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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 711 - ver ahora
Transcripción completa

Como ofrecerte mi amistad y mis cuidados.

Nunca te faltará de nada.

Ni a ti ni al niño que llevas en tu vientre.

-"Prométame usted algo también. -Claro, lo que quieras, hijo".

-Que cuidará de Blanca.

-Cuidaré de ella como si fuera mi hija.

-"¿No habrías hecho lo mismo?".

¿No es lo más importante la seguridad del rey?

-Aún no sé si lo que cuentas es verdad.

-¿Qué necesitas para creerme?

¿Qué puedo hacer para que te alíes conmigo?

-Quiero conocer a tu superior, saber quién está detrás.

-"Se lo juro, señora, si es que somos"

unos negados. -Me da igual.

Si no quieren que les denuncie a la comisaría,

procuren que esto vuelva a ser lo que era:

la mejor chocolatería de la ciudad. ¡Buenas noches!

-"Doña Susana les ha amenazado" con denunciarles

si La Deliciosa no vuelve a ser lo que era antes:

la mejor chocolatería de la ciudad. -No me digas.

-Y ni Íñigo ni Flora saben hacer un café,

así que imagínense un suizo. -¿Y qué podríamos hacer nosotras?

-Enseñarles a preparar un postre.

-"¿Qué le digo al coronel?". -Que sí. Me entrevistaré con él.

Pero habrá que seguir el protocolo.

¿Quiere que hablemos? De acuerdo.

Según nuestras reglas.

-"Aprenderán"

a hacer el chocolate como Dios y los Ferrero mandan.

-Ah.

-¡La receta del chocolate de La Deliciosa!

-La receta original, Celia.

-¡Gracias, señora!

-No te hagas la mosquita muerta.

¿No vas a cambiar? -¿Perdona?

-No te perdono. ¿No aprendiste después de lo de doña Celia?

-"¿Por qué quiere que Blanca le odie?".

¿Por qué quiere que se mantenga alejada de usted?

-La muerte, Felipe.

-"Jamás voy a pensar que estar" separada de Diego

sea lo mejor para mí.

Nunca. Y nada ni nadie me va a hacer cambiar de opinión.

¿Por qué razón iba a ser mejor este infierno,

que estar al lado del hombre de mi vida?

Le he hecho una pregunta. Contésteme.

¿Qué podría ser peor que ser apartada del hombre al que amo

a la fuerza?

Su silencio me hace pensar

que me oculta algo, que no me está diciendo toda la verdad.

El amor que Diego me profesaba era de verdad.

Un amor que no puede ser fingido.

No ha podido desvanecerse así como así.

-Diego se ha dado cuenta de su error y ha actuado como debía.

-No. No nos engañe. Diego ha actuado como usted le dijo que actuara.

Lo que no entiendo es cómo fue capaz de hacerle ceder a sus presiones.

Don Jaime, yo...

comprendo que para usted ha sido difícil la situación.

Abandoné a Samuel,

empecé una vida con Diego...

-Traicionaste tus sagrados votos.

-Nadie lo quiso así.

Fue un amor más grande que nosotros,

capaz de mover montañas el que nos obligó.

A pesar de todo lo que me ha hecho, sé que Diego me ama.

¿No se da cuenta de que le va a destrozar si nos separa?

¿Para usted son más importantes las convenciones sociales

que el amor que siente por su hijo?

-"Y prométame usted algo".

-Lo que quieras, hijo.

-Que cuidará de Blanca.

Es la mujer más especial que he conocido nunca y,

no se merece todo el sufrimiento que la he infringido.

-Cuenta con ello.

Te lo prometo, hijo.

-Cuidaré de ella como si fuera mi propia hija.

Convenciones sociales, dices.

No. Se trata de mera decencia, Blanca.

Diego y tú os habéis comportado como...

dos niños egoístas.

No se puede hacer por ahí lo que a uno le place.

-Pero... -No me interrumpas.

Antes te he escuchado, ahora me vas a escuchar tú.

Tú hiciste

una promesa ante Dios y los hombres cuando te casaste con Samuel.

No puedes incumplir eso. Él ha sido muy benigno contigo.

Por eso he tenido que intervenir yo,

para poner freno a esta abominación.

A Diego le ha costado entenderlo, pero lo ha conseguido.

Espero que tú no tardes en hacerlo.

-¿Sucede algo?

-Nada, hijo, nada.

Todo ha quedado claro como el agua.

Por favor, avisa a Úrsula.

Dile a Carmen que ya puede servir la cena.

¿Le ha visto algún vecino entrar?

-No. -¿Está segura?

-Te acabo de decir que no.

¿Por qué te importa tanto?

¿Qué problema hay en que nos vean juntos?

