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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 699 - ver ahora
Transcripción completa

Mi padre está débil.

Descubrir que Diego se muere acabaría con él.

¿No sabe lo que es para un padre

decirle a su hijo que se morirá?

-Tu padre es mucho más fuerte de lo que crees.

-Déjelo al margen.

-"Sé lo que está haciendo usted". -"Qué lista es usted".

-Está poniendo a todo el servicio en mi contra.

-Se lo tiene más merecido que un Judas su ahorcamiento.

-Yo no quería hacerle daño.

-La recogí cuando estaba muerta.

¿Y así me lo paga? ¿Eh?

-"Tengo una carta para Elvira".

Sé que sabe hacerla llegar a su destino.

Es una disculpa que le debo a mi hija.

He avanzado en la investigación que me encomendó.

Pasaré a ponerme al día.

-"Son las señas de Reyes".

¿Dónde las ha conseguido?

-Me las ha dado Fabiana, que las consiguió de doña Susana.

-Voy a buscarla. Envía esa nota.

-"¿Y ese brillo en tus ojos con Íñigo?".

¿No te estarás prendando

de un hombre casado? -No seas traviesa.

Claro que no.

Simplemente me gusta cómo relata.

-"Mañana todos sabrán"

que somos como cualquier otro matrimonio.

Que nos queremos.

-"He invitado a lo más granado de los empresarios".

Y también a personalidades afectas.

Es el empujón final.

Con fortuna y nuestro bien hacer,

conseguiremos los fondos para importar el cargamento.

-"No soporto verlos comportarse"

como si no hubiese mundo.

No soporto que muestren su indecencia.

¡No soporto que se presenten como dos recién casados

y detesto que hablen de mi hijo

como si fuera de ambos!

¿Hasta dónde llegarán?

-¿Consentirás que tu padre le dé a Diego la noticia de su muerte?

-Sea, suframos todos.

-Siento mucho por lo que estás pasando.

No te mereces lo que te hace tu hermano.

-No necesito su compasión. -Soy la única que está de tu lado.

-No debemos quedarnos quietos.

Aunque no quiero hacerle daño a mi padre.

-Te hablaré sin rodeos.

Eres de lo más ingenuo.

-¿A qué viene eso?

-Crees poder atacar a Diego

sin salpicar a tu padre.

-Quiero mantenerle al margen.

-No.

Si lo dejamos fuera,

arruinaría nuestros planes.

-Cualquier otro podría darle la misma información.

-Es posible.

Pero hacer creer a Diego que su enfermedad no ha remitido

de una forma u otra

afectaría a tu padre.

-Pero mi hermano es fuerte.

Le ocultaría la noticia para que no sufriera.

Usted misma lo ha dicho. -Sí.

Es cierto. Pero también es muy lúcido.

Nunca creería esa noticia si no le viene dada

por alguien en quien él confíe. Ya lo hemos hablado.

-Lo sé y ya le dicho que adelante.

Pero deberíamos... -No tienes

otra opción.

-No continúe.

He tomado una decisión.

Para engañar a mi hermano,

debemos hacerlo por medio de mi padre.

Aunque eso lo ponga en peligro.

-Samuel, haces lo correcto.

Aunque te duela.

-¿Cómo piensa proceder? -Déjalo en mis manos.

Te aseguro que Blanca volverá a tu lado.

Antes de lo que te piensas.

(Sintonía de "Acacias 38")

Ese hombre no tiene vergüenza.

-Lo "peorcico" que ha pasado por el barrio.

-Hay que tener mucho cuajo

para encargar esa misa.

Trató muy mal a Adela.

-Pues te digo una cosa, Lola. Yo no me creo que esté detrás

de semejante tropelía. ¿No será que doña Susana ha encargado

la misa? -Tan seguro como que es de noche.

El mismo párroco se lo dijo a doña Trini.

Don Arturo Valverde ha encargado una misa para la difunta Adela.

-Le picará

la conciencia.

-No gasta de eso.

-Es un mal bicho.

Por mucho que quiera taparlo.

-Dices la Úrsula. -Esa y el susodicho.

Que en mala uva son iguales.

-Pues ahí se equivoca. El coronel es harina de otro costal.

-De uno podrido de bichos.

-Oye, un respeto, que es un señor, un militar ilustre

y un caballero de honor.

-A su hija la llevó por la calle de la amargura.

-Igual la confundió con un soldado de su tropa y erró.

Pero eso no es motivo para decir que el coronel

no tiene corazón ni sentimiento.

-Qué poco seso que tiene usted.

Se ciega más por unos galones que un niño

en una pastelería. -Pues sí.

El coronel es de lo malo lo peor.

-No estoy de acuerdo con vosotras.

-Dale otra vuelta al torno.

¿Nos va a decir que el coronel es

un alma cándida? Que se conoce el paño.

-No digo que sea una monja ursulina.

Pero es mejor de lo que están diciendo.

-¿Y no será que se ha dado usted un golpe muy fuerte en la cabeza

y por eso está disparatando? -Solo digo que es un buen hombre.

Después de descubrir que no sé hacer la O con un canuto me mantiene.

-Mira. -¿Cómo?

¿Sabe que es analfabeta y no la ha echado?

Es la primera vez que va en contra

de sus principios. -Algo estará tramando.

Yo que usted no me confiaría. -No sé.

No me esperaba tal cosa de él.

Lo mismo se está ablandando.

-O ha cambiado y no es el hombre que conocían.

-El árbol que crece torcido ya no hay un Dios que lo enderece.

Y menos cuando se tiene tantos años como el coronel.

-Que no comulgo yo

con aspas de molino.

Ese tiene más vicio que un garrote.

-No está bien que yo cuente

lo que sucede en su casa.

-Si se trata de un asunto de enjundia,

se lo disculpamos.

-Para que tengan un botón de muestra.

