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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 660 - ver ahora
Transcripción completa

El mismísimo obispo...

ha reconocido que era el bordado más exquisito que ha visto en su vida.

-Gracias, Dios mío. -Pero entonces, ¿qué ha pasado

con el contrato que habían roto? -Me han prometido reconsiderarlo.

-Eso es un avance, sin duda.

-Tiene que contarme con pelos y señales todo lo que le han dicho.

-Nos llevará toda la noche. Se han fijado

hasta en el más mínimo detalle. Y no han visto ninguna falta.

Parece que al fin... nos sonríe la suerte.

-"Tú no te diste por vencido..."

cuando te daba calabazas.

-Lolita, no quiero que sigas sufriendo calamidades por mi culpa.

-Demasiado tarde.

¡Bien!

Buen disparo, Víctor, buen disparo. Mejoras muy deprisa.

-"Felipe".

Cariño,

espera.

-"¿Qué quieres, qué necesitas?".

-El jarabe que está en la mesa.

-Sí. -Dios.

-No estás bien. No voy a dejarte solo.

Estaré aquí contigo todo el día.

-"Los sentimientos de los que te he hablado son reales".

Pero también lo es la decisión que he tomado.

Quiero ser tu esposa. Estar a tu lado.

Serte fiel y formar una familia junto a ti.

-Necesito tiempo.

-"Diego, Samuel, Blanca,..."

todos estarán de más cuando ese niño haya nacido.

Ahora lo que debemos hacer

es cuidarnos la una a la otra.

-"¿Qué es esto?".

-"De lo único que tienes que preocuparte"

es de echar el contenido de ese frasco en la medicación de Diego.

Con unas gotas bastará. Tendrá una muerte dulce, sin dolor.

¿Podrás hacerlo?

-No.

Esto es... -Veneno.

De los más letales que existen.

-Pero esto le matará.

-Sí. Ya te lo he dicho.

Pero de una manera dulce.

Placentera. No te apures.

Unas gotas bastarán...

para mandarlo directamente al otro mundo.

¿Tan enamorada estás de él

que no te ves capaz de hacerlo? -No. No es eso.

-¿He de recordarte que fui yo quien te dijo

que tenías que acercarte a Diego?

¿He de recordarte por qué lo dije?

-Sí. Su propósito es separar a Blanca

de Diego. Pero ¿por qué matarle?

-¿Qué mejor separación que la muerte?

-Diego no es un problema.

-Pero podría serlo en un futuro. Y no me gusta dejar cabos sueltos.

-Madre,... está muy enfermo,

¿por qué acelerar las cosas?

-Porque yo lo digo.

Me decepcionas, Olga.

Te imaginaba más fuerte.

Pensaba que estábamos juntas en esto.

Pensaba que querías formar parte de una familia.

-Y quiero.

-Pues eso implica hacer ciertos sacrificios.

Olga,... te necesito para cumplir el deseo

de formar una nueva familia

con el niño que tu hermana lleva.

¿Por qué quieres arruinarlo todo ahora?

Tú eres muy joven... y todavía no lo sabes.

Pero los hombres...

vienen y van. El lazo

que une a una madre con su hija es para toda la vida.

Te está manipulando, ¿no es eso?

Te está poniendo en mi contra como hizo con Blanca.

-No, no. No es eso, se lo juro.

-Pues entonces debes confiar en mí.

No podemos arriesgarnos a que se vaya todo al traste.

Yo nunca te abandonaré, nunca.

Tratarás de hacer lo que yo te diga.

¿Me ayudarás?

¿Lo harás?

¿Lo harás por mí?

(Pasos)

-Señora, he vuelto para decirle que...

que si ha visto la pintada que han hecho

en la fachada de la sastrería.

-Retírate a descansar.

Qué vergüenza, qué desazón, todo el mundo nos está mirando.

-No les haga caso, madre,

ignórelos. ¡Venga, fuera, fuera todos!

¡Vamos! ¿Qué miran?

¡Fuera!

-¿Qué es esto?

¿Quién ha sido?

¿Qué clase de persona ha hecho algo así?

-Podría haber sido cualquiera,

todo el mundo sabe mi secreto. Estamos en boca de todos.

-Malditos sean. ¡Maldita sea su estampa!

-No blasfemes, hijo, que no vale la pena.

-¿Qué están mirando?

A ver espectáculos al teatro, venga.

-No montes un espectáculo. -¡Anden!

-Así solo podrás conseguir empeorar las cosas.

¿Por qué no te vas a casa?

-Porque no quiero descansar, quiero que la dejen en paz.

-Bueno, lamentablemente, eso no está en nuestra mano.

Además,... no quiero que tengas otra preocupación más por mi culpa.

Bastante tienes tú. -Tu abuela tiene razón.

Márchate a casa. Mañana tenemos el último entrenamiento

antes del duelo con Arturo. Tienes que estar tranquilo.

