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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 702 - ver ahora
Transcripción completa

Entonces ¿mi hijo Diego está intoxicado por mercurio?

-Lamento haber tenido que informarle. Creí que estaría al tanto.

-Pues no, no es así, mi familia no me ha dicho nada.

-No verían precioso darle el sofoco, sobre todo creyendo

que el peligro ya había pasado. -Pero ¿no es así?

-"Si desea cerrar ya, dígalo",

que nos marchamos. -De ninguna manera.

La noche es joven.

Disfrutemos de la buena compañía.

-"¿Algo de beber?".

-Le agradezco tamaña amabilidad.

Nadie diría que vengo a encarar una ardua negociación.

-Lo cortés no quita lo valiente. -Así es.

Y... tampoco tiene por qué resultar tan ardua como teme.

Somos dos personas sensatas.

Seguro que hablando terminaremos por entendernos.

-Pero Silvia destaca sobre su rival.

-Eso, si finalmente es ella. -Lo es.

Mire cómo maneja el florete.

-"¿Y había alguien más en esa fiesta?".

-Claro que sí.

¿Y esa pregunta?

Como solo me hablas de Íñigo... -¿Qué estás tratando de decirme?

-Que tienes un interés especial

por ese hombre. -¡Te equivocas! ¡Qué tontuna!

¡Eh, le ha pegado a propósito!

-¡Es usted un canalla! ¡No es digno de portar esa arma!

-¿Quién se ha creído? ¡Cuide sus palabras!

-¡Suéltenme!

-"He descubierto"

que el símbolo que tenían sus hijas

es una cruz rusa ortodoxa con un pequeño faldón

en el lateral. -"Me alegro de ver su rostro".

-Preferiría que no hubiese venido,

sobre todo después de su comportamiento.

-Era mi deber salir en su defensa. -Sé defenderme por mí misma.

-Va a viajar a Odesa. -¿Pretende que viaje a Rusia?

-Así es.

Averigüe todo sobre esa familia, sobre los Koval.

Quiero saber hasta el último detalle sobre ellos.

(SUSPIRA)

(REZA)

-"¿Por qué me marcaste?".

"La señal de la pierna".

("GRITA") "¡No! ¡No!".

"Aquí, mi niña".

"Tu hermanita Olga".

"Las dos, a dormir".

(LLORA) Santa María, Madre de Dios...

("HABLA EN RUSO")

-"¡Úrsula!".

(LLORA)

¿Qué significa?

¿Qué significa todo esto?

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Qué significará?

(REZA)

-Disculpe, señora, ¿se ha marchado ya el señor Riera?

No vuelvas a interrumpirme.

Y no entres sin avisar, como si me estuvieses acechando.

-Perdón, no era mi intención.

Escuché su voz y pensé que me llamaba.

-Riera...

y los asuntos que yo dirima con él no son de tu incumbencia.

No preguntes, no pienses,

no observes y sobre todo...

no hagas ni un comentario.

-Sí, señora, disculpe mi intromisión, no volverá a ocurrir.

La dejo sola.

-Carmen.

¿Cuál es tu primer recuerdo

de la infancia?

-¿De mi infancia?

-Sí.

Tu recuerdo más antiguo.

¿Tu padre?

¿Tu madre?

¿Tienes recuerdos felices?

-No sé, señora.

Creo que una noche de Reyes.

Era yo muy pequeña, tendría tres o cuatro años, no más.

Junto a la chimenea me habían dejado una muñeca de porcelana,

a la que yo llamé Constancia.

Esa muñeca me acompañó toda mi infancia.

Hasta que se rompió.

Cuando hice el traslado a casa del que fue mi esposo,

a los pocos días

de la boda. -Una premonición.

Así es, señora. Cuando llegué a la madurez,

se acabó mi felicidad.

Quizá fue ahí que se torció todo, al romperse Constancia.

-¿Piensas alguna vez en los días

cuando eras niña?

-Antes sí.

Y los echaba de menos, pero, poco a poco,

los he ido olvidando.

Sé que son tiempos que no regresarán.

¿Y usted?

¿Piensa en ellos?

-Apenas.

El pasado nunca trae recuerdos gratos.

-Seguro que los hay.

-Vuelve a la cocina.

Déjame sola.

-Sí, señora.

Silvia, por favor, escúcheme.

Silvia, solo quiero hablar con usted un momento.

Silvia, por favor...

¡Hágame caso!

Dígame, ¿qué es lo que desea? -Pedirle disculpas.

Me confundí, me dejé llevar por las emociones.

-No soy una persona que necesite que la protejan.

No soy un ser débil,

soy una mujer, y eso no es ser menos que un hombre.

-Lo siento, Silvia.

Me precipité, como siempre me precipito.

Sabía que usted estaba detrás de aquella máscara.

Su contrincante jugaba sucio y... -¿Y qué?

¿Acaso cree que no sé defenderme? ¿Que no he tenido que hacerlo

en otras ocasiones? -No pude evitarlo.

-¿Por qué? ¿Me cree inferior? -No.

No es eso.

Quise protegerla...

porque la amo.

-No se ría de mí.

-Silvia.

No pensé que pudiera volver a amar,

y menos de esta forma.

Sé que fui un estúpido por no decírselo aquella noche

pero, desde que la conozco, no puedo dejar de pensar en usted.

-Entonces me despreció.

-No, no, Silvia.

