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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 622 - ver ahora
Transcripción completa

Samuel...

Samuel.

Samuel.

-¿Aún sigue dormido, doctor?

-No tardará en despertar.

Permítame.

Samuel, Samuel, ¿puede escucharme?

-"Madre, ¿está...?".

"¿Está...?".

-Embarazada.

-Vas a tener un hermanito. -O hermanita.

-"Pensaba seguir trabajando en él".

Pero no sé si seré capaz de llevarlo a buen puerto.

Quizá si tú me ayudases... Serían solo unos días.

-"Ahora vuelvo. Necesito aire".

-No, por favor, no me dejes sola ahora.

-Solo voy a dar un paseo. -No, no me dejes.

"No me lo hagas más difícil de lo que ya es, Elvira".

"Necesito estar solo". "No tienes por qué estar solo".

"Puedo estar contigo a cada minuto".

Lejos de estas calles que nos niegan la felicidad.

"¿Quién la está acosando?".

-"¿Recuerdas el cuento de Baba Yagá?".

-¿Se lo contaba también a Cayetana de niña?

-Sí.

Pero te repito que no es ella la que está jugando conmigo.

Doña Cayetana murió en ese incendio, estoy segura.

-Pero entonces, ¿quién? -Olga.

Tu hermana.

Es ella y no otra

quien ha regresado.

¿Mi hermana?

-Ya lo has oído.

Sabes perfectamente

de quién te hablo. -Pero ¿cómo?

¿Qué fue de Olga?

Ya es hora de que me lo cuente.

-No merece la pena contártelo.

No me ibas a creer. -Quiero saberlo todo.

-Ya te lo dije,

cuando os tuve a vosotras, yo era una criada.

No podía hacerme cargo de un hija, cuanto menos, de dos.

Te escogí a ti.

-¿Y qué fue de Olga? -Junté todo el dinero que pude,

incluso robé unas monedas muy valiosas.

Se lo entregué todo a una mujer con el compromiso de que la cuidara.

Todavía recuerdo el momento en que se la di.

Fue como si me arrancaran

el corazón.

-¿Quién era esa mujer?

-La conocía del mercado.

Ella no podía tener hijos y me juró que la cuidaría.

Se la entregué en el bosque de las damas.

Me esperaba bajo un árbol

con unas gruesas raíces que sobresalían de la tierra.

-De ahí las hojas que aparecieron en casa.

-Y más cosas.

Si solo hubieran sido esas hojas,

yo nunca hubiera pensando en la posibilidad de que estuviera viva.

Todo esto forma parte de un plan para desquiciarme.

-Siga contándome.

-Años más tarde

las cosas cambiaron.

Yo tenía dinero,

podía darle a tu hermana la misma educación que te daba a ti.

Cada noche

rezaba y soñaba por volver a verla.

La busqué por todas partes,

pero no hubo manera de dar con ella.

Hasta que encontré una familia,

una familia que la conocía desde que ella era una criatura.

Me dijeron que había muerto.

-¿Y no lo comprobó? -¿Cómo?

¡Esa mujer había desaparecido de la faz de la tierra!

Pero Olga

no había muerto.

Y ahora, ha regresado.

-No puede ser.

No, no puede ser. Es todo demasiado artificioso.

-Te dije que no me creerías.

Nadie me creería si le digo

que me he pasado toda la vida rezando

y sufriendo por esa hija que tuve que entregar.

No lo entenderás hasta que no seas madre.

-Usted me dijo

que había algo más que las hojas que aparecieron,

que hay más indicios.

Muéstremelos.

-Está bien.

Te los traeré.

No, no, para. Esto es una locura.

Simón, no hables.

No digas nada que nos pueda hacer daño a los dos.

Lo que es una locura es que tú y yo no estemos juntos,

que la vida se haya inmiscuido,

que nos pleguemos a los obstáculos de Adela

y de mi padre. Pero no podemos eludirlos.

O sí.

Sí, si pensamos en el momento y no en el futuro.

Bésame.

¿Es que este beso no merece saltarse todas las normas del mundo?

Y no solo este beso, todo.

Yo soy tuya, Simón.

Todo me lo puedes pedir.

Pero no tendremos

ni la libertad ni la ocasión.

Mi padre va al Ateneo militar para sus prácticas de esgrima.

Me escaparé de casa. Pero ¿qué dices?

Si te descubre, te va a matar.

Separándome de ti, me mata poco a poco.

Yo estaré.

¿No vas a estar tú?

Elvira, no...

Prométemelo.

¿Por qué a mí?

¿Por qué tengo que sufrir esto?

Perdóname, Virgen santísima, por...

Por mi egoísmo y por pensar solo en mi sufrimiento.

Sé que tengo que aceptar los caminos del Señor,

y así lo haré.

Por favor,

solo le pido

perdón para mi marido y...

Y que le guíe en sus pasos.

Se adentró en el bosque,

siguió el sendero,

hasta que se encontró una extraña cabaña

levantada sobre lo que parecían

patas de gallina.

-¿Recuerdas el cuento? -Hace un momento no lo recordaba.

