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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 619 - ver ahora
Transcripción completa

¿De verdad vas a condenarte, a condenarnos?

-"Blanca, ante Dios, nuestro Señor",

¿quieres por esposo a Samuel?

Contéstame.

¿Quieres recibir a Samuel como esposo?

-Sí, quiero.

-Y tú, Samuel, ¿quieres recibir a Blanca como esposa?

-Sí, quiero.

¿No vas a contestarme?

Mucho has cambiado.

Antes no te faltaba coraje para decir lo que pensabas.

Es mejor que me marche.

Si es lo que deseas, vete.

Espera.

Solo te pido que me respondas a una última pregunta.

Luego podrás marcharte para siempre.

Dime.

Si no me amas, no te costará romperme el corazón.

¿Por qué no me lo dices a la cara?

Te diré por qué.

Porque me sigues queriendo como el primer día,

y eso será así siempre.

Tenemos que marcharnos de aquí, Simón,

o todo esto terminará explotando tarde o temprano.

Sabes que no puedo hacerlo.

Yo no voy a separarme de ti.

Aunque pierda mi buen nombre, mi honra.

Prefiero ser tu amante antes que perderte.

Ser la otra mujer.

Esa a la que todos señalan. No.

No, Elvira, no puedo hacerte esto.

Entonces dime que no me quieres.

Dímelo y no volverás a verme nunca más.

¿No ves que tu corazón no le permite a tu boca

pronunciar esas palabras?

Te amo con locura, Simón.

Necesito que me digas de una vez lo que de verdad sientes.

Te quiero más que a mi propia vida.

No podría vivir sin ti, Elvira.

Yo os declaro

marido y mujer.

Te juro que voy a sobrevivir a la operación por ti.

-Estoy segura de ello.

-Tengo que hacerlo para poder tener una vida feliz juntos.

Tú eres el único motivo que tengo para seguir adelante.

No te fallaré.

-No te preocupes.

Todo va a salir bien.

-Hija.

Te felicito de todo corazón,

por tu boda.

Hoy es un día muy importante para nosotras.

Mañana a estas horas, ya serás viuda.

Enhorabuena.

-Todo va a salir bien.

-¿De verdad es eso lo que deseas?

-Te deseo lo mejor, amiga mía.

-Gracias.

Ah, y siempre que te pidan chocolate,

comprueba que esté bien caliente.

Pero no me hagas como una camarera que tuvimos,

que metía el dedo

en la taza. Después, encima, se lo chupaba, ¿sabes?

¿Me estás escuchando, Antoñito?

-Mira, mira cómo suben las acciones

de los paños de Granollers.

Unas pesetas y en un mes doblas el capi...

-Déjate de ya de castillitos

si no quieres volver a las calles. ¿Oyes mis instrucciones?

-Sí, Víctor, que soy un hombre de mundo

y sabré tratar a tus clientes.

-Bueno. Te advierto que hay algunos que son muy tiquismiquis.

-En unos días los tengo comiendo de mi mano.

Bueno, mejor, comiendo de un plato, la mejor forma

de servir unos bartolillos. -Ahí.

-Pásame un vasito de agua, anda,

que tengo la garganta seca desde esta mañana.

-Tú no enteras de nada.

Que me tienes que servir, soy tu patrón.

-Víctor, que tienes la jarra ahí al lado.

(VÍCTOR SUSPIRA)

De verdad, Antonio, espero no haberme equivocado contratándote.

-No puedes ni imaginar la suerte que has tenido conmigo.

Menuda bicoca de camarero te llevas. Te ha tocado la lotería.

-Con no arrepentirme

tengo más que de sobra.

-Mira, déjame atender a mí, que te vas a quedar pasmado.

-Muy buenas. ¿Qué desean tomar las señoras?

-Pues para Celia un chocolatito calentito y muy espeso.

Y para mí, pues...

Pues otro.

-Marchando. Lo tienen aquí antes de que cante un gallo.

-Venga, Antoñito.

Buenas. -Buenas.

-Yo quería pedirle un favorcillo.

-Claro, Víctor, hijo.

Puedes contar con mi ayuda, siempre que sea posible.

-Es...

-Siéntate, siéntate y cuéntame qué sucede.

-Es por María Luisa.

Necesito que interceda usted un poquillo.

-¿Qué pasa, que la tienes otra vez de uñas?

-No le falta carácter a la muchacha.

-Si la cosa es Antoñito.

Le contraté con la mejor intención, pensando que aliviaría a su hermana.

Fue peor el remedio que la enfermedad.

-Haré lo que pueda.

Y que conste que a mí me parece un gesto muy noble por tu parte,

pero ya sabes lo tozuda que es tu prometida. Víctor, hijo,

tendrás que tener paciencia.

-Es de entender que ande descompuesta

con el tema.

Ya sabéis lo terribles que pueden ser las cotillas del barrio.

Y un señorito barriendo las calles, pues es un chisme de primera.

-Sí.

Tendremos que estar preparados para la que nos viene.

Ay, es increíble que haya tanta tontería

por estos lares. -Así es.

Pero primero, barrendero y ahora, sirviendo mesas.

