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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 696 - ver ahora
Transcripción completa

Mi baúl.

-Le prometí que le ayudaría a encontrarlo.

-"¡A ustedes quería verles!".

¿Saben cómo está todo el mundo? ¿Qué le echaron a ese mejunje?

-Matarratas, como poco. Eso, de seguro.

-¡Exigimos una explicación!

-"No vengo a echar más leña al fuego".

-¿A qué ha venido entonces?

-A ayudarles.

-¿A ayudarnos? ¿Cómo?

-Gracias por... -Por... por este libro de recetas.

-"Usted me enseñó a ser honesto conmigo mismo".

-Yo no te he enseñado a ser desleal con los que más te quieren.

-Me enseñó a guiarme con el corazón.

-¡No te he enseñado a traicionar a tu familia!

Será mejor que te vayas.

-"Lo primero,"

insiste al médico para que le deje

regresar a casa. -¿Por qué quiere que lo haga?

-Tu padre, recuperándose en casa,

necesitará tener a sus hijos cerca. -"No debería estar usted aquí".

-"De parte de doña Úrsula".

Ahora salga de aquí.

Largo.

-"¿Se sabe algo de la 'señá' Fabiana?".

-Sí, se encuentra mejor. Ha dormido en la casa de socorro.

-Pero ¿la ha visto usted?

-La visité, ya tiene mejor cara.

(FABIANA GRITA Y SOLLOZA)

(GRITA)

(BALBUCEA)

(SUSPIRA)

-"Mis dos hijas"

tienen una cicatriz idéntica.

-¿Qué significa?

-Eso es lo que usted tiene que averiguar.

Está claro que es una señal.

Quiero saber de qué.

Disculpe, señora,

pero preciso saber más si pretende que logre averiguar algo.

-Ya le he dicho lo que necesita saber. Ahí tiene

la marca. Descubra lo que significa.

-¿Tiene alguna sospecha de quién pudo hacerles esas marcas?

¿O por qué motivo se las hicieron?

Me da la sensación de que me está ocultando algo.

-Y a mí me da la sensación de que no tiene ningún interés

en aceptar mi trabajo.

¿Ha olvidado que puedo ser muy generosa si quedo satisfecha?

-Tan solo pretendo llevar a buen puerto su encargo.

Al menos podrá darme algún dato

sobre el padre, algo por donde empezar a investigar.

-Lo siento, pero tampoco puedo darle el capricho de eso.

Hay un gran vacío en mi memoria.

La llegada de mis hijas al mundo, cuando yo apenas tenías 17 años,

es... mi primer recuerdo.

-¿Cómo es posible?

¿No recuerda nada

de su vida anterior? -Se lo acabo de decir.

No me gusta repetirme.

No sé qué pudo sucederme antes de que nacieran mis hijas.

Por un motivo que desconozco, mi mente lo ha borrado por completo

de mi cabeza. Por eso es vital

que averigüe qué significan

estos símbolos.

Tal vez sea el hilo del que tirar para descubrir mi pasado.

(Truenos)

(Truenos)

Ojalá encontremos pronto carruaje.

-¿Tantas ganas tiene de perderme de vista, coronel?

-Sabe que no. -(AMBOS RÍEN)

-Pero la tormenta está a punto de romperse

encima de nuestras cabezas.

-No tendría que haberme acompañado, al final acabará también mojado.

-No son horas para que una mujer camine sola por la calle.

¿Cree que no sabría defenderme? -Al contrario.

Temo más por el infeliz que se atreviera a molestarla.

-(AMBOS RÍEN)

-Pero me quedo más tranquilo no dejándola sola.

-Es usted un caballero.

Sepa que he disfrutado mucho de la velada.

-Pensé que le gustaría volver a probar

las recetas de aquellas tierras. -Y así es.

Pero, más que de la comida, he disfrutado de la compañía.

Mañana, sin falta, haré que le envíen su baúl

a la dirección que me indiquen.

¿Qué le pasa?

¿He dicho algo inconveniente?

¿No se alegra de que haya recuperado su baúl?

-No, no es eso, al contrario.

Jamás olvidaré ese bello gesto.

Con ese baúl, he recuperado parte de mi vida.

Es solo que a la alegría de haberlo hallado

se une también una profunda tristeza.

-¿Por qué?

-La respuesta es sencilla:

ese baúl era el único motivo que teníamos de seguir viéndonos.

(Truenos)

Su silencio me indica que usted no piensa así.

Puede que hasta se alegre... de no verme más.

-No diga eso.

-¿Y por qué no habría de creerlo?

Insiste una y otra vez en apartarme de sus amistades,

de sus reuniones, de su vida...

Tamaña resistencia solo me indica que usted no siente

la misma estima que yo le profeso. -Calle.

No puede estar más equivocada.

Yo no pretendía...

Lo siento.

-¿Acaso no se ha dado cuenta de que le amo?

-Silvia...

Jamás me planteé una relación de semejante cariz.

