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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 712 - ver ahora
Transcripción completa

Señores, que comience la fiesta.

-Gracias.

-Se ha llenado. -Hombre, aquí dan algo gratis

y se apunta hasta el último gato. -Aprisa o se acabarán los dulces.

-¿Habéis visto?

Víctor y Julián estarían orgullosos.

Tengo sospechas de que utiliza a la Asociación de Patriotas

en su propio interés.

-¿Qué le hace pensar así? -Ayer vi en su casa

los maletines con los fondos.

En teoría, pretendía llevarlos a Alemania para comprar armas.

El dinero no estaba allí.

¿Cómo se atreve? Es usted un hombre casado.

Esto no ha pasado. -"Si quiere ayudarnos,"

tendrá que colaborar

con la señorita Reyes.

-Ya sabe lo que opino.

-No podemos infiltrar a otro agente.

Deberán trabajar juntos.

-"¿Quién es el padre?".

¿Diego o yo?

-No lo sé.

-¿No lo sabes?

-Por las fechas, podría ser cualquiera de los dos.

Pero si muere lejos de estas calles,

Blanca nunca sabrá lo que sucedió.

Pensará que fue engañada, que no la amaba.

-Eso es lo que debo hacer: irme de su vida, odiado para siempre.

Tú hiciste una promesa formal

cuando te casaste con Samuel.

No puedes incumplir eso.

Él ha sido demasiado benigno contigo.

Por eso he tenido que intervenir yo,

para poner freno a esta abominación.

(BLANCA) Usted siempre será para mí

el que destrozó lo más hermoso

que tenía en mi vida.

Y si no he terminado con ella,

es por el hijo que estoy esperando.

Por nada más.

(ÚRSULA) "Ya tienes a Blanca en casa".

-Pero no en mi vida.

Quiero que Blanca vuelva a ser mía. Que sea mi verdadera esposa.

-No sufras por eso.

Blanca será

todo lo que tú desees.

Te lo juro.

(Campanillas)

A los buenos días. Hoy se me han pegado

las sábanas.

Si es que llevaba hasta el mandil sucio

y no me he dado cuenta hasta ahora.

-¿No te habrá visto tu señora? -Nones.

Esa está en los brazos de Morfeo. -Mejor.

Así no te puede ver. Valiente cochina estás hecha.

¡A ver!

¿Alguna tiene un delantal que le pueda prestar?

-Acabo de recoger el mío.

-Con lo giganta que eres, mujer,

y lo chiquilicuatre que soy yo,

va a parecer que llevo un hábito.

-Casilda, anda, toma el mío, que yo me pongo otro.

Pero me lo devuelves lavado, planchado y almidonado.

-Descuide, "señá" Fabiana. Como el manto de la Virgen.

-¡Venga!

¿Qué pasa hoy, que estáis todas perezosas?

El suelo no se friega solo.

-Pues hale, yo ya me marcho a faenar.

Con Dios.

(FABIANA) ¿Tú no bajas, Lolita?

-Tengo tiempo.

Don Felipe y doña Celia se levantan tarde.

-Anda, igual que los Palacios.

¿Y el coronel qué,

Agustina?

-Se despierta al alba.

Pero se pone con sus ejercicios y quiere tranquilidad.

Y encima, hoy tenía desayuno fuera de casa.

Así que me dedico a la plancha.

Esta noche tiene cena y necesita

el frac. -A la paz de Dios.

¿Hay café y bizcocho

para dos trabajadores esforzados? -Para un trabajador abnegado

y para otro que es un marqués.

Yo ya he sacado la basura

y usted acaba de amanecer. -Qué insolidario. Que sepas

que la unión de los trabajadores

hace la fuerza.

-Tome, Servando, bizcocho no hay.

-Pues un poco de mantequilla y pan reciente.

-No sé dónde lo hecha. -En la barriga.

-¿Barriga yo?

Vamos, con el tipín que tengo...

En la antigua Grecia, sería modelo.

-Desnudito y todo.

-Y con una hoja de parra.

-Calla.

La que tiene barriga

es doña Blanca, que ya está de siete meses.

-Por cierto, doña Carmen, ¿cómo va el estado de doña Blanca?

-Bien, a Dios gracias.

Disculpen, llevo algo de prisa.

-Huy, ni que fuera la marquesa de los higadillos

de pollo, que no se habla con los pobres.

-La culpa la tiene Martín. ¿A qué viene preguntarle?

(LOLITA) Si es más seca, nace cactus.

Y vamos, que llegamos tarde todos.

-¿Y mi desayuno?

-Póngase usted lo que quiera.

-¿Que me lo ponga yo?

¡No queda decencia!

Que un portero de primera

tenga que hacer labores de una criada.

-Deje, deje, que ya le pongo yo la tostada, hombre.

-¡Dios se lo pague, Fabiana!

(Sintonía de "Acacias 38")

Gracias por haber acudido tan pronto.

-El trabajo siempre es lo primero.

Además, es un placer si se trata de atender a Blanca.

-Las futuras madres

han de cambiar de modelo a fin de esconder su embarazo.

-Veo que ya has pasado

al alivio. -Sí.

Aunque el dolor va por dentro, la vida sigue,

Susana.

¡Oh!

