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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 615 - ver ahora
Transcripción completa

¡Padre! ¡Padre, venga a auxiliarme!

¡Quieren matarme! -¿Sabe dónde se encuentra, Samuel?

-Estoy en mi casa. ¿Quién les ha dejado entrar?

Voy a vender cara mi vida.

-Nadie va a hacerle daño. Está en el hospital. Sosiéguese.

-Mienten. ¡A mí, policía! ¡Ah!

-"Antoñito no quiere a Lolita".

Solo es un capricho,...

un antojo de un niño malcriado.

Mi hijo es un tarambana. Y más temprano que tarde

se va a cansar de la criada, de su hablar de pueblo, de su incultura,

de sus modales.

-Su mente no rige con claridad.

-De todas maneras, eso son asuntos de familia.

No tiene usted por qué preocuparse.

-No pretendo ser indiscreto,

pero quiero que alguien se haga cargo de Samuel.

Es muy posible que en las próximas horas tengamos que tomar decisiones

importantes sobre su salud.

Burak Demir es el único culpable.

Él orquestó todo el engaño de la muerte de Elvira.

Por Dios, deje que hable con ella.

-No, ya no le creo a usted ni una sola palabra.

Ya no. Márchese de mi casa.

-"Lo eres todo para mí".

¿Qué estamos haciendo?

¿Por qué no somos capaces de contener esto, Diego?

-"Sabes que mi esposo"

es muy estricto, pero es justo y bondadoso como el que más.

Si no forzamos las cosas,

en unos días estaremos todos a partir un piñón.

-Mientras no me lo parta en la cabeza.

-Oye,... arriba ese ánimo, ¿eh?

Que nosotras tenemos más redaños que Agustina de Aragón.

¿O no? -"Señorita,"

¿ha regresado ya?

Tengo que darle un recado.

Toda la noche la he pasado buscándola

y nadie me ha dado razón de usted.

Me sorprende, Gayarre.

Pensaba que tardaría menos en presentarse en mi casa.

-No voy a hacerle nada más.

Ya me voy.

¿Quién anda ahí?

-"Debemos hacer todo"

lo que esté en nuestra mano por evitarnos.

-Yo no sé si puedo darte lo que me pides.

-Pues tendrás que intentarlo. Se lo debemos a tu hermano.

No volveremos a estar juntos nunca más.

(Ruido de hojas)

1891.

¿Qué estás haciéndome?

¿Qué estás haciéndome?

¡¿Qué estás haciéndome, maldita sea?!

-(VOZ DE CARMEN) Ayuda.

Ayuda, socorro, señora, estoy aquí.

Ayúdeme.

-¿Qué ha pasado? ¡¿Qué hacías ahí dentro?!

-¿Qué es todo esto? -Eso me gustaría saber a mí.

-¿Qué ha pasado aquí?

¿Qué son todas estas hojas?

-Yo acabo de llegar, hija.

Estoy tan sorprendida como tú. -¿Carmen?

-No lo sé, señorita Blanca.

-Deben de haber sido... algunas vecinas.

-¿Las vecinas? -Sí.

-No tiene sentido.

¿Quién iba a querer hacer algo así y por qué?

-Porque no pueden soportarme. Me odian.

Harían lo posible para que perdiera el oremus.

Para que me volviera loca.

Me habrían quemado la noche de los Paulinos.

¿Y tú dónde estabas?

Tanto que dices preocuparte por Samuel

y le dejas solo. -¿Ha pasado algo?

¿Hay novedades en su estado de salud?

-Sufrió convulsiones.

-¿Convulsiones?

-Está muriéndose.

El doctor nos lo dijo

a los que estábamos allí.

Y por supuesto, no eras tú.

¿Dónde estarías?

A ti te da igual,

pero debías saberlo.

Carmen, recoge todo esto.

¿Qué demonios te pasa?

¿Cómo has podido enfrentarte a un hombre como Arturo?

Has perdido el oremus. -Madre,...

-Hizo lo que debía hacer. -¿Ah, sí?

¿Enfrentarse a un endriago tan peligroso como don Arturo

es lo que debía hacer?

-Bueno, sacó la cara por una mujer que necesitaba ayuda.

Por una amiga. -Por favor.

-Por una muchacha que fue martirizada por su padre.

-No seas ingenua, Adela, por el amor de Dios.

Que esa candidez tuya no te va a servir mucho en estos momentos.

-No le hable así.

-Simón es un buen hombre, y ha actuado de buena fe.

-Simón es un loco

que se ha enfrentado a un hombre muy peligroso.

Dice la gente que el coronel iba acompañado de un hombre armado.

¿Y qué?

¿Aún así le golpeaste?

Por Dios.

Pero ¿qué esperabas, qué querías conseguir?

-No lo pensé.

-Que te metiera un tiro entre ceja y ceja,

eso es lo que tú querías conseguir.

-Hay veces que uno hace las cosas sin pensar en las consecuencias.

Solo porque debe hacerlas.

Ese hombre estaba ahí tan tranquilo. Nadie hacía nada.

Y todos sabemos lo que le ha hecho a su hija.

No pude evitarlo, fue superior a mis fuerzas.

-Simón,...

Elvira ha regresado,

y ella está bien, y eso es una gran noticia.

Pero tienes que dejar esto, tienes que parar.

