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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 67 - ver ahora
Transcripción completa

No pude salvarte.

No tengo fuerzas para organizar tu despedida como te mereces.

Nosotros nos encargaremos de todo lo relativo al entierro.

-No has de preocuparte de nada.

Perdóname, niña.

Aguarda.

Sé que estuviste

ayudando en casa durante mi ausencia.

Al principio de la enfermedad de mi niña.

Te agradezco de corazón que la atendieras.

¿Adónde vas? Que te buscas la ruina.

Al lugar donde debo estar.

Ese lugar es aquí, con el resto del servicio.

Se equivoca, madre.

Es abajo, junto a Germán.

¿Estás satisfecha?

Esto es obra tuya.

"Me han ofrecido otro trabajo".

En la cuadra donde voy por las tardes

he conocido a Álvaro Bustillo,

un terrateniente con yeguada en Cáceres, Mendoza Cadema,

de gran renombre en el gremio.

Cuánto me alegro. Buenas nuevas por fin.

¿Acaso no lo sabe?

Hablo de Celia.

Hoy mismo le entregan al niño

"que va a adoptar".

-En ocasiones son ellos, los niños,

los que eligen quiénes van a ser sus padres.

Y no al revés.

-"Guárdele el secreto".

Ella no quería que Cayetana,

en estas circunstancias, se enterara.

-Celia,

¿qué haces ahí?

Ven a ver a nuestro hijo.

"Cayetana".

Bien conoces mis deseos de adoptar.

No podía dejar pasar la oportunidad.

Entiéndeme, te lo ruego.

Te entiendo a la perfección.

Eres una egoísta que solo piensa en su persona.

-¿Hablaste ya con Germán?

Ni acercarme pude.

"Pareciese que la desgracia se haya cebado con nuestro amor".

"Cada vez que rozamos la dicha con la yema de los dedos,

el destino nos golpea con crueldad".

"Juntos podréis vencer tanta fatalidad".

"Apoyándoos el uno en el otro seguiréis adelante".

El amor no se esfuma de un día para otro.

No se esfuma,

pero tanto dolor puede matarlo.

Si ha sobrevivido a tantas pruebas, no morirá.

Tenlo por seguro.

¿No quieres tener a tu lado a Manuela?

Leandro,

todas las decisiones que he tomado desde que la conozco,

han sido un error.

Una gran equivocación

que nos ha llevado a la catástrofe.

Y eso ha de acabar.

Márchate a casa un rato.

No es necesario que estéis aquí.

¿Cómo estás?

Agotado, Leandro.

Como todos.

No tenemos por qué llevar nuestros cuerpos al límite.

Coge a tu madre y descansad.

No me gusta dejarte solo.

No está solo.

Nos vemos esta tarde, en el funeral.

-Mal que me pese, nos vamos.

¿Quiere algo que le podamos traer?

Nos vemos en el cortejo.

-Cuídela, Leandro.

Está tan afectada como todos.

-Nosotras preferiríamos quedarnos.

No.

Es mejor que vayáis al entierro frescas y aseadas.

Prefiere que descansemos para el sepelio.

-Yo me encuentro bien.

-No hagas pleito.

-Nos marchamos, Cayetana.

Gracias por vuestra compañía, señoras

y señorita.

Han sido ustedes

un más que necesario apoyo.

-Ni siquiera

diremos que era nuestro deber.

Adorábamos a la criatura.

-Era un primor,

un verdadero angelito.

Tan dulce... -Don Germán está muy cansado.

Gracias, Celia.

-Si necesitáis algo solo tenéis que avisarme.

Lo sé. Saluda a Felipe.

Tú tampoco eres de acero.

Échate un rato. Te lo digo como médico.

Y yo como madre,

te digo que me quedo con mi niña.

Podrías caer más tarde.

Descuida.

Me tendré en pie el tiempo que sea necesario.

Cayetana, yo te acompañaré. ¡No!

¿No entiendes que quiero estar a solas con mi niña?

Voy a decirte adiós ahora, Carlota.

No voy a esperar a que todos nos estén mirando.

Mo hagas caso de lo que me oigas decir

cuando haya gente cerca.

Esa no soy yo.

Bien te enseñé la diferencia entre las formas

y los sentimientos.

No podemos desnudarnos en público

porque eso nos hace débiles.

Por eso fui tan dura contigo, mi amor.

Mi cosa pequeña.

Yo quería jugar contigo en el parque,

rodar el aro, hacer figuritas de barro.

