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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 662 - ver ahora
Transcripción completa

Ya llegan.

-"Te vamos a sacar de este infierno".

Te lo juro.

"Todo apunta a que sufre una intoxicación

severa de mercurio".

Deberíamos llevarle inmediatamente al hospital

para que le hagan una exploración a fondo

y confirmar así el diagnóstico. -Doctor, no será preciso.

¿Le diste el veneno, sí o no?

-Intenté hacerlo. -Ya.

-Se lo juro.

-Y a la hora de la verdad te tembló el pulso.

-"Yo también te amo".

Quizá no de la misma forma que a Diego, pero te quiero.

Te he elegido a ti.

Para ahora y para siempre.

-"Me voy a morir".

-¿Qué?

No. No.

-Estoy muy enfermo.

Vas a tener que prepararte para lo peor.

-"Diego se niega a ponerse en tratamiento".

Mucho me temo que está resignado a morir.

A no ser...

que tú hagas algo por impedirlo.

Por hacerle cambiar de opinión.

12,

13,

14,

15... Deténganse.

Vuélvanse.

"Gloria al Padre,"

al Hijo y al Espíritu Santo.

Como era en el principio,

ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

¡Fuego!

(Disparos)

¡Padre! ¡Vamos, doctor, vaya rápido!

¡Haga algo por mi padre!

¿Cómo estás?

-Bien.

Estoy bien. -¿No estás herido?

-No. ¿Está muerto?

(LLORA)

-No, no lo sé.

-No quiero que muera. -Un momento, un momento, Víctor.

Lo has conseguido.

Víctor, lo has conseguido. -Lo he conseguido.

-Vamos.

Padre, por favor, no se muera, por favor, no se muera.

-Hay que llevarlo al hospital, rápido.

-Vamos, coge de ahí, Víctor. Vamos.

"Cuando nos separamos, en silencio, y con lágrimas,

con el corazón medio roto...".

-(VOZ DE LEONOR) "Diego se niega

a ponerse en tratamiento".

"Mucho me temo que está resignado a morir".

"A no ser

que tú hagas algo por impedirlo".

"Por hacerle cambiar de opinión".

-"Para apartarnos por años..."

tu mejilla se volvió pálida y fría".

"Y más frío tu beso".

"En verdad, aquella hora predijo el dolor de esta".

-¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

-Estoy bien.

Es este poema.

Me duele.

-No imaginé que te afectara tanto. No te lo habría enseñado.

-No es culpa tuya.

-¿Estás segura que no hay nada más?

-Nada más.

Es solo que leo este poema y...

pienso en los caprichos del dolor y en la muerte.

-¿Lo dices por Víctor y el coronel?

Lo del duelo es una auténtica locura.

-Así es.

Aunque no tenga una relación estrecha con ninguno de los dos,

pienso en la arbitrariedad y en la injusticia,

en cómo...

por culpa de un honor mal entendido, hoy en una de las dos casas

va a haber pena y dolor. -Así es.

Pero no deberías pensar en eso.

No deberías pensar en la muerte cuando te dispones

a traer una nueva vida al mundo.

-A veces pienso que este mundo no merece la pena.

No le hago ningún favor a nuestro hijo trayéndolo.

-¿Esto es para el niño?

No sabía que fueras tan hábil con las agujas.

-Hábil. Está lleno de puntos mal dados.

No se me da nada bien.

Quería hacer una chaquetilla y, más bien, parecen unas calzas.

-Exageras. Nuestro hijo va a estar guapísimo

con esto. -O guapísima.

-O guapísima.

Casi prefiero que sea una niña. Para que me cuide en la vejez.

-Eres un egoísta.

Samuel,...

perdona mis cambios de humor.

-El médico dijo que los tendrías,

tranquila.

-Preferiría quedarme sola.

-Como quieras.

Detente, Diego.

Esto es una locura.

-Lo es.

Pero ni tus ojos ni tus labios me piden que pare.

Tranquilo.

No voy a hacerte daño.

Blanca, abre el balcón.

-¿Estás seguro?

-Sí.

Hay que cosas que no se pueden tener encerradas.

Hay que liberarlas. Dejarlas escapar.

-¿Y si al dejarlas libres hacemos daño a alguien?

-Me temo que eso no se puede evitar.

Tarde o temprano ocurrirá.

No.

Diego no puede morir.

No puede morir.

Tienes fiebre.

Te daré jarabe. -No quiero jarabe.

No quiero más medicamentos que no sirven para nada.

-¿Qué vas a hacer?

-Voy a por agua, la jarra está vacía.

-Yo lo haré. -No soy un inútil.

-Déjame, yo te ayudo. -Puedo solo.

-No te preocupes, yo lo recojo.

Siéntate.

-Lo siento.

Olga, será mejor que te alejes de mí.

-No voy a hacerlo.

Te voy a arropar.

-Ya he causado suficiente daño.

Será mejor que te vayas y me dejes a mi suerte.

-Diego,...

estoy aquí porque quiero. Y aquí seguiré.

Tú descansa, yo voy a recoger esto y enseguida traigo más agua.

Su padre está muy grave. La bala le ha atravesado el pecho

y no sabemos a qué órganos puede haber afectado.

No va a morir, doctor, dígame que no va a morir.

Vamos a operarlo de inmediato.

Solo cuando hayamos visto los destrozos,

podré hacer una valoración.

