retenidos en el extranjero para que lo hagamos nosotros.

-¿Son todos esos? -Así es.

-Pues Dios nos asista.

-Antes ayudando al sereno para que le detenga y ahora...

apiadándote de él. -¿Qué quieres que haga?

Soy una sentimental.

-"Vamos a crear una comisión"

de prisioneros de guerra desde la que poder ayudarles.

-Nos parecía muy injusto dedicar todos nuestros esfuerzos

solamente a su amigo. -Cuenten conmigo.

Dispongan de mi tiempo y todos mis esfuerzos.

¿Por dónde empezamos?

-Espero que no les importe. Está la mar de interesante.

Trata sobre un explorador, un tal César Cervera.

-¿No le resulta familiar el nombre?

-No.

No. Pero estoy deseando saber más cosas.

Qué vida más trepidante. -El dolor te confunde.

-Es que el dolor es lo que hace que no me rinda.

-Blanca, tienes que desistir. Olvídalo.

-¿Eso es lo que tú harías?

Si quedara una mínima posibilidad

de que Pablo estuviera con vida, ¿no lo buscarías?

"Por eso tengo que empezar"

esta búsqueda.

Sola.

-¿Sola?

Blanca, ¿qué estás insinuando?

-Que es mejor que nos separemos.

-¿Me estás diciendo que deseas abandonarme?

-No, Diego.

No se trata de lo que deseo, sino de lo que debo hacer.

-¿Ya no me amas?

-Lo hago con toda mi alma.

-Entonces, ¿no deberíamos unirnos ahora más que nunca

contra la adversidad?

Blanca, yo quiero estar a tu lado.

Quiero ayudarte a superar este trance.

-No puedes ayudarme.

-¿Por qué? -Porque no crees en mí.

Diego,...

si me separo de ti, es por el bien de los dos.

Porque estos últimos días... he llegado a sentir rencor hacia ti,

incluso rabia.

-Mi amor, yo solo trataba... -Ya, ya lo sé.

Tú querías que yo entrara en razón.

Querías salvarme de mi locura.

Pero es que yo no estoy loca.

Diego, yo sé que nuestro hijo sigue vivo, lo siento en mi corazón.

Y si te sigues oponiendo a que lo busque,...

el amor que siento por ti se va a extinguir.

-Tiene que haber otra solución.

No puedes marcharte.

-¿Vas a dejarme ir

o vas a seguir reteniéndome?,

consiguiendo que con eso vas a conseguir que termine odiándote.

Diego, necesito buscar a mi hijo.

Sé que solo hay un sitio desde donde puedo hacerlo.

-La casa de tu madre.

-Así es.

Te ruego que no me lo pongas más difícil.

Ya es tremendamente duro para mí.

-Descuida, te dejaré marchar,

si es lo que quieres.

No se puede retener a quien se ama.

-Gracias por tu comprensión.

Me iré por la mañana.

(Sintonía de "Acacias 38")

-¿Has terminado con esta lista ya? -Sí.

Ya tengo apuntado el origen de todos los españoles que aparecían en ella.

-Mañana trataremos de localizar a sus familiares para tener más datos

y su permiso para actuar en su nombre y repatriarlos.

-Nos quedan muchos nombres que apuntar.

-Tenemos toda la noche, ¿no?

-Bueno, quizás para algunos no quede ya tanta.

-Amor. Amor.

Que te has quedado dormido. Venga, ve a acostarte.

-No, nos queda mucha faena.

Ni siquiera he terminado con esta lista.

-Y no creo que lo consigas si tienes la hoja al revés.

Vete a la cama.

Llevas muchas horas trabajando. -Las mismas que vosotros.

-Sí. Pero nosotros...

-Continúe. ¿Vosotros qué?

-Nosotros...

Nosotros podemos continuar con el papeleo

y mañana te ponemos al día. -Claro que sí.

Por mí no hay ningún problema.

Podemos continuar hasta el alba.

No estoy cansado. -Yo tampoco.

Así que dejémonos de parloteos y centrémonos en el trabajo.

-Por poco me caigo al suelo espantada al ver que El Peña

estaba leyendo el borrador.

-Usted que quería mantenerle alejado de ella

y al final se la brindan en bandeja. -Pues agradézcaselo

al calamidad de mi hermano.

Se la dejó olvidada en una silla.

-Por fortuna, finalmente la sangre no llegó al río.

-De chiripa.

El desdichado no se acordaba de nada ni después de leerla.

-El destino le sigue sonriendo. Al final todo termina en un susto.

-De momento, Leonor.

¿Quién sabe si esos papelajos no han puesto en marcha

su maltrecha mollera y empieza a recordarlo todo?

-Pues podría ser.

Que a veces el cerebro es muy caprichoso.

Si no, mira Casilda, recordó a Martín.

-Lo que yo decía. Estamos perdidos. -Temple, temple.

Porque no hay motivo alguno para que al El Peña le pase lo mismo.

Y ahora le dejo. Tengo muchísimas cuitas que atender.

Ya seguiremos hablando.

Buenos días, doña Susana. -Buenos días.

