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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 750 - ver ahora
Transcripción completa

Mírame, mi amor.

Mírame a los ojos.

Dime que crees que estoy confabulado

con Samuel y con Úrsula para hacerte daño,

para hacerte creer que nuestra niña ha muerto.

Ojalá fuese cierto.

Porque eso significaría que nuestra niña está viva.

Mi amor...

¡No, no! ¡Espere!

¡Espere!

(LEONOR) "No es una fiesta, es un encuentro tranquilo"

entre amigos. -Mucha gente te quiere, Blanca.

Y quiere demostrarte su cariño y su apoyo.

-De acuerdo, iré.

(ÍÑIGO) "Entonces quiere decir que no recuerda cómo se llama".

-No recuerdo nada anterior al momento en el que me encontraron.

Los campesinos cuidaron de mí.

Después, me trasladé aquí,

en busca de un trabajo.

-Nosotros le ayudaremos. -¿Ustedes,

a mí?

¿Cómo puede dormir sabiendo que muchos españoles le necesitan?

-Hago todo lo que puedo. -Hace lo que quiere. O sea, nada.

Podría si quisiera. -No es nadie para darme órdenes.

Creía que esto era una reunión de amigos,

pero se trata de una encerrona.

Una trampa para que este hombre me insulte.

Si me disculpan, buenas tardes. -Aguarde.

No se marche, quédese. -No permitiré

que me vuelva a faltar al respeto.

-No se lo vamos a permitir. -Pido disculpas en su nombre.

Pero quédese.

¿No quiere probar la mesa de billar?

(BLANCA) "Lamento..."

haber perdido los papeles contigo anoche.

Y haberte dicho esas cosas horribles que te dije.

No era yo.

-Lo sé. Pero no tienes que pedirme perdón.

-"Se trata de mi padre".

-¿Qué pasa con él? -Diego no para

de preguntarme por la clínica. Y se ha propuesto buscarlo.

-Me subestimas.

No tienes de qué preocuparte.

La solución está justo delante de ti y en tus propias manos.

Tiene mucho arte para este juego.

-Como en todos los menesteres, es cuestión de práctica.

-¿Les apetece un mosto?

-Por favor.

-No sé qué sentido tiene este encuentro

aparte de dorarle la píldora a ese politicastro.

-No le voy a negar que es insoportable.

Pero confíe,

Arturo sabe manejar a ese tipo de hombres.

-Sabrá cómo entretenerles, lo que no sé si sabe es sacarles información.

-Carambola. -Ha sido suerte.

Le toca. -No lo tengo fácil.

-Si lograra una carambola como la mía, ganaría.

-Ambos sabemos que es muy difícil.

-Pero no imposible. ¿Acaso tiene miedo, coronel?

-¿Por qué no le damos un poco de emoción?

-¿Qué quiere decir? -¿Por qué no apostamos algo?

-Me gusta su estilo, coronel.

-Venga, ¿qué le parecen cinco pesetas?

-Que sean diez. -¿Está seguro?

-Pero con una condición.

-Una condición.

-Si gana usted, le pagaré.

Si gano yo, me pagará con información.

Me dará todos los datos

sobre dónde está Luis Checa y los medios para repatriarlo.

-Lo va a lograr. Vas a conseguir la información que necesitamos.

-No lo tiene nada fácil. Esa carambola es muy difícil.

-Ha sido una gran idea venir.

Esta cena me va a salir de lo más rentable.

-¿Me acerca la tiza?

-Faltaría más.

-Gracias. -No hay de qué.

(Sintonía de "Acacias 38")

(FELICIANO) No lo piense tanto, coronel.

Pretende una carambola imposible digna de un maestro.

No debió apostar con tanta alegría.

Me siento como si le fuese a robar a un niño.

-Nunca pensé que podría estar de acuerdo con Ochoa.

-Aún no está todo perdido.

-¿Acaso cree

en los milagros, Silvia? -No, en los milagros no.

Creo en ese hombre.

-No me lo creo. -¡Bravo!

(ESTEBAN) ¡Carambola!

-Al parecer, no debí alardear antes de tiempo.

Enhorabuena, coronel. Me ha sorprendido

su habilidad. -Tengo que reconocer

que a mí también. -Sé reconocer

mi derrota. Mañana tendrá información sobre ese tal Luis.

-Gracias, es un placer hacer negocios

con usted. -Igualmente.

Señores, buenas noches. -Le acompaño.

-Aún me cuesta creerlo,

coronel.

Ganas me entran de abrazarlo.

-En tal caso, conténgase.

-Disculpe mi comportamiento anterior.

He estado cerca de arruinarlo todo.

-Por fortuna, no ha ocurrido así.

-Gracias a su pericia, lo ha manejado a su antojo

y lo ha rematado con una jugada magistral.

Le estaré siempre agradecido.

-No ha sido para tanto. -No peques de modesto,

querido. Nos has dejado impresionados.

