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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 648 - ver ahora
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No temas.

-Me da miedo esta casa.

-Son solo piedras y unas telas, Olga. No hacen daño.

Hay que temer a las personas, no a las piedras.

-Y a los recuerdos.

Víctor tampoco sabe nada de Blanca.

Por la chocolatería no ha pasado, ni por la sastrería tampoco.

-Me lo imaginaba. En la comisaría me han dicho

que todavía no pueden dar orden de búsqueda.

No han pasado ni 24 horas desde la última vez que tuvimos contacto.

-"Y me siento tan sola".

Me tienes a mí.

Lo sé. Pero es que ni siquiera me he atrevido a contarle a mis padres

la propuesta de Víctor de irnos a París.

¿Por qué?

Por miedo a que les parezca una maravillosa idea y...

le apoyen a él antes que a mí.

Voy a hablar yo con Víctor. Quiero pruebas,

documentos, testigos, algo tangible.

Me voy.

-No. Padre, por favor, no me deje solo.

-Devuelve el dinero. -No lo tengo.

-Pues entonces estás en un problema muy serio.

Porque no pienso volver a pagar para remediar tus estafas.

"María Luisa piensa que la petición"

de matrimonio no era sincera.

¿Qué hago para que cambie de opinión?

Tener paciencia.

¿Y aguantar un desplante detrás de otro?

Pobre Víctor.

Pero el premio merece esfuerzos, ¿no?

-"Nunca debí permitir que Olga se quedara en esta casa".

-No desespere. Don Samuel está tras la pista de ellas.

Ha hablado con el cochero que las llevó fuera de la ciudad.

-¿Al bosque? -No lo sé.

Si se acerca a ti es porque trama algo.

Estoy seguro.

Me da miedo de que entre. -Olga,...

Olga, no va a entrar.

Está muerto.

-Lo sé.

Yo le maté.

-"La va a matar".

Olga la va a matar igual que hizo con ese hombre.

-"Cuando sepas la verdad,"

pensarás como yo que Olga es inofensiva.

Y que su sangre es la mía.

Olga, cuéntaselo, por favor.

Cuéntaselo como me lo has contado a mí.

-Sé quién te dijo que soy de la piel del diablo.

El padre Octavio.

-Así es. No tengo por qué ocultarlo.

Pero si vas a mentirme, has de saber que la palabra de un sacerdote

tiene mucho más valor para mí que la tuya.

-Claro. Es inútil.

Nadie me creerá. -Yo ya lo he hecho, Olga.

Cuéntaselo como me lo has contado a mí.

Con los sentimientos a flor de piel.

-No puedo, Blanca.

No me atrevo a enfrentarme más a miradas de...

duda y rechazo.

-Está bien, descansa.

Tranquila.

Yo se lo contaré.

A pesar de que yo,...

como tú, Samuel, tenía mis prevenciones,

Olga ha sido tan sincera,...

tan honesta, que no se puede dudar

de sus palabras. Te lo contaré

como ella me lo ha contado a mí.

Estaba aterrada de estar entre estas paredes.

Y yo también lo estaba.

Solo dices bellas palabras, pero me juzgas sin conocerme

como todo el mundo. No te voy a hacer nada.

Escúchame y luego tendrás derecho a hablar.

-Tienes razón.

Hemos venido aquí para que puedas hablar.

Y yo para escucharte.

-Todo el mundo pensaba que Tomás era bueno.

Que vivía alejado para dedicarse a la oración.

Pero era un monstruo.

Se alejó de los hombres por eso, no para acercarse a Dios.

Sino porque...

sus instintos eran salvajes y despiadados.

Yo aún era una niña cuando supe...

lo que era ser mujer en esa misma cama.

-¿Te forzó?

-Durante años.

Era su alivio.

Su distracción.

Al final ya ni lloraba.

Ni me resistía. Era mejor.

Y un día,...

mi vientre empezó a crecer.

-¿Y la criatura?

-No podía traer una criatura a este mundo.

¿Para que sufriera lo mismo que estaba sufriendo yo?

No. No.

Dios se apiadó,...

pero con mi ayuda.

Ya te he dicho que conozco todas las plantas del bosque.

-¿Nadie te auxilió?

-Ya se cuidaba ese malnacido de que nadie supiera

lo que pasaba en esta casa.

-Pero me dijeron que eras violenta.

Cruel.

-¿Es que tú no lo habrías sido?

-Dios sabe lo que hubiera hecho si hubiera sufrido los abusos

que sufriste tú.

¿Cómo le mataste?

-Mientras dormía.

Con una piedra.

Le golpeé la cabeza con todas mis fuerzas.

Después,...

arrastré el cuerpo hasta el río. Y lo subí en una barca.

Entonces simulé un accidente y me dieron por muerta.

Por eso había un certificado de defunción...

a mi nombre.

-Solo tenías 16 años.

-Y había sufrido como si hubiese cumplido los 90.

-Ya está.

¿Comprendes ahora la situación? Como tú dices.

Olga.

Ven.

Solo te voy a pedir un último sacrificio.

Que perdones a todos los que hemos dudado de ti.

-Olga,...

lo siento.

-A partir de ahora,

todo va a cambiar para ti.

-Jamás podré tener una vida normal.

Simple... y venturosa como la tuya.

Jamás podré tener lo que siempre he querido.

Una familia.

-Esa familia que anhelas...

ya la tienes.

-No podría estar más de acuerdo con mi esposa.

Siendo hermana de Blanca, lo eres también para mí.

-Gracias.

Y ahora,

¿podemos abandonar este lugar para siempre?

-Por supuesto.

De inmediato.

-No volverás a estar sola. Y no tendrás que temer nada más.