Me hubiera gustado ensuciarme contigo las manos y el vestido.

Pero somos mujeres, hija.

Señoras.

Y si nuestra compostura,

nada valemos en este mundo de hombres.

Sin nuestra belleza y decencia,

no adornamos su mundo.

Un mundo en el que solo ellos importan.

Por eso quería que brillaras.

Que sobrevivieras ante tanta hipocresía.

Y me perdí tus juegos y tus risas,

tus miedos y tus sueños.

¡Maldita vida!

Que nos trae la muerte como regalo final.

Yo nunca dejé de adorarte, hija mía.

Y mientras yo viva,

tú vivirás en mí.

Ni el que tú querías como padre, ni nadie

puede entender el amor entre una madre y una hija.

Ese amor me dará fuerzas

para seguir viviendo en este infierno.

Te quiero,

vida mía.

Perdóname.

Perdóname.

¿Dónde se habrá metido el marido de usted?

Si no llega, no vamos a poder ir al funeral.

Pareceremos lechuzas desplumadas.

-Estaba pensando que si no llega a tiempo,

podíamos coger unos tizones y pasárselo a las manchas.

-¡Anda, sí, claro!

Oleríamos a palomas churruscadas.

-Pues tú me dirás.

Lo que no está de razón es no acompañar a la niña.

-Si doña Cayetana nos ve con esas manchas,

nos echa de la capilla.

-Yo no me podría perdonar nunca no asistir al duelo

y que la niña se fuera sin nuestro adiós.

Y todo por una torpeza.

-Ay, venga, Paciencia.

Temple y coraje.

Nadie tiene la culpa.

Son días de muchos nervios,

y no para cebarse con torpes.

(Puerta)

Será él.

-Si ya estabais renegando, tenéis que saber que he hecho

una descubierta hasta el último arrabal.

-Déjese de excusas,

que estamos con las uñas comidas.

-Aquí tenéis el tinte, más negro que el culo

de un mandril.

-De negros hablaba yo hace un rato.

Si es que estamos compenetrados.

-¿Como zapato y callo?

-Déjeme usted.

Que esta vez los negreantes los aplica la menda.

-¿Es que ahora desconfías de mí?

-No, mujer.

No piense usted eso.

No desconfío.

Lo que pasa es

que no me fío, que viene a ser lo mismo.

-Si vieras, Paciencia,

la droguería,

la cantidad de productos que había en polvo y caja.

Había unas materias finas que sirven

para revelar imágenes fotográficas.

-¡Y dale!

Déjate de retratos.

-Tenían un líquido

que le llaman fijador que sirve para pegar

las figuras a los papeles. Vamos, que las fija.

-Por eso que le llaman fijador. -Ahí.

-Paciencia, quién le iba a decir

que cuando lo encontró en la calle con la boina,

le iba a salir un hombre de tanto progreso.

-Tan de progreso y tan manirroto,

porque no tenemos ni una perra

para comprar una máquina de retratar,

que se le antoja. -Porque son el futuro.

Contigo no pienso contar.

Se lo voy a decir a Víctor, que es un muchacho de mente

abierta cual puerta sin portero.

-Se lo dirás cuanto termines

de ayudarnos a teñir todos los retales,

que tienen que quedar negros.

-No estoy segura de que nos vaya a dar tiempo.

-Pues tiene que darlo.

Al tajo, Servando.

-Ahí está.

¡Eh!

Quietas, por favor.

Ahora.

Quita.

¿Ya estás arreglada?

¿Impaciente?

Pronto tendremos a la criatura con nosotros.

-Estás muy galán.

Isidra, dame el cepillo

y déjanos un rato.

¿Has visto a la niña del hospicio,

las heriditas que tenía?

-He oído a la monja, sí.

-Quién sabe lo que habrá tenido que pasar la pobre.

-Es un hospicio.

Todos han nacido sin suerte.

-Tendrías que haberte fijado en los ojos de esta.

Clamaban por cariño,

por protección,

por unos padres.

-Como el nuestro, supongo.

Pero de distinta manera.

Se le veía mucho más fuerte

para aguantar lo que le echaran.

Un luchador.

-¿Cómo puedes saberlo?

Son tan pequeños,

tan vulnerables.

-A todos se nos transparenta el carácter en la mirada

desde que nacemos.

Por eso me he fijado en él.

-Piénsalo bien antes de responder.

¿Podríamos cambiar y quedarnos con ella?

-¿He oído bien?

¿Una niña?

-No te vuelvas y reflexiona.

