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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 627 - ver ahora
Transcripción completa

No voy a obedecerla más. Confesaré todo lo ocurrido.

¡No pienso quedarme callada!

¡No he hecho nada malo!

-No hablarás, Carmen.

Si en algo aprecias tu vida,

tendrás la boca cerrada.

Si yo caigo, caerás conmigo.

-"¿Esperabas"

que a Adela le pasaran desapercibidos

tus devaneos con Elvira, vuestros encuentros furtivos?

No trates de insultarme negándolo.

Adela os ha visto esta tarde

antes de misa.

"No hay cosa más bonita que tener un hijo".

-Ya, ya lo sé.

-Pues no lo ocultes más. Haz las cosas bien.

Organiza un ágape

y cuéntale a todos los vecinos la buena nueva.

-Ya lo tenía en mente.

-¿Qué te sucede en la espalda? -Nada.

-Te he hecho daño.

Enséñame la espalda.

Vamos.

-"¿Qué es esto? -Ábrelo".

Te interesa leerlo.

-¿Es posible que esto sea verdad?

¿En qué fecha pone que perdió la vida mi hermana?

-1897.

-Sí, madre, mi hermana murió con 16 años.

-No lo comprendo. -No hay nada que comprender.

-"Brindemos..."

porque Lolita y tú seáis tan afortunados como nosotros.

Que seáis tan dichosos, como nosotros lo somos.

(BRINDAN)

-Eso significa que usted aprueba nuestra relación, ¿no?

-No puedo negarte un amor por el que yo mismo luché por Trini.

No sería justo.

-"Te demostraré que seré el esposo"

que siempre debí ser.

¡Ah!

Ah...

-Hola, madre.

Olga.

Eres tú.

Hija.

-¿Acaso no me esperaba?

(LA BESA)

La encontré, madre.

Por fin la encontré.

Hija mía, apiádate de mí.

Concédeme tu perdón.

¿Quiere que la perdone?

No.

Lo siento, no podré hacerlo.

-Cariño, te compensaré.

-No hay nada suyo que desee más allá de la venganza.

Aunque no lo crea,

he heredado mucho de usted:

el odio,

la determinación,

Entonces sabrás...

que siempre se puede negociar

y sacar provecho.

-No, no, no.

No me engaña.

Ya no soy una niña.

-¡No!

-¿Olga?

-¡Apártate, te matará!

-¡Suéltalo!

-No tenías que haberte metido.

-¡Socorro, ayuda!

-No quiero hacerte daño.

-Suelta el cuchillo y vete.

-Úrsula.

-Está herida.

-Hay que buscar una ambulancia,

por Dios.

-Hay que taponar la herida, que no se desangre.

-¡Es esa mujer! ¡Está armada, es peligrosa!

-¿Cómo está?

-No parece grave.

-¿Sabes quién era esa mujer del cuchillo?

-No lo sé.

Una vulgar ladrona.

¡Eh! -¡Ay! ¡Dios!

¿No te puedes comportar como un adulto?

-Perdona, que no quería asustarte tanto.

-¿Y "pa" qué me asustas?

-Yo lo recojo. -Que no.

Estate quieto, que aún te haces sangre

y acabamos en la Casa de Socorro.

-Venía yo pensando

en cómo les vamos a contar a los vecinos que somos novios.

-Mucha prisa tienes tú, que corres más que Babieca.

Cuando he llegado, estaba pensando en el cambio de opinión de tu padre.

-Ha cambiado de opinión, que es lo importante.

-Don Ramón no es un veleta, es un hombre de buen juicio.

¿Por qué ha pasado de decir no, a decir que sí?

-Hablé con él y le hice ver que ya no soy el mismo inmaduro que antes,

que ahora voy muy en serio con mi trabajo y contigo.

Y él no está tan ciego como para oponerse al amor.

-¿Y las señoras del barrio?

Doña Rosina, doña Susana,... ¿qué van a decir ellas?

-Me da igual.

-¿Y las criadas?, ellas tampoco lo van a aceptar.

Por no hablar del Servando,

que seguro que habla por lo bajini, y me pone de chupa de dómine.

-Que diga lo que quiera. Ande yo caliente y ríase la gente.

-Que no es tan fácil.

Que si te miran "atravesao", pues ya no te lo quitas.

-¿No querrás que dejemos de estar juntos?

-No, no, no. Eso no.

Lo que sí que te digo es que no lo aireemos a los cuatro vientos.

-Yo lo quiero contar. Quiero que lo sepa

todo el mundo. Quiero oír contigo del brazo,

tomarnos un helado en el parque de la Reina.

-Espera, se cauto.

-Han atacado a doña Úrsula con un cuchillo por la calle.

-¿Quién?

-"Pa" esa, le sobran candidatos.

-Lolita, no seas burra.

-No me diga que no le recuerda a la Genoveva, la madre del Juanín.

-(ASIENTE)

-¿Quién es esa? -Una de Cabrahigo.

-La mataron, y cuando llegaron los guardias,

al contarle cómo era, los mismos guardias

dijeron que se lo tenía merecido.

-Es que se fueron sin más,

sin detener a nadie ni hacer más preguntas.

Hasta el Juanín estaba de acuerdo con ellos.