Don Arturo ha escrito una carta

para su hija Elvira. -¡Arrea!

La pondrá a caer de un burro.

-No, lo ha hecho con buenas intenciones.

Ya no es como se piensan.

-Bueno.

Son muchas cosas seguidas.

La carta, la misa, que no la haya despedido a usted...

A lo mejor es verdad que se está volviendo persona.

-Todo el mundo tiene derecho a mejorar.

Aunque se trate de una bestia parda. -Y un cuerno.

Una ha vivido desde cerca las desgracias Elvira.

Y eso no tiene nombre.

A mí no se me olvida que ese pollo

tuvo mucho que ver con la muerte de Adela.

Ya pude encargar cien misas.

Para mí siempre será un demonio.

Otro día que empieza y seguro que no vendemos un churro.

Nunca mejor dicho.

¡A los buenos días!

¿No les apetece un café?

Les convido.

-Gracias, pero andamos ocupados.

-¿Es usted el hijo de César Cervera? -Para servirle

en lo que sea menester.

-Le presento a Rubiales. Editor del periódico.

-Estoy al tanto de su trabajo.

Me tienen impaciente por leer sobre su padre.

-Va a quedar usted impresionado. La vida de mi padre

no tiene desperdicio. -Confío

en que sea rápido. ¿Verdad?

-No sé si lo tendremos tan pronto.

Es una vida muy compleja.

Es pura acción. Paisajes remotos,

animales salvajes.

Elementos para encandilar.

-Puede que le falte alguno y quiero estar segura.

No se puede tomar

a la ligera una vida tan intensa. -Él se tomaba

sus problemas sonriendo.

Burlándose de la muerte. -Eso lo ha heredado usted.

Si nos permite, nos gustaría terminar de pulir unos detalles

de la historia. -No les molesto entonces.

Y apúrense, que esta historia puede darnos mucho dinero a todos.

-Iremos como un rayo. -Así me gusta.

A más ver. -A más ver.

-Su jefe es un tipo

la mar de salado.

Ya veo cómo se hace de rogar para aumentar su interés.

Hasta a mí mismo me ha parecido que ya no está ilusionada.

-No, ya no lo estoy.

-¿Por qué? ¿Qué le ocurre?

¿A qué ahora esa cara tan larga?

-Por la sarta de embustes que me contó.

(Ronquidos)

¡Servando!

Ya que no me ayuda, al menos no se duerma.

-No estaba durmiendo.

Estaba haciendo ejercicios para el concurso de gritos.

-Con tal de no trabajar, se apunta a un bombardeo.

-No seas insolente.

Uno es un artista y ha de cuidarse la voz.

-Más le valdría ayudarme.

-Para que coja una corriente de aire y me quede sin voz.

-No se preocupe usted. Y, por favor, ayude a mi marido.

Que el concurso de gritos

ha sido cancelado.

-¿Cómo es eso?

-Doña Rosina no ha convencido a las demás señoras.

Dicen que lo de dar gritos es una ordinariez.

-¿No se va a hacer el concurso de gritos para carnavales?

-Ni en otra fecha.

-Pues es una lástima, porque me lo iba a llevar de calle.

Ya estoy sin premio. -Anda ya.

Si tiene menos voz que un grillo.

-Más que un chiquilicuatro como tú, seguro.

De haberse celebrado el concurso,

habría ganado o mi primo el Jacinto o servidora.

Según se diera el día. -Qué atrevida es la ignorancia.

Con ese cuerpo que tienes,

no te caben ni los pulmones de un jilguero.

-Ojo, que a genio no le gana.

-Bueno, de seguro que grita más un ratón que la Casilda.

Y de los pequeñitos.

-¿Se juega usted algo, Servando?

-Podría jugarme hasta una peseta.

-¡Ah!

Pero ¿qué dice? ¡Eso es un capital!

-Se va una peseta.

-Canija, ¿has perdido el oremus? Son dos pesetazas.

-Descuida, que sé muy bien lo que me hago.

-¿Van o ya te estás achicando?

-Ni una pizca, Servando. Haremos la puesta aquí.

En el altillo.

Y prepárese,

porque va a salir escocido.

-Me va a doler quedarme con vuestro dinero.

-No me extraña que le caiga tan bien el coronel.

Son los dos igual de bichos. -(HACE GÁRGARAS)

Exactamente.

¿Qué animales me dijo que había

en la isla que naufragó su padre?

-No sé, no recuerdo. -Haga un poder y dígamelos.

Los típicos de una isla del Pacífico.

-Como armadillos.

Me dijo que había armadillos. -¿Y no los hay?

-Pues como no sean disecados. Este animal solo se ve en América.

-He estado contrastando sus datos.

Y no es que haya errado con ese animal, no ha dado ni una.

No hay ni yuca ni mandioca ni manatíes carnívoros.

Nada de eso es como me dijo. -Me equivocaría al situar la isla.

Tengo muy mala memoria. -Ya.

Me está engañando desde el principio.

-¿Cómo puedes pensar eso de mí? -¡Escúcheme! Es un embaucador.

Trata de tomarme el pelo y no entiendo por qué.

-Yo comprendo... -¿No ve que puede hundir

mi reputación como escritora?

Sería mi fin si publico esos disparates.

Olvide el dinero hasta que no me cuente la historia

de César Cervera.

-Ah, ya entiendo. Usted quiere airear la vida secreta

de mi padre y eso no lo consiento. -¿Qué dice?

-No voy a pasar por ahí.

-Será caradura. -¿Sabe qué?

Mejor olvide el acuerdo.

¿Y si el coronel lo está haciendo de corazón?

-Imposible. Carece de ese órgano.

-Tú dices que el arrepentimiento es una de las bases

del cristianismo.

-Pues que le perdone Dios. No voy a cambiar de opinión

porque ese endriago se gaste unos reales

en una misa para Adela.

