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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 713 - ver ahora
Transcripción completa

Le recuerdo que tenemos un tema

del que debemos tratar. -Ahora no.

Nos privaría de la presencia de Silvia.

-Si debo ausentarme... -No.

Esos temas podemos tratarlos en otro momento.

No dejemos que la política

nos aparte de lo verdaderamente importante.

-"Ese hombre te encanta".

-Vale, no me disgusta.

Pero de ahí a que me encante hay un trecho.

-Para ti la perra gorda. Me voy.

Quiero seguir buscando a Samuel. -Voy contigo.

Debo dejar unos libros en la biblioteca y coger otros.

(DIEGO) "Querido padre: En relación a sus preguntas,

entiendo su angustia".

"Pero el mal avanza lentamente y me siento aún con fuerzas".

"La enfermedad no ha hecho mella en mí".

-"Cuando te digo que olvides el pasado,"

me refiero a Olga y a Diego. -Lo sé, pero no lo puedo evitar.

-Se ha comportado como un canalla contigo.

Cuanto más lejos, mucho mejor.

-No consigo olvidarle, me acuerdo de él cada noche.

-No seré yo quien te lo recuerde.

-"¿Ha abandonado toda intención amorosa

hacia ella? -Por completo.

-En ese caso,

si no tiene inconveniente,

me encantaría ahondar en mi relación con Reyes.

-"Los confines del mundo. La apasionante vida

de César Cervera". -No es el título definitivo.

Seguramente sea "César Cervera

y los confines del mundo". Son los dos primeros capítulos.

-"Ambos siguen pensando"

en Diego y en la proximidad de su muerte.

El día que llegue... -Sabemos que ese día no va a llegar,

que los informes médicos son falsos.

-Hay muchas maneras de morir.

La intoxicación por mercurio no es la única.

-"Es usted la única mujer,"

tal vez la única persona en el mundo, que me haría hincar la rodilla.

Quiero, delante de todos estos amigos,

pedirle que contemple la idea de casarse conmigo.

-"Una cosa es hacerle creer"

que va a morir, pero otra muy distinta es matarlo.

No vuelva a proponerme algo así.

No soy un asesino.

Señorita Reyes...

-La ha dejado usted impresionada, general.

-Calle.

¿La he ofendido, señorita?

-En absoluto. En absoluto.

Me siento muy halagada, general.

-Eso es un "no".

-Escuche, general.

Usted, como yo, hemos crecido en los cuarteles.

Y, como hija del Ejército, estoy acostumbrada

a pensarme las cosas... muy mucho,

a planificar, a observar todos los flancos.

Y reconozca que lo suyo ha sido un ataque por sorpresa.

Discúlpeme, solo quería decirle...

que me lo pensaré.

-Lo estudiará,

como a un enemigo.

-Cuando las mujeres tomamos una decisión apresurada,

es el destino el que se convierte en nuestro enemigo.

Solo necesito tiempo. Nada más.

-Espero que no demasiado.

-¿Es capaz de esperar al combate

con nervios de acero,

y no es capaz de esperar mi respuesta con sosiego?

-Esperaré, pues.

Aunque con más nervio que la noche previa a una batalla.

-Así se habla, general.

Que las mujeres causan más estragos que las balas enemigas.

-Lo sabrá pronto.

-No somos ya unos niños, señorita.

-Eso no ha sido muy galante, general.

-No lo decía por la edad.

Lo que trataba de decirle

es que, a mis años, yo sí sé lo que quiero.

Ahora bien, no se lo pediré dos veces

y no aguantaré eternamente.

-Lo sé.

Descuide, no me haré de rogar.

(Sintonía de "Acacias 38")

Piensa en ti. Nos pasamos por La Deliciosa,

encargamos las tartas para esta tarde y Carmen las sube a casa.

Así, tú y yo podremos disfrutar del día.

-No sé si tengo ganas de salir

y dar cuenta una y otra vez de mi estado.

-Me temo que ya es tarde, señora.

-¿Se ha despertado la futura mamá con ganas de salir?

Íbamos a La Deliciosa a encargar las tartas para esta tarde.

¿Asistirán ustedes?

-No me lo perdería por nada del mundo.

-Leonor, ¿hay novedades en el yacimiento?

-No, no que yo sepa.

Las espadas siguen en alto

y la tensión es cada vez más asfixiante.

-¿No avanzan los negociadores?

-La Guardia Civil debería intervenir

sin pensárselo dos veces. A esos mineros,

les das la mano y te cogen el pie.

-Don Ramón no es partidario

de una acción violenta.

Los obreros no se arredrarían y podría correr la sangre.

-Que corra. Ellos se lo han buscado. -No diga eso.

Los tiempos cambian.

Hay que escuchar a las clases desfavorecidas.

-Vaya.

No sabía que fueras tan sensible a los problemas sociales.

Curioso.

Hasta hace nada, poco te importaban los mineros.

-Blanca tiene toda la razón.

Estamos en el siglo XX, ya nadie

debería tirar de trabuco, ni los guardias ni los obreros.

La única solución que queda

es sentarse a la mesa y hablar.

-Por supuesto.

-(RÍE) Leonor, ¿de verdad crees

que tu madre estaría de acuerdo con lo que estáis diciendo?

Es el patrimonio de tu familia lo que está en juego.

-Madre, déjelo.

Vayamos a por las tartas. -Ve tú.

Tengo un asunto que hacer. Quédate conmigo, Carmen.

-Nosotras continuaremos con nuestro paseo.

