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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 697 - ver ahora
Transcripción completa

Disculpe, señora, pero preciso saber más

si pretende que logre averiguar algo.

-No sé

qué pudo suceder antes de que nacieran mis hijas.

Por un motivo que desconozco,

mi mente lo ha borrado por completo de mi cabeza.

Por eso es vital

que averigüe qué significan

estos símbolos.

Silvia,

jamás me planteé una relación de semejante cariz.

Escucha, yo...

Nos multa por haber intoxicado a los vecinos.

-Lo que nos faltaba.

¿Cómo vamos a pagarlo? -No lo sé.

No lo sé.

No tengo ni más remota idea.

Me temo que no van a aceptar

que les paguemos en chocolate.

¿Acaso su comportamiento es un modelo a seguir?

Sé cómo actuó con su esposa.

-Sí.

Por eso me atrevo a hablarle así.

Yo nunca he sido el mejor marido para Celia.

Pero la vida me ha dado una segunda oportunidad.

Y he aprendido de mis errores.

Haga usted lo mismo con Adela.

-"Vas a poder ver a tu padre antes de lo que crees".

Es de mi madre.

Nos informa de que a tu padre le darán hoy el alta.

Y me gustaría que fuésemos a su casa para recibirle todos juntos.

-"Puede entenderme".

Deseo con todas mis fuerzas que usted

y Samuel puedan perdonarme, padre.

-Necesitaré tiempo.

¿Eh?

Y, ahora, lo que tengo que hacer es intentar arreglar esta familia,

que ha saltado en pedazos

desde que no estoy aquí.

-"Intento localizar"

a la señorita Reyes.

Sé que se está haciendo algunos vestidos en su negocio.

-No me dejó ninguna dirección.

-Entiendo.

De todas formas, si vuelve por su negocio,

dígale por favor que la estoy buscando.

-"Mi madre ya no es la que era".

No parece quedar en ella de su antigua maldad.

La muerte de mi hermana Olga la ha transformado.

La ha convertido en una mujer vulnerable, apegada a los suyos...

-No sé, Blanca.

Me cuesta creerlo.

Ahora se muestra como la salvadora de la familia.

Mientras yo soy señalado por no perdonarles.

-Solo hay un motivo para lo que he hecho.

Todo forma parte de mi plan.

Y te aseguro que está funcionando a las mil maravillas.

-¿Un plan para apartar a mi hermano? ¿Cómo piensa conseguirlo?

¿Abriéndole las puertas de esta casa,

ayudándole a coger confianza con mi padre?

Porque hasta ahora es lo único que le he visto hacer.

-Deberías templar y confiar en mí. -Hasta ahora nada ha dado resultado.

Mi esposa sigue durmiendo con él día a día.

Y el niño que va a nacer lo hará a su lado.

¿Cómo quiere que confíe?

-Pues no tienes otro remedio.

Sabes perfectamente que solo no conseguirás nada.

-Está bien.

Cuénteme su plan. ¿Qué pretende hacer?

-Me precio de conocer a las personas.

Descubrir casi de inmediato sus virtudes y sus defectos.

Conozco a tu hermano.

-No me hable de conocer a mi hermano.

Llevo con él toda la vida. Desde que nací.

-Pero no te has percatado de nada.

Nunca has sabido tratarle.

Tu hermano tiene defectos.

Es impulsivo, incontrolable, peligroso...

-Eso no es ninguna novedad. -Pero también tiene virtudes.

Es leal. Cuida y ama a los que considera suyos.

Es capaz de dar la vida para proteger a los que ama.

-Ahora resulta que mi hermano es

una bellísima persona a la que hay que abrirle las puertas

de esta casa para que recupere su condición de hijo favorito.

Qué bella parábola la del hijo pródigo.

-Olvidas que el hijo pródigo volvía a casa.

Y tu hermano lo que queremos es que se vaya de aquí para siempre.

-¿Con mi esposa?

Lo único que vamos a lograr es que se marche con Blanca

y que yo no conozca a mi hijo. -Que se vaya.

Pero solo y desesperado.

Y para eso, no hay que atacar a sus defectos,

hay que aprovecharse de sus virtudes.

-No entiendo nada de lo que me dice.

A cada palabra me hace pensar que ha perdido usted el juicio.

O peor, que está tratando de traicionarme,

de propiciar que Blanca

se vaya con Diego.

Que mi hijo sea de Diego y que todo lo que tengo en esta vida,

hasta el cariño de mi padre, se lo quede Diego.

-Está bien, te lo explicaré. -Haga el favor.

-Asegúrate de que nadie pueda escuchar. Cierra la puerta.

-¿Y bien?

-¿Recuerdas cuando Diego enfermó?

-Nunca podré olvidarlo.

Nunca debí haberle ayudado a vivir.

Donar mi sangre para que se recuperara...

Usted no quería hacerlo y debería haberla hecho caso.

Si Diego hubiera muerto, todos mis problemas habrían desaparecido.

-Eso fue un error, pero ya ha sucedido.

Y agua pasada no mueve molinos.

En ese momento, Diego estaba con Olga, que en paz descanse.

-Ojalá Diego siempre hubiera estado con ella.

-Diego no quería tratarse la intoxicación de mercurio.

Quería morir para no perjudicar a Olga, a Blanca,

al hijo que espera.

-Se lo he preguntado hace un momento.

¿Usted también cree que Diego es un hombre bondadoso?

-¿Vas a dejarme hablar?

Te contaré todo mi plan.

-Está bien.

Cuénteme su plan de una vez por todas.

(Sintonía de "Acacias 38")

Buenos días.

-¿Qué pasa?

¿Qué no merezco un beso de buenos días?

-Te mereces un millón.

-Pocos me parecen.

Los gasto en una semana.

Siéntate y te sirvo.

He preparado café, zumo de naranja y picatostes.

-¿Los has hecho tú?

-Claro.

He seguido los pasos del libro de recetas

que he encontrado en la cocina.

No me pareció difícil.

-Están ricos.

Podrías haber sido un buen cocinero.

-¿Quién dice que no esté a tiempo?

Tenemos toda la vida por delante.

Puedo ocuparla entre cazuelas.

-Por el momento, ocúpate de aprender a hacer purés.

Y harina lacteada para el crío.

-Hecho.

-Ay, olvidaba la medicina.

Está tan mala...

