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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 613 - ver ahora
Transcripción completa

¡Samuel!

Despierta, por favor,

(LLORA)

Está sangrando.

Le has matado, va a morir.

-No, no puede ser.

¡No!

¡Elvira!

¡Elvira!

-"¡Auxilio!".

Ayuda, Samuel está malherido.

Vengan rápido. -¿Qué ha ocurrido?

-Necesita un médico. Está arriba, con Diego.

-Carmen, busca una ambulancia. -Vamos, quizá podamos ayudar.

-¡Dios mío!

Simón...

Por fin estoy a tu lado. Resiste.

Vamos, Resiste, Elvira. Ya llega el médico.

-Darás alguna explicación.

-No es momento para celebraciones. -Vámonos.

Tenemos que dar explicaciones a los invitados.

-No me enerves más de lo que estoy.

-Por primera vez, quiero actuar con un adulto.

Quiero coger el toro por los cuernos.

Amo a Lolita

y quiero casarme con ella.

-¿A quién?

-A Lolita, ha oído bien.

-El paciente está grave.

Pero todavía no podemos decir nada definitivo sobre su estado.

Ha sufrido

una fuerte contusión, quizá pueda tener secuelas.

-¿Qué tipo de secuelas?

-Es pronto para decirlo,

hay que esperar a que su familiar despierte, solo entonces

lo podremos saber. -"Adela es tu esposa".

-¿Cree que no lo sé?

¿Cree que no es algo que lleva horas clavado en mi corazón?

-Ten cuidado.

No le hagas daño a tu esposa, es lo único que te digo.

-"Coge tus cosas"

y vámonos casa antes de que te vea algún vecino.

Hoy mismo

te pones a buscar trabajo. Me vas a devolver todo.

Dos días te doy para encontrarlo.

-Sí, señor. -Dos días o te vuelves a la mina.

¿Qué haces despierta? Deberías estar descansando.

Dime que Simón no se casó con ella.

Dime que llegué a tiempo

de evitarlo. -"Mató a su madre".

-No la nombre.

-Y ahora has matado a tu hermano.

Contigo nunca se puede saber.

¿Seré yo la próxima?

No me extrañaría que fuera yo la próxima.

-Es lo que más desearía.

-No voy a amedrentarme.

Voy a decir lo que quiera y cuando quiera.

¿Qué vas a hacer?

¿Golpearme a mí también?

Hazlo, hazlo, si te atreves.

-Cállese de una vez.

Blanca, que no siga o no respondo.

-No te tengo miedo, hijo.

Al contrario, me gustaría que dejaras libres

tus instintos violentos,

al menos, conocería por una vez el verdadero,

¡el verdadero y auténtico Diego!

-Madre, déjelo.

-No lo voy a dejar.

Es hora de decir cuatro verdades. ¿Por qué has venido, Diego?

¿Por qué has venido? ¿Por qué has vuelto?

¿Para ayudar a tu hermano?

-Es mi familia, no la suya.

-No, no es eso lo que dice el registro civil.

Yo soy la señora de Alday y tú, hijo,

más valía que te hubieras quedado en el muladar de dónde hayas venido.

Para destrozarle la vida a tu hermano

Blanca se las habría arreglado muy bien.

-¡Cállese! -Vaya.

Muy bien.

Parece que nadie quiere escucharme,

que nadie quiere ver la verdad.

Pero dime, Diego,

si tu hermano se recupera,

¿se recuperará también de tu traición?

-Terminaste con tu madre,

te impusiste a tu padre,

ahora, le robas la felicidad

y la vida a tu hermano.

Tú no quieres a nadie.

Tú, Diego, no sabes querer.

-Es suficiente.

Y Diego no es el único culpable de las desgracias de esta familia.

Tú también.

Deberías rezar por el pobre de Samuel,

para que se recupere.

Pero también deberías rezar por tu alma.

¿Cómo pudiste ser tan sucia?

A las buenas, Servando.

-Buenas. ¿Satisfactorio el paseíto, señores Palacio?

-Pues sí, Servando, muchas gracias.

Necesitábamos airearnos con la que está cayendo.

-De eso precisamente quería hablarles, más bien, preguntarles.

¿Qué tal la señorita Elvira?

-Sigue recuperándose. Gracias.

-Muchas gracias, don Ramón,

y con Dios. -Con Dios, Servando.

Has estado un poquito bronco con Servando, ¿no crees?

-¿Sí? Ni me he percatado.

No dejo de darle vueltas al asunto ese del coronel.

Es que no acabo de creerme

todo lo que me cuenta María Luisa de él.

¿Cómo puede un padre hacer eso con su propia hija?

-Ramón, porque el coronel es muy mala persona.

Y a ti no te entra en la cabeza

porque parece que has venido al mundo ayer.

-Pero es que enviarla al extranjero, sin su consentimiento,

y después inventarse que ha muerto, es inaudito.

-Inaudito para ti, que eres más bueno que el pan.

Aunque bueno, por otro lado,

te niegas a bendecir la relación entre Antoñito y Lolita.

-Por el amor de Dios, no hablemos de eso.

-Sí, Ramón, vamos a hablar. Ahora mismo y muy clarito.

Lolita es muy buena persona, muy trabajadora y muy cariñosa.

Y aunque no te parezca apropiada para Antoñito, igual le viene bien.