-Tan solo he hecho lo que le prometí.

En cuanto a mi jugada de billar,

no puedo ocultar que ha sido pura chiripa.

Leonor...

Te esperaba para desayunar.

-Podías haber empezado sin mí.

No tengo mucho apetito.

-Pareces somnolienta. ¿Acaso no has dormido bien?

-Apenas unas horas.

Blanca,

deberías descansar por las noches. -Ya lo sé, Diego.

Pero, en cuanto cierro los ojos, los recuerdos vienen a mí

y empiezan a torturarme. -Ya.

Sé que ahora parece muy difícil y tenemos un largo camino

por delante que recorrer.

Pero juntos superaremos tanto dolor.

Ya lo verás.

Para lograrlo, deberías recuperar fuerzas.

Haz un poder y desayuna algo.

-Está bien.

-Encontrarnos con nuestros amigos en casa de los Palacios

nos ayudará a liberar la mente, ya lo verás.

-Sí, pero no te hagas muchas ilusiones.

No sé cuánto tiempo voy a poder estar allí.

-Descuida, en cuanto lo desees, nos retiraremos de la reunión.

Ya es un buen principio

que hayas aceptado acudir.

(Llaman a la puerta)

¿Quién será tan temprano?

Voy a ver.

El día no podría empezar mejor.

Mi padre ha escrito desde el balneario de Suiza.

-¿A qué esperas? Léela.

¿Y bien?

-Lamenta haber partido tan precipitadamente.

Asegura que necesitaba descansar,

poner en orden sus pensamientos.

Espera que le podamos perdonar. -Sería difícil negárselo.

-Espera que Samuel, tú y yo estemos bien y...

-¿Y qué más?

-Envía sus mejores deseos hacia su nieto,

que supone que, a estas alturas, ya habrá nacido.

Aún me cuesta creer al Peña. ¿Crees que dice la verdad?

-Que sí, Flora, que por muy rocambolesca que sea su historia,

hay algo que prueba que no miente.

-¿El qué?

-Que si supiera quién es,

no habría tardado en denunciarnos para recuperar La Deliciosa

y dejar de malvivir

como un vulgar ladronzuelo.

Hemos tenido un gran golpe de suerte.

-Para golpe, el que se dio él en la sesera.

-Gracias a él, estamos tranquilos.

-¿Y por cuánto tiempo? ¿Y si le vuelve la memoria de repente?

Estaríamos perdidos. Me dio un vuelco el corazón

cuando le vi ese anillo en el dedo.

Cuando lo desvalijamos,

traté de sacárselo sin éxito.

Y eso que recurrí a las técnicas más sofisticadas.

-Ya, chuparle el dedo.

-Exactamente.

-Calla, tenemos visita.

Paquito, ¿qué le ocurre, que me viene tan mohíno?

-Que soy un desastre como sereno.

No consigo atrapar a ese ladrón.

-No desespere. Solo precisa tiempo.

Si hasta tiene una descripción acertada del susodicho.

Solo le faltaría saber el número de pie.

Vamos, que digo yo que será acertada.

Yo no lo he visto ni en pintura.

-Para colmo de males, no para en sus fechorías.

Ayer mismo le robó la cartera a un caballero.

-Llevaba cuatro perras.

¡Ay! -¿Le sucede algo?

-No, es que me duele en el alma ver cómo se deja la piel

en atrapar a ese ladrón de pacotilla.

-Se lo agradezco. Pero la situación es muy peliaguda.

Los vecinos empiezan a poner en entredicho mi valía como sereno.

-Serán desconsiderados...

-O atrapo al ladrón o me quedo sin empleo.

-Bueno, al final logrará detenerlo.

Quizá solo deba cambiar de técnica.

-¿Y si espera en un negocio hasta que actúe?

-¡Es una idea brillante! Voy a ponerla en práctica.

Se lo agradezco de corazón.

-¿Y esa cara de perro? ¿Qué sucede?

-Que has perdido la poca sesera que tenías.

¿Qué haces dándole ideas?

-Es que es tan buen hombre que me ha dado mucha pena.

Trae.

Bueno, "seña" Agustina, ¿cómo les fue a sus señores

con ese político tan importante? No ha soltado usted prenda.

-Servidora no estuvo presente.

Pero todo debió irles a las mil maravillas.

Estaban de un humor excelente.

-Ay, Agustina, no olvide darme

la receta de los emparedados.

Hoy son mis señores quienes organizan un ágape.

-Entre uno y otro, no son más que festejos.

¿Y por qué motivo? Oye...

¿Qué, Lolita, te van a casar ya con el señorito?

-No, he de esperar el año de noviazgo.

-Sí, es verdad, no creo

que lo celebrará mucho.

-Ya. Han organizado el ágape para levantarle el ánimo a doña Blanca.