Simón, no te lo tomes tan a pecho, que Elvira no quiere nada de mí.

Me estaba ayudando con mis líos con María Luisa, solo es eso.

-A nadie más que a mí le gustaría que estuvieras en lo cierto

y que Elvira no llevara segundas intenciones, pero lo dudo.

Así que ándate con ojo. -Tú estate tranquilo

que yo a esto estoy más que acostumbrado.

¿No ves que en este trabajo hay que tener ojos hasta en la nuca?

Vuelvo a la faena.

¿De qué hablabas con Víctor con ademanes tan serios?

Eso a ti no te importa. ¿De veras?

Tienes cara de celoso.

No digas tonterías, Elvira.

Conozco tu cara. Tus gestos.

Tienes la misma actitud que cuando salía con Liberto.

Te comían los celos por dentro.

No estás en tus cabales.

Sí lo estoy. Vaya que si lo estoy.

Pero una cosa más te voy a decir,

ni te mueres de celos, no vengas

a rogarme fidelidad.

Ya no. Para mí, Simón Gayarre está muerto.

Te duele, ¿verdad?

¿No eras tú el que me pedías que todo acabara entre nosotros?

Mira, no voy a darte el gusto de montar una escenita.

Pero sí te voy a advertir de algo. Deja de mangonear, Elvira.

Deja de hacer daño

a quien en nada te ha ofendido y, sobre todo, aléjate de Adela

y del resto de mi familia.

Incluido Víctor.

No me cabe duda alguna, Trinidad. Antoñito ha vuelto a hacer

una de las suyas. -Pero ¿cómo, te lo ha confesado?

-Pues claro que no. El muy rufián aboga por su honradez.

-Por favor, no hables así de tu hijo, ¿eh?

-Qué más quisiera yo que no tener que hacerlo.

Él sigue afirmándose en su inocencia,

que el estafado ha sido él. Pero el comisario

dispone de pruebas contundentes.

-No sé, Ramón.

A mí me cuesta mucho ver a este nuevo Antoñito.

Dispuesto a trabajar de camarero ¿y volviendo a hacer tropelías

otra vez? -¿Tropelías, Trini?.

Estafa. Estafa pura y dura.

Si hasta tenía unos pasajes para escapar a Italia.

-Bueno, Ramón,...

los billetes para Italia no tienen que ser necesariamente para huir.

Pueden tener infinidad de razones. Además,...

si creíste a Antoñito,...

si decidiste apoyarle cuando te dijo que quería cambiar de vida,

ahora no puedes abandonarle, tienes que darle un voto de confianza.

-¿Quieres que me convierta incluso en su cómplice?

Por el amor de Dios, Trini.

-No, Ramón. Tan solo te pido que le des un voto de confianza.

Sigue siendo su padre, no puedes dejar que te ciegue la rabia.

-Díselo a mis socios del Ateneo.

Que incluso se hacen los despistados

por no tener que saludarme.

¿Y tengo que ser yo el paciente

cuando están mancillando mi apellido?

-Pues sí, Ramón. Pues sí.

Si un padre no muestra paciencia por su hijo, si no le apoya,

al final, ¿quién lo va a hacer?

Además, Antoñito dice que le engañaron.

Quizá deberías hacer un esfuerzo por creerle.

-¿Que lo engañaron?

¿Tú crees que alguien que ha sido capaz de vender

la Estatua de la Libertad

se ha podido dejar engañar de esa manera?

Y además, ya no es solo los comentarios

y el ostracismo del Ateneo.

Es que esta nueva metedura de pata de mi hijo

puede hacerme daño a mí hasta en los negocios.

-No me lo puedo creer, Ramón.

¿Lo que más te preocupa son tus negocios?

-En eso llevas razón, ya lo ves.

Lo que más me preocupa no, lo que más me duele...

es no saber qué he hecho mal para haber creado

este monstruo de avaricia.

-Perdonen que les moleste, pero... todavía no sé nada de mi,...

de su hijo, vamos, de Antoñito. -Lolita,...

¿tú sabías algo de un viaje a Italia?

-Pues... ¿no iba a saberlo?,

Era un regalo para mí.

Que una lo único que ha viajado es del pueblo aquí,

y ni siquiera me tocó ventanilla. -¿Lo ves, Trini, lo ves?

Se marchaba a Italia.

Huía, y con Lolita.

Pero, vamos a ver, alma cándida, ¿tú no prestaste atención

en que los pasajes eran solo de ida?

-¿En qué me iba a fijar, si solo tengo ojos "pa" él?

Además, que... ¿hay billetes que no son de ida?

-Sí, los que además te vuelven a tu casa.

-Bueno, pues sea lo que sea, yo me fío de Antoñito.

Y me fiaré siempre. A la ida y a la vuelta.

-¿Qué se puede sacar en claro de una mujer enamorada?

Voy a descansar un rato.

-Perdone, doña Trini, pero no entiendo a su marido.

-Ya.

-¿Qué tiene que ver que quisiera llevarme a Italia

con lo que sea que le han acusado?

-A ver, Lolita, la policía cree que Antoñito quería huir a Italia

con el botín para no volver nunca más.

-Pero eso es mentira. ¿Cómo iba a querer llevarme a Italia

y dejarme allí sabiendo que me voy a morir de la morriña?

Y sin estar casados.

Y que no. Que Antoñito es inocente, que no ha "robao" nada.

-Ya, Lolita, ya. A mí también me cuesta creer que Antoñito

haya vuelto a las andadas. -Pues dígaselo a don Ramón.

Que de verdad que estaba cambiado. Que quería ir por la senda buena.

Si hasta me tiene prometida una vida

"honrá", común y corriente.

Vamos, señora, tómese la tila, que le irá bien.