Pero al ver la casa, ha vuelto a mi memoria,

como si no hubieran pasado más que nos minutos

desde que usted me lo contó.

-A Olga se lo conté por última vez justo antes

de entregarla.

Tal vez esa mujer lo escuchó

y también se lo repitió más veces.

¿Recuerdas la canción del cuento?

Tantas noches te dormiste arrullada por ella...

-Duerme, tesoro,

que viene el coco

y se come a los niños que duermen poco.

-La cantaban unos niños en la calle,

justo enfrente de la terraza de La Deliciosa.

Me acerqué a ellos para preguntarles

quién les había enseñado la canción.

Me dijeron que una mujer joven.

Cuando me señalaron dónde se encontraba,

había desaparecido.

Estas son las monedas que me ha dejado.

Es una serie para coleccionistas. Una moneda cada 10 años.

Es como la que yo le di a esa mujer para que cuidara de Olga.

Mira las fechas.

1861,

1871,

1881, 1891

y 1901.

-Pero la última

no se la pudo usted dar a esa mujer, es de este año.

-Creo que es la forma que tiene Olga de decirme que se acerca,

que el tiempo se acaba.

-No puede ser.

No. Es demasiado rebuscado.

-Tampoco puede ser casualidad.

¿Recuerdas qué es lo que bebía la bruja Baba Yagá?

-Té.

Té hecho con una rosa de pétalos azules.

-Los mismos pétalos que encontré en la jarra de agua

que Víctor iba a servir.

-De acuerdo.

De acuerdo, todo cuadra,

pero entonces, ¿por qué no se presenta abiertamente?

-No lo sé.

Solo lo sabremos cuando se destape. -Miente.

Usted miente, se lo está inventando todo.

Fue usted quien trajo esas hojas, esas monedas

y esa extraña cabaña con patas de gallina.

-¿Por qué iba a hacer una cosa así? -No lo sé.

Pero no sería la primera vez que hace algo que parece extraño

y que, finalmente,

tiene un significado, uno que la beneficia.

-O tú. ¡Tú conocías el cuento!

¡Yo te lo había contado muchas veces!

Tal vez...

Tal vez lo descubriste todo, no lo sé. ¡Las monedas, la mujer!

-¡Yo no he sido!

-Lo sé.

Lo sé.

Ha sido Olga.

Ha vuelto

y no sabemos qué pretende.

¿Recuerdas la frase mágica del cuento?

Casita, casita,

da la espalda al bosque y gira hacia mí.

Averiguaremos su significado.

No te creas a salvo, Blanca.

Olga ha vuelto para quedarse con lo que cree que es suyo,

incluyendo tu vida.

He subido a Fabiana a casa, a ver si se tranquilizaba con una infusión.

-Muchas gracias, doña Celia.

Es usted oro molido

La voy a acompañar al altillo

y no me voy a mover hasta que se duerma.

-¿Y cómo voy a dormir con mi hija rondando el barrio?

-Fabiana, vuelve a la realidad.

Tu hija no ha vuelto.

Sé que es muy duro aceptarlo, pero Cayetana murió

y nunca más regresará.

-Señora Fabiana, en el incendio no quedaron ni sus restos.

-No quedaron porque no murió.

Escapó.

Ya decía yo que mi Cayetana era muy lista

como para dejarse atrapar por las llamas.

Y hoy la he visto, la he visto.

-Eso es imposible.

-Lo que no sé es por qué no me dio aviso de que estaba viva.

¿Por qué me dejó sufrir

todo este tiempo sin darme nuevas?

-Fabiana, está sugestionada.

La mujer que viste

no era Cayetana.

Puede que se pareciera, pero no era ella,

es imposible que fuera. -Úrsula lo sabe todo.

Está recibiendo mensajes que tienen que ver con el cuento de "Baba Yagá",

el que le contaba a mi Cayetana cuando era una niña.

Por eso esa mujer estaba tan desquiciada.

-¿Qué mensajes, Fabiana?

-Una cabaña con patas de gallina, pétalos azules.

Solo quien conozca el cuento lo sabe.

-Parece cosa de brujería.

-Bueno, pero ¿ese cuento está escrito

en los libros?

Doña Leonor puede que lo conozca.

Vamos, cualquiera que pueda juntar letras para leer libros

lo ha podido mandar.

-Úrsula se lo contaba a Cayetana.

-¿Y a Blanca?

O a otros niños.

Ella trabajó de institutriz.

-Era mi hija.

Era Cayetana.

Y ha vuelto para vengarse.

Así que, que se anden con ojo los que la han querido mal.

# Pero qué grande que es una, que parecen tres.

# Toda entera

# no la ves.

# Monumental mujerón,

# con la fuerza de un ciclón. #

(TARAREA)

¡Ay! -(VOZ GRAVE) ¿Quién soy?

-Uy.

La reina madre, no te fastidia...

¡Uy!

Serás descarado... -¿No me digas que no te ha gustado?

Que mentir es pecado. -Sabía que eras tú

el que se acercaba, que si se me cae el plato,

lo pagas tú.

-¿A ti no te asusta nada?

-No, con el fantasma de la Cayetana rodando por el barrio...

