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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 716 - ver ahora
Transcripción completa

Traigo noticias del conflicto en la mina.

-¿Ha mejorado? -Todo lo contrario.

Los ánimos están más caldeados.

Pero se ha confirmado que Diego ha salido ileso de todo eso.

-Gracias a Dios. -Se ha confirmado

lo que todos sospechábamos:

quién ha sido el autor de los chivatazos a la guardia.

-¿Quién? -El empresario

Jerónimo Ribau.

-"Empiezo a ver lo peligroso que es esto".

-¿Estás preocupado por mí?

-He de reconocerte que sí.

-Pues no lo hagas.

Primero, porque no es la primera vez que me veo en estas circunstancias.

Y, segundo, porque tú y yo no somos nada más que compañeros de trabajo.

-Leonor...

Te estaba buscando...

¿Tienes un minuto? -Lo siento, tengo prisa.

¿Cree que Úrsula tiene algo que ver en todo esto,

que le ha facilitado a Ribau la ubicación de los mineros?

-Podría ser. -Pero ¿cómo habría de saberlo ella?

-No tengo ni idea, hijo.

Pero sí la sospecha de que ha estado utilizando nuestro apellido

para alcanzar algún tipo de acuerdo con Ribau.

-¿Qué opina, coronel? La desaparición puede estar relacionada

con la coronación?

-"Compañero de mi padre, habitual en sus expediciones".

Él podría contarle lo que usted quiere saber.

-¿Y dónde vive ese doctor?

-En un pueblo, no muy lejos de aquí.

Yo mismo le podría acompañar, si usted quiere.

-Está bien. Organícelo todo para mañana.

-"Al parecer, los Koval"

fueron acusados de la implicación

en el Levantamiento de Enero de 1864.

Un movimiento de rebelión contra el Imperio ruso

en la República de las Dos Naciones.

-¿Adónde fueron?

-Nadie lo sabe a ciencia cierta.

pero algunos me dijeron que, en su momento,

corrieron rumores de que pudieron venir a España.

He preguntado discretamente a mis contactos,

pero nadie sabe nada.

No sé dónde más buscar.

-Quizás usted no lo sepa,...

pero yo sí.

Debe seguir tras la pista de los Koval en España.

-España es muy grande, señora.

No sé ni por dónde empezar.

-Inténtelo en La Mancha.

Pregunte allí por ellos,

en sus pueblos.

La casa estaba cerca de un molino de viento.

-Parece muy segura de eso.

-Lo estoy.

-Es más de lo que tenía.

Pero me crea otras preguntas. ¿Cómo lo sabe?

¿Por qué no me lo dijo antes? Y, sobre todo,

¿qué más me ha ocultado?

-Le pago para preguntarle, no para responderle.

-Así es.

Pero podría satisfacer antes su curiosidad

si me hiciera partícipe de lo que sabe.

-Ya le he dicho que apenas recuerdo nada de mi pasado.

Solo tengo imágenes inconexas, incompletas.

-Pueden ser de vital importancia para mi investigación.

Dígame exactamente... qué es lo que ha recordado.

-Nada que sea de su interés. -Deja que eso sea yo

quien lo decida.

No debe guardarse ningún detalle.

-Ya le he dicho todo lo que debe saber.

Busque rastros de los Koval en La Mancha.

Haga su trabajo de una vez.

(Sintonía de "Acacias 38")

Es él.

No me cabe la menor duda.

Es el hombre que vi salir de la casa de Zavala.

-Por lo que sé, Velilla fue compañero de promoción de Tamayo.

-Así que fue él quien lo introdujo en casa de Zavala.

¿Sabemos algo de las investigaciones policiales?

-Están encargándose del caso,

pero no vislumbran lo que hay detrás de esta desaparición.

-¿Y a qué esperamos para informarles?

-Coronel, debemos actuar con cautela.

El temor a que don Alfonso pueda ser asesinado,

no se puede pregonar a los cuatro vientos.

-Y avisar a la policía de que podría haber sido asesinado

por negarse a participar en una conspiración,

sería como anunciarlo a los cuatro vientos.

-Sí. Un secreto está mejor guardado en un mercado

que en una comisaría.

-Pero no podemos dejar que el crimen quede impune.

-Yo no he dicho eso. Se hará justicia, no lo dude.

-La memoria del teniente Velilla lo merece.

Al parecer, prefirió morir antes que faltar a su deber.

-Usted lo ha dicho, "al parecer".

Esperemos que se negara a participar en el magnicidio.

Y que no haya despejado el camino al general Zavala.

-¿Hay otra explicación a su desaparición?

-Por desgracia, sí.

Que haya sucumbido a sus pretensiones a cambio de un buen dinero

y que se haya escondido para ponerse a buen resguardo.

-Su buen nombre en los círculos militares

me hace pensar que no ha sido así.

-Sí,

yo también lo dudo.

Vi cómo Tamayo le seguía cual depredador a su presa.

Estoy convencida de que Velilla

pagó con su vida por negarse a participar.

-No basta con un presentimiento.

Ve a casa de Zavala, debemos saber la verdad.

¿Quieres que te ayude, Lolita?

-Pierda cuidado.

Una se basta y se sobra para hacer su faena.

-¡Arrea, Lolita, pedazo sábana!

Déjame que te ayude. Si no, vas a tardar una eternidad.

-Agradecida, Casilda.

-¿Aceptas la ayuda de Casilda después de haber rechazado la mía?

-Ya, de usted, su ayuda no es lo único que rechazo.