-¿Hasta cuándo debes tomar el preparado?

-Pocos días. El médico dice que estoy recuperada.

Pero es por precaución.

Por fin podré empezar a vivir el embarazo de manera normal.

Sin zozobras.

Y pensar en si seré una buena madre, si será niño o niña.

Preparar su llegada.

-Vas a ser una madre maravillosa.

No me cabe la menor duda.

Los dos seremos los mejores padres.

-Dios te oiga.

-¿Qué es lo que llevas al cuello?

-Un llamador de ángeles.

Regalo de mi madre, para cuando tuviera el niño.

En cuanto nazca, lo pondré en su cuna.

Samuel me regaló otro.

-¿Y si tú y yo le hacemos uno juntos?

Tú lo diseñas, yo lo tallo.

No soy tan bueno con mi hermano, pero tampoco soy manco.

-No he vuelto a diseñar nada desde el colgante del pájaro.

-Lo sé.

Pero no debes abandonar tu don.

Blanca, ¿qué mejor que trabajar para tu hijo?

Y, además,

conmigo.

-Será el llamador de ángeles más bonito de la historia.

Digno de un príncipe.

-Digno de nuestro hijo.

¡Vaya, tú limpiando!

¿Es que se acerca el fin del mundo?

-¡Menos chanzas!

Se van a enterar esas dos viejas metomentodo.

La sastra y la otra, la del marido joven y guapo.

Van a aprender a criticar.

-Llámalas por su nombre, Flora, doña Susana y doña Rosina.

Si queremos que La Deliciosa funcione, nos las tenemos que ganar.

Sí, pues por limpieza no será.

Que voy a dejar esto como los chorros del oro.

La próxima vez que vengan, ese mostrador va a estar tan brillante

que se van a quedar ciegas. -Eso si conseguimos

que vuelvan. -Lo lograremos.

Por limpieza no va a quedar. Y por bollos deliciosos, tampoco.

Porque voy a ser la mejor repostera de toda la ciudad.

-Solo lo lograremos si conseguimos seguir abiertos.

Y para eso hace falta dinero.

-Tenemos la oferta de Leonor.

-Nuestra única salvación.

-Pues venga, déjate de libros y ponte en marcha.

-¡Para eso son los libros, para ponerme en marcha!

No podemos defraudar a Leonor. Es la única persona del barrio

que se ha preocupado por nosotros. -Y es guapa.

-Ni siquiera me he fijado en eso.

-Venga, Íñigo, que nos conocemos.

-Oye, déjate de bromas, Flora.

Yo soy tu esposo hasta que la muerte nos separe.

O nos despabilamos o lo vamos a perder todo.

Y no hagas ruido, que tengo mucho que estudiar.

Estabas muy requeteguapo con la ropa de don Liberto.

Pero es verdad que a ti te presta mejor

la ropa de toda la vida.

-Está más hecha a mi figura.

Ahí tienes la ropa de don Liberto. Hay que devolvérsela a su casa.

-La lavo y se la devuelvo.

-Aquí tienes otra cosa. Un regalo.

-¿Y eso para qué?

-¿Para qué va a ser?

El último que me queda de los que traje del pueblo.

Para que lo comáis aquí, la gente buena del altillo.

-Bueno, contigo también.

Y nos lo comemos con unos vasos de tintorro.

-No, Casilda, yo me vuelvo con mi rebaño.

Con la Lucera, la Capitana y la Charnega,

que es oveja negra, pero más buena que el arroz con leche.

-Primo, aún podemos dar más paseos,

a ver si encuentras alguna moza resalada.

-Pero si ni hecho un pincel me han mirado.

No, yo me vuelvo con mis corderas.

Esas sí que me echan de menos.

-Pero, verás, primo, es que ahora llega el carnaval.

¿No te lo hemos contado?

Viene gente hasta de la China.

¿Te imaginas tú que te echas una novia china?

-¿Y para qué quiero una novia china, que no la entiendo?

-O cubana.

Que son unas mujeronas

que hablan también español. Pero, bueno, a su manera.

Mira, primo.

Es que aquí vienen barcos de Cuba, que es una isla,

solamente para celebrar el carnaval en Acacias.

-¿Eso es verdad? -Sí.

Martín, Martín, anda, cuéntale a mi primo

lo de nuestros carnavales,

que son la fiesta del año.

-No sé. -Pues claro que sí.

Aquí viene gente de todas las esquinas del mundo.

-Eso es verdad, viene gente de muchos sitios.

-¿Y qué se hace en esas fiestas?

-Pues es que cada año es distinto.

Pero siempre hay sorpresas, bailes, verbenas,

fiestas de disfraces.

Bueno, esto es empezar por la mañana

y no terminar hasta el amanecer.

-¿Hay fuegos artificiales?

-Los mejores de toda España. -¿Mejores que los del pueblo?

-Por favor, primo.

Por cada cohete que se tira allí, aquí se tiran cien o mil.

Quédate, primo, no te vas a arrepentir.

-Pero solo hasta que se acabe la fiesta.

Voy a llevar todo esto a la pensión.

-Ay, qué bien, primo. -Oye, y el queso también.

Que si me quedo, me lo como yo mejor que "naide".

-Pero, Casilda, ¿te has vuelto loca?

Los carnavales de Acacias son como en todos sitios,

ni más ni menos.

-Bueno, pues tenemos que hacer que este año sean las fiestas del año.

No quiero que mi primo se vaya al pueblo, hombre.

¿Está cómodo así, padre?

-Hombre, he de reconocer

que he tenido momentos más confortables, hijo.

Pero, vamos, estoy mejor que hace unos días.

Anda, ayuda a incorporarme.

-Déjeme a mí, don Samuel. Me doy más maña.

-No, no, no.

Deja que lo haga él.

-No me cuesta nada, es parte de mi trabajo.

-No, gracias.

Así aprende.

Y déjanos solos, que tengo que hablar con Samuel.

-Como ordene el señor.

-Debería dejar que Carmen le ayudara.

Además, no quiero hacerle daño.

-Es que no me fío, hijo.

Tengo la sensación de que esta mujer es un espía al servicio de Úrsula.

Y, además,

tú no me harías daño recolocando un almohadón, hijo.

Sigues molesto por mi cercanía con Diego. ¿No?

-No.

Comprendo que usted obra de buen corazón.