-¿Desea un chocolate, doña Susana? -No, Flora,

no he venido a desayunar. -Usted dirá.

-Quería saber si ustedes también han sufrido más robos.

Estoy hasta la coronilla de que me falte dinero de la caja.

-Nosotros no nos podemos quejar.

-Son afortunados. Yo ya no sé qué hacer para evitarlo.

Ando con mil ojos y tengo cuidado de cerrar la sastrería

cada vez que me voy, pero ni así.

-Sí que es un problema. -Y parece no tener fin.

Nuestro sereno no está dando la talla.

A parte de salvar a un gatito

y estropear el alumbrado, no ha hecho nada más.

-Pero ¿cómo se atreve a hablar así de Paquito?

No podemos tener mejor sereno. Educado, valiente, honesto.

-Arrea, Flora.

Menuda defensora le ha salido.

Ni que fuera nada suyo. -No, nada de nada.

Me molesta que se juzgue tan alegremente a los demás.

-Tan alegre no.

Si estuviera cumpliendo con su deber, no me estarían sisando.

-¿Está segura de que es así?

Nosotros últimamente no hemos sufrido más robos.

-Si no me lo han afanado, ¿qué ha pasado con el parné?

¿Que se ha ido de mi caja andando?

-Puede que siga todavía ahí.

Quizá todo el problema sea que, con la edad,

usted no echa las cuentas bien. -¿Me estás llamando vieja?

-Celia,... me alegra haberla encontrado.

Anoche no pude agradecerle lo que se están volcando con Blanca.

-Es lo menos que podemos hacer por ella.

-Que se sienta arropada por sus amigos, resulta vital

para su recuperación. -Sí.

Aún le queda un largo camino para superar su duelo.

Se lo digo por experiencia.

-Ha comenzado a recorrerlo.

Desde que sucediera todo, la vi distendida.

Incluso bailó con Diego.

-No se puede negar que parece haber mejorado.

Pero tenemos que estar pendientes de ella

y no echar las campanas al vuelo.

Leonor, estamos hablando de Blanca.

-La reunión en casa de los Palacios fue una brillante idea.

Parece que por fin está empezando a superar la muerte de su pequeña.

-Y eso es un paso gigante para que el día de mañana

pueda superar su pérdida. Les dejo, que me esperan en casa.

-Con Dios. -Con Dios.

-Yo también me marcho. -Leonor, aguarde un momento.

Me ha parecido que no está usted tan convencida como nosotros

sobre los progresos de Blanca. ¿Acaso sabe algo que yo desconozco?

Si es así, por favor,

dígamelo. Ya sabe que solo persigo

el bien de Blanca.

-Lo lamento, Samuel, pero...

yo no puedo compartir su optimismo.

Blanca está lejos de aceptar su duelo.

-¿Qué le hace pensar eso?

-Sus palabras.

Me llevó a la cocina para hablar a solas.

-¿Qué le dijo?

-Está convencida de que su hijo vive.

-No es posible.

-Si ella nos está haciendo creer lo contrario,

si simula estar recuperándose,...

es porque... sabe que nadie la cree.

-Entonces, ¿persiste en su locura?

-Lo lamento.

Pero, por desgracia, nada de lo que hemos hecho

ha servido para ayudarla.

-Ya estoy lista para marcharme.

-"Hay cosas que no se pueden tener encerradas".

"Hay que liberarlas, dejarlas escapar".

-¿Y si al liberarlas hacemos daño a alguien?

-Me temo que eso no se puede evitar.

Tarde o temprano ocurrirá.

-Vete.

Vete, déjame sola.

"Diego, sé por qué te alejaste de mí".

Tu padre me ha contado la verdad.

-No quería que me vieras morir.

-No te vas a morir.

El informe médico estaba equivocado.

Tu sangre no está infectada.

-Eso que dices, ¿es cierto?

-Tanto como que nada más se interpondrá entre nosotros.

Estás sano.

Va a ser un niño.

Tengo un presentimiento desde hace semanas.

Pero no había querido decirte nada.

¿Tienes... preferencia por algún nombre?

-Moisés.

-Moisés. ¿Por qué?

-Es el segundo nombre de mi padre. Y es el nombre de mi abuelo.

¿Te gusta?

-Me gusta.

Te estamos esperando,... Moisés.

-Diego. -Felipe.

-¿Se encuentra bien?

Estaba la puerta abierta.

Me he cruzado en los jardines con Blanca.

-Se ha marchado. Me ha dejado.

-Lo lamento mucho. ¿Puedo hacer algo por usted?

-No. Me temo que no hay nada que pueda hacer usted.

Esta vez la he perdido.

La he perdido para siempre.

-"Además de robarme,"

me llama vieja. ¿Tú te lo puedes creer?

-Sí, querida, claro que lo hago. Me lo has repetido todo este rato.

-Es que esa descarada me ha sacado de mis casillas.

-Yo creo que no lo ha hecho con mala intención.

-¿Cómo? ¿Ahora te atreves a defenderla?

-Es que yo creo que es buena muchacha,

pero no mide sus palabras.

