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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 625 - ver ahora
Transcripción completa

Si hubieran consumado después de tanta zozobra,

estaría eufórica, ¿no?

Y ahora, con lo del ayuno, todo irá a peor.

¿Por qué querrá castigarse

con tanta saña? -No sé qué culpas

tendrá que purgar esa muchacha tan joven.

-"No tendría que haberme comprometido".

Soy incapaz.

-Claro que puedes.

Es la responsabilidad lo que te abruma.

No pienses que tratas de sustituir a mi padre.

Imagínate que le ayudas. Y sin prisa,

yo no tengo ninguna.

-Estoy de vuelta y casado con Blanca.

Espero que sepa cuál es su lugar

en esta casa. -Lo tengo clarísimo.

-No se inmiscuya en mis asuntos. -Jamás lo haré.

Lo importante es que la operación ha salido bien

y que estás de nuevo aquí.

Ahora eres el hombre de la casa. "Está al servicio"

de mi padre, pero ¿por cuánto

me haría un favor? Nadie tiene por qué enterarse.

"Debido a un cambio de planes,

no podremos vernos todavía".

"La espera se me hará eterna, pero sé que merece la pena".

"Siempre tuya, Elvira".

Gracias por la carta.

No tiene que llevar respuesta. -"Si no está preñada,"

¿para quién es ese juguete? -Para el niño que estoy esperando.

Hala, ya lo he dicho. -¿Tú?

¿A tu edad? Pero ¡qué locura!

-¿Y por qué? Yo me siento tan lozana

como una mozuela de 20 años. -Pero no los tienes.

-"Tengo una hermana melliza:"

Olga. A mi madre le están sucediendo

cosas extrañas. Sucesos que me hacen creer

que Olga está viva.

Úrsula incluso contrató a un guardián para que la protegiese.

-¿No sabes más sobre ese pollo?

-Solo sé su nombre: Merino.

-Prometo ayudarte con este galimatías.

-No sé lo que pasó entre ustedes, pero cuando se canse de jugar,

volverá para matarla.

Y no podrá hacer nada para evitarlo.

-Le pagaré lo que me pida.

Por Dios...

Si cayera un ángel del cielo,

no me iba a cuidar mejor que tú.

-No hace falta que me des coba. No es más que un café.

-¿No tomas tú otro? -No.

No, no creo que me convenga, tengo los nervios

a flor de piel. -Natural,

después de lo que me has contado.

-No podré descansar hasta que sepa toda la verdad de mi hermana.

-Paciencia. No parece un asunto sencillo de resolver.

-Ya lo sé que no es baladí, Pero si pudiera hablar con ella,

sin mi madre por medio, todo se aclararía.

-Tienes que sosegarte. He prometido ayudarte,

y lo voy hacer. Pero primero tienes que calmarte.

-He sentido un gran alivio cuando te lo he contado.

-Sabes que me tienes

para lo que te haga falta. -Siéntate,

no te conviene hacer esfuerzos.

Es que no puedo dejar de pensar en ella.

¿Cómo será mi hermana, cómo reaccionará conmigo?

-Seguro que bien. No puede tener nada contra ti.

-No lo sé.

El mero hecho de que mi madre me eligiese a mí,

es motivo suficiente para que pueda odiarme.

(Puerta)

Y no puedo evitar sentirme culpable por ello.

-Pamplinas, aquí la única culpable es Úrsula.

-Samuel...

Me he enterado de que has recibido el alta.

¿Cómo estás?

Señor,

ten clemencia con Simón.

Haz que siga el camino correcto.

Virgencita de los Milagros,

haz que disfrute de la felicidad del matrimonio

y no caiga en el adulterio.

Santa María Madre de Dios, ruega por nuestros pecadores,

ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Dios te salve, María, llena eres de gracia,

el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres...

-¿Has perdido el oremus? -¿Qué haces andando descalza

por la calle? -Penitencia.

-Déjate de simplezas. No es época de procesiones.

Lo único que vas a conseguir es llamar la atención

y hacerte daño.

-Quiero ofrecer mi sacrificio al Señor.

-Pues enciende unas velas. -No es suficiente.

El sufrimiento redime y mi fe es más fuerte que cualquier dolor.

Déjame continuar. -Es excesivo.

Estás dando un espectáculo. -Es necesario

que haga este sacrificio.

El Señor tiene mucho que perdonarme, a mí y a los que me rodean. Hago esto

para expiar nuestras culpas.

-¿Qué culpas vas a tener, inocente? Entra en razón y vuelve a casa.

Con esto ya hay suficiente. -Nunca es suficiente cuando se trata

de pedir la gracia de Dios. -(SUSPIRA)

No te voy a convencer, ¿verdad?

Haré esto hoy

y cada día hasta que lo considere oportuno.

Déjeme continuar por mi camino de espinos, se lo ruego.

Es lo único que me queda por hacer.

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia...

-La razón, vamos a perder todos

con esto. -Curioso comportamiento

para una recién casada. ¿Por qué estará tan fuera de sí

la esposa de Gayarre?

Ya ves que bien.

Lástima que nuestro padre siga postrado.

Me hubiera gustado que los dos

hubiéramos salido juntos. -Estoy al corriente de su estado.

Por desgracia, lo único que podemos hacer

es honrarle con ese homenaje.

Supongo que Blanca

ya te habrá puesto al corriente. -Así es.

Los detalles acordados con la marquesa.