-"Pa" la Úrsula, tres cuartos de lo mismo.

La matarán entre todos, y ella sola morirá.

-Ay, bueno, yo...

Creo que voy a ir a ver qué tal está, como buena vecina.

Pero mañana,

a lo mejor.

Voy a hablar con tu padre,

a ver qué dice que tengo que hacer. A más ver.

Si queréis que me quede, solo hay que decirlo.

-No es necesario, pero se lo agradezco.

Ya ha escuchado al médico, ha habido suerte

y la herida no ha llegado a ningún órgano vital.

Ha sido solo un susto. -Podría estar muerta.

Pero ¿quién habrá hecho esa salvajada?

¿Quién será esa mujer del cuchillo?

-Una simple ratera.

Seguro que mi madre se resistió y fue peor.

Se lo tengo dicho, que no se arriesgue.

-Pero no es mi madre mujer de dejarse robar.

-En la sastrería siempre tengo el susto metido en el cuerpo,

por si entran los cacos.

Mañana me paso para ver cómo ha pasado la noche.

-Se lo agradezco.

-Cualquier cosa que necesitéis, ya sabes dónde estoy.

-Muchas gracias.

-Te he escuchado decirle a doña Susana que ha sido una ladrona.

No sé si ella se lo ha creído, pero yo no.

¿No me vas a contar la verdad?

-Ya lo he contado delante del médico, Samuel.

Cuando salí del portal, vi que una mujer trataba de atacar a mi madre.

Me acerqué,

y vi que tenía un cuchillo y, pude evitar que se lo volviera a clavar.

-Eso me lo creo.

Lo que no me creo es que no supieras de quién se trataba.

-Tienes razón.

Lo sé. -¿De quién?

-Olga.

-¿Qué? -Sí.

Mi hermana. -Pero...

¿no estaba muerta?

Tu misma viste el certificado de defunción.

-Es ella. Es uno más de los muchos misterios alrededor

de la vida de mi madre. -Llama a la policía.

-No. -Esa mujer es peligrosa.

-Es mi hermana. Necesito que me cuente muchas cosas.

No puedo dejar que la policía la aleje

de mí antes de hablar con ella.

-Ten cuidado, mucho cuidado.

Fue doña Blanca quien le salvó la vida.

Cuando llegamos doña Susana y yo, doña Úrsula daba gritos de socorro.

-¿Quién era la del cuchillo?

-No lo sé. Se dijo que quizá...

una ratera que quería apropiarse de la limosnera.

-Mucho riesgo me parece "pa" una simple limosnera.

A no ser que sepan que lo lleva bien surtido de cuartos.

-De eso ni idea, Fabiana.

-Lo único que le pido es que ande con cuidado, que anda el barrio

algo soliviantado.

-Yo no me alegro, que una es cristiana

y no se ufana del mal ajeno.

Pero ni una "lagrimica" me iban a ver echando a mí

por esa mala mujer.

-No diga eso, Fabiana.

-Como lo siento lo digo.

Y más te digo,

que no creo yo que eso haya sido un robo.

Habrá sido un asunto de Úrsula que se le habrá escapado de las manos.

-Qué mala es.

-¿Se han enterado del robo con apuñalamiento trapero?

-¿Y quién no?

-Llego a estar yo en la calle,

y esa no se va de rositas tras agredir a una ilustre vecina

de Acacias. -¿Se habría enfrentado a ella?

-Claro. Con uñas y dientes.

Como un caballero español.

Tú eres muy joven, Martín, pero...

en España, hace cuatro días no había ladrones.

-¿Ah, no? -No.

Había orgullo. ¡Ay!

Si no hubiéramos perdido Cuba... -Déjese, Servando.

Si hay hambre en España es por la guerra y, por eso hay ladrones.

Mucho orgullo y poco que echar al buche.

Me voy a trabajar, que si no me enciendo.

Con Dios, Fabiana.

-Con Dios, hijo.

-¿Usted lo ve? Claro, si es que...

Así no sube el país, con esta juventud que no hacen caso

a las opiniones de los que ya peinamos canas.

-Servando, yo también peino canas,

y en lo del hambre, Martín tiene razón.

Hay mucha necesidad y muy pocas soluciones.

-Mucho tendría que aprender

Martín del Jacinto, el primo de Casilda.

Ese sí que era un hombre cabal

y no echaba en saco roto mis enseñanzas.

-Ya. Un bendito.

Si usted se tiraba de un puente, atrás se iba él.

Pues no se creía el pobrecillo que usted lo iba a enseñar

a conquistar a una dama.

-¿Es que acaso hay alguien mejor que yo para esos menesteres?

-Ay, Servando,

pedirle eso a usted, es como pedirle cuartos a un rico o peras a un olmo.

Ya ve, imposible de que se lo den.

-Mire, y si no lo logró,

es porque el Jacinto lo enredaba y lo confundía todo.

Porque mejores que mis enseñanzas no las hay.

¿O es que insinúa usted que yo no sé de lances románticos?

-No lo insinúo, lo afirmo.

Usted... Ni con una botella de Mistela le sale el romanticismo.

Si hasta la pobre Paciencia

se quejaba de su falta de detallismo.