No lo vas a dejar, ¿verdad? No pararás hasta que te mate.

No vas a parar y voy a tener que asistir al entierro de mi hijo.

(SUSANA LLORA)

(Se cierra la puerta)

-Simón, no se lo tengas en cuenta. Has de entender a tu madre.

-La entiendo.

-Yo también te entiendo a ti.

Hagas lo que hagas, te apoyaré.

Porque una esposa ha de apoyar a su marido siempre.

Y hasta el día de su muerte.

Buenas noches, señorita Blanca.

No anda muy bien don Samuel, ¿no es así?

Hasta los momentos más duros pasan, ya lo verá.

-Supongo que tiene razón. -Sé que no es una situación fácil.

Hasta su madre de usted, una mujer siempre tan pétrea e impasible,

se le ve afectada.

-Le agradezco sus palabras, don Liberto. Ayudan, créame.

-Lo cierto es que me encantaría acompañarla,

pero estoy esperando a Leonor, que está ahí dentro comprando.

Mi mujer ha tenido que irse antes

porque se sentía indispuesta. -No se preocupe.

Pero le agradezco el gesto.

-Blanca. Buenas noches, ¿cómo te encuentras?

Liberto, ¿por qué no te adelantas?

Yo ya luego me uno. -Claro.

Por cierto,...

cuando todo esto pase y estén más tranquilas,

me gustaría comprar las monedas antiguas que tiene su madre.

Me encantará tenerlas en mi colección.

Con Dios.

-¿Se trata de Samuel?

-He ido al hospital después de hablar con mi madre.

Samuel ha tenido convulsiones.

-¿Convulsiones?

-El doctor Quiles me ha dicho que su estado no es bueno.

-Pero ¿qué significa que su estado no es bueno?

-Le han localizado un absceso cerebral

y su vida pende de un hilo.

-Lo siento mucho, Blanca.

-El doctor me ha dicho que está buscando soluciones.

Pero la verdad es que...

-¿Qué?

-Que no me ha dado muchas esperanzas.

Soy una persona horrible.

-No, eso no es cierto.

-Ni siquiera he sido capaz de entrar en su habitación a verle.

Me apostaría en su cama y no me separaría nunca más de él.

Pero ¿cómo hacerlo?

¿Cómo, después de haberlo estropeado todo?

-Calla, mujer.

No seas tan dura contigo misma.

-A veces pienso que no soy tan distinta a mi madre.

Creo que soy incluso peor. -No, eso no es cierto.

Blanca, tú no eres mala persona.

-Estar al lado de Samuel me hacía buena.

Mejor.

Sin él no soy más que un monstruo. -Blanca, basta.

No hables así de ti misma.

-No me gusto, Leonor.

Le he traicionado, le he hecho daño.

¿Qué hay malo dentro de mí para hacer daño

a todos los que me quieren? -Lo único que hay

es pasión por Diego. Solo eso.

Y eso, a veces, aunque no lo queramos,...

pasa.

Y aunque ese amor que sientas por Diego sea apasionado y salvaje,

yo sé...

que tú también quieres a Samuel.

Y ahora debes superar tus miedos y estar a su lado.

Porque si no lo haces, te vas a arrepentir el resto de tu vida.

La luz del amanecer entrando a raudales

por las ventanas de cada casa.

Ese olor a flores recién cortadas.

Ese susurro

de la gente al despertarse.

Eso. Eso es Acacias.

-¿Y a qué mentarme algo que ya me sé?

-¿Dónde va a estar usted mejor que aquí?

En la Italia ya le digo yo que no, ¿eh?

-Pues dicen que es un país "requetebonito", donde se come fetén

y dicen que el clima es ideal para los huesos.

-Bueno, pues será eso, un país bonito.

Resultón, diría yo, pero...

Pero aquí está...

Aquí está su familia, aquí es donde pertenece, aquí,...

aquí tiene todos los buenos recuerdos.

Aquí halló a su hija...

y la vio convertirse en toda una señora.

-Y también aquí la vi perecer.

O esfumarse. Dios sabe.

-Ya.

Bueno, ¿y también se va a olvidar de su sobrina Rita?

Ella, tan alegre siempre y tan pizpireta.

-Y casquivana. ¡Cómo le gustaba canturrear!

Más que a un niño

dar puntapiés a un balón.

Y ella también murió.

De fiebres tifoideas.

-Ya, pero...

Pero era la alegría del altillo. Y...

la alegría de su vida, mientras que estuvo con ella.

¿No se acuerda de la pequeña

Carlota?

La niña de su alma.

Su angelito del cielo.

-Y Dios también se la llevó, Servando.

-Sí, bueno.

Estamos de acuerdo que ha habido más momentos tristes que alegres,

pero así es la vida. Esta es su familia.

Una familia a la que pertenece, una familia que la quiere.

Mi Paciencia también se fue

y todos los días me acuerdo de ella.

Y ahora, si usted se va,...

-Arrea, Servando, aire. Váyase marchando, venga.

-¿Perdón?

-Que viene Marcello y quiero hablar

a solas con él, venga. Acuérdese de lo que le he dicho.

-No hará falta.

Ya he tomado una decisión al respecto, Servando.

-Está bien, haga usted lo que le dé la gana.

