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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 617 - ver ahora
Transcripción completa

¿No dices nada?

-No puedo.

Antes debo asimilar lo que acabas de decirme.

Aceptar que acabas de pedirme que me case con tu hermano.

-Hay otra cosa que aún me torturaría más.

Ver cómo Samuel puede morir por mi culpa.

Sálvale la vida casándote con él.

Marcharé con usted sin oponer resistencia.

Elvira, no lo hagas.

Descuida, María Luisa.

De sobra sé cómo es mi padre.

¿Madre de nuevo a mi edad?

Dime que no es una locura volver a traer un hijo

a este mundo, dímelo, ¿eh?

-(VOZ DE LIBERTO) ¿Rosina?

-"Bueno, tampoco nos vengamos abajo".

La esperanza es lo último que se pierde.

-Vamos, Víctor, ¿acaso aún nos queda alguna?

-Por supuesto que sí.

Ni que la casa del coronel fuera una prisión.

Juntos vamos a encontrar la manera de sacar a Elvira de allí.

Estuviste a mi lado cuando lo necesité

y, ahora me toca a mí devolverte esa entrega.

Cásate conmigo. -¿Has perdido el juicio?

-Es la única solución.

Así Úrsula no volverá a tener voz sobre tu destino.

-"Santa Olga de Kiev".

1901.

Esta es la última moneda.

Ahora solo falta que te atrevas a presentarte ante mí.

-"Le he prometido a tu hermano que sería una verdadera esposa".

Le amaré y le seré fiel hasta que me muera.

No traicionaré mi palabra.

-No esperaba menos de ti.

-"Lamento que sea así,"

pero no tenemos otra opción.

Y por muy lejos que estés,... nunca te olvidaremos.

Elvira, date prisa. Mi padre no podrá entretener

mucho más tiempo al tuyo. Vamos, Elvira,

que no tenemos tiempo que perder.

Simón, por favor,...

pídele que suba al carruaje.

-María Luisa, déjanos solos.

Será un minuto.

-Un minuto.

-Deberías subir a ese carruaje.

¿Alejarme de ti?

Lo contrario sería una locura.

Tu padre ya ha demostrado de lo que es capaz.

¿De matarme? Sí.

Incluso de eso, bien lo sabes.

Alejarme de ti y dejar de verte es lo mismo que perder la vida.

¿Qué más da de una forma u otra?

Aunque veo que para ti no es lo mismo.

Que tú no dudas ni por un momento que debamos separarnos.

Estás muy equivocada, Elvira.

Ni te imaginas lo difícil que es para mí decirte adiós.

Si a los dos nos cuesta, ¿por qué he de marcharme?

Porque es la única opción posible.

No.

No me voy.

¿Y tu padre?

Que haga lo que crea que debe hacer.

Yo no le voy a poner las cosas fáciles huyendo.

No voy a separarme de ti.

Elvira,...

estoy casado con Adela.

Nadie impedirá que estemos juntos.

-Elvira, no tenemos más tiempo.

Vamos. No me voy.

Pídele al cochero que baje mi equipaje.

Elvira, por favor. La decisión está tomada.

(Puerta que se cierra)

¿Qué ha sido eso? -Una puerta, una corriente de aire.

-¿Nadie ha entrado?

-¿Esperaba a alguien? La veo alterada.

-Es tarde, voy a cerrar la puerta con llave.

-La misma persona que trajo las hojas podría volver a entrar, ¿no?

¿No le resulta extraño?

Un ratero que trae cosas en lugar de llevárselas.

-No seas impertinente. -Se va a hacer daño en la mano.

¿Qué es eso que aprieta con tanta fuerza?

Sé que no me lo va a decir.

Pero apostaría a que es una de esas monedas.

¿Qué tiene que tanto le trastornan?

-Ya me has preguntado y ya te he contestado.

Nada que debas saber.

-Parece todo demasiado extraño hasta para usted.

Monedas de colección.

Algo oculta.

Y si algo he aprendido, es que lo oculto,

tarde o temprano, sale a la luz.

-Muy interesada te veo en mis asuntos.

¿No tienes bastantes preocupaciones con Samuel en el hospital?

-Samuel se va a recuperar. -Oh.

Si Dios quiere. -Si Dios quiere...

y si los médicos pueden hacer su trabajo.

Voy a casarme con él.

-Ya.

Vas a casarte solo para aprobar su operación.

-Él lo ha aceptado y es lo mejor.

Es la única opción que tiene para sobrevivir, la que usted le niega.

-Te equivocas. Morirá en el quirófano.

-Se salvará.

O al menos no se quedará esperando de brazos cruzados,

como su padre.

-En el fondo he de reconocer que algo sí que has aprendido.

¿Sabes cómo se maneja un barco de vela?

Hay que saber aprovechar los vientos.

Desplegar unas velas y recoger otras

para poder navegar en la dirección que uno quiere.

-No entiendo qué me quiere decir.

-En definitiva,...

hay que ver por dónde viene el viento y colocarse a su favor.

Beneficiarse de lo que suceda.

Sea lo que sea.

Tú no amas a Samuel.

Ni siquiera sientes nada hacia él.

-Usted es quien no siente nada hacia nadie.

-Amas a Diego.

Un amor pecaminoso, dañino. Inmoral.

Sois como dos animales que se atraen.

Que quieren entregarse el uno al otro.

Y, sin embargo,...

juras amor eterno a Samuel... y vas a casarte con él.

No es generosidad,...

es egoísmo.