Si en lugar de la Fabiana la veo yo, no paro de correr hasta Cabrahigo.

-Parece mentira que creáis en historias de fantasmas,

como en la Edad Media.

-Si el señorito quiere el desayuno, lo tiene servido en el comedor.

Ale. -No.

Gracias. Voy a desayunar en La Deliciosa.

Que algo bueno tiene trabajar en la hostelería.

Que, por cierto, nunca habría dicho

que Víctor fuera tan corto de miras.

-¿Qué mosca te ha picado con el Víctor?

-Pues que uno le da la clave

para doblar beneficios y ni agradecido, casi me despide.

-¿Y eso? -Digamos que es

de familia de chocolateros y no de hombres de negocios.

Le doy ideas y las desperdicia. -A ver,

¿qué ideas son esas?

-Rebajar el chocolate con agua.

¿Qué? Se vende agua

a precio de leche y cacao. Es un negocio redondo.

-Y negocio al garete que se queda sin clientes, Antoñito.

-Lolita, ¿a que no sabes el último negocio

que se le ha ocurrido a tu señorito?

Mezclar con agua la leche y el cacao de La Delicio...

Perdone usted,

señorito don Antoñito,

que no es que me parezca mal, que el agua no hace daño.

-Mira, Servando,

no voy a discutir contigo temas de beneficios comerciales.

Me voy a trabajar.

-Servando,

se podría callar usted antes de ver quién está escuchando.

-Tiene ideas de bombero. Como Víctor le deje,

va a acabar peor que el negocio ese de los muertos,

cerrado y demandado.

-Sabrá usted más de comercio que el señorito.

-Tampoco hace falta que le defiendas así.

Siempre le da por tomar atajos que no van a ninguna parte.

-¿Y le critica usted, que no lo hay más avaricioso?

-¿Yo avaricioso?

Que lo hago todo por los demás turísticamente.

-¿Turística qué? -Es una palabra que me enseñó Teresa.

Turística. Altruista, altruista.

Vamos, verbigracia, hacer cualquier cosa a cambio de nada.

-¿Usted a cambio de nada?

Anda, a otro perro con ese hueso.

Fabiana parecía que era la que más sentido común tenía,

y ahora, es la que menos.

Muertos andando que te encuentras por las calles.

-Al fin y al cabo, hablamos de su hija.

-No la justifiques.

¿También crees que Cayetana está viva?

-No, pero lo pensé por un momento cuando Úrsula lo dejó caer.

-No, si al final, Fabiana no va a ser tan rara.

Todo el mundo piensa que los muertos se pasean por la calle Acacias.

-¿Tú viste su cadáver?

No, ni tú ni nadie.

¿Quién te dice que no haya sobrevivido

al incendio? Si hay una de la que no me fío

aún estando muerta, es de ella. -Qué insensatez.

¿Y por qué no iba a aparecer?

-Pues, siendo Cayetana,

por miles de motivos.

Desde que hubiera perdido la memoria

por un golpe y no supiera quién es,

hasta que estuviera escondiéndose por sus delitos.

-¿Qué delitos?

Nunca la condenaron.

-Porque murió a tiempo, o se hizo la muerta,

vete tú a saber. -Ya.

Y ahora está en la estepa rusa y se va a casar con el zar Nicolás.

Muchos folletines lees tú, Susana. ¡Ay!

-Ay, perdona.

-Me has pinchado adrede, Susana.

-No digas disparates. Y si lo hubiera hecho, era merecido.

-¿Sabes algo de la noche de amor entre Adela y Simón?

-Pues que fíjate qué horas son y aún no ha venido.

Debieron quedarse celebrando hasta tarde.

-Ojalá.

Ojalá consuman

ese matrimonio. -Y para bien.

Me gustaría mucho que Acacias se llenara de infantes.

Sería tan bonito...

-No sabía que te gustarán los niños.

Vamos a escribir a Leandro y Juliana para que encarguen un nene en París.

Te veo con ganas de ser abuela.

-Perdón por el retraso.

Qué vergüenza. Me pongo a trabajar. -No, no, de eso nada.

Cuéntenos las novedades de anoche.

¿Qué haces?

-He decidido hacer unos patucos para nuestro hijo.

-Pero ¿estás loco? ¿Desde cuándo esa es labor para un hombre?

-Y que lo digas. Pensaba que era sencillo,

pero es muy difícil. ¿Tú sabes?

-¿Yo? ¿Qué dices? Nunca me ha gustado.

Ni de pequeña aprendí.

-Mira, que conste que yo lo he intentado.

-Buenos días.

¿Cómo se encuentra, madre? -Bien. ¿Y tú?

-Bien.

¿Qué es esto? -Un intento fallido de hacer patucos

a nuestro hijo. Es muy difícil, Leonor.

No me ha llevado Dios por ese camino.

-Pues deberías perseverar. ¿Qué puede haber más bonito?

Yo dudo mucho que mi madre o mi padre tejieran algo para mí.

-Ay, hija, no debes ponerte celosa.

Mis hijos serán iguales para mí. Los voy a querer por igual.