-Susana, a mí me da pena no rezar por la pobre.

-Una cosa no quita la otra.

Yo pienso acudir y espero que vengáis.

-Cuenta con ello.

-El alma de Adela no tiene la culpa de que el dinero

de sus exequias salga de ese bolsillo.

-A mí me cuesta

pensar bien de él. -Ya.

-Menuda pena me daba Simón.

Don Arturo le hacía pasar las de Caín.

-Ya, pero desde que pasea con tu esposo, eres más condescendiente.

Claro que tendrán

negocios a medias y te conviene mirarlo con otros ojos.

-No es cierto. Los asuntos

de Felipe con el coronel no me importan.

Pero a lo mejor está cambiando.

-Bueno, desde que Silvia Reyes está por aquí,

el coronel parece otra persona.

-Lo que no consiga el amor...

-O la calentura. -No seas vulgar, Trini.

Pena me da. Parece buena. Y todo el que se arrima al coronel

sale escaldado. En una hora,

te lo tengo arreglado.

-Tranquila, tienes hasta la noche.

-¿Se puede saber a qué viene lo del arreglo?

-Es que Celia y yo tenemos un cóctel esta noche.

-¿Dónde?

-En la mansión de los Alday.

Diego y Blanca nos invitan.

-¿Esos adúlteros?

¿Vais a aprobar una relación así?

¡Lo que me faltaba por oír!

-Pero...

Suéltame esto.

-"Tengo un lío con los preparativos del cóctel...".

-En ese caso, no le entretengo más.

Solo he venido para confirmar la asistencia de mi esposa y de mí.

-Me alegra mucho que se hayan animado.

Espero les guste lo que he preparado.

-No me cabe ninguna duda.

Sé que tiene usted buen gusto en temas de cocina, pero...

-Pero ¿qué?

¿Ha sucedido algo?

-No quisiera ser descortés.

Pero tampoco me sentiría bien

callándome.

-Dígame lo que le preocupa.

Estamos en confianza.

-Reconozco que el cóctel de esta noche

me hace sentir incómodo.

Siento afecto por los dos.

Pero sería algo así como darle el beneplácito

a algo que no apruebo.

-En ese caso, valoramos más que atienda nuestra invitación.

-Espero que entienda usted mi postura.

-Todos somos conscientes de que se trata de una situación excepcional.

Pero ni mi hermano ni mi padre

se oponen a ella.

Incluso se puede decir que contamos con su permiso.

-Bien, eso me tranquiliza. Al menos no les estaré contrariando.

También quería preguntarle cómo está la situación

en el yacimiento.

Rosina no para de preguntarme. Y yo empiezo

a temerme lo peor.

-Pues hace mal. Pienso que todo marcha muy bien.

Hoy o mañana me reuniré con los mineros.

-Espero que sea cuanto antes. No podemos seguir así.

-Me consta que tiene prisa.

Y para acelerarlo, le ha dado mi señas al representante.

Vendrá a visitarme en cuanto llegue. -Me alegra oír eso.

Nos veremos esta noche pues.

-Con Dios. -Le acompaño.

¿Qué haces?

-Estaba recogiendo el diseño del llamador de ángeles.

Va a ser muy difícil para un tallador inexperto.

¡Eh, Blanca!

¿A qué se debe esa cara de circunstancias?

-No puedo dejar de pensar en lo que le has dicho a don Ramón.

-Pero es cierto.

Samuel ha aceptado la situación. -Ya.

¿Lo seguirá haciendo cuando nazca el niño?

¿O entonces decidirá aplicar

todo el peso de la ley y llevarse al recién nacido?

-No se me ha pasado ese peligro.

-¿Qué piensas hacer?

-Salir de aquí en cuanto cobre el trabajo del yacimiento.

Tenemos que haber puesto tierra por medio en cuanto nazca el niño.

(Llaman a la puerta)

-Es un recado del hospital.

Quieren que vayas con urgencia.

-No te preocupes.

Debe ser un control rutinario.

Gracias a Dios, se terminaron los problemas de salud para nosotros.

Fabiana, no prepares cena ni para Ramón ni para mí.

Cenaremos en casa de los Alday. -¿Con doña Úrsula?

-No, con los otros Alday.

Con Diego y con Blanca.

¡Vaya!

Has puesto la misma cara de ajo pocho que la sastra.

¿Te molesta que cenemos con nuestros amigos?

-Yo no soy quién para meterme en sus asuntos.

Ustedes pueden ir donde les plazca.

Aunque sea con unos que viven en pecado.

-Pues, para no querer meterte, te has explayado.

(Llaman a la puerta)

Ya voy yo.

No se me caen los anillos por abrir la puerta.

Hombre, Carmen, adelante, pasa.

Aquí tienes a tu compañera, la discreción personificada.

-No hay criada que sepa mejor que Fabiana cuál es su sitio.

-A la fuerza ahorcan.

-Bueno, yo os voy a dejar solas para que habléis

de vuestras cosas.

A más ver, Carmen. Gracias, Fabiana.

-¿Cómo tienes la desfachatez de presentarse en esta casa?

-Deje el cuchillo, que parece que me amenaza.

-Mejor se va por donde ha venido.

Yo no hago más que cumplir las órdenes de mis señores.

-¿Qué tripa se le ha roto a Úrsula?

-No es ella la que me envía. Don Jaime Alday quiere verla.

Quiere hablar con usted en su casa esta misma tarde.

-¿El señor Alday quiere verme?

-Así es.

¿Puedo confirmarle que acudirá usted?

-No sé si es oportuno que yo acuda a esa casa.

-Por la señora no se inquiete, está al tanto.

Y no tiene reparo en que usted acuda.

-Está bien. Dile que iré.

Cuando acabe mi jornada, claro.

-Con Dios.