-A Antoñito lo que le viene bien es doblar el lomo

y ganarse las pesetas con el sudor de su frente.

-Y lo hará, Ramón, ya lo verás, lo va a hacer.

Y probablemente sea todo gracias a Lolita.

Hoy se iba a presentar a un trabajo de mozo de almacén.

Esperemos que tenga suerte y regrese

con el empleo. -Suerte y que ponga algo de su parte.

En cuanto al asunto este del capricho de Lolita,

esperemos que no trascienda y podamos evitar otro escándalo.

-Que no va a haber ningún escándalo, que Lolita es muy discreta.

-En Cabrahigo no hay discretas.

-Anda, ¿no te ondula?, ahora me toca a mí también.

¿Me metes en el paquete? -Trini, lo último que yo quiero

es discutir contigo. -Pues lo disimulas fatal, hijo mío.

-Lo que estoy tratando de decirte es que considero que este noviazgo

es una insensatez y que altera en lo más profundo la paz de nuestro hogar.

-Pero vamos a ver, es que yo no entiendo

por qué te empeñas en oponerte como si fueras un gruñón.

-Porque no puedo evitarlo, me siento incómodo.

De hecho, estoy pensando en buscarle trabajo a Lolita

en otra casa señorial.

Ni ella ni nosotros podemos sentirnos cómodos con esto.

-¿Cómo, cómo, cómo? ¿Estás hablando de despedir a Lolita?

Que no, Ramón, que no, de eso ni hablar.

Además, tendrías que hablar con doña Celia, también es su señora.

-Celia es cabal y seguro que está de acuerdo conmigo.

Lolita no puede seguir en Acacias. Y no hablo

de despedirla, te he dicho que le buscaría otra faena.

-Que no, Ramón,

que ni aún así, que me niego.

No he querido tener nunca criada.

Y ahora, con Lolita, convivo a la perfección.

Así que no estoy dispuesta a deshacerme de ella.

Es mi amiga y es mi paisana.

-Todo lo paisana y todo lo amiga que tú quieras,

pero lo que no va a ser es nuestra nuera.

Susana, por cierto, ¿se amolda ya la parejita?

-Adela y Simón... Está siendo un suplicio tenerlos en casa.

-Yo ya me lo barruntaba.

-Ella se esmera

por ser la esposa perfecta, pero él está inquieto, turbado...

Como fiera en una jaula.

Es obvio que no puede quitarse de la cabeza a Elvira.

-Es que quien bien se quiere, nunca se olvida.

Y a todo esto, ¿Adela se percata del desasosiego de su marido?

-¿No ha de percatarse? Pero finge normalidad.

Para mí que, de un momento a otro, va a explotar todo.

-Bueno, tú no te dejes afectar, no te agobies por esos problemas.

Al fin y al cabo, tú solo eres la casera.

-Bueno,

yo contribuí a la unión de Elvira y Simón,

sufrí cuando le dejó plantado en el altar.

Y luego protegí al muchacho, propiciando su relación con Adela.

¿Cómo no me va a afectar, mujer?

-Ya, ya. Así que el regreso de Elvira

ha puesto otra vez la casa patas arriba, ¿no?

-Yo creo que no dejará de quererle nunca,

por casado y bien casado que esté.

Si esa chiquilla hubiera vuelto diez minutos antes, pero no,

y ahora ya es tarde.

-Bueno, no te agobies más, Susana.

Vamos a La Deliciosa y tomamos unos buenos bombones.

Las preocupaciones que no quiten unos bombones, sí son peligrosas.

-Te agradezco la invitación, pero no me pasa ni el agua.

Adela,

toma la falda de doña Rosina

y sácale dos centímetros y medio de la cintura.

-¿Tanto? -Si quieres ahorrarte los bombones...

-No, no me los quiero ahorrar.

Dos centímetros, a lo sumo.

Hasta más ver, eh. -Hasta más ver.

Ánimo, mujer,

que Zamora no se ganó en una hora.

-No es eso.

No es que no tema ganarme a Simón,

es que temo perderle para siempre.

¿Usted cree que debería dejarle volar libre,

dar un paso atrás?

-¿Qué pasos atrás ni qué ocho cuartos?

-Estás casada ante Dios

y ante los hombres. Es un sacramento perpetuo,

no hay vuelta de hoja.

-Pero si él no me quiere... -Eso no lo digas.

Claro que te quiere. Además, Simón es un hombre responsable.

La pena es que no lo haya criado yo.

Pero se echará al hombro

la vuelta de Elvira y se quedará contigo.

Tú eres su esposa ante todo.

-¿De verdad lo cree así? -De todo punto.

Simón estará donde tiene que estar.

Adelante, muchacho, pasa, por favor.

Simón...

Lo sabía,

sabía que vendrías a verme.

No sabes cuánto anhelaba

tus brazos.

¿Cómo estás?

Feliz por mirar tus ojos.

-Elvira, querida, ¿cómo te encuentras?

¿Te sientes con fuerzas para hablar?

Nosotros necesitamos saber

cómo es posible que sobrevivieras al naufragio

y todo lo demás.

-No sabes, Elvira,

todo lo que hemos pensando en ti,

todo lo que hemos especulado sobre tu desaparición,

sobre tu presencia y tu estado.

La verdad es que, quien más y quien menos,

nos hemos hecho una idea de lo que te ocurrió,

pero nos gustaría escucharlo de tu boca.

