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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 691 - ver ahora
Transcripción completa

Una mujer instruida, inteligente, de excelente esgrima

y con gran sentido patriótico no se encuentra a menudo.

-¿Le parecen atributos poco femeninos?

-Compréndame que es la primera vez que me derrota una mujer.

-Y no va a ser la última.

-Eso ya lo veremos.

¿Cómo podemos salir sin miedo a que nos vea mi hermano,

que su mirada nos martirice

o que Úrsula nos alcance para hacer sus maldades?

-¿Y dónde podríamos ir?

-A Sídney. -"¿Cómo logró entrar"

estando prohibida a los occidentales? -¿Sabe qué?

-¿Qué? -No quiero hablar de mi padre.

No me apetece. Y ahora, largo.

-¿Me está echando? -Sí, lo estoy haciendo.

No estamos abiertos.

-"¿Ya han pensado"

dónde van a invertir lo recaudado? -A una buena causa.

-Pero ¿dónde exactamente?

¿Qué militares recibirán la ayuda?

-Llevamos todo el día hablando de esos temas.

Tenemos derecho a relajarnos un poco, ¿no?

-"No sabe usted"

lo feliz que me hace aceptándome. ¿Puedo empezar ya?

-Está bien, como gustes.

Pero antes te tengo que pedir una cosa:

no dejes el quiosco.

Trata de compaginarlo.

-Planean marcharse de la ciudad. -¿Qué? ¿Piensan alejarme de mi hijo?

No lo voy a consentir. -Tranquilízate.

He quitado la firma de Diego.

No tiene acceso a la cuenta de la familia.

No podrán ir muy lejos sin dinero. -No le conoce.

Es el momento de utilizar el arma que usted me regaló.

¿Podemos confiar en usted? Le vi con Silvia Reyes.

-Si esa es la razón... -No es solo eso.

-¿Qué más me hace ser poco fiable?

-La fuga de su hija con un hombre casado.

-Tuvo la osadía de contarle a Zabala asuntos íntimos.

¿O acaso va a negármelo? -No.

-¡No, coronel! -Debería estarme agradecido

por no contarle lo de Adela.

¿Por qué no nos tomamos una copa y hablamos como hombres civilizados?

-"Nos acusas de robarte"

tu dinero,

cuando lo único que te importa es marcharte con Blanca.

Eres un miserable. Y márchate ya mismo de mi casa.

-Eres despreciable.

Tómese una copa, coronel.

Enseguida comprobará que, entre caballeros,

todo tiene solución.

-Para eso tendría que estar frente a un caballero.

¿No sería mejor que esta conversación la siguiéramos en privado?

-Yo también lo creo así.

Así que me retiraré a mi alcoba.

No me haga perder más el tiempo.

Dígame lo que propone

para que no pague su indiscreción a golpes.

-Sé que está enojado

y que mis palabas le han perjudicado.

-Es lo primero en lo que estamos de acuerdo.

-Zabala quedó convencido de que su hija

tuvo que fugarse con el mayordomo,

huyendo así de sus desmanes. -No me tranquiliza.

-Déjeme terminar.

Trato de decirle es que soy capaz

de que el general cambie de opinión.

Le puedo explicar que su comportamiento fue intachable.

Que repudió a su hija por su comportamiento inmoral.

-Supongo que esa conversación tiene un precio.

¿Ve como al final íbamos a entendernos?

-¿Qué es lo que quiere?

-Entrar en ciertos círculos políticos.

El general Zabala, sin ir más lejos.

Sería importante para mi carrera política.

-¿Y cómo sé que no volverá a utilizar lo que pasó

con mi hija? -La respuesta es muy sencilla.

Porque nada ganaría haciéndolo.

Considere este pacto como una transacción

entre un comerciante y un cliente.

Si el cliente queda satisfecho con lo que consigue,

¿por qué iba a arruinar el negocio del comerciante?

Consiga que quede satisfecho

y sus amigos jamás oirán hablar de su hija.

¿Y bien?

¿Cuál es la respuesta?

-Que le auguro un brillante porvenir.

Tiene usted sangre de político. -(RÍE)

¿Brindamos por el acuerdo? -No se equivoque.

Que vayamos a colaborar, no significa que disfrute de su compañía.

-Buenas noches, coronel.

-No estarás orgulloso de lo que acabas de hacer.

-Veo que nos has escuchado.

En el amor y en la guerra, todo es posible.

Y el coronel no se merece otro trato.

-A veces no sé si echarte de mi casa o besarte.

-A mí no me cabe duda de cuál es la mejor opción.

Me temo que nos hemos dado el paseo en balde, estimado amigo.

-Sí. Pensé que las autoridades actuarían.

-O que mostrarían cierto interés.

Pero se han desentendido por completo.

Si queremos solucionar la huelga, debemos hacerlo nosotros mismos.

-¿Cree conveniente ir usted a negociar con los mineros?

-Después de esto, no me cabe ninguna duda.

Si queremos reanudar la producción, debo hacerlo.

De hecho, ya tengo un billete para partir mañana hacia la mina.

-Diego. ¿Acaso viene de casa de Úrsula?

¿Ha podido hablar con su hermano? -Así es, lo ha adivinado.

-Por lo visto, intuyo más cosas.

Por su semblante, no ha sido una reunión satisfactoria.