-¿Bien? ¿Qué puede hacerle bien a una madre

que no conoce el paradero de su hija

y que la sabe con alguien que es de la mismísima piel del diablo?

La policía no me ayuda. Y mi yerno no regresa.

Nada me hará bien si ella no aparece.

-No desespere. Ya conoce usted el dicho

de que las malas noticias vuelan.

-Déjate de dichos y refranes.

¿Es que quieres consolarme como si fuera una imbécil?

Te estoy hablando de mi hija. Y del nieto

que lleva en sus entrañas.

Y de que su hermana, esa endiablada mujer, quiere matarla,

igual que lo intentó conmigo.

-No quería yo contrariarla. Tan solo servir de ayuda.

-Calla de una vez.

Bastante has ayudado dejándolas marchar.

(Se oye la puerta)

¿Traes noticias de Blanca?

-Oh, gracias al cielo que estás sana y salva.

¿Cómo estás? -Me encuentro perfectamente, madre.

No es para ponerse así. -¿Dónde has estado?

O, mejor dicho, ¿adónde te ha llevado esta loca?

-Le ruego que no se refiera a mi hermana

en esos términos tan ofensivos.

-No me lo puedo creer. ¿Vas a seguir defendiéndola?

Samuel, ¿le has dicho lo que nos contó el padre Octavio?

-La del padre es solo otra versión de las cosas.

-Sí, madre, me lo ha contado. Ya estoy al tanto.

Pero debería usted saber

que lo que le ha dicho... -No.

Ella te puede embaucar, pero a mí no.

Sal fuera de esta casa.

De mi casa, de la que será la casa de mi nieto.

-¡Suéltela inmediatamente, madre! También es mi casa.

Y la de mi marido.

-¿No ves que estoy intentando protegerte

del mismísimo demonio?

Samuel, díselo tú.

-Hemos tratado de decírselo. Desconoce usted muchas cosas

de cómo ha sido la vida de Olga.

-Tengamos la fiesta en paz.

Que, además, estamos muy cansadas.

-¿Qué es lo que debería saber?

-Ya hablaremos.

Tres-cuatro, zumbando. -Espere, espere.

Pero ¿se ha vuelto usted loco?

Deme el seis-tres.

Usted pone el seis-tres. Ahora este no tiene más remedio

que poner el... seis-dos, ¿vale?

Entonces yo pongo el dos-cinco

y, aquí el compañero le pone el... cinco-cuatro.

Y ahora usted coge el cuatro-seis, que tendría que habérselo quitado

mucho antes, y partida "dominá".

-Pero ¿cómo sabía que tenía yo el... cuatro-seis?

-¿Cómo que cómo? -No, que cómo...

Usted no me ha podido ver las fichas.

-Escuche. Yo lo sé porque usted ha puesto un pito-seis

cuando le han puesto un tres pitos sobre la mesa.

Eso quiere decir que usted llevaba seis.

Y cuando este ha puesto un seis y, su compañero

ha tapado con el seis-cinco, solo usted podía llevar el seis-cuatro

que, insisto, debía habérselo quitado mucho antes.

-No, usted no puede hacer las cuentas de esta manera.

Es que es imposible. Ni siquiera yo puedo hacerlas así.

(RÍE)

Usted tiene un truco y no me lo quiere contar.

-El truco de contar ovejas cuando entro y salgo del redil.

El truco de acordarme cuántas he dejado en el corral

porque estaban recién paridas o con mal de andares.

El truco de enviar al perro

a por las siete que se han descarriado. Ese es mi truco,

contar ovejas.

-¿Y no se duerme?

-Sí, hombre, para que venga el lobo. Hablando del lobo,...

El otro día estaba yo en el corral, con mi perro,

el Campeón le llamo yo,

y había dos carneros que se habían liado a testarazos.

-Bueno, déjese de carneros

y de lobos y vamos a jugar, que la práctica hace al maestro

y tenemos que ganar el torneo para poder pagar el pasaje mío.

-Sale este que es mano,

y sale con el cinco doble porque el seis lo llevo yo.

Usted.

-Yo paso.

-Vale. Pues si usted pasa

es que no lleva cinco, y este va a poner el cinco-seis

para desquitarse.

Y yo le tapo con mi seis doble, como ya le he avanzado anteriormente.

Me sigue. -La leche con el cuentaovejas.

-¿Qué hacen ustedes ejercitándose si ya han ganado el torneo?

-Nada, aquí, pasando el rato. -Y más que ganaremos.

-¿Más?

A ver, a ver, a ver.

Aquí las cosas claras y el chocolate espeso, que a mí esto me huele

a triquiñuela de Servando. -No.

No es ninguna triquiñuela, Fabiana. Que vamos a ir

al torneo provinciano.

-Y buenas perras que nos ha costado.

Jugamos en un ratejo. -No, no, jugaremos y ganaremos.

-Muy crecido lo veo, Servando.

Pero aunque me duela que dieran candela en mi última partida,

les deseo suerte.

-No, no va a hacer falta, Fabiana.

Con Jacinto, la suerte nos sobra. Cuenta como un banquero.

Venga, Jacinto.

Vámonos, que tengo ansia de victoria.

-Ale, pues venga, mucho ánimo. -Muchas gracias.

Hasta luego, "señá" Fabiana.

-Qué golpazo se ha pegado. -Qué leñazo.

-Siéntese, siéntese. -Siéntelo.

¿Está usted bien?

-Un poco bien, un poco no.

Veo doble.

¿Cómo que ve doble?

-Dos Servandos. Dos Fabianas.

-Pero eso no puede ser.

Ahora en el torneo, cuando nos echen un seis, va a ver usted un 12.