Espero que estés de acuerdo.

-Más tarde les echaré un ojo.

Ahora, si nos disculpas, tenemos asuntos pendientes.

-Lamento...

haberos interrumpido. -Tratábamos asuntos conyugales

de bastante enjundia.

¿Quién me iba a decir que en el peor momento de mi vida,

cuando estaba a punto de entregar

la pelleja, iba a llegar el momento más hermoso?

Mi matrimonio.

Me siento el hombre más afortunado del mundo

teniéndote a mi lado.

Despertar de la operación y verte a mi lado,

recordar que eres mi esposa,

que tenemos toda una vida juntos por delante,

me hizo sentir el hombre más orgulloso

sobre la faz de la Tierra. Eres la mujer

más bella de esta ciudad y eres mía.

-Así es.

Por eso Blanca se merece a su lado el mejor hombre:

el más bondadoso, el más valiente,

el más honesto..., es decir,

tú, Samuel.

Me alegro de cómo han salido las cosas.

-Te agradezco que hayas venido a contarme

los pormenores del homenaje a padre que la marquesa está promoviendo.

Pero si no tienes nada más que contarme al respecto,

te agradecería que me dejaras a solas con mi esposa.

Todavía estoy recuperándome de mi regreso del hospital

y necesito descansar. -Enseguida os dejaré en paz.

Pero antes... quiero hablar contigo de un pormenor.

-¿Qué es esto? -Es, prácticamente, una reinvención

del último diseño de nuestro padre.

¿Recuerdas aquella hoja del cuaderno que se rompió por culpa de Úrsula?

-¿Quién ha dibujado esto?

-¿No lo sabes?

-He sido yo.

Lo hice inspirándome en el diseño de tu padre.

-No sabía

que dibujaras tan bien. -Así es, es increíble

el talento que tiene. Lo dibujó

mientras estabas recuperándote.

Sería una gran idea hacer esa joya y exhibirla en el homenaje.

-Diego tiene razón.

Es una gran idea.

Mereces que tu diseño se haga realidad.

-Gracias.

Pero no es para tanto.

-Sí,

sí lo es.

-Así lo haremos, pues.

He dicho que no, y es que no. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?

-Por lo menos para y escúchanos, que pareces un tiovivo.

-(SUSPIRA)

-¿Qué?

-Solo digo que a veces tu abuela es un poco pejiguera.

-¿Y quién no?

-¿Qué pasa, no te acuerdas de las lindezas que soltó por la boca

cuando se enteró de la relación de tu padre y tu madre?

-No vaya por ahí. Eso es agua pasada.

Ya estoy reconciliado con ella.

¿Quiere que volvamos a discutir? -No.

-Pues no miente cosas que uno ha olvidado ya

y que hasta el corazón ha cicatrizado.

-Cierto. Lo siento, está feo.

-De acuerdo, señorito Víctor, no hablemos de su abuela,

hablemos de Antoñito. -Señorita,

no voy a volver a contratarle, ni que estuviera yo loco.

-Pero...

perdónele, señorito Víctor.

Si perdonar es de buen cristiano. -Sí.

Y de listo, no tropezar dos veces con la misma piedra.

Aun perdonándole, no soluciono el problema principal.

-Que es... -Que no sabe servir. No ha nacido

para recibir órdenes. Encima, me espanta

a los clientes. -Yo le enseñaré.

-Tus maneras tampoco es que sean recién salidas

de la escuela de protocolo.

-¡Anda!

¿Qué quiere decir? ¿Que hago mal mi faena?

-Fetén, lo haces. Solo digo que te fallan las maneras.

¿Mis maneras? -A los clientes

hay que darles la razón

y sonreír. Eso... como que no se te da.

-No hablemos de las maneras de Lolita.

Hablemos de las de Antoñito. Tu amigo,

con el que creciste desde que erais niños.

Que va a ser tu cuñado.

Que vais a formar parte de la familia para toda la vida.

¿Ni siquiera por eso

le vas a volver a contratar?

-Que no.

Doña Trini, lo siento. Que ya le he dado

muchas oportunidades. El otro día fue lo de mi abuela;

anteriormente, lo del chocolate aguado.

¿Qué va a ser mañana?

Si no llego a echar a Antoñito, acaba con mi negocio.

-Vale, está bien, solo te pido que te lo pienses un poco más.

-¿Qué tiene que hacer para que le perdones?

¿Ponerse a hacer penitencia, como la señorita Adela?

-No me des ideas, Lolita. No me des ideas.

-Buenas noches.

-Bien sabe Dios que uno pretende ser buen cristiano y ayudar al prójimo,

pero ¿qué más le dará a Dios

que uno vaya descalzo o con botines de piel vuelta?

-Se llama sacrificio, Servando.

-No, se llama sufrir inútilmente. Verbigracia, hacer el canelo.

-Sí que la muchacha está sufriendo. Ese matrimonio no va

ni "pa'lante" ni "pa'trás".

Y todo porque Simón sigue encandilado de la señorita Elvira.

-Ahí tiene mi canija más razón

que un santo. -Bueno,

eso no es asunto de nosotros. Lo que pase

en un matrimonio es cosa del matrimonio.

-Arrea, seña Fabiana,

¿y ende cuándo no podemos parlotear de los males ajenos?

Siempre con bondad

y buenas maneras, eso siempre.

Pero ni que fuéramos los únicos en darle a la húmeda

con este menester. -¿Qué quieres decir?