¿Puedo ayudarle? -Se lo agradezco,

pero prefiero no hablar.

Estoy encendido,

no mediría mis palabras. -Como desee.

Ya sabe dónde encontrarme.

-Discúlpeme.

Quizá no sea el momento más oportuno, pero preciso hablar con usted.

Permítame que le insista, no le entretendré más que un suspiro,

pero me urge.

Sé que conoce el funcionamiento de los yacimientos,

y su experiencia me serviría de gran ayuda.

Otra noche que tenemos que dormir en este duro suelo.

-No hay otro remedio.

Ya has visto que no quedan habitaciones libres.

-Sí, pero no será la única pensión.

-No serán tantas las que podamos pagar.

Y es tarde para ir callejeando y buscándolas.

Mañana debemos levantarnos con el alba.

Tenemos mucha faena por delante.

A ver si conseguimos hacernos ya con los secretos de este negocio.

-Yo tampoco tendría tanta urgencia.

¿De qué nos sirve aprender a hacer chocolates y dulces?

Cuando abramos,

tú ya te habrás enfrentado a todos los clientes.

-¿Aún sigues con eso? -Y no lo voy a olvidar.

Sobre todo si nos morimos de hambre. -Quise ser amable.

-Pues gracias por no querer ser grosero.

-¿Qué más podía hacer? Solo me preguntaba por mi padre.

-¿Contentarla con cualquier menudencia?

-No quiero decir ni una sola palabra sobre César Cervera.

Voy a buscar la manta.

-Claro.

Mientras, pensaré en cómo arreglar tus desplantes a Leonor.

Como hable mal de nosotros, arruinaremos el negocio.

-Te recuerdo que tú diste la nota en la boda del dueño de esto.

-Si es que somos tal para cual.

Le agradezco sus sabios consejos. -Es un experto en el tema.

-Ya no puedo ignorar la realidad de los mineros:

las jornadas interminables, el cansancio,

los riesgos de intoxicación por mercurio

o por otros compuestos, los salarios,

con los que apenas mantienen a sus familias.

-No es una existencia sencilla. -Lamento escuchar eso.

-¿Qué piensa hacer al respecto? ¿Va a tratar de aliviar su carga?

-Eso pretendo, dentro de mis posibilidades.

Debo hacer cálculos, no puedo subirles los salarios tanto.

-Si lo hiciéramos, no sería rentable.

-Pero sí podemos mejorar sus condiciones.

Todo se puede hablar. -El problema

es si querrán hablar con usted. -No hay otro interlocutor.

¿O desea ocupar usted ese lugar?

-No. No, lo que pasa es que dudo

de que acepten negociar con el dueño: un hombre rico,

al que responsabilizan de sus males. Usted es su enemigo.

-A Liberto no le falta razón.

Será difícil que confíen en usted. -¿Y con quién aceptarían negociar?

Alguien que pudiera manifestar

nuestras posiciones, ganándose así su confianza

y al que no consideraran un rival?

-¡Por supuesto, Liberto! ¡Brillante idea!

-Bromean... si están pensando en mí.

-Me parece el hombre perfecto.

Conoce como la palma de su mano este mundo.

-También entiende usted hasta dónde podemos ceder.

Por descontado,

pagaríamos por su esfuerzo.

Si llegamos a un acuerdo y se puede reanudar la producción,

le compensaríamos con generosidad.

-Le necesitamos, Diego.

-Yo tenía un billete

para partir mañana hacia la mina. ¿Y si lo utiliza usted?

Marche a la mina para representarnos.

¿De verdad tienes que irte a horas tan tempranas?

Quédate conmigo.

Alarguemos esta maravillosa noche.

-Ojalá pudiera.

Pero el deber me llama.

-Tu deber debería ser hacerme dichosa.

-Y tal es mi mayor deseo.

Pero sé que el general acostumbra caminar por la alameda.

Debo salir a su encuentro

y hacer que cambie de opinión respecto al coronel.

-El coronel no va a ganarse mi simpatía

si sigue alejándome de ti.

-Ojalá pudieras acompañarme. -(RIENDO) No.

Prefiero evitar las habladurías.

-Demasiado tarde. Es un secreto a voces

que compartimos techo y lecho.

Nos llaman esposos. Incluso doña Susana.

-Nunca te ha importado el qué dirán. -Así es.

Pero lamento no poder mostrar cuánto te amo.

No podía pensar en otra cosa

durante la boda de Víctor y María Luisa.

Imaginaba que nosotros éramos los novios.

Y que todo el mundo me escuchaba decir...

que te amaría y te cuidaría el resto de mis días.

-La verdad, también he tenido semejantes anhelos.

-¿Qué nos impide hacerlo?

Casémonos.

Hazme el hombre más feliz del mundo.

(Puerta)

Espero no llegar en mal momento.

-No sabes hasta qué punto, muchacha.

-No le hagas caso, Lolita. Cuéntame, ¿qué querías?

Don Felipe, doña Celia,

quiero proponerles algo de la mayor enjundia.

Se lo digo sin dudar:

ese tal Íñigo es un mal educado, como no hemos conocido antes.

-Solo crucé unas palabras con él en la boda,

pero confío en tu criterio.

-Y mira que traté de comportarme con la mayor cortesía,

mostrándole mi respeto y admiración

por su ilustre padre. -Sí.