-A ver, Paciencia porque lo olvida todo y es muy frágil de memoria.

Pero no hay nadie que sepa mejor que yo

en el menester de amoríos.

Mire, si no, si quiere hacemos una apuesta.

¿Va esa botella de Mistela de la que está hablando?

-Va. Lo que no sé es cómo lo va a demostrar.

-No se preocupe,

de la demostración me ocupo yo.

Se va usted a enterar.

-Fabiana.

Hay algo de anoche que no le he contado

y que me ronda la cabeza.

-Yo no vi cómo atacaron a Úrsula, hijo, y no te puedo aclarar "na".

-No, no es sobre eso.

Es sobre...

la señorita Elvira, la hija del coronel.

No hay moros en la costa. ¿Has visto a Simón?

¿No puedes pensar en otra cosa?

Hay asunto más importantes en el barrio.

Ayer, una ladrona apuñaló a doña Úrsula por la calle.

Lo siento por ella, pero no es lo que más me atañe.

¿Le has visto?

¡Pues no! Vengo directa

desde mi casa y no he visto a nadie. Es temprano para salir a pasear.

-Y haces bien en no andar

por la calle.

¿Os habéis enterado de lo que le ha pasado a doña Úrsula?

No sé dónde va a parar España. Esto antes no habría ocurrido.

Al menos, esa atracadora no habría escapado.

Cualquier hombre se habría enfrentado a ella.

Cualquier hombre armado.

Un caballero español tiene puños, pies y dientes,

hija, siempre va armado.

Perdonadme, pero tengo que encargar unas gestiones

a mi hombre de confianza. Ya sabéis, cuidado por la calle.

"Con uñas y dientes".

Menudo caballero de alto plumero.

Simón no vino ayer a nuestra cita.

Os van a descubrir.

Va a haber un escándalo y una tragedia.

Controlo todos los movimientos de mi padre.

¿Y los de Adela?

Simón es un hombre casado.

Conmigo no cuentes para taparte. El adulterio es delito,

además de inmoral.

Yo no quiero ser cómplice de esto. Ni tendrás que serlo.

El matrimonio de Simón tiene que anularse.

El se casó engañado, me creía muerta.

De saber que vivo, nunca se habría casado.

Pues espera a que se anule.

No puedo.

¿Por qué no vendría Simón a nuestra cita de ayer?

A lo mejor le ha entrado un poco de sensatez.

Algo tiene que haberle ocurrido.

Espero que esté bien. ¿Y si ha sufrido un accidente?

No se puede hablar contigo. Te has vuelto

completamente irracional.

-No estaréis discutiendo. ¿Ocurre algo?

-De moda. Su hija y yo no nos ponemos de acuerdo.

Padre, ¿irá hoy a esgrima?

-Claro. ¿Por qué no iba a ir?

No sé, como dice

que hay tantos peligros... No para mí.

Yo sé defenderme.

Seguro que Simón tuvo ayer algún contratiempo

que le impidió acudir a la cita.

Pero hoy no faltará.

Buenos días. -Buenas las tenga usted.

He preparado este bizcocho. ¿Le apetece?

-Ay, sabes que me pierde lo dulce.

¿A qué hora te has levantado?

-Muy temprano.

He hecho el bizcocho, exprimido naranjas

y regado las flores. Hace un día precioso.

-No sueles estar tan contenta por las mañanas.

-Sí, si tengo motivos.

-¿Eso quiere decir que...?

-No me haga pasar vergüenza.

-No seas retraída. ¿Habéis consumado?

-Que conste que no lo he dicho yo.

-Ni falta que hace.

A buen entendedor... Enhorabuena.

-Gracias.

-Buenos días. -Buenos días.

Deja, te ayudo yo.

-¿Te sirvo un té?

-Gracias.

-Ayer hirieron a Úrsula en un asalto.

No fue de gravedad.

-Pobre mujer.

Espero que no haya más atracos así en el barrio.

-Descuida, seguro que se trata de un hecho aislado.

¿Ya has acabado

con tus penitencias?

-No,

me queda una, visitar descalza a la Virgen.

Sabes que tengo mucho que agradecer.

-No entiendo lo de las promesas.

Es como si a la Virgen le fuera a servir de algo.

-No seas blasfemo.

-Solo digo que más limosnas y menos promesas, eso sí que sirve de algo.

Da igual, debo irme, que se me hace tarde.

-Si sabes algo de Úrsula, dínoslo.

-Se lo preguntaré a doña Celia.

Hasta más tarde.

-No ha tomado ni el té.

-Las prisas.

Esto le aliviará.

-Tápame.

-"Se acabó".

No voy a obedecerla más.

Confesaré todo lo ocurrido.

¡No pienso quedarme callada! ¡Yo no he hecho nada malo!

-No hablarás, Carmen.

Si en algo aprecias tu vida,

tendrás la boca cerrada.

¿O te crees tan lista

que piensas que puedes jugármela? Si yo caigo...

"caerás conmigo".

¿Qué haces?

-Solo iba a dejarla en el despacho.

-Ten cuidado, no estoy tan débil como crees.

-¿Qué tal ha dormido usted?

-Incómoda.

Cada movimiento me causaba dolor

en el costado.

