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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 620 - ver ahora
Transcripción completa

¿Qué quiere decir este horror?

¿De dónde han sacado algo tan siniestro?

-Es un cuento.

-Igual que las monedas, o las hojas que dejaron el otro día en la casa.

-Sí, y los pétalos azules y...

la nana que cantaban esos niños.

-¿Viene todo de la misma historia?

-Es un cuento infantil que cantaba hace años.

La historia de la bruja Baba Yagá.

-"Sí,"

quiero.

-¿Y tú, Samuel,

quieres recibir a Blanca como esposa?

-Sí, quiero.

-"Te quiero más que a mi propia vida".

No podría vivir sin ti, Elvira.

"Padre, usted siempre tuvo razón".

"Estar con Simón fue un desdoro".

Quizá me equivoqué con Burak Demir.

Pero sé a ciencia cierta que nadie mejor que yo

podrá decidir qué es lo mejor para ti.

Y quién va a ser tu marido. Y yo aceptaré su decisión.

-"Quiere que el encuentro sea en su casa".

-¿Eso no será más peligroso? -Según ella, no.

Piensa que allí estaréis a salvo de las miradas comprometedoras.

Asegura que su padre no va a estar.

-"Llévenlo a quirófano".

-Samuel.

Te estaré esperando.

No puedes fallarme. Me has prometido

una vida juntos.

-"Ya es tarde para nosotros, Elvira".

Soy un hombre casado.

Y tú una dama de buena familia.

No podemos pasar el resto de nuestros días

viviendo una mentira.

No, no, no. El beso del otro día fue un arrebato.

Un... sinsentido.

Así que debemos parar. Por nosotros.

Y por los que nos rodean.

Así que no va a volver a ocurrir.

Es mejor que lo entiendas.

Espero no molestarte con mi presencia.

-En absoluto.

Es un alivio tenerte aquí.

-No podía quedarme en casa sentado... mientras operaban a Samuel.

-Te agradezco que hayas venido.

Esperaremos juntos el resultado de la operación.

¿Qué haces, Elvira?

No lo hagas, por favor.

Dame las llaves. No.

No dejaré que te marches. ¿Te das cuenta de lo que ocurrirá

si tu padre entrara por esa puerta?

¿Quieres que las cosas terminen tan mal?

Las cosas solo terminarán mal si tú y yo no estamos juntos.

Elvira, por favor,... entra en razón, te lo ruego.

¿Crees que no me gustaría olvidarme de toda responsabilidad...

y perderme en tus besos?

¿Crees que no me está costando hasta enloquecer decirte que no?

Elvira...

Soy un hombre casado.

No puedo hacerle esto a Adela. ¿Y a mí sí?

Sé que es injusto, lo sé.

Sé que el destino ha jugado con nosotros

de una forma despiadada y cruel,

pero ella es tan inocente como lo somos tú y yo.

No voy a poder vivir sin ti.

Habrás de hacerlo.

Dime cómo, por favor.

Por más que pienso no hallo la manera.

Evitaremos vernos.

Evitaremos situaciones como esta.

No lo hagas.

No marches, te lo suplico.

Blanca, será mejor que te sientes.

Aún habremos de aguardar un buen rato para ver a Samuel.

-La espera es insoportable.

-Lo sé.

Celia.

Qué bien verla.

-He sabido que hoy operaban a su hermano

y he pasado a interesarme por él.

-Pues no sabemos nada.

-Voy a ir a por un poco de agua.

Se me ha quedado la boca seca.

¿Quiere algo?

-No, gracias.

¿Ha sido inconveniente mi visita? -No.

Por supuesto que no.

Me alegra enormemente.

Es un consuelo saber que hay personas

que se preocupan por mi hermano.

Gracias.

¿Cómo está Felipe?

-Pues mucho mejor.

Presiento que ustedes dos serán amigos cuando se conozcan.

Sé el duro trance por el que está pasando.

-Es mi hermano

el que está en esa sala. La operación es...

muy peligrosa y... supone elevados riesgos.

Podría salir mal y...

matarle o... dejarle secuelas...

-No piense eso.

-"No piense eso". Esa frase me la repito constantemente.

Una y otra vez.

Y, además, sé que está en buenas manos.

El doctor ha hecho venir a una auténtica eminencia,

a un tal sir William Macewen. Pero, a pesar de todo, no... No.

-Diego...

Todo va a ir bien.

El destino no va a ser tan cruel con su hermano.

-Ojalá tenga usted razón.

Y parece que el destino esté riéndose de nosotras.

Primero mi esposo, postrado en una cama, inconsciente, y ahora...

el menor de mis hijastros.

Espero que no muera en la mesa de operaciones.

Dios no lo quiera.

-Marcho pues.

Querrá ir al hospital para saber cómo va todo.

-Ah, sí, claro.

-Lamento mucho no haber sido de más ayuda.

-Oh, no se apure.

En estos momentos tenemos temas más importantes

que reconstruir esa joya.

-¿Podría avisar a su criada y decirle que me traiga mis cosas?

-Yo la acompaño.

-Sin embargo, me gustaría despedirme de su criada.

El caso es que su cara me resulta familiar.