Trasladen al herido al quirófano.

Señorita Amalia, prepare la zona del pecho con tintura de yodo.

Resista, padre, resista, por favor. No me deje sola.

Por favor, debemos tener el máximo cuidado con su padre.

Por favor, doctor, se lo ruego, sálvelo.

Mi padre es lo único

que me queda en este mundo. Haré cuanto esté en mi mano.

Con su permiso.

Hemos visto que se llevaban a tu padre al quirófano.

El médico ha dicho que podía morir.

-Tu padre es fuerte, ten confianza.

-Elvira,...

lo siento.

¿De qué me sirven a mí tus disculpas, de qué?

¡Mi padre va a morir y tú eres su asesino!

Maldito duelo.

Yo no disparé a matar. ¡Asesino!

-Tranquilo, Víctor, entrará en razón.

-No le hagas caso, no sabe lo que dice.

Hiciste lo que debías, Víctor.

Lo mejor será que regresemos para informar.

Hay mucha gente que espera

saber que estás bien, Víctor.

Simón, por favor, no me dejes sola.

-A mí me gustaría quedarme hasta que acabara la operación.

-Ella estará mejor si nos vamos.

-Yo me quedaré acompañando a Elvira. En cuanto el coronel

salga del quirófano, os informaré.

-Vamos, Víctor.

Va a morir, Simón.

Mi padre va a morir.

Blanca.

Blanca.

Blanca.

Blanca.

-Tendrás lo que quieras,... mi amor.

¿Quiere otro vaso de agua, doña Susana?

-Lo que quiero es que se acabe esta zozobra.

-Ya falta poco, seguro.

-Tenían que haber vuelto ya.

Eso es que mi nieto está en el hospital.

O, peor aún, que ese malnacido lo ha matado.

-Ay, no se ponga en lo peor.

¿Quién sabe si todavía están mediando Liberto y Simón

y el duelo no se va a producir? -Eso sería suponer

sentido común en la cabeza del coronel.

Ese hombre no parará hasta que vea la sangre,

la propia o la ajena. -Nada, no viene nadie.

Ni don Arturo, ni Víctor, ni los testigos.

Dios mío.

-Solo podemos esperar.

-Tráeme el rosario.

-Tantos rezos le dieron la congoja, doña Susana.

Ayudarnos, no nos han ayudado mucho.

-Rezar siempre reconforta.

-Ver a Víctor con vida me reconfortaría.

¿Tiene noticias?

-A eso venía, a ver si vosotras sabíais algo.

-Nada. -Bueno, Liberto me prometió

que en cuanto acabara el duelo vendría a contarnos lo sucedido.

-Pues si no ha venido, son buenas noticias, ¿no?

Yo tengo esperanzas en que haya imperado el sentido común.

-Son hombres, en ellos impera todo, menos el sentido común.

-Pues tendremos que seguir esperando.

-No vamos a esperar ni un minuto más.

Yo no me voy a quedar de brazos cruzados,

tráeme la capa.

Vamos a ir a coger un coche y nos vamos a buscarlos.

¿No regresan?

-Nadie. Ni Víctor ni el coronel.

-Cada vez que te veo vestida de luto me entran los siete males.

Pienso que lo estás llevando por mí. -Ramón, no digas eso.

Prométeme que no te vas a morir nunca.

-No me voy a morir en un duelo, y trataré de demorar el día

lo más posible, es todo lo que te puedo prometer.

Además, depende de Dios.

¿María Luisa todavía no ha vuelto?

-Está en la sastrería. Está haciendo compañía a Susana.

-Donde debería estar es aquí, en casa.

-Ramón,...

aunque estén peleados, si Víctor se muere, María Luisa

va a ser lo más parecido a una viuda.

Por favor, esperemos que todo salga bien y sobreviva.

-Ojalá.

No le deseo ningún mal a ese muchacho.

Le tengo afecto desde que era un mocoso con pantalón corto

que iba detrás

de las trenzas de María Luisa. Maldito destino.

-Imagino que querrán tomar un té, templa los nervios.

-Sí, Lolita, hija, muchas gracias.

Gracias, hija. -Gracias.

-Lolita, dime, ¿qué se sabe en el altillo del duelo?

-Pues "na", ninguno de los criados fue.

Anda, que qué nerviosura y qué Navidades nos esperan.

Con el señorito Víctor en la sepultura y Antoñito a la sombra.

-Desde luego,...

parece que nos hayan echado un mal de ojo.

-No lloréis antes de tiempo.

Que ni el uno está muerto

ni el otro todavía está condenado. -Ramón, pero es que pintan bastos.

-Bueno, confiemos en la puntería del señorito Víctor

y en las artes de don Felipe.

-Felipe no va a poder defender a Antoñito.

-Pero ¿por qué?

-No os lo había querido decir,

pero ya no queda más remedio.

Ha tenido una recaída y el médico le ha recomendado reposo absoluto.

-¿Quién va a defender ahora a mi Antoñito?

-Pues otro abogado. Ya he hecho gestiones

para contratar al mejor que encuentre.

-Las cosas se tuercen más y más. -No, Ramón,...

si ya lo has intentado con todos los abogados de prestigio de la ciudad,

y ninguno ha querido aceptar el caso.

-He escrito al edil de Cádiz, que también fue estafado

por el asunto este de los monumentos,

y esta misma tarde

hemos quedado en hablar por teléfono.