-¿Se puede saber por qué me seguís tratando con tamaño desdén?

No os he hecho nada, a ninguna de las dos.

-Ni falta que hace.

Pero con la "señá" Fabiana tiene asuntos pendientes.

-La seguís como perritos falderos.

-Como chuchos no, como amigas fieles.

Es como una madre para todas nosotras.

-Sí. Y ándese con cuidado, señora Carmen, con tomarla con ella,

porque, si no, va a salir escaldada.

-No queremos saber nada de usted.

¿Le queda claro?

-Como el agua.

Os dejo, así no os molestaré más con mi presencia.

-Espere.

Han dejado ese sobre en la portería, que es para usted. El de ahí.

-¿Quién lo ha entregado?

-No lo sé.

(LEE) (RIERA) "Carmen, me gustaría pasear con usted mañana tarde

por la ribera del río".

"Si la idea es de su agrado, la esperaré

en la esquina de La Deliciosa".

"Riera".

-¿Qué diría esa carta?

Se le han iluminado los ojillos.

-¿Te digo la verdad, Lola? No me importa.

-¿No te da pena la pobre?

¿No crees que estamos siendo demasiado duras con ella?

-No lo creo.

Samuel, ¿qué haces levantado tan temprano?

-Esperarla.

Sé que suele ser la primera en levantarse.

-Así es.

Pero hoy tú te me has adelantado.

¿Ha sucedido algo grave?

-Sucederá si no hacemos nada por evitarlo.

-Habla,

me estás inquietando.

-Quería verla antes de que mi padre pudiera levantarse.

Ayer ya quise advertirla.

Mi padre está al corriente de su encuentro con Ribau.

-No, te estás equivocando.

Eso no es posible. -Me temo que sí.

Sabe que se conocen y que estuvieron conversando.

¿Y ha llegado a la conclusión de que fui yo

quien le informó de la ubicación de los mineros?

-Está convencido de que es así.

-(SUSPIRA)

¿Ha dicho algo más al respecto?

-No le va a gustar escucharlo.

Está muy molesto al saber que ha actuado a sus espaldas.

Y créame, no es el único.

¿Por qué me mantuvo al margen?

-Lo lamento, Samuel, pero ahora no tengo tiempo de excusarme contigo.

-Creí que teníamos un trato. -Y así es.

Pero no tengo por qué contarte cada pasó que dé.

-De acuerdo, que sea así.

En tal caso, se encargará usted de calmar a mi padre.

Yo me lavo las manos al respecto.

Eso sí, déjame advertirla que no le resultará tarea sencilla.

Llegó a confesarme que está pensando en apartarla

de su vida y de esta casa para siempre.

-Si eso ocurre,...

todos saldremos perdiendo.

Debemos evitarlo.

-¿Ahora me pide ayuda? -No.

Pero te digo una cosa por el bien de los dos,

debes contenerle, cueste lo que cueste.

La muerte de Velilla nunca debió trascender a la prensa.

-Aquí habla de desaparición, no de asesinato.

Deberíamos haber actuado con más discreción.

Esto no debería haber sucedido.

-Fue usted quien insistió en que lo eliminara.

Y no le faltaba razón.

Su negativa a colaborar no nos dejaba otra opción.

El teniente debía callar para siempre.

-Puede dar al traste con nuestros planes.

-En nada nos afectará.

Me he encargado de que el cuerpo no aparezca jamás.

Su caso será tratado como una desaparición más.

Es noticia de pocos días, pronto se olvidará.

-Mientras tanto, está en los diarios.

¿Y si alguien de mi servicio lo ve

y lo relaciona con el que hombre que estuvo aquí?

-¿Tan cultivados son sus criados que leen los diarios?

Y no son sus sirvientes quien nos debería preocupar.

-Entonces ¿quién? -Ya lo sabe.

La señorita Silvia Reyes, su prometida.

-¿Qué le hace pensar que puede inmiscuirse así?

-Que esta pueda afectar a nuestros planes.

En nada me interesan

sus cuitas de alcoba,

pero nuestra misión no permite testigos.

Y ella se ha convertido en una sombra.

-No se preocupe por ella. Sé manejarla.

-Juraría que es ella la que hace lo que quiere con usted.

-¡No le permito que me hable así!

-Aquí estás, querido.

Tu criada me ha abierto la puerta.

¿Llego en mal momento? -No, no se preocupe, señorita.

El general y yo ya hemos terminado. Ya me marchaba.

-Qué alegría verte.

-Tamayo no parece compartir

tus satisfacciones. No me tiene mucha estima,

pero no logro entender por qué. -En absoluto.

Soy yo, y no tú, el responsable de su actitud.

-¿Habéis discutido? -Asumimos una gran responsabilidad

en la Asociación de Patriotas. Es normal que genere tensiones.

Una mujer tan bella y encantadora como tú no debería preocuparse.

-Me preocupo por mi prometido. -Te lo agradezco.

Pero no hay nada de lo que preocuparse, créeme.

-¿No me invitas a un café?

¡Arre, Martín, decídete de una vez, que es para hoy!

-Disculpe, es que no sé qué más flores escoger.

-¿Estas qué tal son?

Ya las estás viendo y oliendo, ¿qué más te voy a decir?

Probarlas, no las he probado. -(RESOPLA)

Anda, quita.

Déjame a mí, anda.

Bueno,

puedes terminar con estas margaritas.

Seguro que a Casilda le van a encantar.