Solo estaba luchando contra mis propios sentimientos,

porque no me sentía capaz de amar ni de ser correspondido.

-No vuelva a tratarme como si fuera una niña nunca más.

Nunca.

-Se lo prometo.

Nada me gustaría más que recibir una respuesta afirmativa

por su parte y poder cortejarla como se merece.

-¿Y los vecinos?

¿Y el general Zabala?

¿Volverá a avergonzarse de mí cada vez que haga algo

que se supone inapropiado de una mujer?

-Por mí pueden irse al infierno.

Lo único que me importa

es usted.

Y no me avergüenza.

La admiro por encima de todas las cosas.

Desde que la conozco, veo en las mujeres

cosas que antes no veía.

Para mí solo eran madres, esposas, criadas.

Ahora veo personas capaces.

Y se lo debo a usted.

-Sígame.

-¿Esto es un sí?

-Eso es un quizá.

Un "ya veremos".

Una invitación a que se gane usted un beso más íntimo

y una de las muchas pruebas a las que le pienso someter.

-No me dan miedo los retos.

No la voy a decepcionar.

¿Todavía trabajando?

-Quería leer unos documentos para la negociación con Huertas.

-¿En alemán?

-Son unos acuerdos a los que se llegó tras una huelga en unas minas

de Renania. -¿Minas de carbón?

¿Y tiene algo que ver con el conflicto del yacimiento?

-Poco, en la región de Renania hay mucha extracción a cielo abierto,

no es nuestro caso.

Pero quería saber cómo se resolvió el conflicto tras la huelga.

¿Hablas alemán?

-Estudié en un internado en Suiza.

El alemán era el idioma de alguna de mis compañeras.

Algo sé, aunque solíamos usar el francés.

¿Y tú?

¿Dónde lo aprendiste?

-Mi padre.

Se empeñó en que hablara idiomas. Cuando tenía apenas 15 años,

contrató a una institutriz alemana; era guapísima.

-No me digas que la sedujiste con esa edad.

-Lo intenté, pero ella prefería a los hombres mayores.

-Sí, se marchó con un cliente de la joyería.

Eso sí,

mientras yo intentaba que me hiciera caso,

aprendí algo de alemán. Y he viajado allí.

(SUSURRA EN ALEMÁN)

-¿Eso aprendiste en un internado de señoritas?

Espero que no se lo dijeras a muchos.

-A más de uno

y a más de dos. -(AMBOS RÍEN)

-Yo también recuerdo cada uno de tus abrazos, y te quiero.

-Más te vale.

¿Qué más idiomas hablas?

-Chapurreo muchos, pero bien ninguno, ni el nuestro.

Mi padre se empeñó en que los conocimientos

me alcanzaran, pero yo era más veloz.

-Seguro que, de joven, don Jaime era un hombre muy interesante

y lleno de sabiduría. -Y un gran padre.

Quería que sus hijos descubrieran el mundo por sí mismos.

-Nos vendría bien su consejo para cuidar al nuestro.

Podrías invitarle a cenar.

-(RESOPLA) No, no creo que quisiera venir.

Eso no lo vas a saber si no lo intentas.

Lo mismo pensábamos de los vecinos del barrio,

y al final acudieron todos.

(Puerta)

Voy a abrir. Recoge esos papeles y cenamos.

Siento molestarle a estas horas. -Don Ramón.

Traigo malas noticias.

Nefastas.

-"¿Ya ha sido el concurso?".

Yo quería participar.

-Pues habría perdido todo el monis de la apuesta.

-Eso está por ver, yo grito como la que más.

¿Y quién ganó? -Servidora.

En una buena pugna con la "señá" Trini.

Que será señora, pero es de Cabrahigo.

-Como si las de ciudad no supiéramos gritar.

-Uy, no como una, no se me compare.

-Muy chulita te veo.

Que ganases a Trini no significa que seas la mejor pegando gritos.

-No es por presumir,

que usted ya sabe que yo no soy de esas,

pero tendría que haber visto

el "peazo" grito que endiñé.

-¿Fue para tanto? -Se quedaron con la boca abierta.

Es más, don Antoñito, que era el juez,

no dudó en nombrarme ganadora.

-Habría que ver si fue para tanto.

Que conste, no hay campeón hasta que se mida conmigo.

Ni tú, ni Trini ni el Papa.

-No creo que se vuelva a hacer.

Pero, de hacerse, usted va derechita a la final.

Y allí... yo le gano.

Ahora, sin represalias, que se trata de una fiesta

y es chanza.

(Puerta)

Ve a abrir y deja de jactarte. -¿Que deje de hacer qué?

-¡Que abras!

-Con permiso. Vengo a que me pague la derrama del mes,

hay que cambiar las tejas.

Y me ha dicho el coronel que, como usted es la casera,

me corresponde a usted cobrarle.

-Qué bonito. Los inquilinos, siempre igual.

Para algunas cosas, los pisos son suyos;

para pagar, siempre míos. -Eso no lo sé.

Quizá esté en lo cierto, como uno nunca ha sido casero...

-Aquí no tengo el parné. Tendrá que ser mañana.

-Mañana vienen los obreros y hay que pagar al capataz.

-Qué ansias por cobrar. -Uno es un "mandao".

-Ya voy. Me está saliendo el tejado más caro que un cortijo.

-Ya, es que en ese edificio

todo es lo mejor de lo mejor, y eso es caro.

