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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 621 - ver ahora
Transcripción completa

No voy a poder vivir sin ti.

Habrás de hacerlo.

Pues dime cómo, por favor,

porque, por más que pienso, no hay una manera.

Evitaremos vernos,

evitaremos situaciones como esta.

-"Gracias por evitar que la marquesa entrara".

-¿De qué la conoces?

-Conocía a mi marido, Raúl Andrade,

y a mi familia.

¿Debo tener miedo por lo que pueda pasar?

-No mientras tenga tu lealtad. -"Una lástima"

que se haya perdido este diseño,

el último que ha hecho.

-Quizá no se haya perdido del todo.

-¿Qué quieres decir?

-Puede que haya una forma de recuperarlo.

-Un matrimonio no es matrimonio si no se consuma.

-Ya, pero no sé nada de eso, pasé la vida en el convento.

-Bien sabe Dios que yo tampoco soy peritísima,

pero algo tendrás que hacer,

si no quieres perder a tu marido. -¿Y qué hago?

-"El día de los niños"

alguien le puso pétalos azules en el agua. Y al poco,

subimos a casa y encontramos una caseta de pájaros.

Llevaba patas de gallina. -¿Está usted bien?

Ha perdido la color.

-¿Le dijo Úrsula de qué cuento son esas cosas?

-Algo así como...

"Baba Yagá". -"¿Cómo lo haces?".

Es impresionante. -Es el instinto.

Me dejo llevar por el dibujo,

como si él guiara mis trazos.

-"Recuerdo bien ese cuento".

Se lo contaba usted a mi Cayetana antes de dormir.

Me horrorizaba la buja del bosque.

-¡Cállate! -Y la criatura abandonada.

Si a mí me viene a la memoria, a doña Cayetana también.

-¡Que te calles!

(Golpes)

-Simón es un hombre casado, eso es lo que hay.

No, no es lo que hay,

porque entre Simón y yo las cosas no han terminado.

Igual que usted dice lo indecible por él,

yo lo haré por recuperarle.

Nada ni nadie me va a detener.

"¿Estaba ya aquí?".

-Quédese con su dinero.

Y que Dios reparta suerte.

-¡No se vaya! ¡No me deje sola!

-"¿Dónde está Samuel?".

¿Por qué no lo trae?

-Antes de mostrarles a Samuel, he de hablarles.

Y les ruego no se pongan nerviosos.

Se lo ruego, doctor, no alargue más esta tortura.

-¿Qué ha sucedido? ¿Cómo se encuentra mi hermano?

-Pierdan cuidado,

decía que no se pusieran nerviosos, no hay motivo.

Me alegra decirles que la punción craneal

que ha realizado el doctor sir William ha resultado un éxito.

La totalidad de la infección ha sido extraída

sin que debamos temer efectos secundarios.

-¿Y por qué no podemos verle todavía? -Enseguida lo hará.

Un celador le trae del quirófano.

Está despertando de la sedación con normalidad.

-Se lo agradezco, doctor.

Le ha salvado la vida. -Cumplía con mi obligación.

El mérito es de mi colega escocés, y también suyo, Blanca.

-¿Mío?

-Sí. Con su boda, logró que se pudiera llevar a cabo,

salvando así a un hombre abocado a la muerte.

¡Samuel, Samuel!

¿Samuel?

-¿Aún sigue dormido, doctor? -No tardará en despertar.

Permítame.

Samuel, Samuel,

¿puede escucharme?

Ha abierto los ojos.

Diego, Diego, acércate, ven a verle.

(SAMUEL TOSE)

Samuel...

Samuel, querido,

todo ha salido bien.

-Todo ha salido bien

gracias a ti,

mi flor de lis.

(TOSE)

Vivía en otros tiempos

un comerciante con su mujer.

Un día,

esta murió, dejándole una hija.

Al cabo de poco tiempo,

el viudo volvió a casarse.

La madrastra,

envidiosa de su hija,

buscaba el modo de librarse de ella.

Aprovechó que el hombre tuvo que salir de viaje

y le dijo a la muchacha:

"Ve a casa de mi hermana

y dile que te dé una aguja

y un poco de hilo

para coserte una camisa".

Entonces...

la niña

se adentró en el bosque.

Siguió el sendero

hasta encontrarse con una extraña cabaña,

levantada sobre lo que parecían

patas de gallina.

-"Señora".

-¿Qué ocurre?

-He encontrado esto detrás de una puerta.

-Lo sabía.

Sabía que había estado aquí.

Lo sentía en las entrañas.

"Adentro se encontraba sentada"

la bruja Baba Yagá,

sobre sus piernas huesudas,

bebiendo un té

de pétalos azules.

-Por aquí, todo para la misma mesa.

Eso para doña Rosina.

-¿Se encuentra usted bien, señora?

-Carmen, me ha sorprendido.

-Le ruego que me disculpe.

He bajado en cuanto me ha sido posible.