-Se ha corrido el rumor de que hemos roto relaciones.

No quiero alentar nuevos chismes.

-Un simple cotilleo no te deja a ti en ese estado.

¿Por qué no me dices qué te pasa?

¿De dónde venías?

¿De ver al general Zavala? -No insistas con tus preguntas.

Dejé claro que no compartiría más información contigo,

no hasta que me entreviste con tu superior.

-Eso está solucionado.

Ha accedido a verte.

-¿Cuándo?

-Mañana a media tarde pasaré a recogerte.

-Prefiero acudir solo a esa cita.

-Pues no será así. Cogeremos un carruaje

y, dentro te pondré una venda.

No te la quitaré hasta que estés delante de él.

-¿Y si no es más que una de tus tretas?

No me agrada ponerme en tus manos.

-¿Y qué podría pasarte?

-Por ponerte un ejemplo, que cuando esté a vuestra merced,

me disparéis y me dejéis tirado en una cuneta,

asegurando así mi silencio.

-Tranquilo, nos interesas más vivo que muerto.

-Me gustaría estar seguro de eso.

-Arturo,...

nunca te he visto así.

¿Por qué no me dices qué te pasa?

¿Qué ha ocurrido que te ha dejado en este estado?

-Me has vuelto a engañar, Silvia Reyes.

-Arturo, estoy aquí para ayudarte. ¿Qué te pasa?

-Nada, Silvia, no insistas.

Te espero mañana en casa.

No confío en ti.

Pero no me queda otro remedio.

Procura que no te vean al salir.

Creí que esa transfusión había terminado con su mal.

-Yo también, Felipe, pero no fue así.

Estoy condenado sin remedio.

Hubiese preferido no tener que contarle nada.

Me parte el alma ver la tristeza que provoco en los ojos

de la gente que estimo. -Diego, algo se tiene

que poder hacer. -Lo hice,

alejarme de los que amo, ahorrarles sufrimiento.

-Amigo, la alegría y el sufrimiento son partes de nuestra vida.

Es imposible amar, tener amigos o familia

sin enfrentarse a alguna pena.

Debería reconsiderar su decisión. Cuéntele

la verdad a Blanca. -Nunca.

-¿No ve que le está negando la oportunidad de estar a su lado?

-Créame, no es una decisión que haya tomado a la ligera.

Estoy seguro de que es lo mejor para Blanca y para el niño que espera.

Quiero pedirle algo.

-Lo que quiera.

-Guarde el secreto para siempre.

No se lo diga nunca a nadie. Ni a Celia.

-Tiene mi palabra.

Entiendo que no piensa volver del yacimiento.

Su silencio es suficiente respuesta.

Entiendo entonces que esto es una despedida.

-Ha sido un honor tenerle como amigo.

-Te echaré de menos.

Le deseo la mejor de las suertes.

¿Y esos pasquines?

-Los he mandado imprimir.

Voy a pedirle a Servando que los reparta por el barrio

para que todos sepan que esta tarde reinauguramos La Deliciosa.

-Déjeme algunos, los repartiré entre mis conocidos.

-Se lo agradezco.

Es usted pan de Dios, Leonor, no ha parado de ayudarnos.

En fin, voy a ver al portero. Con lo glotón que es,

seguro que a cambio de unos chocolates me hace el favor.

-Esta barra es un espectáculo.

Estos dulces están pidiendo a gritos ser comidos.

Nunca lo habríamos conseguido sin su ayuda.

-No.

No diga esas cosas. Yo apenas sé cocinar.

Si a alguien tiene que darle las gracias,

es a los buenos vecinos de Acacias.

-No nos hubiesen ayudado con tamaña dedicación,

si usted no se lo hubiese pedido.

Usted ha sido la única que desde el primer día

ha permanecido a nuestro lado.

Nunca nadie se había comportado con semejante generosidad conmigo.

-Será ruin el tal Servando.

Ha accedido...

¿Interrumpo algo?

-Qué tontería, claro que no.

Hablábamos de la fiesta de esta tarde.

-Yo marcho. Tienen mucha tarea

y no quiero interrumpirles más.

-Cómo desee. La esperamos para la inauguración.

¿Sucede algo? ¿Por qué me miras así?

-¿Crees que me he caído de un guindo?

-No ha sucedido nada que me puedas reprochar.

Lo sé, pero me temo que solo porque os he interrumpido.

Escúchame bien.

No voy a permitir que estropees todo lo que hemos conseguido.

Y menos ahora que nunca.

No hace falta que lo cuente aquí.

Ya le he dicho que está

toda la renta del mes. -No lo dudo.

Compruebo que no haya ningún error.

Las cuentas claras y el chocolate espeso.