-Pues que divida por la mitad cada ficha que vea.

¿No es un fenómeno de feria con los números?

¿Qué?

¿Cómo va, cómo va? -Bien.

¿Por qué me ha mandado llamar?

No hace ni una hora que desayunamos juntos.

-Adela ha ido a misa.

-Perfecto, ¿y eso qué tiene que ver?

-No soy tonta, Simón. Anoche me di perfecta cuenta

de que has vuelto a las andadas.

-Perdóneme, pero bien sabe el cielo que no sé de lo que me habla.

-Andas otra vez con la cara descompuesta.

Hasta ido e inquieto.

A tu mujer la puedes engañar, pero a mí... no.

¿Se trata de Elvira?

¿Otra vez?

-Es por Elvira, sí, pero...

no merece la pena hablarlo. -¿Ah, no?

¿Piensas que me voy a quedar impasible viendo cómo tu matrimonio

se va al garete? -No, mi matrimonio está bien seguro.

-¿Pues qué es, entonces?

Cuéntamelo con pelos y señales, si no, sabes que me voy a poner

en lo peor. -Pues no es lo peor.

-Cuenta.

-Mire, sabe bien que a pesar de mi condición de mayordomo,

soy un caballero, y no quiero regodearme

en los detalles que me pide. -Pues a groso modo, entonces.

-Estoy preocupado por Elvira, sí, pero solo es cuestión de tiempo.

Quiso acercarse a mí de nuevo.

Se me ofreció. Pero el tiempo hará que comprenda

que ya no hay nada que buscar en mí.

-Qué atrevida es.

Pero me alegro mucho que hables de ese modo, hijo.

¿Tú estás seguro? -Sí, sí, muy seguro.

¿Cómo llevan el manto papal? -Será una obra de arte.

Adela se supera a sí misma. -De eso estoy seguro.

Tiene manos de ángel.

-Susana, Susana, no... Simón, no...

No sabía que estabas aquí.

-No se preocupe, ya me marchaba.

Hasta la vista, señoras. -Hasta la vista.

-No hemos comentado.

-¿El qué? -Ay, que qué opinas.

¿No te parece raro que el coronel se haya ofrecido a financiar

una de las atracciones para la feria del santo Auxilio?

-Algo debe de tramar.

Si no, ¿por qué tiene que volver a hacer migas con los vecinos?

-Quizá haya reflexionado y quiera congraciarse, qué sé yo.

Pero eso significa que se va a quedar en Acacias

y que voy a seguir cobrando una buena renta.

-Tú, lo que no sea dinero, te trae al pairo.

-Vaya, como si las demás fuerais tan generosas

como San Francisco de Asís. -Bueno, dejémoslo.

El coronel está tramando algo si se queda.

¿Tú sabes qué tipo de atracción piensa pagar?

-Ay, pues no, no lo dijo, la verdad.

Bueno, a lo mejor

quiere darnos una sorpresa.

-Conociéndolo, seguro que nos monta una caseta de tiro al blanco.

Es lo que más le va a un militar ansioso de pólvora y muertos.

Blanca.

¿Dónde vas tan de buena mañana? ¿Y Olga?

-Todavía duerme.

Iba al mercado a buscar frutas para su desayuno.

Quiero que se sienta como en casa. ¿Y tú, de dónde vienes?

Has salido muy temprano. -De la comisaría.

Quería avisar que te había encontrado

y que suspendieran tu busca.

-No debíais haberos alarmado tanto como para meter a la policía.

-Quizá, pero no pude evitarlo.

Me temblaron las piernas cuando llegué y vi que no estabais

ni tú ni Olga.

-Lo siento. Lo siento, Samuel.

Pero tenía que hacerlo.

Este viaje me ha servido para dejar de dudar de Olga.

Aunque... también me ha hecho saber

que no estuve a la altura de las circunstancias.

Debería haber confiado en ella. -No puedes culparte por eso.

Cualquiera habría dudado como tú.

-Por fortuna, todo está aclarado.

Ahora... me gustaría que Olga olvidase tantos horrores.

Tanta porquería y...

que se sintiera querida y en familia.

Aunque tengo que conseguir que deje de sentirse aislada

como si tuviera la peste.

Que olvide el rechazo que sufrió siendo tan niña.

-Estaré siempre atento.

Seremos la familia que ella necesita.

Tu madre también estaba afectada por tu desaparición.

Creo que era sincera.

Tenía miedo de perderte.

-Ella fue la responsable de todos los horrores que ha vivido Olga.

-Lo sé, y no lo voy a negar. Pero cuidó de ti.

Creo que tendríais que hablar con el corazón en la mano.

¿No va a querer tomar algo, doña Trini?

-No, gracias, Víctor, hijo, acabo de desayunar en casa.

Venía a hablar contigo sobre...

sobre tu amigo el camarero. -¿Antoñito? Mal asunto, ¿no?

-Pues eso es lo que trato de averiguar.

Ramón está convencido de que es culpable.

Y puede que tenga razón, pero yo no las tengo todas conmigo.

-Qué corazonazo tiene usted, doña Trini.

-Ay, Víctor, hijo, es que de donde vengo...

Que he vivido muchas injusticias.

Y me da a mí en la nariz que lo de Antoñito es algo así.

¿Tú crees que el tal Belarmino este

existe realmente? -¿Que si existe?

Hombre, que por lo menos hay alguien que dice llamarse así, seguro.

-Pero ¿tú le has visto alguna vez? -Claro que sí.

Pero si Antoñito y él han organizado el negocio aquí mismo.

Y en horas de trabajo. -Luego, existe y le cameló.

-Yo no he dicho tal cosa.

Que eran socios, seguro.