-Usted no sabe nada del amor.

-Lo que yo sé,...

y lo que tú sabes también, es que pase lo que pase

acabarás en los brazos de Diego.

Pero nunca podrás hacerlo abiertamente.

Todos te tratarán de indecente.

Todos recordarán... que fuiste la novia de su hermano.

Las vecinas lo comentarán a su paso.

Incluso puede ser que te digan algo más fuerte.

Que te traten de...

ramera.

Adúltera.

-Solo usted tiene la mente tan sucia.

-A no ser,...

y ahí es cuando viene lo de ponerse a favor del viento,

que te cases con Samuel, autorices la operación, él muera

y tú seas una viuda libre de hacer lo que quiera.

Entonces, todo el mundo miraría con buenos ojos

el sacrificio de Diego al hacerse cargo

de la viuda de su hermano.

-¿Está diciendo que quiero matar a Samuel?

-No.

Lo que estoy diciendo...

es que los que amáis como animales,...

os comportáis como tales.

Y ahora voy a cerrar...

la puerta con llave.

Pero recuerda,...

hay cosas...

que no pueden mantenerse encerradas.

¿Puedo sentarme?

Llevo todo el día en el hospital y estoy agotada.

-Por favor.

Usted siempre es bienvenida.

¿Cómo está don Felipe?

-Avanza.

Poco a poco.

¿Qué hace aquí tan solo y tan taciturno?

-Me gusta este rincón por las noches.

Es un buen sitio para pensar.

-Reconozco que más de una vez

me he sentido tentada a sentarme en este mismo banco.

De noche, a solas.

Incluso he tenido ganas de encenderme un cigarro.

Menos mal que no fumo

y que me parece un vicio deleznable.

-No estaría bien visto en una dama.

-Hay tantas cosas

que no están bien vistas en una dama.

De cualquier forma,...

siempre que me he sentado aquí, ha sido porque...

la infelicidad me rondaba y porque...

no era capaz de ver una salida.

¿Hay malas noticias sobre el estado de su hermano?

-No.

No, no, no.

Al contrario.

Finalmente, Blanca y Samuel se casarán en unos días

y ella se convertirá en su tutora legal.

Y podrá firmar las autorizaciones.

Espero que no nos estemos equivocando, Celia.

Y que los médicos estén a la altura...

de este reto que se les plantea por delante.

-Pues pese a la buena noticia, no derrocha usted alegría.

-Es de... Es de una impotencia que,...

que Úrsula marque el devenir de todos en esta familia y,...

yo estoy tratando de contenerme. Pero...

ahora ella decide que no se le opera y, eso hace que Blanca

deba casarse con Samuel.

-Y ese enlace no le hace feliz.

-Digamos que...

Blanca y Samuel no pasan por su mejor momento.

-Le seré sincera. Quien me conoce sabe

que no soy de meterme en chismes.

Pero he escuchado una conversación entre criados

hablando de su familia.

-El servicio siempre habla de sus señores.

-Dicen que la causa de que Samuel...

esté en el hospital no fue un resbalón.

Sino una pelea... por el amor de una mujer.

El amor es algo muy complejo.

Tanto que...

parece increíble que pueda llevar a pelearse entre hermanos.

-No, Celia.

Nada es tan simple.

-Lo supongo.

La renuncia que ha tenido que hacer para salvar la vida de su hermano

es superlativa.

El amor a cambio de la vida,...

del perdón.

-¿Quién no estaría dispuesto?

-Su papel no es fácil, Diego. Le admiro.

-No. No lo es.

El de ninguno de los tres

lo es, no.

¿Antoñito?

-Doña Rosina.

¿No es un poco tarde para que esté usted por la calle?

-Bueno, ni que hubiera lobos. ¿Y tú ahora eres barrendero?

No me lo puedo creer. ¿Tu padre sabe algo de esto?

-Y tanto que lo sabe.

Lo sabe, lo aprueba y hasta se queda con mi dinero.

Hasta que le devuelva lo que le debo, claro.

-Qué vergüenza.

Me parece muy mal que te haga pasar por este bochorno.

-Pues yo no me avergüenzo, doña Rosina.

Esto no me parece vergüenza. Vergüenza es no trabajar,

o hacerlo mal, que es lo que hacía yo antes.

-Bueno, tu padre y tú sabréis. Buenas noches.

-Buenas noches. No tire nada en el suelo,

que esa zona ya la he barrido.

Pues sí que estamos buenos.

Hasta la casa del Señor cierra como si fuera una churrería.

Maximiliano,...

¿te acuerdas cuando me visitabas después de morir?

Pues ahora necesito que lo vuelvas a hacer.

Y no te apareces.

Bueno, que sepas que te hice caso.

Contrajo matrimonio con Liberto y, tenías razón,

las críticas han terminado. Sin embargo,

yo ahora estoy muy feliz con él.

No te pongas celoso.

No sé si más o menos feliz que contigo, pero...

feliz al fin y al cabo.

Y todo te lo debo a ti, ¿eh?

Te preguntarás por qué te estoy hablando ahora.

Después de... no hablarte en mucho tiempo.

Maximiliano, necesito contarte algo.

Ni siquiera se lo he dicho a Liberto.

Tú vas a ser el primero en saberlo.

Ay, Maximiliano.

Estoy embarazada de Liberto.

No me mires así. Hago uso del matrimonio.

Y buen uso.

Bueno, a ti te lo voy a decir, seguro que lo sabes.

Ay, qué vergüenza.

En fin.