Hablando de chocolate, ¿no me va a ofrecer nada de beber?

-Por supuesto, discúlpeme.

-Disculpado. Tomaré una infusión.

-Ahora mismo, señora. ¿Desea también unas pastas?

-Sí, para acompañar.

Es que, anoche ayudamos

a los chocolateros a manejarse en La Deliciosa

y, la verdad,

acabé un poco empachada con tanto dulce.

Eh...

Por cierto, coronel,

¿acudirán usted y la señorita Reyes

a la reinauguración de esta tarde?

-Me temo que no podré acudir a ese evento.

Tengo asuntos profesionales que atender.

-Es una pena. Siempre es un placer contar con su presencia

y la de su encantadora acompañante.

Por cierto, qué chismosa es la gente,

en el barrio se comenta que han roto

ustedes relaciones. -¿Eso es lo que se dice?

-Sí. Y también se dice que es usted

el responsable del fin. ¿Es así?

Ya veo.

Quien calla, otorga, coronel.

Y repasa de nuevo el despacho, no ha quedado muy bien.

Hija, ¿cómo estás?

Me tienes muy preocupada.

No has abierto la boca desde que llegaste a casa.

-Poco más puedo decir ya.

-¿Qué puedo hacer para que te sientas mejor?

-Nada.

Ya debería haberse dado cuenta.

Aguarde.

Sí hay algo que puede hacer por mí.

Hágame el favor de guardar este colgante.

Nunca más lo llevaré puesto.

-Carmen, prepárale el desayuno a Blanca.

En su estado, es vital

que se alimente bien. -Ahora mismo, señora.

-Úrsula,

le importaría dejarnos a solas. Debo hablar con Blanca.

-Está bien.

Pero te advierto que esto de dejarme de lado

se está convirtiendo en una fea costumbre.

-¿Sucede algo, Samuel? -No,

no temas.

Tan solo que anoche no tuve la ocasión de preguntarte

qué hablaste con mi padre.

¿Acaso discutisteis?

-No.

Dejamos claras nuestras posturas.

-Supongo que es lo mejor.

Si queremos que esta convivencia funcione, debemos hablarnos claro,

no deben quedarnos dudas.

-¿Acaso tú las tienes?

Creo que te he sido sincera.

Sabes lo que siento por Diego.

Y también que espero que esos sentimientos

desaparezcan por completo.

-Lo sé, pero hay algo que nunca hemos hablado.

Algo que nunca me he atrevido a preguntarte,

porque me atormenta. -¿El qué?

-Blanca,...

¿quién es el padre del niño que esperas, Diego o yo?

-He decidido ser franca contigo,

así que te lo voy a decir, por duro que resulte.

No lo sé.

-¿No lo sabes?

-No.

Por las fechas podríais ser cualquiera de los dos.

No hay manera de saberlo con seguridad.

Pero sí hay algo que te puedo decir,

y es que ahora estoy aquí contigo.

Tú eres mi esposo ante los ojos de Dios.

Y si lo sigues deseando,...

serás el padre de mi hijo.

-Así será.

Solo te exijo una cosa,

y es que nunca más

se vuelva a hablar de este asunto.

Jamás, jamás se pondrá en duda mi paternidad.

-Tienes mi palabra de que así será.

Está delicioso, Lolita, como siempre. Muchas gracias.

-El señor no parece opinar igual.

Ni siquiera ha "probao" "bocao".

¿Quiere que le prepare algo que le venga en gana?

-Gracias, Lolita,

no tengo apetito. -En fin,

Dios da pan a quien no tiene dientes.

Servidora va a seguir faenando.

Si me necesitan, ya saben "ande" encontrarme.

-¿Qué te preocupa, querido?

-Nada, cariño, no te inquietes.

-No trates de negar lo evidente.

Anoche llegaste tarde y no paraste de dar vueltas en la cama

hasta que conciliaste el sueño.

-Por desgracia, son cuitas que no puedo compartir contigo.

Confía en mí.

-Aún no sé por qué, pero así lo hago.

Solo dime, ¿se trata del marqués de Viana?

¿Has tenido algún desencuentro con él?

-En absoluto. Nuestra relación es excelente.

De hecho, esta tarde me ha invitado a su casa.

-¿Para qué?

-Lo desconozco. Quizá quiera ofrecerme

un puesto de trabajo en el entorno del futuro rey.

-Ojalá sea así.

-Quizá podría dejar el trabajo de la comisaría.

Me ha llegado que el comisario Méndez no está satisfecho conmigo

por culpa de mi falta de dedicación.

-Entonces, ¿es por eso que estás preocupado?

-No. -Entonces, ¿qué es?

