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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 689 - ver ahora
Transcripción completa

Bienvenidos a la que será su casa. Gracias.

-Espero que el traspaso no resulte muy triste para usted.

-Bueno, algo sí.

Yo me he criado aquí. Aquí me he hecho un hombre

y aquí he aprendido este oficio. -"El coronel"

me echará si no soy capaz de coger un lapicero.

-Necesita que yo le dé un empujón con las letras.

-Y con los números. -Casilda, un lapicero.

No se angustie. En un pispás le voy a enseñar a escribir su nombre

y los números. -"Al caer la noche,"

dará usted un paseo.

No se preocupe por doña Úrsula, que yo le cubriré a usted.

-¿Y cuál es el motivo de ese paseo?

-Se encontrará con alguien... y podrán hablar, a solas.

-Me dijo que estarías aquí.

Nunca podré agradecérselo lo suficiente.

-Me ha guardado las espaldas con mi madre; está de nuestro lado.

-Te noto débil. ¿Samuel ha vuelto a amenazarte?

-He dejado de comer. -"Si no lo acepta"

solo por soberbia, flaco favor les estará haciendo

a aquellos por los que dice luchar.

-Ha venido para provocar. ¡Le exijo que abandone la casa ya!

-¿Le importaría hablar conmigo en privado?

Antes de llegar a ti, tendrán que acabar conmigo.

-"¿Y avisaste a Samuel"

para que estuviera en el momento justo?

-Les vio juntos.

¿No me he ganado ya tener noticias sobre mi familia?

-Todo a su debido tiempo.

-"Tengo derecho"

a donar mi dinero a los soldados. ¿Por qué no habría de hacerlo?

-Me conmueve su compromiso con nuestras tropas,

derrotadas por culpa de los políticos.

Por eso le pido que no anteponga su bravura y su orgullo

a la buena causa.

-Contendré mis impulsos.

Todo sea por nuestros soldados.

-"Me avergüenzo de mi comportamiento".

Pero me habéis forzado

a la intransigencia y hasta la vileza.

Pero no seguiré siendo así. No voy a forzarte, Blanca.

No quiero que sufras por mi ira. Recoge y vete.

No voy a obligarte a permanecer a mi lado.

¿Estás dispuesto a dejarnos partir? -No es momento para chanzas.

¿Eres sincero? -Sí.

He tratado de ser un buen marido,

un buen padre, un hombre comprensivo,

pero, a cambio, solo he recibido sus mentiras.

Y lo peor, me habéis hecho sentir como un malvado.

Habéis sacado mi parte violenta, y eso no lo voy a tolerar.

-Solo defendías lo que era tuyo. -Pero esa no es la forma.

Por eso Diego quiso que conociera a Rocío.

Quería hacerme creer que yo era como su esposo.

-No. Solo pretendía que vieras

la situación desde otro lado.

Que supieras por lo que pasaba una mujer

en una situación tan terrible.

-¡Mientes!

Has tratado de confundirme y de llevarte a Blanca a tu lado.

-Estás muy equivocado, Samuel.

-No insistas.

Ni yo soy la persona que os creéis

ni quiero a mi lado a una mujer que me hace sentir como un desalmado.

-Nunca he pesado eso de ti.

Solo estabas confundido. -No...

No continúes, que no tengo ningún tipo de aprecio.

No te quiero a mi lado. Eres una egoísta,

que ha puesto en riesgo su embarazo.

No quiero una esposa que piensa antes en sí misma

que en su propio hijo. -Eso no es así.

-Me has defraudado, como esposa y como madre.

Solo tenías razón en que es imposible

que yo sea feliz a tu lado.

-Muy bien. Si has acabado, nos podemos ir.

-No me importa lo que hagáis. Podéis marcharos.

-Vamos, Blanca.

Te ayudaré a recoger tus cosas.

Antes, pasemos a comer algo.

-Ya comeré cuando esté fuera.

-Lo más pesado os lo haremos llegar

con un mozo.

-Blanca, ve.

Gracias por haber acudido a mi convocatoria

y por haber hecho un donativo tan generoso.

-Esta reunión ha sido todo un éxito.

Le agradezco su colaboración en nombre de nuestros camaradas.

-Puede contar con mi ayuda siempre que la noble causa

lo necesite. -Así lo haré.

Hemos recaudado muchos duros esta noche.

-Sería mayor si hubiera aceptado la donación de Silvia Reyes.

-No sé cómo se le ocurre acudir a esta reunión.

-No creo que haga ningún mal apareciendo aquí.

-No es de ley presentarse sin haber sido convidada.

A no ser que usted la haya invitado. -Eso es indiferente.

Lo importante es que quería donar mucho dinero.

-No estamos tan necesitados como para coger su dinero.

-Eso debería preguntárselo a los soldados

que están pasando calamidades, ¿no? -Eso no exime de mantener la honra.

-No entiendo su animadversión hacia su persona.

-Coronel, me está pareciendo usted muy ingenuo.

-No le comprendo. -Seguro que lo que hemos presenciado

es solo una bravuconada más de esa mujer.

-No puedo estar de acuerdo con usted.

-Piénselo bien.

Esa señora, por llamarla de algún modo,

se empeña en quedar por encima de los hombres;

ya sea con un florete o dando dinero como la que más.

