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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 612 - ver ahora
Transcripción completa

Vamos.

"Aguarda. ¿Ya es de día?".

-Sí, mi amor.

-Pero, entonces, es que he vencido a la maldición.

Que no me he muerto.

¡Ay!

Blanca, te amo.

Te amo como nunca imaginé que se podía amar.

-"Diego y Blanca están juntos en la casa".

¿Y Samuel?

-Acabo de verla entrar.

-Todo está saliendo como planeé. -"Vete".

¡Vete, ¿no me oyes?! ¡Déjame sola!

(Puerta que se cierra)

-Diego.

-Esa moneda no aparece en curso.

-1871.

¿No vas a hacer nada, cobarde?

-No voy a levantar mi mano contra ti.

-¡No me has tratado como tal! -Samuel, déjalo.

-¡Cállate, zorra! -No la insultes.

-¡No, por favor! -¡Vamos, defiéndete!

-"Hoy comienza mi vida".

Tú me has dado la felicidad que nunca imaginé que tendría.

Voy a pagártelo... amándote.

Y siéndote fiel hasta el último día de mi vida.

-Y eso haré yo también.

Simón.

Se nota que ella está loquita por él.

-Pero ¿no te acuerdas de nuestra boda?

Yo estaba que bebía los vientos por ti.

Deseando estaba que terminara todo para quedarme a solas contigo.

-Que estamos en la iglesia.

-¿Tú qué te crees, que el día que te cases,

tu esposo no te va a encerrar con llave?

María Luisa de su vida.

-Eso será si le dejo.

Pero mejor le encierro yo a él y no le dejo salir

hasta que tengamos gemelos. -¡Uh!

-Descarada. -Pero si han empezado ustedes.

Qué casamiento más lucido, Martín. No como el nuestro, ahí,

en prisión, y tú esperando a que te dieran el garrote vil.

-Las circunstancias, mujer.

Ya que sean ellos la mitad de felices

que somos nosotros, ¿eh?

-Servando,...

¿está usted llorando?

-¿Yo qué voy a llorar?

Será una mota de polvo que me ha entrado.

En las iglesias hay... polvo de 100 años en suspensión.

-A mí me va a engañar usted.

Se acuerda de su Paciencia, ¿verdad? -Sí.

¿Qué estará haciendo allí, en las Antillas?

Con lo que le gustaba a ella una boda.

Iba a disfrutar aquí,

más que un cochino en el barro, con perdón de los presentes.

-Ni que a usted no le gustara.

-Ya, pero...

a mí me gustan por los canapés de luego nada más.

Nuestra boda fue más bonita.

-Pero ¿cómo va a ser más bonita?

Si fue a escondidas, sin invitados y en una iglesia de pueblo.

-Pero yo iba más guapa. -Eso sí.

Eras la novia más guapa de España. -Callen,

que empieza otra vez.

Simón, te quiero más que a nada en el mundo.

(TODOS APLAUDEN)

-(TODOS) Demos gracias al Señor.

-Yo os declaro marido y mujer. Podéis besaros.

¡No!

Elvira.

¡Elvira!

-¡Ah!

Samuel, despierta, por favor.

Está sangrando. Lo has matado, va a morir.

-No, no, no puede ser.

-Ha muerto.

-Ha sido un golpe, no me dejó otra opción.

Vamos...

Vamos a levantarle la cabeza. Ayúdame.

Tiene pulso.

Blanca,... está vivo. -No por mucho tiempo.

Se ha golpeado la cabeza y no reacciona.

-Corre, ve a buscar ayuda.

-¿Dónde voy?

-Los vecinos están en la iglesia.

Ve allí. Que venga un médico. Yo me quedo con él.

¡Venga, corre!

Samuel.

Samuel, soy Diego.

Samuel, aguanta.

Samuel, no me puedes hacer esto.

Samuel, no te puedes morir.

Yo no quería golpearte.

Tú me obligaste.

Samuel, eres mi hermano pequeño.

Mi hermanito.

Por mucho que nos hayamos peleado a lo largo de la vida,

sabes que te quiero más que a nadie.

Daría mi vida por salvar la tuya.

Alguien paga a esa camarera para que tenga la boca cerrada.

No me creo que no sepa nada de la moneda.

Pero me enteraré, y se arrepentirá.

-No sé por qué le altera tanto esa moneda.

Es una moneda vieja.

-Lo que a mí me altere o no me altere es cosa mía.

-Disculpe, solo quería ayudar.

-Ayudas cumpliendo mis órdenes. Esta moneda

tiene un significado. -¿Es española?

-Sí, claro que es española.

Parece que la boda ha terminado.

-Salen con malas caras.

-No conozco a los novios.

Pero sé que él es un mayordomo y ella una monja.

Vaya pareja. -Hace un tiempo,

él estuvo a punto de casarse con la hija del coronel Valverde.

-Sí. Eso lo sé.

No la amaría tanto cuando al cabo de cuatro días

está casándose con otra. Voy a saludar.

¿Te lo puedes creer?

-Buenas tardes.

Esperaba encontrarles

echando arroz a los novios.

-Qué va. Qué escándalo.

-¿Por qué, qué ha pasado?

-Ha aparecido la muerta. -¿Viva?

-No estoy muy segura, porque se ha caído redonda al suelo

al ver a su novio casarse con otra. -Madre, tampoco malmeta.

Solo se ha desmayado.

-Yo me acerco a por el médico. Espérame aquí, Liberto.

Perdón. Lo siento.

-Tenga, doña Úrsula.

Vaya con mucho cuidado con ella.

