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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 663 - ver ahora
Transcripción completa

Mire, señora, he encontrado unos manojos de muérdago.

Y he pensado en hacer una corona, para ponerla en la puerta.

-Ni hablar.

Eso son costumbres de franceses paganos.

El muérdago lo utilizan las brujas para preñar mujeres.

-Sí, pero está muy de moda y alegran tanto la Navidad

como estas bayas de acebo, que no dirá que son paganas.

Las tenía doña Cayetana guardadas en el desván.

-En esta casa, en mi casa,

solo se conmemora la Navidad con la puesta del belén.

Guarda toda esa parafernalia

del diablo.

Y saca el nacimiento,

que es lo que se corresponde.

El milagro de la vida.

Pronto seré abuela.

-¿Preparando la Navidad?

-Protegiendo la Navidad de influencias extranjerizantes.

Lleva todo eso al desván, de donde nunca debió haber salido.

O tíralo, tanto da.

Supongo que, por muy salvaje que te criaras,

alguien te enseñaría historia sagrada.

-He leído la Biblia. Y algún misal.

-Entonces sabrás que la Virgen María,

junto con su esposo fiel,

San José, tuvieron que sortear

mil dificultades para parir y criar al niño Dios.

-Dio a luz en un pesebre, sí.

-Y para salvarlo del maldito Herodes, no dudaron ni un momento

en hacer a pie, junto con ayuda de un borriquillo,

los más de 1000 kilómetros que separaban Galilea de Egipto.

-¿A qué viene todo esto, madre?

-Viene a que la Virgen, jamás,...

jamás, dudó... ni desfalleció.

Con el objetivo de preservar al niño Jesús para la humanidad.

Que hizo todo lo que tenía que hacer.

-Sigo sin entender. Es una historia edificante, ¿pero?

-Ni siquiera has pensado en el reproche que te hice esta mañana.

-Por mi pelo. -Sí.

Por tu pelo.

Pero tu pelo no es lo que me importa.

Tu inmadurez,

tu falta de compromiso para con nuestro proyecto.

Tus veleidades. -Solo me lo ricé un poco.

-Ya. Para parecerte a Blanca.

Para conquistar a Diego.

¿Y por qué?

Porque te has dado cuenta que no te quiere.

¿Y a ti qué se te ocurre hacer?

Disfrazarte, intentar ser otra.

-Soy una estúpida, ¿verdad?

-No, hija mía.

Eres inexperta. Ingenua.

Por eso tienes que confiar en mí.

Y en mis directrices.

Todavía no has aprendido, como hizo la Virgen María,

que el objetivo final...

es lo que importa. Criar al niño.

-Lo siento, madre.

No volveré a dejar...

volar mi imaginación.

-Eso espero.

Creo que Blanca ha ido a ver a Diego.

Ya sabes el peligro que eso puede suponer

para nosotras.

¿Cuándo vas a dar su merecido a ese metomentodo?

-Ya no se meterá en más pleitos.

Ni tampoco hará falta

administrarle ningún... compuesto.

Está intoxicado...

por mercurio y no se quiere tratar.

-¿Por qué?

-Quiere morir.

Y morirá.

La enfermedad avanza veloz.

Hijo.

Hijo, ¿estás bien? ¿No te han hecho nada?

-No, no, padre, solo he sido... represaliado.

-Sí, ya sé que te han recluido

en una celda de castigo.

-Y... lo que no sé es cómo han permitido su visita.

-He tenido que rogárselo

al comisario Méndez. Al final se ha apiadado.

¿Por qué lo hiciste, hijo?

-¿Fugarme?

-Yo comprendo tus ansias de libertad,

que quieras salir de estos muros.

Pero ¿no pensaste en que podías agravar tu situación?

¿Qué pretendías?

-Buscar a Belarmino y acabar con él.

-¿Y acabar convirtiéndote en un prófugo?

¿Y en un asesino?

-Padre, yo ya no tengo nada que perder.

Y así les evitaría a ustedes

un disgusto.

No puedo vivir con la idea de que les pueda suceder algo malo

por mi culpa.

Belarmino se merece la muerte,

y yo la paz.

-¿Qué sucedió?

-Conseguí la ganzúa. Y establecí el plan de fuga.

Esperé... el momento oportuno y...

nada.

Nada, porque usted ha criado un hijo con...

más conciencia de la necesaria.

-¿Por qué lo dices?

-Porque cuando ya casi podía saborear la libertad,

me di cuenta que, como usted bien dice, yo no soy un asesino.

Así que, ¿para qué iba a fugarme, si luego no iba a poder

acabar con Belarmino con mis propias manos?

-Ni Belarmino dejaría impune tu fuga.

Iría a por cualquiera de nosotros. -Así es.

Así que prefiero seguir preso, a que ustedes les pase algo malo.