No lo pienso tolerar. ¿Usted sí?

La sociedad tiene unas normas:

estar en nuestro lugar y permanecer en él.

¿Puede imaginarse un mundo en el que las mujeres

sean iguales que los hombres? -No exagere, eso no va a pasar.

-Pues no se confíe y permanezca atento.

La Asociación de Patriotas

dará buen uso de este dinero.

Podemos darnos por satisfechos por la velada.

-¿Ya se marcha?

Pensé que íbamos a hablar de mi papel

en la asociación. -Ahora estoy muy fatigado.

Lo trataremos en otro momento.

No se apure por ello.

Espero que ahora te cuides, comas adecuadamente

y te ocupes de que tu embarazo llegue a buen puerto.

-Por supuesto que lo haré.

-¿Qué te ocurre?

-Me cuesta creer que Samuel haya cambiado de pensamiento

de forma tan radical.

-Creo que no conoces bien a tu esposo.

-Sé que estaba muy confundido,

que es una persona de lo más generosa,

pero me sorprende que haya entrado en razón.

-No es que quiera ponerme medallas,

pero yo he tenido mucho que ver en ello.

Al ver lo mal que estaba la situación,

puse todo mi empeño en que comprendiera

que no se puede obligar a nadie

a amar a la fuerza. -No.

No se pueden forzar los sentimientos.

-Le costó entenderlo, pero, a la postre,

vio que nada podía hacer.

-Madre, debo agradecerle todo lo que ha hecho por mí.

-Eso no significa que apruebe tu relación

con Diego, pero de nada sirve oponerse a tus deseos.

-No le pido que lo haga.

Me basta con que los consienta.

-Siempre has sido tan testaruda...

-Madre, es la segunda vez que me salva.

Primero, de Olga; ahora, de mi esposo.

-Aunque te cueste creerlo, siempre he obrado buscando tu bien.

-En ocasiones, me ha hecho mucho daño.

-Lo sé.

He cometido errores terribles.

Pero siempre todo lo he hecho pensando en tu bien.

Nunca he querido perjudicarte, aunque me equivocara.

-Bueno, todos nos equivocamos alguna vez.

Yo en mi matrimonio...

-Eso ya no tiene solución.

No tiene ningún sentido seguir sufriendo por ello.

-Siento que esto termine así.

Me hubiera gustado ser felices todos juntos.

-A mí también.

Pero es mejor que estés lejos. Y eso significa

que tú y el niño estaréis mejor. -Así lo haré.

Tengo que cuidar de mi hijo.

-Come y descansa. Dios quiera que todo sea para bien.

Espera...

Tengo un regalo para ti.

Te he hecho este faldón.

No quiero que te falte de nada cuando nazca el niño.

Puedes ayudar a Blanca, si es eso lo que quieres.

-Hermano, siento mucho todo lo que está ocurriendo.

-No me vuelvas a llamar así.

Nada me queda por hablar contigo. -Nunca quise hacerte daño.

-Pues bien que te has lucido. -No me dejaste otra alternativa.

-Podrías haberte marchado para no volver.

-No, no podía dejar que te convirtieras

en quien no eres y que le hicieras daño

a ella. -Vosotros me empujasteis a eso.

-Samuel, cruzaste una línea, y tú lo sabes.

No se puede encerrar a una persona. Y mucho menos

a alguien a quien dices amar.

-No eres el más indicado para darme consejos

sobre la forma correcta de obrar.

-Deja que tu conciencia te muestre los errores que has cometido.

-¿Mi conciencia? Me has arrebatado lo que yo más quería:

primero a mi madre y ahora a mi esposa.

No pretendas pasar por un santo. Los dos sabemos que eso no es así.

Este es el anillo de doña Rocío.

Házselo llegar.

Si alguien se ha comportado

de forma aviesa en esta historia, no he sido yo.

Samuel, espero... que algún día podamos...

-No quiero escucharte.

(Puerta)

(Puerta)

¡Espabila! Debemos ponernos en pie "ipso facto".

-¿A qué viene esta algarada? Déjame seguir durmiendo.

-Levántate, insensata.

Los vecinos no pueden vernos de esta guisa.

Hazme caso.

(Puerta)

No podemos empezar con tan mal pie.

-Haberlo pensando antes de haber agarrado esa botella.

-Había que celebrar el traspaso.

-Me parece de perlas. Ahora déjame, me duele la cabeza.

Eso solo se cura planchando la oreja. -No. Si ven que hemos dormido aquí,

no levantamos esto ni a tiros.

-Es lo que hay. Al que le pique, que se rasque.

-¡Va! ¡Arriba!

Es una de las que estuvo en la boda. -Pues abre.

-¡Está cerrado!

-¿Y a qué hora abren?

-Ay, menudo plomo.

Qué aterrantes son aquí.

Me barrunto que no hemos caído en buen sitio.

-Cállate.

-A los buenos días. ¿Se acuerda de mí, de la boda?

-Por supuesto. ¿En qué puedo ayudarle?

-Difícil no adivinarlo siendo esto una chocolatería.

Quería desayunar.

-Lamento no poder ayudarle.

Acabamos de hacer el traspaso. Tenemos todo manga por hombro.

Toda la noche la hemos pasado trabajando.