Me ha preocupado la insistencia

con la que llamaba al timbre.

¿Qué hace aquí sola?

¿Y Merino?

-Merino se ha marchado.

La ha visto

y ha decidido abandonarme a mi suerte.

-¿Ha visto a quién, señora?

-La niña tuvo miedo

y quiso huir de esa cabaña

y del bosque.

Astuta,

había dejado

un camino

de viejas monedas a su paso.

Celia, te ruego que me disculpes por venir a verte

a unas horas tan poco convenientes.

-No te preocupe, Susana, eres bien recibida.

-Te lo agradezco.

Las cuitas que me traen requieren cierta urgencia

y no sabía a quién acudir.

-Pues te ayudaré, pero antes deberías decirme qué ocurre.

-En un suspiro.

Pero... en realidad, no soy yo la que precisa ayuda,

sino Adela.

-¿Adela?

¿Qué ocurre que ni se atreve

a mirarme a los ojos?

¿Por qué ese recelo con la estima

y la confianza que nos tenemos?

-Doña Susana, marchémonos, por favor. No inmiscuyamos

a doña Celia en semejantes cuitas.

-De eso nada, no hemos venido aquí en balde.

Lo que has escuchado esta noche, debería convencerte para actuar.

-Tal vez Elvira estaba enfadada y por eso dijo lo que dijo.

-Ay, Adela, de tan buena que eres pareces tonta.

-A ver, vamos a sentarnos.

-Vamos.

Celia,

en nombre de nuestra amistad

te ruego que no me malinterpretes.

Yo considero que eres una mujer muy honorable,

pero seguro que sabes aconsejar mejor a Adela

que una vieja beata como yo.

-Difícilmente puedo ofenderme si no me aclaras qué sucede.

-Son asuntos privados que precisan discreción.

Si la muchacha hubiera contado con el consejo de una madre

en vez de estar en un convento de clausura,

pues habría llegado al matrimonio con la lección sabida.

Preciso de tu prudencia

y de tu delicadeza.

-Por lo que veo, el asunto que nos ocupa

tiene que ver con el matrimonio.

No es necesario que responda, Adela,

el rubor de sus mejillas habla por usted.

-Mejor que habléis a solas.

Mi presencia solo va a cohibirla aún más.

Tranquila, Adela,

no se preocupe.

Solo puede haber una persona

que venga a recordarme eso,

ese viejo cuento,

la historia de la bruja en el bosque.

Sospechaba que se trataba de ella.

Después de lo sucedido con Merino,

no me cabe la menor duda.

Si ha regresado, es tan solo por un motivo:

vengarse.

-Señora,

más bien parece obra de una desequilibrada

que trata de asustarla con un cuento para niños.

-Duerme, tesoro,

que vendrá el coco,

que se come a los niños que duermen poco.

Eso cantaban

esos condenados niños.

-Sabe que puede confiar en mí,

que estamos juntas en esto.

Deberíamos ayudarnos mutuamente.

-¿Has perdido el oremus?

¿Cuándo hemos comido tú y yo en el mismo plato

para que te tomes semejantes confianzas?

-Disculpe, señora, yo solo quería...

-Tú y yo no somos iguales y nunca lo seremos.

Tú estás aquí

para servirme y callar.

¿Queda claro?

¿O prefieres que tenga un conversación

con la marquesa sobre tu persona?

-No, señora, se lo ruego, por favor, no lo haga.

Le juro

que no volverá a suceder, estaré en mi sitio.

-Eso espero.

Y ahora, vete a prepararme una infusión para dormir.

Por ese motivo y no por ningún otro

te he llamado.

No se te ocurra volverme a molestar.

Señora, se barrunta una tormenta y de las gordas.

Todos esos mensajes que recibe doña Úrsula

no pueden traer nada bueno.

¡Ay! Si hubiera visto la cara de la "seña" Fabiana

cuando la "seña" Carmen la puso al día...

Es que figúrese usted que fuera verdad

y que doña Cayetana

estuviera vivita y coleando y otra vez en Acacias.

Se armaría la de Dios es Cristo, eso seguro.

Pues sí que le impacta lo que le cuento, doña Rosina.

Parece que no me está escuchando. -Sí, sí, te he escuchado, Casilda.

Pero en mi propia casa tengo otras cuitas que me quitan el sueño.

-Casilda, ¿puedes traerme un poco de leche fría, por favor?

-Ahora mismico, señor.

-Qué día más bonito, eh, cariño.

Parece que no compartes mi opinión. ¿Estás enfadada?

¿He hecho algo?

-No, Liberto, no me has hecho nada, nada de nada.

Ese precisamente es el problema.

Anoche dormiste como un bendito.

Esperaba recibir de ti otras atenciones

que no fueran tus ronquidos. -A mí me costó

conciliar el sueño.

-Haber hecho algo para pasar el rato.

-No quería ni rozarte.

No dejo de darle vueltas a lo que hablamos.