-Si tengo que ser sincera, me veo como un paquete de papel de estraza.

-Bueno, tal vez si escogemos unos colores más vivos

o le ponemos más adornos en cuello y mangas...

-¿Por qué tengo que ocultarme? -Ya sabes lo que dicen.

Hay alcahuetas que echan el mal de ojo a las embarazadas.

-Absurdo. No creo que haya alcahuetas.

Y no irán echando males de ojo.

Y no creo en los males de ojo.

-Es la tradición y es lo decente, punto redondo.

Las embarazadas disimulan sus redondeces.

Y no discutas más, por favor.

-Pues nada, doña Susana, a ver qué puede hacer

para que no quede tan feo. ¿Me lo puedo quitar ya?

-Las medidas están bien.

Si quiere, buscamos más encajes, vemos si le podemos acoplar

alguna cosa. -Hoy no podrá ser.

Tengo hora en el médico para ver la evolución.

Escoja usted misma.

-De acuerdo.

Me lo llevaré para hacer los arreglos.

Entonces hacemos dos vestidos. -Sí.

Espero que sean suficientes.

Aún le quedan unas pocas semanas. -Nos ponemos con ellos

enseguida.

Quizá hoy te pueda mandar uno.

-Sé generosa con las medidas. Todavía engordará más.

-Ella es de constitución fina.

No como yo, que me puse como un tonel cuando tuve a Leandro.

-Lo es, pero no para de comer.

Dice que come por dos, pero yo creo

que come por tres o por cuatro.

Pero qué gusto verle de nuevo por aquí.

Venga conmigo.

Llévelo a las tres de la terraza.

Gracias.

Oye, esto está a rebosar de gente. -Sí.

Parecía que La Deliciosa se acababa.

Y ahora vienen de otros barrios a llevarse pasteles.

Eso sí, se echa de menos a Víctor.

-Sí.

Víctor y su madre siempre fueron el alma de esta chocolatería.

Pero Íñigo y Flora se están haciendo con todos.

Mírela. Se está metiendo

a los clientes en el bolsillo.

Quién la ha visto y quién la ve.

-Son los mejores ingredientes. Pidan lo que quieran con libertad.

Carolina, atiende a los señores de Vargas

y tráeles de parte de la casa una porción de tarta de higos.

Bueno, espero que les guste y que nos recomienden.

Disfruten.

Buenos días. Qué honor para nosotros.

¿Les han atendido bien?

-Sí, perfectamente. Una camarera nueva.

-Será que el negocio

va bien. -Gracias a Dios.

Bueno, a Dios y a las buenas gentes de Acacias.

Sin las recetas de los vecinos,

seguiríamos vendiendo agua de fregar.

Y también a la amistad

de los Hidalgo.

-Amistad ganada a pulso. -¿Y quién nos lo iba a decir?

Estamos más felices que cochinos en la alberca.

-¡Querida!

¡Esas expresiones! -Tiene usted razón, se me escapan.

Ya sabe que estoy asilvestrada.

¿Y qué decir de mi esposo?

A ese sí que le cuestan las reglas de la ciudad.

-¿Sí? -Bueno, cualquier duda,

no duden en avisarme.

Si las tostadas con mantequilla están bien.

Pero donde estén unos cruasanes,

unos suizos, unos churritos, unos picatostes.

-Si quiere desayunar de eso, vaya a La Deliciosa.

-¿Y de dónde saco yo el parné?

Ni que tuviera tierras yo por esta España nuestra,

verbigracia, nuestra piel de toro.

-Si quiere desayunar gratis, tostadas y va que se mata.

-Aunque bien es cierto

que allí hacen buen género. -Y tanto.

¿Quién se lo iba a decir a los Cervera?

Parecía que el negocio no duraría.

-Buena estilográfica me agencié yo.

-Hace tiempo que no se la veo.

-Porque la perdí.

-Bueno, solo sabe escribir su nombre.

-Deberían aprender a leer y escribir.

Que no es tan difícil. Yo no sabía nada

y ya leo de corrido gracias a don Arturo.

-Si quisiera, escribiría más que el Galdós ese.

Pero no quiero. -Iba a aprender

en una hora y media y a escribir el Quijote.

Bueno, ¿qué, ha terminado ya?

-Tranquilo, que me sientan mal las cosas.

-Marcho, que tengo mucho que hacer en casa de mi señor.

-Huy, su señor, y bien elegante que va siempre.

-Vamos, como un pincel, como yo.

-Sí, igualito.

Agustina, ¿cuándo se casan el coronel y doña Silvia?

Ahí sí que va a tener que planchar.

-¿Casarse? No son novios, solo amigos.

(RÍEN)

-A otro perro con ese hueso. Si están todo el día juntos.

-Como personas educadas, han mantenido su amistad

aunque en otros tiempos hubiera algo más entre ellos.

Eso se acabó.

-Bueno, ya está bien

de cotilleos.

Cada uno a lo suyo, que nosotros hemos nacido para la labor.

Hala. -Venga.

(SILVIA RÍE)

No es cierto, no me creo que tuviera que disfrazarse usted

de marroquí.

-Se lo juro.

O me ponía el turbante o me daban matarile allí mismo.