Escuche, yo...

-(RESOPLA) -Escuche...

¿No queréis una achicoria? -Uy, no, no, ni la nombre.

Tenemos el estómago del revés.

Madre mía... Nosotras, mejor unas hierbas.

Esto sí que nos asienta el estómago.

-Poco nos ha faltado para que nos llevaran al cementerio.

Se les apareció la virgen

cuando decidieron no acudir.

-Demasiada atareada está una

para perder el tiempo en chocolatadas.

-Eso es verdad.

Usted está faenando de lo lindo por don Arturo.

Como últimamente recibe tantas visitas.

-Sobre todo una, de esa señora tan guapa

y elegante. -(ASIENTE) Parece ser

que ha encontrado a su media naranja. Aunque, con lo sieso que es,

se merece un medio limón. -Anda, Agustina,

cuéntenos de sus amoríos. No nos deje en ascuas.

-Servidora no tiene por costumbre chismorrear sobre sus señores,

y no voy a empezar ahora. -¡Arrea!

Otra como la "señá" Fabiana, así no hay quien se entretenga.

-Hablando de la Fabiana.

Ya hace mucho que está en la casa de socorro.

Hoy vamos. Se va a pensar que nos hemos olvidado de ella.

-Os daríais un paseo en balde. Anoche ya durmió aquí.

-¿Qué me dice? No la sentí entrar. -Es que vino bien tarde.

Mira, por ahí me parece oírla.

-¡Ay, Fabiana!

¡Señá Fabiana!

Qué alegría de verla, hombre. -Mis niñas...

Me teníais tan preocupada. -Arrea, esa sí que es buena.

¿Por qué, si era usted la que estaba malamente?

-Nosotros queríamos haber ido a verla,

pero no nos podíamos separar del retrete.

Nos han envenenado en "La Deliciosa". -Tenían el corazón en un puño,

pero ya les dije que no pasaba nada,

que había ido a verla y que solo era una calentura.

-Sí, solo un enfriamiento.

Y que el médico insistió en que se quedase unos días,

para tenerla vigilada.

-Pues se tendría que haber quedado, no tiene usted buena cara.

-Ay, ¿no tendrá una calentura? -Ay, no.

Pierde cuidado, ya estoy bien. -Ay... Bueno, usted no se preocupe,

que hoy hago yo su faena. -Aun así,...

debería usted aprender de lo ocurrido y cuidarse bien.

No vaya a ser que recaiga otra vez. -Sí, tiene usted razón,

que esos "enfriamientos" son de lo más traicioneros.

-Bueno, yo marcho... a faenar, que mi señora me espera.

-La serviré una achicoria. -Y vosotras, a desayunar.

Dejaos de melindres, que hay que ir a la faena pronto.

(SUSURRANDO) Es usted una miserable.

Pues parece que esto ya está.

-A ver...

Pero..., está lleno de grumos.

-He seguido la receta que me has leído.

-Al parecer, le has dado un toque personal.

Quizá haya que moverlo más. Pues hazlo tú, listo.

Que esta servidora tiene el brazo hecho migas

de tanto darle al cucharón. -Vale.

Nada, esto parece que no mejora. Prueba, a ver si al menos sabe mejor.

-¿Y por qué yo? -A mí me da sarpullidos.

-Y a mí a este paso. Debería probarlo un gato.

-Pobrecito, poco iba a durar. -Pues un niño.

-Venga, prueba, anda.

-Uy, apenas has mojado los labios.

-En pequeñas cantidades, se saborea mejor.

-¿Y qué tal?

-Delicioso. -Flora...

-Está bien, repugnante.

Pero al menos no pica. No sé qué ha podido fallar.

¿Desean un chocolate? Está para chuparse los dedos.

-Sí, pero para tratar de quitarte el sabor.

-Va a resultar complicado que vuelvan a entrar aquí.

-No tanto como crees.

-Gracias.

-No venía por nuestro chocolate.

¿Quién nos escribe? -El Ayuntamiento.

-Que nos multa... por haber intoxicado a los vecinos.

-Lo que nos faltaba.

¿Cómo vamos a pagarlo? -No lo sé.

No tengo ni la remota idea. Me temo que no van a aceptar

que les paguemos en chocolate.

-Ha sido cosa de la sastra; ha debido denunciarnos.

Si es que nos tiene ojeriza. -A este paso, todo el barrio.

-Todos no, por desgracia. -Buenas. Perdonen que les moleste,

pero no les habrá sobrado de ese chocolate, ¿verdad?

-Justo llega a tiempo.

Acabamos de hacer una nueva olla. -(RÍE)

-Mire, a esta ronda invita la casa.

Pero... a la próxima ya se verá.

-Sí, aunque le falta ese toquecito de picante. Sí.

No había probado chocolate parecido; con esos grumitos

y ese sabor tan particular.

¿Eh?

Disculpe, señor, no sabía que estaba aquí.

-Adelante, Agustina, haga su trabajo.