-Ni me lo nombres, no quiero ni pensarlo.

Un duelo. El duelo ese es una locura.

-Eso dígaselo usted a don Arturo.

A mí solo me queda presentarme y dar la cara.

-Pero ¿cuándo va a terminar todo esto?

¿Es que la gente no tiene compasión? -En este barrio no, ya lo sabes.

-Esta mancha me va a acompañar hasta el día de mi muerte.

Y no me refiero a la del cristal. -No, no diga eso, tieta.

En breve alguien hará algo equivocado

y dejan de hablar de usted. -Al menos hay una buena noticia

entre tanto tormento. -¿Y qué buena noticia es?

-El obispado se ha replanteado aceptar nuestro manto papal.

-Cuánto me alegro, Susana.

Eso hay que celebrarlo. -¿Qué voy a celebrar?,

con la que tengo encima.

Hay que dejar eso más limpio que una patena.

Limpiad, limpiad.

Aunque lo que tendrías que limpiar, Susana, es tu conciencia.

Ha hecho un buen trabajo, el mozo.

¿Le has pagado ya sus reales? -¿Sospecha quién lo ha hecho?

-No. No lo creo.

Pero ¿qué pensaba?

¿Qué le iba a ayudar con la curia cuando fue ella

la primera que me atacó... la noche de los Paulinos?

Susana,...

todos vais cayendo.

Quien me la hace...

la paga.

¡Comida "prepará", señoras y señores!

"Pal" el niño.

"Pa" la niña. Y "pal" abuelo, "pa" que se chupe los dedos.

Comida caliente y deliciosa gracias a un ingrediente mágico:

pastillas de caldo "concentrao".

-Pero bueno, primo, ¿se puede saber qué es lo que estás haciendo?

-Repartiendo panfletos. ¿Es que no lo ves?

-Ven conmigo. Yo, lo que veo, es que estás asustando a la gente.

-¿Yo?, no, no, Dios me libre. Yo lo que quiero

es que se venda mucha comida para comprar cosas bonitas

a nuestra familia.

¿No es lo que me habías dicho? -Ya, pero

¿y "pa" qué dices lo de la magia y lo de las pastillas?

-Porque habíamos dicho que, o decía la verdad, o yo no lo hacía.

-En eso quedaste tú, porque yo no recuerdo haberlo hablado.

-Pues lo hablamos, ya lo creo que lo hablamos.

-Bueno, tú reparte los panfletos y no digas "na", que en boca "cerrá"

no entran moscas. -Yo reparto y digo la verdad.

Que la gente sepa que es comida de mentira.

Que no quiero que después me acusen de estafar.

Como al novio de la Lolita. -Mira, primo, haz lo que quieras.

Pero bueno.

Muchacha, hombre, ¿qué haces ahí?

Venga, vete "pa" otro "lao", a ver si va a venir el sereno.

¡Lola! Has perdido el seso, mujer.

Te acabo de confundir con una mendiga.

-Pues...

que me he pasado la noche buscando al traidor ese del Sepúlveda.

El que testificó en contra de Antoñito.

Y de amanecida pues,...

me eché en el banco a descansar una miaja.

-"Endeluego", Lola, que tú has perdido el seso, mujer.

Tú no puedes hacer la labor de los guripas.

-Yo, por el Antoñito,

hago lo que sea menester.

-¿Es que no sabes que te podría haber pasado algo malo, eh?

-¿Y a mí qué más me da lo que me pase, Casilda?

Ese dibujante del demonio es un embustero.

Una rata, un mal bicho.

Y tengo que encontrarle "pa" que diga la verdad.

-No, Lola.

Tú lo que tienes que hacer es subir al altillo. Y asearte.

¿Qué quieres, que te vea de esta guisa don Ramón?

Venga, ve, anda.

¿Llevas mucho tiempo ahí? -No lo sé.

Un buen rato.

No he pegado ojo en toda la noche.

-Samuel. -No hagas eso.

-¿Hacer qué?

-Darme cariño por pena o por obligación.

-Te doy cariño de corazón. -Y miradas de amor a él.

-¿A qué viene eso?

-¿Crees que no me di cuenta de cómo le comías con la mirada?

-Creí que lo mejor era ser honesta contigo.

Creí que preferirías saber

la verdad de lo que siento. -Y lo prefiero.

-Pero no estás preparado para encajar la verdad.

-¿Y quién está preparado para oír algo tan duro

como que no sientes nada por mí?

-Yo siento mucho por ti. -¿El qué: cariño, afecto?

-Samuel.

Yo te he escogido a ti.

Voy a pasar el resto de mi vida contigo.

-¿Por qué?

-¿Perdona? -¿Por qué me has escogido a mí?

-Porque eres el hombre más bueno que yo he conocido jamás.

Eres dulce y amable. Justo.

Trabajador.