-Irá a menos a medida que cicatrice la herida.

-No dejo de pensar... que fuiste tú

quien me salvó la vida.

-Motivo suficiente para que me cuente la verdad.

¿Qué hizo con mi hermana?

¿Por qué existe un certificado de defunción a nombre de Olga

si sigue viva?

¿No me va a contestar?

-¿Le dijiste a la policía quién me agredió?

-No.

Ni lo voy a hacer. Que fue una simple ladrona.

Le guste o no, Olga es mi hermana y necesito entenderla.

-Poco hay que entender.

Se ha convertido en alguien

sin sentimientos. En un animal.

-Habrá sido usted quien la ha hecho convertirse en eso.

¿Qué ocurrió?

-Te estás equivocando con ella.

Olga es peligrosa.

-¿No tendrá miedo de lo que me pueda contar?

-Yo no tengo miedo de nada.

-Ya se verá.

Pudiendo comprar las rosquillas en "La Deliciosa",

quiere que las haga yo.

-Doña Rosina es tu señora, tú, a obedecer y a callar.

-Uy, qué distinta estás, Lola. Tú eras muy reivindicativa.

¿Ya te crees una señora? -¿Por qué dices eso?

-No sé, como andas en amoríos con un señorito...

-A ver si te van a escuchar.

Lo que me faltaba, estar en boca de todos.

Una ya no se puede fiar de nadie.

-Ay, ¿y quién me va a enseñar a mí a hacer rosquillas del santo?

-Hola.

-Ay, Martín, necesito que me busques en el libro de recetas a ver si está

la de rosquillas del santo.

Que no quiero que la criatura nazca con un antojo

en forma de rosquilla, por no hacerle rosquillas a la madre.

-¿Rosquillas?

¿Antojo?

¿Criatura?

¿Madre? Pero no entiendo nada. -Se me ha "escapao".

Es que es muy difícil guardar tantos secretos.

¿Secretos? Cada vez entiendo menos, ¿eh?

-Martín, te lo voy a contar, pero no puedes decir nada.

-Prometido. -Ven, siéntate.

Martín, doña Rosina...

está embarazada. Que no me quería despedir.

Estaba rara conmigo porque está con las alteraciones

propias del estado. -¿Doña Rosina...

en estado?

Si es su hija la que está en edad de engendrar, no la madre.

-Cállate, que así sí que nos echan a la calle

con un puntapié. -No, no, que me alegro mucho.

Sobre todo por don Liberto, que seguro que le hace ilusión.

-Pues sí. Oye,...

¿y nosotros, eh?

¿No tienes ganas de que haya un montón de chiquillos

corriendo por la casa?

-Pero si no tenemos casa.

Vivimos de prestado en la casita de guardeses.

-Bueno, pues...

por el altillo. Yo quiero tener seis hijos.

Tres niñas y tres niños.

-Para eso hay que ahorrar.

-Martín, los niños vienen con un pan debajo del brazo.

Eso lo sabe todo el mundo. No te preocupes.

Mire lo que he comprado en el quiosco de Fabiana.

-Preciosas.

-He pensado en repartirlas en dos jarrones, para alegrar la sastrería.

-Eso, que falta nos hace.

Te los busco.

-Perfecto.

-A Leandro le gustaba mucho poner flores.

Decía que así los clientes se gastaban más dinero.

No debí perder la costumbre.

-Pues ahora me encargo yo.

-Me encanta verte así.

A lo mejor,

ya no hace falta que cumplas la promesa.

-Las promesas hay que cumplirlas, doña Susana.

¿Ha visto cómo está quedando el bordado del manto?

-Maravilloso. Es como si la Virgen guiara tu mano.

-A veces lo siento así.

Todo trabajo es poco para mostrarle devoción.

Y no hay que *cejar, doña Susana,

que las tentaciones son muchas y la carne es débil.

Pues ya está.

Voy a seguir bordando, a no ser que haya otra cosa que corra más prisa.

-Ve, ve.

-Vaya flores bonitas.

¿Sabes a qué me recuerda?

A Leandro.

-Sí. Es verdad. Le encantaban.

Ha sido Adela. No sabes lo feliz que está.

-¿Eso significa que...?

-Eso mismo. Lo que hablé con Simón ha surtido efecto.

Y que la Virgen ha escuchado nuestras plegarias.

-¿Seguro?

¿No estará ocultando la realidad otra vez?

-Seguro. Todo lo seguro que se puede estar de algo en lo que

no has estado presente.

¿Te imaginas que hicieran falta testigos?

-Calla, calla. ¿Sabes algo de Úrsula?

-Sí. Parece que se está recuperando. Luego subiré a verla.

-Yo también. A ver si se han enterado de quién pudo ser

la mujer que le atacó. -Dios quiera que no se haga

común en el barrio. -Dios no lo quiera.

Blanca.

¿No ha llegado la marquesa de Urrutia?

-Discúlpame, Diego,

es culpa mía.

Debí enviarte una nota avisándote

de que la reunión se había desconvocado.

Pero con todo este lío, lo he olvidado.

-Supongo que al lío te refieres a lo que comenta todo el barrio,

que atracaron a Úrsula. -No solo la atacaron,

la agredieron.