Se trata de una moneda de 1871.

-¿La conoce?

-Ya lo creo. Forma parte de una colección

que salió a lo largo de muchos años.

Creo que, concretamente fue una cada 10 años.

-¿Es usted experto en numismática?

-No. Tan solo soy un simple aficionado.

Mi padre sí que es un importante

coleccionista. -Muy interesante.

-Tal vez le haga algunas preguntas.

-Claro, cuando usted quiera. -¡Auxilio!

Necesitamos ayuda, Samuel está malherido.

Vengan rápido, por favor. -¿Qué ha ocurrido?

-Necesita un médico. Está arriba con Diego.

-Carmen, ve a buscar una ambulancia. -Vamos, tal vez podemos ayudar.

-Dios mío.

¿Dónde vas? Cuéntame lo que ha ocurrido.

Simón, ponla aquí.

Rápido. Cuidado.

-Sigo pensando que no teníamos que haberla movido de la iglesia.

-Sí, hombre, Ramón, va a estar mejor en el suelo de la iglesia

que en el calor de nuestra casa. -Lolita, ¿hay caldo?

-Sí, de jamón.

Con perdón. -Lolita, hija,

di para levantar a un desmayado o algo así.

-Trae una taza. Voy contigo a la cocina.

Un poco de alcohol rebajado con agua le sentará bien para las sienes.

A ver si recobra el conocimiento. Vamos.

-Elvira.

Elvira.

Elvira, ya estás a salvo, estás con nosotros.

Tienes que reponerte, vamos.

Estoy aquí a tu lado. Y estás viva.

-Necesita respirar. Vamos a abrir las ventanas.

-La hemos traído aquí para que esté en un lugar caliente

y tú quieres abrir las ventanas. -Hágame caso.

-Ramón, por favor, ayúdanos.

-Aquí está el alcohol.

La despejará.

Quita, Simón. -No, no, yo lo haré.

-Simón, será mucho mejor que lo haga doña Susana.

-Yo lo haré mejor.

-¿Y el médico?

-No lo sé. Víctor ha ido en su búsqueda.

No creo que tarde en venir. -Voy abajo a esperarlo,

no soporto estar sin hacer nada. -Espera, querido, te acompaño.

Simón.

Por fin estoy a tu lado.

-Resiste.

Resiste, Elvira, ya llega el médico.

-Aquí está el caldo calentito. Dos cucharadas y está dando saltos.

-Ya se lo doy yo.

Márchense todos. Necesita respirar.

-Yo me quedo.

-Tú tienes unos invitados que no saben lo que está pasando.

-No vamos a celebrar nada. Hay que anular el convite.

-Simón,... es el segundo convite de boda que anulas.

Tendrás que dar una explicación.

-¡No es momento para celebraciones! -Por favor, vámonos.

Tenemos que dar explicaciones a los invitados.

Por favor.

-¿Y Elvira? -No te preocupes

que Elvira no se va a mover de aquí.

Bueno, al menos parece que ya no sangra.

-Pero ha perdido mucha sangre.

-La ambulancia ya ha llegado. Los sanitarios están subiendo.

-Sí. Lo mejor será que lo llevemos al hospital, ¿verdad?

-Yo creo que es lo más sensato, sí.

-Podríamos ir bajándolo. -No.

Los sanitarios me han dicho que es mejor

que no lo toquen. Que ahora suben ellos con una camilla.

No quieren que un mal movimiento

pueda empeorar las cosas. -¿Y Blanca?

-Llegando, con Úrsula.

-Ahí vienen. Aquí.

Vamos, rápido. -Vamos.

-Aquí está.

Llévenselo.

Vayan con cuidado, lleva un golpe en la cabeza, está sangrando.

Con cuidado.

Espere. Ahí.

-No te preocupes.

Ya verás como se recupera pronto.

-Es injusto. Yo no quería hacerle daño.

-Diego,...

tendrás que contarme lo sucedido.

Blanca no me sabe dar razón.

-Ha sido un accidente, yo no... -Diego, tú no tuviste ninguna culpa.

No pudiste sujetarle,

eso es todo. -¿Sujetarle?

-Sí.

Samuel resbaló. Diego corrió para intentar evitar que Samuel cayera,

pero no llegó a tiempo y Samuel se dio con la cabeza en la mesa.

-¿Y esos golpes en la cara?

¿Os peleasteis?

-¿Una pelea?

No.

No, en absoluto. El golpe...

se le dio después del resbalón.

-Están bajando a Samuel para llevarlo al hospital.

Me preguntan si alguien quiere acompañarlo.

-Yo. Yo iré con él.

Gracias, Liberto.

-No. -¿Yo no puedo ir?

-Tan solo una persona, Blanca.

-Yo iré al hospital por mis propios medios,

corred.

¿Dónde habrá ido Víctor a por el médico?

Hace un rato ya que ha llegado una ambulancia a casa de doña Úrsula

y el nuestro sin venir. -No te enerves.

Seguro que hay una causa razonable.

-Lo que faltaba es

que después de haber sobrevivido a un naufragio

y a las cosas que le hayan podido pasar a esta moza,

le vaya a ocurrir algo ahora que ha regresado a casa.

-Elvira no está en peligro de muerte.

Lo que tiene se cura con buenos alimentos

y tres días durmiendo, y ya está.

¿Dónde habrá estado?

-Por la cara que traía, del mismísimo fin del mundo.

-Yo creo que ha estado más cerca que Estambul, fíjate lo que te digo.

Pero bueno, ya nos enteraremos.

-¿Y el padre? Ya sería mala suerte

que no esté aquí

justo cuando su hija regresa a casa.