¿Le importaría si...? -Lo lamento, pero...

se encontraba algo indispuesta y le he permitido retirarse.

Ya tendrá ocasión de saludarla en su próxima visita.

Con Dios. -Con Dios, señora.

-¿Todo bien, señora?

-Le dije que esperara en el despacho.

-Gracias por evitar que la marquesa entrara aquí.

-¿De qué la conoces?

-No lo recuerdo.

Debí coincidir con ella en alguna recepción,

cuando aún no era sirvienta. Iré a preparar sus cosas

para que salga hacia el hospital a escape.

-¿Quieres que le pregunte directamente a la marquesa?

-Esa mujer...

conocía a mi marido, Raúl Andrade.

Y a mi familia.

-Y temes que pueda decirle a tu familia dónde estás, ¿no es así?

-¿Debo tener miedo por lo que pueda pasar?

-No.

No mientras cuente con tu lealtad.

Carmen,... nos tenemos la una a la otra.

Nada has de temer.

Hay que ver qué mala suerte la de esa pobre familia.

Primero don Jaime y ahora el señorito Samuel

sometido a una operación a vida o muerte.

-Sí, si es que nunca se sabe lo que nos depara el destino.

También te digo una cosa, ¿eh?

Donde pone el pie doña Úrsula, mal asunto.

-Pues en eso tiene más razón que un santo.

Fíjese en Carmen. Lo buenecita que parecía.

Y, desde que trabaja en casa de esa señora,

se le ha agriado hasta el carácter. -Si es que todo lo que toca

esa bruja trae mal fario.

¿Has oído los rumores sobre el fantasma de doña Cayetana?

Anda que no hay fantasmas por ahí para que regresen del más allá

y tiene que regresar doña Cayetana. Tócate las narices.

-Calle, Servando,

que como se me aparezca me da un tabardillo.

-¿Quién sabe, Martín, quién sabe?

Ya te he dicho antes. No sabemos lo que nos depara el destino.

-Dígaselo al señorito Antoñito, ¿eh?

¿Quién le diría a él que acabaría de camarero en "La Deliciosa"?

-Acabar, acabar, todavía no ha acabado.

No sea que acabe Víctor despidiéndole.

Es un manazas. -Servando,

¿cómo no va a serlo?, si es un señorito,

no ha nacido para trabajar. -Tiene dos pies izquierdos,

y en vez de manos tiene manoplas.

No le duran los cacharros en la bandeja ni media hora.

-Muy generoso está siendo usted. Diez minutos, diría yo.

-¿Qué, habéis acabado ya?

-¿De la cerradura, hablas?

-De despellejar a Antoñito, más bien.

-Estamos hablando por hablar, sin mala intención.

-Para no tener mala intención os habéis quedado bien a gusto.

-No te enfades, Lolita.

Si no estamos diciendo nada que sea mentira.

Además, todo bueno.

Solamente que Antoñito ha nacido para ser un señorito.

Para ir al Ateneo a discutir de política.

Y para ordenar y que otros obedezcan.

-Y para vender la Estatua de la Libertad y otras estafas.

-Eso solo fue una vez. Además, ¿qué pasa,

que un señorito no puede faenar si le da la gana?

-Sí, claro que puede. Solo que no es lo suyo.

Míranos a nosotros arreglando puertas,

a eso no nos gana nadie. ¿Verdad, Servando?

-Es verdad, verdad.

Bueno, pues nada, con el orgullo del trabajo bien hecho,

vamos a ver si encontramos al primo de la Casilda

y le queda queso de ese fetén, que nos lo hemos ganado.

-Eso, eso. Vamos.

-Y tú no te apures, moza.

Que si le despide Víctor, siempre le quedará volver a ser barrendero.

Que eso lo hace cualquiera. (AMBOS RÍEN)

Lo peor en estos casos es la espera. A uno los minutos le parecen horas.

-Días,... diría yo.

Es una angustia insoportable.

Sobre todo porque nadie nos cuenta nada.

-¿Aún no han podido hablar con nadie del hospital?

-Dijeron que nos informarían después de la operación.

Y tras tenerle unas horas en observación.

-Pues en cuanto sepan algo,...

hágannoslo saber, ¿de acuerdo?

Y, si precisan cualquier cosa,

díganmelo. Estaré encantada de poder ayudarles.

-Gracias.

-Me marcho.

-Recuerdo cuando... éramos niños.

Samuel no debía tener ni cinco

o seis años. Fuimos a la feria.

Jugamos a la tómbola.

(RÍE) Yo me gasté...

todo el dinero de la paga que nos daba mi padre en papeletas...

y lo perdí todo.

Samuel solo compró una papeleta.

Decía que quería guardarse el dinero para...

comprarle algo bonito a madre para su cumpleaños.

-¿Y ganó?

-Ganó.

Samuel siempre ha sido un chaval con mucha suerte.

Y esta vez no será distinto.

Contigo,... me refiero.

-No hagas eso.

Este tipo de comentarios no los hagas nunca más, Diego.

Disculpa, he sido un poco brusca.

Estoy nerviosa por la operación.

Y por el futuro incierto que nos espera.

-Seguro que Celia tiene razón.