-Agradecido. No sé qué hubiera hecho sin su ayuda

y la de Lolita.

-Todos queremos ayudarte en el altillo.

-Bueno, todos no.

Servando no deja de cargarme con más faena

para compensar lo que voy a faltar.

-Será desgraciado.

Él te endiña a ti toda la labor y luego él se dedica

a tirarse a la bartola. -No es mal jefe, solo un poco vago.

-¿Un poco? Ay, Martín, que de bueno pareces tonto.

Bueno, pues aquí está. Este centro,

bien rebonito. -Diga usted que sí.

-¿Qué le debo?

-"Na" de "na", hombre. Es un presente mío.

-Pero... -Pero que no,

que no, que no, que no...

-¿Qué haces tú con esas flores?

-Son para tu señora. -Sí, para doña Rosina.

Me dijo que se las llevara. -¿Y por qué no me lo ha pedido a mí?

-¡Yo qué sé, ya sabes cómo es doña Rosina!

Me voy, que tengo mucha faena. -Trae, se las llevo yo.

-No, no, de ninguna de las maneras.

No quiero yo... que cargues con peso.

-Qué raro está este hombre últimamente.

Fabiana, ¿esas flores son para doña Rosina?

-¿Y para quién iban a ser si no?

¿O es que a estas alturas

vas a dudar tú de tu marido, mastuerza, eh?

Mira.

¿Te gustan?

Deliciosa.

Estas galletas están casi tan buenas como las que hacían Víctor y Juliana.

-Son exactamente igual.

Hemos logrado convencer a la antigua repostera

para que volviera.

-Entonces, el negocio va muy bien. -Viento en popa.

Así que son las mismas galletas.

La cocinera se ha empeñado en que compremos en el mismo lugar.

-Pues la cocinera se equivoca.

Ahora que las saboreo mejor,

estas galletas no son iguales. ¡Son aún mejores!

(RÍE) -En ese caso, cómase otra.

-Pero si ya me he comido cinco o seis de una sentada.

-Pero si son muy pequeñas.

Me alegra ver

que, a pesar de sus dolencias, ha recuperado el apetito.

-Nunca lo he perdido. Nada parece quitarme el hambre.

Ni las alegrías ni las desdichas. Ni siquiera cuando murió

mi adorado Maximiliano dejé de comer.

Debería dejar alguna para después.

Me espera una tarde de lo más intensa.

Martín le pedirá la mano de nuevo a mi criada.

-Estoy al tanto.

Ha reservado La Deliciosa para el ágape nupcial.

-Hace bien. Los pobres no tuvieron un buen casamiento.

Martín estaba injustamente encarcelado.

Ahora él quiere resarcirla.

-Me alegra escuchar que, aunque yo no haya conocido a ninguno,

sí que existen hombres románticos. -Vaya...

Deduzco que su esposo no lo es. -¿Íñigo, romántico?

Digamos que entre poco y nada.

-¡Flora, qué sorpresa!

¿Se puede saber qué haces comiéndote una galleta?

¿Qué galleta?

-La que te acabas de meter entre pecho y espalda.

Y veo que no es la única. ¿No te das cuenta

de que es malo para la gota? -Descuide,

su esposa solo ha probado una para no hacerme el feo.

Del resto he dado cuenta yo misma. -Ya.

No sé yo si creerla. -Pero ¡bueno!

¿Pones en duda su palabra? ¿Qué modales son esos?

-No dudo de su palabra, sino de tu glotonería.

Déjate de tontunas y escúchanos.

Le comentaba a Flora de las intenciones de Martín.

Va a pedirle a Casilda que se case de nuevo con él.

Y le he dicho al chico

que me encerraré en nuestra alcoba para dejarle vía libre en la casa.

-Estupendo, nos encerramos juntos. -¡Ay, no!

Es que no estoy para romanticismos y algarabías, mira cómo tengo el pie.

-¿Y dónde me escondo yo, en la despensa?

-No, no será menester. ¿Y si das un paseo con Flora?

-Se supone que la muchacha

tendrá cosas mejores que hacer. -No crea.

Con el personal al completo, puedo permitirme una tarde libre.

-No se hable más, arreglado.

-De paseo. ¿Qué os apetece?

Bueno, haré como hemos acordado,

pero..., ¿está segura de que su madre estará de acuerdo?

Es de mi vestuario del que estamos hablando.

no del suyo. -Lo sé.

Pero, cuando vine a hacer las pruebas del vestido,

Úrsula fue muy insistente.

No quería que bajo ningún concepto se apreciara su estado.

-Ya, pero yo no opino como ella. Debería habérselo hecho saber antes.

Voy a vestirme como siempre.

No hay razón para que oculte mi estado.

Mire, le daré orden a Carmen

para que le lleve mis viejos vestidos.

Solo debe ajustarlos.

-No seré yo quien le contradiga,

me temo que para eso ya está su madre.

Pero lo que me pide no es tarea sencilla.

-Lo sé. Pero para una sastra de su valía

no hay tarea imposible.

-Sabe cómo convencerme. -(RÍE)

Quedo a la espera de que me envíen la ropa.

-Discúlpeme, no quería interrumpir. -No lo hace.

Ya me iba. Gracias a su esposa, tengo mucha tarea por delante.

Con Dios. -(AMBOS) Con Dios.

-¿Quería algo doña Susana?

-La he hecho llamar.

Le he pedido que me arregle unos vestidos.

Me siento ridícula

con esta ropa, como si fuese otra persona.

No voy a quedarme encerrada en esta casa ocultando mi estado.