-Sí, ya lo veo por las trazas de su esposa.

-No se hace usted una idea de cómo estaba todo esto.

-Qué contrariedad.

En fin, estaba deseando que me contara cosas de su padre.

-No sé qué quiere que le cuente de él.

Es un hombre de lo más normal.

-¡Venga! No sea usted modesto. Si su padre es todo un personaje.

-Eh... Muchas gracias por su visita. Esperamos verla pronto.

-Es una pena que no abra la chocolatería todavía.

-Pues sí, ya ve.

¿Qué haces? No puedes echar a los clientes.

Ni que fueran a pedirnos dinero. -Para.

Esa chirimbaina se estaba poniendo impertinente.

¿A qué viene tanto insistir?

Ya atenderemos a los clientes.

No me puedo creer que seamos los dueños

de esta pedazo de chocolatería.

-Menos fiestas, queda mucho que aprender.

-Esto es pan comido. Hacer un churro es fácil.

-Ay...

¿Cómo va todo? -Bien.

En un tris tengo esto más ordenado que la mesa

de un prestamista. Ni rastro va a quedar de la recepción.

-Perfecto.

Quería darle esto.

-¿A santo de qué?

-Una recompensa por lo bien que atendió.

-Y se lo agradezco, pero no he hecho más que mi trabajo.

Con lo que me paga

ya es suficiente. -Como quiera.

Tome papel y lápiz.

Tengo que dictarle algunos recados.

Los vecinos se bebieron los licores y hay que reponerlos.

Tome nota. -No hace falta.

Tengo muy buena memoria.

(Puerta)

-¿Coronel? -Buenos días.

Buenos días. ¿Cómo terminó la fiesta?

-Supongo que de forma satisfactoria.

-Espero que se recaudara todo lo esperado.

-Sí, Zabala quedó muy satisfecho con el resultado de la reunión.

-No fue sencillo convencer a los vecinos de que acudieran.

-Lo sé. Aún están reacios hacia mi persona.

-No sabe hasta qué punto. Tuve que utilizar todos mis recursos.

Pero lo doy por bien empleado. -De no ser por su ayuda,

no sé cómo habría salido airoso de algunos comentarios.

-Es un honor ayudar a un camarada.

-Y yo se lo agradezco de verdad.

-Me gustaría seguir siendo de ayuda.

-Es una intención que le honra.

-Quiero proponerme como abogado de la Asociación de Patriotas.

Sería de ayuda en la administración

de los donativos que reciben. -Sí, su experiencia sería valiosa.

Pero la asociación está formada solo por militares.

Usted, como civil, no puede participar.

-Ya.

Lo entiendo perfectamente.

-Disculpe, voy a buscar una botella de jerez.

(SUSPIRA)

Uh.

Aquí hay roña; de una semana, lo menos.

(CANTURREA)

¿Se puede saber lo que haces, alma de cántaro?

-Nada, doña Trini, pasar un pañico.

-Ah. -Que...

Esto está peor que la cuadra del tío Cosme.

Cuando se murió, sacaron 15 carretillas

de estiércol, y solo tenía un pollino.

-Sin faltar. La cocina la he limpiado yo.

-No digo que esté mal, le falta el toque de una profesional.

Que... que se le ha olvidado a usted

que lo que no se ve también se limpia.

-Ya, Lolita, ya.

Pero es que, donde hay carbón, hay hollín. Es muy normal.

-Si a mí no me cuesta rematarlo. -Pero esto ya no es asunto tuyo.

-Es un santiamén. No tardo nada, es un suspiro.

Que me aburro mucho.

-Lolita, lo siento mucho.

Te vas a tener que buscar otra ocupación.

Ramón ya está buscando a alguien

que se ocupe de estas tareas. -Uh...

Pues lleven cuidado,

a ver a quién meten. Hay mucha lagarta suelta.

-Anda, anda y anda.

¿Se puede saber qué estás haciendo?

-Eh...

Cocinar puedo.

-¿Qué? No sabes estarte quieta, ¿no?

-Ay, doña Trini,

es que, si no trabajo, no como a gusto.

Que desde pequeñita me he ganado el sustento.

-Que sí, Lolita.

Sé lo dura que es la vida en el pueblo.

Pero ahora, para ti y para mí, todo es distinto.

-Déjeme cocinar, doña Trini.

Que tampoco es para tanto.

Menuda vida ingrata que llevan los señores.

-Tampoco es para que te pongas a llorar por eso.

-No, si las lágrimas es por la cebolla.

Pero si me tengo que poner como una plañidera,

ya puede usted ir preparando los pañuelos.

-No seas simple.

Ya aprenderás a ocupar tu tiempo. Mira,... irás al teatro,

o a merendar con tus amigas y vecinas,

o a pasear, de compras... -Déjelo, doña Trini.

La miel no está hecha para la boca del asno.

-¿Se puede saber qué hacéis aquí?

No es preciso que te ocupes de estos menesteres.

-Que no, Ramón, que no. ¿Sabes qué pasa?

Que nos hemos puesto las dos un poco...

melancólicas. Y vamos a hacer un plato típico de nuestro pueblo.

-Cazuela de Cabrahigo; para rechupetearse los dedos.

-Cuando contratemos a la criada, ya le pasáis las recetas.

