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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 640 - ver ahora
Transcripción completa

Olga. Menudo cambio ha pegado.

-¿A que está guapísima? -Blanca, para, por favor.

-Desde luego.

Parece otra.

Puede estar satisfecha.

Su hermana la ha dejado perfecta. -"Ten cuidado con ella".

Si no lo haces por ti,... hazlo por el niño

que llevas en tu seno. -Déjeme en paz.

No trate de confundirme.

-"Yo ahora mismo estoy al frente de un proyecto artístico"

y humano que quizá podría interesarle.

Si quiere, podemos entrar en esa chocolatería

y le pongo al tanto de todo.

-No. Mejor no.

Prefiero que nos veamos en mi despacho,

que es donde mejor se tratan estos asuntos.

-"No paro de pensar"

si Elvira se va de la lengua. -Eso no pasará.

-Si eso pasara,

sería el fin del proyecto. Y de todo lo demás.

-No le dé más vueltas, doña Susana.

Guardará silencio, ya lo verá. -Dios te oiga.

Venga, respira hondo y sigue tu camino, vamos.

No puedo.

No puedo, María Luisa.

Me puede la culpa y la vergüenza. Por favor, llévame a casa.

Vete con ella.

(VOZ DE DIEGO) "Prométeme...

que no dejarás de dibujar".

"Tienes verdadero talento, Blanca. -Eso no importa ahora, Diego".

"¿A dónde vas? -Me voy".

-"Suerte".

¿Qué te parece? -Está muy conseguido.

Pero... me transmite tristeza.

-No era esa mi intención al hacerlo. -Muchas veces

nuestra mente transmite lo que sentimos sin darnos cuenta.

Da la sensación de que el pájaro no pudiera volar libremente.

¿Cómo es posible?

¿No te habías ido?

-No he podido irme.

-Pero... creí que ya te habrías marchado.

-No podía irme sin despedirme de ti.

Sin verte una vez más. -No sigas, Diego.

Por favor.

-Blanca, ¿no vamos a poder ser sinceros ni siquiera ahora

que no volveremos a vernos en mucho tiempo?

Blanca, cuando regrese, las heridas

espero que hayan cicatrizado. Que duelan menos.

Nada será igual. Por eso necesito hablar contigo de esto ahora.

Porque cuando vuelva, no podré hacerlo.

Me he enamorado de ti. Locamente.

Como un chiquillo de pantalón corto.

Nadie sabe los esfuerzos que he hecho para evitarlo,

pero no he podido.

No puedo sacarte de dentro. Sé...

Sé que no es justo para Samuel, ni para ti.

Ni mucho menos

para ese niño que estás esperando.

Esa criatura está por encima de todo.

Por encima de todas las cosas,

y especialmente por encima de mis sentimientos absurdos.

Sé que...

tú también sientes algo por mí. Imagino que luchas contra ello.

Blanca, mírame. Mírame aunque sea una última vez.

-Márchate.

Márchate ya. Diego, esto solo nos hace daño.

-Tienes razón.

Es lo mejor, que me marche.

Tenemos una vida, Blanca.

Tenemos que aprender a quererla.

A disfrutarla.

Te prometo volver como un hombre nuevo.

Un hombre que ya no te amará.

Un hombre que solo te verá como la esposa de su hermano.

Como su cuñada.

-Eso espero.

-Te lo prometo.

Adiós.

¿Cuatro céntimos un café?

Es una locura cómo están subiendo los precios.

No sé dónde vamos a ir a parar.

-Hable con Víctor, padre, que yo no pongo los precios.

-Bueno, hijo, ¿cómo marcha todo en La Deliciosa?

-Bien, bien. Trabajando día y noche.

Como bien sabe. Pero estoy contento.

-Me refiero a si sigues teniendo la idea de hacer un gran negocio.

-Sí, pero... bueno, puede que quizá este no sea el momento.

Quizá deba esperar algún tiempo.

-Me alegra oírte decir eso.

Hijo,...

los negocios no son para tomarlos al buen tuntún, deprisa y corriendo.

Hay que meditarlos, sopesar sus pros y sus contras,

estudiar sus posibilidades de éxito. -Sí, si tiene toda la razón ,

pero si le soy sincero, tampoco me veo trabajando

de camarero toda mi vida.

-Pero es muy loable, hijo.

Eso demuestra que tienes un espíritu emprendedor, como tu padre.

Pero no tengas tanta prisa, tienes toda la vida por delante.

Muy pronto...

va a llegar un negocio que te va a hacer grande,

ya lo verás.

Y es muy buena esta experiencia que estás teniendo.

-¿Mi experiencia sirviendo mesas?

-Tu experiencia trabajando duramente.

Es un aprendizaje para ti valioso

y precioso.

Así que... confía en mí, hijo.

Ten paciencia... y todo llegará.

-Por sus consejos, padre.

María Luisa, no puedo respirar.

Elvira,... tienes que aprender a convivir con Simón.

Esto no tiene sentido. Vivís en el mismo barrio.

Aún no me resigno a perderle.

Pues tendrás que hacerlo.

No puedo soportar cómo me habló el otro día.

Sus palabras, su desprecio.

Nunca nadie me había humillado tanto.

Pero... ¿qué hiciste para que te dijera todas esas cosas?

Algo horrible.

¿El qué?

Cometí la mayor de las traiciones.