Por favor,... necesito tu aprobación.

¿No me dices nada, no haces nada?

No sé, podrías...

hacer caer un relámpago o hacer redoblar las campanas, ¡qué sé yo!

Indicarme que te parece bien,

que no estás enfadado conmigo, por favor.

¿Te acuerdas cuando me quedé embarazada de Leonor?

¿Eh?

Mírala ahora, es una mujer hecha y derecha.

Bueno, con mala suerte con los maridos, pobrecita mía.

Pero una mujer hecha y derecha.

Yo ahora solo deseo que Liberto sea tan buen padre

como lo fuiste tú.

Por favor, Maximiliano, habla.

No seas mezquino.

Gracias, mi amor.

Gracias.

-Doña Rosina,...

le traigo un candil para acompañarla a su casa,

no vaya a ser que se vuelva a ir la luz y se quede a oscuras.

-Muy amable, pero no, no lo necesito.

Ya he recibido el mensaje.

Buenos días.

Mejor no le digas "na", a ver si se va a molestar.

-¿Y por qué iba a hacerlo? Si yo se lo digo

con muy buena intención.

-Ya se lo dijimos ayer,

que nos pusimos todas muy contentas de que se quedara.

-Bueno, pues yo se lo repito, para que vea que es de verdad.

Martincico mío, ven, corazón. A ver, ¿qué opinas tú?

¿Tú crees que la "seña" Fabiana se va a encabritar

si le doy otra vez la enhorabuena por no irse con el italiano?

-No lo creo.

Yo de ella me habría ido. -Uy.

-Con lo bonita que tiene que ser Italia.

Roma,... el Vaticano,...

Venecia,...

Nápoles.

-Uh, pareces una enciclopedia.

-De soñar con esos sitios, Lolita.

Dicen que en Venecia... las calles son como ríos.

Y para ir de un lado a otro, en vez de una carreta tirada por mulas,

hay unas barcas que se llaman góndolas.

-Pero ¿cómo, en barca por las calles?

-Qué desconcierto. -Buenos días.

A darse prisa, que hoy se nos ha hecho tarde.

-"Seña" Fabiana,...

que le quería preguntar yo una cosa.

¿Se ha pensado usted bien lo de no irse con el italiano?

Que allí en Italia la gente va en "gondolas" por la calle.

¿Se imagina usted? ¿Ir aquí, por Acacias,

con barcas por la calle?

-Prefiero la tierra firme, Casilda. A mí ya "na" me mueve de Acacias.

¿Y el Servando, dónde andará? ¿No ha subido?

-(BOSTEZA) -Voy a tomar mi taza de achicoria,

que hasta que no me la tomo

no soy persona. -Ni después.

-No seas respondona, cochacabras.

-Oiga, Servando.

¿Ha traído usted el dinero?

-¿Qué dinero?

-Sí, sí, no se haga el despistado, jefe.

-Servando, pues el dinero

que usted y nosotros sabemos, ¿eh?

Ese dinero. -El de mi regalo, leñe.

Que os creéis que no me entero de nada y, me entero de "to".

-Sí, bueno. 10 duros.

Por 10 duros. Por esa nimiedad

no me meteréis prisa, ¿no? -Pues no se olvide.

-¡Y epa ya!

-¡Y epa ya!

Pero... Pero si es mi primo el Jacinto.

Ay, a mis brazos.

-¡Epa!

-(RÍEN)

-Es mi primo.

Mi primo, el del pueblo. -¡Y epa!

-Míralo.

Pero ¿tú qué haces aquí tan temprano, qué hora es?

-Yo también te quiero, María Luisa de mi vida.

Buenos días.

-Pues yo no te quiero hasta que no me despierte del todo.

-Mantel y servilletas de hilo de Escocia.

Zumo de naranjas de Valencia recién exprimidas,

café de algún país

de Centro América, que ahora mismo no recuerdo cuál es,

y surtido de bollos con lo mejor de "La Deliciosa".

Elaborados con azúcar de Cuba, huevos de gallina de granja,

mantequilla de Soria y harina de los campos de Castilla.

-Y yo con un sueño internacional. Así, un poco de todas partes.

-Pues mira, se me olvidaba,

cubertería alemana,

cristalería de La Granja y vajilla, por supuesto,

de La Cartuja de Sevilla.

Vamos, lo mejor del mundo

para la niña más bonita del mundo. ¿Cómo has dormido hoy?

-Pues la verdad es que fatal. No dejo de pensar en Elvira.

-Pues tú fuiste buena amiga facilitándole la huida.

Ella no ha querido marcharse,...

asunto suyo. No tiene nada que echarte en cara.

-Buenos días.

Menudo desayuno.

¿Celebramos algo?

- Mantel y servilletas de hilo de Escocia,

zumo de naranjas de Valencia,...

-Vamos, un batiburrillo de todas partes, padre.

-Hija mía,...

cada día estoy más contento de que tu prometido se dedique

al noble negocio de la hostelería.

-Para servirles a usted y a toda su familia, don Ramón.

-No seas tan redicho, Víctor.

-Hija,... alegra esa cara.

No tienes ninguna culpa de lo que le esté pasando a tu amiga Elvira.

-Pero es que yo no quiero que le pase nada.

Me da igual tener o no tener la culpa.

-Si ella no quería marcharse, no te la podías llevar por la fuerza.

-Si no llega a ser porque Simón llegó en el último momento,...

-Debe

quererlo mucho para estar dispuesta a seguir sometiéndose

al coronel

solo para tener cerca a ese muchacho.