Ahora, largo de la cocina,

que este no es un lugar para señoras.

-Oh...

-Dale, Lola.

-(RÍE)

¿No tienes apetito?

-No.

Ni una pizca.

-No deberías beber más.

-Estoy empezando a cansarme de que me diga lo que debería hacer.

-Carmen, puedes retirarte.

No es mi intención dirigir tu vida.

-Pues tome nota y no se inmiscuya.

-Solo quiero ayudarte.

Blanca no podía quedarse más aquí.

-¿Cree que no lo sé?

Lo que me desasosiega es saber que no la voy a volver a ver.

Y que el niño que lleva en su vientre

nunca me va a llamar padre.

-Eso no será así por siempre.

-No veo cómo van a cambiar las cosas.

-Te garantizo... que no solo tendrás a tu hijo,

sino, además, la oportunidad de criarlo.

Pero para eso has de armarte de paciencia.

-¿Dice que se va a solucionar simplemente dejando pasar el tiempo?

No la creía a usted tan necia.

-Has de ver lo que te digo.

Blanca volverá a tus brazos...

y jamás querrá retornar a los de Diego.

-Me gustaría creerla.

-Has de confiar en mí,

ahora que vienen tiempos muy espinosos para ti.

-¿Qué más me ha de pasar?

-Pronto empezarán las habladurías en el barrio.

La gente comentará lo sucedido.

Y tú debes asumir que quedarás como el esposo traicionado.

-Supongo que eso es exactamente lo que soy.

-Y así es como has de presentarte.

Haber encerrado a Blanca,

te ha puesto a los vecinos en tu contra.

Es mejor tenerlos de nuestro lado.

-Poco me importa lo que piense la gente de mí.

-Entonces, no tendrás problema para mostrarte como la víctima,

generar piedad.

-Haré lo que me pide.

Solo espero que sus maquinaciones tengan el efecto que deseamos.

Trata de sosegarte. Estás más tenso que los tambores de Calanda.

-No puedo, después de estar con el miserable del coronel.

-Te advertí sobre él.

-Consigo que acudan todos los vecinos..., y me trata así.

-Y que dejen un buen donativo.

-Dice que no puede invitarme a la reunión porque soy un civil.

pero mi dinero bien que lo cogen.

-Debo decírtelo, me has parecido un poco ingenuo.

-Gracias por tu apoyo.

-¿Y qué quieres que te diga? ¿Pensabas que podías confiar en él?

-Un poco sí.

-Mal hecho.

Nunca le ha temblado el pulso persiguiendo sus objetivos.

Nunca le han importado los demás.

-Pensaba que esta vez sería distinto.

-¿No recuerdas lo que le hizo a Susana?

No dudó en sacar sus vergüenzas mediante ese infame guiñol.

Todo un escarnio público.

Por no hablar de lo que le hizo a su hija

o de la muerte de Adela.

-Ya sé que se le pueden atribuir muchas de las desgracias

que han ocurrido en este barrio. -Abre los ojos.

Te mantendrá a su lado mientras le venga bien.

Después te dará la patada.

-Soy consciente de ello.

¿Y por qué sigues tratando con ese hombre?

No puedes fiarte de él.

-Ahora no puedo tirar la toalla.

-¿Por qué?

Vas a salir escaldado. -Valverde es mi única vía a Zabala

para conseguir mis aspiraciones políticas.

Si para ello tengo que tratar con don Arturo, lo haré.

-No sé cómo te quiero tanto.

Mejor me hubiera ido con un hombre más manso.

-Estás a tiempo de buscar otro.

-Mejor no, prefiero lo malo conocido.

(CANTURREA)

-¿De "ande" vienes?

-Pues "na",

de comprar algunas cosas en el "mercao".

-"Ende" luego, lo tuyo es para ponerlo en música.

¿A qué vas tú al "mercao"?

-A comprar comida, como todo hijo de vecina.

-No, como todas las sirvientas, Lola. Como te pilles los señores,

te van a poner a escuadra. -Calla, no des voces.

Que ya la he tenido casi con mi futuro suegro.

Esconderme para poder trabajar es de locos.

-Ya, y la perra que te ha entrado con querer doblar el lomo.

Que me digan a mí que no tengo que trabajar,

¡me lo iba a pensar! -Los primeros minutos está muy bien.

Luego te entra un escozor de no poder parar quieta.

No estamos hechas para estar mano sobre mano.

-Hay que ver, hasta para ser rico hay que saber.

Además, a Antoñito apenas le veo.

Y yo... aquí, mano sobre mano y vestida como una señorita,

un sindiós.

-Hay que ver lo bien que te queda.

-Menos mal que he encontrado entretenimiento

enseñándole los números y las letras a la Agustina.

Si no, me volvía tarumba.

Lola...

Son las que vinieron preguntando por mi primo.

¿Qué estarán hablando? -No tengo ni idea.

Pero "reunión de pastores"...

-"Oveja muerta". -Y más tratándose de Jacinto.

Me voy a ver qué se cuece. -Yo me voy,

no me pillen con el capazo lleno.

-Oye, podrías quedarte y venir conmigo.

Me huelo complicaciones.

Y tú, hombre, con tu tamaño impones un rato, ¿eh?

