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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 653 - ver ahora
Transcripción completa

Es la transcripción de la carta que doña Blanca rompió.

-Trae.

-No he querido sustraer los pedazos para no llamar la atención,

pero podrá usted leerla. -¿Es fiel a la carta?

-Palabra por palabra.

Al esposo de mi hija no va a gustarle nada

lo que está puesto aquí. -"Hubo un hombre".

Un hombre que quedó con Belarmino,

el escultor que ideó el monumento.

Él tuvo que conocerlo, así que

podría testificar que sí que existe.

El problema es que no me acuerdo cómo se llama.

Era Sigüenza o algo así,

pero no lo recuerdo bien.

-Tienes que exprimirte la mente como un limón.

(VÍCTOR) Yo sabía que mi abuela era la madre de Simón.

Me lo contaron mis padres.

-Víctor, yo soy de la familia. ¿Por qué nadie me dijo nada?

-Porque para ella es muy difícil contarlo.

Para ella es doloroso y humillante.

Quería que lo supiera el menor número de gente posible, y mira.

-Esta exposición es el evento más importante de la ciudad.

Y es todo un honor que se pida la obra de mi padre.

-No solo deberemos ceder a las obras ya realizadas y sus diseños,

sino también a las ideas que tu padre tenía en la cabeza

y que no salieron del papel.

-Su cuaderno. Blanca, no podemos contar

con el envío de gemas de Diego.

Nos han contestado del puesto de correos de Brasil.

No está allí. -¿Y no ha dejado otra dirección?

-No está allí ni nunca ha estado.

Nunca llegó a aquella parte del país.

Cuando terminó el beso supe que nunca debí haberlo hecho.

No deberías usar a la gente.

Y menos a mí, que soy el sobrino de Simón.

Bueno, Víctor, tú también me estabas utilizando a mí.

Los dos nos comportamos mal.

Lo mejor será que lo olvidemos.

Lo mejor. Y que dejemos de jugar.

Elvira es una hija maravillosa. -Una mujer

de la que cualquier joven podría enamorarse.

Incluso los que parecen destinados a otras jóvenes.

-¿Qué quiere decir con eso?

-Ah, nada. Nada de enjundia.

-"Nombra al escultor"

del monumento. Se llama Sepúlveda.

-¿Y? -Que Antoñito nunca habló con él.

Solo Belarmino. Él puede demostrar

que ese canalla existe. -Es una posibilidad.

El hilo que buscábamos.

Oro y crisoberilo.

Como me encargaste.

Espero no llegar demasiado tarde.

-Bienvenido.

-Bienhallados.

-Vaya, vaya.

Mi hermano de nuevo cumple con los encargos.

Precisamente estábamos hablando de ti hace un momento, ¿verdad?

Nos preguntábamos por dónde andarías.

-¿Te gustan?

-Son preciosas. Una belleza.

-Con un buen tallado y pulidas,

lucirán perfectas para el diseño de Blanca.

-¿Te ha costado mucho encontrarlas?

-No más que de costumbre. -¿Dónde has estado?

-Ya te lo dije. En Brasil, Minas Gerais.

-Enviamos un telegrama a la dirección que le diste a Felipe.

En el puesto de telégrafos no habían oído hablar de ti.

-Soy discreto.

Pero sí, cambié de planes, lo siento.

-Tú siempre a tu aire.

-Ha debido de tener un viaje muy agitado, no tiene buen aspecto.

Perdón, me refiero a que se nota que necesita descansar.

-¿Qué te ha pasado en la mano, Diego?

-Poca cosa, un malentendido con un capataz minero.

-Cuando dices malentendido

hay que entender que fue una pelea en toda regla.

Las trifulcas y tú siempre de la mano.

¿Por eso has regresado más pronto?

-Ya tienes el crisoberilo.

¿No es suficiente?

Señoras.

Váyase a descansar.

No hace falta que estemos las dos. Ya me quedo yo a terminar el manto

y echo el cierre después. -Como si no lo echas.

No ha venido nadie en toda la santa mañana.

Y no creo que mañana vuelva ningún cliente.

-Déjese de pensamientos melancólicos.

Ande, váyase.

Y mañana se sorprenderá de lo mucho que he avanzado.

-Me quedo un rato más. Y no solo por el trabajo.

Prefiero esperar a que las calles se desocupen.

Me afectan los cuchicheos y las miradas de la gente.

-Son capaces de ver la mota en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

-Aunque más me preocupa la curia.

Cuando el rumor llegue a sus oídos,

lo más probable es que nos anulen el encargo.

Habiéndote dejado las pestañas en el bordado,

eso es muy injusto.

-Por ahora solo son suposiciones.

-Buenas noches.

¿Abuela?

¿Dónde se ha metido usted hoy? No le hemos visto el pelo.

-No vengas con esas. Que no te has caído de un guindo.

-La entendemos, no crea que no.

Pero también sabemos que será tormenta de verano.

Pronto ese asunto será olvidado

y todo será igual que antes, ya lo verá.

¿Por qué no se va a descansar un poco? Y tú también, Adela.

-Eso. Ya mañana será otro día.

-¿Qué más quisiéramos nosotras que descansar?

Tenemos que acabar esto.

-Es que está empeñada en que cuando la historia llegue al Vaticano,

no permitirán que seamos nosotras las que confeccionemos la prenda.

-Abominarán de mis manos pecadoras.

-Ni se enterarán de los sucedido en el barrio.

-Lo harán. Conozco la jerarquía.

Debemos apresurarnos.

-¿Y no ha pensado usted en avisar a mi padre?

A lo mejor le vendría bien su compañía.

Ya sabe usted que la familia unida siempre da arrojo y entereza.

-No, hijo,

deja a Leandro tranquilo.

A quien sí le tendría que dar una explicación es a Liberto.

No debía haber sido el último en enterarse.

-A Liberto ya le he dicho yo que su silencio está más que justificado.

No solo se exponía usted a las maledicencias,

también tenía un negocio que proteger.

-Aún así, pensará que no he tenido confianza en él.

Se habrá sentido ajeno a la familia. Vamos, el último mono.

-Bueno, hablar con él no estaría de más.

-Debería usted hacerlo, claro que sí.

Verá como se mostrará

más comprensivo. -No estoy yo muy segura.