Desvelé un secreto que solo le pertenece a él.

Un secreto que me contó cuando aún estábamos juntos.

¿Y por qué hiciste eso?

Solo quería hacer daño a Adela.

Y al final se lo hice a él y, por tanto, a mí misma.

María Luisa, Simón sigue siendo el hombre de mi vida.

¿Cómo he podido hacer algo así?

¿Qué clase de persona hace eso?

Debería pedirle perdón.

Debo suplicarle que me perdone. Y eso mismo es lo que voy a hacer.

Tú no vas a hacer nada de eso.

Padre, ¿cuánto tiempo lleva ahí?

El suficiente como para escuchar ciertas sandeces.

Tú no vas a suplicar a nadie.

Padre, no sabe lo que he hecho. Es horrible.

No me importa cuan horrible sea tu pecado.

No quiero verte sufrir más. Esto tiene que terminar.

Y yo voy a hacer que termine, como que me llamo Arturo Valverde.

(VOZ DE DIEGO) "Te prometo volver como un hombre nuevo".

"Un hombre que ya no te amará".

"Un hombre que solo te verá como la esposa de su hermano".

"Como su cuñada".

"Te lo prometo".

"Adiós".

-¿Qué haces?

-Nada.

Estaba pensando en mis cosas.

-¿En el niño que vendrá?

Estoy preparando una sorpresa para celebrar el embarazo.

Algo muy especial.

¿Te ocurre algo?

¿Qué te pasa, mi vida? -No lo sé.

Será el embarazo,

que me hace estar más sensible de lo normal.

-Ya verás como cuando nazca el niño todo cambia.

Estaremos los tres...

y seremos una familia.

-Samuel,...

estoy un poco cansada.

(Llaman a la puerta)

-Señora,...

-¿Qué ocurre, Carmen?

Pasa. -Lamento interrumpirles, pero...

usted me pidió que mantuviese el plato de su hermana

caliente en la mesa, y que le ofreciese la tarta

que usted le compró.

-¿Y cuál es el problema? -Pues que ya es muy tarde

y, como la señorita Olga no salía de la habitación, me tomé la libertad

de llamar a la puerta y entrar, por si necesitaba algo.

-¿Y se encuentra bien? -No está.

-¿Cómo que no está?

-La señorita Olga no está en la casa. Se ha ido.

-Malditas gallinas cluecas.

No debí hacerte caso.

-No tienes por qué tomarte las cosas tan a la tremenda, Olga.

-¿Cómo que no?

Se han burlado de mí.

He sentido su desprecio en lo más profundo de mis entrañas.

-Carmen, retira el plato.

Es posible que Olga no vuelva.

¿Dónde habrá ido esta vez?

¿Y esa maleta?

-He de viajar con Servando hasta el puerto.

Me tengo que asegurar de que sube a ese barco para ir a Cuba.

-Pues espero que lo logres, Martín.

-La verdad que no entiendo por qué tienes que ir tú

a acompañar a Servando.

-No, no soy su primo, Casilda, pero soy su amigo.

Y eso es lo que hacen los amigos: acompañarse en los momentos duros.

Con el miedo que le tiene Servando al agua, si no le acompaño,

jamás subirá a ese barco en la vida. -Bueno, pues si no sube, él sabrá.

-Pero ¿no quieres que Servando se vea con Paciencia?

¿Acaso no quieres que ese matrimonio se reencuentre?

Cuando fuiste tú, Casilda, la que hizo ver a Servando

lo mucho que quería a su esposa.

¿Qué pasa, canija, acaso no crees en el amor?

-Dios sabe que sí, Martín.

-Precisamente porque lo entiendes... he de viajar con Servando.

-Que sí, Martín, si yo lo entiendo todo.

¿Que Servando quiere achuchar a la Paciencia?, claro que lo entiendo.

¿Que le tienes que acompañar al barco?, también.

¿Que hasta le arrastrarías a la mismísima Cuba?,

claro que lo entiendo también, ¿eh? Pero entiéndeme tú a mí.

Claro que me molesta que te vayas de viaje.

De verdad, qué perra le ha entrado últimamente con la vena viajera.

-Pero no te preocupes, que estaré de vuelta antes de que te des cuenta.

-Bueno,...

pero antes de que te marches, tienes que pasar por la casita de guardeses

-¿Qué dices, qué pata? -Pues una que se ha roto de la mesa.

Tú ve y punto.

-Pero que no hay ninguna pata.

-Me parece a mí que saber no sabes mucho, Martín.

¿No te das cuenta que la pata no le importa a Casilda?

Lo que quiere es otra cosa.

¿No has dicho hace un momento que crees en el amor?

Pues hay que practicarlo de vez en cuando, hombre de Dios.

-Ah.

-Muchas gracias, don Liberto, que este hombre no se entera de nada.

Pues yo también creo en el amor.

Rosina, cariño, no te levantes...

que hoy el desayuno te lo voy a llevar yo a la cama.

Gracias, Simón.

Ni Adela ni yo podíamos con ello. -Aquí me tiene para ayudarla

en lo que sea menester.

Y no dude en volverme a llamar si necesita usted de mi fuerza bruta.

¿Cómo se encuentra, está más tranquila?

No me gusta verla tan alterada como el otro día,

y mucho menos si es por mi culpa. Me hace sufrir usted.

-No es por tu culpa, Simón. Es por Elvira.