Y que si detienen a uno, al otro le tienen que juzgar

por el mismo rasero, también. Pero de más intríngulis

no tengo ni idea. -Bueno, pero...

¿tú crees que... este tipo, Belarmino, haya podido...

estafarle e irse de rositas?

-Parecía un tipo serio, doña Trini.

A lo mejor yo, de ser más aventurero,

me habría asociado también en el negocio.

Una noche me lo encontré y, el tipo estaba de lo más alterado.

Se puso nervioso al verme.

-Luego, es posible que no sea trigo limpio.

-Yo tampoco he dicho tanto.

-No importa, muchas gracias por contármelo, Víctor.

-No espero haberle servido de mucha ayuda, pero bueno.

El problema es que las pruebas contra Antoñito son irrefutables.

Claro, como él dio la cara. Así se la han partido.

Y más veces que se la van a partir. -Bueno, eso ya lo veremos.

¿No tienes nada más que contarme? -Ojalá pudiera.

-No, hijo, no, si no me refiero a Antoñito.

Me refiero a Luisi.

No sé,... ¿te crees que me he olvidado de lo vuestro?

Ponme al día. Que ya te dije que podías confiar en mí.

Perdona que haya venido sin avisarte

y que te haga esconderte en la cocina,

pero es que no quiero que tu padre nos escuche.

Estoy tan descalentada con lo de Víctor.

Al menos sabes que te quiere.

Sí, pero no lo suficiente.

Y luego está lo de mi pobre padre sufriendo

por el calavera de mi hermano.

Parece que nuestros negocios y hasta nuestro apellido

están en vilo por sus disparates.

Tener paciencia.

¿Y aguantar un desplante detrás de otro?

Pobre Víctor.

Pero el premio merece esfuerzos, ¿no?

Conozco tu cara.

Tus gestos.

Tienes la misma actitud que cuando salía con Liberto.

Te comían los celos por dentro.

¿Qué ha hecho?

No seas tan indiscreto.

Quiero a Liberto y espero pasar mi vida entre sus brazos.

¿Te pasa algo, Simón?

Es la primera vez que no encuentras una respuesta.

¿Te duele?

¿No eras tú el que me pedías que todo acabara entre nosotros?

Mira, no voy a darte el gusto de montar una escenita.

Pero sí te voy a advertir de algo. Deja de mangonear, Elvira.

Deja de hacer daño...

a quien en nada te ha ofendido y, sobre todo, aléjate de Adela

y del resto de mi familia.

Incluido Víctor.

¿Me estás escuchando? ¿Por qué no me contestas?

¿Crees que solo tú tienes problemas?

¿Otra vez Simón? No lo digas con tanto hartazgo.

Otra vez no.

Simón ha sido la causa de mi fatalidad antes y lo será siempre.

¿Qué ha pasado ahora?

No sería de buen gusto contártelo.

Pero dime, ¿tú crees en eso de que en el amor

y en la guerra cualquier astucia es aceptable?

Miedo me das. ¿En qué anda tu cabeza ahora?

Mi cabeza y mi corazón.

Simón tiene que comprender que me ama.

Que nunca amará a otra.

Tiene que darse cuenta y lo hará.

Conseguiré que se percate.

Por las buenas o por las malas.

No me puedo creer que aún sigas con el intento.

¿Qué hace usted aquí, madre?

-Perdona que haya entrado sin consultártelo.

He comprado unas ropas para el niño y quería dejarlas aquí.

Me he quedado ensimismada con la canastilla.

Ya me marcho. -Espere.

Son bonitas. Gracias.

Quizá sea la primera vez que veo en usted un gesto de ternura.

-No es necesario hacer de esto un mundo.

-No, no lo es.

Lo que sí es necesario es que hablemos de Olga, ¿no cree?

-Poco tenemos que hablar.

Has escogido a Olga por delante de mí.

Poco puedo hacer, aunque me duela ver cómo te engaña.

-No me engaña.

Es mi hermana y la quiero.

Y ahora sé que mi instinto y la sangre me pedían lo correcto.

-¿Y tu instinto no abarca a tu madre,

que ha dado siempre lo mejor para ti?

Quizá me he equivocado en algunas ocasiones, no lo niego.

Pero no merezco tu desprecio.

-Yo no la desprecio, madre.

Podríamos intentar....

-¿Cómo puedes confiar en una asesina,

aunque sea sangre de tu sangre, más que en tu propia madre?

-Olga actuó en defensa propia.

Y siempre ha sido más víctima que verdugo.

En buena parte por culpa de usted.

-Eso sí que no voy a tolerarlo. -No se altere.

Quisiera compartir con usted lo que sé sobre las razones de Olga

para hacer lo que hizo.

¿Cree usted saber la verdad de lo que sufrió en las garras

de ese tal Tomás?

Pues eso, Ramón, que Víctor conoce a Belarmino.

No nos puede asegurar que engañara

a Antoñito, pero existe.

Y es, como mínimo, tan responsable como tu hijo.

-Que tenga otro secuaz, o socio, como tú le has llamado antes,

no evita la deshonra de nuestra familia.

Nos ha señalado para siempre.

-Hasta que se demuestre lo contrario.

-Qué ingenuidad, Trini, Dios mío.

Con tu afán en defenderle, no te das cuenta de cómo nos mira

el vecindario. Somos los padres del vendepatrias.

-Pues que hablen lo que quieran.

Que ya callarán si el juez falla a favor de Antoñito.

Ramón, por mucho

que te empeñes, nuestro deber es ayudar.

-¿Mi deber? -Sí.

-¿Él ha tenido lealtad conmigo?

No, todo lo contrario. Me ha tratado

como una más de sus víctimas.

A veces creo que lo mejor para el nombre de esta familia

es que pague por lo que ha hecho.