Si conseguimos que declare a favor de Antoñito,

si demostramos que Belarmino existe

y que es el artífice de esta estafa,

todo cambiará.

En la Plaza de la Libertad hay coches de punto a esta hora.

-¿Y dónde era el duelo? -En el Campo del Moro.

-Tardaremos media hora en llegar. -Pues venga.

Cuanto antes salgamos, antes llegamos.

¡Víctor!

¿Estás bien? -Estoy bien.

-¿No estás herido? -Ni un rasguño.

-Me has dado el susto de mi vida. Nunca más, ¿me oyes?, nunca más.

-Abuela.

-Ay, hijo. ¿Seguro que no estás herido?

-Seguro, se lo juro.

-¿Y el coronel?

-A don Arturo lo están operando en el hospital.

Una bala le ha alcanzado en el pecho.

-¿Va a morir? -Lo cierto

es que está bastante grave, pero esperemos que le salve.

Será lo mejor, ya que los duelos están prohibidos.

Hablaré con el doctor para que sea discreto y no denuncie los hechos.

-Que Dios me perdone, pero no siento que ese hombre esté herido.

Bastantes desdichas ha causado ya a mi familia.

-No diga eso, abuela. No quiero convertirme en un asesino.

Lo que quiero es que rece por él para que salve su vida.

-No te sientas culpable, Víctor.

Todos sabemos que no querías cargar con su muerte,

incluso pediste disculpas a Elvira.

Fue él quien quiso el duelo. -Me da igual

quien encendiera la mecha de todo esto.

No quiero que la muerte de un hombre recaiga sobre mi conciencia.

-Tienes razón, Víctor.

Pido perdón por la barbaridad que he dicho.

Rezaré por ese hombre. Pero ten en cuenta que eras tú o él.

-¿Y Simón? -Eso.

-Simón se ha quedado en el hospital con Elvira,

estaban esperando a que terminara la operación del coronel.

-Con Elvira.

Ramón, a lo mejor deberías llamar tú.

-Me ha dicho la señorita que llaman ellos.

-Y si se han olvidado, ¿qué? -No se han olvidado.

Y no me pongáis nervioso.

Tengo que pensar en lo que voy a decir.

(Teléfono)

-¡Ahí está!

-Deseadme suerte.

-¿Sí, señorita?

Páseme, por favor. -"¿El señor Palacios?".

-El mismo.

¿Tengo el gusto de hablar con el concejal del ilustre ayuntamiento

de Cádiz? -"Déjese de miramientos

y vaya al grano, que estas llamadas cuestan mucho".

-Mire, usted, yo soy el padre de Antonio Palacios,

que habrá usted escuchado hablar de él.

-"Desgraciadamente".

-Mi hijo fue víctima de una estafa, como usted,

por parte de

Belarmino Conde, con motivo de la construcción

del monumento a los caídos en ultramar.

-"A mí me han dicho otra cosa".

"Que su hijo era un compinche de ese desalmado".

-Dile que no. No, no.

-Trini, ya sé yo lo que tengo que decir.

Mire usted, se equivoca. En este caso,

las noticias se tergiversan.

Mi hijo, como usted, fue un estafado por ese canalla malnacido

y, necesitamos su ayuda. -"Pues poco puedo hacer yo,

señor Palacios". -Verá usted, necesitamos

que testifique ante el juez, que usted conocía

a Belarmino Conde

y que el único artífice de la estafa es él.

-"Imposible".

"Dios me libre de hacer eso".

"Por mi bien y el de mi familia".

-Pero, pero... mire usted,

es que necesitamos su ayuda, es nuestra última oportunidad.

"-No quiero sufrir más amenazas, ese hombre es muy peligroso".

"Y le voy a dar un consejo, señor Palacios,

que su hijo cumpla la pena que le toque".

"Lo que suceda puede ser aún peor".

-Pero, señor concejal,

hay que pararle los pies a ese hombre.

-"Lo siento, y voy a cortar la llamada".

"No quiero que sepan que he hablado con usted".

-No, no, no, no, espere, espere, espere.

-¿Y ahora qué? -¡Será bestia ese tío!

-No sé lo que vamos a hacer. No lo sé.

-Le voy a hacer una bufanda al Antoñito,

porque en la cárcel, hace un frío que se las pela.

-¿Qué le habrán hecho para que tenga tanto miedo?

-Dejadme pensar.

Están tardando mucho.

Buena señal.

¿Por qué dices eso?

Mi padre estará sufriendo, ¿es eso lo que quieres?

Tranquilízate, Elvira. Digo que es buena señal

porque siguen luchando por él.

Si la herida de tu padre no tuviera curación,

ya hubiesen desistido hacer rato. Tienes razón.

Perdóname. No te preocupes.

Entiendo tus nervios.

Yo soy la culpable de todo esto.

Yo y mis juegos.

Si no hubiera besado a Víctor, nada de esto hubiera sucedido.

No se puede volver atrás.

Todo lo haría diferente.

He perdido todo lo que quiero.

A ti,...

mi amistad con María Luisa y, ahora a mi padre.

Toda la vida peleándome con él y, ahora me doy cuenta

de lo mucho que lo quiero y lo necesito.

Es normal. Es tu padre.

No me extrañaría que todo el mundo me odiara.

No creo que todo el mundo te odie.

Yo me odio a mí misma por todo el daño que he hecho.

