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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 658 - ver ahora
Transcripción completa

"Señor Sepúlveda, ¿quién le encargó los bocetos

para ese monumento?

-Usted.

-¿Yo? Pero...

Pero si yo no le había visto a usted en mi vida.

Fue Belarmino. -Fue usted.

Yo nunca he conocido a ningún Belarmino.

-"¿Te encuentras bien?".

Quizá mañana debería verte un médico.

-Quizá.

-Blanca... se alarmó al vernos juntos.

No sé qué derecho cree que tiene sobre ti.

-"Diego te usa" para provocar mis celos.

Porque de quien Diego está enamorado es de mí.

Conseguido. El juez

ha aceptado aplazar el juicio

hasta que demos con el paradero de Felipe.

Ha reconocido que no es fácil salir del embrollo en que está metido.

El caso es que...

quiero se disculpe ante mi esposa.

Por el bien de mi matrimonio.

-Lo haré. Pero lo hago por tu bien.

Sigo pensando que Rosina

es una cotilla que le gusta meter la cucharita en todos los postres.

¿Así quedarán saldadas nuestras rencillas?

-Pues claro que sí.

Somos familia, ¿no?

-Y me alegro mucho.

-"María Luisa".

Es la segunda vez que te lo pido. Perdóname.

-No. Ni a ti ni a Elvira.

No quiero saber nada más de vosotros mientras viva, y suéltame.

¿Por qué eres tan cruel conmigo? ¿Cruel yo?

Eres tú quien ha condenado a Víctor al desamor de María Luisa

y a morir a manos de tu padre. Yo estoy muriendo.

Estoy muriendo sin tu amor.

-"Felipe,"

¿Ha aparecido?

-Ha sufrido un accidente. Está ingresado en el hospital

y está grave. -"¿Quién lo hubiera dicho?".

Esta enfermedad se me va a llevar antes que a usted.

Mi fin se acerca.

Voy a morir.

El deterioro es más rápido de lo que esperaba.

(RESOPLA)

Me duele mucho no haberle librado de Úrsula.

Ese va a ser mi mayor arrepentimiento

que me lleve conmigo a la tumba. Lo siento.

Y me duele abandonarle.

Aunque... quizá, cuando despierte, porque va a despertar,

sea mejor que yo ya... no esté aquí.

(LLORA)

He sido un castigo para todos los que me habéis querido.

Para usted,...

para Samuel, para...

mi madre, para...

Hasta para Blanca.

-Buenas noches, señor Alday.

-Doctor, supongo que debería dejarle...

descansar, pero es que prefiero velarle.

-Su cariño le valdrá más que el descanso.

Quédese si lo desea, don Diego.

Pero es usted quien debe precisar descanso.

¿Se encuentra bien?

-Me encuentro perfectamente, es el ver así a mi padre.

-¿Me permite que le examine?

-No es necesario.

-Doctor, gracias a Dios que está aquí.

-¿Qué ocurre?

-Felipe, ha tenido un accidente y puede que esté en este hospital.

¿Es así? -Será mejor

que hablemos en otro lugar, señora.

Llevamos así cinco minutos ya.

¿No vais a decir nada?

¿No os dais cuenta que vuestro orgullo puede acabar con la amistad

que os habéis procesado durante años?

-No soy yo la que tengo que hablar.

Ni he engañado, ni he insultado a nadie.

-Ni yo tampoco.

Bueno, yo tampoco te insulté.

-Quizá no con todas las letras, pero diste a entender

que me consideras una lenguaraz sin remisión.

-Bueno, pues... perdóname.

Lo siento.

Tan solo trataba de eludir mi responsabilidad

al no haberle contado a Liberto

que Simón era mi hijo. Perdóname.

Te lo digo con sinceridad. -No soy una cotilla, ¿verdad?

-No más que yo misma,

ni que las otras señoras del barrio.

-Bueno,

me alegro mucho que todo se haya solucionado entre vosotras.

Tieta,

usted ha sabido reconocer su error. Y eso la honra.

Y tú, cariño, has sabido perdonar. Estoy muy orgulloso.

-Por cierto, Susana,...

como no me lo contaste en su momento,

creo que tengo derecho a preguntar.

¿Cuándo sucedió, digamos, la...

concepción de Simón?

Por su edad, supongo que...

eras una viuda reciente.

¿sucedió cuando te marchaste a San Sebastián?

-Pero bueno. ¿Es metomentodo o no? -Pero si yo solo trataba

de comentar el tema como amiga tuya.

Es normal que quiera saber los detalles.

-Los más escabrosos.

-¡Señoras, no empecemos! ¿Eh?

Tenemos asuntos mucho más importantes de los que ocuparnos

ahora en la familia.

Víctor se va a jugar la vida en un duelo.

Y no tenemos tiempo para peleas de colegialas.

-¿Y no hay forma humana de parar tal disparate?

-No.

El coronel no se va a conformar con cualquier cosa. Quiere sangre.

-Ave María Purísima.

-Sin pecado concebida.

-Trataremos de minimizar un poco los daños.

Simón y yo vamos a instruir a Víctor en el uso del arma.

Y, si tenemos éxito, conseguiremos equilibrar un poco las fuerzas.

-Eso. Por si Víctor no fuera lo suficientemente tozudo,

su tío y su sobrino le animarán al enfrentamiento.