-¿Nos sentamos?

Solo hazlo si tienes fuerzas para relatarlo, Elvira.

Lo contaré todo.

Todo.

¿Puedo pasar?

-Adelante.

-¿Han dicho algo nuevo los doctores?

-No hay avances significativos.

Están esperando a que despierte para realizarle algunas pruebas,

pero no saben ni se atreven a decir cuándo sucederá eso.

-Lo siento.

¿Cómo estás tú?

-He estado a punto de seguir el consejo de mi madre

y ponerme a rezar,

yo que nunca lo hago.

-Bueno, haz lo que te funcione, pero desahógate.

-Necesito...

No sé, algo.

Alguien que me muestre el camino, que me diga qué hacer.

-¿Tiene algo que ver tu indecisión

con las suposiciones de Úrsula?

Ayer escuché que tu madre decía

que no estaba claro el accidente de Samuel.

Parecía querer acusar a Diego.

-Leonor, me...

Me desdije del compromiso con Samuel

porque no sé lo que siento por Diego.

No lo sé.

-Ay, Blanca, me temo que sí que lo sabes.

Es algo arrollador

y muy grande lo que me mueve hacia él,

no lo puedo controlar.

Sé que Diego no me conviene, pero me resulta imposible apartarme.

-¿Y Samuel lo sabe?

-Samuel...

Samuel nos descubrió y enloqueció.

-¿Pelearon?

-Sí, pero Samuel se hirió por accidente, no fue intencionado.

Es que estaban muy furiosos, fuera de sí,

pudo ocurrir cualquier cosa.

Leonor,

no sé cómo hemos llegado a esta situación.

Yo nunca he jugado a seducir a nadie, nunca he traicionado,

ni siquiera había sentido lo que sea que siento.

Debía ser yo quien estuviera en esa cama,

sufriendo las consecuencias, y no Samuel.

Es la mejor persona que me he encontrado.

ÉL salvó mi vida.

Necesito que despierte.

Necesito cuidarle, hacer algo por él.

Necesito que me perdone.

Necesito quererle.

Sí, fue mi padre.

Mi padre organizó mi calvario.

Él me secuestró el día de...

El día de mi boda.

Mi padre me obligó a grabar un cilindro

despidiéndome de Simón

y diciéndole que me casaba con Burak Demir por decisión propia.

Pero era mentira, fue mentira.

Después...

pensé que alguien vendría a buscarme.

Pensé que tú vendrías a buscarme.

Nadie vino.

Te dieron por muerta en el naufragio, todos creíamos que habías muerto.

-Los de la naviera

nos dijeron que eran una pasajera.

Yo no iba en ese buque.

Me enteré del suceso, fue muy sonado, pero yo no viajaba

en el Gran Victoria.

-Un superviviente del naufragio vino buscando a tu padre

para confirmarle y narrarle tu muerte.

Mentiras, todo mentiras.

-Quiso asegurarse

de que nadie te buscaría,

de que nadie iría detrás de ti, de que nadie te reclamaría.

Tu propio padre

quería que te olvidáramos. -No, Ramón.

Quería que Simón la olvidara.

-¿Y qué pasó en Turquía? ¿Te retuvieron?

Mi vida con Burak fue un tormento.

Pensé hasta en quitarme la vida.

-¡Dios mío!

Le envié varios cilindros a mi padre pidiéndome que me liberara.

Esperé en vano.

¿Y qué fue de él, del tal Burak Demir?

Al final,

opté por envenenar mi matrimonio, hasta conseguir

que me repudiara.

Mi padre debe estar por Turquía buscándome.

-¿Conoces a Osman,

un pintor?

Me hizo un retrato con la Torre del Reloj al fondo.

Pero Burak se lo devolvió

en cuanto empecé a portarme mal.

-Pues no sé cómo,

pero ese cuadro llegó a nosotros.

Y el pintor nos dijo que era un cuadro póstumo.

Todo parte del montaje.

Supongo que mi padre lo hizo

para convencer a todos de mi fallecimiento.

-No puedo entender cómo alguien puede orquestar una historia

sobre la suerte de su propia hija.

-Necesitaba frenarme.

A mí y a todos sus amigos.

Tenía que asegurarse de que nadie fuera tras ella.

-Todavía recuerdo cómo lloraba en el falso entierro.

Se me ponen los pelos de punta, Ramón, fingió luto.

-Maldito monstruo.

¡Maldito, maldito y mil veces maldito!

Por lo que me ha hecho y por lo que pretenderá hacerme.

Les pido que me protejan de él cuando vuelva.

Por favor, se lo suplico. -Descuida, hija.

Estaremos junto a ti.

Para volver a hacerte daño,

tendrá que pasar por encima de mi cadáver.

-Escúchame, niña,

no te tortures más.

Ahora lo que tienes que hacer es recuperarte,

descansar y comer bien. Aquí no te pasará nada.

Con nosotros estarás bien.

Dicen que del porrazo se ha quedado tieso.

-Ay, Lolita,

pobrecitos los Alday, no salen de una y les viene la siguiente.

Anda, mira, el rey de Roma,

que por la puerta asoma. -Viene de buscar faena de mozo.

-Señora y señorita,

qué gusto veros en la calle y con faena.

-¿Ah, sí?

Pues más gusto me daría a mí pasear por encima de lo regado.