Y yo le conté nuestro secreto. Me siento... responsable.

-Usted no hizo más que protegernos y aliviarnos en aquellos días.

Y la verdad, yo... fui feliz de que lo hiciera.

La lástima es que de aquella Elvira ya no queda nada.

-Tienes que hablar con ella, hijo.

Y obligarle a callar.

Tanto que deseamos que regresara y ahora solo nos trae...

calamidades y desdichas.

-Coronel.

-Le he visto desde fuera y tengo que hablar con usted sobre algo.

-¿Qué le ocurre?

-Le dije que rechazara a mi hija con contundencia, no que la humillara.

-Oiga, perdone... -No se meta.

-No sé qué es lo que ha pasado entre ustedes ni cuál es

el motivo de su última discusión.

Pero mi hija está triste y abatida. Está hundida.

Y no quiero verla sufrir más, no lo soporto.

-Pues si no quiere verla sufrir más, haga por controlarla.

Ella es quien va detrás de Simón provocándole día sí y día también.

Bastante hace con contenerse.

-Se lo ruego, por favor. -No voy a callarme.

Y menos cuando este señor te está acusando de algo que no es justo.

He visto todo lo que esa chicha te ha hecho.

Y no está bien. Aunque a lo mejor, ni siquiera ella

tiene toda la culpa.

A lo mejor es usted quien tiene que tomar una determinación.

Debería pensar en poner tierra

de por medio. -¿Cómo que tierra de por medio?

-Marcharse del barrio. No habrá paz.

Nadie tendrá paz mientras ellos dos

estén obligados a verse todos los días.

-Doña Susana, con todos mis respetos,

usted no es nadie para decirme a mí lo que tengo que hacer.

No pienso irme.

-Porque sabe muy bien que vaya donde vaya,

su hija va a seguir haciendo lo que le venga en gana.

-Tenga cuidado con lo que dice.

-Doña Susana, no se meta. -Lo que digo es que su hija

es más terca que una mula. Y no parará

hasta que no se salga con la suya. Márchese del barrio.

Aléjela de Simón.

Solo así tendrán la oportunidad de ser algún día felices.

-Si de verdad piensa eso, si cree que separarles

es la única solución, ¿por qué no se marcha usted del barrio

y se lleva consigo a Simón?

Al que parece que aprecia de una forma totalmente inadecuada

para una mujer de su edad, sinceramente.

No le voy a permitir que le siga hablando así a doña Susana.

-Y yo no voy a permitir que mi hija siga sufriendo.

Le prometo que haré por no darle más disgustos ni a usted ni a ella.

Entre Elvira y yo ya no hay nada.

No tenemos que dirigirnos la palabra siquiera.

-Así lo espero.

-Qué poco me gusta ese hombre.

María Luisa,...

¿tienes un segundo?, quiero hablar contigo.

-Por supuesto, doña Susana. ¿En qué puedo ayudarle?

-Se trata de Elvira. Sé que sois amigas.

-Así es. -Me gustaría...

que ejercieras tu buena influencia sobre ella.

-¿Y qué quiere que haga exactamente? -No lo sé.

Pero su empeño por recuperar a Simón

se está convirtiendo en una locura, mala para todos.

-Creo que en eso tiene usted razón.

A petición del coronel, Víctor y yo fuimos a dar un paseo con ella

para intentar que se despejara, pero no lo conseguimos.

Su amor por Simón es enfermizo.

No consigue quitárselo de la cabeza.

-Si tú pudieras hablar con ella, aconsejarla.

-Yo ya he hablado con ella, doña Susana.

Pero no está por la labor de dejarse ayudar.

No obstante, y como me lo está pidiendo usted, insistiré.

-Te lo agradezco, hija.

Úrsula.

-Buenos días, Susana.

María Luisa. -¿Se sabe algo de tu hija Olga?

-¿Qué ha ocurrido? -Al parecer, ha desaparecido.

Samuel y Blanca han venido a preguntar a la sastrería.

-No sabía nada. Es terrible.

-Horrible del todo. Pero era de prever.

Olga no está acostumbrada a vivir de esta manera.

Es imposible pretender que se adapte al orden de una casa de bien.

-Puede que tenga usted razón. A lo mejor necesitaba más tiempo

para adaptarse.

-Debemos asumir que la relación con ella va a ser totalmente diferente.

Ya me gustaría a mí... vivir con mis dos hijas, pero...

no creo que Dios me conceda ese deseo.

Aunque... quizá ahora que Blanca está en estado interesante,

será mejor que Olga no viva bajo nuestro mismo techo.

Es una muchacha un tanto difícil. -Bueno,

yo si me entero de algo o veo a Olga se lo haré saber.

Buenos días. -Gracias.

-¿Te quedas a tomarte un chocolate?

-Sea.

-Úrsula, entiendo perfectamente cómo te sientes.

Debe ser muy duro para ti encajar la reaparición de una hija

que creías perdida.

-No es fácil, no, si te soy sincera.

-Yo creo que el tiempo todo lo pondrá en su sitio.

Esa nueva vida que va a venir será la espita que lo cambiará todo.

-En eso tienes razón.

Ese niño lo cambiará todo.

Quiero ser una buena abuela.

Dios me ha dado la oportunidad de hacer las cosas bien

y no voy a desaprovecharla.

Estoy deseando

tener a mi nieto en mis brazos.