-Con Dios.

Que no, Martín, que no, que tú no conoces a las mujeres.

Seguramente más que usted.

Que para una que tuvo, se le fue a La Habana.

-Eh, con mi permiso, ¿eh? Cuidadito.

Con el permiso de un marido que se calza por los pies.

-Sí, Servando. El caso es que no me ayuda con mi cuita.

¿Qué podría regalarle a Casilda por nuestro aniversario?

-Tú eres tonto y en tu casa no hay botijo.

¿Qué le vas a regalar?

Hazte el "longuis". Y aquí paz y después gloria.

-Me sabe mal dejar pasar el aniversario.

Ya sabe lo que significa Casilda para mí.

Qué menos que celebrar el tiempo que llevamos juntos.

-¿No dices que el aniversario ya ha pasado

y que ella no se ha acordado? Pues ¡a vivir, hombre!

Si se lo recuerdas, se va a poner hecha un basilisco

por tu desmemoria. -Que no es eso.

Ella también se olvidó de la fecha.

Por esa regla de tres, yo también me podría enfadar, ¿no?

-Vamos a ver, Martín.

El matrimonio es un juego...

y tiene sus reglas, verbigracia, sus intríngulis.

Lo curioso es que hay reglas diferentes para las mujeres

y diferentes para los hombres.

Ay... -A ver si me he enterado.

¿Eso quiere decir que nosotros

no nos podemos enfadar por una fecha, pero ellas sí?

-Así es la vida, pardillo.

-A ver si va a tener usted razón

y lo mejor sería dejar pasar la celebración.

Nuestra boda tampoco es para recordarla.

Yo entre rejas, ella llorando...

-¡No le digas que fue un bodorrio infausto!

Si no, te mata. -Bueno, pero nos unió.

-Deja ya eso

y deja ya lo del regalo.

Ya lo celebraréis el año que viene el doble.

-No sé yo, Servando, no sé.

-Ay...

Me altera los nervios que esas dos pazguatas

salten siempre en auxilio de Blanca.

-Sí, señora, ya veo que la afecta, pero tómeselo con calma.

Es normal, son más afines; por edad, por condición...

-Poco me importan las razones.

El caso es que, de seguir así,

van a conseguir que Blanca deje de respetar a la autoridad.

Y por lo tanto que deje de respetarme a mí.

-Son los tiempos. Piense que, como madre,

poco podrá hacer para que doña Blanca no tenga opiniones propias.

-¿Qué sabrás tú de opiniones?

Yo sé cómo bajarle los humos a mi hija.

-Por el amor de Dios, señora.

No comience otra batalla, y menos con doña Blanca.

Déjela que por lo menos tenga a su hijo en paz.

-Mira que eres medrosa.

Para ti todo es un mundo.

No plantearé batalla.

Sencillamente, haré que no se sienta tan respaldada.

-¿La alejaría de sus amigas?

-¿Acaso he de darte explicaciones?

Que pasen una tarde fetén. Gracias por el encargo, doña Blanca.

Cuidado con esa barriga, tiene usted un tesoro.

Dos tartas para los Alday;

una de canela y otra de higos, que están de celebración.

No he oído el "marchando".

-Estoy ocupado. -La lectura no nos va a hacer ricos.

-Ve haciendo la masa, ya veremos quién hornea.

-Yo debo atender la barra.

-Pues se lo pides a una empleada.

-Ya no dan abasto. La que amasa, se le han cruzado los ojos,

y la que bate el chocolate

ya tiene la muñeca abierta. -Pídeselo a tu ángel de la guarda,

pero ¡a mí no me des más la tabarra!

Qué dicha, doña Rosina, verla por aquí

tan de mañana.

Ahora mismo la atiende Flora. -Eh...

¿Deseaba algo, señora?

-Un encargo. -Venga a la barra.

Usted dirá, nosotros proveeremos. -Sí.

Quería una caja de botellas.

-¿Otra? ¿Ha agotado las de ayer?

-¡Esas confianzas!

Demasiado rápido se escandaliza para ser la que las vende.

Esta caja la quiero de reserva.

Siempre viene bien tener champán francés.

-Lo que usted diga y mande. Cuando estén, le avisaré.

-La verdad, quiero acumular por puros nervios.

Si lo del yacimiento va a peor

y me quedo sin mi champán, mi único consuelo, me da algo.

-¿Quiere tomar algo? -No, no.

-Bueno, sí.

Un trocito de tarta de almendras.

¿Les queda? -Uy.

Le he guardado un poco. -Y también un chocolate. Y churros.

Un par. Tres, si son pequeños. -Enseguida.

Íñigo, encárgate de las tartas para los Alday. Yo debo atender.

-Flora, de verdad, tienes el don de la oportunidad.

-Vaya genio se gasta su esposo.

-Los hombres son así. -No, no todos.

-Mi Liberto no me habla así, con esa destemplanza.

Nos enfadamos, sí, pero lo hacemos

para reconciliarnos. -Qué bien.

-Ya sabe de las mieles de las reconciliaciones.

Uno se enfurruña, el otro se pone meloso...

Y la cosa

acaba como acaba. -No sabría qué decirle.

Nosotros no nos apañamos así. -Vaya, lo siento por usted, querida.

No se desanime. Cuando no esté tan urgida por la gazuza,

le daré unos consejos para que seduzca a su esposo

después de cada discusión, ¿eh?

Hoy me ha escrito uno más.

Nuestros clientes se interesan por usted.