Pero cuando nos eche de menos, no llore desde la Toscana,

o donde leches le lleve

el italiano ese. -"Buongiorno".

-Buenos niños muertos, el "buengiorno".

-No le haga usted caso, que hoy no tiene un buen día.

-¿Sabe qué es esto?

Los billetes del barco que nos llevará

a Italia.

El pase a nuestra felicidad.

Ojalá pudiera echar la mañana paseando y disfrutando

del día tan bonito que hace.

-Piensa que lo haces por una buena causa.

-Sí, desde luego, es lo mínimo que puedo hacer por esa chica,

después de todo lo que ha pasado.

-Es maravilloso lo que estáis haciendo por ella.

Acogerla en tu casa, lejos de ese hombre que dice ser su padre

pero no se comporta como tal.

¿Más frutas no tendrás, Celia?

-Disculpad la ausencia de Simón. Ya sabéis

que siempre nos sirve el café, aunque no sea su obligación.

Pero hoy ha tenido que atender sus asuntos personales.

-Vaya historia también la de ese muchacho, ¿eh?

Tanto que ha querido a Elvira y, ahora...

-Lo cierto es que me preocupa mucho su carácter impulsivo

y temperamental.

Yo entiendo que le hierva la sangre, pero no podemos provocar al coronel

y que cometa cualquier locura.

Además, Elvira está afligida y muy débil.

-Y ahora, con Antoñito de vuelta, tu casa debe parecer el mercado

a las 12, Trini.

-Rosina, que parezca lo que quieras.

Pero Antoñito tiene que estar

en su casa con su familia. Lo que no tiene sentido

es que fuera a trabajar a la mina.

-En eso te doy la razón.

Trini, la verdad que no le dije nada a tu esposo por no ofenderle,

pero no era buena idea.

¿Qué sabrá Antoñito de picar piedra?

Hubiera hundido la producción.

-Rosina, ¿qué te ocurre?

¿Te encuentras bien?

-Sí, fetén, ¿a qué la pregunta?

Pues a que comes como si no hubieras comido en años.

-Bueno, por no dejar nada, que está muy feo.

¿No os parece odioso

tirar la comida después de cómo está el mundo?

-En fin, yo me voy a ir yendo que no me gusta dejar a Elvira

tanto tiempo sola en casa. -Te acompaño.

-Gracias.

A más ver, Rosina. -A más ver.

Celia, ¿cómo le va a Tano?

¿Se está convirtiendo en un hombre hecho y derecho

o acabará como Antoñito? -Le va estupendamente.

Parece que se aplica mucho en los estudios.

Todas las semanas nos manda una misiva contándonos las novedades

y las aventuras de su vida. -Cuánto me alegro.

Después de todo lo que pasaste por ser madre...

¿Te acuerdas de todas las curanderas a las que acudiste

cuando tratabas de quedarte encinta?

-Casi no me quiero ni acordar. -Sí, claro,

pero ¿te acuerdas de alguna, de la última?

-Pues no, no me acuerdo de cómo se llamaba.

La verdad es que hace poco conocí a otra.

-¿Ah, sí, a cuál?

-A la valenciana.

Pero ¿por qué te interesa tanto el asunto?

-No, no, por una muchacha

que viene a planchar a casa y cree que su novio la ha dejado en estado,

y no sabe a quién acudir.

¿Dónde puedo encontrar a la tal valenciana?

-Bueno, si quieres vamos a dar un paseo

y te indico dónde vive. -Ah, pues eso sería estupendo.

-Bueno, pues voy a coger mis cosas

y te acompaño. -Gracias.

Mire. ¿Y sabe lo que pone aquí?

-La verdad que no. No sé leer.

-"Barco el Gran Buque Catalina,

que llegará a Nápoles la mañana del día 15".

¿Y sabe quién irá a subir en él?

Usted y yo.

Dispuesto a emprender una nueva vida juntos.

¿Qué ocurre?

¿No le gusta el barco?

-Suena a lugar increíble.

-Pero no va a venir, ¿verdad?

-"Pa" chasco que cambiaría...

este lugar donde he crecido,

este quiosco con periódicos que no sé leer, y ese edificio...

donde he sufrido de lo lindo...

por la vida que usted me propone,

Marcello. Suena...

Suena a vida de ensueño.

Además, lo tendría a usted.

Es lo mejor

que me ha pasado nunca. -¿Pero?

-Pero todo ese sueño llega tarde.

Yo ya estoy mayor, Marcello.

-No, aún nos queda mucha vida por delante.

-Y esa vida quiero pasarla al lado de los míos, en mi hogar.

Al lado de los criados del altillo.

En mi casa.

Este es mi sitio, Marcello,

y aquí quiero envejecer.

Y aquí quiero morir.

-¿Puedo hacer algo para que cambie de opinión?

Prométame una cosa.

Si de aquí a un mes, a un año, o dos;

si pase el tiempo que pase

se arrepiente y cambia de opinión, si lo hace,

hágamelo saber de inmediato.

Mándeme un telegrama. Y vendré a por usted.

¿Me lo promete?

Yo siempre,...

siempre la estaré esperando.

-Márchese, Marcello, se lo ruego.

O romperé a llorar.

-Antes deje que me lleve un pedacito de su voz y de sus labios.

Cánteme una canción, Fabiana.

Cántemela.