Me lo has contado una docena de veces.

-Madre, que me despachó de malos modos.

Y me dejó claro que no tenía intención de atenderme.

Triste futuro le aguarda a La Deliciosa

con un dueño tan grosero.

Se quedará sin clientes al instante.

¿Madre?

¡Madre!

No parece interesarle mi conversación.

Es la primera vez que pierde ocasión de chismorrear sobre un nuevo vecino.

-Para que veas en qué lamentable estado me encuentro.

No tengo ni ánimos para ello.

Tengo cuitas de mayor enjundia que ocupan mi mente por completo.

-¿Se refiere a la huelga? -Claro que sí.

Si se prolonga demasiado, puede ser nuestras ruina.

Son unos desconsiderados.

-Bueno, están luchando por sus derechos.

-¿Y qué hay de los míos?

¿No tengo derecho a vivir de mis rentas?

Ellos no van a salir de pobres, pero yo sí que puedo

dejar de ser rica.

Ay, Liberto.

Me tenías con el corazón en un puño.

¿Arreglasteis algo Ramón y tú anoche?

-Sí, creo que hemos encontrado la solución.

Diego irá en nuestra representación para negociar con los mineros.

Querido padre,

me parte el corazón verle así:

luchando por su vida, con sus últimas fuerzas.

Pero...

he de reconocer que, por primera vez,

me alegro de que se encuentre en semejante estado:

inconsciente, ajeno al mundo que le rodea.

Si sus ojos pudieran ver

por lo que está pasando su querida familia,

cómo Diego nos ha separado y la ha roto por completo,

estoy seguro de que preferiría la muerte.

¿Y bien?

¿Ha hablado ya con el doctor? -Así es.

Me temo que no traigo buenas noticias.

Su pronóstico no es nada halagüeño.

A pesar de que tu padre

ya no sufre las convulsiones que motivaron su ingreso,

no logran estabilizar sus constantes. -¿Qué se puede hacer por él?

-Nada.

Ya solo esperar su fin.

Según el doctor, puede llegar en cualquier momento.

Debemos estar preparados.

Arrojo, Samuel.

Ya solo nos queda rezar por él

y acompañarle en su último viaje.

-Así se hará.

Que al menos uno de sus hijos

le responda a su cariño.

Diego será incapaz de posponer sus planes

para acompañarle al cementerio.

-Sea lo que sea lo que quiera Diego, tendrá que hacerlo.

No permitiremos que parta.

-¿Acaso lo dice por el dinero?

Los dos sabemos que eso no le detendrá.

La falta de fondos no será un obstáculo.

Debí haber usado la pistola

y haberle disparado cuando tuve la ocasión.

-No, Samuel.

Aún no está todo perdido.

No dejaré que se lleven a nuestro niño.

Te lo aseguro.

-No he logrado ver al general.

-Me aseguró que no tardaría en hacerle ver

que estaba equivocado respecto a mi persona.

-Así he procurado que fuera. Salí a su encuentro de buena mañana,

pero no salió a caminar por el paseo de la alameda.

-Es un asunto que debo resolver de inmediato.

-Tranquilo, coronel.

Soy el primer interesado en que todo salga bien.

Mañana daré con él

y le diré lo que convenimos. -Bien.

Me gustaría seguir la conversación en La Deliciosa,

pero los nuevos dueños no tienen prisa.

-¿Puedo pedirle otro favor? -Me tiene a su entera disposición

para ayudarle en lo que sea. -Sí, a buen precio.

Ya conoce mi mala relación con doña Susana.

-Si me está pidiendo que le ayude a reconciliarse con ella,

me está pidiendo un milagro.

-No, es algo más sencillo.

Creo que tiene información sobre cierta persona.

¿Podría ir usted a sonsacarle? -No parece muy complicado.

¿Quién es esa misteriosa persona? -Una clienta: Silvia Reyes.

Se está haciendo un vestido.

Me gustaría saber cuándo volverá a por él.

Me sorprende usted mostrando interés por una mujer.

-Borre su sonrisa.

Tengo unas cuitas pendientes con respecto a su difunto padre.

-Amigo, no debe excusarse.

Siendo viudo, es normal querer compañía.

-Ni somos amigos ni tengo por qué darle más explicaciones.

-Tiene usted razón. No son cuitas de mi incumbencia.

Hablaré con ella y le informaré. -Perfecto.

Con Dios.

¿Tú has perdido el oremus?

La gente se pasa toda la vida queriendo dejar de trabajar,

¿y ahora tú quieres volver al servicio?

-A mí me ha sorprendido también. -Compréndanme.

La vida de señorita no está hecha "pa" una.

Llevo faenando desde pequeña. -Por eso mismo.

¿No crees que ha llegado el momento de descansar?

-Más me cansa no hacer nada de nada. Todo me parece un tostón.

-Veo que en esta casa te aburrimos. -No se lo tomen a mal,

pero..., una necesita sentirse útil:

limpiar, cocinar, zurcir calcetines...

Al menos hasta que esté casada.

-He tratado de hacerla entrar en razón, pero es muy terca.

-Como buena hija de Cabrahigo que es. -A mí me vendría bien que volviera.

Desde que se fue Simón, no doy a basto.

Vienen mujeres a limpiar y a cocinar, mas no es lo mismo.