-O buscar un buen abogado, ¿no?

-Que se conforme con uno de oficio. Es lo único que se merece.

-Ramón, Antoñito se consumiría en prisión,

y tú te consumirías con él.

-Quizá deba hablar con Felipe

para pedirle consejo.

-Don Ramón.

Lo siento por usted.

Pero esta vez su hijo ha superado la mayor de las indignidades.

No creo que pueda evitar la acción de la justicia.

-Coronel, discúlpeme,

pero creo que usted no es ni juez ni parte.

-Juez no.

Pero parte lo soy tanto como los caídos por la patria,

a los que su hijo ha utilizado para enriquecerse ilícitamente.

-Lo siento.

-De nada valen sus disculpas.

Los militares están encolerizados.

Ejercerán la mayor fuerza posible para que el crimen

de lesa patria no quede impune.

Quieren un castigo ejemplar.

-Me duele a mí tanto como a esos militares

o a los familiares de los caídos.

Pero usted no es quién para anticipar el veredicto

de la judicatura.

-Solo quiero que sepa que esta vez no va a ser fácil librar a su hijo.

Y en parte le comprendo, yo también soy padre.

Y sé lo duro que es

que le cuelguen a uno los errores de sus hijos.

-Entonces, coronel,...

¿por qué juzga con tanta crueldad?

-Nuestros vástagos siempre nos exigen una decisión:

o dejar que se estampen solos o ayudarles.

Si esta vez decide usted ayudarle, va a tener que emplearse a fondo.

Utilizar todos los medios a su alcance.

No puedo decir más.

Mucha suerte. -Muchas gracias.

Tomás... la obligaba...

a ejercer el matrimonio con él.

La forzaba sistemáticamente.

Incluso...

se quedó embarazada.

-¿Y la criatura?

-No nació.

A todo eso la condenó usted al abandonarla en el bosque.

Habría sido más compasivo matarla.

Veo que se ha quedado usted impresionada.

Me cree, ¿verdad?

Espero que al menos...

le sirva para que reflexione sobre su hija.

E intente reconstruir su relación con ella.

Si ahora estuviera guardando mis ovejillas,

podría hacerme la ilusión de que he doblado el rebaño.

-Sí, o el tablero. ¿No te amuela?

-No me diga más, Servando. Han perdido el torneo.

-Uh, no hemos pasado ni de la primera partida.

-Aquí, el matemático,

que cuando ponían un tres, él echaba los seises.

-¿Sigue viendo doble?

-Se dice tapar los treses con seises.

-¡Se dice como puñetas quiero decir yo el dominó!

Y encima nos han expulsado ignominiosamente

y nos hemos "gastao" todo el dinero. -Y no se olvide del dinero

que nos ha costado apuntarnos al torneo.

-No, no, no me olvido, ¡doblaovejas!

-Pero ¿cómo se les ocurre apostar en tal estado, hombre?

-Confiando en las agallas del pastor, quise apostar

toda una partida para ver si superaba la adversidad y,

no solamente eso, sino que encima

nos quieren echar por repetición de errores.

-Venga usted a mis brazos, compañero de fatigas, y comamos queso,

que las penas con queso y con pan son menos.

-Servando, ¿no cree que debería verle un matasanos?

-No, no se preocupe, Fabiana,

que esto se pasa. -Lo que no se pasa

ni se pasará es lo mío.

Que ya he perdido toda oportunidad

de devolver el dinero de los pasajes a Cuba, y encima...

me he quedado sin poder disfrutar

de la compañía de mi Paciencia.

-Podemos organizar otro torneo en cuanto me vuelva la vista.

-¡¿Otro torneo, otro torneo?! ¿Para qué?

¡¿Para qué veas cuatro oponentes, en vez de los dos

que son los lícitos?!

¡¿"Pa" que te equivoques en las cuentas?!

Quítemelo del medio, que soy capaz de darle guantazos a pares.

-Veo.

Una Fabiana.

Un Servando. Dos manos en vez de cuatro.

Veo. ¡Veo!

-Y teniendo tan a mano la solución, ¿no habérseme ocurrido antes?

Vamos, es que se me ocurre antes, y le doy guantazos

hasta en la cédula de identidad, ¿eh?

-Déjese de barbaridades y alégrese por su compañero, hombre.

Y en cuanto a lo de sus deudas, más que jugar

le convendría poner algunas velillas al santo del altillo.

-Pero ¿qué santo ni qué santo?

Pero ¿desde cuándo ha visto usted que un santo se meta la mano

debajo de la túnica del bolsillo y saque dinero?

Pero si es más pobre que yo.

Ya, pero, claro, pero los señores no.

-Sí.

Están los señores como para darle propina.

Si ya les debe un dineral. -Ya, pero...

¿Y si convenzo a los señores para que me den lo recaudado

en la feria del santo Auxilio?

¿Verdad, Fabiana?

-Pues menuda pareja. El uno

deja de ver doble y, el otro se pone a soñar despierto.

Ande, y déjese de "tontás", Servando.

(GRITA)

-Ahora que se me viene a la mollera, que no hemos perdido tanto dinero.

Solo la mitad de lo que vi.

(RÍE)

No, no lo guardes. Déjame estudiarlo de nuevo.

Es una auténtica obra de arte.

Si Diego nos hubiera enviado las gemas que necesitamos,

me pondría de inmediato a pulirlas. -No corre prisa.

Es posible que lo corrija un poco.

-Lo perfecto es enemigo de lo bueno.

Trataré de ponerme en contacto... -He dicho que no.

-Buenos días.

¿Estoy molestando?

-No. No, claro que no, qué tontería.

No estábamos hablando de nada importante.