-Pero, madre, ¿cómo me voy a poner celosa,

si estoy encantada con el nuevo hermanito?

¿Siguen pensando en Leopoldo o Anastasia

de nombres? -Sí.

-¿Y de dónde vienen esas ideas? -No, a mí no me mires.

Que yo quería que se llamara Liberto, o Liberta, si es niña.

-Ay, cada vez tienes ideas

más peregrinas, esposo mío.

Leopoldo es por Leopoldo Safo,

pseudónimo de cuando empezaste a escribir.

-Pues muchas gracias. Me gusta mucho.

¿Y Anastasia? -Por la hija

del zar. -Pues ese no me gusta.

Y el zar es un tirano.

¿Por qué no le ponen un nombre más literario?

-Bueno, ¿y qué nombre propones?

-Ay, no sé.

Rosalía.

Como Rosalía de Castro. Además, se parece a Rosina.

-No sé, no... no me gusta mucho.

-O Emma.

Emma, claro, como Madame Bovary. -Mira, Emma, es bonito.

-Pero ¿qué decís?

Madame Bovary era una adúltera.

¿Queréis que le ponga a mi hija

el nombre de una adúltera? ¡Ni hablar!

¡No se llamará Emma de ninguna manera! ¡Vamos, hombre!

-Debemos tener mucho cuidado con ella, Leonor.

Está con los nervios a flor de piel. -Pues a mí Emma

me gusta. -Y a mí. Pero no me atrevo

a llevarle la contraria. Que la llame Anastasia.

Voy a verla.

Venga, hija, dinos algo de una vez.

-No le dé vergüenza, que no nos vamos a asustar.

Estamos curadas de espanto.

-Hablar de eso me da mucho apuro.

Tenga en cuenta que, hasta hace dos días, era monja.

-O sea, que ocurrió algo que no hacen las monjas.

Bueno, vamos bien.

-Buena conclusión, Susana.

¿Está en lo cierto, Adela?

-Sí, pero no hagan decir más, que me muero de recato.

-Bravo.

Que los matrimonios hay que consumarlos.

-Solo una cosa, Adela. ¿Fue satisfactorio?

-No me pregunte eso, por favor.

-Ay, Adela, que todas hemos estado casadas

y sabemos bien de lo que hablamos.

-Está bien, le contesto,

pero que conste que yo no quería decir nada.

Sí. Fue muy satisfactorio.

Mi marido es un hombre muy hábil

y muy atento. Hasta me puse celosa, no sé dónde aprendería eso.

-Ni preguntes, que los hombres en eso...

Llegan al matrimonio con muchas millas recorridas.

-Y mejor así, que el que no corre de soltero,

corre luego de casado.

-Venga, ya está, basta de hablar.

-Una cosa, Adela.

¿Le pidió cosas raras?

-Por favor, doña Celia...

Entonces, fui y la dije:

"¿No es verdad, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

más clara la luna brilla y se respira mejor?".

-¿Y ella qué le contestó? -Pues que sí, que era...

Que era verdad. Pero no puede decir nada más,

porque la planté un beso.

-¿En la boca? -"Pa" chasco, donde se dan.

Mi Paciencia y yo nunca podíamos estar solos, porque nos arrojábamos

el uno a los brazos del otro. Bueno, ella se arrojaba más,

porque las mujeres tienen propensión.

-Si yo tuviera su labia...

-Claro. -Ah, ¿y cómo se le ocurrió

lo de la apartada orilla?

-Ah, pues eso, que estábamos al lado de un río.

Y entonces, yo lo vi pasar y se me ocurrió eso.

Pues igual, como lo de las golondrinas que volvieron.

Que me quedé así yo, mirando al cielo,

y, de repente, le dije:

"Volverán las oscuras golondrinas

a tu balcón los nidos a posar".

Y todo, todo sale de este caletre. -Buah.

¿Y a la Paciencia cómo la conoció?

-Pues verás, la Paciencia es de un pueblo de al lado del mío.

Yo soy de Naveros del Río y ella, de La Muela.

Nos conocíamos porque hacíamos guerras a pedradas. Una vez,

con un cantazo, casi me descalabra. Ahí.

-Ah. Y llegó el amor.

-"Equilicuá". Y gracias a nosotros, se juntaron

los dos pueblos. Porque la mitad

de la gente de Naveros del Río eran parientes míos,

y la otra mitad de La Muela eran parientes

de Paciencia. Y ahora, bueno, pues ahora, están todos juntos,

son parientes. Bueno, de vez en cuando,

se juntan para tomar castañas de Naveros del Río

y beber licor de castañas de La Muela.

-Qué pena, qué pena que se le fue. -No, no, pero bueno, volverá.

Al fin y al cabo, se ha ido a Cuba.

Está cuidando de su hermana, que está pachucha,

pero vamos, que me escribe mucho. Bueno, con ayuda de un escribiente,

porque letras, ni la A.

Siempre me pone

que me añora mucho. -Qué historia más bonita.

Lo que pasa es que yo no sirvo para eso.

Necesito emparentar con una moza, aunque ya sea talludita.

Pero no me apaño.

-Bueno, para eso estoy yo aquí, para ayudarle.