Y Felipe estaría encantado.

La aprecia de corazón.

¿Y qué va a decir Ramón? ¿Eh?

La prometida de su hijo Antoñito

deseando volver a ser la criada de los Álvarez Hermoso.

-¡Arrea! Ese es el problema.

Estoy hasta el moño de ser solo la prometida de Antoñito.

Sigo siendo la Lolita.

-Lo entiendo, pero entiende tú que tu vida ha cambiado.

-Pero ¿por qué?

Yo quiero a Antoñito, Pero ¿eso significa que mi parecer

ya no cuente nada de nada?

¿Por qué tengo que pedirle permiso a mi suegro hasta para estornudar?

Me siento más esclava que de criada.

-No, si tienes razón.

A cabezota no la gana nadie.

(SUSPIRA)

¿Se lo has dicho ya a Antoñito? -"Pa" chasco que sí.

Si es mi capricho, él está dispuesto a apoyarme.

Anda, anda...

Dile a Fabiana que nos prepare un tentempié.

Tenemos un día muy largo las tres, a ver cómo convencemos a Ramón.

Ay, es usted más buena que el arroz con leche.

-Ay...

Veo que se está preparando para marchar de viaje.

-Sí, pero este no es el viaje que tanto ansiábamos.

-Me han encargado mediar en la huelga del yacimiento.

-Ah, sí.

Liberto me lo ha comentado hoy.

Me extrañó, pensé que estarían dispuestos a marchar.

-Esto va a tardar más de lo que creíamos.

-¿Ha ocurrido algo?

-Cuando fui a sacar dinero para los pasajes,

me encontré con una desagradable sorpresa.

Me denegaban el acceso a mis cuentas.

-No lo comprendo.

-Mi madre y Samuel se las han bloqueado.

No tenemos dinero para emprender nuestro viaje.

-Por suerte, Dios aprieta, pero no ahoga.

La oferta de la mediación nos proporcionará un respiro.

Pero no el suficiente

como para llegar a Nueva Gales del Sur.

-Yo dispongo de ciertos ahorros. Estaría encantada de ayudaros.

-Lo sé, Leonor.

Eres una gran amiga y te lo agradezco,

pero no queremos implicar a nadie más en nuestros problemas.

-Nuestro destino ya no es el mismo,

pero conseguiré lo suficiente para alejarnos.

-Podremos empezar de nuevo.

Lejos de Acacias.

Y allá donde empecemos,

conseguiré un trabajo para mantener a los que quiero.

-Diego, yo no preciso de más lujos

que poder vivir nuestro amor libres por fin.

-Será mejor que me marche. El tren

sale esta tarde. Antes de irme, quería pedirle algo.

-Lo que sea.

-En mi ausencia, cuide de Blanca.

-Cuente con ello.

-Lamento mucho que tengas que irte.

Apenas hemos vivido nuestro amor. -Descuida.

Dentro de nada tendremos todo el tiempo del mundo,

y ya nada podrá separarnos.

Disculpe.

Me preguntaba si usted sabría dónde encontrar a Leonor.

Me gustaría hablar con ella.

-Siento no poder ayudarla. No sé dónde está.

La veré en casa a la hora de comer.

Si quiere, le doy recado de que quiere verla.

-¿Es su esposa? -No.

Pero vive con ella... Bueno, allá cada cual.

En cualquier caso, le agradezco que le dé el recado.

-¿Y cómo se van adaptando al barrio?

-A las mil maravillas.

Todavía nos queda mucha faena,

pero estamos seguros de que pronto podremos abrir.

-Pues espero que así sea. Acacias no es lo mismo

sin La Deliciosa. -Espero que podamos contar con usted

y con los suyos

entre nuestros clientes. -Por supuesto.

Claro. Si me disculpa, debo ausentarme.

Tengo ciertas cuitas que atender.

-Es guapo, pero estiradillo.

-Precisamente, le andaba buscando.

He oído que su padre ha empeorado. -Así es.

Vengo del hospital.

-Pero ¿es muy grave?

-Me temo que sí. Los médicos no nos han dado ninguna esperanza.

He estado hablando con la funeraria

para dejar todo previsto cuando llegue el momento.

-No sabe cuánto lamento escuchar algo así.

Ya sabe que puede contar conmigo en estos duros momentos.

Y espero que esta carta, de momento, le ayude a sobrellevarlo un poco.

Me pidió Rocío que se la diera.

Quería agradecerle que le hiciera el anillo.

Fue algo muy importante para ella. -Me enorgullece haberla ayudado,

aunque sea un poco

a rehacer su nueva vida. La leeré con cariño.

-Samuel, no se marche a casa solo.

¿No le apetece dar un paseo?

Puedo acompañarlo. Sé que no está pasando por buenos momentos.

-Se lo agradezco, pero no hay nada que pueda aliviarlos.

Y menos pasear por estas calles.

Es difícil salir y notar las miradas de todos

a mi paso. Algunos compadeciéndose de mí

y otros burlándose por el cornudo.

Lo cierto es que solo me apetece encerrarme en casa,

en mi despacho y centrarme en mi trabajo.

-Sí, es normal querer mantener la cabeza ocupada.

-Había pensado en fabricar más anillos

como el que le regalé a su conocida.

Pero ahora me resulta imposible.