-Yo quiero que se te revuelvan las tripas

cuando me ves.

Quiero que el suelo vibre bajo nosotros cuando estemos juntos.

Quiero que el corazón te dé un vuelco cada vez que te beso.

Porque eso es lo que siento cuando estoy contigo.

Y eso es lo que sientes por mi hermano.

Pensé que podría aceptarlo.

Que podría conformarme

con tenerte, pero no es así.

No puedo.

-Lo siento.

Lo siento, Samuel, siento mucho estar haciendo todo esto.

-No te preocupes.

Nunca he ganado en nada a mi hermano.

No iba a empezar ahora.

¿Ha visto la pintada que hicieron anoche en la sastrería?

Como para no verla.

Quien la hizo se ocupó de que se viera bien.

Un trabajo fino.

¿No habrá sido usted? ¿Yo?

Tu padre es mucho más elegante que eso, hija.

Yo monto un teatro de títeres para que se descubra la verdad.

No emborrono fachadas.

Padre, ¿no puede olvidar el duelo con Víctor?

No.

Pero ¿no cree que esa familia ha sufrido ya suficiente?

¿Qué necesidad hay de provocar más desgracias?

Yo no provoco nada.

Me defiendo de sus agravios. Pero usted

es peritísimo en las armas.

Y me estoy entrenando más aún. No quiero fallar.

Pero ¿cómo va a fallar?

Víctor no sabe nada de ese mundo, no es un duelo justo.

Pues que lo hubiera pensando mejor antes de besarte

y tratarte como a una mujerzuela.

Él no tuvo la culpa de nada.

Es un buen chico. ¡Es un insolente!

Y merece una lección.

Que se entere él y todo el barrio que nadie humilla a esta familia.

Padre, haré lo que sea,...

lo que sea, con tal de que cambie usted de opinión.

Volveré al convento, me encerraré en mi cuarto

pero, por favor, cancele ese duelo.

Si me quiere, hágalo por mí.

Pare esta locura.

Deja de rebajarte y hacer el ridículo.

Ya lo has hecho bastante.

Gracias por venir a tomarme declaración al hospital.

-Le acompaño a la puerta.

Gracias.

-Espero que la policía descubra que el tal Belarmino

está detrás de mi accidente. -Eso ya es cosa de la policía.

Tú ahora tienes que preocuparte

en descansar y ponerte bien.

-No sé qué haría sin tus cuidados.

-Sin mí estarías perdido,...

querido.

-Siento haberte hecho creer que me veía con otras mujeres.

Siento haberte hecho daño otra vez.

-Sé que... lo hiciste para protegerme,

para alejarme de ti

y que el tal Belarmino no me hiciera daño.

-Es que es verdad.

-¿El qué es verdad?

-Que sin ti estaría perdido.

-Calla, tonto,

me harás llorar.

Ay, Dios mío.

Pensé que te perdía esta vez.

¿Por qué últimamente todas las desgracias nos pasan a nosotros?

-No digas eso,

estamos aquí. Estamos juntos y estamos bien.

Ya vendrán tiempos mejores.

-Felipe.

Qué alegría verle despierto.

-Les dejo para que hablen.

Lo siento, Olga, no... puedo.

-¿Qué te ocurre?

¿Por qué estás arisco conmigo?

-No, no estoy arisco. Estoy cansado.

-¿Seguro que solo es eso? -¿A qué te refieres?

-Pensé que a lo mejor estarías pensando en Blanca.

-No tiene nada que ver con Blanca.

Solo estoy agotado. ¿A qué viene este interrogatorio?

-Disculpa. No me lo tengas en cuenta.

Es solo que...

estoy bien contigo y tengo miedo a perderte.

-No, Olga, la gente viene y va.

No debes atarte a nadie.

Debes ser autosuficiente, ¿me entiendes?

No dependas de nadie.

-Supongo que tienes razón.

¿Quieres que te prepare algo de comer?

-No.

No tengo apetito. -Me da igual.

Has de comer o terminarás enfermando aún más.

¿Seguro que no es tan grave eso que tienes?

¿No debería verte un médico?

-Ya te lo dije, solo son unas fiebres sin importancia.

-Está bien. No haré que comas.

Pero, al menos, tómate tu jarabe.

De verdad, querido amigo, que me alegra mucho verle tan mejorado.

-Hacen falta muchos Belarmino para terminar conmigo.

-Le agradezco... todo lo que ha hecho por mi familia.

-Yo no he hecho nada, don Ramón.

-Ha arriesgado su vida por la causa de mi hijo,

ha hecho frente a las amenazas... ¿Le parece poco?

-Hice lo que tenía que hacer.

-Hizo lo que nadie nunca había hecho por mí.

Por nosotros.

Ha demostrado usted ser... un gran amigo.

Y no voy a olvidar eso nunca,

¿me oye?, nunca.