-Le he traído los quesos.

-Caramba, pues sí que huelen.

Si huelen así, cómo sabrán.

¿Sabe usted también lo que me ayudaría un poco?

Unas pesetillas.

-¿Esto valdría?

-Más que suficiente, claro que sí, hombre.

Y le voy a dar ya la primera lección.

No hay tanta diferencia entre hombres y mujeres.

Quien diga eso, es falso.

-¿No hay diferencia? -Solo físicamente.

Por lo demás, somos igual de listos,

de tontos, de buenos y de malos.

-¡Vaya!

(VOZ DE MUJER) "Aprovechando que el padre hizo un viaje,

la madrastra dijo a la muchacha:

'Ve al bosque y busca la cabaña con patas de gallina'.

'Allí estará mi hermana'.

'Pídele que te dé una aguja y un poco de hilo'".

"La niña se adentró en el bosque".

"Siguió el sendero hasta que encontró esa extraña cabaña,

levantada sobre lo que parecían patas de gallina".

"Allí dentro

estaba sentada la bruja

Baba Yagá".

# Duerme, tesoro,

# que viene el coco

# y se come a los niños

# que duermen poco. #

"La niña tuvo miedo

y quiso escapar de aquella cabaña y de aquel bosque".

"Astuta,

había dejado un camino de viejas monedas

a su paso".

-¡Oh, no!

¡No, no, no!

¡No, no!

¡No!

-¡Madre!

Madre, ¿se encuentra bien?

-Nada.

Estoy bien.

-Pero la he oído gritar.

-Ha sido un sueño.

Me he quedado dormida.

Carmen.

¿Sabes algo de lo que atormenta a mi madre?

-Yo no sé nada.

-¿Qué me ocultas, Carmen?

-Nada.

Déjeme marchar.

Madre,

¿se encuentra mejor?

-Blanca,

hija, ten mucho cuidado.

Olga está cerca.

¡Muy cerca!

Que disfrute de sus compras

y que pase buena tarde.

Pero bueno,

ni qué fueras a palacio, qué elegancia.

¿Elegancia? Voy normal.

Venga, Elvira, que a mí no me engañas.

¿Cuánto has tardado con ese peinado?

Y el perfume, que seguro que es francés,

por no hablar del escote,

que será pecado venial. ¿Dónde vas?

Voy a dar un paseo por el parque. Pues te acompaño,

que no puedes ir así sola, y así charlamos.

María Luisa, no puedes venir conmigo.

Ya veo. Es mejor que no preguntes.

No pensaba hacerlo. Con lo que imagino

es suficiente. No lo entiendo, Elvira,

no entiendo por qué lo haces.

Lo entenderías si estuvieras en mí.

Afortunadamente, no lo estoy.

Ve tranquila y ten cuidado.

Lo tendré.

Gracias.

Los buenos tiempos han vuelto a La Deliciosa.

-Y que duren, María Luisa de mi vida.

Me tendrá que dar para mantener a mi esposa como una reina.

-O una emperatriz. -La de mis desvelos.

Tengo todas las mesas ocupadas.

Si quieres chocolate, lo pongo aquí.

-Venga.

¿Ya se han acabado los rumores

del chocolate? -Bueno, no eran rumores, estaba malo.

Tú lo sabes, lo tuviste que beber.

Pero...

prueba este.

Tan rico como siempre, el mejor.

¿Y qué había pasado para que empeorara?

-Bueno,

problemas.

-Mi hermano.

-Pero nada de importancia.

Que tiene que aprender el negocio. Los atajos no llevan a nada.

-Hola, hermanita. ¿Qué tal el chocolate?

-Perfecto. ¿Tú crees que se notaba

el poquito de agua que le echaba para rebajarlo?

-¿Le echabas agua? -Claro.

Para aumentar los beneficios de tu prometido,

pero se enfada. -Claro.

-Tú quieres acabar

con el negocio, ¿no? -Ala, otra exagerada. Hay gente

a quien le gusta menos espeso.

-Perdonad.

-No sé cómo no te despide.

-Antonio, te equivocaste y pusiste el pedido de la dos en la tres.

Estate más atento, anda.

-Voy a arreglarlo.

-No sé cómo lo soportas.

-¿Y qué hago, le despido?

-Imponte.

-No te enfades, pero ya tengo a tu hermano como subordinado,

no te necesito como jefa. ¡Déjame que organice mi negocio!

¿Estamos?

Buenas tardes, doña Rosina.

Que quería pedirle yo a usted permiso

para marcharme un poco antes.

Ya sabe, como está mi primo Jacinto...

-¿Tú sabes tejer?

-Sí. Y hacer encaje de bolillos.

La verdad es que esas labores se me dan muy bien.

-Ay, ¿me enseñarías?

-¿Qué es lo que quiere hacer?

-Unos patucos para un crío de pecho.

-¿Y no sería mejor una bufanda para el invierno?

Porque unos patucos... A no ser que doña Leonor...

-Mi hija está perfectamente.

Son para regalárselos a una señora

de la parroquia, que va a ser abuela.

Mira, también tengo lana rosa, por si es niña.

