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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 626 - ver ahora
Transcripción completa

Dios te salve, misericordia.

-La razón vamos a perder todos con esto.

-"Curioso comportamiento"

para una recién casada. ¿Por qué estará tan fuera de sí

la esposa de Gayarre?

"Se llama sacrificio, Servando. -No, se llama sufrir inútilmente,

verbigracia, hacer el canelo.

-Pues sí, sí que la muchacha está sufriendo.

"Pa" mí que ese matrimonio no va ni "pa" adelante ni "pa" atrás.

Y todo porque Simón sigue encandilado de la señorita Elvira.

-¿Quién ha dibujado esto? -He sido yo.

Lo hice inspirándome

en el diseño de tu padre.

-He pensado que sería una gran idea

hacer esa joya y exhibirla en el homenaje.

-Es una gran idea.

Mereces que tu diseño se haga realidad.

Me puse en contacto con un amigo que creí me podría ayudar

con ese menester.

Me dio datos sobre el hombre que tu madre contrató, ese tal Merino.

-¿Y qué te dijo?

-Ese hombre trabaja para familias encargándose de la seguridad.

-¿Y sabes dónde vive o cómo podemos encontrarle?

-Todavía no. Pero pronto lo averiguaré.

-"El hombre al que contrató mi madre"

para que la protegiera, habló con esa mujer que la tiene atemorizada.

Por eso voy a ir a verle. -Yo iré contigo.

-"Llegaré al fondo de este asunto. Descubriré la verdad".

-¿Quién te has creído que eres?

-Su esposo. -Un estúpido. Eso es lo que eres.

Yo en tu estado me guardaría muy mucho de emitir amenazas.

En tu lugar, yo lo que haría sería cerrar el pico y seguir con lo mío.

No me conoces. Ni sabes de lo que soy capaz.

Ten cuidado.

Y mejor, no lo compruebes.

-"Buscamos a un hombre que responde al nombre de Merino".

¿Le ha sucedido algo?

-Es lo que estamos investigando. -¿Qué quiere decir?

-Han asaltado su casa.

Hay sangre por todas partes y los muebles revueltos.

Lo más probable es que terminemos encontrando su cadáver.

-"Al principio tendrás pesadillas".

Creerás que nunca podrás olvidarlo.

Pero lo olvidarás.

Los seres humanos somos capaces de cualquier cosa,

con tal de acallar nuestra mala conciencia

y sobrevivir.

Cuando estés más tranquila, sírveme la cena.

Tengo bastante apetito.

-¿Es que acaso no se lo ha quitado lo sucedido?

Pero ¿qué clase de mujer es usted?

-De las que no les gusta que una criada la trate como una igual.

Deberías saberlo ya, Carmen. -Se acabó.

No voy a obedecerla más. Confesaré todo lo ocurrido.

¡No pienso quedarme callada!

¡Yo no he hecho nada malo! -Ya.

No hablarás, Carmen.

Si en algo aprecias tu vida,

tendrás la boca cerrada. ¿O te crees tan lista

que piensas que puedes jugármela? Si yo caigo,

caerás conmigo.

Dices que no has hecho nada malo.

¿Crees que nada te sucederá si todo se descubre?

Dime.

¿Quién arrastró el cuerpo de ese hombre?

¿Quién echó paladas de tierra sobre su cadáver?

-Yo solo la obedecía.

-Ya.

Sí, sí, eso la policía lo tendrá en consideración.

Huele tus manos, Carmen.

Apestan a sangre.

¡Huélelas!

Eres culpable. Y todo el mundo lo considerará así.

Ah.

¿Por qué crees que te hice acudir allí?

Solo para una cosa.

¿Sabes cuál?

Anudar todavía más

el lazo que nos une.

Si yo caigo, Carmen,... tú caerás conmigo.

Si no, eso que tanto miedo te da de tu pasado,

será la policía la que dé buena cuenta de ti.

¿Te ha quedado suficientemente claro?

-Sí, señora.

-Bien.

Pues prepárame la cena.

Sabes que no me gusta esperar.

Al fin llegas, hijo.

-Me ha sobresaltado, madre.

-Te estaba esperando.

-¿Y Adela?

-¿Acaso te importa lo más mínimo?

-No me gusta su tono.

-Ni a mí tu comportamiento.

-¿Por qué la toma conmigo?

Nada he tenido que ver con el último proceder de mi esposa.

-¿De verdad piensas eso?

-Yo no le he pedido que camine descalza por las calles.