Voy a recuperar mi vida y a mis amigas.

Empezaré por tratar de reconciliarme con Leonor.

Echo de menos a la auténtica Blanca.

-Yo también la echo de menos.

No te imaginas cuánto.

Disculpa, Blanca, no lo he podido evitar.

Espero no haberte incomodado.

-Disculpa si soy demasiado franca, pero sí lo has hecho, Samuel.

Creo que había quedado claro nuestro acuerdo.

-No lo he olvidado. -Pues no lo hagas.

Entre nosotros solo hay afecto.

No somos un verdadero matrimonio ni nunca lo vamos a ser.

Ahora, si me disculpas, me retiro a mi alcoba.

Puede retirarse.

Brindemos por nuestro amor, querida.

Apenas te has mojado los labios. ¿El jerez no es de tu agrado?

¿O no quieres beber conmigo?

-No digas tonterías.

Lo que no quiero es, al chisparme,

perder las formas delante de mi prometido.

-Espero que tu razón no sea tu falta de confianza en mí.

-¿Por qué dices tal cosa? -No sé.

-A veces tengo la sensación de que no estás a gusto conmigo,

como si no te sintieras segura en mi compañía.

-Pero por supuesto que me siento segura a tu lado.

¿Cómo puedes dudarlo?

Tus fríos labios solo me indican

que no crees en mis palabras.

¿Acaso no confías en mi amor?

-¿Tengo motivos para dudar?

-Por supuesto que no. Tu pregunta me ofende.

No hay una cosa que desee más que estar a tu lado.

No veo que el momento de que nuestra boda

me permita entregarme a ti por completo.

-Disculpa si te he molestado.

No son más que las dudas de un enamorado

que no cree en su fortuna.

Yo también estoy deseando que nos casemos.

He pensado que no deberíamos posponerlo más,

que deberíamos bendecir nuestro amor ante Dios cuanto antes.

Hoy he ido a ver al sacerdote.

Y también he ido a comprar algo que seguro será de tu agrado.

-¿El qué?

-Acompáñame.

-Invitaciones de boda.

-He pensado que podíamos rellenarlas juntos.

¿Acaso no te ilusiona?

-No podría estar más dichosa.

Creo que nunca la había visto así, relajada, disfrutando del momento.

-Bueno,

he de reconocerle que dudé mucho en aceptar su invitación.

Pero lo cierto es que lo he pasado muy bien.

El paseo por el río ha sido de lo más agradable.

-Nuestra cita no tiene por qué terminar ya.

¿Qué le parece si la rematamos con un chocolate?

-Le agradezco mucho su intención, pero eso no es posible.

Mi señora podría estar en la chocolatería.

Y no nos conviene que nos vea juntos.

-¿Por qué?

No tenemos nada que ocultar, no debería molestarle.

-Con doña Úrsula, toda precaución

es poca. Además, no está bien que una criada

frecuente los mismos lugares que su señora.

Las clases hay que respetarlas.

-Y más si se está al servicio de una mujer así, ¿no?

No debe de ser sencillo servir en su casa.

-No,

no lo es. Es una mujer dura, implacable...

y rodeada de un halo de misterio.

Pero eso ya debe saberlo usted, ¿no es así?

¿Qué trabajo es el que le ha encomendado?

¿Qué nuevo misterio oculta?

-Lo siento, pero no puedo satisfacer su curiosidad.

Parte de mi jornal se me paga por saber guardar silencio.

Pero su señora no es la única

que resulta un enigma.

Usted también lo es. -¿Yo?

-Sí, no sé nada de su pasado ni de sus orígenes.

Resulta obvio que no es criada cualquiera.

Pero no logro adivinar cómo terminó sirviendo.

-Es una larga historia. -Descuide,

tengo todo el tiempo del mundo. -Pero yo no.

Debo volver a trabajar. Úrsula se preguntará dónde estoy.

-Pero... -No insista, se lo ruego.

Mi pasado no es un asunto del que me agrade hablar.

-Está bien, no preguntaré más.

No es mi deseo estropear una tarde tan agradable.

Pero no deja de tener cierta gracia, los dos queremos conocernos mejor,

pero ni yo puedo hablarle de mí, ni usted de sí.

-Supongo que eso es lo que tenemos en común.

Los dos somos un enigma.

Gracias por el paseo

y por el barquillo. Ahora debo marchar,

pero no es preciso que me acompañe usted al portal.

Con Dios.

Martín, estás hecho un pollo.

-Puede ser, pero un pollo asado. -(RÍE)

Por culpa de estos nervios,

no dejo de sudar. -Relájate y respira hondo.

-Ya me gustaría, pero estallaría la chaqueta del señorito Antoñito.

-Un poco prieta sí que te va. -Un poco no,

no me puedo ni mover, doña Leonor.

Al final meteré la pata. -No.

No digas eso. Todo va a ir bien.

-Pero ¿qué demonios? Me quitaré la chaqueta.

-Anda, ven, que te ayudo.

A ver. -Arrea, esto se ha quedado encajado.

Al final me enterrarán con ella. -Que no, no digas tontunas.

-Al final la rompemos.

No sale ni con mantequilla. -¿Qué está pasando?

¿Y qué haces vestido de lechuguino, Martín?

Uy, ¿y este banquete? -Es para ti, Casilda.

Martín lo ha preparado todo.

-Siéntate, canija.

Hoy te sirvo yo.

-Pero ¿y doña Rosina dónde está? -Está en su cuarto.