Por comportarme como una cría estúpida.

Elvira, has cometido equivocaciones como todo el mundo, pero siempre

hay tiempo para la redención, para arrepentirse, pedir perdón y...

hacer las cosas de otra forma en el futuro.

Yo debería estar en ese quirófano.

No mi padre.

Ni Víctor, en caso de haber salido herido.

Me arrepiento de haberle llamado asesino.

En cuanto le pidas disculpas, te perdonará

Pero deja de lamentarte y buscar culpables, no sirve de nada.

No aguanto más esta espera.

Espera, espera.

Yo iré a ver si me dan algo de información.

Pues mi señora doña Rosina se cree de la pata del Cid.

Pero se le descosen las enaguas como a la doncella

de la Venta de la Parra. -Pues como a todas.

Que ya lo decía aquel: ante la parca, son iguales ricos y pobres.

-Ay, "señá" Fabiana, no me mente a la parca.

Tengo el cuerpo descompuesto con lo del coronel.

-Mira,... mejor él en el hospital que Víctor.

Que "pa" mí es casi un hijo.

Que ya desde chiquitito lo veía yo corretear por la calle.

-Mejor ninguno de los dos.

Si es que eso de los duelos es...

Bueno, no es ni del siglo pasado, del anterior y gracias.

Pues "na",... esto ya está, "señá" Fabiana.

-Pues "pa" casa, hija,

que el día ha sido muy largo y hay que descansar.

-No sé lo que he comido que me ha sentado muy mal.

-No. El problema no es el qué.

El problema es el cuánto. -¿Están preparados ya

los pedidos de caldo para mañana?

-"Terminaos" todos.

-Yo voy a sacar las perolas a la fresquera,

que no se nos estropee el caldo.

-Muy bien. Esto...

"Señá" Fabiana, ¿no me haría usted una infusión de esas que sabe

para la tripa? Es que,...

de verdad, es que me voy por arriba y por abajo.

-Una manzanilla le haré, que es lo que más asienta.

-Pero bueno, que no hay caldo,

que nos lo han robado, "señá" Fabiana.

-¿Qué? ¿Los cinco litros?

-Sí. No han dejado ni las muestras.

-Servando...

Servando.

-No, que igual me he tomado yo un cacito o dos.

-Que le conocemos.

-Está bien, que sí, que me lo he tomado todo.

-¿Todo, los cinco litros? Servando, ¿los cinco litros?

-No... no creía que fueran tantos.

Bueno,... y mejor que me los haya comido yo.

Imagínense que se lo comen

los clientes y se ponen malos. -Pues "na".

"Na" de "na".

Ya finiquitado el negocio de las comidas "preparás".

-No, no, hay que hacer más.

-Sí, hombre, ¿a esta hora?

-Hay tiempo de sobra. -Que no, Servando,

que no hay tiempo.

Que a mí me ha pillado doña Rosina y se ha enfadado.

Claro, como estoy con otros menesteres,

en lugar de estar faenando en su casa.

Le he prometido un perolo gratis,

que si no,

nos denuncia al resto de señores.

-¿Cómo vas a regalar el caldo? Entonces...

esto no es un negocio.

-No, claro, lo hacemos dejando que usted se tome los cinco litros.

-Vamos, vamos... -Es usted un cara dura.

-Vamos a ver, Fabiana,

no piense usted que...

Que es Navidad, y con el dinero que ganemos, puede usted comprar regalos

a sus seres queridos.

No sé, una bufanda a sus compañeras de altillo.

Y tú, Casilda, le puedes comprar

a tu Martín un chisquero y un calzoncillo.

Y a tu primo Jacinto, una pipa.

Y a mí, un abrigo de esos calentitos.

-Hay que jeringarse, ¿eh? A usted ni las gracias, Servando.

-Venga, venga, a ponerse a trabajar, que yo os ayudo.

-¿Sí?, pues venga.

Vaya llenando ya de agua las perolas.

-No, si yo...

yo lo haría de mil amores,

pero me van a perdonar porque me tengo que ir al excusado.

-(SUSPIRA)

-Venga, Casilda. Al final, tú y yo solas.

Vamos, que somos más tontas y no nacemos.

Lo siento por Arturo Valverde, desde luego,

pero me alegro mucho por Víctor. -Hombre, claro, Ramón.

Yo no le deseo la muerte a nadie, pero Víctor es de la familia.

-Yo no hubiera apostado por él.

¿Alguna vez en su vida había cogido una pistola?

-Simón y Liberto estuvieron instruyéndole.

Al parecer, hasta dos días antes no sabía ni por dónde salía la bala.

Menos mal que todo ha terminado.

-Y digo yo, Luisi, ¿no crees que ya va siendo hora

de que retoméis el noviazgo

y os dejéis de zarandajas?

-He pasado las peores horas de mi vida,

pensando que en cualquier momento podrían venir

a decirme que don Arturo había acabado con Víctor.

-Pues eso. ¿Vais a volver o no?

(Llaman a la puerta)

No os preocupéis, que Lolita todavía está en casa, ella abrirá.

-Padre,... y lo del edil de Cádiz,...

¿se puede volver a hablar con él y convencerle?

-No sé cómo. Ese hombre está aterrorizado

por las amenazas que han sufrido él y su familia.

-Buenas noches, que aproveche. -¿Gustas, Celi?

-No. Gracias.