La niña nos necesita más.

Y a mí, a mí me llenaría del todo.

-Celia, por favor.

Deja el cepillo.

Ven.

¿No estarás hablando en serio?

¿Sabes lo que es criar a una niña?

-Necesitan las mismas cosas que los niños.

-Sí,

pero son más impresionables, débiles y delicadas.

A los padres nos dan más problemas.

-No adoptamos un hijo para desentendernos.

Sabemos que es un compromiso y fuente de sacrificio.

-Y sin exagerar,

las niñas dan problemas toda la vida.

Imagínate cuando crezca.

Tendríamos que protegerla de los caza fortunas.

-Largo me lo fías.

-El tiempo pasa muy deprisa, Celia.

Más de lo que tú te crees.

Una de las razones para tener un hijo

es que perpetúe nuestra estirpe,

nuestro apellido.

-Tu apellido.

-Con una niña, eso se perdería.

Es el único que tendremos.

Ha de sucederme.

No se hable más.

-Te quedaste prendado de Marquitos porque era seguro

y sagaz, pero no todos son iguales.

-El nuestro será mucho mejor.

Y llegará mucho más lejos.

Una niña está destinada a hacer feliz a un hombre,

a criar a sus hijos, a brillar en sociedad.

Pagará su futuro.

Un varón tiene muchas más posibilidades.

-Quizá nuestra nena sea distinta.

-¿Abogada?

Celia, por favor, no me vengas con estupideces.

Está decidido.

Será varón.

Tómese esta tila, Fabiana.

Le hará bien.

-No la fuerce usted.

-No la fuerzo. La cuido.

-Os ha dado tiempo a teñir vuestra ropa.

-Negro y húmedo.

No lo toque que se le enlutan las uñas.

-Toda la vida trabajando,

para no tener ni un vestido negro que llevar al luto.

-Tenemos la conciencia bien blanca,

y eso no lo pueden decir todas.

¿Cómo está?

¿Ha dormido?

-Ni una hora en tres noches.

Y en el estómago, ni una tila.

-Fabiana, tiene que prepararse, que ya es casi la hora.

-Y a mi niña

¿ya se la llevan?

Dentro de un rato.

¿Quiere que la esperemos y nos acompaña?

No tengo fuerzas ni arrojo.

Hasta las canillas me tiemblan

sin ponerme en pie siquiera.

Iremos siempre a su lado.

La sostendremos.

Le irá bien despedir a la criatura.

No es malo llorar, ni dar la despedida.

Alivia la pena.

-Deja de meterte

en camisas de once varas.

Que mi tía haga lo que se le antoje.

Que no es tu porfía.

No sé cómo te quedan ganas de gresca.

-Quedad tranquilas, zagalas.

Tengamos el luto en paz.

Lo dicho.

Si decide acudir al sepelio, avíseme,

y tendrá mi brazo.

Os veo abajo.

-Yo también marcho, tía.

-¿Qué irá a hacer?

Eh, eh, eh.

¿Adónde crees que vas? A sostenerle.

Ese no es tu lugar.

Hoy más que nunca.

No me importa lo que piensen.

Quizá ni a él le agradara.

¿No sé si el abrazo lo necesita él o yo?

¡Basta, Manuela!

No puedo, Pablo. Me duele el alma de verle así.

Haz un poder.

Es demasiada tortura, Germán.

Deja que busque alguien que te ayude con el ataúd.

Por nada del mundo.

A mi niña le gustaba pasear con su padre.

Hoy es su último paseo por este mundo.

Y yo iré con ella.

¡Déjame salir! ¡No puede pasar este trago solo!

¿No le has visto?

Es un hombre fuerte.

Podrá superarlo. Es un hombre.

Ninguno puede superar la marcha de su hija.

Tenemos más aguante del que creemos.

¡Yo no puedo soportarlo!

Podrás.

Eres de hierro, hermana.

Perdiste a tu hija y aquí estás.

Déjame salir. No te lo repetiré.

Te arrepentirías.

Me arrepentiré si me quedo aquí. ¡Déjame salir!

¡Déjame salir!

¡Déjame salir!

No es justo, Pablo.

No es justo que tenga que sentir

cómo se mueve en el féretro el cuerpito de su hija.

Él solo, tan solo.

Y ella,

la pobre Carlota,

que solo era una niña alegre por estar viva.

No es justo, Dios.

¡No es justo!

No es justo, lo sé.

La vida no es justa.

Llora.

Nada más podemos hacer.