-¡Uh! No has encontrado faena, como si lo viera.

-Ni de lejos.

No había pasado tanta vergüenza en mi vida, y tengo motivos.

-¿Qué te han hecho?

-Reírse de mí en cada ultramarinos, almacén y taberna

en que me he ofrecido.

-Hay que jeringarse, qué gente más tonta.

Se le ve a usted a la legua, con lo bien comido que está,

que levantaría más peso que cualquier tirillas de por ahí.

-Por ahí van los tiros,

pero no me dan trabajo ni de mozo de cuadra.

-Bueno, ¿y qué pegas te ven? Que yo no te veo ninguna.

-Muchas gracias, Maritornes,

pero me dicen que tengo pinta de finolis.

-Un poco.

-¿Un poco?

Cantidad. Si es que se le ve hecho un finolis.

-¿Y de verdad tengo manos de pianista?

-Bueno, no te me vengas abajo.

Si hasta los pescaderos necesitan manos alargadas y finas

para destripar las caballas.

-Pues eso dicen, que tengo las manos muy blancas

y la ropa muy limpia, que no valgo para nada.

-No se puede tener de todo.

Tú eres mi caballerito guapo.

-Es que si no fuera por ti, Lolita...

-Quieto con esas manos, que estamos en plena "rue".

-Estese usted quietecito.

A ver si tampoco le van a coger por indecente.

-¡Uy!

-Venga, que la calle no está para abrazarse.

¡Ea! -Ya oyes a la Casilda,

menos rijo y más pensar en la faena.

-No sé en qué quieres que piense. -¡Uy!

-No se me derrote usted, que se derrota usted muy temprano.

Además, espere, que se me está viniendo al magín una idea

para que no parezca tan señoritingo finolis.

-Uy, a ver qué le vas a decir, que tienes ideas de guarda urbano.

-¿Sabrías quitarme la pinta de finolis?

-Hombre, del todo no, pero algo se puede apañar.

Usted encuéntrese esta tarde conmigo,

que le llevaré ropa de Martín y parecerá un costalero del campo.

-¿Y sabrías dónde encontrar un trabajo

donde paguen pesetas sin mirar a quién?

-Pues, si no tiene usted inconveniente, ahora que lo pienso,

en las cuadras donde trabajaba el Pablico.

Allí siempre necesitan mozos de carga.

-O de mamporrero.

-A mí es que los caballos me dan bastante respeto.

-Si los caballos son como los perros,

pero en grandes. ¿Y no decías que ganarte unas pesetillas

era lo más importante? Claro, así pues te podías

quedar conmigo.

-Pues nada, las cuadras se ha dicho.

Venga.

Tómate el tranquilizante que te ha recetado el doctor.

No, gracias.

No quiero seguir en la cama

sin enterarme de lo que sucede a mi alrededor.

Nada sucede y nada sucederá hasta que no mejores.

Has sufrido mucho y no te recuperarás de la noche a la mañana.

Así podría haber sido si hubiera encontrado algo de...

No ya de felicidad, pero de esperanza quizá.

Pero no.

Me he encontrado con mi vida agostada para siempre.

Necesito estar consciente, en mis cabales, necesito pensar.

Pues ya lo harás más adelante.

Si pudieras pensar con lucidez,

el doctor no te habría recomendado descanso y distancia.

¿Y tú crees que aún me sigue queriendo?

Pues no lo sé, Elvira, eso solo puede saberlo él.

Sé que se ha casado,

punto final. No somos como el resto del mundo.

Lo que me atormenta es saber si se ha casado enamorado.

¿Es que no me quería tanto como yo a él?

Él te creía perdida para siempre, muerta.

Yo tuve mis más y mis menos con él, también pensaba como tú.

Pero, al final, me di cuenta de que debía aceptar

que él tenía que rehacer su vida. Yo jamás de los jamases

me habría casado con otro, ni aunque Simón hubiera muerto.

Le quería, le quiero tanto...

Más allá de la muerte, el tiempo y la distancia.

Elvira, por favor, que ya no somos unas niñas.

Soy una mujer.

Una mujer que amó y que ama.

¿Qué soñará él, qué sentirá?

No sé si debería decirte esto,

pero...

Pero se rebeló.

Se rebeló contra la idea de tu muerte,

de no volver a verte nunca,

se enfrentó a tu padre,

y hubiese hecho todo por ti. Dime, ¿qué hizo?

¿Estuvo a punto de enloquecer, como yo?

Parecía otro.

Se notaba en su cara que...

Que tenía el alma rota.

Buscó a tu padre y le acusó como un loco.

Pero, al final, los enredos del coronel

hicieron que...

Que se rindiera.

Consiguió que me olvidara.

¿Qué siente Adela por Simón?

¿Le quiere de verdad? Lo que siente Adela por Simón

no es amor, estoy segura de ello, es una obsesión.

Se cree que vive en un cuento, pero nada es real.

El amor es algo más...

Convulso.

Espero que el señorito cuide bien de mi ropa.

Solo tengo dos mudas en condiciones. -Descuida, que le diré a la Lola

que la limpie sin lejía y sin paletadas.

Total, solo se la va a poner una vez, hasta encontrar faena.

-No le arriendo yo las ganancias al señorito

rastrillando mierda de jaco.