-Pues eso es

muy buena idea. La desdichada está

que da pena verla.

-Se dice que está perdiendo la sesera.

Irrumpió en casa de su madre buscando a su hijo.

-Vamos, que se ha vuelto loca de remate.

Debería darle vergüenza.

Perder un hijo debe ser un espanto. (JACINTO, GRITA) # A las mozas

# de este pueblo,

# le gusta mucho el rinrán.

# Ellas ponen el tomate

# y el pepino se lo dan. #

-Arrea, Jacinto, ¿se ha tragado un sapo?

-Mi señora quiere que cante para dentro.

Y uno trata de acostumbrarse. -Primo, siéntate.

Siéntate, hombre, que lo vas a llenar todo de barro.

Venga, que te quito las botas.

-Por cierto,

Jacinto, ¿qué tal le marcha con doña Rosina?

Aparte de su afición al canto...

-Está encantada conmigo.

-Sí, ya verás

cómo termináis congeniando.

-Claro. -Lo que pasa

es que doña Rosina es muy suya y mi primo también.

También es muy suyo.

-Ojalá se quede con nosotros mucho tiempo, Jacinto.

(Golpecitos)

No está mal.

Creo que al final le voy a coger gusto a este juego.

-Sí, pero la carambola de ayer no la repites.

-Ni lo conseguiré en lo que me queda de vida.

(Llaman a la puerta)

Qué extraño, no esperamos a nadie.

-Quizá es Ochoa buscando revancha.

Mira qué agradable visita.

-A las buenas, coronel.

Disculpe que aparezca por su casa.

Pero no podía esperar a saber qué tal fue.

-Pues Arturo ganó con una magnífica carambola.

-Qué maravilla, coronel, le felicito.

-Gracias a su destreza,

conseguiremos lo que necesitamos.

Me van a perdonar, pero algo habrá tenido que ver su maestra.

Antes no sabía ni darle tiza al taco.

-Sí, estamos en deuda.

-Ay, casi me olvido.

Servando me ha dado esto para ustedes. Lo trajo un mozo.

Pesa más que un muerto.

-Lo envía Ochoa.

-Se ha dado prisa en cumplir su parte del trato.

A lo mejor es la información de Luis Checa.

-Pero tantos papeles

para un solo cautivo...

No se ha tomado el trabajo de buscarlo.

Nos envía un listado con todos los prisioneros

de guerra españoles retenidos para que lo hagamos nosotros.

-¿Son todos esos? -Así es.

(TRINI) Huy...

Pues Dios nos asista.

Tenemos a medio ejército cautivo en lugares lejanos.

¡Qué lástima, esos muchachos!

Tan solos, y prisioneros lejos de sus familias.

-En cárceles cubanas y filipinas.

-¿Y cómo es posible

que sigan presos? Esas guerras hace mucho que terminaron.

-Y nadie hace nada por ellos.

-Casi todos deben ser pobres diablos,

hombres de familias sin recursos ni dinero.

Han sido abandonados

por los políticos.

-Arturo, yo sé que nos comprometimos solamente a traer a Luis Checa.

Pero ¿cómo

nos vamos olvidar de esos pobres desgraciados?

Así que padece amnesia. -Llámelo como quiera.

El caso es que no se acuerda de nada.

Pero de nada de nada. -Qué historia más asombrosa.

La realidad supera la ficción.

Si la presento en la editorial,

me la rechazan por inverosímil.

-¿No irás a hacerlo público?

-¡No! No, no, claro que no.

Oye, no me mires con esa cara

de espanto. No tengo ninguna intención de delataros.

Pero sí que hay otras historias que lo mismo salen a la luz.

He estado hablando

con el editor sobre la novela de César Cervera.

-¿Y bien?

¿Les ha gustado?

-¡Ya está de camino a la imprenta!

-Qué bien, Leonor... -¡Chist!

Quieto parado, que os pueden ver.

-Es que estoy tan feliz...

Has trabajado tanto en ella...

Te mereces que ese libro se venda como churros.

-Hablando de churros, he pensado en hacer la presentación aquí,

en la chocolatería. ¿Les parece bien?

-Nos parece fetén.

-Habrá que cuidarse de que al Peña no le dé por aparecer.

-¿Temes que le dé por afanar

a los presentes? -Nones.

Allá cada cual con cómo cuida su cartera.

Lo que me espanta

es que, al leer sobre su propia vida, le dé por recordar.

(ÍÑIGO) Tienes razón.

Hemos de tener buen cuidado de que no se acerque a ese libro.

-¡Ay, antes de que se me olvide!

Tengo esto para ti.

Son los primeros borradores que escribí con tus relatos.

Quería regalártelos

como recuerdo.

-Gracias, Leonor.

Los guardaré como oro en paño.

Gracias a ellos, empezamos a conocernos.

-Sí. Lo que aún no entiendo yo

es que, ante semejante colección de disparates, no salí corriendo

alejándome de ti.