-Lo adora.

Se merecen estar juntos.

-El problema es que él está casado con otra.

-Elvira ama a Simón de un modo irracional.

Nunca aceptará que está casado con Adela.

-Ten cuidado,

que la gente irracional tiene comportamientos irracionales

y crea problemas irresolubles. Víctor,...

todo esto tiene una pinta estupenda.

Voy a decirle a Trini que no se pierda este desayuno.

-No te mortifiques.

Todo va a salir bien.

Venga a desayunar.

¿Un pastelito?

(Portazo)

¿Qué pasa? -Nada.

Nada, nada, nada, mi amor.

Sigue durmiendo. Se me ha caído la bandeja.

-¿Qué hora es? -Temprano,

para lo tarde que te acostaste ayer.

-Dame un beso.

Es el peor beso que me has dado en unos días desde nuestra boda.

-¿Ah, sí? No sabía que hubiera una lista.

-¿Qué te pasa?

-¿A mí? Nada.

Nada, nada, nada. Que yo sepa, no soy el que ayer

llegó tarde a casa, ni llevo varios días

comportándome de una forma extraña, perdiéndome con excusas peregrinas.

-¿Estás celoso? -Ni arrodillándome en la puerta

de la iglesia para hablar a la foto de mi antigua esposa.

-Por el detalle que no tienes, vaya. -Naderías.

-¿Me has estado vigilando? Uy, Liberto.

¿Estás celoso de Maximiliano?

Anda, siéntate aquí a mi lado, alfeñique.

-No.

-Liberto, siéntate y deja de decir sandeces.

Celoso de mi difunto primer marido. Es que no me lo puedo creer, ¿eh?

-Rosina, es que...

tengo la sensación de que Maximiliano es mucho más importante

para ti que yo. -¿Qué dices?

¿Qué puedo hacer para que te sientas más importante que él?

-No lo sé.

-Mira, Liberto, tú no le conociste, pero...

Maximiliano era un hombre maravilloso.

Aún recuerdo cuando me quedé embarazada

de Leonor.

Sí, los dos éramos dos críos y pensábamos

que no sabríamos cuidarla. -¿Y?

-Que yo ya no soy una niña, tengo más experiencia

y pensé que podría ponerla en práctica siendo abuela, pero...

Bueno, de algo sirve lo que aprende una, ¿no?

-¿Estás intentando decirme algo?

-Sí.

De eso hablamos Maximiliano y yo.

De eso hablé con él.

De algo que ya vivimos él y yo, los dos.

-¿Leonor está embarazada?

No puede ser, porque si no tampoco estarías tan contenta

si el padre fuera alguien que conoció durante su viaje.

-Liberto, no seas obtuso. Mi hija no está embarazada.

-Pues entonces ahora sí que no entiendo nada.

-Soy yo.

-¿Tú qué?

-Que vamos a tener un hijo, Liberto, que soy yo la que está embarazada.

¿Liberto?

-Dame agua.

¿Qué tú estás embarazada, Rosina?

Pero si no es posible.

Quiero decir, ¿cómo...? ¿Cómo te has quedado embarazada?

-¿Te lo explico?

-No. No, claro que no.

-Liberto, Liberto. ¿No estás contento?

-Sí.

Sí, Rosina, mucho. ¿Cómo no voy a estar contento?

Estoy...

-Entonces...

dame un abrazo, ¿no? -Sí.

Entonces, ¿se va a quedar mucho tiempo en la ciudad?

-El menos que pueda.

Llevo dos horas aquí y veo que están todos locos.

¿Adónde van con tanta prisa?

-La vida moderna, Jacinto.

-Sí, moderno es que amanezca por las mañanas.

¿Dónde se ha visto prodigio igual?

-Diga que sí, que aquí todo el mundo se queda con la boca abierta

cuando enciendo una bombilla.

Pero ¿y encender el sol todos los días?

¿Acaso es que eso no tiene intríngulis?

-Eso no es avance, eso es ley de vida.

-Deje, deje, Servando, que al final son los del pueblo

los que nos enseñan las cosas más importantes.

-Primo, ¿y qué has hecho

con tu rebaño de ovejas? -Ahí,

en un jardín muy grande las he dejado.

Lleno de hierba, para que se pongan bien hermosas.

-A ver si se las van a robar.

-No.

Ahí están don Alfonso y doña María Cristina para cuidar de ellos.

-¿Ha dejado a la reina y al heredero esperando

en los jardines de palacio?

-Don Alfonso y María Cristina son mis mastines, perros pastores

que no los hay mejores, ni los de Romualdo,

el otro pastor del pueblo.

-Pues déjamelos un día, que me pirran las bestias.

-¿Y quién cuida de las ovejas? Esos de su lado no se mueven.

-Bueno, venga, a la labor que seguro que los señores

están todos levantados ya. Así la Casilda

se pone al día con su primo, ¿eh?

-Con Dios. -Hale, arreando.

-Sí, sí.

Unos chocolates, ¿entonces? ¿Y de comer?

-Pues un surtido de bollos. -Muy bien.

-Sí, y para mí una ración de churros y otro surtido de bollos.

-¿Una ración de churros solo para usted?

Se ha levantado con apetito

esta mañana. -Ah, y unas pastas de coco.

Ah, ¿y te quedan de esas sultanas que tenías ayer?

-Me quedan algunas, pero sultanas, entonces, ¿en lugar de qué?

-No, en lugar de nada. Además.