Pero no tuve tanta...

clarividencia con el tema de la ganzúa, porque se me olvidó

deshacerme de ella y...

me la encontraron.

-Y ahora servirá de agravante cuando te presentes

ante el juez.

-Soy un cobarde, padre.

De no ser así,

habría escapado y acabado con Belarmino

y por lo menos ustedes... podrían estar más tranquilos.

-No.

No, sabiéndote perseguido.

Y además acusado de asesinato.

Has hecho bien, hijo.

Pero no solo por ti.

Sino por nosotros, todos los que te queremos.

Hijo,... has hecho lo que haría

un Palacios.

(Golpes de barrote)

Con esa perola ya llegamos a las raciones

que le han pedido al Servando.

-Y un poco más que he echado contando con las que se zampa él.

Espero yo que, por favor, no coja ni un pedido más,

porque yo estoy ya que me duelen hasta las pestañas de bajar

y subir perolas. -Él hará lo que le dé la real gana.

¿No ves tú que es más avaricioso que Judas Iscariote?

Anda. Deja que te dé unas friegas.

-Pero "señá" Fabiana, que yo tengo que seguir meneando el caldo.

-Bueno. Te las doy sin que te sientes, mujer.

-Usted tampoco está muy católica, ¿verdad?

-Como echando el último suspiro estoy, hija.

Pero ¿quién dijo miedo, Casilda? ¿Eh?

¿Somos mujeres o no? ¿No somos más duras

que las piedras o qué?

-Que sí, que sí, "señá" Fabiana. Y con más agallas que los jureles.

-Pues eso, a seguir faenando

hasta que se nos doblen las rodillas.

Anda, quita.

Quita, que yo le daré las vueltas al condumio.

-Hay que jeringarse, "señá" Fabiana. Qué bemoles tiene usted, ¿eh?

A su edad y sin flaquear. -Y ahora vamos a cantar,

que la faena se hace más leve. -Sí.

# -Y en Acacias 38, las criadas

# dan el callo,

# mientras que a los señoritos no los menea un rayo.

# Ande, ande, ande, la marimorena;

# ande, ande, ande que es la Nochebuena. #

-Menos mal que estáis aquí, ¿eh?,

que se me venía el mundo encima de pensar que me quedaba sola.

-Bueno. ¿Y tú dónde has estado todo el día, que no te he visto el pelo?

-Menuda "jorná".

Que una no gana para sustos.

Antoñito, que ha "intentao" escaparse de la cárcel.

-Pero ¿ha sido por la fuerza?

-Pues no. A tanto no ha "llegao".

Pero le han encontrado

una ganzúa escondida.

Le tienen "castigao". -Pero ¿lo ha "intentao" o no?

Que hay diferencia, y mucha, entre intentarlo y hacerlo.

-Pues el pobre no se ha atrevido.

Ha pensado que si se las guillaba, Belarmino caería encima

sobre sus seres queridos. ¿No me digáis que no tiene sensibilidad

o como se diga? -Bueno.

Sensibilidad o canguelo.

Cualquiera de las dos puede ser. -La cosa es que sigue preso.

Y que nadie da un duro por él.

El único testigo que teníamos,...

el capitoste ese de Cádiz, no quiere declarar.

Y yo no he podido dar ni con Belarmino ni con Sepúlveda,

que una ya no sabe qué hacer.

-Pues Lola, lo que no debías hacer es seguir con las pesquisas

por tu cuenta, mujer.

Vamos, es que un día de estos, o una noche, te van a pegar un capirotazo

que no lo vas a contar. -Casilda tiene razón, Lolita.

Eso es faena de otros, mujer.

Tú deja que la policía busque al criminal.

Y ahora,...

promete que no vas a seguir arriesgando la pelleja.

Venga.

-El caldo este está riquísimo.

"Es mercurialismo".

"Es una enfermedad común entre los mineros".

-"Por buscar el oro para mi colgante".

"Diego, no voy a permitir que te mueras".

"No lo haré".

Maldito viaje.

Maldita joya.

-¿De dónde vienes? ¿Se puede saber?

No me mientas.

-No lo he hecho. -Sé dónde has estado y con quién.

-Samuel, preferiría postergar esta charla.

-Pero yo no. ¿Por qué lloras?

Resulta que al final Diego ha preferido a tu propia hermana.

Te lo advertí, él es así.

-No quiere a Olga. -Ni tampoco a ti.

No quiere a nadie.

¿Servirá esto para que cumplas tu promesa de fidelidad?

Olvídate de él. -Eso es imposible.

Y ahora menos que nunca. -¿Y todas tus buenas intenciones?

¿Tan frágiles son

que las has olvidado tras pasar un rato con él?

-Te confundes. No me desdigo, Samuel.

Si he ido a ver a Diego,... es porque se muere.

Se muere, Samuel.

-¿Qué?

No es cierto. Enfermo puede, pero no muerto.

Tiene siete vidas. -Pues ya ha gastado seis.