-(PIENSA) ¡Quiá! Que una ya tiene lo suyo.

-Ah, claro, di que sí. "Ca" palo que aguante su vela.

A las buenas.

¿Qué hacéis por el barrio?

-Dándole a la sinhueso

con las que vinieron en busca de tu primo.

-Ah, que os conocéis.

-Sí, tenemos algo en común.

-Por la cara que traéis, la mala baba es seguro.

-La que se nos ha puesto

después de conocer a tu primo. -Pero ¿qué os ha hecho?

Si es un cacho pan.

-Eso es lo que tú te crees. Te voy a contar lo que ha hecho

el primo de tus entretelas.

La producción sigue parada.

-Nunca habíamos tenido que lidiar con algo así.

Los obreros siempre han trabajado. -Las cosas

no son tan sencillas. Piden nueve horas de trabajo.

-¡Ah! ¡Y yo quiero un collar!

Si no lo tengo, es por su culpa.

Ante el vicio de pedir, la virtud de no dar.

Hay que meterlos en cintura.

-La situación es muy grave. Es mejor obrar con cautela,

ser dialogantes, evitar que esto

se vaya de madre. Mejor que estén contentos.

-Yo no lo veo así.

Si no quieren trabajar, buscamos a otros. Hay mucha gente

que necesita el trabajo. ¡Mano dura, don Ramón!

-Doña Rosina, le pido un poco de calma.

Moveremos ficha cuando mi hija se marche.

Bastante percal tengo que cortar en casa ahora.

-¿Qué? ¿Arreglando el mundo?

-Pues no, tu marido es blando.

Si por mí fuera, correrían como gallinas.

-Menos mal que no te tenemos como ministra.

-Bien derecho que iba a llevar

a todo el mundo. -Tengo una idea:

¿nos vamos a La Deliciosa y te convidamos a una tilita?

Así calmas los nervios. Estás muy alterada.

-Me temo que no va a ser posible, sigue cerrada.

-¿A qué esperan para abrir?

Van a perder toda su clientela. -Mi niña se ha pasado esta mañana.

Dicen haber estado trabajando.

Pero ella cree que han dormido ahí. -¿Por qué hacer tal cosa?

Se supone que son pudientes.

La compra que han hecho no está al alcance de cualquiera.

-La que seguro que no va a dormir hoy en casa es Blanca.

Me han dicho que anoche la vieron salir.

Una maleta en una mano; en la otra, a Diego.

¿Sabéis algo de esto? -No.

¡Qué notición!

¡Madre mía!

-No, Rosina...

-Doña Úrsula, querida.

¿Cómo se encuentra?

Me acabo de enterar de algo terrible. ¿Es verdad que su hija

ha abandonado a su esposo? -Así es.

De nada serviría negarlo.

Se enterarán todos antes o después.

-Uy, pero ¿cómo está usted? Debe de estar destrozada.

-Imagínese. Mi hija ha perdido la cabeza.

Ha traicionado el sagrado sacramento del matrimonio.

-¡Madre mía! ¿Cómo ha podido dar un paso así?

-No es que quiera disculparla,

pero mi hija ha sido presa de la perfidia de Diego.

Ese hombre solo quiere perjudicar a su hermano.

-¿Y en estado interesante?

¿Y la criatura? ¿Va a ejercer Diego de padre?

-Quién sabe.

Ahora, si me disculpa, necesito retirarme.

Estoy muy afectada. Con Dios.

Señor, tiene visita.

-¿Cómo se encuentra?

Dicen que Blanca ha abandonado el hogar.

-Eso parece.

-Lo siento mucho. -¿De veras?

-(CARRASPEA)

Diego me dio el anillo para que se lo entregara a Rocío.

Y ella... me pidió que le dijera

que estaba muy contenta con el diseño que usted le había realizado.

-Me alegro de haberle sido útil a alguien.

-Le veo muy decaído. Déjeme convidarle a un café.

Sería bueno que le diera el aire. -Déjelo.

Apenas me encuentro con ánimos de mover un solo dedo.

-Debería hacer un poder. No es bueno estar encerrado.

-No insista.

Además, no me apetece enfrentarme a las habladurías.

-Eso no tiene que preocuparle. Lo que digan

le tiene que da igual.

-En el fondo no me importa lo que piensen de mí.

Pero me molesta la indiscreción con la que toman

estos asuntos.

No comprendo cómo Blanca ha podido perder así la cabeza.

Ellos hablan de amor, y no es más que una obsesión.

Por eso traté de que Blanca recapacitara.

¿Qué hay de malo en ello? -Sus métodos no fueron adecuados.

-Lo intenté todo con ella.

Al ver que no reaccionaba, perdí el control,

pero no soy ningún salvaje. -Nunca he dudado de ello.

-¿Y por qué me la presentaron? ¿Tan mal me veían?

-Teníamos miedo del camino que estaba cogiendo.

-Tan solo era un marido enrabietado,

por ver cómo perdía lo que más quería.

Nunca le habría hecho daño a Blanca.

-Comprendo que está pasando por una dura prueba.

Pero no podía seguir manteniendo a Blanca encerrada.

¿Qué haría usted si Rosina se quedara embarazada

y decidiera abandonarle?