Aquí no paran ni las moscas.

Y tú desgracias nuestra oportunidad para meter dinero

en la bolsa. -La culpa es de Leonor.

-Pues haberla toreado. Es la primera vez

que pierdes un negocio por una mujer.

-Es una fisgona que no dejaba de preguntarme.

Le he tenido que dar puerta

antes de que sepa algo malo. -Pues mira esto.

En los páramos de las tierras perdidas, anda más gente.

Habla con ella. Lo mismo la convences para seguir.

-¿Para que haga más preguntas?

Ya no sé qué contestar sin meter la pata.

-Haberte estudiado las respuestas. -Si no he parado.

-Pues ya me dirás tú qué hacemos.

Tenemos menos porvenir que un pintor ciego.

-Pues pensaremos otra cosa.

-Era dinero asegurado.

Si te la trabajarás más... Tampoco es tan difícil.

-Flora, he puesto todo mi ingenio. Pero ella las coge al vuelo.

No me lo he tomado a la ligera.

Dame esos libros.

-Menudos ladrillos. ¿Te los has tragado todos?

-Sin saltar una coma.

-Si es que no tienen ni una lámina. Menudo tostón.

-Son de lo más aburrido. Y no me han servido de nada.

-Menos mal que no sé leer.

Si no, me habría tocado aprenderme alguno.

-Adiós.

¡Ah! -¡Ay! Por Dios, Servando.

Avise cuando vaya a berrear. Una no gana para sustos.

-Si aviso, pierdo la fuerza. -Pues usted verá.

Vamos a romper todos los cacharros.

He abollado un cazo y roto dos platos.

-Es que ya le he pillado el truco.

Se trata de respirar profundamente y después irlo soltando

de poco a poco.

¡Ah!

-No sé si ganará, pero me está dejando sorda.

-De seguro que gano a la Casilda.

Es tan canija que ni se la va a oír.

-Pues yo la he visto y se la veía tranquila.

-Pero la procesión va por dentro.

Lo que usted llama tranquilidad es miedo.

Sí.

¡Ah, Jacinto, Jacinto!

A ver qué le parece este chillido a usted, que es todo un experto.

¡Ah!

¡Ah! ¿A que pego

buenos chillidos? -Para ser de ciudad,

puede pasar.

-Pero ¿qué está diciendo?

Si han temblado hasta los cristales de la ventana.

-Eso no es nada.

Mi prima una vez rompió

un botijo de un chillido.

-Eso no puede ser verdad. Eso es imposible.

Es la campeona

del pueblo.

-Jacinto, a usted le ha mandado aquí la Casilda

para meterme miedo.

-Si tan seguro está,

le doblo la apuesta. -Le están achantando,

Servando.

-Que no, hombre.

Que no puede ser para tanto.

Si la Casilda es tan delgada que ni puede respirar.

Eso es que llevaba algo en la garganta.

-Si se amilana, no pasa nada.

Otros más grandes que usted han caído delante mi prima.

-Que sean dos pesetas la apuesta.

Pero, luego, no me venga con lamentaciones.

-Eso ya se verá.

-Bueno.

Que...

Que no, hombre, no. Voy a ver

cómo practica, que no puede ser para tanto.

-Se quedará con las ganas.

No se desgasta ensayando. Eso lo deja para los novatos.

Ya lo escuchará

en el concurso. ¡Ja!

-Para mí que se ha metido en un buen berenjenal.

Se va a quedar sin sus dos pesetas

como yo sin abuela. -No me sea usted ceniza.

Tampoco puede ser para tanto lo de la Casilda.

Fíjese usted. Yo tengo pulmones de tenor.

¡Ah! (SIN VOZ) Ah, ah...

(HACE GÁRGARAS) -¡Ay, Señor!

¡Ay!...

Yo creo que debería darle un voto de confianza

a los Cervera.

-Con la confianza no se gana dinero.

-Ya lo sé. Pero, si les damos margen, terminarán pagando.

Tengo muy buen ojo para estas cosas. Yo les veo buena gente.

-Pensando así terminaste en la cárcel.

-Eso no tiene nada que ver.

Solo les he hecho un trabajo con la cafetera.

-Trabajo que no te han pagado. -Y tampoco lo van a hacer.

La Deliciosa

sigue desierta.

-La gente huye del local como de la peste.

La competencia estará haciendo su agosto.

-Van a tener que vender las mesas. -Sé que no les va bien.

Pero quiero creer que remontarán.

Los principios nunca son buenos, que bien lo sé yo.

-Familia, traigo carta de París.

-¡Ay, no me digas! -Sí.

-Es la primera carta de María.

-Ay, Ramón, hijo, ya lo sabemos.

¡Venga! Léela, que nos tienes en ascuas.

-A través del sobre no se leerá.

-Queridos padres, hermanos y futura cuñada:

Espero que, al recibo de la presente,

estéis todos bien. -Qué detalle. No se olvida

de ninguno. -Tendríais que ver

lo grande que es nuestra casa.

Está en una calle, que aquí llaman "rue", muy céntrica.

Desde la ventana, veo la iglesia de Notre-Dame.

-Qué manía tienen los franceses con cambiarle

el nombre a todo. ¿Por qué? -La ciudad es muy bonita.

Tiene grandes avenidas iluminadas. Os gustará mucho cuando vengáis.

Eso sí. El clima es horrible.

Llueve todos los días.

-Así estará todo muy verde. -Y muy mojado.

-Por las tardes, voy a buscar a Víctor

a su trabajo.

Y damos una vuelta por la ribera del Sena, que es un río.

Y vamos a algún café a cenar. -Si se entera Víctor

de cómo está La Deliciosa, se le abren las carnes.

-Soy muy feliz aquí.

Los días se me pasan volando, pero les echo de menos.