Supongo que serán consecuencias de sus años en el convento.

-Trataré de pensar que afirmas eso porque eres un ingenuo,

y no un cínico.

¿No te das cuenta de que nada de esto habría pasado

si hubieras tratado mejor a Adela,...

como tu legítima esposa a ojos de Dios y de los hombres?

-Le pediría que no se inmiscuya en mi matrimonio, por favor.

-Eso es lo que he estado haciendo todo este tiempo.

Mantenerme al margen. Pero no puedo más.

Tu proceder me obliga a intervenir.

¿De verdad no te das cuenta de que Adela está cumpliendo penitencia?

-¿Por qué?

¿Qué cree que ha hecho para tratarse con tal dureza?

-Ella nada.

No son sus pecados los que quiere purgar, sino los tuyos.

Quiere expiar tus faltas. -Yo no le he pedido tal cosa.

-Ya me imagino.

Pero no sabes algo.

Tu esposa no es como tú.

Ella sabe cuál es su deber:

amar y cuidar a su marido.

-No he cometido falta alguna que exija tales sacrificios.

-Ahora sí que no podrás negar que mientes.

¿De verdad esperabas...

que a Adela le pasaran desapercibidos

tus devaneos con Elvira, vuestros encuentros furtivos?

No trates de insultarme negándolo.

Adela os ha visto esta tarde,

antes de misa.

Adela está haciendo penitencia...

para pedirle a Dios que perdone tu lujuria.

-Nunca quise hacerle daño.

-Pues si es esa tu intención, hijo,...

haz lo correcto.

Olvídate de una vez de Elvira.

Y respeta a la que es tu legítima esposa.

Adela.

Es una lástima que "La Deliciosa" esté cerrada.

A los dos nos habría venido muy bien una copa de licor.

-Sigo sin ser capaz de asimilar que ese Merino

haya tenido semejante final. -Ya has oído al inspector.

No sabe con seguridad qué le ha podido pasar.

-Diego,...

no trates de suavizar lo sucedido.

La casa estaba revuelta, llena de sangre.

Aunque no esté el cuerpo, está claro que le han asesinado.

-Al parecer, Merino estaba metido en todo tipo de asuntos turbios.

¿Quién sabe qué le habrá llevado a tener este final?

-Tanto tú como yo intuimos quién ha podido ser.

No es normal que el día que vamos a verle le hayan atacado.

-¿Qué estás pensando, Blanca?

¿Que Úrsula ha tenido algo que ver?

¿O quizá sospechas de Olga?

-Quiero pensar que mi hermana

no sería capaz de hacer algo tan terrible.

Pero solo estoy segura de una cosa. -¿De qué?

-De que no la conozco. Nada sé de ella.

Lo que está sucediendo últimamente referente a mi hermana

me tiene muy afligida, Diego.

Piensa que hasta hace poco ni siquiera sabía que existía.

-Quizá todo esto no sea más que una treta de Úrsula para confundirte.

-Si es así, desde luego lo está consiguiendo.

-Debes salir ya de dudas.

¿Por qué no vamos juntos hasta el Bosque de las Damas?

¿No fue allí donde sucedió todo?

¿Donde Úrsula abandonó a Olga a manos de esa mujer?

-Sí. Bueno, así me lo ha contado.

-Si es verdad lo que te ha contado

y no está mintiendo, alguien tiene que recordar algo.

No sé, quizá... un vecino o...

puede que la mujer que cuidó a Olga esté viva.

-Pero... Samuel aún no está en condiciones de viajar.

-Yo te acompañaré.

-Se lo comentaré a tu hermano.

Espero que no se niegue.

¿Dónde está la leche?

¿Acaso sé buscar una vaca "pa" ordeñarla?

-Perdone, señora, aquí la tiene.

-Demasiado caliente. Enfríala.

-Bueno, pero, ¿no puedes soplar un poco?

-¿Cómo? ¿Te atreves a contradecir a tu señora?

¿Tú, mentecato,

hijo de un pobre? Malnacido.

-Lolita, sin faltar.

-Templa, Antoñito, peores cosas te puedes esperar de tus señores.

Más te vale ir acostumbrándote.

Si quieres seguir trabajando en "La Deliciosa",

tienes que espabilarte.

Así que arreando, a seguir con las clases.

(CARRASPEA)

Sírveme el resto del desayuno, subalterno.

-Lolita, ten piedad de mí, que me acabo de despertar.

-Ay, ¿pues no te amuela? Todos los sirvientes

tienen que levantarse con el alba.