-Señor, por favor, que acabe la huelga

y vuelva entrar con alegría el dinero.

Ahora vengo. -Así será.

Sí, luego dice que no tiene un duro.

De verdad, no la hay más tacaña.

Luego se queja, pero mira, sus buenos dulces se come.

-Por favor, que me la cargo.

¡Que controles su hambre!

-(BALBUCEA)

Por cierto,

¿al final se queda tu primo para el baile de máscaras?

-Pues sí. A ver si con la máscara conquista a alguna moza.

Sí, porque, a cara descubierta, va a ser difícil.

Hay que ayudarle. -¿Cómo?

-Pues no lo sé. Poniéndole velas y rezándole a todos los santos.

-Eso ya lo he hecho. -"Na", que nones.

Ahora, que encuentro la manera

de que mi primo ennovie o me quedo sin primo.

-Te ibas a quedar sin primo y sin novia.

Se la llevaría al pueblo. -Lo mismo se queda, eso depende.

-(CARRASPEA)

-Aquí tienes. Era un duro.

-Sí, un duro por vecino. -Venga.

No lo pierdas de aquí al portal.

-No, voy a tratar a su duro

como si fuera un hijo. Hasta estudios le voy a dar.

-Pero ¿no había más dulces?

¿Ya se han acabado? -Con su permiso, me marcho.

Todavía tengo mucha labor que hacer. Venga, con Dios.

(BLANCA) "¿Una paliza?".

No puede ser.

-Cuesta creer.

¿Qué pudo llevar a los trabajadores a agredir al encargado?

-Se han vuelto todos locos, no me cabe duda alguna. Locos.

No le veo sentido al uso de la violencia.

¿Han dado alguna razón para haber hecho

lo que han hecho? -No, ninguna razón.

-Una paliza.

No me cabe en la cabeza. Si hablé con ellos.

Me parecieron gente sensata, dispuesta a dialogar.

-El encargado bajó con una cuadrilla de su confianza

para realizar labores de mantenimiento.

A la salida,

fue agredido.

-Tal vez pensaron que estaba trabajando.

-Solo fueron labores imprescindibles de mantenimiento en la mina.

Si no se hacen,

podría verse comprometido el trabajo futuro.

-¿Puede que le confundieran?

-Son mineros. Saben que si no se realiza el mantenimiento

la mina podría hasta derrumbarse; se quedarían todos sin trabajo.

Además, el encargado es un trabajador más.

Han apaleado a un compañero. -¿Y en qué estado está?

-Está en el hospital. Ya me he encargado

para que le den el mejor de los cuidados.

Ya correré yo con los gastos. -Ha hecho bien.

Hablaré con Huertas.

Le pediré que me explique lo sucedido.

-Que sepan que sus actos no van a quedar sin consecuencias.

Si fuera necesario,

romperemos las negociaciones y mandaremos a la calle

a esos salvajes. Contrataremos personal nuevo

y a un regimiento de guardias. -Don Ramón,...

no se precipite.

No veo conveniente censurar la violencia

y a continuación usarla nosotros. Déjelo en mis manos.

Cierra la puerta. -¿Qué haces? ¡Guarda eso!

Tenemos que saber lo que tenemos aquí.

Recuerda:

lo importante de esta noche es venderlo.

-Si viene ahora un policía,

nos lo confisca y nos meten en la cárcel.

-¿Cuántos guardias han entrado desde que estamos aquí?

-Puede entrar ahora el primero. No quiero acabar de barrotes.

-Lo guardaré bajo la barra.

Ya sabes, cuidado y que nadie entre.

-Te estás confiando demasiado.

-Van a traernos bicicletas y plantas exóticas.

Las bicicletas pueden quedarse en el almacén.

No sé qué haremos con las plantas. -A ver, me dijiste que esto

era solo para salir adelante.

-¿Y qué hago? -Con los puros y los perfumes vale.

Eso es lo que menos dinero da.

(Puerta)

Ja, mira quién viene.

Abre, ¿a qué esperas?

(Puerta)

-Bienvenido.

-Muy buenas.

Vengo a cobrar la deuda.

No sé si recuerdan que quedé en pasarme hoy.

-Aquí está el dinero.

Puede contarlo, que no me ofende.

-No, no, me fío de usted.

Y... disculpen por insistir tanto, pero ya saben cómo es

el mundo de los negocios. -Lo entendemos.

-Con Dios.

-Espere.

-Flora, ¿puedes dejarnos solos un momento, por favor?

Quisiera aprovechar la ocasión

para invitarle a una fiesta privada esta noche.

-¿Aquí?

Pero... ¿clandestina?

-Reservada.

-Ajá.

Cuánto secretismo. ¿Le puedo decir a mi novia que venga conmigo?

-Mejor que poca gente sepa de las fiestas que hacemos aquí.

Venga solo. No se va a arrepentir.

-Ya.

De acuerdo, pues así lo haré.

Esta noche nos vemos. -Pues esta noche nos vemos.

-¿Te has vuelto loco? Que es un vecino.

Su hermana se casó con el antiguo dueño.

Nos vamos a meter en un lío. -Conozco al tipo de gente que viene.

Antoñito es un uno de ellos.

Es un punto de primera. Antoñito va a ser un cliente fetén.

¿Qué te apuestas?

Padre.

Padre, despierte.

Va a coger una mala postura y se va a hacer daño en el cuello.