Así que hoy no os va a molestar.

Y yo tampoco.

Disfruten de la cena,...

señores.

-Ay...

Me alegro de haber ido al salón de baile.

-Lo he pasado fetén.

-¿Se ha fijado en el baile tan estrambótico de los ancianos?

-Debe ser harto complicado bailar un pasodoble

si te has tragado un palo de escoba.

Vaya para de estirados.

-(TARAREA) -(RÍE)

-(RÍEN)

-¿Y ese semblante, ocurre algo? -No, no, no, nada.

Tan solo estoy cansada. -Ah.

Quizá le ayude tomar un tentempié para recuperar las fuerzas.

-Tendremos que posponerlo. Mi marido

tiene que estar esperándome para que le ayude.

-En ese caso,

lamento tener que despedirme.

Ha sido una tarde de lo más agradable.

-Dele recuerdos a Rosina y dígale de mi parte que se mejore.

-Con Dios.

-Al fin apareces.

¿Te vas a poner a faenar de una santa vez?

-Que ya va, no tengas tantas prisas, pesado.

Ay, Martín, esto está riquísimo.

¿Y tú no comes?

-Ya me gustaría,

pero con esta chaqueta no puedo ni mover el brazo.

-Quítate la chaqueta,

si no hace falta tanta galantería para cenar conmigo.

-Sí, ya quisiera yo.

-Ay, Martín...

¿Y a santo de qué viene tanto dispendio?

¿De dónde has sacado el monis para pagarlo?

No me digas que te ha tocado la lotería.

-La lotería me tocó cuando te conocí.

-¡Qué zalamero eres, truhan!

-Casilda,

¿recuerdas el día que nos conocimos, ahí, en la iglesia?

"Pachasco" que sí.

Por muchos años que yo viviera, jamás lo olvidaría.

Me plantaste dos besos.

uno en "ca" mejilla. Luego me regalaste

un corazón de papel que guardo con todo mi amor.

-Junto a él... quiero que pongas este que te doy.

-(SUSPIRA)

(SUSPIRA)

"Me llamo Martín. ¿Y tú?".

-"Casilda".

-"Allí se dan dos besos al presentarse. Así..."

-"Pues qué descarados... los filipinos".

-"Toma".

-"Y tú más descarado, Martín".

-"Aquí tienes mi corazón".

"A ver lo que haces con él".

-"Pues yo solo te puedo dar un cacho de pan".

"Que mi señora no lo va a echar en falta".

"Ten. -Gracias, chiquitilla".

-"Me tengo que ir,

que es que tengo faena".

-"Cuida de mi corazón,... Casilda".

"¡Chis!".

Todo este tiempo has sabido cuidar de mi corazón.

-Como oro en paño.

Y es por eso que tengo una cosa muy importante que pedirte.

¿Y por qué te arrodillas?

Casilda, mi pequeña,

mi canija, mi dulce mariposa...

-Ay...

-La primera vez que te vi se me llenó el corazón de vida.

La segunda supe que serías la mujer

de mi vida y que jamás podría volver a separarme de ti,

así que llegara Dios y me llevara con él.

¿Quieres casarte con este hombretón

que te quiere por encima de todas las cosas de este mundo?

-Pero..., ¿se te ha ablandado la sesera?

Tú y yo ya estamos casados.

-Sí, lo sé, pero entonces no te pude dar

la boda que te merecías.

Déjame resarcirte.

Casémonos.

Y esta vez con una celebración

por todo lo alto.

-¿A qué esperas, muchacha? ¡Di que sí!

Contesta de una santa vez.

-Pues es que no... no sé qué decir.

Martín, tú y yo no somos nada más que un par de pelagatos.

Y no tenemos monis para esos gastos, Martín.

-Pelagatos o no, nos merecemos celebrar nuestro amor.

¿Te casarás conmigo?

-Pues sí.

¡Que sí, hombre! ¡"Pachasco" que sí!

¡Una y mil veces, las que haga falta, hombre!

¡Ahí va!

-¡Maldita sea mi estampa! Ya he destrozado la chaqueta.

-Martín, hombre, olvídate ya de una vez de la chaqueta...

y bésame, bésame mucho.

Ay...

Padre, Úrsula en ningún momento ha negado

haberse puesto en contacto con Ribau. -Sí, así lo aseguras,

pero ¿eso qué demuestra?

-Que no ha hecho nada de lo que avergonzarse,

sino al contrario, ha buscado el bien de Diego.

-¿Cómo puedes asegurar tal cosa?

-Úrsula estaba segura de que la guardia

daría con la ubicación de los obreros en rebelión,

y entonces Diego caería con ellos.

-Es decir, lo que ha hecho es acelerar su detención.

-Sí, pero con una condición:

que Diego fuera puesto a buen recaudo,

que nada le ocurriera.

-¿Me estás diciendo que lo ha hecho para protegerle?

-Así es, padre. A pesar de lo mal que se ha portado Diego siempre

con ella.

-Si eso es así y solo le han movido esas nobles intenciones,

¿por qué lo ha guardado en secreto?

-Padre, usted siempre me enseñó que la caridad es mejor

si se practica en silencio.

No querría vanagloriarse

de sus actos.

-Tiene sentido. Y tu vehemencia al defenderla realmente...

indica que crees en tus palabras.

-Pondría la mano en el fuego por ella.

Úrsula solo busca el bien de esta familia.

Así me lo ha demostrado una y otra vez.

Y creo que cometería un error alejándola de nuestras vidas.