-Bueno, pues yo le enseño.

¿Mañana puede ser?

-Ay, pero dame unos consejos, así adelanto.

-Bueno, ¿sabe hacer el punto del derecho y del revés?

-No.

-Pues entonces, hoy no va a poder ser, doña Rosina.

¿No preferiría que los patucos los hiciera yo?

-Quiero hacerlo yo. -¿Tiene que ser hoy?

-Sí, hoy.

-Bueno, vamos a ver, ¿sabe usted hacer el punto bobo?

-Boba tú. -¡Buenas!

Que vengo a cambiarme el calzado.

Soy peor que los críos. He metido los pies en un charco.

-No quiere que lo sepa.

-¿Por qué motivo iba a saberlo todo?

-Se anda usted con secretismos, doña Rosina.

-Bueno, me has pillado, quiero hacerle algo a Liberto.

Una bufanda rosa.

-¿Rosa?

-Es que se va a poner de moda. -¿Para un hombre?

-Sí. -Pues yo eso no me lo creo,

doña Rosina. Vamos, pero allá usted.

-Qué sabrás tú.

Hoy no puede ser porque está en casa,

pero mañana me enseñas, y chitón.

-Lo que usted mande.

Yo me marcho a hacerle la cena a mi primo Jacinto.

Con Dios, doña Rosina. -Con Dios.

¿Ves como podías?

-Sí. Una hora entera para recorrer el pasillo.

Estoy hecho un corredor.

-Porque hemos estado media sentados. -No podía más.

-Lo importante es que lo has conseguido.

Mañana tienes que tardar 55 minutos. ¿Sí?

Venga.

Te ayudo a acostarte.

Espera.

¿Así?

Formamos un buen equipo. -Sí. El mejor. Tú lo haces todo

y yo me dejo. -Anda, deja de quejarte.

El doctor dice que en una semana puedes tener el alta.

-No estaré en perfecto estado.

Me quedan miles de paseos para llegar de casa a La Deliciosa.

-Cuando vuelvas, lo celebraremos allí.

¿Te dejo el libro que te he traído en la mesilla?

-Sí. Intentaré leer un poco esta noche.

Aunque me da dolor de cabeza.

-Lo recomendó Leonor, la que sabe

de libros en Acacias.

Es de Julio Verne. Es muy entretenido y fácil de leer.

-Leí uno: "Viaje al centro de la tierra".

-El mismo que te he traído yo.

Bueno, me lo llevaré y mañana te traigo otro.

-Gracias. Eres un encanto. -¿Por qué?

¿Por cambiar un libro?

-Por todo lo que estás haciendo por mí,

por haber propiciado que me operaran,

por demostrarme que estás dispuesta a ser buena esposa.

-Lo intentaré.

No tienes que darme las gracias por eso.

Se hace de noche, debería irme. -Se hacen cortos los ratos contigo.

-Es que no me gusta ir en el tranvía tan tarde.

No seas tan brusco.

-¿Algún problema?

-No.

Que debo irme.

-Eres mi esposa.

-Lo que tienes que hacer es recuperarte.

Mañana te traeré otro libro.

Que pases buena noche.

Lo suspiros son aire

y van "pa" el aire.

Las lágrimas son agua y van "pa" el mar.

Dime, mujer,

cuando el amor se olvida,

¿sabes tú "pa" dónde va?

Pues sí que tiene mandanga

esto de seducir.

Yo no valgo para esas cosas.

Con lo fácil que es llamar a la Lucera,

la Blanquita y la Coronela.

(GRITANDO) ¡Epa ya!

La otra, la otra del Servando, ¿cómo era? La de...

Por una mirada,

un mundo.

Por un queso,

no sé qué te daría

por un queso. ¿O era un beso?

Un queso por un beso.

Pues sí que sale caro el asunto, sí.

-¿Qué pasa, primo Jacinto? ¿Echa de menos a sus ovejas?

-Ay, esta tarde estuve viéndolas. Todas sanas.

Escucha, ¿tú sabes si un queso se cambia por un beso?

-Bueno, hay gente para todo.

Pero si una mujer te propone ese comercio, aléjate de ella,

que no es de fiar.

-Ya me parecía a mí, ya. -La Casildilla

nos está preparando una cena para chuparnos los dedos. "Gulash".

-¿Y eso qué es?

-Estofado de carne. -¿Por qué lo llamas de esa manera?

-Pues no sé, Jacinto,

cosas de señoritos.

-Si ya sabía yo

que era un poco señoritingo, Martín.

-¡Epa ya! -¡Eh, tremenda!

-Hola, primo.

Que, oye, os estoy preparando un estofado

que os vais a chupar los dedos hasta los codos.

-Ya va entrando hambre, ya. -Bueno,

¿qué has hecho hoy?

Perdóname por dejarte solo,

pero andan revueltos por la aparición de doña Cayetana.

-Ya me han contado, ya. Hasta los pastores sabemos

que las muertas no van de un lado a otro. Gente rara la de ciudad.

Le llamáis el "burbiglas" este al estofado

y pensáis que las muertas viajan. Menos mal,

menos mal que el Servando

me enseña a comportarme. -¿Cómo?