-Ay, hijo, no sé qué me pasa,

pero, últimamente, me duermo a todas horas.

-¿Por qué no salimos usted y yo por el barrio a dar un paseo?

Así toma el aire. Desde que llegó,

no ha salido.

-Gracias, pero no tengo el espíritu como para salir a la calle,

que vengan los vecinos a compadecerse de nosotros.

-En algún momento tendrá que salir.

Sí que es verdad que se acercarán la primera vez que le vean,

pero porque sienten aprecio.

Al segundo día, se limitarán a saludarle.

-Bueno, cuando tenga ánimos, te lo digo... y me acompañas.

Así me alejas un poco a los vecinos.

Padre...

Debe recuperarse usted anímicamente. Los resultados han salido bien.

Incluso usted me dijo que había superado la muerte

de su hija Cayetana. -Tienes razón, hijo, tienes razón.

Pero estoy cansado...

y no sé si lo que me pasa tiene solución, ¿sabes?

(Pasos)

Jaime...

¿Estás bien?

Tienes mala cara.

-Estoy un poco cansado, precisamente se lo decía a Samuel.

-¿No sería mejor que te retiraras

e intentaras descansar un poco? -Sí.

-Samuel, hijo,

acompaña a tu padre a la alcoba. -Claro.

-Aprovecha el mercado. Mira qué fresas había,

perfectas para una "bavaroise". -¿"Pa" una qué?

Señá Agustina,

hábleme en cristiano. -Algunas la llaman crema bávara.

Pero a tu señora le gustará que la llames así: "bavaroise".

A las señoras les gusta todo lo que tiene nombre francés.

-A doña Rosina, con lo golosa que es,

yo le echo un buen puñado de azúcar y se come las fresas que da gusto.

-Casilda, no me marees. ¿Quieres aprender recetas o no?

-Sí, perdóneme, usted.

-Tu deber es que tu señora sea feliz.

-Arrea, y yo pensando que eso era deber de don Liberto, su marido.

-Ay, no sea descarada, muchacha,

que te vas de mi cocina. Aprende bien cómo lo hago.

Si vas a andar de chanza, no te enseño más postres.

Empezamos echando leche en un cazo con las semillas de una vaina

de vainilla. -Como las natillas.

-Lo mismo.

Con la buena mano que tiene usted para los postres,

disfrutaría mucho un marido a su lado.

Por cierto, ¿se ha casado usted o algo así?

-No seas indiscreta.

-Perdóneme usted.

-Verá,...

estoy preocupada por mi primo.

-¿Tu primo? ¿Y qué tiene que ver él en todo esto?

-Está desesperando un poco porque no encuentra una novia

que lo quiera. -No es ningún Adán,

pero no me parece un mal muchacho.

-Y más bueno no lo hay.

Tiene el corazón de grande como una montaña.

-¿Cuál es el problema entonces?

-Que no tiene habilidad para conquistar mujeres.

Y eso que es un Escolano.

De hecho, Servando le intentó enseñar requiebros y poesías

para decirles a las mozas, pero la cosa

no terminó de cuajar bien. -La verdad,

no veo al portero dando consejos de amores.

-Uy, él se tiene por muy avezado en esos menesteres.

Es más, dice que podría ser un galán de tomo y lomo.

-Si él lo dice...

-El caso es que yo quiero ayudar a mi primo, Agustina.

Porque no creo que esté bien que esté solo.

-Eso dice la "Biblia". -Y de ahí mi problemática.

No encuentro una mujer

para él. -¿Y tiene que buscarla tú?

Deja que sea él quien la encuentre. Así la buscará a su gusto.

Esto debe hervir unos minutos, pero no a borbotones.

¿Te vas a acordar? -Oh, sí.

A pies puntillas.

-Recuerda: a la hora de cocinar,

tan importante como saberse la receta

es ponerle atención y empeño.

-Descuide, señá Agustina. Yo llevo haciéndolo toda mi vida.

Es más, si en casa de doña Rosina no quedan las cosas perfectamente,

se encabrita la mujer como una gata.

-¿Has pensado en Marcelina, la de Acacias 32?

La he conocido en el mercado y me ha parecido de lo más educada.

-¿Marcelina? ¿La del accidente?

Vamos a ver, que esa mujer se cayó de cabeza

por unas escaleras y no quedó bien.

-No la he visto ningún raspón. -Quiero decir...

de la sesera, ¿sabe usted?

Antes del cachiporrazo era normal,

pero después le dio por los santos y por las misas.

Aunque, ahora que lo pienso,

es verdad que es una muchacha muy simpática.

Y también es limpia

y decente como al que más. -¿Y qué más quieres para tu primo?

Simpática, decente, limpia y piadosa.

Yo no le veo más que virtudes. ¡Ah, y guapa!, a su manera.

Tiene usted toda la razón del mundo, señá.

Puede llegar a ser la esposa ideal para mi primo. Siempre hay un roto

para un "descosío". Me voy a marchar,

a ver si arreglo el asunto

antes de que se me haga tarde. -¿Y la receta?

-Para otro día queda.

Hale, gracias. Con Dios.

-¡Hay que despedirlos!

¡A la calle, ni negociaciones ni nada!

¡Que aprendan lo que no se puede hacer!

¡Una paliza a nuestro encargado!

¡Se van a arrepentir, ya lo verán! -Esa fue mi primera reacción, Rosina.