-¿Por qué? ¿Qué se lo impide?

-Debería saberlo.

La delicada situación en el yacimiento.

Apenas nos queda materia prima. -Espero que se solucione pronto.

Don Ramón ha enviado a un mediador para que negocie con los mineros.

Y ese mediador es su hermano.

-Diego... -Sí.

Hoy mismo salió de viaje hacia la mina.

-Ya veo sus prioridades.

Con tal de conseguir dinero y marcharse con Blanca,

no le importa nada.

Ni siquiera que nuestro padre esté agonizando.

Está esperando que muera para recibir su herencia.

-No sea injusto, habla desde la rabia.

Sé que su hermano no desea

algo así. -No, usted no le conoce como yo.

Solo tiene una obsesión: separarme de Blanca y de mi hijo;

es lo único que le importa.

No va a parar hasta conseguirlo, caiga quien caiga.

No, gracias.

-(SABOREA) Estas pastas están exquisitas, coronel.

-Las ha hecho Agustina. No puedo estar más satisfecho

con ella. -No me extraña.

Celia tiene buena mano eligiendo al servicio.

-Agustina, acérquenos un diario

que está sobre la mesa. -Ahora mismo, señor.

En su portada hay una noticia que quiero que lea.

Se cita a don José Serrano Aizpurúa.

Ha recibido el reconocimiento

del Ministerio de Guerra. -¿Le conoce?

-De vista, pero cuenta con la estima de Zabala.

Sería un contacto inmejorable para sus ambiciones.

-Disculpe, señor. ¿Qué periódico es el que desea?

-El que nombra a don José Serrano y Aizpurúa.

Como ve, yo me preocupo por sus intereses.

Espero que sepa corresponderme. -Ahora verá que sí.

-Agustina, es para hoy.

-No, no hace falta que lea el diario,

conozco la noticia.

Yo también me he ocupado de usted.

Haga el favor de dejarnos a solas.

Estuve en la sastrería interesándome por su conocida.

-¿Y bien? -Tenía usted razón.

La señorita Reyes se está haciendo un vestido. La semana que viene

debe ir a probárselo. -Le agradezco la información.

Por desgracia, no es lo único que he conseguido averiguar.

Doña Susana solo tuvo que saber que la señorita Reyes

se trataba con usted para ponerla en antecedentes.

Le contó todo lo que pasó con su hija, con Simón y con Adela.

Me temo que no le ha dejado en muy bien lugar.

No creo que vuelva a acercarse a usted.

Uno nunca puede borrar su pasado; siento decírselo.

Pero, si consiguió evitar un proceso legal,

tal vez la condena por lo que hizo

sea la soledad. -Agradezco su franqueza.

No es habitual hoy en día.

Y tampoco puedo contradecirle. He de pagar por mis errores.

Aunque todas las decisiones que tomé

fueron por el amor que siento por mi hija.

Eso no quita que haya cosas de las que me arrepiento.

Ahora me gustaría estar a solas.

Ya hablaremos en otra ocasión de los asuntos que nos unen.

-Coronel...

Con Dios. -Con Dios.

-"No comprendo sus dudas, madre".

Estoy segura de que Diego Alday

sabrá manejar la situación de la mina.

-No comprendo que confíes tanto en él.

Sobre todo después de cómo ha actuado en su casa.

-Son cuitas diferentes.

-Pero muestran su naturaleza.

Sé que mantienes muy buen trato con Blanca

y con él. Pero el proceder de ambos

no tiene perdón. Qué escándalo.

-Quizá no sepa todo lo ocurrido como para poder juzgar así.

-Sé todo lo que necesito.

Tu amiga ha abandonado a su esposo, dejándolo destrozado,

para marchar con otro hombre.

Nada me complace alguien de tan dudosa moralidad.

¿Alguien capaz de traicionar a su hermano?

Así se lo voy a hacer saber a don Ramón.

¿Me acompañas? -No. Acabaríamos discutiendo.

Prefiero pasear.

A las buenas, Servando. -Buenas.

-Al fin la encuentro. -Ay.

Sí, Liberto me dijo que me buscaba. -Así es.

Antes, quiero entregarle esto:

un trozo de empanada que hemos preparado.

Como parecía tener capricho...

Es nuestra primera hornada. Espero que le guste.

-Vaya, se lo agradezco.

-No lo haga antes de haberla probado. Tome un bocado.

Estoy deseando conocer su veredicto. -Ay.

Veamos.

(SABOREA)

¡Está deliciosa!

De hecho, el sabor y el hojaldre me recuerdan mucho

a las que se compran en el horno de El Pozo.

Son las mejores de la ciudad.

Ah, ni siquiera conocía ese lugar. Si son tan buenas como dice,

lo tomaré como un halago. Espero que la empanada

sirva para que disculpe a mi esposo.

-Eso me resultará más complicado. Su comportamiento no fue nada cortés.

Lo sé, pero debe saber que todo lo relacionado con su padre

le afecta mucho.

Todavía es incapaz de aceptar su pérdida.

Le cuesta mucho hablar de él.

-Vaya.

Entonces, soy yo la que debe disculparse,

no quería importunarle.

Yo también he perdido a mi padre. Sé lo difícil que resulta superarlo.

-Es usted muy comprensiva.