-No eras tan generosa antes con sus defectos cuando besó a tu marido.

¿O acaso lo has olvidado? -No, no lo he olvidado.

Pero fue un malentendido, un accidente sin importancia.

-Claro, la pobre muchacha tropezó y cayó de bruces

sobre los labios de tu esposo. -Yo digo...

que lo que le falta a Flora es pulir sus modales.

-¡Yepa ya!

-Hablando de modales. -¡Señora!

¡Señora! Precisamente la andaba buscando.

-¿Se está dirigiendo a ti? -No, seguro que a mí no.

Se habrá confundido.

-Arrea. Parece que no me ha oído. ¡A ver

si se va a estar quedando sorda como una tapia!

-¡Te he oído!

Sería imposible no hacerlo.

¿Qué es lo que quieres? -Poca cosa.

Enseñarle estos bulbos tan hermosos que he encontrado.

Huelen a las mil maravillas.

No se lo va a creer, pero lo he cogido yo mismo del monte.

-Yo sí que me lo creo, sí.

No hay más que ver lo sucio que está.

-Me voy a plantarlos. -Sí, eso, ve, y no tengas prisa.

Por mí, como si no quieres salir del jardín en lo que te resta de vida.

-(JACINTO RÍE)

-Rosina,

no lo comprendo.

¿Cómo has podido contratar a semejante palurdo a tu servicio?

-Porque soy más buena que el pan.

Y porque tu sobrino se empeñó.

Sí, como Casilda está tan triste por lo de Martín,

Liberto pensó que sería bueno para ella tener a su primo cerca.

Y sí que lo es, pero a mí me está costando la vida.

Susana, estoy teniendo más paciencia que el santo Job.

¿Te quieres creer que pretendía montarme un gallinero en mi jardín?

-Ay. Como te descuides, te llena el salón

de ganado. -Calla, no le demos ideas.

(RESOPLA)

-Creí que la reunión en casa de los Palacios había cumplido su propósito

y que mi hija había empezado a mejorar.

-Por desgracia, no parece ser así.

Según Leonor, Blanca sigue convencida de que su hijo vive.

-El dolor le impide razonar

con claridad.

Yo ya no sé qué hacer

para ayudarla y...

conseguir que acepte su desdicha y pueda seguir adelante.

-Pobre doña Blanca.

(Llaman a la puerta)

-En vez de intervenir en las conversaciones, abre la puerta.

-Sí, disculpe, mi señor.

-Que el servicio no sepa cuál es su sitio es imperdonable.

-Señores,... tienen visita.

-Blanca, hija.

¿Qué haces aquí?

-Me preguntaba si...

me admitirían de nuevo en esta casa.

Me gustaría volver a vivir bajo el mismo techo

si no tiene inconveniente.

-¿Y Diego?

-No es momento de hacer preguntas.

Mi hija ya nos dirá lo que crea necesario

cuando lo considere oportuno.

Claro que sí, hija mía.

Esta es,... y será siempre, tu casa.

-Se lo agradezco de corazón, madre. -No es necesario.

Precisas descansar.

Puedes instalarte en tu cuarto. Carmen,...

ayúdala con sus cosas.

-No lo entiendo.

¿Qué les ha podido pasar a Diego y a ella?

-Ni lo sé ni me importa.

Lo único que me interesa es que mi hija ha vuelto junto a nosotros

por sí misma.

¿No te das cuenta de que para nuestros intereses es lo mejor

que nos podía haber sucedido?

-Muchísimas gracias por el interés.

Gracias.

-Por su semblante, parece que la llamada no ha servido de mucho.

-Así es.

No sabían nada de los familiares del preso.

-Seguro que el siguiente pueblo al que llamemos

tendremos más suerte.

-¿Y si fracasamos?

-En tal caso, llamaremos a otro. A otro, a otro y a otro.

-No se rinde. -No.

Hágame caso, Silvia, algún día sonará la flauta.

Como en la ciencia, hay que armarse de paciencia.

Todo se reduce a... ensayo y error.

-Ya me di cuenta de sus conocimientos,

los que demostró cuando practicaba billar. ¿Es usted matemático?

-Yo prefiero considerarme un estudioso.

Un científico.

-Muy unida se le ve a la prometida del coronel con ese joven.

-Por lo que he sabido, él les pidió ayuda al coronel

y a Silvia para que trajeran de vuelta a un amigo suyo

preso en Filipinas.

-Pues parece que se ha tomado muy a pecho su petición.

Tonta no es.

-Desde luego, la cercanía y esa confianza con que le trata

están absolutamente fuera de lugar. Es que, por Dios,

es una mujer comprometida, a las puertas de la boda casi.

-Conociendo como conocemos al coronel,

no creo que esté muy satisfecho

con lo que está sucediendo. -Se avecina duelo.

-Uy. ¿Vamos?

-¿Desean algo de comer? -¿Ya es la hora del almuerzo?

-Se nos ha ido el santo al cielo con tanto papeleo.

-Podríamos tomar un tentempié y seguir trabajando.

-No me parece mal.

Mandaré una nota a Arturo para decirle que no subo a comer.