Pero Diego quiere mantener la calma. -Pero ¿para qué? ¿Para qué?

-Quiere saber en qué circunstancias se produjo el ataque

y si son verdaderas las noticias que llegan.

Propone hablar antes con la representante.

-Yo estoy de acuerdo. Mantengamos la serenidad.

-¿Serenidad? ¡Por favor!

El encargado está en el hospital. ¿Cuándo nos tocará a nosotros?

-Espero que nunca. -Para tomar medidas drásticas,

siempre estamos a tiempo. Pero luego no habrá vuelta atrás.

-Hay que darles una lección.

Si no, esto solo puede ir a peor. Háganme caso.

-Lo más importante es que vuelva a ser un negocio eficaz.

Para eso es necesario que los mineros estén bien pagados y satisfechos,

el encargado seguro y nosotros tranquilos.

-Hágale caso a su esposo, Rosina. No es este un buen momento

para reacciones furibundas, sino para tener mano izquierda

y para negociar. -Nos vamos a arrepentir, ya lo verán.

-Seguro que Diego y Huertas llegan a un entendimiento.

-Huertas, ¡menuda es esa!

¿Sabe qué le digo? Mejor me voy a ver a doña Susana

y les dejo tomando esta decisión.

¡Si por mí fuera, mandaba ahora mismo a los guardias a la mina

a dar palos, y punto redondo! -Mi amor, mantén un poco la calma.

Luego te informo. -Por favor, ¿eh? Hasta más ver.

Quiero hablar con usted.

-Estoy rezando.

Mi padre está pasando un auténtico infierno.

Ni siquiera ha querido contarme lo que le sucede.

-Es normal que esté afectado.

Se trata de su hijo y piensa que va a morir.

-No podemos hacerle esto.

-No podemos dejarlo.

Si hemos llegado hasta aquí, debemos seguir adelante.

-Hay que decirle la verdad.

-Deja de llorar,

compórtate como un hombre y llega hasta el final.

Si ahora te echas atrás,

de nada habrá servido.

-No puedo seguir.

-Entonces lo perderás todo.

Tú mismo.

Ahora déjame.

Tengo que rezar.

Fresas, me encantan.

-Disculpe, señor, no le había escuchado.

-No se preocupe.

Le cojo una.

(SABOREA) Muy rica. ¿Para qué las quiere?

-Es "bavaroise", una receta francesa.

-La probé una vez.

Cuando termine, cierre el baúl de la señorita Reyes.

-¿Eso quiere decir que ha confirmado su dirección?

-Quiere decir que la he encontrado y que vamos a iniciar una relación.

Trátela como su señora.

-Así lo haré. Permítame que le exprese mi alegría.

-Permitido.

Cuando acabe sus labores, tenemos clase de lectura.

La espero en la sala. -Como mande el señor.

¿Íñigo?

¿Flora?

-¡Ay, Leonor! Menos mal que es usted.

-¿Te habías dejado abierto? Anda que se puede confiar en ti.

¿Qué hacían ahí abajo? -Eh... Nada, cosas nuestras.

¿Contrabando? -¡Chis!

No hace falta decir esa palabra.

-Son productos injustamente restringidos por el Estado

y gravados con impuestos abusivos

que nosotros facilitamos a nuestros clientes.

-(RÍE) Ay...

Hablé con Rubiales.

Le encantó la fiesta. Quiere repetir.

-Esta misma noche. -Claro, les esperamos a los dos.

-Uy..., no sé, otra vez... -He preparado nuevos bailes.

No se lo puede perder.

Hacía tiempo que no me divertía tanto.

-Pues no es pecado.

Bueno, a lo mejor sí, pero no muy grave.

-No, lo que hacen no está bien, el contrabando es ilegal.

-Es algo temporal, en cuanto nos recuperemos económicamente,

lo dejamos.

-Y ya que hablamos de esto,

¿podría decirnos qué perfumes les gustan a las señoras del barrio?

Podemos traerlos a muy buen precio. -¡No tienen remedio!

Son un matrimonio de aúpa.

-Anda, Flora, ¿por qué no le enseñas a Leonor

los nuevos pasos de esta noche?

-Venga conmigo.

-A ver.

-Ponte así. -¿Así?

-Sí.

(Música)

(RÍEN)

-¡No puede ser!

Siento el retraso. No ha sido fácil ponerme en contacto con la mina

para enterarme de lo ocurrido.

-Espero que su explicación sea convincente.

No será fácil impedir que don Ramón y doña Rosina

echen a todo el personal. -Sería un error, además de injusto.

-Tome asiento,

y me lo explica.

-Mire, no estoy de acuerdo con lo sucedido,

pero el encargado quiso acabar con la huelga por las bravas.

-Hacían unas tareas de mantenimiento impostergables.

O se hace el mantenimiento o se cierra.

¿Eso quieren los huelguistas? -Falso.

Se llevó a los más jóvenes con amenazas de despido.

Cuando los veteranos le quisieron prohibir la entrada,

se lió a golpes. Los mineros solo se defendieron.

-¿Tiene alguna prueba que corrobore lo que dice?

-Ninguna.

-No me deja más remedio.

Está en el hospital, deben pagar por ello.

El agresor debe entregarse.

-No hay un agresor, o por lo menos no hay un solo agresor.

-Huertas, yo no dudo de usted.