Para que pueda alimentarme

del recuerdo de su voz.

(CANTA) #Sin ti no puedo vivir.

#Mi vida no tiene sentido.

#Sin ti no puedo vivir.

#Parece que se apaga...

#la llama de mi candela

#y yo me muero de frío. #

-Que se nos va la Fabiana también.

¿Estás segura de que no hay alternativa?

-Eso fue lo que me dijo mi padre.

El coronel es el responsable sobre Elvira.

Puede hacer con ella lo que quiera.

-La va a encerrar.

O vete a saber lo que hará con ella.

-Pero legalmente estaría en todo su derecho.

-La puede encerrar en un convento,

o en su casa, que la policía estaría de su lado.

-Pero ¿cómo puede ser tan injusto, por favor?

Después de todo lo que ese monstruo le ha hecho a su hija y, aún así

tiene el poder sobre ella. -Trata de mantener la calma.

Tampoco pongas la venda antes que la herida.

-¿Crees que no va a utilizar todo su poder sobre ella?

-Yo lo que creo es que antes tiene que dar con ella.

-¿Qué quieres decir? -Pues que Elvira

está en casa de María Luisa. Está protegida y a salvo.

Tendríamos que sacarla de ahí y llevarla a un lugar seguro.

-Llevarla,... ¿adónde?

-Sé que no vas a querer separar,

que nos separemos de ella ahora que la hemos recuperado.

Pero es lo mejor y lo más seguro.

Si el coronel hace uso de su poder, ella estará perdida.

Yo tampoco quiero separarme de mi amiga.

Pero si he de hacerlo para salvarle la vida,

lo haré.

-¿Y habéis pensado en algo, alguna idea?

-Pues... no sabemos bien.

Quizá París. Con mis padres.

-Aunque tememos que París sea demasiado evidente para el coronel

y la encuentre.

-Don Arturo sabe que mis padres viven en París.

-¿Y entonces?

-Yo sé de un lugar

donde puede esconderse. Un lugar donde jamás

el coronel la encontrará.

Mira, querida, ese endriago.

Paseándose por la calle como si nada hubiera pasado.

-No hay derecho.

¿Es que no le importa el estado en que llegó su hija?

Le da igual lo que todo el mundo piensa de él.

-Sí, querida, absolutamente igual. -Qué desfachatez.

Qué osadía.

Si hasta parece que está de buen humor.

¿Cómo se puede tener tan poco corazón?

-Porque está hecho de otra pasta. No es como nosotras.

Las dos sufrimos el desprecio y la vergüenza social.

Tú por salir casi en cueros en una revista...

-No me lo recuerdes. -Bueno, es así.

Y yo... por enamorarme de mi Liberto, mucho más joven.

Y a las dos nos costó horrores superarlo.

Pero él tan contento

a los dos días de que todo el mundo se haya enterado

del infierno que le hizo pasar a Elvira.

-Buenas tardes, señoras. Hace un día estupendo, ¿no creen?

-Le agradezco el saludo, don Arturo.

Pero preferiría que no tuviera trato con nosotras.

-¿Me lo dice en serio?

-Después del infierno que le hizo pasar a Elvira,

su mera presencia nos incomoda. Y ya se lo dijimos.

-No le incomodo tanto cuando le adelanté tres meses de alquiler.

No pienso marcharme de su casa.

He pagado por vivir allí y voy a vivir allí.

Y quiero que sepan una cosa.

He hecho lo que creo que debía hacer,

y no voy a esconderme por ello.

Si no les gusta, se aguantan.

Señoras.

-Por la Virgen de los Milagros, qué hombre más impertinente.

-Ojalá hubiera una forma para que pagara por todo lo que ha hecho.

-Ojalá, tú lo has dicho.

¿A qué has venido, a rematarme?

¿O a reírte de mí?

¿Qué mentiras me vienes a contar ahora?

-Nunca... te he mentido

y no pienso hacerlo ahora.

-Márchate. Largo de aquí.

-Debemos hablar.

-Está muy claro lo que pasó.

Lo vi con mis propios ojos.

-Y no voy a negarlo.

Sería absurdo por mi parte.

-Me da igual, Diego.

Todo me da igual.

Ya no existes para mí.

Ya no eres mi hermano.

Márchate.

Déjame en paz. -No, vas a escucharme,

mal que te pese.

Sí,...

Samuel,... es cierto. Siento...

Siento algo muy fuerte por Blanca.

Cuando la veo, siento...

siento un fuego clavándoseme en la tripa.

Un deseo incontrolable que me ha costado mucho

mantener a raya. -Calla.

Por favor. No continúes, te lo ruego.

-Pero el otro día no... pude contenerlo más y...

sí, sucumbí.

Samuel, la besé.

Pero jamás,... nunca he querido hacerte daño, Samuel.

-Mientes.

-Samuel,

Samuel, te quiero.

Lo último que quiero es verte sufrir.

Sé lo mucho que la amas.

-Tú nunca me has querido.

Solo te quieres a ti mismo.

Eres un egoísta que solo se preocupa por sus propios sentimientos

y emociones.

Siempre lo has hecho desde que éramos críos.

He perdido a la mujer de mi vida por tu culpa.

Y tú...

significas ya nada para mí.

Y ella tampoco. -Samuel, no hables así de ella.

Ella no tiene la culpa.

