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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 745 - ver ahora
Transcripción completa

Sé que usted sabe dónde está.

Voy a probar que usted planeó el ataque de los bandoleros.

Debería pasar el resto de su vida en la cárcel.

-No dice

más que dislates.

-No se va a salir con la suya.

-¡Blanca, por favor, entra en razón!

¡Entra en razón, Blanca!

(SAMUEL) La niña nació muerta. -Aunque se niega a reconocerlo.

-Cuando se recupere y coja fuerzas, entrará en razón.

Y recordará con más entereza lo vivido.

-Tal vez.

Tú prométeme que cuidarás de ella.

-No lo dudes ni un instante. Hasta que puedas salir

y verla. -"Si hacemos un homenaje a Martín,"

hablamos de él, contamos lo que recordamos,

lo mismo la Casilda cambia la tristeza por una sonrisa.

-¿Y puede funcionar?

-Es lo que vamos a hacer.

Tenéis que recordar la historia

de amor entre mi prima Casilda y Martín.

-Pero la idea ha sido mía.

(ARTURO) "Jamás te separes de mi lado".

¿Quieres casarte conmigo?

-Sí. Sí quiero ser tu esposa.

-"¿Aquella es Silvia Reyes?".

-Ella misma. Y, a su lado,

don Arturo Valverde, su futuro esposo.

¿La conoce? -No, no tengo el gusto.

Pero me encantaría.

-Bueno, se la presento. -No, ahora no,

no quiero interrumpir. Yo me presentaré en otro momento.

¡Champán francés!

Será de importación legal.

¿Puede mostrarme la factura?

-Es que ahora mismo no la tengo aquí.

-¿Es mercancía de contrabando?

¡Moisés, Moisés!

(Llanto de bebé)

¡Moisés!

¡Moisés!

¡Moisés!

¡Moisés!

¡Hijo mío!

¡Moisés!

¡Moisés!

¿Dónde estás?

¿Dónde está mi hijo?

-Tuviste una hija y está muerta. -Eso es

falso.

Me han robado a mi hijo.

-Estás delirando.

-Me lo robaron.

¡Me lo robaron!

¡Mi hijo!

¡Mi hijo!

¿Dónde está?

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Dónde está?

¿Dónde está?

-Levanta.

Madre, por favor.

-Te enseñé a no arrastrarte,...

a soportar las penalidades de la vida de pie, con la mirada alta.

Levanta.

Escúchame.

Tu hija nació muerta.

No hay nada peor que ver a alguien

incapaz de aceptar la realidad.

Madre,...

no volveré a resistirme a sus deseos

ni a sus decisiones, pero, por favor,

por favor, devuélvame a mi hijo.

-No tengo el poder de hacer regresar a nadie

de entre los muertos.

-¡Blanca! -¡Samuel!

Samuel, por favor, dile que me dé a mi hijo.

Ha sido ella. ¡Ella me lo ha robado!

-¿Tú no la cuidabas?

-Me quedé dormido.

(Llanto de bebé)

-¡Es él!

Es él, ¿no lo oís?

-¿No oímos qué?

-Silencio.

¡Está aquí!

¡Está aquí!

¡Está en algún lugar de esta casa!

Muy cerca. (SAMUEL) Blanca, yo no oigo nada.

-Usted tiene que escucharlo.

-¿El qué?

-¡A mi hijo!

¡Está llorando!

-¡Has perdido el juicio!

-Me la llevo al dormitorio.

Blanca, Blanca, ven conmigo, por favor.

(PAQUITO) Si no me muestra la factura del champán,

tendré que denunciarla y avisar a los guardias.

Dígame su nombre y dos apellidos.

-Es absurdo, son solo seis botellas.

-Seguro que hay más en el almacén. -Entre.

Si encuentra alguna más, me denuncia.

Hay que tener más manga ancha.

-Se empieza tolerando el contrabando

y se acaba guillotinado

a la nobleza y a la Casa Real al completo.

-Es usted un exagerado.

¿Por qué está en mi local a estas horas de la noche?

-Cumpliendo con mi obligación.

Ha habido denuncias

de pequeños hurtos en los comercios del barrio.

-¿Me lo dice a mí que fui la primera en avisar?

Pero no le dé importancia, han sido hurtos menores.

-La ley no depende del montante, sino de su cumplimiento.

Si un ratero se lleva unas monedas, debe pagar por ello.

Y si un comerciante trafica con contrabando, también.

Da igual que sean

seis botellas o seiscientas.

-Y vuelta la burra al trigo.

¿Quiere dejar ya las botellas?

¿Qué le parece si nos las tomamos y aquí se ha acabado el contrabando?

-No puedo beber en horas de servicio.

-¿Ha probado el champán? -Nunca.

¡Quieta, que esto es

una prueba!

-¿No ha oído que las burbujas hacen cosquillas?

-No me tientes, Satanás.

-No es para tanto.

Anda que mentar a Satanás...

¿No se da cuenta que esto del contrabando no es un negocio,

sino un detalle para el barrio?

-¿Desde cuándo delinquir es un obsequio?

-Doña Rosina conquista a su esposo con un brindis a solas

de vez en cuando.