Y en breve le darán el alta a Samuel

y todos podremos volver a nuestras maravillosas vidas.

-Así lo espero.

¿Tú qué harás?

-Supongo que volveré a mi plan inicial.

Me marcharé una temporada a las minas de Huelva.

Echo de menos ese mundo.

Dormir a la intemperie, bañarme en el río,

buscar gemas.

El trato con los mineros.

Además,... Samuel necesitará...

tiempo para...

perdonarme.

Blanca,...

¿tú qué harás?

-Ayudaré a Samuel en la joyería.

Le pediré que me enseñe.

Así podré ser útil y no solo un estorbo.

Seré...

-Una buena esposa.

-Cumpliré con la promesa que le hice a Samuel.

Se lo debo. -Por supuesto.

Eres especial, Blanca.

Y Samuel también lo es.

Sois... increíbles los dos.

Ya verás como... seréis muy felices los dos juntos.

Es una lástima

que se haya perdido este diseño de mi padre.

El último que ha hecho.

-Quizá no se haya perdido del todo.

-¿Qué quieres decir?

-Puede que haya una forma de recuperarlo.

-¿Cómo?

¡Yepa ya!

(Cae la bici)

-Señorita, déjeme que la ayude.

¿Se encuentra usted bien?

¿Y a qué viene semejante grito?

¿Se ha confundido usted, se creía que era una oveja?

Pues menos mal que no le ha pasado nada.

Ya le está pidiendo usted perdón a la de ya.

¿Que no me está escuchando?

¡Que le pida perdón, que no sea grosero!

Pero...

¡Oiga, que...!

Señorita...

Le pido que me disculpe y le ruego mis más sinceras disculpas a la par.

Y, sobre todo, perdón en nombre del energúmeno este en persona

y del barrio de Acacias en general.

¿Qué, Fabiana, no lo ha visto usted, no?

-¿Ver el qué?

-El burrandango ese del primo de la Casilda,

que ha pegado un grito

que hasta una pobre señorita que iba en bicicleta, del pasmo,

se ha caído al suelo. Debo hablar con la Casilda, ¿eh?

Esto no puede seguir así. -A esa ni me la nombre.

-¿Qué ha pasado? -Nada.

Que salió aturullada

diciendo que había visto el ánima de doña Cayetana,

que se le apareció delante.

-A saber lo que ha visto el esparraguillo seco ese.

-Ojalá fuera mi niña a la que viera. Pero ya le digo yo que no.

-Pero no se preocupe, Fabiana, que ya sabe cómo es Casilda.

Se impresiona viendo un pajarillo volar.

-Pero si no es lo que vea o deje de ver, Servando.

Es que nadie se da cuenta de que cada vez que la mentan

están hablando de mi hija.

A la que he parido con mis entrañas y he cuidado con estas manos.

Puede que para muchos sea un monstruo.

Pero es mi niña, Servando.

Para mí... es mi niña.

Señora, yo creo que era ella.

-¿Que era quién?

-Pues eso, doña Cayetana. Vivita y coleando.

Yo se lo juro por estas que son cruces

que era ella. Aunque bueno, es verdad

que no llevaba la ropa que ella solía vestir.

Ni tampoco el mismo peinado.

Pero sí, tenía que ser ella.

-Seguro.

-Doña Rosina, ¿qué le pasa?

Yo le cuento que he visto a doña Cayetana

de regreso a Acacias y viva

¿y usted no dice esta boca es mía? -Ay, lo que te digo

es que me prepares un té, sin prisa.

Me lo haces con parsimonia, con cariño. ¡Venga, fuera!

Hoy tienes... la hermosura subida,

amor mío de mi vida.

-Gracias, cariño. ¿Sabes qué será? Que esta mañana he ido al barbero

a afeitarme.

Rosina, cariño, te noto rara, ¿te pasa algo?

-Si quieres vamos a la alcoba y te lo cuento.

(RÍE) -¿A estas horas de la tarde?

-¿Por qué no? Hazme tuya.

Vamos.

-¡Casilda!

¡Casilda! -¿Qué haces, por qué la llamas?

¿Estás tonto? -Debemos aclarar lo de doña Cayetana.

Me tiene muy preocupado,

y no es un asunto baladí que digamos.

-¿Me ha llamado el señor? -Sí, siéntate.

Y descansa.

-¿Ha muerto alguien?

-No, mujer, no te asustes. Que es para hablar lo de Cayetana.

¿Qué iba a decir yo? Que...

¿Qué fue exactamente lo que...? -¡Ay!

Nos lo cuentas luego, Casilda. -¿Qué luego ni qué luego?

Rosina, ahora. Cuenta, cuenta.

-Pues yo vi...

a doña Cayetana vivita y coleando.

Y, además... -Vale, Casilda, déjalo ya.

-Don Liberto,... yo de usted

no trataría de huir de ella.

-¿Cómo dices? -Yo conozco a doña Rosina.

Cuando le entra calentura,...

no hay quien la pare hasta que lo consiga.

Es como...

un volcán en erupción.

Buenas tardes... y buena suerte.

Has entendido la pregunta perfectamente.

¿Él te busca o no te busca?

-Le agradecería que no me hiciera esas preguntas, me incomodan.