-Va a hacer que me emocione, don Ramón.

-Es usted un gran hombre, Felipe.

Y yo me siento muy orgulloso de ser su amigo.

-Don Ramón, quiero que sepa... que lo haría una

y mil veces.

Y ahora basta, por favor, o terminaremos llorando

como dos ancianos.

(RÍEN)

-También tenía algo que preguntarle. -Cuénteme.

-Me gustaría que pensara en alguien que pudiera ayudarme

en la causa de mi hijo.

-Quiere que le recomiende un buen abogado.

-He contactado con unos cuantos, pero...

ninguno quiere hacerse cargo.

¿Conoce usted a alguien?

-Pues, ahora que lo dice... sí que conozco a alguien.

-Sé de sobra que no va a ser tan bueno como usted,

pero me conformaría con que fuera la mitad de bueno.

-Conozco al tipo adecuado.

Incluso puede que sea hasta el mejor abogado de la ciudad.

-Pero eso... eso es maravilloso. ¿Quién es?

-Lo tiene usted delante.

-¿Usted?

-Don Ramón,... no voy a parar hasta sacar

a Antoñito de la cárcel. No voy a permitir

que un asesino decida por mí. Y menos, uno como Belarmino.

-Gracias, Felipe.

-Don Ramón,...

sacaremos a Antoñito de la cárcel.

¿Y ahora qué vamos a hacer con toda esta comida?

-Aún nos pueden hacer algún pedido, no nos precipitemos.

-Ya ha "pasao" la hora de comer.

¿Qué pedido nos van a hacer, "pa" la merienda?

-¿Y cuál es el plan? ¿Tirarlo a la basura?

"Endeluego", que menudo desperdicio.

-Pero si es que no teníamos que haber cocinado tanto

sin tener pedido.

La culpa es de Servando que lo ha organizado malamente.

-¿Mía?, no, no, no. La culpa es de Martín,

que quitó el reclamo de los guisos caseros

de los panfletos publicitarios.

-Pero yo no anuncié que las comidas estaban hechas con pastillas...

de caldo.

-¿Has hecho eso?

-Que yo dije que no iba a mentir

o no podía mirar a mis ovejitas a la cara.

-Una cosa es mentir

y otra cosa es tirarse las piedras contra su propio tejado.

¡Cenutrio! -Un respeto, que yo lo he hecho

lo mejor que he podido. -¿Un respeto?

Es que... -Di que sí, primo.

Con mi primo no os metáis, ¿eh?

Vamos a ver, este pobre hombre

ha estado repartiendo folletos

desde el alba, no como usted,

que lo único que ha hecho hasta ahora es dar órdenes.

-Alguien tiene que poner aquí el cerebro.

-Sí, y el rostro, que lo tiene más largo que la espalda.

-Bueno, bueno, templemos los ánimos. Que haya paz.

-Aquí lo que va a haber es un cachiporrazo como me toquen...

-¡Casilda! Casilda.

Ahora lo importante es... cavilar una solución

para arreglar este desaguisado. Nunca mejor dicho.

A ver, ¿qué hacemos ahora con todo este condumio?

-Pero si esto está buenísimo. ¿Por qué no nos lo comemos?

-Sí. Pero, vamos a ver,

amor mío de mi vida, ¿no te has parado a pensar

que si nos comemos todo esto mismo nos empachamos?

Pero ¿tú has visto la barbaridad de perolos que tenemos aquí, Martín?

-También podemos repartirlo entre los menesterosos

que piden a la puerta de la iglesia.

Podríamos hacer correr la voz y, así llenar miles de estómagos vacíos.

-Claro, y perdemos todo el dinero invertido.

No, si al final los pobres vamos a ser nosotros.

-¿Se le ocurre a usted algo mejor?

-No sé, quizá...

-Suéltelo ya, hombre.

-¿Y si damos toda esta comida

a cambio de nada a los señores del barrio?

-¿A los señores? ¿A cambio de nada?

-Sí, sí, le llamaríamos...

oferta de lanzamiento.

En cuanto prueben estos guisos, van a querer comer más.

-Puede.

Hala, venga,

en marcha.

Hala, tira.

Venga, Luisi, hija. Que algo caliente te sentará bien.

-Esta desazón que tengo no se me va a pasar con una tisana.

-Lo sé. Créeme, querida, que lo sé.

Y si pudiera hacer algo para resolver este entuerto lo haría.

-Ojalá mi padre pueda intervenir.

Ojalá pueda hacer algo por pararle los pies

a ese enajenado del coronel.

-Tu padre bastante tiene con intentar que tu hermano

no se pase el resto de su vida en la cárcel.

Sabes perfectamente

que tu padre haría lo indecible por ti.

Pero tratándose del coronel,... dudo que pueda hacer algo.

-Lo sé, Trini, créame que lo sé.

Es un loco sin corazón ni humanidad.