Quién fuera joven para meterse

en esos berenjenales.

Ya lo decía Don Juan:

"Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí,

a los claustros escalé

y dejé memoria amarga de mí". -Es usted un poeta.

-Un caballero español. Poeta y guerrero.

-¿Qué le parece, Arturo? ¿Había escuchado

una historia así?

-Menos mal que tuvo sangre fría.

De lo contrario, no estaría hoy aquí.

Valiente, desde luego.

-No sea modesto, Arturo. Todos hemos corrido peligros.

Usted el primero.

-Es la profesión que elegimos para servir

la que nos ha proporcionado emociones así.

-General.

Tenemos un tema

del que debemos tratar. -Ahora no.

Nos privaría de su encantadora presencia.

-Si debo ausentarme...

-No, por favor, esos temas pueden esperar.

No dejemos

que la política nos aparte

de lo importante.

La tranquila plática de las personas

a las que admiramos.

-Hoy debemos dar órdenes... -Tamayo, ya le he dicho

lo que pienso.

-Les recuerdo que tenemos esta noche una reunión

con el resto de camaradas.

Allí podremos tratar esos temas.

-Tiene razón.

Esta noche lo tratamos,

Tamayo.

¿Quiere más café, señorita? -Por favor.

-¿Me deja que se lo sirva?

¿Leonor?

-¡Ah! -Buenos días.

Perdona que te moleste.

Pero, al verte, he tenido la sensación de recordar.

Un "déjà vu" que llaman los franceses.

-¡Me interesan tanto estas sensaciones!

Yo creo que nos anuncian algo.

Pero no somos capaces de interpretarlo.

-Bueno, el mío no ha sido tan arcano.

Era de cuando Víctor y yo éramos críos.

Solo pensábamos en travesuras

mientras tú pasabas la tarde estudiando.

Y muchas veces, en esta mesa. Te he visto

y lo he sentido. -¿Y dices que soy una sosa

desde entonces? -No,

para nada: tú eras la única con la mente clara.

Ya decías

que querías ser escritora.

¿Estás con tu nueva novela? -Bueno, algo parecido.

Ya te enterarás cuando tome forma.

¿Qué tal tú?

-Vendiendo cafeteras.

Me va bien y me gusta.

Y así tranquilizo a mi padre. Bastante tiene con el yacimiento.

-Calla. Mi madre está al borde de un ataque de nervios.

-Esperemos que se solucione.

En fin, te dejo seguir trabajando.

Pero seré el primero en comprarla. Voy a hacer cola en la librería.

-Gracias. Suerte con las cafeteras.

-Gracias.

-Leonor, ¿has visto

a Samuel? Tiene que acompañarme al médico.

-No, la verdad.

Pero estaba concentrada e igual ha pasado y no lo he visto.

-¿Cómo va la biografía? -¡Chist!

Calla, que no quiero que nadie se entere.

Solo a ti te lo he desvelado. -Perdón.

¿Cómo va tu libro misterioso?

-Más lento de lo que me gustaría. Si al menos Íñigo me ayudara,

pero es muy cerrado con todo lo de su padre.

-¿Por qué no te dedicas a otro tema?

Tampoco es alguien tan importante. -Lo es.

Blanca, lo es.

Es el mayor aventurero español

después de los de América. -No te engañes.

A ti lo único que interesa

de César es su hijo, Íñigo Cervera.

-¡Blanca! Es un hombre casado.

-Pero te gusta. -Y su esposa es mi amiga.

-No busques excusas.

No lo puedes evitar. Ese hombre te encanta.

-Si es un descarado.

-Quizá por eso te gusta tanto.

-¡De acuerdo, igual no me disgusta!

Pero, de ahí a que me encante, hay un trecho.

-Para ti

la perra gorda.

Me voy, voy a buscar a Samuel.

-Voy contigo, que tengo que dejar

estos libros en la biblioteca y coger otros. Vamos.

No me extraña que esté preocupada. -Pues claro.

El médico dice que deje de pensar en los problemas.

Que acabaré perdiendo salud y nervios.

-¿Y quién se ocupa de todo?

-Mi esposo, don Ramón y Diego, que está allí, negociando "in situ".

-Son gente de confianza.

Aunque, yo que usted, no quitaría la vista.

Una visión femenina siempre es más real.

-El ojo del amo engorda al caballo.

-Qué buen refrán. ¿Verdad, amor?

-¿Perdón? -Este hombre, siempre por los cerros

de Úbeda. -Como todos.

Eso decíamos, hace falta una mujer

para poner los pies en el suelo.

Andaba usted con la mente a muchas millas.

¿Quizá en aventuras como su padre?

-Vaya idea, doña Rosina.

Flora y La Deliciosa son

mis únicas preocupaciones y mis únicas devociones.

-Bueno, hay un asunto que tenemos pendiente usted y yo.

-Su champán llega de Francia

esta tarde. Antes de la cena, lo tendrá en casa.

-Con una rebaja en el precio.

-No, no, sabe que no puedo.

Bastante rebaja tiene ya con no pagar las tasas.

-Lo bueno sale caro, ya sabe.

-Permítame que les diga que son dos estafadores.

-Oiga,

no hay estafa si el estafado

está feliz.