Preguntan cuándo volverá a coger

las riendas del negocio. -No... Bien sabe Dios

que tú no necesitas a nadie para dirigirlo.

-Le agradezco esas palabras, padre, pero los dos sabemos que no es así.

Puedo defenderme, mantener lo que ya existe.

Pero el auténtico cerebro de la joyería es usted.

-No te subestimes, Samuel.

Has sabido mantener nuestro prestigio

a pesar de los duros tiempos que te han tocado vivir.

-A saber lo que habría hecho usted.

En todo caso y aunque yo también quiera que regrese

son nuestros clientes más antiguos los que le echan de menos.

-Estoy cansado, Samuel, demasiado cansado.

-Vamos, padre. ¿Cansado?

Quizá no fuera tan malo para superar esa apatía

que se entregara en cuerpo y alma a la joyería.

Al menos tendría la mente ocupada.

(Puerta)

Tú lo has dicho: "Apatía".

Mi dejadez ni siquiera es voluntaria,

no tengo ganas de absolutamente de nada.

(Pasos)

Disculpen que les interrumpa. El señor Palacios quiere verles.

-Don Ramón. -¿Me permiten sumarme a la tertulia?

-Por supuesto. Con la condición de que se quede a tomar el aperitivo.

-¿Quién podría negarse?

-Por favor. -Gracias.

Qué alegría verle aquí. No sabe lo que me alegra su visita.

Sí, la verdad es que necesito distraer un poco mi cabeza.

Aunque no sé por qué

me parece que la charla no va a ser muy ligera, ¿verdad?

Le veo a usted algo angustiado.

-Los negocios, ya sabe lo desagradecidos que son.

-No lo creo. Yo animaba a mi padre

para que volviera a la vorágine del negocio.

-Hay negocios y negocios.

El que llevo con mi hijo, el de las cafeteras,

es bastante reposado.

El otro, la mina...

-¿No estaba ese conflicto

ya en vías de solución? -Todo lo contrario.

Está cada vez más enconado. Los obreros han endurecido el tono.

Me temo que pueda estallar una revuelta social.

-Eso no sería bueno para nadie. Desde luego, mi consejo

sería que intentase negociar, aunque eso supusiera

afrontar unas pérdidas al principio. -No estoy de acuerdo con mi padre.

Debe usted negociar, pero sin asumir ninguna pérdida,

ni al principio ni al final.

-Mi tendencia natural, mi carácter,

me inclina más hacia la posición de don Jaime:

negociar, negociar y negociar.

Pero no es tan sencillo.

Podría manejarme bien con algunas pérdidas estacionales,

pero me pondría en contra todo el círculo de empresarios.

-Entiendo. Eso supondría crear un mal precedente.

-La mayoría de las industrias no pueden mostrar debilidad.

Los obreros están muy crecidos.

Y los sindicalistas hacen leña del árbol caído.

-Don Jerónimo Ribau, ¿le conocen?

-Por supuesto. El empresario de la metalurgia.

-El mismo.

He discutido ya varias veces con él, y ya me lo ha advertido:

se convertirá en mi peor enemigo si cedo ante los obreros.

-¿Y qué otra cosa se puede hacer?

-¿No se lo imagina usted? Dejar a los guardias hacer.

-No...

Eso supondría convertir esta huelga en un estallido social,

que podría desembocar...

-En un baño de sangre.

No estaba previsto, Carvajal. -No es el nuestro

un oficio de previsiones, más bien todo lo contrario,

somos especialistas en improvisar.

-Hablamos de una boda, no de cambiar una cita de hora.

¿No ves la repercusión que tendría para mí

atarme de por vida a ese hombre?

-No te pongas melodramática.

Si consiguiéramos acusar al general de traición, será fusilado.

Y tu compromiso, disuelto.

-Si lo consiguiéramos, sí. Y si no, ¿qué?

Una esposa debe sumisión al marido.

Estaría en manos de Zavala, debería obedecerle.

Manejaría mi dinero, me diría cuándo salir

¡y hasta cuándo enclaustrarme! -Deberías estar contenta.

Has seducido a un hombre infestado de ideas retrógradas.

-Deja de regodearte. -No, hablo en serio.

Hemos conseguido un gran avance en nuestra misión gracias a ti.

-¡Es mi vida, mi libertad la que está en juego!

-Y la de la patria también.

Un Zavala enamorado es presa fácil

para ti.

Sabrás enredarlo.

Se abrirá.

Lo manejarás a tu antojo.

-¿Estás segura de que no le quieres?

He asistido al proceso

y parecía que bebías los vientos por él.

-Eso es lo que Zavala cree.

Y es lo único que parece importaros a vosotros dos.

-Naturalmente.

-Debería cumplir con todas las obligaciones del matrimonio.

¡Todas!

-No eres una niña...

ni tampoco un principiante.

Nuestra misión es sagrada.

Contra eso no caben reticencias personales. Es tu deber.

-Las cosas se ven muy sencillas

sentado en esa silla, ¿verdad? -Tu compromiso

es igual al mío.

Viviendo en casa del general, anularíamos el atentado.

La fecha de la coronación de don Alfonso se acerca.

Todo apunta a que quieren asesinarlo antes de la ceremonia.

No hay tiempo.

-Una previsión muy pesimista.

Un regicidio no se planifica de un día para otro.

-Dígaselo usted, coronel.

-No están improvisando.

Zavala ya tiene lo más importante: el dinero, y mucho.