Vaya caradura tenías.

¡Ay, que se me ha ido el santo al cielo!

He de prepararme para acudir a casa de los Palacios.

Vamos a intentar animar a Blanca.

-Pobre muchacha. Ojalá lo consigan.

-Con Dios, Flora.

-Tú borra esa cara de bobo.

venga, apúrate, que nos queda mucha faena.

Fabiana, necesito que quede todo perfecto.

Y que no le falte de nada a Blanca.

-Pierda cuidado, señora, que lo va a pasar fetén.

-Yo me conformo con que se distraiga un rato.

-Padre, no me parece bien que Lolita no pueda venir.

-Ya lo sé, no has dejado de repetírmelo.

-Es que es mi prometida. -Lo sé.

Pero es a ella a la que no le gusta asistir a este tipo de reuniones.

-A ver...

¿No os dais cuenta que no es momento para discusiones?

Los invitados están a punto de llegar.

(Llaman a la puerta)

-Arrea, parece usted adivina.

Si antes los nombra, antes aparecen.

-Ramón, es importante que esté todo perfecto. ¿Vale?

-Descuida, que así será.

-¡Ay, queridas! -Doña Trini.

-A las buenas.

-Blanca,...

me alegra que se haya decidido a venir.

-¿No nos dices nada? ¿No te alegras de vernos?

-Claro que sí, querida. Pero Blanca

es la protagonista.

(RAMÓN) Si desea algo,

no tiene más que pedirlo.

-Todos deseamos que lo pases bien.

-Se lo agradezco.

-Gracias.

Estaba comentando con doña Celia la asombrosa historia

de la joven Cristina Novoa y la aparición de la Virgen.

-Sí, lucha

para que el Vaticano reconozca

su visión y predica el mensaje que la Virgen le dio.

-Doña Susana está entusiasmada. Y le parece buena idea

que vayamos a rogar por la muchacha. ¿Le apetece venir?

(Llaman a la puerta)

-Se lo agradecemos, pero Blanca no es muy devota.

-Yo tampoco, pero Susana ha pensado

que era buena idea, que así lo mismo alivia sus pesares.

-Lamento haberme retrasado.

-Descuide, acabamos de llegar.

-Cómo me alegra verte aquí ya mejor.

-Discúlpenme.

-Adelante.

Blanca...

-Samuel, tengo una magnífica noticia.

Nuestro padre me ha escrito.

-Qué agradable sorpresa.

¿Qué te cuenta en esa carta?

-Léelo tú mismo.

(Campanadas)

Qué bonita homilía nos ha regalado hoy nuestro párroco.

-Sí, el padre tiene un pico de oro.

-Pero podría haber resumido, que voy a llegar tarde a...

A un sitio que tengo que ir.

-No disimule, Rosina.

Sé que va a casa de los Palacios.

-No pretendía incomodarla.

-Como sabemos que no estás invitada...

-Descuiden, no me importa.

Cualquier sacrificio es pequeño si va a beneficiar a mi hija.

-Así somos las madres, siempre pensando en ellas.

-Me alejaré de ella si es necesario.

Espero que pronto encuentre

el camino para recuperarse de tan duro golpe.

-No le será sencillo. -Por supuesto que no.

Yo todavía no me hago a la idea de la muerte de mi nieta.

Por fortuna soy creyente y hallo alivio en la casa del Señor.

-Y tu hija debería seguir el mismo ejemplo

y buscar consuelo en el altísimo.

-Ya sabes cómo son los jóvenes.

Descreídos... Mi Leonor es igual.

-Por fortuna, no son todos iguales.

Mirad si no Cristina Novoa.

-Esa muchacha es un ejemplo para todos.

-Siento interrumpir, pero mi Liberto debe estar impaciente.

La reunión habrá empezado.

-¿Tú no vas, Susana?

-Siento no poder acudir, tengo que terminar

unos arreglos en la sastrería.

-Cuide de mi hija, Rosina.

-Sí, se lo prometo. Con Dios.

-Ya lo pagaréis con creces, todos lo vais a pagar.

Veníamos a hablar con usted.

-¿Se dispone a salir?

-Me disponía a acudir a casa de don Ramón.

¿Qué ocurre? -Nada que no pueda esperar.

-Adelánteme algo, han picado mi curiosidad.

Pasen.

Tranquilos.

Mi esposa, rodeada de amigas,

no se dará cuenta de mi ausencia.

-Verá, estos últimos días estamos intentando traer de vuelta

a un prisionero de guerra retenido en Filipinas.

-Algo he escuchado y se lo alabo.

Es una causa muy noble. -Y más necesaria

de lo que creíamos. Hay cientos de españoles

en su situación. -Aquí están

sus nombres, repartidos por el mundo, de Cuba a Filipinas.

Es una vergüenza que la patria

dé la espalda a tantos que lucharon por su bandera

por ser pobres.