El desplante ha sido... muy serio.

-Yo le acompañaré mañana a visitar a Liberto, y todo se andará.

Ya está.

He cortado y pulido las piedras que ha traído mi hermano.

Ha sido laborioso, pero creo que ha merecido la pena.

¿Te gusta?

-Es una hermosura.

-Gírate.

Estás preciosa.

¿No dices nada?

-No podrías haberlo hecho mejor.

Está a la altura de las joyas de tu padre.

-No. No digas eso. Todavía tengo mucho que aprender.

-Os complementáis muy bien tu hermano y tú.

-Según como se mire. -A él no le importa

recorrer medio mundo en busca de las mejores gemas.

Y tú eres la tenacidad y la delicadeza en persona.

-No pretenderías que hiciera una chapuza con tu diseño, ¿verdad?

-Gracias.

Tenía un aspecto ajado.

Diego, quiero decir.

-A saber a quién ha tenido que enfrentarse esta vez.

No para mientes para conseguir lo que desea.

Ni le imponen los desafíos, incluso si implican violencia.

Probablemente por eso haya tenido que regresar precipitadamente.

Pero no te preocupes. Él siempre sale bien parado.

Él es así, no le va mal.

Le gustan los retos. -¿Me lo quitas?

-Samuel, ¿tienes un momento?

Querría que la exposición...

¿Esas gemas significan que Diego ha regresado?

-Sí. Hace apenas un rato.

Bueno, "señá" Fabiana, nosotros ya nos damos el dos.

Le he "dejao" la cena "prepará" a doña Rosina,

pero con la doña nunca se sabe.

-¿Y no os quedáis a tomar una manzanilla?

Venga, un ratito de cháchara, pareja.

-Vale.

-Yo sí que me pimplo una manzanilla de esas,

a ver si me pasa un poco.

Este pan está tan duro, que se me hace bola.

-Bueno, ¿y qué me decís de la Lolita?

Buscando al hombre ese que ha pintado el monumento

del señorito Antoñito.

-Al parecer, es la única oportunidad que tiene el señorito Antoñito

de salir del trullo.

Y eso si se aviene a cantar el tal Belarmino.

-"Endeluego", que se ha echado un novio señorito

y encima lo enchironan.

-Al revés sería lo normal.

Que a los pobres los enjaulan por un quítame de allá esas pajas.

-Hablando de dibujantes, tengo yo la corazonada que no se me daría mal

a mí eso. Podría ganar yo unas perras

haciendo retratos en la rúa. -Pero ¿qué dice, Servando?

Que para dibujar con cierto parecido hace falta talento.

Eso no lo hace cualquiera.

-Yo es que lo tengo, yo tengo ese don.

Ahora veréis. -Servando es que no se atasca.

Lo que él no pueda hacer, ¿verdad, Servando?

-En un pis pas.

Ah.

Pero así en un pis pas y echando así por lo...

por lo alto y calculando,

puedo hacer de seis retratos a la hora,

como estos, que por una perra gorda al día

serían...

Bueno, no sé lo que sería, ya lo contaría yo, sí.

Pero seguro que sacaría mucho más que con las pastillas de caldo ese.

Vamos.

¿Qué?

¿Tengo talento o no tengo talento?

-Pero si parece la bruja Piruja. Solo que con más bigote.

-Tú cállate y no te dispares, que lo mismo te ha retratado a ti.

-Pero ¿qué voy a retratar yo a esta?, si esta es mi parienta.

-¿Paciencia?

¿Eso es Paciencia?

-Como que me ha salido "clavaita". Desde luego,

entendéis menos de dibujo que el ciego Lazarillo, ¿eh?

-Servando, yo no entenderé de dibujo,

pero yo sé que la "señá" Paciencia no tiene ese bigote.

-Y dale, que no es bigote, rediez, que es "difuminao".

Término que se aplica cuando se esparce el grafito

con el dedo para dar la sensación de sombra.

-De sombra... y de asombro.

(RÍEN)

-Qué bien huele esa manzanilla.

Necesito algo caliente.

-Ahora mismo te pongo yo un tazón, hija.

¿Has dado con Sepúlveda?

-Qué va, como si se lo hubiera tragado la tierra.

De esta me condenan a mi Antoñito de "toas", "toas".

Pero ¿a ustedes qué más les da?

Cada una lleva su cruz, ¿no es eso? O sea, ya está todo "contao".

-Quieta ahí "pará", Lolita.

Que no te hayamos ayudado una miaja, no quiere decir

que no nos apenen tus cuitas.

-Yo he pensado también que puede estar en la escuela

de artes y oficios. Allí tienen que conocer,

si no al Sepúlveda, sí a otros pintores.

Y por el hilo se saca el ovillo.

-Pues no está mal pensado del "to".

-Bueno, y si te falla, que probablemente, porque ese señor

ya estará crecidito para ir a la escuela,

te puedes pasar por los cafés donde se juntan los artistas.

-A buenas horas, mangas verdes, con las ideas.

Las agradezco, sí.

Pero el juicio está al caer y no me va a dar tiempo a todo.

-¿Y si te ayudamos a dar con él?

Yo me puedo pasar por todos los bares

y cafés. Y Servando,

siempre que su trabajo se lo permita,

se puede acercar a la escuela de artes y oficios.

-Hecho.

Así a lo mejor conozco algún dibujante más experimentado

y me enseña unos trucos para aprender a dibujar más deprisa.

-Bueno, nosotros podemos preguntar por el barrio

a todo el que nos encontremos. -Y en el mercado.

Lo mismo damos con el Sepúlveda antes del juicio.

-Claro.

¿No desayunas?

-No, no te creas, cariño, si ya me he comido una madalena.

-Eso no es verdad.

Quiero decir, que yo he traído media docena y ahí están.

-Bueno, tú a tus cosas, Casilda.

Y ponme un Cordial, anda, que lo necesito.

-Enseguida, señor.

-Anoche pensé que por la mañana lo vería todo con más calma.

Pero lo cierto es que me sigue escociendo, y no poco,

que mi tía me haya ocultado algo así.

Ni que yo no fuera de la familia.

-Que, por cierto, como siga creciendo,

no vais a caber ni en un landó.

-¿Tan poco significo para ella que no pudo abrirse a mí

para decirme que Simón era su hijo y mi primo?