Suficiente para comprar a quien sea necesario

para llevar a cabo su plan sin más dilaciones.

-Ya lo has oído, Silvia.

Nos jugamos la patria puede que nuestra vida.

Viviendo en casa del general, sabrás cuándo y cómo.

Es todo lo que necesitamos.

Estamos en tus manos.

Tienes que casarte.

-Lleva razón.

La patria y el rey te necesitan.

Eh...

Deja ya de pensar en un regalo que te quite la mala conciencia.

Ya me ocupo. -No se entera, no es mala conciencia.

Es simple, quiero a Casilda y me gusta verla feliz.

-Eres un calzonazos.

Con mi Paciencia, cuando llegaba a casa,

ni regalos ni leches. En cuanto llegaba, se alborotaba.

-Eso era porque le pisaba lo fregado. Iba detrás con la bayeta.

-Ay, Martín, qué bien que te encuentro.

Llevo toda la noche dándole vueltas a la cabeza.

-Otra orante. -¿Me necesitas?

-Me necesitas tú a mí. Para el regalo de la Casildilla.

Tengo muchas ideas. A ver...

¿Qué te parecen unas enaguas... de color lavanda?

¿Y un osito de peluche? -¿Eso qué es?

-Eso es un muñeco con forma de osezno y más suave

que la Virgen del Rosario. El último chillo en América.

-Grito, el último grito.

-¿Y para qué va a querer nadie un osito de esos?

-Eh... Para tocarlo, supongo.

Debe de ser la monda,

en América lo hace todo el mundo. Mira.

No te engaño, hay gente que duerme con él.

-No sé, Lolita.

Esto no lo veo. ¿Y si se aficiona al osito y me deja de lado?

-Las enaguas, entonces. -¡Que no!

Se acabó. Servando me ha convencido.

No habrá regalo. -Hace bien.

Sí, señor. Haz como si el aniversario no haya existido.

-¡Cállese, aquí ni pincha ni corta! -A las pruebas me remito.

El mejor en materia matrimonial. -Hazme caso.

Que se más de matrimonios que de Cabrahigo.

-Que no, no haré caso a ninguno. No habrá regalo.

(MARTÍN SUSPIRA)

Pero sí habrá boda.

-¿Qué? -Le voy a preparar a mi Casilda

la celebración que nunca tuvimos. Aunque es verdad

que nunca se me ha quejado.

-Una boda.

Ni el secretario del Ayuntamiento hubiera tenido una idea tan oportuna.

Una boda, con sus trajes, sus invitados...

-Con su gasto. -¿Qué importa eso

si mi canija es feliz? -Cuidado con esas ocurrencias.

Luego se acostumbra la Casilda y va a querer casarse todos los años.

-Me voy mucho más tranquila. Qué bien.

(CARRASPEA)

Liberto...

Gracias.

¿Ves? Por eso te quiero.

Ni una duda, ni un reproche,

así estuviera bebiendo todo el santo día.

-¿Acaso soy tu guardián, amor mío? No.

A mí me gustas así: disfrutona,

golosa, caprichosa.

-Pues no muchos maridos son así.

Íñigo Cervera, sin ir más lejos.

Hoy he presenciado una escena que me hace penar por Flora.

-¿Han discutido?

-Más que discutir, es la desidia,

la indiferencia con la que la trata.

-Lo cierto es que esa pareja nunca me ha parecido muy común.

-No, son de lo más original.

Ni un arrumaco, ni unas flores...

Últimamente, ni siquiera paciencia.

Con lo jóvenes que son... No atisbo pasión en esa pareja.

-No hagas juicios de valor, que nos conocemos.

Cada matrimonio es un mundo.

¿Quién te dice a ti que Flora no tiene su compensación carnal

en la intimidad? -¿Qué dices?

¡Que no! Te digo yo que Flora lo único que hace en la cama

es escuchar ronquidos. ¿Les has visto besarse?

-La verdad es que no. Tendrán su decoro.

-Por favor, no son de alta cuna.

Trafican como bucaneros. -No es asunto nuestro.

Y no es por defender a Íñigo, pero lo poco que le conozco

me parece un hombre si no honrado, decente y amigo de sus amigos.

-¡Que no! Además, Liberto,

un hombre no es un buen hombre si no trata a su esposa con mimos,

si no le da el cariño necesario. ¿Es así?

Ay, es que está riquísimo.

-Pues se lo debes a Íñigo. -Y a ella.

Lo único que hacen juntos es trabajar.

-¿Qué sabrás tú?

-Resulta que sé de buenas tintas

que Íñigo, varias veces en semana, recorre tabernas.

-¿Solo? -Al menos con Flora no.

Que se queda ella limpiando,

preparando el local para la jornada siguiente.

La pobre está desperdiciando su juventud.

Y yo sé lo que me digo.

-Bueno, puede que tengas razón.

Y ahora que lo pienso yo,

es verdad que tú y yo hacemos muy pocas cosas juntos.

-Pues podríamos empezar bebiendo.

No me has acompañado.

-Estaba pensando...

¿Qué te parece si les invitamos a salir, los cuatro, al teatro

o a cenar a un buen restaurante? -Anda, estás madurando, ¿eh?

Lo digo porque pareces un trotaconventos,

zurciendo parejas. -No.

Eso se te da bien a ti.

Pero ¿quién te dice que yo no puedo ayudar?

Además, que, desde que me encargo yo del yacimiento,

es verdad que salimos muy poco.

-Sí. Y Flora nos lo agradecerá.