-Por una vez en la vida, no le vendrá mal mancharse las manos

con algo que no sea dinero. Por cierto, hablando de señores,

¿te has dado cuenta de lo caprichosa que está doña Rosina?

No hay quien la aguante.

-Eh, parejita.

¿Echamos un ratito ahí, en el quiosco?

-Para chasco que sí.

Bueno, usted dirá, señora Fabiana.

-Nada, que me aburro.

-A otro perro con ese hueso, Fabiana.

Que no es usted de las que se aplica la cháchara en balde.

-Ay, bien que me conocéis, ladrones.

Pues sí, sí que tenía que pediros un favor, sí.

Sobre todo a ti, Martín, que sabes de letras.

-Lo que necesite.

Es que he recibido un regalito

de Marcelo.

Un regalito con una nota.

Y como una no sabe juntar la P con la A, como quien dice...

-Traiga, traiga, que yo se lo descifro.

-Martín, te he elegido a ti

porque sé que eres discreto. Y tú también, Casilda.

-Sí. Bueno, ¿y qué es lo que le ha mandado?

-Es lo que intento alcanzar.

Me ha mandado

un retrato

con un tranvía de esos que cuelgan en el hilo-alambre,

y una piedra más negra que el corazón

de Barrabás.

A ver si ahora ahí, en la nota, lo aclara.

-Venga, Martín, léela.

(CON ACENTO ITALIANO) "Querida Fabiana...".

(SIN ACENTO ITALIANO) "Recogí un día esa piedra

en un rompiente mediterráneo".

"Es del Vesubio,

un volcán que adoro".

"Se puede subir a lo alto en ese funicular

que aparece en el retrato".

"Sueño con devolver la piedra al cráter de donde salió,

y sueño en hacerlo contigo".

"Querría que fuera tu mano la que entregara al Vesubio su hijo".

"Iré a escuchar tu respuesta dentro de dos días".

-¿Qué hijo?

-Yo no me he enterado de la misa a la media. Ni siquiera sé

lo que es un Vesubio.

-Pero qué bruta eres, Casilda, si hasta eso yo me lo sé.

-Ah. -Ahora, las cosas como son,

yo de lo demás, ni papa.

¿Tú te has coscado de algo más, Martín?

-Lo que quiere el italiano es que le acompañe al volcán,

que se suba en ese invento llamado funicular

y devuelva la piedra.

-Anda, anda, anda.

¿Y eso no os parece una "tontá"?

-Pues anda que no es usted una pícara, señora Fabiana.

"Osease", la invita a la Italia un caballero elegante

y más bonito que un San Luis, ¿y se pone remilgada?

-Empapado está

con su perfume de él. -¿Del Marcelo?

Traiga.

Pues sí, esto huele muy bien.

Esto la hace a una soñar con desayunos con bollos.

-¡Eh, eh, eh!

Menos sueños, eh.

Aunque el aroma tiene su aquel, eh. -¿A que sí?

-Fabiana, yo no me negaba tan pronto a irme a Italia, eh. Piénseselo.

-¿Y te crees que no me lo pienso?

-Pues acelérese los sesos, que en dos días se planta aquí.

-Bueno...

¿No tenéis faena?

¿Cómo está don Samuel, señora?

-Sin variación.

Eso sí, Blanca, ya ves tú,

no se separa de su lado.

Después de traicionarle.

Organizamos una buena conjura tú y yo.

Blanca y los hermanos Alday

se comportaron como mis títeres.

-Me alegro de que esté usted tan contenta, señora.

-El amor trastorna a las personas,

las convierte en imbéciles,

les roba la voluntad y la cordura.

Si no, fíjate en ellos tres,

incapaces de reaccionar, neutralizados.

-Ya le digo que me alegro.

¿Pero cuándo terminará esto, señora?

-Te sientes atada, ¿sí?

Echas de menos la libertad de cuando eras señora.

No es lo mismo estar abajo.

-No, señora.

-Pues tendrás que hacerte a la idea,

porque ni yo volveré a bajar

ni tú volverás a subir nunca más.

Se me olvidaba, vamos al despacho de mi marido.

¿Busca ese cuaderno? -Sí.

Y lo encontraré,

aunque tenga que ponerlo todo patas arriba.

No es que tenga inquietud alguna, todo va viento en popa.

Pero nunca está de más

tener un arma secreta.

-¿Y qué clase de arma puede esconderse en un cuaderno?

-Información, conocimiento, la sangre del poder.

Intuyo que en ese cuaderno Jaime escribió algo para sus hijos,

algo que podría hacerlos fuertes,

algo relacionado con ese colgante al que llaman Ana.

-¿Y podrá descifrarlo?

-Por supuesto.

Presumo además,

por lo que vi escrito,

que una clave se esconde en esa caja fuerte,

una clave que puede relacionar cifras y datos.

Lo encontraré,

no te quepa la menor duda.

Casilda, ¿dónde le has metido? -¿Dónde quieres? En tu habitación.

-¿Y lleva mucho tiempo ahí? -Un ratillo.

-¡Uy!

-¿De verdad hay que vestir así para trabajar?

-Pues no sé de qué te quejas,

si vas muy galán. -Sí.

Y parece usted más fornido y más capaz de cargar bultos.

-Galán y fornido. Lo que voy es hecho un mamarracho.

-Pues la verdad es que sí, hijo mío.

-Que no, que yo no te engaño.