A la gente le parecerá una vergüenza que el hijo de don Ramón Palacios

sirva como criado teniendo el padre dinero.

-A mí me parece que no hay trabajo indigno, y menos aquí,

que contratamos siempre gente de primer nivel.

-Claro que sí, no te falta razón.

Pero solo hay que mirar las mesas que nos rodean

para saber que hay chismorreos. -Bueno...

-El revuelo en Acacias está garantizado.

-Aquí está. Dos chocolatitos echando más humo que un tren.

-Antonio, ¿cómo me sirves eso así? Hay chocolate en los platos.

-Llevar la bandeja no ese tan fácil

como parece. -Ah.

Si quieres, traigo la jarra y que se echen.

-No, déjate.

Ya sirvo yo esta mesa.

-Tráeme un cafelito, que el día será toledano.

-¿Cafelito ni cafelito? Anda a trabajar, hombre, venga.

Tira.

Diego.

¿Dónde vas tan apurado?

¿Ni tiempo de saludar tienes?

-Llego tarde a atender unos asuntos. -Ay.

Es una lástima que no hayas estado en el enlace de tu hermano.

Claro, disculpa.

No estabas invitado.

-Eso no quita que le desee lo mejor a Samuel y a su esposa.

-Conmigo no tienes por qué disimular. Bien sé que te escuece.

-Me escuece usted.

-¿Quién lo iba a decir?

Los hermanos Alday separados por una mujer.

Pero no hay marcha atrás.

¿Qué se siente al perder lo que más se quiere?

Primero, Blanca, ahora, Samuel.

-Es usted quien pierde el tiempo conmigo hoy.

Si por mí fuera,

no volvería a dirigirle la palabra nunca más.

-Lástima que no lo puedas hacer.

Somos familia. Tenemos la obligación de entendernos.

-Perdone, ¿familia?

No.

Yo nada tengo que ver con usted.

-Entonces no te interesará saber

que la marquesa de Urrutia vendrá a visitarnos.

-¿Por qué ha hablado usted con ella?

-Se ha puesto en contacto conmigo

a raíz del telegrama que le has enviado.

La marquesa ha considerado

que yo soy la representante de los asuntos familiares.

Hemos hecho la cita en mi casa.

-Eso es muy irregular. Usted debió avisarme.

-Te lo estoy diciendo ahora.

¿A qué viene el reproche?

Al contrario,

deberías darme las gracias por cuidar de tus intereses

y coordinar la visita de tan ilustre señora.

¿Qué es lo que quiere la marquesa?

-Se trata de un asunto baladí.

Simplemente preguntarle por una pieza.

-Ya.

Muy amable tiene que ser

para acudir a una cita por semejante asunto.

En fin, quiero ir a casa a rezar,

por tu hermano.

Espero que salga con vida de este desatino de operación.

-¿No se cansa usted de fingir?

¿No?

Es usted repugnante.

-¿Qué haces? Casi me tiras al suelo.

-¡La he visto!

¡La he visto! -¿A quién has visto?

-La he visto subir por la escalera de servicio.

Lo que pasa que parecía que ni los pies tocaban el suelo.

-No digas memeces. Serénate. -Espérese.

Espérese, que me va a dar un tabardillo.

Tiene que creerme. "Espigá",

"delgá"...

Era ella. Estaba subiendo por la escalera de servicio.

La he visto con estos ojos que se van a comer los gusanos. Ha vuelto.

-¿Qué estás diciendo?

-No estoy segura de que...

No le he visto la cara,

pero yo sé cómo ella camina, conozco sus andares.

Era ella,

doña Cayetana. Ha vuelto.

-¿Qué estás diciendo?

¿Estás segura de que ha entrado en la casa?

-Sí. Sí, sí, sí.

Te quiero más que a mi propia vida.

No podría vivir sin ti, Elvira.

¿Dónde estabas?

En los Jardines del Príncipe.

He salido a dar un pequeño paseo con María Luisa.

Necesitaba tomar el aire.

Espero que eso te sosiegue. Así es.

He echado tanto de menos pasear por el parque,

tomar un chocolate en La Deliciosa o vagar por el barrio...

Siempre he pensado que este no es un mal sitio para vivir.

De eso mismo quería hablarle.

He recapacitado sobre su propuesta de marcharnos juntos.

¿Y qué opinas?

¿Estás dispuesta a dejar todo esto atrás?

Quiero empezar mi vida de cero,

pero no veo por qué tenemos que marcharnos de Acacias.

Será lo mejor si quieres olvidar a ese Gayarre.

Descuide.

Le aseguro que he abierto los ojos sobre él.

Nada pinta ya en mi vida. Entonces, ¿qué te ata a esta casa?

Estaríamos mejor en cualquier otro lugar.

Tras mis desventuras por tierras turcas, he quedado agotada.

No deseo de seguir dando tumbos por estos mundos de Dios.

Que Simón siga aquí no es razón suficiente para irnos.

Pero sería lo más conveniente. No es justo hacer las maletas.

Lleva una vida muy ajetreada

y no quiero ser la causa del traslado.