Ya está en la cama.

Está pasando un calvario.

Un vía crucis.

Desde lo de Justo, que en el infierno esté,

su vida solo ha sido padecer.

Ahora que ese señorito iba a hacerle olvidar sus puñales...

Lo de Carlota le ha traído a la mente a su hija.

Don Germán no volverá a ser el mismo.

¿Y tú?

¿Qué dices de ti?

El cuento ya está contando.

Soy tu madre, Pablo.

Y aunque no siempre nos hemos entendido,

te he parido.

Sé cuándo te dueles

y cuándo oyes campanas.

Hoy te dueles.

No tuve mucho trato con la criatura, pero

me afecta su falta.

No digo que no, Dios me libre.

Pero no solo de eso se trata.

¿Y el trabajo?

Ya se lo he dicho.

Cada día me valoran más en las cuadras.

Hablo del otro trabajo.

De la oferta de marcharte

a otra comarca.

¿Cómo lo sabe usted?

¿Va preguntando por ahí?

No fue menester, escuché hablar a los patronos.

Y da igual cómo lo supe.

Lo importante es que no has dicho nada.

No lo he contando porque no sé si quiero el cargo.

¿Cómo que no?

Es tu sueño, Pablo.

El dueño de una yeguada te ofrece que se la cuides.

En el campo, con caballos de buena sangre,

un empleo de futuro, con la confianza del amo.

Y lejos de mi hermana cuando me necesita.

Piensa que ni el destino ni Dios

ofrecen dos veces las mismas cosas.

Sobre todo, las buenas cosas.

Cuando lo decida, iré a contárselo.

¿Seguro que no hay nada más?

¿Es solo por tu hermana?

¿O hay otra amargura de por medio?

No fabule.

Doña Cayetana,

de nuevo expresarle mi desconsuelo.

Siento mucho lo acontecido, señora.

Mi más sentido pésame.

Vaya usted con Dios.

Quede usted con Dios.

Mi madre ha entrado en la sastrería.

¿Te acompaño y nos tomamos algo fuerte?

¿Qué? ¿Me has dicho algo Leandro?

Que si nos sentamos y charlamos hasta las tantas.

He llegado la hora, amigo.

En algún momento me tendré que quedar solo.

No tan pronto.

No hay que demorarlo.

Como quieras.

Estaré en la tienda o en mi casa.

Si me necesitas,

manda buscarme.

Ojalá supiese cómo hacer que dejaras de sufrir.

Deja que te abrace.

Debo sufrir.

Es lo único que me mantiene vivo.

Don Germán,

¿tiene un minuto?

Gracias por acompañarnos. Sé lo mucho que lo siente.

No es eso.

Quería contarle un acontecido de su señorita.

¿Sobre mi Carlota?

Le escucho.

¿Qué tiene, Cayetana?

¿Qué mira?

¿Qué ve?

-A lo mejor me equivoco,

pero yo creo que va al árbol donde jugaba la niña.

No tenía que haber sucedido así, don Germán.

Tan jovencita.

Parecía mentira que la niña estuviera

tan malita.

Perdone,

es que no me salen las palabras fácilmente.

Dígalo como le salga.

Verá.

Como usted sabe, yo ayudé a la señora los últimos días.

Y aunque todo el mundo...

Aunque digan que Dios se la ha llevado porque era tan linda

que la quería tener... Ahora vuelvo.

(Grita)

Cayetana.

Tranquila.

Ya está. Ya está.

¿Le llegó el sosiego?

He conseguido

que dejara la cabeza apoyada lo suficiente

para hacerle tragar estas gotas.

Con ellas dormirá.

¿Está mejor?

Si preguntas si ha vuelto a su ser, parece que sí.

Se habría ahorrado esto

si hubiera llorado al principio,

como cualquier madre.

Su fortaleza es su peor enemiga.

Y tú, ¿vas a descansar o te tengo que dar yo esas gotas?

Envidio a las personas que han luchado desde su nacimiento.

A ellas no les engaña la vida.

No solo sabe que en que la felicidad puede romperse,

sino que se romperá

irremediablemente.

Nuestro consuelo es que, en ocasiones, la felicidad dura.

No lo suficiente.

Estos días junto a Manuela,

en los lugares de mi infancia,

es cierto, el tiempo se paró.

Para luego correr como cuando se rompe un dique

y arrasa el agua.

No te culpes.

Germán, he de insistir.

No eres adivino.

Ni mucho menos Dios.

No podías prever tal desgracia.