Aunque no comparta sus motivos para acercarse a él,

los respeto y trato de entenderlos.

Es su hijo.

-No sabes lo que me alegra oírte decir eso.

Es lo que he intentado inculcaros desde que erais pequeños.

Que os pusierais en el calzado del otro

para poder entender la razones de su pensamiento.

-Es más fácil decirlo que hacerlo. -Por supuesto.

Pero sé que vas a perseverar.

Y a dejar de lado odios y rencores.

Que vas a hablar con tu hermano.

Y que harás las paces con él.

-Blanca lleva a mi hijo en su vientre.

Es a mi lado donde debe estar, no con Diego.

No voy a perdonarle.

-Samuel, Diego está intentando hacer las cosas

de la mejor manera posible.

Lo que pasa que a veces lo mejor es sumamente malo.

-Usted siempre me enseñó a ponerme en el lugar de los demás.

Pero nadie se pone en el mío, en el dolor que siento

al pensar que mi hijo se va a criar lejos de mí.

-¿Olvidas que no conocía a mi hija hasta hace solo unos meses?

Que la conocí justo antes de que muriera.

Claro que te entiendo, hijo.

Mi hija murió entre estas cuatro paredes.

La última vez que la vi en vida

estaba sentada precisamente ahí, donde tú estás.

¿Cómo olvidar eso?

Al fin.

Lo siento, pero sea quien sea usted, tendrá que volver más tarde.

Ahora mismo estoy muy ocupada.

Aguarda, Ana.

¿Cómo ha dicho?

¿Quién es usted?

Mi nombre es Jaime Alday.

Soy tu padre.

Supongo que haberla buscado durante toda la vida

para encontrarla momentos antes de que muriera

es la penitencia que debo sufrir por haber hecho las cosas mal.

-Padre, no se fustigue. De nada sirve.

Aquello pasó y nada lo puede borrar.

Pero hay cosas que están pasando ahora que sí se pueden cambiar.

Usted fue tras ella y trató de solucionarlo todo.

-Demasiado tarde, Samuel, demasiado tarde.

Por eso siempre hay que dejar arregladas las cosas de la vida.

Sin rencores. Nadie sabe cuándo va a llegar la muerte.

Pero llegar, llega.

Pues la idea es magnífica.

Y en el periódico estaríamos dispuestos a empezar

en cuanto usted nos mande el material.

-Yo también creo que al lector le interesaría.

-Fíjese, estaríamos incluso dispuestos a publicar la biografía

de César Cervera por entregas y, después, en forma de libro.

-¿Por entregas?

Si es por entregas, se tendría que novelar la historia

para captar al lector.

Pues sí. Sí, sí, me parece muy bien.

-¿Por?

-Porque así le dejo más terreno a la imaginación.

Y eso es una ventaja teniendo en cuenta que no estoy muy convencida

de que el hijo de César Cervera

quiera colaborar conmigo en el proyecto.

-Pues sería muy importante para el periódico, Leonor.

Mire, yo había pensado en algo así como "La biografía

del aventurero Cervera contada por su hijo".

¿Qué le parece? -Sí, también pensaba yo eso.

Pero me parece que me voy a tener que conformar con novelar

la historia.

-Hola, Leonor.

Perdone que me acerque, no sé si molesto.

Flora, precisamente estamos hablando de usted y de su esposo.

Le presento.

Él es Carlos Rubiales.

Es periodista y subdirector de "El adelantado".

-Encantada.

-Lo mismo digo, doña Flora.

Es un honor para mí conocer a alguien que tiene relación familiar

con el insigne aventurero y explorador don César Cervera.

-Ahora mismo estábamos hablando de mi proyecto

de publicar la vida de su suegro en el periódico.

Y le comentaba al señor Rubiales

que su esposo, don Íñigo, no parece muy dispuesto a colaborar.

-Porque no había hablado conmigo.

-¿Ha cambiado de opinión?

-No solo eso, es que se muere de ganas.

De hecho, quiere empezar esta misma tarde.

-¿De verdad?

-Pues se acabaron los problemas.

Y si tiene que empezar hoy mismo,

será mejor que la deje trabajar tranquila. Estoy deseando leer

el primer capítulo, Leonor. -Muchísimas gracias.

Intentaré hacer un trabajo del primer nivel.

Para mí es tan importante...

-Con mis más respetuosos saludos, doña Flora.

Espero que consigamos que la historia de su suegro

llene de orgullo a toda la familia.

-Estamos más que orgullosos de él.

Figúrese, ahora lo importante es que nos dé cuartos.

-Sin duda. Con su permiso.

-Flora, ¿cómo lo ha conseguido?

Su esposo no estaba nada dispuesto.

-¿Cómo consiguen las esposas convencer a sus maridos

desde que el mundo es mundo?

Creo que no hace falta que lo explique.

-Deje, deje, no hace falta entrar en detalles.

Le quedo muy grata por su ayuda.

-Creo que don César

se merece una buena biografía. Y creo que usted merece escribirla.

Y la verdad,

el dinero nos viene de perlas. -Todos felices pues.

Voy a casa, que tengo muchas cosas que preparar

antes de reunirme con su esposo.

Hasta la tarde.

(Música triste)

"Mi padre..."

me regaló esta caja cuando cumplí cinco años.

Lo recuerdo como si fuera ayer.

Él siempre la abría cuando se escuchaban revueltas y disparos

para que su música silenciara

el ruido de fuera.

Entonces me contaba historias bonitas

sobre soldados valientes en tierras lejanas.

Historias con final feliz.

Era su manera de acallar la barbarie.

Y de protegerme de aquel mundo tan horrible que nos rodeaba.

-Su padre hizo de usted una gran mujer.

Valiente, honesta y noble.

-Señor, una carta del general Zavala.

-Léamela.

-Puede ser algo secreto entre ustedes.

-Yo no tengo secretos, Agustina, léala.

-La letra es muy chica

y aquí no hay casi luz.

-Tiene razón, hay poca luz, déjemela.

Es una invitación para una comida que va a dar en su casa.

Contéstale que agradezco su invitación,

pero que estoy indispuesto.

-¿Contestarle?

¿Cómo?

-Pues por carta, evidentemente. Redacte una nota y envíela.

-Sí, señor, contestaré.

¿Se siente de verdad indispuesto?

Tal vez podría prepararle alguna infusión.

-Estoy perfectamente, no me apetece ir a esa comida.