-Ya te he dicho que en nada podemos dañar

a la criatura, por favor. -Pues perdona

mi inexperiencia, pero no puedo pensar en otra cosa.

-¿Ni siquiera en mí?

¿Acaso durante los siguientes nueve meses

no vamos a hacer otra cosa que dormir y callar?

¿Eh?

Ya veo que me puedo ir despidiendo del salto del tigre.

¿Qué digo del tigre? Del gato.

-Pues al menos, de momento, sí, Rosina.

Pero, pero hay otras alternativas mucho más seguras.

A lo mejor en lugar del salto del tigre,

podríamos hacer, por ejemplo,

el zigzag del canguro.

-¿Eso qué es?

Pero eso... Pero ¿qué dices?

¡Ay!

Te lo has inventado. -No lo niego,

pero ¿a que suena tentador?

-Eres un picarón, eh.

-Aquí traigo la leche bien fresquista.

Si me disculpan,

querría pedirles algo.

Que si hoy puedo salir más temprano, para ir a ver a mi primo Jacinto.

Es que el pobre

no se adapta a la ciudad. -Sí, sí, sí, claro que sí, vete.

Pasa con él la tarde. ¿Qué digo? El día entero.

Pero no vuelvas hasta bien entrada la noche,

porque Liberto y yo nos vamos de viaje

a Australia.

(LIBERTO RÍE)

¿Qué diantres estará mirando

este gañán?

-¡Servando!

-¿Qué? -¿Se puede saber

que hace ahí apostado? -La pregunta no es qué hago yo,

la pregunta es qué hace el primo de la Casilda, que lleva un rato

en el escaparate. -Habrá visto alguna pelliza de lana

y le recordará a ovejas.

-No digas "tontás", que doña Susana le va a correr a gorrazos.

-Bueno, no me amargue con sus "tontás", que vengo contenta.

-¿Ah, sí? Pues tú me dirás por qué.

Porque siendo tan pobres, no veo motivo para sonreír tanto.

-Tanto el Martín como usted estaban equivocados.

Sí. Que venía de La Deliciosa y he visto

con estos ojitos que el Antoñito se está adaptando a la faena

a las mil maravillas. -Dale tiempo al tiempo,

que no ha hecho más que empezar.

El susodicho tiene más peligro que un gato

con un cuchillo. -No sea agorero, que le irá fetén.

Es más listo que el hambre. -Sí, listillo diría yo.

Anda, caramba,

lo que estaba mirando

es la pareja esta de lechuguinos.

Bueno, esto ya es demasiado. Resultará que es un mirón.

¡Jacinto, Jacinto!

¡Jacinto, venga para acá!

¿Se puede saber qué estaba haciendo?

-Yo nada de nada. No me diga "tontás" de nada,

que le he pillado.

Estoy a punto de llamar a los guardias.

Vamos a ver, pero que fisgonear la intimidad de las parejas

no justifica que se criase entre ovejas.

-No me llame a los civiles, que todo tiene una explicación.

-Estás tardando en dármela.

-Tiene usted razón,

que me he pasado la mitad de vida entre ovejas.

Y aunque son animales avispados,

no tienen buena conversación.

-No, eso se supone, porque no pasan de un: "Beee".

-Pues por eso arrimaba la oreja a la charla de esa pareja.

Yo quería aprender. -¿Aprender qué?

-A hablar con los seres humanos,

para ser más específico, con la mitad de ellos,

los que llevan falda.

-¡Arrea! Acabáramos.

Usted estaba escuchando

para después decir lo que había oído.

Vamos a ver, si usted quiere

aprender requiebros, ha encontrado al mejor de los maestros.

-¿Sí? ¿Quién? -¿Quién va a ser,

alma de cántaro? Pues el menda.

A este hombre no hay requiebro que se le resista.

¿Me enseñaría entonces? -Claro que sí. Eso sí,

con una condición: me tendría que dar usted unos cuantos quesos buenos.

-¡Epa ya!

-Mire, Jacinto, y además le voy a dar ahora

la primera lección, y esta gratis:

¡deje ya de gritar a la gente

como si fueran ovejas, por Dios!

Menudos pulmones que tiene ese hombre.

Sus ovejas deben estar sordas. con semejantes alaridos.

A lo que vamos.

Tú tienes que echar chocolate más o menos

hasta la mitad de la taza y yo los voy rellenando con agua.

No pongas esa cara, que los clientes

no se darán cuenta. Y así conseguimos que Víctor ahorre.

El cacao está por las nubes.

Tú descuida. Si pasa cualquier cosa,

es bajo mi responsabilidad.

Antoñito,

¿nos pones esos tres chocolates?

-Sí, marchando.

¿Ves? Solo con este pedido

ya hemos ahorrado un potosí.

Se me ponen los pelos de punta de pensar que Cayetana siga viva.

-Si vas a tener razón y mal bicho nunca muere.

-Trini, haz el favor. No hay motivo para alarmarse.