¿El señor Servando? -Primo Jacinto,

ándate con ojo con Servando.

-Eh, un hombre de mundo es. Portero, nada más y nada menos.

Me ha dicho que tiene un uniforme para las fiestas nacionales.

-Sí.

Lleno de entorchados, como un general.

-¿Qué te está enseñando?

-Cosas de hombres que una moza no sabe.

-Yo solo te digo una cosa: de lo que te diga, la mitad.

Y de esa mitad, la mitad. Y ahora, vamos para casa.

El estofado tiene que estar.

-Venga "pa" ya.

Tira, tira.

Mira este corazón mío,

que a pesar de consumirse en amor abrasado por los hombres,

no recibe de los cristianos otra cosa que sacrilegio,

desprecio, indiferencia, ingratitud,

aún con el sacramento de mi amor.

¡Ah!

-Adela...

Adela, ¿sigues con el manto?

-Perdón, no la había oído.

-Ya me doy cuenta.

Muéstrame las manos.

Hazme el favor,

muéstrame las manos.

Llenas de pinchazos y cortes.

Deja de bordar ya.

-No puedo. El manto a la Virgen me espera.

-La Virgen puede esperar.

Existe desde hace casi 2000 años.

Y existirá millones de años más. -No.

No puedo parar. Empecé tarde y sigo.

-Así lo vas a manchar de sangre.

-Ya, tiene razón. Perdone.

Voy a preparar la cena.

Míranos, Señor, con tu infinita misericordia.

Si la fe en ti salva a los desesperados, sálvame,

pues tú eres mi Dios y creador.

Concédeme, oh, Dios,

que te ame ahora,

como alguna vez amé el pecado.

-Y mírame, Señor, en tu infinita misericordia.

Si la fe en ti salva a los desesperados, sálvame,

oh, mi Dios y creador.

Concédeme, Señor, que te ame,

como en otro tiempo pude amar al pecado.

Y que trabaje para ti,

como en alguna ocasión

lo hice para el engañoso Satán.

Te juro...

Te juro que primordialmente trabajaré para ti,

oh, mi Dios y señor Jesucristo,

todos los días de mi vida,

ahora y siempre,

por los siglos de los siglos.

Amén.

Vamos a casa.

-¿No quiere dar un paseo antes? Hace noche bonita.

-No me repliques. Vamos a casa.

Don Liberto.

-Buenas noches, doña Úrsula.

¿Cómo se encuentra Samuel?

-Va mejor.

Blanca ha ido al hospital

para que le digan cuándo puede volver a casa.

Esperamos que pronto. -Buena noticia.

¿Iba ya para casa? -Sí.

¿Y usted? -Pensaba pasarme un rato

por La Deliciosa.

-Así puede acompañarnos.

-¿Ocurre algo?

-No, no.

Es de noche

y solo somos dos mujeres solas. -No se apure,

yo la acompaño hasta el portal.

-Muy amable.

-Ahí viene doña Blanca, señora.

-Ah.

Blanca nos acompañará.

-Las acompañaré igualmente.

Blanca me pondrá al tanto sobre cómo se encuentra esposo.

-Buenas noches.

-Don Liberto quería preguntarte

por Samuel.

-Es posible que reciba el alta la semana que viene.

-Buena noticia.

-Habremos de preparar un cuarto para él.

Hasta que esté recuperado, es mejor que duerma solo.

-Yo me encargo de tenerlo todo listo

para cuando llegue.

-Vamos a casa, no son horas

de andar por la calle.

Don Liberto, ¿nos acompaña?

Te está quedando precioso. -Gracias, doña Susana.

Todo para honrar a la Virgen es poco.

La cena está lista.

-Simón no ha llegado. Deberíamos esperarle.

No dijo que se tenía que quedar hasta más tarde donde Celia, ¿no?

-No.

-Aunque tras la noche ayer,

debería estar deseando volver y retomarla.

(Puerta cerrándose)

Ahí viene.

-Disculpen la tardanza, trabajo. -Eso le decía a Adela,

que no habías avisado de llegar tarde.

-Imprevistos. ¿Está la cena? -¿Quieres que la saque ya?

-Dos minutos. Voy a cambiarme y cenamos.

-No veo cambios en Simón

tras lo de anoche.

-Voy a calentar la sopa, no vaya a haberse enfriado.

Que a Simón le gusta hirviendo.

Pues, con su permiso, yo me marcho ya.

Blanca, dele mis parabienes a Samuel. Me alegro de que ya esté bien.

Doña Úrsula...

-Gracias por acompañarnos.

Vaya con Dios.

-No sé por qué ha tenido que pedirle que nos acompañase.

No nos iba a pasar nada.

-Ve a casa, Carmen. Ahora subimos nosotras.

-Iré sirviendo la cena.

Debes tener cuidado con Olga.

-No sé por qué debería tenerle miedo, es mi hermana.

Y yo nunca le he hecho nada.

-Vivir una vida que pudo ser suya. -No.

No se confunda. No fui yo quien la abandonó.

-Si Olga viniera con buenas intenciones,

se habría identificado.