Soy militar, estoy hecho a ir allí donde me necesitan.

Y yo le necesito ahora mismo aquí conmigo.

Si no le importa, podemos quedarnos un tiempo en Acacias.

Te pido que seas completamente sincera conmigo.

Créame, padre,

ya terminaron esos tiempos de embustes y secretos.

Esa nueva vida en Acacias será bajo mis normas.

Y, sean las que sean, las acataré plenamente.

No te creo.

Quieres seguir aquí para rondar al mayordomo.

En parte sí, pero no como usted cree.

Deseo que cada día de su vida me vea feliz junto al que será mi marido.

Un hombre de renombre y elegido a su criterio.

Y deseo verle pudrirse junto a esa pan sin sal de Adela.

No es mal acicate para la vida la venganza.

Me importa un bledo que ese sea un desgraciado y que tú lo veas.

Miserable, sí.

Padre, usted siempre tuvo razón.

Estar con Simón fue un desdoro.

Quizá me equivoqué con Burak Demir.

Pero sé a ciencia cierta que nadie mejor que yo podrá decidir

qué es lo mejor para ti

y quién va a ser tu marido. Y yo aceptaré su decisión.

Padre, los dos nos hemos equivocado, pero no volverá a suceder.

Mi vida está en sus manos,

mi futuro depende de usted.

No ha encontrado nada, ¿verdad?

-No, no hay nadie.

Estamos solas tú y yo.

¿Miraste en la cocina?

-Varias veces.

Puede estar tranquila. No ha entrado nadie, se lo puedo jurar.

-No jures lo que no sabes.

Tengo el pálpito de que te equivocas.

-No me he movido en todo el tiempo de aquí.

Hubiera escuchado algo. -Pamplinas.

Si hubiera entrado alguien, no lo iba a pregonar.

Vuelve a mirar en la cocina

y en las habitaciones del servicio. -Lo haré

las veces que me lo pida.

-Señora...

Señora...

-¿Qué ocurre?

-He encontrado esto detrás de una puerta.

-Lo sabía.

Sabía que había estado aquí.

Lo sentía en las entrañas.

-¿Qué quiere decir este horror?

¿De dónde han sacado algo tan siniestro?

-Es un cuento.

-Igual que las monedas, o las hojas que dejaron el otro día.

-Sí, y los pétalos azules y...

Y la nana que cantaban esos niños. -¿Viene todo de la misma historia?

-Es un cuento infantil que cantaba hace años.

La historia de la bruja Baba Yagá.

-Nunca escuché ese nombre. -No me extraña.

Poca gente

conoce esa historia por estos lares.

-¿Pero por qué le dejan estas cosas en casa?

-Carmen...

Ahí fuera hay alguien que no me quiere bien.

Y esa es su manera de advertirme

de que viene a por mí.

-¿Y qué podemos hacer? Está usted en peligro.

-¿Sabes de alguien que pueda prestarme protección,

que no sea policía?

-No. Pero conozco una taberna

donde me pueden dar razón de alguien adecuado para ese menester.

-¡Corre, ve a buscarlo, no tenemos tiempo que perder!

-Me da reparo dejarla sola. -¡Corre, te he dicho!

Di que el precio no es problema. Pago cualquier dinero.

-Sí, señora.

¡Ahí va!

Menudo estropicio. De estar mis ovejas,

se comían hasta las pipas de las manzanas.

Rediez, no había visto cosa tan hermosa

en toda mi vida.

-Tampoco es para tanto, son unas manzanas,

algo muy normal.

Tenga un poco de cuidado, que no va a quedar ni una sana.

-(BALBUCEA)

¿No?

-Disculpe, pero no le entiendo nada.

¿Usted de dónde ha salido? -Del pueblo.

Apacentando ovejas. -Y de uno muy remoto.

Pues a ver si anda con cuidado, que esto es la ciudad,

no trisca en las eras.

¿Pero se puede saber por qué me mira? Ni que tuviera monos en la cara.

-Es que...

Es que de donde vengo no he visto nada como usted.

-¿A qué se refiere con nada como yo?

-A... A nadie tan agraciada y tan hermosa,

y con esas carnes tan prietas y esos ojos

como luceros del alba.

Tiene usted

la piel blanca y lustrosa,

igualico que la de la Pepita.

-¿Y quién es, una moza de su pueblo? -"Quia",

la oveja más pinturera del rebaño

y la que más ha parido. -Escúcheme bien,

por si volviéramos a cruzarnos, Dios no lo quiera,

no vuelva usted a hacer comentarios sobre mi físico,

y menos para compararme con una cabra.

-De cabra nada.

Oveja.

Churra.

De las mejores.

¿Qué mosca le habrá picado?

Si es mucho más linda que la Pepita,

pero mucho más.

Mi oveja no tiene esos andares.

Carmen....

¿Has hecho lo que te encargué? -Sí, señora. Me costó dar con él,

pero, según me dijeron, es el mejor en su oficio.

Y será verdad, por lo que cobra.

-Ya te dije que no importaba el dinero.

-Se llama Merino. Hoy se presentará para que le conozca.

-Espero que la recomendación que te han dado sea buena.