Todo esto no es más que producto

de la superstición del servicio.

Los de su condición son de natural impresionable.

-Que no, Ramón,

no solo los criados. Me apuesto lo que quieras

a que más de un señor tiembla. -Ya sufrimos con lo del incendio,

como para que ahora pase esto.

-Lo cierto es que queda un cabo sin atar

que podría dar pie a habladurías. -¿Cuál, querida?

-El cuerpo de Cayetana no ha sido encontrado.

-¡Ay, Dios nos pille confesados!

No quiero ni pensar que todo esto sea cierto

y Cayetana nos ronde con oscuras intenciones.

-¿Qué?

Estarás orgulloso, ¿no?

Parece que a Antoñito se le da fetén, ya con confunde comandas.

-A ver si un buen chocolate

nos templa esta tensión.

¡Ay!

-Bueno, Susana, no parece ser así. ¿Qué ocurre?

-No está bueno. -¿Cómo?

-Tiene usted razón, doña Susana,

parece agua sucia. -Pruébalo.

-No, no, yo confío en vuestra palabra.

-Señores,

¿algún problema? -Sí, Víctor.

Parece que quieras envenenaros.

-Este chocolate no está bueno. -Debería haber pedido

uno de mis cafés. -Si es el mismo que siempre.

-Pruébalo tú si no nos crees.

-Yo ni siquiera lo he tocado.

-Esto es "aguachirri", no me hace falta ni probarlo.

Discúlpenme.

Voy a solucionar lo que haya podido pasar.

Señor, escuche las plegarias de esta humilde servidora

y ayúdeme a ver la luz.

porque una teme haber perdido el oremus.

Sé que no puede ser,

que mi hija entregó la pelleja en ese incendio.

Mi mollera...

Mi mollera me dice que son habladurías.

Pero todo mi cuerpo tiembla tan solo al pensar que fuese verdad.

Si el Altísimo hubiese escuchado mis plegarías, si hubiese intervenido

para sacar con vida a mi pequeña de entre las llamas,

nada me importaría

entregar mi vida entera si fuese así.

Ni siquiera le pediría hablar con ella.

Tan solo...

Tan solo saber que está viva.

Viva.

(NIÑOS) # Duerme, tesoro,

# que viene el coco

# y se come a los niños

# que duermen poco. #

-¿Qué hacéis cantando, niños?

¿Eh?

Cayetana.

Cayetana, ¿eres tú?

Cayetana.

Cayetana, hija mía.

¡Cayetana!

¡Hija mía!

¡Cayetana! ¡Cayetana!

Dígame, ¿a qué cree que huele?

-No sé, parece vainilla.

Es un olor algo dulzón.

-Como el amor.

He comprado varias como esta para la habitación,

y también pétalos de rosa.

-Se está tomando demasiadas molestias, doña Celia.

-Descuide, esta noche todo debe ser perfecto.

-Es usted muy buena conmigo,

pero no sé si...

No sé si voy a ser capaz de actuar como me pide.

-Claro que podrá.

Ya lo hablamos anoche.

Debe tomar la iniciativa y romper la distancia

entre su esposo y usted.

¿Y no es mejor que espere a que él lo haga?

-No.

Muéstrele su amor,

su deseo.

¿Se ha comprado el salto de cama, como le sugerí?

-Sí.

Pero me parece demasiado atrevido, me siento como desnuda.

-Pues eso es que ha cogido el apropiado.

Hoy le daré la tarde libre a Simón.

Debe tenerlo todo preparado para cuando él llegue a casa.

Adela, no se avergüence de mostrarle su amor.

Todo saldrá bien. Simón va a caer

rendido a sus pies.

¡Cayetana!

¡Cayetana!

¡Cayetana!

-Por favor, "seña" Fabiana, por favor, no se me resista.

Venga, vayámonos

al altillo. -Por Dios, ¿qué son esos gritos?

-Pero ¿qué sucede? -Parece Fabiana.

-Sí que es Fabiana, sí.

-¡Suéltame, desgraciada! -¡Fabiana!

¿Qué ocurre? -"Seña" Fabiana...

Que parece ser que ha perdido el oremus.

-No, bien sé lo que he visto.

Era ella.

Era ella. -¿Quién, Fabiana? ¿De quién habla?

-Era doña Cayetana, señora Trini.

La vi entrar en la iglesia. -Y ha entrado en la iglesia

dando alaridos. Menos mal que estaba yo y la pude sacar,

porque el cura iba a llamar a los guripas.

-Solo llamaba a mi hija.

-Venga, "seña" Fabiana.

Doña Cayetana ya no está en este mundo con nosotros,

y mucho menos en esa iglesia. -Pero yo la he visto entrar.

No entiendo cómo ha desaparecido.

¿Es que no me creéis?

¿No me creéis? Os digo que la he visto.

Era Cayetana.

Era mi hija.

¡Era mi hija!

Lo juro, era mi hija.