-No tuve ocasión de preguntarle... si la cena resultó del agrado

de la señorita. Nunca había cocinado platos semejantes.

-Sí, todo bien.

(Puerta)

-El señor Álvarez Hermoso.

-Gracias, Agustina, puede retirarse.

-Coronel.

-¿Una copa?

-Por favor.

-¿Qué puedo hacer por usted?

Supongo que no ha venido aquí solo a beber conmigo.

-Quería saber si puede prestarme una escopeta de caza.

El marqués de Viana me ha invitado a una cacería.

-Me satisface ver que mis contactos están siendo de utilidad.

-Ya le dije que podríamos beneficiarnos

de nuestra colaboración.

-Usted ya ha hecho lo que le correspondía.

-Coronel, permítame que siga preocupándome por usted.

Creo que necesitan un consejo. -¿Sobre qué tema?

-De lo que realmente importa en esta vida:

las cuitas de corazón.

-No le comprendo.

-Sepa que ayer le vi en la calle con esa mujer.

Presencié cómo se besaban.

-¿Acaso ahora me espía? -No, no se apure, fue casualidad.

Regresaba a casa.

-Su deber como caballero habría sido hacer notar su presencia.

-No quería interrumpir. -No había nada que interrumpir.

-Sí, desgraciadamente, por lo que pude observar,

así fue.

Coronel, ¿puedo serle sincero?

-Hasta ahora lo ha sido sin necesidad de pedir permiso.

-A lo largo de este tiempo, he conseguido entenderle un poco.

Tiene buen fondo, muy en el fondo.

Le consideraba alguien obsesionado por la moral y las convenciones,

alguien incapaz de amar.

-Tenga cuidado, don Felipe.

Hay una línea muy delgada entre la sinceridad y el insulto.

-Fui testigo de cómo rompió sus lazos

con su hija Elvira.

-¿Acaso sus comportamiento es un modelo a seguir?

Sé cómo actuó con su esposa.

-Sí, por eso me atrevo a hablarle así.

Yo nunca he sido el mejor marido para Celia.

Pero la vida me ha dado una segunda oportunidad

y he aprendido de mis errores. Haga usted lo mismo.

Aproveche las pocas oportunidades que le quedan

y que sin duda no se ha ganado.

Bueno, pues "na", al final "to" se ha "solucionao".

Que tengan un buen viaje. -"Agradecía".

La visita no ha resultado como esperaba,

pero al menos he ganado dos buenas amigas: la Paca y la Pepa.

-Les agradezco que hayan sido tan comprensivas.

Lástima que Servando no haya corrido la misma suerte.

-La que se merecía. Más que un pulpo debería haber "recibío".

-Les deseo que encuentren a su príncipe azul.

-"Pa" chasco que sí.

Y que tenga la cartera bien llena. -Tengo unos quesos

de recuerdo.

Bueno, vayan marchando,

no vayan a perder el tren. -Aguarde, Gertrudis.

-Ahora las alcanzo.

-Para usted tengo otro presente.

No se lo diga a las otras, pero usted siempre fue mi preferida.

Sé que tenía el capricho de estos talcos perfumados.

-Qué pena que no sea usted rico.

Es usted más bueno que el pan con chocolate.

-¡Ye...!

-Digan lo que digan, primo, estás hecho un caballero.

Ahora, más tonto que Abundio.

No sé cómo derrochas los cuartos en ella.

-"Na", nunca hubo parné mejor gastado.

Ese beso me ha sabido

a gloria bendita. -Anda, vamos, criatura.

-Está visto... que el amor no está hecho "pa" uno.

Al menos tengo a mis ovejas, que esas no me piden perfumes caros.

(Pasos)

¿De dónde vienes? -De tirar el chocolate a la calle.

Esperemos que no lo pruebe ningún perro.

No me gustaría que se pusieran malos.

-¿Has perdido el oremus? ¿Por qué lo has tirado?

¿Qué pretendes que sirvamos ahora? -Eh... ¿De qué clientes hablas?

Si aquí no viene nadie, tan solo ese pedigüeño del portero.

-Hay que estar preparados, por si acaso.

-¿Qué hago? ¿Preparo más chocolate?

-O golpearles directamente con un canto.

Seguramente lo prefieren a ese mejunje.

-Practicaré entonces con la cafetera. -¿Estás seguro de saber manejarla?

-Tampoco es tan difícil.

Hay que seguir los pasos que nos dio Antoñito.

Pues nada, ya está.

-¿Has preparado un café?

-¡Pues no, he roto la cafetera! -¡Hale!

Éramos pocos y parió la abuela.

¿No te podías estar quieto, que estás más guapo?

-Estas manazas no sirven para una máquina tan fina.

-Haberlas dejado en tus bolsillos.

Ojalá estuviera aquí el chino ese,

era un buen manitas. -Ni me lo mientes.

Acordamos olvidarnos de todo aquello. -Es cierto, perdona.