-Le aseguro que la señora podrá dormir tranquila.

-Está bien.

Ve a hacer tus labores. -Sí, señora.

Pues sí que se ha despertado usted temprano, señor.

-Sí, no como otras. Se te han pegado las sábanas hoy, Casilda.

He tenido que prepararme yo mismo el café.

-Perdóneme, don Liberto, es que he dormido muy malamente,

peor que si hubiera dormido en una cama hecha de piedras.

Me empezaba a dormir cuando clareaba.

-¿Y se puede saber a qué viene tanto desvelo?

No te damos muchos problemas. -No, nones.

Si yo aquí estoy como una bendita.

La cosa está en que he guipado a doña Cayetana

regresar a Acacias de entre los muertos.

-Casilda, no digas enormidades, anda.

Eso de las apariciones son cuentos para asustar a los niños.

-Ya.

Y eso creía yo, pero yo juraría haber visto

a doña Cayetana entrar en el 38.

-Déjate de pamplinas y trae una escoba vieja,

que necesito la paja para terminar esto.

-¿Y no podría ser un poquito más tarde?

Es que ya le he dicho que me he despertado dormida.

Ando de lado para hacer las tareas.

-Pues haz un poder. Si tan mal vas,

por cinco minutos más tarde, no va a pasar nada.

-¿Y tan principal es eso?

-Tengo que terminar esto a escape. -Bueno,

como usted quiera.

Pero vamos, con la cantidad de cosas que están pasando en el barrio,

la carpintería la podría dejar usted para otro momento.

-Yo sé muy bien lo que tengo que hacer.

Descarada. -Sí.

Ahora mismico voy a hacerle el encargo.

Y a ver si me doy brillo, que tengo abandonado a mi primo.

Como si fuera una cojita

en un baile.

-Casilda, tráeme un café cuando puedas.

-Pues, señora, va a tener usted que esperar.

Tengo que ir a por una escoba vieja.

-¿A esta qué le pasa? Está más áspera que una caja de limas,

¡no te digo! -Al parecer, ha pasado mala noche.

-¿Ah, sí?

Pues yo, sin embargo, he dormido como una lirona.

La cena romántica y tus atenciones

han ayudado. -¿Ah, sí?

Pues lo de la cena romántica

lo podemos repetir cuando tú quieras,

y lo de los cariños más.

¿Qué?

¿Qué te parece lo que le estoy preparando al niño?

-Ay, qué bonito.

¿Qué es?

-Un conejo. ¿Pues no ves que es un caballo de madera?

-¡Ay, sí! -Le faltan detalles,

la verdad.

También tenemos que reservar la cuna.

Y ver en qué habitación la vamos a colocar.

El primer año que duerma con nosotros.

-Cómo se nota que eres primerizo.

Estas cosas hay que tomarlas con calma.

-No sé si voy a poder.

Deseo pregonar que estás en estado

de buena esperanza. -¡Chist!

-Es mejor no decir nada, Liberto.

Contaremos lo de mi estado dentro de unas semanas.

-¿No le vas a contar a tu hija que tendrá un hermanito?

-A nadie, incluida Leonor.

-Está bien, como quieras. Tú eres más ducha en estas lides.

Cariño,

estaba pensando que tengo ganas de ir a ver a Samuel.

-Ay, sí, pobrecillo. Ayer se casa

y hoy le operan. -Sí.

Por eso quiero ir cuanto antes.

No me perdonaría no verle antes del quirófano.

-Cómo es la vida.

Mientras unos tienen que nacer,

otros han de morir para dejarles su sitio.

-Tampoco seas tan derrotista. Esperemos que todo salga bien.

-Sí. Yo rezaré por ello, eh.

Toda la ayuda que reciba va a ser poca.

Ya es la hora.

-Sí.

No tardarán en venir a buscarte.

-Tengo sed.

-No puedes beber.

-Me arde todo el cuerpo.

-Te daría toda el agua del mundo, Samuel,

pero el doctor ha pedido que estés en ayunas para la operación.

-¿Crees que estaremos haciendo lo correcto?

-Por supuesto que sí.

Tampoco tienes otra opción.

-Supongo que si he de entregar la pelleja,

mejor hacerlo cuanto antes.

-No digas enormidades. Has tenido la suerte

de que sir William Macewen venga a operarte.

-Al difunto poco le importa el enterrador.

-No puedes seguir con ese ánimo tan oscuro.

Es una eminencia y va a salvarte.

Deberías sentirte muy afortunado. -Y así es como me siento.

Pero no por la operación,

sino por haberme casado contigo.

-Verás como todo va a salir bien.

-Dios oiga tus palabras.

Sería una bendición

salir con bien de esto

y poder pasar toda una vida a tu lado.

-Por eso debes dejar de pensar en la parca.

Agárrate al futuro que nos espera cuando salgas de la operación.

Eso te dará coraje.

-Eres la única luz que tengo

en este túnel que estoy atravesando.

-Te prometo que pronto vas a salir de aquí.

Seremos muy felices juntos.

-¿Estarás siempre a mi lado?

-Por supuesto que sí.