A una vecina le traemos unas medicinas

para esos días que solo se consiguen en Francia.

Otro necesita

unos apósitos italianos para ir de vientre.

¿Y funcionan? -¿Quiere probar?

-No, gracias a Dios, yo soy un reloj

para ir al retrete.

Pero a mi abuelo Cosme, que en paz descanse,

le hubieran venido de perlas. -Ya ve.

Un auxilio para el barrio.

Anda, haga la vista gorda y, si algún día necesita algo,

viene y me lo pide.

Moveré Roma con Santiago para traérselo de donde sea.

-Está bien. Por esta vez le perdono

la sanción y la noche

a la sombra.

-Muchas gracias.

Usted hace algo por mí y yo ahora hago algo por usted.

No se achique Y pida.

-¿Conoce los cigarrillos balsámicos?

-¿Para el asma? -Sí, esos.

-Sé quién los trae a España y los puedo conseguir.

Pero están en cualquier botica. -No quiero correr

riesgos innecesarios.

No quiero que mis jefes sepan que sufro de asma.

¿Se imagina que me despiden

con lo que me ha costado el puesto?

-Sus secretos están más a salvo conmigo que en un confesionario.

En poco tiempo tendrá sus cigarritos.

¡Es precioso, doña Silvia!

¡Más emocionada estoy que si me lo hubiesen regalado a mí!

-Precioso es lo que significa,

que vamos a casarnos. -Cuánto me alegro.

Y con todo el vecindario asistiendo a la petición...

-Arturo es muy romántico.

-Romántico y bueno. -Basta de criticarme.

-¡Dios me libre!

Al contrario, le decía a doña Silvia

que es usted un hombre de gran corazón.

-Agustina, soy coronel, para mí eso es una crítica.

Yo soy un hombre fiero y arrogante, casi un ogro.

-Para quien no te conoce.

-No lo hay

más generoso y desprendido.

Y pocos hombres tienen tan buena planta.

-Me voy a poner celosa.

Ya le he echado yo el ojo.

-Descuide, que no dejo que ninguna otra se acerque a él.

Tengo preparado el rodillo de amasar por si las moscas.

-Vaya dos. Me he metido en la boca del lobo.

-¿Van a querer cenar los señores?

-No, yo me he hartado de saladitos en La Deliciosa.

-Lo mismo digo, ha sobrado para llenar dos carretas.

-¿Ni un vaso de leche templada?

-No, Agustina. Antes de acostarnos,

nos la serviremos nosotros mismos.

Usted vaya a descansar y a enterarse de las opiniones y cotilleos.

Porque estoy seguro

de que seremos la comidilla.

-No lo dude.

Que tengan ustedes una buena noche.

Hasta mañana. -Hasta mañana.

-Hasta mañana.

(Puerta cerrándose)

-Al fin solos.

-Estamos prometidos.

Estoy deseando pasar toda la noche contigo sin separarnos.

-Ya no somos unos niños.

Tal vez el pecado no sea tan grave si no seguimos esperando.

-¿Me estás proponiendo pecar?

-Sí. Pecar una y otra vez...

sin descanso y sin medida.

-Arturo, será mi primer matrimonio,

porque el de Zavala no lo cuento como tal.

Y deseo tanto como tú

que llegue ese momento.

Pero quiero hacer las cosas bien.

-Como desees.

-Y mañana vamos a hablar con el párroco para que lo acelere todo.

-De acuerdo. -Eso.

Y que no se te olvide una cosa,

que hasta la Santa Madre Iglesia permite los besos.

-¿Estás segura?

-Como mucho, nos harán rezar un par de Dios te salves.

O tres... o cuatro. (RÍE)

¿Les traigo más café?

-No.

¿Sabes si mi hija

se ha despertado?

-He oído ruido de pasos.

-Dile que venga a desayunar con nosotros.

(BLANCA) No hace falta.

Ya estoy aquí.

Buenos días. -Buenos días.

(ÚRSULA) Buenos días. -¿Quiere café, señora?

-No, solo un poco de zumo.

-Claro, señora, voy, le preparé un zumo.

-¿Has dormido bien? -Sí.

Gracias a Dios, el sueño me ha permitido ver con claridad.

Lamento las incongruencias

que dije anoche.

-¿Ya no crees lo del cambio del niño?

-No.

Tampoco el llanto que creí escuchar por la noche.

Ahora me doy cuenta de que eran ilusiones mías.

Pido perdón.

-Celebro que rectifiques y... te entiendo.

Perder a una hija es lo más duro que le puede pasar a una mujer.

-Y tú has tenido que pasar por ahí.

Sabes

que puedes contar con todo nuestro apoyo.

-Gracias.

Será importante para mí.

-Si así lo deseas, podríamos acercarnos a la parroquia

y encargar misas por su alma. Yo ya pensaba hacerlo.

Aunque mi nieta no ha sido bautizada, quiero pedir

por su salvación eterna.

-Iré con usted, madre.

Pero hoy no, no me encuentro con fuerzas para salir.

-El médico te ha recomendado reposo.

Tómatelo con calma.

Durante unos días.

(CARMEN) Señora.

(ÚRSULA) Tráele también un poco de fruta.

Necesita recuperar fuerzas.

-No es necesario, de verdad.