-No sé, puede ser.

Quizá esta mujer haya cambiado realmente.

De hecho, se desvive por su hija e incluso diría que por nosotros.

Quizá...

la he juzgado mal en todo este asunto.

-Aún está a tiempo de rectificar.

-Sí.

Gracias a Dios, hijo,

no he hecho nada de lo que deba arrepentirme.

Lo pensaré.

Y ahora, si no te importa, estoy cansado.

Me voy a retirar a mi habitación. -Está bien.

Pero deje que le acompañe.

-Gracias.

¿Dónde se supone que vive el doctor Lima?

¿No deberíamos haber llegado?

-Es un hombre acostumbrado a la soledad.

Siempre le gustó vivir apartado de todo.

-Sin duda, ha cumplido su capricho. -Por eso insistí en acompañarla.

No son caminos para una mujer sola.

-No sé si su presencia va a evitar que nos perdamos.

¿Está seguro de que esta es la dirección correcta?

¿Por qué no contesta? ¿Sucede algo?

-Debo confesarle algo.

Debe saber...

que... que no tengo ni la más remota idea

de dónde vive el doctor Lima.

-¿Qué es eso, una broma?

-Nunca he hablado más en serio.

Hay una razón por la que la he traído aquí.

-¿Sí? ¿Cuál? ¿Que se pueda burlar de mí?

-No.

Para decirle que la amo,

sin que pueda salir corriendo al escucharme.

-Ha perdido el oremus del todo.

-Me enamoré de usted desde la primera vez que la vi.

-¡Cállese, se lo exijo! -¡No!

Sé que ha sufrido mucho,

pero sé que yo podría ayudarla a encontrar esa felicidad perdida.

-No sabe lo que está diciendo.

Lo único que sé es que cada noche me acuesto

recordando el sabor de sus labios.

Con el deseo de volver a besarla.

Y hay algo que me dice que usted también siente algo por mí.

¿Acaso no es así?

Así que, ya ve, cerramos un problema y se abre otro.

-Maldita sea la fortaleza de mi hija.

Acabamos de solucionar el problema de tu padre

y Blanca nos viene con nuevas cuitas.

Pero no podemos consentir que se salga con la suya.

-Necesitamos una Blanca débil, aislada.

-Pues ya ve que no es el caso.

-Es preciso que te impongas como su esposo de una vez.

Hemos de cercenar sus ansias de libertad.

-No me lo va a poner fácil.

-Es el momento, Samuel.

Lograremos dominarla.

Pero tú has de cumplir con tu parte.

Carvajal se está retrasando, ya debería estar aquí.

-Seguirá reunido con los encargados de la seguridad del rey.

Deben de estar muy alarmados.

-No es para menos, la situación es desesperada.

Es evidente que Zavala

está a punto de llevar a cabo el atentado.

Por eso tu labor es vital, Silvia.

Gracias a ti, la patria puede salvarse del caos.

-¿Qué es esto?

-La invitación de mi enlace con el general.

Mi prometido lo ha acelerado todo. Será una boda rápida,

sin convite ni celebración.

Nos gustaría contar con tu presencia.

-Ten mucho cuidado cuando te mudes a esa casa.

La desaparición de Velilla confirma que Zavala es muy peligroso.

-Sé cuidar de mí misma.

Además, no tengo nada que perder.

-Eres inteligente, sabrás... -¡Arturo!

No necesito ni tu aliento ni tu reconocimiento.

Me guste o no, es mi deber casarme con ese hombre.

Y es lo que voy a hacer.

Debe escucharme.

-¿Cómo me dice tales disparates?

-¿Es un disparate decirle que la amo? -¡Sí!

Está casado, pero parece haberlo olvidado.

-Leonor, yo... -Debería avergonzarse.

-¿Piensa volver andando? -Haré lo que sea menester.

Cualquier cosa es mejor que estar a su lado.

-Volvamos en el carruaje.

No la incomodaré durante el trayecto. -Su mera presencia lo hace.

-Debería haber elegido otro camino.

-¿Cómo tengo que decirle que me deje en paz?

-Este le dará de bruces con un río.

-Será otra de sus mentiras. -No.

¿Qué le decía?

-Está bien... Está bien, usted gana.

Sáqueme de este lugar.

Solo quiero llegar a mi casa y no volver a verle.

-¿Por qué se resiste a reconocer lo que siente?

¿Pretende engañarme y decirme que no sintió nada

cuando nos besamos? -¡Cállese!

Es usted el que se está negando a aceptar la realidad.

Es usted el que está casado

y no es libre para amar.

-Entonces es tan solo mi matrimonio lo que se interpone entre los dos,

¿no es así?

-Sáqueme de aquí.

Hoy será el último día que me lo ponga.

En cuanto estén arreglados los vestidos,

irás a un baúl para no salir nunca más.

Te lo juro.

Samuel...

No te he oído entrar.

-Disculpa. Solo te traigo un vaso de leche tibia,

para que te ayude a conciliar el sueño

y que no tengas pesadillas como anoche.

-Te lo agradezco.

¿Qué sucede?

-Nada.

Solo admiro el color de tu piel.

Su suavidad.

Blanca, todos nos preocupamos por ti.

Nos desvivimos por tus cuidados.

-Samuel...

No quisiera resultar desagradable contigo de nuevo,

pero creía que había quedado claro todo entre los dos.

-¿Sabes? He pensado en lo que hemos estado hablando.

Hay algo que no me saco de la cabeza.

-¿El qué?