-A veces no entiendo los planes de Dios.

Los obstáculos que pone en algunas vidas.

Cualquiera diría que disfruta viendo a los hombres sufrir.

-Felipe, no seas irreverente.

-Discúlpame.

Ya ves que no estoy en mi mejor momento.

-Y veo que sigues firme en tu propósito de no contarme nada.

-Será mejor que prepare la reunión con el marqués de Viana.

La mente ociosa es el taller del diablo.

¿Está seguro el señor de que no va a necesitarme?

-No, Agustina. Tiene mi permiso para bajar a La Deliciosa.

-Se lo agradezco. Van a acudir todos los criados del altillo.

¿Y a usted no le apetece acercarse? Lo pasaría bien.

-No estoy tan seguro.

Tengo asuntos que atender esta tarde en casa.

(Llaman)

Por favor, vaya a abrir.

Llegas pronto. Habíamos quedado a media tarde.

-¿Acaso me esperaba?

-Disculpe, creí que se trataba de un vecino.

-Parece sorprendido de verme.

-Y no es para menos.

Tenía entendido que hoy mismo saldría de viaje.

-Y así será, pero partiré algo más tarde.

-En tal caso, sentémonos.

-No he venido tan solo a despedirme.

He de confesarle que también quería saber cómo estaba.

-¿Por qué le preocupa mi estado? -Ayer me inquietó.

Le noté algo susceptible. -¿Ah, sí?

-Sí.

Llegué a tener la sensación de que no acaba de confiar

en nuestro plan para hacer llegar el armamento a las tropas en Marruecos.

-¿Acaso duda de mi patriotismo y lealtad?

-¿Debería hacerlo? -No.

A no ser que quiera ofenderme.

Soy consciente de la importancia de la misión que va a emprender,

por eso hice algunas preguntas,

para colaborar en el éxito de la misma

dentro de mis posibilidades, nada más.

-Descuide.

Está todo bajo control. No tiene de qué preocuparse.

Confíe en mí. -Así lo hago.

No me imagino un hombre más indicado que usted

para llevar a cabo esa labor.

Tarta de higos, de canela,

manzana con nueces, caprichitos, suizos,

buñuelos...

Hay una gran variedad.

-Ya le dije que no la íbamos a defraudar.

-Borre esa sonrisa de inmediato.

Estoy alabando la cantidad, no la calidad.

La limpieza de esa vajilla deja mucho que desear.

Podía estar más limpia.

Y estas sillas están mal colocadas.

Pero en general, no está mal.

Supongo que no se les puede pedir más.

Falta examinar lo más importante. ¿El chocolate dónde está?

-Aquí lo tiene. Va a chuparse los dedos,

ya lo verá. -Permítame dudarlo.

No es el chocolate perfecto, pero tiene un buen nivel.

No lo celebren tanto, que les queda mucho por mejorar.

No permitiré que La Deliciosa pierda su buen nombre en la ciudad.

-Eso no será así.

En unos meses, el resto de chocolaterías vendrá aquí

para probar nuestros productos, téngalo seguro.

Lo que tengo por seguro es que, como no apague el horno,

van a tener que venir los bomberos.

Huele a quemado. -¡El bizcocho!

-Doña Susana,

le agradezco que nos haya facilitado la receta del chocolate y, también,

la paciencia que ha mostrado con nosotros.

-Todo sea para que pueda comprobar

que es mucho más provechoso regentar un negocio decente y con solera,

que ese antro de perdición que pretendía montar.

-Pierda cuidado.

Tiene mi palabra de que hemos aprendido la lección.

No volverá a haber productos de dudosa procedencia en La Deliciosa.

-Me alegra oírle.

Aunque hay algunos productos que no me importaría volver a ver.

Es imposible encontrarlos de otro modo.

-¿Como... unos metros de seda china?

-Por poner un ejemplo. -Descuide,

veré lo que puedo hacer.

-El bizcocho ha quedado un poco negruzco, pero es comestible.

¿Abrimos ya las puertas?

Estoy deseando empezar con la inauguración.

-Por supuesto.

Parece que hemos llegado a tiempo,

las puertas de La Deliciosa están aún cerradas.

-Debe ser la primera vez que no llegamos tarde, querida.

-Rosina tampoco se ha retrasado, por ahí la veo aparecer con Liberto.

-El olor de los bollos le habrá hecho apresurarse.

-Llegamos a tiempo, ¿no?

-Así es, no sufras.

-Creía que no lo lograríamos.

Esta mañana me entretuve en casa del coronel.

-¿Y eso?

-Fui a cobrarle el alquiler. Y de paso, pues...

conversamos un poquito sobre...

su supuesta ruptura con esa atractiva señorita.