No tengo ánimos.

-Si me dice qué le ocurre, tal vez pueda ayudarle.

Hay más cosas de las que puedo ocuparme

además de cocinar, fregar o llevar la casa.

(Llaman a la puerta)

-Limítese a llevar la casa, que ya es bastante.

Y vaya a abrir.

-Es doña Celia, don Arturo.

-Doña Celia, bienvenida a mi casa. -Buenos días, don Arturo.

Me ha dicho mi criada

que pasó a buscarme. -Sí, ¿quiere tomar algo?

-No, no quiero perder

el apetito. -Pues como quiera, siéntese.

Gracias por venir.

Hubiera ido yo a su casa para que no se incomodara viniendo.

Solo quería preguntarle si sabe algo

sobre Silvia Reyes.

Hace días que no tengo contacto con ella.

-No, no sé nada.

Y tampoco tengo una dirección donde pudiera encontrarla.

-Me extraña esta inesperada ausencia.

-Quizá haya ido a París, tengo entendido que tenía familia allí.

-Espero que no se trate de ninguna enfermedad ni nada por el estilo.

Pues eso, Nati, todos en casa, hechos polvo.

Bueno, a mi Antoñito yo no lo había visto tan callado en la vida.

Ay, perdone. ¡Doña Úrsula!

Disculpe.

Tenía pensado pasarme por su casa

para ver qué tal se encuentra don Jaime.

-Ah, muy amable de su parte. Está mejor, gracias.

-Ay, cómo me alegro.

Se lo contaré a mi esposo, que se va a poner muy contento.

¿Y cree que podemos ir a visitarles?

-Ah, prefiero que esperen un poco.

Todavía está muy débil

y apenas puede moverse sin la silla de ruedas,

pero al menos está en casa.

Ya sabe que los cuidados de las personas amadas son superiores

a los de cualquier doctor por muy perito que sea.

-Y tanto.

No hay nada mejor que un caldo hecho con amor.

Es mucho mejor que la medicina más sana.

-Cuando esté más recuperado, organizaré una cena en casa

a la que podrán venir los vecinos más selectos.

Así podrán darle la bienvenida a Acacias.

-Ay, qué gran idea, doña Úrsula. Muchísimas gracias.

-¿Has visto a Fabiana?

Con empleadas...

¿Quién la ha visto y quién la ve?

-Bueno, eso es que prospera.

-No está mal para ser una criada.

-Pues a mí me apasiona cuando la gente sube el escalón social.

Y en este barrio pasa mucho.

Bueno, sin ir más lejos, mire usted, llegó aquí como criada.

-Yo nunca he sido criada.

He sido institutriz.

-Bueno, doña Úrsula... Además, que tampoco lo digo por desmerecer.

Todo lo contrario.

Que ahora me va a perdonar, que la tengo que dejar.

Tengo que irme a casa a organizar unas cuantas cosas.

A más ver. -Con Dios.

Lo que tenías que haber hecho era no mentir al primo Jacinto.

-Martín, lo hecho hecho está.

No me vengas ahora con remilgos.

-Al final se liará todo, como siempre.

-A ver para qué nos has llamado, Casilda.

Que a esta hora tendríamos que estar preparando

la comida para los señores.

-Bueno, y yo, dando prestancia a la portería de este edificio.

Ya puede ser algo importante. -¿Y la "seño" Fabiana?

-Pues ocupada.

Tiene dos trabajos, no podía venir.

-Bueno, pues, entonces, a sentarse todos, que voy a hablar.

Venga, Martín.

Vamos.

A ver, que es que he decidido proclamarse presidenta

de la comisión de fiestas del carnaval del barrio.

-Ah, pues muy bien, pues para ti para siempre.

-Si no hay fiestas más sosas en este barrio, Casilda.

Bueno, menos la chirigota nuestra del año pasado.

Si fuera como en Cabrahigo, que los mozos tienen que subir un palo

lleno de sebo para coger un jamón y, abajo, está todo lleno de fuego

para que los que se caen se quemen el culo.

-Ay, pues eso parece muy gracioso, Martín.

Podríamos hacerlo.

Si te acuerdas de más cosas de tu pueblo, me las cuentas.

-¿Y todo esto para qué es?

-Por el primo Jacinto, para que se quede.

-Si en su pueblo el carnaval tiene que ser

más divertido que aquí. -Pues este año no, leñe.

Este año vamos a tener las fiestas de carnaval

más divertidas de toda la ciudad.

-¿Y eso cómo lo vamos a conseguir? -Con muchas cosas, Martincico mío.

Vamos a hacer un concurso de gritos.

Consiste en ponerse a gritar

y el que dure más tiempo sin callarse gana.

-Ah, pues muy divertido, pero Jacinto gana seguro.

-O gano yo, Servando.

Que yo lo he ganado muchos años.

-Pero si tú tienes voz de pajarillo.

-¿Me quieres retar?

-Hey, guárdate, Casilda, guárdate para el concurso. No des pistas.

-¿Y los señores nos van a dar permiso

para hacer un concurso de gritos en medio de la rúa?

Aunque sea carnaval, yo no lo tengo claro.

-Que sí, Servando, que sí.

Yo voy a intentar convencer a doña Rosina.

Y entonces ella convencerá a doña Susana.

Y entonces, vía libre, todos se callarán.

-¿Y la Úrsula?

Porque no creo yo que la mujer esté para muchas fiestas.

Acordados que casi nos echa a todos del barrio.

-Si no quemamos ningún muñeco,

no tiene por qué pasar nada.

-Esperemos tener el carnaval en paz.

-Oye, ¿y qué más cosas hacéis en Cabrahigo?

-Concursos de comer pasteles de higos.

-Ah, pues ahí gano yo.

¿Y cuál va a ser el premio? -Ah, el premio.

Pues tenemos que pensar los premios, los bailes...

Ay, madre mía, cuánto trabajo. ¿No?

Bueno, vámonos a faenar.

Que no nos pagan por estar de cháchara.

Vamos.

Entonces la llevas al 37, por favor.

Gracias.

-Dame todos los periódicos.

-Por favor.

¿O es que no le han enseñado que las cosas se piden por favor?

-Eso sería si no los pagara.

-¿Y cómo es que no ha venido su criada a por ellos?

Así no tendría que verle yo

la cara a usted.