-Tienes mucha suerte, Úrsula. La llegada de un niño a una casa

es lo mejor que le puede pasar a una a nuestra edad.

Y Samuel y tu hija van a ser unos padres estupendos.

Sin ir más lejos, Samuel está buscando

un detalle especial para Blanca.

-¿Un detalle?

-Me lo ha contado Liberto. Lo que no me ha dicho es el qué.

-¿Y crees que podrías averiguarlo?

Pero ¿qué estás haciendo, Lolita? No puedes espiar a tu novio.

No puedes hacer esto, no, "pa" chasco que no puedes.

Enhorabuena, buen trabajo.

Conseguir esa cita con el concejal Isidoro Gutiérrez no es tarea fácil.

-Cita que tenemos que aprovechar si queremos tener éxito.

Es una gran oportunidad.

¿Cómo quedamos? ¿Quiere que le recoja?

-No, lamentablemente no voy a poder acompañarle.

-Pero yo pensaba que usted iba a venir conmigo.

Quizá es el momento que nos vean juntos.

-Lo sería, pero tengo un importante viaje de negocios.

-Pero somos socios en esto.

-Sí, sí, lo seremos cuando usted cierre el trato, claro.

Créame, la encomienda tiene dificultad.

Pero si todo sale bien,

tendrá su recompensa.

Hoy por ti...

y mañana por mí.

Lo que deberíamos hacer es dejar de buscar a Olga.

Hemos recorrido toda la ciudad. Me preocupa que te estés excediendo.

-Es mi hermana, Samuel. Tengo que seguir.

-Lo que tienes que hacer es cuidarte.

Tu hermana ya es mayorcita, ella sabrá lo que quiere hacer.

Desde que apareció, no ha hecho más que aparecer y desaparecer.

-Ella no ha tenido mi vida.

Necesito que entienda que puede contar conmigo.

Que este es su hogar. -Y lo sabe,

pero no puedes hacer por orquestar su vida.

No puedes controlarla, Blanca, y no discutamos más, te lo ruego.

No quiero que te alteres. Estás embarazada y debes cuidarte.

¿Por qué no te vas a la alcoba y descansas un poco?

-No estoy cansada.

-Solo te pido que no salgas de casa.

Voy a ir a buscar unos recados y enseguida vuelvo.

-Sabes,...

que te agradezco que me estés ayudando a buscar a Olga, ¿verdad?

-Ay. -¿Leonor?

Pase. -Gracias.

Venía a preguntar por Olga. ¿Sabemos algo de ella?

-No. Pero pasa si quieres, Blanca está dentro.

Yo tengo que salir. -Gracias.

Blanca, lo lamento mucho. -Y yo.

Esta vez me siento muy culpable de su desaparición.

-¿Tú culpable? ¿Por qué?

-Ayer,... después del episodio de la chocolatería,

no se quedó bien. -¿Qué quieres decir?

-Estaba triste y avergonzada.

Y a mí lo único que se me ocurrió para animarla

fue bajar a por un trozo de tarta. -No me parece que eso sea algo malo.

-Lo malo es que... en la calle me encontré con Diego.

Venía a despedirse.

Fue muy triste. Se me quedó tan mal cuerpo

que, luego no volví a verla a su alcoba.

-Entiendo.

-Me quedé un buen rato pensando en él

y no reparé en que quizá mi hermana necesitaba hablar conmigo.

-Blanca, no puedes ser tan exigente contigo misma.

Estas cosas a veces pasan. Y una no puede ser siempre perfecta.

-Lo que siento por Diego me hace ser muy egoísta.

Con mi hermana y con Samuel.

Él quiere verme feliz con mi embarazo.

Y yo no hago más que entristecerme y pensar en Diego.

-¿Y tú crees que lo nota?

-Hice unos bocetos para unas joyas. Uno de ellos era un pájaro.

-¿Y?

-Que Samuel vio en ese pájaro

a un ave que no podía volar.

Como si algo le estuviera atrapando.

Y creyó que era así como yo me sentía.

-¿Puedo ver esos dibujos?

-Claro. Ven.

¿Qué significa esto?

¿Quién ha podido hacer algo así?

No se deja usted "na",

¿no, Servando? -Pues... Pues no, a ver.

Los chorizos de Cantimpalos,

la tarta de higo de Cabrahigo,

el guiso de conejo de la "señá" Fabiana.

El aguardiente, que no es de La Muela,

del pueblo de mi Paciencia, pero le diré que sí y así le hace ilusión.

Un saco de castañas de Naveros del Río y dos quesos

de a kilo. Creo que está todo.

-Bueno, y usted, que es el auténtico regalo para su señora, ¿eh?

-Y oiga, Servando, no se vaya usted a comer las viandas por el camino.

Que todo esto lo hemos reunido para la señora Paciencia,

no para que usted se llene el buche. -¿Con quién te crees

que estás hablando?

-Ay, que nos conocemos, Servando, que nos conocemos.

-Servando, tenemos que marchar o si no va a perder usted el barco.

-Dele un achuchón muy fuerte a la Paciencia de nuestra parte.

-Venga.

-Ay, Ramón, menos mal, mira qué bien.

Hemos llegado justo a tiempo, que todavía no te has ido.

-Venía a despedirte en nombre de los señores. Ten.

-Muchas gracias, don Ramón.

Usted sí que es un buen hombre.