Y a usted ese champán la llena de felicidad.

No me diga que no, que es usted nuestra mejor clienta.

-¡Ay!

(LOLITA TARAREA)

¿Por qué planchas el periódico, Lolita?

-Para que los señoritos no se manchen los dedos

de tinta. -¡Ah!

Ni don Liberto ni doña Rosina me lo han pedido nunca.

-En casa de mi prometido, tampoco.

Se lavan las manos con agua y jabón.

Pero don Felipe me dice que lo haga y lo hago.

Para lo que me gusta...

-Ese es el retrato de la reina, ¿no? -¿Sí?

¿A ver?

La reina María Cristina concede los últimos indultos.

-¿Ya no va a indultar más?

-Lo que no va es a seguir siendo regente.

Van a coronar a su hijo Alfonso XIII.

-Alfonso XIII, qué mal fario.

Ya podría llamarse Alfonso XIV o 12,5.

-A las buenas.

-Martín, doña Virtudes ya no da más indultos.

¿Te acuerdas tú de cuando te indultó a ti?

-¡Buf! Como para no acordarme.

Me veía ya con el collar

de hierro. -Qué angustias pasamos.

-Sí. Menos mal que todo Acacias

se portó con nosotros.

Don Felipe te defendió, doña Leonor escribió a la reina.

Y don Mauro, que creyó que eras inocente.

-Es que lo era, canija.

-Pues sí.

Aún me acuerdo de ello como si se tratara de ayer.

-Pero duerme en Acacias, seguro.

-Perdóneme, es que no me sale esperar. Todo son miedos.

Me imagino a la reina pensando en Martín

y me entran todos los temores.

Que para mí que soy muy caprichosa. -Que no te entren más temores.

Date la vuelta.

-¡Martín!

-¡Casilda! -Muchacha,

deja que le quiten las esposas.

Te vas a hartar de él.

-Sí.

-¿Y qué?

¿Ya te has hartado de mí?

-Don Felipe tenía razón. -¿Eh?

-Que estoy de chanza, Martín. -Ah.

-Pero si eres el hombre que yo más quiero.

Ay, ven aquí.

-Yo mejor me voy, que las de Cabrahígo

somos muy pudorosas para los besos ajenos.

-Bueno, lo que te iba diciendo.

Don Felipe tenía razón.

Que nos quedaba mucho por pasar juntos.

Hemos vivido muchas cosas.

Y las que nos quedan. Ay, Martín,

te quiero mucho. -Y yo a ti,

canija.

Y no son ellos los que dejan de trabajar con joyerías Alday,

somos nosotros los que dejamos de servirles.

-Mejor tomárselo así. -Y encima la excusa que nos ponen.

Que lo de mi matrimonio les ha escandalizado.

Como si eso tuviera que ver con el trabajo

Y la nuestra no fuera la mejor joyería.

-Sí, así es la gente.

No se imagina la de críticas que recibí yo

por casarme con una mujer más añosa.

-¿Cómo decía la Biblia?

Sepulcros blanqueados, eso es lo que son.

-Lo mejor es pagarles con el desprecio.

En fin, que debo ausentarme.

Tengo que ver a don Ramón.

-¿Hay noticias sobre los conflictos en el yacimiento?

-Sí, y ninguna buena. Pero pronto se solucionarán.

A más ver.

-A más ver y gracias por su apaciguador consejo.

-Samuel, ¿dónde estabas? No te encontraba.

-Gestiones en el centro.

-¿Habías olvidado que tengo médico?

-Perdona, Blanca, lo había olvidado.

Esta memoria mía, que no sé dónde la tengo.

¿Llegamos a tiempo? -Sí si salimos ya.

¿Vamos? -Vamos.

Blanca,... paseemos

cogidos del brazo como un matrimonio feliz.

Así las cotillas no abrirán la boca.

-¿Por qué debemos fingir ser lo que no somos?

Está bien, dame el brazo.

-Gracias.

Al final, lo importante es que el embarazo llegue a buen término.

¿Prefieres niño o niña?

-Me da igual.

Que nazca sano es lo único que importa.

Atan los perros con longanizas, Fabiana.

Desde que don Felipe es asesor del marqués de Viana,

en casa de los Hermoso

todo es de lo bueno lo mejor.

-Y bien que se lo tienen merecido.

Doña Celia y don Felipe han sido siempre de lo más fetén.

Lo mejor de Acacias y alrededores.

-Un día aparece el rey a cenar en su casa, ¿se imagina?

-El futuro rey, que lo que tenemos es regenta.

Doña María Cristina. -Para lo que le queda...

-Me parece a mí

que coronan en un par de semanas.

-Yo le tengo afecto a la madre,

que me indultó, como ya sabe Lolita.

Gracias a ella, salvé la vida y casé con Casilda.

-Huy, Martín, ¿cuánto tiempo hace ya de eso?

-Unos dos años será.

-¿Cuándo es el aniversario?

-Pues no recuerdo el día, pero por estas fechas.

-¿Nunca habéis celebrado el aniversario?

-¡Buf! Pues, ahora que lo dices...

-Desde luego, Martín, aún no entiendo

cómo la Casilda bebe los vientos

por ti. ¡Ay, con esa cabeza

para nada bueno que tienes!