-No se preocupe, yo mismo daré aviso a un mozo para que se la entregue.

-Muchísimas gracias, muy amable.

-Ya lo haré yo.

-¿Qué hora es, Agustina? -Hora de almorzar, señor.

-No puede ser.

¿Cómo es posible que me haya dormido toda la mañana?

-Señor, la respuesta es sencilla:

porque se acostó ya con el alba por culpa de esos dichosos papelejos.

-¿Y por qué no me ha despertado a mi hora?

-Tenía que descansar. No quería molestarle.

-Más me ha molestado su descuido.

Un hombre de bien no puede estar toda la mañana en la cama,

como un crápula. No hay excusa que valga.

Que sea la última vez que no me despierta a las siete

como acostumbro.

¿Por qué ha puesto un solo servicio?

¿Dónde está la señorita Silvia?

-La señorita salió bien temprano...

a hacer unas llamadas desde La Deliciosa.

Ha mandado esta nota diciendo que se quedará a comer con el tal Esteban,

para así poder seguir trabajando.

-No va a detenerse ni para comer conmigo.

-No se preocupe.

Ya verá como se arrepiente. Le he hecho un guiso de pescado

para chuparse los dedos. -No tengo apetito.

Prepare mis ropas.

-¿Va a salir a buscar a la señorita?

-No. Tiene razón.

Voy a vestirme y después comeré.

(SAMUEL LLAMA A LA PUERTA)

-¿Puedo pasar?

-Samuel, supongo que...

te estarás preguntando por qué he vuelto aquí.

A esta casa.

Y espero que no te importe.

-Sabes que no.

Pero es cierto, no comprendo qué te ha podido pasar con mi hermano

para que hayas decidido marcharte.

Creí... que comenzabais a superar los malos momentos.

Al menos eso pensé al veros bailar juntos, que os seguíais amando.

-Y así es.

Pero permanecer al lado de Diego me hace recordar sin cesar

a la niña que he perdido.

Y a los terribles sucesos que viví el día del parto.

-Y necesitabas apartarte de tan malos recuerdos.

-¿Sucede algo?

-Nada.

Tanto tu madre como yo somos muy dichosos de que hayas regresado.

No te pediremos más explicaciones.

Lo único que deseamos es que te recuperes.

-Te lo agradezco.

-Te ayudaremos en todo lo que necesites.

No dudes en pedírnoslo.

Te dejo para que termines de instalarte.

Procura descansar un poco.

-Se lo preguntaré otra vez.

¿Está usted seguro de no haber visto nada extraño por estas calles?

Pues a ver si estamos más atentos, porque no hay manera

de detener a nadie.

-Pero bueno, Paquito,

¿qué sucede, que está interrogando a gente de la calle?

-Pues nada, Casilda, que he organizado

un plan de vigilancia especial, a ver si consigo

atrapar a ese ladrón que tiene en vilo a todo el barrio.

-Ah. Y pretende lograrlo interrogando a "to" quisqui.

-Pues es que ya no se me ocurre otra cosa.

Pero tenga por seguro que no descansaré hasta haberlo capturado.

-Pues a este paso, va a terminar usted "agotao".

-Cuando lo consiga, nos vamos a tomar usted y yo un chocolate

para celebrarlo. Si gusta.

-Pues nones. Que no, que no tengo el gusto.

Vamos, ¿por quién me ha tomado usted?

¿No sabe que estoy de luto?

-Pero también lo estaba antes y el otro día nos tomamos uno juntos.

-No es lo mismo. Antes yo tenía la mollera floja

o no sé yo qué...

Bueno, tenga usted cuidado con las cosas que me dice, Paquito.

-Arrea, Paquito,

qué bien que le veo.

Acabo de escuchar a un gatito en peligro maullar.

-Menos chanza, Servando.

¿No ve que estoy tratando de encontrar a ese ladrón?

-Pues como no le dé a usted por subir a los árboles como los gatos,

me da a mí que no lo encuentra ni harto de vino.

Lo único que le he visto hacer a usted para detenerle,

es pelar la pava con la Casilda.

Qué decepción, ¿eh, Paquito? Y mira que usted apuntaba a sereno,

¿eh? -Tenga cuidado.

El que ríe el último, ríe mejor.

-De momento, el único que se está divirtiendo soy yo.

Y, de momento, la única hazaña que le he visto hacer a usted

es, rescatar a un gatito. -Se equivoca.

Le recuerdo que también capturé a un ladrón

y a un saboteador del alumbrado. Claro, que los dos eran...

la misma persona.

Apunta la dirección.

-Por fin te encuentro.

-(CHISTA) Calla.

-Le estoy muy agradecido.

Le mantendremos informada. Gracias.

Por fin buenas noticias. -¿Qué te ha dicho?

-Tenía datos de su hijo.

Hace unos meses recibió una carta suya.

-Entonces, ¿va a colaborar? ¿Nos dará permiso para actuar?

-No lo ha dudado ni un segundo. Estaba entusiasmada con la idea.

-¿Has oído, Arturo?

-Sí. No me he quedado sordo de repente.