He venido a daros una noticia, por eso le he pedido a Lolita

que pasara. -Somos todo oídos, Celia.

¿No habrá pasado nada malo con Felipe?

Tranquilos, Felipe está bien. Su recaída fue muy leve.

Me ha pedido que les diga que no se preocupen,

que piensa seguir adelante con la defensa.

-Ay, doña Celia,

que Dios le bendiga a usted y a don Felipe.

-Pero el doctor-

había recomendado que guardara reposo absoluto.

-Pero Felipe dice que ir a un juicio es menos duro que picar piedra.

Y que no piensa dejar a la familia Palacios en la estacada.

-¡Por Felipe! -Por Felipe.

Del estado de don Arturo no han llegado noticias.

Dicen que le están operando.

-Pobre hombre.

En un duelo es todo tan absurdo.

-Y pobre ejército español...

siendo un duelo con pistolas, un camarero gana a un coronel.

El mundo al revés.

Carmen, si sabes algo más, ven a contarlo.

-Sí, señora.

-¿Y Blanca no cena con nosotros?

-Está indispuesta.

(TOCA LA CAMPANILLA)

-Carmen, llévale a mi hija un plato de sopa a la habitación.

Le sentará bien.

-Sí, señora.

-Ah, y...

recuérdame que mañana llame a la señora Ruano.

La señora Ruano es una mujer muy acaudalada del sur.

¿De dónde, Carmen?

-De Sevilla.

-Ha hecho una oferta muy generosa por una réplica del colgante Ana.

Se ha quedado prendada de él.

-No creo que sea posible. No tengo las medidas exactas.

-¿No están en el cuaderno de tu padre?

Ese dinero nos sería muy útil para pagar las piedras preciosas

para la próxima temporada.

-Buenas noches. -Iba a llevarlo algo al dormitorio.

¿Prefiere que le sirva aquí?

-Solo un poco de sopa.

-Tu madre me hablaba de un encargo de una clienta.

-Buenas noches.

Que aproveche.

-¿No vas a cenar?

-No. Ya lo he hecho.

Me voy a la cama, vengo muy cansada.

-¿Vienes de estar con Diego?

-Sí.

-¿Cómo está?

-Su estado no es de tu incumbencia.

¿Cómo está, qué te han dicho?

Todavía sigue en el quirófano.

No saben cuándo van a acabar. Y es posible que la operación

dure todavía toda la noche. ¿Por qué tantas horas?

No me han dicho, Elvira, pero sigo pensando que es buena señal.

Sigue vivo y luchando.

No me mientas, Simón.

Ya son suficientes horas.

Ha tenido que sufrir algún contratiempo.

¿Te han dicho algo más?

La vida de tu padre pende de un hilo, Elvira.

Puede que....

Puede que no se despierte tras la operación.

Nada. En La Deliciosa no saben nada del resultado de la operación

de don Arturo.

-Qué extraño. ¿Y Víctor?

-Muy nervioso.

Da vueltas de un lado a otro como tigre enjaulado.

-Ahora me pasaré a verlo y a darle ánimos.

No es responsable, aunque fuera el que disparó el arma.

-Elvira tiene que estar pasándolo muy mal.

Menos mal que Simón se quedó con ella.

Le estará haciendo compañía y dándole apoyo, ¿verdad?

-Es digno de encomio que lo entiendas

y que no hayas acudido al sanatorio a guardar tu territorio.

-Confío en su hijo. Es mi marido, y con Elvira

está haciendo una obra de caridad.

-Buenos días. -¿Se sabe algo?

-No. -¿No hay noticias?

-Ninguna.

-No debería demorar tanto la operación.

-Al parecer sí. -Yo me marcho ya al hospital.

-Yo te acompaño.

-Buenos días.

-Buenos días. -Enhorabuena, Víctor.

La honra ha quedado limpia. Como la fachada pintada.

Y el pellejo sin rasguños,

que es casi lo más importante.

-Para mí, lo importante es que el coronel se recupere.

-El coronel sabe que en los duelos a veces se gana

y a veces se pierde. Si se reta,

hay que estar dispuesto a morir.

-Yo también iré al hospital.

Así podré informar a mi padre del estado de don Arturo.

-¿No ha fallecido todavía? -No. Gracias a Dios.

-Le gustaría tanto saber lo preocupados que están todos por él.

¿Y el manto papal? ¿Cómo va, Susana?

Espero que no te hayan suspendido el encargo.

¿Quién no guarda pecados en su pasado?

-Ahora tengo la cabeza en otros menesteres.

Cuando esto pase, ya pensaré en el manto papal.

-Iré a la iglesia

a rezar por don Arturo. Con Dios.

-Con Dios.

Ahí viene Simón.

-Simón.

¿Cómo está el coronel? -Grave, la verdad,

pero ha salido vivo.

Le tienen en observación y puede que le tengan que operar otra vez.

Solo queda esperar. -¿Y Elvira?

-Junto a su padre.

-Ay, pobre chica, lo que tiene que pasar.

-María Luisa, Elvira me ha pedido que selecciones algo de su ropa

para llevársela, necesita cambiarse.

-Claro. ¿Tienes las llaves de su casa?

-Aquí las tienes.

-Yo te ayudo, hija.

-Vayan, vayan, ahora mismo voy. -Liberto, ¿vamos?

-Sí.

-Adela, perdóname por no haber regresado en toda la noche.