-Tiene toda la razón.

¿Qué menos se merece que celebrar nuestro aniversario? Eso sí,

tengo que pensar un buen regalo

para que la Casilda se ponga muy feliz.

¿Qué podría ser?

-No te preocupes, algo se nos ocurrirá.

Anda, vente, vamos a darle al caletre.

(RÍE)

-¡Ay!...

¿Viajar al mar? Ni me acuerdo de la última vez que lo vi.

Creo que fue cuando fui a Inglaterra.

Me encantaría.

-Lo organizamos cuando pueda.

-Pero nos bañamos. Sin excusas.

-Soy muy friolero.

-Yo te seco después.

-Perdonen que les moleste, solo quería saludarles.

-Don Ramón, por favor, tome asiento.

-Se les veía tan dichosos que temía

que mi presencia les molestara.

-Los buenos amigos siempre son bienvenidos. Por favor,

un chocolate. -Usted nunca nos molesta.

¿Cómo va el yacimiento?

-De mal en peor.

Su esposo ya lo sabe.

Las negociaciones están encalladas.

-Puedo hablar con las autoridades.

-De ninguna manera.

Ya sabemos cómo lo arreglan las autoridades.

Enviando a la fuerza pública. Y me niego a la violencia.

-Tiene usted razón. -Al fin y al cabo, todos somos

seres humanos, tanto ellos como nosotros.

Y seguro que nos entenderemos dialogando.

-Muy buenas tardes. ¿Molesto?

-Don Jaime, siempre es un placer verle.

Y, sobre todo, tan bien. ¿Del hospital?

-Sí, de rehabilitación.

Hay días que no apetece hacer esos ejercicios.

-Pues no lo deje.

Avanza a pasos agigantados. -Es muy generosa.

Mis pasos son más bien cortos.

¿Qué tal todo, bien? -Viento en popa.

Aunque ya nos marchábamos.

Nuestras obligaciones nos reclaman.

Les dejamos a solas. -Vayan

sin ceremonias.

Siento haberles echado de la mesa. -Ni hablar.

Ya estábamos de partida.

Dele un saludo a su esposa.

Nos vemos por el barrio.

-Con Dios. -Ha sido un placer.

Gracias.

-Don Jaime.

Le encuentro a usted mucho mejor.

¿Ha tenido noticias de Diego?

-Qué generosos son todos los vecinos.

Sí, precisamente ayer recibí carta del yacimiento.

Y aunque es consciente de las dificultades,

él cree que la negociación puede llegar a buen puerto.

-Dios quiera que sea así.

Llevamos semanas sin ver ingresos.

Y allí tengo la gran parte de mis bienes.

¿Quiere usted un chocolate?

-La verdad es que preferiría un té.

-Iré a pedirlo dentro, porque aquí nadie nos va a hacer caso.

(DIEGO) "Querido padre: Relaciono sus preguntas".

"Entiendo su angustia".

"Pero el mal avanza lentamente".

"Me siento aún con fuerzas".

"La enfermedad todavía no ha hecho mella en mí".

Hay que andarse con mil ojos.

Las paredes escuchan.

Quizás sea mi obsesión, pero todos los que espiamos

creemos que nos espían a su vez. -Deberíamos vernos

en otro lugar. -No lo hay más seguro.

¿Cómo ha ido el desayuno con el general Zavala?

-Un éxito. Pasó todo el tiempo

a mi lado refiriéndome anécdotas

de su juventud.

-No son sus aventuras juveniles

lo que nos interesa. Son sus aventuras conspiratorias.

-Cuando un hombre empieza a hablar de su juventud,

está a punto de derribar sus diques. Confíe en mí.

-¿Usted qué opina, coronel?

-Zavala está fascinado

con Silvia.

Aunque no sé si será suficiente para que se lo revele todo.

Y si realmente es un traidor a la patria.

-No está fascinado.

Está enamorado.

Sabré sonsacarle la información.

-Será capaz.

No es la primera vez que manipulas a un hombre.

-No quiero que los problemas personales interfieran.

-Los intereses de España están por encima de los nuestros.

-Así es y así será.

Si me disculpan, hoy ceno con Zavala y debo prepararme.

-Hágame saber si tiene algo.

-Lo haré.

-Con Dios.

¡Qué alegría que el médico te haya dicho que todo va bien!

-Figúrate. Yo siempre había tenido miedo

de que el mercurio le afectara.

Y no quedan ni trazas en mi sangre.

-Enséñame las ropitas del niño. -O de la niña.

-O de la niña.

-Mira, la mayoría son regalo de mi madre.

-¡Oh!

Al final,

doña Úrsula será buena abuela.

-Eso permíteme que lo dude.

La he conocido como madre y me costaría creer que ha cambiado.

Mira qué chaqueta tan mona.

-¿Gris? -Mejor así.

Que todo sea gris o blanco. Así vale para niño y para niña.

-Yo nunca entenderé esa convención

de azul para los niños y rosa para las niñas.

Como si a ellos les importara.

-Tradición, supongo.

Mira la cuna.

-¿Qué santa es?

-Santa Olga de Kiev.

Mi madre le tiene mucha devoción.

-¿Y la vas a quitar de la cuna?