-Y a mí me preocupan. -Déjelo ya,

por favor. Tengo trabajo atrasado y quiero terminarlo.

-Deja eso por hoy.

Simón estará a punto de llegar.

Date un baño, perfúmate,... ponte algo...

No sé, ya sabes,...

algo que enseñe más de la cuenta.

-Doña Susana. -¿Qué?

Eres su esposa, eso no es pecado.

-Pero eso forma parte de la intimidad de mi matrimonio.

No son cosas de hablar con usted. -Ese es el problema.

Que no forma parte.

Si fuera así, no me metería.

(Puerta que se cierra)

-Le ruego que deje el asunto, no quiero que Simón se entere.

Buenas tardes, cariño, ¿cómo te ha ido el día?

-Bien.

-Pareces cansado. ¿Por qué no vas a la alcoba

y te preparo un baño?

-En realidad venía a avisaros

que no me voy a poder quedar a cenar. -¿Por qué?

-Aún me queda mucho trabajo donde doña Celia.

Debo copiar unos contratos y traducir unas cartas al francés.

-¿No puedes hacerlo mañana?

-No, lo siento. Me temo que corre mucha prisa.

Nos vemos mañana de amanecida.

-No me mire así.

-¿Todavía crees que no necesitas ayuda?

Deja eso ya de una vez, por amor de Dios.

Evitar el problema no lo va a resolver.

Lo hará más grande. Y Dios sabe cómo puede acabar.

-Si lo sé, doña Susana.

Pero quiero darle tiempo.

Todo ha sido... algo extraño.

Fue terminar la boda y apareció Elvira y...

él está nervioso y algo inquieto. -¿Y tú?

¿Puedes dejar de pensar en los demás y pensar un poquito más en ti?

Por mi experiencia sé...

que un matrimonio no lo es si no se consuma.

-Ya, pero yo no sé nada de todo eso.

Que yo me he pasado la vida en el convento.

-Bien sabe Dios que yo tampoco soy peritísima.

Pero algo tendrás que hacer...

si no quieres perder a tu marido. -¿Y qué hago?

-Pues...

igual no estás cómoda hablando conmigo, pero alguien habrá

que te pueda aconsejar. -¿Alguien como quién?

-Estoy pensando.

Algo se me ocurrirá.

(Pasos)

Señora Fabiana,

¿ha visto usted a mi primo Jacinto?

Me han dicho que ha tenido una problemática con una señorita

que iba en una de esas bicicletas del demonio.

-No lo he visto.

-Señora Fabiana,...

yo sé... que usted no me cree.

Nadie lo hace.

Pero yo sé muy bien lo que vieron mis ojos.

Y yo vi cómo doña Cayetana

subía por las escaleras del edificio.

Lo siento mucho si... esto le hace daño a usted.

Lo último que yo querría es herirla.

-Pues lo has hecho.

-¿Y qué quiere que haga? ¿Miento?

-Callarse las cosas no es mentir, Casilda.

Si sabías que me iba a sentar malamente,

¿a qué contar la fantasía? -¿Y si no es una fantasía?

-Doña Cayetana está muerta,... ¿me oye?

-Eso creíamos.

Pero yo sé muy bien lo que vi.

Señora Carmen, venga usted. Venga.

Cuéntele a la señora Fabiana

lo de su señora. Está inquieta.

Todos sabemos que seguramente sea

porque alguien le está dando la murga.

¿O no?

-¿A qué negarlo? Todo el mundo vio

cómo se puso con esos chiquillos que cantaban en la calle.

-Lo sé. Yo también me he "asebentao".

Pero ¿qué tiene que ver doña Cayetana con eso?

¿Le ha dicho Úrsula algo sobre ella? -No.

Nada me ha dicho doña Úrsula. Se lo prometo.

Lo que sí es verdad es que... anda algo inquieta últimamente.

-¿Por lo de los críos? ¿Por esas canciones?

-No. No solo han sido las canciones. Ha habido más cosas.

-¿Qué cosas?

-Pues cosas que para mí no tendrían importancia,

pero que doña Úrsula sí parece dárselas.

-¿Qué cosas, Carmen?

-El día de los niños...

alguien le puso pétalos azules en el agua.

Y, al poco,... más o menos cuando Casilda

dice haber visto a doña Cayetana,

subimos a la casa y nos encontramos una caseta de pájaros.

Pero muy extraña.

-¿Y por qué era muy extraña?

-Llevaba patas de gallina.

Al parecer, todo eso tiene que ver con un cuento.

Yo... no sé lo que decir.

Solo que a doña Úrsula todo esto

la está poniendo muy, pero que muy nerviosa.

Tanto que ha contratado a un hombre de seguridad para que la proteja.

-¿Está usted bien? Ha perdido la color.

-¿Le ha dicho Úrsula de qué cuento son esas cosas?

-Me lo dijo, sí, pero... no lo recuerdo ahora.

Algo así como...

Babá Yagá.

-Dios santo.

Ya ha pasado mucho rato, ¿por qué no dicen nada?

Quizá haya salido de la operación

y esté en observación, ¿no cree?

¿Qué haces, Blanca?