¿Acaso ese hijo no es de los dos? Blanca no ha hecho otra cosa

más que pensar en ella misma.

Nadie ha tenido en cuenta mi sufrimiento.

-Os queríamos ayudar a los dos.

Ya no tienen de qué preocuparse.

Antes de que Blanca hiciera daño al niño dejando de comer,

he preferido dejar que se marchen.

Aunque con ese gesto...

haya perdido a toda mi familia.

-Créame, comprendo su dolor.

Entiendo que esto le haya podido llevar al límite.

Lo que ha hecho le honra.

Ahora solo debe esforzarse por seguir adelante.

-No creo que pueda conseguirlo.

Tengo la sensación de que algo se me olvida.

-Su perfume, el abrigo...

-El salto de cama; lo usas mucho.

-Déjese de chanzas, estoy de los nervios.

-No te agites. Si se te olvida algo, te lo enviamos.

París está lejos, pero no en el culo del mundo.

-¿Cómo marchan los preparativos?

-Mal.

Estoy pensando en suspender el viaje. -¿Cómo?

-Se me parte el alma sabiendo que debo dejarles.

-Y a nosotros, hija, y a nosotros.

Al principio me lo pusiste muy difícil,

pero al final te has convertido en mi niña.

Te voy a echar mucho de menos.

-Es usted como una madre para mí, Trini.

Es la primera vez que me voy a separar de mi familia.

Porque todos forman parte de mi familia.

Les voy a echar muchísimo de menos.

¿Qué voy a hacer sin usted, padre?

-Tener tus propios hijos.

Criarlos, educarlos y cuidar de tu marido.

Somos tu familia, hija. Siempre lo vamos a ser.

Confía en mí, no tengas miedo.

Ha llegado la hora de dejarte volar del nido, mi pajarito.

¿Qué hacéis ahí los dos mirando como unos pasmarotes?

-Estoy intentando retener este momento en mi memoria.

No sabe cuánto la voy a echar de menos.

-No sigas por ahí, que me vas a hacer llorar

y voy a estropear el ajuar.

No me ha dado tiempo a terminarlo.

-Yo le agradezco el esfuerzo, pero ¿por qué no deja eso ahora?

-No.

María Luisa no tiene madre,

y no os vais a ir sin vuestros juegos de cama.

-Pierda cuidado, me las puede mandar por correo.

Ahora lo que quiero es pasar un rato con mi abuela.

-Está bien.

Pero vas a tener que escuchar todos mis consejos.

-Dígame todo lo que me tenga que decir.

De verdad, tened mucho cuidado en el viaje.

Que en esos trenes hay rateros. Cuida mucho a tu mujer,

que nunca esté a disgusto.

Y dales a tus padres muchos besos

de mi parte.

Y escríbeme una carta al mes.

O más.

¿Adónde vas? ¿No me estás escuchando?

-Sí, pero voy a coger papel y lápiz, no voy a recordar tanto encargo.

-¡Si aún no he empezado!

Para eso estamos las abuelas. -(RÍE)

-(RÍE)

No dejes de escribirnos para contarnos cómo marchas.

Y no te agobies, hija.

Siempre puedes visitarnos.

¡O ir nosotros a París! -¡Eso, mejor eso!

Quiero comprobar si esos gabachos son tan finolis como dicen.

-A mí me gustaría ir. Me han dicho que se zampa...

-¡Mira la Lolita!

Cuando quiere, criada; cuando quiere, señora.

-¿Qué llevas aquí, hermanita, media casa? ¡Pesa como un demonio!

-Pues llevo...

cuatro cremas y mis colonias. -¿Y no sabes que eso

lo venden en París también? -Pero no serán iguales.

Voy a echar de menos tenerte cerca para que me chinches.

-No te preocupes, iré a visitarte cuando vaya a París por negocios.

-Tampoco se pasen.

A ver si ahora mi casa va a ser la posada de Los Peines.

-Esa es mi niña, no pierde su genio ni por un minuto.

-Son los pendientes de mi boda.

Me gustaría que te los pusieras cuando te casaras con mi hermano.

Sé que te he tratado muy mal en algunas ocasiones.

Pero me has demostrado que eres parte de esta familia.

No eres una criada, Lolita.

Eres mi hermana.

-Te agradezco de corazón que nos des tu bendición.

-Te quiero.

-Y yo a ti.

(VÍCTOR) "Deje de darme recados,

ya sabe que no voy a cumplir ni la mitad".

-(SUSPIRA) Conque no te olvides de cuánto te quiero...

es suficiente. Con todo lo que he sufrido

me he dado cuenta de que lo más importante en la vida

es el amor por los míos.

-¿Por qué no viaja con nosotros? Podríamos vivir juntos en París.

-No, eso es imposible.

Soy muy mayor para un cambio tan grande.

Mi sitio está aquí, en la sastrería.

-En eso la entiendo.

Me ha costado mucho dejar la chocolatería

en manos de unos desconocidos.

-No sufras por eso.

Velaré por que siga siendo el alma de Acacias.

-Es que termináis yéndoos todos: Leandro, Simón y ahora tú.

-No, tieta, que todavía estoy aquí yo para darle guerra.

-¡Gracias a Dios!

-Víctor,

que... vas a dejar un vacío muy grande en la familia.

-No me lo pongas más difícil, por favor.