Seguro que piensa que protegerá a la criatura.

-Ya, pero no me gusta.

Me recuerda a mi hermana Olga.

-Deja de pensar en el pasado.

El porvenir de tu hijo será distinto.

¿Vamos al salón? -No, espera.

Quiero preguntarte algo.

-Tú dirás.

-He oído que hay problemas en el yacimiento.

-Así es.

Los trabajadores han tomado la mina y no se extrae nada de oro.

-Diego está allí.

-Blanca, cuando te digo que olvides el pasado,

también me refiero a Diego.

-Ya lo sé, pero no lo puedo evitar. -Ese hombre fue

un canalla contigo.

Cuanto más lejos, mejor.

-Es que me acuerdo de él cada noche.

-Pues yo no te lo recordaré. Allá tú.

Lo mejor para ti, tu hijo y tu matrimonio

es que olvides a ese hombre.

Tienes un esposo que te ama.

-Os estamos esperando para el té.

-Gracias, Samuel. Yo no puedo quedarme, tengo trabajo.

Solo he venido a ver las ropitas.

Ya me marcho.

-No comprendo cómo os pueden gustar tanto.

No es más que ropa sin estrenar.

-Ya cambiará de opinión cuando vea a su hijo.

Le parecerá la ropa más bonita del mundo.

-Supongo que sí.

Instinto paternal lo llaman.

Le acompaño a la puerta.

-Con Dios.

(ÚRSULA) "Y supongo que vendrán"

todos los vecinos a la merienda.

Si te sientes fatigado, no es necesario que te quedes.

Con que salgas a saludar será suficiente.

-En nuestra época, no se hacían meriendas

para celebrar los siete meses de embarazo.

-Siempre se han hecho, Jaime.

Pero ha pasado mucho tiempo

y tú ya ni te acuerdas.

-Nos hacemos mayores.

-Tú más.

-Sí.

Me hago mayor.

Cada vez me quedan menos cosas por ver en esta vida.

-¿Y tu nieto? ¿No te hace ilusión?

-Sí, claro.

Un nuevo Alday en el mundo.

-Y un nuevo Dicenta.

-También.

-¿Cómo va la preparación

de la merienda?

-Seguro que viento en popa.

Se están encargando Úrsula y Blanca, así que será un éxito.

Yo solo saludaré y me retiraré.

-Debería estar usted presente. El orgulloso abuelo.

-Si no quiere, déjalo tranquilo,

Samuel.

-Tiene razón.

Los protagonistas

sois vosotros, los padres de la criatura.

-Mañana veremos.

Le diré a Carmen que sirva el té.

-Voy con usted. Así selecciono

las pastas.

-Padre, creo que debería mostrar

algo más de entusiasmo por el nacimiento de su nieto.

-Tienes razón, Samuel.

Pero no puedo olvidar que tengo un hijo

al que le quedan pocas semanas de vida.

Esa es una sensación

insoportable.

¿Esto es todo lo que ha llegado?

-El cartero dejó por error un sobre para don Ramón Palacios.

Ya se lo he llevado.

-¿Ve lo importante que es saber leer?

-Tiene razón, señor.

Ya me gustaría haber podido aprender de niña.

No habría sido criada.

-¿Qué le habría gustado ser? -Maestra.

Me habría encantado estar siempre rodeada de niños.

-Bonita profesión.

Aunque no soporto a los niños.

¿Ha preparado ya el chaqué?

-Sí, señor, lo tiene en el galán de noche.

Le he preparado dos camisas y los gemelos.

-Perfecto, Agustina.

(Llaman a la puerta)

Vaya a abrir.

-Don Arturo, está aquí

el general Zavala.

-Qué sorpresa. ¿Qué le trae

por aquí?

Agustina, sírvanos un café. -No es necesario.

Solo estaré unos minutos. Déjenos solos.

-¿Algún problema? -No.

Simplemente algo que quería tratar con usted,

sin la presencia del teniente Tamayo.

Y antes de que nos reunamos.

-¿Algo relacionado con la compra de armas?

Soy todo oídos. -No, es algo personal.

Relacionado

con doña Silvia Reyes.

Usted tuvo una relación personal con ella.

-Eso fue hace tiempo y durante un corto periodo.

Lo sé.

Pero me siento en la obligación de consultarle.

¿Ha abandonado toda intención amorosa ella?

-Por completo.

-En ese caso,

si no tiene inconveniente,

me encantaría ahondar en mi relación con ella.

-¿Se refiere a cortejarla?

-A nuestros años, no tenemos tiempo para cortejos.

Muy pronto sabrá usted de mis intenciones.

Pruébatela. Y si no hay que hacerle más arreglos,

podrías estrenarla en la merienda. -Es una blusa

horrorosa. -Es lo que se espera

que lleve una embarazada como tú.

-Voy a parecer una ballena.

-Exageras.

Además, le faltas el respeto a la sastra.

No digas nada

hasta ver cómo te queda.

-Está bien.

Me la probaré aquí, sin ir a la alcoba.

-Úrsula, ¿dónde está mi...?

-¡Chist! (SUSURRA) Blanca está dentro.

-¿No vio a mi padre desecho? Está muy preocupado por Diego.

Y temo que su preocupación termine por llevarse a mi padre.