-No podría estar más de acuerdo.

Pero no atisbo qué pretenden.

-No vamos a quedarnos de brazos cruzados.

¿Cómo podríamos traer a esos españoles de vuelta?

¿Podría ayudarnos?

-No se me ocurre otra causa en la que colaborar.

-Pero no sabemos por dónde empezar.

-Deberíamos hablarlo

detalladamente, pero deberían crear

una comisión de prisioneros de guerra.

Una organización para conseguir fondos

y traer de vuelta a esos hombres. Yo les ayudaría.

-Se lo agradecemos.

-No será tarea sencilla. Han de localizar a los familiares,

comprobar que no cometieran delitos comunes

y recaudar el dinero.

-Y estos listados son antiguos.

Podrían tener errores.

-Exactamente. -No se apure.

No nos asustan las dificultades. -Y tenemos

experiencia con políticos y en territorios en guerra.

-Somos los indicados.

Juntos lo vamos a conseguir.

(SUSURRAN) ¿Lo ve, padre?

Si hubiera venido Lolita, no estaría tan silencioso.

-Precisamente eso es lo que me temía, hijo.

Señora, ¿quiere usted que saque una botella de anís,

a ver si se anima el cotarro? Esto parece un funeral.

(DIEGO) Podríamos escuchar música. (LIBERTO) Sí, buena idea.

(Música clásica, melodía triste)

-Sí que nos va a animar

esa música. Ya podrías haber puesto una jota, Liberto.

-Será mejor que apague el gramófono.

(BLANCA) No, déjelo.

Se lo ruego.

Esta música

me da serenidad.

Ya sé que no es muy correcto,

pero ¿les importaría si bailáramos este vals?

-Claro, hagan lo que quieran.

-Lo lamento, estamos dando un espectáculo.

Nos miran todos.

-No me importa.

Soy tan feliz por volver a tenerte en mis brazos...

-Ojalá pudiéramos quedarnos así eternamente.

Que no tuviéramos que volver nunca a la realidad.

Hola, doña Flora. -Hola.

Aquí le dejo el pedido de harina. -Pero qué puntualidad.

Como premio, tómese un chocolate.

-Ah, agradecido.

Es usted muy amable.

Aquí me siento como en mi casa.

-No lo sabe usted bien.

-¿Tenías que invitarlo?

Tenerlo por aquí es un riesgo demasiado grande.

-Al contrario, así lo tenemos vigilado.

Además, no puedo evitar

sentirme culpable.

-El pobre, cargando sacos, mientras disfrutamos

de su negocio.

-Tus buenos sentimientos cavarán nuestra tumba.

Antes has ayudado al sereno a detenerlo.

-¿Qué quieres que haga? En el fondo soy una sentimental.

Querido... El vals ha obrado milagros.

Va todo viento en popa. -Gracias

a Dios. Me temía que termináramos todos llorando desconsoladamente.

-Al fin apareces.

¿Se puede saber dónde estabas?

-Disculpa, don Arturo me ha entretenido.

-Daba envidia verles bailar antes.

Se les veía tenía enamorados... -Si es para demostrarte

mi amor, yo bailo un vals, un pasodoble y hasta una sardana.

-Leonor, ¿podríamos salir un momento?

Tengo que decirte algo.

-Por supuesto, ven.

-La reunión ha logrado su objetivo.

-Sí, parece que Blanca está más animada.

-Sí, eso parece.

Aquí podremos hablar sin temor a ser oídas.

¿Qué querías decirme?

-Nada. -¡Blanca!

-Pero, si permanecía un segundo más allí conteniendo el llanto,

iba a caer desmayada.

-Entiendo el tormento por el que pasas.

-Todo el mundo mirándome, pendiente de mi más mínima reacción,

queriendo que me entretenga, que sonría,

cuando lo único que quiero hacer es llorar sin parar.

-Ya.

Yo también me sentía así cuando murió Pablo.

Sé muy bien qué es perder a la persona más importante

de tu vida.

Por un momento, pensé que la vida se me escapaba,

que no merecía la pena continuar.

Creí que no tenía derecho a volver a ser dichosa.

Sin embargo, el tiempo me ha demostrado lo contrario.

Y a ti, aunque ahora te parezca imposible, también te va a pasar.

-Te lo agradezco, Leonor,

pero mi caso es completamente distinto.

-¿Por qué?

-Porque yo no he perdido un ser querido, me ha sido arrebatado.

Leonor, mi hijo sigue vivo.

Esa niña que enterramos no era mía. -No.

No, no, Blanca, por favor.

Yo pensé que ya aceptabas su muerte.

-No puedo aceptar algo que no ha ocurrido.

Solo estoy fingiendo

porque sé que nadie me cree, para que dejen de tomarme por loca.

-No, no, no. Lo que pensamos es que el dolor te está confundiendo.