-Sosiéguese. -Fabiana...

Pobre Fabiana, parecía haber perdido la razón.

Tuvimos que llevarla a la chocolatería

y que Víctor le diera una tisana para los nervios.

-Es de entender su sofoco.

Con todos los rumores que circulan por el barrio,

normal que esté nerviosa.

Por eso supongo que creería ver un fantasma.

-Pues sí, porque de ser Cayetana la que vio,

no podría ser más que una aparecida. -Sí, querida.

Sin duda, Cayetana perdió la vida en el incendio.

-Ahí viene.

-¿Me estaba buscando, doña Celia? -Así es.

¿Entregó las cartas que le pedí?

-Ahora marchaba hacia correos. -Magnífico.

Pues no será necesario que vuelva por casa,

ya no preciso de sus servicios.

Voy a ir al hospital a ver Felipe y volveré tarde.

-Estupendo.

Así puedes marchar cuanto antes.

Yo tengo que entregar unos encargos a una clienta.

No quiero que Adela esté sola.

-Descuide, después de correos

iré directamente a casa.

Con Dios.

El pez ha mordido el anzuelo.

-Muchas gracias, Celia.

-Lo importante es que esta noche vivan al fin su luna de miel.

-Dios mío.

¿Qué es esto?

¡Eh!

¡Eh! ¿Quién le envía?

"A las 22:00 te espero en la puerta de los Jardines del Príncipe".

"Elvira".

Dime.

¿Cómo está mi hermano?

Blanca.

¿Me has escuchado?

Sí.

Sí, perdona.

Evoluciona muy bien,

pero aún está débil.

Debe quedarse unos días en el hospital

antes de volver a casa.

No te inquietes,

el doctor ha dicho que es normal. -Sí, lo sé.

Simplemente me entristece saberle en el hospital

y no poder ir a visitarle.

-Quizá si dejas pasar unos días... -No. No, Blanca.

Esa herida no curará tan rápidamente como la de su cabeza.

No es cuestión de tiempo.

Conozco a mi hermano,

nada le hará cambiar de opinión.

A partir de ahora, solo me dejará tratarle como si fuéramos socios,

no hermanos.

-Lo lamento.

-No lo hagas.

Aunque me duela,

sé que tiene razón.

No merezco otro trato.

Te agradezco que hayas venido a informarme de su estado.

-No hay de qué.

Pero no he venido tan solo por ese motivo.

-¿Ah, no?

-No deja de rondarme aquel dibujo que comencé a hacer.

He vuelto a la papelera donde lo tiré, pero no estaba allí

y había pensado que quizá tú supieses dónde había terminado.

Tu intuición no te ha traicionado.

Sí, lo cogí y lo guardé en la cartera.

-¿Te importaría devolvérmelo?

Había pensado seguir trabajando en él.

Pero no sé si seré capaz de llevarlo a buen puerto.

-¿Cómo que no?

En mi opinión,

es perfecto.

-Me halagas. Pero los dos sabemos que eso no es cierto.

Aún le queda mucho trabajo para que sea digno de vuestra firma.

Quizá si tú me ayudases,

juntos lo lograríamos.

Conoces bien el trabajo de tu padre.

Sabrías aconsejarme sobre qué líneas seguir.

Serían solo unos días.

Está bien.

Supongo que no pasará nada si aplazo mi viaje.

-"Nunca pensé"

que fuera a tenerle tanta estima a los canguros.

-Pues sí, se ha convertido

en mi animal favorito.

Estoy tan feliz, cariño...

No entraba en mis planes, pero creo que seré un buen padre.

-Seguro.

Si eres la mitad de bueno que como esposo,

nuestro hijo será afortunado.

-¿Sabes?

Estoy deseando enseñarle a montar a caballo.

Sí, y transmitirle mi pasión por las monedas.

Igual debería enseñarle al pequeño Liberto a cortejar a las damas.

-¡Eh! ¿Y quién te dice que será niño?

¿Y por qué tiene que llamarse Liberto?

-Es el nombre de mi padre

y de mi abuelo. -Ya hay muchos libertos.

Si es niño, Leopoldo. Si es niña, Anastasia.

-Leonor. -Leonor no.

¿Quieres que le llame como...? -No es eso. No estamos solos.

-Ay, Leonor, que no te...

¿Has escuchado algo? -¿Algo? Por su cara,

yo diría que lo ha escuchado todo.

-Madre, ¿está...?

¿Está...?

-Embarazada.

-Vas a tener un hermanito. -O hermanita.

Adela.

-He preparado esto para ti.

No te gusta.

Sabía que era una tontería y...

No... Solo...

Solo quería...

Perdóname.

He hecho esto y no está bien. Pero yo no...

No tenía experiencia y no sabía qué hacer.

-No has hecho nada mal. Tan solo es

que me ha sorprendido, nada más.

Elvira.

Soy un hombre casado.

No puedo hacerle esto a Adela. ¿Y a mí sí?