-Imaginar lo que había dibujado en el resto de hoja que falta.

La pieza que había dibujado tu padre.

-¿Sabes dibujar? -En el internado

recibí clases de dibujo. No se me daba nada mal.

Solo que allí tenía que hacer dibujos del natural por obligación.

-(SUSPIRA)

-Da igual, es una tontería.

No sé por qué he pensado que podría adivinar

lo que había dibujado tu padre.

Quizá solo quería matar este horrible tiempo de espera.

-Era buena idea.

Por favor, inténtalo de nuevo.

No tenemos nada que hacer ni nada que perder.

Ya ha subido otra vez el precio del cacao.

Ahora, por los enfrentamientos

entre negros y blancos en la isla de Fernando Poo.

Como la cosa no cambie, tendré que subir los precios.

-Da por hecho que vas a tener que hacerlo.

Con esos desalmados, la cosa solo puede ir a peor.

-Marchando para doña Susana un chocolate con churros.

-Un té, y un trozo de tarta

de manzana.

-Para María Luisa sí que era una manzanilla

y unos suizos... -Bueno,

yo te había pedido un chocolate y unos suizos.

-Por lo menos ha acertado lo de los suizos.

Es nuestro día de suerte.

Anda, Antoñito, vuelve, repasa la comanda

y traes lo que te han pedido. Venga.

No da una, el pobre. -Buenas tardes tengan ustedes.

¿De merienda?

-No hay que perder las buenas costumbres.

¿Nos acompañáis?

-No se preocupe, doña Celia, yo iré terminando los contratos.

La espero en su casa. -No seas tonto, siéntate tú también.

Todo el mundo sabe la buena relación que tenéis.

¿A qué andarse con protocolos y melindres?

Venga, siéntate.

¿Qué quieres, un cafetito?

Buenas tardes.

¿No hace mucho calor hoy? Yo diría que hace hasta frío.

Debo estar destemplada. -Pues sí, será eso.

Lo mejor será que te tapes.

No vaya a ser que te acatarres. -Simón,

¿no tenías que ir a terminar unos contratos?

-Sí, será mejor que me marche. La espero arriba, señora.

Yo tomaré un chocolate y un suizo.

-Más te convendría tomarte algo fresquito,

para tus destemples.

¿Cómo lo haces?

Es impresionante.

-Es instinto.

Me dejo llevar por el dibujo de tu padre.

Imaginando lo que él imaginaba.

Como si él guiara mis trazos. -Como si él guiara tus manos.

-Creo que podría ser algo así.

-¿Me lo enseñas?

Estoy convencido que si mi padre pudiera

firmaría esta joya sin ninguna duda.

A mí me parece perfecta.

Y, sin embargo, transmite cierta tristeza.

-Tienes razón.

Es un diseño floral...

que recuerda...

a un laberinto.

-Un laberinto con ramas... que se entrelazan.

Y estas gemas que has dibujado aquí

me hacen pensar que son...

como ojos.

-¿Ojos?

-Ojos que muestran un camino.

Como si hubiese que escoger uno.

Una elección, quizás.

Una elección difícil.

Una maraña.

-Una maraña enredada.

Como una tela de araña que te atrapa y no te deja salir.

-Quizá porque...

no haya salida.

-Quizá porque la salida

suponga sacrificar tanto

que no merece la pena recorrer el camino hacia ella.

Es un laberinto.

De oro y joyas preciosas, pero un laberinto al fin y al cabo.

Y de los laberintos a veces no se puede salir.

-Doctor.

-Ya hemos terminado la operación a Samuel.

-¿Y?

-Aún es pronto para saber si todo ha ido bien.

Está sedado y descansando.

Hemos de darle tiempo a su cuerpo a que se recupere.

En cuanto sepa algo más vendré a informarles.

-Gracias, doctor.

Hija, ¿puedes hacer el favor de mirarme y decirme qué opinas?

-Madre, por favor, no me distraiga.

Intento terminar unos documentos que me han pedido

en el Colegio Carlota De la Serna.

-Solo será un minuto. ¿Qué te cuesta?

¿Y bien, qué opinas?

-Que una hija no debería ver estas cosas

puestas en el cuerpo de su madre.

-¡Anda, no seas melindrosa! Dime, ¿es suficientemente sexi?

¿Te lanzarías a mi cuello si fueras un hombre?

-Ay, madre. -¿Qué, ahora eres pacata?

-No, lo que soy es su hija. ¿No ve que no quiero imaginármela

en según qué situaciones? -¿Y eso por qué?

Si es por respeto a tu padre, pierde cuidado.

Me dio su consentimiento para mantener relaciones plenas

con Liberto. -Madre, no quiero ni imaginarme

cómo mi difunto padre

le ha dado su consentimiento.

Ni tampoco cómo son sus relaciones íntimas

con su nuevo esposo.

-Hija, necesito ayuda. ¿Por qué no puedes hacer un poder?

¡Por favor! -Porque no me sale de las pestañas.

-Hija,... si tú no me ayudas, que eres la experta, la liberal,

la moderna, la que sabe, ¿a quién voy a recurrir

para solucionar mi problema? ¿A quién?

-Madre, pero...

Ay, a ver,... ¿qué problema tiene?