Tiene mercurio en la sangre.

Lo contrajo estando en las minas.

No hay cura.

-No puede ser.

-Empezó a notar los síntomas estando en las Minas Gerais.

No debimos pedirle que nos trajera el oro y las gemas.

No debimos obligarle a hacer ese último viaje.

-Es su trabajo. No debes sentirte culpable.

-No es un sentimiento.

Es un hecho.

Es la verdad.

Somos culpables.

Buenos días, señora. Perdóneme, ¿eh?

No tengo perdón de Dios. Es que me he quedado "sobá".

¿No me va a reñir?

¿Es que no me ha oído? Que me he quedado dormida.

-Sí, te he oído.

Pero... no creo que valga la pena reprenderte, porque probablemente

no te siga necesitando en esta casa. -¿Cómo?

Pero si en esta casa no se mueve un alfiler si no lo muevo yo.

-¿Ah, sí? Pues no moveremos alfileres.

Anoche,... mientras tú guisabas

para ese negocio irregular que te traes entre manos,

yo misma me hice un caldo con esas pastillas que usas.

Y, la verdad, es que me salió muy rico, para chuparse los dedos.

-Pues muy bien. Me alegro. -Yo no me alegraría tanto.

Porque... eso significa que con esas tabletas,

hasta yo puedo cocer sabrosos caldos.

Y esto quiere decir que no te necesito tanto como creía.

-Doña Rosina, que son muchos años.

-Por otra parte, y teniendo en cuenta

que por mor de ese negocio tuyo descuidas tus obligaciones,

por la noche llegas a la hora que te da la gana

y te levantas rendida y tarde, sí, he sopesado seriamente

prescindir de ti. -Mire, doña Rosina, yo,...

con todo mi respeto, que es mucho,...

le doy la razón. Es verdad que con esas pastillitas

cualquiera puede hacer un caldo bien sabroso, pero...

-Como para discutírmelo.

-Bueno, pero es que a una en esta casa no solo

se la mide ante los fogones. No, yo también...

tengo que ir a la plaza a comprar el condumio, lavo,

almidono,...

abrillanto la plata,... -Otra puede hacerlo.

-Pero yo también limpio los retretes,

tiendo las sábanas que,

por cierto, señora, se las dejo más tiesas que un estanque helado.

Y bueno, lo más importante de todo,

que yo me deslomo en lo que haga falta.

"To" "pa" que a usted no se le quede un capricho por contentar.

-No te creas tan única.

-Puede que lleve usted razón, y hasta la más lela de las criadas

puede hacer las tareas de la casa. Pero...

Pero lo que usted no me puede negar...

es que soy única preparando esa tarta de la Reina Victoria

que tanto le pirra.

-¿Es que tienes salida para todo o qué?

-Bueno, y esa tarta, además, no se hace con tabletas.

-Bueno, pero hace mucho que no me la preparas.

-Bueno. Y a lo mejor no la preparo nunca...

si veo que mi jornal peligra en esta casa.

-¡Pero serás...!

Si no fuera porque a mi hija también le encanta la Reina Victoria...

-"Pa" chasco que sí, ¿eh? Con su...

ralladura de naranja.

-Su frambuesa.

-El agua de rosas, el azúcar glas.

-Su vainilla. Anda, vete a la cocina

y preparas una.

-Pero doña Rosina, ¿no me ha oído?

Que he venido a trabajar muy tarde, me he "sobao",...

-He dicho que prepares una Reina Victoria,

y no me voy a desdecir. A batir la mantequilla.

-Está bien, si es lo que usted desea.

-Un momento.

No creas que por esto voy a olvidar

tu desatención para tus quehaceres.

De momento te quedas.

Pero si no abandonas esa ocupación...

-Pero doña Rosina, que no soy yo sola, he "dao" mi palabra.

-Si no abandonas esa ocupación...

de guisotes preparados,...

me veré en la obligación de hablar con el resto de los señores

y ponerles al tanto de la situación.

-Si yo lo hago por una buena... -¡Hala! A la tarta.

¿Qué haces, hija?

-Punto de cruz.

Tengo algunas ideas para hacer cenefas y ribetear vestidos.

-No sé si esas ideas nos serán de mucha utilidad,

dado el volumen de negocio

que manejamos ahora.

-¿Y usted qué hace?

-Cuentas.

No sé cómo vamos a sobrevivir a este brete.

-¿Tan mal está la cosa? -Ya te puedes hacer una idea

por ti misma. ¿Cuántos encargos recibimos desde...

bueno, desde que se supo lo que se supo?

-Contados.

-La gente no perdona. Incluso las clientas

de toda la vida.

Y fíjate bien, que no es porque teman mancharse con mi trato

sino porque no quieren que los demás piensen que toleran

tamaña afrenta moral. -Eso no es de buenos cristianos.

-No. Es de redomados hipócritas, que es lo que son.