Sé qué es injusto, lo sé.

El destino jugó con nosotros de una forma despiadada,

pero ella es tan inocente como tú y yo.

Aguarda, aguarda un momento.

Adela...

Detente, detente, por favor.

He hecho algo mal, ¿verdad?

-No. No, no, no, no. No es culpa tuya.

-¿Entonces qué ocurre?

¿Acaso no te parezco atractiva?

¿Por qué ni siquiera eres capaz de besarme?

Es por Elvira, ¿verdad? -No. No digas eso.

Vamos.

Tan solo tengo que aclararme.

Ahora vuelvo, necesito que me dé el aire.

-No me dejes sola ahora. -Solo voy

a dar un paseo. -No me dejes sola.

-Enseguida vuelvo, te lo prometo.

La verdad es que...

no está muy bueno.

No es el chocolate de La Deliciosa. ¿Ha pasado algo?

-¿Antoñito está en la cocina?

Dile que salga.

-¿Ya ha liado alguna mi hermano?

-No.

Simplemente quiero discutir

un temita con él.

-Víctor...

La gente del barrio no deja de comentar

que el chocolate

deja mucho que desear. -Ya, ya lo sé.

Es el rumor que destruye cualquier negocio.

-Y lo peor es que es verdad.

¿Qué ha pasado? ¿Es que habéis cambiado de proveedor de cacao?

-No.

Pero pierde cuidado, que el problema tiene solución, vaya si la tiene.

Me quedo solucionándolo con tu hermano,

no voy a poder acompañarte.

-Vaya, pues entonces me voy para casa.

Que no es conveniente

estar por la calle con lo que ha pasado.

-Que mi chocolate no esté

igual de rico no es motivo de revueltas.

-No es por eso, bobo. Es por lo que pasó en la iglesia.

Ya sabes, Fabiana dice

que vio a Cayetana. -Anda, anda.

La Fabiana, esa se ha dejado liar con las habladurías.

Tú marcha sin miedo, eh,

que en cuanto acabe, voy a verte.

-Está bien.

-(ANTOÑITO SILBA)

¿A qué viene esa cara tan seria? Cualquiera diría

que has visto un fantasma. -Dejémoslo en futuro difunto.

-¿Qué te pasa, que estás enfadado conmigo? ¿Por qué?

-Menos de una semana. -¿Perdón?

-Es el tiempo que has tardado en destrozar mi próspero negocio.

-Menos. -Víctor...

-Una camarera me ha contado que ha aguado el chocolate.

-¿No te parece buena idea?

-Magnífico. ¿No me ves haciendo la jota?

-Es verdad que algún cliente de paladar muy exquisito

se ha dado cuenta, pero la mayoría no ha dicho ni mu.

-Porque el mal sabor no les dejaría.

¿Cómo se te ocurre esa barbaridad? -Me diste la idea.

-¿Qué pasa? ¿Ahora la culpa es mía? -"El cacao está muy caro

y no se pueden subir los precios".

-Entonces vamos a echarlos a todos.

-¿Te parece buena idea o no? -Pero tú...

A ver si esto te lo aclara.

Estás despedido.

-Estás de broma. -No quiero verte

entrar ni siquiera como cliente, Antoñito.

-Pues como quieras, Víctor, pero vamos,

que yo lo hacía solo por ayudarte, eh, que lo sepas.

-Anda, vuelve. Póntelo otra vez.

-¿No me despides? -Póntelo otra vez.

No por falta de ganas.

No puedo echar al hermano de mi María Luisa de mi vida.

-En mi vida me había sentido tan feliz de vuestro compromiso.

-Esta es la última vez que te salva el pellejo.

A partir de ahora, te dedicas a hacer tu trabajo

y te dejas de tejemanejes. -Sí.

-La Deliciosa tiene prestigio y no vas a hundirlo.

-Descuida, que no volveré a hacer nada sin consultártelo.

Por cierto, Víctor,

¿qué tal?

Que imagino que no es el mejor momento para hablar

de un posible aumento de sueldo, ¿no?

Di.

Igual ya lo hablamos en otro momento.

Sí.

Pero si Fabiana lo dice, será por algo.

-Blanca.

Qué alegría verla.

-Nos estábamos preguntando cómo estaría Samuel.

-Sabemos que le operaron.

-Les agradezco su interés.

La verdad es que las noticias no pueden ser mejores.

La operación fue un éxito.

-Me alegro mucho, Blanca.

-¿Entonces le darán el alta? -Así lo espero.

-Estará deseando

tenerlo pronto en casa. -Bueno, es que lo cierto

es que no solo nos hemos enterado de lo de su operación,

sino también que contrajeron matrimonio.

-Nuestra más sincera enhorabuena.

En cuanto su marido se recupere, tendrán que hacer una fiesta.

-¡Ay, sí!

Su madre viene por aquí.

-Está bien.

Pero no te lo tomes como costumbre.