-Ay, hija, me da vergüenza, pero...

Liberto casi ni me mira.

Hasta hace dos días era fogoso. Ay, si lo vieras.

Y ahora, ni me ve. Parezco invisible.

-Liberto, qué bien verte por aquí,

porque creo que yo estoy un poquito de más.

-¿A qué se refiere Leonor, ocurre algo?

-Se refiere a esto.

Se refiere a que tú y yo

vamos a hacer temblar los cimientos de esta casa.

Algo muy malo ha tenido que pasarle a doña Rosina.

No es normal.

Le cuento que doña Cayetana se ha levantado de la tumba

y ella no me presta atención.

-Casilda, por favor, deja de mentar eso, ¿eh?

Que al final va a pasar de verdad.

No quiero yo cruzarme de nuevo con esa arpía

y menos de fantasma. -Arrea, Martín.

¿Es que tú tampoco me crees? Que yo sé muy bien lo que vi.

Es más, la señora Fabiana está empezando a creerme.

Ha ido a buscar a doña Úrsula para hablarle de este menester.

Oh, Dios mío. ¡Jesús!

-Por fin te encuentro, Casilda. Contigo quería yo hablar.

-Bueno, pues aquí me tiene. ¿Qué quiere usted?

-Quería hablar del pedazo de alcornoque de tu primo.

-¿Qué ha hecho? -Asustar al vecindario.

-No me diga más.

Otra vez algo relacionado con esa bicicleta, ¿no?

¿Qué le vamos a hacer?

Le da miedo ese artefacto, es un poco miedica.

-No, es un bruto y un animal,

y con esos gritos casi se desmoña una fémina que iba en bicicleta.

-No será para tanto. -¡Yepa ya!

-A esos gritos.

-Acabáramos. Eso... Eso no son gritos, Servando.

Es la manera en la que se comunican los pastores.

-Bueno, pues los pastores en Naveros del Río

son buena gente y educados.

-Ah, ¿sí? Pues en mi pueblo también.

Lo que pasa es que así nos comunicábamos

cuando éramos chiquillos

y se ha quedado como un lenguaje en clave

entre nosotros. -Pues a ver si os comunicáis

con ese lenguaje pero en silencio,

que no está bien asustar al barrio. -Servando, es usted un exagerado.

Nosotros no espantamos a nadie. -Bueno, pues quedas avisada, ¿eh?

O controlas a tu primo o tendré que amonestarle.

Bueno, eso...

o echarle del barrio. -Hombre...

-Que digo yo... que a tu primo no,

pero lo que sí voy a echar de menos va a ser a su queso.

Descuida, que no nos van a interrumpir.

Les he pedido a Casilda y a Martín que cuando regresen

se vayan a su casita. Vamos a estar solos.

-Ya, pero ahora no voy a poder.

He quedado con un anticuario

para que me enseñe su colección de monedas.

-A ti te voy a enseñar yo monedas. Bésame.

-Por el amor de Dios, contente.

-Pero... Pero... ¿qué ocurre? ¿Qué te pasa?

-Nada. Es solo que no quiero.

Mujer, tampoco te lo tomes así.

-¿Y cómo me lo voy a tomar?

Ya no te gusto.

Ya no sientes deseo, ya no provoco eso en ti.

-¿Cómo no me vas a gustar?

Cariño, si eres lo que más me gusta sobre la faz de la Tierra.

-¿Y por qué ya no quieres intimar conmigo?

-Es por tu embarazo. -¿Por mi embarazo?

Me está cambiando el cuerpo y ya no sientes deseo, ¿ves? Es eso.

-No, es porque temo hacerle algo al niño que está en camino.

Temo hacerle daño, temo darle golpes

con mi..., con el... -¡Liberto, Liberto!

Ay, por favor, ¿cómo vas a hacerle daño con eso?

A veces olvido lo jovencito

e inexperto que eres. Pierde cuidado.

Cuando yo estaba embarazada de Leonor,

Maximiliano y yo intimábamos cada día.

-Hay cosas que tampoco tengo por qué saber.

-Liberto, perdón.

Mi amor, voy a intentar respetar tus deseos, pero...

tenemos que llegar a un acuerdo. Yo...

necesito sentirte cerca de vez en cuando.

¿Comprendes?

-Uh... Te sienta muy bien esto que llevas puesto.

(Puerta)

(TARAREA)

-Oh...

¿Te preparo algo calentorro? ¿Un tentempié?

-No, no. No quiero ni oír hablar de bebidas calientes.

Bueno, ni frías. Ni templadas, ni tentempiés ni nada

que se le parezca. -¿Un mal día?

-Peor de lo que te imaginas.

Víctor es un pejiguero. Está todo el día

encima mía, pendiente, a ver cuándo voy a meter la pata.

Los clientes son unos impertinentes,

no dejan de pedir cosas que son imposibles de memorizar.

Y, luego, cambian de parecer a cada segundo.

-Y que tú no estás acostumbrado, ¿no? -Sí, claro, algo influye también.

-Bueno, piensa que este es mejor trabajo que el de barrendero.

Y que tiene mejor jornal.

-La verdad es que pienso en eso constantemente.