O somos.

La mayoría de lo que se da en llamar la buena sociedad.

-Si aceptaran el manto papal se recuperaría usted, ¿verdad?

-Pero eso está por ver.

Van pasando los días y no hay novedades.

Y eso... no es buen augurio.

-Paciencia, las cosas de palacio van despacio.

-No es palacio.

Son los obispos.

Y suelen tomar las decisiones más rápido.

Tan rápido, como condenan a una persona por indecente.

-Buenos días, señoras. -Buenos días.

-¿Puedo hablar un momentito con Adela?

-Sí, hija, sí, un momento y dos.

Que no estamos mano sobre mano porque somos de natural laboriosas,

porque no es que la faena nos abrume. ¿Cómo está don Felipe?

-Pues vengo del hospital. Va mejorando.

Por fortuna. Poco a poco.

-No sabe cuánto me alegra.

Bueno, y dígame, ¿para qué quería hablar conmigo?

-Pues es que en el hospital me he encontrado con Simón

y quiere que le diga que está bien, que siente haber pasado otra noche

en el hospital.

-¿Don Arturo...

sigue en las últimas?

-Pues mejorar, no mejora.

Tienen que esperar 24 horas

para saber si se salvará

o si han de administrarle los sacramentos.

-Pues quien a hierro mata, a hierro muere.

-No hable así, que ni siquiera es lo que piensa de verdad.

-Hija, llevas razón. Señor, perdóname,

que no sé lo que me digo.

-Todos estamos un poco descompuestos estos días.

Si no, que se lo digan a la pobre Elvira, que está fuera de sí.

-Claro, por eso Simón no quiere abandonarla, ¿verdad?

-Así es. -A mí no me parece bien

esa conducta

en un hombre casado y con la historia que hay detrás.

-No tema, doña Susana, que sí que es cierto que Simón

ha estado muy cercano a Elvira,

pero no va abandonarla ahora a su suerte,

por muy leal que sea a nuestro matrimonio.

-La felicito, Adela.

Me parece una actitud de lo más civilizada.

-No requiere de felicitaciones.

Es... solo lo que haría cualquier buena sierva del Señor.

-Yo le he dado permiso a Simón para ausentarse

mientras el coronel no mejore. -Pues a mí no me parece

tan normal como a vosotras.

Que esté velando a un hombre que quiso asesinarle

y que ahora lo ha intentado con su sobrino, a la sazón mi nieto.

-Precisamente ese duelo es...

un motivo más

para que Simón consuele a Elvira.

En parte, él es responsable de la herida del coronel

por haber enseñado a Víctor a disparar.

Samuel, ¿tienes un momento?

He estado pensando y...

creo que es una buena oportunidad hacer la réplica del colgante "Ana"

que nos ha pedido la señora Ruano.

-Por favor, doña Úrsula, no estoy ahora para esto.

-Si tu preocupación se debe a la triste situación de nuestra familia,

creo que, precisamente atender el encargo

de esa señora, redundaría en un mayor

y mejor reconocimiento de los Alday.

-¿Cómo es eso?

-Además del dinero que significaría para la empresa familiar

y que ahora, evidentemente,

es lo de menos, la señora Ruano es una mujer con muchas influencias.

Difundiría la exquisitez de la joya y, por tanto,

la valía de nuestro apellido.

Comentaría la fama de tu padre y la de todos vosotros,

los avezados joyeros.

-De acuerdo, como usted quiera.

Veré lo que puedo hacer.

-Eso está muy bien. Es lo justo.

Disculpa mi intromisión en tu oficio,

pero permíteme recordarte

que la señora Ruano se ha enamorado de la alhaja

tal y como la elaboró tu padre.

Yo de ti seguiría al pie de la letra las indicaciones del cuaderno.

-En el cuaderno que tanto le interesa,

las anotaciones de la joya no son precisas, señora.

Haré lo que pueda para no desvirtuar el arte de mi padre.

Ahora tengo que irme.

-No quiero presionarte. Tómate tu tiempo.

Pero no olvides el encargo. -Así lo haré.

-¿Te marchas? -Así es.

Tengo asuntos que atender.

-¿Has... decidido ya...

qué hacer con tu hermano?

-¿Qué te pasa, hija? No tienes buena cara.

-Debe ser algo natural por mi estado.

-Blanca, Blanca,...

sabes que no puedes engañarme. Y que, cuando lo has intentado,

no te ha ido bien. Todo lo contrario.

¿Qué es lo que tiene que decidir Samuel

sobre su hermano?

-Necesito un té bien cargado.

-Ahora viene Carmen.

-Te has rizado más el pelo.

-Fue un impulso.

-Deberías aprender a controlar

tus impulsos. Hace tiempo

que vives en una casa civilizada.

-Madre, ¿le importaría ir a pedir ese té para Olga?

Querría hablar con ella.