-¿Por qué?

¿La forzaste?

Te he hecho una pregunta, Diego.

¿Forzaste a Blanca?

¿La obligaste en contra de su voluntad?

(RÍE)

Lo entiendo.

Lo entiendo todo.

La forzaste.

Le pegaste y le obligaste a hacer todo eso.

Verás cuando se lo cuente a madre.

-¿A madre? -Es a la única a la que escuchas.

Ella te dará tu merecido.

-Samuel, ¿qué te ocurre?

-Ella te dará un bofetón

y te pondrá en su sitio.

-Madre hace años que murió.

-Calla, endriago.

No digas eso. Madre vino hace un rato.

Estuve hablando con ella, la vi con mis propios ojos.

(RÍE)

Verás cuando se entere.

-Diego,...

ya ha visto cómo está.

Tenemos que hacerle unas pruebas.

-No. Antes quiero saber qué le ocurre,

¿qué le sucede a mi hermano? -Lo siento.

Su hermano pidió que no le diera explicaciones.

Ni siquiera debería estar usted aquí a petición expresa de su hermano.

-Me da igual lo que dijera mi hermano.

No está bien.

Y no es capaz de decidir nada. Exijo que me diga qué le sucede.

Daos prisa o llegaréis tarde a la zarzuela.

-Lo que no entiendo es por qué tenemos que ir sin ti.

-Tengo jaqueca. ¿Cuántas veces he de decírtelo?

-Pues entonces nos quedamos todos. -No, no, ni hablar.

No vais a pagar por mi mala salud. Por eso os compré las entradas

para "Doloretes". Os lo pasaréis muy bien.

-No sé, madre. La verdad, estoy muy preocupada por Blanca.

Y no tengo muchos ánimos. -No, razón de más

para que no te quedes aquí.

Estarás de peor ánimo encerrada en tu alcoba, dándole al magín.

¿No crees, hija? -Bueno, sí, quizá tenga usted razón.

-Pues claro que sí. Venga, a la calle.

Casilda, acompáñales.

Va.

-Casilda,...

cuida de mi esposa.

Intenta animarla un poco.

-"Pa" chasco que sí, señor.

Ya lo hago sin que usted me lo pida.

¡Oh! ¡Casilda!

A Acacias.

-¿Cómo?

-Que tienes la tarde libre, tienes la tarde libre.

-Doña Rosina, don Liberto me acaba de pedir que cuide de usted.

Lo suyo sería que me quedara toda la tarde aquí.

-No, porque estoy bien.

Solo es una jaqueca, necesito descansar, nada más.

-Sí, pero yo me puedo quedar aquí

y no abrir la boca.

-No, tú te vas a Acacias y te enteras de todo lo que acontece,

que hace días que no me paso y no me quiero perder nada.

-¿De verdad, está usted segura?

-¿Que si estoy segura de que no me quiero perder ningún chisme?

Segurísima. ¡Arreando!

Arreando.

Buenas.

Gracias por...

esperar fuera mientras me deshacía de mi familia.

-No se apure usted. ¿En qué puedo ayudarla?

Grave ha de ser si no quiere que su familia

se entere.

Oye, moza, anda que me pones las cosas fáciles.

Yo limpiando la calle y tú ensuciándola.

-Recontra, ¿Antoñito?

-Te lo perdono porque tienes los ojos más bonitos, que si no...

-Pero ¿eres tú el que está debajo de esos harapos?

-Antoñito Palacios, el mismo que viste y calza.

Que ahora viste y calza mal,

claro, pero... -Sí, sí, de barrendero nada menos.

¿Acaso es carnaval?

-Oye, que no es un disfraz, ¿eh? Es mi uniforme.

Me han contratado.

-¿De barrendero?

-Sí, y a mucha honra. Quizá no es el mejor trabajo del siglo.

Bueno, ni este el mejor traje que le cae a mi cuerpo, pero...

bueno, hoy he ganado mi primer jornal y, me siento muy orgulloso.

Hasta me he permitido un capricho, caramelos de violeta.

¿Quieres uno? -No.

Pero ¿de verdad crees que estás para muchos caprichos?

-¿Perdón? -Pues eso,

que acabas de encontrar faena y ya estás pegándote lujos.

-Lolita, que son caramelos. -Ya.

Y yo, ¿qué soy? Otro de tus caprichos, ¿no?

¿O solo soy la criada, es eso?

-Padre.

Padre, espere.

Esto es para usted.

-¿Qué es esto?

-Parte del dinero que le debo.

No es mucho, pero por algo se empieza.

-¿Trabajas de barrendero?

-Así es, limpiando las calles de esta ciudad,

que a todos nos gusta verlas limpias y, alguien tiene que hacerlo.

-Reconozco que jamás imaginé que fueras capaz de trabajar

en algo así ni un solo día.

-Ya le dije que había cambiado. Padre, he sentado la cabeza.

-Espero que sea verdad.

-Lo es, y usted lo va a ver.

¿Dónde has estado, muchacha?

Saliste a media mañana de aquí y no has vuelto.

Hay mucho trabajo.

-Lo lamento mucho.

Es que he tenido que tratar un asunto urgente.

Pero hoy no saldré de aquí hasta que haya terminado todos los bordados.

-¿Un asunto urgente?