Este regalo le va a hacer más ilusión a mi Paciencia

que las viandas del servicio.

-Pero ¿qué regalo ni qué regalo? Eso es para que me compres una caja

de puros habanos, y de los buenos.

Y te quedas con las vueltas.

-Ahora sí que ha llegado el momento, Servando.

-Servando, menos mal que llego a tiempo.

Buen viaje. -Gracias.

-Tenga usted.

-¿Para la Paciencia también?

-Son para usted, que el viaje es muy largo, le entrará hambre.

Con su azúcar y todo, ¿eh?

-Muchas gracias. -Servando, ahora sí.

Vámonos, que se va a quedar usted en tierra, ¿eh?

Venga. -Tampoco sería nada malo eso.

¿Cuánto dicen que dura la travesía? -Poco, ni te vas a dar cuenta.

-Servando, tú, lo que tienes que hacer es pensar

que en pocos días vas a estar con Paciencia,

no que el barco se va a hundir. -¿Es que el barco se va a hundir?

No, no, no, que ese barco se hunde,

no, no, es que los barcos se hunden. -Vámonos, hombre, vamos.

-Que yo no me muevo de aquí.

-¡Servando!

Servando. -Soltadme, hombre.

¡Soltadme, que no quiero! -De cabeza, hombre.

-Que me soltéis.

Después de demostrarle que la sastrería Séler cuenta con un pasado

libre de mácula

y una reputación intachable, si me permite,

Excelencia reverendísima,

me gustaría mostrarle la propuesta

para el manto papal que hemos pensado ofrecer a Su Santidad

el Papa León XIII.

Y te diré: "Adela". Y tú vienes.

El manto se hará con un damasco perlado de la mejor calidad.

Estos diseños son una muestra de los bordados que mi ayudante,

Adela Gayarre, bordará con sus propias manos

y con auténtico hilo de oro, especialmente escogido

para una pieza de tal importancia.

Todo el manto quedará salpicado con arabescos y motivos florales.

¿Cómo lo estoy haciendo hasta ahora?

-Lo está usted haciendo la mar de bien, doña Susana.

Quizá, si me permite la puntualización,

no sé, podría incidir en la elección del damasco

y de la composición floral.

Podría decir que hemos elegido dichos motivos ornamentales

porque nos hemos inspirado en la vestidura sagrada

de la época medieval.

Y que, además, como el Papa León XIII es el representante

de Nuestro Señor en el espacio y en el tiempo, queremos que su manto

simbolice la tradición de la iglesia a lo largo de los siglos.

-Muchas gracias, Adela.

Solo espero poder explicarlo igual de bien que tú.

Se nota que sabes de lo que hablas.

-Bueno, lo hará usted estupendamente.

-Buenas tardes. -Buenas tardes.

-Susana, ¿tienes un momento? -Sí.

-¿Has podido averiguar qué es lo que quiere regalar Samuel a mi hija?

-Un llamador de ángeles. ¿Sabes de lo que hablo?

-Ah, desde luego. Conozco la leyenda

y es una idea muy bonita. Un regalo excelente.

-Una leyenda un poco pagana, pero habiendo bendecido el objeto,

¿por qué no?

¿Quieres quedarte a escuchar la representación que estoy haciendo

para el obispo? Estaba ensayando con Adela.

-Me gustaría mucho,

pero tengo algo muy importante que hacer.

Estoy segura que las dos lo vais a bordar.

Con Dios. -Con Dios.

Entonces, ¿qué habíamos dicho?

¿Estás así porque se ha marchado Servando?

-Claro que no, que tontada más grande.

-¿Y entonces, qué tripa se te ha roto?

-"Na.

-Pues esa cara de higo pocho que llevas no es normal, Lola.

Vamos, la vida te sonríe, no tienes razones para estar mohína.

Yo sí que las tengo, ¿eh?, yo sí que podría echar esa cara.

-¿Tú? ¿Qué razones tienes tú?

-Que se ha marchado mi marido, ¿te parece poco?

-Dos días, Casilda. -Ya.

Y es que, encima, doña Rosina ha recuperado el apetito

después del tabardillo que le dio.

Yo no sé esta mujer. Pero por unas cosas o por otras

me trae la cabeza loca. Ahora está que come como una lima.

Que yo no sé dónde lo está echando.

-¿Le has mirado el dedo gordo del pie?

-¿Qué? -La Sandalieta, la nieta

del Sandalio y de la Felisa. Una de Cabrahígo, flaca como un hilo

y que come que se las pela. Pues le pasaba eso,

que comía y no engordaba. Eso sí, tenía un dedo gordo del pie,

más grande que mi cabeza. Exagerado.

-Pero... ¿tan grande?

-Es un decir, mujer, pero... Muy grande.

Mucho. Y la gente decía eso, que todo lo que comía

se le iba al dedo del pie. Lo mismo a tu señora le pasa lo mismo.

-No. No, hombre, no creo.

No. Lo que le pasa a doña Rosina

es que todo lo que engulle lo quema dándole a la húmeda.

Ahí se le va todo. Pero mira, mientras que coma,

todos contentos, ¿sabes?

Así que nada, que haga lo que quiera.

Lola, me marcho que tengo cosas que hacer.

Con Dios. -A más ver.

-Uh.

(GRITA)

¡Hala! Otro plato.

Pero ¿se puede saber por qué haces eso?