¿Has descansado bien?

-Muy bien. Hacía siglos que no dormía tanto.

-Me alegra oír eso.

¿Quieres que demos un paseo? -¿Un paseo por el barrio?

Sabes que hablarán de nosotras, ¿verdad?

-Que hablen. Eres mi hermana,

así que tendrán que acostumbrarse.

Es aquí donde vamos a vivir. Digan lo que digan.

-Y lo diga quien lo diga.

-¿Paseamos entonces?

Solas tú y yo.

Y hablaremos con las señoras como si fuera lo más natural.

Antoñito.

-Maritornes. Sabía que vendrías, lo sabía.

-Las manos quietas. Y sentadito.

-Lolita, tú eres la única persona

que cree en mí.

No sé cómo podría soportar esto sin ti.

¿Ves como no es tan fiero el león como lo pintan?

Tenemos amigas. -Sentaos, sentaos.

Qué alegría ver que estáis bien.

-Es un alivio volver a veros. Y, por si fuera poco, tan alegres.

No sabes por lo que he pasado. Bueno, por lo que hemos pasado todas

al saber que no os encontraban por ninguna parte.

-Lo sentimos de verdad.

Necesitábamos pasar un día juntas.

Como hermanas. Para recuperar

el tiempo perdido. -Pues ha funcionado.

Se ve que están felices.

-Yo que soy hija única, muchas veces echo de menos tener una confidente

de lealtad indudable.

-¿Vendréis a la feria?

-He visto alguna vez alguna feria.

Pero...

jamás he podido jugar o disfrutar de las casetas.

-Esta vez lo harás.

Lo haremos las cuatro.

Nos acercaremos a todas las casetas sin pensar en las habladurías.

Disfrutaremos como si tuviéramos 15 años.

(RÍEN)

-Vaya, parece que la juventud se divierte.

Como es natural.

-Nosotras ya nos marchábamos.

Tenemos mucho de qué hablar.

Adiós, señoras.

Si no nos vemos antes, lo haremos en la feria.

Lo prometido es deuda.

-Úrsula, siéntese,

haga el favor. -No, gracias, no pensaba hacerlo.

Tengo un poco de prisa.

Con Dios. -Con Dios.

Sabes que te creo. Nunca he dudado de ti.

Y ahora.... -Pero todas las pruebas

me inculpan. -Eso.

Lo de Italia, que se pensaban que te ibas a ir y no volver.

Lo de los papeles que has firmado en el ayuntamiento.

Y todo el dinero que no devuelves. -Lolita, él me engañó en todo.

Y yo caí como un pardillo.

No sé cómo no me di cuenta. Debí haber sospechado algo

cuando me ponía de excusas para no ver al concejal...

Ya sabes: "En casa del herrero, cuchillo de palo".

-Pues así le dé una diarrea al Belarmino ese

y, se vaya por la pata abajo.

-Lolita, no es que no me parezca bien tu maldición, pero...

me temo que no se va a cumplir.

Belarmino estará ahora mismo disfrutando de lo robado

en Pernambuco. -Y tú mientras aquí,

encerrado como un malhechor.

-Lo que más me duele, Lolita, es que mi padre no cree en mí.

Ni siquiera me ha mandado un abogado de cierta solvencia.

Me tengo que conformar con uno de oficio,

pero en los tiempos que corren, es como ir al juicio ya sentenciado.

-¿Y qué puedo hacer yo por ti? -Tú nada, Lolita.

Tú estar. Venir a verme.

Y, aunque no te lo creas,...

nunca me había sentido tan cerca de ti como hoy.

Esto me da aliento.

-(EL GUARDIA GOLPEA LOS BARROTES)

Mi cabeza y mi corazón.

Simón tiene que comprender que me ama.

Que nunca amará a otra.

Tiene que darse cuenta y lo hará.

Conseguiré que se percate.

Por las buenas o por las malas.

¿De veras? Tienes cara de celoso.

¿Tú crees en eso de que en el amor y en la guerra

cualquier astucia es aceptable? No vas a conseguir nada, Elvira.

Víctor está convencido de ir a París.

Solo le ha faltado comprar los billetes a mis espaldas.

¿A que no sabes con quién he estado hablado hoy?

Pues si vienes a mí, con María Luisa, supongo.

Eres rápido de entendederas.

En efecto. ¿Y cómo está?

¿Qué te ha dicho de mí?

No sería de muy buena amiga contar una conversación privada.

Pero no te irás de manos vacías.

Tengo una idea con la que conseguirás ganártela

y, además, cumpliendo tus deseos de marcharte con ella.

Me cuesta creer que vaya a cambiar de opinión

con lo tozuda que es.

Solo tienes que hacer lo que yo te diga y no podrá negarse.

Parece complicado, pero no lo es.

Por viajar con ella, como si me tengo que ir a matar dragones.

No será necesario tan caballerosa hazaña.

Solo tienes que comprar unos pasajes de tren a París

y darle una sorpresa.

Eso sí,... le pedirás permiso a su padre.

Y serán unas vacaciones para que ella conozca la ciudad del amor.

Don Ramón no me va a dar la venia para algo así.

También había pensado en ello.

Por eso no viajaréis solos, lo haréis con una carabina.

Tres pasajes no te arruinarán. Como si son 10.

Entonces cuenta con abrir esa sucursal.

Te garantizo que María Luisa quedará fascinada con la ciudad.

Y contigo.

¿Qué me dices?

(Se abre una puerta)

(RÍEN)

Al tipo se le llevaban los demonios.

Es que empezamos a reírnos, en vez ofendernos por su piropo.

Vamos dentro.

-¿Por qué no nos sentamos juntas un rato?

-Lo siento.