-Sí, eh...,

el párroco de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción,

aquí, en el barrio de los Palacetes.

El pobre ha caído enfermo

y fui a verle por si necesitaba mi ayuda.

-Eso está a dos calles de aquí.

¿Por qué llevas los zapatos como si hubieras salido de la ciudad?

¿Me estás engañando, Adela?

-Le ruego que no me haga más preguntas,

por favor, doña Susana. -Dime dónde has estado.

¿Tú te crees que yo me chupo el dedo?

Dices que te has ido... -Déjela en paz.

No insista.

-¿Tú sabes algo de todo esto, Simón?

¿Estás enredando a Adela...

en tus problemas, hijo?

-No quiero acabar regañando con usted, madre.

Por favor, dejémoslo aquí.

Adela,... ¿vienes un momento conmigo, por favor?

¿Cómo ha ido? ¿Has podido hablar con sor Genoveva?

-Todo está preparado. La Madre Superiora va a ayudarnos.

Sea quien sea quien esté haciéndome esto,

está ahí fuera.

Observándome y disfrutando.

¿No le llegaste a ver la cara?

-Estaba limpiando y creí escuchar un ruido.

Me entró miedo, pero me acerqué a ver quién era,

y sin darme cuenta me encerraron.

-¿No viste quién era?

¿Si era hombre o mujer?

¿Ni un olor puedes decirme? ¿El color de su pelo?

-Todo sucedió muy rápido.

Cuando entré en el despacho, me cerraron la puerta.

¿Quién habrá podido hacer todo esto? ¿Y por qué?

Llenar la casa de hojas.

Es todo muy extraño.

-Sea quien sea, conoce mis movimientos.

Sabe cuándo estoy...

y cuándo no estoy.

Sabe moverse por el barrio sin ser visto.

Conoce la casa.

Conoce la casa a la perfección.

-¿Usted cree?

-Entrar sin ser visto

y marchar de la misma forma, no lo hace cualquiera.

Encerrarte sin que le vieras, tampoco.

Conoce estas cuatro paredes...

como la palma de su mano.

-¿Qué valor tienen esas monedas? Algunas parecen muy antiguas.

-No importa su valor,

sino su significado.

-¿Su significado?

-Es una cadencia de años.

De 10 en 10.

1861.

1871.

1881.

1891.

Es una cuenta atrás.

Ya solo falta la última moneda.

-¿Sabe ya quién ha sido quien ha dejado esas hojas aquí?

-No.

Pero no voy a perder ni un minuto más en ello.

Es una estúpida broma sin importancia.

-¿Está segura?

Parece algo más que una broma.

Las hojas,... las monedas que le están llegando.

Parece que la ponen a usted muy nerviosa.

¿Quién se las envía? ¿Qué me está ocultando,

madre?

-Nada te oculto, hija.

Mis nervios se deben a mi preocupación por Samuel.

El doctor ha convocado a toda la familia en el hospital

para hablar sobre su salud.

Y aunque a ti no te importa,...

a mí sí.

¿Y bien, puede ver algo

en este pedrolo? -Espere.

No.

-¿No, qué?

-No está usted encinta. -Pero, pero ¿está segura?

-El péndulo nunca miente. -Pero no puede ser.

Tengo todos los síntomas: mareos, despiste, hambre, jaquecas, todo.

-Se deberá a otro menester. Pero no hay niño alguno

creciendo en su vientre. -Y ¿cómo está usted tan segura?

Quizá el chisme esté estropeado. -Al péndulo no le pasa nada.

Si me da mi dinero, me voy y ya no la molesto más.

-¿Cómo que le doy su dinero? No le voy a dar ni un duro.

¿Por qué? Si me ha dicho que no estoy embarazada, a ver.

Apenas me ha mirado bien.

-Orine en este vaso.

La esperaré fuera. -Pero...

¿Eso es lo que Simón quiere?

No se trata de lo que quiera Simón.

Se trata de salvar tu vida.

Si te quedas, tu padre te matará.

O te encerrará para siempre. Tiene poder sobre ti, Elvira.

¿Cuándo tendría que irme?

Cuanto antes. Esta noche mejor que mañana.

(VOZ DE LIBERTO) Cariño, soy yo.

¡Ahora voy, querido!

Espera que ahora salgo.

-Mujer, ¿por qué te escondes? Deja que vea cómo te encuentras.

-(RÍE NERVIOSA)

Estoy mucho mejor, mucho mejor. Ponme algo de beber,

que ahora voy.

-Claro, pero espera

un momento que tengo que coger... -Es que tengo tanta sed...

-Ya. -Gracias, gracias.

¿Y bien?

-Primero, el dinero.

-Primero, el resultado.

-Está usted en estado de buena esperanza.

Enhorabuena. -¡Bien!

-¿Decías algo, Rosina?

-No, no, querido. Ahora voy.

-Ah.

Bien, bien, voy a ver si me pongo cómodo, entonces.

-Perfecto.

Sí, voy en un segundo.

¿Qué, cómo te ha ido? ¿Y mi hija?

-Bien, ha querido pasarse por el barrio

a ver cómo se encontraba Blanca. ¿Y tú, cómo estás?

-Yo bien. Esta hija mía se parece a mi padre:

Yo estoy muy bien, ¿eh? Pero será mejor prevenir.