Y menos confianzas, mastuerzo,

que estás hablando con tu señora.

-Anda que no estás disfrutando con todo esto, ¿eh?

-(RÍE) "Pa" chasco que sí, no te lo voy a negar.

Ay.

Tienes que hacer un poder, Antoñito, y esmerarte.

¿O no te das cuenta que si la vuelves a pifiar,

no te quedará otra que marchar a la mina? Y tendrás que separarte

de una servidora.

-Sí, tienes toda la razón del mundo.

Enseguida... terminaré de traerle el desayuno, señora.

-Así me gusta. Si es que... vales más que un potosí.

Disculpe, don Ramón.

Que tan solo estaba dándole unas lecciones de cómo servir.

-¿Y entre esas lecciones está andar besuqueándose?

Déjalo, no me contestéis ninguno de los dos.

Lolita, haz el favor de traerme el desayuno.

¡Entre, hombre, entre! Venga, que no hay moros en la costa

ni féminas en paños menores.

-Primo, ¿quieres entrar de una vez?

Que se va a enfriar la achicoria.

Y te va a hacer falta.

Menuda perra que le ha entrado con dormir al raso.

-¿Puedes jurarme que no hay mujeronas de las que aquí duermen,

como la Carmen? -No caerá esa breva, no.

-Servando, no sea usted tarambana.

Y tú entra y déjate de tonterías.

Ya me he enterado de lo que ha pasado, y ha sido culpa tuya.

¿Cómo se te ocurre salir del cuarto sin avisar?

-Calla, calla, calla, que todavía me entran los mareos.

Me acuerdo de la Lolita. Y la Carmen.

-Si me hubiera pasado eso, hubiera reaccionado con más desparpajo.

No sé, soltándoles un piropo, un requiebro.

Las hubiera dejado tontas.

Tonto se hubiera quedado usted del mandoble

que la habría arreado la Lola.

-Mire, ni caso, Jacinto.

Si hubiera hecho caso a mis consejos,

en vez de a los de la Fabiana, otro gallo cantaría.

-Yo... el único gallo que añoro es el de mi pueblo.

Y no crea que no le agradezco su buena fe por un servidor.

-Sí, buena fe bajo pago, que ya me he enterado

que le ha sacado unos quesos. Tiene usted mucha cara, ¿eh?

-Vamos a ver, un pequeño pago por mi saber.

Y con dos quesos más, le convierto a usted en un tenorio.

-Uno no tiene el placer

de conocer a ese caballero.

Pero de seguir con sus consejos, hubiera sido como darle margaritas

a los puercos. Las mujeres no son para mí.

(Campanilla)

(GRITA)

-Ay, primo Jacinto, tampoco digas eso,

que toda oveja encuentra su pareja, primo.

-Nada, Casilda.

Uno donde está a gusto es en el campo, con sus ovejas.

Aquí, en la ciudad,...

Con tanta belleza a mi alrededor, me entran los siete males.

-Bueno, pero todo es cuestión de práctica, muchacho.

-Pues sí, y saber elegir con más tino al maestro.

-Nones. Le... estoy agradecido por su cariño.

Pero ya he tomado una decisión.

-"Aún estoy sorprendida por la nueva".

-Ay, no eres la única, querida.

Yo misma no me hago a la idea de que vaya a ser madre de nuevo.

-Pero ¿no lo estabais buscando? -Claro que no.

Estas cosas no se planean, surgen cuando está de Dios.

Aunque no es de extrañar porque, para serte sincera,

una es como la huerta de Murcia.

-¿Que plantas buenos tomates? -No.

Que soy fértil como ninguna.

-Estoy segura de que la cosa irá... a las mil maravillas.

No me cabe ninguna duda de que Liberto

va a ser un padre espléndido. Y entregado como pocos.

-¿Y de mí no dices nada?

¿Acaso no he sido una buena madre con Leonor?

-Rosina, no presumas de eso, que todo lo bueno que ha sacado Leonor,

se lo debe al pobre difunto Maximiliano.

Era un hombre cabal, cabal.

-Cualquier que te escuche pensará que yo, sin embargo,

estoy medio loca. -Medio no.

Aunque, yo, en vez de loca, preferiría llamarte descentrada.

-Qué fácil es criticar sin motivos. -¿Sin motivos?

Si me faltan dedos en las manos para numerarlos.

-¿Ah, sí? Ponme un solo ejemplo.

-Cuando te ataste al árbol de Carlota,

cuando casi acabas en el cementerio por culpa del falso cirujano ese.