-No es por echar leña al fuego, pero

yo también estoy muy dolida.

Todo el mundo pensaba que yo, como tu esposa, estaba al tanto

del secreto de Susana.

-Lo siento mucho, cariño.

-No, tu tía es la que tiene que sentirlo.

Siempre con sus rezos y letanías y ahora nos salta con esto.

Con un bastardo. Y así, a la chita callando.

No tiene perdón de Dios.

-Bueno, no se lo tome así, doña Rosina.

La sastra es buena mujer.

Sus razones tendrá "pa" haberlo ocultado.

También se lo ha "callao" Simón. Y Simón es muy buen hombre.

-Pues que las cuenten. ¿Y tú de qué parte estás?

-Yo de la suya, como siempre, doña Rosina.

De la suya.

(Llaman a la puerta)

-Anda, ve a abrir, y no te metas en lo que no te importa.

-Felipe. -Me he enterado de su regreso

y quería verle cuanto antes. ¿Cómo ha ido eso?

-Siéntese, por favor. -Gracias.

-Estoy vivo, que no es pequeña suerte.

Voy a tomarme un ron de Brasil, ¿me acompaña?

-Un poco pronto, ¿no le parece?

-En algún lugar del mundo es medianoche.

Gracias. Sírvale otro, por favor.

¿Cómo anda usted?

-Bien. Bien.

Enfrascado en un nuevo caso complicado que concierne

a nuestros queridos Palacios.

Pero ya le contaré. Gracias.

Hable usted.

Tenía a su esposa y a su hermano muy preocupados.

-A mi hermano Samuel lo único que le preocupa son sus malditas gemas.

Debiera usted haber visto la mirada que me lanzó

cuando nos encontramos. -No sea tan descastado.

Estábamos muy preocupados cuando encontramos su casa revuelta.

¿Qué ocurrió? -No lo sé, Felipe.

Olga, imagino. Fue ella quien se quedó aquí.

-Tampoco le pudieron localizar en las señas que dejó.

-Aunque era mi intención no, no llegué a pasar por ahí.

Algo en mi interior me decía

que no podía estar lejos fuera mucho tiempo.

-Blanca.

-Quizá, Felipe.

Anoche, al encontrarla, se me encogió el corazón.

-Si no rectifican, se harán mucho daño.

Y pronto.

-Para eso me fui, Felipe, para rectificar.

Para olvidar. ¿Qué más dará cómo le llamemos?

Pero quería volver.

Todo mi cuerpo me pedía volver, volver.

Esta obsesión es la causa de que no pasé

por el pueblo de las señas y fui directamente a las minas.

No podía estar lejos.

-No tiene usted muy buen aspecto.

-El Amazonas fue una pesadilla.

La vuelta en barco fue casi peor y he cabalgado desde la Coruña

hasta aquí sin parar.

-¿Y la herida de la mano?

-En las minas, los trabajadores trabajaban

en régimen de esclavitud, o casi.

Se lo hice notar al capataz. No se lo tomó bien.

-Pelearon.

-A cuchillo, Felipe.

A cuchillo. No solamente yo.

Los trabajadores se pusieron de mi parte.

Los patronos, de la suya. Se formó una reyerta masiva.

El capataz de marras no salió bien parado.

Por eso me tuve que ir de Brasil con algo más que prisa.

-¿Tiene cuentas pendientes con la ley?

-Puede.

-Dios mío.

Cuente conmigo si se iniciara un proceso de extradición.

Cuente conmigo como amigo

y como abogado.

-Se lo agradezco.

Pero saldré de esta. Siempre he salido.

Dejémonos de pamplineos.

¿Vais a darnos una explicación de vuestro silencio?

¿O tenemos que esperar a la feria del año que viene

y preguntárselo a los titiriteros?

-No hable usted así, mi madre no se merece un juicio tan sumarísimo.

Nadie mejor que ella conoce lo que le está costando

y lo que le va a costar

haber escondido ese secreto.

-Comprendo que quisieran callarlo durante algún tiempo.

Por miedo al qué dirán y esas cosas.

Pero ¿a mí?

¿Era necesario ocultármelo a mí?

¿Sangre de vuestra sangre?

-Si es que tenía que haberme dado cuenta. Qué tonta es una.

Tanto Simón por aquí, Simón por allá, ahí había gato encerrado.

Si tú no eres de las que se encapricha con alguien.

Que tú eres muy áspera, Susana. No sé cómo no me di cuenta.

-Tenéis razón. Perdonadme.

Protegí a Simón porque...

el instinto me llevaba a ello.

-Pues ya te podría haber llevado tu instinto a quedártelo de niño.

-Rosina. -Mi madre hizo

lo que pudo, doña Rosina. Créame.

Y, además, esa deuda ya está saldada

entre nosotros. -¿Quién lo sabía, tía?

Conteste.

¿Qué he hecho yo para no merecer su confianza?

-Lo sabía Leandro y Juliana.

Tienes razón. La familia entera lo sabía.

No tengo disculpa para habértelo ocultado.

-¿Sabe lo mucho que me ha dolido esto, tía?

Yo siempre me he volcado con usted.

Casi hasta la veneraba, ¿y así me lo paga?

-No sabes lo que me avergüenza habértelo ocultado.

Solo puedo decir...

que espero que algún día me perdones.

-Don Liberto,...

es verdad que le debíamos una explicación.

Y no me disculpe a mí, pero exonere a mi madre, por favor.

Al principio, su silencio tiene un por qué que...

no es necesario adornar.

-Eso es verdad, Liberto,

al fin y al cabo, Susana le tuvo siendo ya viuda.

Algo... vergonzante, claro.

-Sí, exacto. Así es, doña Rosina.

Cuando yo me presenté y al fin supimos la verdad, pues...

Compréndanlo, si la gente conocía nuestra afiliación,

mi madre se hubiera visto comprometida.

-Y el negocio todavía lo está. Aunque ya sé que no es excusa.

Liberto, te prometo que cuando las aguas vuelvan a su cauce,

te lo explicaré todo.

-¿No me creyó capaz de guardar su secreto?

-No lo dudé nunca.

De ti sabía que lo ibas a guardar, estaba segura.

-¿Por qué me miras así?

¿Dudabas de mí?

¿Por eso no le contaste tu vergüenza a Liberto?