-Solo quiero que te recuperes.

Aunque haya sido un duro trance, quizá pasar juntas

este calvario nos ayude a olvidar viejas rencillas.

Madre, ¿se va a comer todo eso?

No sé cómo no revienta.

-Voy a tener que desayunar en la habitación

para que me dejéis tranquila. Como porque tengo hambre.

De lo contrario, ayunaría.

-Ya verás cómo te vuelve a dar la gota.

-El que faltaba. ¿Os molesto yo?

Me duele a mí el pie.

Pues yo corro los riesgos. -En eso tiene razón.

Coma, pero después no se queje.

-Y luego como como un pajarito.

-Como un águila imperial.

-Estás jugando con fuego, marido. Vamos a cambiar de tema.

Hija, ¿vas a ir a ver

a Blanca?

-Ayer me encontré a Samuel y me dijo que nos avisaría.

-Cualquiera sabe lo que ha pasado ahí.

Ayer se decía de todo por el barrio.

-Qué cotilla es la gente, menos mal que yo no peco de eso.

-¿Usted pecar? De todo, madre, de todo menos de eso.

(LIBERTO) Ni de eso

ni de gula. -Estáis muy pesaditos hoy.

¡Lo que os tengo que contar!

No sabéis lo que me pasó ayer con Flora.

Espero que esa muchacha no haya dormido en el calabozo.

-¿Cómo?

A las buenas, primo. ¿Qué es lo que estás haciendo?

-Tallando un santo. -Cuánta maña

te das para esos menesteres.

-No me ha quedado tan bien como otras veces, pero lo apañaré.

-Bueno, me voy a quedar un rato a descansar contigo.

Que ya estoy harta de doña Rosina.

Esta mujer es más pesada que matar un cerdo a besos.

-Pensé que te llevabas bien con ella y que te apreciaba.

-Yo le tengo aprecio a ella y ella me lo tiene a mí,

pero es insoportable. -¿Te dará libre

para esta tarde? -¿Para qué?

-Merienda en el altillo.

-¿Es que es el santo de alguien? -Ven y verás,

te esperamos. -Si se trata de una sorpresa,

espero que sea buena, que para las malas no me pido la tarde.

Esas vienen solas. -Será buena.

Tú ven. Y ahora, a trabajar, que se hace tarde.

-Pues a la tarde te veo. -Buen día, buen hombre.

¿Es usted el portero del 38? -Nones.

Ese es el Servando, pero nunca está.

-A lo mejor me pueden ayudar. Busco a Silvia Reyes.

-Pues está en el segundo, en la casa

del coronel Valverde.

-Gracias.

-No deberías dar información.

No sabes ni quién es.

-Tenía pinta de ser un hombre decente.

-También parecía decente Angiolillo y mató a Cánovas del Castillo.

(ROSINA) "No sé quién se cree"

ese sereno nuevo pidiendo las facturas del champán.

-Su obligación es

comprobar que en el barrio todo sea legal.

-¿Y tenemos que obedecer a cualquier pelagatos?

Si no es policía y va con un chuzo.

-Son la autoridad mientras no haya otra cerca.

Han aprobado unas oposiciones.

Y el gobierno les da esa atribución. -Que sí,

pero dinos qué es lo que pasó.

¿Detuvieron o no a Flora? -No sé, yo puse pies en polvorosa.

-¿Cómo?

-Aquello era un asunto entre Paquito y Flora.

(LIBERTO) ¿Le hiciste sacar las botellas del almacén

y luego la dejaste en la estacada con ese hombre?

-¿Querías que me metiera en líos?

-En líos que usted causó.

-Yo no traigo contrabando de Francia.

-No los trae, los compra. -¡Ah!

Y tú te los bebes. Flora se maneja en los límites de la ley,

no como yo, que soy una señora.

No debiste dejarla sola. -¡Me estoy enfadando, Liberto!

¿Quieres que lleven presa a tu esposa?

-Es humanidad. -No seas tan humano o verás.

Cada vez que se pronuncia el nombre de Flora, la defiendes.

(Llaman a la puerta)

-Voy yo, que Casilda no está.

-No sé para qué le pagamos el sueldo.

-Espero que no hayan detenido a Flora. No, no rechistes ni empieces

con tus quejas. No estoy de humor.

No se puede hacer lo que a uno le peta

sin ver las consecuencias.

-¡Me estás irritando mucho!

(LEONOR) Era el cartero.

Es una tarjeta de Samuel Alday.

(Llaman a la puerta)

Felipe, tienes visita.

-Samuel, qué sorpresa.

Y qué oportuno. Por favor, tome asiento.

-Perdone que me presente sin avisar.

-Esta es su casa y puede venir cuando quiera.

Estábamos inquietos por saber de Diego y Blanca.

-Estamos todas muy preocupadas por Blanca.

Perdone que sea directa.

-Usted puede ser todo lo directa que quiera.

Es amiga de ella y de la casa.

Si también toma asiento, les resumo

su situación lo mejor que pueda.

Bien.

Saben que Diego y Blanca sufrieron el ataque de unos bandoleros.

Probablemente,

vulgares asaltadores de caminos.