-Pues no me parece muy justo eso que dice, tía.

El coronel va a disparar. ¿Quiere que Víctor no desenfunde su arma?

-Yo lo que quiero es que ese duelo no se produzca.

Si Víctor comprende que está en inferioridad de condiciones,

le será más fácil huir, desaparecer para siempre.

-Víctor asumirá el reto como yo lo hice en su día.

No es un cobarde.

-Liberto, cariño,...

¿me permites quedarme un momento a solas con mi amiga?

-De acuerdo. Estaré en la habitación.

Felipe podría haber muerto y...

yo no me habría enterado.

-Eh, eh, Celia, eso no ha sucedido.

No te tortures ahora.

-Está en buenas manos. Le atiende el doctor Quiles.

(Se abre una puerta)

-Traerán a Felipe en unos minutos.

El doctor ha autorizado su traslado a planta.

-Así es. En el quirófano hemos terminado.

Me gustaría que me escuchen antes de que llegue.

-¿Saben ya qué ha ocurrido?

-Según testigos, don Felipe estaba paseando

cuando fue arrollado por un caballo desbocado.

-¿Y qué daños tiene?

-Tiene la pierna derecha fracturada, aunque ya ha sido operado

y no reviste gravedad. Sin embargo,...

también ha sufrido una fuerte conmoción cerebral.

-¿Tendrá secuelas? -No lo podemos decir

por el momento.

Cuando le atendí, estaba inconsciente y no ha despertado.

-¿Cuándo lo hará?

-No tenemos respuesta para esa pregunta.

Y seré claro,...

lo peor es que la medicina no puede hacer mucho más.

Todo depende ahora del propio don Felipe.

De que su cuerpo tenga fuerza suficiente

para superar la conmoción.

Van varios golpes a su organismo en pocos meses y eso, me temo,

le pase factura. -Ánimo, Celia.

Felipe es un hombre fuerte.

-No voy a mentirles, podría despertar hoy mismo

pero también podría no hacerlo nunca.

-No. -Lo siento, señora,

pero es mejor que ustedes conozcan la verdad desde el primer momento.

Es un caso similar al de don Jaime Alday.

Nunca nos rendiremos. Pero tampoco haremos

falsas promesas. -"No es necesario"

que pongas paños calientes, si lo he reconocido yo misma.

Lo sé. No es que sea una cotilla, pero me gusta mucho hablar.

Para hablar hay que contar cosas y en este afán de contar, pues sí,

se me escapan los secretos;

ea, ya lo he dicho. -Cada uno es como es,

no te atormentes.

Al final, todo se ha solucionado y volvemos a ser amigas.

Y confidentes.

Y espero que eso no cambie nunca.

-Ay, Susana.

Me hubiera gustado que hubieras confiado en mí desde el principio.

Quiero decir, desde que te quedaste en estado, porque...

supongo que no fue nada fácil para ti pasar ese trago sola.

-No. Bien sabe Dios que no lo fue.

-Y te lo guardaste. Te guardaste el secreto, Susana.

Eres una valiente.

-Te prometo que no lo callé por desconfianza.

Sino por vergüenza. Una vergüenza horrible.

Y un horrible dolor...

al no saber...

qué haría con el niño que llevaba en mi seno.

-Si alguna vez tienes la necesidad de contármelo,

sabes que puedes contar

con mi hombro para llorar y mis brazos para abrazarte.

-Solo el ofrecimiento

me hace sentir mejor. Y menos sola.

-Mira,... si me lo cuentas, no te voy a juzgar,

ni te voy a cansar con moralina.

Lo que me cuentes no saldrá de aquí.

Será como un secreto de confesión.

-De eso no me cabe duda.

-Lo único que siento es no haberte hablado antes

como te he hablado ahora. No...

No haber estado a la altura de las circunstancias.

-Eso es agua pasada.

Ahora siento que somos amigas de verdad.

-Para siempre.

-Para siempre.

No puedes dejarme así.

Tienes que volver a mí.

-Celia, querida,... templa. Se pondrá bien, ya lo verás.

-Lucha.

No te rindas.

Lucha.

¿Cansado de comer guisos sin sabor?

¿De que el servicio ya no cocine como antes?

¿Harto de pasar horas en la cocina?

Comidas de la abuela tiene la solución.

Los sabores de siempre... en su mesa.

-Me gusta, pero

¿por qué todas las preguntas se las haces a los hombres?

Yo creo que les entusiasmará más la idea

a las señoras. -Ya, pero es que los hombres son

los que más se quejan en la mesa si la comida está insulsa.

No, vamos a ver, el escrito me parece muy bien, pero...

lo que no me termina de convencer es el nombre de la empresa,

Comidas de la abuela. No sé, no veo que tenga gancho.

-Servando, Comidas de la abuela te trae a la mollera

los pucheros que nos hacían de niños en casa.

¿Quién no se ha relamido alguna vez con un guisote de la yaya?

Venga, ¿cómo le pondría usted? -No sé, algo más familiar.

Algo... que te entre apetito.

-Pero vamos, Servando, ¿más familiar que Comidas de la abuela?

-Ya. No sé, déjame pensar.

Ya lo tengo. Ya lo tengo.

Apunta.

Comidas...

con Paciencia.