-El dolor es lo que hace que no me rinda.

-Blanca, tienes que desistir. Olvídalo.

-¿Acaso eso es lo que tú harías?

Si quedara una posibilidad

de que Pablo pudiera estar con vida,

¿no lo buscarías con todas tus fuerzas?

-Por supuesto.

¡Oh!

Qué ganas tenía de llegar a casa, cariño.

Aunque la reunión se ha animado,

me ha entristecido un poco.

-A mí también, pobre Blanca.

Pese a sus esfuerzos por disimular, se nota que tiene el corazón roto.

Liberto...

¿Ibas en serio cuando decías que por mí bailarías una sardana?

-¿Lo dudas? Te lo demuestro ahora mismo.

-Me bastará con que me beses.

-Tus deseos son órdenes para mí.

-¡Huy! Pero, Jacinto, ¿qué demonios haces?

-Cargar con este saco.

-Huele a demonios. -Va a oler a rosas.

Está lleno de estiércol.

-¡Uh! -Me ha costado

horrores conseguirlo.

Pero ya verán qué apañado le va a quedar el jardín.

Ah, no...

Ustedes sigan a lo suyo, con sus arrumacos.

Yo no les molesto nada.

Perdone.

-¡Uh! -¡Uh!

¿Será posible? Yo lo mato.

La peste que ha dejado...

-Que digo yo, cariño, que por qué no lo cogemos

donde lo habíamos dejado y seguimos el consejo de Jacinto.

-No, Liberto, se me han pasado las ganas de zalamería.

Me está costando la vida.

Finalmente, parece que Blanca se relajó,

incluso bailó con Diego y charló con las otras mujeres.

-Me hace dichosa

escuchar eso, Samuel.

Lo único que quiero es

que sea capaz de recuperarse.

Aunque eso signifique alejarme de ella para siempre

con todo el dolor de mi corazón.

-Cuando venza su dolor,

también superará esta animadversión hacia su persona.

-Ojalá sea así y deje de culparme.

Bastante tortura tengo con la muerte de mi nieta.

-Ah, la mejoría de Blanca

no es la única buena nueva.

Mi hermano ha recibido

una carta de mi padre desde Suiza.

-Diego estará satisfecho. Llevaba tiempo

queriendo saber de él. -Sí, ya está tranquilo.

-Me alegro.

Gracias, Carmen.

Te dije que todo saldría bien.

(Llaman a la puerta)

Cuesta decidirse por dónde empezar.

-Comencemos por ordenar la información

aunque sea una tarea ingente.

-Permiso. El señor Esteban desea verles.

-Disculpen que les interrumpa. -No tiene que disculparse.

Es usted bienvenido. -Sí.

-No podía esperar más sin saber si Ochoa había cumplido.

-Ya tenemos los datos de Luis Checa.

-Y de otros cientos de presos españoles.

-¿Son esos papeles?

-Así es. Hemos tardado horas en encontrar a su amigo.

Pero, como puede ver, la lista es infinita.

-El únicos dato

que tenemos sobre él es que está cautivo en Filipinas.

Trabaja como esclavo bajo el control del general Aguinaldo.

-Pobre Luis, triste destino el suyo.

-No se deje llevar por el desánimo. Sabemos que está vivo.

No vamos a tardar en repatriarlo.

-Estaré siempre en deuda con ustedes.

-Nosotros somos los que tenemos que estar agradecidos.

(ESTEBAN) ¿Ustedes? ¿Han perdido el oremus?

-No, lo que hemos hecho es abrir los ojos.

Hemos descubierto la injusticia

que se ha cometido con tantos españoles.

-Estamos resueltos a solucionarla. -Vamos a crear

una comisión de prisioneros de guerra

desde la que ayudarlos. -Era injusto

dedicarnos solo a su amigo.

-Cuenten conmigo en tal noble tarea.

Dispongan de mi tiempo y todos mis esfuerzos.

¿Por dónde han pensado empezar?

-Vamos a centrarnos en los presos que, como Luis Checa,

viven como esclavos trabajando

para el general Aguinaldo en Filipinas.

-Tenemos que localizar a sus familiares para ver qué saben.

-Y que nos dejen actuar.

-No resultará sencillo localizarlos. -Pues no.

Tenemos un largo y duro camino por delante.

-Pero no nos asusta el trabajo. -A mí tampoco.

Déjenme ver esos papeles.

¿Y el Peña no se ha ido aún?

-Nones. Ahí está, leyendo esos papelajos.

-¡La madre que me parió, que es la tuya!

¿No ves lo que está leyendo?

¡Que son los borradores

de Leonor sobre César Cervera!

-Ay, que la hemos hecho buena.

Está esperando para sacarnos los colores.

-Me temo que no va a esperar más.

Por ahí viene. -Es nuestro fin.

-Aquí tienen esto.

-Todo tiene una explicación.

-Pues sí.