Bueno, mejor me tomo una limonada.

Sí.

Hemos examinado con detalle el absceso cerebral de Samuel,

tal y como pidió su hermano,...

y lamento comunicarles que no tengo buenas noticias.

El absceso ha afectado a sus capacidades intelectuales.

Y la cosa va a ir a peor. -¿Hay alguna posibilidad de mejora

o tenemos que esperar a su muerte y ya está?

-No quiero darles más esperanzas de las necesarias, pero...

existe una posibilidad.

Hay un doctor escocés,

sir William Macewen, que podría hacerle una intervención.

Ya ha practicado otras con más o menos buenos resultados.

-¿Qué clase de intervención?

-Se trata de una punción para extraer la infección.

No les voy a engañar.

La operación conlleva sus riesgos.

Es peligrosa. No hay garantía de éxito.

Y su coste es elevado.

-No. El dinero no es un problema.

Pagaremos lo que sea necesario para que mi hermano se recupere.

-¿Cuándo podría realizarle esa intervención?

-Hablaré con sir William Macewen para ver cuándo es posible.

Pero lo cierto es que el tiempo juega en contra de Samuel.

Cuanto antes pueda intervenirle, mejor.

-No lo haga, doctor.

Samuel no va a someterse

a ninguna intervención. -Por supuesto que sí.

-No lo va a hacer.

El riesgo es demasiado alto.

-¿Y qué pretende?

¿Esperar de brazos cruzados a que fallezca?

-Samuel está en manos de Dios.

Solo nos queda rezar.

-Basta de sandeces. Ella no es nadie para decidir si le operan.

Yo decidiré sobre él.

-Lo siento, pero no estoy de acuerdo.

Si Samuel no puede decidir, la decisión recae sobre su padre.

Pero debido a su estado de salud,...

la última palabra la tengo yo,

que soy la esposa.

-Doña Úrsula tiene razón.

Ante la ley, ella es la responsable de decidir.

-Y yo digo que Samuel no se opera.

-No voy a permitir que mi hermano se muera.

Cueste...

lo que cueste.

-Usted no tiene corazón.

¿Cómo puede ser tan cruel?

-Hija.

Saldrás corriendo del edificio hacia la chocolatería.

Allí te estará esperando Víctor, que te acompañará al carruaje

que te llevará al convento.

La Madre Superiora está al tanto de todo.

Ella te ayudará.

Tu padre nunca te buscará en el lugar donde una vez te escondió.

-Pero ese sitio es un convento. No puedo vivir en un convento.

-No es el lugar definitivo.

Es un escondite provisional que nos dará tiempo para buscar otro sitio,

una ciudad donde tu padre no pueda encontrarte.

-Ni siquiera he podido hablar con Simón de lo sucedido.

-Bueno, ya habrá tiempo para eso.

Ahora tienes que esconderte. -No, María Luisa.

No sé si quiero hacerlo.

-Si te quedas, no podremos hacer nada para evitar

que caigas en las manos de tu padre? -No puedo alejarme de aquí.

-Ya es tarde para eso.

Vámonos.

(Llaman a la puerta)

¿Qué hace usted aquí? Es muy tarde.

-Siento las horas.

Pero he venido a buscar a doña Elvira Valverde.

-No. No puede llevársela.

-Lo lamento, pero tengo que hacerlo.

Su padre es el tutor legal, y así me lo ha pedido.

Diego, espera.

¡Diego, aguarda!

-¿Qué?

-Hablémoslo.

-¿Para qué?

Ya has oído a tu madre.

Nada de lo que digamos cambiará las cosas.

Ella tiene el poder sobre Samuel.

-¿Y ya está?

¿Vamos a quedarnos de brazos cruzados esperando ver

como a tu hermano se le escapa la vida entre las manos?

Tenemos que hacer algo.

Tenemos que conseguir que pase por esa operación sea como sea.

-Tenemos una opción.

Hay una forma de hacer desaparecer la potestad de Úrsula sobre Samuel

y que seas tú quien decida sobre él.

Cásate con él.

Si te conviertes en su esposa,

podrás decidir sobre su futuro. Si se somete o no a esa operación.

Entonces, ¿diste con Blanca?

-Fui a buscarla al salir de la zarzuela, pero no di con ella.

Me hubiera gustado preguntarle por el estado de Samuel.

Menuda racha llevamos.

Primero don Felipe y ahora el pequeño de los Alday.

-Por fortuna, lo de Felipe no parece muy grave.

Sin embargo, lo del pequeño de los Alday sí que parece preocupante.

Intentaré pasarme mañana

por la mañana al hospital a verle. Esperemos que se recupere pronto.

Pareces haberle cogido alta estima a Blanca. ¿No es así?

-La que se merece.

-Lo cierto es que no la he tratado demasiado.

Pero no puedo evitar guardarle cierta desconfianza.

-"Necesito que te aparezcas de nuevo".

Ahora.

Ay, Maximiliano.

¿Te imaginas? Madre de nuevo a mi edad.

Dime que no es una locura.

Volver a traer un hijo a este mundo, dímelo, ¿eh?

-(VOZ DE LIBERTO) ¿Rosina?

-Uy, me has sobresaltado. -Disculpa, cariño,

no era mi intención. Quería ver cómo te encontrabas.

-Pues con una tremenda jaqueca.