-Aseguraste que entre nosotros

no había más que estima, que no somos un verdadero matrimonio

y que nunca lo seríamos.

-Así es, yo... lo siento, pero es que...

-Pero olvidas un pequeño detalle.

Y es que sí soy tu esposo

ante los ojos de Dios y de los hombres.

Y nada ni nadie cambiará eso.

Madre, tiene visita.

-Venimos a ver a la enferma.

-Bienvenidas. -Flores, para arreglarte la vista.

-Muchas gracias,

pero mejor me irían unos pastelitos de coco.

-No te quejes, que vamos a pensar que no querías vernos.

¿Cómo estás? -Fastidiada.

Encima, no os puedo ofrecer ni un miserable té.

Resulta que mi criada se casa otra vez,

con el mismo, por segunda vez.

¡Con ese sinsustancia de Martín!

¡Es que hay que estar tarumba!

-"Un hombre casado no siente amor por otra,"

como mucho, deseo. -Si me dejara explicarle.

Seguro que en sus novelas hay todos los tipos de amor.

-Debería mandarle a pasear, eso es lo que debería hacer.

-No lo hará, ¿sabe por qué?

-No sabe lo que dice, Íñigo.

-Yo le mentí para llevarla de excursión,

pero usted miente ahora.

-¿Sí?

Lo que me faltaba por escuchar.

¿Yo miento? ¿En qué? Dígamelo, que me quedo atónita.

-Se hace pasar por indignada, pero hoy ha sido su mejor día

en meses. Sé que siente lo mismo que yo,

el mismo amor, aunque no quiera reconocerlo.

-Aunque la ceremonia sea íntima

y dejemos los banquetes para cuando asista tu familia,

hay algo que no podemos olvidar.

Yo soy general del Ejército.

Tengo compromisos sociales con mis compañeros de armas.

-Lo haremos como tú dispongas.

-Tendremos que dar un vino en el Ateneo.

Todos han de saber que hay una nueva generala.

-¿Ha pasado algo? -Lo de siempre,

los dichosos mineros.

Se merecen todo lo malo

que les pase. -Sabes que no me gusta

que hables así. Uno de ellos está en estado grave.

-Por haberse enfrentado a los guardias.

No como yo, que estoy aquí postrada con este ataque de gota

sin comerlo ni beberlo.

-Eso tampoco, que a usted el "comercio" y el "bebercio"

anda que no le privan.

-¡Será posible!

Pero ¿tú qué tienes que decir?

-¿Harás algo esta mañana, querido?

-Sí, quizá vaya a dar un paseo, pero corto.

No me apetece alejarme, por si hay noticias de Diego.

Ya ha recibido noticias de que está bien.

Que Diego no ha sufrido ningún daño en los enfrentamiento de las minas.

-Pero no estaré tranquilo hasta su regreso.

Ya sabéis cómo es.

Capaz de enfrentarse a todo el mundo con tal de paralizar la huelga

y esas trifulcas que hay por ahí. -Mi hermano,...

siempre tan valiente.

-Sí.

-"Si al menos se descubriera el cuerpo"

de Velilla, quizá suspenderíamos la boda.

-No confíe en que sea encontrado.

No tenemos la seguridad de que esté muerto.

Y en caso de encontrarlo

nunca lo relacionarán con Tamayo y Zavala.

Solo tú sabes que se reunieron.

-Y avisar a la policía sería como traicionar nuestro plan, ¿no?

-Y perder la protección del príncipe. -Solo espero que encontremos la forma

de inculpar a Zavala.

Y que la muerte de ese hombre no quede impune.

-Veremos qué podemos hacer.

Pero de momento nada,

y repito, nada puede suspender esta boda.

-"Liberto, malas noticias".

Vengo del periódico.

El minero herido en los enfrentamientos...

ha muerto. -No...

-Sí, deja a una esposa y a cuatro hijos casi en la calle,

sin forma de salir adelante. -Lo siento, Leonor.

-¿Que lo sientes? Es, ni más ni menos, que la consecuencia

de tu pacto con Ribau. -Te lo digo y te lo repito:

no he hecho ningún pacto.

-Blanca, asume tus actos.

Siempre tú, tú, tus componendas, tus caprichos con Diego,

y ya lo ves, un hombre muerto y una familia destrozada.

¿Cuándo vas a dejar de jugar con la gente?

-Leonor... -"Qué raro verte solo".

¿Y Blanca?

-Ha salido.

Creo que ha ido a la iglesia.

-Y te da lo mismo dónde está.

-No me interesa lo más mínimo dónde esté.

-Así no vas a conseguir nunca

retenerla a tu lado.

-Tienes razón.

Porque nada de lo que he hecho ha dado resultado.

Creo que la he perdido definitivamente.

-Y no te importa.

-Me importa, pero no tiene remedio.

¿Una marcha de mineros es dirección a la ciudad?

-Son las noticias que me han llegado. -¿Son fiables?

-Todo lo fiables que pueden ser en un momento de confusión.

-Intentaré enterarme en la redacción,

allí fue donde me enteré de la muerte del minero.

-Es un despropósito tras otro.

Una simple negociación de las condiciones de trabajo

acaba enquistándose hasta llegar a esto.

-La culpa es de la gente malintencionada

que se entromete.

No puedo creer lo que ha hecho Ribau.

Teniente Tamayo,

espero pueda honrarnos con su presencia. Me haría muy feliz.

-En ningún caso faltaría al matrimonio del general Zavala.

Espero que todos estemos a la altura de tan magno evento.