Los halagos que había oído sobre su persona no son exagerados.

-No se crea todo lo que oye. -No sea modesta.

Sé que es una destacada novelista.

-¿Ha podido leer alguna de mis novelas?

-No. Siguiendo la intrépida vida de mi marido y de mi suegro,

no he tenido tiempo de leer

novela española.

Pero de literatura hindú podría hablar mucho.

Estamos recién llegados de las Indias Orientales.

-¿Habla indostaní?

-Con el tiempo, he logrado dominar sus secretos.

-Vaya, me encantaría que me enseñara algunas nociones.

-Por supuesto, sería un placer. Pero tendrá que ser en otro momento.

Nos queda mucha faena en La Deliciosa.

Estamos deseando abrirla ya al público.

Si me disculpa... -Gracias.

Yo también me habría apagado de no ser por ti.

Ahora mi corazón vuelve a latir con toda su fuerza.

Diego, quiero que esta noche no termine nunca.

-Esta noche va a ser la primera de muchas, Blanca.

Este es solo el comienzo de una nueva vida.

Juntos para siempre.

-¿Blanca?

-Madre, ¿qué hace aquí?

-El servicio me ha abierto la puerta.

Quería verte.

Hija, tenemos que hablar.

-Debería haberse ahorrado el paseo. No tenemos de qué hablar.

¿O espera que pase por alto la jugarreta de prohibirle a Diego

el acceso a sus cuentas?

Me ha fallado, madre. Creí que estaba de mi parte.

-Y lo estoy.

Debes creerme.

No es culpa mía lo que ha sucedido.

Samuel es el único responsable.

-¿Usted no hizo nada por impedirlo? -Lo intenté.

Pero nadie podría haber hecho nada.

Está... rabioso. Como un león enjaulado.

Su dolor le impide escuchar.

Me crees, hija, ¿verdad?

Nunca haría nada que pudiera perjudicarte.

Lo único que te pido es que me dejes acompañarte,

quedarme para hacerte compañía.

Sé que Diego ha tenido que marchar y no me gusta que te quedes sola.

Señor, ¿desea que le sirva algo de comer?

-No tengo apetito, puede retirarse.

-Haga un poder.

No es bueno que el señor esté en ayunas.

-Agustina, no es cosa suya cuidarme como si fuera un niño.

Si quiero comer, me sirve;

si no, se retira. -Disculpe.

No era mi intención molestarle.

(Puerta)

No quiero recibir visitas.

Diga que no estoy en casa.

-Lo lamento, señorita, el señor no se encuentra en casa.

-Por el bien del coronel,

espero que sepa cocinar mejor de lo que miente.

Dígale que quiero verle. -Déjela pasar.

-No la esperaba. ¿A qué debo su visita?

-Me gustaría tener una conversación con usted.

En privado.

¿Cómo demonios se pone en marcha este condenado aparato?

-Templa esos nervios.

Ten. Prueba la empanada, está para chuparse los dedos.

-No. ¿Cómo se te ocurre comprarles a la competencia?

-¿Qué querías? ¿Ya sé manejar el horno?

Y de alguna manera tenía que arreglar tus desplantes.

-Así nunca llegaremos a buen puerto. Quizá deberíamos renunciar.

No sabemos cómo llevar semejante negocio.

No tenemos ningún futuro.

(Puerta)

-Y eso que no paran de llamar.

-Calla, deja que se marche.

(Puerta)

-Parece insistente.

¿Quieres que le venda empanda?

-Disculpen, pero sé que están ahí dentro.

Soy Antoñito Palacios, su vecino y representante de las cafeteras.

-Lo que faltaba. -Deberíamos dejarle pasar.

Disculpe, estábamos en la cocina y no le hemos oído llamar.

-Descuide, solo venía a presentarme.

Y a echarle un ojo a la cafetera. Me han dicho que no anda muy bien.

-Sí, ahora que lo dice,

parece no funcionar muy bien. -Pues eso

es muy extraño. ¿Les importa que eche un ojo?

Esta maquinaria italiana nunca falla.

Ahí está.

Funciona perfectamente.

-Pues sí que es raro, sí.

-Mire, pruebe.

-(SABOREA)

Delicioso.

-Es uno de los mayores reclamos de La Deliciosa.

Hay clientes que atraviesan media ciudad

solo para tomarlo. -Quizá debamos contratarle.

-No, mejor que no.

Lo que deben hacer es abrir cuanto antes.

Nuestros vecinos necesitan chocolate, bollos y, sobre todo, café.

Háganme caso, no se duerman.

Hay vecinos que ya se están yendo a la competencia.

Y como se acostumbren no les van a poder convencer.

-Tiene usted más razón que un santo. Por fortuna, estamos ya casi listos.

En un par de días La Deliciosa reabrirá sus puertas.

-¿En un par de días, dices?

-No disimules, cariño.

Antoñito ya es casi parte del negocio.

No tenemos por qué guardarle el secreto.

-Maravilloso, pues empezaré a correr la voz.

La reapertura va a ser un gran evento.

Ya verán, no se hablará de otra cosa.

-Eso me temo. En fin...

Me voy. -¿Quiere empanada para el camino?

-Claro.

Está deliciosa.

Me recuerda a la del horno de El Pozo. Qué curioso.

-¡No me diga!

-En fin, con Dios.