O cuando te pillamos

como Dios te trajo al mundo con mi sobrino,

que casi me da un infarto. -Bueno, sí, vale, ya está bien.

Que te he pedido un ejemplo, no cientos.

Todos esos avatares se pueden achacar a la mala suerte.

-Creo que se debe más a tu mala cabeza y a que eres una lianta.

Que no vas a las claras, y para muestra, un botón.

No hay cosa más bonita que tener un hijo.

-Ya, sí, sí, ya lo sé.

-Pues no lo ocultes. Haz las cosas bien por una vez en la vida.

Organiza un ágape...

y cuéntale a todos los vecinos la buena nueva.

-Pues eso ya lo tenía en mente.

La verdad es que me cuesta la vida no gritarlo a los cuatro vientos

y contenerme, pero es que eso...

debería organizarlo bien.

-Para eso están las amigas.

Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras.

-Lo tendré en cuenta.

No te entretengo más, lo vamos hablando.

-Susana, aguarda.

No quiero ser indiscreta, pero quería preguntarte por Adela.

-Descuida.

Ya sé que la aprecias de corazón.

-Así es, y estoy un poco inquieta por ella.

¿Cómo se encuentra hoy?

Adela, debes terminar de una vez por todas

con todo esto.

Acaba con tus penitencias o enfermarás.

-Descuida, nada malo me puede pasar.

-Pero es que no tiene... sentido. No has cometido ningún pecado.

-No es mi alma la que me preocupa.

Simón, por favor, no insistas, yo estoy bien,

y sé lo que me hago.

Mira qué hora es.

Se me ha ido el santo al cielo. Y doña Susana me espera

en la sastrería. -Adela, espera.

Estoy muy preocupado por ti.

-Te lo agradezco, pero... no hay motivo.

-Vamos, espera, por favor.

-¡Ay!

-¿Qué te sucede en la espalda?

-Nada.

-Apenas te he tocado y te he hecho daño.

-No es nada.

-Eso ya lo decidiré yo. Muéstramela.

-Simón, por favor.

-Adela, enséñame la espalda, por favor.

Te lo exijo como tu esposo. No te puedes negar.

Vamos.

¿Por qué has hecho eso?

-Para salvarte.

Tengo que expiar tus culpas

para librarte del pecado carnal,

del infierno al que tus acciones te condenan.

-No, Adela, no...

-Simón, sé que te ves con Elvira, no lo niegues.

No te juzgo.

Te amo demasiado.

Y... yo no soy quién para hacerlo.

Pero, por favor, déjame hacer lo que me exige mi corazón.

-Lo siento, Adela, lo siento.

Te prometo que no volverá a suceder.

No volveré a verme con Elvira, te lo prometo.

A partir de ahora te amaré y respetaré,

y seré el esposo que te mereces.

-Dios ha escuchado mis plegarias.

¡Uh! Disculpe, caminaba distraída.

Bueno, pues sí que estamos buenas.

Ya ni educación queda en este barrio.

Les agradezco el interés.

Samuel se encuentra considerablemente mejor.

Aunque todavía un poco débil. Se va recuperando.

-Me alegra mucho escucharlo.

-Úrsula,...

¿está todo bien? Parece usted inquieta.

-Sí, sí, no es nada.

-Bueno, pues en cuanto su yerno se mejore, debería usted

celebrar una fiesta por su matrimonio.

-Es una idea genial.

Hace tiempo que no tenemos motivos para festejar en Acacias.

-Y nunca es tarde para celebrar la boda de una hija como Dios manda.

¿Eh?

-Úrsula.

Úrsula. ¿Nos está escuchando?

-Sí. Sí, sí, sí. Sí, en cuanto pueda

organizaré esa fiesta.

Si me disculpan,

me siento algo indispuesta.

Creo que será mejor que me retire a casa.

-Claro. Que se mejore.

-Sí.

-Con Dios. -Con Dios.

-Qué extraño. Parecía descentrada.

Como si estuviera buscando a alguien.

-Es como...

Como si sintiera que el espíritu de Cayetana le anda rondando.

Ay, primo, te voy a echar mucho de menos.

-Ay, y yo a ti también, Casilda. Parece mentira que contigo

no me entren los temblores que me atizan con el resto de mujeres.

-Igual es cuestión de tamaño, que al ser tan chiquinina, no le impone.

-Qué va, Servando.

A Casilda no la veo ni como a una mujer,

sino casi como a una de mis ovejas.