Me gustaría poder verles pasear

todos juntos por los Jardines del Príncipe,

tomar un chocolate o simplemente pasar un rato en la salita.

Espero

que nos reunamos pronto.

Un sentido abrazo para toda la familia.

¿Y ya está? ¿Nada más? -Sí. Ya no dice nada más.

-Pues a mí me ha sabido a poco.

¿Podría decirle al doctor Quiles que ya estoy aquí?

Por favor, pídale que me atienda, tengo invitados en casa.

Son sus diseños.

¿No quería volver a verlos?

-Gracias, hijo.

-Este broche es de los más importantes.

Se lo vendió a los Romanones.

Pero, sin duda, mi favorito es este colgante.

Gracias a él, consiguió un acuerdo

con una gran firma de joyas americana.

El primer joyero español en vender sus diseños en Nueva York.

-Todo un éxito, sí.

Busca el primer diseño

del colgante Ana. Está en ese cuadro.

"Lo siento, pero sea quien sea usted,

tendrá que volver más tarde".

(DON JAIME) "Aguarda, Ana".

¿Cómo ha dicho?

¿Quién es usted?

Mi nombre es Jaime Alday.

Soy tu padre.

"¿Qué es esa joya?". "Esta es la joya"

que le ha dado prestigio a mi marca y a mi nombre.

Bueno, de hecho, este es el primer modelo que creé.

Lo hice con mis propias manos.

Lo bauticé con tu nombre.

En honor a ti.

Gracias a Úrsula, he podido por fin

dar contigo.

Ha sido un milagro

"encontrarte en vida".

-No puedes continuar así, Jaime.

¿Por qué no valoras el regalo que te ha hecho Dios

sacándote de la enfermedad

e intentas disfrutar de tu familia? -Me gustaría.

Pero no supero mi pasado.

-Aún estás muy débil.

No tienes fuerzas para enfrentarte a tu nueva vida.

Deberías consultar a un médico.

Pedirle un reconocimiento y que te prescriba

algún reconstituyente.

-Lo mejor es que le pida cita

en el hospital.

-No. Si no tengo fuerzas ni para salir de casa.

¿Hay manera de que ese médico venga a verme aquí?

-Lo veo muy improbable.

En el hospital tienen los medios necesarios para hacerle

las pruebas que ellos crean precisas.

Voy de inmediato al hospital.

-¿Estás seguro de querer verte con Fabiana?

Tal vez esos recuerdos te hagan aún más daño.

-Necesito hablar con Fabiana por mucho que me aflija.

Disculpe, pero el doctor Quiles no va a poder atenderle.

Ha ido a un congreso.

-Ya, pero él es mi doctor.

-No se apure, me ha dejado su historial.

Quería hacerle unos análisis rutinarios.

Yo puedo atenderle, soy el doctor Briz.

Simplemente voy a sacarle un poco de sangre

para ver que el mercurio

sigue descendiendo.

-Disculpe, me ha chocado que no estuviera.

-Siéntese, hombre.

Y pierda cuidado.

No es la primera vez que me pasan un paciente.

No suelo acabar con ellos.

-Ah, bien.

La verdad es que me encuentro recuperado.

Y Blanca también.

Lo que hizo el doctor Quiles con nosotros

ha sido un auténtico milagro.

-Así es. Esas transfusiones son revolucionarias.

Si confirman su eficacia, pasarán a la historia.

Me da coraje no poder ayudarle con esos escritos.

-No tiene importancia.

Son cartas de invitación para la fiesta del general Zavala.

Como no tengo muchos conocidos, no sé muy bien a quién escribir.

-Perdone que me tome la libertad. Pero gracias

a que estuve al servicio de los Antequera,

sé los nombres y direcciones de personalidades de alcurnia.

-Pues sería de gran ayuda si puede darme algún nombre.

-Por supuesto que sí.

Mis señores siempre andaban rodeados de industriales,

burgueses y de nobles. Pero no de los venidos a menos.

Sino de los que manejan sus buenos dineros.

Sería usted perfecta si supiera de letras y cuentas.

-Una ya es añosa, pero estoy dispuesta a aprender.

Lolita me va a enseñar

en sus horas libres.

-Eso no voy a permitirlo de ninguna forma.

-¿No le parece bien que tome clases?

-Me parece bien.

Pero enseñarle me corresponde a mí.

-Yo, señor, encantada.

Pero no querría quitarle su precioso tiempo.

-Leeremos el "Cantar de Mío Cid"

hasta que lo recite de corrido.

Después, continuaremos

con el "Quijote".

-¡Se lo agradezco muchísimo!

Voy a ser una alumna diligente. Aprenderé en un tris.

-Puede estar segura.

Si lo necesito, contrataré a una maestra.

-Para que luego digan que es malo...

-¿Cómo ha dicho?

-Nada, una cosa que se me ha escapado.

-Soy su señor.

No debe tener secretos conmigo.

-Hay ciertas personas del barrio que no le tienen aprecio

y le tratan de malvado.

Sepa que yo le defiendo cada vez que lo oigo.

No sé a qué tanta inquina.

-Yo sí lo sé.

Por el afán de proteger

a mi hija, hice cosas terribles.

Ahora me gustaría cambiar.

No ser tan amargo

como el acíbar.

No ser tan estricto que espante al prójimo.

No sé si ya es

demasiado tarde.

Buenas noches, Agustina.

Mira, lo que nos faltaba.

-¿De qué se trata? De desgracias ya vamos servidos.

-Es del ayuntamiento. -Entonces no es nada bueno.

-Claro que no.

Nos suben la multa.

Cuanto más tardemos, más tendremos que soltar.

-Estamos aviados. Aquí no entra la gente ni a empujones.

-Ahora vendrá Antoñito, de momento nos fía.

Pero se terminará hartando y llevándose la cafetera.

Bueno, a ese podemos camelarle un tiempo.