-Yo misma lo prepararé.

-Gracias.

-¿Te has enfadado?

Sí, lo admito, quería parecerme a ti.

Soy una estúpida. -Olga,...

no pensaba hacer litigio de ese asunto.

Tu imagen es cosa tuya.

Es de otro menester del que te quiero hablar.

-Dime.

-No te va a resultar difícil el encargo.

Te imploro que permanezcas al lado de Diego.

Que le cuides.

Pero, sobre todo, que le convenzas para que se trate.

Que no se enroque en su afán de morir.

Olga,...

tiene que vivir.

-¿Crees que no lo intento por iniciativa propia?

Pero no cederá.

Está resignado.

Casi aliviado.

-Olga,... no cedas, por favor.

Insiste.

Ninguna de las dos

queremos que Diego se muera,

¿verdad?

Pues esta ración de caldo es para mí, que también tengo que nutrirme.

No hemos cumplido con los pedidos de caldo que teníamos.

-Yo he hecho todo lo que he podido, ¿eh?, que he preparado caldo

para todo un regimiento.

-Había encargos para dos regimientos.

Si no le estoy echando la culpa a usted.

Lo digo por Casilda.

Que en una empresa, lo primero es la puntualidad.

-No, no se lo eche usted a la cuenta de la Casilda,

que si no está es en contra de su voluntad.

-¿Qué ha pasado? -He ido a interesarme por su falta.

Y la señora Rosina me ha echado con cajas destempladas.

Ni siquiera me ha dejado ver a mi prima.

Y eso que le llevaba un queso.

-Entonces, ¿ese queso lo has traído de vuelta?

-Quía, que la señora Rosina, aunque a mí me ha echado,

también le ha echado mano al queso. -¿Sí?

¿Y no le ha dado a usted razones sobre Casilda?

-Me ha soltado que: "Casilda estaba muy ocupada

y que hoy no salía de casa".

-Si es que la lleva a mal traer, a la pobre.

Ya sabía yo que Casilda no había faltado por su gusto ni por desidia,

sino por abuso de la doña.

-Pues eso es una cosa que hay que pensar.

Sí, porque ahora soy yo tan jefe de Casilda como doña Rosina,

que para eso es mía la empresa de los caldos.

-No. La empresa es de todos. Y si usted quiere ser el jefe,

tendrá que pagar. Vamos, digo yo.

Porque en eso se conocen a los jefes.

Porque pagan. A ver,...

los cuartos. -Bueno, menos exigencias,

que todavía no he echado cuentas.

-Pues a ver si las va haciendo usted, porque yo no apenco más

hasta que no vea perras.

-A las buenas, ya estoy aquí.

¿Se han despachado ya los guisotes de hoy?

-Menos de los que se tenían que haber despachado

y, todo gracias a tu falta de disciplina.

-Oiga, Servando, a mí usted no me riña, ¿eh?,

que aparte de que me resbala, ya no vale la pena que lo haga.

Que "na".

Que se ha terminado el negocio de las comidas.

Doña Rosina me ha amenazado con contárselo a los señores

"pa" que nos pongan de patitas en la rúa.

-¿Y cómo vamos a comprar los regalos "pa" los familiares del pueblo?

-Ay, primo. Pues más lo siento yo.

Se van a tener que conformar con una epístola

que escriba el escribiente como todas las Navidades.

-No...

te me rindas tan pronto, prima. Que tengo yo echas unas economías.

Bueno, si bien no son un gran peculio,...

pues sí que darán "pa" que les mande algún antojo.

-Ay, mi primo.

¿Lo ven? Si es que es...

Primo, de verdad, eres más bueno que el pan.

-Oiga, Jacinto,

¿y no le sobrará algo?

Es que tengo ilusión en hacerle un presente

y mandárselo a mi Paciencia. -Ni caso, Jacinto.

Ni caso.

Que el portero lo que tiene que hacer

es repartir las ganancias

que hemos sacado de nuestros pucheros.

-Pero ¿qué ganancias?

-Las que tiene usted "contás", por mucho que diga que no.

-Está bien.

Aquí tiene. Lo suyo.

-A partes iguales, ¿verdad?

-Pero ¿cómo a partes iguales? Oiga, que yo me merezco...

-Usted merece menos que nadie.

Que aquí, a lo tonto me lo bailo,

se ha comido la mitad de la mercancía.

-Está bien.

A partes iguales.

Tome usted. Casilda.

Y "pa" usted también, Jacinto, que también lo merece

por haber hecho un buen trabajo. -Ande,...

tenga. Tenga y tenga.

Que en vista de los cachos del provecho, con su parte

no tendrá ni "pa" un regalo "pa" la Paciencia.

-Si... ya decía yo que usted era

el alma más caritativa que existe...

-Déjese de monsergas, Servando. Y dígale a Paciencia

que el regalo también es de mi parte.