-Es lo que tenemos las señoras,

que podemos hacer lo que nos venga en gana.

Las criadas son las que tienen que aceptar las órdenes.

¿Has visto las esquelas?

-¿Es que ha muerto algún conocido?

-A diario hay que mirarlas.

El día menos pensado, te encuentras la de alguien conocido.

O la tuya propia.

-¿Está usted amenazando?

-Da gusto ver que a una se la entiende a la primera.

Como vuelvas a equivocarte, habrá una esquela a doble página

de alguien a quien tengas mucho aprecio.

Gracias, Carmen.

Buenas tardes, padre.

-Hola, hijo.

-¿Cómo se encuentra?

-Bien, no me puedo quejar, no me duele nada.

Lo que pasa es que estoy intentando leer.

Y me cuesta concentrarme. -¿Qué lee?

"Anna Karenina", Tolstoi.

Un libro maravilloso, no me diga que no lo había leído.

-Sí, claro que lo había leído.

Pero es de los que hay que volver a leer de vez en cuando.

-Bueno, si no le entretiene ahora,

déjelo para otro momento.

-Los momentos pasan, Diego.

Además, mira la primera página.

Verás de quién es este ejemplar.

-Cayetana Sotelo Ruz.

Es la antigua propietaria de este piso.

¿No me digas que esta novela ha sobrevivido al incendio?

Esto es increíble, no se imagina cómo quedó la casa.

-Yo también me salvé, sí.

-Gracias a Dios.

-No lo sé, hijo.

A veces pienso que quizás sería mejor

no haberlo hecho.

Vivir con esta culpa es muy duro

y lo voy a tener que hacer hasta el final de mis días.

-Padre, ¿de qué culpa habla? No lo entiendo.

¿Qué relación tenía usted con Cayetana?

Don Arturo me va a despedir.

-No se ponga en lo peor, Agustina.

Si quisiera despedirla, ya lo habría hecho.

-Se dio cuenta de que no sé leer ni escribir.

Lo que le dije de la vista y de que no distinguía las letras

por la oscuridad no se lo cree nadie.

Había luz más que de sobra.

-Pues si se hizo el distraído, por algo sería.

No quiere despedirla ni lo va a hacer.

De todas formas, Agustina,

tiene que aprender a leer y escribir.

Que usted puede.

-Perro viejo no aprende trucos nuevos.

-¿Me va a decir que se sabe mil recetas de carrerilla

y que no va a ser capaz de aprenderse cuatro letras?

A otro perro con ese hueso, Agustina.

Usted va a aprender

como que me llamo Lolita.

-Bueno, pues aprendo, pero no hoy. -¡Huy!

-¿Y la carta al general Zavala?

-Aquí tenemos lo necesario para escribirla y mandarla.

Déjelo en mis manos.

A ver, ¿qué hay que poner?

-Que don Arturo agradece la invitación,

pero que se encuentra indispuesto y no puede asistir.

-Pues eso mismo vamos a escribir.

Anda que no he leído yo cartas de estas

de los Álvarez Hermoso. Vamos.

Estimado...

general...

Zavala...

Ay, Agustina, ¿qué pasó en la cena del coronel

con esa señora, con la Silvia?

-No debo hablar de los asuntos de mi señor.

-¡Ay!

¿Ni a mí, que le echo un capote?

Bueno, ¿y cómo me despido,

afectuosamente o quedo a sus órdenes?

-Las dos quedan bien, muy elevadas.

-Pues afectuosamente, que tiene menos palabras.

¿Y de la cena qué?

-No pasó nada.

Que la señorita Silvia le regaló a don Arturo

un disco de esos y los dos estuvieron bailando.

-¿El coronel bailando?

No me lo creo yo.

Como mucho, llevando el paso de una marcha militar.

Todo lo más.

Don Arturo es mejor persona

de lo que la gente en este barrio cree.

Y yo creo que está enamorado

de la señorita Silvia.

-Huy, a su edad y enamoriscado... -Y los hay más mayores

que beben los vientos por señoritas.

El hombre pierde antes el diente que la simiente.

-Lo que pasa es

que la señorita Silvia ha desaparecido

y no sabe de ella hace días.

-Por eso anda tristón.

Si yo pudiera dar con ella...

-Bueno, aunque el coronel no es santo de mi devoción,

por ayudarla a usted vamos a ver qué se puede hacer.

-"Eso son grandes noticias".

Era lo que querías, ¿no? -Sí.

Y no es solo que Íñigo Cervera haya accedido a hablar conmigo

y a contestar todas las preguntas,

es que he hablado con Carlos Rubiales,

que es el subdirector de "El adelantado",

y están entusiasmados.

Se comprometen a sacar la historia de César Cervera por entregas.

Y luego, a publicarlas todas juntas en un mismo volumen.

-¡Enhorabuena!

Estoy segura de que va a ser interesantísimo.

Yo también tengo novedades.

-¿Sí? ¿Cuáles?

-Voy a diseñar un llamador de ángeles.

Y Diego lo va a tallar.

-Un proyecto en conjunto

de los dos.

Veo que todo marcha.

-Viento en popa.

Nunca había estado tan enamorada, Leonor.

Es que a su lado siento que soy capaz de solventar

cualquier problema por grande que sea.

-Qué envidia.

(Campanas)

¿Ya son en punto? ¡Me voy, que Íñigo me espera!

Seguiremos hablando. -A más ver.

-Hasta más tarde. -¡Blanca!

-Hola.

-Parecía feliz Leonor.

-Lo está.

Van a publicarle una novela sobre César Cervera, el explorador.

-Tú también pareces feliz.

-También lo estoy.

Parece que por fin las cosas se van recolocando

después de todas las penalidades que hemos pasado.

La intoxicación, la operación a vida o muerte de Diego,

los conflictos con Samuel.

-Si hay algo seguro en esta vida, es que hay altibajos.

Momentos de gran felicidad junto a otros

en los que parece que no valga la pena vivir.

-En el fondo entiendo a mi padre. Ha estado más muerto que vivo.

Ha regresado al mundo y no soporta la idea de estar lejos de sus hijos.

Ni de mí ni de Diego.

-Me alegra que lo vea así.

¿Qué mira?

-Blanca es la imagen de la felicidad.

Ajena a todo lo que destroza.

-Será mejor que nos vayamos, Samuel.

Si hemos salido a dar un paseo, es para despejarnos un poco.