Es que tengo un poco de gusa. -Estupendo.

Recapitulamos: surtido de bollos para el centro y, para doña Rosina

surtido de bollos, ración de churros, pastas de coco

y unas sultanas. -Y picatostes.

También picatostes.

-Unos picatostes.

Marchando.

-¿No has pedido demasiada comida?

-¿Tú crees? Es que cada cosa en la que pensaba

se me antojaba. -Vamos a tener

que devolverlo todo. Mucha comida.

-Lo de los antojos parece más propio de embarazadas, Rosina.

-¿Sabes quién está de barrendero? Antoñito.

-Pobre chico, Rosina.

Qué vergüenza. No sé cómo su padre consiente esto.

-Trata de darle una lección.

Seguro que solo será por unos días. -Buenos días.

¿Me permiten que me siente con ustedes?

-Por supuesto que sí, doña Úrsula.

Siéntese. -Gracias, muy amable.

-Hemos pedido comida para un regimiento,

así nos ayuda a terminarla.

-He oído que Blanca y Samuel se casan.

-Sí. Será una ceremonia íntima

en el hospital.

Siento no poder agasajar

a los vecinos.

-¿En el hospital? Qué pena, ¿no?

Lo digo porque las bodas son tan bonitas.

-Tiene que ser rápida, para que Blanca

pueda aprobar la operación de Samuel.

-Esa operación le va a matar.

Es mejor confiar en Dios, que en médicos que no saben

ni dónde tienen su mano izquierda.

-Se sabe más de medicina en los hospitales

que en los confesionarios.

Por aquí. Todo para la misma mesa.

Eso para doña Rosina.

-Víctor,...

¿qué es esto? -No lo sé, doña Úrsula.

Lo siento mucho. Ahora mismo se le cambia la jarra.

Tira para dentro.

(Niños cantando) #-Duérmete, tesoro,

#que viene el Coco

#y se come a los niños

#que duermen poco. #

-¿Quién os ha enseñado esa canción? -Una mujer.

-¿Dónde está?

-Está ahí.

No sé si brindar con zumo de naranja da buena suerte.

-Pues aquí no entra el licor, que este es un lugar de trabajo.

Pero la ocasión merece el brindis.

-Tiene razón. Por nosotras.

-Por nosotras.

Y para que se reconozca el trabajo de tantas mujeres.

-¿Y esto? ¿Qué se celebra?

-El obispado nos ha encargado el nuevo manto de la virgen

de la catedral.

Terciopelos, sedas,

hilos de oro. -Llevo soñando con algo como esto

desde que aprendí a bordar. -Si no fuera por ti

no lo habríamos conseguido.

Tu esposa es la mejor bordadora de España, Simón.

-Enhorabuena. -Un poco más de brío, Simón,

que un logro así no se consigue todos los días.

-Y dame un beso, que hoy doña Susana nos lo consiente.

-Miraré para otro lado.

-¿Preocupado por Elvira?

-Claro.

Debería haberse marchado.

-Bueno, quizá... haya cambiado de opinión.

Podemos decir a sor Genoveva que... -No, no, no, no.

No va a cambiar de opinión. La conozco.

-Es terca como una mula.

En el fondo es clavada a su padre.

-No diga eso.

-Lo digo así porque lo siento, y ya va siendo hora

de que os olvidéis de ella.

-Doña Susana, yo puedo entender la preocupación de mi marido.

-Y yo.

Pero vosotros tenéis un matrimonio que cuidar.

Y que hacer florecer. Hay momentos en la vida

en que hay que dejar de pensar en los demás

y ser más egoístas.

Los recién casados

solo deben pensar el uno en el otro.

Y en formar familia.

-Tiene razón.

-Pues venga,... alegrad esas caras.

-Simón, puede que nuestro matrimonio haya empezado con dificultades.

Pero ahora nada ni nadie

se opondrá a nuestra felicidad.

Te lo garantizo.

Menuda siesta.

Te habría dejado dormir, pero la enfermera te ha traído la merienda.

Hoy solo tienes leche y unas galletas.

-Gracias.

¿Llevas mucho aquí? -Unos minutos.

El doctor nos ha dicho que no estemos aquí todo el día,

que tienes que descansar.

-Estoy cansado de descansar.

Lo único que hago es comer, dormir y descansar.

¿Y las flores?

-¿Qué flores?

-Los lirios que me trajiste.

Son flores de lis.

El símbolo de la lealtad, me dijiste.

Pero... se marchitaron.

-Yo no te he traído flores,

Samuel.

-Se marchitaron en un segundo. Las flores de la lealtad.

-No pienses en las flores.

Piensa en la boda, será mañana.

-¿Y después me operarán?

-Y volverás a ser el de siempre. -O no.

Quizá muera en la operación. -Eso no va a ocurrir.

Así que no nos lo vamos ni a plantear.

-No hay que cerrar los ojos a la realidad.

Hay asuntos que resolver antes.

Quiero pedirte algo. -Lo que quieras.

Aunque si tiene que ver con los malos pensamientos

sobre la operación, no quiero escucharlo.

-No. Es importante que lo hagas.

Tienes que ir a la casa de mi familia.

En la salita, al entrar en la derecha, hay un rodapié suelto.

Allí es donde yo escondía mis tesoros cuando era niño.

-¿Quieres que te traiga algo de cuando eras niño?

-No, escucha.

Debajo de ese rodapié está escondido el cuaderno de mi padre.

Ahí están sus diseños.