Nada va a separarnos.

Simón me ha liado para entregarte esa nota.

Dile que sí.

Está bien. Pero será la última vez que haga de correveidile.

Tampoco te cuesta tanto acercarme un papel de vez en cuando.

No, no se trata de un papel. Se trata de que no me gusta lo que hacéis.

No quiero ser parte de esto.

¿Qué hay de malo en ayudarnos con nuestro amor?

No trates de liarme, me estoy arriesgando demasiado.

Deberías haber huido.

Sabes que no podía hacerlo.

No podía marcharme para siempre. No, claro.

Era mucho mejor quedarse en Acacias cerca de Simón, ¿verdad?

¿Qué pretendes, Elvira?

¿Buscas otra desgracia? Busco un poco de felicidad.

¿Acaso no tengo derecho?

No se trata de tener o no tener derecho.

Todos hemos sufrido por vuestra causa.

Deberías parar antes de que acabe en tragedia.

No sé cómo terminará todo esto,

pero ahora, lo que me importa es que Simón me ha citado.

Estáis perdiendo el oremus los dos. ¿No tiene el amor algo de locura?

Voy a ponerme mi mejor vestido y a perfumarme.

Debo prepararme para impresionarle. Espera, espera un momento.

Debes reprimir esos deseos. Eres una dama.

No desde el momento en que solo pienso en sus besos.

Simón me quiere y nada más me importa.

¿Tampoco la boda con Adela?

No.

No mientras su corazón siga siendo mío.

Tú... Tú no entras en razón, Elvira. Estás loca y sorda.

Como tu padre se entere de todo esto, os mata a los dos.

Tienes razón.

Mi padre puede ser un problema.

Vaya, me alegro de que te haya quedado algo más claro.

Vas a decirle a Simón que venga aquí esta tarde.

Sé a ciencia cierta que mi padre no estará.

Es más seguro quedar aquí, lejos de miradas.

Sin duda, es un trabajo admirable.

-He combinado hilos

de seda con hilos de oro.

¿Te gusta el efecto que hace? -Sí, sí, sí.

Es toda una joya. Y tú una auténtica artista.

Pocas bordadoras pueden llegar a la perfección de este trabajo.

-Lo cierto es que he puesto todo mi empeño.

-Se ve el cariño que le has dado a cada puntada, sí.

-¿Siempre tienes palabras amables para mí?

-Bueno, porque no quiero que olvides que te quiero

y que te mereces lo mejor de la vida.

-¿Por qué me dices eso? Es como si te estuvieras despidiendo.

-No.

No te apures.

-Vaya, qué inoportuna.

Siento haberos interrumpido.

-No tiene por qué disculparse,

está usted en su casa. -Ya.

Pero no es plato de buen gusto romper un momento

entre recién casados. Me sabe mal la indiscreción.

-No se inquiete, si tenemos todo el tiempo del mundo.

Mire cómo está quedando el resultado.

-Ni los ángeles harían un trabajo tan fino.

-Es usted una exagerada. Yo solo hago mi trabajo con diligencia.

-Y modesta. ¿Te has dado cuenta qué joya te has llevado?

-Perfectamente, no hay otra igual.

-Había pensado cambiar

el dibujo de forma para que quedara más bonito.

Y luego, el filo bordarlo en oro.

-Ah, sí.

-Disculpa, querida, pero tengo que marcharme.

Prométeme que te vas a cuidar.

-No te preocupes. Lo más grave que me puede pasar

es que me pinche un dedo.

-Con Dios.

-Te veo esta tarde, mi amor.

-Adiós, madre.

Simón.

Vengo de ver a Elvira. Me ha pedido que te dé un mensaje.

-Te agradezco lo que estás haciendo por nosotros.

-Pues no será por mucho tiempo más. Ven.

Quiere que el encuentro que vais a tener sea en su casa.

-¿Pero eso no será más peligroso? -Pues, según ella, no.

Piensa que allí estaréis a salvo de las miradas

y asegura que su padre no va a estar.

-De acuerdo.

Iré luego, y gracias por el mensaje.

-¡Luisi!

-Hija.

Te estábamos buscando para tomar algo juntos en La Deliciosa.

-De ninguna de las maneras.

No pienso someterme al bochorno de que mi hermano me sirva.

-Pues razón de más para ir a la chocolatería.

Antoñito necesita nuestro apoyo.

-Le demostraremos a esos maledicentes que somos una familia

unida y orgullosa. -Sí.

Orgullo de un hermano camarero.

-Padre.

De todas las chocolaterías que hay en el barrio,

¿tenían que venir a esta? -Claro.

Para demostrarle a todo el mundo

lo orgulloso que me siento por mi hijo.

-Si usted lo dice, pero en este trabajo

la complicación es diferenciar un con leche de un cortado.

Bueno, y el manejo de la bandeja, eso tiene su miga.

-El oficio es lo de menos, hijo. Lo importante

es que estás demostrando ser una persona responsable.

-La verdad es que cualquiera diría que nací para ello.

Está mal que yo lo diga, pero se me da de maravilla.

Limpieza, elegancia

y simpatía, ese es mi lema.