-Gánate mi perdón llamando a Antoñito.

A ver si logramos arreglar este estropicio

sin soltar ni un real.

Blanca, ¿qué haces en el salón de semejante guisa?

-Buscar mis zapatillas. ¿No las has visto?

Qué frío está el suelo.

-No deberías andar así por la casa.

Pudieras resfriarte.

-Descuida.

Entre tus brazos, es imposible que coja frío.

No puedo decir lo mismo de tus besos.

Parecen de hielo.

¿Qué te pasa?

-Nada. -Diego...

-No puedo dejar de pensar en lo sucedido con mi padre.

Cómo me rechazó, Blanca.

Todos parecen empeñados en poner obstáculos

a nuestra relación. -Juntos lo superaremos.

-Empiezo a dudarlo.

Temo que... nuestra dicha nunca pueda ser completa.

-No, no digas eso, Diego.

Dale tiempo.

Tu padre es un buen hombre. Seguro que recapacita

y cambia de parecer, volviéndote a mostrar su afecto.

(Puerta)

¿Esperas visita?

¿Quién puede ser? -Lo ignoro.

Pero lo que sí que tengo claro

es que tú no estás vestida para recibir a nadie.

-(RÍE)

Venía a ver cómo se encuentran,

pero sus expresiones tan mohínas ya me contestan. ¿Ha sucedido algo?

-Terminaríamos antes contando lo que no nos ha pasado.

-¿El libro de recetas no les ha resultado de utilidad?

-No, no precisamos de un libro de recetas,

sino de un milagro.

-El chocolate que hicimos siguiendo la receta

era casi tan repugnante como el anterior.

-Encima nos han multado por intoxicar a los vecinos.

-¿Por qué no vuelcan sus esfuerzos en el café?

Es uno de sus reclamos. -Acaba de nombrar la soga

en la casa del ahorcado. El manitas de mi marido

acaba de fastidiar la cafetera. -(CARRASPEA)

No sé cómo vamos a pagar el arreglo y no sé cómo vamos a pagar la multa.

-No va a ser de nuestros numerosos clientes.

No traspasan esa puerta ni por equivocación.

-Quizá yo podría ayudarles.

Podría ofrecerles una pequeña ayuda económica

que les sirviera de desahogo.

-¿Haría eso por nosotros sin esperar nada a cambio?

-No. No acostumbro a regalar mi dinero.

-Es una lástima.

-A cambio, usted me ayudará a escribir una biografía

sobre su padre.

He hablado con una editorial.

Están muy interesados en publicar una novela

sobre César Cervera. -Y dale con mi padre.

Perdone, pero usted se repite más que nuestro chocolate.

-Escúchenme... Escúcheme, sé por su esposa

que le produce un hondo dolor hablar sobre su padre,

pero, quizá, enfrentarse a su recuerdo sea lo que necesita.

-La respuesta... es no y siempre será no.

Si me disculpa,

he de arreglar la máquina de café.

-(SUSPIRA)

Me alegra que haya venido. Deseaba darle la enhorabuena

por su reciente boda. -Se lo agradezco.

Venía a interesarme por su padre. Sé que ha despertado.

-Así es.

-No parece celebrarlo.

-Felipe,... había soñado muchas veces

con ver a mi padre despertar. -Diego, ¿qué le ocurre?

-Nunca pensé que sus primeras palabras,

su mirada fuese de rechazo,

de odio.

Entiendo que su padre está al corriente de lo que ha pasado

con Samuel y con Blanca y que no lo aprueba.

-Y nunca lo hará.

Ni tampoco me perdonará.

Le he perdido, he perdido a mi padre.

Se ha posicionado a favor de mi hermano.

Me culpa de haber roto la familia.

-Su padre es un hombre de fuertes convicciones.

Pero sé que adora a su familia por encima de todas las cosas.

El tiempo le hará entender lo que ha pasado.

-Permítame dudarlo.

Ni siquiera quiere verme.

-Te equivocas, Diego.

Vas a poder ver a tu padre antes de lo que crees.

Un mozo acaba de traernos esta nota.

Es de mi madre. Nos informa de que a tu padre le darán hoy el alta.

Y le gustaría que fuésemos a su casa para recibirle todos juntos.

-¿Nos quiere allí?

-Amigo, permítame un consejo.

Nunca se fie de nada de lo que haga Úrsula.

Nunca.

Alma de cántaro, mete tripa, que no puedo abrochar esto.

-Si ya la meto.

Voy a tener que untarme en mantequilla

para que me cierre. -¡Ay, Dios mío!

¡Casilda, mala mujer! ¿Qué haces con ese lechuguino!

-Templa, Martín, que soy yo, el Jacinto.

-¿Jacinto?

¿Qué te ha pasado? No te reconocería ni tu madre.

-Casilda, que me ha disfrazado de señor.

Si me vieran mis ovejas de esta guisa,

iban a quedar "pasmás".