¿Sabes que eres un cielo? -(ASIENTE)

No estoy segura porque no hemos solicitado confirmación,

pero calculo que seremos diez o una docena.

-¿Sabes si Liberto acompañará a doña Rosina?

-Imagino que sí.

No se les suele ver separados durante mucho tiempo.

-¿Lo tienes todo preparado?

-Nos traerán dos tartas de La Deliciosa.

-Le he dicho a Carmen que prepare también unos pasteles.

No quiero que falte de nada

en la primera fiesta en honor de mi nieto.

-Madre, ¿le ocurre algo? Parece irritada.

-Te seré honesta.

No me ha gustado el tono con el que te has dirigido a mí

en presencia de tus... amigas.

Todavía creo que merezco un respeto.

-No pretendía ser desconsiderada.

Solo di mi opinión sobre el conflicto del yacimiento.

-Demasiado preocupada estás tú por el yacimiento. No nos atañe.

Nada se te ha perdido allí.

Toma.

Te traigo un ungüento de la farmacia.

Te irá bien para la hinchazón de las piernas.

-Gracias.

Me lo aplicaré esta noche.

-Según el boticario, cuanto antes, mejor.

Tienes las piernas que parecen dos columnas

de una catedral.

Que te lo aplique Samuel.

-Madre...

¿Aquí? -Sí.

Lo haría yo, pero no tengo tanta fuerza en los brazos.

No se trata solo de extender la pomada

sino de hacer un masaje enérgico.

Hazlo, Samuel.

(RÍE) ¡No seáis chiquillos! Es por tu salud, hija.

Samuel, no seas tan parado.

Y tú, Blanca, déjate mimar.

Sé cuánto lo necesitan las embarazadas.

Iré a asearme un poco.

Estas calles cada vez tienen más polvo.

-Déjalo, si quieres, Samuel.

¡Samuel, me haces daño!

-Perdón.

-Ya es suficiente, me ha hecho mucho bien.

Gracias.

¿Es que no tiene cocina en casa de su señora,

que tiene que venir aquí a embarrar nuestro altillo?

¡Jesús, que parece esto un muladar! -¡Descuide!

¡Ya lo limpiaré!

Si estoy aquí es porque aquí puedo amasar.

Aunque no soy muy ducha con el hojaldre.

Pero he pensado que quizá alguna de las chicas

me podría echar una mano.

-¿Tiene mucha urgencia con ese hojaldre?

-Sí, sí la tengo.

Doña Blanca da una merienda

para celebrar su séptimo mes de embarazo.

-Pues dese prisa, no creo que aquí encuentre ninguna alma cándida

que le eche una mano.

-Ay...

Fabiana, ¿a que no sabe quién se nos casa en un periquete?

-¿Tú? -¡Quiá!

Sería la comidilla de Cabrahigo

por no respetar mi año de "quiero y no puedo".

La Casilda.

La Casildilla y el Martín. -¡Anda ya!

Si ya casaron cuando él estaba en el penal,

que aún no le querían dar garrote, que yo sepa.

-Y sabe bien. Pero se vuelven a casar.

Que el Martín

ha tenido el detalle de darle a la Casildilla

la boda vistosa que nunca tuvo.

Tenemos que hacer lo que sea

para que la celebración sea inolvidable para los dos.

-Puedes contar conmigo, faltaría más.

-Yo... yo también podría ayudar.

Si alguien me echa una mano con los pastelillos.

¿Tampoco sabes hojaldrar, Lolita?

-En Cabrahigo, el cura y el alcalde se comían mis hojaldres

de a doce y de una "sentá".

Eso sí, mojándolos en anís.

-Anda, pues échale un ojo a la masa y dime.

La tendría que afinar un poco más, ¿no?

-Lo que no se sabe, pues se le pregunta a un guardia.

-(FABIANA RÍE)

Fabiana...

¿He sido muy dura con ella? Es que me da pesar la pobre.

Me ha faltado arrearle una coz en las posaderas.

-¿Dura?

Nuestro desdén es poco para todo lo que se merece.

Que te lo digo yo.

A ver si entiende ya

que lo mejor para ella sería largarse con viento fresco.

Come.

La tarta de canela huele que alimenta.

No, si al final vamos a ser buenos reposteros.

Los Alday se van a chupar los dedos.

¿Me estás escuchando?

-Ah, sí, perdona.

-¡Huele a canela y ambrosía!

-De ambrosía, nada. Bizcocho de crema y canela.

Amasada con estas manitas que Dios me ha dado.

-Póngame una ración. Mi desayuno ya ha llegado al fondo.

-Ya me gustaría venderla por porciones,

pero es un encargo de doña Blanca.

-Vaya, tendré que esperar al convite. Qué largo se me va a hacer el día.

-¿Se puede saber dónde mete todo lo que come?

A lo visto, se zampa a Cristo por los pies.

-Querida, no se trata de lo que coma una,

sino... de gastarlo en ejercicios placenteros.

-Ya le gustaría a una ese tipo de trajín.

-Mi esposo y yo vamos a tratar de facilitarle las cosas. ¡Íñigo!

Tengo el placer de invitarle a una cena.

Iremos usted, su esposa, Liberto y yo.

A un restaurante del centro.

-Son ustedes muy amables. ¿Has oído, Íñigo?

-Muy amable de su parte.

Transmítale también mis agradecimientos a su marido.

Pero hoy me resulta imposible, tengo quehacer.

-Vaya afanes, ¿no? Cuántos afanes con el trabajo.