¿Por si yo me iba de la lengua? -Liberto te lo iba a contar, Rosina.

Y tú no eres de las que te callas cuando hay algo tan tremendo.

-¿Me estás llamando cotilla?

¡¿Así, con todas las letras?!

¡¿Y tú qué?!

¡¿Eh?!

Cuando las aguas vuelvan a su cauce, dice la señora.

Cuando se calmen las aguas, ¿qué? ¿Caminará sobre ellas,

de puntillas, como hizo Nuestro Señor?

Claro, como eres tan devota. ¡¿Cotilla yo?!

¿Cotilla yo?

Qué maravilla. Es una auténtica obra de arte.

Tienes que estar dichosa. Es prácticamente una creación tuya.

-Tiene de todos nosotros.

La idea es mía, sí.

Pero es Samuel quien ha labrado el oro y ha cortado las gemas.

Y Diego...

Diego...

se ha jugado la vida para conseguirlas.

-Es como un símbolo de vuestra relac...

De la familia.

Blanca, no tienes que sentir apuro conmigo.

Te vi la cara ayer.

Te vi la mirada, cuando apareció Diego.

Tu sofoco era... -No pude evitarlo.

Y, al parecer, tampoco ocultarlo.

Mi vida con él cerca es otra.

Más luminosa, más...

compleja también.

Cobra color y pierde desasosiego.

-Sí, eso fue lo que le escribiste en la carta.

¿Qué piensas hacer? -Nunca le envié esa carta.

La rompí.

Así mis sentimientos quedarán ocultos para siempre.

Y eso es lo que pienso hacer.

Callar, fingir y, si puedo, olvidar.

Mi familia es Samuel y...

lo que venga.

-Blanca, no te va a ser nada fácil olvidar.

Los sentimientos no pueden quedarse escondidos por mucho tiempo.

Aflorarán.

Además, ni siquiera sabes si ese hijo es suyo.

-Samuel es el padre. Mi hijo va a necesitar equilibrio,

solidez.

Y solo Samuel le puede dar esa firmeza.

¿Qué tipo de padre sería un aventurero como Diego?

¿Tú viste el estado en que llegó?

-Sí, según la razón estás en lo cierto.

Según el corazón... -Mi marido será un padre tierno.

Ya lo ha demostrado con Lucía.

-Él será feliz, no lo pongo en duda.

¿Y tú?

-Yo lo seré si mi pequeño lo es. Y lo será.

Porque va a tener detrás una familia unida, como la que yo nunca tuve.

-Estaré a tu lado, no lo dudes.

Contribuiré a que esa criatura crezca dichosa.

Pero no te va a ser nada fácil. A ti no.

Diego estará alrededor y tendrás que verle.

Tendrás que tratarle.

-Le evitaré en la medida de lo posible.

Y poco a poco nos iremos distanciando.

Mi corazón será para mi hijo y,...

mi respeto, para Samuel.

Es lo mejor para todos.

Pues claro que estuve en la escuela de artes y oficios.

Y hasta estuve pegando la hebra con un pintor "afamao".

¿Qué cocina usted, Carmen?

-Pero déjese de guisos, Servando.

¿Ha sabido o no ha sabido nada de Sepúlveda?

-Qué va. Yo creo que ese ni es dibujante

ni es "na". Allí nos reunimos la flor y nata

de los artistas y nadie le conocía.

-¿Nos reunimos? -No me diga que se ha hecho usted

pasar por un artista. -Como lo que soy.

Además, alabaron mucho mi obra.

-Entonces, la habrá vendido usted como decía, ¿no?

-Ese retrato no se vende, Fabiana.

Ese lo archivo para regalárselo a mi Paciencia cuando vuelva.

Huele bien ese guisote, ¿eh?

-Martín, ¿t has "pasao" por todos los cafés?

-Del primero al último, Lolita. Sin noticias de Sepúlveda.

-Ay.

Que me lo encierran.

Que se lo llevan para siempre, por muchos años.

En el penal, como los bandoleros de la sierra de Cabrahigo.

-Ay, mi niña. -Noticias frescas.

La que se ha "liao" en casa de doña Rosina.

-¿Por tu culpa? -No, Martín.

Que no, hombre. La sastra y ella casi llegan a las uñas.

Porque doña Susana no le ha "contao" a doña Rosina

lo de que Simón era su hijo.

-No me parece para tanto. Al menos, no para que arda Troya.

-Uy. La que ha "ardio" ha sido doña Rosina.

La ha llamado cotilla.

Que dice que no se lo contó a don Liberto,

porque ella no se fuera de la húmeda.

-Y no se lo contó porque doña Susana se moría del bochorno.

Ella siempre tan pía y tan piadosa, llevando por delante

la bandera de la decencia. Pues toma hijo de viuda.

-Hasta a usted la criticó, Fabiana, cuando se supo que era madre

de doña Cayetana.

-Quizá por eso lo entiendo mejor que nadie.

No es fácil cuando se ha renunciado a un hijo,

irlo después pregonando por todas las esquinas.

-Mal lo tuvo que pasar el Simón. Con lo callado y fino que es.

-Todos tenemos secretos. -Pues eso es, ahí quería llegar yo.

A ver a qué tanto follón y tanta gresca.

También una escondió el noviazgo con Antoñito.

-Toma, y mi menda.

Anda que no pasé yo apuro cuando estaba en amoríos con el Pablico

y con lo de mi preñez.

-También yo oculté... lo de que hice películas sicalípticas.

-De verdad, mira que sois farsantes.

Miradme a mí.

Un hombre sin secretos. Con la cabeza bien alta.

Lo que veis es lo que soy, un hombre honesto.

Aquí el único que puede criticar a doña Susana sin temor

es un servidor.

-Menos humos, Servando.

Puede que usted no tenga ningún misterio,

pero mentiroso es un buen rato, que no tiene escrúpulos

"pa" sacarle el dinero a la gente y miente mucho.

-Véase sino su enredo con el ladrón Pozoblanco, ¿eh?

-Desde luego, cuánto les gusta hablar.

¿Es que no tienen otra cosa que hacer, no?

Bueno, yo voy a trabajar que "pa" eso existo.

Tengo que pasarme por el cementerio, que tengo que hacer un recado.

-No le venda usted retratos a los difuntos, Servando.