-Hacemos un buen equipo.

-Sigo.

-Parece que os apañáis muy bien sin mi ayuda.

-Ha sido un golpe de suerte. ¿Has dormido bien?

-Más de lo que me hubiera gustado.

¿Por qué te fuiste sin avisarme?

-No quería despertarte.

Además, ayer parecías tan fatigado que,...

quería dejarte dormir. Y disculpa

que no haya subido a comer, pero no quería perder tiempo.

-Ignoraba que comer conmigo fuera perder el tiempo.

-No. No me malinterpretes.

Solo quería aprovechar y seguir trabajando, nada más.

Pero si lo prefieres, nos tomamos un chocolate

y te ponemos al día.

-Queda mucho por hacer. Sigamos, no debemos perder tiempo.

-Hemos obtenido

grandes avances, coronel. -Ya lo he visto.

Me ha hecho pasar un bochorno tremendo, tremendo.

-Por lo que cuentas, tampoco ha sido para tanto.

-¡¿Cómo que no?!

Tratándome con semejante confianza delante de Susana,

llamándome a los gritos en medio de la calle.

-Compréndalo, doña Rosina.

Mi primo no está acostumbrado a tratar con señoras de ciudad.

-Pues que se acostumbre, que si no, se vuelve a su pueblo de una patada.

Tendríais que haberlo visto.

Lleno de tierra hasta las orejas, hablando de no sé qué bulbos.

Es tu obligación

enseñarle a comportarse.

No me puede tratar como a una de sus ovejas.

-Pues a sus ovejas las trata con mucha delicadeza.

Les tiene un cariño...

-(RÍE)

-¿Y tú de qué te ríes? No tiene ninguna gracia.

Por la cuenta que le trae, aclárale que tiene que aprender

a comportarse.

Que guarde las distancias en público.

¡Que no puede venir a casa cuando quiera con un saco de estiércol,

y sobre todo, que no me salude con sus gritos borregueros!

-Que deje de ser Jacinto, vamos. -¡Ojalá eso fuera posible, ojalá!

Casilda, lo lamento.

Pero... o se comporta como es debido o lo pongo de patitas en la calle.

¿Ha quedado claro? -Como el agua de la fuente, señora.

-Rosina, cariño, será mejor que hable yo con él.

Le daré unas normas básicas para que las cumpla

y, así no volverá a haber ningún problema.

-No.

Algo me dice que con semejante energúmeno no va a ser tan sencillo.

-No es tan malo como lo pintas. Como jardinero es excelente, ¿eh?

¿O has olvidado el secarral en que se había convertido nuestro jardín?

-Sea bueno o no, es su última oportunidad.

¡Que quede claro!

-Lo lamento.

Estamos dando el espectáculo. Nos miran todos.

-No me importa.

Soy tan feliz

de volver a tenerte en mis brazos.

-Ojalá pudiéramos querernos así eternamente.

Que no tuviéramos que volver nunca a la realidad.

Diego, yo le vi.

Le vi. Fue un instante, pero...

recuerdo su olor,

su cabecita, su llanto.

Por eso tengo que empezar esta búsqueda.

Sola.

-¿Sola?

Blanca, ¿qué estás insinuando?

-Que es mejor que nos separemos.

(Llaman a la puerta)

-Vuelvan más tarde.

No estoy para visitas.

(Llaman a la puerta)

-Adelante.

-Disculpe.

-Usted de nuevo.

-Ya sé que prefería estar solo.

Pero no podía dejarle hundido en su tristeza.

Soy su amigo.

-Y así le considero.

Supongo que debo disculparme por haberle echado antes de mi casa.

Felipe, no me sentía ni con fuerzas para hablar con usted.

-No se preocupe.

¿Cómo se encuentra ahora?

-Igual de desolado.

Me cuesta creer que, después de lo que hemos sufrido Blanca y yo

por estar juntos, vaya a perderla.

-Sin duda, la muerte de un hijo es el escollo más grande

por el que una pareja puede pasar.

Pero no me creo que vaya a rendirse.

¿Va dejar que se marche sin más? -¿Qué quiere que haga, Felipe?

¿Retenerla en contra de su voluntad como hizo mi hermano con ella?

Solo conseguiría que ella terminara por odiarme

y, eso es lo último que quiero.

-Diego, tiene que haber otra forma.

No puede quedarse de brazos cruzados viendo cómo su dicha

se va para siempre.

-No sé, quizás haya otra forma.

¿Y si...?

No sé, ¿y si diera con los hombres que nos atacaron en el carruaje

y consiguiera llevarlos a prisión?

-Sin duda no merecen otro destino.

¿Cómo podrá ayudarle eso respecto a Blanca?

-Nada va a conseguir que nuestra niña vuelva a la vida.

Pero quizás hacer justicia con esos malnacidos,

pueda traer algo de paz al corazón de Blanca.

-Y si Blanca está en paz consigo misma

quizás puedan recomponer su relación.

-Arrea, Fabiana.

Apresúrese, que ya va siendo hora de subir al altillo.

Tengo el cuerpo baldado de todo el día faenando.