Quiero que los trabajadores consigan sus justas reivindicaciones.

que la mina vuelva a producir y que esto se olvide,

pero se pedirá ejemplaridad para que no se repita.

-No se va a repetir.

Eso no lo puede asegurar nadie.

Si ellos, los propietarios, visitan la mina, ¿estarían a salvo?

-Se están sacando las cosas de quicio.

Hablaré con los mineros

es lo único que puedo prometer. -Perfecto.

-No perdamos tiempo.

-Hágame saber lo que sea.

-Diego.

Tu padre te ha mandado llamar. Quiere que vayas a verle.

-Ahora iré.

-Intenta convencerle para que venga a casa a comer.

-"No se preocupe, Celia".

A poco que se fije en los puestos de tiro,

no pasará nada. Su marido sabrá comportarse.

-Ya me gustaría a mí estar así de segura.

Felipe se defiende perfectamente en una fiesta, en una tertulia,

incluso en un baile,

pero ¿una cacería? No me fío nada.

No está habituado a escopetas

y mucho menos a hacer daño a animales.

-Ya. Si hubiera algún peligro de accidente,

no convocarían a novatos, ¿no?

El marqués de Viana lo tiene todo controlado.

¿De verdad que su marido nunca ha asistido a una cacería?

-Completamente cierto.

Lleva días informándose de los usos de las armas.

-Yo misma podría haberle instruido.

No me gusta matar animales,

pero estoy habituada a las armas. -¿Ha ido de caza?

-Alguna vez, para confirmar que no me gusta.

Pero es verdad que manejo

las armas de fuego a la perfección.

-Es usted una mujer sorprendente. Esgrima, armas de fuego...

¿Qué más? -Cualquier cosa que sirva

para salvar la vida.

Me crié en una isla peligrosa del Pacífico.

Y mi padre, militar, me educó para no dejarme vencer.

-Así deberíamos estar educadas todas las mujeres.

Ya está bien de que no nos consideren capaces

de según qué cosas.

Tenemos mucho que agradecer a algunas mujeres que dan ejemplo.

Como usted

o mi madre. Con esto no quiero decir que vaya a ir a una montería.

-Usted también es empresaria, según tengo entendido.

Es un ejemplo para nuestras jóvenes también.

-Buenas tardes.

¿Molesto?

-Nunca lo hace, coronel.

Pero debo marcharme, un placer verle.

-Lo mismo digo.

-Seguiremos hablando. -Sí. Con Dios.

-Qué discreta ha sido Celia dejándonos solos.

¿Le ha puesto al tanto de nuestra relación?

-No, aún no.

No ha salido el tema. Cuando llegue el momento, lo haré.

Nosotros, de momento, podríamos ir tuteándonos, ¿no?

-No quería hacerlo hasta que usted... hasta que tú me lo pidieras.

-Te lo estoy pidiendo. -Pues entonces...

deberíamos sellar esto con un beso. -¿Aquí?

¿En mitad de la plaza?

Arturo, no seas procaz.

Ahora mismo, mi nombre también de pende de ti.

-No te arrepentirás de confiar en mí.

¿Subes a mi casa a buscar tu baúl?

Bueno, y de paso a buscar ese momento de intimidad que ambos deseamos.

-No, lo siento.

Es imposible. Tengo una cita.

-Espero que no sea con un hombre. -Lo es.

Es con el abogado que me lleva la herencia que me trajo a España.

-Bien, pues te acompaño. -No.

¿Estás celoso?

-Siempre.

Pero más allá de eso, y ahora en serio,

deberías pensar en cambiar de abogado.

Felipe es de absoluta confianza. -De momento, no lo veo conveniente.

Pero, si llega el caso, lo haré, no te preocupes.

Hasta mañana.

(Música)

Eh... Puros habanos, coñac francés,

perfumes, telas inglesas..., todo lo que quiera.

-¿Y discos americanos?

Es lo que más echo de menos de "New York".

-Me dice el nombre del cantante o del disco que desea

y en cuatro semanas estará aquí.

-Pero sin aranceles.

-Nada, al mejor precio. -Le haré una lista.

Menos mal que no está Lolita, se escandalizaría.

-Se escandalizaría 10 minutos. Luego vendría a hablar conmigo

y me encargaría un pañuelo de seda.

Le pasa a todo el que viene por primera vez.

Leonor Hidalgo,

cliente habitual; nunca lo hubiera imaginado.

-Una fija en nuestras pequeñas reuniones.

-Le comentaba a Íñigo que no imaginaba verla por aquí.

-¿Qué pasa? ¿Que yo no puedo divertirme?

-Sí, por supuesto que sí. Me encanta que así sea.

-Leonor, hagamos el paso que hemos ensayado.

-De eso nada,

la señorita baila conmigo.

Pues usted conmigo.

¿Es usted tan amable de acompañarme?

¿Y qué habéis decidido?

-Lo mismo que antes de que tú te fueras.

Diego ha ido a enterarse de la versión que dan los mineros.

-Eso no va a servir. Hace falta mano dura.

-Si hiciera falta, a don Ramón no le va a temblar la suya.

Debemos ser justos y no intentar apagar el fuego echando más leña.

-Ay, menos mal. (SUSPIRA)

Buenas noches.

Menos mal que veo a antiguos vecinos. -¿Qué pasa?

¿Has visto La Deliciosa?

-No, no me he fijado. ¿Qué?

-Yo no veo nada raro. Parece cerrada.

-Lo parece, pero está llena.