Y sí, me refiero a eso. -¿Un ladrón?

-Don Diego, ¿le apetece un té, un jerez o algo?

-No, Carmen, muchas gracias.

Solo que nos dejes a solas. -Disculpe.

-Blanca, te preguntaba si había sido un ladrón.

-No.

Fue mi hermana.

-¿Tu hermana muerta?

-Que obviamente no lo está.

¿Qué tal, Samuel? Perdone que le incomode.

¿Cómo está Úrsula? -Mejor, no fue tan grave.

Fuiste tú quien le ayudó.

-No tiene mérito, lo habría hecho cualquiera.

Taponé la herida con mi chaqueta.

Lo habría hecho cualquiera, pero lo hiciste tú.

Toma. Así invitas a tu mujer a tomar una zarzaparrilla en el parque

o te compras otra chaqueta.

-Ya. Recibir una propina por hacer lo que uno debe hacer...

Lo siento, pero no puedo aceptarlo.

La chaqueta ya estaba vieja y rota.

-Como quieras, pero te debo un favor.

Tomo nota. Ah.

Martín, dime una cosa, ¿pudiste ver a la mujer?

-Con los nervios y la oscuridad no me fijé muy bien.

Pero creo recordar que era algo menuda, desgreñada...

Y llevaba una capa raída.

-Lo mismo me han dicho los mendigos de la plaza.

Lleva unos días rondando.

-Déjenlo en manos de la policía. Esa mujer puede ser peligrosa.

-En fin, esperemos que no vuelva por el barrio. Gracias otra vez.

Te debo un favor. Cuando quieras y lo que quieras.

-Como usted mande.

-Hombre, Samuel.

-"Fue una casualidad que yo pasara por allí".

De no haber sido así, mi madre estaría muerta.

-Blanca, ¿estás segura que era Olga?

Nunca la has visto. -Mi madre me lo confirmó.

-Tu madre es una embustera. -Estoy segura.

No he tenido ninguna duda.

No sé si es verdad eso que dicen de la llamada de la sangre, pero...

Desde que la vi empuñando el cuchillo, supe quién era.

Solo lamento no haber podido hablar con ella.

-No era el momento. -Tengo tanto que preguntarle.

-Tenemos que encontrarla.

-Samuel ya se está encargando de eso.

-Si puedo serviros de ayuda...

-Puedes. Encargándote de los detalles del homenaje.

Samuel y yo vamos a estar muy metidos

en la búsqueda de mi hermana.

-Claro. Dejadlo en mis manos.

Si hay novedades, contádmelo, tal vez os pueda ayudar.

-Claro. No te preocupes.

Si me disculpas, voy a ver si mi madre necesita algo.

-Sí, yo también

me tengo que ir.

-"¿Cómo se encuentra doña Úrsula?".

-Mejor. El momento fue aparatoso a causa de la sangre,

pero fue más el ruido que las nueces.

-Estoy a su disposición para lo que necesite.

-Se lo agradezco.

-Confiemos que la policía dé con la agresora.

-No creo que sea posible. Es como buscar una aguja en un pajar.

La ciudad se ha llenado de mendigos sin célula de identificación.

-Tiempos difíciles.

Esperemos que pronto se solucione la situación del país, porque...

-Esperemos que el reinado de don Alfonso sea mejor

de lo que lo está siendo la regencia de su madre.

-Esperemos, pero no con mucho ánimo.

En España, es uno mismo el que tiene que sacarse las castañas del fuego,

sin dejárselo todo al gobierno.

¿Le apetece tomarse un café

con mi esposa y conmigo? Me espera dentro.

-En otra ocasión, ahora tengo que regresar a casa.

Preséntele mis respetos a doña Rosina.

-De su parte. Con Dios.

Hombre.

-Oh. -Disculpe.

Eh, oiga. ¡Eh, deténgase!

Gracias.

No me puedo creer que haya pedido esto para usted sola.

-Tengo hambre.

-Cómo va a tener hambre si ha comido dos veces el primero,

dos veces el segundo y tres veces postre.

-Tengo que comer por dos.

-¿O por cuatro?

-¿Y si vienen mellizos?

-A este ritmo podrían venir quintillizos.

No debería de hablar estas cosas en público, o la gente

o la gente se va a enterar que está en estado de buena esperanza.

-Llegas tarde.

-He estado con Casilda.

Está como loca buscando la receta de las rosquillas del santo.

Al parecer, no salen en el libro de recetas

que tienen las criadas. También he estado con Samuel.

No saben quién pudo agredir a Úrsula.

Os manda recuerdos.

-A este paso nos va a dar miedo salir a la calle.

Liberto, estaba hablando con Leonor...

de que la gente se va a enterar...

de mi estado interesante.

-Sobre todo si sigues teniendo antojos como el de las rosquillas.

-Pues sí. Así que he pensado, a ver qué os parece, celebrar un ágape

y anunciarlo.

-Sabes que siempre estuve en contra de mantenerlo oculto.

Por mi parte puedes hacerlo cuando quieras.

-El problema es Úrsula.

Leonor, ¿sabes lo que dice el protocolo

sobre estos casos? -¿Sobre qué?