-Bueno, mujer, que solo es un plato.

-¿Un plato? ¿Tú sabes lo que vale ese plato?

Cuando se entere doña Trini, seguro que me lo quita del sueldo.

-Que no, mujer, pero ¿qué te pasa?

-¿Que qué me pasa? ¿Que qué me pasa, no?

¿Qué me pasa? A ver,...

¿qué hacías tú esta mañana...

en un coche a motor y vete tú a saber con quién?

-No estarás celosa, ¿no?

-¿Te estás riendo de mí? Te hace gracia.

¿No estarás volviendo a ser el crápula que eras antes?

-Que no.

-Entonces, ¿qué es, a qué tanto secretismo, a ver, para qué?

-Bueno, te lo voy a contar.

Tengo un... negocio entre manos.

-¿Otra vez con esas, Antoñito?

-Que no, que esta vez es algo honroso y loable.

-¿Qué es?

-Voy a construir monumentos conmemorativos

para los españoles caídos en combate.

-¿De verdad? Pero eso es algo "requetebonico".

-Sí, y además es legal. No hay nada raro esta vez.

Te dije que iba a hacer las cosas bien.

Y pienso hacer las cosas bien.

-Pero no me vuelvas a engañar, que no me gusta que me tomen por canela.

-No, descuida, mujer.

Simplemente, no te lo contaba porque no tenía la concesión en mis manos.

Quiero tenerlo resuelto antes de explicártelo bien.

-¿Y cuándo es eso? -Pues esperemos que hoy.

Tengo una reunión muy, muy importante.

Y, de hecho, ya que lo sabes todo, igual me podías echar una manita

para que todo salga a pedir de boca, ¿no?

¿Quién anda ahí?

Olga. ¿Qué haces aquí?

Eh.

¿Qué te ocurre?

¿Quieres una infusión, hija?

¿Le digo a Carmen que te prepare una?

Bien sabe Dios que la necesitas.

-No, gracias.

-¿A qué se debe tu estado?

-¿Sabe si... entró alguien ayer en casa?

-¿Por qué me lo preguntas?

-Por nada. Olvídelo.

-Blanca.

No puedes permitirte que las idas y venidas de tu hermana

te afecten tanto en este momento. -¿En qué momento?

-Estás esperando un hijo.

-Mi hijo está bien.

-No le conviene que estés tan preocupada.

Lo que podías hacer por tu hermana Olga ya lo has hecho.

-No.

No la he encontrado.

Y Samuel y yo la hemos buscado por todas partes.

-Y no la vas a encontrar.

Sabe cómo esconderse.

Y sabe dónde estamos.

Si quiere volver, volverá.

Pero nosotros hemos de seguir con nuestras vidas.

Tú has de seguir con tu vida. Y tu vida

ahora, es ese niño.

-Yo no lo podría haber dicho mejor.

Hay que mirar hacia el futuro, y ahora nuestro futuro es el niño

que está por venir. Por eso quería hacerte un regalo.

Era una sorpresa, pero no podía esperar a que lo vieras.

-Yo también tengo un regalo para vosotros.

-¿De verdad?

-¿Te importa si me adelanto y lo entrego yo primero?

-Está bien. -Voy a buscarlo.

-Sigues pensando en Olga, ¿verdad?

No sabes cómo me miraban esas mujeres.

No soy una de ellas, y ellas lo saben.

-No digas eso, Olga. -Es la verdad.

Nunca formaré parte de ese mundo.

Pero no tengo la culpa de no saber comer bien con un tenedor.

No tengo la culpa de no saber manejarme sobre unos tacones

o comportarme como una señorita.

Mi madre me abandonó cuando no era más que una niña.

Estaba demasiado ocupada tratando de no morir de hambre,

como para tratar de adquirir modales.

Intento...

olvidar el rencor que siento hacia mi madre,

las ganas de venganza,...

y convertirme en una mujer normal.

Pero no lo consigo.

Todo me lleva una y otra vez ahí.

Todos me odian.

Incluso tú.

-Eso no es verdad.

Reconozco que me equivoqué al juzgarte mal.

Pero yo no te odio.

-¿Puedo decirte algo?

Me siento cómoda contigo.

-Me alegro.

-Supongo que los dos somos

animales heridos.

Tú eres de verdad, Diego.

Eres distinto a todos esos fantoches de la calle Acacias.

Si me dejaras vivir contigo,...

si pudiera vivir aquí,...

-Eso no es posible. -¿Por qué?

-Porque me marcho de la ciudad. Justo cuando has llegado

me estaba yendo. -¿Y si te suplico?

-No serviría de nada.

Le diré al servicio que te prepare algo de comer.

Si quieres, puedes quedarte.

-No te marches.

Diego, por favor, te lo ruego.

-Mi decisión es firme.

-Te vas de la ciudad porque estás enamorado de Blanca.

Y piensas que ella también lo está de ti.

-¿Por qué dices eso?

-Ese dibujo de un pájaro que intenta escapar

tiene que ver contigo, ¿verdad?

-Me voy.

Solo es un detalle para mi nieto. Mi primer nieto.

Quería que estuvierais los dos para entregároslo.

Espero que os guste.

Lo he comprado con toda mi ilusión.

-Un llamador de ángeles.

-¿Conocéis la leyenda?

Se utilizaba para proteger a las madres y a los recién nacidos.

¿Me permites?