(Llaman a la puerta)

¿Tú qué haces aquí?

Te ruego que me escuches. No, no tengo nada que decirte.

Y mucho menos quiero escuchar más mentiras.

Fui una estúpida.

Una niña caprichosa que solo intentaba darle

celos a Simón.

Y no fui consciente del daño que os estaba haciendo

a ti o a Víctor. Pero él no tuvo nada que ver,

María Luisa, nada.

Por eso tienes que dejar de lado el odio que sientes por mí.

Y convencer a Víctor de que mañana no asista al duelo.

¿Crees que no lo he intentado ya? Pues inténtalo más.

Mi padre está haciendo lo indecible por meterle a Víctor

una bala en la cabeza.

Si mañana Víctor se presenta,

morirá.

Lo sé, Elvira.

No pego ojo. Sueño con ello día y noche.

Hasta tengo pesadillas en las que le veo desangrándose.

Pero ¿qué puedo hacer yo? Perdonarle.

¿Por qué?

Porque te quiere.

Estoy convencida de que Víctor piensa

que ya no tiene nada que perder.

Porque te ha perdido a ti.

Y, por tanto, lo ha perdido todo.

Todo lo que mínimamente le importa en el mundo.

Le da igual su vida.

Va a ir a ese duelo con la única idea de recuperarte.

Creyendo que ser un hombre de honor es lo único que le queda.

Tú eres la única que puedes terminar con todo esto.

Habla con él.

Dile que le perdonas, dile que le quieres y pídele

que mañana no vaya.

Tendrías que haberle visto la cara.

Estaba tan triste.

-¿Qué te dijo?

-Que había intentado aceptar que yo amara a Diego.

Que lo había intentado con todas sus fuerzas,

pero que no iba a poder.

-Blanca, sería de piedra si lo aceptara tan elegantemente.

-Samuel no es así.

Es sensible, amoroso, es bueno.

Y hace todo lo que hace de corazón.

-No me gustaría estar en tu pellejo, amiga.

Tu situación no es nada fácil. -No, no lo es.

Por más que lo intento, por más que me esfuerzo, no voy a poder

darle a Samuel el amor que necesita.

El amor que merece.

-El amor que te nace de forma natural,

espontánea y arrebatadora

hacia Diego.

-Leonor,...

cada vez que veo a Diego, el corazón se me sale por la boca.

Se me erizan los pelos de la nuca,

las tripas se me ponen del revés.

Pierdo hasta el apetito.

-Es la definición de amor verdadero más certera

que he oído en mi vida. Te lo digo yo, que soy escritora.

Blanca,...

tú ya sabías que esto iba a pasar.

Sabías que solo podías controlar todos estos sentimientos

porque tenías a Diego lejos.

-Es que la cosa es mucho peor de lo que imaginaba.

-¿Peor?

-Ya es duro estar alejada de él,

como para encima saber que está con Olga.

Que vive una vida con ella y que son felices.

Me arden las tripas de saber...

que ella es ahora la mujer que está junto a él en su cama.

Que es la persona que roza su piel,

que besa sus labios, que se acurruca junto a él.

-Blanca, para.

Para, no pienses más en ello. No te atormentes más aún.

-¿Crees que de verdad se quieren?

¿Crees que Diego...?

-¿Está enamorado de ella?

-A veces pienso que Diego hace todo esto para darme celos.

Para provocar que deje a Samuel y corra a sus brazos.

Pero ¿y si es amor verdadero lo que sienten el uno por el otro?

Si de verdad Diego ama a Olga.

-Blanca, yo no sé si se aman de verdad.

Si son dos animalitos heridos

que buscan refugio el uno con el otro.

Pero lo que sí sé,...

y con esto siento ser la abogada del diablo,

lo que sí sé...

es que tú antes de todo esto escogiste.

Y escogiste a Samuel.

-Y Samuel es la única víctima de todo esto.

El único coherente con sus sentimientos.

Y el que menos lo merece.

Avanza usted muy favorablemente, don Felipe.

Sin embargo, no hemos de precipitarnos.

-¿Qué quiere decir? -Que aún le mantendremos

unos días más en observación.

Habrá de guardar reposo y tomárselo en serio.

-Yo me encuentro bien, doctor.

-Le creo.

Pero los golpes en la cabeza son muy traicioneros.

Hágame caso y tómeselo con calma.

-Ya has oído al doctor.

Has de descansar.

(Llaman a la puerta)

-¿Se puede?

-Pasad, pasad.

-Qué alegría verle tan requetebién. Esto es

para que se alegre la vista,

que seguro que se sube por las paredes.

-Fabiana me las ha dejado a precio de ganga.

-Qué bien me conoces.

-Bueno, ¿qué, don Felipe, cómo se encuentra?

-Un poco cansado. Pero con ganas de retomar el trabajo.