-Estás donde tienes que estar, no te preocupes.

¿Qué haces levantado?

¿No habrás dormido aquí, en el salón?

Vuelve a sentarte, enseguida te preparo el desayuno.

-¿Olga?

-Claro que soy Olga. ¿Quién iba a ser si no?

¿Te gusta mi peinado?

-Te pareces a Blanca.

-Sí.

La llamabas,

así que ahora yo soy ella.

-Quiero descansar.

¿Te importa dejarme a solas?

-Diego,... yo solo trato de complacerte.

Mírame como a Blanca.

Seré quien tú quieras que sea.

-Olga, te agradezco tus cuidados, pero quiero estar solo.

-Como quieras.

Me voy.

No dejo de preguntarme cómo estará.

Le pregunté a Olga, pero me dijo que el estado de Diego

no era de mi incumbencia. -Debes entenderla, Blanca.

No quiere compartir nada de Diego contigo.

-Me duele, pero la entiendo. No debí preguntarle.

-¿Y por qué no vas a la mansión y tú misma le ves?

-Porque sentiría que estoy traicionando a Samuel.

Le prometí que borraría a su hermano de mi mente.

-Blanca, solo tú puedes convencerle para que admita el tratamiento.

De alguna forma estás obligada.

-Está bien, iré.

Le diré a mi esposo que voy contigo de compras, ¿te parece?

-Claro, claro. Cuenta con mi discreción.

-Gracias. Ahora callamos, que viene por ahí.

No me cabe duda de que el coronel retó a Víctor dudando de su valor.

Y él ha demostrado tenerlo.

-Pues más habría valido que lo dirimieran de otro modo.

Según las últimas noticias, el coronel se debate

entre la vida y la muerte.

-Adivino que estaban hablando de la insensatez del duelo.

-¿Y de qué otra cosa podríamos hablar?

-Me preocupa más Víctor, con el peso en su conciencia,

que don Arturo, que está en manos de los médicos.

-Es una forma de mirarlo.

Uno está herido y, sin embargo, los dos son víctimas.

-Pero no hablemos más de este asunto.

Blanca había pensado que podríamos ir a comer...

-Blanca,...

me prometiste... -Le prometí a Leonor ir de compras.

-Sé que soy muy inoportuna, pero necesito un sombrero

y no me fío de mi propio gusto. Por eso le he pedido ayuda

a su esposa.

-Si lo has prometido debes cumplir, Blanca.

Ya ve, Liberto, quedamos por detrás de un sombrero.

-Espero que al menos el sombrero sea elegante.

Le invito a un aperitivo para compensar.

-Hecho.

Con permiso. Y suerte con la compra.

-Gracias.

En cuanto entren en La Deliciosa iré a ver a Diego.

Pues yo espero que se salve. ¿Te imaginas a Elvira sola?

Ay, pobre chica. -Esa pobre chica

ha tenido mucho que ver en todo lo que ha sucedido.

-Ramón, por favor, ¿eh?

Es joven y ha cometido un error. -Pues eso, Trini.

Que los errores se pagan.

Yo no le deseo ningún mal, simplemente trato de entender

lo que ha pasado.

-Elvira sola...

y Víctor cargando con el peso de la muerte en su conciencia.

Mira, yo, de verdad, espero que todo esto se solucione.

-Víctor, otro que ha cometido un tremendo error.

Jamás esperé tanta irresponsabilidad

por su parte. -Ay, querido, no seas carcunda,

que no te pega nada esa facha.

Víctor se dejó dar un beso cuando estaba enfadado

con María Luisa. -Pues eso.

A ver si la niña le va a perdonar antes que tú.

-¿Han hecho las paces? -Que yo sepa, no.

Pero me da a mí que estos dos no van a tardar.

Que yo tengo mucho olfato para esto, Ramón, hazme caso.

Y tú...

mejora esa cara. Que todo se va arreglando.

-A ver qué nuevas trae Lolita.

Hoy tenía visita en la cárcel y le iba a decir a Antoñito

que Felipe le va a defender. Temo que no soporte la presión

y cometa alguna locura.

-Don Ramón,... doña Trini, que...

que no he conseguido ver a Antoñito. -¿Por qué?

-Qué desgracia. Qué desgracia.

-Pero Lolita, por favor, dinos qué pasa.

-Pues que... han metido a Antoñito...

en la celda de castigo.

Que se ha intentado escapar.

-Ay.

Ven aquí.

Me agrada ver que estás trabajando en el colgante Ana.

¿Podemos decirle a la señora Ruano que aceptamos el encargo?

-Lo veo difícil, doña Úrsula.

No tengo nada claras las medidas.

Y es una pieza muy costosa como para hacer aproximaciones al azar.

-La oferta de la señora es tan generosa,

que merece la pena el riesgo.

-Señora, si le parece bien, pondré la mesa.

¿Cuántos serán hoy para almorzar? -Blanca no come en casa.

Ha salido de compras y a comer con Leonor.

-¿Seguro que era hoy?

Acabo de ver a doña Leonor y a su madre, doña Rosina,

camino de su casa. -¿Y no estaba con ellas Blanca?

-No. Quizá el día de compras fuera mañana.

-Ponle un plato, por si acaso.

Deberías controlar más a tu esposa.

-Yo no soy propietario de nadie. A nadie tengo que controlar.

Voy a buscarla.

Buenos días. -Buenos días.