-O buena, Ramón. Vete tú a saber.

-Los hijos, no hacen otra cosa

más que darnos disgustos.

Ojalá que Antoñito vuelva de la mina

hecho un hombre de provecho.

-Ramón, querido,...

necesito que no te alteres, ¿eh?

Y que te gires con tranquilidad,

que aún te puede dar un síncope.

-Pero ¡¿tú qué haces aquí?!

-¿Esa es forma de recibir al hijo pródigo?

Un abrazo. -Tú y yo teníamos un trato.

Tú tenías que estar en la mina.

-No montes un escándalo. Mejor hablamos en casa, ¿eh?

-Padre, he decidido ganarme la vida de forma honrada.

Pero quiero hacerlo aquí, en Acacias.

Aquí está lo más importante para mí.

-Claro que sí, claro que sí, Antoñito.

Di que sí, tu familia, te has dado cuenta, muy bien.

¿Lo ves, Ramón? ¿Ves como ha aprendido la lección?

-No, doña Trini,

no hablo de mi familia. Hablo de la mujer a la que amo.

Y a la que quiero dedicar mi vida.

-Pero,... ¿de qué estás hablando? ¿Qué mujer es esa?

Antoñito, no me enerves más de lo que estoy ya, ¿eh?

-Por primera vez quiero actuar como un adulto.

Quiero coger el toro por los cuernos.

Amo a Lolita.

Y quiero casarme con ella.

-¿A quién?

-A Lolita, ha oído bien.

-¿La criada?

-Si ella me acepta, yo la haré mi esposa.

-Tú no entras en mi casa, ¿eh?

Tú no entras en mi casa. -Ramón, tranquilidad, ¿eh?

Tranquilo.

-Aquí está el médico. Perdonen el retraso.

-Pues... adelante.

Suban, que está Elvira esperando arriba.

Doctor, échele un ojo a mi esposo, creo que está mal del corazón.

-No es necesario, déjelo estar.

Lleváis varias horas aquí, Leonor.

Será mejor que Liberto

y tú volváis a casa. -No nos importa

quedarnos haciéndoos compañía. -Pero tu madre estará preocupada.

Hoy era un día importante en el barrio.

Habéis salido para ir a una boda, no para pasar el día en un hospital.

-Ay, la boda. No creo que se haya celebrado el banquete.

-¿Por qué?

-Es cierto, que tú no estabas en la iglesia y no te has percatado.

En cuanto el sacerdote declaró marido y mujer a Adela y a Simón,

apareció Elvira. -¿Elvira?

¿No estaba muerta? -No, está viva y bien viva.

Aunque se desmayó en la iglesia.

Cayó como...

fulminada. No sé qué habrá pasado.

-Más motivo para que os vayáis.

En cuanto haya noticias de Samuel, os haré saber.

Venga, de verdad, Leonor, no lo dudes.

-Sí, Liberto. Será mejor que nos marchemos.

-¿Estás segura?

Si lo deseas, podemos esperar a que venga el doctor

y nos dé su diagnóstico. -No, si aquí no podemos ayudar.

Y mi madre está.

-Está bien.

Diego, temple. Samuel es fuerte, se repondrá seguro.

-Fuerte, honesto, trabajador, sincero.

El que menos merece todo esto.

-Desde luego.

Yo lo merecería más que él.

¿No es así?

-Todos nosotros, antes que Samuel.

-Ninguno de los dos lo merece.

Diego, cualquier cosa que necesites, lo que sea,

no dudes en llamarme. -Gracias.

-Lo mismo digo.

Puedes contar con nosotros para lo que sea.

Espero que todo salga bien. -Gracias, Leonor.

-Blanca, ¿quieres que recemos un rosario por Samuel?

-No, madre.

Lo único que quiero es que el doctor venga a decirnos algo.

-Pobre Samuel.

No tiene ni quien le rece un rosario.

Toda una vida de sufrimientos... para acabar desnucado.

-Está... vivo.

¡Maldita sea, vivo!

Deje de hablar de él como si hubiese muerto.

-Doctor,

¿cómo está Samuel? -El paciente está grave.

Pero todavía no podemos decir nada definitivo sobre su estado.

Ha sufrido

una fuerte contusión. Quizá pueda tener secuelas.

-¿Qué tipo de secuelas?

-Es pronto para decirlo,...

hay que esperar a que su familiar despierte.

Solo entonces lo podremos saber. -Pero ¿está fuera de peligro?

-Sí. Sí, aparentemente sí, pero hay que esperar.

Quizá cuando despierte

esté en perfecto estado, quizá sufra

alguna amnesia de algún tipo o... -O nunca se recupere.

-Así es.

Siento no poder darles noticias más halagüeñas.

-"Muchísimas gracias por las recomendaciones".

Las seguiremos al pie de la letra.

¿Qué haces en la cocina, mi amor? -Es el único lugar

de esta casa de locos en el que se puede estar tranquilo.

-Ay, pobre Ramón, que ni en su casa puede estar tranquilo.

No puedes coger esos berrinches.

-Esto es una cosa de locos.

Los ingleses ya lo dicen bien clarito:

la casa de un hombre es su castillo. Pues esta casa,

ni castillo ni nada.

Es la taberna del puerto, la casa de Tócame Roque.

-No exageres, Ramón, por favor.

-Un hijo que se enamora de la criada,

una hija que sigue jugando

con su novio a los prometidos, que ya va siendo hora

de que se casen y nos dejen tranquilos.

-El día que se casen, los echarás de menos.

-Ni lo sueñes.