Ponlo a buen recaudo. Y, si muero,...

no me gustaría que se perdiera o que cayera en manos de tu madre.

-Lo guardaré, Samuel.

Pero no vuelvas a decir que te vas a morir.

Voy a tener que dejarte.

Tengo que ir a por las alianzas para nuestra boda.

Además, tengo muchas cosas que preparar.

Que aunque la boda vaya a ser aquí, en el hospital,

quiero que sea una boda feliz.

Además, quiero ponerme guapa.

-Blanca,

bésame.

Como a tu futuro esposo el día de antes de la boda.

-Me has hecho daño.

Menuda ceremonia más aburrida.

Cuando el cura se pone tostón, me entran ganas de salirme

en mitad de la misa. -O de hacerse protestante.

¿Serán igual de pesados los protestantes?

-Hombre, su propio nombre lo dice: protestantes, de protestar.

Bueno, ¿vamos a "La Deliciosa"? -Vamos, pero solo un chocolate,

que tengo que ir a la calle Encinas a recoger unas resmas de papel.

-Ay, sí.

A ver si nos deleitas pronto con una de tus novelas.

Mejor... te acompaño a la calle Encinas ahora.

-Bueno, ¿y el chocolate? -Nos lo tomamos luego,

que no quiero que te cierren. -Pero tenemos tiempo de sobra,

María Luisa. -Lo primero es lo primero

y, en este caso, tus novelas.

-Buenas tardes.

El barrendero más dicharachero les desea un buen paseo.

-Antoñito, ¿qué haces así vestido?

¿Por qué no subes a casa y te pones un traje?

-María Luisa, sabes de sobra que este es mi trabajo.

Y gracias a él estoy pagando mis deudas.

-Tienes razón.

El trabajo es mucho mejor cuando se hace con una sonrisa.

-¿Tú no te das cuenta que eres la vergüenza de la familia?

Yo mejor me voy para casa. Lo siento, Leonor.

Quiero estar encerrada. No quiero que todo el mundo me mire.

-¿María Luisa? -Nada, déjala.

¿Has visto? Dime que la calle Acacias no está mucho más limpia

desde que yo me encargo.

-Pues claro.

-Esta tarde pienso hasta fregar la acera.

Va a quedar brillante.

(RÍEN)

Ay, madre mía, primo, de verdad, qué historias.

-Ay.

Oye. -Dime.

¿Qué ha pasado con el Pompón?

-¿Quién es Pompón?

-Pompón, el corderito que ayudé a nacer.

-Ah. ¡Ah! Sí, ya recuerdo.

Qué buenas chuletas dio.

-¿Que lo mataste?

-No me lo iba a comer vivo, ¿no? Pobre bicho.

-¿Y no te dio pena? -Pena me da que se lo coma el lobo.

Para asarlo nació con su poco manteca para que quede crujiente.

-Desde luego que estás hecho un bruto, Jacinto.

-Siempre fuiste de ciudad, Casildilla.

Tú, en el campo, no hubieras durado...

ni dos inviernos.

-Pues sí. Eso mismamente me dice mi marido.

Que, por cierto, ¿qué te ha parecido mi Martín?

-Bien.

-Un poco señoritingo, ¿no? Vi que no tenía ni callos.

-Claro, que los callos son para los que trabajan con la azada.

-Por eso, un señoritingo.

Pero si a ti te hace feliz...

Eso. Eso me haría falta a mí,

una buena mujer.

-Yo ya sé para lo que tú has venido.

Tú estás buscando...

una hembra.

-No, no, no, no, no. No, no, no, no.

No he venido... No, no.

Pero si aparece,...

me iba a poner de feliz, como gorrino en un charco.

-Si es que... ya sabía yo.

Bueno, veremos qué se puede hacer.

Yo voy a preguntar, a ver si alguna criada en el barrio

está buscando novio.

Oye, ¿quieres dar una vuelta por el barrio?

-Ya he andado bastantes por el monte.

-Pues es que yo me tengo que marchar, primo.

Tengo que ir a ver si está todo bien en casa de mi señora.

¿A ti no te importa quedarte solo?

-Tranquila.

Que si he dormido al raso amenazado por los lobos y he salido con vida,

malo ha de ser que no sepa seguir vivo aquí sin moverme.

Pues nada.

Yo vuelvo en un rato, ¿eh?

No te metas en líos, por favor. -Ve con Dios.

-Venga. Hasta luego, primo.

-(RÍE)

Parecen piedras.

-Che, primo Jacinto.

-Me da a mí que no somos familia, señorita.

De hecho, nos acabamos de conocer.

-Uy. Pero si era una forma de hablar.

Que yo vengo de Cabrahigo,

y no de su terruño. -¿Cabrahigo?

Yo estuve por allí una vez con las ovejas, por la...

Cañada del Almirante. -Allí mismico.

-Y dígame qué es esto.

Parecen cantos de río.

-Son unas pastillas

que se trajo el Antoñito de las Américas.

Son como caramelos, pero que curan el dolor de cabeza.

¿Y no habrá visto a la Fabiana por aquí?

-Aquí hemos estado la Casildilla y yo.

-Bueno, pues a seguir buscando. Hale, hasta la noche.

-Con Dios.

Pues vaya caramelos...

malos. Ni dulces están.

Hola.

No sabía que estabas aquí.

¿Habías visto alguna vez este retrato?

-Samuel y tú.

-Un verano en una finca a la que nos llevaba mi padre.

Teníamos caballos,...

un lago para bañarnos, el mar.