-Que las señoras tampoco se quedan cortas.

-Lo que hagan las señoras

tampoco es cosa nuestra. -Uy, seña Fabiana,

ya lo creo que es cosa nuestra; es nuestra faena de cada día.

Si doña Rosina discute con don Liberto, ¿quién la paga?

Servidora. Ni que yo ahora no pudiera estar al quite

de lo que ocurre en la alcoba.

-Tiene razón. -"Toa" enterita,

Servando. -Bueno,

y a "to" esto, ¿por qué dices tú que las señoras le dan a la húmeda

con el asunto de Simón y de Adela?

¿Qué cosas dicen? -Mire, doña Rosina

dice que Simón está martirizando a la mujer.

Aunque, entre ustedes y yo,

doña Rosina le tiene enfilado. Dice que es más tieso

que el palo de un cepillo, que siempre se ha creído

más señorito que criado. -Tu señora

siempre da donde más duele. -Sí, casi siempre acierta.

-¿Y qué más oíste? -Poca cosa.

Bueno, doña Celia salió en su defensa.

Dijo que el hombre es buen muchacho y que tiene un corazón más grande

que la catedral de Burgos. -¡Eh, chist!

Si es que doña Celia... Todo el mundo le parece que es bueno

y que tiene un buen corazón. -Ya lo creo.

Pero muchos son buenos

y tienen que callar.

-¿Qué quieres decir, Martín? ¿Sabes algo que yo no sepa?

-¿Qué va a saber tu esposo?

Anda, anda, déjate de "tontás".

Ya está bien de cháchara.

A todo esto, ¿qué haces tú todavía por aquí?

¿No tenías que ir a buscar a tu primo y traerlo?

-¡Arrea! Pues es verdad,

me he olvidado de él.

Y le he dejado en una plaza. Os digo una cosa,

este hombre se atraviesa el país monte a monte con su rebaño,

pero es cruzar una calle en una ciudad y no sabe. Voy por él.

(SUSPIRA)

-Madre.

-¿Se encuentra bien?

No tiene buena cara, parece inquieta.

¿Ha ocurrido algo?

-El día, que se me ha echado encima.

Iré a descansar un rato antes de cenar.

-Aún estás trabajando.

Estás recuperándote, no deberías hacer excesos.

-Si no empiezo, no llegaremos a tiempo.

-Samuel, yo...

-Debiste haberme contado lo del dibujo tú.

No deberíamos ocultarnos nada. -Acababas de salir del hospital.

No me pareció que fuese el momento para hablarte

de esas cosas.

-Debiste hacerlo.

Son unas joyas preciosas.

Tienen ustedes un gusto exquisito.

-Le agradezco el cumplido.

Viniendo de una mujer con tanta clase, es todo un honor.

-Hubiera preferido esperar a que Felipe saliera del hospital,

pero él ha insistido en que viniera.

-Tratándose de un presente del señor Álvarez Hermoso,

debemos esmerarnos en la elección.

Debe quererla mucho para obsequiarle con una de estas piezas.

-Hemos pasado por altibajos, pero ahora estamos como antes.

Mejor, diría yo.

¿Cómo se encuentra

su hermano Samuel?

-Al parecer, está bien. Ya está en casa, como sabe.

(RESIGNADO) Con su esposa.

¿No ha pensado en marcharse unos días de Acacias?

-(ASIENTE)

Sí, lo he pensado algunas veces, pero mi padre está ingresado.

No. No quiero alejarme,

al menos por el momento. -Pero su padre está estable

y bien cuidado

Podría airearse unos días.

-No. No puedo alejarme, Celia.

Solo de pensarlo, me cuesta horrores.

-¿Qué puede decirme de esta circonita

incrustada en plata? -Que está muy bien tallada,

pero tratándose de un presente tan especial,...

le sugiero este broche de oro y rubíes.

-Hombre, es precioso, pero ¿no será demasiado?

-Por lo que me ha dicho,

como muestra de amor de don Felipe, es perfecto.

Pruébeselo.

Tómese el tiempo que necesite.

-La verdad es que me encanta.

-Don Felipe estará muy feliz al verlo lucir en su cuello.

-Pues no se hable más.

Me la llevo.

No debería estar en una vitrina el día del homenaje a mi padre.

Deberías llevarla puesta.

-Es realmente preciosa.

-Lo es.

Te lo debemos a ti, fuiste tú quien la diseñó.

-Samuel, no... No te conté nada del dibujo

porque lo hice mientras estabas en el hospital,

no porque quisiese ocultarte nada.

Y la verdad, tampoco creí que este garabato

se fuese a convertir en algo real. Creí que se quedaría

en un dibujo tonto, no le di más importancia.

-No has de darle más vueltas. Y no es un garabato,

tienes mucho talento.

Nunca dejas de sorprenderme. Siempre descubro cosas nuevas

de ti. Eso me fascina.

-Gracias.

-Solo una pregunta. ¿Le has dicho algo

a Diego sobre tu hermana?

-No.

Nadie, excepto tú, sabe nada de Olga.

-Lo prefiero. Lo deberías mantener en secreto,

cuanta menos gente lo sepa, mejor.

-La verdad es que tampoco sabría cómo explicarlo.

Tengo más preguntas que respuestas sobre ella.

Ardo en deseos de conocerla, de saber cómo es.