Pero es que ahí no acaba la cosa, ¿eh?

Resulta que una muerta que no estaba muerta, sino que estaba en Turquía,

resucita y está desmayada en mi salón.

Y se ha presentado

en mitad de la boda de un mayordomo y una novicia,

que también andan por aquí. -Y te olvidas de la sastre.

Voy a ver si llevan a Elvira a la habitación de invitados

y así reconquistamos el salón. O mejor aún,

nos vamos a encerrar en la alcoba

tú y yo. Y los demás que se apañen, ¿eh?

-Menos mal que a veces te hago caso de eso que me dices

e intento tomarme las cosas con más humor.

Trini,... estoy muy preocupado con Antoñito.

¿De verdad piensas que se quiere casar con Lolita?

-Ramón,...

tú mejor que nadie sabes que el amor no entiende de cunas.

-Pero es que Antoñito estropea todo lo que toca.

Hazme caso, ya lo veremos.

-Que no.

-Ay, no sabía que estaban aquí.

Vengo a por un vaso de agua para Elvira.

¿Le ocurre algo, padre?

Le noto tristón.

-Tu hermano,

que ha dejado el trabajo

en la mina y ha vuelto a Acacias. Dice que quiere casarse con Lolita.

-¿Y aún le sorprenden las ocurrencias de mi hermano?

Yo estoy curada de espanto. -¿Tú sabías algo de esto?

-No. Pero me lo podía imaginar.

¿Y usted, Trini? No me diga que no sabía nada.

-Bueno, a mí lo cierto es que de nuevas tampoco me coge.

-¿Soy el último en enterarme de todo?

¿Es que se me ocultan las cosas en mi propia casa?

Me voy a mi dormitorio.

Haz el favor de decirle a todas esas huestes

que están ocupando mi salón que no hagan ruido,

si es que todavía puedo mandar algo en mi propia casa.

-Un día le va a dar un infarto.

-Esperemos que no.

Lo peor es que solo así sabremos lo bueno que es.

Voy a ver si consigo calmarlo.

Yo lo único que sé, Fabiana, es que somos gafes.

Casamiento al que vamos, casamiento que se suspende el convite.

-Peor lo pasan los novios.

-Si me río por no llorar.

Que cuando subieron a la señorita Elvira a casa de doña Trini,

la pobre estaba más para allá que para acá.

-Mal lo ha tenido que pasar la moza. Que si viva, que si muerta.

Que si perdida por esos mares de Dios.

A ver qué hace Simón ahora que ya está aquí.

-Ay, pobrecillo. Tiene que tener el magín hecho un lío.

-Es que el amor, a veces, no da más que quebraderos de cabeza, hija.

-Pues que no le dé a usted tantos.

Lo que tiene que hacer es darle un "sí" al italiano.

Y así, el Marcello y usted nos harían creer más en el amor.

-No seas indiscreta, Lolita.

Que de lo del italiano nadie debería saber nada.

Y a todo esto,...

¿no es ese de ahí el señorito Palacios?

-Pero ¿qué haces aquí, escuernacabras?

Si te pilla tu padre se arma la de san Quintín.

-Mi padre ya me ha visto. -¿Y qué ha pasado?

-Pues que no le ha hecho ni pizca de gracia.

Pero bueno, al menos a ti sí que te la ha hecho, ¿no?

-Uy. Quieto parado. ¿No querrás que te dé un mamporro?

-¿Y dónde piensa usted pasar la noche,

señorito? Mire que ya ha oscurecido.

-Había pensado en pedirle cobijo en el altillo.

-No. Ni hablar.

-Fabiana, aunque solo sea en el cuartito de las humedades.

-Que no. -Uy.

-Que en los problemas de los señores, los puntapiés se dan

en el trasero de los criados.

Y ahora ya, me subo. Y tú no tardes, zagala.

-¿Y ahora qué?

-Pues yo, después de haberle contado a mi padre de nuestra relación,

no pienso subir a casa.

-¿Qué? ¿Que se lo has contado a tu padre?

Pero... Ay, madre mía.

Has perdido el poco juicio que tienes.

-Eres mi reina mora, y quiero que lo sepa todo el mundo, ¿qué pasa?

-Poco a poco, que se llega más lejos, hombre.

Ahora, ¿con qué cara le miro yo al servirle el desayuno a tu padre?

-Con la de siempre. que es bien bonita, Lolita.

Está enfadado conmigo, no contigo.

Ahora, lo único importante es encontrar un sitio para dormir

esta noche.

-¿Y no puedes ir a una pensión?

-¿Con mi fama? No.

Nadie me fiaría. Pero me voy a dormir a un banco.

Tú sube.

Descansa y mañana hablamos.

-Antoñito.

Que si tú duermes en un banco, pues yo, contigo.

Ea.

-(ANTOÑITO RÍE) -Cállate.

(Ruidos)

¿Aún no se ha marchado a dormir? -Estaba esperando veros llegar.

¿Cómo está Elvira?

-Se ha quedado en casa de los Palacios.

En la habitación de invitados.

-Está muy débil. Pero el médico ha dicho

que con descanso mejorará.

-¿Ha dicho algo de estos últimos meses?

-No, nada.

Pero es que ha estado consciente muy pocos minutos.

Supongo que durante los próximos días nos iremos enterando.

-Iré a quitarme el vestido

y a cambiarme.

-¿Necesitas ayuda?

-No, no se preocupe, puedo sola.

-¿Te hago algo de cenar?

-No, gracias, tengo el estómago un poco cerrado por...

las emociones.

Disculpadme.

-¿Qué vas a hacer?