Quizá Diego se resistiera y esos bandidos se ensañaron,

mataron al cochero

y arrojaron a mi hermano por un barranco.

-¿Está fuera de peligro? -Sí.

Tuvo suerte.

Está en un hospital de la zona con magulladuras y algún hueso fisurado.

Blanca consiguió escapar y esconderse.

Antes de recibir ayuda,

se puso de parto en medio de la nada.

-Qué horror. Es la peor pesadilla de una mujer.

-Blanca se desmayó a causa del dolor.

Cuando volvió en sí, tenía a su hija muerta a su lado.

En su desesperación,

quizá para consolarse, dice que tuvo un niño

y que alguien se lo cambió.

-Qué infortunio.

-Por fortuna ha entrado en razón y se ha disculpado con doña Úrsula,

a quien culpaba de todo. Todos sabemos que Úrsula

es muy difícil.

Pero ha sufrido mucho con todo esto.

Esa niña muerta era su nieta.

-Nadia se libra del sufrimiento en este triste asunto.

¿Y cómo está Blanca ahora?

-Está débil, pero recuperándose.

He avisado a Leonor para que vaya a verla.

Pronto podrá hacer usted lo mismo.

Es aconsejable que no reciba muchas visitas.

-En cuanto sea posible, por favor.

Quiero darle todo mi cariño.

Les dejo a solas para que hablen de sus cosas.

¿Quiere un café? -Por favor.

-Sí, gracias.

-Supongo que ha venido a pedirme

asesoramiento profesional. -Así es.

Diego sigue siendo un prófugo y sobre él cae

una orden de busca y captura. -No entiendo

que no se hiciera efectiva en el hospital.

-La suerte le habrá acompañado.

Me gustaría compensarle tanta desgracia.

Liberarle de este problema.

He hecho las gestiones que usted me pidió.

He hablado con el marqués de Viana para conseguirle el indulto.

-¿Será posible? -Los pasos están dados.

Las perspectivas son halagüeñas.

Pero ya conoce el dicho, las cosas de palacio van despacio.

Espero darle pronto buenas noticias.

-Se lo ruego, Felipe, la situación de mi hermano

es ahora mismo preocupante, personal y legalmente.

Buenos días. -Buenos días.

Qué vergüenza siento. -¿Por qué?

-Mira qué hora es.

No hace ni media hora que me he despertado.

El tiempo que he necesitado para asearme.

-No es de extrañar, anoche nos retiramos muy tarde.

-Sí, y tú estás desayunando, aseado,

y con el periódico a medio leer.

-Son costumbres militares que no quiero imponer a nadie.

Lo importante es que la velada de ayer fue maravillosa.

-Sí, sí que lo fue.

¿Y si lo retomamos donde lo dejamos?

-Lo último que recuerdo fueron besos.

-A eso me refiero. ¿O ya no me vas a dar más besos?

-Más que ninguna otra cosa en el mundo.

-Soy tan feliz...

que temo despertarme y que todo haya sido un sueño.

-No temas, porque es real.

Y nadie podrá arrebatárnoslo.

-Dios te oiga.

(Llaman a la puerta)

Agustina ha ido al mercado. Yo iré.

(HOMBRE) Deseo ver a la señorita Reyes.

-Silvia, este caballero quiere hablar contigo.

-Solo le robaré unos minutos, señorita Reyes.

-Disculpe, ¿nos conocemos de algo?

-Mi nombre es Esteban Márquez.

Y es de vital importancia para mí que me escuche.

Y usted también, coronel. (FLORA) "Por un momento,"

pensé que dormía en el calabozo. Sobre todo

cuando su madre se fue. -Siempre igual.

Tira la piedra y esconde la mano.

-Pero ¿cómo conseguiste librarte del sereno?

-Todo el mundo tiene un precio, incluso el sereno.

-¿Caro? -En absoluto,

muy barato.

Algo sin importancia. -¿Que le pidió?

-La curiosidad mató al gato. Secretos entre él y yo.

-¿Secretos con el sereno? -Es simpático. Y también guapo.

Además,

bueno es llevarse

con el sereno del barrio

por si vuelvo a recibir visitas no deseadas.

-Flora, ¿de verdad estás segura

de que era el verdadero Íñigo Cervera?

Si estuviera vivo,

habría aparecido ya y reclamado lo suyo.

-¿No me crees?

-Creo que no mientes.

Y que estás segura de que era él,

pero tal vez te equivoques.

-La imaginación nos juega

malas pasadas.

-Estoy segura de lo que vieron mis ojos.

Tanto como que vosotros estáis aquí.

-Han pasado ya varios días y no ha vuelto.

Leonor y yo no podemos estar eternamente atrasando nuestro viaje.

-La gente empieza a sospechar.

Nos marchábamos a la vez y nos surge un imprevisto al mismo tiempo.

-Pero no me podéis dejar sola.

Ese hombre es él.

Peor vestido, más desmejorado, pero no me equivoco.

-Flora, no puedes estar segura.

Le vio un momento y con muy poca luz.

Usted misma denunció que hay un ladrón.

No sería de extrañar que ese hombre fuera un vulgar ratero.

Entro aquí para hurtar algo.

-Flora, esperaremos un día más.

Si no aparece, Leonor y yo partiremos.