Hay una fiesta.

-Ah, ¿sí? Qué bien, que se diviertan.

-¿No te das cuenta? Es una fiesta clandestina.

Si hasta han echado los cierres. -Pero no molestan a nadie.

-Qué inocente eres, Liberto.

Si se esconden, es porque están ocultando algo.

-¿El qué? -No lo sé, pero nada bueno.

¿Y si fuera una casa de citas?

-Una casa de citas en una chocolatería, dice.

Cómo se nota que nunca ha estado.

-(CARRASPEA) ¿Y tú?

-Yo tampoco, Rosina, me lo han contado.

-Bueno, voy a convocar una reunión.

Hay que acabar con estas fiestas. Es un escándalo.

-Nos dices cuándo es y asistimos encantados.

Ahora nos vamos a dormir.

Yo voy a cerrar. Hasta mañana. -Con Dios.

¡Madre del amor hermoso!

(Música)

(SILVIA) "Tengo una cita".

-"Espero que no sea con un hombre. -Lo es".

"Es con el abogado que me lleva la herencia que me trajo a España".

-"Bien, pues te acompaño. -No".

"¿Estás celoso?".

-¿Está bien?

-Sí, todo bien.

Espero no haberla asustado. -No se preocupe por mí.

¿Va a cenar? -No tengo apetito.

-La crema de fresas.

La "bavaroise" está hecha.

¿No le apetece probarla? -Quizá antes de acostarme.

Déjela en la cocina. Yo mismo iré a por ella.

-Si le puedo ayudar...

Se ve que está contrariado por algo.

Perdone, ya sé que a veces me meto

donde no me llaman.

-No tiene por qué disculparse, tiene razón.

Me dejo llevar por las emociones, y eso nunca es bueno.

Pensaba en la señorita Reyes.

No quiero equivocarme y dejar que la relación se vaya al traste.

-Eso no va a ocurrir. Usted es un hombre bueno.

-¿Usted cree?

-Conmigo lo está siendo.

La señorita Silvia se dará cuenta y serán muy felices juntos.

Solo debe cuidarla.

-Espero estar a la altura.

Me lo he pensado mejor. Sírvame la cena en el comedor.

-Ahora mismo, señor. ¡Y con un buen vino!

¿A qué viene esto?

-Al daño que me hiciste en el combate.

-Pensé que con el puñetazo que me dio tu Romeo

había quedado compensado.

-Estuviste a punto de reventarme con el florete.

-(RÍE)

No sabía que fueras tan blanda.

-Estás loco.

-¡Dio resultado!

Corrió en tu ayuda.

¿Qué mejor manera de hacerle creer que estaba protegiéndote?

-No necesito a nadie que me proteja. -Exageras.

Te voy a perdonar la bofetada.

Pero me la cobraré más adelante.

Siéntate.

¿Un puro?

-Me lo fumaré esta noche,

cuando esté sola y tranquila.

-¿Tranquila?

Lo dudo. Tú nunca has estado tranquila.

¿Cómo van los asuntos con el coronel? -Viento en popa.

El coronel está en mis manos, hará todo lo yo que le pida.

-Bien.

¿En la iglesia a estas horas?

-Oh, hay vigilia.

Habrá gente rezando

toda la noche. -¿Por algo especial?

-Se pide para los damnificados

de la erupción del monte Pelée, en la Martinica.

-Han muerto más de 30 000 personas. -Qué horror.

¿Y se puede ayudar?

-Han puesto una caja para donaciones dentro de la iglesia.

-Yo hoy no llevo dinero,

pero mañana vendré a hacer mi aportación.

-¿Tú qué haces a estas horas por la calle?

-No pensaba volver a casa tan tarde,

pero tenía que recoger este aceite de almendras.

-Señora, podría habérselo llevado yo.

-Me gusta salir, Carmen.

Además, decidí dar un paseo.

Quería que le diera el aire a mi hijo.

-Faltan muchos meses para que nazca. -Estoy deseando que llegue.

-No dejo de pensar en darle la mejor infancia posible.

Queremos que sea el niño más feliz del mundo.

-Es en la infancia cuando se debe educar.

Lo que aprendan en esa época

dictará cómo se comportarán cuando sean hombres.

-Y queremos educarle.

Pero, sobre todo, que viva una vida feliz.

Que aprenda a bailar, a cantar, a nadar.

Queremos que pueda recordar su infancia

como un lugar al que querer regresar siempre.

-La infancia raramente es una época feliz. Es más,

aseguraría que nunca lo es. -Se equivoca, madre.

Hasta yo tengo buenos recuerdos

de los internados en Suiza. -Hablaba de mí.

Apenas recuerdo mi infancia. -Vaya.

No quería abrir viejas heridas.

-Es igual, no importa.

Sabes que no bendigo tu relación con Diego.

Pero me alegra saber que los dos queréis formar una familia ejemplar

para ese niño.

Es tarde, será mejor que vayas para casa.

Hasta mañana. -Hasta mañana.

-Señora, aunque usted no lo recuerde,

seguro que su infancia también tuvo alegría

y buenos momentos.

-Cállate.

-Vamos a casa.

-No.

Volvamos a la iglesia.

Quiero rezar.

Vamos, padre. He aprendido bastante.

Esta vez no le será tan fácil ganarme,

como cuando me enseñaba a mover las piezas.