-Le he cogido unas ropas prestadas a don Liberto

para ponérselas a mi primo.

Pena que no esté tan relleno,

pero bueno, así vas... hecho un pimpollo.

Nos vamos a ir a pasear por el río.

Van muchas muchachas casaderas fichando galanes.

-¿Y quieres darles gato por liebre?

-Que no. Así no va a pasar "desapercibío".

-En seguro que sí, pero ¡por ridículo!

-Ay... Venga, Martín, acerca la jofaina.

Que vea la Pepa, la Paca y la Gertrudis

el hombre que se han perdido.

-¡Arrea!

¡Estoy hecho un pollo!

¡Epa ya!

Pero vamos a ver, yendo de esta guisa,

no puedes pegar gritos.

-Vamos al río, prima,

estoy deseando lucir palmito. -Sí.

-¡Aparta, mastuerza!

Miedo te he cogido de mi brazo,

no vayan a creerse que eres mi novia y me espantes a las mozas.

-Pues sí, tienes razón, primo. Venga, vamos.

Bienvenido a casa, señor.

-¿Se puede saber por qué hemos venido a esta casa?

-Este es nuestro hogar ahora. -Lleva tiempo siéndolo.

De hecho, tú ya has vivido aquí.

Pero, claro, quedaste muy afectado tras el accidente

y no debes recordarlo. Dejamos la mansión Alday

y nos venimos aquí, a esta casa, mucho más acogedora.

-¿Tenía que ser precisamente aquí?

-Después de lo sucedido,

significaba mucho para todos nosotros.

Y decidí comprarla.

Creo que Cayetana estaría de acuerdo en ello.

Retírate, Carmen.

Vamos al salón.

Tienes una sorpresa.

-Me alegro de que ya esté en casa, don Jaime.

-¿Qué es esto? ¿Qué hacen ellos aquí?

-Recibir a tu padre. Yo les he invitado.

-Úrsula, expresé claramente mi deseo de no volver a ver a Diego.

-Vámonos, no deberíamos haber venido.

-En eso estamos de acuerdo.

-Aguarda, Diego.

Sé el dolor que estás sintiendo.

Sufres por la rebeldía de Diego de la misma manera

que yo padezco por la de Blanca.

Nos une la impotencia de no poder dominar

a nuestros hijos que continúan vivos.

Pero más nos une... el dolor

de haber perdido a los otros.

Sabemos que más allá de los problemas vividos,

somos una familia como tal.

Tenemos la obligación de rehacer los lazos.

-Úrsula, ¿qué está haciendo?

-Jaime...

Es momento de superar las diferencias.

El señor nos ha enviado una señal:

tu recuperación y el niño que está en camino.

Nuestro nieto.

No pierdas más tiempo.

Habla con tu hijo.

-Dejadme a solas con Diego. Quiero hablar con él.

-Pero, padre... -He pedido que me dejéis a solas.

-Hija, mejor los dejamos solos.

¿Qué te pasa?

Te has quedado atónita, ni que hubieras visto un fantasma.

-Un "aparecío" me hubiera extrañado menos que verte faenando

con tus propias manos. -Ya.

Y estoy arrebatador, ¿no?

-Mírale, que no tiene abuela.

-¡Ejem! ¡Ejem!

Ya veo que estáis mucho mejor del estómago.

-¿Y esta cafetera? ¿Qué hace aquí?

-Es de "La Deliciosa".

Los Cervera la han estropeado.

-Se están luciendo. Habrá que llevarla a arreglar

a la fábrica. -No.

He pensado en intentar arreglarla yo.

Así ellos se ahorran tiempo y costes. -Lo barato puede resultar caro.

¿No ves que esto tiene una tecnología de alta precisión?

A ver si la vas a estropear aún más, ni que fueras ingeniero.

-Con todos mis respetos, Antoñito tiene muchas habilidades.

-Lo sé.

Pero me temo que ninguna de ellas tenga que ver con cosas decentes.

-Un poco de confianza, padre, que esto casi está.

-Rota, sin remedio. -No.

Preparando un delicioso café.

-Si es que vale más que el oro molido.

Hijo mío, desconocía esta habilidad innata tuya

para los arreglos.

-Ya, y yo.

-"Quizá Samuel tenía razón".

No debería haber venido. -No, hijo, no.

Te agradezco que lo hayas hecho.

Hagas lo que hagas, hay una cosa que nunca podré negar.

-Que soy su hijo.

-Que te quiero.

-Gracias, padre.

Después de todo lo sucedido, escucharle decir eso...

es muy importante para mí.

-Pero no te engañes, ¿eh, Diego?

Eso no quiere decir que yo apruebe tu comportamiento.

-Lo entiendo.

No debe de ser fácil

aceptar que me he escapado con la esposa de mi hermano,

pero ni Blanca ni yo podemos resistirnos

a lo que sentimos.

-Diego, ¿viendo el daño que nos hacéis a los que os rodeamos?

-Padre...