-No lo sé. Es muy injusto, madre.

-Adela es tu esposa.

-¿Cree que no lo sé?

¿Cree que no es algo que lleva... horas clavado en mi corazón?

-Ten cuidado.

No le hagas daño a tu esposa. Es lo único que te digo.

Necesitas cenar algo. Voy a preparártelo.

-¿Vas a volver a casa de los Palacios para ver cómo está Elvira?

-No.

Es nuestra noche de bodas y, aunque...

nada haya salido como esperábamos,...

no voy a dejarte sola.

-Entiendo que estés preocupado por Elvira.

Tendremos que dar gracias a Dios por su aparición con vida.

-Eres... muy bondadosa.

-¿Vienes a la alcoba?

-Antes voy a cenar.

-Pero no tardes.

Es nuestra noche de bodas y... deseo a mi esposo

en el lecho conmigo.

Despierta, bella durmiente.

-Uy.

Cinco minutitos más. -No, venga,

que ya han pasado las burras de leche.

-He soñado que me dormía en el suelo.

Y es que he dormido en el suelo.

Uy. Uh, me duele todo el cuerpo.

Estoy como si me hubieran dado una somanta palos.

-Pues imagínate yo, que no estoy hecho

a estas incomodidades.

Tenemos que encontrar la forma

de dormir en una cama.

Imagínate,

los dos juntitos en una cama.

-Ni se te ocurra pensar

en cochinadas conmigo, sinvergüenza.

Estamos en plena rúe. -No, Lolita, somos...

dos mendigos que se aman y que viven en la calle, ¿cuál es el problema?

Además, que a estas horas ¿quién nos va a ver?

-Por ahí viene tu padre, si te parece poco que nos vea él.

Yo me voy al altillo,

a asearme y a currar.

Hale, suerte y al toro.

¿Qué haces tú aquí?

¿No habrás dormido en el parque?

-Bueno, no se duerme tan mal. No se lo recomiendo, pero...

tampoco es para tanto.

Ya ve,

me apellido Palacios y he dormido en la calle.

-Eres la vergüenza de los Palacios.

-Ya. Lo sé, padre,

no se crea que no me he dado cuenta.

Y ahora, si me disculpa,

voy a coger la toalla para lavarme la cara en la fuente.

-Puedes volver a casa y asearte como es debido.

-Gracias, padre.

-También puedes volver a instalarte en tu habitación.

-Se lo agradezco. -No tomes esto como un perdón.

Lo hago...

para evitarme la humillación que me supone ver a un hijo mío

viviendo en la calle como un pordiosero.

Lo hago por lo que piensen los demás, no por ti.

-Bueno, yo se lo agradezco igual.

-Coge tus cosas y vámonos a casa antes de que te vea algún vecino.

Hoy mismo te pones a buscar trabajo.

Me vas a devolver hasta el último céntimo.

Dos días te doy para encontrarlo.

-Sí, señor. -Dos días o te vuelves a la mina.

Y lo de Lolita ya lo puedes ir olvidando.

-No, padre, por ahí sí que no.

Amo a Lolita,

y no me importa que sea una criada.

-Pero a mí sí me importa.

Y si no,...

puedes quedarte en el banco y pasar otra noche como un mendigo.

-Padre.

Voy.

Que digo yo que ya que han suspendido el banquete,

podían sacar los canapés a la calle, "pa" deleite

del viandante.

-Seguro que ni se les ha pasado por la cabeza.

-Es lo primero que tenían que haber pensado, en el bien común.

Mira qué bien lo sabían los romanos. Pan y circo.

-Usted no piensa en el bien común, Servando.

Usted piensa en la tripa. -¿Yo?

-Solo aquí podían estar. Que he ido al altillo

y no había nadie. Servando,

¿qué ha hecho con la llave? -¿Yo con la llave?

Tú no has dormido allí, vamos, que...

Lo he cogido por tu vestimenta, que todavía vas vestida de dama.

-Porque he estado toda la noche de acá "pa" allá,

en casa de los Palacios. Por lo de la señorita Elvira.

-A los buenos días.

Nos hemos cruzado con don Ramón en el portal.

Nos ha dicho que Elvira ha pasado buena noche.

-¿Buena noche

o de allá "pa" acá? Lolita, tú nos ocultas algo.

-Pues está claro.

Que don Ramón se echó a dormir y no se ha enterado de "na".

Los vaivenes para las mujeres de la casa,

como siempre.

Que somos las mujeres las que nos cargamos con todo lo malo.

-Bueno, y los canapés, ¿qué? -¿Tú desde cuándo hablas francés?

-Pero bueno, Martín,...

el drama de Simón y Adela y la señorita Elvira,

¿y tú nada más que pensando en "canapieses"?

-Pues lo mismo que Servando, que los dos piensan con la tripa.

Así,... Así son los nuevos españoles.

Qué tiempos cuando se ponía la pica en Flandes.

-Pues mira, yo se lo voy a decir a Víctor,

que lo mismo ni se le ha ocurrido. -Dígaselo, dígaselo.

Y si sabe algo

de los novios, pues que lo diga. -Novios no, Lolita,

marido y mujer.

El cura dijo "que lo que Dios ha unido

no lo separe el hombre", antes de que la señorita Elvira

entrara. -Llega antes y, no hay boda, ¿eh?

Ahora, que un casamiento sin canapés,

ni es casamiento ni es nada.

-Ahí le has dado. -Pues yo te digo una cosa.

A mí me pasa eso, me dejan en el altar, compuesta y sin novio,

y lleno el purgatorio de ánimas.