-Sobre cuánto tiempo hay que esperar

para celebrar una fiesta, después de que hayan apuñalado a una vecina.

-Pues...

-No creo que el protocolo contemple estas cosas.

-Seguro que sí. ¿Por qué no vas a la biblioteca y lo averiguas?

-Sí, sí, madre, lo haré.

Pero no creo que encuentre respuestas.

-Ánimo.

-No, no, madre, para usted.

Me he pasado dos veces por la casa y no he conseguido ver a Úrsula.

-Yo sí pude verla. Un poco apagada, pero no parece nada grave.

-¿Tú crees que realmente ha sido un robo?

-Lo que han dicho, ¿no?

-Ya pero es que...

No es por malmeter, pero esa mujer es un poco rara.

Cayetana y ella siempre estaban metidas en historias un poco...

Rocambolescas. -Cayetana no tiene nada que ver.

-Cierto. Tienes razón.

Perdona. Que en paz descanse.

-Perdonen que las interrumpa, señoras.

Doña Celia, tendría que firmarme los contratos

para llevarlos a Correos.

-Bueno, yo me voy, que Ramón me está esperando para dar un paseo.

-¿Cómo van las cosas con Antoñito? -Bien, se va centrando.

Bueno, a ver si un día de una vez por todas nos da una alegría.

A más ver. -A más ver.

-A más ver, Simón. -Con Dios.

-Vamos, Simón, vamos a eso.

-Aquí tiene.

-¿Qué es?

-La orden de pago para el banco de suministros

a los fabricantes de embases.

-¿Dónde hay que firmar? -Aquí.

Un albarán de transporte para que nos pasen la factura.

-Ajá.

-Y el contrato de la distribuidora.

-Esos son los que no me miraron en la reunión

y solo se dirigían a usted, ¿no?

-Sí, los mismos.

-¿Han hecho una buena oferta?

-Lo que les pedimos.

-No lo vamos a firmar.

Si ellos no me respetan como mujer, yo tampoco les respeto a ellos.

Le daremos la exclusiva a la competencia.

-Pagan menos.

-Qué le vamos a hacer, ganaremos menos.

Peor haremos lo justo.

Creo en el papel de las mujeres en la sociedad.

No es cuestión de sacar los pies del tiesto.

Si hubiera ido mi marido, entendería que yo me quedara

en un segundo plano, pero ¿esto?

Soy la dueña de Tintes Albora.

-Es la costumbre dirigirse al hombre. No les haga caso.

-Pues algunas costumbres hay que romperlas, Simón.

¿Sumisión a maridos que no lo merecen?

¿Matrimonios sin amor?

Simón, le pido que trate bien a Adela.

Que la cuide

y que la respete.

Es muy duro para una mujer estar en una relación de inferioridad

sin posibilidad de salir del matrimonio.

-Por esto me gusta trabajar para usted,

porque aprendo y me doy cuenta de muchas cosas

que los hombres no pensamos. -Me alegra.

Hágame caso, también será más feliz.

Voy a arreglarme.

No quiero salir de noche. No quiero que me pase como a doña Úrsula.

(Llaman a la puerta)

De parte de la señorita Elvira.

(LEE) "Hermana, te espero esta noche en el callejón

que hay junto a los jardines. No faltes".

¿Quién te la ha dado? -Un mendigo.

-¿Y no le preguntaste nada? -Me fue imposible.

Tropezó conmigo y me encontré la nota en mi bolsillo.

Cuando me di cuenta, ya se había alejado.

-Es de Olga. -Lo sé.

Llevo toda la mañana buscándola.

Pero de lo único que me he enterado es de que una mujer que responde

a su misma descripción, ronda el barrio.

-Tengo que ir a esta cita, Samuel.

Debo encontrarme con ella.

-Entiendo tu ansiedad, Blanca.

Has de saber que puede tratarse de alguien peligroso,

desequilibrado. Atacó a tu madre.

¿Y si te ataca a ti? -No.

Estoy segura de que no lo hará.

Anoche tenía un cuchillo. Estábamos frente a frente y no me hizo nada.

-Quizá por eso quiera reunirse contigo,

porque ayer perdió su oportunidad.

-¿Acaso tú no irías?

-Claro.

Claro que iría. Haremos una cosa.

Me mantendré cerca.

-No. Si te ve, perderé su confianza.

-Te prometo que no me verá.

Estaré cerca, protegiéndote, pero con cuidado de no ser descubierto.

Permítemelo, por favor.

-(RESOPLA)

Gracias por no excluirme.

-Gracias a ti.

Por entenderme.

Y fue cuando se me ocurrió lo de la Estatua de la Libertad.

En América se compra y se vende todo.

Y yo me dije, ¿qué es lo que los ricachones de Texas,

que les sale en petróleo por los ojos quieren tener?

Pues lo más grande. Siempre lo más grande.

El coche más grande, la finca más grande,

hasta el vagón de tren más grande.

Entonces, ¿por qué no van a querer la estatua más grande?

Pues cinco veces.

Cinco veces la vendí, o seis, ya ni me acuerdo.

Hasta que uno me denunció.

Y el resto yo creo que por vergüenza, que si no...

-¿Te das cuenta?

Está contando que es un estafador y está orgulloso.