¿Acaso no íbamos a herir a Samuel de todos modos

obligándole a vivir una mentira?

Padre, le juro que hemos tratado de evitarlo.

de sufrir en silencio nuestro amor.

pero es demasiado fuerte.

-¿Amor, dices?

-Sí.

Como nunca antes en la vida lo había sentido.

Un amor que, con suerte, se presenta una vez en la vida.

Es como una fuerza que...

A la que es imposible oponer resistencia.

Es más fuerte que uno mismo.

Ojalá algún día...

pueda entenderme.

Deseo con todas mis fuerzas que usted y Samuel

puedan perdonarme, padre.

Necesitaré tiempo, ¿eh?

Y ahora lo que tengo que hacer es intentar arreglar esta familia,

que ha saltado en pedazos desde que no estoy aquí.

¿Y bien? ¿Ha dado con las señas de la señorita Reyes?

-Nones, señor.

Como me ordenó, vengo de donde le compró el disco,

pero no dejó dirección alguna.

-El párroco tampoco ha sabido decirme dónde localizarla.

-No se inquiete. Hace un suspiro que la vio, ya aparecerá.

¿O teme que le haya ocurrido alguna desdicha?

-¿Desde cuándo debo darle explicaciones?

Limítese a cumplir con su trabajo.

-Disculpe, señor. Seguiré indagando.

Disculpe, doña Susana.

-¿Cómo, coronel, ahora me saluda? -Quería preguntarle algo.

-Hágalo.

Lo que ya no es tan seguro que me moleste en contestarle.

-Intento localizar a la señorita Reyes.

Sé que le está haciendo vestidos.

-Así es. No le han informado mal. -Quizá sepa alguna dirección

donde yo pueda localizarla.

Es de vital importancia que hable con ella.

-Lo supongo. De no ser así, nunca se habría tragado su orgullo

para venir a rogarme ayuda.

Pero su esfuerzo ha sido en vano, no me dejó ninguna dirección.

-Entiendo.

Si vuelve por su negocio,

dígale, por favor, que la estoy buscando.

Me alegra tanto escuchar lo que dices.

-Tampoco podemos echar las campanas al vuelo.

Mi padre se ha limitado a afirmar

que pensará en la manera de solucionar nuestros conflictos.

-¿Acaso te parece poco?

-No. Tienes razón.

Hace apenas unas horas pensaba que nunca querría volver a verme.

Por primera vez... veo una puerta abierta

para recuperar a mi familia.

-Estoy segura de que acabará siendo así.

Podremos vivir nuestro amor sin remordimientos,

rodeados de los nuestros.

Diego, tu padre tiene muy buen corazón.

Seguro que terminará por perdonarnos del todo.

-Si es así, he de reconocer que no solo ha sido mérito suyo.

¿Quién iba a decir que estaré siempre en deuda con tu madre?

Si mi padre ha accedido a escucharme, ha sido gracias a su insistencia.

-Nunca pensé que te oiría alabarla.

-No me queda otro remedio.

Aunque no deja de sorprenderme

que haya actuado con tanta generosidad.

-Mi madre ya no es la que era.

Poco parece quedar en ella de su antigua maldad.

La muerte de Olga la ha transformado.

La ha convertido en una mujer vulnerable,

apegada a los suyos.

-No sé, Blanca. Me cuesta creerlo.

Nunca terminaré de confiar en ella. -Ya, a mí también me cuesta creerlo.

Pero recuerda que fue ella quien reconvino a Samuel

para que me liberara y me dejara marchar contigo.

¿Cómo es posible que no hayas conseguido nada?

-No, nada no. He logrado cubrirme de harina.

-¿Has seguido mis indicaciones del recetario? Venía muy claro

cómo preparar suizos.

-Eso se parece a todo menos a un suizo.

-Está resultando más difícil de lo que creíamos.

Difícil no, imposible.

-Cuidado. -A ver...

-Pasa, pasa.

Ahí, encima de esa mesa.

Buenas. -Muy buenas.

Ahí. -Ahí está.

Muchas gracias. -No hay de qué.

Ya sabe que estamos para estos menesteres.

Claro que tampoco me importaría recibir una propina,

verbigracia, gratificación.

-¿Satisfecho?

-Pues... bueno, menos es nada.

Señores... (RÍE)

-¿Y a usted qué le pasa,

que va cubierta de harina? ¿Quiere freírse como un buñuelo?

-¿Por qué la ha traído? ¿No la ha podido enviar a arreglar?

-Por la sencilla razón de que ya funciona.

-¿Cómo es posible? Si no le ha tenido que dar tiempo

a llegar a la fábrica. -No, porque la he arreglado yo.

Les daré unas nuevas lecciones de cómo ponerla en funcionamiento,

para evitar futuros accidentes.

-Eso está hecho. ¿Quiere un licor?

-Por favor.

-¿Y esto? No me diga que ha escrito las instrucciones del uso.

-No, es la factura por la reparación.