No para agobiarnos más.

-¿Y tu embarazo? -Bien.

Tras haber recuperado la salud, todo bien.

En unos días, dejaré de tomar los medicamentos.

-No te precipites.

Me hace muy feliz verte tan ilusionada.

Quiero ver crecer a esa criatura.

No quiero

que te separes nunca de mí.

-No sé si eso va a poder ser.

No lo sé.

-"Y así es como caí en las manos"

de Úrsula.

Yo pensaba que mi hija Ana había muerto.

No podía ni imaginar que estaba viva.

Y mucho menos que había cambiado su nombre por el de Cayetana.

Hasta que un día apareció Úrsula.

Y me dijo que mi hija seguía viva

y que podía decirme quién era y dónde estaba.

-Y puso su precio.

-Sí, un precio que fue subiendo y subiendo

conforme veía la ansiedad que yo tenía por conocerla.

-Cayetana Sotelo Ruz.

¿Quién me iba a decir que esa mujer era mi hermana?

-Sí, hijo, sí.

Yo apenas tuve tiempo de conocerla.

El incendio se la llevó y casi acaba conmigo.

-Padre, llegué a pensar

que nos había dejado un mensaje en la caja fuerte.

Esto que me cuenta sería lo que habría imaginado.

Los motivos de su comportamiento en los últimos meses.

-Fueron unos meses muy duros y muy precipitados.

Lo que no entiendo es por qué sigue atado a Úrsula.

Cayetana ya no vive.

-Francamente, hijo, no puedo ni verla.

Pero Samuel me ha dicho que ella es la única causa

por la que la familia ha permanecido unida durante mi ausencia.

Y también me ha dicho que ha cambiado.

Que, desde la muerte de su hija Olga,

no sé, se ha vuelto más buena.

-Eso parece.

Y la verdad es que se desvive por el embarazo de Blanca.

Desea con todas sus fuerzas tener el nieto.

Hablando de nieto,

voy a hacer un llamador de ángeles para el niño.

-¿Tú?

Nunca has sido buen tallador.

Lo tuyo era más viajar por todo el mundo buscando piedras preciosas.

Estoy seguro que este llamador

va a ser el más perfecto que haya visto nunca.

Blanca lo va a diseñar y yo lo voy a tallar.

Padre, no puede haber más amor en una pieza de orfebrería.

-Me encanta la idea.

En mi despacho, tienes todas mis herramientas.

Coge las que necesites.

-Buenas tardes, padre.

¿Cómo se encuentra? -Bien.

Hijo, la verdad es que bien.

-Hasta mañana, padre. Vendré a verle.

-Hasta mañana, Diego.

-¿Por qué ha cogido esa caja de herramientas?

-Verás, Samuel.

Diego va a tallar un llamador de ángeles para el niño.

Parece que lo ha diseñado Blanca.

Entre nosotros, tú eres mucho mejor tallador que él.

-"El acuerdo al que he llegado con el periódico"

es que yo voy a cobrar por capítulo entregado.

Así que usted lo mismo. ¿De acuerdo?

-De acuerdo.

-Y cuando tengamos la serie terminada,

lo vamos a recopilar en un volumen.

Y ahí cobraremos en función de las ventas.

-¿Mucho?

-Esto es España y ya sabe lo que dijo Larra.

Que escribir en España es morir. De hambre, diría yo.

Pero usted tiene que pensar en la alegría que le va a producir

tener el libro terminado.

Será como una especie de homenaje a su padre.

-Pero el homenaje, mejor con la tripa llena, ¿no cree?

-Y para que nadie muera de hambre...

-Pero parece que se te han pasado un poco los bollos. ¿No, Flora?

-Ay, pues ahora que lo dices...

Con lo bien que me quedan siempre.

-Conmigo no hace falta que disimulen.

Se ve a la legua que nunca han llevado una chocolatería.

-Pues no, la verdad.

-Pero vamos a aprender.

-La Deliciosa va a acabar siendo

la mejor chocolatería de toda la ciudad.

Como que me llamo Flora. -Así es como deben hacerlo.

Sin rendirse nunca.

¿Volvemos al trabajo, Íñigo? -Vamos a ello.

-Si le parece, yo le voy preguntando y usted va respondiendo.

No tema en divagar y en dejarse llevar.

Ya veré yo después lo que utilizo.

Mi intención es llegar a conocer a su padre

como si estuviera hablando con él.

-Perfecto.

-Pues vayamos desde el principio.

¿Cómo decidió su padre emprender su primer viaje?

-Eso es largo de contar.

-Mejor, más material tendremos.

-En realidad, la tradición viajera viene de la familia Cervera.

A los diez años, mi padre ya había vivido en Francia y en Italia.

Además, su madre, mi abuela, le hablaba en inglés.

Entonces mi padre, con tan solo diez años,

ya hablaba inglés, italiano, francés y español.

Él siempre decía: "Es muy importante saber hablar idiomas".

-¿Y entonces usted cuántos idiomas habla?

-Yo hablo español y gracias.

Uno siempre tiende a llevarle la contraria a su padre.

-Claro.

La experiencia me dice que doña Silvia aparecerá

en el momento menos pensado.

-Con Silvia no sirven

las experiencias previas. Es una mujer muy especial.

-Es lo que todos pensamos de las mujeres

a las que entregamos el corazón.

Celia es especial para mí.

Doña Trini para don Ramón.

Y doña Silvia lo es para usted.

-Tiene razón.

Hace tiempo que no sentía esto por nadie.

Y ahora me creo único y especial.

-Todos los somos en un momento así.

Ahora tenemos que intentar dar con ella.

Así podrá corregir esos errores que haya podido tener.

-Tal vez este fuera mi último tren y lo he perdido.

Tal vez volveré a quedarme solo.

Se marchará para siempre como hizo mi hija Elvira.

-Me duele verle así.

Tiene que animarse.

Quizá, si recupera su vida social...

-Sabe que no me gustan las veladas musicales

ni esas cosas que están de moda.

-He sabido que hay una fiesta en casa del general Zavala.

¿No ha sido invitado?

-Sí, por supuesto.

Pero he declinado la invitación.

-Sería buen momento para distraerse.

Así podría intimar con el marqués de Viana.

Como sabe, tiene una relación muy estrecha con su futura majestad.

Seguro que ha sido invitado. -Sí, seguro.