-Esa joven...

ha vuelto de entre los muertos.

Es que todo el mundo la daba por finada en el barco.

¿Os imagináis que pasara lo mismo con otras personas?

Con... doña Cayetana, por ejemplo.

-Deje a los muertos enterrados, que es donde mejor están.

Bueno, ¿y qué pasa aquí? ¿No se trabaja o qué? ¡Venga!

-Qué remedio, vamos.

-Lolita, Lolita,

ven un momentito.

¿No me piensas decir dónde has pasado la noche?

-Eh...

Hombre,... qué madrugadores.

Los primeros clientes del día.

¿No había ni siquiera un día libre

para los recién casados?

-Íbamos a trabajar, que es la mejor manera de mantener la mente ocupada.

Pero antes queríamos desayunar. -¿Chocolate y bollos suizos?

A ustedes les invita la casa.

-Pues muchísimas gracias. -Por favor.

Chocolate y bollos suizos recién hechos para los señores.

Yo quería comentarte algo,

Simón. Bueno, a ti también, Adela.

En lugar de tirar

todos los canapés que había preparado para el día de ayer,

¿qué les parece si los repartimos entre los pobres?

-Por mí perfecto. -Que al menos un día coman bien.

-Pues así será.

-Víctor, eh,...

a mi marido le da un poco reparo preguntar,

pero ambos estamos muy preocupados.

Nos gustaría saber qué tal ha pasado la noche Elvira.

-Elvira está bien.

Sé que el médico le recetó un calmante y, ha pasado buena noche.

Y María Luisa no se ha separado de ella ni un momento.

-Entonces, pronto nos podrá decir dónde ha estado estos meses.

-Poco a poco iremos conociendo todos los detalles. Eso parece.

Lo que está claro es que no falleció en el Buque Victoria

como nos aseguró el testigo.

-Está claro que Nemesio mintió, y Osman también.

Habrá que saber el motivo, aunque me temo

que todos lo sabemos.

Los intereses del coronel Valverde. -Bueno,

ella nos dirá la razón.

Aunque no es casual que el coronel...

no esté en el barrio justo ahora que aparece ella.

-Todo lo malo que se pueda pensar sobre él

es quedarse corto. -Un hombre turbio y complicado.

¿Van a pasarse a visitarle luego? -No,...

no queremos atosigarla.

Mejor que se recupere. Ya tendrá tiempo

para hablar con todos.

-Claro.

Aquí está el desayuno. Sírvalo en esa mesa, por favor.

Pues yo marcho a faenar. Precisamente, en estos días

lo que no falta es trabajo.

Ya saben cómo es la gente, que no para de venir aquí a cotillear.

-¿Y qué les vais a contar?

-Tú ya conoces el refrán:

"Al que mucho pregunta, se le cuenta poco y mal".

Ustedes disfruten del desayuno.

Yo me pongo a gestionar enseguida lo de los canapés.

-Vamos. -Sí.

-"A usted no le quiero mentir, Fabiana".

He dormido con Antoñito.

-¿Y tu virtud, muchacha?

-Intacta. Hemos dormido aquí, en el banco de la pérgola.

No estábamos para arrumacos. -El hijo de un señor de Acacias

durmiendo en el banco de un parque. Yo no sé dónde vamos a llegar.

-Pues ni yo.

No sé lo que va a pasar. Me voy a trabajar,

que en la casa no está el horno para bollos.

-Anda, ve.

Ve, ve.

-¿Todavía aquí? -Pues sí.

Es que aún no habíamos hablado de lo de los Alday.

¿Te has enterado tú que el señorito Samuel

está ingresado? -¿Qué ha pasado?

-Eso quisiéramos saber todos. -Habrá sido un cólico miserere.

-Nones, yo creo que ha sido algo mucho... más fuerte que un cólico.

-Oí decir

a uno de los sanitarios que había sido una pelea,

pero espérate, que ahora mismo nos vamos a enterar.

"Seña" Carmen.

-Bueno, yo voy "pa" arriba, ¿eh? -¿Ya no te hacen falta las llaves?

(SERVANDO RÍE)

¿Sabe...? ¿Sabe usted qué le ha ocurrido a don Samuel?

-Está en el hospital. La familia está esperando que despierte.

Ha sufrido un fuerte golpe en la cabeza.

-"Seña" Carmen, ¿qué ha pasado? ¿Se han pegado los hermanos?

-Ni idea, que yo no estaba. Pero no creo, son muy unidos.

-La urraca es capaz de separar a los hermanos más allegados.

-Doña Úrsula no tuvo nada que ver. Estaba en "La Deliciosa"

cuando ocurrió. Decenas de testigos debe de haber.

-Yo me barrunto que es posible que la señorita Blanca

esté de por medio.

-Pues... ahí ya no sé.

-Dos hermanos... peleándose por la misma mujer.

Eso ha ocurrido

desde que el mundo es mundo. Ahí tienen ustedes a Caín y Abel.

-¿Eso no fue por una serpiente?

-O no nos han contado bien la historia,

que tampoco hay que creerse la Biblia.

-¿Ya se han lanzado a inventar?

Qué imaginación.

Lo primero que piensan es que don Diego no ha sido capaz, una vez más,

de reprimir su ira. Y ahora a trabajar.

-Una vez más.

Eso quiere decir que esto ha ocurrido otra vez.

Buenos días.

-Buenos días, Luisi, hija. ¿Quieres café?

Está recién hecho. -Sí, a ver si así me despejo.

Elvira no ha dormido mal,

y yo he podido descansar a ratos.