-Entre lo que tú hayas aprendido

y lo que a mí se me habrá olvidado, esto puede ser antológico.

-¿Blancas o negras? Espere.

Lo echaremos a suertes.

Juega usted con blancas.

Siempre tuvo suerte.

Usted abre.

-Tenemos que hablar. Tengo que decirte una cosa, Diego.

-¿Qué ocurre?

-El doctor Briz me ha dado un informe médico.

-¿Qué le pasa, padre?

-No es mío. Y las noticias no son buenas.

Sigues teniendo mercurio en la sangre.

-Pero no lo entiendo, no tengo molestias, estoy bien.

-Según ese informe, Diego,...

no te queda mucho tiempo de vida.

¡Don Felipe Álvarez Hermoso! Es un placer para nosotros acogerle.

¿Le apetece un trago?

-Ron, whisky, champán...

Dudo que cuente con los permisos de nuestras aduanas.

-No sea aguafiestas.

Le mostraré los documentos que nos otorgan permiso

para tales placeres. -"Te mentí en la sala de armas".

No quería que pensaras que era una mujer desvalida,

pero agradecí que le dieras su merecido a aquel hombre.

Prométeme que no me vas a dejar de lado nunca más.

Prométemelo. Ni siquiera por la opinión del general Zabala.

-Te lo juro por mi honor.

-"Doña Úrsula me tiene algo preocupada".

¿No sabrá usted qué es lo que la consume?

-Lo siento.

La confidencialidad de mi trato con doña Úrsula no es negociable.

Sin embargo, voy a serle sincero.

En algún momento sí que me gustaría tomar algo con usted

y hablar de lo que haya que hablar.

-Pues... entonces vamos ahora.

Tengo un rato desocupado.

-"¿Qué sucede?".

-La transfusión no ha funcionado.

-El mercurio lo está matando.

Tu hermano se muere, Samuel.

-"Todavía no hemos decidido dónde iremos".

Has de elegir en qué país quieres que nazca tu hijo.

Supongo que no es una decisión fácil.

Muy pocas personas tienen el privilegio

de elegir la nacionalidad de su descendencia.

"¿Y si todo esto no me sirve"

y solo sirve para enviar a mi padre al camposanto?

¡Míreme!

-No me hables en ese tono.

Mi padre me ha pedido

que me quede al lado de Diego. Dice que me necesita.

-Obedécele.

Recupera su confianza y también la de Blanca.

Y paciencia,...

tu mujer volverá a casa muy pronto.

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Acacias 38 - Capítulo 702

16 feb 2018

Carmen se da cuenta de que su señora está atormentada por el recuerdo de su pasado que ha despertado Riera con sus investigaciones. Arturo, después del desplante de Silvia tras el combate de esgrima, decide sincerarse con ella. Blanca propone a Diego que invite a su padre a cenar con ellos y así se reconcilien. La situación del yacimiento de oro empeora cuando los obreros dan una paliza al encargado. Ramón y Rosina dejan en manos de Diego la solución del conflicto. Después del gran éxito de la velada literaria, Íñigo invita a Antoñito a unirse a sus fiestas nocturnas. Susana, mientras, intenta descubrir qué ocurre en la chocolatería. Casilda no sabe cómo solucionar el problema que Jacinto tiene con las mujeres. Agustina le da la clave: Marcelina, una criada de un bloque vecino, muchacha joven, apañada y algo loca. Silvia se reúne con Carvajal ¡el hombre que la derrotó en la final de esgrima! Samuel sufre por utilizar a su padre para recuperar a Blanca, pero Úrsula le anima a que sea fuerte. Jaime se reúne con Diego para comunicarle que ha recaído en el mercurialismo.

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  1. William

    Úrsula, más que una "diabla", rezando y pidiéndole a Dios ¿qué le permita más barbaridades? Ya fastidia... nunca va a pagar tantos crímenes. Lástima de historia.

    17 feb 2018
  2. Saro

    Otro capítulo muy bueno. D. Ramón está muy preocupado y pasándolo mal con los problemas de los mineros, pero él es un hombre sereno, tranquilo al que no le gustan las decisiones precipitadas. En la conversación que tienen Casilda y Agustina acerca de la receta, ha sido precioso escuchar el minueto de Boccherini de fondo ¡fantástico!. Esa Rosina enérgica, nerviosa, queriendo resolverlo todo rápido, contrasta con D. Ramón y Liberto que, aunque a veces le cuesta, es el único que, con amor, consigue calmarla. El encuentro con Susana ha propiciado algo divertido: está preocupada por las fiestas en la chocolatería y dice: "... y si fuera una casa de citas? Liberto: "una casa de citas en una chocolatería dice, como se nota que Vd. no ha estado nunca en ninguna" ... Rosina lo mira, carraspea y le pregunta: ¿y tú? ... Liberto sorprendido, contesta: "yo tampoco Rosina, me lo han contao" y de fondo acordes de zarzuela ¡genial escena!. Bueno y vamos a Dª Ursula, al parecer y según sus recuerdos su origen es ruso, ahora nos explicamos su devoción a Santa Rosa de Kiev pero, sea cual sea su origen, su maldad y la de Samuel están haciendo un terrible daño a D. Jaime y a su hijo Diego. Veremos que pasa. Cada día debo felicitar a todos los actores que han intervenido por sus increíbles interpretaciones y, muy especialmente, a mis muy queridos Sandra y Jorge.

    16 feb 2018