-¿No quiere usted probar el guiso?

-Venga. A comer.

Vaya, el famoso cuaderno de don Jaime,

la reliquia de la familia.

-Su memoria. Su legado, en todo caso.

-Era una guasa.

Tampoco te lo tienes que tomar todo tan a pecho.

¿Crees que yo también podría inventarme una joya

como ha hecho Blanca? -Sí.

Supongo, no sé.

-Blanca prefiere los pájaros.

Pero yo haré una mariposa.

Había docenas en el bosque.

Conozco cada mancha de sus alas. Sus colores pardos.

Lo haría bien.

-No guardes el cuaderno.

Precisamente quería hablar contigo sobre la posibilidad de exhibirlo

junto con las joyas.

-Lo he pensado, pero...

no termino de estar seguro de la conveniencia de exhibirlo.

Es algo demasiado personal.

¿A qué ese interés en darlo a conocer?

-Vamos, hijo, Samuel.

A todo el mundo le gustará saber cómo se crea de la nada

una obra de arte. -No sé.

Sería como mostrar el alma de mi padre.

-Un alma bella.

Y no debes preocuparte por la seguridad del cuaderno.

Lo exhibiremos en una urna, y solo quedará a la vista

la página del colgante Ana.

-Yo no entiendo mucho,

pero me privan esos trazos a lapicero.

Se entrevén las dudas.

Viendo ese dibujo me imagino a tu padre trabajando.

-Será la obra más sonada de toda la exhibición.

-Quizá así fuera.

Pero Diego está de vuelta.

Me parece justo y obligatorio consultarlo con él

antes de dar mi visto bueno.

-Por supuesto.

Tenía que regresar el dichoso Diego.

No nos traerá más que problemas.

-Pero con lo bien... atado que lo tiene usted todo,

¿cree que Diego será una traba?

-Es astuto. Y valiente.

Quizá... ha intuido

que queremos formar una hermosa familia.

Y eso sería nefasto.

-¿Y qué piensa hacer usted?

-Tomar cartas en el asunto, naturalmente.

Aun así no se me vengan abajo. Hemos de seguir intentándolo.

Créanme, muchos juicios se ganan con un testigo sorpresa.

-No creo que vaya a ser este el caso.

Sospecho... que ese tal Sepúlveda

no era más que otra de las alas

que utilizó Belarmino para seguir volando libre.

-Y eso condenaría a Antoñito.

-¿Desean tomar algo los señores?

-No, gracias, Lolita.

Sospecho, por tu actitud, que tampoco tú

has encontrado a Sepúlveda.

-Pues hemos ido a buscarle los otros criados y yo.

Y no le hemos encontrado en ningún "lao".

Nadie le conoce ni sabe su nombre, ni en los bares

ni en las escuelas de artistas. Ese hombre es un espíritu.

Y Antoñito, mientras, en el penal. -Tranquila.

Le visité y está bien. Entero.

Y esperanzado. -Dios.

Esperanzado.

Pero ¿cómo vamos a comentarle que no tenemos nada?

Que no contamos ni con un testigo

ni con una prueba que lo exonere.

-Si hay algo peor que la cárcel, es estar dentro

sin haber cometido delito. -Todavía está en preventiva.

Mantengamos la calma hasta que se presente ante el juez.

Créanme, nunca daremos el juicio por perdido.

-Lolita, que te has dejado abierta la puerta del servicio.

-Gracias, acusica. Es que he entrado deprisa,

por si habían dado con el escultor. -Señores.

-¿Qué desea, Servando? -Hablar.

-¿Cuándo no es Pascua? -No, no, pero escúcheme.

Tengan un poco de paciencia, porque lo que les voy a decir

les va a sonar a gloria. Bueno, la cosa es que resulta

que he llevado un ramo de flores al cementerio

de unos vecinos de la finca que se encuentran ausentes

y me he fijado en una lápida que está muy bonita

y con muchas filigranas... -Por el amor de Dios, Servando.

Al grano, hombre. Al grano.

-Sí, no, ya voy al grano, ahora mismo voy al grano.

El caso es que en la esquina de la lápida esa ponía la firma

de quien la ha esculpido y dibujado,

porque uno es dibujante y, claro, uno se cosca de esas cosas.

-Un momento, Servando.

Y esa firma ¿era de quien yo estoy pensando?

-De ese mismo, del mismo que viste y calza, sí.

Sepúlveda, ponía las señas. -Poco avanzamos con saber

que Sepúlveda también esculpe tumbas.

-Porque no ha "contao" usted con mi caletre.

El caso es que le fui con el cuento al guardia del cementerio

y resulta que este es amigo

del tal Sepúlveda. -No.

-Sí. Sí, bueno, y, de hecho, me anotó aquí las señas.

Bueno, porque uno, dibujar, dibuja.

Escribir no escribe pero porque no se ha puesto.

-Si es que es un usted un sol.

Más listo que el sacristán de mi pueblo, que llama a misa de oído.

-Por fin, algo de claridad entre tanta tormenta.

-Contactaré con Sepúlveda, a ver qué tiene que contarnos.

-No sabes cómo te lo agradezco.

A partir de ahora tienes en mí un amigo, un deudor.

-Bueno, antes que usted es el deudor mío, soy yo el deudor suyo,

por aquello del pasaje a La Habana, que si con el agradecimiento

me pudiera dar unos días de plazo para pagarle.

-Voy a hacer más.

Voy a pedirle a todos los vecinos que te perdonen la deuda.

Y si no lo hacen, me encargaré de ella yo mismo.

-¡Yepa, yepa!

Perdonen, perdonen la euforia,

pero es que esa deuda, don Ramón,

me pesaba más que una de las lápidas del tal Sepúlveda.

Ay, la madre, que se me quema el guiso "pa" doña Rosina.

-Dile a tu señora que no está el altillo "pa" sus pucheros.

-No, descuide, "señá" Fabiana, si es que ha sido voluntad mía, ¿sabe?

Que otra vez le ha dado a doña Rosina por la manduca

y le he querido hacer yo una gallina en pepitoria así, de sorpresa.

Porque luego, con la grasita, coge mi Martín y moja el pan.

-Agradecido, canija.

Aunque no deberías darte esas palizas llevando y trayendo ollas.

-¿Sabes tú?