-No sé si se habrá enterado,

pero se ha extendido por la calle un rumor absurdo,

pero que aún así puede afectarla.

-Se trata de doña Cayetana, la mujer a la que sirvió su madre.

-Sí, algo he oído,

pero la creía muerta.

-Verá, querida, es el problema, que muchos

la creíamos muerta. -¡Úrsula!

Quieta ahí, malaje. ¡Ni se mueva!

-Pero ¿quién te crees que eres? -¿Qué es lo que sabe de mi hija?

¡Me va a confesar toda la verdad! -Calla.

Estás montando un espectáculo. -"Quia,"

no es nada con lo que le espera si no contesta.

Solo Cayetana podía saber esas canciones, esos cuentos.

Suéltame.

-No me lo he creído hasta que no lo he visto.

Cayetana ha vuelto.

-Calla, vieja loca.

-Cayetana ha vuelto y va a vengarse.

¿Me oye? A vengarse. -¡No!

-¡Fabiana! -Llévese a su madre.

-¡Mi hija no está muerta! ¿Me oyes?

¡Cayetana ha vuelto! ¡Ha vuelto!

¡Mi hija no está muerta!

¡Mi hija no está muerta!

¡No está muerta!

¡Endriaga!

(RECUERDA) "Adela necesitará que esté a su lado siempre,

no ahora ni al mes que viene".

Debe ser para toda la vida.

Su promesa debe durar

hasta el día en que uno fallezca.

-No conozco otro tipo de compromiso.

-Me alegra oírle decir eso.

Porque abandonarla,

echarse atrás, dudar, sería como clavarle un puñal.

"Acabaría con su vida".

(Puerta abriéndose)

Te has confundido de lugar.

La cita era en los Jardines del Príncipe.

Te estaba esperando cuando te vi entrar en la sastrería.

Si no acudí a nuestra cita, es porque es mejor no vernos.

Los dos sabemos que eso no es cierto.

Te conozco bien, Simón.

No eres feliz, algo te atormenta.

Vete, vete, por favor.

No he cambiado de opinión desde nuestro encuentro

y jamás lo haré. Soy un hombre casado, me debo a mi esposa.

Tu boca dice eso, pero tu corazón lo niega.

Te acompaño a la puerta,

no debes permanecer aquí.

No me lo hagas más difícil de lo que ya es, Elvira.

Necesito estar solo. No tienes por qué estar solo más.

Puedo estar contigo a cada minuto del día y de la noche,

lejos de estas calles que nos negaron la felicidad.

¿Cómo se atreve esa criaducha de tres al cuarto

a asaltarme por la calle? ¡Me la pagará, lo juro!

En Acacias

parecen no haberse dado cuenta

de que no pueden seguir despreciándome.

Ahora soy una señora.

-Los rumores que invaden las calles pueden ser ciertos.

Cayetana, su antigua señora, no pereció en el incendio.

-Eso son disparates sin sentido.

-Disparates que la hacen perder el color y la compostura.

La conozco bien, madre. Sé que está nerviosa,

incluso asustada.

Y eso no es por el enfrentamiento

con Fabiana. -No sabes lo que dices.

-No lo niegue.

Ni me ha preguntado por Samuel.

Parece haberse olvidado de su operación.

-Ahora iba a hacerlo. Lleva todo el día en mis pensamientos y oraciones.

-Ni en una cosa ni en la otra.

-Supongo que ha ido bien.

De otra forma, su enamorada esposa no se mostraría tan locuaz.

-No trate de evitar mis preguntas y dígame qué pasa.

-Te digo que nada. -¿Nada?

¿No son nada las hojas que aparecieron en casa y esas monedas?

¿Quién la está acosando, madre?

¿Qué significan todas esas cosas tan extrañas?

-¿Seguro que no lo sabes?

¿No recuerdas el cuento de la bruja Baba Yagá?

-Sí.

Lo recuerdo.

El cuento de la bruja en el bosque.

¿Se lo contaba usted también a Cayetana de niña?

-Sí.

Pero te repito que no es ella la que está jugando conmigo.

Doña Cayetana murió en ese incendio.

-Pero entonces, ¿quién?

¿A quién más le contó esa historia?

-A Olga,

tu hermana.

Es ella y no otra

quien ha regresado.

Vamos a casa.

-¿No quiere dar un paseo? Hace una noche bonita.

-No me repliques, vamos a casa.

-Don Liberto.

-Buenas noches, doña Úrsula.

¿Cómo se encuentra Samuel? -Va mejor.

Blanca ha ido al hospital

para que le digan cuándo puede volver a casa.

Esperamos que pronto. -Buena noticia.

¿Iba ya para casa? -Sí.

¿Y usted? -Pensaba pasarme un rato

por La Deliciosa.

-Así puede acompañarnos.

-¿Ocurre algo?

(TARAREA)

-¿Quién soy?

-¡Uy!

La reina madre, no te fastidia...