Y tú lo has dicho.

Tenías derecho a esos dos días.

Ni tú ni Manuela sois culpables.

Haz por encontrarla.

Dile que mañana nos veremos en la sastrería.

No te precipites.

No me precipito, Leandro.

Pienso rápido.

Y con lucidez.

Con demasiada lucidez.

Y por eso sufrirás más.

-Perdonen, señores. La puerta estaba entreabierta.

Has hecho bien en venir.

Antes te he dejado con la palabra en la boca.

Tratabas de contarme algo.

Nada de enjundia.

Una, que es una tonta.

Quería darle el pésame sin que sonara hueco.

Parecías contrita,

no solo por la muerte de mi niña,

sino por su enfermedad.

Pasamos mucho tiempo juntas. Fue muy duro.

Ha de saber

que su hija lo adoraba.

Gracias, se lo agradezco.

Quería pedirle algo

para mi tía Fabiana.

¿El qué?

No me digas que no huele bien este café.

-Deberías hacer que nos lo sirvieran.

-Esta vez no es

inconveniencia mía.

Mi pobre Fabiana no puede ni tenerse en pie.

-La chiquilla se hacía querer.

-Se ha llevado toda la alegría que había a su alrededor.

-No has visto a Cayetana.

Creía que perdía el juicio.

Nunca la he visto comportarse de tal modo.

Porque Germán dice que se pondrá bien,

si no, te diría que no la veremos sin la camisa de fuerza.

-Esa mujer no tiene sangre ni para volverse loca.

Templará su dolor,

lo contendrá y saldrá adelante.

Te lo aseguro.

¡Menuda es tu amiga!

No penes más por ella.

Bueno,

cuéntame.

De ti, de vosotros.

De vuestra reunión

con las monjitas del hospicio.

¿Os decidisteis?

-Yo sí.

Una preciosidad de criatura.

-¿De veras?

Cuenta, cuenta.

-Es un primor.

Embelesa con su mirada,

y está siempre sonriendo.

Parece haber sufrido mucho.

-No, mujer.

Tan pequeñitos no se enteran de nada.

-Esta sí.

Se le veía en los ojos.

Tiene el cuerpo lleno de heridas.

-Pobrecita.

O sea que

¿niña al fin?

-Me ha llegado al alma.

Son todos adorables, claro está.

Pero ella

me llama con todo su ser.

-Mujer,

lo dices como si no fuera bueno.

-Felipe no la quiere.

Prefiere un niño.

-Malo entonces.

-Imposible.

Lo que debería ser motivo de alegría,

hará que me entristezca

si no me olvido de ella.

-Debes hacerlo. Felipe no transigirá.

-Tiene miedo de los disgustos que dice que las mujeres damos.

Y de que su apellido no perdure.

-Obedécele, Celia.

No es caso que adoptéis una criatura

si va a ser motivo de rencor en casa.

-¿Siempre tienen que mandar ellos?

¿Siempre se tienen que salir con la suya?

-Ley de vida.

Somos unas segundonas en esta comedia.

Felipe no cederá.

Si quiere el apellido...

-Yo quiero un hijo, no un apellido.

-Confórmate con el varón.

Y no enredes.

Enseguida está la tila.

-No sé yo si tomaré.

Llevo más que los Reyes Magos anís la noche que trabajan.

-Déjate de contar refranes.

Que no está el alma para juegos.

¿Había mucha gente?

No cabía en el campo santo.

-El cura se ha subido a un poyete para dar la bendición.

-La única bendición que me hace falta es Carlota.

¿Cómo se portó la madre?

-Fría,

y con la nariz bien alta,

haciendo planta de rica.

Como siempre.

No sé cómo puede aguantar esa mujer.

Horchata tiene que tener en las venas.

-¿No la habéis visto después?

Menuda tragedia. Un numerito

de los buenos.

-¿Ella?

¿Cayetana?

-Se abrazaba al árbol donde jugaba Carlota y lloraba.

Daba unos gritos llamando a la niña

que helaban la sangre.

Vamos, una dolorosa en cuerpo presente.

¿Y don Germán?

Fue él mismo quien la arrancó de allí

y se la llevó.

-Le habrían entrado remordimientos

por haber estado tan tiesa.

-Calla, boca grande.

Ella quería a su hija,

pero la enseñaron a esconder lo que se siente.

Así son las señoras.

-Allá ella con sus adentros.

Yo me voy con los míos.

Ni oír hablar de este barrio quiero.

-El luto te pica como si fuera arpillera.