-Rosina.

¿No podías esperar un poco para comenzar a chismorrear?

-No te confundas, Liberto, no se trata de chismorrear,

sino de estar bien informados. -Claro.

Y tú, por el bien de todos,

te dedicas a la labor con más esmero que el mejor de los diarios.

-Simplemente, me preocupo por mis vecinos.

Puedo aseguraros que aunque el coronel se cuidó

de decir nada, su tono le delataba

y, yo supe interpretar las señales.

-Entonces, ¿han roto relaciones

o no? -Pero Celia, ¿usted también?

-Ramón. -Ya que estamos, es mera curiosidad.

-Estoy segura que la señorita ya nada quiere saber de él.

Es de suponer que descubrió al verdadero Arturo y, que huyó

como alma que persigue el diablo.

-Si es que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

-Lo lamento, pensaba que el coronel había cambiado.

-Ya.

-Con Dios. -Con Dios.

-A más ver.

¿No habían roto relaciones?

-Parece que no interpretaste las señales tan bien como creías.

-Parece que abren las puertas. Vamos a La Deliciosa.

-Vayan adelantándose.

Acabo de ver a Diego y, quiero hablar con él.

-Yo le esperaré también. Tengo que despedirme de él.

Señores, que comience la fiesta.

-(RÍEN)

-Gracias. -Se ha llenado en un santiamén.

-Aquí dan algo gratis y, se apunta hasta el último gato.

-Démonos prisa, no vayan a dejarnos sin dulces.

-¿Habéis visto?

Víctor y Juliana estarían orgullosos.

La Deliciosa ha vuelto a ser lo que era.

-Bienvenidas. ¿Desean un suizo?

-Yo sí. Ay, los suizos, el bollo favorito de mi Luisi.

-A Tano también le perdían.

-Eso, poneos melancólicas, que yo mientras no os dejaré ni una miga.

(RÍE)

-Eh, eh... Parezco invisible "pa" esta ingrata.

Así no hay manera de tomarse un chocolate.

-Servando, que lleva dos tazas "ende" que han abierto.

-Si la otra vez, que no había quien se lo tomara,

casi nos deja sin existencias,... imagínate hoy que está delicioso.

-Lolita, ¿quieres una copa de champán?

-Nanay. Que a una no la gustan las bebidas tan finas.

Que las burbujas se me pueden subir a la mollera.

-Ya, pues por eso te lo digo.

-Brindemos por semejante éxito. También es parte suyo.

Se lo agradezco. Pero no pierda el tiempo conmigo,

debe ayudar a su esposa.

Nunca habían tenido la chocolatería tan llena.

Manténganos informados de todo cuanto vaya sucediendo

en el yacimiento.

-Descuiden, así lo haré.

-Si usted no acaba con esta locura, nadie lo hará.

-Les agradezco que, pesar de los rumores que circulan

por el barrio, de los que les supongo al tanto,

sigan confiando en mí para resolver el conflicto.

-Diego, yo nunca mezclo lo personal con lo laboral.

Y en cuanto a los negocios, no puedo tener queja alguna de usted.

-Estamos seguros de que sin su intervención,

hubiéramos tenido aún más problemas.

-Sin embargo, en lo personal tiene otra opinión de mí.

Comprendo, no es menester que responda.

Les mantendré informados de lo que vaya sucediendo.

-Se lo agradezco.

Y ahora, si me disculpa, mi esposa me espera en la chocolatería.

-Perdone que se lo diga,

pero yo tampoco entiendo sus últimas decisiones.

-Ya.

Es difícil hacerlo.

Quiero que sepa, Liberto,

que lo que he hecho era por el bien de Blanca y el niño que espera.

-Eso espero. No temo por ellos.

Estoy seguro de que Samuel será un buen padre y esposo.

-Lo sé.

Puedes quitarle la venda.

Bienvenido, coronel.

Disculpe las incomodidades a las que le hemos sometido.

-Usted. Le conozco del ateneo.

Del combate en el que pensé que estaba defendiendo a Silvia.

-Yo tampoco le he olvidado.

-Aún me duele el puñetazo que me propinó.

-No dejan de sorprenderme las tretas que han usado

para engañarme. -Nos vimos obligado a ello.

-Nadie está obligado a dejar de lado su honor.

Antes de hablar de lo que sé o dejo de saber,

quiero imponer una condición.

-Si está en mi mano concedérsela...

-No quiero volver a tener nada que ver con esta mujer.

-Arturo.

-¿Puedo contar con ello?

-De acuerdo.

Pero hable ya, ¿qué tiene que contarnos del general Zavala?

-Tengo fundadas sospechas de que está utilizando

a la Asociación de Patriotas en su propio interés.