-Lees muchos folletines.

La pena no mata.

-Yo no estoy tan seguro.

-Yo sí.

-Necesito ayuda con los botones de la espalda.

-Ve.

-Puede que no esté visible.

-Eres su esposo,

tienes derecho.

Y es más,

yo diría que tienes la obligación de desearla.

-No quiero violentarla.

-Eres demasiado melindroso.

-Madre, ayúdeme con los botones de la espalda.

-Claro.

-Pensaba que estaba mi madre.

-¿No te sirvo yo?

Solo quiero ayudarte con los botones.

-Está bien.

Aquí tiene sus suizos.

Le he puesto uno de más. La acompaño a la puerta.

-Muchas gracias, don Íñigo. He de confesarle una cosa.

Sé que a mi Ramón le gustan más estos suizos que los de antes,

los de los Ferrero.

-Un gran honor para Flora y para mí. -Que no he dicho nada.

Dios me libre que se entere María Luisa.

-¿Qué tal le va a ella?

-Pues muy bien.

Dicen que ya están adaptados al país y que les encanta.

A María Luisa se le da de perlas el francés.

Ya solo le queda quedarse en estado

de buena esperanza para darle un nieto a su padre.

-Y a usted.

-Íñigo, me ofende. ¿Acaso me ve con cuerpo

de abuela?

-Hombre, doña Trini, la abuela más galana de España.

-Muchas gracias, resalado.

A más ver. -A más ver.

-Buenas noches.

-Qué alegría verla.

¿Le puedo ofrecer algo?

-No, no voy a consumir.

Solo venía a hablar.

-No le niego que me produce una gran satisfacción. ¿Entramos?

-No, no será necesario.

Me gustaría que leyera esto.

-"Los confines del mundo. La apasionante vida

de César Cervera". -No es el título definitivo.

Seguramente será "César Cervera

y los confines del mundo". Son los dos primeros capítulos.

-No sabía que siguiera usted ocupada con él.

-Pues ya ve. Me interesa el personaje

y me gustaría que usted me aportara algo.

-Sí, lo haré.

Lo leeré con atención.

-Gracias. Buenas noches.

-Buenas noches.

¿No acompañas a tu esposa a la alcoba?

-¿No se cansa de hacer chanzas a mi costa?

-Oh, de ninguna manera. Nada más lejos de mi intención.

Pensé que ver a tu mujer a medio vestir

azuzaría tu deseo.

-No es mi deseo el apagado, es el de ella.

Cuando la toqué, se esforzó por no huir.

No sé dónde nos lleva esta estrategia.

Mi padre, muerto de pena; y ella, tan alejada de mí

como el primer día.

-Los dos siguen pensando en Diego.

Y en la proximidad de su muerte.

El día que llegue... -Los dos sabemos que no va a llegar.

Los informes médicos son falsos.

-Hay muchas maneras de morir.

La intoxicación por mercurio no es la única.

-¿Qué insinúa?

-Pensaba que la muerte de Diego

podría ser tan triste como beneficiosa.

¿No crees?

(Música clásica)

Viene usted bellísima, doña Silvia.

Precioso vestido.

-Muchísimas gracias, Tamayo.

Es usted muy amable.

-La dejo con don Arturo.

Ahora llegará el general.

-En verdad estás bellísima.

-Espero que tus palabras sean más sinceras que las de Tamayo.

Se nota a la legua que no me traga.

-Tendrá que cambiar de opinión.

Tus acciones aquí están al alza.

No sabía que estabas invitada.

Pensé que solo era

para la Asociación.

-Recibí una nota del general

solicitándome. No sé por qué, ¿sabes algo?

-Solo que será mejor esperar y verlo

con nuestros ojos.

Has conquistado a ese hombre.

-Gracias por venir, Silvia.

Al avisarla con tanta premura, temí que no pudiera.

-Hubiese dejado cualquier compromiso para acompañarle.

-Qué encantadora

criatura.

Perdóneme, Valverde.

Le voy a privar de su presencia.

-Está usted en su casa.

No ha de pedir permiso.

Señores, por favor, préstenme

un poco de atención.

Ya conocen todos

a doña Silvia Reyes.

Les informaré del porqué de su presencia.

Hay camareros con champán.

Les voy a pedir

que brinden conmigo.

Tengan la amabilidad de coger una copa. Serán unos segundos.

Son ustedes mis compañeros de armas.

Sabemos que hemos escogido una profesión

de hombres solitarios, alejados de nuestras familias.

No tenemos a nadie más cercano que el colega

que está con nosotros en el campo de batalla.

A veces, el destino nos premia con una maravillosa mujer.

Porque son ustedes

más que una familia, quiero hacer esto en su presencia.

Silvia,

es usted la única mujer,

tal vez la única persona del mundo que me haría hincar la rodilla.

Quiero,... delante de todos estos amigos,

pedirle que contemple la idea de casarse conmigo.

¿Hay insinuado usted lo que creo?

-Sí, lo has entendido bien.

Si Diego muriera, todos nuestros problemas desaparecerían.

-¡Ha perdido usted el seso!

-Ni mucho menos.

Recapacita.

Diego está desahuciado, sería lo más natural.