-Pierde cuidado. Ya escuchaste lo que dijo el doctor.

Se recuperará. Solo es cuestión de días.

-Espero que así sea.

-Luisi,...

te estás comportando como una muy buena amiga.

Y pocas cosas mejores se pueden decir de alguien.

-¿Usted sabe si he podido escuchar la voz de mi hermano?

-Ha venido esta mañana con tu padre.

-Pues sí que le ha durado poco el castigo.

Ha sido visto y no visto. -Bueno, Luisi, hija,

ya sabes cómo es tu padre.

Es como la gaseosa: que la abres y sale todo el gas,

pero luego pierde toda la fuerza. Y Antoñito, es su hijo.

-Un hijo mimado y protegido. Así nunca va a cambiar.

Y siempre va a arrastrar nuestro nombre por los suelos.

-Tampoco seas tan dura con él. Tu hermano necesita centrarse,

no que le echen de casa.

-¿Y lo va a hacer encamándose con la criada?

-Desde luego que yo no sé de dónde sale tanto clasismo.

Lolita es una mujer decente.

Y en esta casa siempre hemos defendido a las personas

por encima de la familia en la que hayan nacido.

Y eso vale para ti, para tu hermano, para tu padre, y para mí.

Y no quiero volver a escuchar

un comentario despectivo hacia nadie, y mucho menos por ser criada.

-Nada.

Vengo del Ateneo y, no he podido averiguar nada sobre la empresa esa

que tenía negocios con el coronel Valverde

en Argentina.

A ver cómo le aviso yo de que su hija ha aparecido.

Es como si esa empresa no existiera. -Ni creo que exista.

El coronel sabe que su hija está viva, siempre lo ha sabido.

-Eso es imposible.

-No sean inocentes.

Todo ha sido una patraña del coronel desde el principio.

Fingió estar en bancarrota

para convencer a Elvira de que se casara con Burak Demir,

a cambio de una cantidad de dinero. -Menudo padre

torticero. -Peor.

Cuando Elvira se negó,... la secuestró el día de su boda

con Simón.

Y la mandó a Turquía.

Fue entonces cuando...

fingió su muerte en el naufragio. ¿Es que no lo entienden?

-Espero que eso no sea verdad. -Ramón, hijo, si no lo es,

tiene toda la pinta.

-Existe un cuadro en el que sale Elvira retratada

frente a la Torre del Reloj en Esmirna.

Y también hay algún cilindro con su voz en el que le pide ayuda

a su padre para salir

de su encierro. -¿Y tú cómo sabes todo eso?

-Lo sé y ya está.

-Disculpen la tardanza. El... El lío de anoche.

-Hombre, la que faltaba. Contigo quería yo hablar.

-Que va a tener que ser en otro momento,

porque tú y yo ahora mismo nos vamos a dar un paseo.

Lolita, quiero la cocina como los chorros del oro, tira.

-Sí, doña Trini.

-Pero ¿es que no piensas decirle nada?

-Ramón,... eso déjalo para otro momento y déjamelo a mí.

Que si tú dices algo, lo vas a estropear más si cabe.

-Antoñito siempre hace lo que le plazca.

-Hija, y tú un poquito de humanidad, que es tu hermano.

Anda, Ramón, vamos.

Pero ¿tú qué haces despierta? Tendrías que estar descansando.

Dime que Simón no se casó con ella.

Dime que llegué a tiempo

de evitar esa boda.

No. No, no, no puede ser.

Elvira, Elvira. Elvira.

Siéntate.

Muchas gracias.

Si hay alguna novedad en su estado, yo le avisaré.

Tienes que despertar, Samuel.

Sabes que Diego no quiso hacerte daño.

Sois hermanos.

¿Qué hermanos no han tenido alguna pelea?

Ninguno de los dos lo sabéis.

Solo mi madre y yo.

Pero yo...

también tuve una hermana.

Se llamaba Olga.

¿Sabes lo que daría por encontrarla y borrar todos estos años?

Diego y tú, aún...

tenéis toda la vida por delante para estar juntos.

¿Ha dicho algo el doctor?

-Lo mismo. Que hay que esperar.

-Hasta que no se despierte no sabremos nada de su estado.

-Cuanto más tarde en hacerlo, más graves podrían ser las secuelas.

-¿Y no hay manera de provocar que recupere la consciencia?

-No, Blanca.

Solo esperar.

-Y rezar.

-Tal vez nos escuche.

No podemos saberlo, quizá le ayude escucharnos.

Oírnos decir que le queremos.

Que estamos a su lado.

Esperando a que se despierte

y que todo volverá a ser como antes.

¿Me escuchas, Samuel?

Diego, díselo.

Díselo, dile que nunca quisiste hacerle daño, que fue un accidente.

-¿Hacerle daño?

Por fin se os escapa la verdad.

¿Fuiste tú

quien le hizo eso a tu hermano?

-No, madre. Fue un accidente.

-¿Os peleasteis? ¿Por qué?

Samuel os descubrió juntos, a Blanca y a ti, y le golpeaste.

-Cállese. -¿O qué?

¿Qué va a ocurrir si no me callo? ¿Vas a pegarme a mí también?

¡¿Vas a dejarme en una cama de hospital, impedida?!

-Diego, madre.

Por favor.

-Sí.

Será mejor que me aparte... para no correr peligro.

No sería la primera vez

que Diego mata a alguien.

Ya mató a su madre.

-No la nombre.

-Y ahora has matado a tu hermano.

Contigo nunca se puede saber.

¡¿Seré yo la próxima?!

Venga, que la calle no está "pa" abrazarse.