Pero no me siento con mucho ánimo.

-Está bien, no insisto más.

-¿No me ha dicho que tenía usted una reunión con un cliente?

-Sí.

De haber sabido cómo estaba, la habría cancelado

y me habría quedado aquí con usted.

-Soy un hombre fuerte, don Felipe.

Ahora solo queda recomponerse

e intentar no cometer los mismos errores.

Váyase a esa reunión.

Y no me rechiste, es una orden.

-A sus órdenes, mi coronel.

Descanse y consulte con la almohada.

De día se ve todo mejor y más claro.

-Gracias por todo.

-Con Dios. -Con Dios.

Como hablaba árabe, decidió entrar en la Meca

disfrazado de musulmán.

Después de eso, pensó en encontrar las fuentes del Nilo

y entonces decidió que había llegado el momento

de conocer el Extremo Oriente. -Pare.

Pare, pare.

Todos estos datos los puedo encontrar yo en cualquier libro.

-Es que son verdad.

-Ya, pero no es eso lo que me interesa.

Yo lo que quiero es saber la vida de su padre

contada desde el punto de vista de un hijo.

¿Cómo consiguió llegar a la Meca?

-Entonces yo no había nacido.

-Pero me imagino que su padre se lo habrá contado.

Tengo entendido que era un gran conversador.

-En las tertulias y en los cafés, a lo mejor.

En casa, era más bien callado. -¿Y en casa no se sentaba

junto al fuego y les explicaba anécdotas de sus viajes?

-Sí, claro que sí. A veces lo hacía.

Nos contaba tonterías. -Pues ¡eso!

Eso es lo que quiero que me cuente.

Las tonterías que usted llama.

-A ver si vamos a dar una mala imagen de mi padre.

Mire que tiene muchos seguidores y lo mismo vienen a protestar.

-No, no se preocupe.

Lo trataremos con el mayor de los respetos y cariños.

Venga, cuéntame alguna de esas tonterías.

-Una vez...

Me acuerdo de una vez que vino y se puso al lado de mi cama.

Y me habló de la primera vez que vio un camello.

-Qué interesante. -Usted sabe

que no es lo mismo un camello que un dromedario.

-No, creo que un dromedario

tiene una joroba. Y un camello tiene dos, ¿no?

-Exacto.

Siempre nos imaginamos a un bereber en el desierto

subido en un camello,

pero, en realidad, van encima de un dromedario.

¿Ha visto usted alguno?

-Sí, hace un tiempo estuve en el norte de África y vi alguno.

Pero no es algo de lo que me apetezca hablar.

-¿Estuvo mucho tiempo? -No.

Enseguida me fui a Guinea Ecuatorial.

Es una historia muy triste, lo siento.

No me haga relatársela.

Cuénteme usted.

¿Qué es lo que decía su padre sobre los camellos?

-Que son feos, que son muy feos.

Y que escupen.

Él siempre decía que él prefería montar en dromedario.

Que los camellos ni sirven para montarlos ni para echar carreras.

Que solo sirven para cargar peso.

-Nunca me lo habría imaginado.

-Ya ve. Se ve que todos pensamos lo mismo.

-Bien, eso.

Eso es lo que quiero que me cuente. Anécdotas así, muchas.

-De acuerdo, pero ¿qué le parece si lo dejamos mejor para mañana?

Es que estoy un poco agotado.

Emocionalmente se entiende. -Está bien, está bien.

Lo dejamos para mañana.

Pero haga memoria, quiero que me cuente

muchas anécdotas así de su padre.

Buenas noches.

-Buenas noches.

¿Todavía estás aquí?

Retírate.

-Antes me gustaría dejar preparada la ropa

que se tiene que llevar mañana a la lavandera.

-Ya lo harás.

Me voy a dormir y no te quiero por la casa haciendo ruido.

-Sí, señora, pero la lavandera llegará temprano.

-Pues que espere. Buenas noches.

¿Qué ocurre?

Nadie quiere trabajar de sol a sol.

¡Ah!...

Claro.

No eres bien recibida en el altillo.

Es ley de vida.

Asúmelo.

Retírate.

-Buenas noches, señora.

-¿Ya duerme tu padre? -Sí.

Hoy apenas le ha costado rendirse al sueño.

-Todos deberíamos hacer lo mismo.

-Espero que lo hagamos.

Antes la vi hablando con Blanca en la calle.

¿De qué hablaron?

-¿Quieres la verdad?

De lo feliz que es.

De lo mucho que ama a Diego.

De lo encantada que está con la futura llegada

de su hijo.

-Van a hacer entre los dos un llamador de ángeles.

-Un proyecto en común.

No sé de qué te extrañas. -Yo ya le regalé uno.

¿Qué pretenden, eliminarme?

-Al parecer son más decididos que tú.

Ya te dije ayer por la noche una solución para alejar a Diego.

¿Crees que ellos dudarían en llevarlo a la práctica?

Si Diego volviera a enfermar, lo abandonaría todo.

No querría perjudicar ni hacer sufrir a Blanca.

La dejaría a ella y a su hijo contigo, a tu cuidado.

Marcharía para morir en algún lugar del mundo en soledad.

-¿Y para eso tenemos que volver a intoxicarle con mercurio?

¡Eso es una locura!

-No, no será necesario.

No nos hace falta que sea real.

Solo debemos hacerle creer a Diego

que vuelve a estar intoxicado de mercurio.

Con eso será suficiente.

Nos bastará con tener un certificado médico que se lo especifique.

-¿Cómo piensa conseguirlo?

-Con dinero.

Como casi todo en este mundo.

O con información.

Obligando al médico.

Sabiendo los secretos de las personas,

estas acaban haciendo lo que una desea.

¿No vas a decir nada?

-Está bien. Lo haremos como usted propone.

¿Qué le pasa a usted con Carmen? -¿A mí? Nada.

-Por el amor de Dios.

Si ni siquiera le ha devuelto los buenos días.

-Poco puedo contarle, Agustina.

Yo tengo la boca sellada.

Pero sepa usted que esa remilgada miente más que habla.

-¿Le ha hecho a usted alguna faena?

-No se puede usted imaginar lo que me ha hecho.

-Ni que le fuéramos a estafar. Menudos humos.

Habla como si se las supiera todas.

-Es que a lo mejor sí se las sabe. Tampoco somos tan listos.