A mí, lo que me jeringa de verdad es hacer la salsa.

Eso sí que me jeringa.

Nunca sé si me queda sin gusto o con gusto de más.

Ah, mira, voy a usar las pastillas.

-Cuidado con las pastillas, que unas son caramelos y otras, medicinas.

-Se refiere a las pastillas de caldo.

Que se quedó con la copla.

-Oye, Martín, léeme en el periódico otra vez

lo buenas que son y cómo se usan.

-No hace falta que te lo lea, que me lo aprendí de memoria.

El anuncio dice que las pastillas de caldo sazonadas

se hierven en un poquito de agua. Y sale una sopa,

o una salsa si se espesa, que está para chuparse los dedos.

-¿De unas pastillas? Ah, mande.

Eso sería como darle a las ovejas cantos, en lugar de pasto.

-Que no, primo, que está muy rico. -Pero ¿cómo va a ser comida

una pastilla?

La sopa tiene que cocer a fuego flojo, para que los huesos

y la chicha de las gallinas suelte toda la sustancia, ¿verdad, Carmen?

-Pues no digan ustedes de esta agua no beberé.

Que puede que esas pastillas se conviertan en una ayuda

y acabemos todos aprovechándolas. -Eh, no seré yo.

Ni catarlas pienso.

-De más está que hablemos sin haberlas probado ninguno.

Aunque yo también soy de la cuerda de que han de prestar a pocos.

Y que será una nueva moda Conforme vino, se irá.

-Bueno, eso nadie lo sabe, Martín.

De hecho, podríamos echarle una tableta al puchero de las señoras.

Claro, sin decir ni chus ni mus.

-No se puede jugar con la salud de los que nos pagan.

Ni que se tratara de veneno. -A mí no me parece tan mal probar,

porque si gustaran, buena faena que nos ahorrarían.

-Pues sí.

Tengo que pensarme mejor yo esto.

-No os lo vais a creer, hermanos de la servidumbre.

-Uy, cuando este dice hermanos, agarraos los bolsillos.

-No, no, ahí se cuela, Fabiana, ahí se cuela.

Que ya no tengo por qué inventarme más trolas,

que don Ramón me ha perdonado el débito

y vuelvo a ser un hombre libre.

-¿Y cómo ha engañado usted a don Ramón?

-De engaño nada.

Que le he dado la dirección de Sepúlveda y me ha liberado.

-Enhorabuena, que no siempre son los señores tan espléndidos.

-Por una vez le pagan a usted por algo.

Y bien "empleao" estará ese dinero de don Ramón,

si consigue sacar a su hijo del presidio.

Ay, y Lolita también estará muy contenta.

¿Qué, queda un poquito de "pringá" del cocido de antes,

"señá" Carmen?

¿De verdad que no quiere usted una copa?

-Gracias, tengo algo de prisa.

-Lo que tiene es ganas de salir de aquí.

-Será mejor que nos tomemos las cosas con calma.

-No tengo nada que contar.

He venido porque el caballero se ha puesto

pesadísimo.

Muy insistente, mejor dicho.

Pero no quiero problemas, ¿de acuerdo?

-Y no va usted a tenerlos. -Especialmente si dice la verdad.

-Mire, señor Sepúlveda,

no quiero ser ruin con usted.

Pero la libertad de mi hijo está en juego.

Mi apellido está en juego. Puede que mis negocios también.

No voy a andarme con contemplaciones.

-Pero ¿qué tengo que ver yo con que su hijo haya dado un mal paso?

-Mucho. Todo. Mi hijo es inocente y usted lo sabe.

Su testimonio es crucial para resolver este entuerto.

Solo tiene que decir lo que ya sabe, que Belarmino es un embaucador,

nada más.

-¿Sabe lo que me puede costar eso a mí?

Belarmino, embaucador o no, es un tipo muy peligroso.

Más de uno se ha arrepentido por haberle traicionado.

No diré ni una palabra sobre él.

-Pero ¿es que no tiene usted conciencia ninguna?

Mi novio es inocente, que lo sepa.

¿Va a dejar que un inocente se pudra en una celda?

-Uy, uy, aquí hay más tomate del previsto.

Una criada ennoviada con un señorito calavera,

un dislate, yo me abro. -Usted se queda.

Lolita, no eches más leña al fuego.

-Leña la que le daría yo a este.

-Sé que no toda la responsabilidad es suya,

señor Sepúlveda. Pero mire,

aquí tiene un padre desesperado. Y una mujer angustiada.

De usted depende que todo termine. Y bien.

-Bien para el Palacios hijo. Pero ¿quién me protege a mí

de Belarmino? -Trabajo para la policía.

Si usted se muestra contrario en la injusticia

que se está cometiendo contra el joven Palacios,

le protegeremos.

¿Es que va a cargar en su conciencia con la ruina de una familia de bien?

-Se lo ruego, sea usted un hombre de bien.

-Es mucho lo que me juego.

Pero tampoco soy un ser sin sentimientos

como Belarmino. -Háblenos de él.

-Ese hombre es capaz de convencer hasta a una mula.

Siempre el mismo juego.

Se inventa un timo con algo que le toque el corazón a la gente,...

-Como los caídos por España.

...y se camela algún alma cándida ara que le haga de cabeza de turco.

En esta ocasión, le ha tocado a su hijo.

-¿Por qué dibujó para él ese monumento ficticio?

-Yo fui el primo.

Era un monumento para el ayuntamiento de Cádiz

y juró pagarme por los bocetos.

Todavía le estoy esperando.

Y después me enteré que con la misma obra repetía el timo aquí.

-Entonces no tiene nada que ocultar. Usted también es una víctima.

-Mis buenos reales que me estafó. -Ahora podrá desquitarse.

Preste testimonio.

Y salve a un hombre de muchos años de prisión.

Incluso podrá salvarle la vida.

-¿Seguro que los guindillas me protegerán de Belarmino?

-Cuente con ello.

-Señor, se lo ruego,

cuente la verdad a su señoría.

Le estaré eternamente "agradecia". -Se lo pido

con el alma.

-¿Va a seguir permitiendo que ese estafador utilice su obra

para engañar al resto de la ciudadanía?

¿No le importa que asocien su nombre a tamaña afrenta?