Con este llamador de ángeles en el cuello día y noche,

nuestro niño crecerá protegido y a salvo.

-¿Te gusta?

¿Qué ocurre, Samuel?

-Yo te había comprado un llamador de ángeles igual.

Exactamente igual.

-Qué casualidad. Es increíble.

-Increíble, sí.

-Bueno, lo único importante es que todos tenemos el mismo objetivo:

el bienestar de nuestro niño.

Eso es bueno. ¿No es así?

Bueno, pues ya está todo listo según me enseñó doña Celia

"pa" cuando venía doña Cayetana de visita a la casa.

Y así está ahora, "preparao" para recibir al concejal

Isidoro Gutiérrez. -Gracias, yo no sé qué haría sin ti.

-Pues morirte. Pero bueno, tú ahora concéntrate

en lo que tienes que decir para que te apruebe el proyecto.

-Sí. Todo va a salir de perlas, ya lo verás.

-Y a tu hermana, tu padre y doña Trini no les dará por aparecer, ¿no?

-Me han dicho que iban a estar toda la tarde fuera.

-Ojalá no se arrepientan y se den la vuelta.

(Llaman a la puerta)

Arreando. Tú templa.

Que va a salir todo muy bien.

Eres el mejor.

Adelante, su excelentísimo concejal.

Pase, pase.

¿Gusta tomar algo?

¿Su Ilustrísima? -Eh...

-Bienvenido; no haga caso

a Lolita, que está de chanza.

¿Le apetece un vinito?

Tengo un caldo de tierras del Duero exquisito.

O una copita de champán francés.

-No, un vinito estará bien.

¿Eso que suena es Wagner? -Ajá, en honor a usted.

-Gracias. -Por favor, siéntese.

Póngase cómodo.

-¿Gusta?

-Gracias.

Exquisitos. ¿De qué son?

-De higos de mi pueblo. Cabrahigo.

No los va a encontrar mejores. ¿Y unas croquetillas?

-Espero que todo sea de su gusto. -Sí, sí, está todo a pedir de boca,

pero será mejor que empecemos con la reunión.

-Sí. Sí, sí, por supuesto, vayamos al grano.

Lolita, por favor, la carpeta.

¿Usted sabe quién es... Adolfino Martínez?

-Pues no. -No.

Ni usted ni nadie. Esa es la pena.

Fue un soldado que murió en la guerra de Cuba

dando la vida por su país.

Y, como él, otros tantos muchachos.

Lo peor es que ni sus familiares ni sus amigos ni sus vecinos

sabrán nunca lo que hizo por nosotros.

-No entiendo. ¿Qué puede hacer el ayuntamiento

por este pobre chico?

-Dedicarle un monumento conmemorativo.

Tanto a él como a todos los otros

soldados que perdieron la vida en las recientes guerras.

Porque, ¿acaso estos muchachos que dieron la vida por su país

no merecen... que sus padres estén orgullosos de ellos?

¿Acaso esos padres no merecen

tener un monumento que honre la memoria de sus hijos?

Usted lo único que tendría que hacer es facilitar una licencia

y yo me encargaría

de levantar el monumento en honor a los soldados caídos.

Porque no solo sus familiares merecen ese monumento,

sino que toda la ciudad se lo merece.

Échele un vistazo.

No es justo.

Me ha arruinado el regalo y la sorpresa.

-¿Qué más da?

Esto lo único que demuestra es que a esta criatura

no le faltarán los afectos.

Venga, vamos a dormir, que es tarde y necesitamos descansar.

-Buenas noches, mi amor.

-Buenas noches.

¿Aún no se ha marchado?

-Me gustaría leer la correspondencia que trajo el cartero esta tarde.

En cuanto lo haga, marcharé.

-¿Y no puede esperar a mañana?

Es tarde y su esposa estará preocupada.

-Son más pedidos para Tintes Albora desde Italia.

-Cómo me alegra oírlo.

-Mañana me pondré con ello.

-Simón, no estará tratando de rehuir a su esposa,

¿verdad? -No, no, claro que no.

Todo lo contrario, señora.

Estoy empezando a disfrutar de mi matrimonio.

Soy un hombre muy afortunado por haber encontrado

una mujer como Adela.

-Siento haber dudado de usted. No debería haberle preguntado,

y menos de una forma tan directa.

Usted siempre es muy prudente conmigo.

Sé que pregunta usted porque se preocupa por Adela y por mí.

-Así es. Les tengo a ambos mucho aprecio.

Me gustaría que fueran felices.

Marcho a dormir. -Hasta mañana, doña Celia.

Que descanse.

¿Qué haces aquí, Elvira? Vete.

Tienes que escucharme.

Me ha costado mucho armarme de valor para venir a verte.

Ya te he escuchado demasiadas veces.

He venido a pedirte perdón, Simón.

Un poco tarde para eso, ¿no crees?

Nunca debiste contarle a Adela...

la relación que me une a doña Susana.

No. No debí.

Y ahora me arrepiento. Por eso tienes que perdonarme.

Ya no puedo.

Esta vez no, Elvira. Con esta traición no.

Simón, por favor. No es traición.

Es...torpeza.

Chiquillada, estupidez. Llámalo como quieras.

Hiciste daño a las personas a las que yo quiero.

Ver sufrir a mi madre...

me provoca un dolor absoluto, Elvira.