Me barrunto que Víctor

no tardará demasiado en hacerme encargado.

Si me disculpan, voy a dejar esto

y enseguida les tomo nota. -Claro.

¡Ay, ay, ay, ay!

-¿Pero cómo puedes ser tan torpe?

¡Me has estropeado el vestido!

Debería usted mantener a su hijo

encerrado en casa, es un peligro.

-Disculpe, señora,

que yo la limpio en un tris. -¿Qué estás haciendo, descarado?

¡No me toques! -Mejor será

que tengas cuidado con la señora. -¿Qué está pasando aquí?

-Este botarate,

ha estropeado uno de mis mejores vestidos.

Le pasaré la factura de la limpieza, si es que tiene arreglo.

-Úrsula, no se apure, que eso con agua y jabón sale.

-¡Qué sabrá usted!

Después de ver a su hijastro,

no creo que en su casa haga ni una a derechas.

Menudo inútil ha resultado ser

el primogénito de los Palacios. -Oiga,

no le consiento que hable así del chico.

Lo está intentando. Los primeros trabajos nunca son fáciles.

-Claro, usted lo entiende muy bien, como fue manicura...

-Por supuesto que sí, y a buena honra.

No solo aprendí a cuidar las manos,

sino también a soltar unos sopapos cuando me calientan.

-Ya está bien de discusiones. Vaya usted a ver

a Susana y que le confeccione otro vestido igual.

Los gastos correrán por mi cuenta. -No necesito

que usted me pague nada. Tengo vestidos de sobra.

Y ahora, les dejo.

Tengo asuntos más importantes

que no perder el tiempo aquí, con verduleras.

-Con Dios.

-No he pasado más vergüenza en mi vida.

Este queso no está nada mal.

Le tengo que preguntar si lo hace con castañas.

-Servando, se pone usted de plomo con las castañas de su pueblo...

Seguro que no son para tanto. -Qué atrevida es la ignorancia.

Mira, con castañas está rico todo. Con castañas está rico...

hasta el puré de castañas.

-¡Uh!

La verdad es que Jacinto

tiene buena maña para los quesos. Lástima que sea tan rústico.

-Desde que estás en la ciudad...

Te recuerdo que eres de Cabrahígo, donde parten las nueces a cabezazos.

-Me va a comparar a ese gañán con los mozos de mi pueblo.

-Resultará que en Cabrahigo

sois más leídos que en Salamanca. -Pues podrán ser

todo lo brutos que quieran, pero no van por ahí berreando.

-La verdad es que el muchacho es peculiar.

Y da unos gritos que te pone el pelo de punta.

-Ay, Carmen, ¿quiere probar el queso?

No ha probado nada tan rico en su vida.

-Está buenísimo.

Nunca lo había comido con tanto sabor.

-Como que es de la leche de la Pepita.

-¿Este qué hace aquí?

-Este, quesos y visitar a su prima Casilda.

-Soy el de la mañana. ¿No se acuerda de mí?

Como para no, menudo encuentro más aciago.

-Yo yo también me aciago de verla.

Si le ha gustado el queso, le ordeño enseguida y le preparo uno.

A la Pepita,

a la oveja que se parece a usted. -¡Deje ya esa cabra!

-Que no es cabra. Oveja.

-Estamos listos con las visitas.

-Desde luego, Jacinto, es usted único haciendo amigos.

-Sí que está hermosa esa moza, ¿eh, paisano?

No sé yo si le habré caído en gracia.

Lo mismo la he molestado.

Las de ciudad son como liebres, saltan cuando no lo esperas.

-Usted no se inquiete, que mientras que siga haciendo estos quesos,

se le perdona todo.

¿Quiere un cachito? -Sí.

Va siendo hora de almorzar, sí.

-Caramba, pues si eso es el almuerzo, ¿qué deja usted para la comida?

-Pues según depende.

O una tripa de lomo,

o una sartén de migas,

o las dos cosas.

A las buenas.

-Liberto,

¿qué noticias traes del hospital? ¿Cómo está Samuel?

-Estaban preparándole para llevarlo a quirófano cuando me he ido,

supongo que no tardarán en operarle.

-¿Y Blanca, cómo se encuentra?

-Supongo que bien.

Sin separarse de su lado, como buena esposa.

-Tengo un sofoco que me ardo.

-Ven, cariño mío, siéntate.

Relájate. Ya verás...

Ya verás qué fresquita. Déjame que te dé aire.

Ya verás como en un tris te sentirás reconfortada.

-Estando a tu vera ya me siento mejor.

-Bueno, me alegro de verles tan mimosos.

Hace unos días no estaban tan a partir un piñón.

-Estamos como siempre.

-Pues yo no lo veo así.

¿No ha cambiado nada?

-No.

No. Bueno,

tal vez hemos pasado por un pequeño bache,

pero estamos mejor que nunca.

-Es el mejor momento que hemos vivido.

-Pues yo les veo muy alterados.

Empiezo a pensar que está pegando su locura a Liberto.

-¿Y es eso algo malo, Leonor?

Yo me siento fetén de esta guisa. -Pues eso es lo más importante.