-¿Qué le hace pensar así?

-Ayer pude ver en su casa los maletines con los fondos recaudados

que, en teoría, pretendía llevar a Alemania para comprar armas.

El dinero no estaba allí.

-Hábleme de esa supuesta compra de armas.

-Zavala aseguraba que esos fondos se utilizarían para armar

a las tropas destinadas en Marruecos.

-Y parece obvio que no es así.

-Ignoro en qué se ha gastado el dinero, pero no estaba allí.

Tal vez se lo haya apropiado como un vulgar ladrón

o tal vez ustedes tengan razón,

y lo utilice para preparar un atentado contra nuestro rey.

-¿Estamos hablando de una cantidad considerable?

-Mucho más que eso. Una auténtica fortuna.

-No es buena noticia que un hombre que odia de tal forma

a nuestro próximo monarca, disponga de tal cantidad.

-Por eso estoy aquí a pesar de todo.

Si realmente atentan contra el rey, el país se sumiría en el caos.

-Entiendo.

Entonces, ¿puedo contar con su colaboración?

Sí.

Mi patriotismo y mi sentido del deber

están por encima de cualquier otro sentimiento.

-Me alegra escucharlo, porque debo pedir un sacrificio más.

No puedo cumplir mi promesa.

Si quiere ayudarnos, tendrá que seguir colaborando

con la señorita Reyes.

-Ya sabe lo que opino al respecto.

-No tenemos tiempo para infiltrar a otro agente.

Deberán trabajar juntos.

-Está bien. Si no queda otro remedio,

para salvaguardar la patria, lo haré.

Trabajaré con la señorita Reyes.

Buenas noches. -Buenas noches.

-¿Tiene los billetes? -Sí, lo tengo todo listo.

¿Usted está listo? -Sí.

-Pues marchemos. -No nos demoremos más.

-Leonor, no la había visto.

-Yo, para mi desgracia y su vergüenza, sí lo he hecho.

¿Era menester citarse en frente de la casa de Blanca,

exhibirse de esta forma?

¿O acaso disfrutan torturándola?

-Descuide, ya nos marchamos. Ya nunca más tendrá que vernos.

-Así lo espero.

-Aguarde.

¿Ha ido a ver a Blanca?

¿Está a gusto en esa casa?

-¿Cómo puede preguntarme tal cosa?

Nunca vi semejante cinismo. -Se lo ruego, contésteme.

Solo quiero saber sobre ella. -No, Diego.

No finja que se preocupa por ella,

no después de lo que ha hecho.

¿Que cómo se encuentra, me pregunta?

¿Cómo quiere que esté?, con el corazón roto.

Ha sido despreciada por el canalla por el que ella renunció a todo.

-Conténgase. -No.

No me interrumpa.

No quiero escuchar nada de esta mujerzuela.

-Huertas.

-No se merece ni una pizca del amor que ella le profesaba.

No es digno de ella. Me ha defraudado, Diego.

-Marchemos ya, Diego.

¿Desean algo más?

-No, puedes retirarte.

¿Interrumpo?

Íñigo, ¿qué hace aquí?

-Buscarla. Se está perdiendo lo mejor de la fiesta.

Servando se ha arrancado a cantar un pasodoble,

que asegura haber compuesto él mismo.

-Le va a espantar a los invitados. -Descuide.

Flora le está llenado la boca con pasteles para que no cante más.

Nunca había visto una sonrisa tan triste.

¿Es por su amiga Blanca, que está tan mohína?

-No es justo lo que le ha sucedido.

Lo ha apostado todo por su amor. Se enfrentó

a su esposo, a su familia y a la sociedad.

Y como precio, la traicionan.

-Supongo que estará sufriendo. Pero no debe arrepentirse

de lo que hizo.

La vida consiste en eso, en tomar riesgos,

en jugárselo todo, todo por lo que dicta el corazón,

sin medir consecuencias.

Ha obrado bien. -¿Cómo logra ser así?

¿Tener siempre fuerzas para seguir adelante?

-¿Acaso usted no es igual, una luchadora?

-Quizá algún día lo fui, pero ya no.

-¿Sabe qué?

No le creo. Por mucho que trate de negarlo,

sé que en su interior aún queda esa llama.

A pesar de todos los golpes que ha recibido en su vida,

usted no está dispuesta a renunciar a ella.

-Quizá tenga razón

y, algún día vuelva a sentir la necesidad de jugar y apostarlo todo.

-Hágalo.

La vida no se puede concebir de otra manera.

-¡Pero ¿cómo se atreve?! Es usted un hombre casado.

Esto no ha pasado.

Ya te dije que mi estrategia

daría sus frutos.

Todo ha salido a pedir de boca.