(ESTEBAN) "Les ruego disculpen mi atrevimiento"

por irrumpir en su casa de esta forma.

Mas mis razones son poderosas.

-¿Por qué ha venido a hablar con nosotros?

¿Tenemos algún amigo en común

que pueda darnos referencias sobre usted?

-No, solo me he basado en mi necesidad de solucionar un problema

y en mi confianza en que me ayuden.

-¿Y cómo ha conocido nuestros nombres?

-A través del periódico.

Leí su historia y supuse

que la relaciones con la Casa Real eran óptimas.

-No son malas.

-Necesito que las usen a mi favor.

-Mi respuesta es negativa.

No utilizaría mis posibles influencias

ante el futuro rey ni en mi propio favor,

mucho menos en el favor de un tercero.

-Mis intenciones son humanas y encomiables.

De su ayuda depende la vida de un gran amigo mío.

-Con su desfachatez, encontrará mejor solución

que presentarse en casa de unos desconocidos

para pedirles que pongan en peligro una amistad

con peticiones personales.

Discúlpenos.

-Acompaño yo al señor Esteban, tú sigue desayunando.

-Coronel.

-Espérenos esta tarde en La Deliciosa.

Hablaré con el coronel Valverde y escucharemos su problema.

-Gracias, señorita Reyes.

No lo soporto. Para esto, nos quedamos en casa.

-Ya te lo dije.

-Tu padre se cree que no sé cuidar mi virtud. Menuda vergüenza.

-Ramón, deja el dichoso silbato, nos mira todo el mundo.

-Que nos miren.

-Ramón, que Lolita es de Cabrahigo.

No va a hacer nada hasta que venga un cura.

-Tú también eres de Cabrahigo, ¿te recuerdo nuestro noviazgo?

(TRINI) Anda... -(SILBA)

Que corra el aire, separaos.

-Suelta, no soporto este bochorno.

-Que no, le voy a hacer tocar el pito durante todo el paseo.

Va a pasar él más desdoro que nosotros.

-Si no fuera una criada, no nos haría pasar esta vergüenza.

-Que pasear contigo no es ninguna vergüenza, es un orgullo.

Mira. Se va enterar.

-(SILBA)

Ya está bien. -Ramón,

por favor. Deja a los chicos tranquilos.

-¿Y que los vea todo el mundo?

-Nadie nos miraría si no llevara ese pito.

Está haciendo un ridículo de época.

-Bueno, ya está. Se acabó. Vamos a continuar y tú me das el pito.

Vosotros, arreando. Vamos detrás.

-¿Le puedo coger la mano, doña Trini?

-Lolita, ¿a ti qué te parece?

-Pues que sí, que me gustaría.

-Le gustaría, hala, pues arreando. Venga. Tira.

-¡Dame el pito, el pito! -Ni pito ni pita, Ramón.

Tú, calladito, que son novios, venga.

Mira, ¿qué te parece este título para mi novela?

"César Cervera y el mayor misterio del mundo".

Se me ocurrió ayer.

-Tiene fuerza.

Aunque más que una biografía parece una novela.

-No sé si eso es bueno o malo.

Desde luego, las novelas de aventuras se venden mucho.

Las obras de Julio Verne se venden como rosquillas.

-La verdad es que no tengo ni idea. De todo eso sabes tú mucho más.

-Te estoy aburriendo. -No.

No, no, me fascina que seas capaz de escribir

estas historias.

-Yo solo trato de entretenerte, Blanca.

Ya sé que tienes

preocupaciones más importantes. Pero creo

que deberías despejarte para ver las cosas con perspectiva.

-Te agradezco tu empeño, Leonor, sé que es lo mejor para mí.

Pero todo ha sido muy impactante.

-Ya.

Ya lo sé.

¡Ay!

Despertarte y ver a tu hija...

muerta a tu lado tiene que ser...

-Quieres morirte tú misma.

Crees que la vida no puede seguir,

que tus motivos para vivir han desaparecido.

¿No lo hueles?

-¿El qué?

-Huele a leche.

A niño de pecho,

a leche maternal.

-No, Blanca, yo no huelo nada.

-Me estoy volviendo loca.

Leonor, te juro que huelo a leche y que escucho el llanto de un niño.

Me estoy obsesionando.

-Leonor,... gracias por venir a visitar a mi hija.

-Siempre es un placer.

-Lo que siento es que no te puedes quedar.

Blanca necesita descansar.

-Madre, déjame un poco de paz.

Me viene bien la presencia de Leonor.

-Pero yo lo hago por tu bien.

-Me iré enseguida, doña Úrsula. Déjeme despedirme.

-Como quieras.

Ya ves que tiene los nervios a flor de piel.

Te repito que gracias por venir.

-Blanca, creo que tu madre tiene razón.

El médico te ha ordenado reposo. Por una vez,

tu madre está haciendo lo que debe.

-No la creas.

Nunca la creas.

-¿Hay algo que quieras contarme?

-Nada.

Es mejor que te vayas.

-Blanca, sabes

que puedes confiar en mí, ¿no?

-Lo sé.

Vete.

-Intentaré visitarte esta misma tarde.

Descansa.

¿Primo?