-Por fin el ayuntamiento se acuerda

de los más pobres. Escuchen.

"La decisión del consistorio de instalar en las calles

las denominadas estufas populares ha sido acogida

con agrado por los ciudadanos".

"Es una idea generosa y humanitaria

el colocar estufas populares

para aliviar a los más pobres en este crudo invierno".

-¿Y a nosotros qué nos importa eso si tenemos un techo que nos proteja,

por más duro que sea diciembre y más crudo que enero?

-Nos importa y mucho, Servando.

Porque, según dice el plumilla, una de las estufas va a ser instalada

aquí, en Acacias.

-Y no está mal que de vez en cuando se arrime el ascua a la sardina

de los que no tienen casa. -¿Creen ustedes que mis ovejas

se podrán acercar a la estufa si el tiempo se destempla?

-No creo que haya jurisprudencia sobre eso.

Al ser algo nuevo...

-Eso quiere decir que sí. ¡Yepa!

¿Cómo se encuentra?

-Por favor,...

trate al menos de ocultar lo mucho que le impresiona mi aspecto.

No estoy tan mal como aparento. -No tiene por qué mentirme, Diego.

Puedo notar su empeoramiento. -Entonces

no tiene por qué preguntarme.

-He estado leyendo sobre la intoxicación por mercurio

y uno de los síntomas es precisamente el humor cambiante,

los accesos de ira, la abulia,... -Los mareos, los dolores de cabeza,

los temblores, la visión borrosa; sí, todo eso padezco.

¿Está usted satisfecha? -Si le digo la verdad, no.

Preferiría visitarle a usted en el hospital y asegurarme

que le están atendiendo doctores con conocimiento de causa.

-Sería una pérdida de tiempo.

No hay remedio.

-Jamás pensé que usted, precisamente usted,

se rindiera tan pronto y tan a las claras.

-No me rindo, Leonor. Soy realista.

¿Acaso sería más de su agrado que me mostrara optimista

hasta la estupidez? -No, yo no he dicho eso.

Tan solo que busque usted ayuda.

-Ni el médico más avanzado del mundo podría ayudarme.

-De acuerdo.

Se abandona usted a su suerte.

No voy a seguir discutiendo la oportunidad

o la conveniencia de tal proceder. Tan solo sea sincero conmigo.

¿Por qué tanto desdén hacia su propia vida?

-Ya lo ha dicho usted hace un minuto.

La apatía es uno de los síntomas de la enfermedad.

-No juegue conmigo, se lo ruego.

Si fuera tan solo indolencia,...

aceptaría mis ruegos y los de Blanca y se dejaría llevar al hospital.

-Por cierto, muchas gracias por guardarme el secreto.

-Lo siento.

Lo siento, pero en parte era mi deber.

Y no desvíe la conversación que no soy tan simple.

No es indiferencia, ni abulia. Hay algo más.

Es desprecio hacia su propia existencia, pero ¿por qué?

-¿De verdad quiere saberlo?

-Ya que no me permite ayudarle, me gustaría mucho comprenderle.

-Porque mi muerte será una liberación para los demás.

Aunque ahora mismo usted no lo vea.

Es lo mejor que les puede pasar en relación a mi persona.

-Pero eso es obsceno, Diego,

la vida es nuestro bien más preciado.

-Es una conclusión racional.

Le hago daño a Olga, a Blanca.

Casi mato a mi hermano.

-Los demás también son responsables de sus propias acciones.

-Tonterías.

Escúcheme bien, Leonor. Cuando yo falte,

Olga podrá rehacer su vida.

Blanca y Samuel podrán formar una familia feliz.

Sin fisuras, sin fantasmas.

Una bonita continuación de los Alday.

-¿Y su padre?

¿Cree que su padre contemplaría con orgullo como usted se deja morir?

-Mi padre.

Cuando despierte, cosa que probablemente no sucederá,

pero si despertara,...

lo único que sentiría es decepción.

Decepción por mí.

-Él le quiere, lo sé. No hable así.

-Precisamente por lo mucho que me quiere.

Yo me sentiría un auténtico fracasado.

-Pero ¿en qué ha fracasado usted?, por el amor de Dios.

-Le prometí librarle de Úrsula

y no he podido, ¿le parece a usted poco fracaso?

-Estoy más que segura que él sabría comprender que a usted

le ha tocado sufrir situaciones adversas.

-Leonor, por favor, dejémonos de paños calientes.

Les he causado a todos angustias, dolor.

Me alivia pensar

que esto pronto acabará. -Bueno, y aunque fuera así.

¿No cree que sería muchísimo mejor vivir

y resarcir a los demás del dolor que les ha causado?

-No. No, Leonor.

Volvería a hacerlo. Volvería a dañar.

No tengo el valor para quitarme la vida.

Pero no pondré cortafuegos a mi enfermedad.

Quizá sea mi castigo.