Pero pensaba enseñar a Olga a prepararse un baño de espuma

antes de cenar.

-No podemos seguir así.

-No venía a hablar con usted. -Pues tendrás que hacerlo.

-¿Y quién me va a obligar?

Por cierto,...

presentarle a ese cura a mi cuñado

ha sido asqueroso por su parte.

¿Nunca va a dejar de hacerme daño?

A ver de dónde saco yo el dinero que me falta "pa" pagar mis deudas.

¿Para qué quiero yo esto?

-A ver.

Es un aviso de la policía.

-Tome, Jacinto, léalo usted, a ver si es verdad que sabe leer.

"Se busca al peligroso delincuente

Juanito Pozoblanco".

-"Se recompensará a quien dé

información que ayude a su captura".

-"Susana, ¿te has enterado"

de los planes de Arturo Valverde para la feria?

-¿Piensa organizar una carga de caballería?

De ese hombre me espero cualquier cosa.

-No, mujer, es algo más... pacífico. ¿Ves este teatro de madera

que están montando? Pues Arturo ha pagado unos títeres.

-¿Títeres? No le pega nada a ese hombre. Con lo sieso que es.

-¿Verdad? A mí me extrañó también.

-Deberías hablar con él para ver qué trama.

Tu hija Leonor podría indagar

para ver qué obra van a representar.

¿Qué pensáis que ha sucedido con mi hijo?

¿Creéis que los dos son culpables del fraude al ayuntamiento

o solo ese tal Belarmino?

-No sé qué decirle, don Ramón. Yo a ciencia cierta no sé nada.

-¿Creéis que mi hijo es tan tonto

como para haber podido caer en ese embuste?

-Su hijo tan solo quería impresionarle, nada más.

Y un negocio de tanto peso era una buena oportunidad

para ganar puntos a sus ojos. -Además, a mí me extraña

que ahora que le empieza a ir fetén con Lolita

se meta en líos de esta envergadura.

Pero, conociendo los antecedentes de mi hijo,

no es difícil pensar que haya podido caer en la tentación

y volver a las andadas.

-Todo es posible.

Pero yo le vi afectado cuando Belarmino le dio plantón.

Muy buen actor tendría que ser para actuar de esa forma.

-¿Quién sabe, don Ramón?

Lo mismo estaban conchabados o lo mismo todo esto es un timo

que ha orquestado este hombre para que Antoñito pague con las culpas.

-Os agradezco la información, pero ahora mismo

no sé si estoy más confundido o lo tengo todo más claro.

Tiene que ayudarme, don Felipe.

Tome esto como pago.

Y si falta más dinero,

ya me encargaré yo de buscarlo aunque sea debajo de las piedras.

Pero tiene que defender a mi Antoñito.

Tiene que sacarlo de ese calabozo.

Él es más inocente que un niño de pecho.

"Mi madre quiere abrir una sucursal" de La Deliciosa en París.

-¿En qué nos afecta a nosotros?

-En que mi madre quiere que le ayude en esta empresa.

Y yo no quiero hacer semejante cambio en mi vida solo.

Esto es muy buena oportunidad para María Luisa y para mí.

Después de pasar por la vicaría, por supuesto.

-Me estás pidiendo que mi hija se case contigo

y que os marchéis a París.

-Justamente.

-"Disculpe por meterme en la conversación,"

pero me ha parecido escuchar que necesitaba

la dirección de su cuñado.

Yo la tengo.

-Pues... la verdad es que estoy esperando que me envíe unas gemas

para terminar uno de mis diseños,

pero he extraviado su dirección y no le puedo enviar las medidas exactas.

-Pues pásese por mi casa luego.

Allí tengo sus señas apuntadas.

-Hoy mismo pasaré.

Se lo agradezco.

¿Tienes preparadas mis ropas?

-Estoy empezando con la plancha. Tengo listo este conjunto.

-No, ese no es mío. Ese conjunto debe ser de Blanca.

-No. Es tuyo.

Lo he comprado para ti.

Es un regalo.

Como estabas usando los de tu hermana,

he creído que era mejor encargarte uno en la sastrería Séler.

Espero que te vaya bien.

-"No puedo engañarte".

Aun teniéndolo todo para ser feliz:

mi hermana, el hijo que espero, un buen marido;

me siento... condenada.

Esta casa es mi propia jaula.

El lugar

en el que debo vivir una vida que me conviene.

Pero no la que deseo.

Me siento...

una impostora al lado de Samuel.

No logro olvidarte.

Me gustaría...

volar a tu lado.

  • Capítulo 648

Acacias 38 - Capítulo 648

27 nov 2017

Blanca relata a Samuel la historia de Olga. Efectivamente ella fue víctima de Tomás y no verdugo. Ambos deciden acogerla en casa y ser la familia que nunca tuvo. Úrsula se opone, pero Blanca se enfrenta a su madre y la culpa del sufrimiento de Olga en el pasado. Elvira intenta que Simón responda a su cercanía con Víctor. Pero el mayordomo marca distancia y le pide que se aleje de su familia. María Luisa sospecha que la Valverde no se va a rendir, sobre todo cuando se mete en su relación con el chocolatero.

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  1. María

    Sí, Francisco, los puedes ver en el ordenador. Te metes en rtve a la carta, series, pinchas en Acacias y salen todos.

    04 dic 2017
  2. Elena

    Uff que tiene una tv con acceso a Internet Quieres un aplauso?

    01 dic 2017
  3. Francisco Gómez C.

    No puedo ver los capítulos anteriores al día en que me encuentro. Por ejemplo hoy día 29 no puedo ver los capítulos de los días anteriores. Gracias. P.S: Los veo desde el televisor con acceso a Internet.

    29 nov 2017