Es muy inocente.

-Pero tendremos que vender para tapar las multas

que van creciendo como mala hierba.

-Nos ha mirado un tuerto. O peor aún, la sastra.

¿Quién iba a decir

que tenía tanta mano en el barrio? -Tiene mucho predicamento.

-Desde que nos rechazó,

aquí no entra ni el Tato. -No ayuda que los intoxicásemos.

-¿Qué querías que hiciera? -Un chocolate en condiciones.

No la cura de la viruela.

-Pues haberlo hecho tú, espabilado.

-Peor no hubiera salido ni haciéndolo con arena.

Hace falta ser muy torpe para no hacerlo bien.

No sé cómo te aguanto. -Pues es fácil.

Cada uno por su lado. -Pues muy bien.

Me marcho. ¿Para qué esperar? Para mañana es tarde.

-No, no, la que se va soy yo.

-Espera, ven aquí.

Ven aquí.

Lo siento.

No debemos seguir así. No podemos pelearnos.

Para algo somos los Cervera y tenemos La Deliciosa.

Es mejor que volvamos a lo que sepamos hacer.

-No digas eso.

Quisimos aprovechar esta oportunidad.

Empezar desde cero. ¿De verdad quieres volver a lo de antes?

¿Ya has olvidado que pasamos las de Caín?

-Lo recuerdo perfectamente.

Pero necesitamos dinero. ¿Se te ocurre cómo conseguirlo?

-Pues no, la verdad.

Pero prométeme que, en cuanto saldemos

las deudas, lo dejaremos.

-Te lo prometo.

-"Muchas gracias por haber venido".

Les agradecemos su presencia.

-Para otra cosa no cuente con nosotros.

Pero para un ágape, somos los primeros.

-Los segundos. -¿Es posible

que ya se note

su estado interesante? -Eso espero.

O estaría comiendo demasiado.

-Diga que sí, Blanca. Como decía mi abuela, tiene que comer por dos.

-Yo lo hago

siempre que puedo.

-Blanca,

está usted estupenda.

Y será un hijo precioso. -Gracias.

-Seguro que Samuel está encantado.

-Disculpen un momento.

Me gustaría

decirles algo.

Noté muy buena disposición

por parte del sindicato

de la mina. -Dios quiera que salgamos

de ese berenjenal.

Esos gandules son capaces de arruinarnos.

-Bueno, doña Rosina, yo confío en que, cuando llegue

su representante, habrá acuerdo.

Podremos reanudar la producción.

-Va haciendo falta.

-Ahora, deseo que disfruten

de esta velada.

-Blanca, disculpa a mi madre. Abre la boca para comer

y para decir inconveniencias. -Tranquila.

Ya es un paso importante que vinieran. No puedo pedirle más.

Espero que, por tu bien,

sepas medir tus palabras.

Ten cuidado con lo que dices.

-Gracias por venir. -Siento no haber llegado antes.

Pero tenía que terminar mi jornada.

-Me hago cargo, no te preocupes, tienes tus obligaciones.

Úrsula, por favor,

déjanos solos. Te agradecería

que salieras.

-Como quieras. -Gracias.

Fabiana, por favor, siéntate.

-No sé lo que quieres de mí, Jaime.

Ya hablamos en el hospital y quedó todo tan claro como el agua.

-Sí, así es.

Pero vivir en esta casa hace que piense en Ana constantemente.

-Querrás decir Cayetana. -Bueno, da igual el nombre.

Nuestra hija, a la que no pude conocer.

Ponte en mi lugar. No estuve

cuando dio sus primeros pasos, cuando se convirtió

en un muchacha.

Cuando se casó.

Por eso para mí es muy importante

que me cuentes cómo era

y cómo fue su vida.

-Me resulta muy penoso recordar a Cayetana.

-Te pido por favor que hagas un poder.

-Estuviste

mucho tiempo con ella. Te pido que la recuerdes para mí.

-Te mentiría si te dijera que tuvo una vida dichosa.

No le faltó

de nada.

Ni riqueza ni poder.

Tuvo una posición envidiable.

Pero eso no fue suficiente.

La amargura

la acompañó durante toda su existencia.

-¿Quizá la marcó el no tener padre?

-No. Yo me barrunto que fue por hacerla pasar por quien no era.

Para mí que siempre sospechó que vivió la vida de otro.

-Pobre hija.

-Nunca sintió el cariño de una familia.

Nunca. Y esa falta hizo que se convirtiera

en un pozo de hiel que nada fue capaz de tapar.

Ni la boda con don Germán

ni el nacimiento de su propia hija, nuestra nieta Carlota.

Carlota, que Dios

la tenga en su gloria.

Muchos la odiaron.

Y la consideran una mujer despiadada.

Pero ya no era así. Te lo juro.

Era buena.

Algo resentida, la verdad.

Nadie... Nadie entendió nunca

que mi niña lo único que necesitaba era que alguien

la quisiera de verdad.

-Te agradezco el esfuerzo.

De verdad, Fabiana.

No sabes lo importante que es para mí saber cómo fue,

lo que tuvo que pasar en buena medida por mi culpa.

-No puedo seguir. No puedo.

Te suplico, Jaime, te suplico

que no me vuelvas a pedir que te hable de ella.

Además, se hace doloroso.

-No lo volveré a hacer.

Pero te agradezco de corazón

todo lo que me has dado de ella.

Fabiana...

Veo que me has entendido bien.

¡Ay, no está nada mal la mansión! ¡Madre mía!

Es tan grande que podría vivir toda la familia y no verse.

Felipe,

cuéntenos cómo van sus amistades.

Tiene usted relación otra vez con personas de mucho mando.

-Son meramente conocidos.

No sé si tendrán resultados profesionales.

-Blanca, enhorabuena por el cóctel.

Está todo exquisito.