Buenos días, madre.

-¿Qué has hecho?

-¿El peinado?

Nada. Unos rulos, unas horquillas,...

-Estás loca. Nunca serás Blanca.

Toma.

Está caliente, te sentará bien. Gracias.

No te has cambiado de ropa.

Quiero estar pendiente por si entra el doctor Quiles.

¿Han dicho algo en el barrio?

Sí. Sí, sí; todos desean que tu padre se recupere.

No mientas.

Todos brindan para que muera.

Pero les entiendo.

Mi padre y yo nos hemos hecho odiar por todo el mundo.

No, Elvira, no digas eso. No es cierto.

Víctor está muy afectado.

Debo pedirle perdón por haberle llamado asesino.

Él no es responsable de la muerte de mi padre.

Vamos, no hables como si hubiera muerto.

Hasta yo llegué a odiar a mi padre.

Pero ahora me doy cuenta de lo mucho que le quiero.

Deja de darle vueltas.

Está en observación y puede que le tengan que volver a operar.

Solo deberíamos pensar en que se salvará.

Y hasta rezar.

Solo os tengo a mi padre y a ti.

Te sorprendería ver la de gente que está dispuesta a ayudarte.

¿Y estar siempre conmigo?

Como tú.

Elvira, no te confundas o... tendré que marcharme.

Doctor, ¿cómo está mi padre?

-Desgraciadamente, las noticias que traigo no son las mejores.

Olga. -No.

Soy Blanca.

-Vete, no quiero que me veas así.

-Déjame.

Diego. Te aliviará.

Tienes mucha fiebre.

-¿Te ha mandado Olga?

-Nadie me ha mandado.

He venido porque quería. Porque necesitaba verte.

-No quiero que estés aquí. Quiero que me recuerdes

fuerte y con salud, vete.

-Diego,...

Diego, Leonor...

me ha hablado de tu enfermedad. Intoxicación por mercurio.

-¿Te ha contado que no tiene cura?

-No la tiene si tú te abandonas.

Si no luchas por salir de esta y vivir.

-Vete con Samuel.

No quiero ser un obstáculo.

-Tú nunca serás un obstáculo.

Samuel,... Olga, no son importantes.

Lo único que cuenta,... lo único somos tú y yo.

Aunque no podamos estar juntos...

los dos sabemos lo que sentimos.

-Vete, por favor.

-Lucha.

Diego, lucha.

-No.

De nada serviría.

Voy a morir, mi amor.

Mi amor. -No digas eso.

No puedes decirlo así.

Tan desapasionado, tan resignado.

Entregarte a la muerte.

Diego, tienes que luchar. Buscar un tratamiento.

-Prefiero mirar de frente a la muerte.

-¿Para qué?

¿Satisfaría eso tu afán de martirio, la visión de maldito

que tienes de ti mismo? -Marcharme en silencio,...

sin alargarlo absurdamente,...

es más sencillo y menos doloroso para mí y para los demás.

Blanca,...

no tiene cura.

Pelear sería como luchar contra Dios.

Una estupidez.

-¿Cómo contrajiste el mal?

-Poco importa. -A mí sí.

-Es mercurialismo.

El mercurio que se utiliza para amalgamar el oro

te entra en la sangre.

Es una enfermedad común entre los mineros.

-Entonces has enfermado ahora.

Por buscar el oro para mi colgante.

Maldito viaje.

-Ven.

-Maldita vida.

Se contrae por una exposición reiterada

y yo he visitado muchas minas, Blanca.

Si no hubiese enfermado en Minas Gerais,

habría sucumbido en la próxima expedición.

-Es igual.

Diego, no voy a permitir que te mueras.

Hablaré con especialistas, con quien sea necesario, recabaré información,

opiniones. Pero tú tienes que poner de tu parte.

-Yo pondré el final.

-No digas eso. -Sí.

-Estás aquí.

Diego, estás vivo, haremos algo.

Dime que haremos algo.

Que dejarás que te atiendan.

Si no es por ti,...

hazlo por mí. -Sí.

Si así lo quieres,

sí. -No, así no.

No con esa dejadez, Diego. Lo tienes que decir en alto,

tienes que gritarlo: ¡Intentaré esa cura!

-¿Es lo que quieres oír?

De acuerdo.

Lo intentaré.

-Así no.

-No puedo prometerte más. -Así no, Diego, así no.

-Mi amor. -Así no.

-Blanca.

La situación de su padre, señorita, no es muy halagüeña,

debo reiterárselo.

No se va a morir. Ha sufrido un choque hemorrágico.

Significa que don Arturo ha perdido muchísima sangre.

De hecho, no comprendemos

cómo sigue vivo. -¿Está consciente?

-La hemorragia interna le ha provocado hipotensión.

Es decir, baja tensión arterial, lo que a su vez

le ha hecho perder la consciencia.

-Díganos qué...

puede esperar la familia.

-No sabría bien qué decirles sin hacerles concebir falsas esperanzas.

Hemos logrado extraer el proyectil, que ya no hará más daño,

pero la arteria afectada podría abrirse de nuevo

y provocar una hemorragia que... sería fatal.

-Bueno, pero si esa arteria

aguantara...

-Entonces sería de esperar que el organismo del paciente

pudiera generar más sangre, lo que a su vez le permitiría

recuperar la consciencia y la tensión.

¿Cuándo podríamos saber si el milagro ha sucedido?