Vas la mar de guapo. Ya quisieran muchos mozos del mercado

faenar con esas pintas.

-Lolita, que te conozco los gestos

y la risa te viene de dentro. Voy hecho un adefesio.

-Pues la verdad es que sí, para qué nos vamos a engañar.

No sé si me hubiera fijado en ti con esas guisas.

-No sé a qué viene tanta risa, la idea fue vuestra.

-Sí, pero si le estamos dando la razón.

¿Que parece un adefesio? Para chasco que sí.

No entiendo por qué se molesta.

-Menos bromas, que el asunto es muy serio. Y como sigáis así,

me cojo el portante y me voy a la mina.

Y a ti la pena no se te va en la vida.

-¡Arrea! No tiene abuela

el señorito. -Déjate de barbaridades.

¿Dónde vas a ir que más valgas?

Y además, verás como te dan esa faena,

por mamarracho que vayas. -"Ende luego" que sí.

Debería darnos las gracias, tienes pinta de necesitar faena.

-Y ya verás como el trabajo es muy bonico,

con sus jamelgos, sus prados... -Su olor

a boñiga...

-¿Cómo?

(LAS DOS) A mierda.

-¿Qué se creía usted, don Antoñito? El mozo que entra

nuevo a la cuadra es el que se encarga

de peinar las crines y recoger los cagarros.

-¿Cómo cagarros? ¿Qué cagarros? -Los que suelta el caballo.

-A mí nadie me ha dicho nada de recoger cagarros.

-¿Nadie le ha enseñado que los caballos cagan?

-Muy graciosa, Casilda,

y fina también. -Que no se te caigan los anillos.

Alguien tiene que hacerlo.

Además, ¿tú no decías que conmigo pan y cebolla?

Pues eso.

-Bueno, está bien.

Iré a trabajar de mozo de caballos, pero por ti, Lolita.

-Ese es mi Antoñito.

-Criatura...

¡Samuel!

Has despertado.

Es lo que esperaban los doctores.

¿Cómo te encuentras?

¿Estás bien? -No me toques.

-Sé que te debo una disculpa.

Estaba esperando aquí para cuidarte

y obtener tu perdón. -Cállate.

-Lo siento de veras.

Nunca he querido hacerte daño, es que ni yo misma sé lo que siento.

-Deja de decir idioteces.

¿Quién te has creído que soy, un memo?

¿Por qué quieres seguir engañándome?

-Te estoy diciendo la verdad.

Es lo que siento.

-¿Como sentías que me querías?

Siempre he odiado la traición.

Y ahora te odio a ti.

-Por favor,

no me perdones,

pero déjame cuidarte, déjame estar a tu lado,

déjame restañar la herida. -¡Márchate!

Eres una...

Eres una cualquiera.

Samuel se las ha ingeniado muy bien escondiendo ese maldito cuaderno.

No doy con él.

¿Qué hace ahí esa maldita moneda?

-¿Qué moneda, señora?

-¿Qué moneda, señora? ¡Esta moneda!

¿Quién la ha puesto ahí?

No estaba cuando hemos entrado en el despacho.

¡No te hagas la idiota!

-Le aseguro que no tengo nada que ver.

No sabía que existiera.

-¿Te estás riendo de mí?

-No se me ocurriría.

Yo no he sido, señora.

Si quiere, se lo juro, pero no la pague conmigo.

-¡Dime la verdad o te arrepentirás!

-Ya se la he dicho.

¡Yo no sé nada de monedas!

Tenga compasión de mí.

-Revisa bien todas las puertas, las ventanas,

cualquier rendija por donde pudo entrar una persona.

Si no has sido tú,

alguien ha profanado mi hogar.

1881.

Gracias, Lolita, hija.

¡Mmm!

Qué buenos que están estos.

Haz el favor, acércale uno a Elvira y deja el resto aquí,

que luego me comeré otro.

-Con mucho gusto, doña Trini. -¿Le sirvo, señorita?

-No, gracias. No tengo apetito. Con la manzanilla

me conformo.

Tendría que haber hablado con Elvira. -Luisi, hija,

yo entiendo cómo te sientes,

pero deja de pensar en ella, aunque sea un momento.

Ramón, querido, ¿por qué no te vienes aquí, te sientas

y merendamos? -No tengo ganas de merendar.

Gracias.

-¿Ni siquiera quiere un café?

-¿Qué ocurre? ¿Esperas a alguien? -No.

Lo que se dice esperar, no.

Me pregunto dónde andará Antoñito. -Bueno, querido,

salió a buscar empleo, siéntete orgulloso.

(Puerta cerrándose)

Dios mío, qué peste.

-Hueles como una cuadra. -¿Qué haces con esas pintas?

-Luego os lo cuento con detalle,

tengo más hambre que el perro de un ciego.

-Te levantas y te vas a lavar, vamos. -Es el día más desastroso

de mi vida. No puedo negar

que me dieron empleo, pero limpiando cuadras.

Si lo mío os parece peste,

tendrías que haber estado allí.

A los dos minutos, la primera arcada. Y a los cinco, estaba vomitando.

-¡Ay!

-Hasta los caballos relinchaban del asco.

Total, que el capataz me ha despedido

sin más miramientos.

-No sabes nada de la vida

ni de lo que la gente hace para ganarse la vida.

Mejor que vuelvas al yacimiento y te olvides de esta farsa.