-El luto y cosas que tú no sabes, resabiada.

Me marcho.

Me han dado un papel en una función musical.

-Me alegro.

-Bien viejo tiene que ser el empresario para contratarte.

-No voy a entrar al trapo.

Gracias, tía.

No es de protagonista, pero es un papel bien bonito.

-Me faltan fuerzas, pero

enhorabuena, Rita.

-Ya le iré contando.

Y tendrá un final feliz.

-Nones, que los del teatro no se casan.

-No le pare usted mientes.

Ya verá lo bien que me va. No sufra usted.

-¿Dónde vas a vivir?

-De renta, en una habitación.

La alquila una señora que tiene varios pupilos,

muy honrada.

Que tengas mucha suerte.

-Si es lo que quieres, que dure.

-Gracias.

Mañana os libraréis de mí.

¿Dónde va, tía?

-A darte un abrazo.

¿Puedo?

-Procurad que descanse.

Tenga, tía,

se la pedí a don Germán para usted.

-Está preciosa.

Era

preciosa.

(Campana)

-La de los Hidalgo. Casilda,

otra vez a hacer la sopa con el mismo hueso.

-Te has quedado atrasada.

En la casa de mis señores ahora sobre lustre.

Sé que estás ahí. ¿Qué te crees?

-Yo solo creo lo que veo, como Santo Tomás.

-¿De qué hablas?

-No te enfades, corazón, que se marcan las arrugas.

-Deja de decir sandeces.

-¿Es sandez

que me alegre cada día de tenerte cerca?

¿Se puede saber qué tábano te ha picado?

-La muerte de la pequeña da que pensar, ¿no crees?

-Tenías que sacar el tema

ahora que lo había olvidado.

-Nunca lo olvidaremos.

Lo importante es que los vivos

sepamos sacar enseñanzas de los reveses que da la vida.

-No te entiendo, Maximiliano.

¿No te faltará el riego

en ese cerebro? -Al contrario.

La sangre recorre mi cuerpo

y me siento vivo, dentro de esta tragedia.

-Has perdido el oremus.

-No, no, no.

Amor mío,

de la marcha de nuestra hija, casada ya, y del fallecimiento

de la pequeña, he sacado un buen consejo.

No hay que dejar escapar la vida porque pasa muy deprisa.

-Y tanto.

Ya peinamos canas. -Sí,

pero canas llenas de vida y de saberes.

Rodeado de tanta pena

me he dado cuenta de la suerte que tengo.

-¿Suerte?

-Y redonda.

Te tengo a ti, lo primero. Y lo segundo,

a nuestra hija.

-Y acabamos de salir de la cueva.

Puede que lleves razón. -Te falta lo principal.

Nos tenemos el uno al otro, y nos amamos tanto o más

y desde luego mejor que si fuera el primer día.

Suerte, sí.

-Será el ánimo, pero te veo hasta de mejor cara.

-Ya me lo dijiste ayer cuando me probé el chaqué.

¿Te das cuenta? Tú, aun sin pensarlo,

tienes los mismos anhelos de vida.

-Ni me había fijado.

-Aquí estoy yo para señalártelo.

La muerte

es inevitable.

Ven aquí.

Paloma mía.

Estas carnes,

aunque las conozco bien,

me parecen nuevas.

-¿Estás bien? -Mejor que nunca.

-Ya tengo el paño de hilo fino.

¿Señora?

-El señor, que está con pena.

-Ya, ya.

-A limpiar la cubertería.

Y tú, Maximiliano,

a cenar a nuestra alcoba.

-Sí, sí.

A la alcoba.

Casilda,

disfruta de la vida.

-Como mande el señor.

-La muerte, que afecta a cada uno de un modo.

-Ya, ya.

-No me repliques y a frotar.

¿Te vas?

-El mundo no se detiene con cada ausencia.

-Claro que no.

¿Al bufete?

-Primero sí.

Hay mucho trabajo con todo lo ocurrido.

Luego he quedado con un cliente

para preparar la cita al notario.

-He estado pensando en nuestra conversación.

-Celia, no voy a ceder.

Será un varón.

Para un matrimonio que puede... -No me has dejado acabar.

Estoy de acuerdo contigo.

Que sea varón.

-Me alivia saber que has recapacitado.

Pensaba que nos iba a ensombrecer tu porfía.

-Por eso he cambiado de opinión.

Para que no discutamos.

-¿Lo dices de corazón?

-Yo solo quiero tener un hijo.