Estoy muy ilusionado con mi nueva vida en París.

Pero me va a ser muy duro dejarles atrás.

-No te amilanes, yo voy a estar contigo siempre.

Has llegado tarde a mi vida,

pero no te voy a dejar salir de ella.

Mi niño...

Qué flores tan bonitas.

No tenías que haberte molestado en colocar la mesa,

podría haberlo hecho yo.

-Son poca cosa para lo que tú te mereces.

Quiero compensarte por todo lo que has pasado.

Ha llegado el momento de estar juntos, Blanca.

De poder cuidarte

y mimarte como precisas.

-He soñado tantas veces con este momento.

No me puedo creer que sea cierto,

que de verdad lo estemos viviendo.

-Por fin podemos estar juntos, sin tener que escondernos.

-Por primera vez en mucho tiempo me siento en paz,

sosegada.

-Tu amor me ha dado fuerzas para luchar contra la enfermedad.

Tú eres quien me ha atado a esta vida.

Ahora mi vida eres tú.

-Yo también me habría apagado de no ser por ti.

Ahora mi corazón vuelve a latir con toda su fuerza.

Diego, quiero que esta noche no termine nunca.

-Esta noche va a ser la primera de muchas.

Este es solo el comiendo de una nueva vida...

juntos para siempre.

Mi esposa no acaba de llegar. Espero que no se haya echado atrás.

-No sufras por eso, ahí asoma.

-¿Lista para tu nueva vida?

-No puedo decir que no.

Si me das la oportunidad, me vuelvo corriendo.

-No digas tonterías, hija.

Ya verás como todo va a salir de perlas.

-No te puedes ni imaginar lo que te voy a echar de menos.

Te deseo toda la felicidad del mundo.

-Te lo agradezco, Leonor. Siempre has sido mi mejor amiga.

Voy a echar de menos nuestras cuitas

y confidencias.

-Te quiero mucho.

-Yo también.

Como también echaré de menos las conversaciones en La Deliciosa

con doña Celia.

Las riquísimas comidas

de Lolita, mi futura cuñada.

De los consejos de mi padre.

Las extravagancias de doña Trini.

Los preciosos vestidos

de doña Susana.

Las provocaciones de mi hermano. (RÍE)

Las meteduras de pata de doña Rosina.

-(RÍEN)

-Y a Liberto y a Felipe.

No les olvidaré nunca.

-Quiero agradecer a mis suegros todo lo que han hecho por mí.

-Gracias a ti, Víctor, hijo.

He aprendido muchísimo contigo.

De todas formas, no hay de qué. -Sí, sí que lo hay.

Sin su ayuda y sin su permiso,

nunca habría podido conseguir el mayor tesoro

que había en su casa: mi María Luisa.

Gracias.

-Vais a ser muy felices.

Por la cuenta que te trae. Porque soy capaz de ir a París

a buscarte con el trabuco de mi abuelo.

-No va a ser necesario, ya verá como no.

Liberto, te voy a echar mucho de menos.

-Y yo a ti.

Abuela...

La quiero mucho.

Gracias.

Doña Celia...

Bueno, vámonos, que el tren no espera.

-Padre, le quiero muchísimo.

-Cuida de mi niña.

-Cuente con ello.

-Víctor...

Aquí me siento encarcelado, como aquel pájaro.

No podemos marchar. -¿Por qué no?

Esto me parece una cárcel.

-¿Esta casa? -Acacias.

Nunca podremos salir sin miedo a que nos vea mi hermano.

que su mirada nos martirice.

O qué Úrsula nos alcance parea hacer sus maldades.

-¿Y dónde podríamos ir?

-A Sídney.

-¿Sídney? ¿A Australia? -Sí, muy lejos de aquí.

Lejos de la mirada de mi hermano, de la mano larga de Úrsula.

y del murmullo de la gente.

-He de llevarme una empanada. -No tenemos.

-¿Unos suizos? -Tampoco.

-¿Cómo no puede tener suizos?

El repartidor está enfermo; no hay género para hacer los postres.

-¡Vaya! Un café, pues.

-Se nos ha estropeado la cafetera. -Un chocolate.

-Se nos ha acabado. -¿El chocolate?

¿En una chocolatería?

Bueno, da igual.

No he venido a llevarme nada.

-¿A qué ha venido? -A hablar con usted.

-"Y es por eso,"

querido primo, que te pido que vengas a la ciudad como una saeta.

Estos menesteres debes resolverlos dando la cara.

Tu prima que te quiere, Casilda.

-¡Menuda pieza el Jacinto! ¡Quién nos lo iba a decir!

-Eso no lo sabemos seguro.

-¿Cuántas más necesitas que lo cuenten?

-Eso me da igual.

Lo que no quiero es que mi primo cargue con esa mala fama.

-¿Mala? Pero si es buena fama. ¿Qué digo, buena? ¡Requetebuena!

-Mi esposa falleció. Desde entonces, las cosas no han sido fáciles.

-Entiendo. Y no tiene por qué contarme más, respeto su privacidad.

-Gracias, Silvia.

No es habitual encontrar a personas discretas por estos lares.

-Pues ha encontrado usted una similar.

Porque odio los chismes y los chismosos.

Mi padre me enseñó que hay que ir de frente y dando la cara.