Como si fuera lo más normal. -Déjalo.

A los clientes les vuelve locos las historias de Antoñito.

-¿Y la vergüenza para la familia qué?

-No exageres, que tu hermano está aprendiendo una profesión.

Mira qué bien se le dan los clientes.

Ya va teniendo ojo para saber quién le da propina y quién no.

Ya se equivoca menos con las comandas.

-Bravo. Se está convirtiendo en un gran camarero.

Mi hermano va a ser el camarero de la chocolatería de mi novio

toda su vida.

-¿Tienes algo en contra? -Sí.

Que es poco para un Palacios.

-¿Y para mí no?

-Víctor, no te pongas susceptible.

Tú no eres camarero.

Eres el propietario de esta chocolatería y heredero de otras.

No seas altanera, que por lo menos tiene un trabajo honrado.

Ya podría haber empezado de camarero al regresar de las Américas.

Nos hubiéramos ahorrado los negocios de la bolsa,

los seguros, y hasta el viaje a la mina.

-Visto así... Es que me tiene soliviantada.

Mi padre ha aceptado su relación con Lolita.

-Tú piensa que es buena moza. Es honrada, trabajadora y le quiere.

-Es una criada. Mi cuñada no va a ser una criada.

-O sí, ¿por qué no?

Lo importante es que todos seamos felices.

Y nosotros los que más.

-(RÍE)

Siempre me haces ver las cosas de otro color.

¿Por qué no nos vamos tú y yo solos a dar un paseo antes de la cena?

-¿Solos?

Mira que me enciendo.

-Solos, novio mío, pero no te cojas tantas confianzas.

A ti se te da la mano y no te coges hasta el codo,

te coges hasta el hombro. -Las ganas...

Las ganas.

Antonio.

Hoy cierras tú. Acompaño a tu hermana a casa.

(Pasos)

Olga.

¿Eres tú?

-No. Soy yo.

Está claro que no va a venir. Llevas aquí más de una hora.

-En la nota no decía una hora exacta.

-Es peligroso estar en la calle. -Un rato más.

-Está bien, media hora más,

hasta que vuelva a sonar el reloj y, si no ha venido, nos vamos.

-Vale.

Vete, no quiero que te vea.

-Grita ante cualquier peligro. -Lo sé, vete.

Simón.

-¿Qué haces aquí tan tarde?

-Quería terminar unos encargos que tenemos que entregar mañana.

Bueno, se me han hecho estas horas.

Tu madre ya se ha ido.

Me dijo que estuviera media hora, pero... Ya ves.

¿Y tú?

-Tenía que acabar unos contratos en casa de doña Celia.

-Pues qué bien que nos hayamos encontrado,

así podemos irnos juntos, que con todo esto de doña Úrsula,

da miedo andar de noche.

-(RECUERDA) "Simón, le pido que trate bien a Adela".

"Es muy duro para una mujer estar en una relación de inferioridad

sin posibilidad de salir del matrimonio".

¿Estás seguro de que quieres venir conmigo?

Elvira me está esperando.

-Lo sé, la he visto.

-Sería cruel dejarla esperando en la iglesia,

su padre podría descubrirla. Tengo que avisarla.

-No, por favor.

No quiero que vayas a su encuentro.

La carne es débil. Te seducirá y,

querrás irte con ella.

Pídele a ese mozo que la avise.

-Oye, ven.

¿Quieres hacerme un favor y ganarte un real?

Hay una mujer esperando en la iglesia.

Dile que vuelva a casa,

que nadie vendrá a su encuentro.

No tardes, por favor.

¡Ah!

-¿Qué hace él aquí?

Dije tú y yo solas.

-No debes tener miedo, no se va a acercar.

Es mi esposo.

-Sé quién es. Si se acerca te arrepentirás.

-No va a venir, ni llamará a la policía.

Tú y yo solas.

Olga, para mí es un milagro verte.

Hasta hace muy poco tiempo no sabía ni que existías.

Tengo tanto que preguntarte...

-¿Qué?

-¿Por qué has intentado matar a nuestra madre?

¿Dónde vamos, madre?

-A jugar. ¿Te apetece?

-Sí, aunque este sitio me da un poco de miedo.

¿Cómo se llama?

-El bosque de Las Damas. Vamos a ir a un lugar muy bonito.

No puedes imaginar lo que me hizo nuestra madre.

-Dímelo, dímelo tú.

¿Qué te hizo para que la odies hasta hacerla

brotar sangre?

Sé que no es de una madre abandonar a una hija.

Una niña.

Lo sé. Pero me impresiona más tu odio.

Lo puedo ver en tus ojos y hasta sentir en tu piel.

Olga, nadie puede vivir odiando así.

Según madre,

no podía hacerse cargo de las dos y, quería que una sobreviviera.

Siento mucho que fueras tú la que... -¿Qué?

¿Qué te contó?

-Que te dejó a cargo de una mujer.

Supongo que se imaginó que te dejaba en buenas manos.

-(RÍE)

Con una mujer... ¿Qué mujer?

-Una que vivía en el bosque o en los alrededores.

Con el paso del tiempo reunió algo de dinero y volvió a buscarte.

Pero le dijeron que habías muerto.

-Mentirosa.