-Tienes que hacer un poder por contentar a Víctor.

Es tu jefe, y el que manda.

Aunque se equivoque, pues es lo que hay.

-¿Sabes qué es lo único bueno?

-¿El qué?

-Pues que, por muy largo que haya sido el día,

y muy duro,... cuando llego a casa,...

siempre estás tú aquí, esperándome.

-(DON RAMÓN) Lolita, ¿puedes prepararme un té calenti...?

-Uy.

-¿Qué haces tú aquí, sentado en la cocina?

-Le pedí un té calentito a Lolita.

Y me he sentado para descansar un momento

los pies. Yo adoro mi nuevo trabajo, padre, no se confunda.

Es motivador y apasionante.

Pero al final del día acabo con los pies molidos.

Lolita, llévanos los tés al salón.

Y rápido.

Vamos, padre.

¿Se ha dado cuenta de cómo ha subido últimamente

el precio del cacao? Es una cosa...

-Uy.

Le agradezco que haya estado todo el día conmigo, Merino.

Inspeccione la casa.

¿Qué haces tú aquí, Fabiana?

-Llevo todo el día buscándola. -¿Para?

-Quiero hablar con usted.

-Tú y yo no tenemos nada de qué hablar.

-Es sobre doña Cayetana.

¿Cree que es posible eso que dicen

por ahí? ¿Cree que es ella quien la ronda? ¿Quien le daba murga?

-Doña Cayetana está muerta, Fabiana. Bien lo sabes.

-Nunca encontraron su cuerpo.

-¿Cómo iba a salir de ese infierno con vida?

-Dígamelo usted.

-¿Qué insinúas? -Sabe más de lo que dice.

-No me vengas con tus consejas, Fabiana.

-Sé que sabe más.

Así que dígame lo que sabe.

-Eres una vieja loca.

Déjate de chaladuras y vete a dormir.

-¿Y esas señales que le están llegando?

-¿Qué sabes tú de eso?

-Todo se sabe en Acacias, que parece usted nueva en la plaza.

El canto de los niños, los pétalos,

la casa con las patas de gallina. Recuerdo bien ese cuento.

Se lo contaba usted a mi Cayetana antes de dormir

cuando era pequeñita.

Siempre me horrorizó lo de la bruja del bosque...

-¡Cállate! -y la pobre criaturita abandonada.

-Si a mí me viene a la memoria, a doña Cayetana también.

-¡He dicho que te calles!

(Golpe)

¡Ah!

¿Qué ha sido eso?

¿Es usted, Merino?

Ahora la veo en casa, doña Susana.

Adela.

Elvira.

Es una lástima que se marche usted ya.

Quería ir a la sastrería a que me hiciera unos arreglos.

Venga mañana y se los haré encantada.

Quería que me agrandara un poco el escote.

Para seguir las nuevas tendencias.

Muy bien.

Como... Como guste. El vestido ha de estar a su gusto.

-Adela, querida, creo que te has dejado las cosas de bordar

sin recoger.

¿A qué estás jugando, muchacha?

¿Perdone?

He visto cómo te has comportado con Simón en la chocolatería.

Y no son maneras de señorita.

No es correcto actuar así. ¿Y qué es lo correcto?

¿Olvidar lo que hemos vivido su hijo y yo?

¿Obviar lo que sentimos el uno por el otro?

Usted ha sido testigo de nuestra historia de amor,

no puede ser

que la haya olvidado.

El pasado, pasado está.

Ahora Simón es un hombre casado.

Las cosas han terminado así.

Y eso es lo que hay.

No. No, no es lo que hay.

Porque entre Simón y yo las cosas no han terminado.

Igual que usted dice lo indecible por su hijo,

yo haré lo propio por recuperarle.

Nada ni nadie me va a detener.

Y ahora, si me disculpa...

Hemos de poner solución a esto. Y hemos de hacerlo a escape.

Merino, esto no me hace

ninguna gracia. ¿Por qué no me contesta?

¿Qué ha ocurrido?

¿Estaba ella aquí?

-Quédese con su dinero.

Y que Dios reparta suerte.

-¡No se vaya! ¡No me deje sola!

¿Dónde está Samuel? ¿Por qué no lo trae consigo?

-¿Qué ocurre, doctor?

-Antes de mostrarles a Samuel,... he de hablar con ustedes.

Y les ruego no se pongan nerviosos.

Menudos pulmones que tiene ese hombre.

Sus ovejas deben estar sordas con semejantes alaridos.

Bueno, a lo que vamos.

Lo único que tienes que hacer es echar chocolate

hasta la mitad de la taza.

Y yo me encargo de ir rellenándolos con agua.

No pongas esa cara, los clientes no se van a dar cuenta.

Así consigo que Víctor ahorre un poco.

Porque el precio del cacao está por las nubes.

Tú descuida, que si pasa cualquier cosa, es bajo mi responsabilidad.

"Celia,..."

en nombre de nuestra amistad,

te ruego que no malinterpretes lo que te voy a pedir.

Yo considero que eres una mujer muy honorable.

Pero seguro que sabes aconsejar mejor a Adela

que una vieja beata como yo. -Susana,

difícilmente puedo ofenderme

si no me aclaras qué es lo que sucede.