A parte de recordarte que hay que nutrirse con sosiego,

le hace un homenaje a mi parienta.

¿Y qué hay más familiar

en el mundo que una parienta? -Ande ya, Servando.

¿Comidas con Paciencia?

Los clientes se van a pensar que van a tener que ser pacientes

hasta que llegue la zampa.

-Además, Servando, la gente no sabe que Paciencia es su señora.

Sería familiar, pero solo para usted.

¿Dónde está madre?

-En el hospital.

Salió temprano.

Quería hablar con el doctor sobre el estado de su marido.

-El estado de su marido nunca le ha quitado el sueño.

-No hables así.

La situación de don Jaime induce a la compasión.

Lo sé por Diego.

Que no logra superar la tristeza que le provoca ver así a su padre.

Ausente y tan... solo, el pobre hombre.

Tan solo como estaba Diego hasta ahora.

-Hasta que llegaste tú

para acompañarle, ¿no?

Crees conocer a Diego mejor que nadie.

-Ya sabes que gozamos de cierta intimidad.

(Pasos)

-Buenos días.

He tenido una idea que me ocupará todo el día.

Voy a hacer un anillo con el oro que ha traído Diego de Minas Gerais.

Es de una calidad excepcional y quiero aprovecharlo.

-No será una novedad.

Aprovecharse de Diego parece ser que es lo que ha hecho todo el mundo

hasta ahora.

-¿A qué viene ese comentario?

-Se lo comentaba a tu mujer hace un momento.

Ya sabéis que Diego y yo no hemos pasado mucho tiempo

juntos.

Pero gracias a la intimidad que hay entre nosotros,

hemos hablado de lo divino y de lo humano.

-¿Qué pretendes contándonos todo esto?

-Quiero que sepáis que no hay secretos entre nosotros.

Lo compartimos todo.

Hasta me ha comentado lo que ocurrió con vuestra madre.

-Eso no es ningún secreto.

Pero preferiría que no hablaras de mi madre.

En nada te concierne.

-¿Cómo que no?

Por mucho que os moleste, Diego y yo estamos juntos.

Somos novios.

-¿De verdad crees que Diego está enamorado de ti?

-Quizá todavía no.

Nos estamos conociendo. Pero tampoco lo está de ti,

si es a lo que ibas. -No iba a eso ni a nada.

No es más que un comentario estúpido

que trata de sacarme de mis casillas y de poner a mi esposo contra mí.

-Tranquila, querida, eso no va a ocurrir.

-Eres tan bueno. Pero a mí no me la das.

Aprovechándoos de la mala conciencia que tiene Diego

después del accidente en que murió vuestra madre.

Todos los que le rodeáis le habéis obligado a hacer el trabajo sucio.

-¿Obligado? Ha nacido para eso.

Para arriesgarse la vida, para pelear en los lugares más oscuros.

Es su naturaleza. -No.

Es la naturaleza que vosotros le habéis adjudicado.

Le tildasteis de agresivo, de descastado, de inquieto,

para llevarle a las minas más peligrosas, las más lejanas,

en busca de vuestras gemas...

-Eso no es así, Olga. Y tú lo sabes.

Nadie le ha dado la espalda a Diego.

Si se enfrenta a la muerte es porque quiere.

Y si está solo es porque quiere.

-Blanca, ya está bien.

Puedes estar con mi hermano si eso es lo que te place.

No tenemos ningún inconveniente. Allá cada cual.

Pero lo que no quiero es que hables de él para incomodar a mi esposa

o a mí mismo estando en nuestra mesa.

La recuperación de la última operación fue un éxito.

Las heridas han sanado a buen ritmo.

-Cuando despierte,... ¿podrá hablar con normalidad?

-Físicamente no tendría impedimento alguno.

Su laringe ha quedado en uso.

-¿Insinúa que podría tener problemas no físicos?

-No insinúo, afirmo que lleva mucho tiempo inconsciente.

Y durante las pruebas que hemos realizado, no hemos detectado

ningún signo de mejoría.

-¿Trata de decirme que han perdido las esperanzas en su recuperación?

-No diría yo tanto.

Pero no le ocultaré que la posibilidad

de que recupere la consciencia es menor cada día que pasa.

-Doctor, me he informado, y sé que hay otros pacientes

que han despertado tras muchos años así.

-Pero son los menos, señora.

Un porcentaje ínfimo.

Y aun así, desconocemos las causas.

Parecen más un milagro que una curación.

-Por favor, doctor,... no lo desahucie.

No podría vivir si creyera que no volveré a hablar con él.

Que no volverá a ser mi marido.

Compañero y amigo.

-Desahucio es una palabra muy fuerte

que yo no he pronunciado.

-Seguro que hay algún tratamiento en algún país,

no puedo soportar la pasividad

y la resignación.

Busquémoslo, cueste lo que cueste,

por muy lejos que esté. -No, señora, lo siento.

Mi recomendación es que le lleven de vuelta a la residencia.

Allí seguirán cuidándole como hasta ahora.

Poco más podemos hacer.

-Si esa es su opinión médica,...

nos plegaremos a ella.

-Ánimo.

Si bien por el señor Alday poco se puede hacer,

me gustaría hablar con usted sobre el resto de la familia.

En situaciones así, sufren más los allegados que el propio enfermo.