En 24 horas.

Si en ese plazo no despierta,...

será indicio de que la hemorragia se ha reproducido.

Y volverían a operarle,

¿verdad? Imposible.

Si no despertara, sería trasladado a esta habitación

para esperar el fatal desenlace.

Lamento la crudeza, créanme,

pero no sería ético mentirles.

Lo siento.

Menos mal que estáis aquí, ¿eh? Que se me venía el mundo encima

de pensar que me quedaba sola. -Bueno.

¿Y tú dónde has estado todo el día, que no te he visto el pelo?

-Menuda "jorná".

Que una no gana "pa" sustos.

Antoñito, que ha intentado escaparse de la cárcel.

-¡Arrea! Pero ¿ha sido por la fuerza?

-Pues no. A tanto no ha "llegao".

Pero le han encontrado una ganzúa escondida.

Le tienen castigado y más solo que la una.

-"Has hecho bien, hijo".

No solo por ti.

Sino por nosotros, todos los que te queremos.

Hijo,...

has hecho lo que haría un Palacios. -"De momento te quedas".

Pero si no abandonas esa ocupación...

-Que no soy yo sola, he dado mi palabra.

-Si no abandonas esa ocupación...

de guisotes preparados,...

me veré en la obligación de hablar con el resto de los señores

y ponerles al tanto de la situación.

-Si yo lo hago por una buena... -¡Hala! A la tarta.

-"Bueno, dígame,"

¿para qué quiere hablar conmigo?

-En el hospital me he encontrado con Simón

y me ha dicho que le diga que está bien,

que siente haber pasado otra noche

en el hospital, velando a don Arturo.

-¿Don Arturo...

sigue en las últimas?

-Pues mejorar, no mejora.

Tienen que esperar 24 horas para saber si se salvará

o si han de administrarle los sacramentos.

-Quien a hierro mata, a hierro muere.

¿Hay noticias, ya ha llegado la noche?

Sí, ya es de noche, y parece que van a traer a tu padre.

¿No ha despertado?

-"¿Sigue pensando en irse a Francia?".

-Yo voy a vivir donde ella quiera. En Acacias o en París,

en Pernambuco o en el Polo Norte, es que me da igual.

Donde sea, pero juntos.

Como si es aquí con don Ramón al ladito y mirando de reojo.

-Y del beso se arrepiente usted.

-Del beso es de lo que más me arrepiento.

Ojalá pudiera borrarlo.

Y más cuando fue Elvira la que me lo dio a mí.

-Déjanos solos, Lolita. -Como diga, señorita.

-"Creo que Blanca ha ido a ver a Diego".

¿Cuándo vas a dar su merecido

a ese metomentodo?

-Ya no se meterá en más pleitos.

Ni tampoco hará falta

administrarle ningún... compuesto.

Está intoxicado...

por mercurio y no se quiere tratar.

-¿Por qué?

-Quiere morir.

Y morirá. -"¿Por qué lloras?".

Resulta que al final Diego ha preferido a tu propia hermana.

Te lo advertí, él es así.

-No quiere a Olga. -Ni tampoco a ti.

No quiere a nadie.

¿Servirá esto para que cumplas tu promesa de fidelidad?

Olvídate de él. -Eso es imposible.

Y ahora menos que nunca.

-¿Y todas tus buenas intenciones? ¿Tan frágiles son

que las has olvidado tras pasar un rato con él?

-Te confundes. No me desdigo, Samuel.

Si he ido a ver a Diego... es porque se muere.

Se muere, Samuel.

-¿Qué? -"No tengo el valor"

para quitarme la vida.

Pero no pondré cortafuegos a mi enfermedad.

Por favor, Leonor,... por favor.

No me lo haga más difícil.

Además, necesito que me haga un favor.

Y esta vez cúmplalo.

-Dígame. -Me cubrirá ante Blanca.

Le dirá que me han puesto en tratamiento,

que estoy luchando por vivir. De lo contrario,

se verá en la obligación de insistir.

Leonor,

vendrá a verme.

Estaremos a solas.

Y no queremos poner en peligro su matrimonio, ¿verdad?

Lo hará.

Por favor.

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  • Capítulo 662

Acacias 38 - Capítulo 662

20 dic 2017

El duelo termina con Arturo gravemente herido. Le trasladan al hospital y Simón le promete a Elvira que no se separará de ella. Adela lo acepta sin poder evitarlo. La salud de Diego empeora. Olga se ocupa de cuidarle, pero Diego solo piensa en Blanca.

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  1. Ale Vigueras

    Qué libro anda leyendo Blanca en estos capítulos?

    18 ene 2018
  2. Este comentario ha sido eliminado

    27 dic 2017
  3. Victoria

    Me gusta mucho el vestuario de la serie en general pero, hoy me ha gustado la capa de Ursula y especialmente, el vestuario que ha lucido Rosina, ese abrigo-capa negro (que ya lució en el capítulo 464) y el de tono azul-púrpura ... tanto Rosina como Liberto estaban guapísimos, tienen una complicidad extraordinaria y hoy, por fin, han aparecido juntos (aunque muy poco tiempo); muchas veces he dicho que, teniendo unos actores tan excepcionales como son Sandra y Jorge, no se entiende que no se les de más protagonismo. Sinceramente, cuando estos dos grandes no aparecen, para mí al capítulo le falta chispa.

    20 dic 2017