Fue como una punzada en mi corazón.

Y más cuando sabes todo lo que ella hizo por nosotros.

Lo siento. Lo siento, lo siento tanto.

Se impuso a tu padre.

Te acogió en la sastrería. ¿Lo recuerdas?

Dio la cara por nosotros cuando todo el mundo nos dio la espalda.

Esa mujer a la que has traicionado...

pasó por encima de sus propias creencias por nosotros.

Te has pasado de la raya.

Una vez... me dijiste que me odiabas.

Pues ahora te entiendo.

Porque cuando vi llorar a mi madre por tu culpa,

te odié, Elvira.

Te odié profundamente.

Vete. Simón...

He dicho que te vayas.

Ole.

-¿De verdad os ha gustado la presentación?

-El obispo no sería más que un patán si no le diera el trabajo.

-Oye, Liberto. Tampoco es preciso que seas un irrespetuoso.

-Que se van a quedar boquiabiertos con su don de palabra

y su espectacular boceto, se lo digo yo.

-Eso por no hablar de sus telas y de los hilos que quiere usar.

-Al final no solo le encargan el manto papal,

le piden de rodillas que haga el vestuario completo

de todos los cardenales del Vaticano.

-Cómo se nota que me queréis bien. Pero yo no quiero halagos.

Quiero que seáis sinceros. ¿De verdad lo he hecho bien?

-Bien no. De maravilla.

-"La reunión fue todo un éxito".

-¿Consiguió la concesión?

-El concejal ya ha firmado los primeros papeles.

-Sabía que no me equivocaba con usted.

Eh... ¿Puedo ver el contrato? -Sí, por supuesto.

Una vez que me dé un adelanto por mis gestiones, ya sabe,

hoy por ti, mañana por mí. -Cuente con ello.

Sepa que a partir de ahora le considero oficialmente mi socio.

-¿Ve como teníamos un buen motivo para brindar?

Por nuestro éxito. Porque no solo vamos a ganar

un buen dinero, sino también a hacer algo muy grande por este país.

-"Olvídate de él de una vez".

Es cosa del pasado.

Entonces ya no tengo futuro.

Él puede haberse olvidado de nuestro amor,

pero yo nunca lo haré.

Vivirá siempre en mi corazón.

Hija, deja de torturarte.

Saldrás adelante, reharás tu vida.

No quiero otra vida si no es a su lado.

¿Qué significa este dinero?

-Es parte de lo que le debo.

Cada vez queda menos para estar en paz.

¿Qué?

¿No va a decir nada?

-Hijo, no sé si mostrarme francamente asombrado

o simplemente preocupado.

¿De dónde ha salido semejante cantidad?

En mi desesperación dejé de lado todos mis principios.

Y queriendo hacer daño a Adela, la hice partícipe

de un secreto familiar que Simón me contó cuando aún me amaba.

No debiste traicionar su confianza, ya lo sabes.

Lo sé.

Además, Adela ya estaba al tanto de todo.

Mi acción solo sirvió para mostrar mi traición.

Pero... cuéntame,...

qué secreto puede ser tan grave como para que Simón

haya reaccionado contra ti con tamaña furia.

-"Olga puede ser muy peligrosa".

Y creo que vosotros os estáis empezando a dar cuenta también.

¿De verdad estáis tranquilos acogiéndola

y permitiéndole esos vaivenes? ¿Qué pasará cuando nazca el crío?

¿Estaréis tranquilos permitiendo que pueda acceder a él

en cualquier momento?

¿Acaso confiáis ciegamente en la que va a ser su tía amantísima?

Por todos los santos.

¿Qué ha ocurrido aquí? Parece como si un huracán

hubiera pasado por el salón. ¿Habrán sido los ladrones?

-Ni una cosa ni la otra, querido Liberto.

-Te veo muy tranquilo.

¿No le preocupa que su hermano pueda no estar bien?

Diego está perfectamente. Ya se marchó.

Las cosas de valor siguen en su sitio.

No han sido ladrones.

-Entonces, ¿de quién?

Quizá mi madre tenga razón y Olga no esté

en sus cabales.

-Blanca, hasta que no averigües la verdad,

has de ser precavida.

(Pasos)

-Disculpe, Leonor, ¿le importaría dejarnos a solas?

Preciso hablar con mi hermana.

-Descuida, Leonor, estaré bien.

  • Capítulo 640

Acacias 38 - Capítulo 640

15 nov 2017

Blanca le pide a Diego que se marche, por mucho que les duela a los dos. Diego se despide. Samuel intenta intimar con su mujer, pero ella se ve incapaz. Úrsula descubre a través de Susana el regalo que Samuel quiere hacerle a su mujer y le roba la idea. Elvira está dispuesta a pedir perdón a Simón, pero el coronel se niega a que su hija se humille. Arturo acude a la sastrería e increpa a Simón, pero Susana le defiende ante el coronel. Elvira, finalmente pide perdón al mayordomo, pero éste no puede perdonarla.

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  1. Saro

    Muchísimas gracias por activar los comentarios ... Aunque parezca que no, los echábamos de menos, además nuestra serie no se merece que su web no esté "al día". Gracias de Nuevo.

    16 nov 2017
  2. Cruz M Morales

    Porqué no puedo ver series que ya estaba viendo en Puerto Rico? Por favor ayuda necesito seguir las historias. Gracias

    16 nov 2017