-No lo sabe usted bien. -Lo sé, lo sé.

He visto, por ejemplo, que el hijo mayor está...

muy abatido.

Le aconsejaría a usted que le convenciera

para que vaya a visitar a un doctor. A mí no me ha permitido reconocerle.

-¿Cree usted que está muy enfermo? ¿No es solo abatimiento?

-Sufre de abatimiento, es verdad, pero...

creo que hay algo más.

Quizá una fiebre tropical,

unas terciarias. Paludismo, tal vez.

Podría haber cogido

una infección en uno de sus viajes.

-Intentaré que acuda a un médico especialista.

No podría soportar otra desgracia en la familia.

Estamos tan unidos.

Un momento, doctor.

Ha llegado a mis oídos

que Felipe Álvarez Hermoso está también ingresado,

¿podría informarme de su estado?

Por aquí está bien.

Sujeta la caja, por favor.

Es una Colt TM1900.

Ligera y fácil de manejar. -Eso si consigo hacerlo.

No he cogido una arma de estas en mi vida.

-Bueno, pues ha llegado el momento.

Liberto, podrías contar 30 pasos y poner un blanco para practicar.

-Sí.

Uno, dos,

tres, cuatro, cinco,

seis, siete, ocho, nueve,...

-Gracias.

-No tengas miedo, el seguro está puesto.

Víctor,...

tranquilo.

Te enseñaré el funcionamiento de la pistola y cómo debes sujetarla

para hacer blanco. No te preocupes.

Mi amor,

despierta.

y sácame de esta angustia.

Mi amor,

despierta.

Adelante.

-Querida Celia.

Me temblaban las piernas cuando me enteré.

Don Felipe, herido. Hospitalizado.

¿Cómo está?

-No saben cuándo va a despertar.

-Santo cielo. Igual que mi marido.

Sé por lo que está pasando,...

todo el sufrimiento que conlleva, no hay palabras para expresarlo.

Se les ve tan... vulnerables.

Tan solos, tan...

sin esperanza.

No sabe cómo lo siento.

Ojalá tenga usted más suerte que yo

y don Felipe despierte pronto.

-Lo hará.

Despertará.

-Yo también lo creía así de mi marido, al principio, pero...

Incluso soñaba que despertaba.

Después ya fui haciéndome a la idea de que jamás se levantaría.

-Son... las pertenencias de Felipe.

-Marcho pues.

Revisarlas será algo muy íntimo para usted.

Ánimo.

Con Dios.

-Hipócrita.

Dios mío.

Vamos, Víctor.

Quita el seguro.

-¿Aquí? -Sí.

Y ahora, apunta.

Debes enfilar la mirilla con la botella.

-¿El coronel y yo tenemos que disparar a la vez?

-Sí. Sí, así son las normas. Pero no te preocupes de eso ahora,

tú concéntrate en hacer blanco. -¿Y si se adelanta?

-No lo hará, es un hombre de honor.

Además, habrá un médico por si hay heridos.

-No, haberlos los va a haber, por lo menos uno lo va a haber.

-Deja de ponerte en lo peor. Concéntrate y dispara.

-Venga.

(Disparo)

Lo siento,

me he olvidado de hablarte del retroceso.

Debes sujetar el arma con firmeza.

Vamos, vuelve a apuntar y... dispara de nuevo.

(Disparo)

-El coronel es más grande que esa botella.

Voy a ver si encuentro algo de su tamaño.

-No tiene la más mínima posibilidad.

-Practicaremos y mejorará. Ya lo verás.

Deme, deme usted

ese pasquín que yo sé leer una miaja,

lo justo para tratar en las ferias de "ganao".

¿Cansado de comer guisos sin sabor?

¿Van a meter las pastillas del demonio?

-No, no, usted no lea, usted no lea.

No, es que no es sano leer.

Si usted tiene cualquier duda con respecto al negocio,

me lo pregunta a mí y, ya verá usted que es un negocio muy bueno.

Puede ganar unos reales

sin apenas poner empeño.

Usted, lo único que tiene que hacer es repartir estos volantes.

Del trabajo duro

ya nos ocupamos nosotros.

De cocinar y de repartir. -Espere, espere, espere,

que esto me hace hervir la sangre. ¿Aquí pone estofado

de cordero lechal?

-Ay, pues sí, primo, y ese me sale la mar de rico, la verdad.

-¿No estarán pensando en comerse a mi ovejita Lucera?

-No todas. -No.

-Por encima de mi cadáver. -Pero vamos a ver, Jacinto,

¿no eres pastor? -Sí.

-¿Y qué hacen los pastores?

Sacrificar a su ganado para consumo. ¿O no?

-¡Ahí va la osa! Hay pastores y pastores, ¿eh?

Yo jamás he sacrificado a nadie de mi rebaño.

Hasta ahí podíamos llegar.

Mis ovejas dan lana, dan leche y hago mantequilla

"pa" toda la semana. De ahí a comérselas, hay un trecho.

-No, si nadie se va a comer aquí ovejas.

Eso sí, si cuando está usted repartiendo los volantes,

alguien le pregunta, usted diga que sí, que son las más ricas.

Que siempre han sido alimentadas en los pastos más frescos.

¿Hace?

-A los señores les privan

las cosas del campo. Claro, como no faenan en el ídem.