Si la felicidad reina, yo no voy a decir ni chus ni mus.

-Eh, Liberto, estaba pensando que bueno,

como verás, ya me siento bien, estoy restablecida.

Quizá es buen momento para pasarnos por la alcoba, ya sabes tú a qué.

-Ya, pero es que no creo que sea algo muy oportuno, cariño.

Que en tu estado, repetir tantas veces yo creo

que puede ser contraproducente.

¿Sabes lo que vamos a hacer?

Te voy a traer una taza de tila, para que estés relajada.

-Gracias.

Esperaré en el despacho, doña Úrsula.

-Le agradezco infinitamente que haya tenido a bien hacernos esta visita.

-No tienen nada que agradecer, estaba deseando conocerla.

Parece ser que tenemos muchos amigos en común.

-Sí. Solo trato de mantener

las amistades de mi esposo.

-Lamento que esté en un estado de salud

tan delicado.

-Todos los días ofrezco una misa por su pronta recuperación.

Ah.

Por cierto, antes de que se me olvide,

el conde Del Soto me da recuerdos para usted.

-Hace tanto que no le veo...

Tiene que organizar una reunión con él.

Siempre cuenta anécdotas de lo más entretenidas.

-Por sup... (DIEGO CARRASPEA)

Perdónenme.

Perdonen que les haya interrumpido tan interesante conversación.

La verdad, marquesa, es que ardo en deseo de saber

si puede decirme algo sobre el diseño de la joya que quiero recuperar.

-Lamento decírselo, pero no voy a poder ayudarle.

Su padre nunca me presentó ese diseño.

-Pero conocía su existencia.

-En un tiempo fue muy comentada,

y muy deseada esa joya.

-¿No trató de adquirirla?

-Sí que me hubiera gustado, pero había algunas creaciones

que el maestro se guardaba para sí mismo.

Y esa pieza

era uno de esos diseños que todas ansiaban tener,

pero que él se reservaba.

Entonces nunca llegó a vendérsela a nadie.

-Pienso que no.

Hubiera sido hacerle un feo al resto de sus clientes.

Nunca se lo hubiéramos perdonado.

Comprendo su pesar. Me consta que de esa joya

estaba orgulloso su padre.

-Lo sé.

Por eso lamento haber perdido el diseño.

-El té ya está listo.

-Oh, puedes servirlo.

-Con su permiso, voy a ausentarme.

Tengo asuntos de mucha enjundia que atender.

Marquesa, le agradezco

que me haya dedicado su tiempo. -Un placer

conocer al hijo del maestro Alday. Siga los pasos de su padre.

Todos esperamos que mis hijastros continúen con la tradición familiar.

-Sería una pena perderla.

¿Qué te ocurre? Tranquilo, mi padre no volverá en un buen rato.

He convencido a mi padre para quedarnos en el barrio.

¿Qué te parece?

Pensaba que estaba decidido a marcharse.

Siéntate.

Le he engañado.

Le he prometido acatar todas sus normas.

Y le he dicho que te detesto

y que deseo verte marchitar junto a tu esposa.

No deberías haber hecho eso.

Tenía que hacerlo si no quería que nos separara para siempre.

Fingiré ante él,

aceptaré el pretendiente que me designe.

Haré lo que sea con tal de seguir a tu lado.

Nunca más volveremos a separarnos.

Estaremos juntos siempre.

No, para, para, para.

Te ruego que pares y que me escuches.

Tenemos que aclarar las cosas, Elvira.

¿Qué sucede?

La relación que me estás planteando

no puede seguir adelante.

-"Padre...".

Padre, ¿estás ahí?

Padre, vamos a la feria.

Padre, quiero ir a la feria, padre.

-Samuel... -Ya no siento dolor.

-Samuel... -Padre...

-Sosiégate. Estás soñando.

Estamos en el hospital.

Todo va a salir bien.

¿Qué le ocurre, doctor?

Está ido, desvaría todo el tiempo.

-No se apure. Es el efecto de los calmantes administrados.

-Le ruego que me sea sincero.

¿Qué posibilidades hay de que se salve?

-No puedo precisarle.

La técnica del doctor Macewen es bastante novedosa.

Ha cosechado impresionantes éxitos,

pero también algunos fracasos.

Lo que sí puedo garantizarle es que está en las mejores manos.

Llévenlo a quirófano.

-Espere.

Samuel.

Te estaré esperando.

No puedes fallarme, me has prometido

una vida juntos.

¿Qué crees que estás haciendo? Hago lo que debo.

No puedo permitir que vivas en la indignidad, que seas mi amante.

No te convertiré en una manceba. ¡Puedo tomar mis decisiones!

Por supuesto que sí, pero piénsalo,

eres joven y hermosa.

No te mereces ese oprobio,

puedes tener todo lo que desees. ¡Pero yo deseo estar contigo!

Estar a tu lado lo que podamos.

Ya es tarde para nosotros, Elvira.

Soy un hombre casado, y tú una dama de buena familia,

no podemos pasar el resto de nuestros días viviendo una mentira.

No, no, no. El beso del otro día fue un arrebato,

un sinsentido.