-Oiga, uno que es muy meticuloso.

-Debería aparcar un poco el deber

y dedicarle más tiempo de asueto a su señora esposa.

Se lo digo porque soy perro viejo.

-Le agradezco el consejo,

pero creo que mi esposa y yo somos felices así.

-No la veo a la pobrecita muy feliz.

¿No ve la carita de lánguida que tiene?

¡Es joven! ¡Necesita esparcirse!

¡Ir para allá, entrar, salir, reírse!

-Ya la has escuchado, maridito mío.

-Si tan falta de diversión estás, así sea. Te permito ir a cenar.

Ya luego me contarás lo mucho que te has divertido.

-¿Les importa que acepte yo sola la invitación?

-No es lo que habíamos planeado, pero no tengo inconveniente.

Será un placer.

Ahora, querida, debo retirarme. -La acompaño.

-Que le cunda el trabajo.

-Y no resultaré un estorbo, ¿verdad? -¡No, al contrario!

Conozco a mi Liberto.

Se sentirá orgulloso de ir con las dos.

-Para mí será como una fiesta. ¡Qué bien, me voy de cena!

-¿Tienen aquí pasteles de hojaldre?

-Sí, nos quedan unos pocos. -Bien.

Pues los quiero todos.

Un poco de fatiga sí que voy sintiendo.

Aunque me pesa más el tedio que la gravidez.

Tengo muchas ganas de que nazca ya.

-¿Qué crees que será? -No tengo predilecciones.

-¿Ni siquiera curiosidad? -(RÍE)

-La curiosidad de nada le va a valer.

Aún no hay ningún método para predecir el sexo.

-Pero sí hay prácticas populares para adivinarlo.

-Adivinar no es predecir científicamente.

-Pero ¡funcionan, don Felipe, ya lo creo!

Si la barriga es ancha y redonda, será niña.

Si es estrecha y puntiaguda, nacerá varón.

-Sí, claro.

Y así se tiene un 50 % de posibilidades de acertar.

-¿Y la prueba del anillo? Mi madre

se enteró de que yo era niña por la prueba de la alianza.

-¿Y eso cómo es?

-Se coge la alianza de un matrimonio bien avenido...

Celia, déjame la tuya.

-Eso son paparruchadas.

-Son siglos de experiencia, don Felipe.

Los hombres no entienden de esto.

Ni hacen caso.

Ahora necesito un cabello de la futura madre.

-Ahí. -¡Madre!

-Aquí.

-A ver.

Enhebra. Se pasa el cabello

por dentro de la alianza.

Y se deja colgando libremente sobre la preñez.

-Ahí.

Si el movimiento del péndulo del anillo

es circular, nacerá niña.

Si, por el contrario, es recto,

como el péndulo de un reloj, será varón.

-Eso son cuentos de comadres. Con perdón.

-¿No quieres saber lo que será?

-¡Será varón!

¡Un guapo y fortachón varón!

-Ya lo has oído.

Daría lo que fuera por que así sucediera.

-Sigo sin entender por qué se otorga más valor y consideración

a los hombres que a las mujeres.

-Quizás porque un hijo se puede ganar la vida por sí mismo.

Una hija puede traer problemas hasta que le consigan un marido.

-Pero eso era antes.

Ahora son más las mujeres que eligen su propio destino.

-Sí, pero también es cierto

que cuando una hija llega a la pubertad

hacen que los padres estén todo el día angustiados.

-No nos consideran responsables.

Piensan que somos tan ingenuas que el primero que llegue

nos va a dejar mancilladas o preñadas y abandonadas.

Y si esto es así es porque a las niñas

no se nos enseña a su debido tiempo

la verdad de las relaciones maritales.

Parece que todo es un complot para tenernos sumisas y en la inopia.

-Pero esto cambiará, y no tardará mucho.

Mujeres, como Leonor o yo misma, que demostramos cada día

que podemos valernos por nosotras mismas.

Si no fuera por la educación recibida,

podríamos hacer las mismas cosas que los hombres. De igual a igual.

-Llegará un día en que las mujeres podamos ser madres solteras.

-¡Uy! -Sin que nos insulten.

-Completamente de acuerdo. -Y yo.

-Esta conversación es procaz e impropia.

No se hagan ilusiones, señoritas, el Señor dio un orden

en este mundo.

Nosotros no somos nadie para cambiarlo.

Cada uno en su sitio, y sobre todo cada una.

-Ahora lo has dicho, Úrsula.

Alzarse contra los designios del Altísimo es pecado.

Pero que se alce una mujer...

es pecado mortal de necesidad.

Mejor vamos a dejarlo

o terminaremos diciendo cosas que no queremos.

-Sí.

Yo le daré el mismo trato y la misma libertad

sea niño o sea niña.

-Si es niña y no le pones freno, la desgraciarás.

No digas majaderías.

-Sea una cosa u otra, le querremos con todo nuestro corazón.

-Riquísimo el hojaldre, Carmen.

Muy fino. -Sí, me encontré...

-Quería usted repetir, ¿verdad, doña Rosina?

-Sí.

-Felicidades, Blanca.

Señoras, señores, lamento nuestro retraso,

pero traigo novedades. Terribles novedades.

"Es usted la única mujer, tal vez la única persona en el mundo,

que me haría hincar la rodilla".

"Quiero, delante de todos estos amigos,

pedirle que contemple la idea de casarse conmigo".

Te he empujado a aceptar esa boda.

No me lo perdonaré jamás.