-Para que veas, Casilda,

para que digas luego que no te dicen cosas bonitas.

Cuidado, que lo mismo te esquila.

-Primo, no sé yo si darte las gracias por la consideración

o arrearte un mamporrazo.

-Si uno lo dice de buena intención, que ya sabes el cariño

que le tengo a mis ovejas.

-Bueno, ¿y estás seguro de que te quieres marchar?

¿No hay nada que podamos hacer para convencerte de que te quedes?

-Mire, si se hubiera quedado un poquito más,

le hubiera convertido yo en el Casanova de los trashumantes.

Vamos, iba a tener usted un amor en cada pasto.

-Agradecido. Pero... uno está condenado

a la soledad, a no tener más compañía que las bestias.

-Ay, primo, no seas tan trágico, hombre.

-No es nada más que la verdad. Pero no me quejo, ¿eh?

Esa ha sido siempre mi vida.

Ha llegado la hora de retomar mi camino

y continuar la cañada real hacia el sur con mi ganado.

-Lamento no haber tenido más tiempo de enseñarte esto.

-Bah. Ya he visto suficiente.

La ciudad

no es "pa" mí.

Tanto ruido y tanto trajín,...

yo me quedo con mis campos. -Vuelva,

vuelva a hacernos otra visita y, mientras tanto,

podría mandarnos un queso para que no le echáramos tanto de menos.

-Cuente con ello. En fin,...

ha llegado la hora de marchar.

¡Epa!

-Esto de los gritos no lo voy a añorar yo tanto.

-Pero bueno, Servando,...

pues sí que le había cogido cariño a mi primo, si se está emocionando.

-No, no, no, no es solamente por eso.

Es por lo que ha dicho de la soledad, que...

me ha llegado muy adentro.

Que a mí me pasa con mi Paciencia,

como a tu primo le pasa con sus ovejas.

-Pero usted nos tiene a nosotros, que hacemos mejor compañía.

-Ya, pero es que de vosotras no puedo sacar ni un misero queso.

-Usted lo que se va a ganar es un mamporrazo, mastuerzo.

Pero esta vez se va a librar.

Fíjese, es que está ahí doña Rosina en "La Deliciosa"

y, yo tengo que hablar con ella. Últimamente

está muy rara con servidora.

No, mejor táchalo.

Hoy no me apetece chocolate. Mejor un café.

Quizás un café, sí.

-Es que el café ya me lo ha hecho tachar antes.

Y la leche, y la manzanilla, la tila, el agua.

Yo ni sabía que teníamos tantos productos que ofrecer.

-Es que no me acabo de decidir.

-Ya, ya lo he visto.

¿Y de leche merengada no tiene capricho?

-Ay, no. Su sola mención me revuelve.

-Sí que estamos delicaditos.

¿Seguro que está bien?

-Sí, estoy muy bien, mejor que nunca.

-Quién lo diría. -Bueno, ve a atender otra mesa

mientras me decido.

-Lo que tiene que aguantar el servicio.

-A las buenas, doña Rosina.

Vengo de despedirme de mi primo Jacinto.

Señora, yo sé que con la visita de mi primo he estado algo "despistá".

Pero yo le aseguro

que la voy a tratar a usted como a una reina.

-Rosquillas del santo.

-¿"Lo cualo"?

-Que es lo que me apetece: rosquillas del santo.

-Pero no es temporada, señora. -¿No?

Da igual, yo quiero.

Una buena criada me las cocinaría ella misma.

-Es que yo no sé cocinar rosquillas, doña Rosina.

-Lo dicho, una buena criada.

-Doña Rosina, dígame usted una cosa:

¿es verdad que se está buscando excusas para librarse de Casilda?

-¡Pero ¿qué dices?, despedirte ahora!

Si vas a tener más trabajo que nunca.

-Y entonces,

¿por qué está tan siesa conmigo, tan rara que ni siquiera me habla?

¿Y a qué se refiere usted

con eso de más faena?

-No puedes decir esta boca es mía, pero hay algo que tienes que saber.

Liberto y yo... vamos a ser padres.

-¡Arrea!

Madre mía, pero eso no puede ser.

-¿Eso es lo que entiendes por discreta?

-Ay, señora,... qué alegría, de verdad, de corazón, ¿eh?

Y yo pensando que usted se había hartado de mí

y que me iba a despedir.

Y me ha dado una alegría de muy señor mío.

Dios mío.

Un crío.

Un crío en la casa.

-(RÍEN)

Mi madre anda más alterada de lo que es habitual en ella.