Abrazarle y darle besos.

Lo de menos es lo que escondan los pañales.

-Me gusta que tengas tu opinión.

Pero que recapacites

y que aceptes lo razonable.

¿Sabes lo que te digo?

Que no vamos a esperar.

Mañana mismo nos lo traerán a casa.

-¿De verdad lo dices?

Me haces feliz.

-No lo demoremos más.

El viernes no voy a poder.

Y ese niño no se nos puede escapar.

-Por una vez, tu copada agenda me alegra.

No sabes cuánto.

-Adiós, preciosa madre.

Mañana, esta casa,

tendrá su heredero.

No leas tanto,

que te atontas.

-Déjese de bromas que estoy hincando codos.

-No veo a doña Juliana.

-Estará preparando el horno para cocer esta madrugada.

-Pues mejor, así no nos chafa la conversación.

-¿Conversación?

¿Qué conversación? Aquí no hay ninguna conversación.

-Te lo explico en un plisplás, en menos que canta un gallo.

-Váyase, que luego me lía usted.

-Tengo un negocio.

-¿Bueno?

-¿Bueno?

Mejor, nos vamos a hacer de oro.

-¿En qué consiste? ¡No!

No quiero ni escucharle.

Le he prometido a mi madre

que seré abogado.

-Esto tiene más futuro que el tranvía de caballos.

-¿Va de técnica?

-Va de técnica y de la ciencia más refinada.

Se trata de tirar fotos.

Ahí está el porvenir.

En bajar la fotografía a nivel de los menestrales.

-Ya. ¿Y cómo va a conseguir

que los pobres paguen por las fotografías?

-Eso es el truco, la novedad.

He encontrado una droguería donde venden

productos para revelar fotografías,

y he echado cuentas.

-¿Con los dedos?

-Con lo que sea, pero me han salido.

Si vamos

a comuniones, bautizos y cumpleaños,

en menos que termine de contártelo, nos hacemos de oro.

-¿Por qué me cuenta a mí todo esto?

Para tirar de la cuerda no hace falta más que uno.

-Ya, es que necesito

un socio capitalista.

-Ah.

Me quiere para los cuartos.

-No, no soy tan feo comerciante.

Nos repartiríamos la rutina.

Tú compras la cámara de retratar

y tiras las fotografías

y yo me agencio los líquidos y revelo en el chiscón.

¿Hecho? Si tienes cualquier pregunta,

me la dices, que lo tengo todo pensado.

-Los beneficios al 50%.

Y si hay alguna gachí guapa,

quiero copia particular.

-Hecho. -Hay trato.

¡Mi madre!

-Doy por hecho el acuerdo.

Doña Juliana,

está usted forjando un letrado de pro.

Con su permiso.

-¿Qué estáis tramando?

-¿Yo?

Madre,

no invente, por Dios, que me descentra.

¡Hay que ver! ¿Eh?

-Hay que ver.

Isidra.

Si llegara el señor y preguntara,

le dices que vengo rápido.

Que estoy de paseo.

-Como diga la señora.

¿Qué me has dado?

Parece que no puedo caminar recto.

Es mejor que vuelvas a la cama.

Has de descansar.

No podría aunque me dieras por embudo todos tus medicamentos.

Es lo que te conviene, dormir.

Y que pase el tiempo.

Tú quizá puedas.

Pero yo no me quito el tormento de mi cabeza.

Hemos de cargar con esta cruz de por vida.

Pero regodearse en el dolor

no nos la va a devolver.

Voy a ver si hay algo para comer.

¿Vienes a la cocina?

Tengo el estómago en un puño.

Como quieras.

¿Qué va a ser de mí?

¡Eh! Cuidado.

Con tanta carga, los frenos no funcionan.

Mi madre se siente más cómoda si me ve aplicado.

Pero ¿vas en serio?

Mientras que no me salga otra cosa, Pablo.

Por tu tono, se comprende que le das vueltas a algo.

Alguien emprendedor siempre tiene un negocio en la recámara.

Suerte. Y tú que lo veas.

¡Vaya!

No sabía que te encontraría con la sastrería cerrada.

¿Me está buscando a mí?

Ya sé que no son horas, pero en la ciudad siempre ando ocupado.

¿Tienes un rato?

Si espera una respuesta, le adelanto que no la tengo.

No es que quiera ponerte en un apuro,

pero el plazo se ha acortado.

¿Y eso? Me ha llegado

un telegrama, ya sabes cómo son las yeguadas.

Si no es una cosa, es otra.