Diego está lejos y Blanca ha vuelto a casa.

No pareces muy satisfecho.

¿Acaso no es lo que querías?

¿Qué más precisas para ser dichoso?

¿Has pensado en lo que hablamos?

-Descuide, tengo muy presente todo lo que me dijo.

-Disculpa si quizá fui excesivamente duro,

pero necesitaba que todo quedase claro.

-Así ha sido, no tema.

Quiero que sepas que... estoy dispuesto a pasar página,

a olvidar lo que ha sucedido.

-Yo, sin embargo, nunca lo olvidaré.

-Nada me gustaría más que poderte tratar como si fueras mi hija.

-Viendo la crueldad con la que ha tratado a sus propios hijos,

no creo que me agradara su perspectiva.

-No te empecines en el odio.

Déjame cuidar de ti

y de mi nieto.

-No, no se equivoque.

Este es mi destino y, sé que no tengo más remedio que aceptarlo.

Pero no piense ni por un segundo que le tendré la mínima estima.

Usted no es mi padre,

y no lo será nunca.

-Blanca. -No,

déjeme terminar, ahora es mi turno.

Usted siempre será para mí, tan solo,

el que destrozó lo más hermoso que tenía en mi vida.

Y si no he terminado con ella de una vez por todas,

es por el hijo que estoy esperando.

Por nada más.

No es preciso que persista en su determinación.

Los dos sabemos que es lo que de verdad desea con todas sus fuerzas.

Olvide este viaje,

suba a esa casa en busca de Blanca y cuéntele toda la verdad,

dígale lo que siente.

-No. Ya es tarde para eso.

-No diga eso.

Blanca lo entenderá. Le ama demasiado para no hacerlo.

Sin embargo, si ahora se marcha y muere lejos de estas calles,

Blanca nunca sabrá lo sucedido.

Siempre pensará que fue engañada. Que no la amaba.

-Es precisamente eso lo mejor para ella,

que me desprecie incluso después de mi muerte.

Aunque a mí me rompa el alma,

eso es lo que debo hacer, irme de su vida odiado para siempre.

No.

Ahora no voy a flaquear.

-En tal caso, no retrasemos más su partida,

abandonemos ya estas calles.

Sigues sin contestar.

¿Acaso no confías en mí?

No deberías dudar de mí.

Hace tiempo que los dos perseguimos lo mismo.

Nuestros destinos están unidos. Y no te ha ido tan mal a mi lado.

¿Acaso no te he entregado todo lo que deseabas?

-No, aún falta algo.

-¿El qué? Ya tienes a Blanca en casa.

-Pero no en mi vida.

Quiero que vuelva a ser mía, que sea mi verdadera esposa.

-No sufras por eso.

Blanca será

todo lo que tú desees. Te lo juro.

Que gusto verle de nuevo por aquí. Venga conmigo.

-Llévelo a la tres, en la terraza.

-Gracias.

Esto está a rebosar de gente. -Sí.

Parecía que La Deliciosa no volvería a ser lo que fue

y, vienen señores de otros barrios a llevarse pasteles.

Eso sí, se echa de menos a Víctor. -Sí.

Víctor y su madre siempre fueron el alma de esta chocolatería.

-Todos hemos visto la vida pendiente de un hilo, usted el primero.

-Es la profesión que elegimos para servir a España

la que nos ha proporcionado momentos tan intensos.

-General,

le recuerdo que tenemos un tema del que debemos tratar.

-Ahora no podemos.

Nos privaría de la presencia de la señorita Reyes.

-Si es necesario que me ausente...

-No, por favor, esos temas podemos tratarlos después.

No dejemos que las cuestiones políticas nos aparten

de lo importante en la vida,

la tranquila plática de las personas a las que admiramos.

-Tenemos que dar hoy las órdenes... -Ya le he dicho

lo que pienso.

-Lo único que te interesa de César Cervera es su hijo, Íñigo.

-Blanca, es un hombre casado.

-Y te gusta. -Y su esposa es mi amiga.

-No busques excusas, no lo puedes evitar.

Ese hombre te encanta.

-Es un descarado.

-Quizá por eso te guste tanto.

-(SONRÍE)

Vale, igual no me disgusta.

Pero de ahí a que me encante hay un trecho.

-Para ti la perra gorda.

Me voy. Quiero buscar a Samuel.

-Voy contigo. Tengo que dejar estos libros en la biblioteca

y coger otros. Vamos. -Vamos.

-"El general pasó todo el tiempo a mi lado"

refiriéndome anécdotas de sus años jóvenes.

-No son sus aventuras juveniles lo que nos interesa saber,

son sus aventuras conspiratorias.