-Padre tiene razón.

En el yacimiento nadie te despedirá, eres el hijo del propietario.

-Si lleva un día buscando faena. No puede rendirse.

-Lolita...

-Una criada debería saber mantener la boca cerrada en estos casos.

Son asuntos de familia.

-Ramón, querido,

la muchacha solo ha dicho la verdad.

-Y tú decías que era discreta.

-No saque las cosas de quicio.

Sabe que Lolita no es una mera criada.

-Lo me digas lo que Lolita es

o deja de ser. No quiero saber más sobre esto.

-Padre, le devolveré hasta el último céntimo,

pero trabajando aquí, en la ciudad,

y no en el estercolero de su yacimiento.

Y que sepa que jamás va a lograr separarme de Lolita.

¿Y cómo se encuentra Felipe?

-Pues sigue en el hospital. Evoluciona bien, pero despacio.

-Me alegro.

Le traje los guantes que encargó en la sastrería.

-Gracias.

-¿Le importa que me quede a esperar a mi marido?

-Ni mucho menos. Está en un recado, pero no tardará.

Siéntese, por favor. Así podemos aprovechar

para hablar.

Había pensando en preguntarle a usted antes,

pero no me atrevía, no quería parecer chismosa.

Pero si desea contar...

-Pues no ha sido fácil, doña Celia.

Comenzar mi vida de casada con el fantasma de Elvira rondando,

ya se me antojaba complicado, pero ahora, tenerla aquí,

viva, cerca...

-Me lo imagino. Para usted debe de ser como una losa.

-Pero no quiero que piense

que le deseo mal a Elvira. -No, no,

ni se me había ocurrido. Es usted una buena mujer.

Créame, la compadezco.

-¿Que me compadece?

Entonces usted también cree que mi matrimonio está en peligro.

-Yo no he dicho eso. -No, no lo ha dicho, pero lo pensará,

como todos.

Mire, yo no me puedo dejar llevar.

En otras ocasiones, solía construir ilusiones, falsas realidades,

pero ahora no quiero fantasear.

Hay mucho en juego y tengo que estar alerta.

-Sobre todo no abandone, Adela.

Luche y pelee por lo que desea.

(Puerta cerrándose)

Debe de ser Simón.

Señoras...

-Excúseme, me he dado cuenta

de que no tengo nada que dar de cenar a mi marido.

Perdone.

Probablemente sea meterme en asuntos ajenos, Simón,

pero considero mi obligación

decirle que su esposa sufre, y mucho.

-Lo sé.

Y le aseguro que por nada del mundo querría hacerle daño. La estimo.

-¿Y a Elvira?

Perdón.

-No, no, no, está bien, está bien, señora.

Como usted bien sospecha,

amo a Elvira.

Cada amor es distinto, por supuesto,

pero las quiero a las dos.

Puede que no lo comprenda.

-Lo comprendo, Simón, quizá mejor de lo que cree.

Sigue muy débil

y cada vez más nerviosa.

No quiere tomarse el tranquilizante y apenas ha comido.

-¿Está preguntando por Simón?

-Sí, sí que pregunta por Simón.

Casi es su único tema de conversación.

Se nota que cada hora que pasa está peor.

-¿Qué dice de él?

-Pues que si yo también creo que se ha olvidado de ella.

Imagínate la papeleta. No quiero darle esperanzas

con un hombre casado, pero tampoco que desespere.

-La verdad que no sé ni cómo ayudarte.

-Pues es que no hay manera, Víctor.

Hace un rato se ha puesto a llorar, pidiendo verse a solas con Simón.

Si lo dice en la calle, se forma un escándalo.

-Sería bueno que se vieran a solas.

Simón también está desesperado. Se presenta cada cuarto de hora

en la chocolatería para ver cómo sigue.

-Y Adela eso

también debe notarlo. -Claro.

-Debe sentirse, ya no celosa,

pero sí engañada.

-No tiene buena pinta el asunto.

Veremos a ver cómo acaba.

Llamad a Simón, por favor. Que venga, que venga enseguida.

Estaba delante cuando conté mis andanzas,

pero él no ha dicho nada.

¿Acaso no le importo?

¿Mis padeceres no le conmueven?

¡Debe explicarme por qué se ha casado!

Elvira, por favor, tranquilízate.

No puedes salir y dejar volar tu imaginación.

Se casó por las mentiras de tu padre.

Es verdad, quieres decir que me olvidó.

Yo no he dicho eso,

pero sí desesperó. Por favor, dejemos el tema.

Debes tomarte el tranquilizante y comer.

¡No quiero comida ni medicamentos! ¡Quiero a Simón, verle!

Víctor, por lo que más quieras, dile que venga.

Tráemelo.

No creo que ahora mismo...

¡Tengo que ver a Simón!

Perdón, señora, perdón.

-Simón,

creo que debería marcharse a casa, con su esposa.

-Gracias.

¡Simón, baja, por favor!

¡Simón, necesito verte!

Voy a ver qué sucede. -Simón,

debería contenerse. ¡Simón, sé que me estás oyendo!

Elvira, tranquila. -Si ya no está en el altillo.

¡Me da igual! ¡Simón!

-Elvira, nos vas a meter en un compromiso a todos.

Poco me importa lo que digan. ¡Simón!

Simón, ¿por qué me has hecho esto?