-Insisto, está usted chiflada.

-¿Prefieres seguir rozándote con tu mujer

mientras ella sigue inaccesible?

-Nunca voy a hacer daño a mi hermano. Jamás.

-No te dolieron prendas cuando le engañaste diciéndole

que se moría.

-Una cosa es hacerle creer que está enfermo y otra, matarlo.

Y le ruego

que no me proponga algo así.

Yo no soy un asesino.

Le voy a preparar a mi Casilda

la celebración que nunca tuvimos.

Aunque es verdad que nunca se me ha quejado.

-¡Una boda!

Si es que ni el secretario

del ayuntamiento hubiera tenido una idea tan buena.

Una boda, con trajes, invitados...

-Con gasto. -¿Qué importa

si mi canija es feliz? -"Íñigo,"

encárgate tú.

Yo tengo que atender a doña Rosina. -Flora...

De verdad, tienes el don de la oportunidad.

-Querida,

vaya genio se gasta su esposo.

-Los hombres son así. -No todos.

Mi Liberto no me habla así, con esa destemplanza.

Nos enfadamos, pero lo hacemos

para reconciliarnos.

-Pues qué bien.

-Usted también sabrá de las mieles de las reconciliaciones.

Uno se enfurruña, el otro se pone meloso y la cosa

acaba como acaba.

-No sabría qué decirle. Nosotros no nos apañamos así.

-"¿Hay novedades"

en el yacimiento?

(LEONOR) No que yo sepa.

Las espadas siguen en alto y la tensión es asfixiante.

-¿No avanzan los negociadores?

-La Guardia Civil debería intervenir

sin pensárselo.

A esos mineros les das

la mano y te cogen el pie.

-Don Ramón no es partidario

de la violencia.

Los obreros no se arredrarían y correría la sangre.

-Pues que corra.

Ellos se lo han buscado.

-Don Jerónimo, ¿le conoce?

-Por supuesto. El empresario de la metalurgia.

-El mismo.

He discutido varias veces con él en el Ateneo y ya me lo advirtió.

Será mi peor enemigo si cedo a los obreros.

-¿Y qué otra cosa se puede hacer?

-¿No se lo imagina usted? Dejar a los guardias hacer.

-No.

Eso supondría convertir esta huelga en un estallido social

que podría desembocar en...

-En un baño de sangre.

-"Me altera los nervios"

que esas dos pazguatas

salten siempre en el bolsillo de Blanca.

-Sí, señora, ya veo que le afecta. Tómeselo con calma.

Es normal, son más afines por edad, por condición.

-Poco me importan las razones.

El caso es que van a conseguir que Blanca

deje de respetar a la autoridad.

Y por lo tanto, deje de respetarme a mí.

-Son los tiempos, señora.

Como madre, poco podrá hacer

para que doña Blanca no tenga opiniones propias.

-¿Qué sabrás tú de opiniones?

Yo sé cómo bajarle los humos a mi hija.

-Por el amor de Dios, señora.

No comience otra batalla.

Déjela que por lo menos tenga a su hijo en paz.

¿Señorita Reyes?

-La ha dejado usted impresionada, general.

-Calle.

¿La he ofendido, señorita?

-En absoluto. En absoluto.

Me siento muy halagada, general.

-¿Eso es un no?

Toma.

Te traigo un ungüento de la farmacia.

Te irá bien para la hinchazón de las piernas.

-Gracias. Me lo aplicaré esta noche.

-Según el boticario, cuanto antes mejor.

Tienes las piernas que parecen

dos columnas de una catedral.

Que te lo aplique Samuel.

Cuántas veces, hija, te reproché que antepusieras tus deseos al deber.

Ahora comprendo que el equivocado era yo.

No supe entenderte.

Ni ayudarte.

Por eso te perdí.

-"¿Es que no tiene usted cocina

en casa de su señora que tiene que venir aquí?

¡Jesús, parece esto un muladar! -Descuide.

Ya lo limpiaré.

Si estoy aquí, es porque aquí puedo amasar.

Aunque no soy muy ducha con el hojaldre.

Pero he pensado que quizá alguna de las chicas

me podría echar una mano.

-¿Y tiene usted mucha urgencia con ese hojaldre?

-Sí. Sí la tengo.

Doña Blanca da una merienda esta tarde.

-Pues dese prisa, porque no creo yo

que aquí encuentre ningún alma cándida que la ayude.

¿Qué está pasando? -Ese tirador lleva toda la tarde

sin perder un solo lance.

-¿Quién es?

-Ni lo sé ni tengo tiempo. Me espera el marqués de Viana.

¿Quiere acompañarme?

-Tal vez me acerque luego.

Ahora quiero tirar un poco.

-Con Dios.

-Tocado.

Felicidades, Blanca.

Señoras, señores, lamento nuestro retraso.

Pero traigo novedades.

Terribles novedades.

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  • Capítulo 712

Acacias 38 - Capítulo 712

02 mar 2018

Unos meses más tarde, los nuevos chocolateros, Íñigo y Flora, han conseguido devolver a la Deliciosa su antiguo esplendor, aunque Íñigo sigue haciendo contrabando a escondidas. Leonor sigue trabajando en la biografía de César Cervera, padre de Íñigo.

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