-¿Pretende cobrarnos? Si le ha servido de entretenimiento.

-Créame, prefiero pasar mi tiempo con otros quehaceres.

Además, piensen en el dinero que se han ahorrado con el envío.

Además, habrían estado un mes

sin cafetera; un perjuicio para sus clientes.

-Para defraudar a nuestros parroquianos,

primero deberíamos tener alguno. -Se lo agradecemos,

pero tenemos un pequeño problema: no le podemos pagar.

-Por su rostro, parece que él no lo considere "pequeño".

-Compréndanos, aquí ya no entra nadie

y tenemos que hacer frente a una cuantiosa multa.

-Pero ¿y no tienen fondos que les cubran?

-Por ahora solo nos cubre la harina.

-Pensaba que ustedes eran de una familia de posibles.

-(ASIENTE) Así era. Mi padre, don César Cervera,

aumentó nuestro patrimonio

gracias a los mapas y a los tratados que escribió.

Pero no tuvo el mismo tino a la hora de invertir su capital.

El dinero que logramos salvar

lo invertimos en la chocolatería.

Confiábamos en recuperarlo pronto, pero el negocio...

-Como ve, todo se ha ido complicando.

No se preocupen, yo también sé lo que es pasar apuros económicos.

Les daré unos días para que puedan hacer frente a la factura.

-Se lo agradecemos.

-Eso sí, procuren no romper nada más durante este tiempo.

Con Dios.

-Con Dios.

-No podemos seguir así.

Necesitamos parné ya. Y tú sabes bien

cuál es la salida: aceptar la propuesta de Leonor.

Ayudarle a escribir la biografía

sobre tu ilustre padre, don César Cervera.

Hijo, es la segunda vez que te veo servir una copa.

Y ya has bebido en la cena. Me extraña, antes no bebías tanto.

-Han cambiado muchas cosas desde que usted no está aquí.

Aunque parezca no importarle. -Samuel, no entiendo...

a qué viene este tono conmigo.

¿Te molesta

que haya vuelto a casa? -No. Lo que me parte el alma

es la poca consideración

que me muestra.

-Eso no es cierto.

-Sus palabras así lo dicen,

pero sus actos lo desmienten.

Ha hecho las paces con Diego con demasiada facilidad.

¿Cómo ha podido perdonar a ese traidor

que me robará a mi esposa?

-Ese traidor, como tú le llamas, es mi hijo...

y tu hermano.

Y siempre lo será.

-No para mí. -Es la ira la que habla por ti.

Nuestros lazos no se pueden romper.

-No he sido yo quien los ha roto y pisoteado.

-Samuel,

no va a ser fácil, pero debemos encontrar

una solución. Tendrás que aprender a perdonarle.

Y sé que lo conseguirás, eres una persona

de buen fondo.

En tu corazón no cabe el rencor. -Y así me ha ido. Todo el mundo

se ha reído de mí. Pero no volverá a suceder.

He aprendido. No le perdonaré.

Le odiaré durante toda mi vida

por haberme robado una y otra vez todo lo que amaba.

-Jaime,... deberías retirarte a tu alcoba.

Has de descansar.

En tu estado, no es bueno alterarte en exceso.

Le diré a Carmen que lo prepare todo.

(Música)

"Mi baúl".

-"Le prometí que le ayudaría a encontrarlo, ¿no?".

(PIENSA) (SILVIA) "¿Acaso no se ha dado cuenta

de que le amo?".

-¿Le sirvo la cena, señor?

(Cesa la música)

No, gracias, no tengo apetito.

Puede retirarse.

-No se disguste, señor.

Ya verá como es solo cuestión de tiempo

que localice a la señorita Silvia.

Le dejaré preparada una sopa en la cocina por si le entra apetito.

Tu padre ya se ha acostado.

-Ahora que estamos a solas, quizá pueda explicarme algo.

¿Por qué me ha traicionado? -Yo no te he traicionado.

-No trate de negarlo.

Ha intercedido a favor de Diego. ¿No estábamos juntos en esto?

-Así es.

Por eso debes seguir mi consejo y acceder a la petición de tu padre.

Haz las paces con tu hermano. -¿Ha perdido el oremus?

Nunca haré tal cosa. -Lo harás...

si sabes lo que te conviene.

-¿A qué está jugando? ¿Ahora ve con buenos ojos a mi hermano?

¿Por eso ha propiciado la reconciliación

entre Diego y mi padre? -No temas, no he cambiado de bando.

Para usted solo existe el suyo propio.

Ahora se muestra como la salvadora,

mientras yo soy señalado por no perdonarles.

-Eso tiene fácil solución. Hazlo.

También puedo hacer otra cosa, poner a mi padre en su contra.

Sabe que no me costaría lograrlo.

-Eres un ingenuo, Samuel.

Solo hay un motivo para lo que he hecho.

-¿Cuál?

-Alejar a Diego de nuestras vidas

para siempre. Todo forma parte

de mi plan.