-¿A qué viene tamaña urgencia, muchacha?

Que las cosas llevan su tiempo.

Hala, vámonos.

Así que, doña Blanca ha regresado con la bruja de su madre.

-Así se lo contó don Felipe a doña Celia.

-¿Y qué habrá podido pasar con todo lo que se querían

el mayor de los Alday y ella? -Pues diga usted que sí.

-Si es que cuando la desdicha entra en una casa,

el amor sale por la ventana, hija.

Arrea, Fabiana, ¿dónde tienes la cabeza?

Que me he dejado todo el monís dentro del quiosco.

-Vamos deprisa, que cuando subamos al altillo

el Servando se habrá zampado toda la cena.

Arrea, Fabiana.

Que yo creo que hay alguien ahí dentro.

-Vamos, que le vamos a dar para el pelo.

¡Al ladrón, al ladrón!

-¡Suélteme, suélteme! -¡Desgraciado!

Te voy a enseñar a coger lo que no es tuyo.

-¡Quieto parado, truhán!

-Ahí, ahí, ahí.

-Se acabaron tus fechorías.

-Por fin has dado con el ladrón, Paquito.

-Es usted un héroe.

-Va a acabar en la cárcel.

-O en el cementerio.

Que "pa" mí que no respira.

-¿Qué dices, mastuerza? -¿Que lo he matado?

-¿Qué ha pasado? -El Paquito, que ha "mandao"

al ladrón al otro barrio. -Que no lo he matado.

-Por todos los santos.

Gracias a Dios.

Aún respira.

-Ya me parecía a mí muy poco golpe para hacerle entregar la pelleja.

-Bueno, como mucho ha perdido la memoria del mandoble,

como la Casilda. -Mientras no la recupere.

-Bueno, voy a por agua de la fuente,

a ver si se espabila. -No, no.

Ni se te ocurra despertarle. -Bueno, ¿y eso por qué?

-Porque así no sufre.

-No lleva documentación

ni nada que lo identifique. -Mejor.

Así no avergüenza a su madre cuando se hagan públicas sus fechorías.

-Parece que está volviendo en sí.

-(SE QUEJA)

-¡No! Usted no se puede ir.

-¿Por dónde íbamos?

-¿No lo va a despertar para que se acueste en su cama?

-Con lo cabezota que es, seguro que se empeña en mantenerse despierto.

-En tal caso, sigamos trabajando en voz queda.

Respetemos su descanso.

-No terminó de hablarme de su profesión.

Me dijo que era usted un estudioso.

-Ya que se interesa...

le diré que soy licenciado en Ciencias Naturales.

Estoy cerca de cumplir mi sueño. -¿Qué es?

-He logrado una plaza para participar en una expedición

en costas de Groenlandia.

-¿A Groenlandia? -A Groenlandia

Durante mi viaje tengo pensado escribir un tratado

sobre la vida esquimal.

-Me muero de envidia. -Pero antes...

tengo que resolver el regreso de Luis Checa.

-He pasado media vida recorriendo mundo envuelta en mil aventuras

y, ahora...

no me hago a la idea de que voy a llevar una vida convencional.

-Por lo poco que la conozco, Silvia, podría asegurar

que usted nunca será convencional.

-Compréndame. No es que no ame de corazón a Arturo.

Pero temo que me pueda sentir ahogada viviendo en estas calles,

necesitada de aventuras y viajes como el que va a emprender usted.

-Sigamos trabajando.

(SE QUEJA)

-Ten, bebe.

¿Vas notándote mejor? -Sí. Gracias.

Ha sido un señor porrazo.

-Esto no es una porra, es un palo. -Pues palazo, rediós.

-A ver si se van a pelear por las palabras.

-Yo no me he peleado. Me ha calzado un mamporro.

-Habrá sido un pronto. No te lo tomes a mal, hombre.

-Bueno, ¿está usted compuesto o no?

Porque si lo está, lo transporto a comisaría.

-Tampoco corre tanta prisa.

-Usted es que me embarulla, mi por otra parte adorada Flora.

El lugar de los cacos es entre rejas.

-No sé, ¿no puede usted hacer la vista gorda?

-Pero ¿se puede saber por qué le protege usted?

-¿Yo? ¿Que yo lo protejo?

No, no, no, es que... Es que me da pena.

El hombre ha tenido mala suerte en la vida.

Roba para comer, no tiene a nadie en este mundo.

Es una tragedia. Una calamidad.

-Señora, que estoy delante. -¡Cállese!

De gracias de que no está rascándose los piojos en la mazmorra.

-Sería una lástima

que un ladronzuelo de poca monta como este ocupara una plaza

en el penal, quitándole sitio a forajidos de mayor enjundia.

-Mi deber es entregarlo

a las autoridades. Y usted sabe que en el momento

en que le quite los ojos de encima, volverá a delinquir.

-¡Qué va! -¡Eh!

¿Cómo que no, truhán? ¿De qué vas a vivir

si no tienes oficio ni beneficio?

¿Te va a tocar la lotería?

No. Volverás a afanar como yo me llamo Francisco.