-Como alguien le toque un pelo

a una de mis ovejas, tendrá que vérselas conmigo,

que ganado no mato, pero personas ya no me importa tanto.

-Temple, Jacinto,

que todas sus ovejas se van a morir de viejas.

Pero ¿va a repartir usted

los volantes y se va a convertir en la cabeza visible

de nuestra empresa? -No me fío.

Estofado de cordero lechal.

¡Lechal!

Hasta con las criaturas hacen ustedes negocio.

Además, no laboraré para alguien que guisa con tabletas.

Dicho queda.

-Pero bueno, este hombre está como un cencerro.

Pero ¿qué piensa, que las ovejas son primas hermanas suyas?

-Está claro, es un sentimental.

Se encariña con cualquiera que le haga un poco de caso.

-Menos conmigo.

Porque anda que no le he bailado el agua para convencerle.

-Ya, Servando, pero es que usted es mucho menos entrañable

que una oveja.

Tendremos que buscar otra persona

que nos anuncie por las calles.

-Ahí tiene razón mi marido. Mi primo es un sensible.

Pero bueno, no os preocupéis que le vamos a convencer.

-Eso va a ser imposible.

Va a ser perder el tiempo.

-Hombre, dele una oportunidad.

Que ya verá como le atraigo a nuestro redil.

Y nunca mejor dicho. Al redil.

No y no. No pienso quedarme

con los brazos cruzados viendo cómo degüellan a mi nieto

como si fuera un cordero.

Si Leandro y Juliana estuvieran aquí,

habrían cogido las riendas del asunto

y habrían evitado este funesto duelo.

Y tú, en cambio, ¿qué haces?

-Trato de minimizar las consecuencias.

-¿Ah, sí, enseñándole a manejar un arma?

Eso le da alas a Víctor.

-No, eso es darle una oportunidad de sobrevivir.

-Sabes tan bien como yo que nunca aprenderá lo suficiente

como para poner en apuros al coronel.

Que será una masacre. -Bueno, no sea usted tan adversa.

¿Están siendo útiles las lecciones?

-Aprende rápido, sí.

-Por muy listo que sea el muchacho, como no baje

el arcángel San Gabriel con su espada,

a ese no hay quien lo salve.

Todo por culpa de esa mala pécora.

Esa buscona, que parece que le gusta enardecer a los hombres

por mero capricho.

Pero ahora mismo le voy a decir cuatro verdades

que la sangre de mi nieto le teñirá las manos y el pensamiento.

Y que tendrá que pasar toda la vida cargando con esa muerte

a sus espaldas.

-Pero ¿qué hace? Vamos, conténgase, madre, conténgase, por favor.

Eso lo empeoraría todo. ¿Acaso quiere que el coronel

acuda al campo de honor con mucha más furia?

-Por favor, doña Susana, venga conmigo.

Ayúdeme con el manto.

Que se nos echan las fechas encima.

-A saber dónde irá a parar ese manto.

Como Dios no medie. -Ahora tengo que irme.

Quiero... preguntarle a doña Celia

cómo va el asunto de don Felipe.

Seguro que necesita un poco de compañía.

-¿Qué le parece si ponemos algo más de pedrería?

Así lo embellece y le da

mejor caída al tejido.

-No estoy yo para caídas.

Bastante tengo viendo cómo se desmorona mi familia.

(Se abre una puerta)

-Buenas tardes. -Buenas tardes.

Doña Susana, vengo a traerle

un recado de mi señora. -No me hagas leerla,

si sabes lo que pone.

Tengo los ojos cansados de tanto llorar y no veo nítido.

-Mi señora quiere que, si usted puede,

se persone esta tarde en su casa. La nota dice el motivo.

Con Dios. -Gracias.

-Parece que doña Úrsula tiene noticias de la curia.

-Ojalá progrese en nuestra defensa.

-Ya verá como sí.

Por el aire que se da, diría que no ha tenido un buen día.

No se preocupe, el mío tampoco ha sido de vino y rosas.

¿Qué le sucede?

-Simón y yo hemos intentando enseñar a Víctor a manejar una pistola.

Pero no ha nacido para ello. Será pan comido para el coronel.

-Mejor haría en tragarse su orgullo y no acudir a ese duelo.

-Ni mencionarlo.

Víctor no va a dar la espantada. Su honor está por encima de todo.

-Eso le honra.

-Y le mata.

Lo que no entiendo es qué podría tener en la cabeza

para acceder a las provocaciones de Elvira.

-¿Fue ella quien provocó?

-Incluso inició el ósculo, sí.

Y todo para encelar al bueno de Simón.

Sigue enamorada de él y, como egoísta que es,

no dudó en poner a Víctor en el brete.

-Los celos,...

el amor.

Ambos nos hacen ser egoístas.

-Parece usted mucho más abatido de lo que da a entender.

¿Va todo bien con su esposa?

-El regreso de Diego ha sido como encender la mecha de una copa.

Estallará, lo sé. Pero no sé decir cuándo.

-Pero ¿ella le ha comentado algo sobre Diego?

-Los dos sabemos que anda por medio.

Pero somos incapaces de afrontar la realidad.

Ni siquiera de hablar el tema.

-Pues considero que no debería demorar esa conversación.

Permítame un consejo.