-Ya has oído al doctor. Has de guardar reposo.

Y tomártelo en serio.

-Sí.

-No dejo de pensar que todo esto es por mi culpa.

Me dan ganas de arrancarme la piel a tiras de la rabia que tengo.

-¿Por tu culpa? -Pues eso.

Porque yo le convencí para que llevara el caso de Antoñito.

Y mire cómo tiene que vérselas. -Que no, Lolita.

Que aquí el único culpable

es el desalmado que ha hecho esto. -Doña Trini tiene razón.

Aquí el único culpable tiene nombre y apellidos,

y se llama Belarmino Conde.

Además, hubiera aceptado el caso

aunque no hubieras insistido.

Los Palacios siempre se han portado maravillosamente bien conmigo.

Son amigos de los que ya no quedan.

No podía dejaros en la estacada.

-Muchas gracias, don Felipe.

Se lo agradezco de corazón. No sé qué haríamos sin su defensa.

No lo vamos a olvidar en la vida.

-Fruslerías. Tan solo he defendido la verdad.

Solo espero recuperarme cuanto antes y salir de aquí

para retomar el caso de Antoñito y sacarlo de la cárcel.

-Dios le oiga y que así sea.

Mientras tanto, no se apure,...

que ya me estoy encargando yo de buscar a otro testigo.

O, al menos, que el tal Sepúlveda diga la verdad.

-Lolita, no hagas ninguna tontería.

-Felipe.

-Esta gente es muy peligrosa.

¿Qué ser la siguiente? -Ya está.

(Disparo)

(Disparo)

(Disparo)

Fallé otra vez.

-Pero es solo una, Víctor. Has mejorado mucho.

-No nos vamos a ir de aquí hasta que las tire todas.

-Víctor.

Víctor, piensa que tienes que descansar para mañana.

(Disparo)

(Disparo)

(Disparo)

-Bien. -Bravo.

-¡Bien, bien, bien, Víctor! -¡Bravo, menuda puntería, bravo!

-Gracias a vosotros.

Sin vuestra ayuda no habría aprendido a disparar.

Yo sé que nadie confía en mí.

Pero mañana no se lo voy a poner fácil al coronel.

Encima, María Luisa

va a estar orgullosa de mí.

Si muero, que sea con la cabeza bien alta.

-Así se habla.

Me alegra poder hablar con usted

antes de que se lo lleven a la residencia.

He de contarle algo, padre.

Solo le tengo a usted.

Estoy casado con la mujer a la que amo.

Y vamos a ser padres.

Debería sentirme afortunado.

Debería sentirme el hombre más feliz sobre la faz de la tierra.

Y, sin embargo,...

me siento tremendamente infeliz.

Blanca ama a Diego, padre.

Le ama con un amor tan arrebatado que no lo puede controlar.

Y nada puedo reprocharle. Porque siempre lo he sabido.

Desde el principio. Aunque...

tratara de engañarme.

Pero ella me ha abierto los ojos.

Me ha dicho lo que no quería oír.

La verdad.

Y no sé si puedo seguir engañándome.

No sé si puedo seguir viviendo con ella

sabiendo

que nunca me amará igual que le ama a él.

¿Por qué siempre Diego?

-¿Se encuentra usted bien?

-¿Cree que mi padre puede escucharnos?

-No lo sé. Pero creo que mal no le hace,

todo lo contrario.

Es el informe médico de su padre.

Aunque ya se lo conté todo a doña Úrsula.

La cicatriz ha cerrado bien, pero el resto sigue igual.

Más me preocupa

su hermano.

-¿Diego? ¿Qué pasa con él?

-Le veo claramente desmejorado, y con mala cara.

Si le soy sincero, creo que algo muy malo le ocurre.

Por eso le pedí que me dejara hacerle un examen médico, pero...

-No me lo diga, se negó.

¿Por qué me cuenta esto a mí?

Diego ya es mayorcito. ¿Qué puedo hacer yo?

-Usted es su hermano.

Y él no tiene a mucha más gente. Creí que debía decírselo.

¿No cena tu esposo con nosotras?

-Ha ido a ver a su padre al hospital.

Llegará tarde.

-He notado que no estáis pasando por vuestra mejor época.

-¿Tampoco cenará Olga con nosotras?

-Creo que está con Diego.

Así que no la esperemos a cenar.

-Lamento el retraso.

Diego... se encontraba algo indispuesto.

Y... he querido esperar a que se durmiera.

-¿Está bien? Espero que no sea nada.

-Solo algo cansado.

-Olga, ¿te has puesto mis pendientes?

-No.

Me compré unos ayer tarde.

Pero, ahora que lo dices, sí que se parecen mucho a los tuyos.

-Idénticos.

-Qué casualidad.

-Son ya muchas las casualidades, ¿no?

Los pendientes,

la forma de vestir.

Cualquiera diría que estás intentando parecerte a mí.