De verdad, lo que nos faltaba.

Todavía no hemos hecho ningún cliente y ya tenemos acreedores.

Es que no sé cómo vamos a salir de esta.

-Yo sí. Cuando venga Leonor, se lo vas a contar todo.

Punto por punto.

-"Concurso de gritos dice".

Ya me estalla la cabeza.

-No es buen momento, Casilda.

Que la señora bastantes preocupaciones tienes ya.

-Arrea, ¿y servidora no?

Ande, doña Rosina. Venga, ayúdame a convencer

a los señores para que nos dejen gritar.

Usted también podría participar. A usted le gusta gritar.

¿A que sí?

-Tengo una carta para mi hija Elvira.

-No sé qué quiere

que yo haga con esa misiva.

-Señora, no se haga de rogar. Es usted una buena madre.

Seguro que sabe cómo hacer llegar esta carta a su destino.

-¿No querrá indagar nada más?

-No.

Puede enviarla, que no seguiré al correo.

-No me des por un caso perdido.

La vida nos va enseñando, y más sobre nosotros mismos.

Solo te pido que me des un poco de tiempo para enmendarme.

Y que todos podamos olvidar mis errores.

-Si no quisiera que te enmendaras, ya no estarías aquí.

-"Yo estaba pensando en otros esparcimientos".

¿Qué os parece si este año incluimos en el programa

un concurso de gritos?

-Por Dios, Rosina. Qué rústico.

-Bueno, ¿no se trata de confraternizar

con las clases subalternas?

Pues démosles lo que buscan.

A gritar como posesos hasta perder el sentido.

-"Estimado general Zavala:"

Agradezco su generosa invitación,

pero me temo que no podré asistir por encontrarme indispuesto.

Afectuosamente, coronel Valverde. -¿Vale así?

-Añada usted al final que en breve tendrá

noticias mías.

-"Por cierto, ¿cómo va esa novela sobre César Cervera?".

-Pues será un éxito con poco que ponga de mi parte.

La vida de ese caballero me da la trama hecha.

Qué sinfín de aventuras.

Y si miras cómo la relata su hijo, es...

No sé, es como si las viviera.

-¿Y ese brillo en tus ojos al hablar de Íñigo?

-¿Qué compromiso impostergable es el suyo?

-Un cóctel.

-Un cóctel al que yo no he sido invitado, claro.

-Diego y Blanca querían reunir a los amigos de Acacias.

Me lo acaba de comentar su hermano.

No terminaban de decidirse

y al final quisieron hacer una cena informal.

-He avanzado en la investigación que me encomendó.

Pasaré a ponerla el día.

  • Capítulo 697

Acacias 38 - Capítulo 697

09 feb 2018

Úrsula confiesa a Samuel su plan para recuperar a Blanca: le harán creer a Diego que el mercurialismo no ha remitido, de tal forma que abandone a Blanca para que él no sea una carga. Blanca y Diego, ajenos a esto, viven felices su amor y planean trabajar juntos en un llamador de ángeles para el bebé que esperan. Íñigo acepta contar la vida de César Cervera a Leonor a cambio de dinero. Pero el chocolatero solo cuenta lo que ha leído en los libros y Leonor le pide que le cuente más detalles de su padre.

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  1. Eva

    Yo veo ya demasiado pesado los capítulos no tienen intriga ni nada siempre igual no salen de lo mismo. Ursula ya demasiado pesada con lo mismo siempre y no salen de lo mismo, los personajes nuevos patéticos. Creo q deben de darle un giro pq siempre vemos lo mismo Celia debería d quedarse embarazada sería un giro bueno .

    12 feb 2018
  2. julia

    me ha gustado mucho el capitulo de hoy

    11 feb 2018
  3. Mabi

    Aclaro, si buscaron para Leonor como posible pareja romántica a Iñigo....por el afán de escribir no lo mencioné en el comentario anterior...

    10 feb 2018
  4. Mabi

    Samuel, un títere más de Ursula, Liberto un re cotilla !!! Peor que Rosina...si en una mujer cae mal, en un hombre convertido en " correveydile" es aún peor !!!! Si buscaron para Leonor , como posible , pareja romántica mmmm......ésto traerá más cola que los amores de Humildad y Mauro o Simón y Adela , como tercera en discordia, antes dos Santurronas, que mucho sasnyihuarse pero se las trasian, ahora una seudo chocolatera, con poco seso pero mucha lengua....Fabiána si vio que no les paso nada a las chicas del altillo, porque no desenmascara a Carmen y pone a todos en su contra, y denuncia a Ursula?????

    10 feb 2018
  5. Lina

    Patéticos los nuevos personajes en la chocolatera. Están quitando personajes estupendos, para traer personajes cutres. De ésta o cambian mucho, o dejo de ver la serie.

    10 feb 2018
  6. Noelia

    Ayer 1.101.000 espectadores y un 9,3% de cuota de pantalla.

    10 feb 2018
  7. Saro

    Hoy quiero dirigirme a los Sres. Guionistas porque me parece que, ahora, lo están haciendo muy bien; me gusta el giro que ha tomado la trama de los Alday, encabezada por la temible Dª Ursula, el encanto hecho persona de D. Jaime y sus hijos que han dado un cambio increíble, sobre todo Samuel al que, actualmente, no reconocería ni su señora madre si viviera. También me encanta el rumbo que lleva la nueva vida del coronel con la aparición de Silvia, éso si que era inesperado; pero, hay una pareja a la que, como tal, echo mucho de menos y, por éso me pregunto, ¿dónde están Rosina y Liberto como pareja?; ¿va a limitarse él a aparecer un momento por el barrio, como hoy, siempre ayudando a alguien y solo? .. ¿y Rosina? ayer apareció un momento en la chocolatería con Casilda y cuando no, aparece con su hija. Rosina y Liberto son dos personajes muy ricos y siento una gran empatía con ellos; su naturalidad, sus miradas, su complicidad, sus gestos, su amor, son la chispa que le falta al capítulo cuando no aparecen. Sandra y Jorge son dos actores excepcionales y con muchísimo talento pero, me parece, que están bastante desaprovechados.

    10 feb 2018
  8. soffia

    a ursula, maneja a samuel. como un titere los dos chocolateros son un fracaso cuando manda a servando, a cuba,leonor.merece mas espacio 2 maridos todos 2 fuera

    09 feb 2018