¿Y para qué me habrá dicho mi primo que suba

si aquí no hay nadie?

Bueno...

-Casilda, hija.

Ven, siéntate.

-Pero ¿para qué? -Venga, siéntate, mi niña.

-Esta es la historia

de dos amantes eternos, Casilda y Martín.

Una historia inolvidable, hermosa y feliz.

Martín la conoció

al volver de la guerra y su corazón le regaló.

Ella le dio la gracia y con un beso

le premió. -A partir de entonces,

nada ni nadie los separo.

-Involucrado en un terrible atentado,

en la cárcel Martín fue encerrado.

Allí los amantes se casaron porque el amor

no había terminado.

Casilda demostró que su esposo era inocente

y Martín salió a la calle reconocido como un hombre decente.

A partir de entonces, nada ni nadie los separó.

(FABIANA) Los celos

por la despampanante Enriqueta d'Or

tampoco fueron capaces de acabar con su amor.

Martín

siguió con Casilda aunque Enriqueta lo perseguía.

Nada ni nadie lo lograría.

El verdadero amor jamás se destruiría.

(AGUSTINA) A partir de entonces, nada ni nadie

los separó.

-Un día, una bala alcanzó el pecho de Martín.

Antes de morir,

le pidió a Casilda que fuera feliz.

Cuida de mi corazón, Casildilla, es lo que Martín le rogó.

Ella aceptó, pero entonces algo insólito ocurrió.

-Casilda olvido a su esposo,

a su amor,

estos versos tratan de recordar

la historia de dos amantes eternos,

la historia de Casilda y Martín,

una historia de amor inolvidable, hermosa

y feliz.

-Muchas gracias.

-¿Te ha gustado, Casildica?

-Mucho, mucho.

-El mérito ha sido del Jacinto.

Qué arte tiene.

-Las noches en el monte con los borregos.

Les recito a las estrellas lo que pasa.

Pero nunca lo había hecho

con público

que no fueran las ovejas, claro.

-Pues muy agradecida, primo.

-Lo importante es lo que se han acordado todos de ti y Martín

para que yo escribiera esto.

-Y con mi ayuda, porque la mitad de los versos

se los he dado yo.

-Pero se nos olvida lo más importante.

Que el Martín nunca quería verte llorar.

(FABIANA) Eso. Siempre

feliz y contenta.

Así te quería él

para siempre jamás, Casilda.

(AGUSTINA) Y como decía mi abuela,

a las penas, puñaladas.

(CASILDA) Bueno, pues intentaré

cumplir la promesa que le hice a mi Martín.

Muchas gracias, de verdad.

Muchas gracias por recordármelo.

(FABIANA) Ay, mi niña. -Muchas gracias.

(ARTURO) "Dé las gracias a doña Silvia".

Si estamos aquí, es porque ella ha insistido.

-Se las doy a ambos, coronel.

Necesito su ayuda y no sé dónde más acudir.

Por favor.

(SILVIA) Cuéntenos.

¿En qué podemos ayudarle?

-Lo que pido no es para mí.

Se trata de un antiguo compañero de colegio.

Mi mejor amigo hasta que fue reclutado para ir a Filipinas.

-Abrevie, por favor. -Luis Checa, así se llama.

No tenía que haber ido a la guerra.

Salió excedente de cupo, pero el mozo que le precedía

pago las 2000 pesetas que costaba librarse.

-Defender a tu país

no debería depender de cuotas. -Acabó en Filipinas.

Combatió y cayó preso de las tropas

del general Aguinaldo.

-¿No regresaron a España todos los soldados que quedaron?

-Todos creen que han vuelto y nadie hace nada por los que han quedado.

Por eso les necesito.

Si esta historia llegara a oídos

de don Alfonso... La Casa Real es la única que puede interceder.

-¿Y cómo sabe que sigue vivo? -No estoy seguro.

Pero otro solado lo afirma.

Me contó que a Luis le ofrecieron casarse

con la hija de un jefe tagalo.

Y que él, que tiene a su novia en el pueblo, se negó.

Ahora vive casi esclavizado.

-¿Ha hablado con el gobierno militar?

-Lo he intentado todo.

Nadie me hace caso.

-Arturo, tenemos que hacer algo,

tenemos que salvar al soldado Luis Checa.

Pero ¿qué haces aquí?

Cuando he recibido tu nota, no me lo podía creer.

-No podía seguir más tiempo encerrado en ese hospital.

-Tus heridas pueden agravarse, ten un poco de seso.

-Mis heridas ya están lo bastante mal como para preocuparse.

Necesito ver a Blanca.

-Te has vuelto loco. Felipe está trabajando

en tu indulto.

-No voy a obstaculizar sus gestiones.

-Sí, Diego.

Si la policía te descubre,

nada habrá servido para quitarte tus problemas.

No puedes saltarte a la torera lo que todo el mundo te aconseja.

-Yo comprendo lo que me dices.

Pero no tengo tiempo, ¿cómo está Blanca?

-Débil. Ha parido en medio del campo,

su hija nació muerta, ¿cómo quieres que esté?

Pero recuperándose con reconstituyentes, reposo

y buenos alimentos. -¿Y su ánimo?

-Parece que vuelve a la realidad.