Yo te quiero, aún te quiero.

Elvira...

Ven aquí.

Venga, vamos para dentro.

Me comentó que era usted aficionado a la numismática.

-Es mi padre el especialista.

Yo solo sé algunas cosas que él me enseñó.

-Me gustaría hacerle algunas preguntas.

No le restaré mucho tiempo.

Rosina tardará todavía unos minutos en salir de la iglesia.

-Está bien, dígame en qué puedo ayudarla.

-Quería mostrarle unas monedas similares a las que ya vio.

Las he ido recopilando

durante un tiempo.

-¡Uh! -"Claro que Lolita"

es una buena chica y que no se merece lo que le va a ocurrir,

pero no es para ser la señora de Palacios.

Y además, me tiene muy preocupado. A la postre,

la que más perjudicada va a salir de todo esto es ella.

-Que no, Ramón, nada de eso,

esta historia no tiene por qué salir mal.

-No es un folletín en el que todo acaba bien.

El sol no se puede tapar con un dedo.

Antoñito y Lolita son de mundos diferentes,

no tienen que ver, ningún futuro.

-"Me contó Víctor"

que el coronel secuestró a su hija

y que montó toda esta comedia para fingir su muerte.

-Así que, el único culpable de que la chica esté perdiendo la razón

y que no haya consumado su verdadero amor es él.

-Y nosotros guardando el duelo

como unos panolis. Ese hombre no tiene perdón de Dios.

-Menudo demonio. Lo que teníamos que hacer

es darle un escarmiento. ¡Me metes los dedos en las costillas!

-Mira quién baja del carruaje.

-Si hemos llegado hasta esta situación,

es porque no le dijiste a Samuel la verdad.

-Estás siendo muy mezquino, Diego. -Contéstame.

¿Por qué no te sinceraste con Samuel?

¿Por qué no le contaste lo que sentíamos?

¿Por qué no fuiste capaz de defender nuestro amor?

Es que ya ni siquiera sé si de verdad me amas.

-"Quiero ver a mi hija".

-Perdone, don Ramón, que se me ha colado.

-Se avecina tormenta. -¿Dónde está Elvira?

¿La tienen en esta casa?

-Sí, pero no pienso dejarle verla, se ponga usted como se ponga.

-No tiene derecho a impedirlo.

-Claro que lo tengo. Está usted en mi casa.

-Don Ramón, yo no quiero importunarle.

Quiero llevarme a mi hija. -"Estoy consultando"

para ver qué podemos hacer.

Pero no quiero darle esperanzas.

-No sé cómo se lo tomará mi hija. -Al menos, ayer pudo hablar con él,

acompañarle mientras estaba consciente.

Hoy no la he visto por aquí.

-No lo entiendo.

Tenía la pretensión de no alejarse de su lado.

-No, no se apure.

No quería compañía de nadie.

Reaccionó mal cuando le comenté que debía contar con Diego

en estos momentos de zozobra. -"Has estado muy vehemente".

Acertada, pero exaltada.

Pues no se merece menos.

Ojalá se estilara aún la picota, para exponerlo en la plaza,

con todo el mundo. -Deberías atemperar tus ánimos.

Últimamente estás a la que salta.

-¿Tú también te vas a poner en mi contra?

-Por supuesto que no. Solo digo que estás desasosegada,

nada más.

-¡Y muy sensible!

-"Menos zalamerías y más ahínco con tu tarea. Hala".

Pues dame, aunque sea, un trozo de tarta.

Yo venía buscando algo dulce,

pero si no puede ser contigo, tendrá que ser con otra cosa.

-Menos caprichos y no me seas plomo.

¿No ves que aquí todo es amargo?

Eres más caprichoso que un infante.

Anda, déjame trabajar en paz.

-Sí, porque te has levantado con el pie izquierdo.

-"Susana me pide que le mantenga ocupado".

No ve con buenos ojos que se entere de que el coronel ha regresado.

-Bueno, tú descuida, que entre todos intentaremos ocultárselo,

aunque por poco tiempo.

-Cuanto más, mejor.

La sastra le tiene enorme aprecio y quiere ganar tiempo

para preservar su matrimonio con Adela a toda costa.

-Pero con lo cotillas que son en el barrio, será cuestión de horas.

-Ya. La llegada del coronel Valverde

ha caído como una bomba.

(Puerta)

¿Quién anda ahí?

Señorita Blanca, ¿ha regresado ya?

Tengo que darle un recado.

Toda la noche la pasé buscándola y nadie me dio razón de usted.

Me sorprende, Gayarre.

Pensaba que tardaría menos en presentarse en mi casa.

Lo primero es lo primero.

Tengo que felicitarle por su boda.

No sea niño.

Si hay alguien en la casa, que sepa que voy armada.

  • Capítulo 613

Acacias 38 - Capítulo 613

02 oct 2017

Ramón plantea mandar a Lolita a servir a otra casa, pero Trini se niega. Simón va a visitar a Elvira y ella cuenta todo lo ocurrido durante su ausencia. Celia advierte a Simón de que Adela está sufriendo. Blanca reconoce sus dudas sentimentales ante Leonor. Úrsula se propone buscar el cuaderno de Jaime, pero en su lugar encuentra otra moneda... Samuel despierta en el hospital y echa a Blanca de su habitación; no puede perdonarla. Además, comienza a sufrir problemas de visión.

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