Pero a veces pienso que no es más que una patraña

de mi madre.

¿A qué esa sonrisa? -Quizá puedas dar respuesta

a todas tus preguntas pronto.

-¿A qué te refieres? -Me puse en contacto con un amigo

que creí que me podría ayudar con ese menester.

Me dio datos sobre ese tal Merino.

-¿Qué te dijo? -Poca cosa, pero es un cabo

del que tirar. -No lo demores más, dímelo.

-Trabaja para familias

con posibles encargándose de la seguridad.

-¿Y sabes dónde vive

o cómo podemos encontrarle? -Aún no, pero pronto lo averiguaré.

En cuanto sepa su domicilio, te lo diré, te lo prometo.

-Gracias.

Gracias por hacer esto por mí. -Eres mi esposa.

¿Cómo no iba a hacer esto por ti? Haría cualquier cosa por ti.

Lo que fuera.

-En cuanto me des sus datos, iré a verle.

-Espera unos días, solo hasta que me recupere,

yo te acompañaré. -Gracias, pero no hace falta.

-Quiero hacerlo. -Ya,

y yo quiero ir cuanto antes.

Por favor, no te molestes. Entiéndelo.

Además, puedes confiar en mí.

Sabré cuidarme.

Siempre lo he hecho.

Dios mío, seña Fabiana, no se imagina el revuelo

que había montado cuando fui a buscarle.

-¿Un revuelo?

¿Qué hizo usted, alma de cántaro? -Na de na.

Hablar con una muchacha. -¡Con una señora!

Lleva un anillo en el dedo. -¿Cómo iba a saber yo eso?

-Uno, antes de lanzarle improperios a una señora,

se fija en esas cosas. -No,

improperios no,

palabras bonicas le solté. -Ah, ¿sí?

No es lo mismo que contaron allí, dijeron que "de bonicas, nada".

Si no, ¿por qué quería lincharte?

-¿Lincharle, por Dios? ¿Eso querían hacerle

a usted? -Darle las palmas seguro que no.

Hubimos de salir de allí por patas y a zancadas

para que nos corrieran a gorrazos. -Es lioso,

en la ciudad hay muchas normas.

Yo me voy a dormir al campo, con mis ovejas.

-¿Qué estás diciendo?

¿Cómo vas a dormir al raso? -Y tan rebién.

Es donde mejor se está, bajo las estrellas y con mis niñas.

-Si hemos ido a buscarle,

es para que duerma bajo techo, hombre de Dios.

Deje a sus ovejas allí,

ninguna le va a echar de menos. -Una sí, la Mariana.

No se duerme hasta que esté yo cerca.

-Pues que se amole.

Esta noche duerme en el altillo, no se hable más.

Cierto es que no es el Palacio Real,

pero tiene techos, paredes... -Muchísimas gracias,

seña Fabiana. -¿Y sabe qué tiene también?

Un barreño para asearse, Jacinto. Que menuda peste que me trae.

-Bueno,

yo me voy a casa de doña Rosina.

Últimamente está muy rara y no quiero meterme en más líos.

Buenas noches.

-Bueno, Jacinto, lo primero,

a lavarse bien en la jofaina.

¿Eh? Que luego ya le diré yo dónde está su cama.

Uy.

Pero esto es un perfume.

¡Vaya! Y huele a que le ha costado a usted sus buenos reales, ¿verdad?

¿Y no sería mejor que se lo regalara a cualquier moza que quiera cortejar?

-No quiero cortejar a nadie más.

Se lo regalo a usted porque es buena mujer, Fabiana,

y se porta requetebién conmigo.

-¡Un momento, Jacinto! ¡No, no, no! Es hombre,

mejor ahí dentro. -Ah, bien.

-Jacinto, sus cosas. -(RÍE) Perdone.

-Vamos. -Perdone.

-A ver...

Una perita, ¿eh?

Gracias.

Si me conocieras hoy, ¿cuántos años me echarías?

-Oh, oh... -¿Oh? ¿Qué?

-Diga lo que diga, saldrá mal parado.

-No, si dice mi... edad de verdad.

-Pues...

treinta y...

Trein...

¡26!

-Esa es una mentira como mi cabeza de grande.

-No. -Sí.

Si la dices, es porque piensas que estoy más vieja que mi abuela,

que en paz descanse. -No, cariño.

¿Y por qué no has dicho mi edad verdadera?

-Ya te dije que no había manera de salir airoso.

-¿A qué vienen estas preguntas? ¿Qué más dará la edad?

-Es por Susana.

-¿Por mi tía?

-¡No, por tu prima de Valencia! ¡Claro!

Ayer vino con la mosca detrás de la oreja,

pensando que el niño que iba nacer en esta casa era de Leonor.

-¿Mío?

¿Y con quién? -Eso mismo le dije yo.

Cuando le expliqué que era mío, no se lo creyó.

-Si Susana sabe lo del embarazo,

ya puede darse prisa en ir contándolo.

La sastra no es peritísima en asuntos de guardar secretos.

-Claro que lo sé. Tiene la lengua más larga que una cola de lagartija.

-Liberto, tienes que hablar con ella.

-¿Yo?

Sí, dile que guarde el secreto. Por favor, no quiero que la gente

se entere de mi estado interesante como si fuera cosa mala.

-En eso puede que tengas razón, puede pensar que queremos ocultarlo.

-Iré, pero tendrá que ser luego. Ahora tengo que ir

donde Samuel. El pobre está débil

y quiere que le ayude en unas gestiones.