-Claro, porque, si hay amor, ¿qué puede pasar?

-Brindemos por que todo salga bien y yo mismo

esté a la altura de tan bella mujer.

¡Salud! -(TODOS) ¡Salud!

-Salud.

-¿Ha conseguido averiguar

cuál es el pueblo del que le hablé? -Con tan poco datos, es imposible.

Hay ciento des pueblos en La Mancha con un molino en las inmediaciones.

Necesito más detalles

o me será imposible encontrar el lugar exacto.

-Le he dicho cuanto puedo recordar.

-Debe esforzarse, doña Úrsula. De lo contrario, no lograré encontrar

lo que me pide.

Hay algo que llevo tiempo pensando y ha llegado el tiempo de pedirle.

Ni siquiera Silvia sabe lo que le voy a pedir.

Espero que no se enfade.

Teniendo en cuenta que Silvia no tiene ningún hombre en la familia

que le acerque al altar,

quería rogarle que lo hiciera usted,

que fuera el padrino de nuestro enlace.

-"Voy a la iglesia".

-¿Quiere que le acompañe?

-No, necesito estar sola.

Recógeme a la salida.

Ah, no subas a casa.

Samuel debe tener tiempo a solas con Blanca.

-"Las mujeres deben complacer"

a sus maridos, cumplir sus órdenes y satisfacer sus deseos.

-Tienes el mismo derecho que un asesino que arranca una vida:

el derecho a la fuerza.

¿Quieres tomarme?

Vamos.

Daña a mi hijo.

Adelante, hazlo.

¿A qué esperas?

Fuérzame.

¿Es a lo que has venido?

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  • Capítulo 716

Acacias 38 - Capítulo 716

08 mar 2018

Úrsula encomienda a Riera que siga con su investigación. Riera se cita con Carmen. Martín ultima los detalles para su pedida y Casilda comienza a dudar de él. Por fin, Martín pide a Casilda que vuelvan a celebrar su boda como Dios manda. Tamayo advierte a Zavala sobre Silvia, pero ella parece convencer a su prometido de que está realmente ilusionada por casarse. Silvia le entrega a Arturo el tarjetón de bodas. Flora y Liberto van a bailar y se lo pasan genial. La chocolatera empieza a verlo con otros ojos. Íñigo declara su amor a Leonor. Samuel advierte a Úrsula de que su matrimonio está en peligro y miente a su padre para proteger a Úrsula. Blanca se rebela contra su madre y pone a Samuel en su lugar. Úrsula ordena a Samuel dominar a Blanca como marido.

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  1. Heira

    Hasta cuando Ursula ya está bueno eso no es real crímenes van y vienen y nada parece q la policia fueraestupida o así lo hacen ver es hora del garrote para ella y el yerno

    11 abr 2018
  2. Laura

    Creo que es tiempo que asesinas seriales como Ursula (2 policias, la madre de Paolo, el doctor de la Serna y Manuela, el niño Tirso, su propia hija, etc.) abandone la novela con su hija Blanca (la pejor actriz de la serie)! No se puede creer que, en cambio de irse al garrote, Ursula ha salido con la suya y ahora vive en la mejor casa de Acacias, a pesar que los policias la suspechan de muchos crimenes... Que se reanude la historia de Teresa y Mauro, los mejores personajes y actores de toda la novela! (desde Italia)

    12 mar 2018
  3. Mabi

    Que busca Liberto en Flora ???? Y Rosina ??? Ella tan celosía de su intimidad con su marido y siempre tan predispuesta al amor, y lo insta a sacar de paseo a la chocolatera....con que fin ??? Cultivarla ? Educarla en las buenas costumbres de una señora? O esta poniendo a prueba el amor de Liberto al verse con ciertos achaques, si no propios de la edad, de su incontrolable gula ???muy segura debe sentirse de su amor correspondido para semejante proceder, espero no se equivoque, ya que simpática es Flora, pero tambien una joven efervescente y sin, al parecer, el amorr de su marido?????

    10 mar 2018
  4. Victoria

    Me alegro mucho de haber acudido a ese "salón de baile" ... ¡qué divertido y alegre se ve a Liberto!, claro, vienen de un baile ... "¡Oh!, en ese caso lamento tener que despedirme de Vd., ha sido una tarde lo más agradable" ... con una mirada y un tono de voz que pensé que solo era exclusivo para su mujer. Nunca imaginé escuchar éso dedicado a Flora pero, en fin, después de lo visto y oído parece ser que el "patrón" siempre es el mismo, no hay nada "único".

    08 mar 2018
  5. Saro

    Pero, ¿cómo puede ser tan ingenua Rosina? está diciéndole a su marido que "no está para romanticismos" cuando él quiere quedarse con ella en casa y le dice que salga con Flora, una chica joven, de cuyas intenciones no me fío ni un pelo, es asombroso lo que está haciendo y el interés que tiene en que se divierta y sea feliz, nunca la he visto comportarse con tanto interés con ninguna de sus amigas; Rosina está demasiado alocada y muy excitada con esa "nueva amistad"... no me gusta nada de lo que le está pasando a esta pareja. Rosina por favor, espabila, trata de curarte y reacciona, puedes perder a Liberto si no lo haces, dudo mucho de las intenciones de Flora ¿es tan "tontita" como quiere parecer o es más lista que el hambre? y, sobre todo, ¿Qué significa esa mirada de Liberto a Flora?. A ver que hacen los guionistas con esta pareja.

    08 mar 2018