Ha dejado de decir que ha parido a un hijo

y que alguien se lo ha cambiado por una niña muerta.

-Gracias a Dios.

-Debes marcharte.

Puedo darte algo de dinero para que te pongas a buen recaudo.

-No me marcharé sin verla.

Con tu ayuda o sin ella.

-Está bien, pero que sepas que eres un terco

que puede echarlo todo a perder.

Deberás esperar.

Úrsula no puede verte o te denunciará.

-Gracias por tu ayuda.

-Somos hermanos, no lo olvides.

No puedo imaginarse lo bonito que fue.

-Ya veo.

Que tus amigos te compongan unos versos tiene que ser

de lo más emotivo. -La pena es que yo no aporté nada.

Apenas conocí a Martín.

Murió al poco de que yo llegara a Acacias.

Aún así, me rodaban lágrimas.

-Casilda es una joven muy afortunada de tener los amigos que tiene.

-Acacias tendrá muchos defectos, que los tiene.

Pero pocos sitios hay donde la gente

se preocupe tanto por los demás.

Los señores y los criados.

-No hay cosa mejor que ayudar a los demás.

-Agustina, ya puede servir la cena. -En un periquete

lo tengo todo listo, señor.

-¿No vamos a ayudar a Esteban?

-No tenemos forma de hacerlo.

-¿Por qué te niegas? ¿No te conmovió su historia?

-Te voy a ser sincero.

Ayudaría a alguien que me lo pidiera,

pero hay algo en él que me da mala espina.

-¿Por qué?

-Han vuelto todos los prisioneros excepto media docena.

Y este se queda por no casarse con la hija de un jefe tagalo.

-Sería feísima.

-No.

No sé por qué, pero no me fío.

-No seas desconfiado. -¿Y si fuera verdad?

-¿Y si no lo fuera? -El nuevo Arturo, el hombre

al que yo amo, se pone en lo mejor,

da oportunidades a la gente y ayuda a los demás.

¿Qué nos cuesta hacer un par de preguntas sobre Luis Checa?

-Supongo que nada.

-Pues hagámoslas.

-Gracias, Agustina. -Gracias.

Buenas noches, serenísimo sereno.

-Tiene gracia. Me voy a anunciar así.

Su serenísimo sereno Paquito.

Para servir a Dios, a la patria y a usted.

¿Cómo va todo?

-Esperando a que se vacíe la terraza

para poder cerrar e irme a descansar.

-Si quiere, les echo.

Con acercarme con el chuzo en la mano, me entenderán.

-No hace falta. Llevan una hora ahí.

En algún momento ahuecarán el ala.

Tengo los cigarrillos que pidió.

-Sea discreta. -Perdone.

No nos han escuchado.

-¿Se imagina si alguien averigua que tengo asma y pierdo mi empleo?

-Su secreto está en buenos manos conmigo.

Se los puedo dar a escondidas cuando cierre.

Si quiere, nos podemos encontrar en la puerta trasera.

-Mejor. Mejor.

¿De verdad que no quiere que las eche?

-No, pero sí que me puede ayudar en otra cosa.

Me han vuelto a robar.

Pequeñas cantidades, pero sumando y sumando...

Encuentre ya a ese hombre.

-Vamos a tenderle una trampa.

Vamos a dejar la propina encima de una mesa.

-¿Como un cebo? -Eso es.

Y si pica, lo atrapamos.

-Vamos a hacerlo, Nos vamos a dar un banquete.

-Sí.

Sorpresa.

-¡Diego!

¿Qué haces aquí?

Mi madre podría descubrirte.

-Samuel me ha ayudado a entrar.

-¿Cómo estás?

Llevas muletas.

-He estado mejor, sí.

Pero me recuperaré.

¿Y tú?

-Triste.

Preocupada.

-Abrázame.

-No quiero hacerte daño, Diego.

-Mi amor, tus abrazos son un bálsamo para mí.

Felipe está tratando de conseguirme un indulto.

Deberé esconderme unos días.

Pero, después, todo estará bien y podremos partir juntos.

-No podemos irnos todavía.

Falta Moisés.

-Blanca...

Tendremos más hijos.

Y al primer varón lo llamaremos Moisés.

-Moisés está vivo.

La niña muerta que me pusieron al lado no es nuestra hija.

-Blanca, por favor.

-Diego, esto no se lo he dicho a nadie.

Ni siquiera a Leonor.

Pero creo que tú tienes que saberlo.

Moisés está vivo.

Y está escondido en esta casa.

¡Sereno! (PAQUITO) ¡Ya va!

-Pues que ha vigilado usted bien, ¿no?

Se ha llevado la propina.

-Pues le juro por lo más santo

que he estado vigilando la mesa desde las sombras.

-Ya me explicará cómo se ha llevado la propina sin que lo viéramos.

-Es más astuto de lo que pensábamos.

-Lo que usted tiene que pensar es una forma de atraparlo.

He tenido que inventar tantas mentiras para sobrevivir,

que no me será difícil preparar alguna más

para el lector.

Las escribiremos pues.

-Pero las escribiremos lejos,

donde nadie se inmiscuya en nuestra vida.

-Mañana partiremos.

Y mañana empieza todo.