-Cuando sea, pero hazlo.

-(SUSPIRA) Con Dios.

-(RÍE) Con Dios, Liberto.

(BOSTEZANDO) No he pegado ojo en toda la noche.

Acostumbrado a acurrucarme

con mis bestias... -¿Qué hace usted en el altillo?

No sabía que se quedaba a dormir. -¡Ah, ah!

¡Ay,! -No pegue esos berridos,

no es para tanto. -No, solo para que me dé

un tabardillo. ¡Tápese, mujer!

-¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Tan feo estoy?

¿Tan mal me queda? -Fea no es la palabra,

está "mu bonica", pero uno no está acostumbrado.

-Si no le gusta, se da la vuelta y "arreglao". Hala.

-¡Ay, ay, ay! ¡Ah, ah, ah!

-¿Qué hace un hombre en el altillo? -A mí no me diga "na".

-¡Encima él! ¡Es usted un marrano!

Se ha colado para vernos en cueros, ¿no?

-¡No, no, no!

¡Confiéselo, diga la verdad! -¡No, no, no, no!

La culpa es mía, por no avisar.

Se ha quedado porque se lo pedí.

-Me empiezo a barruntar que no ha sido buena ida.

Perdonen. ¡Perdón! ¡Perdón!

-Menudo descuido, Fabiana, ya le vale a usted.

-Lo siento mucho,

no quería asustarla. -En el fondo,

me da un poco de pena,

es buen hombre. -¡Es un cafre! Pena... sí da,

pero es un cafre.

(Campanilla)

-Parece ser que la reclama su señora. Llama del principal.

Parece que se ha recuperado del todo de su muñeca, ¿no?

Estoy mejor, sí.

¿Significa eso que irá a la sala de esgrima?

¿Es sincero ese interés?

Padre, ¿a qué viene tal desconfianza?

Por supuesto que es sincero.

Si está insinuando algo, dígalo y no se ande con rodeos.

Me pregunto si quieres que vuelva a mis sesiones de esgrima

por alguna razón en particular.

Ya se lo dije:

por verle feliz y distraído.

Sé lo mucho que le gusta perfeccionar su estilo.

Después de las sesiones viene usted con un humor distendido.

Mañana las retomaré, hoy la sala estaba cerrada.

En todo caso, hoy quiero pasar un rato contigo.

¿Hoy? Sí,

esta tarde, me acompañarás a la iglesia.

Hace mucho tiempo que no la pisas

y ni te confiesas si quiera. Ya va siendo hora.

Padre, la verdad es que no he amanecido

con muy buen cuerpo.

Quizá esté incubando una gripe.

No sería bueno que saliera.

No hay excusa para que una señorita como Dios manda

se ausente de la iglesia. Irás.

Disculpadme.

¿Dónde está mi hija, Samuel? -Salió a dar un paseo.

-Doña Úrsula, hace tiempo que no la veo bajar

a las tertulias de las señoras en "La Deliciosa".

-Llamar tertulias a esa jaula de grillos

me parece un poco osado.

Pero sí, es cierto, últimamente no frecuento a las señoras.

-¿Es que ha ocurrido algo?

-Que tengo cosas más importantes que hacer que darle a la húmeda

y cotorrear con mujeres que no hacen nada en todo el día.

Con Dios.

-Me parece que este mes no le dan el premio a la simpatía.

-(RÍE) Ni en este mes...

ni en los últimos meses desde que nació.

Gracias por la gestión.

Lo cierto es que tal vez precise de su ayuda

en algún otro momento. -Cuando usted necesite.

Ya que le veo, quería felicitarle por su enlace con doña Blanca.

Deberíamos salir a celebrarlo. -Fue todo muy rápido y precipitado.

Apenas tuvimos tiempo de hacernos a la idea.

-Esos son los matrimonios que mejor se llevan,

los que no lo piensan demasiado. No se apure, van a ser muy felices.

Además, por lo que parece, Blanca es una mujer excepcional.

-En eso estoy de acuerdo. Es una mujer increíble

y muy especial.

-Pese a que me gustaría quedarme y oírle presumir de esposa,

debo ir a ver a mi tía.

-Por supuesto, no quería robarle más tiempo.

-No, no se levante.

-Gracias de nuevo por la gestión. -No hay de qué.

Con Dios.

-Samuel, voy a salir

con Carmen a hacer unos recados. -Si espera que me crea

esa patraña de mujer afligida

que hace creer a todos, está muy equivocada.

-¿Patraña? -Blanca me lo ha contado todo.

-¿Que te ha contado el qué?

-Los embustes que dice usted sobre Olga, su hermana.

Crees que son embustes.

Todas y cada una de las palabras que salen de su boca,

sobre todo, en ese asunto.

¿A qué está jugando? ¿Pretende asustarla?

¿Atormentarla, como cuando la encerró en el sanatorio? No voy a permitir

que se salga con la suya. Llegaré al fondo de este asunto,

descubriré la verdad.

No dejaré que manipule a mi esposa.

Ahora estoy aquí, soy su marido y no dejaré que se salga con la suya.

-¿Quién te has creído que eres?

-Su esposo. -¡Un estúpido, eso es lo que eres!

Yo, en tu estado,

me guardaría muy y mucho de emitir amenazas. En tu lugar,

yo lo que haría sería cerrar el pico

y seguir con lo mío.