Así que debemos parar, por nosotros,

y por los que nos rodean.

Así que no va a volver a ocurrir.

Es mejor que lo entiendas.

Lo peor en estos casos es la espera. A uno los minutos le parecen horas.

-Días, diría yo.

Es una angustia insoportable,

porque nadie nos cuenta nada.

-¿Aún no han podido hablar con nadie del hospital?

-Dijeron que nos informarían después de la operación

y tras tenerle unas horas

en observación. -Ya.

Pues en cuanto sepan algo,

hágannoslo saber, ¿de acuerdo?

Y si precisan cualquier cosa,

díganmelo, estaré encantada de poder ayudarles.

"¿Podría avisar a su criada"

y que me traiga mis cosas? -Yo la acompaño.

-Sin embargo,

me gustaría despedirme de su criada. Su cara me resulta familiar.

¿Le importaría si...? -Lo lamento,

pero se encontraba algo indispuesta

y le he permitido retirarse.

Podrá saludarla en su próxima visita.

-"Buenas tardes, ¿cómo te ha ido el día?".

-Bien.

-Pareces cansado. ¿Por qué no vas a la alcoba y te preparo un baño?

-Venía a avisaros que no me quedaré a cenar.

-¿Por qué? -Aún me queda mucho trabajo

donde doña Celia.

Debo copiar unos contratos y traducir unas cartas.

-¿No puedes dejarlo para mañana?

-No, lo siento. Me temo que corre mucha prisa.

Nos vemos mañana de amanecida.

-"Nada me ha dicho doña Úrsula sobre su hija".

Se lo prometo. Lo que sí es verdad es que

anda algo inquieta últimamente. -¿Por lo de los críos?

¿Por esas canciones?

-No, no solo han sido las canciones, ha habido más cosas.

-¿Qué cosas?

-Cosas que para mí no tendrían importancia,

pero que doña Úrsula parece dárselas.

-¿Qué cosas, Carmen?

-Seré... -Una buena esposa.

-Cumpliré con la promesa que le hice a Samuel.

Se lo debo. -Por supuesto.

Eres especial, Blanca,

y Samuel también lo es.

Sois increíbles los dos.

Ya verás como...

seréis muy felices los dos juntos.

-"No se preocupe, doña Celia,"

yo terminaré los contratos.

Le espero en casa. -Siéntate también.

Todo el mundo sabe la buena relación que tenéis.

¿A qué andarse con protocolos y melindres?

Venga, siéntate. ¿Qué quieres, un cafetito?

Buenas tardes.

¿No hace mucho calor hoy?

Yo diría que hace hasta frío.

Debo estar destemplada.

-Pues sí, será eso. Lo mejor será que te tapes,

no te vayas a acatarrar. -"¿Qué haces, Blanca?".

-Trato de imaginar

lo que había dibujado en el resto de hoja.

La pieza que había dibujado tu padre.

-¿Sabes dibujar? -En el internado

recibí clases de dibujo y, la verdad, no se me daba nada mal.

Solo que allí tenía que hacer dibujos del natural por obligación.

-¿Sabes qué es lo único bueno?

-¿El qué?

-Pues que, por muy largo que haya sido el día

y muy duro, cuando llego a casa,

siempre estás tú aquí, esperándome.

-Lolita, ¿puedes prepararme un té calen...?

-¡Uy! -"¿Cree que es ella quien la ronda,"

quien le da murga?

-Doña Cayetana está muerta, Fabiana, bien lo sabes.

-Nunca encontraron su cuerpo.

-¿Cómo iba a salir de ese infierno con vida?

-Dígamelo usted.

-¿Qué insinúas? -Sabe más de lo que dice.

-No me vengas con tus consejas, Fabiana.

-Sé que sabe más.

Así que, dígame lo que sabe.

-Eres una vieja loca. Déjate de chaladuras

y vete a dormir. -¿Y esas señales que le llegan?

-"Es impresionante".

-Es instinto.

Me dejo llevar por el dibujo de tu padre,

imaginando lo que él imaginaba.

Como si él guiara mis trazos.

-Como si él guiara tus manos.

-Creo que podría ser algo así.

-¿Me lo enseñas?

  • Capítulo 619

Acacias 38 - Capítulo 619

10 oct 2017

Blanca y Samuel se dan el sí quiero. Úrsula intenta manipular a Diego y le dice que la marquesa Urrutia irá a visitarles, de tal forma que se coloca ella como cabeza de familia y enfrenta aún más a los dos hermanos. La marquesa afirma no poseer la joya de la que se perdió el diseño. Simón confiesa a Elvira que sigue amándola. Ella, feliz, finge delante de su padre: será una hija ejemplar. Sin embargo, Simón recapacita y decide cortar para siempre con la Valverde. Una mujer rubia merodea la calle y asusta a Casilda. Mientras, Úrsula recibe una nueva misteriosa señal: una casa con patas de gallina. Liberto y Rosina pactan guardar silencio respecto del embarazo. Leonor les nota extraños. Samuel entra al quirófano y se despide de Blanca. Diego llega para apoyarla.

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