-Me alegra que le guste

la empanada, tendremos que comprar muchas.

¿Se te ha ablandado la sesera? ¿En un par de días?

-Templa.

No podemos quedarnos atrincherados en el local.

Abriremos, y que sea lo que Dios quiera.

¿No me va a invitar a que me siente? -Sí, perdón.

Adelante.

Disculpe que haya venido sin avisar,

sé que no resulta apropiado. -Descuide.

Sospecho por qué viene. -¿Es posible que lo haya adivinado?

Quería pedirle ayuda acerca de un baúl.

-¿Cómo, un baúl? -Sí.

No pude traerlo conmigo desde Palaos.

Contiene objetos personales de mucho valor sentimental para mí.

Todos mis esfuerzos por traerlo

chocan contra una burocracia implacable.

Y pensé que quizá usted podría ayudarme.

-Por supuesto, haré lo que me sea posible.

-Sabía que podía contar con usted.

-¿Solo es eso lo que quería decirme?

-Así es. ¿A qué otra cosa podría haber venido?

-Sé que le han contado cosas sobre mi pasado

que pueden hacerle cambiar de opinión

con respecto a mi persona. -Es cierto.

Han llegado hasta mí rumores que no le dejan en buen lugar.

Llegan incluso a relacionarle con un crimen horrible.

Pero, como ya le dije una vez,

no me gustan los chismorreos.

Y en esta ocasión, o no son ciertos,

o yo he conocido un hombre bien distinto.

No le creo a usted capaz de cometer esas vilezas de las que se le acusa.

-Siéntese.

Yo agradezco su confianza,

pero debo ser honesto con usted.

Me preguntó por mi hija,

y no tuve el valor suficiente de contarle la verdad.

-No es preciso que lo haga. -Sí.

Mi hija es una mujer maravillosa, a la que yo no supe tratar.

Había imaginado un futuro diferente para ella.

Pero un amor inadecuado se cruzó en su camino.

Conoció a mi mayordomo

y se enamoró de él.

No le han engañado.

Hice todo lo posible para impedir esa relación.

Al final, lo único que conseguí es perder a mi hija para siempre...

y perder parte de mi alma.

-Agradezco su sinceridad, coronel.

No todos los hombres se atreven a reconocer sus errores.

Créame que lo valoro como merece.

-Voy a por papel y pluma.

Debe darme más datos sobre ese baúl,

si quiere que la ayude.

Hija, aunque me has dejado acompañarte,

te noto incómoda,

fría.

¿Qué puedo hacer para que cambies de parecer?

¿Cómo puedo demostrarte que yo no opino igual que tu esposo?

Tal vez deba abandonar esa casa.

Dejar de vivir bajo el mismo techo que Samuel.

Aunque... he de reconocer...

que me da cierta pena.

-¿Le compadece? ¿A pesar del trato que me dispensó?

-Si le vieras ahora, también tu corazón se encogería.

Aunque te dejara marchar de casa,

él ahora deambula por ella

como un alma en pena.

Sigue echándote de menos.

Sigue amándote.

-Nunca quise causarle sufrimiento.

Pero es mejor que sufra ahora a que siga viviendo una mentira.

No sé, si él pudiera elegir,

si escogería eso. -El tiempo lo colocará todo.

Lo superará.

-Es posible.

Solo espero que ese sea también mi destino.

¿O acaso crees que para mí fue sencillo verte partir,

separarme de ti, no poderte cuidar en tu estado?

Pero no tenía otra elección.

Como esposa de Jaime,

debo permanecer en la casa y cuidar del pequeño

de los Alday.

Entiendo que es esa mi obligación.

-Lo comprendo, madre.

Y más ahora, que la vida de don Jaime llega a su fin.

Sé lo importante que es para Samuel su padre.

Que se le romperá el corazón cuando ocurra lo inevitable.

Ya que no voy a poder estar a su lado, espero que usted lo haga.

Permanezca con él apoyándole.

-Si este es tu deseo,

así lo haré.

¡Don Jaime!

¡Ay, Dios mío! ¡Auxilio!

¡Un médico!

¡Doctor!

Esa señora que viene no me puede ver,

por lo que usted más quiera.

-Corre, tira para allá. Corre.

-Buenos días.

-Bueno para las dos.

¿Sabe si en los papeles dicen algo del Jacinto, en sucesos?

Por lo visto, es un "desfachatao". -¿El Jacinto?

No sé ni quién es ese hombre.

No sé.

-El primo de Casilda, una criada del barrio.

-Ni siquiera he oído hablar de ella. Y llevo tiempo en el barrio,

casi desde que lo levantaron. Esto no era más que campo y ovejas.

-¿Trabajó en alguna casa

de familia de ultramar? -No.

Aunque en casa de los Antequera Emperador

fueron agasajados muchos indianos.

La verdad es que la receta del flan de coco

la saqué de un libro que me han prestado.

-Pues vuelva a hacerlo, al menos una vez por semana.

Enhorabuena, está cumpliendo con su trabajo

a la perfección. -Gracias, señor.

-Aunque tenemos una prueba pendiente

para que el trabajo de criada sea suyo.

-Si hay que vender oro, se vende.

-No es por vender oro, el oro se vende solo.

El problema es que no lo están sacando.

A ver si Diego Alday lo soluciona pronto.