No me conoces ni sabes de lo que soy capaz.

Ten cuidado...

y mejor... no lo compruebes.

(SUSPIRA) No hay trabajo en esta ciudad, padre.

Así se lo digo.

-Que tú no lo encuentres, no quiere decir que no lo haya.

-Ten paciencia, ya encontrarás algo.

-Ni siquiera he podido recuperar mi antiguo empleo de barrendero;

ya han contratado a alguien.

En el mercado, casi trabajo de carnicero,

pero se corrió la voz de que era hijo de don Ramón Palacios,

y, por respeto a usted, padre, nadie me contrató.

-Lo encuentro lógico y normal. -¿El qué encuentras lógico y normal?

Que nadie quiera ofender a nuestro padre

dándole órdenes y un mísero jornal a su hijo.

A lo mejor deberías irte a trabajar a las minas, como tu padre propuso.

-Eso debería hacer, según tú, ¿no? -Sí.

Así nos ahorras sufrir el sonrojo de verte trabajando como un criado.

-Me alegra que te preocupes por mí

y que te desvelen mis problemas. Eres de gran ayuda.

-No discutáis. -Antoñito, hijo,

no le hagas ni caso con lo de las minas.

Hay muchísimas opciones más.

-Tampoco hay tantas. -Sí que las hay,

millones. -¿Como cuáles?

-Como... -¡Ay!

-¿A ti qué te pasa? ¿A qué viene esa cara de verbena?

A que traigo un notición de los que le alegran a una el día

y hasta la semana. -A ver.

-Dilo, no nos tengas en ascuas.

-El señorito Víctor se lo ha pensado mejor

y va a readmitir a Antoñito en "La Deliciosa".

-¿En serio? -(ASIENTE)

-¿Y ese cambio de opinión? ¿Ha sido un milagro?

-No, a la labia de doña Trini y a la menda que tienes delante.

-¿Cómo? -Nosotras le pedimos a Víctor...

-Le suplicamos, diría yo.

-Sí, que readmitiera a Antoñito.

-Solo con una condición, Trini.

-¿Cuál?

-Que le dé lecciones y le enseñe a servir.

-¿Le ha parecido bien, ha aceptado?

-Eso parece. -Bueno, esto ya es el colmo.

El dineral

que se han gastado en tu educación,

ahora tiene que ser una criada quien te dé lecciones.

-Una criada, pero de las buenas.

Que hago mi trabajo requetebién y con mucha contentura.

-Es nadie lo pone en duda,

pero las cosas no valen lo mismo para ti que para él.

Eres un Palacios, Antoñito.

No puedes agachar la cabeza cuando alguien te mande a recado.

Para eso, mejor que te fueras a las minas,

o a Tombuctú, o donde sea, pero lejos,

y no tengamos que ser testigos

de tu humillación. -Lo siento,

pero me voy a quedar aquí.

-Te ha readmitido porque eres mi hermano y él, mi novio,

no porque sepas hacer tu trabajo.

-No sé por qué lo ha hecho, pero lo ha hecho,

y a ti parece que te moleste. -Sí.

A lo mejor hablo con él y le pido

que no sea condescendiente contigo. -Ya está bien.

-Ya está bien. Aquí nadie va a hablar con nadie.

Las cosas se quedan como están, y punto redondo.

-Di que sí, es lo más sensato.

-Es más de lo que se puede decir de ti.

¿Cómo se te ocurre pedirle favores

a Víctor a mis espaldas?

Y a ti, lo mismo.

A las dos, ¿cómo se os ocurre?

Deberíais habérmelo contado todo desde el principio.

Te está quedando muy bien, Adela.

Es de una delicadeza exquisita. -Gracias, doña Susana.

-Sobre todo el motivo central.

Requiere de habilidad y minuciosidad. -Solo trato de poner interés

en todo lo que hago.

Sus palabras son el premio al trabajo bien hecho.

-Algo más de interés veo yo en este bordado.

Arte, diría yo.

¿Por qué no descansas un poco?

-Prefiero seguir.

-Buenas tardes, tía.

-¿Qué haces aquí, hijo?

-Venía a hablar con usted de un asunto.

-Yo también quería hablarte de algo.

Conozco a tu esposa, y te vienen tiempos difíciles.

Le ha entrado otra de sus neuras. -Sé que está al tanto de todo.

Y de eso vengo a hablarle.

¿Podemos hablar un momento a solas?

-¿Vienes a pedirme consejo de cómo proceder con tu esposa?

Lo suyo sería no hacerle mucho caso.

Hasta que recupere el oremus. -No, tía,

no se trata de eso.

De hecho, lo que le dijo Rosina es cierto.

-¿A qué te refieres?

-Que vamos a ser padres.

-¿Estás de chanza?

Pero ¿cómo es posible? -¿Quiere que se lo cuente?

-Sabe bien Dios que no. Creía que era otra de sus pamplinas.

-Nada de pamplinas. -Entonces...

¿no es fantasía? -Tan verdad como que estamos aquí.

De verdad, tía, Rosina está muy ilusionada con esto.

Y yo también. Le rogaría que mantuviera la noticia en secreto

hasta que nos decidamos a contarla.

-Por supuesto, Liberto, así lo haré.

Puedes confiar en mí.

-Y también le rogaría que tuviera unas bonitas palabras hacia su amiga.

La pobre está turbada, al ver que no se creyó ni una sola palabra.