-Cargo sacos de harina. -Es solo por eso,

porque no tiene oficio ni beneficio.

Porque si es así, ya está solucionado, mi marido y yo

le contrataremos como camarero y recibirá su jornal al uso.

-Es usted todo corazón, Flora.

-Eso debería decirlo yo.

Es usted todo corazón, doña Flora.

-¿Eso significa que le perdonaría usted si trabajara

en esta casa?

-Siempre y cuando destinara parte del jornal a resarcir a los vecinos

de sus anteriores hurtos.

-No hace falta decirlo, devolveré hasta el último chavo.

-Sea pues.

-Muchas gracias, don Paquito. Es usted un ángel.

-Sí, un querubín que se quedaría sin faena

si atendiera las súplicas de gente tan buena como usted.

-Eso no va a pasar, se lo aseguro.

Le queda trabajo para rato. Mucho rato.

Y tú a comportarte.

Si te veo haraganear, te achucho al sereno.

-Estaré atento.

Y al mínimo yerro, lo acarreo

hasta los guardias.

-Muchas gracias, no se arrepentirá. Y usted tampoco, guindilla.

¿Qué? ¿Cuándo empiezo?

-Mañana. Pero al cierre. Primero tengo que camelarme

a mi marido y, eso no va a ser moco de pavo.

-Blanca duerme plácidamente en su cuarto.

-Y Carmen ya se ha retirado al altillo.

Podemos hablar sin temor a ser oídos.

¿Has averiguado algo?

-Asegura que se ha separado de Diego porque no soporta su presencia.

Porque le recuerda la muerte de su hija.

-Eso ha dicho.

-Ignora que conozco la verdad.

Sigue obsesionada con que su hijo vive.

-Por ese motivo debe haber regresado a casa.

-Me temo que sigue convencida de que usted la tiene en su poder.

Escondida tras estas paredes. -(RÍE)

-Pobre desgraciada.

Tan lejos de la verdad... y tan cerca.

La fortuna nos ha sonreído de nuevo.

Que Blanca haya regresado es lo mejor que nos podría haber pasado.

-No estoy tan seguro de eso.

-No temas. Ignora que jugamos con ella.

Y ahora, sin Diego a su lado, es mucho más manipulable.

Te felicito, Samuel. Lo estás haciendo muy bien.

Mucho mejor de lo que nunca habría imaginado.

-No me ha resultado fácil engañar a todo el mundo,

hacerles creer que he cambiado,

que estoy de parte de Diego y de Blanca.

-Pero todos han mordido el anzuelo.

-¿Qué haremos ahora?

¿Cuál es nuestro siguiente paso?

-El camino... está muy claro.

Debemos hundir a Blanca en el pozo de la confusión.

Que no sea capaz de distinguir...

qué es lo real y qué es lo imaginario.

-¿Y qué ganaremos con eso?

-¿No lo adivinas?

Podremos incapacitarla por locura.

Ingresarla en un lugar... donde sabrán cómo tratarla.

-Diego no lo permitiría.

-Lo permitirá si no hay más esperanza.

Admitirá lo inevitable y marchará muy lejos, y entonces

podremos ocuparnos del niño.

-Espero que ese momento no tarde en llegar.

Cada vez me resulta más difícil estar lejos de mi hijo.

-Paciencia,... querido Samuel.

El niño no podría estar en mejores manos.

# Pimpón es un muñeco...

# muy guapo y de cartón,...

# se lava la carita

# con agua y con jabón. #

-¡Yepa ya! ¿Cómo ha amanecido el hombre?

-Jacinto, sabes que te tengo aprecio.

Pero no puedes saludarme con un grito y un "¡hombre!".

Jacinto, soy el señor. -No voy a saber yo eso...

Mire, mire, si pone el tres de bastos

bajo el cuatro de oros, puede sacar el tres y el cuatro.

Carta.

¿No le digo?

Sacamos de aquí el cinco y el seis.

Mal se le tiene que dar...

"pa" que no acabemos este solitario.

¿No le he dicho?

Usted pone debajo del siete de oros este seis de bastos,

que es como valer un potosí.

-Veo que es un hombre viajado. -Lo suficiente

como para conocer las diferentes maneras de vivir la vida.

-Viajado y cafetero. ¿No estará buscando trabajo?

Se trataría de vender, vender cafeteras, para ser más exactos.

Yo creo que, con su porte y su labia,

podría prometerle un futuro provechoso.

-Agradezco el ofrecimiento,

pero ando en varios asuntos que me impiden aceptar.

-Ya, ya.

Y uno de esos asuntos tienen que ver con la señorita Reyes,

¿verdad?

-¿No desayuna usted, señor?

Le he preparado un desayuno para chuparse los dedos.

-El desayuno es muy adecuado y lo tomaré,

pero quiero esperar a la señorita.

-Cómo es usted.

Tiene más detalles que el pórtico de la gloria.

-Perdóname. Se me han pegado las sábanas.

Esteban y yo pasamos la noche en vela.

-Pues siéntate y ponme al día de tus avances.

-No puedo. Esteban debe llevar un rato esperándome en la chocolatería.