¡Uy! Serás descarado...

-No me digas que no te ha gustado,

mentir es pecado. -Sabía que eras tú

el que se acercaba por detrás.

Que si se me cae el plato, lo pagas tú.

-¿A ti no te asusta nada?

-No, con el fantasma de la Cayetana rondando por el barrio.

Si en lugar de la Fabiana, la veo yo, no paro de correr hasta Cabrahigo.

-Parece mentira que creáis en historias de fantasmas,

como en la Edad Media.

-Fabiana parecía ser la que más sentido común tenía,

y es la que menos.

Muertos andando que te encuentras por las calles.

-Estamos hablando de su hija.

No la justifiques.

¿Tú también crees que está viva? -No.

Pero lo pensé por un momento cuando Úrsula lo dejó caer.

-No, si al final, Fabiana no va a ser tan rara.

Todo el mundo piensa que los muertos se pasean por la calle Acacias.

-¿Tú viste su cadáver?

No, ni tú ni nadie.

-¿Por qué no le ponen un nombre más literario?

-Bueno, ¿y qué nombre propones? -Ay, no sé.

Rosalía.

Como Rosalía de Castro. Se parece a Rosina.

-No sé, no me gusta mucho.

-O Emma.

Emma, claro, como Madame Bovary. -Mira, Emma es bonito.

-Pero ¿qué decís?

Madame Bovary era una adúltera.

¿Queréis que le ponga a mi hija

el nombre de una adúltera? ¡Ni hablar!

¡No se llamará Emma de ninguna manera! ¡Vamos, hombre!

-"Venga, dinos algo de una vez".

-No le dé vergüenza, que no nos vamos a asustar.

Estamos curadas de espanto.

-Hablar de eso me da mucho apuro.

Tenga en cuenta que hasta hace dos días era monja.

-O sea, que ocurrió algo que no hacen las monjas.

Bueno, vamos bien. -Buena conclusión, Susana.

¿Está en lo cierto, Adela? -"Pero bueno,"

ni que fueras a una fiesta, qué elegancia.

¿Elegancia? Voy normal.

Venga, que a mí no me engañas.

¿Cuántos has tardado en ese peinado?

Y el perfume, que seguro que es francés.

Por no hablar del escote,

que no me extrañaría que fuera pecado. ¿Dónde vas?

Voy a dar un paseo por el parque.

Pues te acompaño, no puedes ir así sola. Y así charlamos.

María Luisa, no puedes venir conmigo.

Ya veo. Es mejor que no preguntes.

No pensaba hacerlo. Con lo que imagino

es suficiente.

-Quería pedirle permiso para marcharme un poco antes.

Como está mi primo Jacinto...

-¿Tú sabes tejer?

-Sí. Y hacer encaje de bolillos.

Esas labores se me dan muy bien.

-Ay, ¿me enseñarías?

-¿Qué es lo que quiere hacer?

-Unos patucos para un crío de pecho.

-¿Y no sería mejor una bufanda para el invierno?

Unos patucos en esta casa... A no ser que doña Leonor...

-No inventes. Mo hija está bien.

Son para regalárselos a una señora

de la parroquia que será abuela.

Mira, también tengo lana rosa, por si es niña.

-"Eres un encanto"

por todo lo que estás haciendo por mí.

Por haber propiciado que me operaran,

por demostrarme que estás dispuesta a ser una buena esposa.

-Lo intentaré.

No tienes que darme las gracias por eso.

Se hace de noche, debería irme. -Son cortos los ratos contigo.

-Es que no me gusta ir en el tranvía tan tarde.

-"Tú quieres acabar"

con el negocio, ¿no? -La otra exagerada.

Hay a quien le gusta menos espeso.

-Perdonad.

-No sé cómo no te despide.

-Antonio.

Te has equivocado y has puesto el pedido de la dos en la tres.

Estate más atento, anda.

-Voy a arreglarlo.

-No sé cómo lo soportas.

-¿Y qué hago, le despido?

-Imponte. -"No recibe de los cristianos"

otra cosa que sacrilegio, desprecio, indiferencia, ingratitud.

Le une el sacramento de mi amor.

¡Ah!

-Adela...

Adela, ¿sigues con el manto?

-Perdón, no la había oído.

-Ya me doy cuenta. Muéstrame las manos.

Hazme el favor,

muéstrame las manos.

-"¿Sabes qué atormenta a mi madre?".

-Yo no sé nada. -¿Qué me ocultas, Carmen?

-Nada.

Déjeme marchar.

Madre,

¿se encuentra mejor?

-Blanca,

hija, ten mucho cuidado.

Está cerca.

Muy cerca.

  • Capítulo 621

Acacias 38 - Capítulo 621

13 oct 2017

Serie diaria en la que se narraran la vida de los personajes que habitan una comunidad de vecinos, y todas aquellas historias que se sucederán alrededor de sus personajes, situada a principios del siglo XX en Madrid.

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