Me temo que viene a vengarse. -En todo caso,

de usted, no de mí.

-Te repito, no bajes la guardia. -No lo haré.

Y ahora, si me disculpa, debo ir a cambiar este libro

que llevé a Samuel, él ya lo había leído.

Voy a casa de los Hidalgo. La veré luego.

¿Cuándo me va a alumbrar usted una "miaja" más

en eso que se le hace a las doñas.

-Seducir, alma de cántaro. A las señoras se les seduce.

Lo primero que tiene que penetrarle

a usted en la cabeza es que a las señoras les gusta

que les regalen el oído.

-¿Regalarle las orejas? Ah, no, no.

Si hay que quedarse desorejado...

No escucharía al lobo, ni al cierzo. -Dios mío,

es usted más de campo

que las espigas de alfalfa. Lo que quiero decir

es que a las mujeres les gusta que les digan

cosas bonitas. -Ah.

Algo así como:

"¡Epa!".

"¡Que tienes las carnes tan prietas

que este año vas a parir cinco borregos!".

-Por cierto, la marquesa de Urrutia quiere homenajear a tu padre,

-¿De veras? Reconforta saber que sus clientes siguen recordándole.

¿Qué tipo de homenaje? -Una exposición de sus mejores obras.

-Es una lástima que no pueda verlo,

ni siquiera ser consciente de lo mucho que se le admira.

¿Quién supervisará el acontecimiento?

-Diego.

Me ha pedido que le ayude.

¿Te parece mal?

-"¿En serio?".

¿No es rechifla? ¿De verdad que mi primo

está aprendiendo a cortejar?

-Lo que se dice aprendiendo...

El hombre lo intenta, con voluntad.

-Ay, pobre.

Lo único que tiene a tiro viste de lana y va a cuatro patas.

-Bueno, al fin y al cabo,

es un hombre y tenía que suceder, Casilda.

Si hasta los gañanes

se casan.

-"¿Quería usted algo?".

-Doña Carmen, yo que...

Que desearía ser una lágrima

pa... Pa... Para escurrirme.

Sí, para escurrirme por su... Por...

Por la jeta. Ya...

Sí. -¿Ha bebido usted algo, Jacinto?

-Un tiento a la bota, nada más.

-Pues deje de hacerlo, que le sienta muy mal.

-¿Cómo me has llamado? -¿Y encima sorda? Mire,

si no le gusta el paño, arreando para su casa.

-¿Me echas del establecimiento al que he honrado con mi presencia

durante tantos años?

Un establecimiento de mi propia familia.

-Sí.

-¿Y tú quién te crees que eres, mamarracho?

-Perdóneme si estoy distraída,

pero es que no me quito de la cabeza

a mi amado esposo.

Lo que disfrutaría

y lo contento que estaría con el homenaje.

-Pobre.

¿Cómo está? ¿Hay novedades?

-No, por desgracia.

-En realidad, los médicos son optimistas.

Han estabilizado el ritmo cardíaco.

Y el postoperatorio ha ido perfectamente.

-Pero no se hacen ilusiones con su despertar.

-Dios quiera que no tarde en hacer vida normal.

-"Debo saber la verdad".

¿Le presta que mi hija está viva?

¿Dice que la sigue para hacerle algo malo?

Se lo pido a usted, se lo mendigo,

dígame lo que piensa, lo que sepa,

y no volveré a fatigarla.

Lo que me hable nunca saldrá de mí.

-Descansa, desgraciada.

No es doña Cayetana quien ha vuelto de la tumba.

-¿Lo dice para callarme?

-Tu hija está muerta y bien muerta, ni cenizas quedan.

-"¿Sabes algo"

de lo que preocupa a mi madre?

-Nada, que yo sepa, señora.

-Parece ajena,

y es raro.

Porque le apasionan las relaciones

con la nobleza. Debe ser algo muy grave

para que ni se preocupe de disimularlo.

-Samuel, Blanca...

-Le contaré lo que sé.

-"Adela no se merece esto".

Y yo no estoy hecho

para engañar, Elvira.

Me repugno cuando pienso en lo que le hago a mi esposa.

No quiero hablar de ella. Yo sí.

Es buena y me quiere.

Me quiere mucho.

Se ha propuesto ayunar para...

Cariño, no hables.

Entre nosotros no cabe ella.

No es traición. No hay razón para avergonzarse.

Te quiero

y estoy dispuesta a morir por ello.

¡Rediez!

  • Capítulo 622

Acacias 38 - Capítulo 622

16 oct 2017

Simón y Elvira prometen verse siempre que puedan. Adela sufre en silencio la infidelidad de su marido y se vuelca en el encargo del manto para el obispado. Susana se da cuenta de que algo no va bien en la pareja. Úrsula le demuestra a Blanca que Olga está viva. Mientras, Celia y Casilda cuidan a Fabiana después del disgusto del día anterior, cuando creyó ver a su hija en la calle. Leonor se entera de que va a tener un hermanito y estalla de alegría. Rosina pide ayuda a Casilda para aprender a hacer punto, sin decirle que es para el bebé que está esperando.

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