-Somos hermanas, Blanca.

Es normal que tengamos gustos parecidos.

-Lo único que nos diferencia ahora mismo es el color de pelo.

-Pues mira, ahora que lo dices,...

he pensado en hacerme algo distinto.

Quizá me lo tiña.

No es mala idea, pero a Diego...

le gusta mi pelo.

Dice que estoy preciosa así.

-Si me disculpa,...

he perdido el apetito.

-No deberías hacer rabiar tanto a tu hermana.

¿No te dije que procuraras mantener la paz?

¿Qué quieres, que Samuel y ella rompan?

¿Que se vaya todo al garete?

-Yo no tengo la culpa de que ande revuelta por su embarazo.

-Bueno,... nosotras a lo nuestro.

¿Has hecho ya lo que te dije que hicieras?

¿Va a dejar de ser Diego un problema?

(Llaman a la puerta)

(Llaman a la puerta)

Lolita.

-Casi me da un tabardillo, qué pasmo. ¿Quieren, matarme?

-No, saludarte solamente. ¿A qué los nervios a flor de piel?

-¿Nervios? Que tengo a Antoñito en la cárcel.

Y a don Felipe en el hospital. ¿Cómo quieres que esté?

Y lo suyo, señorito Víctor,

tampoco ayuda. -¿Esperas a alguien?

-¿Yo?

-Como estás aquí agazapada en la calle.

-He ido a hacer un recado a los señores.

-¿A estas horas?

-Pues cuando ellos piden, yo voy. ¿Algún problema?

-No, no, ninguno. -¿Y vosotros,

que andorreáis por las calles tan de anochecida?

-Venimos

de practicar con la pistola.

Liberto y yo estamos entrenando a Víctor.

-Debería no presentarse, señorito Víctor.

Que yo no quiero hablar de más,...

pero la señorita María Luisa está sufriendo

por este asunto. -¿De verdad?

-¿Acaso lo duda? Pero si no come, no duerme.

Ni siquiera respira. -Bueno, creo que será mejor

no hablar de tales asuntos.

Mañana es el día y, Víctor tiene que estar concentrado.

Nos vamos a descansar.

-Buenas noches.

(Ruido)

Qué rara estaba Lolita, ¿no te parece?

¿Qué te ocurre, Víctor?

¿Es por lo que ha dicho sobre María Luisa?

-Lo que más me atormenta es si mañana el duelo

servirá para recibir su perdón.

-Ánimo.

-¿Dónde te habías metido?

Te he estado buscando por todo el barrio.

Al final he venido a la iglesia a poner una vela por ti.

-Gracias.

Estaba entrenando para lo de mañana.

Ya sabes.

¿Por qué me buscabas?

-Víctor,... no vayas a ese duelo mañana.

Es una muerte segura.

-Todo el mundo piensa eso.

No confía nadie en mí.

Te voy a demostrar que soy un hombre de honor.

-A mí no tienes que demostrarme nada, solo que tienes

dos dedos de frente. -No llores, María Luisa.

-Víctor,... no vayas a ese duelo.

No quiero verte morir. No puedo vivir sin ti.

Pensé que no querría saber nada más de ti,

pero no es verdad.

Así que prefiero tragarme el orgullo

que lamentarlo toda la vida.

-¿Significa eso...? -Significa que te sigo amando,

y mucho, Víctor.

Así que, por favor, te lo ruego, te lo suplico,

no vayas mañana a ese duelo.

Nos iremos a París, nos iremos donde quieras, pero no te enfrentes

al animal del coronel.

-No sabes lo que esto significa para mí.

Te quiero tanto que me duele,

María Luisa. -Siento haber dudado de ti por...

un estúpido beso.

-Yo siento haber sido un estúpido.

-¿Esto quiere decir que no vas a ir?

-No puedo hacer eso.

-¿Cómo?

-Prefiero morir con la cabeza alta que ser un cobarde.

-No. No vayas, Víctor.

Hazlo por mí.

No lo hagas,

no me hagas esto, por favor.

-Te quiero.

Te quiero.

-No.

¿A qué ha venido, Leonor?

-Tiene mal aspecto, don Diego. ¿Se encuentra usted bien?

-Perfectamente.

¿Qué puedo hacer por usted?

-He venido a hablarle de Blanca. Estoy muy preocupada por ella.

-¿Qué le ocurre?

-Pues que, como yo, ella también cree que está cometiendo

el mayor error de su vida al mantener una relación con Olga.

-Vaya por Dios. ¿Y eso por qué?

¿Soy la única persona que no tiene derecho a mantener una relación?

-Pues claro que puede mantener una relación, pero los dos sabemos

que esa relación no es sana. Sea honesto.

¿Por qué está manteniendo una relación con Olga?

-¿Qué quiere decir?

-Que si se ha acercado a Olga para provocar los celos de Blanca.