Aunque he de reconocer que esta vez tiene motivos de sobra.

Pero no he venido aquí a hablar de mi madre, sino a interesarme por ti

y por Samuel. -Samuel está mucho mejor.

Pronto estará recuperado del todo.

-Entonces ya he logrado la mitad de mi propósito.

Ahora solo me falta saber cómo estás tú.

-Bien. No te preocupes.

-Difícil no hacerlo con ese tono tan mohíno.

¿Cómo han sido tus primeros días con tu esposo?

-Descuida, Leonor. Todo va bien con Samuel.

Es...

otra cosa la que me tiene tan preocupada.

-¿El qué?

-Te agradezco tu interés, pero no puedo contarte más por el momento.

-Está bien.

Detendré mis preguntas, pero solo quiero que sepas

que puedes confiar en mí y contar con mi apoyo

para lo que sea preciso. -Lo sé.

Te lo agradezco.

-En tal caso, no te entretengo más.

Samuel. Me alegro mucho de verle.

Me acaba de decir su esposa que se encuentra muchísimo mejor.

Me alegro. -Muchísimas gracias, Leonor.

Lo que lamento es no poder salir y pasear con mi esposa.

-Seguro que pronto podrá hacerlo. Volveré a visitarles.

-Samuel,...

te ruego que no me mires con esa cara.

Ya te he explicado que no estaba previsto que Diego me acompañase

a ver a Merino. -Tienes razón.

Perdona.

Además, eso no es lo importante ahora,

sino qué ha podido suceder con ese hombre.

-Espero que mi madre pueda responderme a eso.

-¿Crees que ella ha tenido algo que ver?

-Samuel,... yo ya no sé qué pensar.

Es que, la verdad, me rehúye una y otra vez.

Por eso he decidido ir al Bosque de las Damas.

Allí es donde se supone que mi madre abandonó a Olga,

dejándola a cargo de una mujer de un pueblo cercano.

-Y he de suponer que ese viaje lo vas a hacer con Diego.

-Si eso te incomoda, iré sola.

-No creo que sea necesario que tengas que ir a ninguna parte.

-¿Qué es esto?

-Ábrelo. Te interesa leerlo.

-¿Es posible que esto sea verdad?

-Es un documento legal.

Liberto ha hecho el favor de conseguírmelo.

-¿Dónde está madre?

Arrea, Carmen,

pero ¿qué hace frotándose con tamaña furia, mujer?,

que se va a arrancar la piel a tiras.

-Están limpias. -¿Limpias, dice?

Como los chorros del oro se van a quedar de tanto frotar.

-¿Y esas caras tan siesas?

¿Ocurre algo?

-Pues aquí la Carmen, que le ha entrado no sé qué con el aseo.

-Carmen,...

usted no está muy católica.

Anoche la oí gritar entre sueños.

Algo le ocurre, mujer. Estamos aquí para lo que sea.

-¡No me pasa nada! ¡Métanse en sus asuntos!

-Bueno, temple, que... tan solo queremos ayudarla.

-Ni lo he pedido ni lo necesito. Déjenme en paz.

-¿Y a esta qué mosca le ha picado?

-No tengo ni la menor idea.

Pero daría mi brazo, a que tamaña agitación

algo tiene que ver con su señora.

Que hay que tener muchos arrestos para servirle a esa bruja.

A saber qué barbaries ha tenido que ver la pobre mujer a su servicio.

¿Qué hacéis ahí con esa cara tan lúgubre?

-Esperarla.

-¿Acaso ha sucedido algo?

-Samuel, te lo ruego,...

déjame a solas con mi madre.

"No puedo".

Ni quiero. No puedo vivir sin tus labios.

Sin oler tu piel, sin sentir tus abrazos.

No puedo vivir sin ti, Simón.

Mesura, por favor. Mesura, Elvira.

Mañana todo esto terminará.

Mi padre irá a esgrima y nosotros podremos vernos.

Adela, enséñame la espalda, por favor.

Te lo exijo como tu esposo. No te puedes negar. Vamos.

-Simón, ¿está bien?

-Lo siento, señora.

Trataba de contestar el correo, pero hoy no me veo capaz de hacerlo.

-Déjelo para mañana.

¿Por qué no se marcha a casa?

-No, no. Nunca me ha gustado dejar el trabajo a medias.

-Simón, yo sé que usted es muy reservado, pero déjeme que le hable

con la franqueza de una amiga.

-Si la considero, además de mi patrona, con todos mis respetos.

-Pues escúchame.