¿No se da cuenta que nadie más le va a contratar

si le creen cómplice de Belarmino? -Está bien, de acuerdo.

Testificaré.

-Mañana. En comisaría.

Estaré allí para prestarle ayuda legal.

Le mandaré recado con la hora.

Testificará entonces. -Eso dice.

Espero que sí.

Que mañana se presente y convenza al comisario

de que ponga una orden de busca y captura contra Belarmino.

-Lo hará.

Conozco tu capacidad de persuasión.

Te doy las gracias. En nombre de los Palacios.

-No lo he hecho yo solo. Lolita descubrió su nombre.

Y Servando su dirección.

-Y tú has hecho tu trabajo como abogado.

Convenciéndole para que declare.

Estoy orgullosa de ti.

-No vendamos la piel del oso antes de cazarlo.

Esperemos que Antoñito salga pronto de la cárcel.

-Saldrá.

Saldrá y lo celebraremos en familia.

Y todo gracias a ti.

Eres un gran abogado.

Y con corazón,

que es mucho más importante que el código penal.

-¿Qué habría sido de mi carrera sin ti?

Nadie como tú me comprende ni me alienta.

No sabes cuántas veces he pensado en ello.

En tu ánimo.

En tu apoyo. -Cállate.

Bésame ya.

-¿Y Simón?

-No volverá hasta muy tarde.

Coronel Valverde.

-Señora.

-¿Paseando?

¿Me permite que le acompañe un trecho?

-Si lleva usted mi camino.

-Quería felicitarle por el éxito de los títeres.

No se habla de otra cosa en el barrio.

Qué digo en el barrio, en toda la ciudad.

-Espero que el escándalo haya llegado a todos los rincones,

esa era la idea.

-Y a fe que ha salido usted airoso.

¿Y ella?

¿Quién iba a imaginar que una beatona como Susana,

remilgada, puntillosa, mojigata,

iba a resultar una perdularia?

-Ni siquiera entre los miembros de la madre iglesia

es oro todo lo que reluce.

Alguien tenía que dar su merecido a esa mujer.

-Un borrón como este es un lamparón que quizá una mujer

no pueda limpiar en toda su vida.

-Pero lo tiene bien merecido.

No solo parió a Gayarre de varón desconocido siendo viuda,

su hijo ha salido tan buscón como ella.

-Ya. Si me permite que le sea sincera,

yo de usted no sería tan rudo con los demás,

antes de mirar bajo la alfombra de su propia casa.

-¿Qué insinúa?

-Tómeselo con calma.

Va a darle una apoplejía. -Mire, señora,

lleva usted buscándome las cosquillas al menos desde ayer.

Y yo no me he caído de un guindo. ¿Qué es lo que quiere contarme?

-Tal vez tenga usted razón. No se lo he dicho

por no preocuparle, pero

tiene derecho a saberlo.

Así, al menos, podría limpiar su honor

antes... y que no le pase como a Susana.

-¿Mi honor?

Hable, señora, no respondo si continúa remoloneando.

-Está bien.

Usted lo ha querido.

El día de la feria vi a su hija...

besándose con un hombre.

-Eso es falso.

Estuvo conmigo durante toda la velada.

-No hay error posible.

Era Elvira. -No.

Vigilé a Gayarre como si del enemigo se tratara.

-Pero a ella no.

Y yo no he dicho que fuera con el mayordomo.

No sería la primera vez que su hija se besa

en público con alguien. -No me encienda, señora.

Dígame el nombre del atrevido. Lo despellejaré.

Lo colgaré del mástil del patio de armas.

Vaya,

parece que por fin coincidimos en algo.

Me disponía ir a verte ahora mismo.

-Mucho debes necesitarme para tal esfuerzo.

-Tengamos la fiesta en paz. No necesito nada.

Al menos, no de ti.

Solo quería tener contigo la deferencia de comentarte un extremo

que atañe a nuestro padre.

-¿Padre?, soy todo oídos.

-Nos han pedido una muestra de la obra de padre para la exposición

de bellas artes y artes decorativas.

Creo que deberíamos ponernos de acuerdo en las piezas a exponer.

-Un gran acontecimiento.

Supongo que estarás deseando hacer un gran discurso.

-Para ensalzar la figura de padre, sí.

-Mejor sería que pasaras más tiempo con él.

No necesita homenajes. Necesita fuerza y cariño.

-¿Lo dices tú,

que te marchas y regresas cuando te da la real gana?

¿Has ido a verle?

Le visitaremos juntos un día.

Ahora lo más urgente,

Úrsula quiere exponer las piezas y el cuaderno de diseño.

¿Estás de acuerdo?

-No quiero que nadie toque ese cuaderno.

-Y nadie lo hará.

Yo lo custodiaría y se expondría bajo una urna.

Solo queremos mostrar la página del diseño del colgante Ana.

-¿Qué interés tiene Úrsula en el cuaderno?

-Quiere que la gente, a parte de conocer el arte manual de padre,

conozca también su alma, lo que le da vida a las piezas.

-Lo siento, hermano, pero considero temerario,

después de lo sucedido con la tiara, que se exhiba ese cuaderno.

-Dispondré de máximas medidas de seguridad.

Todos aprendemos de los errores.

-¿Te has preguntado si padre querría

que se exhibiera de esa forma, como tú dices, su alma

o solo pretendes que se te reconozca a ti como único heredero

de su talento?

-No ha cambiado nada entre nosotros, ¿Verdad?

-Yo no me interpondré en tu camino si tú no lo haces en el mío.

Aparte del asunto del cuaderno,

claro, que no me gusta nada. ¿Algo más?

-No. Nada más.

Y estoy de acuerdo. Tú por tu senda y yo por la mía.

En todo. Está claro.

En todo. -Descuida.

Y disfruta.

¿Preparando lo de la exposición?

-La lista de invitados.

-¿Ha dado Diego ya su visto bueno? ¿Dejará exponer el cuaderno?

-No he tenido respuesta todavía.

Pero lo exhibiremos. No te quepa la menor duda.

-¿No ha notado a Blanca cambiada

desde que llegó su cuñado?

Apenas sale del cuarto, está como abúlica.

-Samuel no será nunca un problema para nosotras.

Sé manejarlo.

Pero debemos procurar que Diego y Blanca se acerquen.

Él es incontrolable.