-"¿Son horas de llegar?".

¿Dónde estuviste anoche? Dos cafés para la mesa tres.

-No estuve de jarana. -Ya.

La vigilia de Nuestra Señora, tal vez.

-Qué zoquete eres. Resolviendo un delito.

Y no quieras saber la que se lió.

-Pues mira, sí, quiero saberlo. ¿Qué, dónde y cómo se lió?

-Paquito trincó a El Peña. -No.

Fabiana y Lolita le pillaron robando.

Y Paquito le arreó un golpe, que le dejó para el arrastre.

-Pero ¿la diñó? -Al final,

se fue por su propio pie.

Estuvo unos minutos más para allá que para acá.

Me dieron los siete males pensando que al despertar

podría haber recuperado la memoria. -Pero ¿sigue in albis?

-¿Creen ustedes que yo podría ayudar o aliviar

de alguna manera a doña Blanca?

-Trátala con delicadeza. Con eso será suficiente.

-Pero tampoco te dediques

a darle todos los caprichos.

-Con el debido respeto, pero es que,...

es que yo la sigo viendo demasiado ansiosa.

-¿Adónde quieres llegar?

-Si me lo permiten,...

creo que aún no se ha hecho a la idea de la pérdida de,...

de la niña.

-"Me gustaría comentarles" un detalle sobre mi libro

de César Cervera. -¿Por qué?

¿Hay novedades?

-Es que no he podido evitar que acudan a la reunión dos periodistas.

Y estarán muy interesados en hablar con el hijo

y con la nuera del gran César Cervera.

Quizás sea mejor

hacer la presentación en otro lugar. -No, no, no te preocupes.

Sabremos cómo librarnos de ellos.

Flora, coge una libreta y prepara una lista con bebidas y condumio

para impresionar a los invitados de Leonor.

-"¿Alguna novedad sobre sus asaltantes?".

-No. En comisaría no tienen, o no quieren darme ni un mísero dato

sobre el asunto.

Es tan grande la impotencia, Felipe.

-Suelen tomarse muy en serio a esos bandoleros.

-¿La policía? En absoluto. Quizás la Guardia Civil.

Pero estos no avanzarán, se lo digo yo.

-No deje llevarse por el desánimo. Y sea un poco más ecuánime.

No es fácil resolver un caso cuando no se tiene la más remota idea

de la identidad de los delincuentes. -"Gracias".

Ya se las había dado a su esposa, pero a usted no.

No se arrepentirá de la confianza que me ha dado.

¿Cuál es mi faena?

-Serás camarero. ¿Has servido alguna vez?

-Pues no me acuerdo. Puede.

-Pero sí sabrás si tienes don de gentes.

-Don de gentes...

En todo caso, mano izquierda, si es que robaba con la zurda.

-Don Íñigo, que ya no soy un caco. Gracias a su esposa.

-Es una broma, hombre.

Ya aprenderá el oficio. Hazle una prueba.

-"Tenemos que localizar a los compañeros"

de Luis Checa para que nos den razón de su paradero.

Parece que vamos a fracasar justo antes de empezar.

-¿Y si te dijera que tengo la solución?

-¿No estarás pensando en personarte en el domicilio de cada uno?

Para algo se ha inventado el teléfono.

-Exacto.

En unos días dispondremos de uno de esos aparatos aquí,

en nuestra propia casa.

¿No me has entendido?

El proletario que te has debido cruzar en las escaleras

es un instalador de teléfonos.

Podrás trabajar desde aquí y hacer todas las llamadas que quieras.

-¿Y por qué? -"Todos haremos lo posible"

por complacerte y acompañarte hasta que vuelvas a tu ser.

-Ya estoy en mi ser.

-Sabes perfectamente lo que quiero decir.

Los seres humanos somos así. Necesitamos tiempo.

Tanto para ir sembrando la alegría, como para irnos acostumbrando

a la pena y a las ausencias.

-Yo sé que nunca voy a olvidar a mi,...

a mi hija.

-"Intranquila,"

con insomnio, recelosa

pero entera. -¿Se ha confesado a ti?

¿Te ha contado que ha ido en busca de su hijo?

-Sigue fingiendo que ha vuelto a su ser.

-Estoy armando un plan...

para que Blanca por fin supere la muerte de la niña.

-¿Qué vas a hacer?

-Te lo contaré a su debido tiempo.

-Tiene que estar aquí. Si sonaba anoche. Tiene que estar.

¿Dónde está?

¿Dónde pueden tener guardado el llamador?

  • Capítulo 751

Acacias 38 - Capítulo 751

27 abr 2018

Diego queda destrozado. Felipe consuela a su amigo y juntos dan con un plan que le puede llevar a recuperar a Blanca. Comienzan las labores de la Comisión para repatriar a los soldados. Arturo muchas veces sucumbe al cansancio y siente celos al ver la cercanía entre Silvia y Esteban. Sin que Silvia sea consciente, Arturo escucha cómo la mujer echa de menos la vida que ha abandonado por Arturo y el coronel teme que vaya a abandonarle.

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