No debe preocuparse por Elvira.

Todos sabemos de qué pasta está hecho el coronel.

Pero últimamente...

parece otro hombre.

-Me cuesta creerlo.

-Sí, al menos... parece que está más relajado.

Dicen que pasa todo su tiempo practicando esgrima.

Y usted tiene una mujer que debe atender.

Que le ama con todo el alma. Que le espera en casa.

Adela.

-Lo sé, lo sé, señora.

Pero a veces a uno no le resulta tan sencillo

cumplir con su deber. -Es cierto.

Pero no dudo que intentará hacerlo lo mejor posible.

¿Vas a decirme de una vez qué ha sucedido?

¿O prefieres quedarte mirándome con cara de odio

hasta el fin de los tiempos?

¿Qué es eso?

-Cerca del Bosque de las Damas hay una pequeña aldea con una parroquia.

El lugar se conoce como "Garoa".

Ese papel es parte del registro de nacimientos y defunciones

de la parroquia.

Dígame,...

¿no le resulta familiar

ningún nombre de esa lista?

-Olga Expósito. -Sí, madre.

Mi hermana está muerta y enterrada.

-Ese me dijeron fue su destino.

Entonces, ¿qué explicación hay a todas esas señales,

a todos esos mensajes que me han dejado?

¿Quién, si no ella, es responsable? -Lo ignoro, madre.

Pero eso no es lo que más me preocupa ahora.

Nunca he confiado en usted.

Y ese documento no hace más que confirmarme

que usted nunca ha dejado de mentirme.

Me dijo que abandonó a mi hermana cuando apenas tenía cinco años.

Y que poco después le dijeron que había fallecido.

-Eso fue lo que sucedió. -Entonces,...

dígame,...

¿en qué fecha pone ese documento que perdió la vida mi hermana?

-1897.

-Sí, madre. 1897.

Mi hermana murió con 16 años.

-No lo comprendo. -No hay nada que comprender.

Se empeña una y otra vez en seguir mintiéndome.

-Te juro que para mí tampoco tiene ningún sentido.

-No jure en vano.

Ningún valor doy ya a su palabra.

No pienso volver a hablar con usted,

hasta que no esté segura de contarme le verdad.

Yo creo que en mi vida había estado tanto tiempo de pie.

-¿Y qué te esperabas? El oficio de camarero es muy duro.

-Ya. A mí me lo vas a contar. Llevo varios días

sufriéndolo en mi propia piel, por no hablar de la falta de respeto

con la que me hablan algunos clientes.

-Pues... espero que al menos eso te sirva para olvidarte

de semejante deshonra.

-La deshonra sería renunciar. Así que lo siento, pero no.

No me voy a ir de Acacias.

-Hay asnos que son menos tercos que tú, ¿eh?

-Pues a lo mejor los asnos no están enamorados.

-Tu empeño en avergonzarnos es inagotable, ¿verdad?

Imagino que está de más

pedirte que recapacites. -Así es, hija.

Así que no insistas más

y déjanos a solas a tu hermano y a mí, tengo que hablar con él.

¿Puedo ofrecerte una copa?

-Sí, claro.

Ya no estaba acostumbrado a que fuera a mí al que sirvieran.

-Ya veo que ha sido un día muy duro. -Imagino que...

esa copa es su primer paso, ¿no?, para intentar que cese en mi empeño.

-Te equivocas.

Tan solo quiero brindar con mi hijo.

Debo confesar

que me has sorprendido.

-No pensaba que iba a durar tanto en el trabajo, ¿no?

-Ni en el trabajo ni en Acacias.

-Bueno, aquí hay una razón que me retiene.

-Lolita.

-Padre, yo sé que he cometido muchísimos errores en la vida.

-En eso no podemos estar más de acuerdo.

-Pero todos se han debido a la misma razón.

A no ser honesto. Siempre he actuado con...

segundas e...

intenciones ocultas.

-¿Y ya no?

-No, le aseguro que he cambiado.

Y todo se debe a esa mujer, que sirve en esta casa.

Yo la amo con todo mi ser, padre. Y por ella quiero ser mejor persona.

Así que si el precio que tengo que pagar es recoger la basura

o servir chocolates,...

sinceramente, me parece barato.

-Entonces no te vas a rendir como pretende tu hermana.

-En absoluto.

He tomado la decisión de echarle valor a la vida

y afrontarla sin temor alguno. Es...

lo menos que se merece Lolita. -¿Has pensado en tu futuro?

Casado con una mujer sin cultura. Sin modales.