-Gracias, pero no todo lo he preparado yo.

El postre lo he encargado fuera.

-Espero que no en La Deliciosa.

No queremos intoxicarnos.

-No saben ni freír un churro. Con lo que era...

-El sitio sigue igual. Lo malo son los nuevos dueños.

No me parece gente

de confianza.

-Sobre todo Íñigo.

(Llaman a la puerta)

-¿Quién será a estas horas? -Voy a abrir.

Quería proponerles un brindis.

Por las buenas amistades.

-Y a mí me parece

buena idea. Pero ¿no sería mejor esperar a que regrese su...?

¿Blanca?

-Diego,

ha llegado la persona enviada

por el sindicato. Le habías pedido una entrevista.

-Es cierto. Dile que pase.

¿Qué mejor manera de empezar una negociación

que con una copa en la mano?

-Confiemos

en su buena voluntad.

Y en que los obreros rebajen

sus pretensiones.

-Disculpen.

-Les presento a Huertas López.

Representante del sindicato de mineros.

Me parece que sobran las presentaciones.

Tienes que escucharme, Samuel.

Diego es tu hermano.

Jamás dejará de serlo

y parece que jamás dejará de sentir también lo que siente por Blanca.

-Yo tampoco voy a cambiar lo que siento.

-Pero Blanca lo ha elegido a él.

Tienes que asimilarlo. O te hundirás.

Has de hacer borrón y cuenta nueva. -No. Yo no quiero hacer eso.

-Te costará entenderlo.

Pero el mundo está lleno de mujeres maravillosas,

llenas de luz, que iluminarán tu vida.

Date una oportunidad. -¡Buenos días!

-"¿Qué va a ser de nosotros?".

¿Cómo vamos a sobrevivir?

Ya nadie quiere saber nada ni de nosotros ni de La Deliciosa.

Aquí no entra ni el aire que respiramos.

Vamos a tener que cerrar.

-Quizá puedo hacer yo algo. -¿Usted?

¿El qué?

-Podría organizar encuentros con literatos y periodistas.

-¿Literatos? ¿A santo de qué?

-A veces nos reunimos para conversar sobre temas políticos,

sociales, culturales.

La Deliciosa ya acogió tertulias

que tenían cierto renombre.

Susana no dejará que don Arturo contacte con Elvira.

-Hoy es la misa por Adela.

Y no tengo ninguna duda de cuál va a ser la situación.

Don Arturo solo en una bancada

y todos los demás vecinos juntos en la otra.

Y todos evitando

la mirada del coronel.

-Yo no.

Yo no pienso dejarle solo.

Me sentaré a su lado.

(GRITA)

(GRITA) -¡Trini!

¿Se está quemando la casa o has perdido la sesera?

-Ramón, hijo, ni una cosa ni la otra.

-¿Qué ocurre? ¿Quién está en peligro?

-Pues Trini, porque, como siga chillando,

la voy a ahogar con mis propias manos.

-¿Qué pasa, tanto se me oye? -Queremos la jornada

de nueve horas. -Diez.

-Los franceses han conseguido que el gobierno la apruebe.

-¿Qué más?

-Aumento del salario.

-O una cosa o la otra.

-Es lo justo.

-El aumento está implícito.

Nueve horas y los salarios se quedan como están.

-Están mal. ¿Por qué íbamos a quedarnos quietos?

-Porque les interesa.

-Les interesa a los propietarios del yacimiento.

Viene a por su venganza

y yo me la voy a comer sin comérmelo ni bebérmelo.

-Está sacando usted las cosas de quicio.

-Ni un poquito de nada. ¿Acaso no lo ve, don Ramón?

-No creo que una mujer utilice el poder que le ha dado esa gente

para sus venganzas.

El futuro de sus obreros depende de su buen talante

en las negociaciones. -¡Eso le da igual!

¡Es mala como la tiña!

-"Qué noticia".

Una tertulia aquí. Seguro que esto se nos llena.

-De gente muy lista.

Así que ten cuidado con lo que sueltas.

-¿Cómo que lista?

-Pues que sabe leer y, como leen, pues sabe de todo un poco.

-¿De todo qué es?

-Ciencia, política, arte, cosas sociales.

Gente erudita como Leonor.

-¡Dios mío! ¡Como se pongan todos a preguntarme sobre César Cervera!

-Pues ya se te ocurrirá algo. -¿Algo como qué?

-Yo qué sé. Échale imaginación al asunto,

que tienes mucha ahí. -¿Cómo estás?

-¿Cómo estoy de qué?

-Bueno, de Huertas.

Imagino que te supo a cuerno quemado verla aparecer en el cóctel.

-Sí.

Estoy intentando no pensarlo, pero...

-Pero ¿qué?

-Tú la viste.

-Sí. ¿Qué?

-Estaba guapa.

Vital.

Como con luz.

Es como si se la hubiera tragado la tierra.

No estaba allí. Aunque viniendo de la sastra, puede que fuera falsa.

He hecho indagaciones.

He encontrado a unos señores Reyes en París.

¿Y?

-Les he escrito un telegrama. Y sí, son familiares de Silvia.

Pero no saben nada de ella.

-La señora aparecerá cuando menos se lo espere. Ya lo verá.

No pierda usted la esperanza. -Ojalá tuviera razón.

Pero no quiero autoengañarme.

He de hacerme a la idea de que no la veré nunca más.

-¿Desea tomar algo?

Puedo servirle algo.

-Quizá nos esperemos un rato.

Venimos de refrescarnos el gaznate en otro lugar.

Estábamos trabajando en la novela sobre su padre.

-¿Qué novela? Ya no hay novela.

-Pero qué cosas tiene.

La novela. Solo que se ha retrasado

un poco.

No seas catastrofista.

-¿Me estoy perdiendo algo, Leonor?

-Doña Trini viene a participar. -¿Usted?