Que alguien se ha dejado esta novela ahí, olvidada.

No les importará que haya leído un poco.

Es que está la mar de interesante.

Trata sobre un explorador, un tal César Cervera.

-¿No le resulta familiar el nombre?

-No.

No, pero deseo saber más cosas de él. Qué vida

más trepidante. -No se crea.

El resto es un aburrimiento. Mejor no saber más.

-El libro está dedicado a su hijo, un tal Íñigo Cervera.

¡Un momento!

¿No será usted?

-Increíble, pero cierto.

Aquí le tiene, en cuerpo y alma. Mi marido.

-¿Lo dice en serio?

-Sí, sí.

Aunque preferiría que mi esposa se lo hubiera callado.

Y lo que me gustaría es que no volviera a abrir la boca nunca más.

-Mi marido,

que es muy modesto.

-Va a tener que contarme más cosas de su padre.

Pero ahora me tengo que ir.

-Seguiremos hablando en otro momento.

-De acuerdo.

-Pero ¿es que has perdido el oremus?

¿Cómo se te ocurre decirle que yo soy Íñigo Cervera?

-¿Qué querías que le dijera?

Esa novela nos va a traer

más de un disgusto.

-Qué ganas de acostarme.

Hoy ha sido un día agotador.

No, le escuché llorar. ¡Le escuché llorar,

estaba vivo!

Y era un niño.

Sé que era un niño y estaba vivo.

(Llantos de bebé)

¿Qué es ese ruido?

¡Moisés, Moisés!

¿Estás bien?

¿Acaso no te ha gustado la reunión en casa de los Palacios?

-Sí.

Sí, aprecio el esfuerzo que hacen para que me encuentre mejor.

Son muy amables.

-Entonces ¿qué te pasa?

-Diego, siéntate, por favor.

Tengo que decirte algo.

Sé que todo el mundo,

incluido tú,

dais por muerto a nuestro hijo.

-Blanca, por favor...

-Diego, no me interrumpas. Por favor, déjame terminar.

No es nada sencillo lo que tengo que decirte.

Gracias.

Diego, no creas que os culpo por creerlo así.

Probablemente sea lo más lógico.

Entiendo vuestros esfuerzos para que yo también acepte su muerte

y pueda pasar página.

-¿Pero?

-Pero algo dentro de mí me dice que no es así.

Nuestro hijo sigue vivo en algún lugar.

Tal vez en casa de Úrsula.

Ya sé que no me crees.

Que no crees que escuchara sus llantos, que percibiera su olor.

Y no te voy a obligar a que lo hagas.

Pero tú tampoco me puedes obligar a mí a que me lo niegue a mí misma.

Y hacerme creer que me estoy volviendo loca.

-Yo nunca he dicho eso, Blanca.

-No ha hecho falta.

-Diego, no te pido que lo entiendas.

Solo que aceptes mi decisión.

-¿Tu decisión?

Blanca, mi amor...

¿No te das cuenta de que no te estás dejando guiar por la razón?

-Claro.

Diego, porque no es la razón lo que guía, es algo mucho más profundo.

Es el lazo que une a una madre con su hijo.

Un hilo invisible que no se ha roto y que me va a llevar hasta mi hijo.

Yo le vi.

Le vi, fue un instante, pero recuerdo su olor,

su cabecita, su llanto.

Por eso tengo que empezar esta búsqueda.

Sola.

-Blanca, ¿qué estás insinuando?

-Que es mejor que no separemos.

-¿Has terminado con esta lista ya?

-Sí.

Ya tengo apuntado el origen de todos los españoles.

Perfecto. Mañana trataremos de localizar a sus familiares

para actuar en su nombre y repatriarlos.

-Nos quedan aún muchos nombres que apuntar.

-Tenemos esta noche.

-Bueno, quizás para algunos no quede ya noche.

-Amor, amor.

Que te has quedado dormido. Venga, ve a acostarte.

-No, nos queda mucha faena.

Ni si quiera he terminado esta lista.

-Y dudo

que lo consigas si tienes la hoja al revés.

Quería saber si han sufrido más robos.

Estoy hasta la coronilla de que me falte dinero.

-Nosotros no nos podemos quejar.

-Son afortunados.

Yo ya no sé qué hacer.

Ando con mil ojos y tengo mucho cuidado de cerrar la sastrería,

pero ni por esas.

-Pues es un problema. -Y parece no tener fin.

Nuestro sereno no está dando la talla.

Aparte de salvar un gato y estropear el alumbrado, no ha hecho nada más.

-¿Cómo se atreve a hablar así de Paquito?

No podemos tener mejor sereno. Educado, valiente, honesto.

-Arrea, Flora, menuda defensora le ha salido.

Ni que fuera nada suyo.

¿Está usted seguro de no haber visto nada extraño por estas calles?

Pues ¡a ver si estamos más atentos,

porque así no hay manera de detener a nadie!