-Como un buen militar.

En fin, si frecuenta esta iglesia, volveré a verla por aquí.

-Pues mucho me temo que sí.

Supongo que esas caras son para María Luisa, ¿no?

Mi tía está igual, echa mucho de menos a Víctor.

Por cierto, ¿saben que La Deliciosa

sigue cerrada? -¿Cómo puede ser eso?

-Que tienen la cafetera estropeada.

-Iré a hacerles juna visita, como representante de las cafeteras.

-Liberto, ¿en qué puedo ayudarte?

¿Qué te trae por aquí?

-Supongo que también ha leído lo de la huelga.

Rosina está muy nerviosa.

-"¿Tan pronto pensáis iros?".

-Diego ha ido a comprar los billetes. -¿A qué viene tanta prisa?

-A que tengo un mal presentimiento, Leonor.

-¿Un mal presentimiento? Si parece que te va mejor que nunca.

-Quizá sea por eso.

Sé que Samuel parece haber cambiado,

pero no creo que sea oro todo lo que reluce.

-No te entiendo.

-Esto no puede ser tan fácil como comprar unos pasajes.

-Quizá sí.

Te aseguro que, aunque te vaya a echar muchísimo de menos,

haces bien en alejarte de Acacias.

-Fabriqué un anillo muy particular

para una clienta con serios problemas en los dedos.

Creo que podría ser una buena idea comercial.

¿Me permiten? -Por favor.

-Me gustaría producir más anillos como ese

para mandarlos a las joyerías.

Me gustaría comprarles grandes cantidades de oro.

-Qué bien suena. ¿Cuánto de grandes? -No se adelante, Rosina.

Le estaba diciendo a Samuel

que quizá no sea el momento adecuado por las huelgas.

-¿Quién reparte?

-¿Y cómo ha ido la cosa? ¿Ya han pensado

dónde van a invertir lo recaudado? -A una buena causa.

-Pero ¿dónde exactamente?

¿Cuáles son los militares que recibirán la ayuda?

-Llevamos todo el día con eso. Tenemos derecho a relajarnos, ¿no?

Olvídese de todo eso y céntrese en las cartas.

Es mi pareja y no quiero perder.

-"Lo cierto es que Fabiana"

conoce la casa perfectamente. Ay, pero ¿tú estás segura?

¿Quieres volver a faenar como criada?

-Sí, señora, tan segura

como que usted y yo estamos aquí.

Echo de menos llevar una casa,

faenar para arriba y para abajo con la tarea.

Además, esos monises extras

me pueden venir muy bien. Hay que hacer hucha para la vejez.

-"¿Qué comentan en el altillo"

sobre lo sucedido?

-¿Sobre lo sucedido entre usted y su esposa?

Todo el mundo lamenta la situación en la que ha quedado usted.

Y tampoco entienden cómo ha podido tratarle tan mal

y llevarse al niño.

-¿Y no hacen burlas sobre mí?

-¿Burlas, señor?

-Sobre si soy un cornudo, un desgraciado que se deja engañar,

un poco hombre. -No, señor, se lo aseguro.

-No te creo.

-Carmen, déjanos solos.

-¿Qué ocurre?

Será mejor que te sientes.

-Nos marcharemos hasta que todo se calme.

Hasta que el tiempo enfríe el aire de Samuel.

Iré al banco, sacaré mis ahorros y nos marcharemos.

Espero que, si algún día vuelve en sí,

sea capaz de comprender las razones

de mi decisión.

Ojalá.

-Siga luchando, padre.

-Quizá no debamos confiar en usted. -¿Y esa repentina desconfianza?

-Le vi departir con Silvia Reyes.

¿O acaso me lo va a negar? -Nos encontramos en la iglesia.

-Lo reconoce. -Silvia es la hija

de un importante militar español.

Si esa es la razón... -No solo es eso.

-¿Qué más hay que me haga una persona poco fiable?

-La fuga de su hija con un hombre casado.

Y nada más y nada menos que un vulgar mayordomo.

¿Es así como piensa dar ejemplo de rectitud, de moralidad?

Ni siquiera es capaz de educar a una hija.

-He quitado la firma de Diego. No tiene acceso a la cuenta.

No irán muy lejos. -Usted no conoce a mi hermano.

Eso solo es una piedra en el zapato. Conseguirá dinero por otro lado.

-Samuel... -¡Estoy harto de seguir sus consejos!

Me paseo lamentándome para despertar la compasión de los vecinos.

¿Y para qué? A Diego y a Blanca les da igual.

Piensan marcharse, y yo lo voy a consentir. ¡Se acabó!

Ha llegado el momento de hacer uso del arma que usted me regaló.

  • Capítulo 689

Acacias 38 - Capítulo 689

30 ene 2018

Úrsula confiesa a Blanca que el cambio de actitud de Samuel es gracias a su mediación. Pero la decisión del Alday está ligado, en verdad, a su entrevista con Rocío. Por supuesto, el escándalo de la marcha de Blanca no tarda en recorrer la calle Acacias. Liberto ofrece su amistad a Samuel. Después de terminar la cena benéfica, Arturo intercede por Silvia, pero Zavala hace oídos sordos. El general se lleva la recaudación y el coronel se siente utilizado.

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