¿Cuántas veces, hija, te reproché

que antepusieras tus deseos al deber?

Ahora comprendo que el equivocado era yo.

No supe entenderte.

Ni ayudarte.

Por eso te perdí.

Como ahora voy a perder a Silvia.

-Perdone, señor.

¿Quiere usted un...? -No quiero nada, Agustina.

-No quiero molestarle más. ¿Está bien?

-Agustina...

Prepare... mi equipo de esgrima.

Iré a la sala de armas.

Los guardias han entrado en la mina a sangre y fuego.

Después de algunos enfrentamientos en las galerías,

los mineros han sido desalojados. -¿Hay heridos?

-A docenas.

-¿Sabe sus nombres?

-La mayoría ha preferido no acudir al hospital.

Supongo que están siendo atendidos en sus propias casas,

o vaya usted a saber dónde.

-¿Es todo lo que saben?

-¿Qué quieres decir, Blanca?

-Diego...

¿Es que nadie va a preguntar por él?

-Mala hierba nunca seca.

Perdón. Quiero decir que mi hermano está curtido en mil batallas.

-Carmen, trae un cordial para doña Blanca.

-Cálmate.

No es bueno para tu hijo.

Lamento esas nefastas noticias.

Espero que los responsables

reciban su merecido.

-Mucho me temo que los mineros

han sido más víctimas que responsables.

Estoy seguro de que hay una mano negra

en el ataque de los guardias a la mina, y...

Y creo saber quién es.

Jerónimo Ribau.

Bueno, voy a arreglarme,

que no quiero hacer esperar a doña Rosina y compañía.

Estás a tiempo de venir. -No, gracias. Tengo cosas que hacer.

Pásatelo bien.

-No sé leer, pero a mí ese nombre no se me despinta.

Ahí pone César Cervera. ¿Qué pasa?

¿Leonor sigue empeñada en su novela? -Es su segundo intento.

Esta vez no participo. Me ha pedido opinión.

-¿Eso es lo que te impide venir a la cena?

No aprenderás nunca. Tú sabrás lo que haces.

Solo espero que seas prudente. -También lo espero yo de ti.

No sueltes en la cena todo lo que te venga a la boca.

Piensa antes de hablar. Pásatelo bien.

-¿Ha terminado de leerlo?

-Pues sí, ahora mismo estaba...

buscando la forma en que decirle lo que pienso.

-No le ha gustado, claro.

-No, no, no. Es magnífico.

Ha conseguido que las andanzas de mi padre cautiven.

No podía parar de leerlas.

Y eso que las conocía todas.

Le confieso que hasta en alguna ocasión

me han venido lágrimas a los ojos.

-Imagino que uno de los pasajes más emotivos

ha sido el del desierto del Gobi.

Cuando su padre está a punto de morir de sed.

-No sé de dónde ha sacado la información, pocos la conocen.

-Bueno, tengo mis fuentes.

¿Y el resto de los pasajes se ajustan a la realidad?

¿O he cometido más errores? -No, ninguno.

Todo fue así en realidad.

¿Quiere que volvamos a trabajar juntos?

Le podría dar detalles más preciosos. -No, gracias.

Aprecio mucho su opinión, pero voy a seguir escribiendo sola.

Quizá más adelante le consulto.

¿Qué está pasando?

-Ese tirador lleva toda la tarde sin perder un solo lance.

-¿Quién es?

-Ni lo sé ni tengo tiempo de averiguarlo.

Me espera el marqués de Viana. ¿Quiere acompañarme?

-Tal vez me acerque luego. Ahora quiero tirar un poco.

-Con Dios.

-Tocado.

-Con mucho gusto.

Lo siento.

General.

-Ya no esperaba verla hoy.

-Si es alguna molestia,

puedo volver mañana. -No. Usted nunca podrá molestarme.

-¿Puedo ofrecerle algo de tomar?

-¿No prefiere saber primero cuál es la causa de mi visita?

-Por supuesto que sí.

Reconozco que estoy más nervioso que antes de una batalla.

-No sufra.

No le haré perder más tiempo. -Mi corazón está en sus manos.

-Y yo no pienso rechazarlo.

He pensado mucho en su propuesta.

"¿Cómo puede seguir inquietándote"

la suerte de ese hombre, después de todo lo que ha hecho?

-Su engaño con Huertas no significa que se haya borrado de un plumazo

la pasión que he sentido por él.

-Así debería haber sido. Ese hombre es un rufián.

-Ya, ya lo sé.

He intentado odiarle de todas las formas,

pero no consigo imponerme a mis sentimientos.

Estoy muy preocupada por él.

¿Y si está herido?

¿Y si no tiene a nadie que le ayude? -Sosiégate.

Ya veré qué puedo hacer. Tal vez mi madre sepa algo.

-Gracias.

-"Es de suponer"

que es usted quien me ha citado.

-Efectivamente.

Soy la esposa

de Jaime Alday.

-Jerónimo Ribau.

He coincidido más de una vez con su marido en el Ateneo.

Espero que esté restablecido.

-Oh, así es, gracias a Dios.

Poco a poco se va recuperando.

-¿En qué puedo ayudarla?

Supongo que no estamos aquí para hablar de la salud de su marido.

-No.

Quería comentarle que estoy al tanto

de la situación de las minas

y de los terribles conflictos que hay con los trabajadores.

-Silvia ha dado el "sí, quiero" al general.

-Francamente, no sé si debo felicitarla.

-Ahórratelo.

-Es buen momento

para que nos informes de la situación.