-Por supuesto que no. Jamás...

haría daño a Blanca voluntariamente. -¿Eso es verdad?

¿Está siendo usted sincero?

-Mire, Leonor,...

probablemente Olga se metió en mi vida en el momento idóneo.

Hay una cosa en la que usted tiene razón,

no he sido sincero.

No conmigo mismo.

Estoy con Olga porque me recuerda a Blanca.

-Diego, usted sabe que lo que está haciendo no le va a servir de nada.

Todo lo contrario.

Está haciendo sufrir a mucha gente. A usted el primero.

Samuel está sufriendo lo indecible con todo esto.

-Lo sé. Sé que debería desaparecer de aquí.

Que aquí el único que sobra soy yo.

(SE QUEJA)

-Diego. Diego...

¡Diego! ¡Diego!

¡Diego!

¡Diego!

¡Diego!

Pruebe usted que esto está de rechupete.

Y la cuchara.

-Arrea, prima, ya tenemos casi dos docenas de pedidos.

-Claro que sí, si es que ya te lo dije,

que lo de las pastillas de caldo es el negocio del siglo.

Nos vamos a hacer de oro, primo. -O nos dará un desahogo.

La verdad... es que parece que les agrada, ¿eh?

Y de momento ninguno ha tenido que salir corriendo a la letrina

ni ha entregado la pelleja. -Pues claro que no, primo.

Nada puede salir mal.

Pero ¿cuándo aprenderé yo a cerrar la boca?

-Así que es verdad.

Mi criada dedica sus horas libres a regalar comida.

-"¡Es usted un canalla!"

¡Ah! -Es cuestión de pareceres.

Yo prefiero considerarme simplemente inteligente.

No como tu Antoñito, que cayó en la trampa como un primo.

-Lo pagará. -Me temo que, te guste o no,

de momento será tu prometido quien lo haga.

-No lo permitiré. Todos sabrán la verdad.

-No. No dirás nada.

Los muertos no hablan.

-No. -Tu curiosidad te ha condenado.

-(GRITA) -¡Socorro!

Vivir...

hasta la muerte.

-(GRITA)

¡Que me sueltes! ¡Ah

¡Suéltame!

-"Al fin amaneces".

¿Vas a ir hoy a visitar a Diego?

-Sí. -Entonces no te demores.

Estoy deseando saber si todo ha salido como estaba previsto.

Supongo que no es necesario recordártelo,

pero, sea lo que sea lo que haya sucedido, finge normalidad.

¡Diego!

Despierte, se lo ruego. ¡Despierte!

Voy a buscar a un médico. Tengo que ir a buscar un médico.

No podemos seguir así. Dando la espalda a la verdad.

-¿Qué estás sugiriendo?

-Lo único que ya podemos hacer.

Arguyendo los motivos que llevaron a casarnos,

podríamos conseguir la nulidad de nuestro matrimonio sin problemas.

No te preocupes por el niño, estará siempre bien atendido.

No le abandonaré a su suerte. -"Estoy esperando a Víctor".

Dios quiera que no se haya marchado

sin antes despedirse de mí. -Seguro que no es así.

Estará al llegar.

-Adela tiene razón, aquí estoy.

-Víctor.

-Abuela, no se ponga así,

que esto no es una despedida. No me den por muerto.

-"Ya llegan".

-Pero ¿qué demonios hace Elvira aquí?

-Padre.

-Me he entretenido en el hospital, ¿ya es la hora del duelo?

-Le supliqué a Víctor que no fuera y que se quedara conmigo,

pero no me escuchó.

Uno,

dos,

tres,

cuatro,

cinco,

seis,

siete...

Ay, Señor mío, te lo ruego,

no te lleves a mi nieto.

Si es tu voluntad, paga tu furia conmigo.

Pero no permitas que Víctor sufra ningún daño.

"...doce,"

trece,

catorce,

quince... Deténganse.

Vuélvanse.

(LLORAN)

¡Fuego!

  • Capítulo 660

Acacias 38 - Capítulo 660

18 dic 2017

Olga acaba aceptando administrar el veneno a Diego. Samuel es incapaz de digerir los sentimientos de Blanca hacia Diego. Felipe declara ante la policía. Los Palacios agradecen a Felipe lo que está haciendo por ellos. Lolita ve a Sepúlveda intercambiar dinero con el acosador. Elvira suplica a su padre que cancele el duelo con Víctor. El muchacho sigue entrenando. María Luisa se reconcilia con Víctor y le ruega que no vaya al duelo.

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  1. cris

    Enhorabuena a estos pedazo de actores, disfrutamos mucho viendo esta serie tan maravillosa y llena de detalles deliciosos

    19 dic 2017
  2. Elena

    Condenan a Susana por haber tenido un hijo fuera del matrimonio u no dicen nada de Ùrsula que tiene dos.

    19 dic 2017