Hasta una cabaña en un árbol. -Siempre he querido tener una.

-Lo pasábamos bien.

Y ahora, Samuel en el hospital.

Por mi culpa. A punto de morir.

-No va a morir.

No lo digas.

Mañana me casaré con él,...

firmo los papeles y le operan.

-¿Y si no funciona?

-Habremos hecho lo que debíamos.

Nuestro sacrificio valdrá la pena, Diego.

-Blanca,...

¿a qué has venido?

-Busco un escondite que usaba tu hermano cuando era niño.

-Está ahí.

Siempre conocí su escondite.

Yo le robaba los caramelos y, él no entendía

cómo podían desaparecer.

Él creía que había un fantasma ladrón en la casa.

-Samuel me ha pedido que guarde este cuaderno

fuera del alcance de mi madre.

-Los diseños de mi padre.

El alma de la empresa.

-Ahí falta una página.

Parece que alguien la haya arrancado.

-Quizá fue Samuel.

¿Crees que podría ir al hospital...

y le podría preguntar antes de que le operen?

-Seguro que sí.

-Me odia.

Le arrebaté lo que más quería.

-Es tu hermano.

Seguro que desea que estés a su lado.

¿Y Antoñito?

-Le he mandado a ducharse, que olía a chotuno.

-Barrendero. Qué vergüenza.

-Que aproveche.

-¿Le sirvo?

-Sí. Por favor. Y ponme doble ración,

que tengo más hambre que los pavos de Manolo.

-(RÍE) -¿Los pavos de Manolo?

-Sí, Ramón, los pavos de Manolo.

Los que se fueron corriendo detrás de un tren

pensando que era un gusano.

Si eso en Cabrahigo lo saben hasta los niños,

¿verdad que sí, Lolita? -Verdad, doña Trini, verdad.

-Hubo un tiempo que en esta casa se hablaba sobre filósofos y poetas.

-Hija, que tú nunca has sido muy de estudiar.

-Además, que un barrendero

no da para tanto. ¿No, hermanita?

-Padre, ¿va a seguir permitiendo esto mucho tiempo?

¿Va a consentir que mi hermano vaya por la calle como un pordiosero?

-Como un barrendero, que es un trabajo honrado.

-Muy decente, ¿eh?

Que si en esta ciudad no hubiera barrenderos, estaría hecha un asco.

-Estarás contenta. Todo esto es por tu culpa.

-María Luisa.

-Mira,...

mejor me voy, que se me ha quitado el apetito.

-Pues mira, mejor, más comida para mí.

Antonio...

Este flan está riquísimo.

¿No quieres más?

Ya he comido.

Sírveme.

Levántate, hija.

Y por la derecha.

¿Qué has hecho hoy?

Leer y bordar.

Acuérdate del anillo

y de lo que significa.

¿Y qué más has hecho?

También salí a dar un paseo con Leonor.

Buena chica.

(Llaman a la puerta)

¿Para qué están las criadas?

¿Qué hace aquí?

-He venido a hablar con Elvira.

Ha de saber que en otro tiempo fuimos muy amigas.

Y he pensado que podríamos seguir siéndolo.

-Está bien, señora de Gayarre.

Sírveme el café en el despacho.

¿Vienes a restregarme por la cara tu matrimonio con Simón?

Vengo a hablar contigo porque somos amigas.

Eres una traidora.

Elvira,...

nunca he querido hacerte daño. Ni tampoco Simón.

Creíamos que estabas muerta.

Mira, cuando llegué al barrio, Simón estaba tan mal,

que todos temíamos por su vida.

Solo vivía para tu recuerdo. Te echaba mucho de menos.

Yo le di aliento.

Recogí sus pedazos y logré seguir adelante.

Tú estabas muerta.

Y él también.

Simón me ama a mí. Nunca lograrás que te prefiera a ti.

Estás muy confundida.

Yo paso las noches con él.

Sé lo que siente su corazón

y a quién desea.

Así que, si de verdad le quieres, lo mejor será que te alejes de él.

No lo vas a conseguir.

Ni lo sueñes.

Es mi marido.

Rezaré por tu felicidad lejos de nosotros.

No me iré.

No quiero ni sus consejos, ni sus rezos ni su amistad.

No quiero siguiera que usted me trate con confianza nunca más.

No es mi amiga, es una indeseable.

Así que, ahora haga usted el favor de marcharse de esta casa.

Le recomiendo que se lo piense mejor.

No pierda su tiempo.

Mi esposo no será suyo.

¿Pétalos azules en una jarra de agua?

Nunca había visto algo así.

-Y esos niños, cantando esa canción.

-Canciones de niños.

De las de toda la vida, como un corro de la patata.

¿Habrá letra más absurda que esa?

Yo ya la cantaba con mis amiguitas. -Esta es distinta.

-"Duérmete, tesoro, que viene el Coco, y se come a los niños

que duermen poco". Pues una nana.

No sé dónde ves el misterio en eso.

(Llaman a la puerta)

-Carmen.

-Dígame, señora.

-Ve a abrir la puerta.

Pero asegúrate de quién es. No abras a ningún desconocido.

-Sí, señora.

-¿Qué significa todo esto? Nunca te había visto

tan alterada, Úrsula.

-Susana,

alguien... me está acosando.

-¿Quién?

Dime quién. ¿Algún competidor...

de los negocios de tu marido? -Alguien que viene del pasado.

El pasado siempre vuelve.

(Se cierra una puerta)

Yo cuidaba a una niña...

a la que le cantaba esa canción.