Usted imagina que Blanca siente algo por Diego,

¿no es así? Pero tan solo lo imagina.

Para acabar con esta agonía, ¿no sería mejor preguntárselo?

-Reconozco que eso es lo más racional.

Pero su respuesta me aterra.

Si me dijera que ama a mi hermano,...

la perdería para siempre.

-Mal asunto, amigo.

Mal asunto.

-Perdonen. ¿Han visto ustedes a don Ramón?

-Estaba hace un momento en el portal. Estará en su casa.

-Gracias.

-¡Espere! -¿Qué?

-¿Cómo se encuentra don Felipe?

-Pues vengo ahora del hospital. Sin novedad.

Me alegro que hayas venido.

¿Quieres tomar una copa?

¿Qué tal por casa?

-Cada día me agobia más el ambiente que se respira allí.

He pensado...

en aplicarme uno de esos tintes de Celia.

¿Crees que me quedaría bien otro color de pelo?

Moreno, tal vez.

-Estás preciosa al natural. ¿Para qué cambiar?

Por tu belleza.

¿Nos sentamos?

-Supongo que siempre estará en mi cabeza.

Como una necesidad no satisfecha. -¿A qué te refieres?

-A mi necesidad de cambiar.

Supongo que querer ser otra persona tiene...

que ver con mi rechazo a la vida que he llevado.

-Te comprendo perfectamente.

Como un alma gemela.

¿Qué crees que me empuja a esos viajes, a mis aventuras?

Es tan solo una huida, Olga.

Trato de escapar de mí mismo.

-Y buscas.

-Busco, sí, pero... no piedras preciosas.

Busco algo que me permita...

perdonarme. O aceptarme tal y como soy.

-Yo he encontrado en ti ese algo.

Si tú me aceptas, yo me acepto.

A tu lado en esta casa, fuera de miradas y reproches,

siento que me quiero. Que soy como debo ser.

-Lo eres.

Aquí y ahora,

conmigo no necesitas fingir.

-Ni sueño con escapar.

Pero sí sueño con alargar estas visitas.

Que las horas que pasamos juntos sean eternas.

-Ojalá fuera posible, ¿verdad?

¿Qué debe haber mejor que poder detener el tiempo

junto a la persona...

a quien... aprecias mucho?

Olga, no,... no me encuentro muy bien.

-Estás un poco caliente.

Quítate esto

y échate un rato.

-No hace falta que te molestes, se me pasará.

-No es molestia, Diego.

Al contrario, me gusta cuidar de ti, mimarte.

-¡Ah!

No puedo.

-Ya está.

Descansa, mi amor.

(LEE) "Detente o tus seres queridos sufrirán".

Dios mío.

-Si han amenazado a sus seres queridos,

también han podido hacerle algo a don Felipe.

-Estoy convencida.

Ese accidente con el caballo no tiene nada de fortuito.

-¿No le habló Felipe de esta amenaza?

-No.

Pero sí que estaba muy raro los últimos días.

No me quería cerca de él.

Y ahora empiezo a entender por qué. -Quería que esos matones,

sean quienes sean, no se fijaran en ti.

-Padre,...

y no ha pensado que si han atentado contra don Felipe

también podrían hacerlo contra mi hermano.

-No se me va de la cabeza, hija.

-Lo sabía. Yo lo sabía.

-Lolita, hija,... contente una miaja.

Y dinos, ¿qué podías saber tú? -Pues se lo dije a don Felipe.

Le dije que para mí que a Antoñito le están maltratando en el penal,

y ahora sé que lo estaban haciendo.

-¿Don Felipe se encargó del asunto?

-Pues me dijo que lo haría, pero no sé hasta dónde llegó.

-Lolita, tenías que habernos informado de esto

mucho antes.

Yo estaba convencido de que Antoñito había sufrido un accidente.

-Bueno, Ramón,... como Felipe, poco podrías haber hecho tú.

Además, no sirve de nada que nos echemos cosas en cara mutuamente.

Ahora hay que mantenerse unidos.

-Yo, con su permiso, señores, me voy al penal a ver a Antoñito.

Que yo no sé lo que tiene que estar pasando el pobre ahí solo

y sin noticias ni nada. -Detente, muchacha.

Estás demasiado alterada para presentarte allí.

No harías otra cosa más que preocuparle.

Además, tiene razón mi esposa.

Debemos permanecer unidos

y organizarnos.

-Muy bien, Ramón. Dinos, ¿qué quieres que hagamos?

-Lolita y tú vais a acompañar a Celia a la comisaría

para presentar una denuncia sobre el falso accidente.

Yo iré a visitar a mi hijo.

-Don Ramón, por favor, ¿no podría ir con usted?

-Insisto, Lolita.

Para no alterarle, lo mejor será que no vayas

hasta que no te tranquilices un poco.

Y además, no sería posible.

Bastante tendría yo que agradecer si a estas horas de la noche

me dejan visitarle.

-¿Y le va a contar cómo está la situación?

-A la fuerza ahorcan, hija.

Tiene que estar informado sobre lo que le ha pasado a Felipe

para no caer en una encerrona. Todo el mundo en marcha.

Así que...

Felipe, entre la vida y la muerte.

Y por mi culpa. Por mi estupidez.

Soy un criminal y un idiota.