O quizá sea mi premio para los demás.

Poco importará después. Por favor,

Leonor,... por favor,

no me lo haga más difícil.

Además, necesito que me haga un favor.

Y esta vez cúmplalo.

-Dígame. -Me cubrirá ante Blanca.

Le dirá que me han puesto en tratamiento,

que estoy luchando por vivir. De lo contrario,

se verá en la obligación de insistir.

Leonor,... vendrá a verme. Estaremos a solas.

Y no queremos poner en peligro su matrimonio, ¿verdad?

Lo hará. Por favor.

Por aquí no está el horno para bollos, ¿verdad?

-¿Y cómo van a estar las cosas? Ya lo que nos faltaba.

El pobre Antoñito, desesperado, que haya intentado escapar de la cárcel.

-Y a María Luisa ¿le ha afectado mucho?

-Natural. Es su hermano.

-Y yo he ido a dejarla sola justo ahora.

Cuando más necesitaba que la acompañara.

-No se eche usted todas las culpas.

Que bien sé yo que ha intentado explicarse,

pero ella se ha encabezonado en no escucharle.

-Hombre, después de lo que pasó con Elvira, tenía derecho a ignorarme.

-Bueno, también estaba usted liado con el duelo.

-Y al final lo peor de batirme en duelo es saber que he podido

matar a don Arturo, ¿tú te crees?

-O le atinaba usted o el coronel le daba matarile.

-Ya. Y todo por culpa de un beso que yo ni buscaba.

Un poco más y me quedo compuesto y sin novia.

-Venga, arriba ese ánimo.

Veo que viene dispuesto a cambiar las cosas con su María Luisa.

-A ver si tengo suficiente con unas flores y unos suizos.

-Yo lo que veo es suficiente.

Es que se le nota en la cara que está arrepentido.

-Que Dios te oiga, Lolita. Aquí mi diosa me perdone.

-Aparte de arrepentirse... hay que quitar escollos.

¿Sigue pensando en irse a vivir a Francia?

-Yo voy a vivir donde ella quiera. En Acacias o en París,...

en Pernambuco o en el Polo Norte, es que me da igual.

Donde sea pero juntos.

Como si es aquí con don Ramón al ladito y mirando de reojo.

-Y del beso se arrepiente usted.

-El beso es de lo que más me arrepiento.

Ojalá pudiera borrarlo de la historia.

Y más cuando fue Elvira la que me lo dio a mí.

Que conste.

-Déjanos solos, Lolita. -Como diga, señorita.

-Siento haberme presentado aquí sin avisar ni nada.

Entonces... ¿me perdonas,

María Luisa de mi vida?

-¿No te parece suficiente perdón lo que te he dado?

-Me parece una maravilla.

Pero no quiero que cerremos en falso la herida.

Quiero que sepas que estoy muy arrepentido.

Sobre todo por todas las consecuencias que esto ha tenido.

Y que...

No he podido estar junto a ti en estos momentos

tan difíciles para tu familia.

Pero te juro que eso no va a volver a pasar.

Voy a estar contigo

contra viento y marea. Y estar contigo aunque tú no quieras.

-¿Puedo hablar yo ahora?

-Dime todo lo que tengas que decirme.

-Estos días, cuando pensaba que ibas a morir a manos del coronel,

he comprendido que...

eres el hombre de mi vida.

Que, a pesar de las riñas

y las desavenencias, eres con quien quiero pasar el resto de mi vida.

-Mi vida está a tu servicio, María Luisa de mi vida.

Solo prométeme que nada ni nadie va a volver a separarnos, por favor.

-Nunca.

Te quiero, Víctor Ferrero.

Vamos, Samuel.

Que ni estamos con prisa

ni en una vista ante un juez impaciente.

Somos amigos, ¿no? Y en buena hora.

Así que beba,

reflexione y cuénteme.

-No es fácil, ya se lo he dicho.

-Lo sé. Ya le noto la angustia.

Por eso insisto en que me cuente su dilema

según vaya saliendo de su mente.

Y si sale desordenado, pues ya le daremos forma.

¿Más entero?

Adelante.

-Saber,...

descubrir que mi hermano está muriendo

ha sido un golpe devastador.

-Me hago cargo.

Es un golpe que a uno le hace dejar de sentir

la tierra bajo sus pies.

-Y quizás más para nosotros, los Alday,...

que siempre habíamos presumido de ser una familia unida

por encima de cualquier desavenencia.

-Noticias así nos hacen sentir...

muchas veces lo fútil de nuestras rivalidades y conflictos.

-Cierto.

Como cierto es también que entre Diego y yo habíamos llegado

a un extremo de discrepancia,...

que parecía que nuestra relación fraternal

se había destrozado para siempre.

Pero... aun así, ahora...

me he dado cuenta que le sigo queriendo.

-Y eso es lo normal.

Lo saludable, Incluso en este brete.