-Cuando un hombre empieza a hablar de sus juventud,

significa que no tardará en derribar todos sus diques. Confía en mí.

-¿Usted qué opina, coronel? -Zavala está fascinado

con Silvia.

Aunque no sé si será suficiente para que le revele

lo que necesitamos saber,

si realmente es un traidor a la patria.

-No está fascinado, está enamorado.

-(LOLITA LEE) "La reina

concede los últimos indultos de su regencia".

-¿Ya no va a indultar más?

-Lo que no va es a seguir siendo regente.

Van a coronar a su hijo, Alfonso XIII.

-Que mal fario, por Dios. Ya podría llamarse Alfonso XIV

o 12 y medio. -A las buenas.

-Mira, Martín, que doña Virtudes no da más indultos.

¿Te acuerdas de cuando te indulto a ti?

-Como para no acordarme.

Me veía con el collar

atado al cuello. -Qué angustias pasamos.

-"Pos" sí. Menos mal

que todo Acacias se portó con nosotros.

-Se encuentra bien.

¿Ha tenido noticias de diego?

-Qué generosos son todos los vecinos.

Sí. Precisamente ayer recibí una carta del yacimiento.

Y aunque es consciente de las dificultades,

él cree que la negociación puede llegar a buen puerto.

-Dios quiera que sea así.

Llevamos semanas sin ver ingresos por las ventas de oro.

Y allí es donde tengo la gran parte de mis bienes.

¿Quiere un chocolate?

-Preferiría un té, muchas gracias.

-Pues iré a pedirlo dentro, porque parece que aquí nadie nos hará caso.

-"¿Qué santa es?".

-Santa Olga de Kiev.

Mi madre le tiene mucha devoción.

-¿Y la vas a quitar de la cuna?

Seguro que piensa que va a proteger a la criatura.

-Ya, pero no me gusta.

Me recuerda a mi hermana Olga.

-No pienses en el pasado.

El porvenir de tu hijo será distinto.

¿Qué, vamos al salón?

-No, espera. Quiero preguntarte algo.

-Tú dirás.

-He oído que hay grandes problemas en el yacimiento de tu madre.

-Así es, los trabajadores han tomado la mina.

Hace semanas que no se extrae ni un gramo de oro.

-¿Diego está allí?

-"Don Arturo", el general Zavala.

-Qué sorpresa. ¿Qué le trae por aquí?

Agustina, sírvanos un café. -No es necesario.

Solo estaré unos minutos. Déjenos solos.

-¿Algún problema? -No.

Simplemente una cuestión que quería tratar a solas con usted,

sin la presencia del teniente Tamayo

y, antes de que nos reunamos con la Asociación de Patriotas.

-¿Algo relacionado con la compra de armas?

-No. Es algo personal,

relacionado con doña...

Silvia Reyes. -"Buenas noches".

-Qué alegría verla. ¿Le puedo ofrecer algo?

-No. No voy a consumir. Solo venía a hablar.

-No le niego que me produce una gran satisfacción. ¿Entramos?

-No. No será necesario.

Me gustaría que leyera esto.

-(LEE) "Los confines del mundo. La apasionante vida

de César Cervera". -No es el título definitivo.

Seguramente será: César Cervera y los confines del mundo.

Son los dos primeros capítulos de la biografía de su padre.

-"Estás bellísima".

-Espero que tus palabras sean más sinceras que las de Tamayo.

Se nota que ese hombre no me traga.

-Pues tendrá que cambiar de opinión,

tus acciones en esta casa están al alza.

No sabía que estabas invitada.

Pensé que solo era para miembros de la asociación.

-Recibí una nota de Zavala

solicitándome que viniera. ¿Tú sabes algo?

-Solo que será mejor esperar y verlo

con nuestros ojos.

Has conquistado a ese hombre.

Samuel. ¿Dónde estabas? No te encontraba por ninguna parte.

-Gestiones en el centro.

-¿Habías olvidado que debías acompañarme al médico?

-Perdona, lo había olvidado por completo.

Esta memoria mía, que no sé dónde la tengo.

¿Aún llegamos a tiempo? -Sí, si salimos ya.

¿Vamos? -Vamos.

Eh, Blanca.

Paseemos del brazo como si fuéramos un matrimonio feliz.

Así las cotillas no abrirán la boca.

-¿Por qué debemos fingir ser algo que no somos?

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  • Capítulo 711

Acacias 38 - Capítulo 711

01 mar 2018

Jaime no cuenta a Blanca la verdadera razón de la marcha de Diego y la convence de que toda la culpa es suya. Blanca queda destrozada. Felipe intenta hacer cambiar a Diego de opinión y que pase sus últimos días al lado de Blanca, sin éxito.

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