Más buena que ninguna, eso no te lo discuto.

Pero más bruta que un arado.

¿Qué vas a decir cuando te avergüence en el teatro

o en algún evento con tus amigos?

-Supongo que me reiré con ella. Y si alguien le falta al respeto,

pues yo dejaré de frecuentarle.

Si ella quiere,...

le enseñaré a pulir los modales, aunque...

la verdad es que es lo que más me gusta de ella.

¿Y esa risa?

¿No le sorprenden mis palabras? -No, hijo mío.

De hecho, creo...

haberlas escuchado muy parecidas en alguna ocasión.

-¿Y en boca de quién?

-En la mía.

Sostuve un discurso muy parecido cuando comencé mi noviazgo

con Trini.

-Usted tampoco lo tuvo fácil, ¿no?

-Tuve que soportar la maledicencia de los que me rodeaban

y su incomprensión hacia lo que yo sentía.

-Y aún así, no se rindió.

-Brindemos porque...

Lolita y tú seáis tan afortunados como hemos sido Trini y yo.

Que seáis tan dichosos como nosotros lo somos.

-Eso significa que usted aprueba nuestra relación, ¿no?

-No puedo negarte un amor por el que yo mismo peleé por Trini.

No sería justo. No te sonrías tanto.

Esto lleva sus tiempos.

No podéis ir tan rápido. Esto lleva sus trámites.

Entre ellos está el no andar besándose por todos los rincones.

Ya falta menos.

Es tarde.

Debería irme ya, no deseo preocupar a Samuel.

La verdad es, que después de hablar con mi madre, necesitaba salir.

Caminar, que me diera el aire.

-Me alegro de que tus pasos te trajeran hasta mi casa.

-La verdad es que he venido solo para decirte

que debemos anular nuestro viaje.

Ya no tiene sentido

ir al Bosque de las Damas. -Descuida.

Ahora lo más importante es cómo estás tú,

después de lo que has descubierto.

-Supongo que extraña es la palabra que mejor lo define.

Por un lado, era algo que me esperaba.

Que fuese otro de los embustes de mi madre.

-A mí tampoco me extraña. ¿Y por el otro lado?

-Triste.

No puedo evitar sentirme así al saber que Olga murió.

Que no voy a conocer a mi hermana, nunca sabré cómo era su rostro.

-¿Te llegaste a ilusionar con encontrarte con ella?

-Me gustaría pensar que nos hubiésemos entendido.

-Siendo como eres,...

no es difícil imaginar...

que te hubiese querido.

-Me duele tanto imaginar la vida que tuvo que pasar.

Hasta que falleció tan joven,

con solo 16 años.

-Bueno,

aún queda mucho por conocer de toda esta historia.

-Sí.

Y hay una persona que tiene todas las respuestas.

La que la abandonó.

Mi madre.

A las buenas, Úrsula.

¿Dónde marchas tan tarde?

-A la iglesia, iba a rezar.

¿Cómo es que estás aquí todavía a estas horas?

-Aún tengo que cerrar la sastrería.

-Entonces no te distraigo.

Seguro que tienes ganas de volver a casa.

Con Dios. -Con Dios.

Señor,... tu sierva te pide protección.

No sé cómo,... pero el pasado está volviendo a mí.

Torturándome.

Ten piedad.

Era joven.

No podía elegir.

Hice lo que mejor creía.

Sé que me equivoqué,

pero te pido por favor que tengas piedad.

Estoy pasando uno de los peores momentos de mi vida.

Sé que he sido injusta.

Señor, muéstrame el camino.

Ayúdame a que mi esposo sepa por fin cuánto le amo.

(Portazo)

¿Quién anda ahí?

¿Doña Susana?

Simón, no te esperaba a estas horas.

Voy a prepararte la cena.

¿Pasa algo?

Tu madre puede aparecer en cualquier momento.

-Susana no volverá hasta tarde.

Así que tenemos toda la noche para nosotros.

Adela,...

voy a demostrarte que a partir de ahora

seré el esposo que siempre debí ser.

(GRITA)

Hola, madre.

  • Capítulo 626

Acacias 38 - Capítulo 626

20 oct 2017

Carmen se arrepiente de lo que ha hecho, pero Úrsula le deja claro que no tiene escapatoria. Susana se enfrenta con Simón: sabe que está quedando con Elvira, y lo peor es que Adela también lo sabe. Diego se ofrece a acompañar a Blanca al Bosque de las Damas, donde Úrsula abandonó a Olga.

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