-Ea. Ya has oído a la Casilda. Menos rijo y más pensar en la faena.

-No sé qué quieres que piense. Como no vuelva a nacer.

-No se me derrote usted, don Antoñito,

que se derrota usted muy temprano.

Espere, que se me está viniendo al magín una idea

"pa" que usted no parezca tan señoritingo finolis.

-A ver qué le vas a decir, Casilda, que tú a veces tienes ideas

de guarda urbano. -¿Sabrías cómo quitarme la pinta

de finolis?

-Hombre, del todo no, pero algo se puede apañar.

Usted encuéntrese esta tarde conmigo,

que le voy a llevar ropa de mi Martín

y, va a parecer usted un costalero recién llegado del campo.

-¿Y sabrías dónde puedo encontrar un trabajo donde paguen pesetas

sin mirar a quién?

-Pues si no tiene usted inconveniente, ahora que lo pienso,

en las cuadras donde trabajaba el Pablico, sí.

Allí siempre necesitan mozos de carga.

Lolita es muy buena persona, muy trabajadora y muy cariñosa.

Y aunque a ti no te parezca lo más apropiado para Antoñito,

lo mismo le viene bien.

-A Antoñito lo que le viene bien ahora es doblar el lomo

y empezarse a ganar las pesetas con el sudor de su frente.

-Y lo hará, Ramón, ya lo verás. Lo va a hacer.

Y probablemente sea todo gracias a Lolita.

Hoy mismo se iba a presentar a por un trabajo de mozo de almacén.

Así que esperemos que tenga suerte y regrese con el empleo.

Es que... he recibido un regalito de... Marcello.

Un regalito con una nota.

Y, como una no sabe juntar la "P" con la "A" como quien dice, pues...

-Traiga, traiga, que yo se lo descifro.

-Te he elegido a ti por ser discreto. Y tú también.

-Sí. Bueno, ¿y qué es lo que le ha mandado?

-Pues eso es lo que intento alcanzar.

Me ha mandado...

un retrato...

con un tranvía de esos que cuelgan en el hilo alambre

y una piedra más negra que el corazón de Barrabás.

-"Si tu hermano se recupera,..."

¿se recuperará también de tu traición?

-Terminaste con tu madre.

Te impusiste a tu padre.

Ahora le robas la felicidad y la vida a tu hermano.

Tú no quieres a nadie.

Tú, Diego,... no sabes querer.

-Es suficiente.

-"O sea, ¿usted cree"

que debería dejarle volar libre, dar un paso atrás?

-¿Qué pasos atrás ni qué ocho cuartos?

Estás casada ante Dios

y ante los hombres.

El matrimonio es un sacramento perpetuo,

no hay vuelta de hoja.

-Pero ¿si él no me quiere? -Eso no lo digas ni en broma.

Claro que te quiere.

Además, Simón es un hombre responsable.

La pena es que no lo haya criado yo.

Pero se echará al hombro

la vuelta de Elvira. Se quedará contigo.

Tú eres su esposa ante todo.

"¿Tú crees que me sigue queriendo?".

Pues no lo sé, Elvira. Eso solo puede saberlo él.

Solo sé que se ha casado,

punto final.

Nosotros no somos como el resto del mundo.

Lo que me atormenta es saber si se ha casado enamorado.

¿Es que no me quería tanto como yo a él?

Él... te creía perdida para siempre. Muerta.

Yo... tuve mis más y mis menos con él. También pensaba como tú.

Pero al final me di cuenta que tenía que aceptar que él

también tenía que rehacer su vida. Yo jamás de los jamases

me habría casado con otro.

Aunque Simón hubiera muerto.

Le quería, le quiero tanto...

Más allá de la muerte, el tiempo y la distancia.

Elvira, por favor, que ya no somos unas niñas.

Soy una mujer.

Una mujer que amó y que ama.

Probablemente sea meterme en asuntos ajenos,

pero considero mi obligación decirle que su esposa sufre.

Y mucho.

-Lo sé.

Le aseguro que por nada del mundo querría hacerle daño.

-¿Y a Elvira?

Perdón.

-No, no, no, está bien. Está bien, señora.

Como usted bien sospecha,

amo a Elvira.

Cada amor es distinto, por supuesto, pero...

las quiero a las dos.

-"Debía ser yo"

quien estuviera en esa cama

sufriendo las consecuencias y, no Samuel.

Es la mejor persona que me he encontrado.

Él salvó mi vida.

Necesito que despierte.

Necesito cuidarle, hacer algo por él.

Necesito que me perdone.

Necesito quererle.

"-¿Busca ese cuaderno? -Sí".

"Nunca está de más tener un arma secreta".

-¿Y qué clase de arma puede esconderse en un cuaderno?

-Información.

Conocimiento. La sangre del poder.

Intuyo que en ese cuaderno Jaime escribió algo para sus hijos.

Algo que podría hacerlos fuerte.

Algo relacionado con ese colgante al que llaman "Ana".

-Adelante, muchacho, pasa, por favor.

Simón.

Lo sabía.

Sabía que vendrías a verme.

  • Capítulo 612

Acacias 38 - Capítulo 612

29 sep 2017

Durante la boda, se produce un gran revuelo justo cuando Simón y Adela se dan el "sí quiero". Antoñito aparece ante su familia y suelta que ama a Lolita. Fabiana no permite que Antoñito y Lolita duerman juntos en el altillo y se van a dormir a la calle. Ramón acaba admitiendo a su hijo, pero bajo ciertas condiciones. Samuel es trasladado inconsciente al hospital. Úrsula culpa a Diego del accidente.

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