-Antoñito, qué contenta estoy de que te sientas tan arrebatado

con el trabajo.

-Pues sí. Creo que he encontrado mi vocación.

-La vocación hace feliz al hombre.

Mira que a mí los negocios me dan quebraderos de cabeza,

pues, aun así, me hacen disfrutar. -Yo tengo vocación de criada.

-¿Qué es eso que dicen que dejas el puesto?

-Nada de eso.

Cuando yo no esté, estará un mozo despachando.

Los buenos clientes seguirán bien atendidos.

-Doña Úrsula... -¿Qué ocurre?

Se te sale el corazón por la boca.

-Un aviso del hospital, es por don Jaime.

-¿Ya le ha llegado su hora?

Lo siento tanto por él.

-No, todo lo contrario, ha despertado.

("Campanilla")

Buenas noches, don Felipe.

-(RÍEN)

-¿Sirvo ya la cena, doña Celia?

-¿Qué te parece a quién he contratado?

-Lolita, qué agradable sorpresa.

-¿Y don Ramón? No quiero que se enfade.

-Ya lo sabe, me ha dado su permiso.

-Pero el compromiso con el joven Palacio

sigue en pie, ¿no? -"Pa" chasco que sí.

-Una inauguración para darles la bienvenida a los vecinos.

-Queremos que vengan en cuanto abramos.

Que La Deliciosa vuelva a ser el lugar de encuentro del barrio.

-Pero tampoco pueden confiarse. Hay mucha competencia.

A los clientes hay que llamarlos. -¿Cómo?

-Comiendo.

Convocando una chocolatada, gratuita y popular,

en la calle Acacias, para todos: ricos, pobres, criados, señores...

-Puede ser muy buena idea.

Invitamos a todos y damos a conocer los productos.

-Gran idea. Nos sale barato y todo el mundo se da por enterado.

-Lo está haciendo muy bien.

Aunque después del éxito de la cena,

el coronel sigue empeñado en hacerle la prueba.

-No lo olvida. Al final me despide

y le da igual que le haga flan de coco o cócteles americanos.

-Ya verá que no, verá que lo logra.

¿Se ha aprendido el fragmento? -Casi todo.

-Hale, pues dígamelo.

Recuerde hacer como que lee.

-¿Y si me manda leer otro pedazo?

-Si le manda leer otro pedazo, estamos apañadas.

Le gusta ese, me lo dijo Simón.

-Felipe y yo... hemos decidido volver a casarnos.

-¡Ay, qué ilusión! ¡Qué buena idea!

¡Abrázame! ¡Ay!

-Le daría un abrazo, si no fuera indecoroso.

-Déjese de decoros y abráceme. -¡Ay!

-Aquí viene mi petición.

Queremos que sean los padrinos.

-¡Lo sabía! ¡Qué ilusión, qué emocionante!

-¿Para cuándo será? Lo celebrarán por todo lo alto.

-Nada de eso.

Va a ser una boda discreta.

En una ermita cercana. -Ah.

Solo nosotros y los padrinos.

¿A qué se han dedicado los fondos obtenidos

en la cena benéfica? No he visto en la prensa

ninguna ayuda a los soldados repatriados.

-Es que no se ha hecho, pero no tema.

Ese dinero no engrosará nuestras arcas,

ni mucho menos. Tiene una utilidad crucial.

Ha llegado el momento de desvelarle cuáles son los verdaderos motivos

de la Asociación de Patriotas. Síganme, por favor.

-¿Lo reconoce, señor Valverde?

-"¿Puedo? -No, no, de esos no".

Mejor de estos, esos no están a su nivel.

-Gracias.

¡Qué rico!

¿Estos no son de El Pozo? Son los únicos con canela por encima.

-Los probamos, nos gustaron y hemos experimentado.

No sabemos si servirlos así.

-Siempre tuvieron más nombre y más éxito los de La Deliciosa.

-Ya saben: renovarse o morir.

-"Aquí está su padre".

-Padre...

Padre, no me lo puedo creer.

Nunca pensé que pudiera verle recuperado.

¿Pudiera hablar con usted?

¿Ha hablado en algún momento? -No.

Pero no perdemos la esperanza. Las pruebas

han dado buenos resultados. -"No olvides"

cómo era mi relación con tu padre antes del incendio.

-¿A qué se refiere?

-Tuve que utilizarlo.

Pero ahora es todo distinto, todo ha cambiado.

Especialmente entre nosotros.

-No sé qué pretende ni mi importa. -Tal vez tu padre...

haya despertado odiándome. Tal vez pretenda repudiarme.

-Ese no es mi problema.

-¿Estás seguro?

-¿Has olvidado nuestro pacto?

Piensa en tu hijo.

  • Capítulo 691

Acacias 38 - Capítulo 691

01 feb 2018

Felipe le ofrece a Arturo restaurar su honor a cambio de que el coronel le ayude con Zavala. Los vecinos se extrañan cada vez más de ver cerrada La Deliciosa. Flora e Íñigo demuestran no tener ni idea de cómo llevar una chocolatería. Arturo se sincera con Silvia y le cuenta qué ocurrió con Elvira. Ramón y Liberto contratan a Diego para que medie ante los trabajadores del yacimiento. Úrsula aprovecha la ausencia de Diego para acercarse a Blanca.

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