¡Mentirosa, mentirosa! -Cuéntame tú cómo fue.

Necesito saber la verdad.

-¿Por qué?

¿Para qué? -Porque eres mi hermana.

Desde que supe que existías, no he hecho otra cosa que pensar en ti,

en lo que habrías pasado.

Y quiero que sepas que te voy a ayudar en lo que necesites.

Quiero ayudarte.

Es verdad que me dejó en el bosque de Las Damas.

Pero no había otra mujer.

Ninguna mujer.

Me abandonó allí.

Sola...

Entre las sombras.

Era una niña.

-Dios santo.

Adelante, pasad.

¿Qué ocurre?

-Vamos, Olga.

No te dé apuro.

Es Olga, mi hermana.

Olga,

te presento a Diego.

-Pero no os quedéis aquí, sentaos.

-No nos quedaremos mucho.

Necesitamos que Olga se quede aquí por unos días.

Sé que conoces su historia, pero no podemos abandonarla a su suerte.

¡Sal, traidora, yo te demostraré de quién es este hombre!

¡Cállate! Deja de ensuciar mi casa. No me callaré.

¡Esa monja tiene que saber que su esposo es mío,

con todo lo que eso significa. Te estás denigrando, Elvira.

-Márchate, vamos. No me toques.

¿Crees que puedes disponer de mi cuerpo y abandonarme?

¡No ha sido así, Elvira!

Gracias por acompañarme a ver a Diego.

Sé que no ha sido fácil para ti.

-Eres mi esposa. Te quiero hasta la locura.

Haría cualquier cosa por ti.

-"A Simón no se le escapa"

que si ella le quisiera de verdad, no le haría pasar por esos tragos.

-Simón, lo que debe haber aprendido ya,

es que tiene muchas suerte de haberte llevado al altar.

No hay muchas mujeres tan comprensivas como tú.

-Le quiero, simplemente eso. -Ya se ve.

Como para no notarlo. La pena es que la gente

no sea tan perspicaz como para entenderlo.

A saber la de barbaridades que van a decir cuando se enteren de todo.

-¿No será otro altercado?

Después de lo de Úrsula, se perdería la tranquilidad en todo el barrio.

-En este asunto, todavía no corre la sangre. Todavía.

¿Eso quiere decir que la noticia es susceptible

de terminar con violencia?

Con violencia o no... No lo sé.

Pero bien no acaba, te lo digo yo.

-Suéltalo, por los clavos de Cristo.

En la puerta de la iglesia lo venían comentando.

Anoche, a voz en grito, Elvira confesó en el rellano de Susana

cometer adulterio

con el secretario de Celia.

He dado el día libre al servicio. Tomaremos algo aquí,

así, de forma más informal.

Sí, algo así.

Olga, ahora te enseño a utilizar correctamente el tenedor.

-"He tomado las medidas precisas para enfrentarme a esa loca".

A ese ser dañino

y peligroso.

-No fue ella quien abandonó a una niña.

-Yo no abandoné a nadie.

La dejé al cargo de una mujer para que la cuidara.

Por desgracia, muy a pesar mío,

cuando volví a recuperarla, había muerto.

Al menos, eso me dijeron.

-Yo también he sufrido su falta de amor a sus hijas.

No puedo creerla.

-Propongo un brindis por la cafeteras de Ramón

y por el futuro de mi querido hi..., y admirado barrio Acacias.

Nuestro barrio, el de todos.

-Y por ustedes, queridos amigos.

-Y ya que estamos, les invito a un ágape, que tendrá lugar

en mi domicilio familiar.

-Agradecido de nuevo.

¿Puede saberse el motivo?

-¿Sabe de algún trabajo para mi hermano

que pueda llevar un traje decente? -Mucho mejor que eso.

Luisi, tu padre tiene un trabajo de vendedor de cafeteras por Europa.

Y es un empleo pintiparado para él, pero no se lo quiere ofrecer.

-Es el trabajo ideal para mi hermano.

¿Qué tiene mi padre en contra?

-No lo sé. Y mejor que no nos metamos en camisas de 11 varas.

Si tu padre dice que no, es que no. Y no hay nada más que hablar.

(Se cae una bandeja)

-"Me moría de hambre".

De sed.

Me daba miedo alejarme de aquel árbol,

por si acaso madre volvía.

-Lo siento, lo siento en el alma.

Tranquila, tranquila, yo no te haré daño.

Nunca te haré daño.

-Madre pagará. Pagará mi tormento, lo juro.

Pagará cada minuto de infierno al que me condenó.

  • Capítulo 627

Acacias 38 - Capítulo 627

23 oct 2017

Blanca y Liberto salvan la vida de Úrsula. Olga huye después de encontrarse con su hermana. Blanca le cuenta a su marido y a Diego quien fue el verdadero agresor de su madre. Lolita pide a Antoñito que su relación siga en secreto a pesar del beneplácito de Ramón. Servando hace una apuesta con Fabiana para saber quién de los dos es más romántico. Elvira excusa a Simón por faltar a su cita y le pide verse esa noche. Mientras, Adela está feliz por su amor con el mayordomo, y así se lo dice a Susana. Simón vuelve a fallar en su cita con Elvira.

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