-Y los niños te dijeron...

que una señora les había enseñado la canción.

¿No pensarás que era...?

-¿Quién era? -Nada importante, señora.

Solo Servando, que quería preguntar si habíamos notado

bajadas de la corriente de luz. ¿Se quedará a cenar,

doña Susana? -No.

Me voy ya para casa.

-Yo cenaré en la mesa pequeña.

Prepáramelo todo allí. -Sí, señora.

-Una mujer a la que tú cuidabas...

podría ser Cayetana, si no supiéramos que está muerta.

-Lo está.

Nunca aparecieron sus restos.

-Dios nos libre de que hubiera sobrevivido.

Sus ansias de venganza... -Nos alcanzarían a todos.

Pensaba que ibas a juntar el desayuno con el almuerzo.

-Sí, se me han pegado

un poquito las sábanas.

Aunque no he dormido mucho. He pasado una noche toledana.

-¿Y eso? -Bueno,

en mi estado es normal.

Y ya rezo para que todo se quede en algunas noches en blanco.

-En tu estado, dices. Rosina, cariño,...

¿tú estás segura de tu estado?

Tú, por fortuna, no has tenido que ir de almacén en almacén

pidiendo laboro, que eso desanima a cualquiera.

-Pero ¿si alguien...

te ofreciera un trabajo de una categoría...

un poco superior?

-No creo que queden almas tan simples como para eso.

-Gracias por lo de alma simple.

Todavía queda alguna, Antoñito. ¿Qué te parecería trabajar conmigo

en "La Deliciosa"?

Ha llegado el momento de sacarte de este pozo.

Déjame ayudarte.

Que te cuide y te proteja.

Te ayudaré a recuperar el amor propio que perdiste

cuando te enamoraste de ese ganapán.

Quien me ha robado el amor propio ha sido Burak Demir.

Y usted. Que por mucho que diga quererme,

no ha hecho más que manipularme y engañarme.

-"Adela ya no es monja. Es su mujer".

Y nosotras debemos respetarlo.

¿Respetar? ¿Respetar el qué?

¿Un matrimonio amañado por una revista?

Por una carroñera que se posaba en la cornisa

esperando a que yo no volviera para caer sobre Simón.

Elvira, por favor, tranquilízate. No te enfades.

Yo solo quiero que veas las cosas como son.

El matrimonio es de hecho y de derecho.

Insisto en que poco me importa su estado civil.

No puede reclamar lo que no es suyo.

Tú no entres en disputas. -Pero yo pelearé con todas

mis fuerzas si me saca las uñas. -Mejor es que no os tratéis.

Cada mochuelo a su olivo.

Lo que tienes que hacer es honrar tu matrimonio

y así estarás a bien con Dios.

Y conmigo. -"A lo mejor..."

me odias después de esto,

pero le prometí a Elvira que lo haría.

Quiere verte.

A solas.

-No, no puedo.

-Lo más seguro es que se marche de Acacias

con su padre definitivamente. -"La medicina,..."

aunque avanza a pasos agigantados, es todavía, por desgracia,

más un arte que una ciencia.

No podemos garantizar los resultados.

-Lo sé, doctor.

No pierda más el tiempo.

Me operaré. -Es una locura.

Una verdadera locura.

-Me gusta ese ánimo en mis pacientes.

Pero es mi deber ponerle al tanto de los riesgos.

-Demasiados,

ya lo sabemos. -Tampoco sería seguro

no intervenirle.

-"¿Cómo llevas la preparación"

de la cena con mi madre?

-¿Y a ti quién te ha dicho eso?

-Pues un pajarito.

¿Y cuáles son los motivos?, si se puede saber.

-No, no hay ningún motivo.

-No sé por qué no te creo, Liberto.

-Pero ¿es que tiene que haber algún motivo para el amor?

Ya debería haber venido.

Vendrá, ya lo verás. Además,...

tampoco fijamos una hora concreta.

En cuanto termine su trabajo con doña Celia, vendrá.

Si no viniera, no sé lo que haría.

Me moriría de dolor, de pena.

No lo soportaría. Hazme caso,

lo vi en sus ojos. Vendrá.

Blanca no te quiere. Nunca te ha querido.

Blanca a quien quiere es a Diego. -¡Cállese!

Váyase.

(QUEJIDOS)

Váyase de una vez.

-"Leonor, sé lo que es"

querer a quien no se debe. Quiero paz.

Y sé que con Samuel la voy a conseguir.

Me caso por voluntad propia.

-¿Seguro?

Blanca, sea como sea, todavía estás a tiempo de reconsiderarlo.

Buenas tardes.

  • Capítulo 617

Acacias 38 - Capítulo 617

06 oct 2017

Elvira se baja del carruaje que la llevaba al convento y decide quedarse en Acacias, cerca de Simón. Adela escucha la noticia a disgusto; teme perder a su marido. Blanca anuncia a Úrsula su boda con Samuel, la señora recibe la noticia con reticencias. Él confía a su prometida el cuaderno de su padre antes de su boda. Rosina confiesa a su marido que esperan un bebé. A Liberto le pilla por sorpresa. Llega Jacinto, un pastor primo de Casilda, y se sorprende de la vida en la ciudad. Susana recibe un importante encargo del obispado: tejer un manto para la Virgen. Antoñito es contratado como barrendero, para gran vergüenza de María Luisa. Úrsula escucha a unos niños cantar una canción y se pone a temblar al recordarle algo de su pasado. ¿Se acerca una venganza?

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