Zavala y Tamayo tenían una cita con un tal Velilla.

Se trata de don Mariano Velilla,

un hombre clave en la guardia del Rey.

-Sé quién es. Si está de su parte, la situación es delicada.

-Significa que sus planes siguen adelante.

Todo indica que el asesinato puede ser antes de lo que creíamos.

-Paso más tiempo aquí que en mi casa.

Carmen, retírate, por favor, déjanos solas.

-Gracias, Carmen.

-¿Has averiguado algo? -Sí.

He conseguido cierta información.

-¿Él está bien?

-Ayer, mi madre recibió un telegrama.

Blanca, es una información muy secreta.

-Continúa, me tienes en ascuas.

Diego y los trabajadores salieron de las minas

para refugiarse en unas cuevas de un monte cercano.

Todo esto para que la guardia no les detenga.

-"Los trabajadores"

se refugiaron en unas cuevas para evitar ser detenidos.

Decidimos no dar parte a las autoridades.

-Me parece una decisión sensata. -Sí.

Pero alguien dio el chivatazo a Ribau. Los guardias

han entrado a la fuerza

deteniendo a los sindicalistas. -¿Hay heridos?

-A decenas. Son muchos los heridos graves.

Unos de bala

y otros tan solo contusionados.

Pero me han comentado que hay alguno al borde de la muerte.

-¿Diego estaba entre ellos? -"Ayer se fue precipitadamente"

y hoy le cuesta mucho hablarme.

-No es de mi agrado tratar con embusteros.

No quiero saber nada más de usted. -No entiendo nada.

¿En qué la he engañado? -Íñigo, ¿puede parar de mentir?

Que no me chupo el dedo.

-Le juro que no entiendo nada. Soy tan inocente como un niño.

-Qué desfachatez. Negando la mayor no va a conseguir nada.

-Ni afirmo ni niego nada, estoy "in albis".

-El pasaje que escribí, sobre el desierto del Gobi.

Es más falso que una peseta de madera.

Su padre nunca ha estado allí, y usted muchísimo menos.

¿Cómo es que lo dio por bueno?

-"Una señora de su categoría"

tiene que tener decenas de guantes. Se ha dado mucha prisa

en recoger este par. -Sí, son de mis favoritos..

-Tienes un gusto exquisito. Tu presencia ilumina esta casa.

-Sí, es una lástima que tengamos tanto trabajo.

-Disculpen, soy incorregible.

Les he vuelto a distraer. Será mejor que me marche.

-Con todos mis respetos, general.

Debería deshacerse de ella.

No tenemos tiempo para romances. -Mida sus palabras.

Usted no es nadie para decirme a quién admito.

Le exijo un respeto para mi prometida.

-¡Tú diste el chivatazo! -No sé por qué me acusas, Leonor.

¿Qué habría de ganar con ello? -¿Proteger a Diego?

Es la única explicación.

Te pusiste nerviosa.

Has utilizado a los mineros como moneda de cambio

para que a él no le suceda nada. -¿Cómo?

¿Es que no me conoces? Sería incapaz de hacer algo así.

-Después de lo que te he visto hacer por Diego, permíteme que lo dude.

Cuando se trata de Diego, tu proceder es irracional.

-Estás siendo injusta. Te reitero

que no lo he hecho. -Eras de las pocas que lo sabía.

La única que tenía un motivo para hablar con Ribau.

-"Señora, el asunto que le encargó

al señor Riera es de mucha enjundia. -Eso no es de tu incumbencia.

¿Te queda claro? -Sí, señora.

No te metas en mis asuntos.

No es de recibo que una criada sea tan curiosa.

Y mucho menos que se atreva a hablar antes que su señora.

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  • Capítulo 713

Acacias 38 - Capítulo 713

05 mar 2018

Samuel se niega a la insinuación de Úrsula de matar a Diego. Úrsula rabia ante la buena relación de Blanca con las mujeres del barrio y planea aislarla y forzar un acercamiento entre Samuel y Blanca. Silvia, descolocada ante la propuesta de matrimonio de Zavala, pide tiempo para pensarlo. Además, rabia al ver que Arturo no se opone al matrimonio, pero el coronel está tocado. Martín cuenta a sus amigos que celebrará una boda con Casilda por su aniversario. Carmen sigue siendo rechazada en el altillo. Rosina comparte con Liberto su preocupación por que Flora no parece feliz junto a Íñigo. Los Hidalgo invitan a los chocolateros a cenar, pero Íñigo rehúsa y anima a Flora a ir sola. La situación en la mina es cada día más difícil. Blanca se preocupa por Diego al saber que hay altercados en la mina.

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  1. Lulu

    Por aquel entonces no existía la juventud como tal No tiene sentido que Rosina dijera eso pero bueno

    05 mar 2018
  2. Saro

    Vaya, veo que no solo yo me he dado cuenta, hasta Liberto le dice a su esposa: "y, ahora que lo pienso yo, es verdad que tú y yo, últimamente, hacemos muy pocas cosas juntos" ... "pues, podríamos empezar bebiendo, no me has acompañado" dice ella. Rosina, menos beber y más dedicarte a Liberto como lo hacías antes ... ¡ah! y no te preocupes tanto porque Flora esté "desperdiciando su juventud", que tú no sabes nada de ella y espero que no te vaya a pesar "tanta preocupación" por Flora. Preocúpate por Liberto que es, al fin y al cabo, el que a tí te interesa y te debe preocupar.

    05 mar 2018