Y tu susto no ayuda a que me recupere.

Haz el favor de salir. Que me esperes en el salón.

Qué mala suerte. Por unos minutos, Elvira no pudo escapar.

-El comisario ha llegado cuando Elvira estaba ya lista.

-Pues sí, sí que fue mala suerte.

Mi padre trató de evitar que se la llevaran, pero

no lo consiguió.

-Pobre Elvira.

No puedo parar de preguntarme cómo habrá pasado la noche

junto a su padre. -Se me parte el alma de pensarlo.

-Bueno, tampoco nos vengamos abajo.

La esperanza es lo último que se pierde.

-Vamos, Víctor, ¿acaso aún nos queda alguna?

-Por supuesto que sí.

Ni que la casa del coronel fuera una prisión.

Juntos vamos a encontrar la manera de sacar a Elvira de allí.

¿Estamos?

-"Ya veo que está muy bien atendido".

-(RÍE) Le agradezco mucho la visita, Liberto.

-Eso es lo de menos. Estaba preocupado por usted.

¿Cómo se encuentra?

-Ya me ve. Atado a esta cama sin remedio.

-Esperemos que sea por poco tiempo,

y en breve pueda regresar a casa como si nada hubiera pasado.

-Me temo que se equivoca.

Nada volverá a ser como era. -¿Por qué dice eso?

¿Acaso los médicos son pesimistas?

-Hay males que ellos no pueden curar.

No puedo quitarme a Elvira de mi cabeza.

Siento que tenía que haber hecho mucho más

para evitar que el comisario se la llevara junto a su padre.

-Ramón, poco más podías hacer, aparte de terminar preso.

-Y fue ella la que decidió marcharse con el comisario.

-Para evitar meternos en complicaciones.

-Esa muchacha tiene mejor fondo del que su padre nunca ha tenido.

-Bueno, Ramón, templa. Ahora Luisi te da la oportunidad

de resarcirte.

Tan solo tienes que ayudarla en sus planes.

-¿Estáis seguras de que eso funcionará?

-Sí, padre.

Tenemos que sacar a Elvira de su casa

y mandarle en un carruaje junto a sor Genoveva.

Solo nos queda que alguien entretenga al coronel

mientras tanto.

-Y ese alguien soy yo.

-"Parece mentira"

que el hijo de una de las familias más importantes

de la ciudad esté recogiendo la basura de los demás,

y por cuatro céntimos. -No hay trabajo indigno,

doña Susana. Este está cerca de serlo.

Si se hubiera ido a la mina, se hubiera evitado

el escarnio público.

-Al parecer, para el señorito, es más importante

quedarse en estas calles,

con los que quiere, que toda la vergüenza que pueda pasar.

-Pues sí que tiene que estimar a los suyos

para estar pasando la escoba por la calle.

Y con una sonrisa. O eso o es que ha perdido el oremus, el pobre.

-"Mi hermano está en un estado grave"

y eso le impide tomar decisiones por sí mismo.

-Vaya. Lamento escucharlo.

-Más lamentable es que es Úrsula,

como esposa de mi padre, quien ha quedado a su cargo.

-Entiendo en este caso su turbación.

Premiaré su confianza siendo sincera con usted.

Nunca he terminado de fiarme de esa mujer.

Temo que su hermano no haya caído en buenas manos.

-Por eso quería comentarle la situación a Felipe.

Necesito saber si existe algún resquicio legal

por el que si mi hermano tuviese que ser operado,

no tuviese que depender de la decisión de Úrsula.

Los doctores dicen que existe una operación que podría salvarte.

Es arriesgada, pero merece la pena

correr el riesgo.

-Entonces no hay mucho más que hablar.

-Te equivocas.

En tu estado, la decisión queda en manos de Úrsula

y ella se niega a dar su permiso.

-Al final, el destino ha querido que mi vida caiga en manos de esa mujer.

Primero me arrebató a mi padre.

Luego me partió el corazón al traerte a mi vida.

Y ahora será ella quien dicte mi sentencia de muerte.

-Hay una forma de evitarlo. -"Santa Olga de Kiev".

-Nunca había oído hablar de esta santa.

-Pues deberías.

Su historia es muy edificante. Yo le tengo mucha devoción.

De hecho, no hace mucho, utilicé estas mismas estampitas

para aterrorizar a alguien de la misma manera

que ahora intentan hacerlo conmigo.

1901.

Esta es la última moneda.

Ahora solo falta que te atrevas a presentarte ante mí.

  • Capítulo 615

Acacias 38 - Capítulo 615

04 oct 2017

Úrsula se asusta al ver hojas de morera en su casa y a Carmen encerrada en el despacho. Rosina consigue el contacto de la Valenciana y la recibe en casa: quiere saber si está embarazada. Pese a que la prueba inicial dice que no, la Valenciana acaba confirmando a Rosina su embarazo ante tanta insistencia. Adela tiene una idea para poner a Elvira a salvo de su padre con la ayuda de Sor Genoveva. Antoñito comienza a trabajar como barrendero y entrega su primer sueldo a su padre. Diego se da cuenta de que el estado de salud Samuel ha empeorado. El doctor Del Val cuenta a la familia Alday las alternativas para Samuel. Diego pide a Blanca que se case con su hermano para salvarle de las decisiones de Úrsula.

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