-Antonio, hijo, no debes sentirte culpable.

Tú no eres más que otra víctima.

El único responsable de todos los males que nos afligen

es ese maldito Belarmino.

-Nunca creí que fuera capaz de tanto.

-Antonio,... aunque soy un hombre comprensivo,...

no acabo de caerme del guindo.

Probablemente has recibido amenazas,

incluso malos tratos.

-No. No sé quién le ha dicho eso, pero no es cierto.

-Sí que lo es.

No trates de engañarme. Si fueron a por Felipe es,

porque antes lo habían intentado contigo.

Dímelo. Quizá pueda servir para ayudar a tu libertad.

-Sí, quizá tenga usted razón.

Pero antes de hacer público lo que le voy a contar,

debe buscar protección.

Para nuestra familia y, sobre todo, para Lolita.

-Lo haré.

Cuéntame todos los detalles.

-Me han... pegado.

Pero eso no es lo más importante.

Lo que de verdad me aterrorizó es que me dijeron

que tenía que declararme culpable.

Que si no lo hacía, alguien muy cercano a mí lo pagaría.

-¿Se lo contaste a Felipe?

-Y él consiguió

que trasladaran al carcelero que me transmitía las amenazas.

Yo pensé que con eso iba a ser suficiente, que se acabaría todo,

pero ya ve.

Han sido capaces hasta de atacar a un letrado.

Si es que no tienen medida, padre.

-Un día... me voy a echar en cara a ese maldito Belarmino

y te juro que se va a arrepentir de su arrogancia, de su maldad.

-Que no, padre, que no merece la pena enfurecerse.

La sombra de sus tentáculos es alargada, ya lo ha podido comprobar.

Así que, quizá lo mejor sea hacerles caso.

Declararme culpable y cumplir condena.

-Nunca. No vuelvas a decir eso nunca jamás, ¿me oyes?

-Padre, yo podré soportar

unos años de presidio.

Pero lo que de verdad haría que me desmoronase

sería que alguien inocente, como usted,

doña Trini, Lolita,

mi hermana, alguien sufriera un daño irreversible por mi culpa.

-Antonio,... has demostrado ser valiente.

Y tener capacidad de sacrificio.

Así que no te des por vencido.

No vas a ir a prisión.

Belarmino pagará por todos sus delitos y por todas sus faltas.

Así que aguanta un poco más, hijo. Aguanta un poco más.

Será hipócrita. Tarasca.

Endriago.

-¿Doña Úrsula ha conseguido que el obispado entre en razón?

-Me temo que doña Úrsula no ha movido un dedo,

y si lo ha hecho, ha sido para encolerizar más a los eclesiásticos.

El caso es que siguen negándose a recibir nuestro manto.

-¿No?

Pero ¿cómo pueden ser tan obcecados?

-Lo son, hija, lo son.

Va a ser mi ruina.

El fin de la sastrería Séler.

Ay, si mi marido levantara la cabeza,

qué vergüenza. Se me ha puesto de chupa de dómine.

-Por favor, doña Susana, no se rinda.

Aún habrá algo que podamos hacer.

-¿Hacer? Ya hemos hecho bastante.

¿Tú sabes lo que me he gastado en hilos de oro,

en sedas, en pedrería?

Tanto, que no lo cubriría ni aunque los obispos me lo pagaran,

que no lo harán.

-Ya, pero eso es lo que no debemos hacer,

mirar ese manto como si fuera solo dinero.

Cada puntada que hemos dado ha sido una ofrenda a Dios.

Una prueba de fe.

-Tienes razón, hija. Pero eso no nos da de comer.

-Ya, pero ese manto no es una simple prenda.

Es un canto a la gloria del Señor.

Es una muestra de su devoción por el Altísimo.

-La devoción de las dos, hija.

Que tú hasta has derramado sangre

con los pinchazos.

-Bueno, el caso es que cuando lo vea la jerarquía,

apreciará todo ese fervor y el entusiasmo que hay en ese manto.

-No querrá verlo.

No si piensan que lo han tejido manos de pecadora.

-Bueno, ni al Señor ni al papa le importan los pecados de la gente,

pero sí su afán de arrepentimiento. Y su retorno a la buena senda.

-Llevas razón, hija. Eso es lo que dice el catecismo.

Lo que no sé es si tendremos la oportunidad

de transmitir ese mensaje

si se niegan a ver el manto.

-Solo hay una manera de saberlo.

Terminándolo y mostrándoselo, ¿no le parece?

Ale, vamos a la faena.

Que ese manto relucirá de amor al Señor tanto,

que los obispos no podrán ni mirarlo.

-Vamos.

¿Olga vuelve a pasar la noche fuera?

-Es absurdo que crea que Diego

está enamorado de ella. Terminará mal el enredo.

-¿Y tú por quién lo sientes más? ¿Por tu hermana, o por el mío?

-Teníais que haber visto la cara de la sastra cuando le he dicho

que la curia no daba su brazo a torcer.

Hay que ser muy ingenua para creer que un mal pasado se puede borrar.

-¿Y no ha podido usted ayudarla? -No.

Ni yo ni las ánimas del purgatorio hubieran podido.

Hay algo peor que ser una meretriz.

Dárselas encima de beata.

Pero no sé de qué me extraño.