¿No va a darme la enhorabuena o qué?

-Ay, perdóname, sobrino.

¡Enhorabuena!

Vas a ser un padre...

maravilloso.

-Gracias, tieta.

Y yo marcho ya, que todavía tengo que hacer recados.

Con Dios. -Con Dios.

(Campanas)

Adela, me voy. No quiero llegar tarde a misa.

¿Cuánto le debo?

-A ver qué me lía hoy

el Antoñito.

-Víctor, ¿me está escuchando? -Disculpe, ¿qué me decía?

-Víctor, apúntelo en mi cuenta,

yo invito.

-¿Dónde vas?

-Iba a tu casa, a ver el progreso de Samuel con la joya.

Y le traía unas joyas para engarzar.

-Preferiría que vinieses otro día. Quiero estar presente

cuando se decidan las gemas para ese colgante.

-¿Y no puedes subir ahora? -Discúlpenme.

-No, iba a hacer unos recados. Yo también he de marchar.

¿Qué te sucede?

¿No habrás discutido con Samuel por el diseño de la joya?

-No, en absoluto, no puso ninguna pega.

Ya ha comenzado a hacerla.

-Entonces ¿qué te preocupa?

-Nada.

-Dime qué te ocurre, Blanca.

Sé que algo te ocurre.

Te lo noto en la mirada.

Blanca, ¿qué ocultas? -Nada, no insistas.

Cosas de mujeres.

-(IRÓNICO) ¿Arreglos de ropa?

¿Indisposiciones? ¡Venga ya!

Mientes.

¿No será que Samuel te prohíbe que me cuentes algo?

-A mí nadie me prohíbe nada.

Y no tiene que ver con Samuel, sino con Úrsula y con mi hermana.

-¿Tu hermana?

No lo sé, Blanca, todo esto es muy extraño.

-Lo sé.

-¿Y si fuera un engaño, otra patraña de Úrsula?

-¿Crees que no lo he pensado? Por eso quiero averiguarlo.

Saber si es verdad o mentira.

-¿Cómo? -El hombre

que protegía a mi madre habló con esa misteriosa mujer

que la tiene atemorizada,

la misma que encerró a Carmen

en el despacho. -¿De qué hablaron?

-Eso es lo que quiero saber. Por eso voy a ir a verle.

-Yo iré contigo.

-No hace falta.

Puedo ir yo sola a ver a ese tal Merino.

-Lo sé, pero quiero hacerlo.

Quiero estar a tu lado.

Ardía en deseos

de verte, mi amor. ¿Te has vuelto loca?

Es peligroso, no podemos estar aquí. Loca por ti.

Tu padre está apenas a unos metros.

Mi padre no deja de vigilarme, no lo soporto más.

Hemos de tener paciencia y ser prudentes.

No puedo... ni quiero.

No puedo vivir sin tus labios,

sin oler tu piel, sin sentir tus abrazos.

No puedo vivir

sin ti, Simón. Mesura, por favor.

Mesura, Elvira.

Mañana todo esto terminará. Mi padre irá a esgrima

por la noche y nosotros podremos vernos.

Recuerdos a su hermano,

espero que se recupere pronto de su hernia.

Señora.

¿Qué haces aquí?

¿Por qué te has alejado sin avisarme?

No quería encontrarme con gente conocida

y tener que explicarles todo lo ocurrido.

Pues no vuelvas a hacerlo.

¿Seguro que es por aquí la dirección? -Son las señas que Samuel me dio.

Tiene que ser aquí.

-Vayamos hasta la casa a comprobar si vive ahí el tal Merino.

Ha sido una homilía preciosa. Ramiro está cada día más acertado.

-¿No te parece raro que don Arturo haya llegado tarde?

-Suele ser puntual. -No encontraba a su hija.

¿Cómo pudo perderla?

Ahora que caigo...

-¿Qué?

-Simón me iba a acompañar a misa, y no se presentó.

-¿Qué insinúas?

¿Crees que quizá el coronel no la perdió?

¿Que se perdió ella, conscientemente?

-Ojalá todo sean casualidades sin sentido.

Sé lo que se sufre cuando notas que tu esposo te miente.

-Bueno,

esto no tiene mucho que ver con lo tuyo con Felipe.

Esperemos que sea una casualidad

y estemos especulando de más. -Sí,

tienes razón, no tiene por qué estar pasando nada malo.

Hablando de Felipe, mira.

-Es una joya preciosa.

-Es una joya Alday; regalo de Felipe.

Bueno, la he comprado yo porque Felipe sigue convaleciente,

pero ha sido idea suya.

-De un gusto exquisito. -Me marcho, que está atardeciendo.

Con Dios. -Con Dios.

¿Has avanzado mucho con la labor?

(ASUSTADA) Adela, ¿estás bien?

¿Qué te pasa?

¿Qué te ocurre, niña?

¿Qué tienes?

¡Me lo vas a contar ahora mismo, y punto redondo!

Documentación, por favor.

-¿Sucede algo?

-¿Qué hacen por aquí? -Vamos al otro lado del puente.

Buscamos a un hombre, responde al nombre de Merino.

-¿De qué conocían a Merino?

-De nada. Justo hoy veníamos a verle por primera vez.

-Ha dicho "conocían", ¿le ha sucedido algo?

-Es lo que estamos investigando.

En el mejor de los casos, podría estar malherido.

-¿En el mejor de los casos?