Me marcho al campo la semana que entra.

No quiero darle problemas,

pero le dije que necesitaba tiempo.

Tiempo es lo que yo no tengo.

Sería una pena que ese talento

que he visto en las cuadras, se pierda aquí,

con potros sin garantía.

Hombre, los hay muy buenos.

No, los mejores son los míos.

Y no es que yo lo diga.

Todo el mundillo equino sabe que Mendoza Gadema es de ley.

Hay bofetadas por venir a la finca, a trabajar conmigo.

Ojalá pudiera adelantarle algo,

pero no puedo.

Muchacho, las oportunidades así no se pueden prodigar.

Pero daré un paso adelante.

No solo cuidarás potros y domarás potros.

¿Qué más hay?

Con el tiempo, que no será mucho, podrías ser mi segundo,

mi hombre de confianza,

mi ojo para los caballos.

Es usted muy generoso.

Tienes talento, y eso escasea.

Yo no tengo familia en quien confiar mi finca.

Piénsalo.

Ganarás más, tendrás casa y buena faena.

Es más de lo que había soñado.

Eres duro de pelar.

No es que quiera hacerme de rogar, pero

hay cosas que he de pensar.

Pues piensa rápido o me buscaré otro candidato.

Mis animales no pueden esperar, y yo

tampoco.

La semana que viene caduca la oferta.

No llore, señora.

¡Úrsula!

La misma, señora.

Ya me he enterado de su desgracia.

Mi niña...

Lo sé, lo sé.

Ha de reponerse.

Las damas no lloran, señora.

No puedo evitarlo.

Chist.

Ni un puchero más.

Podrá. Para esto estoy yo aquí.

"Soy Úrsula".

Para ustedes, doña Úrsula.

Pasaré unos días aquí.

Quizá no sería necesario que se ausente de sus obligaciones

habituales, ¿no cree?

Ninguna es tan grata como cooperar con alguien

a quien tanto aprecio, como a doña Cayetana.

Ha venido a ayudar.

¿A ayudar?

Es un buitre que busca carroña para alimentar su odio.

Es la mujer más ponzoñosa que he conocido.

Deberías darle una oportunidad.

Conocerla más. Es una mujer

de muchas cualidades.

La conozco perfectamente, Cayetana,

y me repugna.

Esa mujer ha estado a mi lado toda mi vida.

Lo he perdido todo.

He perdido a mi hija.

¿Vas a separarme de ella?

Doña Cayetana tiene que ser fuerte ahora

y no escuchar sus supersticiones y sus melindres,

que solo le hacen mal.

Necesita disciplina

y volver al mundo.

Espero que aceptes ser la madrina

de mi criatura.

Sabes que sí.

Será todo un honor.

Ven aquí.

Me quedo más tranquila

sabiendo que nuestras rencillas quedan olvidadas.

-Vas a ser una madre maravillosa.

Ven aquí.

¿Sabe qué se traen entre manos?

Me temo que su Servando está enredando a mi hijo en algo.

Que tiene la cabeza

llena de pájaros.

-Doña Juliana, aquí, el único enredador es su hijo.

Y más ahora, con la perra que ha cogido

de comprar una máquina de retratar.

No sé qué hacer, madre. Partir.

Olvidar a a esa mujer.

Hacer tu vida lejos de ella

para siempre.

-"Acaba de subir esto"

Servando. Se me cayó por las prisas.

-¡Ay! Es un telegrama de la niña, de Viena.

¿Sientes nostalgia de ella?

Cada minuto.

Igual que yo.

Tenemos que estar más unidos que nunca.

Apoyarnos,

querernos.

¿Hay algún recado de Germán para mí?

Sí, quiere verte hoy,

aquí, en la sastrería, a la hora del cierre.

Otra vez encuentros clandestinos.

¿Qué pasa con su marido, que no ha sabido mantenerlo?

Eso se ha acabado.

Saldremos para que todo el mundo diga:

"Ahí va doña Cayetana".

"Ni la muerte de una hija pudo doblegarla".

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Acacias 38 - Capítulo 67

14 jul 2015

Todos se despiden de la pequeña Carlota. Su cuerpo es trasladado al cementerio ante el dolor de todo el barrio. Rita está a punto de contar a Germán la verdad de la muerte de su hija, pero no lo hace al ver a Cayetana sufrir una crisis de nervios.

 

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  1. mila

    se paran los videos en cualquier momento y no siguen reproduciendose! (los antiguos)

    03 abr 2017