-Sin embargo,...

no tan saludables son los sentimientos que albergo.

Sentimientos que hasta a mí me aterran.

-Ya. Y ahí subyace

el dilema del que me habló.

-Saber...

Saber que va a morir me provoca una sensación de liberación.

Aun en contra de mi voluntad.

Y...

me descorazona.

Me descorazona pensar que pueda salir de este brete

de forma milagrosa como ha hecho en otras ocasiones.

-Hombre, Samuel,... a ver, tener sentimientos así,

es muchas veces humano.

Pero yo estoy seguro que ahora mismo le dicen que su hermano

está sano y, eso a usted le va a inundar

de alegría.

-Si Diego sanara

perdería a Blanca y a mi hijo.

No soy capaz de apartarlo de su madre.

No, amigo Liberto.

No saltaría de alegría viendo cómo mi matrimonio se derrumba.

-Eso es.

Suéltelo. Libérese al menos.

-Sé que debería hablar con él.

Que debería tratar de convencerlo para que se tratara

la enfermedad.

Pero... mi verdadero deseo,...

y el que más me avergüenza,...

es que muera.

Pues también hay buenas noticias.

Que Celia me ha contado que Felipe va mejorando poco a poco,

pero con constancia.

Así que en nada le tendremos hecho un toro para defender a Antoñito.

-Una cosa es defenderle y otra es salvarle,

que es muy distinta.

Si don Felipe quiere salvarle, tendrá que hablar.

Y sin testigos, poco tiene que decir.

-Ay, no seas agorera.

Que pareces el tío Jenaro.

Que decía que le iba a matar un rayo y, al final se cayó a un pozo.

-Las cosas son como son, de "na" vale engañarse.

(Llaman a la puerta)

¿Abro, don Ramón?

Han "dejao" este billete debajo de la puerta.

Y no me da muy buena espina.

-Saben del intento de fuga de Antoñito.

Y me exigen que hable con él para que se declare culpable.

-Ay, Dios.

-Es de Belarmino, seguro. No la firma, pero es suya seguro.

-¿Es una amenaza?

-Si no logro convencerle,... -¿Qué?,

cualquiera de nosotros pagará el pato, ¿me equivoco?

-No pienso consentir estas coacciones.

Las voy a poner en conocimiento del juez.

-Me voy. Pero ahora subo y recojo la mesa.

No quiero más medicinas.

Y no va a verme ningún médico, olvídalo.

Ni puedo ni quiero luchar.

-No te voy a dejar sola en ninguno

de los casos.

-Sería lo mejor.

Conmigo sufrirás sin recompensa alguna.

Olga,...

¿tan leal me eres?

-Si pudiera te lo demostraría.

-Tal vez puedas.

Le pedí a un abogado que me lo redactara.

Es un poder que te otorgo. Léelo.

¿Hay noticias, ya ha llegado la noche?

Sí, ya es de noche, y parece que van a traer a tu padre.

¿No ha despertado?

¿Dónde se habrá metido ese rufián?

(LOLITA RECUERDA SU SUEÑO)

-Aquí ya hemos acabado. Vamos a la Taberna del Chivo.

"El doctor lo dejó muy claro".

Si trascurridas 24 horas

no despertaba,

lo traerían a la habitación para esperar el fatal desenlace.

No pierdas la esperanza, Elvira. Ten fe.

No creo en los milagros.

Ese duelo fue culpa mía

y Dios se complace en castigarme.

Fue tu padre quien se obcecó contra Víctor.

El ansia de querer quedar siempre por encima de todo

era una de las cosas que odiaba de él.

Bueno, no hables así. No ahora.

He de hacerlo.

Nunca he creído sentir afecto por él.

Pero ahora, al verle al borde de la muerte, me doy cuenta

de lo mucho que lo necesito.

Que somos una familia.

Por eso tiene que despertar.

No soportaría que se fuera sin tener la oportunidad

de decirle que le quiero.

Podrás decírselo.

-¿Hola?

Había...

Os había traído...

Olga, solo tendrá validez legal cuando ambos lo firmemos.

-¿Por qué, Diego?

-He visto a mi padre convertirse en un vegetal.

Yo no quiero eso para mí.

No quiero tratamientos, Olga.

Y mucho menos cuando ya no esté en condiciones

de rechazarlos por mí mismo. -¿Y por qué yo?

-No soporto la idea de que Úrsula o mi hermano pudieran decidir por mí.

Cada uno por sus razones, estoy convencido

de que no respetarían mi decisión. Confío en ti, Olga.

Me pongo en tus manos.

¿Aceptas?

  • Capítulo 663

Acacias 38 - Capítulo 663

21 dic 2017

La situación del coronel es crítica. Antoñito confiesa a su padre que tuvo la oportunidad de escapar, pero que no lo hizo porque no es un asesino capaz de matar a Belarmino y porque temía las represalias contra su familia.

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