¿Qué quiere decir? -Han asaltado su casa.

Hay sangre por todas partes y los muebles, revueltos.

Los vecinos oyeron fuertes golpes.

Pero no hay ni rastro

de ese hombre, -Qué extraño.

¿Dónde podría ir un hombre herido que ha perdido sangre?

-Quizá alguien lo trasladó a otro lado.

O se fue por su propio pie. No lo sé.

Seguramente terminemos encontrando su cadáver en algún paraje.

(LLORA)

-Al principio, tendrás pesadillas,

creerás que nunca podrás olvidarlo, pero lo olvidarás.

Los seres humanos somos capaces de cualquier cosa

con tal de acallar nuestra mala conciencia y sobrevivir.

Al fin llegas, hijo.

-Me has sobresaltado, madre.

-Te estaba esperando.

-¿Y Adela? -¿Acaso te importa lo más mínimo?

-No me gusta su tono.

-Ni a mí tu comportamiento.

¿Por qué la toma conmigo? Nada he tenido que ver

con el último proceder de mi esposa. -¿De verdad piensas eso?

-Yo no le he pedido que camine descalza por las calles.

Serán consecuencias

de sus años en el convento. -Trataré de pensar que afirmas eso

porque eres un ingenuo y no un cínico.

-"Quizá..."

no sea más que una treta de Úrsula para confundirte.

-Si es así, lo está consiguiendo.

-Debes salir ya de dudas.

¿Vamos juntos hasta el bosque de Las Damas?

¿No fue allí donde sucedió todo?

¿Donde Úrsula abandonó a Olga a manos de esa mujer?

-Sí, así me lo ha contado. -Si es verdad

y no está mintiendo,... alguien tiene que recordar algo.

No sé, quizá un vecino o...

puede que la mujer que cuidó a Olga esté viva.

-"¿No te das cuenta?".

Si la vuelves a pifiar, solo te queda la mina.

Y tendrás que separarte

de una servidora.

-Sí, tienes toda la razón del mundo.

Enseguida terminaré de traerle el desayuno.

-Así me gusta. Si es que vales más que un potosí.

(CARRASPEA) Disculpe, don Ramón.

Tan solo le estaba dando unas lecciones... de cómo servir.

-Entre esas lecciones, ¿está andar besuqueándose?

-"No hay cosa"

más bonita que tener un hijo. -Sí, sí, ya lo sé.

-Pues no lo ocultes por más tiempo. Haz las cosas bien

por una vez en la vida. Organiza un ágape.

y cuéntale a todos los vecinos la buena nueva.

-Ya lo tenía en mente. Me cuesta la vida

no gritarlo a los cuatro vientos y contenerme, pero es que eso

debería organizarlo bien.

-Para eso están las amigas.

Puedes contar conmigo para lo que quieras.

-Mira qué hora es. Se me ha ido el santo al cielo.

Doña Susana me espera en la sastrería.

-Adela, espera.

Estoy muy preocupado por ti.

-Te lo agradezco, pero no hay motivo.

-Vamos, espera, por favor. -¡Ay!

-¿Qué te sucede en la espalda?

-Nada. -Apenas te he tocado

y te he hecho daño.

-No es nada. -Eso ya lo decidiré yo. Muéstramela.

-Simón, por favor. -Adela, enséñame la espalda.

-Samuel, yo ya no sé qué pensar.

La verdad, me rehúye una y otra vez.

Por eso iré al bosque de Las Damas.

Allí es donde mi madre abandonó a Olga,

dejándola a cargo de una mujer.

-Y he de suponer que irás con Diego.

-Si eso te incomoda, iré sola.

-No creo necesario que tengas que ir a ninguna parte.

-¿Qué es esto?

-Ábrelo.

Te interesa leerlo. -"¿Y esa cara"

tan siesa?

¿Ocurre algo?

Aquí, la Carmen,

que le ha entrado no sé qué con el aseo.

-Carmen,... usted no está muy católica.

Anoche, la oí gritar entre sueños.

Algo le ocurre. Estamos aquí para lo que sea.

-No me pasa nada, métanse en sus asuntos.

-Que tan solo queremos ayudarla.

-Ni lo he pedido ni lo necesito.

Déjenme en paz.

"¿Has pensado en tu futuro?".

Casado con una mujer sin cultura, sin modales,

más buena que ninguna, eso no te lo discuto,

pero más bruta que un arado.

¿Qué vas a decir cuando te avergüence en algún evento

al que acudas con tus amigos?

-Supongo que me reiré con ella. Y si alguien le falta al respeto,

yo dejaré de frecuentarle.

Si ella quiere,

le enseñaré a pulir los modales,

aunque, la verdad, es lo que más me gusta de ella.

-"Tu sierva te pide protección".

(LLORA) No sé cómo, pero el pasado está volviendo a mí,

torturándome.

Ten piedad.

Era joven,

no podía elegir.

Hice lo que mejor creía.

Sé que me equivoqué.

(LLORA) Pero te pido, por favor, que tengas piedad.

  • Capítulo 625

Acacias 38 - Capítulo 625

19 oct 2017

Samuel y Diego se unen con un objetivo común: construir la joya que diseñó Blanca. Diego se da cuenta de que no quiere marcharse de Acacias y Blanca es la razón. Samuel piensa que Olga es una invención de Úrsula para incomodar a su mujer, y así se lo echa en cara su la madrastra.

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