-Sí.

Yo misma.

Me enfrentaré a ella. ¿Algún problema?

-El problema es que le va a dar una paliza.

-Primito mío, primito mío.

Discúlpenos, que vamos a hablar una cosa.

¡Tira para allá!

Mira, yo no estoy tan segura de eso que tú dices.

-¡Si es una señora! -De Cabrahigo y más de pueblo

que los ratones colorados.

-¿De verdad?

-Ellos se querían. Por mucho daño que se hicieran.

-Elvira quería a Simón incondicionalmente.

Pero él a ella no.

No al menos como ella se merecía.

-Me temo que ningún hombre hubiera sido perfecto para su hija.

-Una hija siempre es perfecta para un padre.

-No hay hombre sobre la faz de la tierra

que esté la altura de tal perfección.

-Puede que en eso tenga razón.

Iré a avisar un carruaje para que nos lleve a casa.

-Don Jaime, hay algo más que he de decirle.

-¿Algo más?

Pues si acaba de decirme

que todos los resultados de mis pruebas son buenos.

-Los suyos sí. Quería hablarle

de su hijo. Quería hablarle de Diego.

  • Capítulo 699

Acacias 38 - Capítulo 699

13 feb 2018

Íñigo conoce a Rubiales el editor que va a publicar la biografía de su padre. Leonor se enfada con Íñigo; sabe que lo que le contó sobre César Cervera es falso. Rompen su trato. Ante la negativa de los señores los criados deciden hacer el concurso de gritos en el altillo. Diego anuncia a Ramón que se reunirá pronto con el representante de los obreros. Los Palacios reciben con ilusión la primera carta de María Luisa en París. Samuel y Úrsula arrancan con su plan para recuperar a Blanca: Diego se hace unos análisis de sangre y consiguen que Jaime acceda a ir al hospital a una revisión. Jaime pide una entrevista con Fabiana para hablar de su hija. La criada, amenazada por Úrsula, no cuenta nada inconveniente al Alday. El representante de los obreros del yacimiento se presenta en mitad de la cena que ofrecen Diego y Blanca a sus vecinos, y resulta que no es otra que ¡Huertas!

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  1. Nanigmolina

    Que el padre lo perdone a diego como si nada paso¡!!! Es demasiado pobre samuel faltaba mas encima para todos es èl el malo de la historia. Sin palabras. Que me avisen cuando se case antonito y lolita

    18 feb 2018
  2. Nanigmolina

    Sinceramente me gustaba mucho pero me canso ya ni quiero verla. Blanca y diego no los soporto ni en su epoca ni en esta ni en una alterna. Me parece bajisimo lo q hacen cln samuel. Ursula y la pelele de la sirvienta una peor q otra y nadie las frena. Pero lo q mas indigna es diego blanca, una presentacion en sociedad? Decir q ellos no van a huir xq no han hecho nada malo? Ya no? Ni mirsndo novelas de epocas encontramos un grado de dignidad y respeto hacia el otro.

    18 feb 2018
  3. Elena

    Al principio de salir Blanca y Samuel este iba a casarse con ella para que Úrsula no la volviera a meter en el psiquiatrico

    14 feb 2018
  4. Elena

    Heidy estoy totalmente de acuerdo contigo.

    14 feb 2018
  5. Karina

    Blanca dijo a Leonor que el hijo era de Diego cuando Leonor le pregunta, y también le dice que elegiría a Samuel como padre y esposo por ser un buen hombre

    14 feb 2018
  6. Heidy

    Alessandra, Blanca se casó con Samuel por su voluntad y juró que haría lo que sea por estar a su lado por ser un buen hombre y un excelente padre, admitiendo que Diego no sería un buen padre y menos marido, por la personalidad de irresponsables, así mismo lo admite el padre,hasta todo bien, pero luego dejadez lado su instinto de madre y prefiere ser mujer poniendo en riesgo la vida de su hijo, los dos unos tarambanas, Samuel se quede con el hijo y encuentre una mujer acordé a las pocas y al rol afirmar a el, Blanca y Diego, en esa época deberían ser repudiados y denunciados, el adulterio era delito, no se soslayaba, solo un poco de realidad, que huyan, como lo hieron Simón y Elvira, porque esa relación era doblemente prohibida, por ser adúltera y por las calles sociales, que fue censurada por los vecinos, pero ahora no se aplica, solo un toque de realidad, debería haber

    14 feb 2018
  7. Maarilu

    Respecto a la relación Blanca-Diego es cierto que comenzó antes del casamiento de ella con Samuel y que se efectuó a partir de la necesidad de una autorización para operar a Samuel, que ursula negó, Blanca propuso el casamiento para tener derecho, como esposa para autorizar dicha operación que le salvó la vida. Todo esto transcurrió en breve tiempo (la boda sucedió dentro del hospital) y como en toda novela ocurrió el MILAGRO. Con todo esto quiero decir que desde el vamos, pensé que el hijo que espera Blanca es de Diego.- Por otro lado " eramos pocos y parió la abuela ", para los que renegamos de los personajes nefastos que pululan en esta serie REAPARECIÓ Huertas !!!!!.- Cada día me convenzo mas de la mente retorcida de los guionistas, 90% de maldades y desgracias y el resto de pequeñeces.............

    14 feb 2018
  8. Miriam

    Faltan muchos capitulos para que Ursula se retire? Ya esta cansando con sus maldades y la serie se hace aburrida

    14 feb 2018
  9. Alessandra

    Heide, le recuerdo que antes de casar Blanca,ja estava enamorada de Diego y Blanca solo se ha casado com Samuel para salvarle la vida,ya que ,Ursula le queria muerto. Es una verguênza pero Samuel se olvidó de eso por completo.

    14 feb 2018
  10. Alessandra

    Por fin se arranca otra vez la novela.

    14 feb 2018