-Son asuntos privados... que precisan discreción.

Si la muchacha hubiera contado con el consejo de una madre

en vez de estar toda su juventud... en un convento de clausura,...

se habría llegado al matrimonio con la lección sabida.

Preciso de tu... prudencia

y de tu delicadeza.

-"Qué día más bonito, ¿eh, cariño?".

Parece que no compartes mi opinión.

¿Estás enfadada?

¿He hecho algo?

-No, Liberto, no me has hecho nada. Nada de nada.

Ese precisamente es el problema. Anoche dormiste como un bendito.

Esperaba recibir de ti otras atenciones

que no fueran tus ronquidos. -Debo confesarte

que a mí también me costó conciliar el sueño.

-Pues haber hecho algo

para pasar el rato, ¿no? -No quería ni rozarte.

Rosina, no dejo de darle vueltas a lo que hablamos.

-Ya te he dicho que en nada

podemos dañar a la criatura, por favor.

-Pues perdona mi inexperiencia,

pero estoy tan ilusionado con la idea de ser padre

que no puedo pensar en otra cosa. -¿Ni siquiera en mí?

¿Acaso durante los siguientes nueve meses

no vamos a hacer otra cosa en nuestro dormitorio

que dormir y callar? ¿Eh? -"¿Cómo se te ha ocurrido"

hacer semejante barbaridad? -Tú me diste la idea.

-¿Qué pasa, que ahora la culpa es mía?

-Sí. "El cacao está muy caro y no se pueden subir los precios

porque los clientes se espantan". -Ah, entonces vamos a echarlos

a todos de una vez. -Bueno, pero ¿te parece buena idea

o no te parece buena idea? -Pero ¿tú...?

A ver si esto te lo aclara: estás despedido.

-Estás de broma. -Es que no quiero verte aquí

ni siquiera como cliente, Antoñito.

-Como quieras, Víctor, pero vamos, que yo lo hacía

solo por ayudarte, ¿eh?

Que lo sepas.

-"Había pensado seguir trabajando en él".

Pero no sé si voy a ser capaz de llevarlo a buen puerto.

-¿Cómo que no?

En mi opinión,

es perfecto. -Me halagas.

Pero los dos sabemos que eso no es cierto.

Aún le queda mucho trabajo para que sea digno de vuestra firma.

Quizás si tú me ayudases... Juntos lo lograríamos.

Conoces bien el trabajo de tu padre.

Seguro que sabrías aconsejarme sobre qué línea seguir.

Serían solo unos días.

-"Debe tomar la iniciativa"

y romper la distancia que se ha establecido

entre su esposo y usted.

-¿Y no es mejor que espere a que él lo haga?

-No.

Muéstrele su amor, su deseo.

Hoy le daré la tarde libre a Simón.

Usted debe tenerlo todo preparado para cuando llegue a casa.

-"No quiero que Adela"

pase tanto rato sola. -Descuide, después de correos

iré directamente a casa. Con Dios.

-El pez ha mordido el anzuelo.

-Muchas gracias, Celia.

-Lo importante es que esta noche vivan al fin su luna de miel.

-Uh, Dios mío.

¿Qué es esto?

Eh. Eh, ¿quién le envía?

"A las diez te espero en la puerta de los Jardines del Príncipe".

"Elvira".

-"Sé que no puede ser".

Que mi hija entregó la pelleja en ese incendio.

Mi mollera...

Mi mollera me dice que solo son habladurías.

Pero todo mi cuerpo tiembla tan solo al pensar que fuese verdad.

Si el Altísimo hubiese escuchado mis plegarias,

si hubiese intervenido

para sacar con vida a mi pequeña de entre las llamas,...

nada me importaría

entregar mi vida entera si fuese así.

Ni siquiera le pediría hablar con ella.

Tan solo... Tan solo saber que está viva.

Viva.

Merino se ha marchado.

La ha visto.

Y ha decidido abandonarme a mi suerte.

-¿Ha visto a quién, señora?

-La niña tuvo miedo.

Y quiso huir.

De esa cabaña...

y del bosque.

Astuta...

había dejado... un camino...

de viejas monedas a su paso.

Solo puede haber una persona... que venga a recordarme eso.

Si ha regresado, es tan solo por un motivo:

vengarse.

  • Capítulo 620

Acacias 38 - Capítulo 620

11 oct 2017

A Blanca y Diego les une el desasosiego por la operación de Samuel. Diego descubre el talento innato de Blanca para el dibujo y le propone recuperar el diseño perdido del cuaderno de Jaime. El embarazo de Rosina avanza y ella nota cierto rechazo de Liberto cuando intiman. Piensa que ya no le resulta atractiva, pero es porque Liberto teme afectar a su embarazo. Susana se da cuenta de que Simón y Adela no han consumado a pesar de que intenten disimularlo. Simón mantiene su promesa de separarse de Elvira y Adela se enfrenta con su antigua amiga: Simón es suyo después de la boda. Fabiana comienza a creer los rumores del regreso de Cayetana y presiona a Úrsula. El doctor del Val sale del quirófano. Blanca y Diego esperan con ansias noticias de Samuel.

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