Hay mucha hipocresía en este barrio.

-Supongo que más o menos como en los demás.

En todos sitios cuecen habas.

-A veces pienso que haber vuelto a esta casa

no ha sido una buena idea.

Y tu padre lo está pagando.

-¿Hay nuevas de los médicos?

-No hay mejoría,

ni perspectivas de que pueda haberla.

¿Has ido a verle hoy?

Diego ha estado allí todo el día.

-Y supongo que hay que admirarle por eso.

Luego puede pasarse meses desaparecido,

pero su visita al hospital merece ser comentada.

-No tienes razón.

Diego quiere mucho a vuestro padre.

No deberías criticar que lo demostrara.

-Es admirable lo bien que conoces a mi hermano.

-¿Podríamos tener la cena en paz? -Cállese, por favor.

¿Vamos a seguir evitando el asunto?

Porque preferiría zanjarlo cuanto antes.

¿Por qué no sales a la calle desde que llegó mi hermano?

¿Por qué te sienta tan mal verle con Olga?

¡Necesito respuestas!

-Madre, por favor, déjenos solos.

Samuel,...

tienes razón.

No podemos seguir evitando esta conversación.

Ni la verdad.

Así que voy a ser honesta contigo.

No estoy contenta conmigo misma, pero...

sí,... estoy enamorada de Diego.

Seremos muy felices juntos.

¿Qué te está pasando?

-"Debes ser fuerte y luchar por ella".

-No sé si podré soportar ver cómo Blanca se escapa entre mis dedos.

Ver como lo que siente por Diego es mucho más grande

que el cariño que pueda tenerme y acaba marchándose con él.

-Pero eso no tiene por qué ocurrir.

A día de hoy sigue con usted.

-Pero está llena de dudas.

Por eso creo que lo mejor sea marcharme, quitarme de en medio.

Ha pasado la noche fuera.

Y no necesito preguntarle con quién ha estado.

-Blanca, no debería afectarte. -Ya lo sé, pero no puedo evitarlo.

-Si no cambias esto, no podrás terminar bien.

¿Qué es lo que quieres que hagamos?

-Nada. No quiero que hagáis nada.

Quiero que paséis página. Que sigáis con vuestras vidas

mientras yo cumplo condena.

Que hagáis como si yo no hubiera existido nunca.

-Pero ¿no te das cuenta que eso que pides es un imposible?

-Sí, para mí también es muy difícil.

Pero a estas alturas no tenemos más opciones.

-"Diego y yo estamos enamorados".

Lo que siente por mí ahora es más fuerte

de lo que pueda sentir por Blanca.

-Eres ridícula.

Mantén firme el brazo.

Y aprieta el gatillo lentamente, Víctor.

-¡Bien!

Buen disparo, Víctor, buen disparo. Mejoras muy deprisa.

-"Usted tiene razón".

Diego solo ama a mi hermana.

-Pero no te apenes.

Diego pagará por todo el daño que te está haciendo.

Diego, Samuel, Blanca,

todos estarán de más cuando ese niño haya nacido.

Ahora, lo que debemos hacer

es cuidarnos la una a la otra.

Es increíble lo rápido que has mejorado, Víctor.

-Es como si hubieras nacido para esto.

-¿Tanto has avanzado?

-En efecto. Ha cometido usted un error retándome,

coronel. -Entonces, ¿por qué esperar?

Tenemos testigos y armas.

-"Vas a tener tiempo para viajar con él lo que quieras,"

que todo tiene solución en esta vida.

-Sí, todo menos la muerte.

Y tengo el pálpito de que le voy a perder.

-Que no, Luisi, que no.

Hazme el favor, ¿eh? Déjate de simplezas

y reacciona. Deja el orgullo a un lado.

Si a ti lo que te pide el cuerpo es ir corriendo al lado de Víctor

y decirle lo mucho que le quieres, hazlo.

No hay tiempo que perder.

¡Uno, dos, tres

cuatro,

cinco!

(Disparos)

  • Capítulo 658

Acacias 38 - Capítulo 658

14 dic 2017

Del Val nota a Diego desmejorado, pero éste se resiste a ser atendido. El doctor también confirma que Felipe ha sufrido un accidente. Celia cuenta a los Palacios la nota amenazante que encontró en el bolsillo de Felipe. Susana y Rosina hacen las paces y la sastra promete contarle algún día lo que pasó en su embarazo. Simón y Liberto inician los entrenamientos de disparo de Víctor, pero estos son un fracaso.

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  1. Alejandra vigueras

    Cuál es el libro que lee Blanca en estos capítulos?

    18 ene 2018
  2. Victoria

    De acuerdo, Diego es muy guapo pero ... qué me dicen de Liberto????

    17 dic 2017
  3. Peg

    Si Diego guapisimo jajaja

    15 dic 2017
  4. Elsa

    Que guapo Diego y que bonita pareja hace con Olga, ¡ojalá! se quede con ella, la otra muchacha, Blanca, está bastante feíta.

    15 dic 2017
  5. EnedeNatalia

    Que ganas de que Diego y Blanca puedan estar juntos... aunque reconozco que me gusta que haya obstáculos por el camino, lo hace mucho más mágico... En general, está muy interesante casi todas las tramas... qué ganas de ver el capítulo de mañana :D

    14 dic 2017