(Puerta abriéndose)

Don Feliciano es responsable de la Oficina Comisionada

para la Repatriación de las Tropas. -Ya ve,

señorita Reyes, servidor público como usted.

-En fin, sentémonos.

Señorita, un café, por favor.

Porque quiere uno, ¿verdad? -Naturalmente.

Ya lo echaba en falta.

-He citado a don Feliciano

para ver si puede ayudarnos en el caso de Luis Checa.

-¿Lo cree usted posible?

-No garantizo nada. Tendrán que ponerme en antecedentes.

(LIBERTO) "Estaba pensando".

Jacinto bien podría ayudarnos a cuidar el jardín.

-¿Tú te has vuelto loco?

¿Meter a un pastor en mi casa?

(CASILDA) Señor, muchas gracias. Dios se lo pague.

(ROSINA) Pues que Dios le pague

el jornal a tu querido primo.

(CASILDA) Bueno...

Yo voy a correr a pregonárselo.

Se va a alegrar mucho.

Ya tiene quehacer y encima pagado. (SILVIA) "Le pido que cumpla"

con su deber, es pura desidia lo de este hombre.

-Señor Ochoa,

verá, solo le pedimos, usted conoce mejor el procedimiento,

pero, en este caso, bastaría con enviar una misiva

a nuestra embajada y otra al gobierno estadounidense.

-Muy complicado. Y arriesgado.

-¿Para quién? -Para mí.

Sería como agitar un avispero en el ministerio.

-Cobarde. -¿Señorita?

-¿Qué traes, gañán? -El pedido de harina.

-Pues déjalo en la cocina.

-Muy bien.

Listo, señor, ahí se lo he dejado. Ah, deme un momento, por favor.

-¡Íñigo, que es el!

(BLANCA) "¿Soy la única encerrada en esta casa?".

-¿Qué quieres decir?

Hija, tenemos que arreglar esto.

Yo me desvivo por cuidarte

y tú me devuelves frialdad y algo que yo calificaría de rencor.

¿Por qué, Blanca?

(FELIPE) "Una tragedia así"

no deja indemne a nadie. -No, Felipe.

No es una forma de hablar.

Su cordura me preocupa.

De hecho, quería pedirles otro favor a usted y a su esposa.

-Lo que quiera.

Ya sabe que si está en nuestra mano...

-Quería pedirle...

-Supongo que mi hermano

le está agradeciendo sus gestiones.

-Sí. Así es.

-En realidad, estaba a punto de pedirle otro favor.

Me gustaría

que nos ayudara a salvar a Blanca.

No solo sigue creyendo quimeras, sino que te ha contagiado.

-No me ha contagiado nada, Samuel.

Solo que no podemos quedarnos de brazos cruzados.

Tenemos que ayudarla.

Tenemos que buscar una manera de que acepte la realidad.

-Cuenta conmigo, Diego.

-"Ven, vamos a caminar".

Te vendrá bien salir un poco del barrio, airearte.

-Eso no es lo que necesito, Diego. Necesito recobrar a mi hijo.

¿Adónde vamos? -A un lugar

que ayudará a recuperarte.

-Yo no quiero ir a ningún sitio, Diego.

Alejarme de Acacias es alejarme de mi hijo.

-Blanca,... por favor.

-Está bien.

  • Capítulo 745

Acacias 38 - Capítulo 745

19 abr 2018

Flora logra que Paquito no la detenga: el sereno sufre asma y necesita cigarritos balsámicos de contrabando. Leonor e Íñigo ponen en duda que el personaje al que vio Flora fuera el verdadero Íñigo Cervera. Ella está dispuesta a comprobarlo y pide ayuda a Paquito para capturar el presunto ladrón.
Samuel pide a Felipe que intervenga para que Diego sea liberado de sus cargos judiciales.
El joven misterioso, de nombre Esteban, se presenta ante Silvia y Arturo para pedirles su ayuda. Arturo no parece dispuesto, pero Silvia le convence para que ayude en lo que pueda.

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  1. Marilu

    Nuevamente los guionistas apelando a la acostumbrada situación de escenas que no son reales sino sueños de los personajes. Ahora hacen ver que el verdadero Iñigo acecha a los hermanitos, amenaza con un arma a Flora, pero en realidad, según el anuncio de nuevos personajes en Acacias, dicen que Iñigo, el verdadero, en realidad NO RECUERDA NADA DE LO QUE LE PASÓ y acaba siendo mozo y un "excelente pastelero " en La Deliciosa. Muchachos, están repitiendo demasiadas situaciones, si no les da el cerebro para algo mejor, pónganle la palabra FIN a esta historia y terminenla con honor.- No se otros seguidores pero YO ya veo venir las cosas antes que las definan, son extra previsibles los guiones, parece que se le está terminando el " hilo al carretel "

    20 abr 2018
  2. Este comentario ha sido eliminado

    20 abr 2018
  3. pilar mendez laguna

    Preciosa y conmovedora la historia de amor entre Casilda y Martín en verso!

    20 abr 2018
  4. Yanet

    peroooo Arturo Balverde de mis amores y tu Silvia preciossiisimaaa se los aprecia monton esta nueva pareja.

    20 abr 2018