-Pero bueno, Paquito.

¿Qué sucede, que está interrogando a gente?

-Que he organizado un plan de vigilancia especial,

a ver si consigo atrapar a ese ladrón que nos tiene en vilo.

-¿Y pretende lograrlo interrogando a todo quisqui?

-Ya no se me ocurre otra cosa.

Pero no descansaré hasta haberlo capturado.

-A este paso, va a terminar usted agotado.

(JACINTO) "¡Señora!".

¡Señora! ¡La andaba buscando!

-¿Se está dirigiendo a ti?

-No, a mí no. Se habrá confundido.

-Arrea, no me ha oído.

(GRITANDO) ¡A ver

si se va a estar quedando sorda

como una tapia! -¡Te he oído!

Sería imposible no hacerlo.

¿Qué es lo que quieres? -Poca cosa,

enseñarle estos bulbos tan hermosos.

Huelen a las mil maravillas.

No se lo va a creer, pero los he cogido yo mismo del monte.

-Yo sí que me lo creo.

Ya veo lo sucio que está. -Me voy a plantarlos

ahora mismo. -Eso, y sin prisa.

Como si no quieres salir del jardín en tu vida.

¡Ve!

(ARTURO) "¿Qué hora es, Agustina?".

-Hora de almorzar, señor. -¿Y por qué no me ha despertado?

-Tenía que descansar, no quería molestar.

-Más me molesta su descuido.

Un hombre no puede dormir toda la mañana como un crápula.

Pero... -No hay excusa que valga.

Que sea la última vez que no me despierta a las 7.

¿Por qué ha puesto un solo servicio?

¿Dónde está la señorita Silvia?

-Salió bien temprano

a hacer unas llamadas desde La Deliciosa.

Ha mandado esta nota diciendo que se quedará a comer

con el tal Esteban para poder seguir trabajando.

Muy unida se le ve a la prometida del coronel con ese joven.

-Por lo que he sabido por Trini,

les pidió ayuda para que trajeran de vuelta

a un amigo preso en Filipinas.

-Pues parece que se ha tomado muy a pecho su petición.

Tonta no es.

-Desde luego, la cercanía y esa confianza con que le trata

están fuera de lugar.

Es que, por Dios,

es una mujer comprometida, a las puertas de la boda.

Fabiana, ¿dónde tienes la cabeza?

Me he dejado todo el monís en el kiosco.

-Pues vamos deprisa, que, cuando subamos al altillo,

el Servando se habrá zampado toda la cena.

¡Fabiana, que yo creo que hay alguien ahí dentro!

-Vamos, Lolita, que le vamos a dar para el pelo.

¡Al ladrón, al ladrón! (ESTEBAN) "He logrado una plaza"

para una expedición que cartografiará Groenlandia.

-¿Groenlandia?

-Groenlandia.

Tengo pensado escribir un tratado sobre la vida esquimal.

-Me muero de envidia. -Pero antes

tengo que resolver el regreso de Luis Checa.

-He pasado la vida recorriendo mundo envuelta en mil aventuras

y, ahora, no me hago a la idea de llevar una vida convencional.

-Por lo poco que la conozco, Silvia,

sé que usted nunca será convencional.

-Compréndame, no es que no ame de corazón a Arturo.

Pero a veces temo que me pueda sentir ahogada

viviendo en estas calles,

necesitada de aventuras y viajes como los va a emprender usted.

-Estamos hablando de Blanca.

-La reunión fue una brillante idea.

Parece que por fin empieza a superar la muerte

de su pequeña.

-Es un paso de gigante

para que el día de mañana pueda superarlo.

En fin, les dejo, que me esperan.

-Con Dios. -Con Dios.

-Yo también me marcho. -Leonor, por favor, aguarde.

Me ha parecido que no está usted tan convencida como nosotros

sobre los progresos de Blanca. ¿Acaso sabe algo

que yo desconozco?

Si es así, por favor, dígamelo.

Solo persigo el bien de Blanca.

Ya estoy lista para marcharme.

(CARMEN) Señores...

Tienen visita.

-¡Blanca, hija!

¿Qué haces aquí?

-Me preguntaba si me admitirían de nuevo en esta casa.

Me gustaría volver a vivir bajo el mismo techo

si no tiene inconveniente.

  • Capítulo 750

Acacias 38 - Capítulo 750

26 abr 2018

Blanca, con la ayuda de los vecinos, parece recuperar el ánimo en la merienda que montan los Palacios en su casa. Pero Blanca confiesa a Leonor que sigue creyendo que su hijo está vivo. Arturo logra la carambola imposible y gana la apuesta contra Ochoa, quien se ve obligado a facilitarles los datos de Checa, el amigo de Esteban perdido en Filipinas. Arturo y Silvia reciben miles de datos de soldados en ultramar y deciden montar una Comisión para repatriarlos.

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