Y te aseguro que está funcionando

a las mil maravillas.

Pues la idea es magnífica.

En el periódico estaríamos dispuestos a empezar.

-También creo que al lector le interesaría.

-Estaríamos incluso a publicar la biografía de César Cervera

por entregas y después en forma de libro.

-¿Por entregas?

Si es por entregas, se tendría que novelar la historia

para captar al lector.

Pues sí. Sí, sí, me parece muy bien.

-¿Por?

-Así le dejo más terreno a la imaginación.

Y eso es una ventaja,

teniendo en cuenta que no sé si el hijo de César Cervera

querrá colaborar conmigo en el proyecto.

-Sería muy importante para el periódico.

Había pensado en algo así

como la biografía del aventurero Cervera

contado por su hijo.

-¿Qué le parece? -También pensaba yo eso.

-"Solo lo lograremos permaneciendo abiertos".

Y para eso hace falta dinero. -Tenemos la oferta de Leonor.

-Nuestra única salvación.

-Déjate de libros y ponte en marcha.

Para eso son los libros, para ponerme en marcha.

No podemos defraudar a Leonor, es la única persona del barrio

que se ha preocupado por nosotros. -Y es guapa.

-Ni siquiera me he fijado en eso.

-Venga, Íñigo, que nos conocemos.

-Déjate de bromas. Soy tu esposo hasta que las muerte nos separe.

O nos espabilamos, o lo perdemos todo.

-Aún podemos dar más paseos en busca de una moza "resalá".

-Si ni hecho un pincel me han mirado.

Me vuelvo con mis corderas.

Esas sí que me echan de menos.

Pero..., verás, primo, ahora llega el carnaval.

¿No te lo hemos contado? Viene gente hasta de... la China.

¿Te imaginas que te echas una novia china?

-¿Y para qué quiero una novia china,

que no la entiendo? -O cubana,

que son unas mujeronas que hablan también español,

pero bueno, a su manera.

Mira, primo, aquí vienen barcos de Cuba,

que es una isla,

solamente para celebrar el carnaval en Acacias.

-Señor, una carta del general Zabala.

-Léamela.

-Puede ser algo secreto... entre ustedes.

-Yo no tengo secretos, léala.

La letra es muy chica...

y aquí no hay casi luz.

-"¿Qué llevas al cuello?".

-Un llamador de ángeles.

El regalo de mi madre para cuando tuviera al niño.

En cuanto nazca, lo pondré en su cuna.

Samuel me regaló otro.

-¿Y si tú y yo le hacemos uno juntos?

Tú lo diseñas, yo lo tallo.

No soy tan bueno como mi hermano, pero tampoco soy manco.

Sigues molesto por mi cercanía con Diego, ¿no?

-No.

Comprendo que usted obra de buen corazón.

Aunque no comparta sus motivos para acercarse a él,

los respeto y trato de entenderlos.

Es su hijo.

-No sabes lo que me alegra oírte decir eso.

Es lo que he intentado inculcaros desde que erais pequeños.

Que os pusierais en el calzado del otro

para poder entender las razones de su pensamiento.

-Es más fácil decirlo que hacerlo. -Por supuesto.

Pero sé que vas a perseverar, a dejar de lado odios y rencores.

Que vas a hablar con tu hermano y que harás las paces con él.

-Hola. -Parecía feliz Leonor.

-Lo está.

Van a publicarle una novela sobre César Cervera, el explorador.

Tú también pareces feliz. -También lo estoy.

Parece que las cosas se van recolocando,

después de tantas penalidades:

la intoxicación, la operación a vida o muerte de Diego,

los conflictos con Samuel...

-Si hay algo seguro en esta vida, es que hay altibajos.

Momentos de gran felicidad

junto a otros en los que parece que no valga la pena vivir.

-"Haré un llamador de ángeles". -¿Tú?

Diego, nunca has sido buen tallador.

Lo tuyo era más viajar por el mundo buscando piedras preciosas.

-Este llamador será el más perfecto que haya visto.

-Me encanta la idea. Ahí tienes todas mis herramientas.

Coge las que necesites.

-Buenas tardes, padre.

¿Cómo se encuentra? -Bien, hijo.

La verdad es que bien.

-"¿Has visto las esquelas?".

-¿Ha muerto algún conocido? -(RÍE)

-A diario hay que mirarlas.

El día menos pensado te encuentras la de alguien conocido.

O la tuya propia.

-¿Me está usted amenazando?

-Da gusto ver que a una se la entiende a la primera.

Como vuelvas a equivocarte, habrá una esquela a doble página

de alguien a quien tengas mucho aprecio.

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Acacias 38 - Capítulo 696

08 feb 2018

El amor de Blanca y Diego al estar juntos se empaña por el rechazo de Jaime a su hijo. Silvia besa a Arturo, pero él no sabe cómo reaccionar y ella escapa. Felipe es testigo del beso y aconseja a Arturo en materias de amor.

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