Su pasión por Blanca puede hundirnos a nosotras.

-¿Ha pensado usted en algo?

Yo podría ayudar. -Lo harás, hija, lo harás.

Eres mi mano derecha. -Dígame qué y cuente con ello.

-Acércate a Diego. Hechízalo.

Haz cualquier cosa, lo que sea,

para que olvide a Blanca. ¿Entiendes?

-Será un placer ayudarle a usted. A nadie le amarga un dulce.

Pero ¿qué obtengo yo a cambio?

-(RÍE) Aprendes rápido.

Me place.

Y sí, tendrás algo a cambio.

Pasarás a formar parte de la familia Alday.

Llevarás mis apellidos, seremos una.

Me alegro de que por fin te hayas decidido a salir a la calle.

-Te equivocas.

Solo pensaba salir al balcón a que me diera un poco el aire.

-Te distraerías mucho más si dieras un paseo.

-Ya, pero estoy demasiado fatigada para dar un paseo, Olga.

En cambio, tú estás radiante.

-Bueno, la verdad...

es que he conocido a un caballero. -"Te convido a un bartolillo".

Qué bonita es la amistad, ¿eh?

Qué lástima que no lo sea para algunas.

-¿A qué viene ese tonito?

-No lo sé, Luisi. Pregúntale a tu amiga.

No lo comprendo, doña Trini.

No tengo ni idea de lo que está hablando.

-Anda, Elvira, que menudo cuajo que tienes.

Pues fíjate,

a mí me entraría una tembladera de las buenas si fuera del brazo

de mi amiga después de haber besado a su prometido.

-Que ese se ha cagado. Acuérdense de los peros que ponía "pa" hablar.

Le amilana más Belarmino, que la propia parca.

-Démosle cinco minutos más.

Se ha podido retrasar por cualquier cosa.

-Nones. Yo me voy a buscarle.

-Te acompaño, no soporto tanta incertidumbre.

-Márchense.

¿Dónde se habrá metido este pollo?

¿Qué es esto?

¡Espere! ¿Quién es usted?

Mostraremos el cuaderno para que el dibujo del colgante Ana

pueda ser apreciado por todo el mundo.

-A mi entender, has hecho lo correcto.

-Lo que necesitamos es una vitrina de máxima seguridad.

Estos dibujos son valiosísimos para nosotros.

-Por supuesto, no puedes arriesgarte a poner en peligro

el legado de tu padre.

-Y menos después de lo que ocurrió con la tiara.

No podemos permitir otro robo. -No te apures.

Yo misma me encargaré de conseguir las más eficientes

medidas de seguridad. Cueste lo que cueste.

Cariño,

¿seguro que estás bien?

Te ha faltado una pizca para pegarle un puñetazo

a Servando.

-Estoy con los nervios a flor de piel.

Tanto trabajo me descompone.

¿Por qué no subes a casa? Vamos.

-Como quieras. A mí me da que aquí hay gato encerrado.

-Tranquila. Está todo bien.

Vamos.

"No esperaba verte por aquí".

-Yo tampoco esperaba durar tanto en la ciudad.

Pensaba que me iban a sobrepasar tantas normas,

pero poco a poco me voy haciendo a esta vida

tan civilizada.

-Se te ve muy cambiada.

Hasta parece que vas vestida como Blanca.

Estás muy arreglada.

-Me lo tomaré como un cumplido.

Víctor es un hombre cabal y tiene una novia a la que adora.

-Tengo entendido que cuando María Luisa

se ha enterado del asunto, ha roto relaciones con él ipso facto.

-No me extraña.

-Maldita sea la mala cabeza de ese muchacho.

¿Cómo se le ocurre enredarse con esa casquivana?

-Desde luego, no se puede decir que sea una mosquita muerta.

-Ahora volveremos a tener lío

con el coronel.

La verdad es que esa muchacha no nos ha traído más que problemas.

-No sufra, madre.

Seguro que encontraremos la forma de arreglar todo este entuerto.

-"Sí que me está generando"

algún que otro quebradero de cabeza.

Pero finalmente he accedido a mostrar el cuaderno de mi padre.

-No hace mucho me pediste que lo guardara a cal y canto,

que no permitiera que lo tocase nadie, especialmente Úrsula.

¿Cómo es que has cambiado de opinión?

-Considero que el legado de mi padre va a estar bien protegido.

Y creo que será todo un reclamo para la exposición,

mostrar la génesis de sus ideas.

-Pues si así lo crees, será lo correcto.

Estás demostrando ser

un gran empresario.

-Espero ser un gran marido.

Y un gran padre.

¿Me estás diciendo que mi hija deseaba ese beso?

-No, no la besé a la fuerza.

Pero le juro que no le hemos dado ninguna importancia.

Fue como un juego por él.

-Que mi hija reparta sus atenciones al albur con el primero

que encuentra, sin prestar atención a las consecuencias,

no es algo pueril. -Coronel, fue una tontería.

Fruto de la confianza que nos tenemos.

-¡¿Cómo te atreves a decir

que mi hija es una fresca y besa por diversión?!

-Le está usted dando mucha importancia a algo

que es una anécdota. -Y un cuerno.

Lo será para ti.

Has arrastrado nuestro apellido por el fango.

Me dejo la piel para defenderte.

Para que puedas vivir tranquila como una mujer decente

y así me lo pagas, tirando nuestra honra por tierra.

Padre, está exagerando, fue una tontería.

Tan corrompida estás, que ya no distingues el bien del mal.

Le juro que tan solo fue un beso.

Víctor ama a María Luisa y, yo...

Ya sabe lo que siento por Simón.

Amas a un patán que está casado.

Y besas a otro por capricho, ¿es eso?

  • Capítulo 653

Acacias 38 - Capítulo 653

04 dic 2017

Diego adelantó su regreso, por eso no pudo recibir el telegrama de Samuel. Lleva consigo la piedra que le pidió Blanca para la joya que decidió. Úrsula se tensa al saber que Diego ha vuelto y convence a Olga para que le seduzca y así evitar que vuelva con Blanca. Susana puede perder el encargo del manto papal tras descubrirse que es madre de Simón. Además, Liberto está enfadado por no haberle confiado el secreto. Lolita consigue la ayuda del altillo para encontrar al escultor y sacar a Antoñito del calabozo.

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